Memorias de un joven onubense.
Copyright by José Valencia Martín.
Huelva 2009.
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MEMORIAS DE UN JOVEN ONUBENSE
MEMORIAS DE UN JOVEN ONUBENSE
JOSÉ VALENCIA MARTÍN
A la mujer que me dio
la vida, el ser: mi madre.
AVISO DEL AUTOR.
TODO LO ESCRITO EN ESTE TEXTO ES
CIERTO, REAL, VERÍDICO. SE TRATA DE UNA
OBRA AUTOBIOGRÁFICA.
MEMORIAS DE UN JOVEN ONUBENSE.
José Valencia Martín.
Mi padre, José Valencia Japón, era joyero que
no relojero, como algunos decían. Tenía un taller
de joyería y hacía arreglos y composturas. Era un
artesano de la orfebrería; igual te arreglaba una
cadena o un anillo que te fabricaba unos
pendientes. Murió en marzo de 1.987, mientras
yo estaba en Madrid cumpliendo el servicio
militar. Y fue un golpe muy duro para toda la
familia, en especial para mi madre.
Mi padre nació el 28 de febrero de mil
novecientos treinta y cuatro en Sevilla, en el
viejo barrio de San Bernardo, cerca de la puerta
de la Carne. Era el único hijo varón y el más
pequeño de cuatro hermanos. Sus hermanas,
María, Carmela y Pepa eran todas mayores que él
y por este orden. Sus padres fueron Antonio e
Isabel, y quedó huérfano de padre muy pronto, al
poco tiempo de haber nacido. Al ser el único
varón, a la edad de doce o trece años ya empezó
a trabajar en lo que podía hasta que entró a
trabajar como aprendiz en unos talleres de
joyería. Tenía muy buena mano para el dibujo y
realizaba algunos de las joyas y piezas que veía
en los escaparates de las grandes tiendas de
Sevilla.
Luego un poco mayor se trasladó a Madrid, a
la capital, donde se perfeccionó lo que pudo en la
realización de su trabajo como joyero. Allí
permaneció durante un par de años y luego
regresó a su tierra, aunque se instaló en Huelva,
ya que en Sevilla había mucha competencia para
instalar un pequeño taller de joyería. Así es que
con veinticinco o veintiséis años se trasladó a
Huelva y con una pequeña maleta con su ropa y
sus cosas se instaló en una pensión de nuestra
ciudad.
En un principio, estuvo trabajando para el
señor Mora sco en un pequeño taller en la plaza
de las Monjas, en la acera del Banco de España.
Pero este local era muy pequeño e incómodo y al
poco tiempo cogió el traspaso de un local antiguo
en donde habían estado un par de barberías en
los primeros tiempos, primero la de Rafael y
luego la de Ricardo, señor éste muy conocido y
querido por mi padre y nuestra familia. Este señor
le visitaba a menudo y años más tarde supimos
que era el barbero que arreglaba a mi abuelo
Guillermo. Cuando ya se jubiló, eran muchos los
días que tenía su agradable visita hasta que la
enfermedad y la edad terminaron con su vida.
Querido y añorado amigo Ricardo...
Mi madre, Isabel Martín Mojarro, estudió
magisterio en su juventud, también llamado
“maestro de escuela” en aquél tiempo; pero
nunca tuvo la oportunidad de ejercer como tal.
Cuando contrajo matrimonio con mi padre, fue
ama de casa (o hacía sus labores, como también
antes se decía), y madre, que ¡ahí es nada!
Mi madre era la segunda hija de mis abuelos
Guillermo Martín Muñoz e Isabel Mojarro Ronda.
Mi abuelo Guillermo era impresor, encuadernador,
fabricante de sellos de caucho y propietario de
una imprenta suficientemente conocida en por su
trabajo, dedicación y su buen hacer. Mi abuelo
era muy alto, con el semblante siempre serio, con
mucho carácter, pero a la vez era cariñoso y
amable con los suyos. Yo tuve la mala suerte de
disfrutar durante pocos años de su querida
compañía, ya que murió cuando yo contaba seis o
siete años de edad. Sólo recuerdo los paseos con
él de la mano por la plaza de las Monjas, y las
fiestas de cumpleaños con todos sus nietos.
Mi abuela venía de una familia muy numerosa.
Fue la segunda de once hermanos, y contaba que
el abuelo de su abuelo, tuvo la enorme cantidad
de treinta y dos hijos, como resultado de haber
contraído matrimonio tres veces. Se supone que
tuvo alrededor de diez hijos de cada mujer.
Según me decían de pequeño en casa, hubo un
tiempo en que todos los Mojarro que había en
Huelva eran hermanos, primos, sobrinos,
descendientes todos de algunas de las ramas de
tan fructífero árbol.
Mi abuela también era de estatura alta,
delgada y tenía el cabello negro y muy largo en
su juventud. Se hacía largas trenzas y se lo
recogía en moños o roetes, manteniéndolo largo
hasta que mi abuelo le dijo que se lo cortara y ya
no lo volvió a tener largo nunca más. Mi abuela
era de un carácter afable y cariñoso con sus
nietos, y aunque se enfadaba por nuestras
travesuras, siempre terminaba haciéndonos un
gorro de papel de periódico o una espada de
madera o de cartón. Para eso era muy habilidosa
y mañosa.
Cuando mis abuelos se empezaron a hablar,
eran todavía muy jóvenes, tendrían unos dieciséis
años cada uno y se llevaron unos cuantos de
novios, ya que mi abuelo se fue a servir y le cogió
la guerra, llevándose tres largos años en Ceuta,
sirviendo a las ordenes del que luego sería
caudillo Francisco Franco.
“Abueli” como la llamábamos cariñosamente,
murió en mil novecientos ochenta y cinco y está
enterrada al lado de su amado esposo Guillermo.
Mis abuelos paternos fueron otra cosa. A mi
abuelo no lo conocí, ya que falleció cuando mi
padre tenía dos años de edad. Mi abuela paterna
también se llamaba Isabel y tuvo una vida muy
difícil para sacar adelante a los cuatro hijos que
tenía, tres hembras y un varón, mi padre. Luego
la enfermedad se la fue llevando poco a poco. Yo
siempre la recuerdo con el semblante serio, pero
cariñosa y vestida siempre con el Hábito del
Señor, vestido morado y cordón amarillo a la
cintura. Hoy esa costumbre casi se ha perdido.
Yo nací el once de mayo de mil novecientos
sesenta y seis, a eso de las seis o las siete de la
mañana y según cuenta mi madre, pesé al nacer
cerca de cinco kilos y era rellenito de carnes y
con el pelo rubio y muy rizado. Las enfermeras
decían a mi madre que si el niño tenía ya dos o
tres meses.
De aquellos días sólo he mantenido el pelo
rubio, porque a lo largo de mi vida he sido un
chico delgado. Nací en la clínica de San Vicente,
en la plaza de San Pedro de nuestra ciudad, al
lado de la Parroquia Mayor del mismo nombre. Es
una plaza cuadrada que da al porche de la iglesia,
en medio de la cuál hay una estatua del
Arcipreste de Huelva; y está toda rodeada de
pequeños jardines floreados. También existen
alrededor, unos bancos de hierro para sentarse a
tomar el sol por las mañanas y a escuchar las
campanas, que suenan desde el campanario de la
iglesia, por las tardes.
Desde que nací, siempre recuerdo a mi lado a
mi única hermana, un par de años mayor que yo,
Isabel María, y que se alegró con mi nacimiento,
y a la que siempre hemos llamado en casa Mimi,
pues yo de pequeño no sabía pronunciar bien
Isabel Mari, y Mimi se le quedó.
Cuando ya nos instalamos en la casa de la
plaza de las Monjas, a los cuatro años o así,
comencé a ir al colegio. Con anterioridad
estuvimos viviendo unos meses en la barriada del
Carmen, y también durante un tiempo en la isla
chica, en un piso de la calle Beas.
Mi hermana iba al colegio del Santo Ángel que
está en la calle Puerto, una calle bastante larga y
hacia abajo que va desde la plaza de la Palmera
hasta la avenida de Alemania, al lado del parque
y del muelle. Pero este era un colegio sólo para
niñas así es que mi madre no podía llevarme allí.
Entonces empecé a ir a un colegio que se llamaba
“academia La Milagrosa”, llamado así por su
proximidad a la iglesia del mismo nombre que se
encuentra bastante cerca, y en donde a la edad
de siete años, realicé mi primera comunión como
estaba mandado. Este colegio se encontraba en
la calle Murillo, como el famoso pintor y era un
colegio antiguo y grande. Tenía una puerta
marrón que daba a una habitación cuadrada y
oscura, con una puerta al fondo que daba a un
patio enorme, soleado y con los servicios de las
chicas al fondo. A la izquierda se encontraban las
clases y al lado los servicios de los chicos. En
estas clases impartían la enseñanza la señorita
Mari Carmen, que fue mi primera maestra y
tutora, mujer gordita, muy agradable y cariñosa
conmigo. Aún conservo un libro de los Evangelios
que un día me regaló por buen comportamiento y
que lleva una dedicatoria de su puño y letra.
También daban clases la señorita Paquita y la
señorita Margarita. Al entrar en el colegio, estuve
en párvulos o preescolar y luego pasé a primero
de EGB. Recuerdo que un día que iba al colegio,
salí rodando por las escaleras de mi casa que
eran largas y angostas, y cuando llegué a la acera
de la calle estaba mareado y con un chichón en la
cabeza. Casualidad que pasaba entonces por allí
la señorita Mari Carmen y al verme llorar, me
llevó al colegio y me puso agua fría en la cabeza
para que se me bajara el chichote.
Recuerdo con alegría el día de mi Primera
comunión. Iba vestido con un pantalón color
crema y una americana marrón con un dibujo
vistoso en el bolsillo superior izquierdo. Iba muy
guapo, pero mi gusto y mi deseo hubiera sido ir
vestido de almirante, todo de blanco y con unas
hombreras doradas con flecos en los hombros,
pero costaba mucho y mis padres me dijeron que
mi traje era más aprovechable luego. Todavía hoy
conservo esa pena en mi alma y me he
prometido, que cuando nazca un hijo mío hará la
comunión vestido de almirante, si él quiere.
Recuerdo también, que el director del colegio,
Don Francisco Vizcaíno, hombre bueno y cariñoso
con los niños y de carácter agradable, nos ponía
a leer en las cartillas de lectura. Yo en muy poco
tiempo, pasé de la primera a la última, y a
continuación me pasó a la lectura de un libro que
tenía que se llamaba “El pájaro verde”. Yo leía
todos los días una página y los demás niños
todavía iban por las cartillas. Era yo muy rápido
leyendo. Quizás de entonces me viene esa gran
afición por la lectura que hoy poseo.
El colegio tenía unas escaleras, y arriba en el
piso superior, había más clases, en las que
enseñaban la señorita Pepita y Don Francisco. Mi
primer amigo fue Antonio Gil Sanpedro y otro que
se apellidaba Madera. Con Antonio, esperaba yo a
mi madre todos los días a la salida del colegio y
como tardaba mucho en llegar, el me decía sin
malicia que mi madre era como una hormiguita,
por los pasos tan lentos que daba. También
recuerdo a otros amigos de entonces como a
Mariano, Juan Urbano,... Luego mi madre quitó a
mi hermana del colegio Santo Ángel y la puso
conmigo en la Milagrosa, con el fin de no tener
que ir a dos sitios distintos a llevarnos todos los
días.
De cursos superiores y conocidos de mi
hermana recuerdo a Cristóbal, que luego fue
compañero mío más adelante, a Patiño, que
luego sería íntimo amigo mío, a Rafael, etc.
Luego, el colegio lo cerraron para derribarlo, ya
que estaba viejo y se caía a trozos. En una de las
clases del fondo, donde yo daba clases, había una
ventana, y algunos días veía pasar por delante de
ella a mi padre que iba a hacer algún recado por
aquella zona.
Mi hermana siempre estuvo dos cursos por
encima mío, ya que era mayor que yo, y cuando
cerraron el colegio, yo empezaba tercero de EGB
y lo hice en la calle San Cristóbal, en una
academia que tenía Don Ildefonso Gómez, y
dábamos clases en unas habitaciones grandes y
muy frías, donde había unos bancos largos que
eran para sentarse tres o cuatro niños y donde
nos sentábamos ocho o nueve y todos muy
apretados. Mi hermana estuvo en la calle Miguel
Redondo en el número diez, subiendo unas
escaleras, había unas habitaciones muy amplias
donde daba clases un joven profesor llamado Don
Enrique. Por casualidades de la vida, años
después, aquél número diez de la calle y aquél
portal, tendría que ver mucho en nuestras vidas,
ya que allí vivía un chico que conocimos después
y que fue un gran amigo durante toda nuestra
vida, me refiero a Juan Carlos de Lara. Yo estuve
durante unos dos meses en la calle San Cristóbal,
pues mi madre me encontró plaza en el colegio
Nacional de Prácticas, la Aneja, cuyo director era
Don Manuel del Pino, que ella conocía por haber
sido amigo de mi abuelo, aunque mayor que él.
Era un hombre seco, flaco y de mal carácter.
Gracias a él entré en el colegio en tercer curso y
me dio clases un profesor que se llamaba
Francisco Barbosa, un señor muy agradable y
divertido.
Yo era un chico bueno e inteligente y en poco
tiempo estuve el primero de la clase. Luego en
cuarto tuve a varios profesores como a Nicolás,
Manuel, Tomás. En quinto, me dio clases un
señor mayor conocido de mi madre, Don
Francisco Miralles. Era de la antigua escuela y con
otra forma distinta de enseñar. Tenía un cierto
grado de rectitud y disciplina en sus clases. Pero
llegado el momento, sobre las cinco y media de la
tarde, paraba la clase y se dirigía al fondo de la
misma, donde teníamos un mueble, y sentándose
en la silla que allí había, se disponía a abrir el
candado que cerraba una de las puertas y sacaba
su botella de litro de coca-cola y se tomaba un
vaso de tan burbujeante y gaseoso líquido. Ya
refrescada su garganta, se disponía a contarnos
algunas de sus viejas historias o alguna de las
anécdotas
de
su
vida,
que
nosotros
escuchábamos con la mayor atención y en el
mayor silencio posible.
Algunos años después y ya jubilado, se le veía
pasear a veces del brazo de su querida esposa
por las calles de esta Huelva nuestra, siempre
vestido con camisa y corbata y tocada con
sombrero su pelada cabeza. Unos años después,
viudo y sólo, vestido de negro, andaba por las
calles como sin saber a donde, con la mirada
perdida. Recordado profesor Don Francisco
Miralles...
Luego tuve un profesor bastante más joven y
agradable, llamado Felipe. Primero lo tuve en
cuarto, siendo profesor interino y realizando las
prácticas. Y luego fue mi tutor en quinto y llegué
a tenerle mucho aprecio. Era un chico joven, de
unos veintitantos, alto, delgado, con gafas y el
pelo un poquitín largo, con una pulsera de cuero
en una de sus muñecas y conducía una moto
Kawasaki marrón que era la envidia de todos los
niños. Luego en séptimo curso, tuve de tutor a
Don Serafín, sacerdote y maestro alto y grueso,
pero con bastante carácter y a veces hasta con
un poco de genio. A veces cuando nos
portábamos mal le hacíamos salirse al hombre de
sus casillas y nos decía: “me cachis en la pena
negra”. También tuve por aquellos años a mi
primer profesor de inglés, a don Marino, hombre
simpático y con exquisita dedicación por
enseñarnos el idioma. Luego, D. Luis, D. Jesús,
D. Gregorio, D. Marcelo, D. José, fueron los
profesores que me dieron clase esos años hasta
terminar la EGB, después de terminar el octavo
curso con Don José Baena como tutor. Por aquél
tiempo, con unos trece años, comencé a fumar
mi primer cigarrillo que le quitaba a mi padre, y
empezábamos a tener un cierto interés por las
personas del sexo contrario al nuestro. Aunque el
colegio era mixto, las clases no lo eran y
disfrutábamos en el patio o a la salida, viendo a
esas sonrientes mujercitas que enseñaban sus
blancas piernas bajo sus faldas escolares y
algunas se ponían coloradas cuando nos
fijábamos en las incipientes redondeces de sus
jóvenes cuerpos.
