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Epistemología Andina: La naturaleza del Amor, Sabiduría y Relación con
el Medio Ambiente.
Paper para la Western Social Science Association (2001)
Dr. Oakley E. Gordon
Extracto: El término “epistemología” representa cómo una cultura define el
conocimiento y cómo va descubriendo y validando este conocimiento. La
epistemología de Occidente sustenta diferentes aproximaciones al
conocimiento, incluyendo ciencia y religión. De todos modos no existe
epistemología que pueda abarcar la totalidad de la realidad. Este documento es
un informe de investigación por parte del autor (un psicólogo), de otra
epistemología: la de los indígenas que habitan los Andes en Perú. Dentro de
esta epistemología Andina * existen modelos de supuestos, creencias, y
comportamientos que ofrecen alternativas no disponibles en la nuestra, y que
podrían incorporarse dentro de la cultura occidental con resultados
beneficiosos. Este documento se focalizará sobre las diferencias entre la
epistemología Andina y la nuestra, referidas a la naturaleza del amor, a la
sabiduría y a nuestra relación con nuestro medio ambiente, dentro del contexto
aún mayor que implica el desafío de intentar integrar los aspectos
complementarios de ambas epistemologías.
* Nota: Para hacer conciso este trabajo, he aludido simplemente a la
“Epistemología Andina”, pero ruego al lector que recuerde que estoy hablando
desde mis experiencias dentro de un área relativamente pequeña de los Andes.
Dentro de esa área encontré una cantidad de tradiciones diferentes, aún
cuando tengan mucho en común y es a esas cosas en común a las que me
refiero.
Durante los últimos 7 años he estado trabajando en un proyecto de
investigación con indígenas que viven en poblaciones aisladas en lo alto de los
Andes peruanos, cerca del Cuzco, la vieja capital Inca. Uno de los aspectos
más llamativos de sus vidas es la forma terapéutica en que interactúan con su
geografía. Ellos participan en procesos de tipo meditativo que los conectan
experiencialmente con la naturaleza y que establecen una relación de amor y
mutua reciprocidad con el mundo no humano que los rodea. Dentro de estas
relaciones ellos pueden invocar su geografía para que les sirva como recurso
terapéutico para resolver problemas o para su crecimiento personal, y esto a su
vez conduce a un sentimiento de conexión íntima con el cosmos, que acarrea
efectos terapéuticos adicionales. Comenzaré por describir mis experiencias con
esos procesos de tipo meditativo y luego volveré sobre el tema de lo que una
persona operando desde la epistemología Occidental puede hacer con tal
aproximación.
Muchas de las meditaciones que he descubierto en los Andes implican inter
actuar con elementos de la naturaleza (p.ej.: la tierra, un río, un árbol) con
específicos efectos terapéuticos en la mente. El actual proceso para conectarse
con la naturaleza – ej. con un río- fue traducido como “mezclar/armonizar tu
espíritu con el espíritu del río”. La forma de lograr esta mezcla es a través de la
“intención”: Existen muchas posibles definiciones diferentes para este término:
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Una muy útil es pensar “intención” como “simular sinceramente”. A través de
ese proceso de “simular sinceramente”, subjetivamente emerge la experiencia
real. Luego de experimentar las meditaciones por un período de tiempo
descubrí que el aspecto “simular” comenzaba a ceder en favor de una
comprensión experiencial de la “intención” y cómo evocarla.
La selección de cuál elemento de la naturaleza elegir para conectarse,
depende del tipo de efecto deseado. Por ejemplo: sentado en calma a la orilla
de un río, uno puede conectar su espíritu con el del río y dejar que sus miedos,
neurosis y otros diferentes problemas sean suavemente lavados corriente
abajo. Uno puede sentarse con la espalda contra un árbol y conectarse con
éste para aprender cómo trabajar con la energía vertical (trascendente), y cómo
mantenerse enraizado mientras se alcanzan las estrellas. Uno puede
exponerse al viento y pedirle que lo ayude a expandir su conciencia. Apenas el
sol se asoma en la mañana, uno puede pedirle que lo ayude a focalizar y
movilizar su propia energía para las tareas que deberá encarar durante el día,
mientras que al atardecer puede ayudarnos a esfumar nuestra energía en
preparación para entrar en los misterios del atardecer (el tiempo del sueño y la
inconsciencia).
De todos los aspectos de la naturaleza, el que juega el papel más importante
en los procesos que aprendí es la “Pachamama”, la Gran Madre que es el
planeta Tierra. Una simple meditación para comenzar una exploración de estos
procesos, es encontrar un lugar apropiado para sentarse sobre la tierra, y luego
experimentar el sentarse en el regazo de la “Pachamama” del mismo modo en
que un niño experimenta el sentarse en el regazo de una madre perfectamente
amantísima y nutricia. Otra meditación es yacer sobre el suelo, apoyar el
ombligo desnudo en la tierra y luego darle a la Pachamama todos nuestros
problemas y preocupaciones, o pedirle lo que necesitemos para resolver
nuestros problemas internos. Esos simples procesos pueden conducir a
experiencias apacibles y contenedoras.
