El cooperativismo como alternativa en la política eléctrica
de la provincia de Córdoba (Argentina), 1930-1981
Beatriz R. Solveira
CONICET-CEH-UNC-UCC(*)
1. Introducción
El cooperativismo como modelo de economía solidaria, tiene más de siglo y medio de
vida y en el caso particular de la Argentina surge recién en 1898, en tanto que la primera
cooperativa de electricidad se constituye en 1926 y a partir de entonces el
cooperativismo eléctrico ha tenido un singular desarrollo, aunque es de lamentar que
hasta el momento no haya atraído suficientemente la atención de los investigadores
sociales, en especial de los historiadores, y ello es observable en la escasa si no nula
bibliografía existente sobre el tema.
En muchos países, las cooperativas han desempeñado y aún desempeñan un papel muy
importante en la distribución de electricidad La cooperativa constituye una modalidad
especial de asociación en virtud de la cual varios individuos se unen para efectuar en
común y en la forma más beneficiosa posible una o varias operaciones económicas. El
sistema tiene una doble ventaja, por un lado, establece una íntima asociación entre el
usuario y la administración del servicio público, pues en una cooperativa el usuario es a
la vez accionista y cliente de la empresa de electricidad y, por el otro, asegura por lo
general una administración financiera bastante satisfactoria debido a que la cooperativa
no tiene como finalidad la obtención de beneficios y por tanto dedica los que consigue a
los fines para los que fue creada. Además, pese a que por su naturaleza las cooperativas
son organizaciones privadas, en la mayor parte del mundo han mostrado casi siempre la
tendencia a convertirse en entidades semipúblicas, como consecuencia de la creciente
intervención de los poderes públicos en su constitución, su administración y
principalmente en su financiación.1
El movimiento cooperativo eléctrico de Córdoba, que se inicia en el año 1930 cuando se
crea la cooperativa de Canals, pequeña localidad ubicada al sureste de la provincia, es
uno de los más importantes del país y en la actualidad se ha convertido en un sector por
demás relevante dentro de la estructura económica provincial, en particular de pequeñas
y medianas empresas, pues mueve gran parte de la economía de cientos de localidades
del interior provincial.2 Este fenómeno, sin embargo, aún no ha sido estudiado en
profundidad y el objetivo de esta ponencia es ofrecer un panorama general de esa
experiencia de economía solidaria, a la que analiza desde la perspectiva de sus
relaciones con el Estado, en una etapa de la historia argentina caracterizada por la
expansión de la intervención estatal en el sector eléctrico. Ese análisis, centrado
exclusivamente en la provincia de Córdoba pero enmarcado en la experiencia nacional e
internacional del cooperativismo eléctrico, abarca un amplio periodo de medio siglo,
entre la aparición de las primeras cooperativas eléctricas –que coincide con el despertar
del Estado intervencionista– y el momento en que, desde el punto de vista eléctrico, la
provincia mediterránea deja de constituir un sistema independiente y se incorpora al
sistema interconectado nacional.3
La ponencia está dividida en varias partes. En la primera se ofrece una síntesis de las
características generales del cooperativismo eléctrico cordobés, al que se compara con
2
el argentino en general y de otros países. En las dos siguientes se describe la evolución
de ese movimiento en la provincia de Córdoba desarrollando paralelamente los cambios
operados en la política eléctrica del Estado provincial. En fin, en las dos últimas partes
se abordan separadamente, por un lado, la política crediticia respecto de las cooperativas
eléctricas, y por el otro, el papel jugado por esas entidades en relación con la
electrificación rural.
2. Características generales del cooperativismo eléctrico cordobés
En la República Argentina el desarrollo del movimiento cooperativo eléctrico está
íntimamente vinculado a las condiciones en que se desenvolvió el sector eléctrico y por
lo tanto sus rasgos distintivos están prácticamente determinados por éste y en muchos
casos son diametralmente distintos a la experiencia internacional del cooperativismo
eléctrico. Durante la primera mitad del siglo XX las características técnicas y
económicas del negocio eléctrico argentino contribuyeron a circunscribir la expansión
de la industria eléctrica a los centros urbanos, y a convertir al proceso de electrificación
en un fenómeno exclusivamente urbano, pese a la importancia que siempre desempeñó
la agricultura en la vida económica del país y a la evidente conveniencia de extender el
proceso de electrificación también a los sectores rurales. En estas condiciones, las
primeras cooperativas eléctricas argentinas, surgidas desde mediados de la década de
1920, se crean en áreas urbanas que en la mayoría de los casos ofrecen la particularidad
de contar ya con servicio eléctrico, constituyendo una respuesta de los consumidores a
los abusos cometidos por las empresas privadas, generalmente de origen extranjero, a
cuyo cargo estaba el servicio en la mayoría de las ciudades y pueblos del interior, las
que aplicaban tarifas muy onerosas para los consumidores, ya sea por la escala reducida
de generación de energía, lo que las obligaba a operar sin economías de escala (alta
incidencia de los costos fijos por kWh), o por la elevada tasa de ganancias que aplicaban
a un servicio público como el eléctrico, sin ninguna consideración sobre los posibles
efectos socio-económicos que ello implicaba para la población.4 Es precisamente como
consecuencia de un servicio tan oneroso como ineficiente e insuficiente, que los
usuarios se unieron cooperativamente, sea para acceder por primera vez a los servicios
eléctricos, sea para procurárselos a niveles de calidad y precio razonable, pero siempre
buscando llenar los vacíos que las organizaciones, tanto privadas como estatales,
dejaban en la prestación del servicio público de electricidad.
Es decir, contrariamente a lo sucedido en los países más avanzados, en la República
Argentina el cooperativismo eléctrico es un fenómeno que, si bien se inicia casi al
mismo tiempo que en Europa –la primera cooperativa se organiza en 1926–, desde su
nacimiento fue predominantemente urbano beneficiando a localidades pequeñas y
medianas del interior del país que por lo general ya estaban electrificadas. En los países
europeos primero y en Estados Unidos después, la constitución de cooperativas
eléctricas es también un fenómeno posterior a la finalización de la Primera Guerra
Mundial, pero en ellos la promoción del movimiento cooperativo eléctrico estuvo
asociada al convencimiento de que las cooperativas representan la fórmula ideal de la
empresa de producción y distribución de electricidad en zonas poco urbanizadas en que
las viviendas y las explotaciones, en especial las agrícolas, están muy diseminadas y que
por lo tanto son esas sociedades las que deben encargarse de la electrificación de las
zonas rurales y por lo tanto ese tipo de cooperativas no se instalaron en zonas urbanas,
ni las autoridades consintieron o fomentaron su organización en las zonas ya
electrificadas y si bien en muchos casos comenzaron generando la energía que
distribuían, con el correr del tiempo su finalidad fundamental consistió en el
3
establecimiento y explotación de líneas secundarias de distribución a baja tensión,
quedando la construcción de usinas y su explotación así como el transporte de energía
en alta tensión y la coordinación regional de la distribución, en manos del Estado o de
grandes empresas particulares.
El desarrollo del movimiento cooperativo eléctrico argentino, durante los primeros
quince años transcurridos entre la puesta en funcionamiento de la primera cooperativa
en 1927 y el 31 de diciembre de 1941, fue importante porque entraron en servicio cerca
de medio centenar de nuevas cooperativas, muchas de ellas en localidades ya servidas
con electricidad pero que habían logrado quedar como únicas prestatarias del servicio en
la localidad.5 Es asimismo importante destacar que sobre medio centenar de
cooperativas funcionando, solamente 7 prestaban sus servicios en localidades que antes
no contaban con electricidad y que quedaban en el país, todavía, unas 2.400 localidades
desprovistas de energía eléctrica. Esa anti-económica duplicación de servicios era
consecuencia del carácter de las cooperativas existentes, las que en su gran mayoría
fueron organizadas con el fin de abastecer de energía eléctrica a centros urbanos, por lo
general ya dotados de servicio eléctrico, y con el propósito de competir con las
empresas que lo prestaban, hasta lograr su eliminación. Esta orientación bien definida
del cooperativismo eléctrico argentino difiere sensiblemente con la tendencia que
predominaba por entonces en el movimiento cooperativo mundial, en el que las
cooperativas tenían por fin completar la obra del Estado o de las empresas privadas en
la electrificación del país, extendiéndola a las zonas rurales y a las explotaciones
agrícolas. En un trabajo publicado por la Oficina Internacional del Trabajo en 1940,
sobre 9.817 cooperativas existentes en los 16 países comprendidos en la estadística sólo
el medio centenar correspondiente a la Argentina son clasificadas como urbanas. Ahora
bien, en este aspecto Córdoba ofrece una realidad diferente porque de las 7 cooperativas
que en el país funcionaban como único prestatario del servicio, 4 eran cordobesas,
cuando el total de cooperativas que había en la provincia era de apenas 13. 6 Es decir,
estamos ante otra diferencia respecto a lo que sucedió en el resto del país, especialmente
en la provincia de Buenos Aires, porque en la de Córdoba dentro de las primeras
cooperativas surgidas en los años ’30 del siglo pasado, un buen número se formó en
pequeñas localidades que hasta ese momento no contaban con servicio eléctrico.
Entre el modelo europeo más típico y la experiencia argentina hallamos una cierta
similitud. En Europa, al igual que en la Argentina, las primeras cooperativas eléctricas
nacieron en una época en que la energía se generaba en forma aislada y se distribuía
localmente en forma directa y debido a ello por lo general instalaron sus propias
centrales de generación y redes de distribución y consecuentemente comenzaron
generando la energía que distribuían; pero cuando los progresos técnicos permitieron la
generación de energía en gran escala y, esencialmente, su transmisión en volúmenes
suficientes a lugares de consumo distantes de las centrales de generación, que a su vez
posibilitó la interconexión de los sistemas eléctricos, las cooperativas se transformaron
en entes solamente distribuidores de energía eléctrica. En nuestro país, sin embargo, ese
cambio se produjo bastante tiempo después porque las cooperativas sólo se convirtieron
en entidades exclusivamente distribuidoras de energía eléctrica como consecuencia de la
intervención directa del Estado en el sector eléctrico que a partir de la segunda postguerra dio nacimiento a diversas empresas estatales –nacionales y provinciales– bajo
cuyo comando quedaron todos los sistemas de generación y transmisión de energía así
como muchas redes de distribución.
