Tema 6. La Primera Guerra Mundial
Lectura 14. El fracaso de la paz y de la seguridad colectiva
1. Los Tratados de ParÃ−s: una paz condenada al fracaso.
Cabe preguntarse por qué los gobernantes no decidieron poner fin a la guerra mediante algún compromiso
antes de que ésta destruyera el mundo de 1914. En el pasado prácticamente sólo las guerras
revolucionarias o ideológicas se habÃ−an librado como una lucha a muerte o hasta el agotamiento total. Y
en 1914 no era la ideologÃ−a lo que dividÃ−a a los beligerantes, si bien ambos bandos necesitaban movilizar
a la opinión pública apelando, por ejemplo, al peligro que corrÃ−an los valores nacionales, como la cultura
alemana frente a la barbarie rusa, la democracia francesa y británica frente al absolutismo alemán, etc.
Hubo, además, en casi todos los paÃ−ses, polÃ−ticos que, durante la guerra, propusieron soluciones de
compromiso y presionaron en esa dirección a sus aliados conforme se acercaba la derrota. ¿Por qué,
pues, las principales potencias consideraron la guerra como un conflicto en el que sólo cabÃ−a la victoria o
la derrota total?.
La razón es que, a diferencia de las guerras anteriores, surgidas por motivos concretos, la lª G.M.
perseguÃ−a objetivos ilimitados. Cada vez más la rivalidad polÃ−tica internacional venÃ−a marcada por el
crecimiento y la competitividad de la economÃ−a, y su rasgo tÃ−pico era precisamente que no tenÃ−a
lÃ−mites. Las “fronteras naturales” de la Standard Oil, el Deutsche Bank o la De Beers Diamond eran el
planeta entero o, más bien, los lÃ−mites de su capacidad de expansión. En concreto, para Alemania y Gran
Bretaña, no habÃ−a lÃ−mites, pues Alemania aspiraba a alcanzar una posición polÃ−tica y marÃ−tima
mundial como la de Gran Bretaña, lo cual automáticamente relegarÃ−a a un segundo lugar a una Gran
Bretaña que ya habÃ−a iniciado su declive. Era todo o nada. Las aspiraciones de Francia tenÃ−an un
carácter menos general, pero igualmente urgente: compensar su creciente inferioridad demográfica y
económica respecto a Alemania. También aquÃ− estaba en juego el futuro de Francia como potencia de
primer orden. En ambos casos un compromiso sólo habrÃ−a servido para posponer el problema.
Alemania podÃ−a, sin duda, limitarse a esperar hasta que su creciente superioridad pusiera al paÃ−s en el
lugar que su gobierno creÃ−a que le correspondÃ−a. De hecho, la posición dominante en Europa de una
Alemania derrotada dos veces está hoy reconocida más claramente de lo que nunca lo estuvieron sus
aspiraciones militaristas antes de 1945. Pero eso es asÃ− porque tras la 2ª G.M. Gran Bretaña y Francia
tuvieron que aceptar verse relegadas a la condición de potencias de segundo orden, de la misma forma que
Alemania del Oeste, pese a su enorme potencialidad económica, reconoció que no podrÃ−a ostentar la
supremacÃ−a como Estado aislado. Pero en la década de 1900 estaban todavÃ−a intactas tanto la
aspiración alemana de convertirse en la primera potencia mundial como la resistencia de Gran Bretaña y
Francia, que seguÃ−an siendo, sin duda, “grandes potencias”. Teóricamente era posible el compromiso sobre
alguno de los “objetivos de guerra” excesivamente ambiciosos que ambos bandos formularon al estallar el
conflicto, pero en la práctica el único objetivo que importaba era la victoria total, la “rendición
incondicional”.
Era un objetivo absurdo y destructivo que arruinó a vencedores y vencidos. Llevó a los paÃ−ses derrotados
a la revolución y a los vencedores a la bancarrota y el agotamiento. En 1940 Francia fue aplastada con
ridÃ−cula facilidad por unas fuerzas alemanas inferiores y aceptó sin dilación la subordinación a Hitler
porque el paÃ−s habÃ−a quedado muy desangrado en 1914-18. Gran Bretaña no volvió a ser la misma
porque su economÃ−a se habÃ−a arruinado tras una guerra que superó con creces sus recursos. Además, la
victoria total, ratificada por una paz impuesta que establecÃ−a unas durÃ−simas condiciones, dio al traste con
las escasas posibilidades que existÃ−an de restablecer, al menos en parte, una Europa estable, liberal y
burguesa. Como comprendió el economista Keynes, si Alemania no se reintegraba a la economÃ−a europea,
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es decir, si no se reconocÃ−a y aceptaba el peso del paÃ−s en esa economÃ−a, serÃ−a imposible recuperar la
estabilidad. Pero eso era lo último en que pensaban quienes habÃ−an luchado para eliminar a Alemania.
A. La conferencia de ParÃ−s y los catorce puntos de Wilson.
Los vencedores se reunieron en ParÃ−s, en el invierno de 1919, para reconstruir el mundo. El mundo miraba
con respeto y expectación al presidente de EEUU, Wilson, que gozaba de un gran prestigio. Vencedores,
vencidos y neutrales admitÃ−an que la intervención de EEUU habÃ−a sido decisiva para la victoria aliada.
Todos los pueblos que habÃ−an sufrido la dura prueba de la guerra se sentÃ−an animados por el conmovedor
lenguaje de Wilson en favor de una causa superior y de una paz democrática que asegurarÃ−a la paz para
siempre.
Los puntos de vista de Wilson eran sus famosos “Catorce Puntos”, formula−dos en enero de 1918 como base
sobre la que habÃ−a de establecerse la paz, después de la victoria. Esos puntos exigÃ−an poner fin a la
diplomacia secreta (estableciendo “pactos abiertos, logrados abierta-mente”); libertad de los mares; eliminar
barreras y desigualdades en el comercio internacional; reducción de armamentos por parte de todas las
potencias; reajustes coloniales; evacuación de los territorios ocupados; autodeterminación de las
nacionalidades y nuevo trazado de las fronteras europeas siguiendo lÃ−neas nacionales; y, como punto final,
un organismo polÃ−tico internacional para evitar la guerra. En conjunto, Wilson defendÃ−a los movimientos
democrático, liberal, progresista y nacionalista del siglo pasado, los ideales de la Ilustración, de la
revolución francesa y de 1848. CreÃ−a que la Gran Guerra debÃ−a terminar con un nuevo tipo de tratado.
Censuraba a la vieja diplomacia porque conducÃ−a a la guerra. TenÃ−a la convicción de que los tratados se
habÃ−an basado, durante mucho tiempo, en una polÃ−tica de poder, falta de principios, realizada de espaldas
a los ciudadanos. Con la victoria de la democracia los pueblos creÃ−an que podÃ−a lograrse un nuevo orden
internacional mediante un acuerdo general, en una atmósfera de confianza mutua.
Wilson tuvo dificultades para convencer a los aliados de que aceptasen sus puntos. Los franceses exigÃ−an a
Alemania la reparación de todos los daños de guerra. Los ingleses vetaban la libertad de los mares, ya que
habÃ−an hecho la guerra para conservar su dominio del mar. Con estas dos reservas, estaban dispuestos a
seguir los puntos de Wilson. Los alemanes que pidieron el armisticio creÃ−an que la paz se harÃ−a según
dichos puntos, con esas dos únicas salvedades. Los socialistas y los demócratas que gobernaban Alemania
pensaban también que, caÃ−do el Káiser, se tratarÃ−a a su paÃ−s con consideración, y una nueva
Alemania democrática podrÃ−a erigirse con la paz.
Aunque fueron 27 las naciones reunidas en ParÃ−s en enero de 1919, las cuestiones se decidÃ−an entre los
cuatro grandes: Wilson, Lloyd George (Gran Bretaña), Clemenceau (Francia), y Orlando (Italia).
Clemenceau era un viejo nacionalista declarado (nacido en 1841); a Lloyd George, un galés vehemente y
voluble, siempre le habÃ−an interesado más las reformas interiores; Orlando, un fenómeno pasajero de la
polÃ−tica italiana, era por su formación un profesor como Wilson, y éste, un antiguo rector de
universidad, rigurosa y obstinadamente equitativo, ni tenÃ−a amplios conocimientos sobre la realidad externa
a EEUU ni era especialmente sensible a ella. No obstante, representa−ban democráticamente a sus
respectivos paÃ−ses, y hablaban, por lo tanto, con una autoridad que se negaba a los diplomáticos
profesionales de la vieja escuela.
