Cosas que nunca cambian
Por Anaïs Anaïs
Cosas que nunca cambian
Un involuntario gemido escapó de los labios de Rachel a medida que la suave palidez de su piel era
recorrida por unos labios. Labios que describieron con fruición una suave curva sobre su vientre,
rodeando el ombligo. Ascendieron primero y descendieron después por la pendiente de sus senos, no
sin entretenerse en medio, jugueteando con la cumbre de sus pezones erectos. Dedos ansiosos
acariciaban su entrepierna, enredándose con el vello castaño y rizado, adentrándose en la
profundidad rosada y húmeda, caricias que la arrancaron del mundo hasta un cielo que jamás había
sospechado que existiría.
En el exterior, las hojas ya caídas de los árboles volaban sobre las calles de Londres, empujadas
por el viento gélido de últimos de octubre. Dentro de la habitación, sin embargo, el aire se había
vuelto denso y cálido, casi bochornoso, en parte por la lumbre que crepitaba en la chimenea, en parte
por el aliento de las amantes entregadas a la pasión.
La espalda de Rachel se arqueó una última vez antes de caer sobre el colchón, ahíta de placer. Los
labios de Evelyn alcanzaron los suyos y quedaron prendidos en ellos, en un largo y anhelante beso
lleno de impaciencia, cargado de desesperación, como si fuesen incapaces de obtener lo suficiente la
una de la otra.
—Te amo —murmuró Evelyn junto a su oído—. Siempre estaré a tu lado. Nadie podrá impedirlo.
Rachel se perdió un instante en aquellos ojos oscuros, brillantes por el deseo, encendidos por el
reflejo de los rescoldos.
—El mundo no lo permitiría, cariño —susurró, abrazada a su amante—. La sociedad a la que
pertenecemos nos maldeciría por ello. No solo los hombres, que a la postre son los que mandan, sino
también las mujeres. Dentro de poco entraremos en un nuevo siglo, el siglo XX, pero hay cosas que
permanecen siempre igual por mucho tiempo que pase. De cara a los demás hemos de ser solo
amigas, mantener nuestros encuentros ocultos bajo la apariencia de simples visitas de cortesía. Si
alguien siquiera albergase la más mínima sospecha acerca de nuestra relación, todo habría acabado
para nosotras.
—No digas eso —suplicó Evelyn con vehemencia al tiempo que sus miembros se enredaban aún
más con los de Rachel y ambas se abrazaban con fuerza—. Nada ni nadie podrá separarme de ti
jamás. Nunca. No lo olvides.
Rachel sonrió ante la ingenuidad de Evelyn. La vida no era tan sencilla. Para las gentes corrientes
esas cosas eran toleradas de otra manera, ellos vivían de un modo similar a los animales, pero ellas
eran damas, sus familias frecuentaban los altos círculos de la sociedad británica, y su amor sería
visto como un pecado horrible, una degeneración contra natura, una ofensa contra la moral más
básica. Si lo suyo salía a la luz, sus vidas se derrumbarían como un castillo de naipes, su futuro se
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vería truncado de forma irreversible. No iban a permitir semejante vergüenza en el seno de sus
respectivas familias. Las separarían y las harían desaparecer de la sociedad, jamás volverían a verse.
Una ráfaga de aire frío las estremeció al abrirse la puerta, pero no tanto como el grito de la madre
de Evelyn, quien, junto con su marido, había acudido a una reunión benéfica y no debía regresar
hasta después de la cena.
—¡Dios mío! —aulló la mujer con los ojos desorbitados— ¿Qué es esto? ¡El diablo ha entrado en
esta casa! ¡James! ¡Jaaames! ¡Sube aquí ahora mismo!
