Adams Audra Un Autentico Delincuente

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Un auténtico delincuente
Audra Adams
Un auténtico delincuente (1994)
Título Original: Devil or Angel (1993)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Tentación 470
Género: Contemporánea
Protagonistas: Devon Taylor y Brooke Pattersen
Argumento:
Brooke Pattersen nunca había conocido a alguien como Devon Taylor. Él la
sedujo llevándola del amoroso abrazo de su familia a sus brazos. Pero
cuando el padre de Brooke quiso poner un alto a su romance, obligó a
Devon a dejar el pueblo.
Ahora, Devon había regresado y les asegurándoles a todos, especialmente a
la divorciada Brooke Pattersen Wallace, que venía para quedarse.
Porque él quería vengarse del pueblo entero.
Audra Adams – Un auténtico delincuente
Capítulo Uno
El cielo a finales de verano sobre Lenape Bay estaba teñido con sombras
púrpuras, rosas y azules. Brooke Wallace alzó su rostro para observar los últimos
rayos del sol, mientras bajaba a toda velocidad por la carretera de las dunas en su
descapotable rojo.
El cansancio de un largo viaje se dejaba sentir. Hacía una semana que había
salido para la convención de alcaldes del estado y le parecía una eternidad. El trabajo
había sido agotador, las reuniones interminables. El primero de septiembre
representaba el fin oficial de la temporada de verano en las urbanizaciones de la
bahía, el día en que «los pichones» se iban y los lugareños retomaban el negocio
menos caótico de vivir.
A Brooke le encantaba el comienzo del otoño en la bahía. La época en que la
playa quedaba desierta y su ático libre de los inquilinos que a regañadientes permitía
que lo ocuparan durante la temporada alta como un suplemento para sus ingresos.
Era aquella temporada sin nombre que había entre los días cada vez más cortos del
verano y los vientos del norte de últimos de octubre.
Sólo podía lamentarse por el tiempo perdido. Participar en la convención era
importante, incluso vital, si Lenape o cualquiera de las demás ciudades de la bahía
querían sobrevivir otro año.
Suspiró. Los problemas parecían insuperables. Los cinco pueblos de su área
sufrían los efectos depresivos de la recesión económica. Aunque los balances de
aquella última temporada arrojaban un resultado ligeramente superior a la anterior,
sólo permitían albergar un optimismo cauto de que podía vislumbrarse el final del
túnel. La gente aún recordaba el problema de la contaminación de las costas hacía
pocos años. La prensa les había vapuleado y los turistas habían desaparecido. Brooke
sabía que, al más mínimo rumor de cualquier imperfección, aparecerían los buitres
sobre la costa, relamiéndose los labios en anticipación al festín inminente.
No podía permitir que sucediera. Lenape Bay era su hogar. Había nacido y
crecido allí. Allí había pasado la mayor parte de sus treinta y tres años, descontando
los de la universidad y su breve tentativa de matrimonio. Después de su divorcio,
cinco años atrás, había regresado. A su exmarido, Andrew, nunca le había gustado la
vida en una ciudad pequeña y ella odiaba vivir en Boston. Siempre había habido una
manzana de la discordia entre ellos, un árbol entero, ahora que lo pensaba. Volver a
casa le había brindado la oportunidad de redefinirse en un marco seguro y
confortable.
Maestra de profesión, los dos primeros años había desempeñado el cargo de
vicedirectora de la escuela elemental. Había sido un tiempo de transición en su vida,
donde los viejos sueños se habían dormido mientras los nuevos tomaban el relevo.
Lenape Bay también se había visto obligada a cambiar con la muerte repentina
del Mayor Horace Leach, una verdadera institución en la ciudad durante cuarenta
años. Algunos miembros del ayuntamiento se habían puesto en contacto con ella
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para que aceptara el puesto de alcaldesa con el argumento de que necesitaban una
persona más activa c implicada de lo que había sido el viejo Horace. Querían sangre
nueva, ideas nuevas que revitalizaran el pueblo.
Aunque la oferta le atraía, al principio se mostró reacia a comprometerse. Hasta
que su padre, Chaz Pattersen, contribuyó con su granito de arena. Con su jactancia
habitual, la había convencido de que se arriesgara.
—Acepta el reto —le había dicho.
Ella lo había aceptado. Ningún otro de su comité de elección se había mostrado
más trabajador ni le había servido de más apoyo. Y nadie se había sentido más
orgulloso cuando ella había hecho el juramento de la alcaldía.
Poco después de su elección, hacía tres años, Chaz había sufrido un ataque
cardíaco fatal. Brooke se apartó de los ojos un mechón de cabello mientras lo
recordaba. No cabía duda de que su padre siempre había sido la fuerza a tener en
cuenta en Lenape Bay. Había sido una personalidad formidable en el completo
sentido de la palabra, habiendo fundado el Banco Central Pattersen cuando sólo
contaba treinta años. Nadie cuestionaba que había sido él quien había sacado al
pueblo de su modorra provinciana para convertirlo en un centro turístico de
importancia.
Brooke todavía se acordaba de los paseos junto a él por Main Street cuando era
niña. La gente prácticamente hacía reverencias y caía de rodillas a su paso. Chaz
tenía un aura a su alrededor que exigía respeto y no aceptaba nada que no fuera la
excelencia y una obediencia ciega.
Nadie podía saberlo mejor que Brooke y su hermano Chuck. Chaz gobernaba
su familia de la misma manera en que gobernaba el banco, con una total dedicación.
Los únicos recuerdos que Brooke tenía de su madre eran los cuadros que adornaban
las paredes de su caserón de la bahía. Chaz había suplido con creces cualquier falta
de afecto materno que ella hubiera podido sentir. Brooke lo había querido
tiernamente y lo seguía echando de menos, aunque había tenido que hacerse adulta
para reconocer que, a veces, su obsesión por controlarlo todo llegaba a ser sofocante.
Pero había momentos, sobre todo en los últimos tiempos, en que deseaba que
todavía estuviera vivo. Chaz habría sabido cómo arreglar los asuntos de la ciudad.
Habría sabido cómo ponerse al mando y dar vuelta a aquella marea de tristeza que
parecía romper sobre toda la gente. Quería mucho a su hermano, pero hacía tiempo
que había admitido que no había heredado la perspicacia de su padre para los
negocios. Desde su muerte, Chuck se las había arreglado para deshacer la mayor
parte de lo que a su padre le había costado toda la vida levantar.
En justicia, Brooke no podía culpar por entero a Chuck. Era obvio que Chaz no
había escogido el momento para morirse. Había dejado una madeja enredada de
asuntos bancarios y negocios personales que, entre los dos hermanos, sólo
empezaban a desentrañar ahora. Suspiró. Parecía que la ciudad y la familia Pattersen
necesitaban de un milagro urgente.
El sol se ponía con rapidez, como siempre en esa época del año. Pisó el
acelerador en una carrera hasta su puerta con el atardecer. Como siempre echó un
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vistazo a la vieja casa victoriana que dominaba la bahía. Chuck le llamaba «el
Elefante Rosa», imposible de mantener e imposible de alquilar. Con todos sus
problemas financieros, la habían puesto a la venta poco después del fallecimiento de
su padre.
Sin embargo, Brooke le tenía cariño porque había crecido allí. Aunque no lo
había discutido con Chuck, abrigaba la esperanza secreta de que nadie la comprara
hasta que ella pudiera reunir el dinero suficiente como para restaurarla y habitarla
otra vez.
Estaba a punto de volver su atención hacia la carretera, cuando vio algo que le
hizo pisar el freno a fondo. El coche se detuvo en medio de una nube de polvo
irrespirable que la hizo estornudar.
Se restregó los ojos y contempló la luz encendida del salón delantero. No pudo
apreciar ningún movimiento, pero había un Jaguar verde aparcado en el camino de
acceso. Soltó el pedal del freno y dio marcha atrás para echar un vistazo más de
cerca. La casa estaba envuelta en silencio. Dejó el coche en el camino de grava, bajó y
se acercó al porche con movimientos ágiles, llenos de gracia. La pesada puerta de
madera estaba abierta de par en par y sólo una rejilla sucia y deteriorada le impedía
el paso.
—¿Hola? —llamó.
Nadie contestó. Se preguntó quién podía estar en la casa a esas horas. Quizá el
corredor de fincas. Pero la casa sólo había despertado un muy ligero interés al
principio de salir al mercado. Ahora se erguía solitaria, dominando la bahía,
castigada por los elementos, necesitando más trabajo del que Chuck o ella podían
afrontar. Para muchos se había convertido en una monstruosidad acechante de
cuatro pisos, un caserón Victoriano con la pintura gris y rosa descascarillada que
dormitaba sobre sus pilotes, adentrándose en el agua.
Brooke echó un vistazo hacia atrás y el corazón le dio un vuelco. El cartel de Se
vende había desaparecido. Llamó a la puerta. Dentro no se oía el menor ruido, la
menor respuesta. Sobreponiéndose a su inquietud, abrió la mosquitera y entró. Se
dijo a sí misma que tenía derecho a estar allí, aunque sólo fuera para ayudar a la
venta.
La casa estaba vacía. Revisó las habitaciones de la planta baja llamando, pero no
obtuvo respuesta. No pudo evitar la tentación de acariciar los muebles cubiertos de
sábanas mientras pasaba. Habían decidido venderla tal y como estaba, no tenían
corazón para deshacerse de los muebles viejos, pero tampoco disponían de sitio para
guardarlos.
Se detuvo. Oyó un sonido distante, parecido al motor de una lancha. La puerta
trasera estaba abierta, tan sólo la mosquitera estaba cerrada. Salió al embarcadero,
caminando con cuidado sobre la madera rota y crujiente, hacia el malecón que se
adentraba en la bahía.
El sonido se hizo más intenso, aunque Brooke no veía ningún barco. Se protegió
con la mano los ojos de los últimos rayos del sol. Entonces vio una figura oscura
contra la luz cegadora de la gran bola naranja que se sumergía. Llevaba un moto de
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agua que viró expertamente, primero a la izquierda, luego a la derecha, para
terminar dirigiéndose directamente al embarcadero, a ella.
El motor rugió por última vez antes de detenerse junto al malecón. El instinto le
dijo a Brooke que debía irse mientras tenía la oportunidad. Se dio la vuelta para
meterse en la casa, pero se detuvo cuando el hombre desapareció bajo el agua. El
silencio absoluto duró lo que un latido de su corazón. Brooke contuvo el aliento.
De pronto, como Neptuno alzándose sobre las olas, salió del mar. El sonido que
produjo era más ominoso que el del motor. Subió al embarcadero delante de ella,
sacudiendo la cabeza y salpicando agua en todas direcciones.
Brooke se quedó paralizada. Intentó verle la cara pero no pudo, el cielo
iluminado a sus espaldas se lo impedía. Él tampoco pareció verla mientras el agua le
corría por todo el cuerpo. El hombre alzó una mano y se secó la cara. Con la derecha
bajó lentamente la cremallera de su traje de agua. El sonido hirió la quietud mientras
la mirada de Brooke seguía su descenso.
Fue entonces cuando él reparó en su presencia. La mano se detuvo a mitad del
recorrido y todo su cuerpo entró en tensión. Le echó un vistazo rápido para relajarse
visiblemente a continuación. Una sonrisa apareció en su rostro, los dientes blancos
brillaron en la creciente penumbra. Aceptó su presencia con un movimiento de
cabeza casi imperceptible.
Brooke tragó saliva y le respondió con el mismo gesto. El hombre parecía
esperar a que ella dijera algo. No lo hizo, no podía. Tenía la boca seca, su respiración
era agitada, si trataba de intimidarla, lo estaba consiguiendo.
Avanzó un paso hacia ella y Brooke retrocedió instintivamente. Era muy alto, se
cernía sobre ella como el mismo demonio, vestido de negro contra un cielo ámbar.
Brooke pensó que le oía reír y dudó.
—¿Quién es usted? —preguntó ella.
—¿No te acuerdas de mí, Brooke?
—¿Cómo sabe mi nombre?
Dio otro paso hacia ella.
—Sé mucho más sobre ti, pequeña —dijo el desconocido en un tono suave.
Unos ojos azules y transparentes se hicieron visibles. El corazón le hizo una
cabriola en el pecho. No, no era el demonio. Pero casi.
—Devon.
Él llegó junto a Brooke.
—¿Nada más? ¿Sólo Devon?
—Yo… estoy sorprendida —dijo ella, llevándose una mano al pecho para tratar
de calmar el sobresalto de su corazón—. Ha pasado mucho tiempo.
—Quince años, más o menos.
—Has vuelto.
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Brooke se mordió la lengua. Era una obviedad. Él torció los labios, la mueca que
ella recordaba como su pobre imitación de lo que era una sonrisa.
—En carne y hueso.
«Sí», pensó ella. «Devon Taylor».
Clavó la mirada en su pecho. El vello rubio, liberado del traje, alcanzaba a
brillar en el atardecer.
«En carne y hueso».
Devon se llevó la mano a la mejilla para secársela. Ella siguió el movimiento de
la mano hasta encontrar sus ojos. Se quedaron mirando.
«Quince años».
Sacudió la cabeza como si quisiera librarse del trance hipnótico y volver a la
realidad. No era ningún desconocido, era Devon Taylor, el hombre con el que había
compartido tantas cosas al principio de…
«No lo pienses».
Se obligó a dejar la mente en blanco y lo estudió. Su cuerpo alto se había
desarrollado, era más fornido y llevaba el pelo más corto. No tenía nada que temer
de él, ya no. Aquel Devon llevaba años muerto y enterrado en sus pensamientos, en
su corazón, en su alma.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó con la mayor despreocupación posible.
—¿Hace falta una razón para volver?
—Si tenemos en cuenta el modo en que te fuiste, yo diría que sí.
—¿Todavía se sigue hablando de eso? ¿Tu papá no ha echado a nadie más de la
ciudad?
—¿Todavía culpas a mi padre de tus propios errores, Devon? —replicó ella,
envarándose—. Bien, ya es demasiado tarde. Papá murió hace tres años.
—Lo sé.
Se hizo un silencio incómodo espeso entre ellos.
—No digas que lo sientes.
Devon le echó una mirada dura, rara.
—Podría.
Brooke esperó que continuara hablando, pero sus labios se contrajeron en
aquella sombra de sonrisa. Echó a andar hacia la rejilla y la abrió para ella.
—Animo, Brooke. Ha pasado mucho tiempo. Entra.
Brooke se obligó a dar el primer paso. No sabía lo que pensaba por no
mencionar lo que sentía. Lo único que sabía era que Devon Taylor había vuelto y los
motivos que había detrás de su regreso pesaban como una losa en su mente.
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—La casa está hecha un desastre —dijo él, cogiendo, una silla volcada y
acercándosela—. Siéntate. ¿Cerveza o agua mineral?
—Agua, por favor.
Tiró de la anilla antes de ofrecerle una lata. Ella la aceptó, llevándosela
maquinalmente a los labios. Sabía que debía hacerle preguntas, las que fueran, pero
no se le ocurría ninguna.
—Dame un momento para que me quite este traje.