Wilson empezó dando una dura batalla por la Sociedad de Naciones (SdN), un organismo internacional en el
que todas las naciones, sin sacrificar su soberanÃ−a, se reunirÃ−an para resolver sus disputas, prometiendo
no recurrir a la guerra. Pocos gobernantes tenÃ−an confianza en aquella Sociedad, pero aceptaron la
propuesta de Wilson, y el convenio de la SdN se incluyó en el tratado de paz. A cambio, Wilson tuvo que
hacer concesiones a Lloyd George, Clemenceau, Orlando y los japoneses. El compromiso habrÃ−a sido
necesario en todo caso, porque unos principios tan generales como la autodeterminación nacional y el
reajuste colonial llevarÃ−an, sin duda, a diferen-cias de opinión en casos concretos. Wilson quiso creer que,
si se lograba hacer funcionar una SdN, los defectos del Tratado podrÃ−an corregirse luego mediante la
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discusión internacional.
El acuerdo de paz impuesto por las principales potencias vencedoras (EEUU, Gran Bretaña, Francia e Italia)
y que suele denominarse Tratado de Versalles (en realidad ese tratado sólo establecÃ−a la paz con Alemania,
diversos lugares cercanos a ParÃ−s dieron nombre a los otros tratados: Saint Germain con Austria, Trianon
con HungrÃ−a, Neuilly con Bulgaria, y Sévres con TurquÃ−a), respondÃ−a principalmente a cinco
consideraciones.
La más inmediata era que se habÃ−a producido el derrumbamiento de un gran número de regÃ−menes en
Europa y el surgimiento en Rusia de un régimen bolchevique revolucionario dedicado a la subversión
universal e imán de las fuerzas revolucionarias de todo el mundo.
En segundo lugar, estaba la necesidad de controlar a Alemania que, después de todo, habÃ−a estado a
punto de derrotar con sus solas fuerzas a toda la coalición aliada. Por razones obvias, ésta era la principal
preocupación de Francia.
En tercer lugar, habÃ−a que reestructurar el mapa de Europa, tanto para debilitar a Alemania como para llenar
los vacÃ−os dejados en Europa y Oriente Medio por la caÃ−da de los imperios ruso, austrohúngaro y turco.
Los principales aspirantes a esta herencia, al menos en Europa, eran varios movimientos nacionalistas que los
vencedores apoyaron siempre que fueran antibolcheviques. De hecho, el eje básico que guió en Europa la
reestructuración del mapa fue la creación de Estados nacionales étnico-lingüÃ−sticos según el
principio de que las naciones tenÃ−an "derecho a la autodeterminación". El presidente de EEUU, Wilson,
defendÃ−a apasionadamente ese principio. El resultado de ese intento fue realmente desastroso, como lo
atestigua todavÃ−a la Europa de hoy: los conflictos nacionales que desgarran actualmente el continente
estaban larvados ya en la obra de Versalles. La remodelación del Próximo Oriente se realizó según
principios imperialistas convencionales (reparto entre Gran Bretaña y Francia), excepto en el caso de
Palestina, donde el gobierno británico, deseando contar con el apoyo de la comunidad judÃ−a internacional
durante la guerra, habÃ−a prometido, no sin imprudencia y ambigüedad, establecer un “hogar (home)
nacional” para los judÃ−os. à sta serÃ−a otra secuela problemática e insuperada de la lª G.M.
En cuarto lugar estaban las consideraciones propias de la polÃ−tica nacional de los paÃ−ses vencedores y las
fricciones entre ellos, como ya hemos señalado. Una de sus consecuencias más importantes fue el hecho
de que el Congreso de EEUU se negara a ratificar el tratado de paz, redactado en gran medida por y para su
presidente, y que por consiguiente EEUU se retirara del mismo, lo cual habrÃ−a de tener importantes
secuelas. Por último, las potencias vencedoras trataron de conseguir una paz que hiciera imposible una nueva
guerra como la que acababa de devastar el mundo y cuyas consecuencias estaban sufriendo. El fracaso que
cosecharon en este objetivo fue realmente estrepitoso, pues veinte años más tarde el mundo estaba
nuevamente en guerra.
B. Las imposiciones a Alemania.
La principal exigencia de Francia, que mantuvo inflexible, fue la seguridad frente a Alemania. ProponÃ−a
convertir en un Estado independiente, bajo auspicio aliado, la zona alemana al oeste del Rin. Wilson y Lloyd
George se opusieron, aduciendo que el resentimiento alemán llevarÃ−a a otra guerra. Francia cedió sólo a
cambio de que Gran Bretaña y EEUU firmaran un tratado conjunto de garantÃ−as, por el que se
comprometÃ−an a ayudarla si era atacada de nuevo por los alemanes. Francia obtuvo además el control
durante quince años de las minas de carbón del Sarre, territorio que administrarÃ−a la SdN hasta que en
1935 se celebrara un plebiscito. Alsacia y Lorena fueron devueltas a Francia; los cantones de Eupen y
Malmédy a Bélgica, y Schleswig septentrional a Dinamarca. La región alemana de Renania serÃ−a
desmilitarizada y ocupada por tropas aliadas durante 15 años para asegurar el cum−plimiento del tratado por
parte alemana.
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En el este las zonas del antiguo imperio alemán habitadas por polacos o por polacos y alemanes (Posnania)
fueron asignadas al nuevo Estado polaco. Esto le daba un corredor hacia el mar, pero, a la vez, separaba a
Prusia Oriental del núcleo de Alemania. Dantzig, una vieja ciudad alemana, se convirtió en ciudad libre
independiente. Memel también fue internacionalizada y no tardó en ser tomada por Lituania. La Alta
Silesia, una rica zona minera, pasó a Polonia, tras un disputado plebiscito. En Austria y entre los sudetes
alemanes de Bohemia, surgió un sentimiento favorable a la anexión a la nueva república alemana. Pero
ese sentimiento no estaba organizado, y, en todo caso, los aliados se negaban, naturalmente, a que Alemania
fuese más grande de lo que habÃ−a sido en 1914. Austria se convirtió en una pequeña república. Los
alemanes de Bohemia se convirtieron en ciudadanos descontentos del nuevo Estado checoslovaco.
Alemania perdió todas sus colonias, transferidas a la SdN. à sta asignó su administración como
“mandatos” a diversas potencias. AsÃ−, las colonias africanas pasaron a Gran Bretaña (Tan-ganica y parte
de Togo y Camerún), Francia (Togo y Camerún), Bélgica (Ruanda y Burundi) y la Unión Sudafricana
(Ôfrica del SO, hoy Namibia). Italia no obtuvo nada. Japón recibió las islas Carolinas, Marianas y
Marshall, Australia Nueva Guinea oriental y las Salomón, y Nueva Zelanda Samoa occidental. Los japoneses
reivindicaban las concesiones alemanas en China. Los chinos trataron de que se aboliesen todas las
concesiones y los derechos extraterritoriales en China, pero nadie les hizo caso. Al final, mediante un
compromiso, Japón recibió sólo la mitad de los viejos derechos alemanes; los japoneses quedaron
descontentos y los chinos abandonaron la conferencia.
Los aliados se adjudicaron la flota alemana, pero su tripulación prefirió hundirla en Scapa Flow.− El
ejército alemán se redujo a 100.000 hombres. Se prohibió además el reclutamiento, con lo que el
ejército se hizo totalmente profesional, conservando los oficiales su influencia polÃ−tica. Por último, el
tratado prohibÃ−a a Alemania tener artillerÃ−a pesada, aviación y submarinos. Wilson vio su plan de
desarme universal aplicado sólo a Alemania.
Los franceses, y otros aliados, exigÃ−an a Alemania el pago de todos los daños de guerra, petición que
alcanzaba unas cifras astronómicas. Los belgas pedÃ−an una suma superior a la riqueza total de Bélgica.
Franceses y británicos proponÃ−an incluir entre los gastos también las pensiones de guerra. Wilson
señalaba que una reparación “total”, aunque quizá justa, era imposible. La insistencia en tales
reparaciones era, sobre todo, emocional, ya que nadie sabÃ−a cómo iba a pagar Alemania, aunque todos
entendÃ−an que tales sumas sólo podrÃ−an abonarse mediante exportaciones alemanas, lo que chocarÃ−a
con los intereses económicos de los aliados. Los alemanes, para evitar lo peor, ofrecieron reparar los daños
fÃ−sicos producidos en Bélgica y en Francia, pero su propuesta fue rechazada inmediatamente, ya que, con
ello, belgas y franceses perderÃ−an puestos de trabajo.
En el tratado no se estableció ninguna suma total por reparaciones, quedando al arbitrio de una futura
comisión. Los aliados, que tenÃ−an enormes deudas con EEUU, no querÃ−an, en el tema de las
reparaciones, ni oÃ−r hablar de razones económicas, y las consideraban simplemente como otro medio de
compensar las pérdidas sufridas y alejar el peligro de que Alemania resurgiera como gran potencia. Como
primer pago, el tratado exigÃ−a a Alemania entregar la mayor parte de su marina mercante, hacer entregas de
carbón, y abandonar todas las propiedades de ciudadanos alemanes en el extranjero (poniendo fin asÃ− a su
carrera como exportadora de capital).
