FILÓLOGOS DE LA ACADEMIA MEXICANA
EN LA primera de las declaraciones de la escritura que formaliza la
Constitución de Asociación Civil de la Academia Mexicana se estipula su
objeto social, redactado en nueve apartados. En el cuarto de estos rubros se
dice que la corporación deberá "fomentar y propagar el estudio de la
lengua española". Podría suponerse que, para el cumplimiento de tal fin,
la Academia debería contar siempre con importante número de miembros
que, profesionalmente, se dedicaran a la lingüística o a la filología. Esto
nunca ha sucedido, ni en esta Academia ni en otras, incluyendo a la Real
de Madrid, aunque debe reconocerse que es ésta la que generalmente
incluye mayor número de expertos en disciplinas de la lengua: en la lista
oficial que aparece en la vigésima edición del Diccionario (1984), se da
cuenta de 36 académicos españoles, nueve de los cuales son filólogos.
Sin embargo, a lo largo de sus más de 1000 años de vida, la Academia
Mexicana ha recibido a algunos filólogos que merecen recordarse. Las
historias de la literatura, quizá justificadamente, no consideran en sus
páginas a este tipo de escritor-ensayista-erudito; tampoco lo hacen, y esto
parece menos explicable, las historias de la cultura. Nuestros estudiantes
de secundaria o de preparatoria pueden tener alguna vaga idea de quien
fue Gutiérrez Nájera o García Lorca, pero casi ninguno de ellos ha oído
siquiera el nombre de Rafael Ángel de la Peña o de Ramón Menéndez
Pidal.
En las notas que siguen pretendo dar alguna brevísima bibliografía de los
filólogos más destacados que han pertenecido Academia Mexicana. Quede
desde ahora, aclarado, por tanto, quedaran fuera de este superficial
recuento no pocos lingüistas y logros que, por diversas razones, no
pertenecieron a esa corporación.
Entre las 12 personas que fundaron en 1875 la Academia Mexicana, al
menos tres se dedicaron parcial o predominantemente al estudio de la
lengua: Joaquín García Icazbalceta, Francisco Pimentel y Rafael Ángel de
la Peña.
Pocos escritores del siglo XIX merecen con mayor justicia el calificativo
de polígrafo como García Icazbalceta (1825 -1894) primer secretario
de la Academia Mexicana (1875-1883) y tercero de sus directores (18831894). Quizá sean la historia y la bibliografía los terrenos en los que descolló
con mayor brillo. Por lo que toca a la primera, debe recordarse su
traducción (1849) de la Historia de la Conquista del Perú de Prescot, su
biografía de Fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México
(dos volúmenes 1858 y 1866) así como su Nueva colección de documentos
para la historia de México (cinco volúmenes 1886-1892).
La importancia de García Icazbalceta como bibliógrafo queda
suficientemente comprobada con su publicación de La bibliografía
mexicana del siglo XVI obra que asombro al propio Menéndez y Pelayo.
Fue así mismo un diligente editor de obras históricas y literarias. A todo
esto hay que añadir que don Joaquín fue excelente lexicógrafo, lo que
permite agruparlo con los filólogos de la academia. Su célebre
vocabulario de mexicanismos (publicado en 1905 por su hijo Luis García
Pimentel) no tiene más defecto que haber quedado inconcluso por el
fallecimiento de su autor. La calidad de la redacción de las definiciones y,
sobre todo, la pertinencia de las autoridades que cita convierten el
Vocabulario de García Icazbalceta en el punto obligado de partida de la
totalidad de los subsiguientes diccionarios de regionalismos en nuestro
país, particularmente del muy conocido de don Francisco Santamaría.
II
Ignoro si estrictamente conviene a don Francisco Pimentel (18321893),
uno de los fundadores de la Academia Mexicana, la designación de
filólogo o de lingüista. Se trata en todo caso de uno de los más
importantes estudiosos de las lenguas indígenas de México, aunque
ciertamente no limitó a ello su sobrada inteligencia, como se muestra en
su Historia critica de la poesía en México (1885). No cabe duda sin embargo
de que lo más trascendente de su obra debemos buscarlo en los múltiples
estudios que publicó sobre las culturas prehispánicas de México. Quizá la
más reconocida de sus contribuciones al estudio de la lingüística
americana, por la que recibió medalla de oro de la Academia de Ciencias
de Francia, es la investigación que publicó con el titulo de Cuadro
descriptivo y comparativo de las lenguas de México o tratado de filología
mexicana (1874-1875). Entre 1903 y 1904 sus hijos publicaron las obras
completas de Pimentel, en cinco tomos, con un amplio prólogo de
Francisco Sosa. Predominan en ellas los temas indígenas.
Me parece que, entre los 12 intelectuales fundadores de la Academia
Mexicana, es don Rafael Ángel de la Peña (1837-1906) el que merece con
mayor justicia el titulo de filólogo o, más precisamente, de gramático.