Brooke asintió y él salió de la cocina. Sobre un poyo había un viejo reloj de
cuerda. Había sido de su padre y parecía hablarle por medio de él, el tic–tac
acompasado a los latidos de su corazón.
—Mantente lejos de él, Brooke. Lejos, lejos.
No le había escuchado entonces y tampoco ahora. Tomó un trago de agua y se
enjuagó la boca para librarse del sabor de los nervios y el miedo.
Se dijo a sí misma que debía calmarse, que ya no era una chica ingenua sino
toda una mujer. Él ya no tenía ningún poder sobre Brooke.
Era Devon.
Sólo Devon.
Devon subió los escalones de dos en dos, sus pensamientos girando a toda
velocidad. Ni siguiera quería especular sobre lo que significaba tener a Brooke
Pattersen sentada en su cocina. Ella, y todo lo que representaba, conjuraban unas
visiones que debían seguir enterradas si quería conseguir lo que se había propuesto,
la razón que le había hecho volver.
Al principio no la había reconocido. Llevaba el pelo más corto, más oscuro, su
cuerpo se había desarrollado, era más… mujer. Le era difícil pensar en Brooke como
mujer. La última vez que la había visto, bueno era mejor no pensar en aquella noche,
pero ella era como una gacela, más ángulos que curvas.
Ya no.
Cuando llegó al dormitorio principal estaba medio desnudo. Tiró el traje en la
bañera y se frotó vigorosamente con una toalla. Necesitaba un poco de tiempo para
dominar su reacción ante ella. Le enfurecía haber reaccionado si quiera. Sabía que iba
a tener que verla, claro, lo había planeado hasta el último detalle, pero no había
contado con que se presentara allí. Al menos no hasta que estuviera preparado para
verla.
Parte de su plan consistía en controlar sus sentimientos hacia los habitantes de
Lenape Bay, los Pattersen en especial. Se puso un chándal y con la toalla al cuello
comenzó a peinarse. Le dijo a su imagen en el espejo que debía tranquilizarse.
Después de todo, no podía permitirse el lujo de desviarse del asunto principal antes
de poner manos a la obra, ¿o no?
«¿Qué demonios estaba haciendo Brooke allí?»
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No podía saber que él había vuelto, nadie lo sabía. El corredor le había
asegurado que Brooke y Chuck estaban fuera de la ciudad. Había escogido a
propósito el final de temporada, cuando la playa estaba desierta y el tráfico por la
carretera de las dunas se reducía al mínimo. Necesitaba un par de días para repasarlo
todo, para volver a acostumbrarse al entorno antes de mostrarle a las fuerzas vivas
de la ciudad quién era él.
Tiró la toalla sobre la cama, disgustado. Todo eso tendría que cambiar ahora. Lo
que tenía que hacer era ponerse en contacto con Chuck aquella misma noche, sin
importar lo tarde que fuera, para concertar una reunión a primera hora del día
siguiente. Si había algo que recordaba de Lenape Bay era la eficacia del chismorreo.
Antes de que el asiento hubiera tenido tiempo de enfriarse, Brooke se abalanzaría
sobre los teléfonos. Por la mañana, todo el mundo que fuera alguien sabría que
Devon Taylor había vuelto.
Sonrió. La excitación le corría por las venas como una droga potente. Había
pasado mucho tiempo preparando su vuelta, quería saborear cada momento único
por entero. Si encontrarse con Brooke antes de lo previsto alteraba sus planes, así
tendría que ser. Él era flexible. Demonios, más que flexible, estaba preparado para
cualquier cosa. Se dio un último vistazo en el espejo.
«Para cualquier cosa, para casi todo.»
Devon reapareció en la cocina llevando un chándal blanco y negro. Era de
firma, Brooke sabía por los años que había pasado en Boston que debía haber costado
una pequeña fortuna. Pero claro, él se lo podía permitir. Hacía años que había oído
que se había hecho rico con el mercado inmobiliario de los ochenta. Todo el mundo
en Lenape Bay se había sorprendido. Siempre habían dado por supuesto que la única
ropa de diseño a la que Devon podía aspirar era el traje de presidiario.
Lo observó mientras él abría el frigorífico para buscar una cerveza. Llevaba el
espeso pelo rubio cortado a la moda, de punta, dejando la frente despejada. Brooke
notó por primera vez que tenía barba de más de un día. Se quedó mirando las
subidas y bajadas de la nuez mientras bebía.
—¡Ah! Así está mejor.
Brooke dio otro sorbo, necesitaba averiguar el motivo de su regreso, qué estaba
haciendo en su casa. Y tenía que hacerlo sin provocarle. Le recordaba lo bastante bien
como para saber que no diría otra cosa que lo que le interesara. Había demasiados
temas pendientes entre ellos, demasiadas preguntas sin respuesta, preguntas que era
mejor no hacer. Brooke creía que su vida era buena ahora, completa y feliz. Ni quería
ni necesitaba que Devon la perturbara y sabía de sobra que era perfectamente capaz.
—¿Qué tal te ha ido, Devon?
Él se sentó en un poyo de fórmica arruinado y la estudió un momento, como si
tratara de decidir si su pregunta era sincera.
—Bien, me ha ido bien.
—Hace años nos enteramos de que vivías en California, ¿sigues allí?
—Tengo una casa. Allí es donde está mi negocio.
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—Inmobiliarias, ¿no?
—Estás muy bien informada —dijo él, sonriendo.
Brooke apartó la mirada. Recordaba aquellos ojos inquietantes y helados, y lo
hondo que podían penetrar.
—Ya conoces las ciudades pequeñas. Nos chifla el chismorreo.
—Sobre todo si el tema soy yo.
—Siempre has conseguido animar la vida del pueblo.
—Eso no es cierto.
—¿A qué has venido, Devon? ¿Por qué estás en esta casa, mi casa?
Devon se secó los labios con el dorso de la mano y se recostó contra el poyo en
una postura relajada.
—Ya no es tu casa. Brooke —dijo haciendo una pausa para observar el efecto de
sus palabras—. La he comprado.
El corazón naufragó en el pecho de Brooke. Sintió un vacío en el estómago al
ver confirmadas sus sospechas.
—¿Tú? —preguntó tragando saliva—. ¿Cuándo?
—Esta misma mañana cerré el trato. El corredor ya ha firmado los documentos.
—No tenía ni idea. Chuck no me comentó que hubiera alguien interesado.
—Chuck tampoco lo sabe. El corredor me ha dicho que hoy estaba fuera en
Boston. Sin embargo, me dijo que ella estaba autorizada a efectuar la transacción. ¿Es
verdad?
—Sí, pero… ¿No le has echado un vistazo a la casa?
—Lo hice cuando tenía siete años. Desde la carretera, nunca me invitaron a
entrar.
—Devon…
—Esta mañana le eché otro vistazo y la compré. Conocía la casa. Conocía a los
propietarios. No puede decirse que fuera una decisión precipitada, ¿no? He pagado
en efectivo. Ya me conoces, pequeña.
Sí, lo conocía. Impulsivo, arrogante, conflictivo.
—De modo que no has cambiado, ¿no es cierto, Devon?
Él entornó los párpados antes que sus labios esbozaran una sonrisa.
—Pues sí. He cambiado. No puedes hacerte una idea de cuánto.
—¿A qué has venido?
—No hay nada como ir directo al grano —dijo él riendo y apartándose del
poyo.
—Ya me conoces, Devon —dijo ella en el mismo tono que él había empleado.
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eso.
—Sí. Bueno, digamos que sentía nostalgia. Quería volver a mis raíces y todo
—No te creo.
Devon alzó las cejas y se llevó una mano al corazón, una expresión burlona de
horror apareció en su cara.
—Me destrozas, mujer. Puede que quiera volver a ver el sitio donde nací. ¿Qué
tiene de raro?
—Nada. Pero podías haberte alojado en un hotel del pueblo y no comprar la
casa de mi familia, si lo que querías era saciar tu nostalgia. ¿Cuánto planeas
prolongar esta visita?
—¿Quién ha dicho que esté de visita?
Brooke se había levantado para dejar la lata en el fregadero, se volvió a mirarlo.
Desde que tenía memoria, Devon la había dejado sin aliento. El cabello rubio, los ojos
azul claro, los rasgos esculpidos a cincel. Perfecto. Demasiado perfecto, si no fuera
por un pequeño bulto en el puente de la nariz. Se negó a recordar cómo había
conseguido aquella pequeña imperfección.
—¿Cuánto tiempo, Devon?
—No creo que te importe.
—Yo diría que sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que soy la alcaldesa electa.
—¿La alcaldesa? ¡Vaya! —exclamó él y silbó—. La hija del banquero se lo monta
bien, ¿eh? Papaíto debió de sentirse feliz como una almeja.
La pulla la hirió. Él sabía, quizá mejor que nadie, lo mucho que se había
esforzado por complacer a su padre. Años antes se le habrían saltado las lágrimas
ante su mordacidad, pero esos días habían pasado para siempre. Podía ignorar sin
dificultad los dolores pequeños. El haber lidiado con los grandes la había
endurecido.
—¿Por cuánto tiempo? —insistió.
—No lo sé. Depende.
—¿De qué?
—De lo mucho que Lenape Bay quiera que me quede.
Brooke lo miró. Sabía que él quería que le preguntara por qué. Era imposible
que ignorara que no había un alma viviente en aquella ciudad que le diera la
bienvenida con los brazos abiertos incluso después de tanto tiempo.
—En ese caso, será un viaje breve.
—Puede que sí y puede que no —dijo él sonriendo—. Los tiempos cambian y la
gente también. Nunca se sabe.
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Devon acabó la cerveza, aplastó la lata con una mano y la tiró al cubo de la
basura como si jugara al baloncesto. Brooke se acercó, la recogió y la sostuvo ante él
entre dos dedos.
—Señor Taylor, en Lenape Bay reciclamos.
Devon cogió la lata.
—Lo recordaré, alcaldesa Pattersen.
—Wallace. Alcaldesa Wallace.
—¿Te has casado, Brooke?
—Estoy divorciada.
Devon la tomó de la mano y le besó el dorso.
—¡Vaya! Tampoco me olvidaré de eso.
Brooke retiró la mano rápidamente y se limpió el sitio donde la había besado.
—Es mejor no despertar algunos recuerdos.
—Estoy de acuerdo. No me interesa lo que fue, sólo lo que es.
Brooke echó a andar hacia la puerta, Devon le abrió la mosquitera. Fuera había
caído una noche oscura, suavizada por el tenue resplandor de la luna. Aunque
necesitaba alejarse para poner en orden sus sentimientos, se volvió a mirarlo por
última vez.
—¿Cuándo vas a decirme lo que te propones?
Una sonrisa devastadora, como las de los anuncios de dentífricos, iluminó su
rostro.
—Antes de lo que imaginas. Dulces sueños, alcaldesa Wallace.
Devon cerró la puerta y la dejó sola con unos recuerdos y una luz de luna
imposibles de ignorar.
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Capítulo Dos
Los sueños de Brooke aquella noche fueron de todo menos dulces. La luz
siniestra de los faros alumbraba unas figuras oscuras, visibles pero no claras, y, sin
embargo, instintivamente sabía quiénes eran.
Chuck y Devon. Era media noche, Main Street. El banco de su padre. Sonaban
gritos. Era su propia voz la que gritaba. El sonido enfermizo de unos puños
golpeando la carne. Devon girando, Chuck volando por el aire…
El rostro herido de su hermano apoyado en su regazo, el blanco nieve de su
vestido del baile de graduación manchado de sangre, sucio y roto. El sonido de un
coche poniéndose en marcha… Devon al volante de viejo Cadillac de su padre, el
motor acelerando, escupiendo gases, las ruedas lanzando grava suelta.
Los ojos de Devon brillaron en la oscuridad como joyas iriscentes. Intentó correr
hacia él para detenerle, para que no hiciera lo que se proponía, pero algo la retuvo.
Chuck se aferraba con los dos brazos a su cintura. Desesperada, se debatió para
liberarse, sus ojos se encontraron con los de Devon a pocos metros y, no obstante, a
una distancia insalvable. Ella le gritaba, lloraba, le suplicaba, rabiaba, todo en vano.
Devon levantó el pie del freno y el coche se lanzó hacia delante a una velocidad
aterradora, los neumáticos traseros protestaron cuando se estampó contra la puerta
de cristales del banco.
El impacto la lanzó contra el duro asfalto mientras una lluvia de cristales caía
sobre ellos. En el segundo que transcurrió antes de que sonara la alarma, Brooke se
preguntó si Devon no se habría matado. Su cuerpo estaba derrumbado sobre el
volante. Luego, se desató el infierno y el chillido de la alarma se elevó quebrando la
noche.
Brooke se tapó los oídos. Devon se bajó del coche, su frac estaba cubierto de
trozos de vidrio. Tenía el rostro ensangrentado pero triunfante, sus ojos brillaban
como dos llamas azules.
Se acercó hasta ella y le tendió la mano.
—Ven conmigo, Brooke.
Ella le tomó la mano…
La llevó a su cabaña, su escondite especial en la playa. Llevaba años
abandonada y se caía a pedazos, pero Devon la había descubierto y la había
convertido en el secreto perfecto, lejos de miradas indiscretas y de las órdenes de
papá.
Devon estaba fuera de sí y ella se contagió de su estado. La pelea con Chuck le
había excitado. Sus ojos azules la dejaron paralizada mientras le acariciaba el brazo
desnudo. Ella le tendió las manos y él no perdió tiempo en estrecharla entre sus
brazos, besándola tan profundamente que tuvo la sensación de que alcanzaba su
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alma. El tacto de su piel, el sabor de su boca, los potentes latidos de su corazón
despertaron un deseo que llevaba mucho tiempo reprimido. No hizo falta más para
encender toda la fuerza y la pasión de su amor juvenil.
Devon la desvistió lentamente, con tanta ternura que la dureza de la violencia
reciente se evaporó en el aire de la noche. Le acarició el pelo, la cara, los pechos, el
vientre, allí donde sólo él la había tocado. Brooke se hizo mujer aquella noche… su
mujer… mientras, sobre el suelo de la cabaña, hacían el amor por primera vez. Cada
caricia, cada sensación se multiplicó por diez cuando entró en ella. Había sido todo lo
que ella siempre había soñado y su corazón se había llenado hasta estallar de amor
por él.
Brooke se despertó en aquel momento como si algún mecanismo de defensa se
hubiera puesto en marcha, evitando que reviviera el resto. Con el corazón alterado,
se puso una bata y salió al porche. Era muy tarde. La luna estaba muy alta en el cielo
y no se veían trazas del amanecer. Se recostó sobre los cojines de su mecedora de
junco con una pierna bajo el cuerpo. Se dejó mecer al compás de un ritmo interior
mientras miraba a través de las celosías de las ventanas.
Soplaba una brisa ligera que contenía toda la dulzura del aire del mar. Todo
estaba en un silencio tranquilo y perezoso. Su mente se movía a una velocidad
vertiginosa entre las imágenes calidoscópicas del pasado.
Hacía muchos años que no había tenido aquel sueño. Durante la universidad,
había sido frecuente, casi hasta el punto en que lo había podido prever,
particularmente después de haber salido con alguien nuevo. Había sido como si
Devon se mantuviera cerca de ella, dispuesto a reclamarla, como si su espíritu
acechara en las sombras, posesivo, celoso, vigilante para que nadie llegara a
convertirse en algo especial para ella. Como si, a pesar de no quererla, deseara
asegurarse de que no sería de nadie más.
