Oramos con “Fundaciones” 13-22
Invocación al Espíritu Santo.
Todos nosotros nos hemos acercado a este grupo y a S. Teresa movidos
por el hambre de ese trato de amistad con Dios en soledad (la oración),
del que es maestra. El libro de las Fundaciones revela, desde el principio, el empuje misionero, evangelizador que desencadena siempre esa
relación con el Señor: “muchas veces me parecía que era para algún
gran fin estas riquezas (…) para bien de algún alma” (1,6). Para ello no
importa lo pequeñas que parezcan nuestras vidas y tareas. ¡Qué bueno
que estemos justo entre las solemnidades de S. José y la Anunciación!
Ni María ni José predicaron nunca y, sin embargo, con su entrega oculta
y obediente fueron, son en cierto modo el corazón de la Iglesia.
¡Oh grandeza de Dios! ¡Y cómo mostráis vuestro poder en dar osadía a
una hormiga! ¡Y cómo, Señor mío, no queda por Vos el no hacer grandes
obras los que os aman, sino por nuestra cobardía y pusilanimidad! Como
nunca nos determinamos, sino llenos de mil temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis vos vuestras maravillas y grandezas. ¿Quién
más amigo de dar, si tuviese a quién, ni de recibir servicios a su costa? Plega a Vuestra Majestad que os haya yo hecho alguno y no tenga más cuenta que dar de lo mucho que he recibido, amén (2,7).
Hacemos nuestro ese deseo de responder a tanto don de Dios…
Cantamos:
Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?
Precisamente para poder madurar en ese deseo de intimidad con el Señor y
de responderle con docilidad y disponibilidad totales, desde el comienzo de
este libro y tal como había hecho en escritos anteriores, la santa anima a
vivir en espíritu de obediencia, a través del acompañamiento espiritual1.
Por tanto, es un buen momento para pedir al Señor que nos dé la perseverancia en la oración y en el acompañamiento (o el impulso para comenzar,
si es el caso). Un buen momento para recordar, agradecer, suplicarle ayuda… por lo que he hecho o no respecto a ambas realidades últimamente.
También por las personas o circunstancias que me hayan ayudado para ello,
reviviéndolas, contemplando al Señor en ellas…
Lo que pretendo dar a entender es la causa que la obediencia, a mi parecer,
hace más presto, o es el mayor medio que hay para llegar a este tan dichoso
estado [la unión con Dios]. Es que como en ninguna manera somos señores de
nuestra voluntad, para pura y limpiamente emplearla toda en Dios, hasta que
la sujetamos a la razón, es la obediencia el verdadero camino para sujetarla.
Porque esto no se hace con buenas razones; que nuestro natural y amor propio
tiene tantas, que nunca llegaríamos allá. Y muchas veces, lo que es mayor razón, si no lo hemos gana, nos hace parecer disparate con la gana que tenemos
de hacerlo. Había tanto que decir aquí, que no acabaríamos de esta batalla
interior, y tanto lo que pone el demonio y el mundo y nuestra sensualidad para
hacernos torcer la razón. ¿Pues qué remedio? Que así como acá en un pleito
muy dudoso se toma un juez y lo ponen en manos las partes, cansados de pleitear, tome nuestra alma uno, que sea el prelado o confesor… (5,11).
Cantamos:
Dame alguien que me guíe,
un guía que no sea ciego,
1
Pr 1; 1,6a; 2,2; 3,1.5 y especialmente los cap. 4-8: cf. 4,2; 5,10-12; 6,15; 7,2.7;
8,5-6.9.
un guía que a ti me lleve,
y así pueda comprender
cuál es en mí tu Proyecto.
(Brotes de Olivo)
La unión con Dios que anhelamos, muy acorde con la Cuaresma,
es ser compasivos como lo es nuestro Padre (Lc 6,36).
Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que
entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el
camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran.
Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos
los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de
los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol
malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos
malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que
no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus
frutos los reconoceréis (Mt 7,12-20).
También S. Teresa apunta por dónde van esos frutos, con una exclamación muy cuaresmal:
¡Oh Hijo del Padre Eterno, Jesucristo, Señor nuestro, Rey verdadero de
todo! ¿Qué dejasteis en el mundo? ¿Qué pudimos heredar de Vos vuestros
descendientes? ¿Qué poseísteis, Señor mío, sino trabajos y dolores y deshonras, y aun no tuvisteis sino un madero en que pasar el trabajoso trago
de la muerte? En fin, Dios mío, que los que quisiéremos ser vuestros hijos
verdaderos y no renunciar la herencia, no nos conviene huir del padecer.
Vuestras armas son cinco llagas. ¡Ea, pues, hijas mías!, ésta ha de ser
nuestra divisa, si hemos de heredar su reino; no con descansos, no con rega-
los, no con honras, no con riquezas se ha de ganar lo que El compró con tanta
sangre. ¡Oh gente ilustre! Abrid por amor de Dios los ojos. Mirad que los
verdaderos caballeros de Jesucristo y los príncipes de su Iglesia, un San Pedro
y San Pablo, no llevaban el camino que lleváis. ¿Pensáis por ventura que ha
de haber nuevo camino para vosotros? (10,11).
Así, en estos capítulos de Fundaciones, ha insistido en la importancia de dar
frutos de austeridad (pobreza, en lenguaje clásico: 1,1; 3,1; 9,2-4), caridad
(5,3-5), sacrificio y virtud en la enfermedad (12,4-5)… Y en coherencia con
todo ello y, además, con la oración por las vocaciones –que tan ligada está a
la reciente fiesta de S. José–, incluso ha orado y exhortado así:
¡Oh Señor! ¡Qué gran merced hacéis a los que dais tales padres, que aman tan
verdaderamente a sus hijos, que sus estados y mayorazgos y riquezas quieren
que los tengan en aquella bienaventuranza que no ha de tener fin2! Cosa es de
gran lástima que está el mundo ya con tanta desventura y ceguedad, que les
parece a los padres que está su honra en que no se acabe la memoria de este
estiércol de los bienes de este mundo y que no la haya de que tarde o temprano
se ha de acabar (…) Abridles, Dios mío, los ojos; dadles a entender qué es el
amor que están obligados a tener a sus hijos (10,9).
Como la Virgen en la Encarnación y con Ella, y de nuevo con los versos de
la santa oramos y cantamos:
Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?
2
Prefiriendo que respondan a la vocación a la vida religiosa o sacerdotal, cuando
la tienen (como en el caso del que trata), que retenerlos en sus hogares y herencias, por grandes que sean éstos.
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