El regreso a casa
Domingo 4 c cuaresma
P. Clemente Sobrado C.P.
14 de marzo de 2010.
Un día sentí que me faltaba el calor de tus brazos.
Sentí el frío de no contar con ellos. Un frío que enfría el alma.
Me creí libre de ti, Señor, y me encontré esclavo de mí mismo.
Sentí la soledad, aunque estaba con todos. Sentí la tristeza,
aunque todos se reían.
Sentí el vacío, y todos parecían felices. Hoy vuelvo a Ti, Padre.
Necesito que tus brazos me estrechen. Necesito que tu corazón
me devuelva la alegría.
Necesito que tu calor se lleve mi frío. Necesito sentir que me
llamas hijo.
Necesito sentir el calor de tu abrazo. Necesito sentir el silencio
del no reproche.
Necesito sentir que me invitas a tu
mesa. Necesito sentir que me abres la
puerta.
Necesito sentir que hoy me dices:
“Entra. Esta es tu casa”. “Ponte
cómodo y hagamos fiesta”.
La parábola del Hijo Pródigo ha tenido
distintos títulos, porque todo depende de
cómo la lee cada uno y de la resonancia
que tiene en el corazón de cada uno.
Porque, a diferencia de otras parábolas,
ésta tiene mucho de personal, de retrato
de cada uno de nosotros. Es la parábola
de Dios Padre. Es la parábola del
corazón de Dios. Pero también es la
parábola de cada uno de nosotros.
Porque, de una manera u otra:
Todos hemos tenido nuestras
rebeldías interiores.
Todos hemos buscado una
libertad al margen de Dios.
Todos hemos tenido nuestras
experiencias de irnos de casa.
Todos hemos olvidado alguna
vez el corazón y el dolor de
nuestro Padre Dios.
Todos
hemos
tenido
momentos de querer llenar
nuestros estómagos con las
bellotas de los chanchos.
Todos hemos vivido nuestros
momentos de terribles vacíos
interiores.
Todos hemos tenido esos
momentos de regreso a la casa
del Padre.
Todos hemos sentido miedo a
que nos rechacen y echen de
casa al llegar.
Todos hemos sentido, alguna
vez, el calor de los brazos
amorosos de Dios Padre.
Porque ¿quién puede decir que, en
algún momento de su vida, no le hemos
reclamado a Dios nuestra libertad para
hacer lo que nos venía en ganas
creyendo que sólo nosotros sabemos lo
que nos conviene y nos hace felices?
Porque ¿quién de nosotros nunca ha
experimentado el frío de la noche sin el
calor del hogar paterno?
Porque ¿quién de nosotros no ha pasado
por esos momentos en los que, en vez
del pan caliente del hogar, hemos
alimentado nuestras vidas con las
bellotas del placer o de la borrachera o
simplemente de prescindir de todo?
Porque, ¿quién de nosotros luego no ha
tenido miedo a regresar o que incluso ha
regresado y no siempre ha encontrado
unos brazos calientes sino el rechazo y
1
el mal humor de un confesor con dolor
de hígado?
Porque, ¿quién no ha experimentado,
alguna vez en su vida, unos brazos
abiertos y calientes y unos besos que
nos han abierto la puerta del regreso y
nos han invitado a la mesa de la
Eucaristía?
En algún momento de nuestras vidas
nos hemos sentido ese “hijo que pide su
herencia” y se larga de casa. O hemos
sentido que más nos parecemos a
nuestro hermano mayor, legalista y sin
conocer el amor, que se niega a creer en
nuestro regreso y hasta se escandaliza
de que Dios nos ame tanto a los
pródigos y haga fiesta por nosotros.
Pero la parábola no tiene tanto la
finalidad de describirnos a nosotros
mismos, sino de describir el corazón de
Dios y de invitarnos a amar como él
ama y a perdonar como él perdona y a
celebrar como él celebra el regreso de
alguien a la casa de la Iglesia que es la
casa del Padre. El sale a recibir al hijo
que regresa de lejos. Y sale a llamar al
hijo que está cerca y se niega a entrar.
Conocemos demasiado nuestro corazón
de “pródigos”. Y hasta conocemos
demasiado nuestro corazón de “hijos
mayores”. Pero ¿conocemos nuestro
corazón tratando de amar como hemos
sido amados por nuestro Padre Dios?
Demasiado tiempo hemos tenido el
corazón de ambos hijos. Es el momento
de tener el corazón del Padre. Es el
momento de amar como el Padre,
“como yo os amé”. Es el momento de
perdonar como hemos sido perdonados.
Y es el momento de descubrir que ser
cristianos, ser hijos de Dios, es
“celebrar una fiesta y bailar al ritmo de
una música”.
“Cada mañana sales al balcón y
oteas el horizonte por ver si
vuelvo.
Cada mañana bajas saltando las
escaleras y echas a correr por el
campo cuando me adivinas a lo
lejos.
Cada mañana me cortas la
palabra, te abalanzas sobre mí y
me rodeas con tu abrazo
redondo el cuerpo entero.
Cada mañana contratas la banda
de músicos y organizas una
fiesta por mí por el ancho del
mundo.
Cada mañana me dices al oído
con voz de primavera: Hoy
puedes empezar de cero”. (P.
Loidi: Mar Rojo)
Oración
Señor: sé que hay mucho de pródigo en mi vida,
también del hermano mayor sin amor.
Ahora quiero compartir la fiesta de mi regreso a casa.
Ahora quiero compartir contigo la fiesta y la mesa que has preparado para mí.
Ahora quiero pedirte un corazón como el tuyo.
Que comprenda a los que un día se han alejado.
Que acepte a los que regresan a tu casa.
Que ame a los que tú mismo has abrazado con tu amor.
También yo quisiera olvidarme de mi corazón de pródigo
y conseguir un corazón de Padre para amar a mis hermanos.
Clemente Sobrado C.P.
www.iglesiaquecamina.com
(Si este mensaje te ha dicho algo, compártelo con tus amistades)
2
Descargar

El regreso a casa