CIEN AÑOS DE ARBITRARIEDAD
Desafíos de una doctrina centenaria de la Corte Suprema1
SUMARIO
En el día de la fecha se cumplen cien años del nacimiento de la doctrina de la
arbitrariedad de sentencia como supuesto que habilita la interposición y la
admisibilidad del recurso extraordinario federal. La presente nota evoca el fallo a
través del cual la Corte Suprema dio nacimiento a esa doctrina, analiza brevemente
sus contornos, el problema que su generalización provoca en la actualidad y las
posibles soluciones para ello.
I. Origen de la Doctrina
II. Intentos de Sistematización:
III. Encuadre Constitucional
IV. El Desafío de su Racionalización:
I. Origen de la Doctrina:
El 2 de diciembre de 1909 la Corte Suprema de Justicia de la Nación
(en adelante “la Corte”) dictó sentencia en la causa “Rey, Celestino c/ Rocha, Alfredo
y otro”2, en la cual, quizás sin proponérselo, confeccionó la partida de nacimiento
del recurso extraordinario por arbitrariedad de sentencia. A cien años de ese fallo
conviene recordar sus efectos, reflexionar sobre la doctrina que se generó a partir de
él y analizar los desafíos que depara.
1
Publicado en
2
Fallos 112:384.
La Ley 2010-A:1223.
Al igual que ocurrió en otras materias (tales como la convalidación de
actos emanados de gobiernos de facto3, de la delegación legislativa4, y de las
emergencias5), el fallo creó una doctrina que en un comienzo parecía excepcional
pero luego se transformaría en una especie de monstruo de siete cabezas, y -en este
caso particular- uno que la propia Corte nunca pudo (o nunca se propuso) controlar
o, al menos, racionalizar.
Decimos que quizás lo hizo sin proponérselo, porque la referencia a
las sentencias arbitrarias se encuentra en un obiter dictum6 del fallo: “... el requisito
constitucional de que nadie puede ser privado de su propiedad, sino en virtud de
sentencia fundada en ley, da lugar a recursos ante esta Corte en los casos
extraordinarios de sentencias arbitrarias, desprovistas de todo apoyo legal,
fundadas tan solo en la voluntad de los jueces, y no cuando haya simplemente
interpretación errónea de las leyes, a juicio de los litigantes...”. Pero, a renglón
seguido, la Corte aclaró que ello no ocurría en ese caso, por lo cual rechazó el
recurso y confirmó la sentencia apelada.
“Martínez c/ Otero” de 1865 (Fallos 2:127), seguido por “Moreno Postigo” de 1927
(Fallos 148:306) y luego por las funestas acordadas de 1930 (Fallos 158:290) y 1943
(Fallos 196:5) que convalidaron los golpes de estado y sus decisiones (puede verse
Manili Pablo L., Evolución de la Jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la
Nación (1863-1930), buenos Aires, Universidad, 2007, pág. 95 y ss.
4
“Delfino” de 1927 (Fallos 148:430), seguido por “Banco Argentino de Comercio” de
1973 (Fallos 286:325) y por el nefasto “Cocchia” de 1993 (Fallos 326:2624).
5
“Avico c/ De la Pesa” de 1934 (Fallos 172:21), luego seguido por convalidaciones cada
vez más escandalosas de normas de emergencia económica, por ejemplo en: “Cine
Callao” de 1960 (Fallos 247:121), “Peralta” de 1990 (Fallos 313:1513), “Bustos” de
2004 (Fallos 327:4495), “Galli” de 2005 (Fallos 328: 690) y “Massa” de 2006 (Fallos
329:5913).
6
Por oposición al “holding” de un fallo, el “obiter dictum” es una manifestación vertida
por el tribunal que no constituye el basamento lógico de la decisión adoptada para el caso.
Se trata de razonamientos colaterales, que no se relacionan con el problema principal que
se había planteado en la causa.
