Y que supone la existencia de procedimientos acordados y

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¿COMO LOGRAR MAYOR IGUALDAD EN DEMOCRACIA?
Ernesto Ottone1
I.- INTRODUCCION
América Latina necesita con urgencia que sus economías crezcan a tasas
razonablemente altas y estables, que se reduzcan sus niveles de desigualdad y
de pobreza, alcanzar mayor competitividad y capacidad de innovación,
mejorar el nivel de sus recursos humanos, lograr que sus sociedades muestren
mayores niveles de cohesión social para enfrentar con probabilidades de éxito
los desafíos de la globalización.
Hay quienes piensan que ello se logra solo si dejamos que el mercado haga las
tareas; y que si nos armamos de paciencia veremos como viene la prosperidad
y luego la justicia social. Es la tesis que sólo el mercado importa, es la ilusión
neoliberal.
Hay otros que piensan que lo que importa es la distribución de la riqueza en
los plazos más cortos que sean posibles, que de la producción y la
productividad no faltará quien se ocupe. Es también una ilusión doctrinaria,
aunque de signo opuesto.
Documento preparado con la colaboración de Carlos Vergara. Presentado en el Seminario “La Economía al
Servicio del Hombre”, Buenos Aires 12 de abril 2007.
1
1
La experiencia nos indica que estas visiones no arrojan resultados positivos.
El desarrollo con justicia social es un camino pedregoso y los atajos para
llegar a la tierra prometida simplemente no existen.
Esto es tanto más cierto si estamos convencidos que la libertad y la igualdad
son valores inseparables, que avanzan juntos en el camino del desarrollo.
Pensar que uno va primero y el otro después se ha mostrado históricamente
falso. La prevalencia de la igualdad de emprender por sobre la aspiración de
igualdad, conduce a sociedades con desigualdades intolerables y por ende a
profundas crisis políticas y sociales.
Pensar que es posible imponer la
igualdad sacrificando la libertad ha hecho que muchos sueños nobles en su
origen, terminen en verdaderas pesadillas colectivas. El desafío es entonces la
conjugación de ambos valores, crecer y ampliar la libertad de las personas en
niveles progresivos de igualdad.
Ya se han tocado, y en profundidad, los temas del desarrollo en la región, de la
desigualdad, de la pobreza, y de la cohesión social.
Me corresponde
reflexionar sobre la conexión de estos procesos con el ámbito político.
Permítanme sin embargo referirme brevemente, teniendo en mente las cifras
que ya han sido entregadas, al tema de la desigualdad y la pobreza en nuestra
región.
II.- LA DESIGUALDAD Y LA POBREZA
América Latina, se dice con frecuencia, es la región del mundo que muestra la
más alta desigualdad de ingresos en el mundo. No es solo cierto, sino que
2
constituye un obstáculo al desarrollo y resulta éticamente intolerable, como
también lo son los elevados niveles de pobreza cercanos al 40% de la
población.
Pero también es cierto que América Latina es un continente de ingresos
medios; vale decir, lejos de los niveles de los países de la OCDE (más de 25
mil dólares per cápita), pero también lejos de los ingresos promedio de
regiones de África y Asia (del orden de mil).
Cierto es que el más igualitario de los países de América Latina tiene una
distribución del ingreso mucho más desigual que el más desigual de los países
desarrollados de la OCDE. Pero también es verdad que una persona pobre de
América Latina, con sus ingresos, tiene mucho más acceso a bienes y servicios
que una persona pobre de Asia del Sur. Una sociedad homogéneamente pobre
y, por tanto, igualitaria en la pobreza no es necesariamente más virtuosa que
otra de ingresos medios pero con mayor dispersión y, en consecuencia, menos
igualitaria.
La desigualdad de los ingresos en América Latina tiene su base y su origen en
una etapa muy lejana de su historia y se relaciona con las características
propias que asumió el proceso de colonización (básicamente español y
portugués) en el continente.