Las relaciones son bi-direccionales, y por lo tanto dentro de este concepto
existe una consecuente responsabilidad para los seres humanos de compensar
el amor y alimento ofrecidos por la naturaleza. Todas las ceremonias en las
que participé en los Andes, incluían “despachos”, ofrendas hechas a los
diferentes elementos de la naturaleza, particularmente la Pachamama. Estas
ofrendas no son pagos o sobornos a la naturaleza por favores recibidos o
solicitados; sino que constituyen un alimento de la relación, tal como un amante
que regala flores a su amada. Esto a su vez ha evocado dentro de mi y de
muchos otros intervinientes en este proyecto, un gran deseo de sostener la
sanidad y conservación de toda la naturaleza, no como una obligación moral
sino como un acto natural de cuidado por alguien que se ama.
Además de los beneficios de invocar aspectos geográficos puntuales para
obtener efectos terapéuticos específicos, aparece otro nivel de beneficio de la
relación general con la naturaleza y que es engendrado por esos procesos.
Todas estas meditaciones presuponen que la naturaleza puede y desea
sustentarnos y alimentarnos, que la tierra absorberá nuestros problemas, que
el río se llevará nuestras ansiedades, que el viento expandirá nuestras
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conciencias y que un árbol nos ayudará a iluminarnos. Esto puede evocar un
fuerte sentido de validación y apoyo para nuestra existencia como hijos de la
naturaleza, comparado con lo que podemos haber experimentado como hijos
de la sociedad occidental. Esto a su vez puede mitigar problemas de propósito,
significado, pertenencia y conexión con la vida.
Pero la posibilidad de conformar una relación bi-direccional con la naturaleza,
(ej. un árbol), es difícil de desentrañar desde la epistemología Occidental. A
través de las contribuciones de Platón y Aristóteles, la Biblia, la división
cartesiana de espíritu y materia y el subsecuente desarrollo del materialismo
científico, nosotros en Occidente tendemos a experimentar la realidad como si
fuéramos conciencias aisladas interactuando con un mundo mecánico y
desvalorizado. En tal realidad, amar o respetar un árbol es tan ridículo como
amar una máquina fotocopiadora, y ser amado por el árbol es absolutamente
imposible. Esta es la experiencia que encontramos en los Andes, porque ellos
tienen una epistemología que sustenta tal relación con el mundo natural.
La epistemología Andina, abarca tres formas de “conocimiento” sobre el
Cosmos, cada una asociada con un lugar diferente en el cuerpo: Llankay
(ubicado cerca del ombligo) dirige la energía del cuerpo; munay (ubicado cerca
del corazón) dirige la energía del amor; y el llachay (ubicado cerca de la
coronilla) dirige la energía del pensamiento.
El llachay involucra el intelecto, al cual definiré como el mundo de las
representaciones simbólicas de la realidad (p.ej. palabras y números) y la
organización de esas representaciones en estructuras tales como modelos y
teorías (en ciencia) o dogma (en religión occidental). De incumbencia primaria
del intelecto, es la determinación de la verdad o falsedad de esas
representaciones simbólicas. Ciencia y religión en occidente son
primordialmente productos del llachay.
Conozco poco del rol del Llankay (el centro de la energía del cuerpo) dado que
éste no jugó un papel significativo en mi entrenamiento académico o en Perú.
En mi limitada experiencia con las artes marciales, me parece que corresponde
al Dan Tien: el centro de energía que se encuentra ligeramente debajo del
ombligo. En un nivel cultural, la tecnología puede considerarse dentro del reino
del llankay, dado que es una extensión de nuestra habilidad para trabajar
dentro del reino físico.
De todos modos, es en el área del corazón: el munay, donde la epistemología
Andina provee una relación bi-direccional con la Naturaleza y con el resto del
Cosmos. Dentro de la ciencia Occidental la identificación del corazón como el
centro del amor está vista como un extraño error, pero en los Andes se
considera literalmente verdad. Pero “amor” en este contexto, no se refiere a la
emoción que en nuestra cultura se nombra con esa palabra. Para entender
cómo se utiliza ese término en el contexto Andino, “amor” debe separarse de
cualquier connotación romántica, de cualquier sentido de posesividad (ej.:
celos), de sentimentalismo o de afición . Se describe mejor no como una
emoción sino como una sensación que aparece cuando se centra la conciencia
en el área del corazón.
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La diferencia entre experimentar el mundo desde el llachay o hacerlo desde el
munay, reside en que cuando operamos desde el llachay (intelecto), tendemos
a experimentarnos a nosotros mismos como unidades aisladas, desconectadas
del resto del Cosmos, pero cuando estamos operando desde el munay
(corazón), nos experimentamos como partes de un todo. Esta sensación de
unidad con el Cosmos abre la posibilidad de experimentar una conexión con
diferentes aspectos de la naturaleza. Si definimos “sabiduría” como la habilidad
de sentir nuestro rol en los sistemas de los que formamos parte y actuar con
compasión por esos sistemas, entonces el munay puede también servir como
fuente de sabiduría para complementar la inteligencia de llachay.
