Un secreto mal
guardado
El primer día que llegué a mi nuevo colegio me sentí como un turista extraviado en el
aeropuerto de Bangkok. Hacía calor y mi hermano mayor me llevó de la mano donde
unos chicos de quinto grado. Luego cruzó el patio y se fue a conversar con sus
compañeros. Desde el otro extremo lo observaba con envidia. Tenía muchos amigos y
se le veía feliz. En cambio yo me sentía el tipo más solitario del mundo. Ninguno de los
nuevos compañeros de colegio se inmutó con mi presencia. Nadie me incorporó en sus
conversaciones. Estuve parado cinco minutos escuchando conversaciones ajenas sobre
vacaciones. De cuando en cuando silbaba para que el tiempo se pasara más rápido.
Hasta que decidí tomar la iniciativa. Miré a mi costado y vi a un chico pálido, flaco en
extremo y de abundante cabello negro y vaporoso. Tenía un lunar negro del tamaño de
una moneda de un centavo en el mentón y como yo, acababa de llegar al colegio.
—¿Tú también eres nuevo? —le pregunté.
—Más o menos —respondió.
—¿Cómo que más o menos?
—Lo que pasa es que el año pasado mi vieja me sacó del colegio para viajar a Estados
Unidos.
El chico se llamaba Larry Roberts. Un tipo extraño y cuando digo extraño me refiero
tanto a su forma de ser como a su apariencia. Larry me contó que su mamá decidió
regresarse de Washington por temor a que la mataran. Le pregunté qué le hacía pensar
eso. Larry me contó una insólita historia de espías encubiertos en Estados Unidos que
nadie podría creer. Según él, su mamá jugaba un rol importante en esa historia.
A pesar de mis nueve años, no le creí nada. Pero era el único amigo a la vista y por eso
decidí no discutirle. Luego Larry se puso a hablar de los últimos capítulos de una serie
norteamericana de moda titulada The Six Million Dollar Man, que en Lima se estrenó
como El Hombre Nuclear. En ese momento llegó Nelson. No lo conocía pero la cara de
Larry cambió por completo. El hijo de la espía estaba nervioso. Aterrado. Nelson era un
rubio chato, con una espalda desproporcionada para su edad. Una suerte de toro, con
una mirada cruel y pendenciera y cuya afición preferida era golpear a todos los
imbéciles que se cruzaran en su camino. La gente le celebraba su crueldad con
carcajadas. Larry fue su primera víctima ese año.
Nelson le dijo a mi nuevo amigo que se había manchado la camisa con chocolate.
Cuando éste bajó la vista se encontró con una cachetada en la mejilla derecha que fue
motivo de una maliciosa risa colectiva. Larry no sólo estaba dolido, estaba también
avergonzado. Luego Nelson tomó su lonchera a la fuerza y casi como si fuera una rutina
la tiró al tacho de basura. Larry trató de impedirlo defendiéndose como podía y además
gritando que tenía la fuerza del hombre nuclear, lo que hacía más ridícula la escena.
La broma nuevamente fue celebrada con carcajadas. Fue en ese momento que Nelson
reparó en mí. Era el único al que no le daba risa lo que estaba pasando.
―Espantapájaros, ¿eres nuevo? ¿No?―Me preguntó, desafiante.
No le respondí nada. No me salía palabra alguna de la garganta.
―¡Oe huevón, te estoy hablando! ―gritó Nelson.
En ese momento sentí que el tiempo se detenía, que la gente se quedaba congelada y
que todos aguardaban en silencio mi respuesta. Fue como si me desdoblara y me viera
desde arriba, en serios aprietos. Un matón señalaba mi nariz y yo veía desde arriba la
escena. Aun así, mi respuesta no fue otra que mirarlo fijamente a los ojos. De pronto
sonó el timbre de la formación.
―¡Te salvaste conchetumare! ―dijo un amenazante Nelson antes de retirarse.
Inmediatamente todos aquellos que hace un minuto no me hablaban me rodearon y me
dijeron que ese insulto sólo se borraba con sangre. Una mentada de madre significaba
en el colegio la peor deshonra para un hombre y eso sólo podía arreglarse con una pelea
a puño limpio. Si no era capaz de defender la dignidad de mi madre no era capaz de
nada en la vida. Pensando en ese problema me fui a la formación. La pelea con Nelson
sonaba a suicidio para mí, pero si no me suicidaba esa tarde nadie me iba a respetar en
ese lugar jamás. Todo había pasado tan rápido que me parecía increíble la decisión que
tenía que tomar. Mi hermano por su parte seguía al otro lado del patio riéndose con sus
amigos, sin imaginar lo que me pasaba.
Ya en la formación, el director comenzó a dar su discurso de bienvenida a los nuevos
alumnos. La charla demoró más de media hora. Mareado por la espera y el sol en mi
cabeza pedí permiso para refrescarme la cara en el baño antes de caer desmayado. Me
retiré rápidamente a los lavatorios. Justo cuando acababa de refrescarme las sienes, vi el
reflejo de Nelson en el espejo. Me observaba como un animal a punto de atacar a su
presa. También se había salido de la fila, pero para lanzarme un par de puñetes en la
cara, a fin de que quedara bien claro quién mandaba en ese lugar.