Todo habían sido imaginaciones suyas, por supuesto. No había vuelto a saber
de él hasta aquella noche. Pero los porqués y las consecuencias de una experiencia
que sólo podía describirse como una espléndida pesadilla la habían perseguido
durante mucho tiempo.
Durante demasiados años se había interrogado a sí misma acerca del motivo de
que le hubiera acompañado después de que destrozara la entrada del banco de su
padre. Como una loca enamorada, le había seguido hasta la ruinosa cabaña donde
había desafiado las estrictas órdenes de Chaz. Había sido la primera y única vez de
toda su vida en la que había desobedecido abiertamente a su padre, pero había sido
un comportamiento irracional porque, en ese momento, estaba desesperada e
irrevocablemente enamorada.
Brooke se levantó y entró en la sala de estar. Se sirvió una copa de Chardonnay
y saboreó el líquido frío y afrutado contemplando la bahía. Hasta aquella noche no
había vuelto a ver a Devon. No tenía que haber sido así. Iban a pasar la vida juntos.
Sacudió la cabeza para evitar que el nudo de su garganta se convirtiera en algo más
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grande. Ya había llorado un mar de lágrimas amargas por él y se había jurado hacía
mucho tiempo que no derramaría una sola más.
Dejó la copa en la cocina y volvió al dormitorio. Más que nada, deseaba caer en
un sueño profundo, en el olvido, pero su mente se negaba a descansar. Brooke sabía
que tendría que revivirlo hasta el fin si quería volver a pegar un ojo aquella noche.
Se pasó una mano por los cabellos sentada en el borde de la cama, permitiendo
que sus pensamientos retrocedieran en el tiempo. Mucho antes de que hicieran el
amor, Devon la había estrechado entre sus brazos. Se habían susurrado palabras
tiernas y habían intercambiado promesas que jamás cumplirían. Él había tenido que
irse de la ciudad y ella había estado de acuerdo. No había modo de que su padre no
le denunciara después de lo que le había hecho al banco. Le dijo que la amaba, le
pidió que se casara con él. Con la cabeza llena de pájaros ella había respondido que sí
e hicieron planes para encontrarse en la cabaña a la mañana siguiente.
La llevó en coche hasta dejarla en el camino que conducía a su casa. El
amanecer empezaba a clarear el horizonte y ella se dio cuenta de que tendría
problemas si llegaba a cruzarse con su hermano o con su padre. Planeaba entrar a
hurtadillas en la casa, recoger sus cosas y escapar antes de que la vieran.
Brooke sonrió ante su ingenuidad. Descubrir a los diecisiete que no era rival
para Chaz Pattersen había sido una gran desilusión, pero de verdad había pensado
en escapar sin que nadie lo advirtiera. No pudo, por supuesto. Chaz la estaba
esperando lívido. Fue la primera vez en que tuvo auténtico miedo de su padre.
El jefe de policía local la interrogó hasta bien entrada la mañana, pero ella no
dijo una palabra de los planes de Devon. Cuando acabaron con ella, corrió escaleras
arriba e hizo su equipaje. Desafortunadamente, su padre y su hermano se habían ido
llevándose los dos coches. Se negó a darse por vencida y anduvo unos cuantos
kilómetros por un camino que atajaba entre las dunas. Sin embargo, cuando llegó a la
cabaña, Devon había desaparecido. Lo esperó sin poder creer que se había marchado
sin ella. Al atardecer emprendió el camino de vuelta a su casa arrastrando la maleta.
Tenía que haber pasado algo, estaba segura de que él volvería, de que le mandaría un
mensaje, pero no lo hizo.
Ni entonces ni nunca.
Brooke no se sintió capaz de preguntarle a su padre y su hermano declaró que
él no sabía nada. Intentó ponerse en contacto con su madre, pero la señora Taylor
dejó de trabajar para su familia el mismo día en que Devon se fue de la ciudad.
Cuando fue a verla, la mujer le dio con la puerta en las narices. En septiembre, no
tuvo más remedio que marcharse a la universidad y aprovechar la beca que había
ganado. Cuando la madre de Devon puso su casa en venta y se marchó, pareció un
caso cerrado.
Devon nunca escribió, nunca llamó, y el dolor se clavó hondo en su corazón. Su
hermano se burló de ella recordándole que Devon «había conseguido lo que quería»
para después desaparecer en busca de cielos más azules. Llegó a llamarle cobarde, y
aunque su corazón no quería creer a su hermano, la realidad era muy difícil de
ignorar.
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Los rumores siguieron llegando. De vez en cuando, alguien que se tropezaba
con Devon al cabo de los años, pero nada más. Nunca una noticia directa.
Hasta aquel momento.
Brooke se preguntó que andaría buscando. ¿Por qué había vuelto? No podía
pretender que retomaran sus relaciones, había asesinado cualquier sentimiento que
ella hubiera podido albergar por él hacía años. Durante mucho tiempo lo había
odiado, ya no. No lo amaba, no lo odiaba, no sabía lo que sentía por él. La única cosa
de la que podía estar segura era que no confiaba en Devon.
Contempló el teléfono que estaba sobre la mesilla de noche. Su primer
pensamiento había sido llamar a su hermano, pero si no había vuelto de Boston
tendría que dejarle un mensaje a su mujer. Prefería no tratar con Lotty a menos que
fuera absolutamente necesario. Lotty era todo un modelo de ama de casa, pero
demasiado repipi para su gusto. Con los años, ella y Brooke habían desarrollado una
relación amistosa, pero distante. Podía intentar localizar a su hermano, sin embargo
sabía que eso era lo que Devon esperaba.
Una vez más deseó que su padre estuviera vivo, aunque se preguntó qué habría
hecho en aquella situación, los Taylor le habían dejado perplejo incluso a él. Eran
unos rebeldes, y la mentalidad conservadora de un banquero no podía tolerar lo que
calificaba como «los de su clase». Jack Taylor le había desafiado al llevar su cuenta
bancaria a otro sitio y Chaz nunca se lo había perdonado.
A su muerte, la animosidad de Chaz se centró en su hijo, Devon. Ningún otro
era capaz de despertar su ira como él. Cuando Devon era joven, Chaz simplemente le
desaprobaba, no permitía que sus hijos se mezclaran con el chico. Pero cuando
llegaron al instituto, la actitud de Chaz se convirtió en abierta hostilidad. El hecho de
que la señora Taylor les limpiara la casa sólo parecía exacerbar la situación.
Quizá Chaz había presentido el interés de Devon por su hija antes de que se
manifestara, ella no lo sabía. No obstante, su relación de camaradería levantaba
ampollas en la casa de los Pattersen. Tendría que haberse figurado que estaba
destinada a acabar violentamente.
Brooke siempre había sido sensible a los agravios que Devon soportaba de su
padre y de todo el pueblo. Nunca tuvo el valor de decírselo, pero sabía que su
rebeldía era pura y simple rabia. Nunca supo exactamente qué la había
desencadenado, pero las cosas habían ido de mal en peor al poco de que su padre
resultara muerto en un accidente de coche y todo su negocio de construcción se
perdiera.
Devon se había puesto imposible, rompiendo todas las normas y
convirtiéndose, con su moto, en una fuente de irritación para toda la ciudad. No
hacía falta ser un genio para saber que su padre, él y ella se hallaban en un curso de
colisión, sólo era una cuestión de tiempo.
Brooke cerró los párpados con fuerza y suspiró. Sus emociones estaban
sobrecargadas y necesitaba levantarse temprano para hablar con su hermano antes
de que se fuera al banco.
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Comprobó el despertador y se tapó con el edredón, haciéndose un ovillo. Justo
antes de dormirse, tomó nota mental de que debía vestirse con cuidado para el día
siguiente. Prometía ser una jornada interesante.
Devon contempló la sala de reuniones del Pattersen Central Bank. Estaba solo,
sentado a un extremo de una enorme mesa de caoba. El aire acondicionado
ronroneaba y el sol entraba filtrado por unas persianas verticales.
Recordó la última vez que había estado en aquella habitación. No le habían
invitado a sentarse, y mucho menos en la silla presidencial. No, aquella silla estaba
reservada en exclusiva para un hombre, y aquel hombre era el presidente, Chaz
Pattersen.
Había sido un día helado de febrero, pero mientras Devon estaba de pie frente a
Chaz, el sudor le había corrido a raudales por la espalda. Recordaba el miedo que
había sentido al enfrentarse con aquel hombre, el sombrero entre sus manos
nerviosas, para pedirle un préstamo y salvar lo que quedaba del negocio de su padre.
Y aún más, recordaba la humillación de haber tenido que arrastrarse ante Pattersen,
algo que su padre jamás habría hecho por muy mal que se hubieran puesto las cosas.
Pero Jack Taylor había muerto en un accidente seis meses antes y
Construcciones Taylor se iba rápidamente a pique. Su madre había intentado
mantener la empresa a flote, sin embargo los clientes se habían mostrado recelosos
de hacer negocios con ella y con su hijo de diecinueve años. Habían perdido contrato
tras contrato, hasta que no pudieron seguir pagando las facturas de los materiales.
El banco que les había concedido los préstamos estaba a punto de ejecutarlos y
Devon había jurado que haría cualquier cosa para evitarlo, aunque eso significara
humillarse ante el todopoderoso Chaz Pattersen.
Se daba cuenta de que había sido una broma cruel siquiera imaginar en Chaz la
generosidad de ayudar a cualquiera en aquella situación, pero sobre todo a él, al hijo
de Jack Taylor. Jack y Chaz habían roto relaciones hacía tiempo. Jack, harto del
despotismo de Chaz, había mudado su cuenta y la tramitación de sus negocios a otro
banco en una ciudad cercana. Chaz odiaba perder el control de cualquier cosa en
Lenape Bay, y el hecho de que Construcciones Taylor hubiera sido un negocio
floreciente durante unos años lo llevaba clavado como una espina en el corazón.
Con todo, Devon había sido lo bastante valiente como para dirigirse a él en
busca de ayuda. Nadie se había sorprendido más que el propio Devon cuando Chaz
aprobó el préstamo utilizando una segunda hipoteca sobre su casa como aval.
Incluso le ofreció a su madre trabajo para que cuidara del caserón que se alzaba sobre
la bahía. Le había parecido la solución a todos sus problemas.
Devon frunció el ceño ante su propia candidez. Aquel dinero fue utilizado para
pagar los materiales, pero no tardó en descubrir que no podía continuar sin más
dinero para pagar a los obreros y nuevos materiales. Claro que Chaz lo había sabido
desde el principio y le negó más préstamos aduciendo que su familia carecía de
avales. Hubo de venderse todo y la compañía quebró. Cuando todo terminó, se
habían quedado sin un céntimo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que Chaz no
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sólo era el jefe de su madre, sino que también tenía su hipoteca. Había conseguido
poner a los Taylor donde los había querido desde el primer momento, en la palma de
su mano.
Devon juró devolverle la jugada por cómo se había aprovechado de ellos y les
había manipulado. Sin embargo, a los diecinueve años sus oportunidades de hacer
daño a la banca Pattersen eran limitadas, por decirlo de una forma suave. No
obstante, Devon encontró una manera de vengarse, aunque fuera a un nivel
exclusivamente personal.
Devon había perseguido metódicamente y sin descanso a la niña de los ojos de
Chaz y de toda Lenape Bay. Funcionó hasta que le salió el tiro por la culata.
Chuck entró en la sala de juntas seguido de un grupo de hombres. Conforme
los presentaba, saludaban e iban a ocupar su puesto en torno a la mesa. Uno o dos
rostros familiares se acercaron a estrecharle la mano e intercambiar saludos, pero, en
su mayoría, los hombres de negocios de Lenape Bay no querían mezclarse con él
hasta no oír lo que tenía que decirles.
Devon consultó su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana. Se sentía
despejado, alerta, listo para la acción. El grupo ambiguo que se desplegaba ante él
parecía todo lo contrario. Por eso había pedido que se celebrara aquella reunión.
Hacía mucho tiempo que había aprendido que un madrugador contaba con una
notable ventaja. Durante años se había forzado a levantarse al amanecer, nadar antes
de ducharse y tomarse una buena dosis de café para calentar motores.
Esperó y observó mientras los termos de café pasaban de mano en mano. De
vez en cuando alguien cruzaba la mirada con él, a lo que respondía con una ligera
sonrisa. Esperaba las miradas de curiosidad, pero descubrió que disfrutaba con las de
nerviosismo. Estaban asustados y eso era bueno. Cuanto más asustados estuvieran,
más fácil le resultaría.
Hacía mucho tiempo que no veía al pleno del ayuntamiento en aquella sala.
Había un par de caras nuevas, pero, en su mayoría, excepto el gran Chaz Pattersen,
eran los mismos hombres que habían mandado en Lenape Bay desde que él había
nacido.
Le echó un vistazo a Chuck y se dijo que tendría que conformarse con él.
Cuando Devon se había enterado de la muerte de Chaz se había quedado tan inmóvil
como si hubiera metido la cabeza en un avispero. Todos sus planes y sus ideas
habían nacido para hacerle daño a Chaz y el que el hombre se le hubiera muerto le
parecía muy injusto. Le había deprimido tanto que había necesitado bastante tiempo
para decidir lo que quería hacer. Sin embargo, por mucho que lo meditase, una cosa
seguía siendo cierta: todos los Pattersen eran responsables de lo que le había pasado
a su familia, y todos lo pagarían.
Chuck le sonrió. Devon estudió su pelo escaso y su barriga. Había empezado a
parecerse al viejo Chaz. Devon le devolvió la sonrisa.
«Sí, servirá perfectamente».
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Ya estaba bien de pensar en el pasado. Volvió a consultar su reloj. Brooke se
retrasaba. No la había invitado, pero estaba seguro de que se enteraría a tiempo de la
reunión. Una lástima, ya era hora de comenzar.
—Caballeros —comenzó—. Estoy seguro de que todos se preguntan por qué he
vuelto a Lenape Bay. Bien, estoy aquí porque…
—Dispensen —dijo la secretaria de Chuck, asomando la cabeza por la puerta—.
¿Señor Pattersen?
—¿Qué pasa, Bárbara?
—Es la alcaldesa Wallace. Quiere saber si puede entrar. ¿Es correcto?
Chuck miró a Devon.
—No faltaba más —dijo el último.
La puerta se abrió del todo y Brooke hizo su aparición. Su mirada tomó nota de
todos los presentes antes de detenerse en Devon.
—Siento interrumpir pero me gustaría asistir a la reunión, si no les importa.
Brooke ignoró a su hermano, se dirigió a Devon.
Sentado presidiendo la mesa, no le cabía duda de que era él quien llevaba la
batuta del concierto.
Al despertarse aquella mañana, le había parecido que el aire a su alrededor
estaba cargado de electricidad. Todavía somnolienta, le había costado un minuto
identificar la fuente de la tensión. Después, había caído sobre ella con la fuerza de un
puñetazo. Devon había vuelto.
