Num102 034

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ARGUMENTOS
Discurso de S.M. el Rey en
Aquisgrán
(8 de mayo de 1997)
U
na vez más, la milenaria ciudad de Aquisgrán, tan cargada de historia y de
simbología europeísta, nos convoca a una ceremonia feliz llena de sentido
reafirmativo de los ideales que nos unen y de el porvenir que en ellos ciframos.
Venimos a homenajear al más reciente de los Premios Carlomagno, que hoy se
incorpora solemnemente a la lista de personalidades que, compartiendo la vocación y voluntad de
construir una Europa integrada, tuvimos el honor de precederle en esta singular y muy significativa
distinción.
Como Rey de España, constituye para mí un gran honor pronunciar la Laudatio de la personalidad
que hoy nos congrega: el Profesor Roman Herzog, Presidente de la República Federal de Alemania.
Ningún otro marco más apropiado que esta hermosa ciudad para poner de relieve la destacada
personalidad de Roman Herzog, justo merecedor del Premio Carlomagno por su defensa de los
valores morales que deben inspirar la política y por su absoluta e incondicional entrega al ideal
europeo.
Su larga y conocida ejecutoria como jurista, educador, político y constitucionalista es de dominio
público y de muy justa notoriedad. No es ésta la ocasión de abundar en el detalle de lo que la
* Contenido en el capítulo XI del libro El arte de la guerra de Sun Tzu, Ediciones Ejército Español.
opinión y los dirigentes políticos alemanes, y sus homólogos europeos en general, conocen
sobradamente y ya han valorado.
Sin embargo, este acto nos brinda la oportunidad para llamar la atención sobre el ideario que el
Presidente ha venido mostrando y demostrando a lo largo de su vida pública. Las reflexiones que
brinda el pensamiento del Presidente Herzog, como aportación personal, al trascendente momento
de renovación institucional y de valores que Europa tiene inminentemente ante sí, nos transmiten
un mensaje de esperanza para todos los ciudadanos que nos sentimos europeos.
Sólo personalidades como la suya, con su alto vuelo intelectual asentado en un experimentado
conocimiento de la vida pública, pueden aportarnos la virtualidad de una orientación realista y
práctica, de la que siempre se está tan necesitado en los negocios de Estado.
Personalmente, proclamo mi clara atracción por su original manera de hacer compatibles su
fascinación por las grandes ideas, su idealismo en definitiva, con un indudable y notorio
pragmatismo.
Con un carácter jovial y relajado, seguro de sí mismo, pleno de serenidad ante las dificultades y de
calor humano ante los problemas ajenos, el Presidente Herzog nos ofrece a todos un ejemplo vivo,
y digno de imitación, de la plenitud alcanzable en el quehacer público.
“Verdad y claridad”, es el lema que el Presidente Herzog se ha comprometido a respetar, al inico de
su mandato en la más alta magistratura de este gran país que es Alemania.
Difícilmente podemos estar más de acuerdo con él en esta firme e inequívoca vocación de
compromiso, aunque a veces nos veamos obligados a hacer frente, como bien decís, a las “verdades
incómodas”. Pero, como nos enseñan los Textos Sagrados, “la verdad os hará libres”.
Mi admiración se centra igualmente en el apego a sus raíces que ha mostrado siempre el Presidente
Herzog y, a la vez, en la forma como en él se armonizan esa fidelidad a los orígenes y a la región de
procedencia con su lealtad a Alemania y, a través de ella, a Europa. A esa Europa cuya idea
compartimos desde Carlomagno y las postrimerías de la Alta Edad Media, que nuestras
Universidades históricas potenciaron en los siglos subsiguientes y sobre la que, en estos tiempos,
deberíamos volver a meditar para valorar la profundidad y la ambición de sus aspiraciones.
Con lucidez aduce Julián Marías, al referirse a las naciones europeas, que “Europa ha preexistido
como ámbito previo a todas ellas”. Nos recuerda este pensador español contemporáneo que, “lejos
de ser Europa la suma de sus naciones, las precede y funda, todas están hechas de ella, que es
sustancia histórica, y por eso Europa está presente en cada una como su substrato más hondo”.
Pero, con la consolidación del llamado Estado moderno, el continente se orienta por otros
derroteros. La idea de Europa, en cuanto ideal de fraternidad y comunión de cultura, quedó
desterrada a efectos prácticos al confín de los vestigios históricos. El resultado hay que encontrarlo
en nuestros conflictos intestinos, en nuestras guerras civiles entre europeos.
El último medio siglo ha estado marcado por la cordura redescubierta, al hilo del reverdecimiento
de la idea de Europa y la trascendente decisión y colosal empeño de llevarla a la práctica. No es,
ciertamente, un anhelo que pueda ser cumplido por una generación o dos. Es empresa de largo
aliento, enorme dificultad y cuantiosas dosis de habilidad y oportunidad.
