Vida:
Leandro Fernández de Moratín nació en Madrid en 1760. Hijo del notable escritor Nicolás Fernández de
Moratín, desde muy joven entró a formar parte del mundo literario, obteniendo varios premios de la Academia
con sus poemas y sátiras. Le protegieron Jovellanos y el ministro Godoy, lo que le permitió viajar a Europa.
Amigo de Goya y de Silvela, obtuvo el amparo de José Bonaparte, que le nombró bibliotecario de la
Biblioteca Real.
Se enamoró de una joven, Paquita Muñoz, pero no se decidió al matrimonio. Durante la invasión francesa
(1808), se hizo afrancesado y aceptó cargos, lo que le obligó a exiliarse posteriormente.
La guerra de la Independencia fue un duro golpe para el escritor, que tuvo que refugiarse en Francia. Pasó sus
últimos años en Francia y murió en París en 1828.
Es muy compleja la personalidad de Moratín: inteligente, burlón, descontentadizo, sensual y enamorado por
egoísmo. Contó con grandes enemigos y amigos fieles. Fue afrancesado porque pensó que Bonaparte podía
traer la modernización a España, a la que tanto quería.
Poesía:
Cultivó la poesía en dos vertientes principales: la satírica y la lírica. En la primera, es notable su Sátira contra
los vicios introducidos en la poesía española, donde propugna su permanente ideal neoclásico. Otra sátira suya
de igual orientación, pero en prosa, es La derrota de los pedantes.
Como lírico, es uno de los más notables de aquel siglo. En sus versos, por debajo de la frialdad neoclásica, se
perciben sentimientos verdaderos y hondos. Destacan, entre sus poemas, los titulados A Claudio, Elegía a las
musas, etc.
El teatro de Moratín:
Es el principal autor dramático de la escuela neoclásica española. Sólo escribió cinco comedias, que se
caracterizan por el total sometimiento de las reglas, por su doble finalidad de deleite e instrucción moral, y por
la verosimilitud de sus argumentos.
No compuso tragedias, que juzgaba incompatibles con su carácter; prefirió los temas ordinarios de la vida
doméstica para adoctrinar o satirizar.
En tres de sus comedias− El viejo y la niña, El barón y El sí de las niñas− defiende la libertad de la mujer para
elegir marido. Era una cuestión candente, en aquella época en que abundaban los matrimonios impuestos por
interés.
Las otras dos comedias− La comedia nueva o El café y la mojigata− poseen carácter satírico. La primera,
contra los malos autores dramáticos que despreciaban las reglas. La segunda, contra la falsa religiosidad. En la
Comedia Nueva, obra anterior a El sí de las niñas y en la que se aprecia la influencia de Molière, el escritor
ataca los vicios del teatro de la época. Los personajes Eleuterio, el escritor y el pedante Don Hermógenes son,
a su vez, el fiel reflejo de algunos competidores de Moratín en el mundillo literario.
El sí de las niñas:
El sí de las niñas, comedia de crítica social es considerada su obra maestra. Escrita en 1801, y estrenada en
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1806, se representó veintiséis días consecutivos, lo que significa un gran éxito entonces. Se ha creído durante
mucho tiempo que reflejaba las relaciones del escritor con Paquita Muñoz, la protagonista se llama incluso
Francisca.
El sí de las niñas, aparte de su testimonio para comprender a Moratín, es también un alegato en defensa de los
derechos de la mujer a casarse con quien ama, y no por conveniencias de familia, según era normal. Es una
defensa tímida, puesto que ni Francisca ni Carlos se rebelan para defender su amor, tendrá que ser don Diego,
el novio por interés, quien ponga un desenlace justo al conflicto. Se sitúa lejos de los héroes del teatro clásico,
vehementes y rebeldes.
Sus protagonistas son; Doña Irene, viuda y madre de Paquita, que concierta el matrimonio de su hija con don
Diego, un rico solterón. La aparición de don Carlos, sobrino de don Diego, vendrá a frustrar los planes de la
viuda. Aparecen también la figura de los sirvientes, Rita, Simón y Calamocha.
Resumen:
En Guadalajara, estudia interna en un convento la joven Francisca. Allí han ido su madre, doña Irene, y don
Diego, un anciano y noble caballero que va a casarse con la muchacha porque así lo han concertado ambos.
De regreso a Madrid, se disponen a pasar la noche en una posada de Alcalá.