Sin embargo, aunque en el resto del país las cooperativas comenzaron, por lo general,
generando su propia energía y distribuyéndola entre sus asociados, en Córdoba este
4
fenómeno es un poco diferente pues desde un primer momento en esta provincia hubo
dos tipos de cooperativas, las generadoras de la energía que distribuían y las
distribuidoras de la energía que recibían de terceros. Este fenómeno está relacionado
con el aprovechamiento del potencial hidráulico provincial que permitió que un
porcentaje importante de las cooperativas que se crean en la década de 1930 estuviera
destinado a distribuir la energía generada en la usina “La Cascada”, ubicada en el dique
Río Tercero. Y lo mismo sucedió dos décadas después cuando se terminó la central del
dique La Viña pues las autoridades provinciales dispusieron que la energía por ella
generada fuese distribuida por las cooperativas de la región de Traslasierra; entre ellas,
las de Villa Dolores, Las Tapias, Las Rosas, Los Pozos, Los Hornillos, Las Rabonas,
Nono, Mina Clavero y Cura Brochero.
El resto de las cooperativas cordobesas, en cambio, durante muchos años generaron
térmicamente la energía que distribuían. Esta es una característica vigente durante un
largo período que va desde 1930 y hasta mediados de los años ’50, pero que comienza a
cambiar a partir del momento en que el Estado provincial formula una política eléctrica
integral para toda la provincia en la que, como se verá más adelante, el lugar y las
funciones que esa política asignó a las cooperativas eléctricas vino a equipararlas con la
experiencia internacional, tanto porque la constitución de este tipo de entidades pasó a
ser fomentada por el Estado con la misión específica de ser las encargadas de llevar el
fluido eléctrico a las pequeñas poblaciones rurales que aún carecían de él –es decir, al
igual que en Europa y en Estados Unidos pasaban a convertirse en el agente
electrificador del campo–, como porque se trató de circunscribir su participación en el
negocio eléctrico a la fase de distribución y comercialización de energía. Sin duda estas
nuevas funciones asignadas por la política oficial a las cooperativas eléctricas
cordobesas es de honda significación porque revirtió una tendencia hasta entonces
distintiva del cooperativismo eléctrico argentino y, sobre todo, porque lo hizo
exitosamente.
Durante muchos años en la Argentina y también en Córdoba el cooperativismo eléctrico
estuvo fundamentalmente constituido por entidades independientes, pero al ritmo del
proceso de desarrollo de los sistemas provinciales y nacional de interconexión, las
cooperativas se fueron incorporando a los sistemas interconectados de manera que a
partir de un 15% de entidades distribuidoras en el año 1961, la evolución hacia esa
condición de distribuidoras y la consiguiente paralización de sus centrales propias, llevó
aquella proporción al 33% en 1965 y al 58% en 1970. Es más, la modernización de la
estructura de conjunto de la cooperación eléctrica argentina no solamente las incorporó
rápidamente a los grandes y medianos sistemas interconectados establecidos por las
empresas estatales, sino que las cooperativas crearon sus propios sistemas zonales y al
finalizar el año 1970 en el país había ya 120 cooperativas proveedoras que operaban
sistemas de interconexión que servían a 86 centros urbanos con cooperativa local
distribuidora independiente y 253 sin cooperativa local distribuidora, es decir, con los
usuarios asociados directamente a la proveedora base.7 Diez años después en la
provincia de Córdoba había 70 cooperativas proveedoras, 53 cooperativas locales con
distribuidos y 168 cooperativas locales sin distribuidora.
Es decir, en la experiencia cordobesa uno de los signos más auspiciosos del período
1960-1980 es la rápida adaptación de las cooperativas a la política eléctrica provincial y
al proceso de modernización del servicio eléctrico que significan los sistemas de
interconexión y que en el caso de estas sociedades se manifestó en la tendencia a la
integración entre cooperativas y a la interconexión entre poblaciones. Más adelante
veremos que la política eléctrica diseñada por el gobierno provincial en la segunda
5
mitad de la década de 1950, que comienza a implementarse hacia fines de la misma,
contribuyó en gran medida a ese cambio porque esa política aspiraba a que las
cooperativas fuesen solamente entes distribuidores de energía y porque a través del
accionar de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC) el Estado provincial
creó la infraestructura eléctrica necesaria a tal fin. Los diversos planes de electrificación
puestos en marcha a partir de 1958 apuntaron a crear un Sistema Interconectado
Provincial (SIP), para lo cual ampliaron las redes de transmisión incorporando
numerosos kilómetros de líneas de media y alta tensión y dotaron a la provincia de
nuevas centrales térmicas, que complementaron la generación de energía hasta entonces
preponderantemente hidráulica.
En algunos países, la actuación de las cooperativas eléctricas se desarrolló sobre todo en
torno de las cooperativas ya creadas en regiones agrícolas y tuvo un carácter accesorio a
sus actividades, pero en otras el objetivo inicial y más importante fue el de suministrar a
sus asociados la electricidad que necesitaban, aunque en un caso como en otro
terminaron desempeñando una destacada función en la electrificación rural, como es el
caso de diversos países europeos y también de los Estados Unidos, en algunos de los
cuales, además, mostraron una creciente tendencia a incorporar a su oferta original la
prestación de otros servicios. En la República Argentina las cooperativas eléctricas
siguieron también esa tendencia casi desde sus orígenes y con el correr del tiempo
muchas adoptaron un perfil de multiservicios que las convirtió en cooperativas de
servicios públicos, además de atender también a la electrificación rural. Algo similar
sucede en la provincia de Córdoba donde, si no al amparo al menos con la tolerancia
oficial, ya en sus primeros años de existencia las cooperativas eléctricas comenzaron a
incorporar otros servicios, en especial el de agua potable, de modo que pese a las
dificultades que siempre lo acompañaron, el cooperativismo eléctrico siguió creciendo
no sólo en el campo de la electricidad, que le era propio, sino también ampliando sus
actividades hacia nuevos servicios a medida que la necesidad se presentaba en las
localidades donde se hallaba instalada una cooperativa. Por lo tanto, en Córdoba fueron
las cooperativas las que llevaron la electricidad al campo y al mismo tiempo anexaron a
su función inicial –producción y/o distribución de energía eléctrica– otros servicios
vitales para la comunidad –distribución de materiales y artefactos eléctricos; servicios
sanitarios, de agua potable, gas natural, teléfono y televisión por cable; diversos
servicios sociales, entre ellos fúnebres, seguros y medicina prepaga– y en pocas décadas
se transformaron en cooperativas de servicios públicos constituyendo en la actualidad,
según ya se dijo, un sector relevante dentro de la estructura económica cordobesa.8
En 1940, cuando en el país había un total de 1.100 usinas que prestaban servicios al
público, 41 de esas usinas pertenecían a cooperativas de electricidad que servían a otras
tantas localidades, aunque también había 9 cooperativas en curso de instalación y 30 en
formación; en la provincia de Córdoba funcionaban 9 entidades, en las siguientes
poblaciones: Almafuerte, Berrotarán, Canals, Deán Funes, La Porteña, Los Cóndores,
Río Tercero, Santa Rosa de Calamuchita y Villa Rumipal.9 Dos décadas después, en
1962, existían en la Argentina 557 cooperativas eléctricas, las que se distribuían de la
siguiente manera: en Buenos Aires 177, en Córdoba 127, en Santa Fe 108, en Chaco 25,
en La Pampa 24,10 en Entre Ríos y Misiones 15, en Santiago del Estero 14, en Mendoza
y Río Negro 10, en Chubut 8, en Corrientes 6, en Formosa y Neuquén 5, en Santa Cruz
3, en San Luis 2, en San Juan, Jujuy y Tucumán 1.11 En realidad, en el país en general y
en la mayoría de las provincias, la evolución del número de cooperativas eléctricas
muestra altibajos; en el primer caso se observa un aumento progresivo hasta 1969 en
que llega a 674, pero luego comienza una disminución constante de suerte que en 1980
6
ese número es de 532. Buenos Aires y Santa Fe mantienen siempre el primero y tercer
puesto en el país, pero su número sigue una evolución similar al del total nacional y lo
único que varía es el año en que comienza la disminución que en Santa Fe se produce en
1968 y en Buenos Aires en 1975, además en la primera esta tendencia se mantiene hasta
1980 en tanto que en la segunda se observa una recuperación a partir del mismo año. El
caso de Córdoba es diferente porque, si bien muestra algunos pequeños altibajos, la
tendencia general es al aumento y de 127 cooperativas eléctricas en 1962 se pasa a 200
en 1981, manteniendo siempre el segundo puesto en el país.12
3. El Estado provincial y las cooperativas eléctricas entre 1930 y 1952
En sus comienzos la cooperación eléctrica argentina tropezó con serias dificultades, que
también afectaron a las cooperativas cordobesas. Fue atacada, a veces despiadadamente,
por las empresas privadas de capital extranjero en tanto que algunos gobiernos
provinciales y municipales tardaron en comprender y aceptar al movimiento
cooperativo, especialmente el de la provincia de Buenos Aires que contaba con el mayor
número de entidades de este tipo en el país; esa política de hostilidad comenzó a
manifestarse desde los primeros años de la década de 1930, aunque fue el gobierno de
Manuel Fresco el que llevó adelante una verdadera persecución contra las cooperativas,
que contrastó francamente con la conducta seguida por otros gobiernos como los de
Córdoba y Entre Ríos durante las administraciones de Amadeo Sabattini y Eduardo
Tibiletti, respectivamente.13 La Segunda Guerra Mundial creó también problemas muy
graves a todos los servicios de electricidad del país debido a la imposibilidad de
importar materiales y equipos desde los países tradicionalmente proveedores del
nuestro. Esa situación, que se agravó en forma notoria a causa de los controles y trabas a
la importación y al envío de fondos al exterior, dificultó en grande el desarrollo de las
cooperativas eléctricas; las que se encontraban en funcionamiento vieron limitada su
expansión y las que aún no habían iniciado la prestación del servicio tuvieron que
retardar en varios años la posibilidad de instalar equipos y redes.