3
El párrafo trascripto está seguido del que a continuación
reproducimos, que resulta premonitorio de lo que iba a ocurrir años más tarde, por el
abuso de que fue objeto esta doctrina: “... porque si así no fuera, la suprema Corte
podría encontrarse en la necesidad de rever los fallos de todos los tribunales de
toda la República en toda clase de causas, asumiendo una jurisdicción más amplia
que la que le confieren los arts. 100 y 101 de la constitución nacional...” (hoy arts.
116 y 117 CN). Y eso fue exactamente lo que ocurrió: durante los siguientes treinta
años, la doctrina permaneció adormecida y recién volvió a aplicarse en forma
expresa7 en 1939 en el caso “Storani de Boidanich”8; luego volvió a ser aplicada en
1948, en autos “Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires c/ Compañía Primitiva
de Gas”9; pero de allí en adelante, su aplicación fue moneda corriente, y el recurso
extraordinario por sentencia arbitraria insume en la actualidad, un alto porcentaje de
las causas que falla anualmente el alto tribunal10.
II. Intentos de Sistematización:
Tan generalizado fue su uso a partir del último de los fallos citados,
que, para explicar la doctrina, varios autores formularon clasificaciones de las
distintas causales de arbitrariedad de sentencia, de las cuales la más exhaustiva y la
7
Elías P. Guastavino señala que antes de 1939 hubo fallos que aplicaron tácitamente la
doctrina de la arbitrariedad y cita los publicados en Fallos: 174:252, 178:355 y 181:418
(ver su libro Recurso Extraordinario de Inconstitucionalidad, Buenos Aires, La Rocca,
1992, Tomo I, pág. 509).
8
Fallos 184:137.
9
Fallos 217:204.
10
Según algunos estudios estadísticos, se trataría de más del cincuenta por ciento de las
sentencias que dicta el máximo tribunal en causas que le llegan por recurso extraordinario
(es decir excluyendo las que llegan por: competencia originaria, apelación ordinaria o
cuestiones de competencia). Lamentablemente, de la página web oficial de la Corte, pese
a que dispone de un sector referido a estadísticas, no surgen datos al respecto.
más utilizada es la realizada por Genaro Carrió en 196711, quien distingue los
supuestos en los que la arbitrariedad se encuentra: (i) en el objeto de la decisión (por
no decidir cuestiones planteadas o decidir cuestiones no planteadas); (ii) en los
fundamentos normativos de la sentencia (por arrogarse el juez el rol de legislador,
prescindir de la norma aplicable, aplicar derecho no vigente o dar como fundamento
del fallo pautas de excesiva latitud); (iii) en problemas en la apreciación de la
prueba (por prescindir de pruebas decisivas, invocar prueba inexistente o contradecir
otras constancias de autos); (iv) en la colisión entre los fundamentos normativos y
los fácticos (por sustentar el fallo en afirmaciones dogmáticas, exceso de rigor ritual
o autocontradicción) y (v) en los efectos de la decisión (por violar la cosa juzgada).
Si bien al día de hoy podríamos afirmar que todas las clasificaciones ensayadas por
los distintos autores han quedado superadas por la vastedad de supuestos que la
Corte ha ido rotulando, caso por caso, como vicios de las sentencias de las instancias
inferiores, debemos reconocer que la clasificación de Carrió sigue siendo vigente y
prestando utilidad al intérprete y sobre todo –como él mismo afirma en el prólogo de
su libro- al abogado.