Al llegar, Rita, la sirvienta y amiga de Francisca, se dispone a preparar la habitación de sus señoras, mientras
doña Irene acompañada de su hija, charla con don Diego. Éste se muestra cariñoso con la joven pero ella no
puede evitar mostrar su desengaño ante lo que el destino le depara.
Ella no quería casarse con don Diego, porque amaba a Felix de Toledo, soldado de quien se había enamorado
mientras estaba en el convento, y a quien veía y con quien hablaba a escondidas cada noche en el gallinero. Le
había enviado una carta contándole la situación, y ella deseaba desesperadamente que apareciera, para evitar
su matrimonio.
Su madre y don Diego se retiraron a una habitación, y fuera se quedaron Rita y doña Francisca. Rita le
intentaba convencer y al mismo tiempo animarla, diciéndole que no tardaría en llegar don Felix para
solucionarlo todo. Doña Paquita, cansada se retiró a su habitación y Rita se quedó fuera. De pronto oyó subir
por las escaleras de la posada a Calamocha, el sirviente de Don Felix, al verle se alegró enormemente, y fue
donde él. Le dijo que su amo se encontraba abajo con los caballos y que se hospedarían en la habitación de
enfrente. Rita, fue rápidamente a avisar Paquita.
Entre tanto, apareció don Felix, cuyo verdadero nombre era don Carlos, y se puso a hablar con Calamocha.
Mostraba el ansia que tenía por enfrentarse al hombre que iba a casarse con su amada. Por las voces que se
escuchaban tras una de las puertas, supuso que en esa habitación se encontraban la madre de doña Paquita y su
futuro marido ultimando los planes de la boda, sintió ganas de entrar, pero se amigo le convenció para que no
lo hiciera. Se iban a retirar a sus aposentos, cuando vieron aparecer a Simón, el criado de don Diego, su tío y a
quien no había pedido permiso para venir a Madrid. Al ver que era demasiado tarde ya para esconderse, no
tuvo más remedio que hablar con él.
Simón se mostró sorprendido de verle allí, y le dijo que su tío también se encontraba en la posada, y fue a
avisarle. Don Carlos al ver que de la habitación en la que se encontraba la madre de doña Paquita salía su tío,
enseguida supo que era con él con quien habían planeado casar a su joven dama. Atónito, intentó disimular su
sorpresa. Don Diego, al principio sorprendido pero también enojado, le preguntó por la causa de su estancia
en la posada. Él le dijo que pretendía ir a hacerle una visita, pero que le perdonase por no haberle pedido
permiso para ello. Don Diego, le contestó mandándole de regreso a Zaragoza, con el resto de sus compañeros
soldados. Así, don Carlos tuvo que recoger su equipaje, pagar los gastos de la posada y muy a su pesar partir
de nuevo, mientras don Diego le confesaba a Simón que no quería que su sobrino se enterase de su boda hasta
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que ésta ya se hubiera celebrado.
Don Diego se retiró a su habitación, y Rita y doña Paquita salieron para ver a don Carlos. Simón que se
encontraba allí fuera todavía, les contó que un joven soldado y su lacayo se acababan de marchar de la posada.
Rita para asegurarse fue a comprobar la habitación, que efectivamente se encontraba vacía. Simón se despidió
y allí se quedaron Rita y doña Paquita. Esta última, se lamentó de haber querido a un hombre que tras
comprobar el nivel de su adversario, decidía echarse atrás y huir. Rita le consolaba diciéndole que él no era
capaz de engañarla así, que en su conversación con él le había parecido sincero.
Anocheció, y cada uno se encontraba en su habitación, excepto Simón que dormía fuera en el banco. Don
Diego, que no podía dormir, salió fuera y despertó a Simón. Éste le preguntó por qué no estaba durmiendo, él
le contestó que pensaba en si verdaderamente la joven Paquita estaba obligada por su madre para casarse con
él. De pronto, se oyó una música que provenía del callejón, se abrió la puerta de la habitación de doña Paquita
y don Diego apagó el candil.
Rita y doña Paquita salieron y se dirigieron a una ventana que daba al callejón. Doña Paquita se acercó y dio
tres palmadas, enseguida se dio cuenta que era don Carlos. Le recitó un poema y le tiró una carta. Como era
de noche y estaba oscuro, no la encontraban. Rita, en su afán por encontrarla, tropezó con la jaula de un
pájaro, y pegó un grito. Rápidamente, se dirigieron a la habitación para no ser descubiertas, pero desconocían
que don Diego y Simón estaban presentes y habían cogido la carta. Rita, se quedó buscando la carta, pero de
pronto, Simón encendió el farol, y don Diego le preguntó a Rita qué estaba haciendo. Ella contestó que había
oído un ruido, vio al pájaro en el suelo, y lo colocó sobre la mesa. Don Diego le preguntó si su señora dormía
y ella le contestó que sí, lo que le extrañó por el ruido que había habido, sin más, se marchó a su habitación
junto con Simón y una de las luces.