Durante esos años de colegio, disfrutábamos
de algunas excursiones para visitar algunos
lugares relacionados con los temas que
estábamos estudiando. Visitamos Niebla y lo
pasamos muy bien, subiendo por sus escarpadas
escaleras de piedra hacia sus murallas y
contemplábamos la majestuosidad de sus torres y
almenas. Bollullos del Condado y sus bodegas fue
otro de aquellos lugares que visitábamos durante
todo el día, desde la mañana hasta el atardecer, y
tomábamos un almuerzo campestre donde nos
cogiera. La Rábida, La Antilla, Moguer, con sus
universalmente conocidos Juan Ramón y Platero.
Aquellas excursiones de un día, acompañados
siempre por algún profesor, culminaron con el
esperado viaje de fin de curso que realizamos en
octavo a Palma de Mallorca. Aquello fue otra
cosa. El viaje en barco desde Valencia, la llegada
a su playa, al Arenal, el puerto de Mallorca, la
estancia en un gran hotel, la visita a la catedral
de Palma, a las formidables cuevas del Drach,
visita a la Calobra, a Manacor y a su fábrica de
perlas, al castillo medieval de Bellver, a Inca y a
su fábrica de calzado; pero sobre todo
disfrutábamos de un poco de libertad respecto a
nuestros padres y profesores. En definitiva fue un
maravilloso viaje y aunque sufrí algunas heridas
en el rostro como consecuencia de un
desafortunado accidente, nunca podré olvidar
aquella maravillosa excursión a Mallorca. Tanto es
así que prometí que algún día volvería a aquella
tierra.
Gracias al viaje pudimos conocer increíbles
paisajes, gentes de otros lugares, otras
situaciones y vivencias con nuestros compañeros,
que luego en la madurez se recuerdan con alegría
y melancolía. Pude descubrir la amistad en todo
su significado y agradecí la desinteresada ayuda
de unos compañeros como Luis Zapata Tobarra,
Cayetano González y otros de aquellos años que
ya no volvieron jamás.
Desde que comencé a ir al colegio con cuatro
o cinco años, empecé a sentir como el comienzo
de una enfermedad infantil que algunos médicos
llaman como “el miedo al colegio”. Pero en mi
caso era todo lo contrario, porque a mí el colegio
me gustaba, pero algunos días llegaba al colegio
mareado y con nauseas. Algunos días se me
pasaba y otros tenía que volver a casa a media
mañana. Esto fue así durante años, y sufría
numerosos ataques de jaqueca que me hacían
imposible el estar de pié y estudiar como
cualquier niño.
Por eso eran muchos los días que regresaba
del colegio más temprano, y me tenía que acostar
boca abajo y esperar a que se pasase. Mis padres
me llevaron a un gran número de médicos y
especialistas, oculistas, de medicina general,
naturistas de Huelva y Sevilla. Me realizaron
algunos electroencefalogramas y demás análisis y
comprobaciones, pero los resultados seguían
siendo negativos. Nadie encontraba motivos de
aquellos ataques, dolores de cabeza y nauseas.
Para probar, llevé un régimen de comidas propio
de los vegetarianos durante un tiempo, por si era
de la alimentación, pero nada. Al final los médicos
les dijeron a mis padres que mis males eran de
origen nervioso y psicológico, y que con los años
y el crecimiento y desarrollo se irían extinguiendo.
Debido a todos estos problemas, mi crecimiento y
desarrollo había sufrido un discreto retraso y a la
edad de catorce años, mi cuerpo seguía siendo el
de un niño.
No sé si como consecuencia de todo esto, pero
yo fue creciendo con timidez y en silencio. Era un
niño bueno y callado, listo e inteligente, pero sin
dar muchos problemas a mis padres. A parte de
mi afición y locura por los coches, mis ratos de
juegos los pasaba solo, ya que mi hermana no
era mi compañera de juegos, no participaba
mucho que digamos. Pero yo solo me bastaba.
Tenía gran imaginación y lo mismo jugaba a los
vaqueros que era un domador de circo, o un
espadachín o mosquetero; que era un pirata o
bucanero, con ojo tapado y todo.
Cuando más disfrutaba de los juegos era
cuando recibíamos en casa la visita de nuestras
primas, las tres hijas de mi tío Guillermo, el único
hermano de mi madre. Sus hijas son Isabel,
Magdalena y Rocío. Esta última, la más pequeña
es de mi edad y juntos disfrutábamos de los
juegos una enormidad. Yo a veces también
jugaba con mi hermana, pero tenía que ser a las
cocinitas, a las mariquititas, al elástico o a la
comba; juegos de niña, porque ella no quería
jugar a la pelota o a juegos de niños. Así, yo
aprendí a jugar al “teje” al elástico y cuando ella
jugaba en la plaza de las Monjas con sus amigas,
les preguntaba si yo podía jugar, que lo hacía
muy bien. Y era verdad.
Otro de los juegos a los que nos gustaba jugar
a los dos era a las oficinas o a las tiendas. Otras
veces se metía uno de los dos dentro de una tela
grande que tenía mi abuela, y el otro la cerraba
como si fuera un saco y se paseaba por la casa
tirando del otro, y éste tenía que ir adivinando
por donde estaba pasando. Le llamábamos a esto
el juego del saco.
Cuando terminé la EGB me inscribí en el
Instituto de Bachillerato La Rábida, en el
Conquero. Allí realizó sus estudios mi madre y allí
lo hicimos mi hermana y yo.
Durante todos estos años he vivido siempre en
la plaza de las Monjas, en el número tres. Con
doce o trece años, conocí jugando en la plaza a
un chico muy majo, Ricardo. Era madrileño y
venía a Huelva a pasar los veranos a casa de sus
tíos que vivían en la plaza de las Monjas, arriba
del Banco de España ya que su tío era el director
del mismo por aquellos años. Ricardo era un
chico simpático, alegre y enseguida congeniamos.
Nos conocimos de jugar en la plaza y un día me
llevó a casa de sus tíos. Era una casa inmensa.
Algunas veces también íbamos a mi casa. Y todos
los años por Navidad, volvía a casa de sus tíos. Y
la noche de fin de año, la gente tira cohetes para
festejarlo y toda la gente que vive en la plaza, supongo que pasará lo mismo en otras zonas de
Huelva-, sale a los balcones y azoteas; y un
año la familia de Ricardo y la nuestra salimos al
balcón a ver los cohetes y por casualidad nos
vimos y nos saludamos con la mano. Luego nos
reíamos mucho cada vez que lo recordábamos.
Cuando ya nos hicimos mayores dejamos de
vernos. El no tenía padres y vivía en Madrid en un
colegio interno durante todo el año, a excepción
de los períodos de vacaciones que venía a
Huelva. Algunas veces nos escribimos pero no fue
muy amplia la correspondencia que mantuvimos.
Como su tío se jubiló, dejó de ser director del
banco y se marchó de aquella magnífica casa. Y
ya no volví a ver a Ricardo hasta pasados unos
años, que coincidimos en un partido de futbito en
el instituto. Los sábados por la tarde íbamos a
jugar unos cuantos amigos y un día me lo
encontré allí, que lo había llevado un amigo
común. Me alegró verlo, ya mayor, pero nuestra
amistad de antaño ya se había perdido. Según
me contó, estaba en el castilla club de fútbol,
pero por lo que supe no destacó mucho.
De todos los amigos y conocidos del colegio
que eran muchos, Jose Pablo Vázquez, Willy
Robles, Juan Carlos Toscano, Juan Ramón,
Gonzalo, Cristóbal, Diego, Zanoletty, Martagón,
Miguel Ángel Cornejo, Pepe Gallardo, Jesús
Fuentes, Navarro, Juan Carlos Baz, y un largo
etcétera de nombres que vienen a mi memoria,
tan sólo a unos pocos volví a ver al entrar en el
instituto. Por eso la amistad con todos ellos se
fue perdiendo poco a poco. De los años del
colegio, también recuerdo los viajes que
hacíamos mi familia con un hombre que conocía
mi padre, Agustín; que se había salido de cura y
que conocía toda la provincia y era muy
simpático. El nos llevaba en su viejo coche y nos
iba contando algo de todos los lugares por donde
pasábamos, y luego llenábamos la barriga en
algún parador o fonda de los caminos. Mi padre
nunca tuvo carnet de conducir; decía que le daba
mucho miedo por su carácter. Decía que tendría
que pelearse con todos los conductores, pero le
gustaba viajar en coche y conocer los pueblos y
la provincia de Huelva. Decía que cuando yo
tuviera la edad, sacaría el carnet y compraría un
coche para que yo le llevara por ahí, de paseo.
Desde pequeño, cuando tenía ocho o nueve
años, mi padre comenzó a llevarnos de veraneo
durante el mes de julio. Cerraba el taller de
joyería y nos marchábamos a Punta Umbría, a
disfrutar de un mes de vacaciones en esta
maravillosa playa. Mi madre desde muy pequeña
iba con mis abuelos y mi tío Guillermo, pero
entonces la comunicación de Huelva con Punta
Umbría era muy distinta. No había carreteras y
había que ir en canoa que tardaba mucho.
Entonces las calles del pueblo no tenían acera ni
estaban asfaltadas, solo arena y más arena por
todo el pueblo. No existía tampoco agua
corriente, y ésta la vendían unos hombres que
iban montados en unos borricos y llevaban el
preciado líquido en unos botijos colgados a los
lados de los animales en unas angarillas. Pero a
pesar de todo esto, mi madre disfrutaba mucho
en aquél tiempo y se quedaba con mis abuelos y
mi tío en una casa que ellos conocían en donde
se alquilaban habitaciones, llamada Bella Aurora.
Allí vivía una familia y poco a poco fueron
haciendo amistad con ellos. Amistad que duraría
durante toda la vida.
La dueña de la casa se llamaba Aurora y su
marido se llamaba Miguel. Sus hijos, Ana y
Anacleto eran muy simpáticos y cariñosos y han
seguido manteniendo una gran amistad con mi
madre y mi tío. Yo los conocí cuando empecé a ir
a Punta Umbría. A Aurora no porque había
muerto con anterioridad, pero sí a Miguel, su
marido y a sus hijos, ya mayores, Anita y
Anacleto.
Después la familia fue creciendo y Anacleto se
casó, y junto a su esposa, sus hijos, sus cuñadas
y sus maridos con sus hijos, aquella casa se fue
llenando de gente agradable y simpática.
Cuando mi hermana y yo íbamos con mis
padres, Bella Aurora ya no era como lo había sido
anteriormente. Ya no alquilaban habitaciones,
sólo vivía allí la familia y aunque conservaba el
antiguo
edificio,
había
ido
sufriendo
modificaciones con el paso de los años. Anacleto
con su esposa Merchi y sus hijos Jose Miguel y
Ana María, han sido amigos nuestros desde
entonces y aún hoy lo son. Ambos ya están
casados, a falta de un hermano que tuvieron
después llamado Javier.
Cuando nosotros comenzamos a ir a Punta
Umbría, nos quedábamos en casa de un señor
llamado Juanito “el de la luz”, por lo visto era
electricista o algo parecido y alquilaba
habitaciones parecidos a los apartamentos de hoy
día, y allí estuvimos pasando el mes de julio
durante unos años seguidos. Esta casa estaba
cerca del muelle de las canoas y de la plaza Pérez
Pastor, al doblar una esquina a la derecha,
andando por la calle Ancha. Luego nos fuimos de
alquiler a una casita pequeña en una calle cerca
del mercado, que tenía poco espacio y de noche
el techo se llenaba de cucarachas. Después, otro
año, nos cambiamos a la calle Yola y ocupamos
un chalet pequeñito algo mejor que la anterior.
Esta pertenecía a Juanito Carbajosa y era muy
coqueta, con su marquesina y todo. Luego,
volvimos a cambiarnos y nos mudamos a la plaza
Pérez Pastor, a un edificio alto que se decía era
de mantequerías. Allí en el cuarto piso, estuvimos
veraneando durante cinco o seis años seguidos.
Era muy espacioso y confortable y tenía una vista
maravillosa de la ría y de la llegada de la canoa al
muelle, procedente de Huelva. Por las noches
dábamos paseos por la ría y alguna que otra
noche íbamos al “sombrero de Manolo” a
comernos un pollo frito o al bar “Los Tarantos”,
propiedad de Juan, un señor amigo de mi padre
que cocinaba muy bien y era muy agradable.
Aquél era nuestro bar preferido y eran muchas
las noches que allí pasábamos muy buenos ratos.
A veces, ya tarde, Juan cerraba las puertas al
público y nos quedábamos dentro un rato más
con Juan y su familia. Con su mujer, Chary,
tenían varios hijos, creo que tres chicos y una
chica; no recuerdo muy bien, pero sí a uno de sus
hijos, a Manolito, que era un chico tranquilo y
muy hablador.
Por aquellos años, mi abuela nos acompañaba
en nuestro veraneo en Punta Umbría, ya que en
agosto o septiembre pasaba unos días con mi tío
Guillermo y mi tía Quili en el Rompido. Mi tía,
según cuenta mi madre, fue la persona que me
vio nacer y siempre me mostró mucho cariño y
aprecio. Yo siempre le decía a mi madre que yo
quería mucho a mi tía Quili y ella me decía que
me marchara con ella.
Después mis padres compraron un piso en la
calle ancha, pero tan solo lo ocupamos un par de
años. Mi padre ya no quería venir a la playa y mi
madre no quería venir sola con nosotros. Así que
lo vendieron. A nosotros, a mi hermana y a mí
nos dio mucha pena, pero como siempre, los
mayores hacen lo que les parece sin contar con
los pequeños, pues eso. Había que aguantarse.
De los años en que íbamos a veranear a Punta
Umbría, recuerdo la amistad que hicimos con la
familia Rebola, la familia del Río, etc. De la familia
Rebola y en especial de sus hijos nos hicimos
muy amigos. Su padre, Miguel, era amigo de mi
padre y junto con Cinta, su señora lo pasaban
bien juntos. Sus hijos, Miguel, Cinta y Juan y
nosotros nos hicimos pronto amigos. Yo sobre
todo de Miguel y Juan; y a lo largo de estos años,
mi amistad con ellos ha ido creciendo y
manteniéndose viva. Luego, llegaba el verano y
tan sólo íbamos con mi madre algún día de diario
entre semana a comer y a darnos un bañito a la
playa.