III. Encuadre Constitucional:
A nuestro criterio, todos los supuestos de arbitrariedad, aunque
parecen disímiles entre sí, tienen algo en común, que es lo siguiente: en virtud de los
vicios que presenta la sentencia, ésta en sí misma se torna inconstitucional por ser
11
Carrió, Genaro R., El Recurso Extraordinario por Sentencia Arbitraria, Buenos Aires,
Abeledo Perrot, 1967; Fiorini, Bartolomé, “La Sentencia Arbitraria”, en La Ley 130:1161
(1968); Linares, Juan F., “El Recurso Extraordinario contra sentencia arbitraria dictada en
aplicación de normas no federales”, en Revista del Colegio de Abogados de Buenos Aires,
tomo 27 pág. 219 (1969); Palacio, Lino, El Recurso Extraordinario Federal, Buenos
Aires, Abeledo Perrot, 2º edición, 1997, pág. 230 y ss. y Sagüés, Néstor P., Derecho
Procesal Constitucional. Recurso Extraordinario, tomo II, Buenos Aires, Astrea, 2002,
pág. 142 y ss.
violatoria del debido proceso12 consagrado en el art. 18 CN, por no constituir una
“sentencia fundada en ley” en los términos del art. 17 CN y por ser irrazonable, es
decir, contraria al art. 28 CN13. Esta interpretación tiene varias derivaciones:
(i) Que la doctrina de la arbitrariedad, así analizada, no es un
“invento” de la Corte ni una manera no legislada de acceder a ella, sino que
encuentra apoyo en el inciso 3 del art. 14 de la ley 48 que posibilita la interposición
del recurso extraordinario cuando en la causa se discute la interpretación y el alcance
de normas federales y de ello depende el reconocimiento o no de un derecho. Es
evidente que en las causas en las que se plantea la existencia de arbitrariedad, según
el alcance que se le dé a la interpretación de los arts. 17, 18 y 28 CN, la sentencia del
a quo será o no arbitraria.
(ii) Que la aplicación de la doctrina de la arbitrariedad genera una
circunstancia paradojal: para resguardar el derecho federal (es decir las normas
constitucionales que protegen el derecho de propiedad, el debido proceso y la
razonabilidad), la Corte termina examinando cuestiones de hecho, de derecho común
o de derecho local, en cuanto el tratamiento defectuoso de estas cuestiones en la
instancia anterior, lesionó el derecho federal.
(iii) Que la causa se torna federal con el dictado de la sentencia, es
decir, se trata de una causa que no necesariamente era de competencia federal o iba a
presentar –ab initio- una cuestión federal, sino que ésta es sobreviniente, dado que se
presenta en el momento en que se dicta la sentencia. Por ello, lo que la Corte hace
Lino Palacio (El Recurso Extraordinario… cit., pág. 228) afirma que se trata de una
violación del derecho de defensa en juicio, pero consideramos que ese es uno solo de los
aspectos del debido proceso, el cual abarca un grupo de principios, dentro de los cuales
está el de defensa en juicio, pero también existen otros cuya lesión puede generar la
arbitrariedad de la sentencia, tales como: juicio previo, ley anterior al hecho del proceso,
juez natural, prohibición de declarar contra sí mismo, etc.
13
Conf. Spota, Alberto A., “El principio de supremacía de la Constitución y los medios
establecidos para garantizarla en Argentina, en el ámbito del Poder Judicial federal” en
La Ley 1993-C:766 y ss., esp. 791.
12
cuando admite un recurso extraordinario por arbitrariedad de sentencia en causas que
no provienen de la justicia federal, es ejercer el control de constitucionalidad sobre
actos del poder judicial provincial. Ese control debe ser ejercido con suma prudencia,
dado que cualquier exceso constituirá un avasallamiento de las autonomías
provinciales, puesto que –conforme al art. 121 CN- la interpretación de las facultades
delegadas por las provincias a los órganos del gobierno federal debe ser realizada
con estrictez. En este punto, el máximo tribunal debe manejarse con sumo equilibrio:
una interpretación que estrangule el recurso por arbitrariedad puede convalidar una
violación de la constitución nacional, mientras que la aplicación generalizada de la
doctrina puede generar un avasallamiento de la autonomía provincial, lesionando el
art. 5 CN (en cuanto garantiza a las provincias su administración de justicia) y el 75
inciso 12 (en cuanto establece que la aplicación del derecho común y del derecho
local corresponde a los tribunales locales).