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Una tarde, mediada la primavera siguiente, Rachel se hallaba en el jardín de su casa, sentada en un
banco de piedra, a la sombra de un cenador rodeado de celosía cubierta casi por completo por la
madreselva. Delante de ella, sobre una mesa, reposaban una jarra y un vaso lleno de limonada. Una
de las doncellas se lo había traído por encargo de su padre. «Para que se refresque la señorita», había
dicho antes de retirarse. Pero ella no tenía sed, no necesitaba ningún tipo de refresco. La tenían allí
encerrada, en su propia casa, para evitar la vergüenza. Aún recordaba los gritos de su madre, entre
lágrimas, cuando se enteró; llanto falso para conseguir su voluntad delante del padre, hombre de
naturaleza tranquila y ajena a discusiones. Sin embargo, después, a solas, le había advertido a Rachel
en tono de soberbia:
—Pagarás muy caro este bochorno, querida. Tu padre siempre te ha mimado, pero no volverás a
aparecer en público hasta que todo el mundo haya olvidado tu nombre y tus actos. Buscaremos
alguien que te acepte como esposa, cuanto más lejos de aquí mejor. Los demás miembros de esta
familia no tenemos por qué sufrir las consecuencias del pecado mortal que has cometido. Mientras
tanto, te quedarás entre estos muros para expiar tu culpa.
Y así había sido. Solo le era permitido salir en algunas ocasiones para acudir al servicio religioso,
obligada a cubrir su rostro con un tupido velo. A pesar del mismo, podía sentir con claridad las
miradas sobre ella, el reproche y la censura clavadas en su carne como agujas al rojo vivo, el vacío
creado a su alrededor.
—El momento ha llegado —la voz de Evelyn sonaba triste, como de costumbre, haciendo a
Rachel volver a la realidad, al jardín y a la limonada. Pese a ello, no se giró, su vista siguió perdida
en el infinito—. Esta es la última vez. Ya no podemos seguir así por más tiempo.
Rachel suspiró. Sabía que no se podía hacer nada para evitar aquel desenlace. Todo ese tiempo
había vivido con la angustia del no saber, la terrible amenaza de que más pronto que tarde, al final
todos se saldrían con la suya. Todos menos ellas. La fatalidad había impuesto su ley. Pensó en el
futuro negro como un tizón que la aguardaba.
—Me niego —sacudió la cabeza en un gesto de súbita decisión—. No puedo seguir adelante. No
sin ti. Dijiste que nada nos separaría. Esto no puede acabar de esta manera.
—No depende de nosotras. Lo sabes. Hemos de despedirnos… —Evelyn tendió la mano y
acarició la mejilla de Rachel, como si fuese a recoger una lágrima que rodaba por ella.
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Un cielo plomizo y amenazante de primeros de invierno los recibió a los tres a la salida del servicio
religioso. El padre de Rachel abrió la portezuela del coche para que su mujer y su hija subiesen. El
cochero hizo restallar el látigo y los caballos tiraron obedientes. Rachel, como de costumbre, ni
siquiera retiró el velo oscuro que cubría su rostro. Al principio lo odiaba, detestaba lo que
significaba, pero con el transcurso de los meses había dejado de sentirse viva, le daba igual la ropa
que llevaba, las ojeras, las mejillas demacradas, la pérdida de peso. Su padre se había mostrado
preocupado, pero su madre había apostillado:
—Es la conciencia, que la reconcome por dentro. No está en nuestras manos, sino en las Suyas —
aseveró mientras elevaba la mirada hacia el techo del carruaje.
Rachel había aprendido a ignorar los comentarios de su madre. Su capacidad de sentir se hallaba
embotada desde mucho tiempo atrás. El padre calló, prudente. De nada servía discutir lo mismo una
vez más.
A medida que el coche avanzaba, la madre gesticuló como si le hubiese asaltado una idea
repentina y tocó en la ventanilla que comunicaba con el pescante. El cochero la abrió y preguntó qué
se ofrecía a los señores.
—Deténgase un momento en el cementerio, Elmer. Me gustaría dejar unas flores en la tumba de
mis padres.
El velo ocultó la sorpresa y el alivio de Rachel. Se detuvieron a las puertas del camposanto. El
padre se acercó a una vendedora de las que pululaban por allí y adquirió un ramo de crisantemos.
Los tres recorrieron los pasillos hasta llegar ante las tumbas. Entonces Rachel fingió haber olvidado
su pañuelo y pidió permiso para volver al coche a recogerlo.
—No te demores —advirtió la madre—. En cualquier momento empezará a llover.
Rachel desanduvo el camino pero no llegó hasta la salida del cementerio. A mitad del trayecto se
desvió y recorrió otra serie de senderos hasta llegar frente a una lápida. Entonces lloró. De rabia, de
indignación, de impotencia, de pura soledad. Frente a la inscripción «Evelyn Verinder, 1868-1888.