Uno de aquellos años de Mantequerías,
recuerdo que nos dijo mi padre que íbamos a
recibir la visita de una familia de Sevilla. Miguel
era un señor muy amigo de mi padre desde la
infancia. Estaba casado con Quini, una señora
muy agradable, estupenda y tenían el matrimonio
dos hijos. La hija mayor, Loly, tenía mi edad y
pronto se hizo amiga de mi hermana. Su
hermano, Miguelín, era algunos años más
pequeño que yo, pero llegamos a hacernos
grandes amigos y a querernos mucho. A partir de
entonces, casi todos los veranos nos veíamos,
aunque sólo fuese un sábado para comer o un
domingo, pero se acercaban a Huelva a menudo
para visitarnos. Otras veces, las menos, íbamos
nosotros a Sevilla. Siempre, desde entonces, nos
escribíamos o nos llamábamos por teléfono si
tardábamos en vernos por asuntos familiares o
laborales. Un año estuvieron viviendo en Huelva,
porque Miguel pidió traslado a una oficina de la
empresa aquí, pero se fueron al siguiente año
otra vez para Sevilla.
Ya Loly contrajo matrimonio hace unos años y
es madre de un niño precioso. Miguel continúa
todavía soltero y es un brillante licenciado en
química por la universidad de Granada. Supongo
que también se casará pronto. Su padre, hace ya
años que padece una grave enfermedad que lo
tiene postrado en casa, sin salir y casi sin vivir.
Nuestros encuentros se han ido distanciando y
nuestra
irrompible
amistad
se
ha
ido
desmoronando poco a poco debido al pasar de
los años sin vernos. Lástima. Esas son las cosas
de la vida y de la distancia...
Con catorce años comencé primero de BUP en
el Instituto Nacional de Bachillerato La Rábida.
Fue la primera vez desde la infancia que
disfrutaba de la compañía del otro sexo en la
clase. Por eso estaba nervioso y deseoso de que
empezara el curso. En primero de BUP yo era el
más bajo de la clase, junto con otro compañero,
y se metían con nosotros por ello. Allí comencé a
fijarme en las mujeres un poco más, a conocerlas
un poco; aunque a mí siempre me han gustado
e interesado las mujeres. Pero esto ya era
distinto. El roce diario y la continua comunicación
con aquellos seres tan bellos de la naturaleza era
algo extraordinario y estaba muy a gusto. En esos
días surgió en mí el primer amor. Era la primera
vez que sentía que una mujer me gustaba de
verdad.
Mi profesora de Historia en primero fue Doña
Carmen Gutiérrez, señora castellana, de
Valladolid, recta, seria, con disciplina, pero
agradable y simpática a veces; otras hasta con un
poco de humor. Nos colocó en clase por orden
alfabético en los bancos y una vez al mes
cambiaba la primera fila por la última, para
conocer mejor a todos los alumnos. Mi tutor fue
Don Juan de la Fuente, el profesor de lengua,
hombre agradable y simpático. Alicia Menéndez
nos daba inglés y Carmiña Lecuona, una mujer
canaria y muy simpática, nos daba Ciencias
Naturales. Explicaba con mucha gracia y
sensibilidad, y nos llamaba “mis niños”. Pedro
Bolaños, que en paz descanse, fue nuestro
profesor de Matemáticas, hombre joven pero
serio y muy temido por el gran número de
suspensos que otorgaba al alumnado. Diseño,
nos daba un señor muy serio y alto con barba,
Emilio San Martín, y que sabía mucho de su
asignatura, la cuál nos explicaba con gran interés
y dedicación. Quería hacer de nosotros grandes
artistas del diseño. Luego teníamos Educación
Física y nos la daba Manolo Andivia, un chico
joven, bajito y regordito pero muy simpático. Y
por último nuestro profesor de religión. Era un
sacerdote un poco mayor y serio, Don Rosendo
Álvarez Gastón, pero que nos impartía las
enseñanzas sobre Cristo, la Biblia y la religión de
una manera llana y sencilla, distraída y edificante,
en mi modesta opinión.
El curso de segundo de BUP lo dimos en otro
aula, nos subieron arriba del todo, al “palomar”,
como así le decían a la clase que habían
construido después del último piso, casi pegado al
tejado. La clase era semicircular y allí estábamos
como en el cielo, rodeados de palomas y sin ser
molestados por los ruidos de clases cercanas. Del
primer curso recuerdo nombres como Juan José
Borrero,
Vicente
Muñoz,
Juan
Salvador
Domínguez, Jose Antonio Paisal, Miguel Lérida,
Román Jesús López; y otros que venían del
colegio Nacional de Prácticas como Jose Pablo
Vázquez, Miguel Ángel Cornejo, etc. También
recuerdo a algunas compañeras como a Inés
María, Ana Rodríguez, Eva María Hernando. En el
palomar nuestro tutor fue Marcelo, el profesor de
literatura. Hombre muy agradable y simpático,
con un profundo sentido del humor, y con un más
que temido “dolor de estómago”, que le incitaba
a poner exámenes. Matemáticas nos dio
Fernanda; Geografía Ana María Nogales, la
señora del profesor de lengua de primero; Latín,
que era el primer año que aprendíamos esa
asignatura, nos daba Blanca de la Concha; inglés
Alicia y diseño el mismo que en primero. Física y
química Paco Ramos; educación Física Pepín, y en
religión continuó con nosotros Don Rosendo. Las
clases con las que más disfrutábamos eran con
literatura, física y química y educación física,
porque el profesor a veces nos dejaba jugar un
partido de fútbol en vez de dar la clase. Del curso
anterior había unos cuantos alumnos que ya
conocíamos, pero la mayoría venían de otra clase
de primero y de fuera del instituto. Recuerdo de
ese año algunos nombres como Jose Antonio
Bonaño, Juan Peguero, Vicente Pérez, Eugenio
Jiménez, Alejandro Font, Paco Salguero, Paisal,
Lérida y otros. De las féminas recuerdo a Rocío
Martín, Eva Hernando, Maria José Simó, Mari
Carmen Vélez, Fernanda, Ana Delgado, Manoli
Jiménez, y otras. En este año, mi interés por la
tal Eva, originado en el curso anterior, se fue
enfriando, apareciendo en el escenario de mis
sentimientos otras dos chicas, Maria José y Mari
Carmen, que eran amigas y venían de otra clase
de primero, y congeniamos pronto.
A lo largo del curso, nuestra amistad se fue
haciendo más fuerte y mis gustos se fueron
definiendo. En mi corazón, Eva dejó paso a Mari
Carmen, sentimiento que se fue haciendo cada
vez más profundo y sincero. Como anécdotas y
recuerdos del curso, tengo que apuntar las
deliciosas guerras de tizas que tenían lugar entre
clase y clase, y la elección de Miss y Mister del
curso, hecho que tuvo lugar con la colaboración
de Marcelo, con el mejor ambiente posible y
pasamos un rato agradable y distendido. De las
chicas creo que elegimos, los varones, a
Fernanda y de los chicos os podéis imaginar a
quién eligieron las féminas. ¡Pues a un servidor!,
pero yo creo que la elección tuvo su punto de
picaresca y de ironía. También son de mención
las broncas entre Bonaño y “la corín”, en las que
hubo algún que otro disgusto de tipo físico.
Durante este curso, el número de mis amigos
se vio incrementado por la inclusión entre ellos de
Juan Carlos de Lara y de Rafael Bravo, que
aunque estaban en un curso superior, la amistad
fue creciendo entre nosotros. A Rafael le
extirparon un quiste no recuerdo en que sitio y
fue ingresado en una clínica cercana al instituto,
la que frecuentábamos todos los días Juan Carlos
y yo para visitar a nuestro común amigo. Ese fue
el comienzo de la amistad entre Juan Carlos y yo.
Ese fue el punto de arranque de una gran
amistad entre los tres.
El año siguiente, en tercero, la cosa fue
distinta. Conocimos a muchos alumnos nuevos y
a algunos profesores también. Como fue el caso
de Carmen Contreras, la profesora de latín de ese
curso; Margarita Montesinos, la profesora de
griego; Benito Hernández, el profesor de
Filosofía; Pepe Doménech, el profesor de inglés y
los demás que ya conocíamos, Marcelo, Carmen
Gutiérrez y Don Rosendo, también Emilio y
Andivia. En este curso debo destacar mi amistad
con Jaime Gálvez y mi reencuentro con otros
compañeros de primero como Juan José Borrero
y otros. De entre las chicas que fueron
compañeras ese curso recuerdo a Pilar Báez,
Chary, Margarita Toscano, Inmaculada Trigueros,
Maria José, Mari Carmen, Estrella Molina,
Francisca Domínguez, Mari Carmen Martínez y
otras. Mis anhelos por la compañía y amistad de
Mari Carmen fueron aumentando pero no
mejoraron en el sentido apetecido.
Durante ese curso me apunté por deseo de
mis amigos Juan Carlos y Rafael, en la tuna del
instituto que se había formado el año anterior.
También en ese curso visité al oculista por falta
de visión en clase, repercutió en mi fisonomía, ya
que desde entonces el uso de mis lentes se ha
hecho necesario e indisoluble con mi persona.
También es de reseñar el aumento considerable
de mi estatura, como consecuencia de unos días
de enfermedad, sufriendo la tortura de la gripe y
las molestias de la fiebre. El resultado fue que mi
físico sufrió un cambio importante y mi hasta
entonces menguada estatura se vio beneficiada
con unos centímetros de más.
Durante ese verano, mis salidas con Juan
Carlos y Rafael se fueron incrementando y
empezamos a salir con otros amigos y conocidos,
terminando por formar una pequeña pandilla,
entre los que estaban Cristóbal, Luisa, Cinta, Olga
y otras. Ese año también fue importante por la
excursión a Granada que realizamos con el
instituto durante cuatro días en febrero, con la
compañía de otra de las clases de tercero. El viaje
fue estupendo y también la relación con los
compañeros y compañeras. Visitamos la
Alhambra, Sierra Nevada, el Generalife y la
ciudad, con su centro bullicioso y sus calles llenas
de jóvenes deseosos de divertirse. Nuestro hotel
estaba en el centro y las visitas a los pubs y
discotecas cercanas fueron varias durante los
días que estuvimos allí. También recuerdo las
reuniones clandestinas que tenían lugar en las
habitaciones de las chicas, en alguna de las
cuales nos reuníamos un gran número de
compañeros y compañeras a conversar y a tomar
alguna bebida, hasta altas horas de la noche.
También son de mención los asaltos y visitas de
Jaime a la habitación de su amada entonces,
Sarita.
Durante este año, también tuve la suerte de
conocer a otros amigos como a Manuel
Fernández Patiño, a Juan Vizcaya y a alguno más;
alumnos que lo eran también del instituto pero
que no habíamos coincidido en ningún curso.
Empezamos a conocernos por asistir a los mismos
partidos y jugar juntos alguno. Siendo ya amigos,
eran muchas las tardes que pasábamos con otras
reuniones de amigos en los billares “Gálvez”, que
estaban en la calle Rico de Huelva y que fue
centro de numerosas reuniones de jóvenes
durante esos años. Siendo éste un local pequeño,
era grande el número de jóvenes que allí se
reunían para verse, quedar y charlar o para luego
ir a otros sitios. Allí dentro disfrutábamos de
innumerables partidos de futbolín, partidas de
billar y de ping pong. Con los mencionados Juan y
Manolo y varios amigos más, se formó una
reunión bastante grande, que se reunía los fines
de semana para salir. Algunos pertenecían a la
tuna, como Manolo, Juan, Pepe Rorru, Pons, y
otros no; como Alberto Balbuena y Juan Antonio
Obel.
A éste último lo conocí un año por
carnaval, cuando todos íbamos disfrazados y nos
encontramos con tres señores, amigos de algunos
de nuestros amigos, que iban disfrazados de igual
forma. Eran Paco Mesa, Pepe Anillo y Juan
Antonio Obel. A Obel, yo lo conocía de oídas, de
escuchárselo nombrar a Patiño o a otros. Y a raíz
de esto nos hicimos grandes amigos. De por
aquellas fechas es mi primera salida con una
chica de la reunión de Juan Carlos y Rafael. Se
llamaba Luisa y era la hermana de una de
nuestras amigas. Pero la cosa duró poco y fue
una de las típicas salidas de juventud, un ligue
que me salió sin pensarlo siquiera.
De los ratos que pasábamos en los billares,
recuerdo las charlas que teníamos con Jesús
Romero, o con Paco Vasallo y también las
broncas que nos echaba el “lejía” el hombre
encargado de cuidar el local, que atendía el
cambio y que se metía con todas las chicas que
iban por allí. Siempre con su gorrilla y su palo. A
veces nos contaba que había sido legionario y
que tenía en su espalda las cicatrices de varios
balazos sufridos en tiempo de guerra. Años más
tarde y cerrado ya aquél local, se estuvo
comentando entre el círculo de amigos, la muerte
del “lejía”, al que todo el mundo recordaba con
cariño, y entre los que estábamos nosotros, por
supuesto.
Por aquellos años, mis salidas tenían lugar con
dos grupos de amigos distintos. Por un lado, salía
con el grupo de Patiño, Obel, Vizcaya, Miguel
Rebola, Pepe Rorru, Manolo Cromi, Reme, Chary,
Alberto; un grupo que casi siempre nos
reuníamos en la Palmera y allí nos llevábamos un
buen rato hasta que llegaban los últimos de la
reunión, entre los que se encontraba Patiño. El
otro grupo era el que formábamos Rafael, Juan
Carlos y yo. Nos reuníamos casi todas las tardes
durante el verano y empezábamos a caminar y
caminar, mientras hablábamos de nuestras cosas
y nos contábamos los últimos cuchicheos sobre
las chicas que conocíamos. Uno de los temas
sobre el que nos gustaba hablar era sobre la
muerte, el más allá, la reencarnación, los espíritus
y sobre todo el espiritismo. También hablábamos
a veces sobre los OVNIS y algún que otro tema
de interés o de actualidad, pero sobre todo del
espiritismo. Como consecuencia de esto,
comenzamos a reunirnos en casa de alguno de
los tres, y a tener sesiones de espiritismo
semanales; a veces las grabábamos en cinta de
casette para luego escucharlas con tranquilidad y
escuchar los sonidos que aparecían en ellas
después de grabarlas y que no se oían durante
las sesiones. Eran los viernes cuando nos
reuníamos ya oscurecido y nos sentábamos
alrededor de una mesita, y delante de aquellas
letras puestas boca abajo en forma de círculo.
Aquello era lo más emocionante.
A veces, a nuestras salidas se unían otros
amigos comunes, Cristóbal, Ana, Mari Carmen
Pulgarín y mi hermana; que salía a veces con
nosotros. Esta chica. Mari Carmen, se hizo
bastante amiga de Rafael y de Cristóbal, pero
éste último se sentía bastante perseguido por
ella. A tanto llegó la cosa, que él nos dijo que no
saldría más si ella lo hacía. Decidimos decírselo a
ella y elegimos a Rafael para eso. La conocía un
poco más y por ser hombre discreto y de sabias
palabras. Nosotros cambiábamos el punto de
reunión, pero no se sabe cómo nos encontraba.
Juan Carlos y yo pensamos en gastarle una
pequeña broma para ver que consecuencias tenía
la cosa, y así lo planeamos. Compramos en un
puesto de chucherías y caramelos algunas de
ellas y las rellenamos con picante para que al
comerlo le picara la boca. Al día siguiente cuando
íbamos por la calle con toda la reunión, nos
paramos a comprar en un quiosco y a ella le
dimos lo preparado. Pero ella tan tranquila
mientras comía y comía. Ya al rato comenzó a
decir que aquello no estaba bueno, que tenía un
sabor como agrio y entonces nosotros le
contamos la verdad mientras nos tronchábamos
de risa. La cosa es que no le sentó del todo mal
la broma.