Así las cosas, la propiedad de los principales activos siempre fue
extremadamente concentrada: la propiedad de la tierra desde siempre (cabe
recordar la institución de la encomienda, mediante la cual la Corona entregaba
enormes extensiones de tierra con trabajo semiesclavo incluido); la propiedad
3
de las riquezas mineras, oro y plata en la época colonial, hasta las riquezas de
estaño y cobre en la segunda mitad del siglo XX, y la concentración de los
activos educacionales que se arrastra hasta el día de hoy en la mayoría de los
países de la Región.
Esta concentración histórica de los activos productivos ha sido acompañada
desde siempre también por la concentración de la influencia social y el poder
político en las mismas elites que concentran el poder económico.
El contrato social que hizo posible la construcción del Estado de Bienestar en
Europa, no tuvo lugar en América Latina. Sólo en algunos países, básicamente
en aquellos de urbanización temprana, se produjeron procesos parciales de
protección social que lograban incluir a sectores medios y populares urbanos
con alta capacidad de presión. La discriminación de clases sociales, la
discriminación étnica y discriminación de género mantenían la exclusión de
amplios sectores de la población.
En consecuencia, la desigualdad de ingresos que caracteriza a América Latina
no es producto del desarrollo reciente de la región, no es producto de la
globalización, sino que ha convivido con todos los modelos de desarrollo
latinoamericanos de los últimos 200 años.
El contexto antes señalado hace indudablemente más complejo el debate sobre
cómo alcanzar niveles más altos de igualdad en las sociedades
contemporáneas, particularmente en una América Latina muy desigual.
Esping-Andersen señala que la cuestión central tiene que ver con las
oportunidades. Lo que hay que desentrañar, según este autor, es si acaso las
4
crecientes desigualdades de ingreso que se presentan hoy en día van de la
mano con una creciente desigualdad de las oportunidades entre las
generaciones. Agrega, además, que la evidencia sugiere que no hay un
empeoramiento de las oportunidades de movilidad y que, en algunos pocos
países, las oportunidades incluso han mejorado.2
Otros autores sostienen3 que hay que poner la mirada en cómo mejoran (o
empeoran) las oportunidades y las condiciones de vida del segmento más
pobre y vulnerable de la población, y menos en analizar las distancias entre
ricos y pobres.
Otros, siguiendo a Rawls, sostienen que lo justo es que, -cuando aumente la
riqueza total-, todos los segmentos de la sociedad ganen algo y no que todos
ganen lo mismo. Lo injusto, en este caso, no es que unos ganen más que otros
sino que haya quienes no ganen nada.
La idea de Luhman y Habermas según la cual las sociedades se componen
cada vez más de subsistemas relativamente autónomos permite pensar en la
noción de la “igualdad compleja”, según la cual las desigualdades no se darían
de forma homogénea en todos los terrenos. En otras palabras, no somos
“igualmente desiguales” en todo. Así, por ejemplo la desigualdad en el acceso
a ciertos bienes de consumo material, y particularmente simbólicos, no se
reproduce en el mismo grado que la desigualdad en los ingresos.4
2
Op.cit, pg.8
El mismo Esping-Andersen, Atkinson y otros.
4
E.Ottone y C.Pizarro, Osadía de la Prudencia, FCE, 2003
3
5
Lo cierto, en todo caso, es que no es pertinente ni correcto hacer sinónimos las
nociones de desigualdad social con la distribución de los ingresos
provenientes del trabajo. Puede argumentarse que esta última es un
componente fundamental de la primera, pero en ningún caso es la única.
Cuando se dice que la desigualdad de América Latina se mantiene tal como
era hace medio siglo, o cuando se dice que tal o cual país no ha mejorado en
términos de la desigualdad, se está diciendo solo una parte de la verdad. Puede
darse que los indicadores más clásicos de distribución del ingreso
permanezcan inalterados, pero ello puede ocurrir al mismo tiempo que una
muy significativa disminución de la pobreza, con aumento de coberturas y de
calidad en la atención de salud, expansión de la educación y mayor acceso a
bienes y servicios.