Aunque ciertamente estudio teología, derecho y filosofía, lo más
importante de su obra tiene que ver con el análisis de la lengua
española. Lo mismo puede decirse de su labor docente, impartió
clases de filosofía, teología, lógica, latín, tanto en el Seminario
Conciliar cuanto en el Colegio de San Juan de Letrán; sería empero
la gramática la que ocuparía por más tiempo la atención De la Peña,
quien dedicó la mayor parte de su vida a estudiarla y enseñarla.
Su primera publicación (1867) fue el Apéndice a 1a sintaxis latina que
sirvió de texto en escuelas nacionales. Publicó después buen
número de ensayos sobre temas de sintaxis, particularmente en los
volúmenes de Memorias de la Academia Mexicana. De ellos puede
mencionarse: "Sobre los elementos variables y constantes del
español” "Estudio sobre los oficios ideológicos y gramaticales del
verbo", "Estudió de los relativos que, cual, quien y cuyo entre muchos
otros.
De sus producciones mayores destaca sobre todo su Gramática teórica y
práctica de la lengua castellana (1898) y su Tratado del gerundio, publicado
primero como artículo en las Memorias de la Academia (III, 1886-1891)
y, mucho después de su muerte, reimpreso corno libro en 1955 por la
editorial Jus. La Gramática, que mereció juicios laudatorios de filólogos
tan importantes como Rufino José Cuervo y de críticos tan
reconocidos como Marcelino Menéndez y Pelayo, es un acabado
ejemplo de texto normativo a la usanza del siglo XIX. Se expresan allí
conceptos que, a la luz de la lingüística moderna, pueden resultar hoy
no sólo discutibles sino quizá francamente equivocados. Sin embargo
además de que puede ser visto como buena muestra de lo que se
hacía en gramática por esa época, es decir que constituye de por sí
lectura indispensable para cualquiera que se interese por la historia
de los estudios gramaticales, puede perfectamente también ser
consultado con gran provecho para resolver infinidad de puntos
dudosos de morfología y sintaxis (casuística, dicen algunos
despectivamente) que no suelen atenderse en los manuales modernos
de gramática española, Quizá a ello pudo deberse que la UNAM haya
decidido recientemente (1985) reimprimir con elegancia este
injustamente olvidado texto de don Rafael Ángel de la Peña.
III
Don Alfredo Chavero (1841-1906) ingresó en la Academia en 1894. Fue,
más que otra cosa, un buen estudioso del México antiguo. Quizá lo que
más se recuerda de él es su colaboración en México a través de los siglos,
obra dirigida por Vicente Riva Palado, cuyo primer volumen
("Historia antigua y de la Conquista") se debió a la pluma de Chavero.
Escribió otros libros (Piedra del Sol, Biografía de Sahagún ... ).
Son destacables asimismo sus ediciones de Fernando de Alva
Ixtlilxóchitl y de la Historia de Tlaxcala, de Diego Muñoz Camargo.
Parece ser que sus poemas y obras de teatro gozaron de cierta fama en
su tiempo; hoy parecen, a juicio de Ignacio Bernal, "tan acartonadas y
pasadas de moda que resultan ilegibles". Fue Chavero también
excelente director del Museo Nacional.
Menciono a Chavero entre los filólogos de la Academia porque en el
volumen: III (1886-1891) de las Memorias de esa corporación, un
interesante “Estudio etimológico” sobre las voces tocayo, huracán, petate
y petaca. Hace uso allí de argumentación consistente y de sólidos
conocimientos de las lenguas indígenas y de la española para atribuir
origen náhuatl a tocayo, petate y petaca y quiché a huracán. Alguna
atención habrá prestado la Real de Madrid a las etimologías de
Chavero, pues en el Diccionario de 1984, aunque no se anota
etimología a tocayo, se asigna origen náhuatl a petate y a petaca; huracán,
sin embargo, aparece como voz taína.
Don Francisco de Paula Labastida y Tessier (1857-1908) ingresó en la
Academia en l893. Sacerdote y canónigo, tuvo ganada fama de buen
orador. Casi no dejó obra escrita: algunos discursos y, quizá lo más
interesante y por lo que queda aquí considerado, un "Estudio sobre el
pronombre" (tomo IV, 1895, de las Memorias). Se trata de una curiosa
reflexión, muy al estilo del ensayo gramatical del siglo XIX, en la que,
mediante finas argumentaciones y un buen conocimiento de los
gramáticos importantes de su época (Bello, Cuervo, Balmes}, intenta
demostrar que las voces, tu, su, este, ese, aquel son primordialmente
pronombres, sin importar que a ellas siga o no un sustantivo. En otras
palabras, su tesis era la siguiente: pronombre es una parte de la oración que
se pone en vez del nombre para señalar su persona gramatical, y los
hay de dos clases: sustantivos y adjetivos; los primeros pueden ir
solos en la oración, los otros, además de reemplazar al nombre,
indican alguna relación (posesión o situación). Al final de su discurso,
monseñor Labastida se mostraba no sólo cauto sino francamente
pesimista en relación con el éxito que podría tener su tesis, ( audaz
por cierto, entre los gramáticos: "no concibo -escribía- siquiera la
esperanza de llevar mis convicciones a ningún entendimiento". Estoy
seguro de que, en las futuras historias de la filología mexicana,
difícilmente se dará cabida a este oscuro académico del siglo pasado.