Había saltado de la cama y se había duchado a la velocidad del rayo. Lotty le
había informado de que su hermano había salido temprano. Tenía que asistir a una
reunión del ayuntamiento en los locales del banco. Había colgado el teléfono con el
convencimiento de que fuera cual fuera el propósito de Devon ya llevaba un paso,
posiblemente dos, de delantera sobre ella y cualquiera de Lenape Bay.
Con una velocidad y energía que no había sentido en muchos años, se había
vestido y llegado a la ciudad a tiempo de llegar a la reunión. Si la mirada divertida
en los ojos de Devon significaba algo, no debía haberse dando tanta prisa. Miró la
silla a su izquierda, como si intencionadamente la hubiera dejado vacía para ella.
Devon observó que toda una gama de emociones pasaba por su rostro. Tenía un
aspecto sensacional. La noche anterior le había parecido cansada, desgastada y lo
inesperado de su llegada le había pillado por sorpresa. No quería que se diera cuenta
de sus pensamientos, pero la luz del día acentuaba el color avellana de sus ojos, los
reflejos de miel en sus cabellos, la blancura de su piel.
Se había puesto un traje gris con una camisa blanca y una falda que sólo era un
poco corta. Muy de mujer de negocios, pero, al mismo tiempo, le sentaba
perfectamente, resaltando cada una de sus curvas y la esbeltez de sus piernas.
Había olvidado sus piernas. Las recordó por un breve instante enlazadas en
torno a su cintura. Supo que había mirado demasiado en el momento en que volvió a
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observar al resto del grupo. Todos le contemplaban con ansiedad. Tomó un sorbo de
agua para dar tiempo a que Brooke rodeara la mesa y se sentara en el único asiento
vacante que estaba a su lado. Aclaró su garganta para proseguir y abrió su
portafolios para sacar algunas carpetas que pasó para que se distribuyeran.
—Pues como iba diciendo, tengo una propuesta que exponerles para que la
consideren. Si se toman un momento para leer la primera página del documento que
les acaban de entregar, verán que mi propuesta implica una propiedad al norte de la
ciudad, en Maiden Point.
—Es el proyecto de urbanización que abandonó la Compañía Richard —dijo el
señor Antonelli.
Poseía dos pastelerías de la ciudad. Devon estaba informado de que había
perdido una bonita suma cuando el antiguo proyecto, combinación de hotel y
apartamentos, se había hundido.
—Sí —dijo Devon—. Estamos interesados en retomarlo y llevarlo a cabo.
Un murmullo recorrió la sala mientras el impacto de las palabras de Devon se
dejaba sentir.
—¿Estamos? ¿Quiénes? —preguntó Chuck.
—Un consorcio de inversores que he reunido al cabo de los años. Siempre
estamos a la búsqueda de buenas oportunidades. En los últimos tiempos, con la caída
del mercado de la propiedad inmobiliaria, se ha convertido en un negocio
provechoso para nosotros comprar propiedades a las que se les ha ejecutado la
hipoteca y reorganizar o completar el trabajo que se había comenzado. El proyecto de
Maiden Point se adecua a estos criterios perfectamente.
—Pero fue a la bancarrota porque no tuvo compradores. El mercado todavía
está muerto. ¿Cómo piensa vender las unidades acabadas? —preguntó uno de los
asistentes.
—Buena pregunta —repuso Devon—. Y la respuesta es muy sencilla. El precio.
Ya que el proyecto continúa siendo una amenaza para el banco de Chuck, estoy
seguro de que estará dispuesto a venderlo por una bicoca. ¿Me equivoco?
Todos los ojos se volvieron hacia Chuck, Brooke sintió que se le encogía el
corazón. Quería a su hermano a pesar de sus diferencias, pero eso no quería decir
que ignorara sus debilidades. Aunque nadie lo decía en voz alta, todos estaban de
acuerdo en que no era sino la sombra del hombre que su padre había sido. Chuck no
hacía pie en aquellas aguas profundas. Tras haber sido un héroe del fútbol y haber
conseguido una carrera mediocre, no estaba capacitado para aquella tarea. El banco,
y la ciudad junto con él, se había resentido de su administración inepta.
—Bueno, no lo sé —contestó Chuck—. Tendremos que discutirlo, Devon.
—Naturalmente, estaré a disposición de todos ustedes para aclarar cualquier
duda o pregunta —dijo Devon—. Pero he hecho mis deberes, Chuck. Mis informes
demuestran que cada mes que la banca Pattersen conserva esa propiedad pierde
dinero. Creí que estarías contento de que un grupo de inversores viniera y te la
sacara de encima.
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—Un momento…
—No, espera —dijo Devon arrojando la carpeta sobre la mesa con un ruido
seco—. Estás en dificultades. Todos están en dificultades. Lenape Bay se está
muriendo, lenta pero inexorablemente, como todas las restantes ciudades de la bahía.
Está muy claro que el volumen de negocios ha bajado más de un treinta por ciento,
por hablar sólo de la última temporada. ¿Cuánto tiempo creen que pueden seguir
así? Este proyecto va a atraer al área trescientas familias nuevas por semana, todas
las semanas de la temporada. Atraeremos a una generación entera de gente nueva.
Lenape Bay necesita ponerse al día y Maiden Point sólo es el primer paso.
El grupo empezó a hablar entre ellos. Devon estudió todos los rostros y se
detuvo al mirar a Brooke. Ella no participaba en las discusiones que se suscitaban a
su alrededor, le estaba estudiando.
—¿Qué me va a costar a mí? —preguntó el banquero.
—Mucho, pero todas las reinversiones se harán a través de este banco. Todas las
hipotecas, todos los préstamos de renovación se gestionarán en este banco. En otras
palabras, inicialmente serás tú quien corras todos los riesgos, pero, a la larga,
recogerás todos los beneficios.
Los ojos de Chuck se encendieron, Devon casi podía ver el signo del dólar
bailando en su cabeza. Por primera vez, dio gracias a Dios por haber llamado a Chaz
a su seno. Tanto como había odiado al viejo, había respetado su mente aguda y
astuta. Por suerte, Chuck no había heredado ninguna de sus cualidades.
Brooke observaba mientras Devon sonreía, incapaz, al parecer, de dominar su
satisfacción un segundo más. Echó un vistazo en torno a la mesa y no pudo dar
crédito a lo que veían sus ojos. La mayoría de aquellos hombres nunca habían podido
disimular el profundo disgusto que sentían hacia el rebelde de Devon. Habrían visto
con alegría cómo lo metían en la cárcel, o algo peor de haber sido legalmente posible.
Y allí estaban, babeando, dispuestos a caer a sus pies porque les había ofrecido
sacarles de sus dificultades financieras.
Lo estudió mientras se sentía consumida por un intenso deseo de zambullirse
en su mente para averiguar lo que se proponía en realidad. Ni por un segundo se
había tragado que había llegado allí impelido por la bondad de su corazón.
—Yo tengo una pregunta —dijo ella.
Todo el mundo dejó de discutir y se volvió a mirarla.
—Por favor —dijo Devon, extendiendo la palma de la mano hacia ella en un
gesto condescendiente.
—Me gustaría saber qué es lo que sacas tú de esto, Devon.
—Muy fácil, Brooke. Dinero.
—¿Nada más? ¿Sólo dinero?
—Creo que es una razón perfectamente buena —dijo él paseando la mirada por
los presentes—. ¿Ustedes no?
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—De acuerdo, entonces. Plantearé la pregunta de otra forma. ¿Por qué aquí,
Devon? ¿Por qué nosotros, precisamente?
La sala quedó sumida en el silencio mientras el rostro de Devon se ponía muy
serio. Todos lo miraban intensamente, pero nadie más que Brooke. Comenzó en sus
ojos. El azul acuarela se tornó cálido y vibrante, los entornó un milímetro antes de
que su boca se curvara en una sonrisa seductora.
—Creo que debería ser lo más obvio de todo. Esta es mi casa. Siempre lo ha sido
y siempre lo será.
Brooke inclinó la cabeza y alzó las cejas.
—Disculpa si soy cínica, Devon, pero si no recuerdo mal, te fuiste de casa en
unas circunstancias no demasiado favorables.
Devon se echó a reír.
—Eres increíble, de verdad. Crees que todos los presentes saben o han oído
hablar de esa vieja historia. Sin embargo, por lo que a mí respecta, sólo es agua
pasada. Admito que era un adolescente, que estaba equivocado. Si lo que quieres es
una disculpa, aquí la tienes. Me siento apenado delante de todo el mundo por todos
los problemas que le causé a la ciudad hace tantos años.
Apartó la mirada de Brooke para abarcar al resto del grupo.
—Pero como pueden ver he cambiado. Quiero hacer algo por esta ciudad. No
sé, quizá sea una manera de compensarla por todo lo malo. Quiero restaurar la vieja
casona de los Pattersen y traer a mi madre para que pueda vivir junto a sus viejos
amigos. Y sí, quizá hacer que se sienta un poco orgullosa de su hijo.
Devon se puso en pie.
—Eso es lo que este proyecto significa para mí. No decidan ahora mismo.
Estudien el plan, compruébenlo. Quiero que cada uno de ustedes respalde el
proyecto al cien por cien. Estoy convencido de que cuando lo hayan estudiado a
fondo estarán de acuerdo en que es un buen trato para todos. Espero que me den la
oportunidad de demostrárselo.
El aplauso la dejó estupefacta, casi tanto como la visión de aquellos hombres
adultos dándose empellones para estrechar primero la mano de Devon. Si hubiera
tenido pañuelo habría tenido que secarse los ojos, tan emocionante había sido el
discurso. Quiso estudiarle por encima del grupo, pero él recibía las felicitaciones con
una expresión tan natural y amable como antes contrariada.
Y ella no lo creía. Ni por un instante.
Se sentó y esperó a que él acabara de estrechar la última mano y de palmear la
última espalda. Esperó mientras charlaba con Chuck, aclarando los puntos más
delicados, quedando para discutirlos más tarde.
De vez en cuando, él miraba en su dirección, diciéndole con el menor
movimiento de su cabeza que sabía lo que estaba pensando. Le mortificaba que
pareciera divertirse tanto. Mientras observaba cómo salía el grupo, babeando
palabras de alabanza, sacudió la cabeza.
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Se sentía como Dory en el País de Oz.
—De acuerdo, alcaldesa. Escúpelo ya —dijo Devon cuando el último hombre
hubo salido.
—No sé a qué te refieres.
—Por la cara que pones, yo diría que piensas en una palabra que empieza por n
y acaba por o.
—¿Tan transparente soy?
—Sólo para mí, pequeña.
—No lo entiendo, Devon —dijo ella mirándolo fijamente—. Nos odias, lo sé.
—Ya no. Bueno, admito que durante un tiempo, sí. Me pasaba la mitad del día
odiando a todos y cada uno de los habitantes de esta ciudad. La otra mitad me la
pasaba compadeciéndome a mí mismo. Pero, ¿sabes una cosa? Eso te hace viejo muy
rápido. Se ha acabado, Brooke. Por éstas.
E hizo la cruz sobre el corazón. Aquel gesto infantil la afectó más que cualquier
palabra que hubiera podido decir. Parecía sincero, deseaba creerle con tanta
intensidad que casi le dolía. Miró al fondo de aquellos maravillosos ojos azules y se
echó a temblar por dentro. Le asustaba darse cuenta de cuánto deseaba que fuera él
quien llegara a rescatarlos, a salvar la ciudad. El ángel de la guardia más improbable
que hubieran podido imaginar en sus sueños más descabellados.
Pero, si en verdad era él el único que podía ayudarles, sería una estúpida al
dejar que las viejas heridas y sospechas se interpusieran en su camino.
—Muy bien, Devon. Mantendré una mentalidad abierta.
—Es todo lo que pido.
Brooke sonrió. La primera sonrisa sincera que le había dedicado desde que
había vuelto. Él se la devolvió y le tendió la mano. Ella la aceptó y sintió cómo su
calor le traspasaba todo el cuerpo.
—Sólo dame la oportunidad, Brooke. Ya verás. Te lo prometo. Ya lo veréis
todos.
Le apretó la mano con fuerza mientras ignoraba los buenos sentimientos que
rezumaban de su alma. No había sitio para ellos.
«Ya veréis todos vosotros».
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Capítulo Tres
El aire estaba frío, el agua caliente. Devon puso en marcha el motor de la moto
acuática y se deslizó hacia el centro de la bahía. El sol se encontraba muy bajo,
aunque oscurecido por un palio de nubes. Puso rumbo directo a aquella luz
tamizada.
Era su hora preferida en la bahía. De pequeño, se escapa hasta allí y se sentaba
en el muelle para mirar el atardecer mientras tiraba trozos de conchas rotas al mar y
soñaba sueños de niño. Ser adulto, ser capaz de hacer lo que quisiera cuando le
viniera en gana.
Algunos de sus mejores recuerdos de Lenape Bay eran de allí, lejos de la
ciudad, lejos de los profesores, los tenderos y de la gente normal que hacía su vida
tan miserable. Aquel lugar representaba la libertad, incluso ahora que ya era un
adulto que podía hacer lo que quería cuando le venía en gana, descubría que lo que
más añoraba era la paz espiritual que encontraba sentado en el malecón.
Rodeó una boya para adentrarse en el mar. Se preguntó si se comportaría de
una manera distinta de tener la oportunidad de volver a repetirlo. Lo dudaba. Había
algo en su interior, algo que nadie parecía entender, una energía que le impulsaba a
hacer las cosas de esa manera. Nunca había entendido por qué todo el mundo quería
que se conformara con comportarse como ellos, cuando su manera funcionaba
perfectamente.
Lo había demostrado de múltiples formas desde que se había marchado,
aunque ninguna tan espectacular como su carrera en el negocio inmobiliario donde
había comprado propiedades que los expertos habían calificado de inservibles para
convertirlas en oro puro.
Devon sonrió mientras levantaba su rostro al viento y a la espuma. Su madre
siempre había dicho que su lema debía ser «¡No me digas qué he de hacer!». Tenía
razón. No había un modo mejor de asegurarse de que hiciera algo que decirle que no
era capaz de hacerlo.
Describiendo una amplia curva, puso rumbo al sur. La moto rebotaba con
rudeza sobre las olas, de modo que tenía que sujetarse con fuerza para mantener el
control. Le encantaba la velocidad, siempre le había gustado. Le daba igual que fuera
en tierra, en el aire o en el mar, ninguna otra cosa le proporcionaba aquella sensación
de poder. También le obligaba a concentrarse tanto que todas las tensiones
desaparecían de su mente.
Había sido un día muy largo. Había trabajado mucho desde primera hora de la
mañana. Se había quedado a disposición de los miembros del ayuntamiento para
contestar sus preguntas durante el resto de la jornada. Cuando había vuelto a casa, el
teléfono no había dejado de sonar con llamadas de otra gente interesada en lo que
tenía que decir.