Teniendo en cuenta lo afirmado, no puede decirse que la doctrina de
la arbitrariedad sea contraria a la constitución nacional, sino todo lo contrario: es la
garantía del cumplimiento de los arts. 17, 18 y 28 CN por parte de los jueces
inferiores y es un modo de ejercer (en causas oriundas de tribunales locales) el
control de constitucionalidad sobre actos (sentencias) de uno de los poderes
constituidos por las provincias, que contravienen la normativa federal, velando así
por la plena vigencia del art. 31 CN (que establece que las autoridades de provincia
deben conformar su accionar al derecho nacional14).
Ello nos conduce a afirmar que la doctrina de la arbitrariedad de
sentencia no tiene nada de malo en sí misma, puesto que es necesario que exista una
instancia de revisión para las sentencias descabelladas, absurdas, infundadas o –
14
Puede verse Manili, Pablo L., El Bloque de Constitucionalidad. La Recepción del
Derecho Internacional de los Derechos Humanos en el Derecho Constitucional
Argentino, Buenos Aires, La Ley, 2003, pág. 149.
genéricamente- arbitrarias, ya que la confirmación tácita de ellas por inexistencia de
un recurso hábil para su impugnación implicaría una violación de la constitución. Lo
malo es su generalización, por lo cual es necesario –como en muchos aspectos del
derecho- encontrar un equilibrio prudente entre ambos extremos: por un lado la
necesidad de adecuada reparación de los efectos nocivos que ese tipo de sentencias
proyectan sobre el sistema constitucional y, por el otro, el evitar la ordinarización del
recurso extraordinario.
IV. El Desafío de su Racionalización:
Muchas voces se han escuchado, incluso provenientes de algunos
ministros de la Corte, respecto de la necesidad de acotar o –directamente- suprimir la
doctrina de la arbitrariedad de sentencia, a fin de descongestionar de trabajo a la
Corte. Los medios propuestos para lograrlo han sido diversos:
(i) Hacerlo por vía jurisprudencial, a contrario sensu, es decir: así
como la Corte la creó, se sostiene que también podría dejar de aplicarla. A nuestro
entender, esta alternativa chocaría con el principio de irreversibilidad de los
derechos15, según el cual, una vez que se reconoce un derecho, no puede luego el
Estado negarlo (en el caso, se trata del derecho a la revisión de un fallo que, aún
cuando proviene del superior tribunal de la causa, lesiona el derecho al debido
proceso, el derecho de propiedad y el principio de razonabilidad). Ello impone la
búsqueda de caminos que desahoguen a la Corte pero que no supriman la vía
recursiva creada jurisprudencialmente.
Sobre este principio puede verse nuestro trabajo “La utilidad práctica en el derecho
interno del Pacto de San José de Costa Rica” en La Ley 2009-B:1139.
15
(ii) También se propuso la creación, por ley, de un tribunal intermedio
que se ocupe específicamente de estas cusas16, reservándole a la Corte las que son
típicamente federales. Ésta parecería ser una alternativa digna de ser considerada,
teniendo en cuenta, por supuesto, la experiencia generada por la Cámara Nacional de
Casación Penal.
(iii) Incluso, la introducción en 1990 del tan cuestionado certiorary
negativo17 en el art. 280 CPCC (ley 23.774), apuntó a brindar a la Corte una
herramienta para desembarazarse de causas insustanciales, claramente enderezada a
mitigar la superpoblación de aquéllas en las que el recurso extraordinario se fundaba
en arbitrariedad de sentencia; pero su efecto práctico no fue el esperado en cuanto a
la cantidad y las dudas respecto de su constitucionalidad, subsisten18 pese a la
convalidación que el tribunal formuló respecto de esa norma19.