Para justificar las reparaciones se incluyó en el tratado la famosa cláusula en la que Alemania "aceptaba la
responsabilidad de todos los daños resultantes de la guerra, impuesta por la agresión de Alemania y de sus
aliados". Los alemanes, que no se sentÃ−an tan culpables como se veÃ−an obligados a reconocer,
consideraban que se ofendÃ−a a su honor como pueblo. La cláusula de la "culpabilidad" abrÃ−a una puerta
a los agitadores dentro de Alemania e inducÃ−a incluso a los moderados a considerar el tratado como algo
que serÃ−a necesario eludir, por propio respeto.
C. El “cordón sanitario” y otras modificaciones territoriales.
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Salvar al mundo del bolchevismo y reestructurar el mapa de Europa eran dos proyectos relacionados, pues la
acción inmediata para enfrentarse a la Rusia revolucionaria en caso de que sobreviviera (lo cual no estaba
claro en 1919) era aislarla tras un “cordón sanitario” (como se decÃ−a en la diplomacia de la época) de
Estados anticomunistas. Dado que éstos se habÃ−an formado totalmente o en gran parte con territorios de
la antigua Rusia, su hostilidad hacia Moscú estaba garantizada. De norte a sur dichos territorios eran los
siguientes: Finlandia (una región autónoma cuya secesión habÃ−a sido permitida por Lenin); tres nuevas
pequeñas repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) sin precedente histórico; Polonia, que
recuperaba su condición de Estado independiente después de 120 años; y Rumania, cuya extensión se
duplicó con la anexión de extensos territorios húngaros del imperio Habsburgo y de Besarabia (antes
perteneciente a Rusia).
Alemania habÃ−a arrebatado la mayorÃ−a de esos territorios a Rusia, paÃ−s que, de no haber estallado la
revolución, los hubiera recuperado. El intento de aislarla también por el Cáucaso fracasó, sobre todo
porque la Rusia revolucionaria llegó a un acuerdo con TurquÃ−a (no comunista, pero también
revolucionaria), que odiaba a los imperialismos británico y francés. Por tanto, Armenia y Georgia,
paÃ−ses creados tras el tratado de Brest-Litovsk, y los intentos británicos de desgajar de Rusia el territorio
petrolÃ−fero de Azerbaiján, desaparecieron tras la victoria bolchevique en la guerra civil de 1918-20 y el
tratado turco-soviético de 1921. En resumen, en el este los aliados aceptaron las fronteras impuestas por
Alemania a la Rusia revolucionaria, siempre y cuando no hubiera fuerzas fuera de su control que las hicieran
inoperantes.
Aún quedaban zonas extensas, sobre todo en el antiguo imperio Habsburgo, por reestructurar. Austria y
HungrÃ−a fueron reducidas a meros apéndices alemán y magiar. Serbia se amplió para formar una
nueva Yugoslavia al unirse con Eslovenia (antiguo territorio austriaco), Croacia (antes húngaro) y
Montenegro (pequeño reino independiente de pastores y contrabandistas). Se creó otro nuevo paÃ−s,
Checoslovaquia, uniendo los territorios checos (Bohemia y Moravia, núcleo industrial del antiguo imperio
Habsburgo) con las zonas rurales de Eslovaquia y Rutenia (antes parte de HungrÃ−a). Se amplió Rumania,
que pasó a ser un conglomerado multinacional, y también Polonia e Italia se vieron beneficiadas. No
habÃ−a ninguna lógica ni precedente histórico en la creación de Yugoslavia y de Checoslovaquia, frutos
de una ideologÃ−a nacionalista que creÃ−a en la fuerza de la etnia común y en la inconveniencia de formar
Estados reducidos. Como cabÃ−a esperar, esos matrimonios celebrados por la fuerza tuvieron poca solidez.
Además, excepto en los casos de Austria y HungrÃ−a, a las que se despojó de casi todas sus minorÃ−as,
los nuevos Estados no eran menos multinacionales que sus predecesores.
D. El alcance de la paz de ParÃ−s.
El Tratado de Versalles se terminó en tres meses. La ausencia de Rusia, la decisión de no atender ninguna
petición alemana, y la tendencia de Wilson a hacer concesiones a cambio de la creación de la SdN,
permitieron resolver con cierta facilidad problemas complejos. Los alemanes, cuando se les presentó el
documento en mayo de 1919, se negaron a firmar. Los aliados amenazaron reanudar las hostilidades. En
BerlÃ−n se produjo una crisis de gobierno. Ningún alemán querÃ−a condenarse a los ojos del pueblo
alemán, poniendo su nombre al pie de un documento que todos los alemanes consideraban ultrajante. Una
coalición de los partidos socialdemócrata y católico accedió, finalmente, a echar sobre sus hombros la
odiosa carga. Dos desconcertados y casi desconocidos representantes firmaron en la Sala de los Espejos de
Versalles el tratado por Alemania, ante una gran concurren−cia de dignatarios aliados.
El principio más general de la paz de ParÃ−s fue reconocer el derecho, al menos en Europa, a la
autodeterminación nacional. Cada nación (definida por su lengua y su cultura) se constituÃ−a como Estado
soberano. Se creÃ−a que el nacionalismo era sinónimo de liberalismo y democracia. Pero en gran parte de la
Europa central y oriental las naciones estaban entremezcladas y los forjadores de la paz no tuvieron en cuenta
la complejidad real del rompecabezas nacional. Todos los nuevos Estados incluÃ−a minorÃ−as nacionales
que reivindicaban derechos propios (autonomÃ−a o incluso incorporarse a otro Estado). HabÃ−a húngaros
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en Checoslovaquia, rutenos en Polonia, polacos en Lituania, búlgaros en Rumania, por citar sólo algunos
ejemplos. De ahÃ− que los problemas de las minorÃ−as y el irredentismo siguiesen perturbando una parte de
Europa, como antes de 1914. Wilson manifestarÃ−a más adelante su sorpresa por la virulencia y diversidad
de los nacionalismos de la Europa del Este: “Cuando pronuncié esas palabras [que todas las naciones tienen
derecho a la autodeterminación], las dije sin saber que existÃ−an nacionalidades como las que acuden a
nosotros cada dÃ−a... No saben ni pueden darse cuenta de la angustia que he sufrido como resultado de las
esperanzas que despertaron en mucha gente mis palabras”.
El Tratado de Versalles, que pretendÃ−a poner fin a la amenaza alemana, fue vengativo y desafortunado:
demasiado severo para conciliar y no lo suficiente para destruir económica y polÃ−ticamente a Alemania.
Los aliados impusieron a la nueva democracia alemana las mismas duras condiciones que podÃ−an haber
impuesto al imperio alemán, haciendo asÃ− el juego a los generales y a la derecha alemana, y fueron los
socialdemócratas y los liberales los que sufrieron la “vergüenza” de Versalles. Desde el principio, los
alemanes no mostraron ninguna intención de cumplir el tratado. Los redactores, al trabajar precipitadamente
y aún en el calor de la guerra, bajo la presión de la prensa y de la propaganda de sus paÃ−ses, establecieron
unas condiciones que la prueba del tiempo demostró que ni ellos mismos, a largo plazo, querÃ−an imponer.
Con el paso de los años, muchos en los paÃ−ses aliados declaraba que algunas cláusulas del Tratado de
Versalles eran injustas e insoportables. La pérdida de fe de los aliados en su propio tratado facilitó la tarea
de los agitadores alemanes que exigÃ−an su anulación, a la vez que repudiaban a la democracia alemana que
se habÃ−a “manchado” con su aceptación forzosa. AsÃ− se abrÃ−a la puer−ta a Hitler.
Ya al principio, los aliados mostraron dudas. Lloyd George, en las últimas semanas antes de la firma,
reclamaba en vano ciertas enmiendas, pues en 1919 la opinión británica se desplazaba del temor a
Alemania hacia el temor al bolchevismo, y ya se manifestaba la idea de utilizar a Alemania como baluarte
contra el comunismo. Los italianos discrepaban del acuerdo desde el principio; observaban que del botÃ−n de
Ôfrica y del Próximo Oriente sólo se beneficiaban Francia y Gran Bretaña. Los chinos también
estaban des−contentos.
EEUU no ratificó el Tratado de Versalles. Una oleada de aislacionismo y de disgusto con Europa se
extendió por el paÃ−s. Este sentimiento, unido a alguna critica racional de las condiciones y a una
importante dosis de polÃ−tica partidista, hizo que el Senado rechazase la obra de Wilson. El Senado se negó
también a adelantar ningún tipo de promesas de intervención militar en una futura guerra entre Alemania
y Francia, y, en consecuencia, se negó también a ratificar el tratado de garantÃ−a anglo-franco-americano,
en el que Wilson habÃ−a convencido a Clemenceau de que debÃ−a confiar. Los franceses se consideraron
engañados, privados de la Renania y de la garantÃ−a angloamericana. Esto les llevó a intentar mantener
sometida a Alemania mientras aun era débil, creando asÃ− muchas complicaciones ulteriores.
