Prólogo de Santo Tomás

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INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE SANTO TOMAS DE AQUINO
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Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo, Proemio
Yo, la sabiduría, vertí y sigo vertiendo ríos: yo fluyo como avenida de agua inmensa: yo,
cual río Dórix y como un acueducto, salí del Paraíso. Dije: Regaré el huerto de las plantas y
embriagaré el fruto de mi parto (Eclo., 24, 40).
Entre las muchas sentencias que brotaron de los diversos autores sobre la sabiduría,
concretamente sobre cuál era la verdadera sabiduría, el Apóstol ofreció una singularmente
firme y verdadera, al decir: Cristo, potencia de Dios, sabiduría de Dios, quien también de
parte de Dios ha sido hecho sabiduría en beneficio nuestro (1 Cor., 1, 24 y 30). Pero no se ha
dicho que sólo el Hijo es la sabiduría, ya que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son una
sola sabiduría, como son una sola esencia; ahora bien, la sabiduría, de un cierto modo
especial, es apropiada al Hijo, puesto que parece que las obras de la sabiduría convienen
sumamente a las propiedades del Hijo. En efecto, mediante la sabiduría de Dios son
manifestados los arcanos de la Divinidad, son producidas las obras de las criaturas; y no sólo
son producidas, sino también, son restauradas y son perfeccionadas, con aquella perfección digo- con la que cada uno dícese perfecto en la medida que logra su fin. Ahora bien, es
evidente que la manifestación de las cosas divinas pertenece a la sabiduría de Dios, ya que el
mismo Dios, mediante su sabiduría, se conoce a sí mismo, plena y perfectamente. Por lo
tanto, si conocemos algo de Él, es preciso que de Él se derive, ya que todo lo imperfecto
arrastra el origen de lo perfecto; de ahí que en Sabiduría, 9, 17, se diga: ¿Quién conocerá tus
sentimientos, si tú no le has dado la sabiduría?. Ahora bien, esta manifestación se hace
especialmente mediante el Hijo; en efecto, Él es el Verbo del Padre, como se dice en Juan, 1;
por lo tanto, le conviene la manifestación del Padre que habla y de toda la Trinidad. De ahí
que, en Mareo, 11, 27, se diga: Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y a quien el Hijo ha
querido revelarlo; y en Juan, 1, 18: Nadie ha visto al Padre, a no ser el Unigénito, que está
en el seno del Padre. Luego justamente se dice de la persona del Hijo: Yo, la sabiduría, vertí
y sigo vertiendo ríos.
Por estos ríos entiendo los flujos de la procesión eterna, por la que el Hijo, de modo
inefable, procede del Padre; y el Espíritu Santo procede de ambos. En otro tiempo estos ríos
eran ocultos y, en cierto modo, estaban confusos, tanto en las semejanzas de las criaturas,
como en los enigmas de las Escrituras; de modo que, con dificultad, algunos sabios tuvieron
el misterio de la Trinidad como artículo de fe. Viene el Hijo de Dios y, en cierto modo, vertió
los ríos enclaustrados, al hacer público el nombre de la Trinidad; según Mateo, 28, 19: Id,
pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Por lo que en Job, 28, 11, se dice: Exploró las profundidades de los ríos y
sacó a la luz los misterios. La materia del libro primero trata de esto.
Lo segundo que pertenece a la sabiduría de Dios es la producción de las criaturas. En
efecto, Él posee, de las cosas creadas, como el artífice de los artefactos, tanto la sabiduría
especulativa como la operativa; de ahí que en Salmos, 103 se diga: Has hecho todo en la
sabiduría. En Proverbios, 8, 30, habla la sabiduría: Estaba yo con Él, construyendo todas las
cosas. También esto es atribuido especialmente al Hijo, en la medida en que es la imagen de
Dios invisible, respecto a cuya forma todas las cosas han sido formadas. De ahí que en
Colosenses, 1, 15, se diga: El que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda
criatura, porque en Él fueron creadas todas las cosas"; y en Juan, 1, 3: "Todas las cosas han
sido hechas mediante Él. Luego justamente se dice de la persona del Hijo: Yo fluyo, cual
avenida de agua inmensa; en lo que se observa tanto el orden de la creación como el modo. El
orden, porque de la misma manera que la avenida se deriva del río, así también el proceso
temporal de las criaturas se deriva del eterno proceso de las Personas; de ahí que, en Salmos,
148, 5, se diga: Díjolo Él, y fueron hechas. Engendró el Verbo, en el que estaba el poder de
que fueron hechas, como dice San Agustín. En efecto -según el Filósofo- lo que es primero es
causa de lo que sucede después; luego, el proceso primero es la causa y la razón de toda
procesión siguiente. El modo, a su vez, está indicado en dos aspectos: primero, por parte del
Creador, quien ejecuta todas las cosas y, sin embargo, no se mide por ninguna; lo que está
indicado al decir inmensa; segundo, por parte de la criatura; porque, como la avenida procede
fuera del cauce del río, así también la criatura procede de Dios, fuera de aquella unidad de
esencia en la que está contenido el fluir de las Personas como dentro del cauce. La materia del
libro segundo está indicada en esto.