Que estas líneas valgan al menos para recordarlo.
IV
Entre los Intelectuales mexicanos que vivieron, por así decirlo, a caballo entre los siglos XIX y XX, hay que contar a Manuel Gustavo
Antonio Revilla (1863-1924), quien siempre firmó como Manuel
Revilla. Estudio leyes pero nunca ejerció como abogado, sino que
se dedicó a la docencia y. a las letras. Practicó con excelencia la
cátedra en dos vertientes: la historia del arte, en la Academia de
San Carlos y lengua castellana, en la Escuela Nacional
Preparatoria, donde ocupó el lugar que dejó vacante a su muerte el
Ilustre gramático don Rafael Ángel de la Peña. Fue elegido
miembro de número de la Academia Mexicana en 1910 y, en
1915, fue director interino de la misma.
Es claro que su obra más importante tiene que ver con la historia
más que con las letras: El arte en México en la época antigua y durante el
gobierno virreinal (1893), libro que puede ser considerado, a juicio de
José Luis Martínez, como la primera historia de nuestras artes. Publicó también un volumen de Biografías de artistas del siglo XIX
(1908) y precisamente el año (1912) de la muerte de Velasco vio la
luz su biografía titulada El paisajista dan José María Velasco.
Sin embargo Revilla dedicó también esfuerzos y sabias
reflexiones en relación con las letras y no sólo sobre temas de
historia del arte. Es necesario decir que no es suficientemente
reconocido Revilla por los filólogos posteriores, aunque en efecto
aparecen referencias a su obra aquí y allá. Reunió sus ensayos
sobre gramática y literatura en el volumen En pro del casticismo (1917).
Me limitaré a mencionar sólo dos estudios dialectológicos de
Revilla sobre el español mexicano. Ambos aparecieron en el tomo
VI (1910) de las Memorias de la Academia. El primero
(''Provincialismos de expresión en México") es una amplia lista,
bien explicada, de voces y sintagmas peculiares de México. Me
parece especialmente destacable, por original, su clasificación en
siete grupos: 1) nombres de objetos, desconocidos de los
españoles, sin equivalente en castellano; .2) nahuatlismos con que
se designan objetos que tienen nombres equivalentes en español;
3) mexicanismos que proceden del francés, inglés, etc.; 4) palabras
castellanas que se usan de manera exclusiva en México; 5)
arcaísmos y neologismos; 6) expresiones peculiares de México; 7)
ciertos barbarismos.
La segunda nota de Revilla trata sobre "Provincialismos de fonética en México. En este ensayo nos da amplias muestras de que
poseía virtudes de verdadero dialectólogo. Sus datos son, casi
todos, estrictamente dialectales, esto es, caracterizadores del
español mexicano A las precisas descripciones de alófonos
mexicanos añade Revilla interesantes explicaciones sobre aspectos
de fonética suprasegmental (acento, tono). Quizá resulten hoy
inaceptables las causas que a juicio de Rcvilla podrían explicar
ciertas entonaciones o grados de tensión articulatoria, en
particular las climatológicas. Tal vez nos parezcan hoy anacrónicas
sus concepciones normativas sobre la restitución del carácter
interdental de c y z. Quedan en pie empero sus correctas
descripciones fonéticas de naturaleza dialectal, que lo convierte en
uno de los primeros estudiosos de la pronunciación del español en
México.
V
Don Salvador Cordero (1876-1951) ingresó en la Academia Mexicana en 1920, para lo cual influyeron sin duda más sus méritos de
novelista castizo (Memorias de un juez de Paz, 1910, y memorias de un
lugareño, 1917) que sus conocimientos sobre gramática los tenía,
como se comprueba en el hecho de que ocupo, por oposición, la
cátedra de lengua y literatura españolas en la Escuela Nacional
Preparatoria. El tema de su discurso de ingreso, aunque de
evidente carácter didáctico y pedagógico, se relaciona también con
asuntos que atañen a la lengua materna: Importancia práctica de la
lectura y de la recitación e la enseñanza del idioma nacional».
Cordero había colaborado años antes en un diario capitalino con
artículos sobre temas de gramática, que reunió después en un
volumen titulado –Barbarismos galicismos y--solecismos de uso más frecuente
(1918).
Hombre entregado totalmente a la enseñanza, primero como
maestro rural y después en diversas instituciones de docencia
secundaria y superior, don Miguel Salinas Alanís (1858-1938) debe
además considerarse, con derecho, como uno de los gramáticos
mexicanos de su tiempo. Todo ello explica que haya sido invitado
a formar parte como correspondiente, de la Academia Mexicana.