En cuanto al mecanismo para impedir una nueva guerra mundial, era evidente que el grupo de “grandes
potencias” europeas que antes de 1914 se suponÃ−a que debÃ−an garantizar ese objetivo, se habÃ−a
deshecho. La alternativa que Wilson instó a los reticentes polÃ−ticos europeos a aceptar, con todo el fervor
liberal de un experto en ciencias polÃ−ticas de Princeton, fue la de crear la ya citada SdN para solucionar los
problemas de forma pacÃ−fica y democrática antes de que fueran incontrolables, a ser posible mediante una
negociación realizada de forma pública, pues la guerra habÃ−a hecho también que se rechazara el
proceso habitual y razonable de negociación internacional, al que se calificaba de “diplomacia secreta”. Ese
rechazo era una reacción contra los tratados secretos acordados entre los aliados durante la guerra, en los que
se habÃ−a decidido el destino de Europa y del Próximo Oriente, ignorando por completo los deseos y los
intereses de la población de esas regiones. La SdN, con sede en Ginebra, se constituyó como parte del
tratado de paz y fue un fracaso casi total. La negativa de EEUU a integrarse en ella vació de contenido real a
dicha institución. Alemania no fue admitida hasta 1926, y Rusia, hasta 1934. La SdN podÃ−a tratar y
resolver sólo aquellos asuntos que las grandes potencias estuvieran dispuestas a permitir. Estaba asociada a
una supremacÃ−a europea que ya no se correspondÃ−a con las realidades de la situación mundial. Muchos
veÃ−an en ella, no tanto un sistema de decisión internacional, como un medio de mantener un nuevo statu
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quo en favor de Inglaterra y de Francia.
El tratado de Versalles no podÃ−a ser la base de una paz estable. En un mundo que ya no era eurocéntrico,
no podÃ−a ser viable ningún tratado que no contara con el apoyo de EEUU, una de las primeras potencias
mundiales. Además, a dos potencias, Alemania y la URSS, se las eliminó temporalmente del escenario
internacional. En cuanto una de ellas, o ambas, volvieran a recuperar su protagonismo (y tarde o temprano eso
ocurrirÃ−a), quedarÃ−a en precario un tratado de paz que sólo tenÃ−a el apoyo de Gran Bretaña y
Francia, ya que Italia también se sentÃ−a descontenta.
Las pocas posibilidades de paz que habÃ−a fueron torpedeadas por la negativa de los vencedores a permitir la
rehabilitación de los vencidos. Es cierto que la represión total de Alemania y la proscripción absoluta de la
Rusia soviética pronto se revelaron imposibles, pero el proceso de aceptación de la realidad fue lento y
lleno de reticencias, especialmente en el caso de Francia, que sólo de mala gana abandonó la esperanza de
mantener a Alemania débil e impotente. En cuanto a la URSS los paÃ−ses vencedores hubieran preferido
que no existiera: tras apoyar a los ejércitos de la contrarrevolución en la guerra civil rusa y enviar fuerzas
militares en su ayuda, no mostraron ningún entusiasmo por reconocer su supervivencia. Los empresarios
europeos rechazaron incluso las ventajosas ofertas que hizo Lenin a los inversores extranjeros en un
desesperado intento por conseguir la recuperación de una economÃ−a casi totalmente destruida por el
conflicto mundial, la revolución y la guerra civil. La Rusia soviética se vio obligada a avanzar aislada por
la vÃ−a del desarrollo. Los dos Estados proscritos, la Rusia soviética y Alemania, se aproximaron
mutuamente a principios de la década de 1920 por razones polÃ−ticas. Cuando volvieron al escenario
internacional, los soviéticos se encargarÃ−an de recordar que gran parte del cordón sanitario que se les
habÃ−a impuesto habÃ−a pertenecido, en otro tiempo, al imperio ruso.
La 2ª G.M. quizá podÃ−a haberse evitado o, al menos, retrasado, de haberse restablecido la economÃ−a
como un próspero sistema mundial de crecimiento y expansión. Pero, después de que en 1924 parecieran
superadas las perturbaciones de la guerra y la posguerra, la economÃ−a mundial se sumergió en la crisis
más profunda y dramática conocida desde la revolución industrial. Y esa crisis instaló en el poder, en
Alemania y en Japón, a las fuerzas polÃ−ticas del militarismo y la extrema derecha, decididas a conseguir la
ruptura del statu quo mediante el enfrentamiento, militar si era preciso, y no mediante el cambio gradual
negociado. Desde ese momento no sólo era previsible el estallido de una nueva guerra mundial, sino que
estaba “cantado”.
La lª G.M. no resolvió nada. Las expectativas que generó de conseguir un mundo pacÃ−fico y
democrático formado por Estados nacionales bajo el predominio de la SdN, de volver a la economÃ−a
mundial de 1913 e incluso (entre quienes vieron con alegrÃ−a el estallido de la revolución rusa) de que el
capitalismo desapareciera en el plazo de unos pocos años por un levantamiento de los oprimidos, se vieron
muy pronto defraudadas. El pasado no se pudo recuperar, el futuro quedó postergado y el presente se
convirtió en una realidad amarga.
2. La seguridad colectiva: esperanza y fracaso (1919-1933)
A. La Sociedad de Naciones, ¿baluarte de paz?
El nuevo orden internacional y la construcción de la paz no se redujo a una revisión de mapas, a la
discusión de propuestas concretas en materia de seguridad y a la exigencia de reparaciones por daños de
guerra, sino que introdujo conceptos y mecanismos innovadores en el ámbito de las relaciones
internacionales, institucionalizados en la Sociedad de Naciones (SdN). Su nacimiento aportó novedades al
funcionamiento del sistema internacional, pero no alteró su estructura interestatal, ya que no se concibió
como una autoridad superior a los Estados. Los miembros de la SdN se comprometÃ−an a mantener
relaciones internacionales a la luz del dÃ−a, basadas en la justicia y el honor, observar con rigor las normas
del Derecho internacional, respetar escrupulosamente las obligaciones contraÃ−das en los tratados y no
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recurrir a la guerra. Todo ello con el afán de “fomentar la cooperación entre las naciones y garantizarles la
paz y la seguridad”.
El sistema de seguridad colectiva, a diferencia de las alianzas tradicionales, articulaba un sistema jurÃ−dico
de prevención de la guerra en el que interactua−ban distintos elementos: la garantÃ−a a la integridad
territorial y a la independencia de los Estados, la asistencia colectiva, el arbitraje, la limitación del derecho a
la guerra y un sistema punitivo de sanciones. Todo ello se basaba en tres pilares esenciales: el arbitraje, el
desarme y la seguridad. A la salvaguardia de la paz también contribuirÃ−a− la cooperación internacional.
à sta, tal como se recogÃ−a en el Pacto, respondÃ−a a la convicción de que la paz sólo serÃ−a posible si
se fomentaba la justicia social, mediante la promo−ción de la cooperación en materia económica, cultural
y sanitaria, entre otras.
La SdN contaba con tres órganos básicos. La Asamblea General se reunÃ−a una vez al año y en ella cada
Estado tenÃ−a un voto. El Consejo aseguraba la continuidad entre las reuniones y contaba con cinco
miembros permanentes (Francia, Reino Unido, Italia, Japón y EEUU en el proyecto inicial) más 4/6
miembros temporales. Por último, el Secretario General tenÃ−a la pesada carga de dirigir la importante
burocracia internacional de la institución, establecida en Ginebra. El complejo institu−cional se completaba
con diversos órganos subsidiarios, tanto polÃ−ticos como técnicos, y otros órganos autónomos
vinculados a la SdN, como el Tribunal Permanente de Justicia Internacional, con sede en La Haya, y la
Organización Internacional del Trabajo.
La ausencia de EEUU fue su principal debilidad. En noviembre de 1919 y marzo de 1920, el Tratado de
Versalles y el pacto de la SdN no obtuvieron los dos tercios de los votos del Senado exigidos para su
ratificación. Este resurgir del aislacionismo tradicional que rechazaba todo compromiso susceptible de
arrastrar al paÃ−s a la guerra tuvo un profundo alcance: EEUU no estaba obligado por un Tratado que
habÃ−a impulsado su presidente y, sobre todo, no formaba parte de la SdN. Las garantÃ−as polÃ−ticas y
militares dadas por Wilson quedaron sin valor. La exclusión de los Estados vencidos y de Rusia debilitó la
autoridad moral y la eficacia de la SdN. La opinión pública alemana la vio como una treta contra la
Alemania vencida, despojada de sus colonias en beneficio de los vencedores, bajo la tapadera de los
“mandatos” confiados por la SdN. Ã sta se vio como un instrumento polÃ−tico al servicio de los aliados,
refugiados cÃ−nicamente tras principios generosos para aplastar mejor a los vencidos. Rusia, por su parte, no
podÃ−a defender un orden internacional que se habÃ−a definido sin contar con ella y, a menudo, en contra de
sus intereses.