Contrariamente a lo sucedido en la provincia de Buenos Aires, en la política eléctrica
que comienza a diseñarse en la de Córdoba a partir de mediados de la década de 1930,
las cooperativas eléctricas ocupan un lugar especial. La primera mención oficial al
respecto la encontramos en el informe producido en 1935 por la Comisión de Estudio de
Concesiones Eléctricas creada en 1932 por el gobernador demócrata Pedro J. Frías
(1932-1936) la que, luego de advertir que la industria eléctrica cordobesa planteaba en
esos momentos un problema de Estado que requería la firme preocupación de las
autoridades provinciales y al delinear la política eléctrica futura, propuso una
configuración en cuanto a las empresas eléctricas que reservase a una entidad autárquica
del Estado, bajo la fiscalización de los poderes públicos, las grandes centrales de
generación y las líneas de transporte de energía y que concediera la distribución local a
empresas particulares. “Este sistema –aseguró la comisión–, que ha sido aplicado en
formas semejantes en otros países, permitiría la suficiente intervención del Estado, sin
implicarlo excesivamente en el comercio, la organización técnica de la industria y la
realización de las útiles iniciativas privadas locales, impidiendo el monopolio
capitalista”. En cuanto a la etapa de distribución, y aquí lo importante para la cuestión
tratada en esta ponencia, el informe sugirió que con preferencia debía procurarse “la
formación de sociedades de tipo cooperativista, en que se dé la condición de sana
economía de identidad de quienes hacen las aportaciones a la empresa y de quienes usan
de sus servicios, que produce una compensación espontánea de los precios de los
mismos y de las ganancias”.14
7
Esas sugerencias fueron recogidas de inmediato por el radical Amadeo Sabattini (19361940) quien, si bien de un signo político contrario al de la gestión anterior recibió de
ella como herencia ineludible el problema eléctrico, en su primer mensaje a la
legislatura en mayo de 1936 propuso la creación de entidades mixtas de particulares y el
Estado para la dirección y administración de las fuentes primarias de energía y la
constitución de cooperativas para la distribución y el servicio público.15 En realidad, lo
que estaban proponiendo tanto la comisión como Sabattini era aplicar en la provincia las
nuevas formas de prestación de los servicios públicos que caracterizaba la experiencia
internacional del momento y según la cual incumbía al Estado el proveer y promover
tales servicios mediante tres posibles formas de prestarlos: 1) por el propio Estado
(servicios estatales) o por concesionarios de acuerdo con leyes o convenios con el
Estado, 2) por los propios usuarios, mediante cooperativas y 3) por regímenes mixtos,
ya sea entre el Estado y las empresas particulares o entre el Estado y los usuarios.
Recordemos que por entonces el servicio eléctrico cordobés era prestado por empresas
privadas, mediante concesiones otorgadas tanto por el Estado provincial como por las
municipalidades.
Es interesante destacar que durante la administración de Sabattini, la legislatura
sancionó una ley en virtud de la cual podía someterse a la opinión de las poblaciones,
cuando así lo solicitaba un determinado número de electores, la aprobación o el rechazo
de ciertos asuntos fundamentales en el orden municipal, entre ellos los relativos a los
servicios públicos.16 Este sistema de referéndum fue puesto en práctica por primera vez
en 1940 en las localidades de Cosquín y Laboulaye a cuyas poblaciones se les consultó
acerca de si debían renovarse las concesiones a favor de las empresas extranjeras que
por entonces les suministraban el servicio eléctrico o si, por el contrario, debía
adjudicarse esa prestación a las cooperativas que se habían organizado al efecto. El
referéndum se hizo el mismo día que se llevaron a cabo las elecciones de renovación del
poder ejecutivo provincial y de las autoridades municipales y los resultados arrojaron
una sorprendente unanimidad de opiniones, pues el rechazo de la renovación de
concesiones y los votos por las cooperativas fueron de 1.028 contra 1, en Cosquín y de
993 y ninguno en contra en Laboulaye. (DEL RÍO, pp. 85-86)
El sucesor de Amadeo Sabattini fue otro radical, Santiago H. del Castillo,17 quien
también adhirió a la idea, contenida en el informe de 1935, de que el gobierno
provincial debía orientarse decididamente hacia la estatización de la industria eléctrica
en sus aspectos principales, reservando a una entidad autárquica, bajo la fiscalización de
los poderes públicos, las grandes centrales de producción y las líneas de transporte, y
dejando la distribución a cargo de los municipios, de empresas mixtas o de carácter
cooperativo. En este sentido, al hacerse cargo del gobierno, Castillo se manifestó
contrario del “régimen de concesiones para grandes sistemas industriales” y, en cambio,
sostuvo que “las concesiones sólo pueden aceptarse en comunas aisladas, siendo
preferibles para la explotación entidades de organización popular o empresas locales”.18
Palabras más, palabras menos, Castillo había repetido lo que dijera Sabattini días antes
de dejar la gobernación.
En lo que se refiere al papel que debían jugar las cooperativas dentro de la política
eléctrica provincial observamos una continuidad, pero esa continuidad pareciera
desaparecer durante la actuación de la intervención federal a la provincia dispuesta por
el gobierno de facto resultante del golpe de estado de junio de 1943, durante la cual
continuó actuando la comisión investigadora creada en 1932, aunque sus miembros
habían sido renovados ya varias veces. A fines de 1943 esa comisión presentó a las
autoridades provinciales un nuevo informe en el que no se mencionó en ningún
8
momento a las cooperativas, pese a que por entonces y según las planillas incorporadas
al final de la publicación existían once sociedades de ese tipo, pero en el que respecto
del sector eléctrico se sostuvo la conveniencia de la implantación de un régimen que
permitiera pasar, gradualmente, de un orden privado a otro público. La propuesta
fundamental contenida en tal informe fue que se declarase servicio público a la
producción, transporte y distribución de la energía eléctrica en el territorio de la
provincia; es decir, el concepto de servicio público debía hacerse extensivo a las tres
fases fundamentales de la industria.19 Al respecto, la comisión aseguró que
La primera de ellas, la generación, es una actividad esencialmente técnica; el
transporte es más bien una operación mecánica, mientras que la distribución es casi
exclusivamente de índole comercial. No se discute hoy, en nuestro medio, que la
generación y el transporte deban estar, en absoluto, a cargo de la provincia; ya nadie
pretende que se entreguen a empresarios particulares, cualquiera sea su forma de
organización jurídica y su procedencia, la explotación de los grandes diques de
construcción reciente, ni el aprovechamiento de las fuentes naturales de energía, ni
las fábricas que pasarán dentro de poco a ser de su propiedad. 20
Además, en cuanto a la generación y transporte, la comisión hizo notar asimismo que la
provincia había podido mediante su propio esfuerzo construir las obras hidráulicas, que
era lo fundamental; que a ingenieros argentinos se debía el haberlas proyectado y que
“con capitales argentinos han sido construidas, capitales que la provincia debe restituir a
quienes adquirieron sus títulos. Lo más ha sido ya ejecutado; lo otro, lo menos, puede
enfrentarlo con mejores posibilidades”.21 Por otra parte, tanto razones de carácter
económico como técnico aconsejaban que fuese la provincia la que se encargase de
tender la vasta red para interconectar las usinas y transportar la energía a los mercados
de consumo. En lo que se refiere a la distribución se la consideraba de una aún más
factible realización pues sólo se trataba de organizar la tarea de conectar las
instalaciones domiciliarias a las redes de propiedad provincial, colocar los medidores
del consumo y destacar mensualmente las personas encargadas de verificar la lectura y
efectuar las cobranzas.
Está claro, pues, que en 1943 hacía casi una década que las autoridades cordobesas
venían orientando sus políticas en el sentido de ejercer una mayor intervención en el
sector eléctrico, con el fin de socavar el monopolio privado y operar un control directo
sobre su explotación, pero al respecto es conveniente añadir que a esta altura esa
tendencia también se había hecho presente en la política que al respecto seguía el
gobierno nacionalista instalado en el país en 1943. Lo cierto es que el resultado de aquel
informe fue el decreto de la intervención federal de octubre de 1944 en el que se
estableció la condición de servicio público y se definió la política de Estado para la
industria eléctrica, pero es asimismo cierto que fue necesario esperar hasta 1946 para
que, también por decreto, se dispusiera su estatización –provincialización, en este caso–,
y si bien en ninguno de los dos casos se contempló la participación de las cooperativas
eléctricas, estas entidades continuaron funcionando sin que se definiera su posición
dentro de la política eléctrica provincial, aunque con la aceptación implícita de las
autoridades provinciales que nunca entorpecieron su accionar. No obstante, esa
definición no tarda en llegar y aparece de la mano de dos hechos de gran significación
en el proceso de estatización del sector eléctrico cordobés: la creación de la Empresa
Provincial de Energía de Córdoba (EPEC) y la formulación e implementación, por
primera vez en la provincia, de una política energética integral.
Antes de continuar es oportuno echar una mirada a la evolución del cooperativismo
eléctrico en la provincia, en el período anterior a la estatización definitiva del sector
eléctrico. Ese movimiento, que ya se dijo nace en 1930, en dos décadas había logrado
9
un apreciable desarrollo.22 En efecto, a fines de 1952 la provincia contaba con 54
cooperativas eléctricas, según se puede ver en el cuadro 1 donde se consigna la
localidad en la que estaban asentadas y la fecha de fundación. De este último dato
resulta que 13 de esas cooperativas se crearon en los años ‘30; 31 en los años ’40 y 10
entre 1950 y 1952. Esta evolución del número de las cooperativas eléctricas se dio en el
marco de una política que si bien tardó en definirse a favor de este tipo de entidades,
poco a poco se fue encaminando hacia un decidido apoyo a las mismas. No obstante, de
acuerdo a las estadísticas oficiales, por los capitales invertidos, la potencia instalada y la
energía vendida, en 1939 las cooperativas eléctricas aún ocupaban un lugar
absolutamente marginal dentro de la industria eléctrica argentina;23 y esa realidad, que
se mantuvo durante las dos décadas siguientes, no fue distinta en la provincia de
Córdoba.
Cuadro 1
Localidades en las que en 1980 funcionaban
cooperativas eléctricas creadas con anterioridad a 1953
Año de
creación
1930
1931
1932
1933
1935
1936
1937
1938
1939
1940
1941
1942
1945
1947
Localidad
Año de
creación
Canals
Almafuerte
Los Cóndores
Deán Funes
1948
Río Tercero
Villa Rumipal
Porteña
Huinca Renancó
Laboulaye
Santa Rosa de Calamuchita
Berrotarán
Villa del Dique
Hernando
1949
Elena
Villa Dolores
Alcira (Estación Gigena)
Embalse
Villa General Belgrano
1950
La Cruz
Arroyo Cabral
Brinckmann
1951
Colonia Caroya
Corralito
San Agustín
Santa Eufemia
1952
Villa de Soto
La Serranita
(*) Cooperativa rural
Localidad
Alpa Corral
Amboy
Despeñaderos
El Arañado
Etruria
Justiniano Posse
Laguna Larga
La Paquita
Las Perdices
Marull
Cañada de Luque
El Parador de la Montaña
Holmberg
La Cautiva
La Rancherita-Las Cascadas (*)
Mina Clavero
Quilino
Agua de Oro
Los Cisnes
General Paz
Guatimozín
José de la Quintana
San Marcos Sierras
Sebastián Elcano
Freyre
La Granja
Las Higueras
4. El Estado provincial y las cooperativas eléctricas entre 1953 y 1981
Como consecuencia de la política de progresiva estatización de los servicios públicos
que vive el país a partir de fines de la década de 1940, la situación descripta en el
apartado anterior cambia a partir de 1953, iniciándose un segundo momento en la vida
de las cooperativas eléctricas argentinas y cordobesas. Ese período, que se extiende
hasta fines de la década del ’80 se caracterizó por una expansión de las actividades del
Estado que dio nacimiento a las empresas públicas de energía que absorbieron
10
paulatinamente las redes privadas. El Estado concentró bajo su control monopólico la
prestación de los servicios fundamentales –la electricidad, gas, teléfonos, ferrocarriles,
aguas corrientes y saneamiento, puertos, aeronavegación, almacenamiento de granos– y
en ese contexto, donde la dilatada actividad estatal dejaba poco espacio para la actividad
privada, las cooperativas eléctricas sufrieron las consecuencias de un cambio radical en
las condiciones de su relación con el Estado. Mientras en la etapa anterior el Estado
había mostrado poco interés en la prestación o, eventualmente, en el control de los
servicios públicos, en esta etapa absorbió todas las actividades relacionadas con el
sector eléctrico (generación, transporte y distribución), y ese control monopólico que el
Estado ejercía sobre las actividades de generación y transporte sometió a las
cooperativas, dedicadas cada vez más a la distribución, a rígidos controles de tarifas y
rigurosas reglamentaciones. Sin embargo, a pesar de las limitaciones mencionadas, las
cooperativas eléctricas siguieron creciendo en número e importancia. Para comprender
la dimensión alcanzada por el movimiento cooperativo eléctrico argentino en esta etapa
basta con señalar que en 1981 existían en el país más de 500 cooperativas prestadoras
del servicio eléctrico.