Por aquél tiempo tenían lugar las fiestas de fin
de año que hacíamos en casa de la abuela de una
de nuestras amigas, y allí junto con la bebida,
algo para picar, la música y con la llegada de la
noche, disfrutábamos del momento y de los bailes
lentos que nos pegábamos con las chicas de la
reunión, algo que estábamos esperando durante
toda la noche. A veces había algún que otro
abuso de situación con alguien, pero poca cosa.
Con la tuna salíamos algunas veces, siempre
de noche y siendo fin de semana. Quedábamos
sobre las once de la noche en una cafetería y
mientras esperábamos la llegada de todos los
componentes, tomábamos la primera copa. La
tuna la formábamos unos veinte chicos de entre
diecisiete a veinte años, y casi todos
pertenecíamos al instituto. Pepe Rorru, Eugenio,
Antonio, Fidel, Pons, Pepe Jesús, Pepe Guerra,
Manolo Feria, Dávila, Manolo “el flauta”, Chávez,
“el picha”, Manolo Patiño, Juan Vizcaya, Rafael
Bravo, Juan Carlos Lara y su hermano Manolo y
un servidor. Cuando ya estábamos todos, nos
dirigíamos a casa de las chicas con las que
teníamos concertada cita, y si no pues íbamos a
la aventura, que alguna caería. También íbamos
por los bares y cafeterías, alegrando a la gente y
siempre tocando y cantando por la calle. En un
par de ocasiones asistímos a un programa de
radio que se emitía en directo, y cantábamos y
hablábamos de la tuna, que ya comenzaba a ser
conocida en toda Huelva. Pero la actuación más
decisiva, fue la que tuvo lugar en la discoteca
Borsalino, que era un local pequeño del centro de
Huelva y que se llenó de gente joven, sobre todo
de chicas, grandes y mayores que habían acudido
a disfrutar de la tuna y de sus canciones. Aquello
fue inolvidable. También eran numerosas las
bodas a las que asistíamos, también otros actos
como la apertura del curso académico y otros,
siempre procurando amenizar y agradar; amén de
sacar algún beneficio en metálico dentro de lo
posible.
Aquella fue para mí una época inolvidable, y
de la que guardo un gratísimo y nostálgico
recuerdo, como supongo que también les
sucederá a mis amigos y coetáneos.
Por ese tiempo, a nuestro amigo Rafael se le
presentó la oportunidad de realizar un viaje
cultural y con intercambio a Estados Unidos con
el instituto, y decidió aprovechar la inmejorable
ocasión de que disponía y realizar tan maravilloso
viaje. Momento que también aprovechamos Juan
Carlos y yo para gastarle una broma a nuestro
querido amigo. Estando todo arreglado para el
viaje, sólo esperaba por carta la confirmación de
la chica americana en donde iba a quedarse a
vivir, para comunicarle que no había ningún
problema y que lo esperaban en la fecha
acordada. Pero la carta que nuestro amigo
recibió, no fue otra que una preparada por
nosotros, le metimos dentro una foto de una
amiga alemana de mi hermana, le pusimos en el
sobre unos sellos usados de Estados Unidos que
le dieron a Juan Carlos, e imitando el
matasellado, le escribimos en un no muy buen
español, contándole que había un problema, que
en su casa había un enfermo con algo muy
contagioso y que él tenía que alojarse en otro
lugar costeándoselo de su bolsillo y que lo sentía
mucho. Aquello fue una auténtica bomba.
Enseguida intentó hablar con el instituto y la
profesora encargada, para solucionar tan
inesperado contratiempo. Y cuando le dijimos que
habíamos sido nosotros los bromistas, al principio
se enfadó un poco pero luego lo aceptó de buen
grado y se rió bastante con nosotros. No así lo vio
su familia. Su padre y hermanos lo aceptaron
como una muy buena broma, pero su madre
sufrió un berrinche y nos tuvo prohibida la
entrada en su casa durante mucho tiempo. A los
dos o tres meses de aquello ya nos atrevimos a
subir a su casa a buscarle y todo estaba ya
perdonado. Cada vez que nos acordábamos de
aquello nos reíamos durante un buen rato.
Como consecuencia de mi amistad con Rafael
y a su asidua visita a mi casa, resultó que
comenzó a salir con mi hermana, situación que
era muy agradable para mí. Estaba encantado
con la idea de tenerlo como cuñado y que fuera
miembro de la familia. Pero aquello sólo duró
unos meses y se fue acabando poco a poco. Mi
hermana hasta entonces, no había tenido un
novio, y ahora había roto con Rafael. Mi amigo
quedó fulminado y de verdad le costó bastante
tiempo, hasta años para poder superarlo, ya que
él estaba súper enamorado de ella y en su casa
ya le veían casado con ella. Pero el continuó con
su carrera de biología y allí en Sevilla, en la
facultad, encontró a la que posteriormente sería
su esposa, Pepi, una chica también de Huelva y la
que un tiempo después le daría un par de hijos
hermosos. Algún tiempo después mi hermana
tuvo otro novio, Eugenio, pero después de tres
años la relación terminó.
Mientras tanto, yo había empezado COU y me
iba bien. El curso anterior, tercero, no acabó del
todo bien, ya que me quedaron tres asignaturas
para el verano y tenía que aprobar al menos una
para poder pasar a COU, si no, tenía decidido
alistarme voluntario para realizar el servicio
militar por la cruz roja del mar. Ya tenía en casa
los papeles firmados para entregarlos, pero
gracias a Dios, la cosa salió bien y aprobé dos de
las tres asignaturas que tenía. Así pues, pasé a
COU y mi amistad con Maria José y Mari Carmen,
aunque me relacionaba con otras compañeras,
continuaba. Conocí a algunas chicas nuevas, a
Isa, con la que estuve a punto de vivir un
romance, y que no sucedió; quizás por mi falta de
atención o mi poca autoestima en aquellos
momentos. No podía pensar en gustarle a nadie
hasta ese punto. Quizás las circunstancias y la
casualidad hicieron que aquello no tuviese lugar.
Por el contrario, durante aquél curso, se
prodigaron las salidas con la tuna, y también
seguía saliendo con mis amigos Rafael y Juan
Carlos. También salía algunos fines de semana
con Obel, Patiño y compañía.
Durante aquél curso, tuvimos nuevos
profesores, Don Manuel Sánchez Tello nos
enseñó latín, Mari Cruz del Castillo nos dio
historia, Jose Antonio Carballar nos impartió
literatura, Amparo Romero nos dio lengua; y de
los años anteriores teníamos a Pepe Doménech
en inglés, a Benito y a Marga. De entre las
nuevas compañeras, recuerdo a Isabel María
Figuereo, a Maria Gracia, a Mari Carmen Abril, a
“Chespir”; y a algunas compañeras del curso
anterior como Maria José y Mari Carmen, Estrella,
Sara, Eloisa. De los compañeros recuerdo a Jesús
Rodríguez, a Benito Jiménez, a Alejandro Allepuz,
a Pepe Toruño, a José Domingo y a mi
compañero Ángel Rodríguez, un chico amigo de
Obel, de Trigueros, que era repetidor y con el que
pasaba muy buenos ratos y con el que me reía
mucho en clase, cuando podía. De aquél curso,
los mejores días fueron los que pasamos en la
excursión de fín de curso y que realizamos por
votación mayoritaria a Mallorca. De nuevo, por
que yo estuve allí durante la EGB. Fue una
excursión maravillosa, empezando por el viaje en
barco desde Valencia, un barco precioso de varias
cubiertas, con piscina, bares y discoteca. Resulta
que sólo había camarotes para las chicas y como
salíamos de noche, pues tuvimos que dormir en
los sillones de la disco o en las sillas de los
salones de pasajeros que eran bastante
incómodas. La cosa fue que a media noche nos
introdujimos furtivamente en el camarote de unas
de las compañeras muy amigas, y allí en tan poco
espacio nos repartimos los dos o tres que íbamos
y como pudimos descansamos. A la mañana
siguiente, el profesor que iba avisando a los
camarotes de las chicas se quedó perplejo al ver
salir del camarote a dos chicas y a tres chicos.
Luego, por la mañana llegamos al Arenal y de allí
nos llevaron al hotel. A parte de un par de días
de visitas a lugares típicos y a la catedral, los
demás días íbamos por libre y por donde
queríamos, y las noches las pasábamos casi todas
en ir conociendo las discotecas más famosas de la
isla; Riu Palace, Kiss, y otras. Verdaderamente
fue un viaje inolvidable en todos los sentidos. El
regreso lo hicimos todos cargados con las maletas
y con las voluminosas cajas de las conocidas
ensaimadas mallorquinas que les llevábamos a
nuestros familiares.
Desde que era muy pequeño, creció en mí al
igual que a muchos chicos, la afición por las
maquinitas de marcianitos, y visitábamos los
salones de la capital con asiduidad. Había uno en
el centro, en la esquina de la calle Miguel
Redondo, llamado por todos los chicos como el
“Momo” y era raro los días que no se veía
siempre abarrotado de chicos y grandes
disfrutando de los juegos. Todos solíamos ir por
allí, Juan Carlos que vivía en la misma calle, pero
más arriba, Manolo Patiño que vivía en la calle
Alfonso XII, y yo que vivía en la Plaza de las
Monjas. También visitábamos otros salones de
maquinitas de la ciudad que existían por aquél
entonces como
“los pijas”, que aún hoy
permanecen en funcionamiento, y el subterráneo.
Mi amigo Juan Carlos lleva en la sangre la
vena poética, la sangre de artista; su padre es un
poeta reconocido nacional e internacionalmente,
ha conseguido grandes premios y ha participado
en innumerables certámenes poéticos; de ahí el
interés de su hijo por tan bello arte, el de escribir
poemas. Juan Carlos, cuando así lo creyó
oportuno, a finales de 1.985, publicó su primer
libro de poemas, con el que deleitó a un gran
número de amigos y aficionados a la poesía, y al
que tituló”Caminero del aire”. Tuve que
agradecerle sinceramente la dedicatoria que
escribió para mí y mi familia en el ejemplar con el
que amablemente nos obsequió. Yo por mi parte,
y en compañía de todos nuestros amigos, asistí
en el salón de la Casa de la Cultura de Huelva a
la presentación que él mismo hizo de su libro, y
durante la cuál aplaudimos en varios momentos
ante la lectura de algunos de sus poemas. El libro
era un ejemplar con poco lomo y con el título
impreso en grandes letras negras que destacaban
sobre el color amarillo pálido de la cubierta del
mismo. También son de mención los dibujos que
el autor realizó de su puño y con los que
obsequió a todos sus lectores. En el interior podía
verse una foto suya, realizada en los años mozos
de su juventud. Juan Carlos con todo el
sentimiento, dedicó el libro a su querida abuela,
que según el mismo nos contaba, había llorado
una tarde leyendo los poemas que su nieto había
escrito. Juan Carlos nos dio una breve explicación
del sentido del libro, y nos contaba que el motivo
era el de plasmar sus recuerdos, los que entonces
tenía de su niñez ya pasada.
Cuando mi abuela Isabel murió en el año
1.985, su casa quedó sola, que no vacía, y como
seguíamos pagando el alquiler, pues decidimos
mantenerla durante un tiempo. Así, algunas
habitaciones servían de desahogo de mi casa y en
ellas guardábamos muchas cosas, pero sobre
todo, mi padre la mantuvo por mí, porque a mi
me seguía gustando ir a casa de abueli y
permanecer allí horas y horas. Me encantaba
aquella paz y aquella tranquilidad, y a veces, en
medio del silencio, podía sentir la presencia de los
seres queridos que allí habían vivido durante
largos años, mi abuelo y mi abuela. La casa ya
estaba un poco más vacía que cuando vivía mi
abuela, porque muchos de sus enseres y muebles
habían ido desapareciendo. Así, el antiguo
comedor era mi habitación, mi sala de estar, allí
tenía la cama mueble en la que dormía de
pequeño en mi casa, tenía una mesa camilla con
su brasero, un televisor, el equipo de música, la
máquina de escribir y todo aquello con lo que
llenaba mis ratos de ocio, que pasaban,
tranquilos, en aquella casa. Allí nos reuníamos
mis amigos Patiño, Jose Javier y Obel. Allí
jugábamos a las cartas por las tardes-noches y
oíamos música. También charlábamos de
nuestras cosas, y aquél era el centro de nuestras
reuniones, nuestro cuartel general.
En otra de las habitaciones, al fondo, en la que
había sido el dormitorio de matrimonio de mis
abuelos, allí hacía tiempo que habíamos colocado
una mesa de ping pong que habíamos construido
para la ocasión con un tablero de madera. En
aquella, disfrutábamos de numerosos partidos por
las tardes con la asistencia de Patiño, Obel, Jose
Javier, Juan Carlos y su hermano Manolo. Nos
pasábamos muchas tardes de verano jugando a
numerosos partidos de ping pong. En otra de las
habitaciones, grande y espaciosa donde mi
abuela tuvo su cocina, pusimos colgada de una
de las paredes una canasta de baloncesto, y
cuando nos reuníamos cuatro o cinco de los
amigos, jugábamos allí nuestros partidillos. Por
todo esto, mis amigos decían que aquella casa
era el polideportivo Pepe Valencia.
Allí era también donde tenían lugar muchos
viernes, las reuniones espiritistas con Juan Carlos
y Rafael. También algunas tardes recibía la visita
de este otro amigo, Jose Javier de la Torre, Jota
Jota para los amigos, y que no teniendo
ocupación alguna en aquellos días, pues se venía
a casa de mi abuela, donde hablábamos sobre
nuestros incipientes amores y sobre otros temas
interesantes. Otras veces me acercaba con él a
saludar a mi prima Magdita, que entonces
trabajaba en una ortopedia que estaba en la
calle Plácido Bañuelos.
Cuando murió mi abuelo Guillermo Martín
Muñoz, mi tío Guillermo se hizo cargo de la
dirección de la imprenta, ocupación que antes
realizaba mi abuelo; y yo desde pequeño iba por
las tardes en verano a entretenerme viendo
trabajar a los hombres porque en casa me aburría
mucho, sobre todo en verano, y allí me lo pasaba
bien, aprendiendo cosas sobre la impresión, la
encuadernación, la composición de textos con
aquellas tantas letras tan diminutas. Bajaba como
a las cuatro de la tarde, y aunque los hombres
terminaban su jornada de trabajo a las seis y
media, yo me quedaba en la tienda, que era una
papelería, y como también me gustaba atender a
los clientes, pues me quedaba hasta que cerraban
o me aburría y me marchaba. En el taller, en la
imprenta, conocía de muy pequeño a todos los
hombres, ya que la mayoría entraron cuando mi
madre era joven y todos me conocían de
haberme visto con muy pocos años. Allí estaba
Contreras, contando sus divertidos chistes,
intercalando hojas de colores, y con su peculiar
manera de ser. A su lado, el primo de mi madre y
de mi tío, Manolo Riquelme, que era el
encuadernador, hombre muy simpático y
bromista, al que mi abuelo enseñó muy joven el
oficio. Este hombre nos gastaba bromas a mi
hermana y a mí, y nos hacía trucos con las agujas
de coser y con los dedos de la mano, haciendo
como que se pinchaba y se atravesaba la mano.
A mí me decía que yo no era hijo de mis padres,
que era un gitanillo y que me paseaba con un
burrito con mis padres gitanos por la plaza de
San Pedro y que allí me vieron mis padres y me
cambiaron por un botijo o me compraron por
unas pesetas. Yo me lo creía todo y luego iba a
mi madre y le decía que yo era gitano y ella me lo
desmentía todo riéndose.