Un último vicio estructural se mostrarÃ−a igualmente perverso: la ausencia de una fuerza armada
internacional capaz de hacer respetar las decisiones de la SdN. La única baza de la SdN era, por tanto, su
prestigio y los únicos medios que se le reconocÃ−an eran el voto de “sanciones”: sanciones morales de
condena al eventual agresor, y sanciones económicas que pretendÃ−an la rápida paralización del agresor
al prohibir a los demás Estados comerciar con él.
La precariedad de la paz serÃ−a de inmediato denunciada por testigos directos de −los acontecimientos, como
el mariscal Foch, quien dijo del Tratado de Versalles: «Esto no es una paz; es un armisticio de veinte
años»; o por Harold Nicholson, retratando admirablemente el sentimiento de pesar por el re−sultado de la
conferencia con estas palabras: «Vinimos a ParÃ−s confiados en que esta−ba a punto de establecerse el
nuevo orden; salirnos de allÃ− convencidos de que el nue−vo orden simplemente habÃ−a estropeado el
antiguo».
B. Crisis y reajustes en la inmediata posguerra (1919-1923)
Los años posteriores a la guerra discurrieron en una atmósfera de crisis y de profunda inestabilidad. Al
dilatado proceso de negociación y aplicación de los tratados de paz se sumaban los muchos flecos
pendientes sobre los que concurrÃ−an múltiples tensiones no sólo entre vencedores y vencidos, sino entre
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los propios vencedores sobre la forma de entender y administrar la paz. Una sensación de inestabilidad
agudizada por las dificultades económicas para proceder a la reconstrucción y restablecer la normalidad
alterada por la excepcionalidad de la guerra.
Para Francia los Tratados, a pesar de sus imperfecciones, eran como la “Biblia” de las nuevas relaciones
internacionales: el primer objetivo de la polÃ−tica francesa, muy marcada por una gran desconfianza respecto
a Alemania, pasó a ser el velar por su plena ejecución. Esta desconfianza era compartida por los Estados
pequeños y medianos nacidos de los Tratados: Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumania. Todos
estaban interesados en mantener el estatus territorial nacido en 1919-1921 y, en consecuencia, defendÃ−an la
ejecución de unos Tratados a los que debÃ−an sus fronteras y sus dimensiones, consideradas ventajosas. Los
Estados vencidos, y también algunos vencedores, reclamaban la revisión de los Tratados, considerados
inicuos. Alemania, Austria, Bulgaria y, sobre todo, HungrÃ−a, protestaban contra su suerte.
a. Los problemas territoriales y de las minorÃ−as nacionales.
Entre las dificultades que surgieron en la construcción de la paz, fueron notables los problemas fronterizos,
dada− la magnitud de los reajustes en el mapa dentro y fuera de Europa y −la importancia del problema de las
nacionalidades. La SdN tuvo que organizar plebiscitos en Schleswig, antes alemán, en Tannenberg (Prusia
oriental) y en la Alta Silesia, región industrial disputada entre Polonia y Alemania. Debió controlar,
además, zonas internacionalizadas como la “ciudad libre” de Dantzig, el puerto de Memel y el Sarre, para
los que hubo que inventarse nuevas fórmulas de administración. La SdN logró, mal que bien, hacer
respetar los plebiscitos en Schleswig, unido a Dinamarca (marzo 1920) y el sur de Prusia oriental, devuelto a
Alemania (julio 1920). En Dantzig y el Sarre la autoridad internacional se instaló sin incidentes notables.
Pero la SdN se mostró incapaz de hacer frente a las acciones de fuerza. En 1920-21 la atención se centró
en Polonia, en pleno expansionismo: hacia Prusia oriental y hacia Silesia, donde se enfrentaba a los alemanes;
hacia Lituania, a la que arrancó Vilna y sus alrededores; y, por último, hacia Ucrania. El ejército polaco
llegó hasta Kiev, pero fue rechazado hasta Varsovia por una contraofensiva soviética. Una misión militar
francesa ayudó a los polacos a recuperarse. La paz de Riga, en marzo de 1921, puso fin al conflicto: Polonia
ganó un trozo de territorio de 200 km. de largo; los aliados apoyaron esta solución que lanzaba a Rusia
hacia el este, contribuyendo a alejarla aún más del resto de Europa por el “cordón sanitario”.
Esta polÃ−tica de «cordón sanitario» persistió a través del apoyo de Francia y Gran Bretaña a
Rumania y Polonia. Rusia, por su parte, tendió a adoptar una polÃ−tica más tradicional hacia Occidente a
pesar de la retórica revolu−cionaria, dando prioridad a la supervivencia del nuevo Estado. AsÃ−, −a pesar de
su disconformidad con la lÃ−nea Curzon y la situación de Besarabia, la URSS abandonó los intentos de
recuperar los Estados bálticos. Además, firmó el primer acuerdo comercial con Gran Bretaña (1921) y
el Tratado de Amistad con Alemania (abril 1922). Ã ste permitÃ−a a Alemania dar salida y cobertura a su
industria militar y ponÃ−a en contacto a dos grandes potencias marginadas en el nuevo orden internacional. A
estos logros siguió el reconocimiento oficial de Gran Bretaña en 1924 y una lenta normalización de sus
relaciones exteriores.
En TurquÃ−a, Mustafá Kemal, general del antiguo ejército otomano, inicia en 1920 un movimiento
nacionalista contra el Tratado de Sévres, que habÃ−a troceado Anatolia en provecho de los vencedores, y
contra el sultán que lo habÃ−a firmado. Desde 1921 logra triunfos contra los griegos, a pesar del apoyo
inglés. El cansancio de las potencias y el derrocamiento del sultán por los nacionalistas permiten a Kemal
negociar un nuevo Tratado. Ã ste, firmado en Lausana (julio 1923), La minorÃ−a turca de Grecia y la griega
de TurquÃ−a son objeto de intercambio, primer ejemplo contemporáneo de desplazamiento forzoso de
poblaciones. TurquÃ−a recupera la plena soberanÃ−a, excepto sobre los Estrechos, que siguen
desmilitarizados. El Tratado es un triunfo aún mayor para el gobierno turco en la medida en que no dice nada
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de dos temas espinosos: el genocidio de los armenios por los turcos (1.500.000 de muertos en 1915-1916) y el
problema de los kurdos, cuyo territorio es rico en petróleo. El Kurdistán se repartirá entre TurquÃ−a,
Irán e Irak.
Italia se consideraba privada de su victoria por los aliados. Se le excluyó del reparto de las colonias
alemanas; la Dalmacia, que reivindicaba, se le concedió a Yugoslavia. La región de Fiume, reclamada por
ambos Estados, se convirtió, por presión de las potencias, en paÃ−s independiente: los nacionalistas
italianos, que al mando del poeta d'Annunzio ocupaban la ciudad desde 1919, deben evacuarla. Tras tres
años de peripecias, Italia, fascista desde finales de 1922, obliga a Yugoslavia, en 1924, a reconocer la
soberanÃ−a italiana sobre Fiume.
b. Los lentos avances en la seguridad colectiva.
Desde los mismos inicios de la SdN, la preocupación por perfeccionar los mecanismos del sistema de
seguridad colectiva se manifestó como una de sus tareas prioritarias. El debate transcurrió básicamente
entre las tesis francesas sobre la primacÃ−a de la seguridad, con las que se alinearon buena parte de los
Estados continentales europeos, especialmente los que se hallaban en la órbita de ParÃ−s, y las tesis
anglosajo−nas, reticentes a asumir más obligaciones y partidarias del desarme, en torno a las cuales se
alinearon los dominios del Imperio británico.
Esos trabajos fueron asumidos por sendas Comisiones, de las que emanó en 1922 una propuesta en favor del
desarme. Con el apoyo fran−cés y de sus aliados, y con mayores reticencias por el Imperio británico, esos
tra−bajos previos culminaron en la presentación del Tratado de Asistencia Mutua en la Asamblea de 1923.
Esta propuesta, en la que se enlazaban vagas propuestas sobre desarme con el establecimiento de una
garantÃ−a general, acabarÃ−a sucumbiendo por la oposición anglosajona y la de los Estados escandinavos y
Holanda.
En las precarias circunstancias en que se construyó la paz, la diplomacia france−sa orientó también su
estrategia hacia la creación, mediante prác−ticas diplomáticas convencionales, de un sistema de alianzas
que de algún modo reconstruyese las garantÃ−as previas a la Gran Guerra. Francia, además de su alianza
con Bélgica, estableció otras con los nuevos Estados del este de Europa, tratando de llenar el vacÃ−o
dejado por Rusia. La red di−plomática tejida por Francia se dirigió hacia Polonia con la que firmó una
convención militar secreta (febrero 1921), y hacia los paÃ−ses de la Pequeña Entente (formada en
1920-1921 por Checoslovaquia, Ruma−nia y Yugoslavia, para defender el statu quo legalizado por el Tratado
de Trianon). Los vÃ−nculos de ParÃ−s hacia la Pequeña Entente se concretaron en una serie de
compromisos diplomáticos y militares con Checoslovaquia (1924 y 1925), Rumania (1926) y Yugoslavia
(1927).