Como ya se anticipara, en Córdoba el apoyo oficial al cooperativismo eléctrico llegó el
31 de diciembre de 1952 cuando se sanciona la Ley 4358, que creó la EPEC,24 en cuyo
artículo 2° inciso c se dispuso, siguiendo en esto una experiencia frecuente en otros
países donde las cooperativas eléctricas recibían protección de las grandes empresas
públicas, que la nueva empresa debía fomentar de una manera decidida la constitución
de cooperativas eléctricas. Esta decisión política, que fue crucial para el posterior
desarrollo de la electrificación en la provincia mediterránea, fue complementada con la
formulación de una política eléctrica integral en 1957, durante la intervención federal
encabezada por el mayor Medardo Gallardo Valdez, la que comienza a implementarse a
partir de 1958, durante la administración de Arturo Zanicchelli. En ella se recoge la
propuesta que ya vimos se hace a mediados de la década de 1930 y, por lo tanto, en el
nuevo plan eléctrico la función destinada a las cooperativas fue complementaria de la
acción del Estado provincial en el sector eléctrico. El Estado se encargaría de la
producción y transporte de energía en todo el territorio provincial, en tanto que la
distribución sería asumida por él sólo en las zonas ya electrificadas, y dentro de ellas
preferentemente en las grandes concentraciones urbanas, y serían las cooperativas las
que llevarían la electricidad a las amplias zonas aún no electrificadas, especialmente las
rurales, y también continuarían prestando el servicio en los centros urbanos medianos y
pequeños. Es decir, en la nueva política eléctrica la función del cooperativismo eléctrico
era preferentemente la de distribuir la energía generada por el propio Estado con sus
centrales hidroeléctricas y térmicas y decimos preferentemente porque en realidad a lo
que se aspiraba era a que las cooperativas, en su totalidad, fueran solamente entes
distribuidores de energía, pero para alcanzar tal meta primero era necesario que el
Estado creara la infraestructura eléctrica básica y hasta tanto eso sucediera no hubo otra
alternativa que tolerar la existencia de cooperativas independientes que generaban su
propia energía.
En cumplimiento de esa política la EPEC trabajó intensamente en pro de la expansión y
mejoramiento de los servicios eléctricos, propendiendo a que la continuidad de sus
esfuerzos técnicos y económicos condujeran a cubrir no sólo el acentuado déficit
energético que gravitaba sobre la población desde antes que el Estado se hiciera cargo
de las prestaciones, sino también el incremento anual de la demanda en todo el territorio
provincial, la que ya en 1965 acusó porcentajes superiores a los promedios normales
que por entonces se registraban en el orden mundial. En el desarrollo de esta política, la
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EPEC procedió permanentemente a expandir el SIP, construyendo nuevas centrales de
base y líneas de alimentación e interconexión, con miras a eliminar las fuentes de
rendimiento antieconómico, aunque en lo que a infraestructura eléctrica se refiere el
crecimiento del sector no fue homogéneo, pudiéndose diferenciar con claridad distintas
regiones de características propias: centros importantes (Córdoba, Río Tercero, Villa
María, Río Cuarto, San Francisco, etc.) y zonas marginales con servicios deficientes o
carentes de él.
Cuadro 2
Cooperativas eléctricas creadas entre 1953 y 1962
Año de
creación
1953
1954
1955
1956
1957
1958
Localidad
Adelia María
Altos de Chipión
Anizacate
Arroyito
La Francia
Las Varas
Oliva
Oncativo
Río Primero
General Levalle
Huanchilla
San Isidro
Santa Rosa de Río Primero
Coronel Moldes
El Fortín
Ordóñez
Achiras
Colonia Tirolesa
Los Hornillos
Luque
Nono
Tío Pujio
Vicuña Mackenna
Villa Santa Isabel
Villa Fontana
Camilo Aldao
El Tío - Villa Concepción
La Playosa
La Puerta
Las Varillas
Monte Buey
Pozo del Molle
Sacanta
Sampacho
Saturnino M. Laspiur
Villa Tulumba
Bengolea
Calchín
Carrilobo
Año de
creación
1958
1959
1960
1961
1962
Localidad
Cavanagh
Colazo
Colonia Prosperidad
Chazón
General Baldissera
General Deheza
General Roca
Inriville
La Para
Las Junturas
Luyaba
Toledo
Viamonte
Villa de las Rosas
Villa del Rosario
Villa Reducción
Cintra
Colonia San Bartolomé
Del Campillo
Las Acequias
Morteros
San Antonio de Litín
Tránsito
Villa Huidobro
Alicia
Jovita
La Laguna
Monte Cristo
Monte Ralo
Salsacate
Villa Ascasubi
La Tordilla
San José de la Dormida
San Marcos Sud
Ticino
Colonia Marina
Las Peñas
Luca
Melo
Sin duda la meta perseguida por los poderes públicos era lograr la incorporación de
todas las cooperativas al sistema eléctrico provincial. Este objetivo, sin embargo, no fue
fácil ni rápido de alcanzar. En 1958 las cooperativas atendidas por el SIP eran
solamente 7 (Colonia Caroya-Jesús María-Oliva-Oncativo-Villa General BelgranoAgua de Oro-La Granja), cuatro años después, en 1962, esa cifra había trepado a 45
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sobre un total de 125 cooperativas. Para 1965, prestaban servicio 148 cooperativas de
las cuales 62 recibían energía de la EPEC para distribuir entre sus 70.000 usuarios,
alcanzando el total de energía suministrado a las mismas a 39.246.944 kWh. La cifra
precedente es elocuente de por sí, por cuanto pone de manifiesto el notable desarrollo
que había logrado el cooperativismo en los servicios eléctricos menores.
El proceso de incorporación de las cooperativas al SIP continuó en los años siguientes
en forma permanente, como consecuencia de la extensión de líneas de alta tensión y
demás obras eléctricas construidas por la empresa provincial, de manera que en 1980
sobre un total de 173 cooperativas existentes en la provincia,25 solamente 8 generaban
su propia energía, atendiendo 3.670 usuarios contra los 157.309 servidos por las
restantes. Ese proceso de interconexión al sistema provincial, no sólo permitió que
muchas cooperativas dejaran de generar energía y se convirtieran en cooperativas
distribuidoras, sino que además corrió paralelo con el proceso de constitución de nuevas
cooperativas, en cuyas tramitaciones legales la EPEC colaboró en forma por demás
activa,26 de manera que en 1980 el proceso de interconexión, cuyo ritmo de avance fue
muy intenso en los años 70’, arrojaba cifras realmente alentadoras pues los sistemas
cooperativos interconectados contaban, como se dijo más arriba, con 70 cooperativas
proveedoras, 53 cooperativas locales con distribuidora y 168 cooperativas locales sin
distribuidora.
Ciertamente, la permanente ampliación del SIP provocó paralelamente una menor
generación por parte de las cooperativas de electricidad, tendencia que se observa
claramente a partir de 1976 y se acentúa en los años siguientes hasta que en 1980 la
energía generada por las cooperativas sólo representaba un 0,27% de la generación total
provincial. La evolución de la potencia nominal instalada de las cooperativas es
asimismo una clara muestra del avance del proceso de interconexión. En efecto, su
participación en el total provincial empieza a decrecer en forma acentuada desde
comienzos de la década de 1970 y su participación porcentual, que a fines de la década
anterior era de alrededor del 6%, es prácticamente nula en 1980 con sólo 0,3%. Los
resultados logrados por la política oficial respecto de las cooperativas también pueden
medirse a través de su participación porcentual en el consumo de energía, que hacia
1960 era de alrededor del 3% pero que, merced a un crecimiento constante a lo largo del
periodo estudiado, en 1980 llegó a representar el 20,3% del total de energía vendida por
la EPEC.
En virtud de la política oficial que asignaba a las cooperativas una función
complementaria de la acción del Estado provincial en el sector eléctrico, desde su
creación la EPEC fomentó de una manera decidida la constitución de ese tipo de
sociedades para que se hiciesen cargo del servicio en las localidades aún no
electrificadas y especialmente en las zonas rurales, y con ese fin brindó información y
asesoramiento, interesando a los vecinos de las comunidades afectadas sobre los
beneficios que las mismas les ofrecían. De este modo, de alguna manera la EPEC
complementó las funciones que desde comienzos de los años ’40 venía desempeñando
la Federación Argentina de Cooperativas de Electricidad (FACE), organización creada
para centralizar y dar empuje a la propaganda a favor de la creación de cooperativas
eléctricas. Al respecto conviene recordar que entre las funciones a cumplir por la FACE
figuraban la prestación de ayuda financiera a las cooperativas asociadas, la creación de
un cuerpo de colaboradores especializados en asuntos eléctricos, económicos y jurídicos
–para asesoramiento de las cooperativas eléctricas y para propender a que las mismas
adoptasen las mejores normas técnico-administrativas y cumpliesen estrictamente las
leyes–, y la capacitación cooperativa y técnica de los asociados y especialmente del
13
personal de las cooperativas, mediante la organización de cursos. Pues bien, en Córdoba
esas funciones fueron cumplidas desde 1953 por la EPEC y dieron por resultado un gran
crecimiento del número de cooperativas eléctricas.
