(Escena 47, ocurre en la oficina de la Teniente Sandra Bussi, a cargo de la guarnición,
contingente femenino, Regimiento “Las boinas verdes”
Escena dramática: 1)Diálogo entre la teniente y su ayudante Owanda Altmirano
2) Diálogo entre la teniente y Richard, novio de Theda Morgana.
Sandra se enfrenta a Richard lo culpa y le reprocha por el
destino incierto y aciago de su sobrina
Pag.
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Después que el mayor Bernard Olderoch se llevó a Theda, Sandra ya no pudo
quedar tranquila, presa de agitación y angustia, se paseaba en su despacho inmenso,
hasta que, finalmente, terminó abriendo los ventanales, para buscar el cielo, como si
éste le fuera a dar la inspiración para solucionar el grave peligro que se cernía sobre
todos. Consternada, se dio cuenta que el cielo se había tornado de un color púrpura y
que el viento soplaba siempre hacia el oriente, arrastrando y haciendo jirones las
nubes que se agitaban y corrían presurosas, cargadas y teñidas de oscuros presagios...
Imploró:
¡Oh, Dios misericordioso, sólo Tú puedes proteger a los que a nadie tienen! ¡No nos
abandones!
¡Owanda! ¡Owanda!
-Sí, mi teniente.
¡Olderoch se ha llevado a Theda! No sé con qué siniestros planes, pero se la ha
llevado. Tú sabes de lo que es capaz ése. La denunciará, la entregará a la policía
secreta. Theda y Richard están mezclados en actos terroristas y Olderoch dio a
entender que de algo está enterado. Si algo sabe, ambos estarán perdidos. Pero temo
más por Theda, ese espía nunca ha dejado de seguirla y ahora la tiene entre sus
manos. Fue tan astuto e insolente que no se me ocurrió argumento para retenerla.
Jamás debí haberlo permitido. Tenemos que actuar rápido, si no, ocurrirá lo peor.
-Sí, mi teniente, no debió ceder a que ese maldito se la llevara. Pero ya está
hecho. Como Ud. dice, ahora debemos actuar rápido. Pueden llevarla a
una de esas cárceles que tan sólo ellos conocen...
-No! Ese, primero jugará con ella. Se aprovechará de ella. Tú misma me
advertiste cómo la mira. Después, la torturarán hasta destrozarla.
-Mi teniente, creo que aún tenemos tiempo. Theda es muy hábil y la hemos
preparado bien. Sabrá librarse de ese mastín artero. ¡Se la ha llevado
a su casa!
-¿Su casa? Owanda, ¿sabes tú dónde, realmente, vive? ¿Alguna vez nos ha
dejado la dirección de su residencia particular? Siempre nos ha dicho que lo
ubiquemos en tal o cual guarnición y siempre se está cambiando de una a otra. ¡Tiene
varios nombres y, quizás, cuántos domicilios! No debí permitir, jamás, que se la
llevara, pero debía fingir naturalidad y firmeza (...como siempre), si no él también
sospechará de mí, y entonces..., ¡A MI TAMBIEN ME INVESTIGARAN!
-Mi teniente, recorreré todas las guarniciones, todas las comisarías,
aunque me lleve toda la noche en ello. Llame a Richard, tal vez él pueda
proporcionarnos alguna pista.
-Ya lo he hecho, Owanda. Ese teléfono suena y suena siempre ocupado.
- Insista, mi teniente, tenemos que salvarla...
Sandra volvió a quedar sola. Levantó la carpeta que siempre estaba
sobre su escritorio y extrajo la foto que allí escondía: Philippe e Isabelle
con una niña en brazos, ella y Cecilia a cada lado. “Theodore Morgan, sólo
quedamos las dos”, y con gesto amargo y decidido se dijo: “Le prometí a
Philippe que te salvaría, y te salvaré, así me descubran a mí también”.
Marcó nuevamente el mismo número, el teléfono seguía ocupado. ¿Qué extraño?
Iré yo misma a ver lo que allí ocurre... Menos mal que Theda ha tenido la
precaución de dejarme una llave”.
-Cuando tocó el timbre, esperó en vano para que alguien le abriera la
puerta. Volvió a hacerlo, pero ésta continuaba cerrada. “¿No habrá nadie?
Parece que el timbre no suena, pero debo cerciorarme, puede que algo haya
ocurrido allí dentro”.
Sólo penumbras y un olor a encierro la recibieron. Y cuando encendió
la luz, comprobó el desorden y polvo acumulados de varios días. ¿Era así
cómo vivía la hermosa y deslumbrante modelo? No pudo evitar compararlo
con el suyo, tan pulcro y elegante, ni tampoco evitar el sentimiento de pena
y desaliento al comprobar el estado de abandono en que se encontraba todo.
-Theda, ¿eres tú, mi amor?
Qué cansada y débil sonó la voz de Richard...
“Con que allí estaba el causante de la perdición de su sobrina, ¡en cama!,
mientras la otra, quizás, ya era entregada a los agentes de la policía...”
-No... ¡Soy yo...! ¡Soy Sandra!
Se encaminó furiosa a recriminar al culpable..., y así lo encontró:
postrado, pálido e indefenso al otrora temerario y gallardo Richard. Ni
siquiera lo saludó. Ni siquiera le preguntó cómo se sentía. Con tono duro,
le largó la pregunta:
-¿Dónde está Theda? ¡Ha desaparecido! ¡Hace horas que no puedo
ubicarla!
En Richard, la vergüenza por su estado, por la suciedad y el desorden
en que se encontraba la habitación se transformó en angustia y miedo por la
mujer ausente.
-Theda ya no vive aquí. Por su seguridad, ahora vive en la academia de
Ramiro Zamora.
