Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política

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EUGENESIA
Adela Cortina es
catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la
Fundación ÉTNOR.
El artículo fue publicado en EL PAÍS | Opinión el 28-01-2003
La ética de las biotecnologías está de actualidad. En nuestro país los medios de comunicación sirven de
plataforma permanente a los debates sobre la investigación con embriones, sobrantes de las técnicas de
reproducción humana asistida o creados expresamente, y sobre la investigación con células troncales;
menudean los congresos sobre el genoma humano, los encuentros sobre clonación, y el ecologismo
militante se ceba en asuntos como el de los alimentos transgénicos. Sin embargo, hay un tema que pasa
en exceso inadvertido, aunque sea ya una realidad, y es el de la eugenesia, la posibilidad de crear "un
mundo feliz", tal como previno Aldous Huxley.
En efecto, como recuerda Fukuyama, la generación nacida a mediados del pasado siglo leyó en dos
utopías negativas la posibilidad de que el futuro fuera terrible: en El mundo feliz, de Huxley (1931), y en
1984, de George Orwell (1949). En la obra de Huxley se mostraba cómo el desarrollo biotecnológico
podía conducir a un mundo sin envejecimiento, sin muerte, sin dolor, un mundo de individuos
satisfechos con el lugar que ocupan en su sociedad, ajenos a la idea de culpa o de castigo. Un mundo,
en suma, feliz, pero sin libertad; un mundo que podría considerarse "poshumano", teniendo en cuenta
que la libertad es para Occidente un rasgo decisivo de la humanidad.
Por su parte, 1984 prevenía frente al riesgo de totalitarismo que podían propiciar las tecnologías de la
comunicación: el Gran Hermano podría controlar el conjunto de las vidas desde una gigantesca pantalla.
En ambas distopías el incremento -que no progreso- de las tecnologías podría conducir a un pessimum,
y no a un optimum.
Andando el tiempo, puede decirse que la revolución de la comunicación y la información se ha
producido, hasta el punto de que nuestra época puede rotularse como "Era de la Información", pero sus
resultados son ambiguos. Por una parte, estas tecnologías se han puesto al servicio de la
descentralización de la información y las comunicaciones, de modo que los ciudadanos se conectan entre
sí con mayor facilidad que antaño. Pero, por otra parte, el control que pueden llegar a ejercer y ejercen
servicios policiales y agencias secretas como fue la KGB o es la CIA presenta un lado totalitario,
indiscutiblemente aterrador.
Sin embargo, el augurio de Huxley parece cumplirse. Las biotecnologías parecen estar sentando las
bases de un mundo placentero en el que será posible evitar un gran número de enfermedades,
prolongar la edad, reforzar los caracteres hereditarios que pueden conducir a generaciones más
inteligentes y bellas, incluso tal vez evitar la muerte. Las grandes preguntas, entre otras, son entonces:
¿pueden considerarse todavía "humanos" unos seres que, como los Alfa, Beta, Delta, Gamma y Épsilon
de Huxley, carecen de los rasgos que históricamente hemos considerado como propios de los seres
humanos? ¿Es éticamente deseable la eugenesia? Aunque la primera cuestión resulta apasionante y a
ella he dedicado algún trabajo, quisiera abordar hoy el asunto de la eugenesia.
La percepción de la eugenesia es muy diferente en el mundo anglosajón, aun con excepciones, y en el
continente europeo. En Europa la experiencia del nazismo dejó una huella profunda, la convicción de que
nunca debería repetirse algo semejante. En el mundo anglosajón, sin embargo, las cosas se ven con
mayor optimismo, desde el momento en que parece posible distinguir entre eugenesia autoritaria y
eugenesia liberal. La eugenesia practicada en la Alemania hitleriana era coercitiva y estaba auspiciada
por el Estado, era, por tanto, autoritaria, mientras que, en el caso de una eugenesia liberal, el Estado se
mantendría neutral y serían los padres los que promoverían unas intervenciones u otras, en un tipo de
eugenesia referida al perfeccionamiento de un individuo concreto. ¿No se trataría, en definitiva, como
mantienen algunos autores, de añadir al derecho de los padres a la educación de sus hijos el derecho a
proporcionarles la mejor herencia genética a su alcance económico? ¿No puede decirse entonces que
entre eugenesia y educación apenas existe diferencia?