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Con todo, había ido bien, mejor incluso de lo que él había esperado. Chuck
Pattersen había desarrollado todo su potencial como tonto del pueblo tal como él se
lo había imaginado. El viejo cabeza hueca, orgullo del fútbol local, se había
convertido en el cabeza hueca que presidía el banco. Se preguntó si Chaz estaría por
ahí arriba, o mejor dicho, por ahí abajo, contemplando toda su charada, sacudiendo
la cabeza y descargando su puño, rojo de ira. No sería otra cosa que justicia, pero el
destino le había arrebatado aquella carta de las manos. Devon se había reconciliado
con el hecho de que alguien infinitamente más poderoso y justo que él le estaba
dando su merecido.
Se estaba levantando viento y decidió que era hora de regresar. Se dio cuenta de
que se había alejado mucho de su casa y que se acercaba a la bocana de la bahía.
Había oscurecido, pero podía ver las luces de una granja en una pequeña ensenada.
El descapotable rojo en el camino le dijo que se trataba de la casa de Brooke.
Redujo la velocidad mientras sopesaba si era inteligente hacerle una visita
sorpresa. La alcaldesa Brooke Wallace era definitivamente parte de su plan, incluso el
punto más importante. Pensó en la reunión de por la mañana. Se había convertido en
la hija de Chaz, con su mirada condescendiente y su aire de fría superioridad. Era
divertido que no se hubiera dado cuenta mientras crecían juntos, él, que siempre lo
sabía todo. Y era todavía más divertido que se hubiera enamorado tanto de ella hasta
el punto de estar ciego a sus mentiras. Lo más divertido de todo era el modo en que
ella había descubierto su juego.
La primera vez que le había pedido una cita sólo había pretendido que Chaz se
sintiera despechado. Conocía a Brooke, pero no se movían en los mismo círculos. Ella
era la perfecta chica americana, la jefa de las animadoras, la ganadora de becas que
iba a comerse el mundo. Él era el hijo de un obrero de la construcción que venía del
lado equivocado de la sociedad. Su educación estricta la hacía parecer demasiado
rígida para sus gustos.
Pero aún así, no se sorprendió cuando ella aceptó. Aunque no era una estrella
del deporte, ni de los que iban al club de campo, las chicas se morían por salir con él.
No se engañaba, sabía que era su atractivo y su aura de peligro lo que las atraía, y él
sabía aprovecharse de las ventajas. Al principio, Brooke había sido una de tantas, un
medio para conseguir un fin, pero luego su plan fracasó estrepitosamente.
Se enamoró hasta la médula de ella.
Su naturaleza dulce y atenta fue demasiado para que un cínico y joven Devon
pudiera resistirse. Brooke rompió sus muros defensivos, llegó a lo más profundo y
vio cosas que las demás no podían ver. Había sido la única persona en el mundo,
aparte de sus padres, a la que le había confiado sus más secretos sentimientos e ideas.
Nunca habría creído que fuera capaz de hacerle lo que le hizo.
Un chorro de espuma le salpicó la cara. Podía recordar con la claridad del
cristal aquella mañana después del baile de graduación en la que se había sentado
patéticamente en el suelo de la cabaña, en el punto exacto donde habían hecho el
amor. El saco de dormir entre las piernas mientras esperaba impaciente a que ella
volviera, su mente tan llena de proyectos que no oyó el motor de los coches que se
acercaron.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
El sol acababa de salir cuando la puerta se abrió de un portazo y apareció el
cuerpo voluminoso de Chaz Pattersen. El odio en los ojos del viejo era fuerte, pero ni
la mitad de amenazador que el bate de béisbol que blandía en las manos. Cuando la
cara estragada de Chuck apareció detrás de su padre, Devon pensó que estaba
perdido.
Pero Chaz no usó el bate, no tuvo necesidad. Se plantó delante de él con las
piernas abiertas, golpeando el bate contra la palma de su mano mientras hablaba con
tanta suavidad como si se encontrara en la iglesia.
—Este es el final de la carrera, muchacho, el final. Tienes una hora para salir de
Lenape Bay, o haré que te metan en la cárcel tan rápido que tu cabeza de niño bonito
no sabrá ni dónde estás.
—No malgastes saliva —respondió él con el corazón en un puño pero la mirada
helada—. Tengo listo el equipaje, pero no me iré solo.
Chaz entrecerró los ojos un momento antes de distender los labios en una
sonrisa amplia.
—¿De verdad lo crees?
—Sé que es así.
Chuck gruñó e hizo ademán de atacarle, pero su padre le contuvo.
—¿Y a quién te crees que vas a llevar contigo?
—Lo sabes perfectamente. Vendrá en cualquier momento.
—No cuentes con ello.
—Ella vendrá.
Chaz se echó a reír a carcajadas.
—Taylor, si de verdad piensas eso no eres tan listo como yo creía. Y, además, no
tienes ni idea de cómo son las mujeres.
—¿Qué quieres decir?
—Muchacho, ¿cómo te crees que te he encontrado? ¿Cómo crees que he dado
con la cabaña? ¿Cómo iba a saber que estabas aquí? ¿No se te ha ocurrido pensarlo?
Devon tragó saliva, el nudo en su garganta crecía con cada palabra de Chaz.
—No contestas, ¿eh, chico listo? Bueno, te lo diré de todas maneras. Brooke me
lo contó anoche… todo. Nada más que por eso, podría hacer que te encerraran, pero
me siento magnánimo esta mañana. Voy a dejar que te vayas.
—No te creo.
—¿No? Pues entonces quédate sentado y ya verás lo que pasa. No va a venir,
chico, ésa es la verdad. ¿En serio crees que va a echar a perder su beca para
vagabundear por el país con un perdedor como tú?
—Nos queremos.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
—Brooke ha cometido un desliz. Ha sido un experimento, ahora seguirá con su
vida como lo teníamos planeado, sin ti.
—Quizá no me marche.
—¡Oh! Te irás ahora mismo o tu madre pagará las consecuencias.
—Deja a mi madre fuera de esto.
—No puedo. No sólo trabaja para mí sino que también tengo la hipoteca de su
casa. ¿Te has olvidado de que me la entregaste en bandeja de plata? —rió haciendo
que su barriga se balanceara—. Y no me llevará ni un minuto reunir todos los
papeles para hacerla efectiva. ¿No me crees? Prueba, chico. Tú ponme a prueba y la
verás en la calle antes de lo que canta un gallo.
—¡Bastardo!
—Hace falta uno para reconocer a otro —dijo Chaz empujando a Chuck para
que se fuera—. No estés aquí cuando vuelva, Devon. No seré tan amable la próxima
vez. Y otra cosa. No quiero volver a ver tu cara nunca más.
Devon viró a la derecha para cortar hacia la costa. Chaz no había vuelto a verle
la cara, en eso se había salido con la suya. La había esperado, había sido la espera
más larga de su vida, allí sentado, con el sol entrando por las ventanas hasta que
estuvo alto en el cielo.
Se había portado como un cabezota. Aun así, había pasado con la moto por
delante de su casa de camino a la carretera general. Chuck le esperaba en la puerta,
dispuesto a pelear con él. Devon había acelerado el motor para hacerle saber a
Brooke que estaba allí, mientras ignoraba las bravatas de su hermano diciendo que
ella no quería volver a verlo. Estuvo a punto de tirarse de la moto y arrollar a Chuck
cuando vio un movimiento en las cortinas de su habitación. Al mirar otra vez, ella
dio un paso atrás y las cortinas se quedaron quietas.
Devon todavía recordaba el vacío en su estómago devorándole las entrañas,
convirtiéndole en piedra. Se había ido de la ciudad con un nudo en la garganta y una
brecha en el corazón. El orgullo había evitado que volviera. Una vez, meses más
tarde, después de haber bebido, la había llamado. Chaz había cogido el teléfono y él
había colgado.
La traición de Brooke había sido la píldora más amarga que había tenido que
tragar en toda su vida, el vacío de su alma nunca había llegado a curarse del todo.
Había habido otras mujeres en su vida, pero ninguna le había llegado tan dentro
como ella. Había llenado el vacío con odio y una sed de venganza tan intensa que le
había impulsado durante todos aquellos años, centrándole, dándole fuerzas para
continuar, con los ojos puestos en la meta final: la destrucción de los Pattersen hasta
que no quedara ninguno.
Devon detuvo el motor y se acercó al malecón de Brooke. Se lanzó al agua y
subió a tierra firme pensando que sus sentimientos estaban entremezclados. Era
mejor tratar con ella en su despacho, mejor tratarla como la alcaldesa Wallace que
como Brooke. Sospechaba de él y eso no presagiaba nada bueno. Necesitaba que
estuviera a su lado, quizá más que ningún otro. Convencerla de su sinceridad iba a
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ser una batalla ardua, por decirlo suavemente. Pero no había nada que le gustara más
que un buen desafío.
Se sacudió, el viento frío le helaba, sabía que tenía que tomar rápidamente la
decisión de quedarse o irse. No podía quedarse allí toda la noche, contemplando la
luz que salía de la granja, tratando de decidir qué era lo que más quería, si ver a
Brooke otra vez o mantenerse a salvo.
Devon amarró la moto al malecón y anduvo el sendero que llevaba a su puerta
trasera.
Brooke acarició el teléfono. Acababa de hablar con su hermano en un intento de
despejar sus dudas sobre Devon y su proyecto. La ciudad era un hervidero. No había
visto tanta actividad desde la celebración del bicentenario hacía tres años. No le
gustaba admitirlo, pero la llegada de Devon le había infundido a la ciudad algo de lo
que había carecido durante mucho tiempo, esperanza. Aunque no estaba del todo
convencida de sus intenciones, no podía negar que era el pinchazo que necesitaban
para ponerse en movimiento.
Las noticias viajaban con rapidez, por la tarde había recibido tres llamadas de
los alcaldes de otras tantas ciudades de la bahía interesándose por el proyecto de
Maiden Point. Querían saber si Lenape Bay había aceptado el plan y si no, que les
diera el nombre del inversor. Todos tenían un terreno de primera que le venía que ni
pintado al proyecto.
El frenesí se había contagiado a los periódicos del área, los rumores volaban
como ráfagas de un huracán furioso. Se había pasado la mayor parte del día
intentando separar la verdad de la ficción y había perdido un tiempo precioso para
meditar en profundidad la propuesta de Devon y juzgar sus méritos.
Tenía la sensación de ser la única persona que se preocupaba de ese aspecto del
problema. Todo el mundo con quien había hablado daba el proyecto como cosa
hecha. Ningún hombre de negocios había perdido el tiempo en llamar por teléfono y
comprobar la lista de inversores, ni siquiera para comparar aquel plan con otros
proyectos que Devon había puesto como ejemplo para Maiden Point.
Sabía que no le correspondía a ella hacerlo. Era responsabilidad de Chuck y del
resto de concejales, pero no estaba dispuesta a sentarse de brazos cruzados y dejar
que comprometieran a la ciudad en lo que podía ser un enorme error o un regalo del
cielo.
Necesitaba tiempo, en un mes ella y su secretaria podían recabar toda la
información necesaria para tomar una decisión ponderada. Pero antes tenía que
convencer a Chuck y al resto del ayuntamiento de que se tranquilizaran, se lo
tomaran con calma y lo meditaran con las cabezas frías.
Mucho se temía que iba a ser algo más fácil de decir que de hacer.
Brooke giró sobre sus talones al oír que se abría la mosquitera de la puerta del
patio. Con una mano en el corazón, se relajó al ver que era Devon.
—¡Casi me matas del susto! —dijo abriéndole la puerta de seguridad—.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Una ráfaga de viento helado la golpeó mientras él entraba y se apresuró a
cerrarla de nuevo.
—Lo siento —se disculpó él—. Vi la luz y pensé en dejarme caer por aquí. Pero
si estás ocupada…
—No, no. Pasa. Tienes que estar helado.
—No. El viento es frío, pero el agua está caliente. Aunque me parece que estoy
mojando tú alfombra.
—¿No llevas nada debajo del traje de agua?
—Depende en lo que estés pensando —dijo él sonriendo.
—Saca tu mente de la alcantarilla, Taylor. Me refería a que te pusieras algo seco.
Él rió y se bajó la cremallera, revelando que llevaba puesto un bañador. El vello
de su pecho brillaba de humedad, una zona dorada que se iba estrechando hasta
desaparecer en la cintura del bañador. Brooke tuvo que hacer un esfuerzo para
apartar la mirada, su cuerpo era demasiado duro, demasiado masculino, demasiado
viril para echarle tan sólo una ojeada.
Se descubrió a sí misma yendo hacia el armario de la ropa blanca.
—Toma —dijo dándole una toalla de baño enorme—. Sécate.
—Gracias.
Devon se quitó el traje de goma y lo dejó fuera antes de secarse. Brooke observó
hipnotizada cómo se frotaba vigorosamente el pecho, los brazos, las piernas. Cuando
se echó la toalla sobre la cabeza para secarse el pelo, Brooke aprovechó la
oportunidad para estudiarlo. Tenía unas piernas largas y musculosas, y su traje de
baño, aunque de tipo pantalón, era lo suficientemente corto y ceñido como para dar
una buena idea de lo que había debajo.
Sintió que le ardían las mejillas. Había pasado mucho tiempo sin un hombre. Y
aquel era el peor que podía elegir para cambiar aquella situación. Su raciocinio sabía
que era verdad, pero su corazón y su cuerpo tenían recuerdos propios que no eran
fáciles de dejar a un lado. El pulso se le aceleró latiéndole en los oídos hasta que no
pudo escuchar ningún otro sonido. La toalla dejó al descubierto la cabeza. Como si
hubiera escuchado su canto de sirena, los ojos de Devon se oscurecieron mientras su
miradas se encontraban.
Brooke se pasó la lengua por los labios.
—¿Has comido… algo?
—No —dijo él, mientras sus labios formaban una sonrisa lenta.
—¿Quieres acompañarme?
—Me encantaría.
—Sólo tengo las sobras de un solomillo —dijo ella entrando en la cocina.
—Estupendo. No he comido nada en todo el día.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Brooke puso el plato en el microondas y apretó unos cuantos botones.
—¿Un día ocupado?
—¿Tú también? —preguntó él.
—La verdad es que has logrado que la ciudad se estremeciera.
—Era lo que intentaba. Necesito que todo el mundo me preste atención.
—Puedes apostar a que ya lo has conseguido.
Devon se apoyó en el quicio de la puerta y cruzó las piernas. Ella decidió que
era demasiado grande para su cocina, su presencia empequeñecía la habitación. La
empequeñecía a ella. De repente, necesitaba espacio para respirar.
¿no?
—Comamos en el estudio. Hace bastante frío como para encender la chimenea,
—Claro. Déjame a mí —dijo cogiéndole el encendedor de las manos.
Mientras él se agachaba frente al hogar, Brooke cruzó las manos sobre el pecho
para evitar extenderlas y acariciar su espalda. Algo no marchaba bien. Si tenía que
cenar con él, necesitaba que se cubriera.
Murmurando una excusa, fue a registrar en su armario, buscando una vieja bata
de Andrew que tenía que estar por alguna parte. Al sacudirla, se dio cuenta de que
sería demasiado pequeña. Suspiró. Tendría que servir. No podía soportar la idea de
sentarse junto a un Devon medio desnudo mientras cenaban.
El fuego había prendido y las chispas subían por la chimenea cuando entró en
el estudio.
—¿Qué es eso? —preguntó Devon.
—Una bata. Pensé que tendrías frío.