La tercera cosa que pertenece a la sabiduría de Dios es la restauración de las obras. En
efecto, una cosa debe de ser reparada mediante lo que fue hecha; por lo tanto, las cosas que
fueron hechas mediante la sabiduría conviene que sean reparadas por la sabiduría; de ahí que
en Sabiduría, 9, 19, se diga: Por la sabiduría fueron salvados quienes supieron lo que te es
grato desde el inicio. Ahora bien, esta reparación ha sido llevada a cabo especialmente
mediante el Hijo, en cuanto que se hizo hombre, Él, quien, una vez que hubo reparado el
estado del hombre, en cierto modo reparó todas las cosas que, a causa del hombre, fueron
hechas; de ahí que en Colosenses, 1, 20, se diga: Reconciliando, por Él, todas las cosas, así
las de la tierra, como las del cielo. Por consiguiente, justamente se dice de la persona del
mismo Hijo: Yo, cual río Dorix y como un acueducto salí del Paraíso. Este Paraíso es la
gloria de Dios Padre, de la que salió al valle de nuestra miseria: pero sin perder la gloria,
solamente la ocultó. De ahí que en Juan, 16, 28, se diga: Salí del Padre y vine al mundo.
Sobre esta salida se observan dos cosas: el modo y el fruto. En efecto, el Dórix es un río de
rapidísima corriente: con él designa el modo con el que, como con un cierto impulso de amor,
Cristo cumplió el misterio de nuestra reparación; de ahí que en Isaías, 59, 19, se diga: Porque
vendrá cual torrente impetuoso, empujado por el soplo del Señor. Por otra parte, el fruto está
señalado con estas palabras: como un acueducto. En efecto, de la misma manera que los
acueductos son trazados desde una sola fuente para fertilizar la tierra, así también de Cristo
emanaron los géneros de las diversas gracias para plantar la Iglesia, conforme a lo cual, se
dice en Efesios, 4, 11: Él constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a estos
evangelistas, a aquellos pastores y doctores para la perfección consumada de los santos,
para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo. Y ésta es la materia del
libro tercero: en cuya primera parte se trata de los misterios de nuestra reparación; en la
segunda, de las gracias que nos han sido conferidas mediante Cristo.
La cuarta cosa que pertenece a la sabiduría de Dios es la perfección, por la que las cosas
son conservadas en su fin. Pues, eliminado el fin, queda la vanidad que la sabiduría no soporta
consigo; de ahí que en Sabiduría, 8, 1, se diga: Se extiende vigorosamente de uno al otro
extremo y lo gobierna todo con suavidad. Ahora bien, una cosa ha sido gobernada o dispuesta
con suavidad cuando está colocada en su fin, al que desea naturalmente. También esto
pertenece especialmente al Hijo, quien, al ser verdadero y natural Hijo de Dios, nos ha
conducido a la gloria de la heredad paterna; de ahí que en Hebreos, 2, 10, esté escrito:
Convenía que aquel, para quien y por quien han sido hechas todas las cosas, condujera
muchos hijos a la gloria. En efecto, para la consecución del fin se exige una preparación,
mediante la cual se elimina todo lo que no corresponde al fin; así también Cristo, para
llevamos al fin de la gloria eterna, preparó la medicina de los sacramentos, con los que se
hace desaparecer de nosotros la herida del pecado. Por lo tanto, en estas palabras expuestas se
observan dos cosas: la preparación que sucede mediante los sacramentos, y la conducción a la
gloria. La primera, porque se dice: Regaré el huerto de las plantas. Pues este huerto es la
Iglesia, de la que en Cantar de los Cantares, 4, 12, se dice: Eres jardín cercado, hermana,
esposa mía, y en este huerto hay plantas diversas, según los diversos órdenes de los santos, a
todos los cuales la mano del Omnipotente plantó. Este huerto es regado por Cristo, con los
ríos de los sacramentos que fluyeron de su costado, por lo que en la recomendación de la
belleza de la Iglesia se dice en Números, 24, 5: ¡Qué bellas son tus tiendas, Jacob!. Y;
después en 24, 6 continúa: Como los huertos regados a orilla de un río. Por eso también, los
ministros de la Iglesia, que dispensan los sacramentos son llamados "regadores", como está
escrito en 1 Corintios, 3, 6: Yo planté, Apolo regó. Por otra parte, la conducción a la gloria
está señalada en estas palabras: Embriagaré el fruto de mi parto. El parto de Cristo son los
fieles de la Iglesia, a los que como una madre parió con su sufrimiento; y de este parto se
habla en Isaías, 66, 9: "¿Acaso yo, que hago parir a los demás, no voy a parir?", dice el
Señor. Por otro lado, el fruto de este parto son los santos que están en la gloria; de este fruto
se dice en Cantar de los Cantares, 5, 1: Venga mi amado a mi huerto y coma el fruto de sus
árboles. Embriaga a estos con su abundantísima fruición: de esta fruición y embriaguez se
habla en Salmos, 35, 9: Se embriagarán por la abundancia de tu casa. Emplea el término
embriaguez porque rebasa toda medida de la razón y del deseo. De ahí que esté escrito en
Isaías, 64, 4: ¡Oh Dios!, sin ti el ojo no ve las cosas que tú has preparado para los que te
esperan. En esto se alude a la materia del libro cuarto; en cuya primera parte se trata de los
Sacramentos; en la segunda, de la gloria de la Resurrección. Según esta exposición, queda
clara la intención del libro de las Sentencias.
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