Siempre con orientación didáctica, escribió varios libros y ensayos
sobre temas literarios (Fábulas del Pensador Mexicano, corregidas, explicadas y
anotados, Cuentos, leyendas y poemas escogidos y anotados... ). Fue gran admirador
de México y buen descriptor de sus bellezas naturales, como
puede verse en obras suyas tales como Paisajes morelenses, El Santo
Desierto de Tenancingo, Acueducto de Querétaro, Playas de Cuyutlán, etcétera.
Creo, sin embargo, que más importantes que las obras anteriores
fueron los trabajos gramaticales y lexicológicos de Salinas, los
cuales deben verse, por una parte, como resultado de su
experiencia como excelente maestro y, por otra, de la frecuentación
de los mejores filólogos, a quienes conocía a la perfección (Bello,
Cuervo, Robles, Dégano, De la Peña). Sus obras gramaticales y
lexicológicas, como las literarias, tienen también un sentido
didáctico, están concebidas como libros de texto. Fueron
magníficos manuales que auxiliaron a muchos maestros
mexicanos de gramática. Digo que fueron porque, en efecto, hoy
ya casi nadie los consulta. Sin embargo yo recuerdo que no hace
muchos años se recomendaban todavía, como auxiliar de las clases
de gramática del nivel de secundaria, sus utilísimos Ejercicios
lexicológicos para el aprendizaje de la lengua castellana. Es seguro de que
nuestros actuales estudiantes (y también los maestros)
aprenderían mucho sobre voces homónimas, parónimas,
sinónimas, antónimas, etc., si trataran de resolver los amenos
ejercicios de Salinas. Otras obras suyas en que se nos muestra
experto lingüista y hábil educador son: Gramática inductiva de la lengua
Castellana y Construcción y escritura de la lengua castellana.
VI
Don Victoriano Salado Álvarez (1867-1931), por sus muchos
merecimientos, ingresó en la Academia Mexicana en el año 1923.
Estudió leyes y practicó con excelencia la crítica literaria. Fue un
cronista delicioso. Novelo con gran imaginación y perspicacia
multitud de pasajes de la historia de México: De Santa Anna a la
Reforma (1902) y De la Intervención al imperio (1903) fueron después
editados con el título Episodios Nacionales (1945). A Salado Álvarez
se le reconocen mayores méritos como cronista que como
filólogo; sin embargo fue un culto estudioso de los asuntos de la
lengua. Durante un tiempo público, en un periódico de la
capital, una amplia serie de artículos en la columna (de la que
ésta tomó el nombre) "Minucias del lenguaje", y que la Secretaría
de Educación editó, muchos años después (en 1975), en forma
de libro y con el mismo título. Todos esos artículos son acabado
ejemplo de erudición y amenidad.
Entre los trabajos filológicos de don Victoriano Salado me
parece especialmente destacable el que constituye su discurso de
ingreso en la Academia y que apareció después en el volumen
décimo de las Memorias: "Méjico peregrino, mejicanismos
supervivientes en el inglés de Norteamericano''. La investigación
que allí hace el autor, primero de los hispanismos en la lengua
inglesa, y después de los indigenismos mexicanos en el Inglés
estadounidense, es en efecto asombrosa, tanto por la cantidad de
obras que tuvo necesidad de consultar como por el profundo
conocimiento que manifiesta del inglés (y del español) de la
nación vecina.
En estos tiempos en que solemos quejarnos de la presencia de lo
Inglés (de lo estadounidense, concretamente) en todos los
ámbitos de nuestra vida colonizada, puede resultar reconfortante
la lectura de este estudio que muestra, con sólida argumentación
y buenos ejemplos, la importante influencia léxica del español
mexicano y de la lengua náhuatl en el inglés de Estados Unidos.
Conviene hacer notar que en la investigación de Salado Álvarez
que vengo comentando no sólo se describen los préstamos
hispánicos o prehispánicos al inglés sino que también se hace un
verdadero aanálisis semántico de los vocablos, y así quedan
señaladas, en cada caso, las descripciones y las ampliaciones de
sentido, como también las diferencias fonológicas. Además, se
encontrarán en este texto útiles explicaciones sobre nombres
geográficos de Origen hispánico en Estados Unidos e incluso una
interesante disertación sobre mexicanismos usuales en ese país, y
que desconocemos en México.
VII
Darío Rubio (1878-1952), que publicó algunas de sus obras con el
seudónimo de Ricardo del Castillo, ingresó en la Academia Mexicana
en año de 1927 y como discurso presentó un interesante estudio
lexicológico que fue publicado después (en el volumen X de las
Memorias de la Academia) con el título de "El castellano hablado
en México". Fue autodidacto muy enterado en asuntos de
filología, dialéctica Y paremiología. Se trata por ende de uno de
los pocos académicos mexicanos cuya obra se refiere
predominantemente a la lengua española hablada en México,
aunque también escribió sobre otros temas, el teatro por ejemplo.
Sus principales reflexiones filológicas están contenidas en los dos
volúmenes de La anarquía del lenguaje en la América española (192.5). De
su capacidad como paremiólogo da sobradas muestras su libro
Refranes, proverbios, dichos, dicharachos (1937).