Devon miró hacia el fuego y después a ella. Sonrió.
—Claro, pequeña. Déjamela.
Cuando pasó los brazos por las mangas se descubrió que le quedaban un poco
más abajo del codo. La bata le llegaba por encima de las rodillas. No pudo cerrarla,
pero se ató el cinturón. Por lo que a Brooke concernía, le tapaba varias áreas vitales
para su tranquilidad mental.
—¿Mejor? —preguntó él, remedando un pase de modelos.
—Mucho mejor.
El microondas avisó, Devon la ayudó con los platos y lo llevaron todo al
estudio. Brooke lo observó mientras comía. Parecía muy tranquilo, pero ella estaba a
punto de subirse por las paredes. Habían pasado quince años, pero podía recordar
vividamente cada detalle, la mirada de sus ojos antes de besarla, el tacto de sus
manos en la espalda, la dureza de su cuerpo mientras se apretaba contra ella a la luz
de la luna….
Sacudió la cabeza. Eran ideas tontas, pensamientos peligrosos.
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—¿Te apetece un café?
—Claro. Si no te es mucha molestia.
—No, ya lo tengo hecho. Y tengo un brandy estupendo para acompañarlo.
—¡Hum! —suspiró él, cuando olió primero el café y luego la copa de brandy—.
Es magnífico.
Brooke sonrió. Dejó que el calor del fuego y su aprobación la envolvieran.
—Has mencionado que quieres volver con tu madre. ¿Lo decías en serio?
—Sí. En cuanto el proyecto esté acabado enviaré a buscarla. Tengo planeado
pasar un tiempo arreglando la casa. Aparte de Chuck y de ti, nadie le tiene tanto
cariño como mi madre.
Brooke se sintió incómoda con aquella referencia a que su madre había
limpiado la casa para su familia. Siempre había sido muy sensible a ese tema. Pero no
sabía si todavía lo era, ahí estaba el problema. Aquel nuevo y mejorado Devon era
una mercancía desconocida.
—¿Cómo se encuentra?
—Si me preguntas si logró superar la muerte de mi padre, la respuesta es sí. Ha
hecho grandes progresos en los últimos años, sobre todo desde que empecé a ganar
dinero y pude retirarla. Le debo mucho.
—Yo la recuerdo como una persona muy reservada y tranquila. No hacía
mucha vida social.
Devon soltó una risa sarcástica.
—Bueno, ser la madre del gamberro oficial no contribuyó a aumentar su
popularidad.
—Lo siento.
—Me lo he preguntado a menudo —dijo él mirándola.
—¿A qué te refieres?
—Si de verdad lo sentías.
—Sólo es una expresión. No me estaba disculpando contigo. No tengo nada de
lo que disculparme.
—No, ¿verdad? —preguntó él, más para sí mismo que para Brooke.
—Devon…
—Dejémoslo. Historia pasada.
Brooke no podía creer que fuera tan audaz. Sacudió la cabeza, no iba a dale la
satisfacción de saber que todavía le molestaba el pasado. Cuando él dejó la copa
vacía sobre la mesa, ella extendió el brazo para llenársela y sus manos se tocaron.
Brooke se quedó mirando las manos. Le llevó un momento darse cuenta de que
Devon también se había quedado inmóvil y la observaba.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
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—Tú. Has cambiado. Has madurado.
—Sucede de vez en cuando.
—Supongo que sí. Sólo que es una especie de trauma cultural para mí. Volver la
ciudad y ver a todo el mundo. Todos están igual, sólo que más viejos.
—Tú también.
—Sí, yo también —dijo inclinándose y tomándola de la mano—. Me gusta estar
contigo, Brooke. Me he preguntado muchas veces lo que había sido de ti.
«¿Entonces por qué nunca has llamado o escrito?».
Brooke sintió la punzada de dolor en lo más hondo y se apresuró a retirar la
mano.
—Eso fue hace mucho tiempo. Tú mismo lo has dicho varias veces, es historia
pasada.
—Tienes razón, pero hay algo en ti que hace que lo recuerde con intensidad. No
sé por qué será, pero no puedo evitarlo.
Brooke miró al fondo de aquellas profundidades azules y se odió a sí misma
por desear creerlo. Por supuesto, no lo creyó. Lo conocía de sobra. Toda la escena era
una locura. Ellos dos allí sentados frente al fuego, tan amigables, tan hogareños, tan
íntimos, que Brooke no pudo evitar que sus antenas se desplegaran alarmadas.
—¿Por qué has venido, Devon?
—Ya te lo he dicho. Vi tu coche desde el agua y decidí hacerte una visita.
—Un impulso, vamos.
—Justamente.
—¿Sin otro motivo?
—Sin otro motivo.
Brooke se levantó, apiló los platos y los llevó a la cocina. Él la siguió.
—¿Por qué piensas tú que he venido?
—Puede que a conseguir información.
Lavó los platos y los secó sin dirigirle una sola mirada.
—¿Acerca del proyecto? Puedo conseguirla con una simple llamada a Chuck. Se
muere por contarme todo lo que sabe. Había tres mensajes suyos en mi contestador
cuando he vuelto esta tarde. No te necesito, pequeña, no para conseguir información.
Brooke tiró el estropajo al fregadero y se dio la vuelta encarándose con él.
—Entonces, ¿para qué me necesitas, Devon? ¿A qué viene este repentino interés
al cabo de tantos años? Hace mucho que está muerto y enterrado.
Brooke vio que los músculos de su mandíbula se contraían, los vio pulsar por
un momento antes de que él se le acercara.
—Quizá no esté muerto, puede que sólo esté durmiendo. Averigüémoslo.
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La rodeó con sus brazos y la estrechó contra sí. Su boca ardía, reclamó sus
labios en un beso caliente que no admitía negativa. Devon inclinó la cabeza mientras
la atraía más hacia él. Hundió la mano en los cabellos de su nuca para evitar que se
moviera.
No fue una caricia entre dos personas, sino más bien un fuego incontrolado que
giraba en torbellinos ardientes. Desde el momento en que sintió sus labios, Brooke
supo que estaba perdida, extraviada en un mundo de sensaciones olvidadas. Un
mundo peligroso y erótico que durante demasiado tiempo sólo había existido en su
imaginación.
Se aferró a su hombro con una mano, al principio para apartarle, pero cuando
su lengua la tocó, el fuego prendió en sus entrañas y no pudo evitar atraerle contra
ella.
Los sabores del café, el brandy y el mar se entremezclaron. Brooke sintió antes
que escuchó su propio gemido. Le acarició el pecho, los cabellos, mientras notaba que
se iba quedando sin fuerzas entre sus brazos.
Había estado casada, había conocido la pasión en los brazos de otro hombre,
pero aquello era algo diferente, algo que quedaba más allá de su experiencia, algo
puro y salvaje, pecaminoso y divino que a duras penas podía soportar, pero que
tampoco podía terminar.
Las piernas le fallaron y Devon la aprisionó entre su cuerpo y el poyo de la
cocina. Sintió la dureza de su miembro e instintivamente respondió a su excitación
aumentando la presión de su cuerpo. Aquello era todo lo que Devon necesitaba. Le
puso las manos en las nalgas y la levantó contra él mientras que su boca no cesaba de
devorarla. El deseo salvaje la tenía dominada y ella se entregó por completo.
No supo cuánto había durado. El tiempo cedió a la sensación y perdió todo
significado. Fue Devon quien retrocedió, quien se retiró. Su respiración era agitada,
los ojos brillantes como señales luminosas en la oscuridad. Brooke se apoyó la cocina
para no caer. Lo miró, demasiado asombrada para hablar, demasiado perpleja para
sentir.
—Yo creo que eso contesta a tu pregunta, ¿no?
Devon se quitó la bata, la dejó sobre una silla y se dirigió a la puerta del patio.
Brooke fue tras él.
—¿Dónde vas? —preguntó cuando pudo encontrar su voz.
—A casa.
—No puedes llevar esa moto acuática por la noche. Es demasiado peligroso.
Devon abrió la puerta y recogió el traje de goma. Cuando se dio la vuelta para
mirarla, tenía aquella sonrisa característica en los labios.
—No tan peligroso como quedarse aquí, pequeña. Ni la mitad.
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Capítulo Cuatro
Brooke llegó a su despacho temprano para adelantar el trabajo que había
descuidado. Con su secretaria Joan enferma, sabía que iba a estar muy atareada. Se
sirvió un café en un tazón que rezaba «Yo soy la jefa» y se puso manos a la obra.
Revisó rápidamente el correo y los mensajes del contestador.
Todo parecía tan normal como de costumbre. Hacía un día soleado y
demasiado cálido para la estación. Sin embargo, a Brooke nada le parecía igual desde
que Devon había reaparecido en su vida. La misma atmósfera de la ciudad se había
cargado, realimentándose con nuevas energías.
Por mucho que luchara contra él, el pasado seguía atormentándola. La
inesperada visita de Devon hacía un par de noches, había abierto el dique a una
marea de recuerdos que, por mucho que lo intentara, no podía dejar a un lado.
Brooke jugueteó con los documento y los bolígrafos de su mesa, llevándolos de
un lado a otro, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sabía que tenía que
revisar las cuotas del plan de reparación de carreteras, pero no podía centrar la vista
en las letras de la carta que tenía delante.
Estaba inquieta, nerviosa. También estaba enfadada consigo misma por haber
reaccionado ante Devon, por haberle permitido llevarle la mano, por haberle
permitido acercarse, por haberle dejado besarla.
«¡Déjalo!».
Pero ése era el problema, que no podía dejarlo. No podía dejar de pensar en él.
Se estaba poniendo cada vez más nerviosa. Y el nerviosismo daba paso a un miedo
creciente.
Hacía años, cuando la había abandonado, había fantaseado sobre cómo
reaccionaría si volvían a encontrarse. Iba a mostrarse distante, fría, indiferente a su
presencia excepto por una leve sonrisa con la que le daría a entender que no le
importaba lo más mínimo. Bien, había madurado, y era lo bastante adulta como para
darse cuenta de que tendría que hablar con él.
Hablar, comunicarse, no quería decir besarse.
Podía haberlo rechazado, haberle dicho no sin dejar lugar a dudas. No, había
tenido que responderle, aceptarlo como si se hubiera estado muriendo de sed y él
fuera un oasis. Los músculos del estómago se le tensaron al recordarlo. Aquel beso
había sido algo más. Algo desesperado, sofocante como una noche de verano. Todas
las emociones que creía enterradas habían salido a la superficie con la fuerza de una
ola de marea.
Y todo con un simple beso.
Giró la silla y miró por su ventana situada en la segunda planta. La gente
entraba y salía de los comercios. Oyó el martilleo abajo al mismo tiempo que se dio
cuenta del pequeño camión todo terreno aparcado frente a su edificio.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
—¿Qué demonios…?
Brooke salió de su oficina y se dirigió a la recepción. El edificio no era
demasiado grande. Ella compartía la segunda planta con la oficina de impuestos,
pero la planta baja llevaba varios meses vacía. Bajó por la escalera de caracol
siguiendo el sonido.
La puerta de la oficina se abrió al apoyar la mano descubriendo una habitación
grande, con un mostrador de metal por todo mobiliario. Devon estaba subido a una
escalera de mano al fondo de la oficina, de espaldas a ella. El ruido ahogó el sonido
de la puerta al cerrarse.
Devon estaba vestido con una camiseta y unos vaqueros, ambos un tanto
ajustados. Su cuerpo reflejaba la solidez de sus músculos mientras martilleaba. Debía
hacer gimnasia. Entonces se preguntó por qué, con todo lo que tenía que decirle,
aquel había sido el primer pensamiento en ocurrírsele. En ese momento, Devon se
bajó de la escalera y descubrió su presencia.
—Hola, Brooke.
—Devon.
Durante un momento se quedaron mirando, una oficina y todo un pasado les
separaban. Ella no lo había visto desde la noche del beso y tuvo que resistirse al
impulso de salir corriendo. Él le mantuvo la mirada con unos ojos completamente
carentes de la incomodidad que Brooke sentía. Tenía que reconocer que le envidiaba
por eso. Una parte de ella quería excavar un agujero en el suelo y esconderse. La otra
parte quería que volviera a besarla. Apartó la mirada y se ajustó la chaqueta para
ocultar su nerviosismo.
—¿Qué pasa? —preguntó él, mientras levantaba una estantería del suelo.
Volvió a subir la escalera y colocó cuidadosamente la estantería sobre las
escuadras. Brooke se sintió mejor en cuanto le dio la espalda y avanzó hasta el centro
de la oficina. Involuntariamente, sus ojos subieron por los músculos de sus piernas,
de sus nalgas, hasta sus anchas espaldas.
—¿Brooke?
—¿Hum?
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó él, volviéndose a mirarla.
Brooke lo miró. Sus ojos estaban despejados, descansados, tan abiertos que
sintió que podía haberse caído en ellos.
—¿Qué haces?
—Coloco unas estanterías.
—Ya lo veo. Pero, ¿por qué aquí?
—He alquilado la oficina. Necesitaba una sede en la ciudad.
—¿Y has tenido que elegir mi edificio, precisamente?
—No sabía que la dueña eras tú.
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—Yo no…
—Entonces, ¿qué te ocurre? Necesitaba una oficina y ésta estaba disponible.
¿Qué problema tienes?
Devon instaló otra estantería. Brooke empezó a impacientarse.
—No tengo ningún problema con esto.
—Pues dime cuál es el problema.
—Tú.
Devon la miró por encima del hombro y le obsequió con su media sonrisa.
—¿De modo que ya hemos llegado a eso?
—¿A qué?
Devon bajó de la escalera y anduvo hacia ella.
—A tu problema, que soy yo. Que es el que esté aquí, el que haya vuelto a la
ciudad, ¿correcto?
—Correcto.
—¿De qué se trata, Brooke?
—Lo sabes perfectamente.
—No, dímelo tú.
—No confío en ti, Devon. Tampoco te creo cuando dices que has venido a
instalarte. Me da igual qué estés haciendo, no quiero que lo hagas aquí. Algo te
propones, me da en la nariz.
—¿Donde pongo el teléfono?
Los dos se volvieron al empleado de la compañía telefónica que estaba en la
puerta. Devon señaló al mostrador metálico.
—Ahí estará bien.
Los dos mantuvieron un duelo de miradas mientras el empleado hacía su
trabajo. Devon fue él primero en desviarla. Con la mano en la cadera, dejo escapar un
resoplido de enfado y fingió mirar el ajetreo de la calle a través de la ventana.
Contó hasta diez. Su maldita actitud autocrática le enfurecía. Siempre había
tenido una lengua afilada, pero lo que quedaba bien en una novia resultaba una
verdadera patada en el trasero en un adversario. Y eso era en lo que ella se había
convertido.
Se había dado cuenta cuando cruzaba la bahía al regreso de su granja. Todos
sus planes habían resultado según lo previsto. Había creído que podía manipularla
del mismo modo en que había manipulado a Chuck y a toda la ciudad. Él
manipularía y todos responderían como marionetas entre sus manos. Había parecido
simple hasta dos noches antes.
Entonces había tenido que besarla.