Pero tanto la belleza como la desventaja del munay (corazón) residen en que
sus operaciones son insondables para el llachay (intelecto). El intelecto puede
quitarle el sentido al munay y puede desechar su existencia o su importancia,
porque el munay no produce nada que pueda ser probado como verdadero o
falso. El intelecto quiere jugar bajo sus reglas, y si la veracidad o falsedad del
munay no puede ser determinada, entonces el munay no tiene ningún valor
para mi llachay. Como psicólogo encontré muy fácil traducir los misterios del
munay dentro de los mecanismos de la psique conocidos por la psicología, y
entonces volví a poner al mundo dentro de los límites del llachay. Por ejemplo:
los efectos terapéuticos de la meditación que había aprendido en Perú podían
darse como respuesta a un placebo, o podían ser producto de metáforas
terapéuticas (p.ej.: el río no tiene realmente espíritu, pero la mente responde
“como si lo tuviera”). Mientras estas aproximaciones sirven a la lógica de la
ciencia, nos alejan de la belleza de la experiencia (su verdadera esencia), tal
como lo hace frecuentemente el pensamiento analítico. Esto descalifica otras
formas de conocimiento descubiertas en otras culturas, ricos aspectos del tapiz
de la existencia,.
Afortunadamente, somos más que la suma de nuestras partes, más que una
colección de nuestros diferentes modos de pensamiento. Algún aspecto mío es
meta con el llachay (intelecto), meta con el munay (corazón), meta con el
llankay (cuerpo) y meta con los otros modos de conocimiento que
probablemente existan como partes del potencial de la experiencia humana.
En este meta–nivel de mi mismo, a través de mis experiencias en Perú, mi
munay ha establecido sus credenciales, al punto en que mi llachay
encogiéndose de hombros solo ha podido acceder graciosamente.
De modo que, si no voy a desechar al munay como una invención de la
imaginación de otra cultura, ¿debo aceptar ambas, su existencia y mi
experiencia de éste como real? En un sentido similar, ¿debemos aceptar la
existencia de un espíritu en el río como real y creer que éste está deseoso de
ayudarnos dentro del contexto de una relación amorosa? Parece que nos
enfrentamos a dos opciones: O la meditación con el río surte un efecto debido
a mecanismos psicológicos básicos, o el río realmente tiene un espíritu que nos
está ayudando. Pero recuerden, la distinción entre cuándo algo es literalmente
verdad o cuándo es solo una metáfora, es puramente intelectual y tiene
aplicación solo en el reino del llachay. El munay reside fuera de ese reino.
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El antropólogo Gregory Bateson, en su esfuerzo por aproximarse al tema de lo
sagrado ( en R.E. Donaldson, ed., A. Sacred Unity, 1991, pp. 265-270)
puntualiza directamente esta dicotomía. El señala que en el 1500, católicos y
protestantes se mataban unos a otros sólo por esta elección, discutiendo si el
vino de la Misa “es realmente” la sangre de Cristo, (posición Católica) o si sólo
“hace como que” (posición Protestante) en forma metafórica. Bateson propone
que ambos puntos de vista son en cierto modo anti-sagrados; que lo sagrado
es, viniendo al asunto desde otra dirección. Reclama un modo de pensamiento
desapegado de las distinciones aristotélicas de verdadero o falso – tan
enfatizadas tanto en la ciencia como en la religión occidentales – y que tenga
que ver con la belleza, la armonía, la salud y lo sagrado. Este otro modo de
pensamiento es curiosamente escurridizo al análisis consciente e inexpresable
por medio de la palabra. Conocemos de todos modos esta forma de
pensamiento, porque la utilizamos cuando vamos a un teatro a ver una puesta,
o cuando observamos una obra de arte, contemplamos un atardecer o nos
sentamos con nuestra espalda contra un árbol.
El desafío, como siempre, es el de la integración. ¿Cómo integramos nosotros,
como individuos y como sociedad, el munay, el llankay y en llachay? Tal
integración puede ser crucial para nuestra supervivencia como especie y para
la supervivencia del planeta como un lugar de salud y belleza. Hemos
avanzado mucho en Occidente en lo que respecta a nuestro intelecto y nuestra
tecnología. Tenemos la inteligencia y la tecnología suficientes para vivir en este
mundo de modo de preservar su salud y belleza, pero pareciera que hemos
perdido la sabiduría y el corazón para hacerlo. Según mi experiencia, la cultura
Andina ha avanzado al mismo nivel en términos de munay. Si pudiéramos
reunir todas estas formas de conocimiento, no solamente tendremos la
inteligencia y los medios para lograr este fin sino también la sabiduría y el
corazón para hacerlo. Dos semanas atrás pregunté a un paq’o en Perú cómo
integrar estos aspectos aparentemente ortogonales de mí mismo. Su consejo
puede bien aplicarse a un nivel más amplio que el individual. Él dijo: Ama y
honra a todos ellos.
Oakley E Gordon, Ph.D., es un profesor adjunto de la cátedra de psicología en
la Universidad de Utah.
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