Evidentemente, hoy es fácil encontrar en las retoricas explicaciones, en verdad poco técnicas, de Rubio, muchos errores. Más aún,
no pocos de los dialectólogos actuales suelen Citarlo, a él y a
otros pioneros como él, sólo en esos aspectos que a la luz de
nuestros conocimientos actuales nos parecen imperdonables
defectos o al menos muestras de ingenuidad excesiva. Por mi
parte creo que sus escritos tienen, aun para nuestros días,
información válida. Véase, por ejemplo, su explicación sobre la
convivencia (y no mezcla) del náhuatl y el español durante la
época virreinal en la Nueva España (y hasta -nuestros días); sus
conceptos sobre la formación de voces híbridas en ambas
lenguas; sus pertinentes observaciones en relación con las
frecuentes concurrencias de vocablos españoles y nahuas del tipo
tecoloce-buho y el predominio de unas sobre otras; sus Convincentes
reflexiones sobre la innegable seducción que ejercen sobre todos
nosotros tantas expresiones y giros propios del habla popular; su
original recolección de dichos y proverbios mexicanos, etcétera.
Personaje importante en la vida cultural de México y, en especial,
en la historia de la Academia Mexicana, de la que fue secretario
desde 1952 hasta su muerte, fue don Alberto María Carreña
(1875-1962). Se entenderá que sus primeros escritos hayan sido de
carácter económico si se considera que estudió en la Escuela
Superior de Comercio y Administración. Sin embargo después
publicó importantes estudios sobre historia, temas indigenistas,
asuntos internacionales, literatura… Baste decir que sus Obras
completas (1939) abarcan 24 volúmenes.
No fue Carreña un filólogo propiamente dicho; sin embargo son
numerosas las alusiones, en sus obras, a asuntos relativos a la
lengua española. Daré sólo un ejemplo. En su extenso estudio
titulado “La lengua castellana en México" (tomo X de las Memorias),
hace una apretada historia de la literatura mexicana tanto
colonial cuanto decimonónica, pero puede encontrarse allí
también el desarrollo de asuntos que competen a lo que hoy
llamaríamos fonología del español básico de México (y de
América) para lo cual hace uso de textos de, gran valor
filológico: el testamento de Diego de Ocaña, las declaraciones
rendidas al Santo Oficio por el librero Alonso Losa e incluso
documentos hasta entonces inéditos como el que contiene la
notificación que envió el emperador Carlos V al Provincial de
los Dominicos en la Nueva España, de haber abdicado en favor
de Felipe II.
VIII
Entre los académicos mexicanos hay un buen número de
intelectuales y escritores que, sin que se hayan dedicado
profesionalmente o de manera preferente al cultivo de las
ciencias lingüísticas o filológicas, tuvieron sin embargo un
manifiesto interés por la lengua española y de ello dan muestra
algunos esporádicos ensayos debidos a sus plumas. A este
grupo pertenecen, entre otros varios, tres ilustres pensadores de
la primera mitad de este siglo: Ezequiel A. Chávez, Alejandro
Quijano y José Vasconcelos.
Don Ezequiel Adeodato Chávez (1868-1946) fue, más que otra cosa,
uno de los grandes educadores mexicanos y uno de los más
limpios funcionarios públicos. Enseñó en la Escuela Nacional
Preparatoria, en la Facultad de Altos Estudios (después de Filosofía
y Letras), en la Facultad de Jurisprudencia y en varias
universidades del extranjero. Entre los altos puestos que ocupó
destacan el de subsecretario de Instrucción pública (1905-1911) y el
de rector de la Universidad Nacional (l913-1914 y 1923-1924). Su
abundante obra escrita gira sobre todo en torno de la filosofía, la
psicología y la educación. De sus conocimientos da cuenta el
magnífico "Discurso" que pronunció cuando ingresó (1930) en la
Academia Mexicana que justamente trató sobre la enseñanza de la
lengua nacional. Buena parte de este ensayo está dedicado a una
interesante caracterización fonética de la lengua española y a
reflexiones de naturaleza semántica, así como, de manera
sobresaliente, a asuntos relativos a la didáctica lingüística.
Don Alejandro Quijano (1883-1957), destacado jurisconsulto,
hombre de letras y periodista (fue director del periódico Novedades),
ingresó en la Academia en 1918 y fue director de la misma desde 1939
hasta su muerte. De su obra me interesa destacar dos aspectos que
se relacionan directamente con la lengua española. En 1916
publicó en colaboración con Manuel G. Revilla, La ortografía fonética,
libro que no he podido consultar pero cuyo título deja ver el
interés de Quijano en la enseñanza de la lengua. La otra vertiente
filológica de Quijano es de carácter lexicológico y tiene que ver en
particular con el estudio de los diversos lexicones de la Real
Academia. Puede consultarse, sobre este asunto, su obra El segundo
centenario del Diccionario de Autoridades; los diccionarios académicos de
1940.