Necesitará de constante inspiración y estímulo: de ideas ingeniosas y realistas: así como de
infatigables esfuerzos y honesta constancia. Requiere de espíritus y de altura de pensamiento como
los del Presidente Herzog, y necesita de pueblos como el alemán, capaces de superar los traumas
históricos y de encarar la construcción de la Casa de Europa con ilusión y, al mismo tiempo, con
entrega.
Permitidme, Señor Presidente, recordar una frase vuestra que pronunciasteis en el Parlamento
Europeo de Estrasburgo: “Tenemos una visión y esta visión se llama Europa. Como cada visión,
comporta el riesgo del fracaso. Las visiones, a diferencia de las utopías, son incómodas. De la
materialización de las utopías nadie es responsable, de la de las visiones lo somos todos nosotros”.
Es verdad: del acierto o del fracaso, los europeos de hoy tendremos que responder ante los del
mañana; y los gobernantes, ante nuestras respectivas ciudadanías.
Tenemos clara, en cualquier caso, una realidad eminente y, por ende, inequívoca: nos hallamos
comprometidos en un proyecto irrenunciable de integración política y económica europea, uno de
cuyos pasos decisivos lo va a simbolizar la moneda única.
Como Rey de España reafirmo la voluntad inquebrantable de mi país de participar en esa
construcción europea, un compromiso cuyo mejor exponente está quizá en la ilusión con que las
generaciones jóvenes españolas encaran estos próximos años tan decisivos para Europa.
A este respecto, justo es recordar que el riesgo del fracaso nunca ha arredrado ni limitado al
espíritu creativo europeo.
Las sucesivas oleadas de escepticismo, que de tanto en tanto despuntan en el continente, así como
las neurosis que ocasionalmente tienden a suscitar especulaciones intelectuales de decadencia, se
han revelado augurios erróneos sin excepción.
La fertilidad imaginativa y creativa del europeo se ha mostrado capaz, siempre, de superar esos
falsos desmayos y de asombrar finalmente a los más escépticos. Paradójicamente, nuestra propia
diversidad es fuente de invención, de logros competitivos y de incomparables realizaciones. Qué
mejor prueba que el gran país al que representáis, cuyos logros intelectuales forman parte intrínseca
e inseparable del acervo cultural europeo.
No debemos tener miedo en este momento histórico decisivo. En los albores del milenio que se
avecina, se desarrollarán tendencias e ideas que en este momento asoman y que todavía no han
tomado forma.
Es una misión de todos nosotros: está en nuestras manos evitar que esas ideas distorsionen los
ideales sobre los que debe construirse el concepto de Europa. Por ello, compartimos, querido
Presidente, su inquebrantable decisión de seguir defendiendo los valores morales, sociales y
políticos por los que tanto han luchado nuestros antepasados.
El mismo Marías nos recordaba, asimismo, que “cada país europeo se ha esforzado por ser el mejor
de Europa”. Últimamente, hemos demostrado que podemos seguir siendo tan competitivos o más
de lo que lo hemos sido históricamente, sin por ello quebrar nuestra armonía y concordia, únicos
garantes de la paz y de la estabilidad que todos deseamos.
Tal reflexión nos debe llevar a desterrar injustificadas prevenciones ante la profundización y la
ampliación de la Unión Europea. Disponemos del talento, de la experiencia y de la técnica que
deben garantizar plenamente la incorporación de los pueblos que durante años han visto en Europa
un punto de referencia y de esperanza para su aspiración de democracia y de libertad.
Yo represento a un pueblo que conoció ese anhelo y que, por ello, comprende y reitera su adhesión
inequívoca a este deseo común.
Una Europa excluyente es una Europa truncada y, en consecuencia, anclada en sus viejos
problemas.
Pero debemos reiterar nuestra confianza y nuestro optimismo en una Europa que no sea únicamente
una comunidad económica o política, sino una comunidad de pensamiento, de ideales y valores
morales, capaz de hacer frente a los retos que se avecinan.
Hay una manera peculiarmente europea de encarar los problemas y los retos. Mentalidades como la
del Presidente Herzog brindan ejemplos patentes. Son indicativos de que es preceptivo encontrar el
adecuado equilibrio entre los valores tradicionales que sustentan la cohesión de nuestras
sociedades, a los que no debemos renunciar, y el impulso de renovación tan característico del
ánimo europeo. No en vano se os califica, con acierto, como “el Presidente de la renovación”.