Por último, la guerra habÃ−a dado a Japón la ocasión para aumentar su influencia en Extremo Oriente.
Tras conquistar las posiciones alemanas en China, evitó participar activamente en el conflicto. Se limitó a
aportar suministros a los aliados y aprovechó las carencias de éstos para imponer a China las “21
demandas”, cuyo resultado fue colocar a la economÃ−a china bajo tutela japonesa. Al mismo tiempo, inició
un ambicioso y costoso programa de construcción naval, cuyo objetivo era igualar a su flota con la de EEUU
o incluso superarla.
EEUU se inquietó por este progreso japonés en el PacÃ−fico y en China, donde su polÃ−tica de “puertas
abiertas” (libre competencia económica) se veÃ−a amenazada. Pretendió afirmar su dominio sin tener que
abordar los gastos de una carrera de armamentos. Gran Bretaña, resignada a la paridad naval con EEUU, le
apoyó. La Conferencia Naval de Washington (noviembre 1921-febrero 1922) fijó la relación de fuerzas
marÃ−timas: a Japón se le autorizó una flota igual al 60% de las de EUUU y el Reino Unido, muy superior
10
a las de Francia e Italia (35%). Otros acuerdos obligaron a Japón a renunciar a sus recientes adquisiciones en
China, deteniendo asÃ− una polÃ−tica de expansión territorial iniciada en 1895. Japón confiaba sustituirla
por una polÃ−tica pacÃ−fica de penetración económica. Si ésta fracasaba, era de temer que el
imperialismo japonés, siempre activo en la clase dirigente y en el ejército, recuperara toda su
agresividad.
c. El problema de las reparaciones alemanas.
Las dificultades para normalizar la economÃ−a y, en el caso de algunos paÃ−ses, afrontar la reconstrucción,
estuvieron muy unidas a otra cuestión crucial de la posguerra: las reparaciones. El Tratado de Versalles
impuso a Alemania el pago de “reparaciones” para cubrir, además de los daños civiles, las pensiones
militares. Pero no se precisó la cuantÃ−a total ni la forma de pago. Sólo se decidió que Alemania
abonarÃ−a, antes de 1920, 20.000 millones de marcos-oro, mientras que una “comisión de reparaciones”
evaluarÃ−a los daños sufridos y establecerÃ−a un “plan de pagos”. En la Conferencia de Spa (julio 1920)
los Aliados fijaron el porcentaje de las reparaciones que se destinarÃ−a a las naciones vÃ−ctimas de las
potencias centrales (50 % para Francia, 22 % para el Imperio británico, 10 % Italia, 8 % Bélgica, y el
resto entre Grecia, Rumania, Yugoslavia, Japón y Portugal). El “plan de pagos”, presentado en la primavera
de 1921, fijó definitivamente el montante de las reparaciones en 132.000 millones de marcos-oro, a pagar en
anualidades.
Escandalizada por la desorbitante cifra, Alemania se negó a cumplir. Será preciso un auténtico
ultimátum francobritánico para obligarla a aceptar (mayo 1921). Pero era evidente que, a lo largo del
proceso de pago de las deudas, Alemania se resistirÃ−a al máximo. Desde entonces dos polÃ−ticas eran
posibles: la de conciliación, dándole facilidades, preconizada por el Reino Unido, o la de ejecución,
obligándole por la fuerza a cumplir sus compromisos.
De común acuerdo, ParÃ−s y Londres intentaron inicialmente la primera. Los primeros ministros, Lloyd
George y Aristide Briand, decidieron organizar para 1922 una Conferencia en Génova, con presencia de
alemanes y rusos, para examinar conjuntamente la reconstrucción económica de Europa y una suavización
de las reparaciones. A cambio de esta actitud conciliadora de Briand, Lloyd George prometió a Francia un
tratado de garantÃ−a análogo al previsto en Versalles y que los británicos se habÃ−an negado a ratificar
dada la actitud aislacionista de EEUU. Acusado de abandono por el presidente de la República, varios
ministros y la mayorÃ−a de la población, Briand dimitió y fue sustituido por Poincaré, partidario de la
firmeza. à ste hizo fracasar la Conferencia de Génova (mayo 1922) y, de paso, la idea del tratado de
garantÃ−a que habrÃ−a consolidado la amistad francobritánica. Al mismo tiempo, Poincaré rechazó la
petición de moratoria, es decir, de retraso en los pagos, planteada en julio de 1922 por Alemania.
A pesar de la oposición de Londres, Poincaré, de acuerdo con Italia y Bélgica, decidió adueñarse de
una “prenda productiva”, la cuenca del Ruhr: se trataba de obligar a Alemania a ceder y hacerse al mismo
tiempo con un medio para cobrar directamente las reparaciones. En enero de 1923 tropas francobelgas
ocuparon la región. Inmediatamente, por invitación del gobierno alemán, la población se puso en huelga.
La “resistencia pasiva” fue aparentemente un fracaso: 145.000 alemanes fueron expulsados y reemplazados en
sus puestos de trabajo por ingenieros militares, maquinistas y mineros belgas y franceses. Los transportes y las
fábricas funcionaban. Minada por la inflación, Alemania reculó: Gustav Stresemann, nacionalista
moderado, nombrado canciller en agosto de 1923, puso fin a la resistencia pasiva (septiembre) y negoció con
Francia la vuelta a los pagos. La firmeza parecÃ−a haber triunfado.
C. La ilusión de la paz bajo el “espÃ−ritu de Ginebra” (1924-1929).
En los años que transcurren entre la superación de la crisis de la inmediata posguerra y la crisis
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económica de 1929, la sociedad internacional pareció caminar al abrigo de las ilusiones de Ginebra. La
SdN pareció encontrar un equilibrio entre los intereses de los Estados y sus fines de preservación y
estÃ−mulo de la paz. Las relaciones internacionales se canalizaron a través del “espÃ−ritu de Ginebra”, en
el que parecÃ−a caber la solución a los grandes problemas de la posguerra.
El distendido clima que reinó en las relaciones internacionales a partir de 1924 fue posible por varios
factores. Primero, una favorable coyuntura económica que puso fin a los difÃ−ci−les años de
reconstrucción y permitió avanzar en la solución del problema de las reparaciones y las deudas
interaliadas. Segundo, la presencia de estadistas que impulsaron la diplomacia del entendimiento: el francés
ArÃ−stides Briand, ministro de Asuntos Exteriores entre 1925 y 1932, el británico Austen Chamberlain,
secretario del Foreign Office entre 1924 y 1929, y el alemán Gustav Stresemann, ministro de AA.EE. de
1923 a 1929. Por último, una mejora generalizada en las relaciones entre las potencias: la aproximación
entre Londres y ParÃ−s, el entendimiento francoalemán (que, sin embargo, no anuló el ánimo revisionista
germano) o el talante más receptivo de potencias fuera de la SdN (EEUU y la URSS) a participar en sus
tareas, al menos en la cooperación técnica.
a. El acercamiento francoalemán.
La mejora de las expectativas económicas facilitó la búsqueda de soluciones para el problema de las
reparaciones y de las deudas interaliadas. La ocupación del Ruhr, hasta finales de 1924, tuvo negativas
repercusiones económicas para Francia y Alemania y demostró la escasa eficacia de las medidas militares
como vÃ−a para solucionar el problema de las reparaciones. La llegada de Stresemann al gobierno fue
decisiva para desbloquear la crisis.
A propuesta de EEUU, el problema de las reparaciones fue examinado por una comisión de expertos en
economÃ−a, nombrados por la Comisión de Reparaciones. La comisión de expertos, encabezada por el
financiero norteamericano Charles G. Dawes, presentó un informe en mayo de 1924. El plan de
reparaciones, más conocido como el Plan Dawes, fue aceptado por los aliados y por Alemania. Basado en la
capacidad real de pago de esta última, se establecÃ−a el pago de cinco anualidades por un total variable
entre 1.000 y 2.000 millones de marcos. Para Alemania la aceptación de este plan era la única alternativa
posible para obtener la evacuación del Ruhr y lograr los capitales necesarios de EEUU y Gran Bretaña para
afrontar el reequipamiento industrial y el pago de las reparaciones. Hasta 1930, Alemania pagó puntualmente
sus cuotas anuales por un total de más de 7.000 millones de marcos-oro, de modo que los aliados pudieron
afrontar sus deudas financieras mutuas, a la vez que EEUU flexibilizó los medios de pago de las mismas.