Si vemos por ejemplo el caso de Chile, país que ha tenido por años un
crecimiento sostenido y estabilidad política a través de un proceso de reformas
que han llevado adelante desde el retorno de la democracia. Si bien los
indicadores de distribución del ingreso han mejorado poco respecto al período
de la dictadura (18,1% a 14,5%), en la razón de ingresos entre el quinto quintil
y el primer quintil, la pobreza bajó del 38,5% en 1989 a 18,8% en el 2003 y la
indigencia del 12,9% al 4,7%; estas cifras serán aún más bajas este año. Sin
embargo, si a la simple distribución del ingreso incorporamos las
transferencias monetarias y los subsidios de educación y salud, el 14,5% baja
a 7,6%. Si además consideramos otros accesos a bienes públicos y privados,
podremos observar que en 17 años se ha producido un cambio inmenso en la
vida de los más pobres. Nada de esto es satisfactorio en términos del “deber
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ser” de la sociedad a la que aspiramos, pero son pasos gigantescos que es
necesario proseguir.
Por lo tanto, es preciso ser cautelosos a la hora de hacer juicios categóricos
respecto de lo que comúnmente se denomina desigualdad. ¿Es más virtuoso
bajar un par de puntos el índice de Gini o reducir a la mitad el porcentaje de
familias que viven en la pobreza? ¿Es más deseable una sociedad donde las
familias pobres mejoren sustantivamente su acceso a bienes y servicios o una
donde los ricos ganen menos dinero?. Claro, lo ideal es que todo mejorara
mucho y a la misma velocidad, pero las cosas no pasan así en el mundo real y
frente a estas dos preguntas yo decididamente apuesto por poner en primer
lugar que haya menos pobres y que los ricos estén sometidos a reglas de
tributación que aseguren su responsabilidad social.
En otras palabras, no hay que confundir la desigualdad de los ingresos con la
desigualdad social. Se trata, a fin de cuentas, de que todas las personas puedan
acceder a un piso de bienes y servicios, y que los avances igualitarios se
desarrollen hacia arriba, hacia una sociedad igualitariamente más próspera.
Por ello nos parece adecuado hablar de la noción de “distribución del bienestar
y de las oportunidades”, que permite recoger mejor la compleja realidad de
América Latina. Por cierto que hay que procurar una mejor distribución del
ingreso, pero también hay que reforzar los esfuerzos de políticas públicas para
lograr una mejor distribución del bienestar y las oportunidades en un sentido
más amplio.
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La distribución del bienestar tiene cuatro componentes; el acceso a los bienes
de consumo y servicios básicos, la evolución de la pobreza, el acceso a las
oportunidades y la distribución del ingreso.
Sólo si somos capaces de mirar el conjunto del proceso en sus diversos
componentes podremos apreciar cuando vamos avanzando por el buen
camino, cuando estamos estancados, o cuando lamentablemente estamos
retrocediendo.
III.- LA POLÍTICA
El crecimiento bajo y volátil, las crisis profundas como las que vivimos a
caballo del siglo XX y el XXI antes de la relativa bonanza actual, ha estado
acompañada de una fuerte fragilidad política, y hasta una cierta desafección al
sistema democrático. Han resurgido atmósferas sociales que pueden minar los
sistemas de negociación de los conflictos y favorecer las ofertas populistas;
emergen reacciones identitarias antimodernas de distinto signo, que se
caracterizan por ser simplistas, esencialistas y unilaterales y que no captan la
necesidad de entender nuestra identidad de una manera no estática ni
dogmática sino de asumir su continua transformación e historicidad.
