Museo del Prado, 9 de junio de 2008
INTERVENCIÓN DEL MINISTRO DE CULTURA
Majestad,
Presidente y Director del Museo del Prado
Señoras y señores:
Nos encontramos esta tarde aquí, en el Museo del Prado, para homenajear a Cildo
Meireles, ganador del Premio Velázquez de las Artes Plásticas 2008.
Y gracias a una fantástica rima del azar, este acto de entrega del Premio se produce
en la Sala de las Meninas. Como todos ustedes saben, ‘menina’ es una voz prestada
de nuestra lengua hermana, el portugués, que es la lengua madre también de Cildo
Meireles, enriquecida con los colores y sabores de América.
Es extraordinario que el cuadro que más representa a España en la historia del arte
mundial tenga por nombre “Las Meninas”, una palabra portuguesa que evoca un
magma común, y con el que se designaba a los donceles o doncellas nobles que
servían a los príncipes niños.
Hoy, con el reconocimiento del Gobierno de España a Cildo Meireles, renace de
alguna manera ese magma compartido con la comunidad iberoamericana, de quienes
todos somos deudores y servidores.
Es la segunda vez que el Premio Velázquez se concede a un artista nacido en la otra
orilla del Atlántico. Antes fue a México, con Juan Soriano, y este año a Brasil. Como
decía esta mañana en la presentación de las nuevas bases del Premio, con este
galardón, el Ministerio de Cultura de España reconoce la trayectoria de un creador
internacional surgido en el ámbito artístico de toda Iberoamérica, porque es este el
espacio familiar y natural en el que la cultura peninsular se hace universal.
Cildo Meireles es uno de los artistas medulares en el panorama del arte
contemporáneo. Inicia su obra en la década de los sesenta y desde entonces ha sido
una voz lúcida no sólo en su lenguaje artístico sino también, en su implicación en las
transformaciones sociales, históricas y políticas de su país.
Su trabajo evoluciona desde el arte neoconcreto -orientación dominante en el
panorama plástico latinoamericano- hasta la expresión conceptual que inicia en los
años setenta y de la que es pionero.
Sus obras están marcadas por la libertad de formas y de la imaginación; por el rigor
conceptual y arquitectónico, y por la solidez de su contenido ideológico. Todo ello en
una época en la que los artistas y, sobre todo, los brasileños, se muestran
especialmente sensibles a los peligros de la globalización cultural y económica.
Lejos de reducir el concepto de arte, las obras de Cildo Meireles amplían su horizonte,
se abren en muchas direcciones, a semejanza de El jardín de los senderos que se
bifurcan, de nuestro admirado Jorge Luis Borges. En ellas se entrelazan el
compromiso artístico y el social.
Recuerdo su obra titulada Mallas de Libertad, de 1976, cuya cuadrícula de hierro y
vidrio semeja los barrotes de una prisión, como metáfora de la represión política o a la
censura artística presente en Brasil durante los años sesenta y setenta; pero, a su
vez, también esa red es la matriz de la abstracción, que en los sesenta sirvió a los
artistas neoconcretos para inventar un arte contemporáneo y encontrar nuevas formas
de libertad estética.
Por ello, descubrir las obras de Cildo Meireles es siempre una experiencia inédita,
porque nada sabemos sobre el tipo de objeto que vamos a encontrar. Los materiales,
sus dimensiones, los límites y las reacciones suscitadas pueden ser completamente
diferentes.
Su dominio de los más diferentes medios artísticos: pintura, fotografía, instalación,
performance y escultura, reflejan una coherencia interna que reitera su principal línea
de investigación: la exploración del lenguaje artístico en interacción y comunicación
constante con el espectador, al mismo tiempo que aborda los límites de la percepción
psiquíca, sensual y cognitiva del hombre. Meireles juega con las reacciones del
espectador frente a objetos de la vida cotidiana, descontextualizados y manipulados,
operando un deslizamiento continuo desde esa realidad, con todo su ancestral bagaje,
hasta la forma objetiva cargada de múltiples sugerencias.
Las obras de Cildo Meireles son la construcción material de un pensamiento; un
pensamiento que, a su vez, es el germen de otro, el que evoca y recrea el espectador.
El propio Meireles ha afirmado que “toda idea requiere la solución más singular
posible”. Se trata, por tanto, de dar lo máximo con lo mínimo.
En Meireles existe una interpretación entre las ideas y la experiencia sensual, donde
cada sentido reclama al otro y una paradoja sensorial nos lleva a una idea filosófica.
Cildo Meireles, como todos los grandes artistas, nos lanza preguntas cuyas
respuestas hemos de buscar dentro de nosotros mismos y que gravitan en el orbe de
la existencia universal. Y es que, como dice Nélida Piñón (Premio Príncipe de
Asturias, extraordinaria narradora y coterránea de nuestro premiado), refiriéndose a la
literatura, la obra artística recibida deja de ser “producto de una sensibilidad individual
para pasar a ser una construcción colectiva”.
Cildo Meireles, en fin, ha sabido reinterpretar los parámetros del arte occidental desde
un punto de vista crítico y desde un compromiso social muy amplio que le hacen
valedor de este Premio Velázquez que se otorga a toda una trayectoria.
Gracias a Cildo Meireles y enhorabuena.
Muchas gracias también a ustedes.
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Museo del Prado, 9 de junio de 2008