Mucho se ha escrito sobre la vida y obra de José Vasconcelos
(18821959). Aquí sólo deseo destacar, por una parte, que
perteneció a la Academia Mexicana, a la que ingresó en 1941 y
de la que fue bibliotecario y, por otra, que aunque de manera
marginal en relación con toda su copiosa obra, también se
interesó en asuntos de lengua. Buen ejemplo de ello viene a ser
el discurso que pronunció cuando ingresó en la Academia y que
apareció en el volumen XIII de las Memorias con el título de
"Fidelidad al idioma”. En tres rasgos fijo Vasconcelos esa
fidelidad: a los orígenes ("por fidelidad a los orígenes entiendo la
preferencia decidida que debe darse a la voz castiza sobre la
vernácula"); a la idea ("el deber que tienen, lenguaje y _gramática
de mantenerse al tanto del desarrollo conceptual filosófico así
como del saber experimental"); y a la belleza ("con toda su
nobleza, el lenguaje es simplemente humano... es menester
adiestrarle a fin de que, entre tanto, por lo menos al
pensamiento, le sirva de ala").
IX
Don Raymundo Sánchez nació en 1882, en Guanajuato, y falleció
en la ciudad de México en 1952. Ingresó en la Academia Mexicana
en 1941 y en tal ocasión leyó un discurso sobre "Purismo y pureza
del lenguaje". Fue junto con Carlos González Peña, Miguel Salinas
y Daniel ~Huacuja, uno de los más importantes gramáticos
mexicanos de su época. Dedicó toda su vida a la enseñanza de la
lengua y de la literatura. Como estudioso de la gramática
fundamentaba sus opiniones apoyándose en autoridades que
conocía muy bien: Robles Dégano, Cuervo, Bello, De la Peña.
Pocos recuerdan hoy a Raymundo Sánchez. Es sin duda uno de
esos oscuros gramáticos cuyo nombre no suelen consignar las
historias de las letras patrias ni las enciclopedias. Carlos
González Pena, en el discurso con el que le dio la bienvenida a la
Academia, hace ver que su pensamiento abierto y moderno no
correspondía a su figura y aspecto “un señor grave, silencioso,
austero, menudito, que huye del mundanal ruido, que no se paga
de exterioridades ni de bambolla, que siempre viste de negro...”
En su discurso de ingreso, Raymundo Sánchez explica en tersa
prosa que no debe confundirse la pureza con el purismo
idiomático. Hace ver que el purismo intransigente cambiaría “en
purismo la pureza de la palabra porque causaría el estancamiento
de la lengua y la incapacitaría para que lleve a cabo su natural
función de reflejar las corrientes, las tendencias y el ambiente de
la sociedad". Como se ve, estas ideas no parecen propias de un
gramático solemne y acartonado, como suele pintarlos la leyenda.
Todo su discurso está en efecto dedicado a probar que el cambio,
la innovación no es sólo natural en la lengua, sino que contribuye
a fincar su grandeza y su belleza. Que este discretísimo recuerdo
de Raymundo Sánchez quien, por otra parte, casi no dejó nada
escrito, sirva también para traer a la memoria a tantos otros
gramáticos sabios que, por su modestia, por su timidez, su
carácter silencioso, por el asunto mismo de sus investigaciones,
son olvidados casi siempre por los manuales de historia de la
cultura.
Mencioné arriba a Carlos González Peña quien, como académico,
contestó el bello discurso de Raymundo Sánchez. En efecto,
además de historiador y crítico de la literatura, este intelectual
mexicano (1885-1955) fue un excelente gramático. Publicó en 1921
su conocido Manual de gramática castellana que todavía sirve de texto
en algunas escuelas. Aunque sus notas bibliográficas suelen
poner énfasis en su obra crítica e historiográfica, González Peña
debe obligatoriamente aparecer, en destacado sitio, entre los
filólogos de la Academia Mexicana, pues dedicó buena parte de
su vida a la enseñanza de la gramática, disciplina en la que fue
verdadero experto.
X
Don Agustín Aragón y León (1870-1954) ingresó en la Academia
Mexicana en 1947. Aunque incursionó en diversas disciplinas
(medicina, derecho), y obtuvo los títulos de topógrafo,
hidrógrafo, astrónomo y geógrafo, su verdadera vocación estaba
en las matemáticas o, más exactamente, en la filosofía de las
matemáticas, de conformidad con las ideas de Comte, cuyas
doctrinas siguió fielmente. Prueba de su adhesión a este filósofo
es la célebre disputa que entabló con los miembros del Ateneo de
la Juventud (Caso, Reyes, Henríquez Ureña, Vasconcelos…),
exigiendo entre otras cosas que se suprimiera la Universidad
recién fundada porque, a su juicio, sus fines, y su estructura no
eran afines al pensamiento cotidiano. Escribió varios estudios de
historia, filosofía y sociología, todos ellos con orientación
positivista. Puede sin embargo considerarse don Agustín entre
los filólogos de la Academia al menos por su discurso de ingreso,
brillante pieza oratoria que se publicó después (vol. XIII de las
Memorias de la Academia) con el título de “El habla popular en mi
comarca”. Infinidad de datos interesantes sobre el habla
morelense (había nacido en Aragón Jonacatepec, Morelos)
pueden hallarse en este discurso. Bien se ve que su autor tenía
mucha curiosidad por la lengua del pueblo y que sin duda conservaría papeletas o apuntes con todo aquello que le interesaba,
pues de otra manera resulta difícil explicar que, en su discurso,
pudiera comparar nada menos que 181 expresiones de la primera
parte del Quijote con las equivalencias del español rural de
Morelos que, como podrá imaginarse, son en su mayoría propias
de todo el español popular de México y no sólo de ese estado.