Francisca salió de su habitación, y tras contarle Rita lo que había pasado empezó a llorar, porque sabía que en
esa carta le contaba don Felix los motivos de su partida, y porque ahora esa carta la tenía don Diego.
Éste después de leer la carta se dio cuenta de lo que pasaba; su sobrino don Carlos, estaba enamorado de doña
Paquita. Así que mandó a Simón en busca de su sobrino, mientras él hablaba con doña Paquita. Le preguntó
porqué estaba tan triste, si era él el motivo de su tristeza, ella le respondió que no. Él insistió en saber quien le
había ofendido, saber si había otro amante, pero ella lo negó. Doña Paquita le dijo que se casaría con él por
orden de su madre y que intentaría ser todo lo feliz que pudiera al lado de un hombre que la respetaba. Se
despidió de él y fue a su habitación.
Entre tanto, apareció Simón, le dijo que los había encontrado abandonando la ciudad, pero que venían detrás
de él. Don Diego le preguntó a don Carlos dónde había estado desde que se despidieron, él le contestó que en
el camino de vuelta. Don Diego, que tenía en su posesión la carta, se la mostró. Su sobrino pensaba que ya no
tenía escapatoria, pero en contra de lo que creía, su tío le preguntó dónde había conocido a doña Paquita. Él le
dijo que en una ocasión cuando regresaba a Zaragoza, el intendente del pueblo le obligó a detenerse en el
pueblo, y allí la conoció. Le explicó también que le veía todas las noches en el gallinero, y que realmente, no
estaba en Zaragoza como le había dicho a su tío, sino en el pueblo de la joven. Don Carlos, tras justificarse, se
disponía a partir de nuevo, porque no quería causarle más disgustos a su tío. Sin embargo, don Diego de dijo
que se metiera en su habitación, y el joven le obedeció.
Mientras tanto, doña Irene salió de su habitación. Al ver a don Diego tan temprano levantado, le preguntó si
estaba rezando, y él contestó que estaba demasiado inquieto para rezar. A su vez don Diego se interesó sobre
si realmente pensaba doña Irene que su hija iba a ser feliz con él. Ella le contestó que sí, pero él no estaba del
todo satisfecho con la respuesta. Ante la insistencia de doña Irene, don Diego le dijo finalmente que su hija
estaba enamorada de otro hombre, la madre al principio no se lo creyó pero al mostrarle la carta, comenzó a
dar gritos para llamar a su hija y a Rita.
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Cuando salieron, doña Irene le preguntó a su hija si era cierto lo que le acababa de contar don Diego. Ella se
enfadó, pero al ver la carta no pudo negarlo. Entonces su madre comenzó a decir que tenía que matar a su hija,
que la iba a matar.
Al oír eso, don Carlos salió de la habitación, cogió a doña Paquita y la puso detrás de él, diciendo que nadie le
iba a ofender en su presencia. Entonces don Diego, le explica a doña Irene que don Carlos era su sobrino, que
ambos estaban enamorados, y que él no iba a poner ningún reparo en esa relación. Así que doña Irene acabó
también aceptando la situación, los dos jóvenes se quedaron juntos, y don Diego se quedó soltero.
Opinión Personal:
La obra me ha parecido un fiel reflejo de la sociedad de aquella época, en la que la mayoría de los
matrimonios eran establecidos previamente por los padres y en los que no prevalecía la opinión de los
contrayentes. Al mismo tiempo, he encontrado alguna similitud entre las circunstancias de este libro y otras
obras clásicas de autores como Jean Austin o Choderlos de Laclos en las amistades peligrosas.
Este tipo de literatura, en la que se cuentan las intrigas sociales y amorosas de la época me parece amena, e
incluso entretenida. Además, la obra no era excesivamente amplia, y sí, a pesar de estar escrita en castellano
antiguo, se comprendía sin muchas dificultades.
La obra ya era conocida por mí, porque la pude disfrutar en teatro hace dos años. Una representación fiel al
manuscrito original, por ello me ha resultado más sencillo leerla, porque me imaginaba a los actores recitando
las palabras que estaba leyendo.
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