PADRE JOSÉ-ORIOL BAYLACH
Por el P. André Sylvestre, C.M.
Con gran placer volví a ver en Quito, el pasado mes de Septiembre, al Padre
José-Oriol Baylach en la antigua casa provincial de la Calle Rocafuerte. Él se encontraba
mal, pues tenía cáncer, pero conservaba toda su vivacidad de espíritu. Me habló poco de
su enfermedad, me habló sobre todo de sus tareas apostólicas. Estaba tratando de reunir
toda la documentación posible para escribir la vida de nuestro cohermano Mons.
Schumacher, una de las grandes figuras del episcopado ecuatoriano. Manifestó un gran
interés por el progreso de la causa del Bienaventurado Perboyre. Cuando nos
despedimos, yo tuve la impresión, visto su estado de salud y su edad, que no nos
volveríamos a ver hasta la Celestial Jerusalen.
Nació el 27 de Abril de 1914 en Mas de Cabrils - en Cataluña, entre Barcelona y
Gerona - en una familia cristiana, que ha dado a la Iglesia dos sacerdotes de la Misión
José Oriol y su hermano Jorge y una Hija de la Caridad.
José-Oriol formaba parte de los cohermanos españoles, venidos sobre todo de
Cataluña, para hacer sus estudios secundarios al Berceau de San Vicente de Paúl, como
los llorados PP Masjuan y Parés, lo que les hacía ser perfectamente bilingües. Cuando yo
hice mi Seminario Interno en San Lázaro en 1938-1939, José-Oriol estaba estudiando,
pero teníamos poco contacto con los estudiantes. Concluída la guerra, acabó su
preparación al sacerdocio en España. Ordenado sacerdote en 1941, en cuanto fue posible
fue enviado al Ecuador, como lo fueron igualmente los PP Masjuan y González de
Rivera, así como algunos cohermanos franceses.
En Ecuador trabajó en los seminarios, pues era la única obra de la provincia. Se
especializó en Sociología religiosa y en ese campo prestó grandes servicios a la
Conferencia Episcopal del Ecuador. Fue llamado a Roma en 1980 para ocupar el puesto
del P. Cid, recién fallecido, como Director de las publicaciones vicencianas en la Curia..
Su conocimiento de idiomas le facilitó enormemente su tarea. Yo tuve el gusto de verle
numerosas veces durante su estancia en Roma, y en particular en el funeral de nuestro
común amigo el P. Masjuan en Figueras, Cataluña.
Ansiaba regresar a Ecuador. Volvió definitivamente en 1989. Se dedicó a
trabajos de Sociología e Historia. Pero durante este año el Visitador, P. Soria, ya
aquejado de la enfermedad, murió en Agosto y su sucesor el P. Montalvo, apenas
elegido, murió a su vez a finales del año. Para sucederle en ese momento de prueba, los
cohermanos de la Provincia eligieron en 1990 a Jose-Oriol Baylach. Su edad y su
experiencia le daban toda la autoridad para hacerse cargo de los asuntos. Fue durante los
tres años bajo su sabia dirección cuando la Provincia, poco a poco, empezó a vislumbrar
con confianza el porvenir (si Dios quiere, dentro de pocos meses habrá cuatro nuevos
sacerdotes).
Como Visitador, el P. Baylach participó en la Asamblea General de 1980 en
Roma. Nos impresionó por el interés que él ponía en todas las cosas y por sus acertadas
intervenciones.
Al fin de su mandato se dedicó de nuevo a sus trabajos de Historia.
Desgraciadamente, no tuvo tiempo de acabarlo. La vida de Mos. Scghumacher deberá
escribirla otro.
San Vicente decía, los buenos y sabios misioneros son los tesoros de la
Compaañía. Uno de esos tesoros, es lo que acaba de perder la provincia del Ecuador y
todos sus amigos.
POSTDATA DEL P. ROBERT MALONEY, C.M.
Permítanme añadir una breve postdata al tributo de André Sylvestre a José-Oriol
Baylach. Conocí bien a Oriol, ya que viví con él tres años aquí en la Curia General.
Tenía una maravillosa vitalidad.
También sentía un profundo amor por la Congregación. Aceptó el oficio de
Visitador a una edad tan avanzada a costa de un gran sacrificio. Fue uno de los miembros
más mayores de la Asamblea General de 1992, pero todos los presentes, estoy seguro,
recordarán sus animadas intervenciones.
Oriol era muy “original”. Como David, era capaz de bailar delante del Arca.
Tengo recuerdos de él paseando arriba y abajo en la sala de recreo, con un cigarro
encendido en la boca (del que todos esperábamos que cayeran las cenizas), contando
alguna historia y de vez en cuando interrumpiendo para cantar o bailar tres o cuatro
pasos. A menudo nos intrigaba con pequeñas noticias, o montones de información, que
había recogido sobre la Congregación.
Su habitación estaba contigua a la mía. Una vez, cuando ví el humo que salía por
debajo de la puerta de su habitación, creí que había muerto quemado. Irrumpí dentro
para encontrarme con que no estaba allí, pero su mesa estaba ardiendo (obviamente una
de las cenizas había caído en la papelera). Cuando Oriol volvió a su habitación,
evidentemente, muy preocupado por lo que había pasado, lo primero que hizo fue
encender otro cigarro.
Cuando recibí la noticia de su muerte yo estaba en París. Ese día vinieron a mi
memoria muchos alegres recuerdos de él. Me impresionó también ver cuantos
cohermanos vinieron a expresarme su dolor ante esta pérdida para la Compaañía. Que
descanse en paz.
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