Enfrente de Manolo Riquelme, trabajaba Paco
“el sordo” apodado así debido a su deficiencia
física, pero era muy buena persona y al que todos
llegaron a apreciar mucho, sobre todo por su
gran profesionalidad y su buen hacer. En el
medio del taller y trabajando en unas máquinas
grandes de impresión, estaban Joaquín, que
luego dejó el trabajo y se hizo cargo de un taxi; y
Miguel, joven muy simpático y trabajador.
También en otras máquinas más pequeñas
estaba Raposo, el más viejo de todos, llevaba allí
casi toda la vida y tenía un gran sentido del
humor. Hoy, deseando que descanse en paz, lo
hago vivo de nuevo en mi recuerdo, y parece que
lo oigo hablar con esa voz ronca y con esos labios
apretados.
A su lado trabajaba Lorenzo, al que una vez
cuando yo era muy pequeño vi cogerse una mano
con la máquina de imprimir tarjetas de visita, y
también se dedicó al taxi hace años. En las cajas
de las letras para componer los textos, estaban
Julián y Aurelio, éste último yerno de Riquelme, y
ambos hombres trabajadores y simpáticos y que
me dejaban a veces participar y ayudar en sus
labores de composición, siempre que mi tío no
estaba, si no me decía chillando que los
entretenía. Allí mismo y en una máquina hacían la
fundición de caucho con el que luego fabricaban
los sellos de caucho, máquina con la que me
quemé en el brazo por pasar rozando muy cerca
de ella.
Arriba y en la oficina, estaba Gregorio, Goyo,
hombre ya mayor que se fue de la imprenta
mucho antes del cierre de la misma y al que
sustituyó Juan María, chico joven y agradable.
También trabajaban en el taller los hermanos
Ramos, y con el pequeño, con Juan, era con el
que yo pasaba más tiempo, quizás por la
proximidad de nuestras edades. En el laboratorio
fotográfico estaba Alonso, señor muy serio y
siempre enfrascado en su trabajo, con sus
líquidos y en la oscuridad, y con sus fotos de
señoras pegadas en las paredes de aquél cuartillo
oscuro, en lo alto de la empinada escalerilla de
hierro, en la trastienda. En la tienda, en la
papelería
trabajaban
Jose
Luis
Zarra,
compartiendo oficio con García, y al que luego
sustituyó un joven, Toscano, que también era
árbitro de fútbol, como algunos de los
trabajadores del taller como Joaquín o Ramos.
Después de muchos años, aún recuerdo con
pena y con nostalgia aquellos años que pasé
deseando que algún día, pudiera yo hacerme
cargo del negocio y del trabajo de aquellos
hombres y de la imprenta de mi familia, deseo
que nunca se viera cumplido debido a las
circunstancias de la vida.
Desde muy pequeño, apareció en mí la afición
por la fotografía. Cuando éramos pequeños, era
mi padre, el que con su cámara de fotos
disfrutaba haciéndonos fotos por allí por donde
íbamos, ya fuera en Huelva en la Ciudad
Deportiva, en el parque, o fuera, en la provincia.
Pasados ya unos años, la máquina de mi padre
pasó a mis manos y ya con doce o trece años,
tiraba yo mis carretes por aquellos lugares que
visitábamos en las excursiones anteriormente
mencionadas. Ya de mayor he mantenido mi
afición y son muchos los álbumes que conservo
con todos los recuerdos de aquellos años.
Más tarde, y bajo el asesoramiento de mi tío
Guillermo, fui aumentado mis conocimientos
sobre el tema y adquirí otros nuevos sobre el
revelado y el positivado de las copias. Afición ésta
que aún conservo y practico, y a veces son varias
las horas que paso en el laboratorio de mi casa,
ampliando y disfrutando de tan interesante
proceso y de la magia de la fotografía.
Cuando terminé COU en el instituto, tuve que
examinarme de una asignatura que me había
quedado en septiembre, y luego de selectividad
para poder entrar en la universidad; pero no
aprobé ese año y tuve que esperar al siguiente en
junio para volver a intentarlo. Por lo tanto ese
año no pude pedir prórroga de estudios para la
mili y al siguiente año, en mayo de 1.986 me
marché a cumplir el servicio militar obligatorio.
Por aquél tiempo, mi padre había hablado con
un amigo y entré a trabajar en una gestoría con
un graduado social, sin sueldo y por hacer algo y
aprender alguna cosa mientras me tenía que ir a
la mili. Allí estuve durante unos meses, hasta que
tuve que marcharme por problemas de inspección
de trabajo. Allí aprendí bastante sobre los
contratos de trabajo, las nóminas y los seguros
sociales; y fue por entonces cuando empecé a
escribir mis primeros versos, quizás influenciado
sin saberlo por mi amistad con Juan Carlos Lara y
por su poesía, que leía bastante a menudo.
Quizás había llegado el momento de liberar y
sacar al poeta que yo llevaba dentro.
También por aquél tiempo, comencé a salir los
fines de semana con Mari Carmen Vélez, con
Maria José Simó, con su hermano Ignacio y con
otros amigos y amigas. Mis sentimientos hacia
ella eran más fuertes que nunca, hasta el punto
que fue ella mi musa, gracias a la cuál pude
reflejar aquellos sentimientos en mi poesía. Luego
mi musa se marchó a Toledo a trabajar, dejó los
estudios de Historia que había comenzado y
continuaron mi desesperación y mi desengaño
amoroso, paliado un poco por la abundante
correspondencia que recibía de ella desde que se
fue, durante largo tiempo.
Aquellos primeros versos, como digo, son
estos que aquí les muestro ahora, y que expresan
todos mis sentimientos de entonces:
¡Ay, mi amor! mi gran tesoro,
y cuánto a ti te quiero,
con tus hilos de fino oro
sin tu querer yo me hielo.
Mi fe en tí montañas
mueve, cuando a tí te veo,
nuestro amor nunca se empaña,
dulces notas de solfeo.
¡Ay! amigo, compañero,
cuánta pena y qué dolor,
desde hace mucho tiempo,
alberga mi corazón.
Una mujer no me quiere,
¡qué sin sabor es la vida!,
cuando más feliz te hayas,
acaba y muere tu dicha.
Mi tranquilo cuarto, aquél
en cuyo tranquilo ambiente
mi amor a tí te dediqué,
¡siempre lo tuve presente!
Aquél mi tranquilo cuarto,
escena y telón de amores,
de tí, amor, quedé harto,
y dejé estos sinsabores.
Después de marcharse Mari Carmen para
Toledo, empecé a salir con Obel, los dos solos, y
a veces, salía también con Rafael y Juan Carlos,
con los que seguí manteniendo estupendas
relaciones. Habíamos formado un trío estupendo,
maravilloso, y lo pasábamos fenomenal los tres; y
empezamos a frecuentar la compañía de otras
amistades, de Cristóbal y sus amigas. Cristóbal
siempre había estado muy bien relacionado y
rodeado de muchas chicas y chicos. Seguro que
era por su gran simpatía. Entonces empezamos a
salir con esta reunión y conocimos a Laura,
Alfonso, Enrique, Agustín, Pepi, Lucía, Peris,
Manolo, Lola y Joaquín. La cosa es que yo
comencé a salir con una de aquellas chicas, con
Lucía, después de mucho pedirle consejo a mi
amigo Juan Carlos; y aún lo hacía cuando a
finales del mes de mayo de 1.986 me marché a la
mili. Mi padre me decía que vaya momento para
echarme novia, pero yo le decía que en el amor
no hay momentos buenos ni malos para
enamorarse, no hay tiempo escogido de
antemano, al menos no por nosotros. Me tocó
hacer la mili en Madrid, en caballería. ¡Hala, a la
capital! Qué mejor lugar para hacer este servicio
a la patria de uno. Así es que, con mi petate al
hombro, cogí el tren llamado “el borreguero”
sobre el veintinueve de mayo, a las once de la
noche, y entre abrazos de mi familia, salí hacia
Madrid y llegamos por la mañana, a eso de las
ocho a la estación de Chamartín. En Madrid
permanecimos juntos el grupo de chavales que
veníamos de Huelva, aunque de distintos lugares
de la provincia, y pasamos el día viendo algo de
la ciudad.
Luego, a la tarde, nos llevaron en camiones a
Colmenar Viejo, que era el Centro de Instrucción
de Reclutas. Un lugar en la sierra de Madrid y con
muy bajas temperaturas. Allí por la mañana nos
pelaron casi a rape, nos vacunaron por el sistema
de pistolas y nos dieron ropas y ya empezamos a
ser reclutas, con aquél miedo en el cuerpo y
aquél apocamiento. Hablábamos en susurros, sin
elevar la voz, no fuera a molestar a algún mando,
y a todo el mundo que veíamos con galones les
saludábamos no fuera que... Enseguida
empezaron a instruirnos un poco en lo necesario
para poder jurar bandera. Allí estuvimos sólo
durante dos semanas y después de hacernos un
test, nos mandaron a otros cuarteles de Madrid.
En Colmenar conocí y me hice amigo de tres
chicos. Uno al que llamábamos cariñosamente “El
ubrique” era un chico de Ubrique muy simpático,
otro era “el moco”, también era de Cádiz y el
tercero no recuerdo. A mí me mandaron a
Campamento, a la carretera de Retamares, a
Boadilla del Monte, al cuartel llamado Villaviciosa
Catorce, cuartel de Caballería y perteneciente a la
División Acorazada Brunete número uno. Allí
estaba sirviendo el hermano de mi amigo Patiño,
Félix, y me alegré bastante de conocer a alguien
allí. Cuando llegamos nos pusieron a todos los
reclutas en el patio de armas, a unos setecientos
u ochocientos, todos con aquella cara de miedo,
de ese miedo metido en el cuerpo. Me destinaron
en un primer momento al primer escuadrón, con
el cordón de color rojo, y allí empezaron a
hacerme alguna que otra novatada sin
importancia.
Al poco tiempo me pasaron al segundo
escuadrón, con el cordón verde, y el que sería al
final mi escuadrón durante toda la mili. Allí nos
metieron a ochenta o noventa reclutas, y aunque
había once o doce veteranos, eran ellos los que
manejaban el cotarro. Nos enseñaron a desfilar, a
manejar el Cetme, hacíamos gimnasia, y todo lo
necesario para jurar bandera.
Cuando juramos bandera, a mediados de julio,
nos dieron una semana de permiso, que
disfrutamos de lo lindo en nuestros hogares, y ya
éramos soldados. Juramos bandera en Colmenar
Viejo, con otros cuarteles, vestidos de bonito y
súper brillantes y acicalados. Fuimos uno de los
mejores cuarteles que desfilaron. Y aunque las
gradas estaban repletas de familiares y amigos,
allí no se encontraba nadie de mi familia. Yo ya
sabía este hecho, y por más que miraba y miraba
yo sabía que no vería a nadie, porque mi padre
no había querido hacer ese viaje para eso,
aunque sí mi madre y hermana.
Luego, después de regresar del permiso, nos
destinaron a distintas ocupaciones según los
trabajos que cada uno tenía en la vida civil y los
estudios que uno poseía. A mí me hicieron
pruebas de mecanografía y aunque me pasé unos
meses como explorador de VEC, dando algún que
otro barrigazo, luego me pasaron a la oficina del
escuadrón.
Los Vecs, eran unos vehículos de exploración y
combate. Todo pintado de verde, como un
tanque pero mas pequeño y más rápido, pues
alcanzaba unos 90 km. por carretera.
En la oficina estaba a las órdenes del Brigada
Monago. Hombre de un carácter serio y un poco
gruñón.
De los primeros amigos que tuve recuerdo a
Zambrano Carballar el “babucha” como nos
decíamos uno al otro, un chico de Jerez muy
cachondo; también a Teófilo Viejo Carrero, de La
Pesga (Cáceres) y a Carmelo Valderrama
Capiscol, de Jaén. Con estos dos últimos salía de
paseo a Madrid y tomábamos nuestras litronas
por el parque del Retiro, donde conocimos a tres
chicas, y comíamos barato en el bar “los cubatas”
en Campamento. Cuando salíamos de paseo,
íbamos a cambiarnos de ropa a un bar de
Campamento que tenía unas taquillas para
guardar la ropa, y ya vestidos de paisano
podíamos disfrutar de las pocas horas de libertad
que teníamos para pasear por Madrid. Allí en
Campamento éramos asiduos de una discoteca
que se llamaba “Reflejos” y que abría por las
tardes y donde permanecíamos hasta la hora de
volver al cuartel; allí se acercaban muchas chicas
para conocer y bailar con los soldados.
Mientras estuve en la oficina del escuadrón,
conocí a Francisco Abril, chico murciano y
simpático, con el que también salía a veces, en
especial recuerdo un domingo que fuimos a la
Casa de Campo y con el que estoy en una foto
que nos hicieron en la entrada y que conservo
con cariño. En el escuadrón, a parte del Brigada
Monago,
estaban
los
cabos
primeros
profesionales Blanco y Guindal; los sargentos
también
profesionales
Alfayate,
Serrano,
Barrientos, Nacimiento, Soto; los sargentos de
IMEC Fraile y Martínez y el sargento primero
Juárez, que era de la sección de carros y los
tenientes Beneitez y Mitge, que formaban el
conjunto de mandos del escuadrón. Por ese
tiempo el escuadrón no tenía capitán, pues su
capitán era el capitán Beneitez, hermano del
teniente Beneitez, y estaba fuera realizando un
curso para ascender a comandante. Por eso el
mando del escuadrón estaba a cargo del teniente
Beneitez.
Durante el tiempo que estuve de explorador
realicé el curso para ascender a cabo, hecho que
sucedió sin ningún problema; y cuando había
salida al campo con los Vecs, hacía la función de
jefe de vehículo, al ser la más alta graduación
entre la tripulación del mismo.
En la oficina del escuadrón estuve durante tres
o cuatro meses, y me hice muy amigo de algunos
compañeros, entre los que recuerdo al
mencionado Abril, al furriel Emilio Cantó, al
armero Manuel Becerra, al canario Afonso García,
al conductor de carros Cartas García -chico éste
que cantaba muy bien por Molina-, a Tomás
Montero, a Verdúguez, a Vacas, y a alguno más
que se me han ido olvidando. El armero era un
chico mayor, de veintiocho años, arquitecto y que
hacía solo seis meses de mili por la edad, y que
cuando llegó al cuartel venía con una pierna rota
desde Colmenar Viejo, que se la había fracturado
al saltar la pista americana. Y cuando llegó al
escuadrón no hablaba con nadie y yo empecé a
entablar conversación hasta que nos hicimos
amigos, y al ser mayor me contaba mucho de su
experiencia en la vida. Tal amistad cogimos que
me propuso a mí como su sustituto en la armería,
al ser yo un chico serio y responsable y sobre
todo amigo suyo. Me preguntó si a mí me
interesaba y yo le contesté que sí. Así es que el
teniente Beneitez me llamó un día y me nombró
armero del escuadrón, relevándome de mi
destino en la oficina. En la armería se estaba
bien, y como a mí siempre me habían gustado las
armas me encontraba muy a gusto con el nuevo
destino. Allí tenía siempre todas las armas en
perfecto estado de revista y tuve que ponerme a
las órdenes del sargento Alfayate, que era el
sargento armero. Un tipo buena persona pero un
poco demasiado nervioso y preocupado por todo.
Estuve de armero durante otros tres o cuatro
meses y pasé las maniobras de tiro como
nuevo armero, estando a cargo de la distribución
de los proyectiles y obuses para los carros y los
Vecs.