―¡Oye, conchetumare! ―gritó desde atrás.
Me hice el sordo y en el momento menos esperado sentí el impacto de su puño helado
en mi mejilla. Fue un golpe rápido y seco bajo el pómulo derecho. Me desplomé al
suelo. La cara me ardía. Instintivamente, me puse de pie y le señalé con el dedo índice
de la forma más amenazadora posible.
―Te voy a acusar con el profesor.
No sé por qué dije eso. Creo que fue una reacción lógica de alguien más débil buscando
la ayuda de otro más fuerte. Con esa frase, en lugar de apagar el fuego eché más leña al
incendio. Nelson no se amilanó y me acusó de soplón. Si lo delataba era hombre
muerto. En menos de un día tenía dos dilemas que resolver. No sólo tenía que pelearme
con el tipo más fuerte del salón, que con toda seguridad me iba a romper todos los
huesos de la cara. También tenía que aceptar esa situación como natural sin denunciar la
injusta desproporción de fuerzas. De lo contrario iba a ser considerado el peor de los
especímenes en un colegio, un traidor.
Me eché agua a la cara y vi cómo las lágrimas salían de mis ojos. Estaba llorando de
impotencia, de rabia. En ese momento, entró el profesor Callena y me vio. Nelson pasó
a mi costado, susurró algo y se fue.
―¿Qué pasa chiquillo? ―me preguntó el profesor.
―Nelson me acaba de pegar ―dije, conteniendo las lágrimas.
Craso error. En un segundo, Callena me dio una supuesta lección de vida: número uno,
los hombres no delatan. Y número dos, no quería problemas en el colegio.
Me lavé la cara y regresé a la formación. Era el sujeto de todos los comentarios. La
noticia se había expandido como reguero de pólvora. En apariencia, todos escuchaban al
director, pero en realidad cuchicheaban sobre la noticia que había traído Nelson. Sin
conocer a nadie en ese colegio ya todos comentaban mi presencia. Cuando llegué al
salón no tenía dónde sentarme. Todos incluido Larry tenían separado su asiento con un
amigo de antaño. Vi un sitio vacío al lado de un chico pecoso de pelo castaño y ojos
azules. Su nombre era Antonio. Sin sospechar, caí en una trampa de Nelson que,
inmediatamente, le cambió de lugar a un chico que estaba detrás de mí. En voz baja me
dijo: «Te jodiste huevón. Te voy a reventar todo el año.» No le hice caso y recorrí con la
mirada todo el salón. A nadie le importaba mi problema. A nadie incluyendo al profesor
Callenas, que resultó ser mi tutor. Éste pronto se puso a hablarnos de historia universal.
Ese día comenzó la pesadilla de ir al colegio. Nunca dije nada en mi casa. Tenía miedo
de que se burlaran de mí por no saber defenderme. Tampoco comenté a mis amigos del
barrio sobre lo que me sucedía. Sentía que mi vida se había vuelto injusta. Mucho más
cuando Callenas eligió a Antonio como el encargado de poner el orden en la clase. Éste
era amigo íntimo de Nelson. Aquello parecía una de esas películas en donde el Sheriff
era el amigo del matón del pueblo.
Ese primer día, luego de terminadas las clases, fui a buscar a mi hermano mayor a su
salón. Tenía una pelea pactada y no quería ir. Mi hermano me preguntó cómo me había
ido ese primer día de clase y no me dejó otra opción que mentirle. Se alegró por la
supuesta capacidad de adaptarme de manera tan rápida al salón. Luego nos fuimos
juntos a buscar la movilidad escolar.
****
Después de terminar la secundaria en el colegio, nunca más volví a ver a ninguno de
mis compañeros, salvo a dos. Curiosamente, fue a los dos primeros que conocí. Al resto,
la vida los fue llevando por diferentes rumbos. Ocurrió hace varios años después de
aquella despedida de quinto de quinto de media, en la casa del gordo Bermúdez. Sus
viejos tenían una cadena de pastelerías y una casa fabulosa. Esa noche, todos brindamos
por el futuro. Todos, incluidos Nelson y Larry. Luego, un grupo del colegio se fue por
su lado, y el otro, a un bar a seguir la fiesta. Yo acompañé al segundo grupo y creo que
es el último recuerdo que guardo de mis amigos de esa época. Quince años después he
recibido algunos correos de compañeros que planeaban encuentros de promoción, pero
la nuestra nunca se caracterizó por ser muy unida. Me ha costado trabajo responderles.
Sobre todo después de lo que pasó una noche.
Regresaba de las oficinas de la revista en la que había entrado a trabajar como editor.