A punto de expirar este plan y alcanzado por Alemania el lÃ−mite máximo de cuota anual, empezaron las
negociaciones para fijar el procedimiento definitivo del pago de las reparaciones, culminando en el trabajo de
la comisión de expertos que, presidida por el norteamericano Oven D. Young, presentó un nuevo plan en
junio de 1929. El Plan Young preveÃ−a el pago de 1.900 millones de marcos oro anuales durante 59 años,
la supresión de la Comisión de Reparaciones y la creación de un banco internacional que controlarÃ−a la
distribución de las mismas. En mayo de 1930 entró en vigor el nuevo plan, y unas semanas más tarde se
consumaba la evacuación de Renania por las tropas “aliadas”. En un contexto económico conmocionado
por el crash bursátil de 1929 y la extensión generalizada de la crisis económica, el Plan Young apenas
tendrÃ−a incidencia práctica. Efectivamente, en la Conferencia de Lausana, celebrada en junio de 1932,
quedó definitivamente abandonado el plan de reparaciones, mientras fracasaron los intentos de las antiguas
potencias aliadas por obtener de EEUU la cancelación de sus propias deudas.
Desde 1924 habÃ−a condiciones para un acercamiento polÃ−tico francoalemán. ArÃ−stides Briand y
Gustav Stresemann estaban convencidos de su necesidad. CreÃ−an trabajar asÃ− en favor de la paz
definitiva. Stresemann esperaba obtener de la negociación la revisión del Tratado de Versalles, condición
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previa indispensable, según él, para una paz sólida y duradera. Por su parte, Briand juzgaba
indispensable el entendimiento de Francia con Alemania, dada su inferioridad demográfica, y pensaba
también que era urgente aprovechar la provisional superioridad militar francesa para negociar en buenas
condiciones. Washington y Londres animaron esa disposición.
El gobierno británico, actuando como puente de mediación entre BerlÃ−n y ParÃ−s, insistió en una
garantÃ−a sobre la frontera del Rin. La propuesta de Austen Chamberlain tuvo una favorable acogida por
Briand y Stresemann, culminando sus conversaciones preliminares en la Conferencia de Locarno en octubre
de 1925. La conclusión del Pacto de Locarno comprometÃ−a a los Estados signatarios a mantener una
distensión general, a solucionar sus problemas económicos y polÃ−ticos y a trabajar en favor del desarme
en el marco de la SdN. El pacto incluÃ−a cinco tratados: el Pacto del Rin, firmado por Alemania, Bélgica,
Francia, Gran Bretaña e Italia, garantizaba las fronteras occidentales de 1919 y el mantenimiento de la zona
desmilitarizada; y cuatro tratados de arbitraje firmados de forma separada por Alemania con Bélgica,
Checoslovaquia, Francia y Polonia.
Locarno permitió la reinserción de Alemania en la sociedad internacional, al incorporarse a la SdN en 1926
como miembro permanente del Consejo, y fue un paso esencial en la distensión de las relaciones
internacionales. Ahora bien, los acuerdos de Locarno no ocultan ciertas inercias preocupantes para la
credibilidad de la seguridad colectiva. En primer lugar, el procedimiento por el que se habÃ−a llegado al
acuerdo ratificaba la ambigüedad con que actuaron las grandes potencias respecto a la SdN. De hecho, se
habÃ−a llegado a Locarno por fórmulas tradicionales, de espaldas al Con−sejo, lo que provocó la
desconfianza de las medias y pequeñas potencias. En segundo lugar, los Acuerdos de Locarno devaluaron
los términos de la paz de Versalles y sancionaron la polÃ−tica revisionista de Stresemann. Se distinguÃ−an
asÃ− dos tipos de fronteras: las occidentales, aceptadas por Alemania y garantizadas por otras potencias; y las
orientales, no reconocidas por BerlÃ−n y sin garantÃ−a colectiva. El revisionismo alemán quedaba latente
en la propia forma en que se incorporó a la SdN, limitando su compromiso con la seguridad colectiva dado el
pacto firmado con la URSS en abril de 1926, por el que ambas se garantizaban la neutralidad en caso de una
agresión polÃ−tico-militar o económica.
b. ¿Hacia la seguridad colectiva?.
Para Briand el acercamiento francoalemán, por ambiguo que fuera, era el preludio de la paz definitiva por el
desarme. Pero antes de desarmarse, habÃ−a que fortalecer la seguridad colectiva y, por tanto, la SdN. Hacia
1924 el momento parecÃ−a propicio: el inicio de la prosperidad económica calmaba los nacionalismos
exacerbados; tras haber logrado resolver una veintena de conflictos secundarios, la SdN gozaba de más
prestigio y la izquierda, en el poder tanto en Francia como en el Reino Unido, se proponÃ−a aumentar su
influencia.
En 1924, el ministro checo de asuntos exteriores, Benès, apoyado por Francia, presentó en la SdN un
proyecto de acuerdo general. Este “protocolo de Ginebra” proponÃ−a un arbitraje obligatorio,
acompañado de sanciones, no sólo económicas y financieras, sino también militares. Como novedad,
se preveÃ−a la creación de un ejército internacional. Las sanciones se decidirÃ−an, no por unanimidad
del Consejo, sino por mayorÃ−a de dos tercios. Pero los conservadores británicos, de nuevo en el poder en
noviembre de 1924, rechazaron el protocolo. Potencia naval y financiera, el Reino Unido temÃ−a tener que
cargar con el peso económico de la aplicación de las sanciones; además, era reacio a cualquier
compromiso vinculante en Europa. Este aislacionismo británico supuso un claro fracaso para la seguridad
colectiva y el “espÃ−ritu de Ginebra”.
Briand aprendió la lección e intentó hacer avanzar la seguridad colectiva al margen de la SdN,
incorporando a EEUU. Contando con las poderosas ligas pacifistas norteamericanas, lanzó en abril de 1927
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un emotivo mensaje al pueblo de EEUU, en el que sugerÃ−a un pacto por el que ambos paÃ−ses aceptarÃ−an
renunciar a la guerra como medio polÃ−tico. El secretario de Estado Kellogg, propuso abrir el pacto a todos
los paÃ−ses. AsÃ−, 15 Estados firmaron en ParÃ−s (agosto 1928) el pacto Briand-Kellogg, al que acabaron
adhiriéndose casi todos los 65 existentes, incluidos Alemania y la URSS. Acogido con entusiasmo, el pacto
marcaba el apogeo del pacifismo. Pero los lazos que establecÃ−a eran puramente formales: no se preveÃ−a
ninguna sanción contra quienes incumplieran el pacto. Francia no logró ningún compromiso por parte de
EEUU.
Briand, decepcionado, retomó entonces una idea que le atraÃ−a: la creación de los “Estados Unidos de
Europa” (a1 calor de las ideas que habÃ−an abrigado la empresa de la integración europea, destacando entre
ellas la obra del conde Koudenhove-Kalergi, Paneuropa, publicada en 1923). Esto relanzarÃ−a el
acercamiento francoalemán, estancado después de Locarno. En septiembre de 1929, desde la tribuna de la
SdN, preconizó en términos emotivos y poéticos, pero vagos, una Federación Europea que, “sin
tocar a la soberanÃ−a de ninguna de las naciones”, establecerÃ−a lazos económicos y polÃ−ticos entre
ellas. La cuestión no tuvo continuidad. Generosa e imaginativa, la polÃ−tica de conciliación de Briand
habÃ−a minusvalorado en exceso el poder de los egoÃ−smos nacionales. El fracaso de su plan desveló que
el optimismo del “espÃ−ritu de Ginebra” se apoyaba en ilusiones que la crisis mundial de la década de
1930 se encargará pronto de disipar.
D. Los primeros desafÃ−os revisionistas al orden internacional (1930-1933).
El viraje que se produjo en las expectativas internacionales hacia 1930 se fraguó poco a poco conforme se
extendÃ−a la crisis eco−nómica y sus efectos disolventes sobre el optimismo que habÃ−a calado en años
prece−dentes, tanto en los Estados como en el propio sistema internacional. Los desafÃ−os al sistema
internacional de posguerra, que se inician en estos años, sobrevendrÃ−an en un marco general de crisis, en
el que concurrieron procesos y sÃ−ntomas de muy variada naturaleza.
En primer término, la crisis económica, que se inició en octubre de 1929 con el crash bursátil de Nueva
York y se propagó por la economÃ−a europea con toda su virulencia a partir de 1931, actuó como
detonador de una crisis generalizada. Los gobiernos de Alemania y Austria intentaron proteger sus respectivas
economÃ−as, muy dependientes del capital de EEUU. La creación, mediante una unión aduanera
austroalemana, de un vasto mercado protegido les pareció una medida eficaz, primer paso también hacia
la unión polÃ−tica o anschluss, prohibida por los Tratados de ParÃ−s. Alemania y Austria hicieron caso
omiso de ello y, en marzo de 1931, concluyeron un proyecto de unión aduanera. Los firmantes de los
Tratados protestaron y apelaron a la SdN. Antes incluso de que ésta diera su veredicto, alemanes y
austriacos renunciaron a su proyecto, que habÃ−a quedado sin sentido al golpearles duramente la crisis en
mayo-julio de 1931.