Luego me destinaron a las oficinas del Grupo
Ligero donde todo el día pasaban por los pasillos
comandantes, tenientes coroneles y capitanes del
cuartel. Allí estaba a las ordenes del Brigada Gil, y
tenía a mi cargo la confección de las nóminas
para que la tropa pudiera cobrar, y también la
lista de altas y bajas de los soldados del cuartel.
También hacía diariamente la lista de cocina, de
los soldados y mandos que iban a comer cada día
en el cuartel.
Ya después de la muerte de mi padre sufrida
el catorce de marzo de mil novecientos ochenta y
siete, los últimos meses fueron bastante duros y
con el ánimo muy por los suelos, y tuve que
agradecer mucho la compañía y la atención de
mis amigos y compañeros. De las últimas
remesas de reclutas había conocido a Enrique, un
chico madrileño que habían elegido para trabajar
en la oficina y al que tuvimos que enseñarle
nosotros. También conocí al “Huelva”, un chaval
que llegó desde La Redondela, un pueblo de la
provincia, cerca de Isla Cristina, y con el que hice
gran amistad. Se apellidaba Rivera y de nombre
Francisco, como el torero. Enseguida lo
ascendieron a cabo por la necesidad que de ellos
había, y estuvo al mando de un Vec. y con él
pasé algunas noches de maniobras charlando y
calentándonos del frío como podíamos. Una
noche casi se nos metió en la tienda una vaca,
pasamos un gran susto y estuvimos a punto de
pegarle un tiro.
Durante la mili mantuve la relación con mi
novia, con la que me escribía a menudo. También
recibía cartas de mi familia y amigos, de Rafael y
de Juan Carlos. Allí continué ejercitando mi vena
poética y escribí algunos versos inspirados por la
lejanía y la soledad.
De aquél tiempo y de aquellos momentos son
estos versos:
Los días sin ti se acaban.
Irán pasando y pasando,
los días se acabarán,
igual que acaban las tristes
hojas de mi soledad.
Los días sin ti se acaban,
y van pasando y pasando,
igual que se acaba un jazmín,
y yo me voy marchitando.
El mundo sin ti se acaba,
ya no vivo sin tu querer,
yo pensé que tú me amabas,
pero no volví a renacer.
De ti me marcho sin ver,
la belleza de este mundo,
y si quererme no quieres,
no viviré ni un segundo.
Luz y mañana en mi yo.
Una de mis soledades.
Claridad y destemplanza.
Iba a ti sin pensármelo.
¡Ay!, si me quisieras, ¡anda!
En una tarde de otoño,
cuando las teclas sonaban,
en una tarde de otoño,
en sueños que imaginé,
mi boca a ti te besaba.
En una tarde preciosa,
llena de luz y de sol,
sintiendo cerca mi pena,
y acabándose mi sueño,
las teclas callaban mi amor.
En una mañana helada,
de un enero cualquiera,
en una mañana sin sol,
todo lleno de tristezas,
necesito de tu amor.
Necesito de tu amor.
En una mañana helada
tengo roto el corazón.
Mis pies parecen escarcha,
mi alma quiere tu calor.
Y con este frío inmenso
estoy escribiendo versos,
dando calor a mi mano.
Versos para una canción,
canción de todo un año.
A veces pienso mi vida,
si no es verdad mi Lucía,
porqué odiaré esta vida.
Será la causa el tiempo,
será quizás la desdicha.
A veces pienso Lucía,
porqué esta dolida vida
tiene que ser solo así,
cuando yo quiero de veras,
tan solo irme de aquí.
Y aquí acabo por hoy
estos versos de tristezas,
versos de hoy y de siempre.
Versos que tal vez mañana
nunca leerá la gente.
A mi querida Lucía, que en estos momentos de
soledad, y con un frío terrible, añoro y quiero más
que nunca.
¡Ah!, eterno amor mío,
qué solo aquí me encuentro,
y en mi hondo pensamiento,
me paro, pienso y digo:
a ti te quiero, Lucía.
Y es mi soledad,
como un mal terrible,
y es mi falta de ti
como un gran volcán rojo,
rojo de amor por ti.
Hoy eres tú mi furia
salvaje de sentidos.
Hoy eres tú mi amor,
mi volcán encendido.
Hoy muero por ti.
Esta tarde soleada
me siento triste y solo,
con el sol cubriendo
mis humedecidas niñas,
me estoy volviendo loco.
Humedecidas lágrimas
de amor lloran mis ojos,
lágrimas de deseo
y de tenerte poco,
así llora mi alma.
De entonces son también estos versos que le
dediqué a mi gran amigo (entonces) Becerra, que
me hizo pasar muy buenos ratos, que me enseñó
mucho de la vida y al que siempre recordaré
como a mi hermano mayor.
Si tú te marchas mi amigo,
si tú me dejas aquí,
si tú te marchas mi amigo
de la forma en que has venido,
siempre me acordaré de ti.
En aquellas tardes, solas,
que pasábamos los dos,
juntos dábamos paseos
saliera o no el sol,
y luego hablábamos de Amor.
Durante el tiempo que pasé en compañía de
Becerra, disfrutamos de varios fines de semana
en Madrid, visitando lugares, paseando y
admirando
las
bellísimas
y
artísticas
construcciones de sus edificios y plazas. También
aproveché las excursiones que programaba el
cuartel los domingos, y me apunté a varias,
visitando en una ocasión El Escorial y el Valle de
los Caídos, y en otra Aranjuez y el Palacio de la
Granja. Al visitar Aranjuez, vino a mi memoria la
extraordinaria música del maestro Rodrigo y supe
cuán fácil era comprender lo que sentía el
maestro al ver tanta belleza, escuchando el
Concierto de Aranjuez.
Mientras estaba en la mili y antes de la muerte
de mi padre, yo seguía pensando en matricularme
en la facultad de derecho en Sevilla, porque
entonces no se podía estudiar en Huelva, que era
lo que quería hacer cuando terminé COU y me fui
a la mili. Pero ahora era distinto y tenía que
empezar a trabajar, ya que era el hombre de la
casa.
Así es que cuando terminé el servicio militar,
abrimos entre mi madre y yo, un pequeño
negocio, en el local en donde mi padre tenía el
taller de joyería, un comercio para venta de
prensa, revistas y golosinas. Era lo único que se
nos ocurrió para intentarlo. Permanecía abierto
desde las ocho y media de la mañana hasta las
nueve de la noche. Nos turnábamos mi madre y
yo para comer; y así estuvimos durante siete
años.
Durante estos años, mis relaciones con mi
novia se fueron deteriorando poco a poco, con el
paso del tiempo, hasta sufrir una ruptura en la
navidad del noventa y dos, después de seis años
de noviazgo. Las situaciones y las circunstancias
de nuestras vidas podían ser las desencadenantes
de los hechos. Quizás el trabajo que yo tenía
también ayudó un poco a empeorar la relación, e
incluso la cantidad de horas que permanecíamos
juntos durante todos los días. Y las semanas y los
meses... Quizás mi carácter y también el suyo
estaban sufriendo algunos cambios, quizás era la
edad y el momento en que la persona va forjando
su personalidad, y a la vez va acabando con todo
lo anterior. Eran momentos difíciles, y de vez en
cuando estallaba alguna tormenta, pero las
últimas tuvieron un desenlace fatal para la
relación entre ambos y nuestra continuidad como
pareja.
Mientras, yo había seguido manteniendo
buenas relaciones con mis amigos. Cuando venía
de la mili con permiso, siempre veía a Patiño, a
Juan Carlos, a Rafael si no estaba en Sevilla, y a
Obel. Más de tarde en tarde a Jota Jota. Así es
que cuando me quedé solo intenté reanudar un
poco mis salidas con los amigos y comencé a salir
de nuevo con mi amigo Obel, que tenía una
reunión de amigos y amigas con los que salía los
fines de semana. Entre tanto, mi amigo Juan
Carlos Lara había terminado la carrera de Historia
del Arte en la Universidad de la Rábida, en Huelva
y ya era licenciado, examinándose poco después
de las oposiciones para obtener plaza como
profesor de institutos. Consiguió plaza a la
primera; y mientras, había conocido por medio de
mi novia a una chica con la que había empezado
a salir, Pepita Virella, y con la que mantenía muy
buenas relaciones. Rafael, a su vez había
empezado a salir con su compañera de estudios
en la carrera de biológicas, Pepi Alfaro, y cuando
ambos terminaron sus carreras ya estaban
saliendo como pareja, contrayendo matrimonio al
poco tiempo, e instalándose en Sevilla en un piso
de alquiler. Tenían una beca de investigación en
la universidad y estuvieron en Sevilla durante un
año y unos meses. Luego Rafael pensó en
solicitar una beca de investigación para
marcharse a Japón y allí completar sus estudios,
hecho que consiguió enseguida, por lo que junto
a su esposa y con su primer hijo varón, Pablo, se
marcho a Japón. Durante su estancia en Japón,
que fueron siete largos años, falleció su padre y
también tuvo un segundo hijo varón, Sergio.
Cuando regresó de Japón, lo hizo con el título de
Doctor en Biología y poseía un Master. También
había publicado diversos artículos en revistas
especializadas.
Durante todo este tiempo, mi hermana dejó de
opositar a la Administración del Estado, a la
Seguridad Social, y a los Bancos y se marchó a
Sevilla a comenzar los estudios de periodismo,
que luego continuó en Madrid a partir del
segundo curso, ciudad en donde permaneció
durante varios años. Terminó la carrera de
periodismo después de seis duros y largos años, y
aunque es licenciada, su ocupación laboral dista
mucho de ser la deseada. En Madrid continuó su
vida, trabajando y viviendo. En vacaciones veía a
su familia que nunca la olvidaba y a su querida
Huelva natal. Después realizó los estudios de
grafología para completar su formación. Hoy
también es perito calígrafa.
También mi amigo Obel había comenzado a
trabajar de cartero por contrato en Correos, y se
presentaba todos los años a las oposiciones para
obtener una plaza en propiedad, y la consiguió en
las del año mil novecientos noventa y cinco.
Así es que comencé a salir con la reunión de
mi amigo Obel; y al principio hablaba poco con
los chicos y chicas que la formaban, pero poco a
poco los fui conociendo y ellos a mí. Rocío Fortes,
Mari Ángeles Garrido, Mari Ángeles Seara, Luisa,
Chachy, Inma Orta, Jose Antonio Moya y Mané.
Estos eran los chicos y chicas con los que salía mi
amigo Obel desde hacía unos años y que luego
llegarían a ser también amigos míos. Luego
también se unió otro Jose Antonio, el hermano
de Inma.
Yo había realizado unos exámenes para
opositar a una plaza de conserje de colegios por
el Ayuntamiento de la ciudad, y entré de interino
en un colegio de la barriada onubense de las
Colonias, en el colegio Roque Barcia que estaba
en la calle Oviedo. Entré en Febrero del noventa y
dos como portero mantenedor del colegio en
sustitución por jubilación del que había entonces,
un señor mayor llamado Juan. Allí estuve durante
quince meses, y me acoplé bastante bien al
trabajo, a los niños y niñas del colegio, a los
padres y madres, a los profesores y a la directora,
cumpliendo a la perfección mis obligaciones
laborales, dentro de lo posible. Poco a poco fui
recibiendo aprecio y cariño por parte de los niños
y de algunas madres y padres. Los profesores me
veían como a un compañero más y eran
simpáticos y amables conmigo. Allí estaban
Marisa, la directora; Jose Antonio, el Jefe de
estudios; Antonia, Chary, Loly, Lina, Alfredo,
Katy, Charo, Estrella e Isabel.
En cuanto a relaciones con chicas, tuve una
que duró unos cuatro o cinco meses con una de
mis primas carnales, con Rocío, pero tal y como
empezó acabó, y sólo seguimos siendo primos y
nada más. Duró poco debido a la incompatibilidad
de caracteres y al lazo familiar que nos unía, que
más bien pienso yo que nos desunía. Pero ambos
lo recordamos con cariño y como una etapa más
en nuestras vidas.
Desde los catorce años o así, comencé a
escribir lo más importante que me iba
sucediendo, o lo que yo creía más importante de
lo que me pasaba. Era como si yo le fuera
contando a alguien, a mí mismo mis vivencias...
Durante el tiempo que estuve de conserje en
el
colegio,
mi
vena
poética
continuó
desarrollándose muy poco a poco, y eran
contadísimas las ocasiones en que escribía algo.
De aquellos días son estos versos; casi sin forma,
inciertos, como más libres.
Sobre nenúfares al viento,
voy cabalgando.
Por las olas del mar,
un velero navegando.
Sobre las altas nubes,
va un pájaro volando.
Y en tus lindos ojos, morena,
me estoy mirando.
Comenzaba a nacer en mí el interés por una
amiga de la reunión con la que salía, y como
consecuencia, nacieron estos otros versos,
expresando lo que sentía por ella en esos
momentos.
Es mediodía.
La luna brilla en lo alto del manzano.
Me estoy volviendo loco.
Tu amor me está matando.
Tengo sed de tu boca y de tus ojos.
El sol me está quemando.
Me derrito con tus besos y tu llanto.
Como no podía aguantar más, terminé por
escribirle a esta chica una carta declarándole mi
amor, (la segunda que escribo en mi vida de este
tipo), expresándole con la mayor sinceridad
posible mis sentimientos. Haciéndole ver la
claridad de mis intenciones y mi amor por ella.
Pero no obtuve respuesta alguna. Solo miradas
de vez en cuando, y un poco más de amistad si
cabe, pero nada más. Quizás debí insistir un poco
más pero no lo hice... Debido a mi desengaño
amoroso y a lo que seguía sintiendo por ella,
continué escribiendo estos versos románticos,
sinceros...
A ti te quiero, morena.
Mientras brillaba la luna,
tus ojos lloran de pena,
tus tiernos labios de espuma.
Brilla la luna.
Tus ojos pena.
Te quiero morena,
como a ninguna.
María de los Ángeles,
bonito nombre es el tuyo,
que como un leve murmullo,
llegaste para mirarme.
María, guapa, morena,
mujer del todo elegante,
que por detrás y delante,
rezuma un alma serena.
María de mis amores,
mi jarrón de las mil flores,
María no te demores.
Tus ojos negros, oscuros,
tu color pálido, suave,
y es seguro que tú sabes,
que mi amor por ti es puro.
Tus andares lentos, finos,
cual si de Ana Bolena,
y no tenerte es mi pena,
que no me quieras mi sino.
María de mis amores,
mi jarrón de las mil flores,
María, no te demores.
El veinticinco de abril de mil novecientos
noventa y tres, se casó mi amigo Jose Javier de la
Torre con su novia de siempre, Dolo, en el
Santuario de Nuestra Señora de la Cinta, en
Huelva, a las seis y media de la tarde y fue una
ceremonia y una boda bonita.
En esos días, yo continué saliendo con la
reunión de Obel, y empezó a salir con nosotros
un par de chicas que conocimos en la discoteca,
se llamaban Cinta y Soraya. La cosa es que
pasados los días de conocernos un poco,
comencé a interesarme un poco por una de ellas
y yo veía que yo también le interesaba, aunque
fuera solo un poco. La entrada de esas dos chicas
en la reunión, revolucionó un poco a la gente,
tanto a las chicas como a los chicos. El hecho es
que comenzamos a salir juntos, Cinta y yo, y al
principio fue todo bien, pero la cosa fue de más a
menos, y la relación solo duró un par de meses.