Eran cerca de las diez de la noche y viajaba en un ómnibus lleno de gente. La mayoría
eran estudiantes y empleados de ternos sucios que leían periódicos baratos. Había
vendido mi carro para pagar unas deudas y estaba deprimido y sentado al costado de la
ventana, concentrado, pensando en mis nuevas responsabilidades.
En ese momento, un tipo alto, flaco y pelucón avanzaba con dificultad por el pasillo del
ómnibus. Aquel lunar del tamaño de una moneda de un centavo en su rostro era
inconfundible. Larry Roberts estaba más encorvado que de costumbre, su piel tenía un
color verduzco. A pesar de que lo reconocí a primera vista, no lo saludé por lo
impresionado que me sentí al verlo avanzar. Parecía drogado y buscaba llegar a la
puerta de bajada casi como el submarinista que trata de subir a la superficie para tomar
una bocanada de aire.
Sentía vergüenza de que me viera en un mal momento. Por un rato quise levantarme,
cederle mi asiento y ayudarlo, pero algo dentro de mí lo impidió. Algo como estupidez
o vergüenza, no lo sé. Lo cierto es que pensé que lo mejor era que no me viera. Larry
llegó a la puerta y comenzó a tocar con furia. El ch ofer, disgustado por su insistencia,
decidió seguir de frente y no detenerse. Larry se debatía en medio de una angustia que
lo hacía desajustarse los botones del cuello, sudaba a chorros, la espalda de la camisa la
tenía mojada y se sujetaba cada vez más fuerte del pasamano. Nuevamente comenzó a
tocar el timbre, cada vez con más fuerza. No gritaba, tampoco pedía que se detuviera el
ómnibus, sólo tocaba y tocaba febrilmente, con lo que parecía una única intención de
bajar. Pero el maldito chofer estaba empecinado en no hacerle caso y dejarlo varios
paraderos más adelante.
Conforme pasaba el tiempo, entendía mejor la situación de Larry. Estaba pasado de
vueltas. Se veía mareado, perturbado, se aferraba desesperado al pasamanos cuando y
por segundos perdía el equilibrio. De pronto, gritó con toda su alma: «¡Detennnnte
mierdaaaaaa!» Estaba a punto de levantarme para pedirle que se tranquilizara, para
decirle que me alegraba verlo de nuevo, pero la agresividad de Larry me inhibió. El
chico tímido que conocí en el pasado comenzó a golpear el ómnibus con sus puños. Los
estrellaba violentamente hasta sacarse sangre de los nudillos. Lo hacía siempre gritando
todo tipo de lisuras contra el conductor y la gente que estaba a su costado. Sus ojos
fuera de órbita y sus alaridos hacían de aquella situación algo muy incómodo. El chofer,
iracundo, frenó bruscamente el ómnibus y abrió la puerta premeditadamente, para
lanzarlo afuera con la fuerza de la inercia. Larry, casi al borde de un desmayo, rodó por
las escaleras y fue a caer de cabeza a la pista. Su cabeza sonó al impactar contra el
asfalto. Fue un golpe seco. Como cuando se rompe la rama reseca de un árbol. La gente,
que hasta ese momento había permanecido distante, gritó y yo me uní a ellos.
— ¡Detenga el carro! ¡Deténgaloo! ¡Deténgaloooo! ¡Detéeengalooooooo!
Tal fue el escándalo, que el chofer frenó el ómnibus para que varios pasajeros bajaran a
ver al chico tirado en la pista. Muchos, incluido yo, queríamos saber qué había pasado.
Larry, muy pálido y con el lunar en el mentón destacando como nunca, yacía impávido,
muerto. A pesar de mi sorpresa, no me identifiqué. No dije que era su amigo de colegio,
ni que su mamá era una espía en Estados Unidos, ni que no lo veía hacía como quince
años.
En ese instante, una ambulancia del cuerpo general de Bomberos de Miraflores pasó a
nuestro costado, casi como llamada por el cielo. Extraño destino. Todos comenzamos a
gritar y a pedir auxilio. El providencial carro, al percatarse del accidente, se detuvo.
Tres jóvenes vestidos de rojo con sus cascos de bomberos se bajaron con rapidez. Uno
de ellos era un chato gordo, con unos incipientes mostachos rubios, unos tremendos
bíceps y el pelo cortado al rape. Fue el primero en pedir una camilla y un instrumento
para el cuello por si se había desnucado la víctima. Fue el primero en alejar a las
personas con su mirada amenazadora y el primero de los bomberos en impresionarse al
ver a Larry. Se diría que había visto a un fantasma.
El chato era Nelson. Parecía otra persona, pero en su rostro maduro sobrevivía algo del
matón de mi clase. Nuevamente estábamos allí los tres, juntos en circunstancias
totalmente diferentes. Me quedé mirándolo fijamente a los ojos y Nelson se dio cuenta.
Cuando me reconoció, me preguntó qué había pasado. Le conté cómo había ocurrido el
accidente tratando de contener la sorpresa. Luego Nelson me dio la mano de manera fría
y se despidió de mí como si fuera un desconocido.
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