Otros datos históricos y folclóricos de interés están presentes en
el discurso de don Agustín, a quien hemos de reconocer también,
además de tantos otros títulos, el de filólogo.
Para cualquiera el nombre de Antonio Mediz Bolio (1884-1957) se
relaciona con el autor de esa magnífica reconstrucción de mitos,
leyendas y fábulas del antiguo Yucatán que lleva por título La
tierra del faisán y del venado. Otros varios libros escribió Mediz Bolio,
casi todos inspirados en los antiguos indios yucatecos. Entró en la
Academia Mexicana en 1946. Su discurso de ingreso fue de
carácter filológico y versó sobre la “Interinfluencia del maya con
el español de Yucatán". Ciertamente un año antes había
publicado Víctor M. Suárez su hoy clásico estudio El español que se
habla en Yucatán; sin embargo junto con él, el estudio de Mediz
Bolio es sin duda uno de los primeros análisis del español
yucateco, sobre todo si se considera que en 1943 ya había
publicado don Antonio su Introducción al estudio de la lengua maya. Si
la mayoría de los que han estudiado la etimología de Yucatán
comienzan por el conocido pasaje de las Cartas de Relación de
Cortés, en el que se narra que los indios contestaban a preguntas
de los españoles con la voz yucatán, "que quiere decir no entiendo",
Mediz Bolio en el discurso citado ya más atrás y recuerda que en
1502 Bartolomé Colón, hermano del almirante se comunicó con
palabras y señas con algunos indios de la región que, señalando a
lo lejos las costas de su tierra, le decían las palabras Yuk'altán mayah,
"que era -anota Mediz Bolio-- la designación lingüística de su
nación -tal como se encuentra hoy en los libros de Chilam Balam- y
que textualmente quiere decir 'todos', el conjunto de los que
hablan la lengua maya". Otros interesantes datos fonéticos,
gramaticales y léxicos del español yucateco son claramente explicados
por Mediz Bolio en ese discurso, que juntamente con el otro estudio
citado arriba, me autorizan a incluirlo en la lista de los filólogos.
XI
¿Quién no ha consultado alguna vez o al menos ha oído hablar
del Diccionario de mexicanismos de Francisco J. Santamaría? Aun
aceptando todas las críticas, no siempre justificadas, de
lexicógrafos modernos, aficionados o profesionales, debe
reconocerse que ese lexicón es el más completo y confiable de los
recuentos de mexicanismos existentes. Su autor fue un incansable
estudioso del español mexicano, uno de los que mejor lo han
conocido, sobre todo en lo que concierne específicamente al
vocabulario. No debe olvidarse que Santamaría es también el
autor de un monumental Diccionario general de americanismos,
obra meritísima que destaca entre la abundante bibliografía que
se refiere al español americano.
Ingresó Santamaría (18186-1963) en la Academia Mexicana en el
año 1954 y leyó para esa Ocasión un discurso en el que adelantaba
algunos de los resultados de sus faenas lexicológicas. Este texto
fue titulado “Novísimo Icazbalceta o Diccionario completo de
mexicanismos”. Daba así crédito el autor al gran polígrafo don
Joaquín García Icazbalceta, en quien sin duda se inspiró para
dedicarse al estudio del vocabulario mexicano. Recuérdese que el
espléndido Vocabulario de mexicanismos de García Icazbalceta,
publicado póstumamente había quedado lamentablemente inconcluso
por la muerte del investigador. Fue Santamaría quien, después de
casi medio siglo de ímprobos esfuerzos, pudo completar el lexicón
que vino a ser la acertada continuación de lo publicado por García
Icazbalceta.
También ejerció don Francisco J. Santamaría, con excelencia, el
periodismo. No pocos de sus libros fueron integrados con artículos
aparecidos en los diarios. Fue así mismo un destacado político:
llegó a ocupar la gobernatura de su estado natal (Tabasco) en el
periodo 1946-1952. Obviamente, entre sus acciones de gobierno
sobresale el impulso que dio a las letras, pues llegó a ocupar cerca
de un centenar de libros. Nos recuerda Andrés Henestrosa en una
nota biográfica que Santamaría solía decir que ese era el dinero
mejor gastado durante su administración.