Al surgir la crisis, Alemania, usando una cláusula del plan Young, suspendió parte de sus pagos y
pretendió librarse de todas sus obligaciones. A petición del presidente alemán Hindeburg, Hoover, el
nuevo presidente de EEUU, obtuvo de las demás potencias, en junio de 1931, una moratoria de un año
para todas las deudas interestatales. Pero doce meses después Alemania fue de nuevo incapaz de cumplir
con sus compromisos. La Conferencia de Lausana (julio 1932), por presión de EEUU, decidió exonerarla
definitivamente de las reparaciones a cambio de un último pago de 3.000 millones de marcos-oro. Herriot,
primer ministro francés, cedió resignado.
Herriot, como los demás deudores europeos, esperaba una anulación similar de las deudas interaliadas.
Pero Hoover negaba toda relación entre éstas y las reparaciones. Para EEUU la naturaleza jurÃ−dica de
ambas deudas era distinta: unas eran el resultado de contratos libremente firmados por Estados soberanos,
mientras que las reparaciones eran un tributo polÃ−tico impuesto a un paÃ−s vencido. Hoover consideraba,
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por tanto, los créditos de EEUU como deudas intocables. En respuesta, Francia interrumpió en diciembre
de 1932 todos los pagos. Los demás Estados deudores prefirieron adoptar la posición británica y siguieron
aportando sumas simbólicas, lo que no les libró del resentimiento norteamericano. AsÃ−, un grave
malentendido se instaló entre EEUU y las principales democracias europeas en un momento en que la paz
era de nuevo amenazada.
El plan de reparaciones naufragó del mismo modo en que lo harÃ−an las recomendaciones liberalizadoras y
de cooperación multilateral en la Conferencia Económica Mundial de Londres (junio de 1933). El fracaso
de la conferencia fue la más ilustrativa expresión del triunfo de las soluciones nacionalistas y unilaterales,
asÃ− como de la contracción y de la compartimentación del mercado internacional, en el que
comenzarÃ−an a aflorar soluciones de corte autárquico.
En segundo término, la crisis económica incidió directamente en la crisis polÃ−tica de las democracias
en los años treinta. En estos años se agravó el desequilibrio entre las democracias, profundamente
pacÃ−ficas, pero débiles, y los regÃ−menes de corte totalitario y autoritario, partidarios de modificar el
statu quo vigente en favor de sus intereses nacionales.
En tercer lugar, el sentimiento general de crisis acabarÃ−a filtrándose en la propia SdN. El visible y
creciente deterioro del “espÃ−ritu de Ginebra” acabó por activar de forma generalizada el recurso a las
formas diplomáticas tradicionales tanto en las grandes como en las pequeñas potencias que, aun
manteniendo las formalidades respecto a la legalidad de Ginebra, evidenciaban una quiebra en la credibilidad
del organismo internacional.
a. La ruptura del statu quo en el Extremo Oriente.
El primer capÃ−tulo de este perÃ−odo crÃ−tico de la SdN tuvo como escenario la alteración del equilibrio
de fuerzas en el Extremo Oriente. La agresión japonesa, materializada en la ocupación militar de
Manchuria fue el primer gran desafÃ−o realizado por una gran potencia a los presupuestos morales y
polÃ−ticos del Pacto. La posición de Japón presentaba ciertas analogÃ−as con la de Alemania e Italia, en la
medida en que se sentÃ−a constreñida en su posición interna−cional, y enarboló una polÃ−tica
nacionalista agresiva tendente a alterar en su favor el statu quo territorial en la región. E1 acto de fuerza de
Tokio, iniciado en septiembre de 1931 y que culminarÃ−a con la creación del Estado tÃ−tere del
Manchukuo en marzo de 1932, supuso la violación del tratado de las nueve potencias, por el que Japón
reconocÃ−a el principio de “puerta abierta” en China y el respeto de su integridad territorial, y el
incumplimiento, asimismo, del Pacto Briand-Kellog.
El 19 de septiembre de 1931 llegaban las primeras noticias del conflicto al Consejo de la SdN. Dos dÃ−as
más tarde el gobierno chino evocaba el artÃ−culo 11 para que la SdN mediara en el conflicto. Las
reacciones de las potencias, tanto las pertenecientes a la Sociedad, y en especial Gran Bretaña, a priori el
Estado con mayores intereses en juego, como las ajenas a ella, caso de EEUU que era garante de los dos
acuerdos internacionales violados por Tokio, fueron muy débiles y permisivas con la agresión, no yendo
más allá de una condena moral.
La recomendación del Consejo de que Japón evacuase las tropas encontró como respuesta, a través del
representante japonés, una táctica evasiva y de defensa de los derechos de su paÃ−s. La esterilidad de las
resoluciones del Consejo condujeron a la creación de una Comisión de Encuestas, cuya presidencia
asumirÃ−a el británico lord Lytton, junto con delegados de Francia, Italia, EEUU y Alemania. Evaluada la
situación in situ, el informe de la Comisión (septiembre de 1932) consideraba que el nuevo Estado del
Manchukuo carecÃ−a de toda base legal y condenaba a Japón no por haber cometido un acto de agresión,
sino por haber recurrido a la fuerza sin agotar previamente todos los medios pacÃ−ficos disponibles. Dicho
15
informe serÃ−a la base de una resolu-ción aprobada por la Asamblea en febrero de 1933: un mes después
Japón se retiraba de la SdN.
Las instituciones de Ginebra no habÃ−an aceptado el nuevo statu quo, pero habÃ−an eludido cualquier
pronunciamiento para establecer la aplicación de las sanciones bajo el artÃ−culo 16. Las grandes potencias
no se comprometieron con la posibilidad de recurrir a las sanciones, lo que agudizó las reticencias ya
existentes entre las medias y pequeñas potencias no hacia los valores y mecanismos del Pacto, sino hacia la
buena fe de los “grandes”.
b. El fracaso del desarme y el revisionismo alemán.
Al otro lado del mundo, en Europa, escenario natural sobre el que actuaron los tratados de paz, se
desarrollarÃ−an los capÃ−tulos decisivos en el pulso entre las potencias revisionistas y los defensores del
orden de Versalles, y, en consecuencia, el futuro y la credibilidad del sistema de seguridad colectiva. El
revisionismo alemán, a tenor de la crisis de la República de Weimar y el ascenso de las fuerzas
conservadoras y ultranacionalistas, entrarÃ−a en una fase de agudización en sus reivindicaciones y en sus
formas, adquiriendo un estilo más agresivo y tajante, que culminarÃ−a en la polÃ−tica revanchista
auspiciada por Hitler una vez en el poder en 1933. Cerrado el capÃ−tulo de las reparaciones y lograda la
evacuación de las tropas extranjeras en Renania, el revisionismo germano se orientarÃ−a de forma más
explÃ−cita hacia la neutralización de las cláusulas militares y de seguridad, aunque las cuestio−nes
territoriales y la preocupación por las minorÃ−as alemanas fuera de sus fronteras siempre fueron capÃ−tulos
activos en la agenda de su polÃ−tica exterior.
El desarme alemán, a tenor de las cláusulas militares del Tratado de Versalles, habÃ−a de ser la
antecámara a un desarme generalizado. La celebración y el transcurso de la Conferencia de Desarme se
antojaba, desde esta perspectiva, como un capÃ−tulo crucial para la seguridad de Europa. La Conferencia de
Desarme, que se habÃ−a convertido en una de las empresas más prestigiosas de la SdN, se inició,
finalmente, en febrero de 1932.
A lo largo de la conferencia, la más importante de las celebradas desde la Conferencia de Paz de ParÃ−s,
aflorarÃ−an las diferentes tesis ya expuestas por los representantes de las potencias en los trabajos
preparatorios, y que oscilaron entre las tesis francesas que conferÃ−an un carácter prioritario a la seguridad
sobre el desarme, y la exigencia alemana de la paridad de armamentos. Entre ambos polos, las proposiciones
anglosajonas de Gran Bretaña y EEUU eran mucho más explÃ−citas y precisas en sus contenidos y se
esforzaron por crear un escenario de consenso entre las irreductibles posiciones de franceses y alemanes. La
delegación soviética, por su lado, siguió insistiendo, por medio de su portavoz en Ginebra (Litvinov), en
la tesis del desarme total e inmediato, mientras que las posi−ciones defendidas por las medias y pequeñas
potencias se desenvolvieron de acuerdo con sus afinidades internacionales e intereses nacionales, en unos
casos cercanas a las tesis francesas, como las de la “Pequeña Entente”, o en otros intentando tender un
puente mediador entre Alemania y la conferencia, como el “Grupo de Neutrales”, en el que figuraban los
Estados escandinavos, Suiza, Holanda y España desde finales de 1933.
Un fiel reflejo de los estériles trabajos de la conferencia fue la retirada temporal de Alemania el 14 de
septiembre de 1932 y su efÃ−mero retorno a la misma al año siguiente, hasta la retirada definitiva de la
Alemania de Hitler de la Conferencia y de la SdN en octubre de 1933. En dos años de Conferencia de
Desarme se transitó desde la esperanza del desarme a la psicosis rearmista y al sentimiento generalizado de
inseguridad que asolarÃ−a Europa a partir de 1934.
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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 14
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