El progresivo y paulatino crecimiento del número de cooperativas en el interior de la
provincia, que comienza a notarse desde los últimos años de la década de 1950 y se
incrementa en forma notoria en la siguiente, se produjo fundamentalmente gracias al
apoyo oficial, pues la política de fomento que se siguió respecto de las cooperativas se
basó en el convencimiento de que sería la constante colaboración entre ellas y la EPEC,
lo que permitiría el logro de los objetivos fundamentales de la política eléctrica que
encaraba el gobierno de la provincia a través de su organismo especializado. Y en esa
colaboración, junto con el apoyo económico-financiero –al que se aludirá especialmente
en seguida–, también estuvo presente el técnico, legal, contable y administrativo. En
efecto, la ayuda dispensada a las cooperativas no fue solamente económica, sino que la
EPEC también colaboró permanentemente con las cooperativas preparando planos,
estudios y documentación para licitar obras destinadas a las mismas y vendiéndoles
materiales y equipos críticos; allanando las dificultades inherentes a su constitución;
brindándoles asesoramiento contable y controlando su funcionamiento. Es decir,
siempre hubo una permanente y favorable preocupación por el buen funcionamiento de
las entidades cooperativas.
Cuadro 3
Cooperativas eléctricas creadas entre 1953 y 1962
Año de
creación
1963
1964
1965
Localidad
Dalmacio Vélez
Eduardo Bulnes
La Cesira
Las Vertientes
Pueblo Italiano
San Basilio
Sarmiento
Ausonia
Coronel Baigorria
Idiazábal
Italó
Los Zorros
Lozada
Matorrales
Miramar
Pasco
Villa Valeria
Ascochinga
Carnerillo
Los Reartes
(*) Cooperativa rural
Año de
creación
-
Localidad
Media Naranja-El Brete
Rafael García
1965
Río de los Sauces
Simbolar
Chilibroste
Leones (*)
1966
San Francisco (*)
Serrano
1967
Arroyo Algodón
Colonia Malbertina
Isla Verde (**)
1968
Santa Mónica
Silvio Pellicó
Villa Nueva (*)
1969
Colonia Almada
Chucul
1970
Las Arrias
Lucio V. Mansilla
1971
Benjamín Gould
1972
Los Chañaritos
(**) Cooperativa regional
Con tal apoyo oficial, no debe sorprender el crecimiento vertiginoso del número de las
cooperativas eléctricas cordobesas entre 1953 y 1970, que permitió pasar de las 54
entidades existentes a fines de 1952, a un total de 200, cantidad a la que se llegó en
forma paulatina pero constante a comienzos de la década de 1980. En los cuadros 2 y 3
se puede observar que entre 1953 y 1962 se constituyeron 78 nuevas cooperativas y
entre 1963 y 1972 otras 40; es decir, se fundaron 132 nuevas cooperativas en veinte
años, mientras que en los diez siguientes años sólo se creó una, la de Laborde en 1973.
14
Además, hemos comprobado la existencia de otras 28 cooperativas cuya fecha de
fundación aún desconocemos pero que estaban funcionando en 1981; esas cooperativas
con las siguientes: Alto Alegre, Arias (cooperativa rural), Ballesteros (cooperativa
rural), Bouwer, Calchín Oeste, Colonia Bismark, Costa Sacate, Chancaní, Charras,
General Fotheringham, La Cumbrecita, La Higuera, La Palestina, Manfredi, Mattaldi,
Monte leña, Morrison, Obispo Trejo, Olaeta, Pascanas, Plaza San Francisco, San José
de las Salinas, San Carlos Minas, Sobremonte, Tancacha, Ucacha y Villa de María. Por
otra parte, esas 200 cooperativas –167 estaban ligadas directamente y 29 indirectamente
al sistema interconectado de la EPEC y 3 generaban aún su propia energía– servían a
2.331.676 habitantes –cuando la EPEC servía a 1.893.377 habitantes– a los que les
vendían 349.585.416 kWh.27
5. El apoyo crediticio a las cooperativas eléctricas
Desde sus comienzos y durante mucho tiempo el cooperativismo eléctrico argentino
tropezó con el inconveniente de su incapacidad para financiar la instalación del servicio
y de la ausencia de una adecuada política crediticia que apoyara sus esfuerzos. Es
verdad que en 1926 el congreso sancionó la Ley 11.380 que facultó al Banco de la
Nación Argentina28 y al Banco Hipotecario Nacional a conceder a las cooperativas
créditos de hasta el 80% de la inversión total a realizar y pagaderos en cómodos plazos,
y que el Banco de Crédito Industrial Argentino –creado en 1943– contó con líneas de
crédito destinadas a los entes cooperativos,29 pero ni esos bancos oficiales ni los
privados en realidad prestaron debida atención al problema financiero de estas
entidades, a las que sólo les otorgaban préstamos muy reducidos en relación con los
montos de inversión y siempre con avales y garantías personales de sus consejeros, de
manera que en sus comienzos, sus insuficientes instalaciones iniciales debieron ser
financiadas sobre la base de créditos –comerciales o bancarios– a corto plazo y con altos
intereses, lo que por cierto nunca fue la mejor solución sobre todo porque nunca estuvo
al alcance de todas las cooperativas.
Ahora bien, aunque desde el gobierno federal esto sólo comienza a cambiar en los
primeros años de la década de 1950 cuando los entes oficiales vinculados con la
prestación del servicio eléctrico empezaron a atender los problemas de financiamiento
de las obras que realizaban las cooperativas eléctricas, con anterioridad en Córdoba
hubo una iniciativa que trató de lograr el apoyo de la institución oficial de crédito de la
provincia para que esas entidades pudiesen iniciar sus actividades. Se trata del proyecto
de ley presentado por el senador radical Juan A. Más, que fue sancionado por la
legislatura a fines de setiembre de 1940 por considerarlo de “interés de orden general en
el aspecto no sólo económico y financiero, sino también social”. (Senado, 940, t. 1, p.
620) Esa ley facultaba al Banco de Córdoba, para que por cuenta del gobierno
provincial, acordase a las cooperativas de electricidad establecidas dentro del territorio
cordobés, préstamos especiales que representasen hasta un 60% del costo de las
maquinarias y materiales, cuya adquisición hubiere sido constatada con anterioridad al
pedido de préstamo, a un interés del 5% anual, con garantía real o prendaria y por un
plazo que no excediese de los diez años. Para hacer uso de esos préstamos las
cooperativas debían cumplir con todos los requisitos establecidos al respecto por las
leyes nacionales y provinciales, poseer edificio propio sin gravamen y gozar de una
concesión provincial o municipal para el uso de la vía pública con la instalación de
redes para el suministro de corriente eléctrica, por un plazo no menor de 10 años a
contar desde la fecha en que se iniciase la prestación de servicios. La iniciativa fue
recibida con general complacencia y contó con el apoyo del sector demócrata porque
15
como manifestara uno de sus miembros, el senador David de la Torre Peña, era una
“oportunidad magnífica para que el senado hunda bien el escalpelo en el trust eléctrico
que en este momento está asolando la riqueza de la provincia”; (Senado, 1940, t. I, p.
626). Sin embargo, la ley 3877 hubo de ser vetada, muy a su pesar, por el gobernador
Santiago H. del Castillo porque en el presupuesto general no había fondos disponibles
para atender ese gasto y por lo tanto “el muy plausible objetivo que persigue la ley, sólo
sería viable mediante fondos especiales que arbitrara el gobierno para destinarlos
oportunamente a tales préstamos”. (Senado, 1940, t. II, p. 897) Dos años después, el
senado provincial envió al archivo este mensaje del gobernador por el cual devolvió
observada la ley, con lo que la iniciativa, que fue calurosamente acogida por los
cooperativistas, quedó frustrada por la incapacidad financiera del Estado provincial,
aunque sirvió para demostrar que los poderes públicos cordobeses, sin distinción de
color político, deseaban alentar a las cooperativas eléctricas a fin de que la provincia se
independizara de la tiranía que ejercían las compañías eléctricas extranjeras.
La superación de la dificultad representada por la incapacidad para financiar la
instalación del servicio, agudizada por la ausencia de una política crediticia adecuada,
encuentra una vía de escape con la sanción en 1960 de la Ley nacional 15.336 que
constituye el Fondo Especial de Desarrollo Eléctrico del Interior (FEDEI) y la
resolución N° 29/63 de la Secretaría de Energía que permitió el acceso directo de las
cooperativas a esta fuente crediticia que otorgaba préstamos a 15 años de plazo y 6% de
interés, pese a que esos aportes nacionales,30 aunque importantes, no fueron suficientes
pues siguieron faltando las fuentes crediticias para el desenvolvimiento de corto plazo y
para la diversificación de actividades y por lo tanto fue necesario que la acción del
gobierno nacional fuera complementada por la de los provinciales, que en el caso de la
provincia de Córdoba se realizó a través de la EPEC. En efecto, compenetrada de la
función que competía al Estado y de las dificultades financieras que debían afrontar las
cooperativas, la EPEC resolvió crear el “Fondo para Fomento de Sociedades
Cooperativas de Electricidad”,31 aunque esta medida no fue todo lo efectiva que se
esperaba debido a que los fondos votados por la legislatura provincial fueron exiguos y
no alcanzaron a cubrir el volumen de los pedidos formalizados por las cooperativas, que
apenas lograban hacer frente a las necesidades propias de la explotación del servicio.32
Esa ayuda financiera formaba parte de la política de fomento de las sociedades
cooperativas llevada adelante por EPEC, política que incluyó asimismo el permanente
apoyo en las gestiones destinadas a adquirir, sea mediante compra a precios ventajosos
o por préstamo, los grupos electrógenos que necesitaban. Es más, siempre en el marco
de esa política, la EPEC no sólo concedió préstamos en efectivo, también prestó y/o
arrendó motores, transformadores y elementos básicos y complementarios para el
mejoramiento en la prestación del servicio, los que eran instalados con el control de sus
empleados.
No obstante, la realidad muestra que la situación financiera de las cooperativas fue
siempre un problema debido a la política de tarifas que en muchos casos opuso
dificultades, a veces casi insalvables, para el desarrollo de la cooperación eléctrica. Es
verdad que durante años la estabilidad económica argentina permitió a las cooperativas
de electricidad mantener tarifas que eran de por sí el mejor medio de promoción y
propaganda del sistema pero luego, cuando el país entró en la corriente inflacionaria y
se manifestó agudamente la política de regulación y control de precios, las cooperativas,
pese a ser entidades de bien público sin fines de lucro, sufrieron las consecuencias de
ese régimen indiscriminado de control de sus tarifas. La política demagógica aplicada a
las tarifas de los servicios públicos creó a las empresas estatales situaciones muy
16
difíciles en tanto que las cooperativas, limitadas por los controles estatales y por la
competencia de las tarifas oficiales, debieron trabajar con márgenes tan reducidos que
no les permitieron una razonable amortización y renovación de sus equipos. Por otra
parte, problemas de política laboral y tendencias estatistas crearon también dificultades
importantes al movimiento cooperativo eléctrico.