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Aquel había sido su primer error. Había olvidado cómo reaccionaba ante ella,
cómo sus ojos de avellana se nublaban cuando él se acercaba. Había olvidado que
aquella mirada incitante convertía su gelidez pétrea en vapor siseante e hirviente.
Quince años eran demasiado tiempo, había olvidado demasiadas cosas.
Su suavidad, cómo era tenerla entre los brazos, cómo se acoplaban sus cuerpos,
cómo sabían sus labios. Se le hizo la boca agua, cambió el peso de pierna para
disimular la tensión que crecía bajo sus pantalones ajustados.
Tenía que dejarlo, detenerlo. No era lo que quería y mucho menos lo que
necesitaba. Ella era muy peligrosa, y eso sólo hacía que la sangre le hirviera en las
venas. Tenía que hacerse con el control de la situación y rápidamente. Sólo había una
manera de enfrentarse a un adversario, atacando.
Cuando volvió a mirarla, tenía los ojos entrecerrados, su mirada era intensa.
—¿Nunca te has parado a pensar que lo que sientes no tiene nada que ver
conmigo, sino contigo misma?
—No seas ridículo.
—Piénsalo, Brooke. Eres la única persona de toda la ciudad que se opone a mi
proyecto, que se enfrenta conmigo. ¿Y por qué?
Brooke apretó los dientes.
—No lo sé, Devon. ¿Por qué no me lo dices tú que pareces saberlo todo?
—¿Una o dos líneas? —preguntó el empleado de la telefónica.
—Dos —contestó Devon.
Tomó a Brooke del brazo y la condujo a la puerta.
—No creo que sea momento de discutirlo. ¿Por qué no vienes a mi casa esta
noche? Te debo una cena. Podemos hablar. Contestaré a las preguntas que quieras
hacerme, te lo prometo.
—No quiero cenar contigo.
—¿De qué tienes miedo?
—No cambies de tema, el miedo no tiene nada que ver. Estamos hablando de
confianza —replicó ella.
—¡Ah, sí! Confianza. Continúas utilizando esa palabra. Resulta interesante
saliendo de tus labios.
—Y cuéntame, ¿qué demonios significa eso?
—Ven esta noche y averígualo.
—No quiero…
—¿Desea otra toma al otro lado? —preguntó el técnico.
—Un momento, por favor. Me portaré bien contigo. Esta noche a las siete. ¡Ah!
No se te olvide traer el vino.
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Devon cerró la puerta. Brooke se quedó paralizada, mirándolo embobada. Lo
había vuelto a hacer, le había ganado la partida. No, ella le había permitido que lo
volviera a hacer. Era culpa suya. Su primer error había sido invitarle a pasar cuando
había aparecido en su puerta. Tenía que haberle preguntado qué quería sin
permitirle cruzar el umbral y después haberle deseado que pasara una buena noche.
Pero no, la buena de Brooke tenía que invitarle a pasar, pedirle que cenara con ella y
que se tomara un brandy. Incluso había encendido la chimenea.
Todo había sido como una invitación abierta para él. La mera idea de que
pensara que ella lo deseaba hacía que su estómago diera saltos. Apenas hubo entrado
en su oficina, cuando el martilleo volvió a empezar. La imagen de sus músculos
abultados con el ejercicio se coló en su imaginación. Gruñó. No podía quedarse allí ni
un segundo más. Recogió su bolso y salió derecha al Pattersen Central Bank.
Saludó al guardia de seguridad al acercarse a la oficina de su hermano. Sus
zapatos taconeaban sobre el suelo de mármol reforzando su decisión de actuar antes
que reaccionar. Si quería recuperar su vida normal, tenía que hacer algo con Devon
Taylor.
Tenía que librarse de él.
Chuck estaba sentado en su mesa, el teléfono sujeto entre el hombro y la mejilla.
Mientras conversaba, le hizo señas de que se sentara. Lo hizo, pero era evidente que
su hermano no tenía prisa por terminar la charla. Dejó el bolso en el suelo y zapateó
hasta que colgó.
—¿Qué tal, Brooke? ¿Vienes a la barbacoa?
—¿Qué barbacoa?
—La que Lotty y yo estamos planeando. ¿No te ha llamado para invitarte?
—No. ¿Qué se celebra?
—Es en honor de Devon Taylor y el proyecto de Maiden Point. Ya sabes, una
especie de fiesta de inauguración.
—¿Qué está pasando con el proyecto de Devon?
—¿No te parece estupendo? —dijo su hermano con una sonrisa—. Todos
estamos muy emocionados. Los documentos ya casi están listos para firmar.
—No puedo creer que te lo tomes en serio, por no hablar de aprobar los
préstamos y empezar a darle fiestas. Sobre todo viniendo de ti, es increíble.
Brooke se levantó y comenzó a caminar por el despacho.
—Siéntate, Brooke. Me estás poniendo nervioso.
—Deberías estar nervioso ya. Este proyecto puede hundir el banco —dijo ella,
sentándose.
—¿Crees que no lo sé? He comprobado el proyecto personalmente, todos mis
contactos me han dado una respuesta positiva. Éste podría ser el mayor negocio que
la banca Pattersen ha realizado jamás. Mucho más que cualquiera de los de papá.
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Brooke se mordió los labios. Chuck siempre estaba comparándose con Chaz y,
aunque sabía que necesitaba su apoyo, no le parecía honrado dárselo. No en aquel
caso.
—No te veo haciendo negocios con Devon Taylor. No después de lo que pasó
entre vosotros.
—Aquello sucedió hace mucho tiempo. Cosas de críos. Ahora hablamos de
verdadero dinero y no voy a permitir que cualquier tontería sobre el pasado de
Devon me impida sacar mi tajada.
—Tú lo odias, Chuck.
—Yo lo odiaba. Ya no.
—¿Por qué? ¿No será porque ahora tiene dinero?
—Si no crees que ha cambiado, ¿por qué le invitaste a tu casa la otra noche?
—Yo no le… ¿Cómo sabes tú eso?
Chuck se encogió de hombros.
—Pasé por la casona esta mañana. Devon me lo ha contado.
Brooke pensó que aquello era estupendo, justo lo que le faltaba por oír. Devon y
Chuck sentados amigablemente en torno a la mesa de la cocina de la infancia
charlando de los viejos tiempos. ¡Apestaba!
—¿También sabías que ha alquilado una oficina debajo la mía?
—Por supuesto. Fui yo quien le dijo que estaba disponible.
Brooke miró a su hermano sin poderlo creer. Tuvo que respirar profundamente
antes de poder sacudir la cabeza.
—Esto es demasiado estrafalario. No puedo soportarlo.
—Por amor de Dios, Brooke. Han pasado quince años. No me digas que
todavía…
—No seas absurdo. No tengo ningún interés por él.
—Entonces, ¿de qué se trata?
—Me parece que tengo mejor memoria que tú. Por si lo has olvidado deja que te
lo recuerde. Él sentía algo más que una aversión pasajera por papá y por ti. Nunca se
molestó en ocultar sus sentimientos por ninguno de vosotros, ni por esta ciudad, ni
por este banco.
—¿Y qué? Se ha disculpado conmigo.
—¡Se ha disculpado! —explotó ella—. ¿Y ya está?
—¿De modo que se trata de eso? —dijo su hermano sonriendo.
—¿De qué se trata? —repitió ella verdaderamente enfadada.
—Estás molesta porque nunca se ha disculpado contigo por haberte dejado. Si
es eso, deja que te explique lo que sucedió…
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Brooke alzó una mano para interrumpirle. Hablar de eso con su hermano era
tan inútil como hacerlo sobre la famosa puerta de cristales.
—Por favor, Chuck. No te molestes. Creo que puedo encargarme de Devon yo
sola. Es evidente que no es el mejor momento de hablarlo, estás ciego. Ya hablaremos
cuando hayas acabado de investigar el consorcio de inversores. Quizá entonces
contemos con algo sustancial sobre lo que trabajar.
Los dos se pusieron de pie.
—Como tú quieras. Pero sigo pensando que te equivocas. Ha cambiado de
verdad.
—¿En qué sentido ha cambiado? ¿Puedes decírmelo?
—Bueno, deja que lo piense. Se controla mucho más ahora. Devon nunca pudo
controlarse. Por eso era tan peligroso e impredecible.
Brooke se quedó en la puerta mirando a su hermano. A pesar de toda su
superficialidad, de vez en cuando daba en el clavo. Tenía razón, Devon se controlaba
mucho más. El antiguo Devon no se habría detenido en el primer beso.
Salió del banco sin despedirse. Aunque el comentario de Chuck había
pretendido tranquilizarla, había conseguido el resultado opuesto. Devon se
controlaba, pensó sintiendo escalofríos a pleno sol. Aquella sí que era una idea que la
asustaba.
Comenzó a andar despacio hacia su oficina. Se detuvo al pensar que volverle a
ver sólo conseguiría enfadarla aún más. Se decidió por coger el coche, una visita al
centro municipal serviría para mantenerla ocupada y distraerla.
Al pasar frente a una tienda de licores tuvo una idea. Su hermano tenía razón,
Dios bendijera su corazón pequeño. Todo se trataba de mantener el control. ¿Quién
lo tenía, quién lo necesitaba y por qué? Si se trataba de eso, había seguido un curso
de acción completamente equivocado. Había permitido que Devon hiciera las cosas a
su manera desde el principio. Había llegado el momento de cambiar aquel estado de
cosas.
Había algo que seguía igual. Devon tenía algo que ella quería, la verdad. La
pregunta era, ¿qué tenía ella que Devon pudiera desear? Lo único que Devon había
querido siempre de ella era su cuerpo. ¿Podría manejarlo? ¿Podía hacer de Mata Hari
para sonsacarle la verdad sin destruirse a sí misma?
Unos años antes habría tenido que responder que no. Pero los tiempos habían
cambiado. Ella era distinta. Era una mujer madura y no una adolescente incauta.
Averiguar la verdad era muy importante para ella, para la ciudad, para el banco.
Devon había confiado en ella una vez y podía volver a hacerlo. Quizá, sólo quizá,
Brooke acabara averiguando lo que se proponía antes de que fuera demasiado tarde.
Brooke sintió una enorme confianza en sí misma y en sus propias fuerzas. Ella
podía vérselas con Devon mejor que ninguna otra persona de toda la ciudad, porque
cuando todo llegaba a su fin, nadie lo conocía mejor que ella. No podía fiarse de
nadie más para librarse de él. Era el destino y era la justicia. Tenía que hacerlo ella
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sola. Rezumando convicción por todos los poros de su cuerpo, Brooke entró en la
tienda de licores. Antes que nada necesitaba una botella de vino.
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Capítulo Cinco
Devon admiró su asado y roció la carne con la salsa del fondo de la bandeja. El
aroma hizo que su estómago protestara de hambre. Comprobó el termostato y
pinchó con un tenedor las patatas. Todo iba bien.
Se sirvió una copa de borgoña. Había aprendido a cocinar viviendo solo,
primero por necesidad, luego porque le divertía. No era un gourmet, pero sabía
manejarse en la cocina.
Se había convertido en una cuestión de orgullo para él. Siempre que conocía a
una chica nueva le invitaba a cocinar para ella. Le divertía cambiar los papeles. Tenía
mucho que ver con su propia naturaleza, nunca hacer lo que la gente esperaba de él,
siempre mantenerla sobre ascuas.
Había funcionado antes y continuaba funcionando. Brooke estaba totalmente
confusa, que era como él deseaba que se sintiera. No confiaba en él, pero deseaba
creerlo, y esa situación le bastaba para conseguir sus fines.
Había habido un tiempo en que le habría molestado hacerle a Brooke una
jugarreta como aquella, pero ella había sido una buena profesora. Le había enseñado
que hablar era gratis, las acciones eran harina de otro costal.
Sin embargo, Devon no podía sino ser sincero consigo mismo. Su mayor
problema con Brooke era él. Todavía se sentía muy atraído hacia ella, su cuerpo
había vuelto a la vida al besarla y se habían despertado viejos y poderosos
sentimientos. Su sentido común le decía que no era razonable estar con ella a solas.
Después de aquel beso, se había sermoneado sin piedad por haber cometido una
estupidez tan grande. Y claro, había terminado invitándola a cenar para llevarse la
contraria a sí mismo.
La idea de que Brooke fuera una invitada en la casa de su infancia era
demasiado tentadora como para dejarla pasar. Quería verla en aquellas habitaciones,
acariciando los muebles, recordando. Al principio, después de marcharse había
soñado en una noche como esa muy a menudo, fantaseado con los comentarios de su
madre. Se había visto a sí mismo sentado frente a la chimenea en zapatillas, los pies
descansando sobre una antigua otomana, una copa de brandy en la mano y Brooke
con el uniforme blanco y negro de sirvienta atendiéndole.
Sabía que eran fantasías de adolescente pero, aun así, tenía que reconocer que
las encontraba muy atractivas. Aunque ya no quería que le sirviera, todavía abrigaba
el deseo de entretenerla en lo que ahora era su casa. Se preguntó si iba a hacerla
sufrir y decidió que no lo sabía. Brooke y el resto de su parentela siempre le habían
parecido insensibles a una emoción tan vulgar como el sufrimiento. Parecían pasar
por la vida en un suspiro, incapaces de cualquier emoción profunda, salvo el odio.
Sí, sabían perfectamente cómo odiar.
Cualquiera podía pensar que resultaba muy extraño su deseo de vivir en la casa
del viejo enemigo, pero Devon siempre había sentido una fascinación por aquel
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lugar, incluso desde muy pequeño. Recordaba la primera vez que había ido en la
camioneta de su padre cuando tenía siete años. En aquella época, Jack y Chaz todavía
hacían negocios juntos. Su padre había tenido que ir un domingo por la mañana a
dejar unos documentos.
Le dijo a Devon que le esperara en la camioneta y, a pesar de todo, le obedeció.
Se entretuvo mirando las torretas pintadas de rosa y gris e imaginándose a sí mismo
escalando la fachada hasta el balcón superior. Más que nada, deseó ver los cuartos
del piso de arriba y qué vista tenía la bahía desde allí.
Ahora lo sabía. Había elegido el dormitorio principal desde el que se dominaba
todo el paisaje marítimo. Había sido el de Chaz, y cuando descansaba en la cama
doselada experimentaba una sensación de estar en casa como nunca había conocido
en su vida. Estaba estableciendo un vínculo con la vieja casona, aunque tampoco
figuraba en su agenda… como liarse con Brooke.
La invitación a cenar tenía un doble propósito. Primero, naturalmente,
tranquilizarla a propósito del proyecto. El segundo era tan importante para él como
el anterior. Sentía un enorme deseo hacia ella que el tiempo no había logrado mitigar.
Años atrás, había sido tan mortífero para él como un diabético que añorara los
bombones. Ya no. No se trataba de amor. Nada de lo que ella pudiera decir
reavivaría aquel fuego. Era lo único de lo que estaba absolutamente seguro.
Su corazón estaba a salvo.
Cuando sonó el timbre sintió que una oleada de puro placer le corría por las
venas. Sonriendo, tomó un último sorbo de vino. La imagen de Brooke esperando a
que le permitiera entrar en su antigua casa merecía ser paladeada.
Alzó los ojos al techo mientras se levantaba.
«¿Estás mirando, Chaz?»