La aguda percepción de injusticia social, de que quienes pagan las crisis son
“los de abajo”; la visión en varios países de las elites políticas como elites
corruptas y de la globalización como una conspiración de los países ricos para
explotar a los países pobres es una realidad que se refleja en el incremento de
posiciones nacionalistas y extremas, como asimismo en el descrédito de
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muchos de los gobernantes en la opinión pública, en el desprestigio de los
partidos políticos y en la extrema volatilidad del voto.
América Latina tiene una historia muy lábil en materia democrática, basta
señalar que en 1930 la región contaba con sólo 5 gobiernos democráticos; en
1948 con 7; y en 1976 con apenas 3 (PNUD 1994). Los profundos avances en
este terreno en las últimas décadas en la que prácticamente en América Latina
el conjunto de los países con mayor o menor solidez, han adoptado el sistema
democrático constituyen un patrimonio a la vez precioso y precario.
En la fragilidad de la construcción democrática en la región se reflejan tanto
problemas comunes a los sistemas democráticos en todo el mundo como
asimismo los límites históricos de su propio desarrollo y su pesada herencia de
discontinuidad democrática.
A nivel universal la democracia se encuentra presionada tanto por el proceso
de globalización y de revolución de la información que genera la centralidad
de la imagen, la tendencia a una “doxocracia” sin límites y los peligros de una
relación perversa entre política y espectáculo que pone cuestionamientos no
menores al rol de los partidos políticos, del parlamento, a la relación entre
electores y elegidos y a la producción de sentido de la política.
Estos problemas se presentan en América Latina agravados por la desigualdad
y la exclusión social a los que se suman fenómenos de creciente extensión
como la economía criminal generada por el narcotráfico y prácticas extendidas
de corrupción que tienen un efecto cancerígeno sobre el funcionamiento del
sistema político.
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Si revisamos con objetividad el panorama político latinoamericano vemos que
el nudo gordiano del momento actual se encuentra en la escasa legitimidad de
los sistemas políticos y en la falta de solidez de su construcción institucional.
Existe una demanda ciudadana que pide más Estado, más institucionalidad,
más sistemas de justicia y de seguridad ciudadana, más gestión pública. La
extrema debilidad de la oferta pública en muchos países frente a esta demanda
genera un vacío que puede frustrar el desarrollo y dar inicio a un nuevo ciclo
de populismos ya sea de izquierda o derecha, integrista identitario o
modernista autoritario, en donde una sociedad civil que busca, articularse con
el Estado sea reemplazada por una sociedad incivil que lleve a la paralización
del esfuerzo de desarrollo o a sociedades con un nivel de conflicto
insostenible.
La crisis de legitimidad política genera un obstáculo mayor a un camino
democrático al desarrollo, es decir, aquél que supone, para resumir y ser
claros, los conceptos de Bobbio de la democracia.
De la “democracia mínima” o procedimental que arranca su valor en ese
principio
incontrastable de que resulta mejor “contar cabezas que cortar
cabezas” y supone que la existencia de procedimientos acordados y de reglas
son la base de una convivencia civilizada. Gobierno de las leyes, Estado de
derecho, trama de libertades, disminución del arbitrio de los hombres,
canalización pacífica de los conflictos y limitación de la fuerza.
“Podemos hablar de democracia –dice Bobbio- ahí donde las decisiones
colectivas son adoptadas por el principio de la mayoría, pero en que participan
10
en estas decisiones o indirectamente (…) la mayor parte de los ciudadanos”, y
agrega a continuación que ello supone que los ciudadanos estén libremente
colocados ante alternativas reales y las minorías sean respetadas y puedan
convertirse en mayoría si así los ciudadanos lo deciden.
Esta concepción es el “verbo” de la democracia, su ABC, como bien nos decía
Stuart Mill, después vienen las otras letras.