6. La electrificación rural, empresa conjunta del Estado
y las cooperativas eléctricas
La electrificación rural es un capítulo importante en el desarrollo eléctrico argentino, en
el que las cooperativas eléctricas fueron precursoras, mucho antes de que el tema
preocupase a los poderes públicos y cuando la política de las empresas privadas,
atenidas a la rentabilidad, no planificó ni un metro de línea rural. Las cooperativas, en
cambio, demostraron ser capaces de hacer electrificación rural con eficiencia y la
primera tentativa de llevar la electricidad a la población dispersa en la inmensidad del
agro fue realizada precisamente por la cooperativa cordobesa de Colonia Caroya y su
exitosa experiencia fue seguida por la de Eldorado (Misiones) y por varias cooperativas
mendocinas, sin embargo, para 1960 en la Argentina la electrificación rural todavía era
una asignatura pendiente.
La provincia de Córdoba, que no había escapado a esa realidad nacional, comenzó a
preocuparse por la cuestión desde mediados de la década de 1950 cuando el Estado
provincial dejó en manos de la empresa estatal de energía la solución del problema. En
efecto, entre sus diversas funciones, la EPEC también tuvo a su cargo la promoción de
la electrificación rural y en esta tarea fue muy bien secundada por las cooperativas
eléctricas que jugaron un papel esencial en todos los planes de ese tipo que a partir de
1960 se ponen en práctica en la provincia, cuyas obras siempre fueron realizadas con
aportes mutuos de los usuarios y del Estado. Mientras éste se encargó de proveer la
infraestructura eléctrica básica mediante la construcción de centrales generadoras –
especialmente regionales–33 y de líneas de transporte, las cooperativas se convirtieron
en el vehículo más idóneo en la etapa de distribución y comercialización de energía
construyendo, con el apoyo de la EPEC, las obras necesarias a tal fin. Este rol
complementario de las funciones de la EPEC y de los propósitos del Estado, que las
cooperativas cumplieron por lo general con eficiencia, está presente en todos los planes
de electrificación rural ejecutados en forma integral y continua desde comienzos de los
años ’60, en los que el accionar de la empresa oficial está presente también a través del
trabajo de su personal especializado que promovió numerosas reuniones pro
electrificación rural destinadas a la preparación de los proyectos de las obras a ejecutar
por las cooperativas.34 En realidad para entonces la promoción de la electrificación rural
ya había sido iniciada por algunas cooperativas eléctricas, que compenetradas de su
conveniencia habían planificado la extensión de sus líneas hacia las áreas
eminentemente rurales de sus zonas de influencia, primero en las chacras y quintas
aledañas a la ciudad capital y siguiendo luego con zonas más alejadas del interior
provincial,35 de suerte que para fines de esa década ya se habían construido diez líneas
de ese tipo, catorce estaban en obra y otras ocho listas para iniciar los trabajos. En todos
los casos las obras fueron financiadas con préstamos otorgados por el gobierno
provincial, porque las cooperativas no estaban en condiciones de afrontar por sí mismas
las cuantiosas inversiones que demandó la construcción de las líneas de transmisión.
Durante la década de 1960 se había logrado arrancar pero el proceso de electrificación
rural sólo estaba en sus comienzos y, sobre todo, aún no se contaba con un marco legal
17
en el que se insertara la acción tanto del Estado como de las cooperativas, pero este paso
se cumplió en setiembre de 1971 con la sanción de la Ley 5252, que declaró de interés
provincial y de “urgente necesidad para el desarrollo de la economía agropecuaria” la
promoción y ejecución de obras de electrificación rural en todo el territorio de la
provincia, entendiendo por tales a aquéllas destinadas a proveer de energía eléctrica a
los predios rurales y/o plantas industriales de actividades afines radicadas en la zona de
influencia de las obras de electrificación.36 Los encargados de realizar los estudios
dirigidos a determinar las necesidades y a satisfacerlas, mediante “un racional y
económico abastecimiento de energía eléctrica” desde las fuentes de producción que
operaba la EPEC hasta las zonas rurales, serían esa empresa oficial y el ministerio de
agricultura y ganadería, los que actuarían conjuntamente con el Instituto Nacional de
Tecnología Agropecuaria (INTA).
El decreto reglamentario –N° 1285, del 27 de marzo de 1972– precisó algunos términos
que consideramos útil tener en cuenta. Se consideraría predio rural a la finca para la
explotación agropecuaria o aquella con posibilidades de serlo, y planta industrial al
conjunto de instalaciones afectadas a la elaboración de productos agropecuarios.37 La
zona de influencia de la cooperativa de electricidad y/o de servicios públicos era el área
en la cual se le autorizaba a prestar el servicio público de electricidad. La determinación
de las zonas a electrificar sería facultad del poder ejecutivo provincial, el que podía
declarar “zonas de contribución obligatoria” a aquellas áreas que se considerase
conveniente electrificar y que contasen con la aceptación de más del 50% de los
productores afectados.38 Además, en esas áreas debía existir o constituirse al menos una
cooperativa, la que tendría la exclusividad del servicio eléctrico y sería la encargada de
gestionar la conformidad de los futuros usuarios y, cuando esos adherentes hubiesen
reunido el capital o crédito suficiente como para cubrir más del 50% de los costos de las
obras, de solicitar la declaración de “zona de contribución obligatoria”. Obtenida esa
declaración la EPEC confeccionaría el padrón de contribuyentes, el catastro parcelario y
el catastro eléctrico, para todo lo cual exigiría de los propietarios y/o arrendatarios, bajo
declaración jurada, la potencia eléctrica que demandasen y demás datos que se
considerasen necesarios.
Para la realización del estudio socio-económico conducente a la ejecución de las obras,
se debía reunir una serie de antecedentes relacionados con la ubicación geográfica de la
zona a electrificar y con las razones que justificasen la obra propuesta y que serían
estudiados por un Consejo Consultivo integrado por representantes de los organismos
oficiales ya mencionados y de entidades representativas de productores rurales y de
cooperativas eléctricas cuyo objeto fuera la prestación del servicio eléctrico en las zonas
rurales. La información a reunir estaba referida a la producción de la zona; la cantidad
de productores y de futuros usuarios; la capacidad económico-financiera; el área total
del predio; el área sembrada y tipo de cultivo; el área destinada al pastoreo, clase y
cantidad de animales; la cantidad de plantas industriales; y sobre todo respecto de la
incidencia de la electrificación en todos los aspectos de la actividad rural. Además, con
la solicitud se debía presentar asimismo el programa, la descripción de las obras
propuestas y los planos respectivos, además de un certificado de la EPEC en el que
constase la factibilidad del suministro de energía eléctrica y de un presupuesto
estimativo, de un programa de inversiones, de un plan de trabajos y de un análisis del
régimen de tarifas a aplicar, entre otros requisitos. En relación con la ejecución de las
obras, quedó establecido que en todos los casos las mismas deberían ser realizadas por
la o las cooperativas eléctricas y/o de servicios públicos y podrían ser construidas por
etapas, conforme a tres alternativas: 1) por contratación por licitación pública completa
18
y única, 2) por licitación pública para la provisión de materiales y mano de obra por
separado o 3) por licitación pública para la provisión de materiales y realización de
mano de obra por administración.
El costo total de la obra estaría a cargo de los contribuyentes y sería prorrateado entre
ellos en la siguiente proporción: un 20% por partes iguales; un 50% directamente
proporcional a la superficie del predio y el 30% restante directamente proporcional a la
potencia demandada por el contribuyente o por el futuro usuario del servicio público
rural de electricidad, pero la cooperativa debería financiar a los contribuyentes, como
mínimo, el 60% del costo de las obras de electrificación obligatoria, con un plazo igual
al que le fuese concedido a ella por la entidad crediticia que hubiese otorgado el
préstamo a tales fines; el saldo hasta cubrir el 100% sería aportado por los
contribuyentes en un máximo de cuatro cuotas iguales. Al respecto, en el plan eléctrico
del año 1977 las autoridades provinciales destacaron “la importancia de aprovechar al
máximo este tipo de posibilidades para realizar obras públicas, sin ocasionar erogación
alguna al Estado provincial, dado que el responsable de las obligaciones emergentes de
los créditos es el propio usuario, quien ve facilitada la absorción de este cargo por las
condiciones favorables de los mismos.39
Es evidente que la Ley 5252 vino a confirmar definitivamente el papel insustituible que
las cooperativas eléctricas debían desempeñar en el proceso de electrificación de las
áreas rurales y marcó el comienzo de una etapa en que ese proceso adquirió un ritmo
más acelerado, aunque condicionado por las circunstancias de una época demasiado
inestable, marcada por una serie de fenómenos políticos, económicos y sociales que
conmovieron al país. Con todo el proceso de electrificación no se detuvo y en 1977 se
puso en marcha un nuevo plan eléctrico, en el que como siempre tuvieron un rol
fundamental las cooperativas, especialmente en el desarrollo de la electrificación rural.
El accionar de las cooperativas sumado al de EPEC, empresa que proporcionaba en sus
centros de carga la oferta correspondiente, fue importante, pero al desarrollo de los
planes de electrificación rural también contribuyó el tamaño adecuado de las unidades
agropecuarias (del orden de las 200 Has promedio). Ésta y las demás condiciones
concurrieron para que la electrificación tomara un fuerte impulso, principalmente en la
zona sureste de la provincia. La acción mancomunada llevada adelante por el Estado
provincial, a través de la EPEC, y los entes cooperativos fue sin dudas decisiva para la
electrificación de las áreas rurales, pero también es cierto que este proceso se vio
asimismo favorecido por los programas nacionales de electrificación rural, que contaron
con el financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo, del Banco de la Nación
Argentina y de la Secretaría de Estado de la Nación.40 En cualquier caso lo que
importan son los resultados y los mismos eran para 1977 muy halagüeños: la cantidad
de hectáreas electrificadas ascendía a 1.948.468, con un total de 4.894 usuarios, y se
encontraban en ejecución otras 74.885 Has con 418 usuarios; en trámite de obtención
del crédito respectivo, 1.161.345 Has con 3.387 usuarios, y en estudio 450.000 Has con
2.270 usuarios.