En aquellos días sufrí la extirpación de un
tatuaje que tenía en el brazo izquierdo desde la
mili, con el nombre de mi antigua novia, me
cojieron seis o siete puntos, y como no iba a
estar toda la vida con él, pues decidí quitármelo.
¡Qué locuras se hacen en la mili! Cosas de
chiquillos.
También, mientras trabajaba en el colegio, iba
por las tardes a la tienda, para que mi madre
descansara, ya que tuvimos que cambiar los
turnos, ella abría por las mañanas y yo iba por las
tardes, a eso de las seis.
Ahora, cada vez que mi hermana venía de
Madrid, salía con nosotros, yo le presenté a toda
la reunión y pronto hizo buenas migas. También
supo de mis relaciones anteriores con Rocío, y
con Cinta. Cuando ella no estaba, siempre me
preguntaban todos por ella, cómo estaba y
cuándo venía.
También por aquellos días, se casó mi gran
amigo Juan Carlos Lara, con la que había sido su
única novia, con Pepita Virella. Contrajeron
sagrado matrimonio el día catorce de agosto de
mil novecientos noventa y tres, y también en el
Santuario de Nuestra Señora de la Cinta de
Huelva. Yo asistí con mi madre y un grupo de
amigos, Manolo Patiño y su novia Nieves, Juan
Vizcaya y otros.
Juan Vizcaya empezó a salir con una chica al
mismo tiempo que Manolo Patiño con la suya,
con Ana, pero después de varios años de
relaciones se separaron por problemas personales
y sentimentales. Luego Juan empezó a salir con
otra chica que había conocido años atrás, y
también al cabo de un tiempo, rompieron sus
relaciones, por lo que en ese momento, Juan
asistió a la boda de nuestro amigo sólo, al igual
que yo, sin novia. Estaba entonces un poco triste
y pasando un mal momento al tener todavía muy
cercano la ruptura con su novia.
Mi amigo Obel, desde hacía unos cuantos años
andaba detrás de una de las chicas de la reunión,
pero ella no le hacía demasiado caso, aún
después de haberle pedido para salir dos o tres
veces.
Yo, después de la ruptura con mi antigua
novia, empecé a vivir mi segunda juventud, ya
que la primera la pasé al lado de ella, y no era lo
mismo; salía muy poco y siempre con ella. Pero
ahora era distinto. Salía con la reunión, íbamos
donde se terciaba, disfrutábamos de los
momentos todo lo que podíamos, conociendo a
todas las chicas que podíamos, que en eso mi
amigo Obel era un genio. Sabíamos a la hora en
que salíamos, pero nunca la de regreso, que a
veces eran las seis o las siete de la mañana. Mi
madre se empezó a acostumbrar un poco de mis
salidas y mis llegadas tarde, pero ¡que le íbamos
a hacer!
También empecé a trabar amistad con otros
amigos de Obel de siempre, con Adolfo, Juan Luis
y Cristóbal (otro Cristóbal). Nos reuníamos los
sábados a mediodía a tomar una cerveza y a
charlar, y desde que yo comencé a salir con Obel,
salíamos el y yo todos los días de la semana por
la noche a tomar una cerveza y a dar una vuelta,
a despejarnos de lo realizado durante el día y a
comentar alguna cosa, a respirar el aire de la
noche. Luego se nos fue uniendo Adolfo, Cristóbal
y Juan Luis, que aunque éste tenía novia, Amalia,
cuando la dejaba en casa, algunos días se pasaba
a estar un rato con nosotros. Eso eran los días de
diario.
Los fines de semana Juan Luis salía con
Amalia, y nosotros con la reunión a la que ya se
había unido Adolfo. Salíamos por Huelva, por
Pablo Rada, la Palmera, La Merced, y si era
verano, luego nos íbamos a la playa, a Punta
Umbría, a Mazagón, a ver el ambiente. Algunos
amigos de la reunión veraneaban en Punta pero
venían a Huelva para salir, o nos acercábamos
nosotros hasta allá. Visitábamos Mataslacañas,
Isla Antilla, y las ferias de los pueblos en verano,
el
Rompido,
Moguer,
Cartaya.
También
realizamos en verano varios viajes de fin de
semana con la reunión a Portugal, al Algarbe,
visitando Albufeira, Tavira, Villamoura, Portimao,
Faro; también visitamos en Jerez el aguapark
llamado “Acuacherry”. La cosa era disfrutar al
máximo del verano y de la juventud y las ganas
que teníamos. Cada vez que un amigo o amiga
cumplía años, lo celebrábamos en algún sitio, nos
poníamos de acuerdo los demás y le
comprábamos algún regalo y el anfitrión invitaba
a los amigos a una copa de champán, haciendo
entre todos que el chico o la chica que cumplía
años pasara una velada estupenda en compañía
de sus amigos. Una vez lo celebramos en la
Merced, otra en la playa y la mayoría de las veces
en la Punta del Sebo, al lado del monumento a
Colón, haciéndole partícipe de nuestras fiestas de
cumpleaños.
A principios del año mil novecientos noventa y
cuatro, comencé a asistir a una academia para
aprender contabilidad e informática, por consejo
de mi buen amigo Patiño. Por otro lado, había
conocido por mediación de una amiga a una chica
llamada Marisa, con la que salía a menudo a
tomar café y a pasear, haciéndonos pronto muy
amigos. Pero de pronto hubo una ruptura en
nuestra amistad, motivada por la insistencia de
esta chica a salir conmigo, en llamarme para salir,
en verme en definitiva. Por lo visto quería de mí
algo más que amistad, algo que yo no podía
darle. Yo comencé a darle largas y a no coger sus
llamadas, y terminó dejándome de hablar, hecho
que por otra parte la perjudicó más a ella. Me la
encontraba en la discoteca cuando iba con mis
amigos y entonces ella no dejaba de mirarme y
mirarme, y cuando yo lo hacía quitaba
rápidamente la vista de mí. No se puede ser
demasiado bueno con las chicas, porque luego se
creen lo que no es y es un problema. Y con las
que verdaderamente te gustan de verdad no
sucede nunca nada de nada. Que lata.
Recibía por esos días algunas cartas de mi
hermana desde Madrid, muy bonitas y sinceras, y
que siempre yo recibía y leía con cariño y alegría.
Comencé a salir con unos compañeros de la
academia y formamos un grupito pequeño, con lo
que dejé de salir un poco con la otra reunión.
Aquello iba siendo ya muy monótono, y nunca
sucedía nada nuevo, ni se conocía a nadie.
Estaba un pelin agobiado por eso y el conocer a
gente nueva me alegró mucho. Comenzamos
como digo a salir, y enseguida empezó a
gustarme una compañera de la academia, Blanca,
que también estaba en ese grupito, y que
salíamos los fines de semana. También con Jose
Luis, Candy, y otras veces con Manuela, Antonio y
demás compañeros.
Al poco tiempo le hice saber a esta chica que
me gustaba, pero me dio calabazas, alegando
que no nos conocíamos bien, que más para
adelante ya se vería, pero nada. Continuamos
saliendo como amigos con el grupito; y entonces
yo le escribí unos versos, aprovechando mi vena
poética, versos que le gustaron mucho y que
ahora recuerdo.
A BLANQUI.
¡Qué blanca tiene la falda
la mujer que va a bailar!
¡Ay mujer, que te la ensucias
de polvo al taconear!
¡Qué suenan, mujer, tus manos
para repiquetear!
¡Ay mujer, si con tus bailes
yo me voy a enamorar!
¡Qué lindos tiene los ojos,
será de tanto mirar!
¡Ay mujer, que maravilla
si me pudieras amar!
Esta chica nos presentó a una amiga suya,
Rosibel, una chica hondureña muy simpática y
agradable. Nos reíamos mucho con ella por su
acento centroamericano y empezó a salir con
nosotros. Salíamos a comer por ahí con el grupo
algunos domingos, y por la noche los fines de
semana a tomar unas copas y a dar una vuelta.
Entonces comenzamos a ser asiduos de un par de
locales, de un bar que tenían los amigos de
Blanca, y de otro local donde se escuchaban
sevillanas y se cantaba algo de flamenco y
rumbas. Pero llegó a hacerse cansado el ir
siempre a esos sitios. El grupo empezó a
disgregarse un poco, debido a la variedad de
gustos que teníamos cada uno sobre dónde ir a
tomar una copa. Yo me lo pasaba bien con Rosi,
que empezó a interesarme un poco por su
simpatía y sinceridad, por lo agradable que era
estar con ella y escucharla hablar. Luego junto
con Blanca íbamos a la disco y terminábamos
bailando juntos Rosi y yo; y lo pasábamos muy
bien. A veces la dejaba en casa, la acompañaba
paseando a su casa, y empezamos a gustarnos.
La cosa es que un poco en secreto comenzó a
tirarme los tejos y yo como la otra chica no me
hacía ningún caso pues me dejé llevar un poco
por la situación tan cómoda que tenía, y al final
acabó gustándome de verdad y empezamos a
salir en serio.
Poco a poco nuestra relación se fue haciendo
más sincera, y mis sentimientos hacia Rosi eran
más fuertes y puros que nunca. Por tal motivo me
vi en la obligación de hacérselo saber todo a ella
por medio de estos versos que le escribí y que le
gustaron mucho:
Un segundito no más.
Y una mirada a tus ojos,
que te expresa con sonrojo,
que te quiero de verdad.
Un segundo te miré,
y te hablé ayer en la plaza.
Y tú sabes lo que pasa:
¡Que siempre en ti pensaré!
Y quiero mirarte a solas
y escuchar tu caracola
que es tu tierno corazón.
Y quiero besar tus labios
y poder verte a diario
y darte todo mi amor.
Y también la regalé con este otro soneto que
brotó de lo más hondo de mi corazón:
Los martes y los jueves te veré,
en la plaza del pueblo a mediodía,
y al tener tu cara junto a la mía,
tus cálidos labios te besaré.
Y te digo te quiero y te amaré,
y te muestro el amor que yo escondía,
y tú serás mujer, la amada mía,
que algún día en brazos te llevaré.
Despertarás mi amor cada mañana
asomada a la luz de mi ventana,
abierta para ti eternamente.
Y olerás el perfume de mi cuerpo
y el agua de las lluvias de este invierno
que oiremos sentados bajo el puente.
Continuaba recibiendo de vez en cuando
alguna carta de mi amigo Rafael y su familia
desde Japón, contándome como le iba por allí.
Al final Jose Luis dejó de salir con nosotros y
Candy salía poco, así es que terminamos por salir
los dos solos. Los amigos empezaron a sospechar
algo y al final les dimos la buena noticia de que
estábamos saliendo juntos desde hacía un mes
más o menos. Ya Blanca le había dicho a Rosi que
iba a conocer a algún chico español y que no se
iba a marchar a su país y que se iba a casar con
él. Por lo visto Blanca había acertado de
momento y continuamos saliendo juntos y
conociéndonos poquito a poco. Mi madre fue
conociendo a Rosi día a día y le cayó muy bien.
El día veintiséis de junio de mil novecientos
noventa y cuatro, se casó Antonio Rodés, un
conocido desde pequeño, y asistimos los tres a la
ceremonia, Rosi, mi madre y yo. Y allí le presenté
a Rosi los conocidos.
También mi hermana la conoció por Navidad, y
luego recibí carta de ella en enero del siguiente
año contándome lo contenta que estaba con
nuestra relación, y lo bien que le había caído
Rosi.
Mi madre y yo decidimos aprovechar una
oferta que nos hizo Macipan, y mi madre le
traspasó a ellos el local y se quedó como
empleada fija en el despacho de pan que
pusieron en el local una vez arreglado, pintado y
decorado para la ocasión.
Al poco tiempo, a este señor de Macipan le
hizo falta un repartidor para unas horas por la
mañana y me ofreció a mí el puesto. En unos
meses me hizo un contrato y empecé a trabajar
las ocho horas de una jornada completa, y
además dos o tres algunas tardes.
El tiempo fue pasando, mi relación con Rosi
avanzando poco a poco, y el día 23 de Marzo de
mil novecientos noventa y cinco, jueves, fue
quizás el día más feliz y más importante de mi
vida. Rosi y yo nos convertimos en marido y
mujer (después de once meses de relaciones)
contrayendo matrimonio civil en el Juzgado de
Huelva, sobre la una del mediodía y bajo la
presencia de familiares y amigos. Solo echamos
en falta a la familia de Rosi, sobre todo ella, ya
que no habían podido venir desde tan lejos. Pero
sobre todo, fue un día de nervios y de alegría. Yo
invité a mis amigos íntimos presentes aquí en
Huelva, porque otro estaba en Japón, que era
Rafael y familia; y asistieron Manolo Patiño, Juan
Antonio Obel y Juan Carlos Lara y señora
(Pepita), que estaba embarazada, esperando una
niña que luego se llamó María y que fue una niña
preciosa. Nosotros nos alegramos un montón por
ello. La ceremonia fue corta pero intensa, muy
emocionante, y la Juez que nos casó era muy
simpática, portándose estupendamente, quizás
debido también a su avanzado embarazo.
Estuvieron presentes además de mi hermana y mi
madre, mis primas Isabelita y su marido Julio,
con su hijo Guillermo; Magdita y Antonio con sus
hijas Marta y Paloma; y Rocío, que entonces
continuaba soltera y sin compromiso. También
estaban mi tía Quili y mi tío Guillermo; mis tíos de
Sevilla, María, la única hermana soltera de mi
padre, mi tía Carmela y Paco, y mi prima Pepi con
sus hijas y otra que también estaba esperando.
Su marido faltó por cuestiones de trabajo.
También supimos disculpar la ausencia de mi
primo Francisco Manuel y familia, y de Mari
Carmen y la suya, que no pudieron eludir sus
obligaciones. También disculpamos a mi tía Pepa
y Antonio por enfermedad de ésta. También
echamos en falta a alguien de la familia Merino
de Sevilla, pero también andaban de males.
Luego estuvieron tíos y primos de mi madre, las
hijas de Manolo Riquelme y Mercedita, Merchi y
Beli; Adelita Herrero; y la madre de Juan Carlos,
Pepita; y Don Rafael García. También asistió mi
amigo Jota Jota y Dolo y algunas personas más
que no recuerdo. Luego mi madre dio un
almuerzo exclusivamente para la familia (al que
asistieron Patiño, Obel y Juan Carlos y Pepita).
También asistieron a la boda la señora y el señor
donde vivía Rosi, Soraya y su marido, y la niña
Saioa. Ninguno de los amigos de Rosi tuvieron el
detalle de acercarse ni siquiera un momento, ni
Blanca, ni Antonio, ni Urbano, ni Jose y Antonio.
Recibimos enormidad de regalos y dinero; y
después de disfrutar de un estupendo almuerzo
en la Hostería de la Rábida, y de hacernos
numerosas fotos y videos, salimos por la mañana
en autobús y en compañía de mi hermana para
Madrid a disfrutar de una semana de estancia en
dos de los mejores hoteles de la ciudad, para
realizar nuestro viaje de novios. Allí visitamos el
parque del Retiro, el Escorial, el Valle de los
Caídos, el Museo de Cera, la Plaza Mayor (donde
nos hicieron unas caricaturas que conservamos),
con sus cuevas y bares típicos; la Casa de
Campo. Disfrutamos de los viajes en metro y en
definitiva de la magnífica capital de nuestra
España.
Cuando regresamos del viaje de novios que
realizamos por Madrid, que lo pasamos
estupendamente, yo continué trabajando en la
empresa Macipan durante un año más o menos.
