La mirada avizora
de Eugenio d’Ors
ANTONIO LAGO CARBALLO *
“E
xaltemos, en el recuerdo de Eugenio d’Ors, su infatigable capacidad de entrar
en contacto con todo; aquel inmenso y humanísimo interés que le daba, en el
umbral de su vejez augusta, una vibración de maravillosa juventud”, escribió
un gran orsiano, Guillermo Díaz-Plaja, en Veinte glosas en memoria de
Eugenio d’Ors (Barcelona, 1955).
Inmenso y humanísimo interés que le hacía “vibrar todos los días, todos los meses, al
compás de las palpitaciones de los tiempos”, como él confesó. Poseía una mirada avizora
que le permitía ver, anticipándose al resto de los observadores, los valores y los signos
nuevos. El guaita, es decir “el vigía”, fue uno de los varios seudónimos que empleó en su
labor de escritor. Y eso fue a lo largo de los años: un vigía atento a las novedades que se
* Escritor
producían en la vida espiritual e intelectual de la Europa de la primera mitad del siglo XX.
Sus hallazgos no se los guardaba para sí, sino que los revelaba y difundía con generosidad.
Como Andrés Amorós subrayó en su libro Eugenio d’Ors, crítico literario, (Madrid, 1971):
“uno de los méritos del Glosario de d’Ors fue la labor que desarrolló introduciendo en
España nombres de escritores, filósofos, artistas... Y eso no lo hizo en revistas de minorías,
sino desde la ancha tribuna de periódicos diarios”.
Causaría asombro al no familiarizado con los escritos de D’Ors, conocer el censo de los
autores, ideas y hechos que encontraron eco en las glosas, mucho antes de que alcanzasen
una recepción generalizada. En un campo tan específico como el de la teología, fueron
primicia y noticia anticipada las obras de cinco figuras de la religiosidad de nuestro tiempo
—Romano Guardini, Karl Barth, Simone Weil, Gustave Thibon, P. Teilhard de Chardin—,
cuyos nombres y escritos sólo años más tarde serían conocidos y divulgados entre nosotros.
Lo mismo se podría decir de muy distintos campos de las artes, las letras y las ciencias. A
uno de los grandes economistas del siglo XX, el británico John Maynard Keynes, dedicó
una glosa en 1920, es decir, al año siguiente de la aparición del libro Las consecuencias
económicas de la paz, publicado en 1919, libro que “no debe dejar de leerse”, como de
entrada advertía D’Ors.
También de 1920 son las tres glosas que publicó con motivo de la presencia del genial
Einstein en Barcelona y en Madrid, y en las que no se limitaba a glosar las ideas del gran
físico, sino también el trasfondo filosófico que latía en sus hallazgos. Y todo ello, sin que el
humor estuviese ausente, y así al citar la palabra “relatividad” no dejó de ironizar sobre el
hecho de que “andan por ahí gentes que creen de buena fe que lo que ha hecho el buen
sabio es demostrar con ecuaciones que todo es según el color del cristal con que se mira”.
En el tomo primero del Nuevo Glosario que recoge las glosas publicadas entre 1920 y 1926,
encontramos las cuatro que D’Ors dedicó al doctor Gregorio Marañón con ocasión del
ingreso del insigne médico en la Real Academia de Medicina —el 12 de marzo de 1922—,
y en las que daba minuciosa cuenta del tema del discurso académico: Estado actual de la
doctrina de las secreciones internas.
En sus crónicas mostró que no le eran ajenos los contenidos científicos de la
Endocrinología, por entonces nueva especialidad médica, y ello por la precisión con que
resume las tesis expuestas por el doctor Marañón, a quien califica como “una mente
lúcida”.
En el mismo tomo del Nuevo Glosario, encontramos distintos textos sobre tres poetas que
pasarían a la historia de la literatura como integrantes de la Generación del 27, los cuales,
con anterioridad a esta fecha, merecieron el comentario del maestro D’Ors. Así, Federico
García Lorca, a quien ya en 1923 conocía y trataba, y quien satisfacía al filósofo al decirle
haber encontrado en un libro suyo “sobre temas de arte, algunos subterráneos manantiales
de alegría pura”. O Pedro Salinas, cuyo primer libro, Presagios, mereció a los pocos meses
de su publicación en 1924 una glosa de quien, como buen catador de la poesía, podía decir:
“Tema de los versos de Pedro Salinas suele ser, precisamente, el acto de conciencia
sobrelúcida que trae a colación —y en los momentos más afortunados a síntesis— un grupo
de elementos concretos antes situados únicamente en el mundo de las imágenes, y que
ahora la sutilidad del poeta pone al servicio de un claro movimiento de naturaleza
intelectual”. Otra glosa de 1925 tenía por título “Diálogo con Gerardo Diego” y,
efectivamente, se trataba de replicar al que calificaba de “poeta de orientación, tal vez
vacilante, siempre escogida”, quien acababa de publicar en la revista gallega Alfar una nota
relativa a una glosa de D’Ors.
