El cielo de mi pueblo

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El cielo de mi pueblo
Escrito por Guillermo
Domingo, 08 de Octubre de 2006 12:00 - Actualizado Domingo, 27 de Julio de 2014 12:23
Sebastian Antonio Cabrera, nació en Santo Domingo Ingenio, Oaxaca, en la región del istmo,
el primero de abril de 1970, es profesor de profesión; estudio la licenciatura en educación
primaria en la Escuela Normal Urbana Federal del Istmo, cursó la maestría en Innovaciones
Educativas, en la Universidad Lasalle, Unidad Joaquín Cordero y Buenrostro. Actualmente se
desempeña como Asesor Permanente del Centro de Maestros 2004, de la Heroica Ciudad de
Juchitán de Zaragoza. En este 2006 ganó un segundo lugar nacional en el concurso de
narraciones y testimonios, convocado por la Subsecretaría de Educación Básica, La Dirección
General de Formación Continua de maestros en Servicios y la Secretaría de Educación
Pública. Todos sus trabajos son inéditos.
El cielo de mi pueblo.
Cuando preguntas a un niño sobre él, te cuenta historias fantásticas; si preguntas a un
abuelo sobre su color azul, narran leyendas místicas que inundan de imágenes tu corazón; si te
acercas a una anciana y preguntas por él, con nostalgia te contará las hazañas del ayer.
Todos los días transcurrían sin importancia en mi pueblo, todo era normal, la rutina de ir y
venir, ver siempre hacia el frente y a los lados nunca hacia arriba, hasta que un día vi pasar
una alegre gaviota, la seguí con la mirada, me di cuenta de la existencia de un azul y me
dedique a observar e investigar sobre él, le puse atención a la plática de los abuelos, a los
juegos de los niños, a los colores con los que se disfraza durante el día y en todo el año, y
empecé a mirarlo más lentamente, con ojos de girasol.
Ese inmenso gigante azul, que se despierta todos los días antes que el sol. Con su flauta de
sonidos étnicos, alimenta a dios e invitan a embribar.
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Escrito por Guillermo
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Imita a los domadores de serpiente, día a día toca melodías para levantar al sol, lo hace
emerger de su rincón oscuro, para aclararse y poder presumir su inmenso color azul.
Al ver al sol que empieza a levantar el vuelo, lo alcanza a brincos y le pone su cordón para
convertirlo en cometa luminoso de seis a seis. Aflorando su narcisismo al reflejarse cual
gigante espejo luminoso de color azul.
Sí, ese mismo cielo azul místico del que cuentan sus historias celestiales los abuelos de mi
pueblo, al cual irán todas esas personas que se portan bien, ese mismo cielo azul que los niños
de barro rojizo, de arcilla tostada quebrada al sol quieren saber quien es y le temen un temor
alegre en cada estación.
Su mejor esplendor nos lo regala en tiempo de calor, cuando la tortolita canta solitaria en un
huisache. Es como una sombría que nos cubre de alegría ante el calor, con el cual los niños
juegan a contar estrellas por las noches en que no pueden conciliar el sueño por el sudor. Ese
azul de día de verano, en que las espigadas palmeras brillan como esmeraldas tratando de
opacar su azul. El mismo que entristece al observar el blanco vuelo de gaviotas que lo cortan y
dividen en dos; las ranas comienzan a cantar anunciando la cercanía de las aguas.
Cuando las lluvias empiezan a acercarse a mi pueblo, ese gigante se levanta llorando de
tristeza, el sol se ha soltado de su cuerda y se ha ocultado en su rincón. Por culpa de esa
sombra gris que recorre lentamente sus dominios, cubriendo esas inmensas praderas a las
que en temporada clara les ofrece su alegría y las convierte en un prisma que descompone la
luz en una maraña de reflejos multicolores en el horizonte, la sombra gris se transforma en
lluvia y entorpecer su trabajo, convirtiendo al prado en un aburrido soliloquio verde. Los
zanates azules, ya no vuelan en parvadas polifónicas, pues tiritan de frío al no poder volar, el
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cielo se molesta, porque no podrá reflejarse más en el río sonoro de corrientes milenarias,
tiene que esperar cubierto de gris y agua.
Pero todo pasa y vuelve a levantar al sol con su flauta, los chiquillos abrigados corren a
atrapar helicópteros y algodones de pochote, se acercan a la rivera del río a ver las hojas de
los higos que caen en el agua clara y se dan cuenta del hermoso resplandor azul que besa
apasionado su esplendor, la alegría ha vuelto, el cielo es inmensamente azul, le agradece al
viento que se ha llevado la mancha gris, su azul se cuela entre las copas deshojadas de los
robles y guanacastes, ilumina los tejados de color marrón, el horno de ladrillo empieza a
humear, no se acalambra de vergüenza pues el viento lo ha de limpiar y dejará su azul brillar.
Por las tardes comienzan a brotar lunares multiformes llenos de color, jalados por chiquillos
que corren sin parar, se elevan compitiendo a alcanzar la gran bóveda azul. Azul del mar.
Los torbellinos de polvo hacen su aparición, el frío empieza a calar, su majestuoso azul
empieza a oscurecer, las nubes vuelven a aparecer, son pesadas y el viento no las puede
deshacer, el cielo se molesta y llama al sol quien se encuentra de vacaciones, la parte que
queda azul no lo puede creer se ha manchado de un nubarrón y le da pánico poder
desaparecer, le pide de favor al frío que le deje un espacio entre él. Todo es triste y aletargado,
los niños de barro les escurre el moco por la nariz, las iguanas no pueden salir pues el cielo
azul se a puesto su bufanda gris.
El sol se adelantó, inundó mi pueblo de luz, el cielo azul se despertó cabizbajo, había un
gran resplandor, mil colores salidos de un baúl. Sintió que su azul se opacó, las niñas de
carrizo y chamizo corren entre flores y frutos que despiden indescriptibles olores y sabores;
buenas amigas le contaron una historia de amistad y compañía que lo hizo reflexionar, cambió
su rostro triste y, se llenó de alegría.
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Así es el cielo azul de mi pueblo todos los días.
Asunción Ixtaltepec, Oax. Otono de 2006.
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