Sin embargo, aunque en dos décadas el avance de la electrificación en el campo era
considerable pues se había logrado extender los suministros de energía eléctrica a
diversas zonas rurales del territorio provincial, entre ellas las más cercanas a la capital y
a un amplio sector del centro y sur, que era la región más próspera de la provincia,
quedaban aún amplias zonas por electrificar y a solucionar en parte esta falencia estuvo
destinado el plan eléctrico elaborado por las autoridades provinciales en 1977, el que al
finalizar el periodo aquí considerado se encontraba en ejecución. ·En este caso, también,
para lograr una adecuada implementación fue necesaria la agrupación de los usuarios en
19
entes responsables de la tramitación, ejecución y explotación del programa, resultando
en la práctica los entes cooperativos, los otorgantes más idóneos por cumplir con todos
los requisitos exigidos. Ese nuevo plan eléctrico, que comenzó a desarrollarse en
momentos en que en el ámbito nacional ya se encontraba en marcha el Segundo
Programa Nacional de Electrificación Rural, permitió que en 1978 se libraran al servicio
tres nuevos sistemas de electrificación rural, correspondientes a las cooperativas de
Calchín, Canals y Pascanas, los que fueron realizados con préstamos del Banco de la
Nación Argentina, al tiempo que la EPEC tramitó recursos para obras de electrificación
a realizar por las cooperativas de Carnerillo, Gigena, Arias, Sampacho, Fotheringham,
Cintra, San Antonio de Litín, Alto Alegre, Berrotarán, Santa Eufemia, Bengolea, Tío
Pujio y Mojarras.
El papel fundamental que las cooperativas jugaron en la electrificación rural también
puede valorarse si se lo analiza en función de la población de las localidades donde
estaban asentadas, pues esto permite observar que hacia fines del periodo estudiado un
60% de esas poblaciones tenía menos de 2.000 habitantes, en tanto que un 44% tenía
menos de 1.000 habitantes, lo que está indicando que las cooperativas se habían
asentado preferentemente en zonas rurales y en la mayoría de los casos en las zonas
menos densamente pobladas de la provincia. Y, si bien es obligado aclarar que también
había cooperativas asentadas en poblaciones importantes,41 no por eso debemos dejar de
reconocer que a comienzos de los ‘80 se había cumplido en gran parte la política
propuesta por el gobierno provincial tres décadas antes y que asignaba a las
cooperativas la tarea de ir allá donde el Estado no podía o no quería llegar; es decir, al
campo. Los tiempos habían cambiado y el cooperativismo rural había ganado un
espacio significativo en la economía cordobesa.
7. Consideraciones finales
En esta ponencia se ha analizado el desarrollo de las cooperativas eléctricas en la
provincia de Córdoba desde la perspectiva de sus relaciones con el Estado provincial,
tomando como marco de referencia el desenvolvimiento del cooperativismo eléctrico en
el resto del país y las características que este fenómeno presenta en la experiencia
internacional, todo ello dentro de un espacio temporal de medio siglo entre la aparición
de las primeras cooperativas eléctricas –que coincide con el despertar del Estado
intervencionista– y el momento en que en gran parte de esas sociedades ya se han
transformado en cooperativas de servicios públicos y están en plena ejecución los planes
de electrificación rural, y cuando en el país se vuelve a plantear la necesidad de reducir
la presencia del Estado en la economía, y de ese análisis podemos concluir que ambas
transformaciones, de exclusivamente urbanas a motores de la electrificación del campo
y de exclusivamente eléctricas a proveedoras de diversos servicios públicos, son
consecuencia de la influencia de dos factores principales: las características propias de
la industria eléctrica argentina y la función asumida por los poderes públicos en relación
con ella a través del tiempo; factores que condicionaron el desenvolvimiento del
cooperativismo eléctrico que tanto en Córdoba como en el resto del país se origina a
mediados de la primera mitad del siglo XX como una alternativa viable frente a la
explotación capitalista tradicional en un área de singular importancia económica, como
es la distribución y comercialización de energía eléctrica, pero que su desarrollo
efectivo en la provincia mediterránea comienza a cristalizar a partir de fines de la
década de 1950, cuando el Estado desinteresado por las cuestiones eléctricas da paso
definitivamente a un Estado preocupado por defender a los consumidores de
electricidad y al patrimonio provincial.
20
Los antecedentes expuestos demuestran que la tendencia del movimiento cooperativo
mundial en materia de electricidad, era bien diferente en muchos aspectos de la
orientación que al mismo se le imprimió en la Argentina en la primera mitad del siglo,
cuando en lugar de constituir esas sociedades con el fin de completar la obra del Estado
o de las empresas privadas en la electrificación del país, extendiéndola a las zonas
rurales y a las explotaciones agrícolas, como en todas partes se había hecho, en la
Argentina se organizaron cooperativas en centros urbanos, ya dotados de servicios
eléctricos, con el propósito de competir con las empresas que los prestaban, hasta lograr
su eliminación. No obstante, las transformaciones sufridas por el sector eléctrico
argentino a partir de fines de la década de 1940, cuando comienza a hacerse efectiva la
progresiva estatización de los servicios públicos, determinaron también un cambio en el
modelo y los propios cooperativistas serán los que den impulso a ese cambio, que
también fue propiciado desde el Estado, al menos en el caso de la provincia de Córdoba
cuya política eléctrica a partir de la década de 1950 adjudicó al Estado provincial la
función de prestación de obras y servicios en gran escala –es decir, proveer la
infraestructura–, mientras que a las cooperativas eléctricas les correspondió la función
de adecuar el servicio eléctrico, convirtiéndolas en intermediarias entre el Estado y los
usuarios que exigían el servicio. En ese marco, el Estado evitó hacerse cargo de un
servicio público que no estaba en condiciones de prestar en forma directa, pero que al
ser efectuado por una cooperativa aseguraba la defensa del interés de los consumidores,
y es por eso que el Estado cordobés auspició la creación y desarrollo de las cooperativas
de electricidad.
En fin, a mediados del siglo XX, las cooperativas eléctricas de Córdoba nacieron para
resolver una necesidad de sus comunidades, autoprestarse un servicio básico de
demanda creciente, y en las décadas finales de ese siglo su avance fue tal que en la
provincia sólo quedaron dos distribuidoras eléctricas, EPEC y las cooperativas.
Notas
(*) Argentina: Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Centro de Estudios Históricos
“Prof. Carlos S. A. Segreti”. Universidad Nacional de Córdoba. Universidad Católica de Córdoba.
1 En este aspecto, un ejemplo típico lo constituyen los Estados Unidos, donde el gran desarrollo de las
cooperativas de electricidad comenzó a partir de 1935 cuando se creó el servicio federal conocido con
el nombre de Rural Electrification Administration, el que a su vez dio lugar a la creación de
cooperativas, de las que fue tutor, coordinador y banquero casi exclusivo.
2 Las 236 organizaciones actualmente en actividad atienden el 80% del territorio provincial, cuentan con
33.000 km de líneas eléctricas, suman 450.000 socios y 1.200.000 usuarios y en más de 300
localidades comercializan el 30% de la electricidad que se consume en la provincia.
3 Avances preliminares acerca de la temática trabajada en esta ponencia fueron hechos en Solveira, 2004,
2006b, 2007d y 2007e.
4 Esas empresas prestaban el servicio eléctrico mediante concesión, permiso o licencia del Estado; de un
Estado que mostraba ausencia o desinterés por la prestación y control de los servicios públicos, a los
que dejaba en manos de particulares.
5 De esas 32 poblaciones, 25 eran poco importantes, con menos de 500 consumidores conectados a sus
redes, en tanto que de las restantes sólo 5 usinas prestaban servicio en localidades con más de 1.000
consumidores.
6 En los países incluidos en la estadística de la OIT, las cooperativas poseían por término medio 116
socios, mientras que las argentinas contaban con un promedio de 1.400 socios. (SOCIEDAD DE LAS
NACIONES, 1940: 86). Al respecto es conveniente aclarar que en nuestro país no existía una definición
que distinguiera categóricamente el concepto de “urbano” y “rural”, salvo la formulada, a semejanza
de la Ley de Electrificación Rural de los Estados Unidos, por la Ley N° 4742 de la Provincia de
Buenos Aires. Según la ley norteamericana se consideraban zonas rurales las no incluidas en los
límites de cualquier centro de población con más de 1.500 habitantes, mientras que la ley bonaerense
llevaba ese límite 2.000 habitantes. De acuerdo a esta clasificación, algunas de las cooperativas
21
existentes en el país, especialmente las que en la provincia de Córdoba distribuían entre sus socios la
corriente eléctrica comprada a la usina de “La Cascada” –de propiedad del gobierno nacional– como
las de Berrotarán, Los Cóndores, Villa del Dique, Villa Rumipal y Santa Rosa de Calamuchita, no
podrían denominarse “cooperativas urbanas de electricidad” pues estaban instaladas en poblaciones de
muy escasa población y servían menos de 120 usuarios cada una.
7 INTERCOOP, p. 121.
8 Al concluir el periodo trabajado en esta ponencia en Córdoba había 83 cooperativas exclusivamente
eléctricas, 55 cooperativas eléctricas y de agua potable, 34 cooperativas eléctricas y de sepelio,
ambulancia y servicio médico, 17 cooperativas eléctricas y consumo y venta de materiales, 25
cooperativas eléctricas y de telefonía, 19 cooperativas eléctricas y de guía, flete y colectivo, 4
cooperativas eléctricas y de gas, 2 cooperativas eléctricas y de cloacas, pavimentos y cordones, 2
cooperativas eléctricas y de venta de huevos, pollos, cereales y cerdos, 5 cooperativas eléctricas y de
antena colectiva de televisión y 4 cooperativas eléctricas y de fabricación de postes.
9 Dos años antes, en el Primer Congreso de Cooperativas y usinas Populares, realizado en noviembre de
1938, estuvieron representadas 58 entidades que representaban 88.000 adheridos. Además, a esa
reunión enviaron delegados oficiales los gobiernos de Entre Ríos y de Córdoba, aunque de las
cooperativas existentes en Córdoba sólo cuatro, las de Canals, Laboulaye, Porteña y Río Cuarto,
enviaron delegados. La primera tenía por entonces 594 socios, la de Laboulaye 666, la de Porteña 335
y la de Río Cuarto 2.101. (DEL RÍO, pp. 79-84).
10 En la provincia de La Pampa no quedaba por entonces ni un solo servicio privado: las que no eran
cooperativas eran entes municipales con cargo de transformarse en cooperativas.
11 Catamarca, Salta y Tierra del Fuego no tenían ninguna cooperativa de electricidad.
12 En 1980 existían en la Argentina 532 cooperativas eléctricas, las que se distribuían de la siguiente
manera: en Buenos Aires 206, en Córdoba 173, en Santa Fe 56, en Entre Ríos 23, en Chubut 19, en
Mendoza 11, en La Pampa 10, en Misiones 9, en Corrientes 5, en Neuquén 4, en Santiago del Estero,
Formosa, Salta y San Luis 3, en Río Negro 2, en San Juan y Tierra del Fuego 1 y en Catamarca,
Chaco, Jujuy, Santa Cruz y Tucumán ninguna.