Y Rosi siguió trabajando en casa de la señora.
Ese mismo año, hacia octubre, Rosi cumplió su
deseo de volver a su tierra, a Honduras, aunque
solo fuera para un mes y aunque tuviera que
viajar sola, pues yo no podía ir por el trabajo.
Desde hacía mucho tiempo tenía la necesidad de
volver a su casa y de ver a su familia, después de
estar unos cuantos años sin verlos. Por eso, salió
de viaje el día cuatro de octubre de mil
novecientos noventa y cinco, el mismo año de
nuestra boda.
Allí estuvo disfrutando durante un muy corto
mes de su madre, hermanos y sobrinos, como así
de sus amigos y conocidos; contándoles a todos
lo referente a nosotros, a nuestra boda y
enseñándoles las fotos y videos que llevaba.
Por lo tanto ya me conoce toda mi familia de allá
por medio de las fotos, pero todavía no en
persona; aunque sí por medio del teléfono.
Unos días antes del viaje a Honduras, tuvimos
que ir Rosi y yo a Madrid en un viaje relámpago
en el Ave para arreglar los papeles del visado
para poder pernoctar en Miami, por ser de los
Estados Unidos.
Como consecuencia de mi soledad durante ese
mes del viaje a Honduras de Rosi, mis manos y
mi corazón volvieron a unirse para escribir unos
versos que expresaban todo lo que sentía en
aquellos momentos:
Cada noche que pasa y que te busco
en el jardín alegre de la cama,
cada noche que paso sin tu embrujo,
sin tus besos, amor, en la mañana.
Cada noche te miro y no te encuentro,
y te busco en el mar de tu sonrisa,
si me hablas o es mi pensamiento
y le pregunto al aire, al sol, la brisa.
Las noches sin ti se me hacen eternas,
y el día que tu vuelvas, amor mío,
en esa noche estrellada y serena,
regresarán las aguas a su río.
Y ese día habrá un fulgor en el cielo.
Y volverás a tu casa que es Huelva,
y daremos al mundo un fruto nuevo,
que crezca y se haga grande en esta tierra.
Y también este otro soneto nacido de los mas
hondo de mi alma:
Te marchaste el cuatro de madrugada
y me dejaste sólo y con dolor,
con tu aroma de mujer en la almohada
con el último beso y con tu amor.
Y volverás una tarde aún lejana
de aquella tierra tuya tan querida,
que espero conocer tal vez mañana,
y vivir junto a ti, toda la vida.
Y aquí estarás, amor, que yo te quiero.
Y aquí estaré, mi amor, tu compañero,
deseando mirarte cada día.
Y juntos marcharemos poco a poco,
en este mundo que está un poco loco,
disfrutando de nuestra compañía.
De la empresa Macipán salí por motivos
personales y profesionales, y me fui al paro como
le corresponde a todo buen hijo de vecino. Cobré
el paro durante cuatro meses, o el subsidio de
desempleo como se llamó después. Y luego
solicité la ayuda y la estuve cobrando durante
dieciocho meses. Mientras, me preparé las
oposiciones a Correos que salían todos los años, y
para lo cual mi amigo Obel me dejó el temario
que a él ya no le hacía falta. El caso es que, de
aprobar las oposiciones nada de nada. Continué
buscando trabajo pero sin resultado positivo.
Nosotros continuamos saliendo con la reunión
de Obel y nuestra, ya que todo el mundo conocía
a Rosi y ella caía muy bien a todos. Esa Navidad
lo pasamos muy bien, en compañía de todos
nuestros amigos, y para la noche de fin de año
preparamos en casa de Macu, una de nuestras
amigas, una fiesta que resultó estupenda y nos
divertimos mucho, para festejar la llegada del
nuevo año.
Luego, en enero de mil novecientos noventa y
siete, comencé a trabajar en el Patronato de
Deportes del Excelentísimo Ayuntamiento de
Huelva, y me llamaron del INEM para trabajar por
Colaboración Social. A la gente que estaba
cobrando el paro o la ayuda, le ofrecían un
puesto de trabajo acomodado a su perfil
profesional y dependiente de la Administración
Local. Así es que me contrataron por un mes,
cobrando la mitad del sueldo que los demás
empleados y además seguía cobrando la ayuda.
Entre una cosa y otra sacaba un sueldo para
llevar a casa. Desempeñaba mis funciones
laborales en el Polideportivo Andrés Estrada de
nuestra ciudad, el Pabellón municipal de deportes
y también en el polideportivo Diego Lobato del
barrio de Santa Marta; llamado así en memoria
de un compañero de trabajo del mismo, que
había fallecido en accidente de circulación hacía
unos años. Mis obligaciones en el puesto de
trabajo no requerían de mucha fuerza y no
presentaban ninguna dificultad. Pronto me
acomodé al trabajo y al horario. Allí se tenían dos
turnos de trabajo, mañana y tarde-noche. Mi
trabajo consistía en mantener limpias las
instalaciones, la zona exterior del polideportivo, el
cuidado
y
riego
de
los
jardines,
el
acondicionamiento y mantenimiento de las pistas
interiores para la práctica de los distintos
deportes, mantenimiento de los gimnasios para la
práctica del ballet, aeróbic, bádminton, etc., y de
la sala de pesas; así como la limpieza y
mantenimiento de la piscina y del mecanismo de
filtrado del agua, etc. Allí estuve a las ordenes
del señor director de las instalaciones, Don José
Vallés, y también del señor Don Rafael Márquez,
encargado y jefe de mantenimiento. Conocí a
todos los compañeros entre los que recuerdo a
Pedro, Manolo, Juan Mario, Pepón, Pablo, Miguel,
Antonio,
Carmen,
y
otros.
Como
mi
comportamiento y rendimiento parecía ser el
apetecido, me fueron renovando todos los meses.
Y así permanecí en el puesto de trabajo hasta
mitad de diciembre, que causé baja porque en
enero del noventa y ocho dejaba de cobrar la
ayuda y éste era requisito indispensable para
trabajar por colaboración social; según la ley
existente al respecto.
El caso es que me vi de nuevo como en
situaciones anteriores, pero esta vez empeorada
por el motivo de no tener ningún ingreso que
llevar a casa. Me encontraba con una mano
delante y otra detrás, como se suele decir, pero
no me desanimé demasiado.
Ya el año anterior había realizado un curso de
Formación profesional ocupacional para los
parados, dependiendo de la Junta de Andalucía,
llamado Técnico de audio-video, de 400 horas de
duración y realizado en el centro Lazareto de
nuestra ciudad, y perteneciente al Excelentísimo
Ayuntamiento de Huelva. Por lo tanto cuando me
vi de nuevo sin trabajo solicité varios cursos para
así poder aumentar mis conocimientos y
capacidades para encontrar un puesto de trabajo.
Mientras tanto, sobre la misma fecha del viaje
de Rosi a Honduras, tuvimos la grata noticia de
que nuestro amigo Obel, mi amigo de tantos
años, se había echado novia formal. ¡Qué alegría
nos dio! Yo lo supe primero y se lo comuniqué a
Rosi por teléfono mientras estaba allá. Se llamaba
Inmaculada Sartou y era una chica muy sencilla y
trabajadora, y llevaban un par de meses saliendo
y hablándose. Digo yo que alguna cosa se
contarían...
También en nuestra reunión habian sucedido
algunos cambios. Unos amigos de Obel y también
míos, Juan Vizcaya y Juan Peguero (éste último
compañero mío en el instituto), se habían
sumado durante el verano a la reunión. También
algunas chicas que habían conocido, así se vio
incrementada en su personal. Además de los
miembros más antiguos, Mané, Jose A. Moya,
Jose A. Orta, Inma, Luisa y Mari Ángeles, ahora
se habían sumado estos dos juanes y algunas
chicas como Paqui, Olga, Pepa y Macu, que era
una antigua amiga de Obel y conocida mía. Con
el paso del tiempo, de esta nueva reunión de
personas, había salido alguna que otra pareja. A
la nuestra, la mía y de Rosi, había que sumar la
de Antonio Fernández y Mari Ángeles, amigos
nuestros que salían de vez en cuando; y ahora las
nuevas parejas como eran la de Jose Antonio
Orta y Olga, y al poco tiempo la de su hermana
Inma con otro chico que se había unido a la
reunión hacía muy poco tiempo, Luis.
La última pareja tardó bastante en formarse,
se decía que por bastante indecisión de alguno
de los dos; pero al fín se formó entre Juan
Vizcaya y Mari Ángeles. Por todo esto, ahora la
reunión se había convertido en una reunión de
parejas, aunque aún había miembros sin ella.
Menos Mané, Luisa, Macu y Jose A. Moya, los
demás comenzaron a separarse poco a poco. Si
tengo que decir que mi hermana Isabel cada vez
que venía de Madrid de vacaciones se sumaba al
grupo. También hay que hacer mención de otra
Mari Ángeles que se había sumado durante este
pasado verano. Otra Mari Ángeles más.
De
los
cursos que había solicitado
últimamente, tuve la suerte de que me aceptaran
para realizar uno sobre Aplicaciones Informáticas
Administrativas y lo realicé en IFES, que significa
Instituto de Formación y Estudios Sociales. Era un
curso de 300 horas de duración y en él se
aprendía a confeccionar nóminas y seguros
sociales por ordenador.
Nuestro amigo Juan Vizcaya después de
romper con su última novia, empezó a trabajar en
una empresa de construcción de carreteras y
estuvo durante seis o siete años trabajando en
Málaga, Córdoba y Sevilla. Luego se vino para
Huelva y comenzó a trabajar en otra empresa de
construcción ya que había adquirido una gran
experiencia como topógrafo y encargado y jefe de
obra.
A Obel, después de aprobar las oposiciones de
correos lo destinaron a Cartaya durante un año y
luego pidió el traslado a Huelva y se lo
concedieron enseguida. Ya sus amigos Juan Luis,
Adolfo y Jose Luis se habían ido casando con sus
respectivas novias, claro.
Por otro lado mi hermana en Madrid había
terminado los estudios de grafología y al no tener
trabajo decidió regresar a Huelva, por lo visto
definitivamente.
Poco a poco las parejas de la reunión que se
habían formado se iban haciendo cada vez menos
visibles, salíamos pocas veces todos juntos y era
normal. Solo en ocasiones como el cumpleaños
de alguno o fines de semana en el Rocío en casa
de Inma la novia de Obel, o en el campo, lograba
reunirnos a todos. También Juan Peguero había
comenzado hacía tiempo una relación con una
chica que empezó a salir con la reunión, Rosa;
una chica rubita y graciosa.
Mi amigo Patiño cuando terminó el BUP
aunque tarde, realizó los estudios de
administrativo en la Rábida y luego la carrera de
Graduado Social que terminó enseguida. Al poco
tiempo puso una oficina, como una gestoría, pero
debido a las condiciones laborales y a la gran
competencia existente tuvo que desistir de ello.
Su novia Nieves, después de realizar sus estudios
de farmacia en Sevilla durante varios años, se
encontró como tantos otros sin la posibilidad de
trabajar, por lo que decidió abrir una
parafarmacia, la primera en Huelva, en una calle
del centro de la ciudad. Al poco tiempo ambos
decidieron que ya era el momento, y que después
de quince años de noviazgo podían contraer
matrimonio. Ya habían comprado un piso y tenían
muchos deseos de hacerlo. Así es que el día 30
de Mayo de mil novecientos noventa y ocho se
casaron en la iglesia de la Concepción de Huelva
Manuel Fernández Patiño y María de las Nieves
Rodríguez Escobar.
Un par de años antes, mi prima Rocío también
se había casado con un chico que conocía desde
muchos años atrás, Jose María, y el treinta de
Marzo de mil novecientos noventa y seis se
casaron en la parroquia Nuestra Señora Estrella
del Mar, y ya son padres de una niña preciosa
llamada Mari Paz.
Luego de terminar el curso de nóminas que
realicé, estuve trabajando durante tres meses
como jardinero en una empresa particular, y a la
vez realizando un curso a distancia de Visitador
Médico. Enseguida también realicé otro curso,
éste de Iniciación al Sector Forestal, impartido
por Egmasa y realizado en Palos, en la casa de la
cultura Vicente Aleixandre de la localidad.
Durante todo este tiempo, he vuelto en un par
de ocasiones a tomar de nuevo la pluma y a
escribir algunos versos que mi mano ha querido
escribir:
Estoy sumido en la inconsciencia
y no se me ocurre que decirte.
Abro la boca y de mis labios
no brotan las palabras como ayer.
Me faltan las fuerzas, las ganas
de seguir escribiendo en el papel.
Es tarde, ya ha oscurecido,
igual que se apagó nuestro querer.
Comienza a caminar
y abre tu luz a la mañana.
El agua brota de tu manantial
y yo la bebo, aprisa, con ansiedad.
Tu cuerpo aún dormido, está
caliente y deseoso de caricias.
Por eso ¡vuelve! , regresa de nuevo
al hueco templado de mi calma.
Te espero en la esquina como ayer,
igual que aquél día de tu santo,
sonreías feliz y de un gran salto,
trepaste a lo alto de mi frente.
Nos unimos en el nido, ya en febrero,
esperando la llegada del verano,
y anduvimos cogidos de la mano,
hasta la puerta de la iglesia y sin sombrero.
Dulce sabor tengo en la boca
después de probar alguna fruta,
de esas de tu bosque casi oculto,
que con el agua y esta primavera
han madurado y ya están casi a punto.
Mirarte.
Mirarte y no verte,
vida mía.
No verte y amarte,
y quererte,
vida mía.
Y decirte
que te quiero,
y quererte,
vida mía.
Allá en el firmamento hay una estrella
con tu nombre escrito en letras de fuego,
nombre que te nombrar mis labios secos
como tierra en que cae una centella.
Y que alumbra, los surcos de mi alma
rasgada de dolor y de fatigas,
por el rencor y el odio ya marchita,
con la luz y el calor de una gran llama.
Ilumina la tierra de los padres
que te vieron nacer aquella tarde,
arada con amor y con trabajo,
aquellos nuevos frutos ya crecían
frescos y ricos en sabiduría,
recogidos a mano y a destajo.
Durante este año mil novecientos noventa y
ocho, tuvimos que soportar la pérdida de algunos
seres queridos para todos nosotros, como fue la
muerte de mi querida tía Pepa Valencia, la cual
después de sufrir durante años el martirio de la
enfermedad, tuvo a bien llevarse el Señor consigo
el día diecinueve de agosto a los sesenta y seis
años.
Otro ser que se marchó en este año fue
nuestro querido amigo Roberto Trigueros, al que
apreciábamos muchísimo por su bondad y
simpatía, y aún siendo todavía un chico joven se
marchó de nuestro lado.
También hacer una breve recordatoria del
primo Laurín Escobar, el hijo de Manolo Riquelme
y Mercedita que también murió en este año.
Descansen todos en la Paz del Señor.
En este año mil novecientos noventa y ocho,
también tuvo lugar la esperadísima boda de
nuestro gran amigo Juan Antonio Obel Pérez e
Inmaculada Sartou en Bollullos Par del Condado,
de la provincia de Huelva. Boda que se celebró el
día diez de octubre y después de disfrutar de una
bonita ceremonia, de un estupendo banquete de
bodas y de una agradable velada nocturna, se
marcharon en viaje de novios durante una
semana a Cancún, a la playa de ese Méjico lindo
que cantaba el olvidado Jorge Negrete...
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MEMORIAS DE UN JOVEN ONUBENSE