-¿Vive? ¿Tan seguro estás de que todavía vive? ¡No la puedo encontrar!
¡Se la han llevado!, le gritó Sandra sin poder controlarse.
Richard se incorporó alarmado... la boca entreabierta y el dolor pintado
en su rostro.
¡No!... ¡No!... ¿Qué puedo hacer? He tratado de salir de esta cama,
¡pero no puedo! No me he despegado del teléfono tratando de ubicarla...,
nadie sabe dónde está. ¡Ayúdanos, por favor, Sandra!
-¿Qué te ayude? Si algo le ocurre a Theda, será por tu culpa, ¡tú la
metiste en esto!
Richard no soportó la mirada acusadora, llena de rabia de la enérgica
mujer (volvió a sentirse pobre y culpable) y contestó tristemente, dirigiendo
la vista hacia la ventana, como si sintiera que alguien estuviera observando
detrás de los vidrios. (Sandra tuvo la misma sensación, y también miró...)
Sí..., yo tengo la culpa de todo...
(No, Richard, tú no tienes la culpa. “El camino es así, Theda es
tu camino..., búscala... síguela... “Los caminos son para eso, para
caminarlos...” Y de nuevo sopló el viento que se llevó las voces... que
se alejaron gritando... ¡Los caminos ya están trazados! ¡Los caminos
ya están trazados!...todos los caminos... todos los caminos... todos los
caminos...)
Con un rictus amargo y doloroso, logró incorporarse un poco más,
afirmándose en las almohadas.
Sandra, recién pareció percatarse que él no era más que un pobre
muchacho enfermo y abandonado. La barba crecida, los ojos hundidos, el
rostro marchito... Estupefacta, vio que había envejecido de repente. “Sin
Theda, parecía ser nada. Sin Theda, ya nunca más sería el apuesto y seguro
Richard de antes”, pensó.
-No has comido, ¿verdad?
-Eso no me interesa, y menos ahora, que no sé dónde está Theda. Después
que detuvieron a la doctora Sheila Cassidy, solamente viene ella y algunas
veces, también, Alex. Nos hemos quedado solos, y si algo le ha ocurrido...
¡Qué si algo le ha ocurrido a Theda! (...a Sandra nuevamente la
envolvieron las furias). Escúchame bien, Richard, pero escúchame bien. Si
algo le ha ocurrido a Theda, ¡te mataré o te entregaré a la policía! ¡Eres tú
quien la ha arrastrado a su perdición! Si la logramos salvar, será siempre
una prófuga, y por su bien tendrás que...
¡No necesitas decírmelo! Ahorra tus explicaciones que hace ya tiempo
que lo comencé a pensar y a comprender. Pero hay cosas que tú no puedes
imaginar y que, quizás, Theda nunca te ha contado. “La quiero por sobre
todas las cosas de este mundo, e incluso, tal vez, más de las que me ofrezca
el otro”... y yo sé, ...y yo sé que ella me quiere igual. Yo no quiero ser su
perdición, como tú dices. Por eso no la quise amarrar a mí, casándome con
ella. Theda es... puede alcanzar un futuro brillante, yo... aunque sin ella sé
que no podré lograrlo jamás, no imaginas cuántas veces intenté dejarla. ¡Y
todo por su bien! Y me lo vienes a gritar como si no me diera cuenta. Sin
ella, me envolverá la desgracia, “pero por su bien”, ¡qué importa el mío!,
Traté de sacarla de mi mente, pero ¡jamás pude lograrlo! Me alejaba,
largándome a caminar noches enteras sin saber dónde dirigirme, para
terminar siempre debajo de su ventana, sin saber cómo había regresado.
Después..., después mis piernas ya no eran mías. Mi madre me llegó a decir
que nunca podría dejarla, que yo estaba...
¡Cállate! Si la logramos salvar, ella deberá tomar su camino, lejos del
tuyo. Hasta ahora has estado viviendo... ¡No eres más que...!
¡Tampoco soy lo que tú piensas! Tú no sabes lo que es ser un cesante.
Tú no sabes lo miserable que se siente uno tratando de buscar un trabajo, y
más aún, cuando en todas partes eres rechazado. Mañanas, tardes, días
enteros perdidos en una fila enorme de hombres, que disimulan su hambre,
ávidos por un puesto, que les permita, por lo menos, alimentar a sus
familias... Para que después de tanta espera, terminan por decirte que...
¡que no hay! Que el único puesto que había vacante ya fue tomado, y así en
todas partes. Y, entonces, comienzas a acumular frustración, y rabia..., y
más rabia, y al final, un odio tremendo contra todo un sistema que explota,
que crea la miseria, la mendicidad y tanta... tanta porquería. Sólo tenía dos
alternativas, o liquidarme por mi propia mano o plegarme a la acción directa.
La segunda, por lo menos, a pesar del riesgo, me ofrecía una buena paga,
desquitarme de los que me causaban daño, y, lo más importante, tenía la
posibilidad de quedarme con Theda, juntar dinero y huir..., huir lejos con
ella.
¡Pero has terminado convirtiéndola en tu cómplice! ¡Ella es ahora la
mujer de un terrorista!
-Yo quise disuadirla, pero me suplicó, me exigió seguir a mi lado. ¿Qué
quieres que haga? ¿Que me mate ahora? Complicaría más las cosas, y ella
sufrirá..., sé que sufrirá.
Sandra comenzó a flaquear. La pena y la angustia comenzaron a
invadirla..., no quiso continuar escuchando.
-Mandaré a alguien para que venga a ordenar esta casa...
Richard no aguantó más, ocultó el rostro entre sus manos, y sollozando
le gritó:
¡No quiero! ¡No quiero!, no quiero que mandes a nadie. ¡Por favor,
déjame solo!, ya mañana estaré mejor...
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