13 Durante la administración del Dr. Fresco, principalmente mientras actuó como ministro de gobierno
Roberto Noble, no se acordó personería jurídica a casi ninguna cooperativa y se llegó al extremo de
retirarle la personería jurídica a la Cooperativa de Electricidad de San Martín, dos días antes de
inaugurar sus servicios, con 10.000 accionistas y más de 400.000 pesos invertidos.
14 CÓRDOBA, Los servicios públicos de energía eléctrica en Córdoba. p. 554. Esta publicación es
generalmente conocida como Informe Río-Bobadilla.
15 Esta continuidad en las estrategias de gobierno se corresponde con los planteos ideológicos de las
ramas renovadoras del radicalismo nacional que Sabattini compartía y por eso al asumir su mandato el
nuevo gobernador sentó claramente su posición respecto al papel del Estado en la vida económica de la
provincia cuando afirmó: “No es posible dudar ya, que el plano de las relaciones económicas no puede
sustentarse exclusivamente sobre el libre juego de las fuerzas productivas, sino que deben estar
sometidas al contralor organizado del Estado, que confiera valor social a estas relaciones, bajo el punto
de vista del interés de la colectividad…”. Ese control organizado del Estado debía comenzar por “una
seria y orgánica transformación” de la economía, mediante “la restricción de la expansión ilimitada de
ciertos capitales, especialmente de empresas concesionarias de servicios públicos y de fuentes
comunes de riqueza”, lo que a su vez exigía controlar las tarifas de los servicios cedidos y rescatar las
concesiones otorgadas, especialmente en el caso particular del sector eléctrico porque la energía
eléctrica era indispensable para el fomento de la incipiente industria provincial y sobre todo porque “la
producción y distribución de energía eléctrica en la que el Estado tiene fundamental función, … porque
aquí, en Córdoba, la producción de energía eléctrica se hace a base de la utilización de la obra pública
provincial y de bienes que por su naturaleza forman parte del patrimonio común, ha de ser encarada en
su faz primordial, buscando soluciones definitivas, mediante la creación de entidades mixtas de
particulares y el Estado para la dirección y administración de las fuentes primarias y la constitución de
cooperativas para la distribución y el servicio público, con lo que se obtendrá la inmediata reducción
de las tarifas y la regularidad de los servicios”. Mensaje de Amadeo Sabattini a la legislatura provincial
del 17 de mayo de 1936.
16 Ley de revocatoria Municipal Nº 3836, sancionada el 25 de agosto de 1939.
17 Castillo había sido uno de los senadores que en las escandalosas sesiones de mediados de 1930,
cuando se discutía un proyecto de ley destinado a legalizar el monopolio eléctrico en la provincia, alzó
su voz contra el mismo y en defensa de la riqueza hidroeléctrica de la provincia. Con ese antecedente
no debe extrañarnos que en mayo de 1940, al asumir la primera magistratura provincial, prometiera
defender esa riqueza y fomentar su racional y útil explotación, pilar fundamental del desarrollo
22
industrial de la provincia, y que siguiera trabajando por dotar a Córdoba de una política eléctrica
provincial.
18 Mensaje de Santiago H. del Castillo a la legislatura provincial del 1 de mayo de 1941.
19 Las razones de esta propuesta se basaban tanto en el estado que presentaba la explotación del servicio
público de electricidad como también en la imposibilidad, al menos en ese momento, de considerar
esas fases separadamente sobre todo en el caso de las grandes organizaciones fabriles para ciudades
importantes. Lo que se buscaba era lograr una más eficiente administración de los negocios y la
coordinación de todos los esfuerzos en beneficio del abaratamiento de los servicios y de su pronta y
eficaz prestación.
20 Ordenamiento legal de la industria…, p. 31.
21 Ibíd.
22 Respecto a la información de carácter estadístico que se utiliza en esta ponencia es conveniente
advertir que el análisis de las características y situación de las cooperativas en el período comprendido
entre 1930 y 1960 no es fácil porque las estadísticas producidas por el Ministerio de Agricultura,
encargado de difundir el cooperativismo en el país, se limitan a cifras globales sobre la cantidad total
de las cooperativas y de socios y sobre los importes de capital suscripto y realizado. También son
incompletos y muchas veces francamente parciales los datos provenientes de los estudios que sobre la
cuestión se publicaron en la época debido a que sus autores estaban a favor o en contra del
cooperativismo eléctrico, situación que influía en el manejo de las fuentes utilizadas. En consecuencia,
la información disponible no es lo suficientemente completa para juzgar los resultados de este sistema
en todos sus aspectos, limitación que es una característica general aplicable a todo el país y también a
Córdoba, donde los datos producidos por organismos oficiales son también muy escasos y
fragmentarios. Esta situación se revierte alrededor de 1960, momento a partir del cual se cuenta con
series estadísticas nacionales y provinciales que, en el primer caso, brindan información sobre las
cooperativas en general y, en el segundo, sobre las cooperativas eléctricas cordobesas en particular.
23 Sobre un total de 946 fábricas de electricidad en funcionamiento en el país, sólo 41 estaban
organizadas bajo el régimen cooperativo, y de 1.237 poblaciones que contaban con servicio eléctrico,
sólo 21 eran servidas totalmente y 20 parcialmente por cooperativas, mientras que a la industria
eléctrica privada correspondían más del 90% de las usinas eléctricas en funcionamiento, de los
capitales fijos invertidos y de la potencia de motores primarios y a sus redes estaba conectado el 96%
de los consumidores de energía eléctrica del país. Como se puede apreciar tanto en el ámbito nacional
como provincial la presencia de las cooperativas aparece como insignificante.
24 Según las funciones especificadas en la mencionada ley orgánica de creación, la nueva empresa tuvo a
su cargo, “la generación, explotación, industrialización, transporte, distribución y comercialización de
la energía eléctrica, en todo el territorio de la provincia”. Es decir, la EPEC tuvo atribuido, desde su
creación, el monopolio del servicio eléctrico en todo el territorio provincial, sin limitación alguna.
25 Esta cifra es la que registran las estadísticas nacionales que no siempre coinciden con la información
que ofrecen las memorias de EPEC, las que en este caso hablan de 205 cooperativas.
26 Si tomamos las estadísticas correspondientes al año 1970, veremos que en el orden nacional esta
tendencia ya estaba claramente definida pues sobre un total de 649 cooperativas en servicio en todo el
país, el número de poblaciones servidas por cooperativas era de 916.
27 EPEC, Memoria anual, año 1980.
28 Esta iniciativa fue completada por la Ley 11.684 por la que se creó la Sección Crédito Agrario en el
Banco de la Nación Argentina, en la que al año siguiente se crea la Inspección de Cooperativas a cuyo
cargo estuvo “la supervisión del accionar de estas entidades y su impulso a través del crédito” (GirbalBlacha, p. 190).
29 Durante toda la gestión peronista (1946-1955) las cooperativas eléctricas se beneficiaron con créditos
a bajo costo otorgados especialmente por el Banco de Crédito Industrial Argentino. Entre las
cooperativas cordobesas figuran la Cooperativa Eléctrica de Oncativo Ltda., la Cooperativa de
Electricidad de Colonia Caroya Ltda. y la Cooperativa de Luz y Fuerza Motriz Ltda. de Oliva. (GirbalBlacha, p. 98)
30 A partir de 1961 la EPEC actuó como intermediaria entre la Dirección Nacional de Energía y
Combustibles y las cooperativas de electricidad en las tareas vinculadas con la distribución y contralor
de ese auxilio financiero federal asignado para cubrir déficit de explotación y fueron numerosas las
cooperativas y usinas particulares beneficiadas con ese tipo de préstamos.
31 Según la Resolución 4323 del 22 de noviembre de 1958 ese fondo se formaría con recursos
provenientes de asignaciones de la Ley de Presupuesto o de leyes especiales y con los intereses
devengados por los préstamos a acordar con tales recursos.
23
32 En algunos casos, los préstamos fueron utilizados en el mejoramiento de las maquinarias y líneas de
distribución y en otros para realizar las obras eléctricas más necesarias y urgentes como para iniciar la
prestación del servicio.
33 En 1968 se inauguró la central regional de Isla Verde y al finalizar el periodo estudiado en esta
ponencia estaban muy avanzados los trabajos en la central regional de General Levalle, ambas en la
zona sur del territorio provincial.
34 Por lo general en esas reuniones los funcionarios de la EPEC asesoraban a los cooperativistas en
relación con las modificaciones y ampliaciones de las redes de distribución secundaria y de las redes
propiamente de electrificación rural.
35 Para mediados de la década de 1960 las zonas comprendidas entre Colonia Caroya y Colonia Tirolesa,
Alta Gracia y Rafael García, Río Segundo y Lozada, General Cabrera y Carnerillo estaban ya
electrificadas y se había comenzado a ejecutar diversos proyectos que habrían de beneficiar la zona sur
del territorio provincial, en torno a las localidades de Holmberg, Vicuña Mackenna, Tosquita, Coronel
Moldes y Eduardo Bulnes (en el departamento Río Cuarto), de Laboulaye y Melo (en el departamento
Presidente Roque Sáenz Peña), en el sur de Bell Ville (departamento Unión) y al oeste de Holmberg
(departamento Río Cuarto) y en la zona centro se trabajaba entre las poblaciones de Matorrales y
Oncativo (departamento Río Segundo).
36 Esta primera ley de electrificación rural con que contó la provincia de Córdoba se dicta el 10 de
setiembre de 1971, durante el gobierno de facto encabezado por Helvio Nicolás Gouzden.
37 Los predios rurales y/o plantas industriales que al momento de procederse al relevamiento catastral y
eléctrico ya poseyesen conexión que proporcionase un racional, efectivo y suficiente suministro de
energía eléctrica a criterio de la EPEC, quedarían excluidos del régimen de la Ley 5252.
38 Esta aceptación era fundamental porque cuando un área era declarada de “contribución obligatoria”,
todos los propietarios de inmuebles comprendidos en ella quedaban obligados a contribuir a la
realización de las obras.
39 CÓRDOBA, Plan de Desarrollo de Córdoba, p. 21.
40 De acuerdo al Primer Programa Nacional de Electrificación Rural, la financiación se hizo la siguiente
manera: Banco Interamericano de Desarrollo, 40%; Banco de la Nación Argentina, 20%; Secretaría de
Estado de la Nación, 20%; usuarios, 20%.
41 Había una sola cooperativa funcionando en una localidad con más de 30.000 habitantes (Río Tercero),
2 en poblaciones de más de 20.000 habitantes (Colonia Caroya-Jesús María y Villa Dolores), y 8 en
poblaciones entre 10.000 y 20.000 habitantes (Laboulaye, Deán Funes, Morteros, Arroyito, Villa
Nueva, Las Varillas, Villa del Rosario y Oncativo).
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El cooperativismo como alternativa en la política eléctrica