Estoy convencido de que son sus diccionarios, es decir su trabajo
como filólogo, como lexicólogo más precisamente, lo que garantiza
la actual y futura vigencia intelectual de Francisco Santamaría. Sin
embargo, no deben dejar de mencionarse otros de sus libros como
por ejemplo, Mi escapatoria célebre de la tragedia de Cuernavaca, donde narra
la manera como milagrosamente pudo ser el único que logro
escapar de la matanza de Huitzilac, cuando como amigo y
partidario acompañaba al general Francisco R. Serrano, candidato
a la Presidencia de la República.
Ahora cuando es común que la empresa de preparar un
diccionario se encargue a instituciones o a grupos más o menos
numerosos de investigadores, vale la pena rendir tributo a esos
heroicos filólogos solitarios como Santamaría que juzgaban que
bien valía la pena dedicar toda una vida a la preparación de una
obra en verdad Importante.
que con el seudónimo de El Dómine escribió durante más de 10
años (1949-1963) en el diario Novedades, desde donde dio una
verdadera cátedra de lingüística y de gramática españolas.
XII
Don José Ignacio Dávila Caribi (l888-1981) fue un verdadero
polígrafo: su bibliografía comprende más de 50 libros y_ 300_
folletos. Probablemente sobresalen en su vasta producción los
estudios de carácter histórico, en especial los que tienen que ver
con asuntos Jaliscienses. Sin embargo destacó también como
estudioso de las lenguas prehispánicas, de lo que dan prueba
suficiente libros suyos tales como Curso de raíces de lenguas indígenas
referido a ciencias biológicas (1942) , Los idiomas nativos de Jalisco y el problema de
filiación de los ya desaparecidos (1945), La escritura del idioma nahuatl a través de los
siglos (1 948), entre otros. Enseñó nahuatl en la Facultad de Filosofía
y Letras. También la lengua española atrajo la atención de Dávila
Garibi y a ello se debe que lo considere en el grupo de los filólogos
académicos. Su discurso de ingreso en la Academia Mexicana
(1954) versó precisamente sobre "Algunas analogías fonéticas entre
el romanceamiento castellano de voces latinas y la castellanización
de vocablos nahuas".
Como se ve, en Dávila Caribi se conjuntan los conocimientos que
deberían caracterizar a todo buen filólogo (al menos ésa era la idea
de Menéndez Pidal): la historia, la literatura y la lingüística. Fue
también don José Ignacio un probo funcionario; debe destacarse el
desempeño de su cargo como secretario de la Academia desde
1962 hasta su muerte.
Otro erudito notable, aunque casi no dejara obra escrita (excepto
sus abundantes artículos periodísticos), fue don Manuel
González Montesinos (1897-1965), profesor de las universidades
de México, Oxford, Cambridge y Texas. Habría que aclarar,
como lo hizo en su momento don Francisco Monterde, que lo que
no dejó don Manuel fueron libros publicados, aunque sí escritos,
como su magnífica tesis doctoral sobre "La estética de Edgar Poe
los críticos neohumanistas estadounidenses. Ingresó en la
Academia Mexicana en 1957 y leyó en esa ocasión un discurso
titulado "El uso y el abuso del idioma”, tema que desarrolla con
elegancia y precisión, sirviéndole como marco de referencia la
historia de la literatura española, así como las funciones
encomendadas por Felipe V a la Real Academia; pone además
especial atención al tópico de los galicismos.
A González Montesinos se le recuerda sobre todo y muy
merecidamente, por su sabia y valiente columna "Palmetazos"
XIII
Deseo terminar esta mal hilvanada serie de datos
biobibliográficos de algunos de los filólogos que pertenecieron a
la Academia Mexicana, trayendo a estas páginas el recuerdo de
un gramático casi desconocido, como suelen serlo quienes se
dedican al cultivo de las disciplinas lingüísticas. Me refiero a don
Daniel Huacuja (1883-1974), maestro de profesión, discípulo de
Enrique Rébsamen, que ingresó en la corporación en el año de
1964 con la lectura de un discurso que titulo “Algunos trabajos en
pro de la enseñanza de nuestro idioma".
De su labor como filólogo y gramático hay valiosas muestras en
sus vanas intervenciones, eruditas y amenas, publicadas en diferentes volúmenes de las Memorias de la Academia. En su discurso
de ingreso estableció una precisa historia de los cambios que se
habían venido operando en la enseñanza de la lengua española
en México.
Podría pensarse que estas invectivas suenan ya añejas y fuera de
tono. Debe reconocerse empero que hoy sigue siendo obligación
de todos conservar la pureza del idioma, procurar su unidad
sustancial rechazar neologismos impropios, repeler vulgarismos
degradantes. Ahora que la técnica intenta dominarlo todo, si se
acepta como necesario un equilibrio entre tecnología y
humanismo, debe comenzarse vigilando lo más humano que
tenemos, la lengua. Eso era lo que preocupaba a don Daniel
Huacuja, independientemente del tono oratorio de sus
intervenciones en la Academia, que podía no agradar a más de
alguno. Estoy convencido de que en estos tiempos seguimos
necesitando más filólogos que sigan llamando la atención de
todos nosotros sobre la necesidad de fortalecer la unidad de la
lengua española.
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Minucias del lenguaje.