Simultáneamente al desarrollo del debate sobre la necesidad de
racionalizar el recurso extraordinario por sentencia arbitraria, la realidad indica:
(i) Que cada día son más frecuentes las sentencias viciadas de
arbitrariedad; lo cual, a nuestro criterio, tiene como causa principal la recarga de
16
El 22 de diciembre de 2003, el diputado y constitucionalista Jorge Vanossi presentó un
proyecto de ley (D-6055) de creación de un Tribunal Federal de Casación con
competencia para entender en casos de sentencias arbitrarias “por no haberse decidido
cuestiones esenciales que habían sido planteadas, o por haber decidido cuestiones que no
habían sido planteadas por las partes, o por haber prescindido de prueba decisiva, o
invocado prueba inexistente, o porque sus fundamentos se encuentren contradichos por
otras constancias de los autos” (art. 6 del proyecto). Como se advierte, el provecto sigue
a grandes rasgos la clasificación de Carrió.
17
En EEUU el writ of certiorary es una herramienta para que la Corte Suprema,
discrecionalmente, elija en qué causas ejercerá su competencia, mientras que en
Argentina la norma de referencia habilita a la Corte rechace, sin expresión de causa, los
expedientes que considera insustanciales. Puede verse la sugestiva nota de Bidart
Campos, Germán J., “El certiorari positivo”, en El Derecho 156-32 (1994).
18
Acerca de la discusión sobre su validez constitucional puede verse el excelente trabajo
de Adolfo Rivas “La Competencia de la Corte Suprema” en Jurisprudencia Argentina,
2005-IV, pág. 1253 (esp, cap. VI). En el mismo sentido, Palacio Lino, ob. cit., * 41.
19
“Asociación de Prestaciones Sociales para Empresarios” de 1999 (Fallos 322:3217). ,
tareas de los jueces de instancias inferiores, que les quita tiempo para la reflexión y
el estudio del caso (las resoluciones apuradas generalmente no exhiben la prudencia
que es dable esperar de las decisiones judiciales emanadas del superior tribunal de la
causa y que constituye la principal virtud que debe ostentar un juez), y, como causa
secundaria, ciertas falencias en la formación de algunos jueces 20 (no todos) en
derecho constitucional y en teoría general del derecho. Incluso, es dable observar que
esa creciente existencia de arbitrariedades se agudiza en resoluciones que no son
sentencias definitivas pero que son asimilables a ellas de acuerdo a la jurisprudencia
de la Corte21, evidentemente, pareciera que cuando la premura en dictarlas es mayor,
los errores son más frecuentes.
(ii) Que existe -debemos reconocerlo- una vocación de la mayoría de
los abogados litigantes de intentar llevar hasta la Corte todos aquellos pleitos en los
cuales la sentencia no les satisface. Pareciera que nadie se conforma con los fallos de
cámaras de apelaciones o de los superiores tribunales provinciales.
La sumatoria de ambas responsabilidades (es decir las judiciales y las
abogadiles), los fenómenos es la que genera el exceso de causas que llegan a la Corte
por aplicación de esta doctrina y que congestionan al tribunal.
Frente a esas realidades contemporáneas, consideramos que es un
deber y un desafío para todos los operadores constitucionales (legisladores, jueces,
abogados e intérpretes en general) buscar fórmulas, mecanismos, sistemas y reglas
que concilien adecuadamente los valores en juego en la doctrina de la arbitrariedad.
Hace más de veinte años, Julio C. Cueto Rúa ya señalaba que “el único arbitrio
sustantivo que permite… (lograr reducir los casos de arbitrariedad es) la selección de
mejores jueces y el perfeccionamiento de los ya designados” (Cfr. “La Corte Suprema
como Poder del Estado” en La Ley 1987-D:863).
21
Resoluciones referidas a excepciones previas, a medidas cautelares, sentencias dictadas
en juicios ejecutivos o de apremio o amparos, etc.
20
Entre los dos extremos (la generalización y la eliminación), debe haber un camino
razonable.
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