Pero asimismo Bobbio nos habla de la “democracia exigente”, cuando nos
señala la necesidad de demandar a la democracia un compromiso, a la vez que
con la libertad, con una mayor igualdad en las condiciones materiales de vida
(…) una cierta voluntad igualitaria en el sentido de utilizar el poder del Estado
para contribuir a morigerar las desigualdades materiales más manifiestas e
injustas, así no más sea porque la presencia en una sociedad cualquiera de tal
tipo de desigualdades puede tornar ilusorio y vacío para quienes lo padecen el
disfrute y el ejercicio de las propias libertades.
IV.- EL CAMINO DEMOCRÁTICO
El camino democrático supone cuatro grandes características:
1. Requiere de consensos básicos de la sociedad y grandes acuerdos políticos.
Cabe recordar que, en los últimos veinte años, en América Latina ha
habido 14 Presidentes que han sido democráticamente elegidos, pero que
no han logrado terminar su período presidencial en los plazos y formas que
correspondían. Todos estos poco felices desenlaces ocurrieron en sistemas
políticos estructurados sobre la base de gobiernos que no contaban con
11
mayoría política, sin acuerdos con el Parlamento, y con una ciudadanía que
miraba los actos políticos desde lejos.
De allí surge la necesidad de generar mayorías políticas que se constituyan
en la base de gobiernos estables y eficientes capaces de convivir con
oposiciones con sentido de Estado.
2. Requiere de una mirada de país, de naturaleza estratégica y de largo plazo.
En la historia política de América Latina ha sido no sólo normal tener
gobiernos de minoría, sino también que los objetivos de gobierno se
agotaran en el tiempo del propio mandato presidencial. Vale decir, se ha
trabajado, en el mejor de los casos, con una mirada de país que no llegaba
más allá de algunos años. Y de alguna manera era algo natural. Era común
que el equipo de gobierno que entraba lo hacía convencido de que aquellos
que salían habían hecho poco o nada; los que salían, corrían al Parlamento
para hacer una oposición sin tregua al nuevo gobierno. Cada nuevo
gobierno ha pretendido ser fundacional.
Un país es ante todo una comunidad moral. Tiene un pasado, un presente, y
aspira a un cierto futuro. Contar con una mirada larga y trabajar con una
perspectiva estratégica significa ubicarse en el hilo conductor de la historia
de la nación, concordar un horizonte, y avanzar sin perder nunca el rumbo.
Avanzar con sentido estratégico es incluso más que sumar buenas políticas
públicas, es tener un horizonte claro y nacionalmente compartido hacia el
cual éstas se orienten.
12
3. Es necesariamente gradualista. Quiero citar al respecto una frase del
Presidente Ricardo Lagos; “¿Y por qué elegimos el camino de la Reforma?
Porque se trata de progresar todos. El avance hacia el progreso es
evolutivo; requiere construir a cada paso nuevos consensos, nuevas
mayorías. El mundo nuevo no nace de una vez y para siempre por obra de
un salto abrupto: nace todos los días, como un árbol que retoña rama por
rama, hoja por hoja. Ninguna vía rápida puede reemplazar el esfuerzo
cotidiano por alcanzar nuevos acuerdos que permitan ampliar más allá las
posibilidades de todos, los derechos de todos, las libertades de todos”.5
Ciertamente, trabajar con perspectiva estratégica va de la mano con la
generación de una comunidad de objetivos nacionales que permita que un
gobierno construya sobre la base de aquello que ya ha sido construido. Es
la idea de la construcción de un edificio: tenemos una idea compartida
sobre su diseño, cómo serán los departamentos, las entradas de luz, los
ventanales, los jardines, los estacionamientos, los espacios para los niños y
las facilidades para la tercera edad. Sin embargo, el cuarto piso se
construye sobre el tercero, y el quinto sobre el cuarto. Lo que ya no es
posible aceptar, es que sobre la base de un desacuerdo radical sobre la idea
final de cómo debe ser el edificio, el piso primero se construye una y otra
vez, y nunca se pase a la construcción del piso segundo.