En el debate han entrado, como es lógico, gran cantidad de autores, y entre ellos Habermas, el cual
entiende que entre eugenesia y educación existe una gran diferencia. En el caso de la educación, la
persona puede alzarse críticamente ante quien decidió una educación u otra, es decir, la acción es
reversible, mientras que la acción eugenésica es irreversible, y la persona cuya herencia se manipula no
ha sido tratada como un potencial interlocutor. Sin embargo, de aquí no se sigue el rechazo de cualquier
forma de eugenesia, sino sólo de la positiva, de la eugenesia perfeccionadora. Porque la gran pregunta
de la manipulación genética humana no es si es posible éticamente intervenir, sino si es posible en las
intervenciones genéticas ir más allá de la eugenesia negativa, es decir, más allá de la eugenesia
terapéutica, y entrar en el terreno de la eugenesia positiva, de la eugenesia de perfeccionamiento.
Podemos anticipar que un futuro interlocutor estará de acuerdo con que se le ahorren enfermedades
graves, por eso existen menos discrepancias sobre la eugenesia negativa; pero la eugenesia de
perfeccionamiento abre un conjunto de posibilidades que urge considerar antes de que cualquier secta
raeliana, o simplemente el mercado, nos lleve a callejones de difícil salida.
Obviamente, cualquier evaluación ética de una nueva tecnología debe, en primer lugar, preguntarse de
forma responsable por las consecuencias de las intervenciones. En el caso de las genéticas poco se sabe,
y ello aconseja precaución, entender que son razonables si se pretende con ellas evitar enfermedades
graves y someter las restantes a moratorias.
En segundo lugar, cabe preguntar si la eugenesia positiva abre un mundo "poshumano", un mundo de
seres felices pero no libres, como apuntaba el libro de Huxley. Pero no creo que ése sea el riesgo, sino
que, continuando con Huxley, la libertad no se pierde tanto por el condicionamiento genético como por
otros dos factores que funcionan de una forma casi infalible: lo que Huxley llama el "soma", que no es
sino una sustancia que permite a los pobladores del mundo feliz alienarse cuando llegan el dolor o la
emoción excesiva y sumergirse en un imaginario bienestar, y la hipnopedia, la mentalización que sufren
los nuevos seres desde el momento de la fecundación, las palabras repetidas hasta la saciedad sin
razonamiento. La hipnopedia, afirmaba Huxley, constituye "la mayor fuerza socializadora y moralizadora
de todos los tiempos".Un tercer ámbito de cuestiones se abre desde la idea del "niño a la carta", del niño
diseñado por los padres según sus preferencias personales, según las modas de una determinada época.
Si ya la elección educativa tiene algo de diseño, qué decir de una intervención genética, en que no hay
por parte del niño ninguna posibilidad de dar su consentimiento.
Sin embargo, tal vez la cuestión más espinosa consista en que una eugenesia liberal deja al juego del
mercado la posibilidad de mejorar la herencia genética de los individuos, posibilidad que afecta a la
entraña de la justicia social. En las tradiciones liberales y socialistas se habla de que los seres humanos
nacen sometidos a una doble "lotería", la natural y la social, y el más elemental principio de igualdad de
oportunidades ha exigido corregir las desigualdades generadas por ese tipo de lotería. La manipulación
genética permitiría ahora eludir la lotería natural y poner en manos de la libre elección de los padres el
fomento de características deseadas para los hijos, siempre que tuvieran la capacidad adquisitiva
necesaria para ello. Se ampliarían entonces las desigualdades naturales y sociales, que ya son enormes,
con las desigualdades naturales genéticamente manipuladas. El mundo de jerarquías en el que en
realidad ya vivimos no haría sino reforzarse con nuevas élites y clases genéticamente potenciadas.
Un Estado social que interviniera para ayudar universalmente con una tecnología barata y accesible a
todos sería una exigencia de justicia. Pero no sólo eso, sino también una Sociedad Global justa que
desde instituciones internacionales pusiera esas tecnologías al alcance de todos los seres humanos, si es
que realmente son deseables.
El debate no ha hecho sino empezar, y la incertidumbre impregna el futuro. Sin embargo, es urgente
que no sólo expertos, políticos y empresarios aborden estas cuestiones, sino muy especialmente los
ciudadanos. Una humanidad reactiva reflexiona a toro pasado; una humanidad proactiva, por el
contrario, se resiste al fundamentalismo de los hechos consumados, anticipa el futuro y lo crea a la
medida de la dignidad humana.
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