Estamos de acuerdo con el Presidente Herzog en que ha de procurarse un sustancial equilibrio
entre, por un lado, la seguridad que tiene derecho a sentir el ciudadano europeo en el seno de sus
instituciones de orden familiar, de vecindad, regionales y estatales —en las que se incluyen los
derechos y libertades, la seguridad ambiental, las garantías que aporta el Estado de derecho, etc.—
y, por otro, esa atracción por lo nuevo, por ensayar los hallazgos técnicos, por introducir mejoras
constantes en nuestras vidas, por la aventura siempre renovada que lleva consigo la predisposición
al cambio.
Europa, y con ella Occidente, ha debido históricamente su progreso al hecho de mantener su
espíritu dispuesto a disfrutar de un futuro mejor y, por lo mismo, distinto en buena parte al
presente.
Y, a esa Europa que deseamos, no le puede bastar con encontrar las fórmulas de su ideal
concepción de la existencia y su consecuente bienestar interno. Europa necesita también, con
carácter indispensable, mirar hacia fuera tal y como lo ha venido haciendo desde el primer
Renacimiento.
Ha sido un timbre de gloria —singular y significativo en extremo— para la cultura europea, el
haber sido la primera en salir al encuentro de todas las demás civilizaciones, vivas y muertas. Y
aunque, en nuestras clásicas interpretaciones de la Historia, es cierto que hemos incurrido en
exceso en un eurocentrismo acaso no fácil de evitar, no es menos verdadero que han sido los
intelectuales occidentales, hasta fechas aún muy recientes, los únicos empeñados en universalizar el
conocimiento y en indagar —con altruismo o no— el pasado y el presente de lo ajeno.
Por todo ello, reconocemos en el Presidente Herzog un decidido defensor del diálogo entre las
culturas. Como habéis dicho una vez “sólo puede haber una única estrategia de paz, y esa es la
estrategia del entendimiento mutuo”.
En un mundo globalizado e interdependiente, es hoy más necesario que nunca intensificar el
respeto de las diferencias, extremando la tolerancia, la comprensión y la solidaridad, que forman
parte intrínseca de vuestro propio ideal y el del pueblo alemán.
Compartimos con el nuevo premiado, su preocupación ante el riesgo de una potencial
confrontación entre civilizaciones; y, por consiguiente, también su insistencia en la necesidad de
proceder a extremar los esfuerzos que nos guíen al entendimiento mutuo.
En este empeño, es de capital importancia que unos y otros evitemos fomentar el miedo a perder la
propia identidad. Una vez más, por el contrario, debemos alentar la convicción de que en la
diversidad está la más colmada fortuna de la humanidad y su mejor futuro, siempre que entre todos
acertemos a convertir en axioma la convivencia en paz y armonía.
Señor Presidente Federal,
Permítame finalizar expresándole, como europeo, como Rey de España y como predecesor en el
Premio, la más viva, calurosa y emocionada felicitación por esta muy justificada exaltación de sus
personales méritos en pro de esa Europa unida, en paz, concordia y mutua cooperación que
conforma la perspectiva del futuro que entre todos hemos de lograr.
Es reconfortante saber que esos ideales y realidades, que hemos ido desgranando al hilo de su
personalidad, cuentan con un paladín de su notoriedad y capacidad intelectual, así como con el
apoyo incondicional del pueblo alemán. Vuestro país, Señor Presidente, se ha convertido en el
mejor ejemplo de concordia y de solidaridad y me permito felicitar a Alemania por tener en usted a
su más alto representante.
Doy mi más cordial enhorabuena al Curatorium del Premio Carlomagno por su feliz y acertada
elección; prueba inequívoca, de nuevo, de una labor que ha merecido, en sus casi cinco décadas de
existencia, vivos y justificados encomios. Hago votos por que sus aciertos continúen
ininterrumpidos, año a año, cual un símbolo más de buena salud de la Europa de nuestros afanes.
Antes de concluir, quisiera recordar ante este ilustre auditorio que, allá en 1926, Ortega y Gasset,
nuestro brillante pensador, que completó su formación filosófica en la Universidad de Marburgo,
en lo hondo de su alma europeísta, se lamentaba entonces con estas proféticas palabras:
“Si Europa poseyese grandes proyectos de vida futura, capaces de incendiar la fantasía y hacer batir
los corazones, existirían en ese viejo mundo aún más problemas de los que hay, pero unos y otros
habrían sido ya resueltos con alegría. Pero la realidad es lo contrario. Por vez primera, en una larga
serie de generaciones, tal vez siglos, Europa no tiene deseos”.
¡Felicitémonos!, hoy los tiene. En no pequeña parte, gracias a personas y voluntades como el actual
Presidente de la República Federal de Alemania, el Profesor Roman Herzog, Premio Carlomagno
1997.
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