4. El Estado es insustituible en su tarea de distribuir los beneficios del
crecimiento a toda la población a través de políticas públicas fuertes,
eficaces y eficientes. Es el único camino por el cual aquellos que tienen
5
Mensaje Presidencial, 21de mayo de 2004.
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una posición desmejorada en el mercado puedan acceder a bienes públicos
de calidad.
Esta función insustituible del Estado significa, nada más y nada menos, que
la justicia social y la construcción gradual de la equidad se relacionan con
la política y no con el mercado. La política, la voluntad política de los
partidos y dirigentes es la clave para saber hacia dónde van a ir los frutos
del crecimiento.
Esto, que parece obvio, no siempre lo ha sido.
Es un camino tremendamente exigente, requiere romper los corporativismos
de todo signo, y transformar el Estado para que sea capaz de responder a las
necesidades y aspiraciones de las grandes mayorías ciudadanas y contrarrestar
al máximo las dificultades de la globalización y aprovechar sus oportunidades.
Es un planteamiento más cercano al pensamiento “débil” de Vattimo que a
visiones absolutistas, fundamentalistas o unilaterales. No espera “todo” de la
política como lo plantea el pensamiento revolucionario, o “todo” del mercado
como el pensamiento conservador o neo-liberal.
Para esta visión reformadora no es posible esperar del mercado ninguna moral
distributiva y en consecuencia la lógica inegalitaria del capitalismo debe ser
contrapesada con una voluntad política que tienda a la igualdad de
oportunidades y de compensación de recorrido, que establezca un “mínimo
civilizatorio” para todos donde “seamos iguales entre todos, no en todo, pero
sí en algo”.
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V.-
¿ES LO ANTERIOR POSIBLE DE LOGRAR?
¿Cómo avanzar? ¿Cómo romper la transmisión intergeneracional de la
desigualdad social? ¿Es eso posible? Mi respuesta es que si bien es difícil, es
posíble.
Siguiendo mi razonamiento podría existir la tentación de reemplazar el famoso
“it’s the economy stupid” por un “it’s politics stupid” pero no sería justo,
como siempre los problemas están constituidos por una combinación de
factores, pero mi convencimiento es que el obstáculo político – institucional
constituye un eje insoslayable de los grandes problemas a superar.
Se trata entonces de superar la actual debilidad política de los países de la
región y esta es tarea de los latinoamericanos en la cual desgraciadamente no
tenemos a nadie a quien echarle la culpa. Se hace indispensable el desarrollo
de sistemas políticos que permitan capturar la diversidad pero que generen
cohesión social, reglas del juego respetadas y transparentes “más gobierno de
las leyes, menos gobiernos de los hombres” como nos señala Norberto
Bobbio. Reivindicación de lo público y de un sistema democrático fuerte que
sólo puede ser fruto de un sistema político con gran capacidad de agregación y
con una vocación a la vez de integración al mundo y de reducción de las
desigualdades en sus múltiples manifestaciones.
Es necesario considerar que América Latina es un continente heterogéneo, con
distintos niveles de desarrollo, de solidez institucional, y de niveles de
pobreza. Pero también, de distintos tamaños de población y de mercados
15
internos. Por ello, una política avanzada no puede ni debe ser uniforme a
todos los países, sino que debe reconocer su diversidad. El tamaño de los
mercados y la estructura del ingreso nacional son variables muy relevantes a la
hora de definir políticas públicas apropiadas y orientadas a la justicia social.
También es necesario considerar que América Latina es un continente
multicultural (más de 700 etnias), con inmensa riqueza de sus pueblos
originarios, de su mestizaje. A la vez comparte rasgos culturales, históricos,
de lengua, de sincretismos y marcas culturales que los unen. La identidad
cultural entendida como base de apertura y enriquecimiento permanente es
una fuerza y una variable central del desarrollo de los países en la
globalización, y un elemento central de una política avanzada.