Tus seres queridos te añoran» recordó el dolor, interminable y oscuro. Ella escuchaba desde la
escalera mientras su madre relataba a su padre cómo los Verinder habían hallado el cuerpo sin vida
de Evelyn, colgado de la lámpara de su habitación. No había oído más, la noticia le había desgarrado
las entrañas y se había desvanecido allí mismo, junto al pasamanos. Luego habían llegado las
«visitas». De algún modo, ella había intuido que su amor seguía junto a ella. No podía verla, pero la
escuchaba, la sentía, podía oler su perfume. Eso le había dado algo de ánimo, hasta que se
despidieron junto a la celosía del jardín, meses atrás. Recordó las palabras, flotando lejos en el
pasado. «Nada ni nadie podrá separarnos», había dicho Evelyn.
—Nada ni nadie —murmuró en voz alta—. Dio media vuelta y regresó junto a sus padres.
****
A través del cristal de la ventana, Rachel no veía los copos de nieve caer, ni las ramas peladas de los
árboles que flanqueaban el sendero de entrada a la casa, ni el pequeño estanque congelado, sobre el
que le gustaba patinar cuando era niña. Tiempos felices, tiempos pasados. Todo aquello ya había
quedado atrás, cediendo su puesto a la negrura, la agonía en vida, día tras día, hora tras hora.
Interminables minutos para pensar qué habían hecho de malo, cuál era el horrible pecado que habían
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cometido ella y Evelyn, por qué tenía que resultar tan espantoso enamorarse, querer al alguien más
que a una misma.
Casi podía ver reflejada sobre el cristal la imagen de ella, los rizos cobrizos derramándose sobre
sus hombros. Aquellos ojos violeta en los que una se podía perder, abandonarse y olvidarlo todo. Sin
ningún esfuerzo era capaz de imaginar la manera en que ella censuraría lo que tenía en mente. «Te lo
suplico, no lo hagas», habría dicho de estar a su lado. Así era ella, no necesitaba imponer su criterio,
simplemente suplicaba con aquel mohín de leve disgusto y Rachel no se sentía con voluntad
suficiente para negarle nada.
Se giró y permaneció un segundo frente a la bañera humeante. Un poco más allá, un brasero se
encargaba de caldear el ambiente. Se desprendió de la ropa y dio un paso adelante. «El primer paso
es siempre el peor», solía decirle a Evelyn cuando dudaba ante hacer algo o no. «No temas, el resto
será más fácil después». «Qué sencillo es decir las cosas a veces y qué complicado llevarlas a cabo»,
pensaba mientras se introducía en el agua, tibia por momentos, que la doncella había preparado.
Cuando estuvo completamente sumergida pensó cómo sería todo después, si sería como estar bajo el
agua, ajena al mundo exterior. Sacó la cabeza y notó cómo las lágrimas anegaban sus ojos de nuevo.
«No llores», le pareció oír la voz fantasmal de Evelyn, «Tú eres la más fuerte. Ceder jamás fue tu
lema». Hasta después de muerta, su amada Evelyn tenía razón. El llanto ya no cabía en ella.
Nada más abrir la puerta para recogerlo todo, la doncella supo que algo no iba bien. Nadie había
contestado cuando tocó con los nudillos, y la señorita Rachel solía quedarse un buen rato en el cuarto
de baño, cepillando su larga melena o admirando su otrora espléndida figura frente al espejo. Pero
ese día no estaba allí, ni frente al espejo, ni en la bañera ni en ninguna parte. La muchacha fue
recogiendo las ropas de la señorita y cuando se acercó para apagar el brasero pasó junto a la bañera y
vio el agua roja y la figura humana que se adivinaba en el fondo. Gritó y gritó hasta quedar afónica,
alertando a todo el servicio y a los señores, que unos segundos después abarrotaban la estancia, entre
lloros y lamentos.
Si alguno se hubiera asomado por la ventana en ese momento, quizás hubiera contemplado dos
sombras que se alejaban de la mano por el camino principal de entrada. Libres de la censura de los
otros, de prohibiciones, de cadenas, de condenas, de encierros.
Ya nada ni nadie podría separarlas. Nunca.
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