Valor en lo pequeño

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Así de generosas son las intervenciones de Dios, que aun aquellos que no están
enterados de su paso por un lugar pueden beneficiarse de él.
«Y comieron todos y se saciaron; y recogieron de lo que sobró de los pedazos, siete
canastas llenas. Los que comieron fueron cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y
los niños».
Es en estas últimas dos frases que llegamos a comprender la magnitud del milagro que
había acontecido, aunque un milagro siempre es algo extraordinario, sin importar la
extensión ni la profundidad que posea. No obstante, al evangelista le pareció importante
señalar que todos comieron y se saciaron. Si estimamos que al menos tres mil de los
hombres presentes estaban acompañados por su esposa y dos hijos, estaríamos hablando
de al menos 13 mil personas.
La cifra exacta no es de importancia, aunque los números claramente indican que no se
trataba de una reunión de unos pocos amigos. Quien ha estado en grandes eventos
organizados por la iglesia sabe de la pesadilla que representa alimentar a varios miles de
personas. De la multitud que acompañó a Cristo, sin embargo, todos comieron y se
saciaron. Es decir, comieron suficiente cantidad como para sentirse satisfechos y negar
el ofrecimiento de comida adicional.
Nunca debemos considerar nuestro aporte como insignificante cuando ha sido puesto a
los pies de aquel que reina sobre los recursos del universo.
La abundancia de este banquete arrancó con apenas siete panes y algunos pececillos. Al
volver a recordar lo insignificante que eran los recursos que habían podido reunir los
discípulos podemos apreciar la dimensión completa de esta obra realizada por el Señor.
Nuestro aporte puede ser muy pequeño, pero no sabemos hasta dónde va a extenderse la
bendición que Dios desata cuando confiamos a sus manos cualquier pequeña ofrenda.
La historia del pueblo de Dios está repleta de ejemplos de esta verdad. Considere, por
ejemplo, la historia de Naamán. La dramática conversión y sanidad que experimentó
fueron impulsados por el inocente comentario de una niña que trabajaba en su casa. Del
mismo modo la decisión de José, tomada en medio de un tiempo de profunda angustia
personal, de vivir con integridad y entrega su vida de esclavo en la casa de Potifar,
sembró el fundamento para que llegara a ser gobernante de Egipto y salvar así a todo un
pueblo en tiempos de hambre. En el libro de los Hechos Pedro y Juan ni siquiera
poseían una moneda para ayudar a un mendigo cojo, pero le dieron lo que tenían: le
ordenaron, en la autoridad de Cristo, que se pusiera de pie y caminara. El asombro que
despertó semejante acontecimiento llevó a la conversión de 5.000 personas. Nunca
debemos considerar nuestro aporte como insignificante cuando ha sido puesto a los pies
de aquel que reina sobre los recursos del universo.
Debemos notar, además, que el milagro no solamente abasteció a los que estaban con
hambre, sino que dejó un excedente, siete canastas, que podía servir para alimentar a
otros que no habían estado presentes. Así de generosas son las intervenciones de Dios,
que aun aquellos que no están enterados de su paso por un lugar pueden beneficiarse de
él. Así también debe suceder en la casa del Señor, donde nuestro deseo es hacerle bien a
todos los que podamos, sin importar si son o no de nuestro grupo o si van a
comprometerse con nosotros. Su bondad no tiene barreras, y ¡por eso es tan preciosa!
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