Sin embargo si la institucionalización de la democracia tiende hoy a girar en
torno a la idea de amplios acuerdos, esto contrasta con la falta de presencia
pública y de acceso a decisiones de una parte importante de la población.
Amplios sectores que se encuentren marginados del desarrollo productivo,
territorialmente segregados y sin capacidad para ser representados por los
partidos políticos, no acceden al diálogo político.
De otra parte la falta de confianza ciudadana en los organismos de justicia,
protección y seguridad, generan condiciones para la trasgresión de la ley y la
instalación de cimientos de violencia.
Finalmente una forma no menor de obstáculo al fortalecimiento democrático
se encuentra en la falta de acceso de una parte de la población al uso ampliado
del conocimiento, la información y la comunicación que son indispensables
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para adaptarse a los nuevos escenarios productivos, a la participación en el
intercambio comunicativo de la sociedad y a un acceso igualitario a la vida
pública.
Reforzar el orden democrático supone en consecuencia desarrollar un
compromiso de todos los actores y sectores sociales de respeto a las reglas de
procedimiento de las institucionalidad democrática, articular los grupos
sociales heterogéneos dentro de un sistema político capaz de representar sus
demandas, vale decir, capaz de institucionalizar políticamente estas demandas
y traducirlas en intervenciones que asignen recursos para alcanzar niveles de
equidad aceptable, desarrollar mecanismos propios de la sociedad civil que
fortalezcan relaciones de solidaridad y responsabilidad social, impulsar una
cultura pluralista que favorezca mejores niveles de inclusión, confianza,
convivencia y comunicación, y alentar la filiación progresiva de grupos
sociales a redes de apoyo o interacción que les permita una mayor integración
y participación (CEPAL 2000).
El tema de la confianza es un tema central de la democracia, desterrar la
relación amigo-enemigo, desarrollando los espacios y posibilidades donde los
conflictos naturales de intereses pueden resolverse. Pasar de la pluralidad al
pluralismo y de la tolerancia pasiva a la tolerancia activa sólo se puede
resolver a través de un camino laborioso gradual, pero urgente frente a las
crisis que hoy vivimos en la región, que como bien sabemos son demasiadas y
demasiado dramáticas.
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Agregaré dos últimos elementos de reflexión.
No sólo de participación,
pluralismo y derechos vive la democracia, también de deberes y ejercicio de la
autoridad en el marco de la ley.
Una democracia para funcionar y ser efectiva necesita una autoridad por cierto
legitimada por reglas de procedimientos democráticos pero con capacidad de
conducción.
Una democracia incapaz de negociar y resolver los litigios
internos de una sociedad sólo puede resultar en estancamiento y ruina.
El otro elemento de reflexión surge mirando el panorama político actual de la
región. Sin duda es un panorama mucho más diverso y heterogéneo que el de
años anteriores.
Es evidente que la aspiración de justicia social ha
caracterizado a muchos de los procesos electorales de los últimos años y ha
generado, a través del voto, gobiernos cuya promesa central es la justicia
social y reivindicaciones centenarias de sectores excluidos hasta ayer del
poder político. Todo ello puede ser un gran paso adelante, si no se pierde el
binomio básico de la democracia entre libertad e igualdad, si termina con la
“negación del otro” no se transforma en la “negación del otro otro”, con la
negación del antiguo negador. Es decir si la exigencia de justicia que le
pedimos a la democracia no termina cercenando o disminuyéndola en sus
aspectos básicos.
Detrás de este camino gradual pero persistente subyace en definitiva la idea
que el éxito de la región de medirse más que por las cifras promedios, sino por
el nivel de dignidad de vida de los menos favorecidos.
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En consecuencia debemos trabajar obstinadamente por lograr democracias
sólidas y metas realistas más cercanas, como señala Levi Strauss, a un
humanismo modesto que a un humanismo exasperado.
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