A estos tres ejemplos de jóvenes poetas del 27, me gusta añadir, como prueba de ese “estar
al día” que caracterizó a D’Ors, la salutación que en 1915 dedicó a Platero y yo, de Juan
Ramón Jiménez, aparecido pocos meses antes: “Los niños de España adorarán al poeta y su
borriquillo”. Y añadía que lo adorarían precisamente “porque no ha sido escrito para ellos.
Que en este capítulo, el de la literatura infantil, hay tal vez equívoco en que importa a todos
no persistir. La publicación de libros destinados única y exclusivamente a los pequeños, ¿no
constituirá un error pedagógico?”.
Se trata de cuatro muestras significativas del interés con que seguía D’Ors las novedades
del panorama literario. Y también del filosófico. En 1945, acababa de aparecer el libro de
Xavier Zubiri Naturaleza, Historia, Dios, y ya en una glosa dedicada a comentar el texto de
una conferencia que el gran físico Weizsaecker había dado en Lisboa sobre “Física atómica
y Filosofía”, escribe que “me complace [en esa conferencia] encontrar invertido el juego de
valores con que, entre nosotros, Xavier Zubiri acaba de tratar el mismo tema”. Y dos días
más tarde, insiste en el tema: “Y ocurre que mientras la conferencia de Weizsaecker se abre
con la invocación a los filósofos, el estudio incluido por Xavier Zubiri, en la serie
importante de los que componen su reciente volumen Naturaleza, Historia, Dios, parte de
una educación de las actuales conclusiones de la física atómica y de la mecánica del átomo
para encarecer la urgencia de que la Filosofía haga estos problemas suyos, aun sin esperar a
que esta física deje de ser provisional”. Mas no sólo se trata del panorama cultural español,
pues supo pronto y bien lo que significaban Rilke, Oscar Wilde, Chesterton, Bergson, T.S.
Eliot, Croce, Santayana, Tagore, Papini... por solo citar diez nombres.
Y es innecesario recordar, porque ésa es su faceta más reconocida, las múltiples y
constantes referencias a pintores, escultores, historiadores y críticos de arte presentes en sus
glosas, así como su formidable labor fundacional de la Academia Breve de Crítica del Arte,
tan descubridora y valoradora de nuevos creadores plásticos en los años de la postguerra
española. Pienso que es mucho menos conocida la devota atención que hacia la música
dispensó siempre D’Ors, libre del defecto más de una vez advertido por Federico Sopeña: la
sordera de nuestros intelectuales respecto de la música. Por el contrario, en las glosas
orsianas se encuentran muchas y muy variadas “muestras de que el arte sonoro formaba
parte del cosmos vivencial de Xenius”, como afirmó el crítico Jose Luis García del Busto
(ABC, 9 de febrero de 2001).
Ya en 1919, publicó en La Veu unas glosas bajo el título de “Música nova”, en las que
divagaba sobre las nuevas invenciones que la música había seguido tras Ricardo Wagner.
En El molino de viento (1923), nada menos que nueve glosas dedicó D’Ors a los festivales
de Salzburgo celebrados en el verano de aquel año, organizados por la International Society
for contemporary Music. “¡Cuántos nombres nuevos en el programa! ¡Cuántos de que
nosotros no tenemos noticia!”, exclamaba, con harta razón, el maestro para reseñar:
“Manuel de Falla es nuestro compatriota y amigo. Igor Stravinsky tiene fama mundial y
muy ruidosa. Sabemos de Darius Milhaud, que, si no pertenece al traído y llevado grupo
parisiense de los Seis, cerca se le anda. Y nada digamos de Maurice Ravel, que ya casi
parece un pendant de Debussy. Pero ¿quién es Mario Castelnuovo-Tedesco, autor de dos
obras que se ejecutarán en Salzburgo con los titulos de El rey verde y Cipress? ¿Quién es
Alois Haba? ¿Qué novedades y encantos traerán a la música nueva Roland-Manuel, Urjoe
Kilpenen, Emerson Whithorne, Arthur Honneger, Manfred Gurlitt, Paul Hindemith?...”
Y, en años sucesivos, en sus glosas hablará de Béla Bartók, de Schoenberg, de Satie, de
Casella, de Chostakovith, o de nuestros Mompou o Montsalvatge o Rodrigo...
Mas... no es posible reseñar la amplísima nómina de los escritores, científicos, artistas,
filósofos..., que aparecen en los miles de páginas del Glosario. Eugenio d’Ors fue, entre
nosotros, el gran cronista intelectual de la primera mitad del siglo XX. Su obra y su
personalidad bien merecen ser recordadas siempre y, con más razón, cuando se aproxima el
cincuentenario de su muerte, acaecida el 25 de septiembre de 1954.
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