Pero lo que Devon vio disipó al instante todos sus deseos de venganza.
—Hola, Devon.
Brooke estaba frente a él vestida con el vestido de punto más ceñido que había
visto en su vida. El vestido era azul, de mangas largas y escote bajo, y tan corto que
no estaba seguro de dónde acababa. Ignorando su expresión, Brooke entró en la casa
proporcionándole una buena vista de su escote trasero que exhibía la mayor parte de
su espalda.
—¿Se quedaron sin tela? —preguntó él.
Brooke se observó, los ojos muy abiertos, el puro reflejo de la inocencia.
—¿No te gusta?
—Me encanta.
—Tu vino —dijo ella, dándole la botella.
Devon estaba perplejo. Intentó disimularlo estudiando la etiqueta, cara y
francesa, en lo que era un inútil acto de autopreservación. No podía evitar que sus
ojos miraran a la mujer que tenía junto a él. Brooke le devolvió la mirada con aire
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desafiante, retándole a que encontrara algún defecto en ella. No pudo, era perfecta.
El pelo castaño llamaba a sus dedos para que lo acariciaran. El maquillaje era una
obra de arte que resaltaba unos labios de rosa, y el vestido… estaba tan cercano a lo
indecente que su libido hervía a fuego lento.
Devon hizo un esfuerzo por apartar su atención de los pechos y fijarla en la
etiqueta de la botella.
—Es una buena cosecha.
—¿Te sorprende?
—La verdad es que no. Tu familia siempre se ha rodeado de todo lo mejor. Con
el tiempo, yo también me he aficionado.
Devon hizo un gesto que abarcaba la sala donde se encontraban pero sus ojos
no se apartaron de ella.
Brooke resistió la tentación de cruzar los brazos sobre el pecho. Él la miraba y
eso era buena señal. A juzgar por su reacción, el vestido había merecido la semana de
sueldo que había invertido en él.
Con un aire lo más despreocupado posible, contempló el antiguo salón de estar
de su familia. Era evidente que Devon había contratado a alguien para adecentar la
casa, todo estaba ordenado, limpio y brillante. Había cambiado la disposición de los
muebles, pero todavía conservaban ese ambiente que ella adoraba. Una punzada de
nostalgia le atravesó el corazón. Respiró profundamente para apartarla de sus
pensamientos. No había tiempo para la nostalgia, tenía un trabajo que hacer.
—Tiene un aspecto maravilloso. Me alegro de ver que hay gente viviendo aquí
otra vez.
Devon la invitó a sentarse y le sirvió una copa de borgoña.
—Se puede vivir, pero todavía necesita mucho trabajo. Tengo algunas ideas
sobre la renovación. Cuando las dibuje, me gustaría que les echaras un vistazo —dijo
mientras intentaba inútilmente mirarla a los ojos—. Si te apetece, claro.
—¿De verdad piensas quedarte? —preguntó ella, cruzándose de piernas.
Que la falda era demasiado corta, no podía negarse. Devon sentía que tenía la
cabeza en un planeta y el cuerpo en otro. No podía evitar que sus ojos fueran de un
punto estratégico de Brooke al siguiente. Se aclaró la garganta.
—Creí que lo había dejado claro. Me gustaría devolverle su belleza original. Tú
eres la persona más indicada para aconsejarme en ese tema, ¿no crees?
—Supongo que sí.
Brooke se dio cuenta de que tenía los ojos fijos en el punto donde sus piernas se
cruzaban. Tuvo que hacer un esfuerzo para no tirar del borde de la falda.
—A no ser que se te haga difícil. Ya sabes, tenerme a mí viviendo en la antigua
casa de tu familia y todo eso.
—Devon, lo único que se me hace difícil es creerte.
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Se sentó junto a ella. No tenía más remedio. Brooke podía sentir el calor que
irradiaba de su cuerpo, su olor limpio y masculino. Brooke miró al azul cristal de
aquellos ojos y estuvo a punto de olvidar todas las preguntas.
—¿Qué puedo decir para demostrarte que soy sincero?
—La verdad, Devon —contestó ella, bajando la mirada—. La verdad.
Devon le alzó la barbilla. Cediendo al impulso, enredó los dedos entre su pelo.
Aquellos ojos luminosos le miraron y sintió un hueco en el estómago. Deseaba
besarla. No, no besarla tan sólo. Quería devorarla.
—¿La verdad? La verdad es que quiero…
La alarma del horno avisó. El asado estaba listo. Devon dejó caer las manos.
—La cena —dijo en tono de disculpa levantándose.
Brooke le sonrió cordialmente mientras él iba a la cocina. Cuando salió de la
habitación, se apresuró a beberse de un trago la copa de vino. Se levantó para alisarse
el vestido. Estaba muy nerviosa. Sabía que estaba sudando, pero tenía las manos
heladas. Se las llevó a las mejillas para refrescarlas.
Jugar a seductora era un trabajo arduo y no estaba muy segura de servir para el
papel. Ella era la aficionada, mientras que él lucía los galones de la experiencia. Sin
embargo, creía estar triunfando. Devon no había podido quitarle los ojos de encima.
Confiaba en que, antes de que la noche acabara, habría conseguido su propósito. Se
dirigió a la cocina, pero se quedó en la puerta, apoyando una cadera contra la pared.
Devon cortaba el asado. Casi se rebana la mano al verla. Aquellas piernas
enfundadas en medias oscuras y los zapatos de tacón alto, parecían conjurar toda
clase de imágenes eróticas en su mente.
—¿Quieres que te ayude?
—Claro —contestó él, obligándose a mirar lo que estaba haciendo—. La
ensalada está en el frigorífico. Remuévela y llévala a la mesa.
Brooke siguió sus instrucciones y llevó la ensaladera de plata a la mesa. Se
inclinó para depositarla en el centro. Devon se quedó con la boca abierta. Brooke
había levantado ligeramente un pierna para ofrecerle una amplia panorámica de su
trasero, redondo y duro. Ella se volvió rápidamente y le cogió desprevenido.
—¿Algo más?
Y entonces, Devon se dio cuenta de la sonrisa.
Una sonrisa satisfecha y completamente femenina.
Devon se quedó mirándola hasta que se dio cuenta de cuál era el juego. Estaba
provocándole. A propósito. Tendría que haberlo adivinado desde el primer
momento. El vestido, el maquillaje, los movimientos lánguidos, todo estaba fuera de
lugar en Brooke. Se reprochó no haberlo pensado nada más abrir la puerta.
¿A qué estaba jugando? Le devolvió una media sonrisa que debería haber
bastado para que ella supiera que la había descubierto. Las razones de Brooke no
importaban, era un juego que él conocía al dedillo.
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Y bien podían jugarlo dos.
—Siéntate y ponte cómoda.
Mientras se sentaba, Brooke pensó que casi podía oírle reír. En aquel momento,
Devon volvió con la fuente de patatas y carne.
—¿Tienes mucho apetito? —preguntó él mientras la servía.
—Me muero de hambre.
—Yo también.
Devon se sentó enfrente de ella. El asado resultó perfecto. La cena transcurrió
agradablemente, y Brooke descubrió con sorpresa que estaba disfrutando. Le ayudó
servir el postre y el café, pero no aceptó una segunda copa de coñac.
—No quiero más. Me prometiste contestar a mis preguntas.
—Adelante, pregunta lo que quieras —dijo él, volviendo a llenar su copa.
—Empecemos por el consorcio. ¿Quién es esa gente, Devon?
—Amigos míos. Gente con la que he hecho buenos negocios durante los últimos
diez años.
—¿Y están dispuestos a invertir en tus proyectos sin siquiera supervisarlos?
—Así es.
—No lo entiendo. Maiden Point costará montañas de dinero.
—Y el consorcio ganará mucho dinero también. Ya lo he hecho antes, Brooke.
Confían en mí.
—No como yo.
—A diferencia de ti.
Se la quedó mirando a los ojos y entonces hizo algo muy raro, se echó a reír a
carcajadas. Brooke frunció el ceño.
—Eres demasiado seria, Brooke. Siempre lo fuiste. Toma, abre la boca —dijo él,
cogiendo una fresa bañada de chocolate.
—Esto es muy serio, Devon.
Devon balanceó la fresa ante sus labios.
—Abre la boca.
—No.
—Está muy buena.
—No me apetece.
—Sólo un mordisquito.
—Dev…
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Le había metido la fresa en la boca y no tuvo más remedio que morderla. Tenía
razón, estaba muy buena, dulce y jugosa. Le dio otro mordisco, pasando los dientes
por la yema del pulgar.
Los ojos de Devon se oscurecieron al sentirlo. Le pasó el dedo por los labios y
apartó la mano. Brooke sintió que temblaba ante las sensaciones que despertaba su
caricia. Se llevó la servilleta a los labios con manos trémulas.
Permitió que le sirviera otro brandy. Lo necesitaba para calmar sus nervios.
Devon entrechocó las copas.
—Por Lenape Bay y Maiden Point.
—Por Lenape Bay —dijo ella que no estaba dispuesta a brindar por el resto.
Cerró los ojos para sentir la calidez del licor. A pesar de todas sus bravatas,
tenía los músculos en tensión. Hizo girar la cabeza para aliviar el cuello.
—¿Estás cansada?
—Un poco. Ha sido un día muy largo —dijo ella masajeándose la nuca.
Devon se levantó de la silla y se puso tras ella.
—Déjame a mí.
Antes de que pudiera protestar, comenzó a masajearle la base del cuello. Tenía
las manos grandes que abarcaban toda la anchura de sus hombro. Su tacto era fuerte
y seco y alivió milagrosamente la tensión de sus músculos. Brooke no pudo evitar un
gemido ante aquella mezcla de placer y dolor.
—¿Te gusta?
—¡Hum!
—Despejemos el campo.
Devon le desabotonó la parte superior del vestido para poder trabajar a sus
anchas. Sorprendida, Brooke atrapó la tela justo cuando se le caía del pecho.
—¡Devon!
—¡Sst! Relájate.
Las manos se movieron sobre la piel de su espalda, desde la línea del cabello,
pasando por la espina dorsal a los omoplatos. Los dedos se hundían en sus
músculos… cálidos, fuertes, vibrantes. Sabía que no debía permitirle que la tocara de
aquel modo, pero sentía los efectos combinados del vino y el brandy. Además, las
sensaciones eran tan placenteras, tan deliciosamente decadentes, que se sentía
incapaz de reunir la suficiente indignación como para ordenarle que parara.
Devon se inclinó sobre ella mientras trabajaba. Sentía su aliento en la coronilla.
Él inhalaba su perfume, el cálido aroma femenino de su cuerpo y empezó a notar sus
efectos. Cerró los ojos para pasarle las manos sobre la espalda, recibiendo tanto
placer como estaba dando, y aún más. La piel era tan suave que tuvo miedo de
dejarla marcada, de modo que aminoró la presión hasta que sus dedos meramente
rozaron la espalda.
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Devon estudió su rostro. Tenía la cabeza inclinada, los ojos cerrados y respiraba
profundamente. Los pechos subían y bajaban al tiempo que sus manos se volvían
más audaces. Observó cómo se le endurecían los pezones bajo la tela del vestido. No
quería ni podía detenerse. Devon introdujo las manos por la delantera del vestido
para copar sus senos.
—¡Devon!
—Déjame tocarte —susurró sin cesar el masaje—. ¡Ah! Eres tan dulce, tan
suave. Nunca he olvidado el tacto de tu piel. Con todos esos años y todavía recuerdo
tu suavidad.
Devon le acarició con la nariz el cuello y ella se abandonó. El calor de su boca,
las caricias de sus manos, la mareaban. El aliento le quemaba la piel y las manos
alimentaban el fuego. Un lago de deseo líquido y lento ardió en sus entrañas
mientras Brooke se entregaba para que hiciera con ella lo que quisiera.
Devon estaba enfadado. Se había dejado atrapar en la red que él mismo había
urdido. La voz de la razón le gritaba que se pusiera a salvo, que dejara de tocarla,
pero sus manos parecían poseer voluntad propia. Fascinado, observó el movimiento
de sus propias manos bajo el vestido. Se resistió al impulso de bajárselo para
contemplarla. Por el contrario, le acarició los pezones en círculos lentos y ardientes.
Brooke dejó escapar un gemido. Él sintió cómo entraba en erección. La besó en
el cuello con la boca abierta, los labios húmedos. Brooke era suave y delicada, como
un helado de vainilla. Necesitaba saborear sus senos incitantes.
En algún lugar profundo de su mente, Brooke recordó el motivo que la había
llevado hasta allí. Tenía que ver con la ciudad, el banco, la verdad, sin embargo,
parecía borroso y distante, carente de importancia. Lo único que le importaba era
Devon. Su boca, sus manos, la manera en que la estaba acariciando. Deseaba
estrecharle contra sí, besarlo, llevarle dentro de ella y que se quedara ahí… para
siempre.
Aquella palabra la dejó helada. Con Devon no había nada que significara para
siempre. Él notó el cambio en cuanto Brooke se quedó rígida.
—¿Qué te pasa?
—Tengo que irme —dijo ella levantándose, apartándose de él.
—Brooke…
—No, Devon. Es la verdad. Se ha hecho muy tarde. Ha sido una cena
encantadora, pero tengo que irme.
Con la cabeza gacha para evitar mirarlo, se abotonó el vestido. Cuando alzó la
cabeza vio que la miraba con ojos brillantes e intensos. Tenía ambas manos metidas
en los bolsillos del pantalón, un truco que no ocultaba nada. Ella se obligó a mirarlo a
la cara, sabiendo perfectamente que la suya se había sonrojado.
—No pienso disculparme —dijo él.
—Tampoco te lo he pedido. Ha sido un error de los dos.
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—Quizá haya sido algo más. Has venido buscando algo esta noche. Espero que
lo hayas encontrado.
Brooke recogió el bolso y se dirigió hacia la puerta.
—Lo que buscaba era la verdad, Devon. La verdad acerca de lo que te
propones.
—Ya te lo he dicho, pequeña. El proyecto va muy en serio. Pienso quedarme.
—Ojalá pudiera creerlo.
Antes de que pudiera salir, Devon le cogió la muñeca y se llevó su mano a los
labios. Sin dejar de mirarla a los ojos, le besó la palma con la boca abierta. Un beso
largo, caliente, que acabó con un roce de su lengua.
—Créelo.
El sonido que salió de la garganta de Brooke fue más de dolor que de placer. Le
traspasó el cuerpo hasta clavársele en el corazón, ese corazón que él había creído
invencible.
Devon la vio marcharse y, por un segundo, deseó que él también pudiera
creerlo.
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Capítulo Seis
El descapotable de Brooke pasó por el camino que llevaba a Maiden Point
levantando una nube de polvo. Se detuvo al ver el cartel que anunciaba el proyecto
de urbanización. El cartel nuevo era muy atractivo, lleno de colores vivos y letras
elegantes, merecía la pena echarle una segunda ojeada.
Como al proyecto mismo.
Como al hombre que había detrás.
Aceleró y se dirigió al piso piloto en el edificio principal. Mientras aparcaba se
dio cuenta de que el Jaguar de Devon no estaba junto a la entrada, como era habitual.
La habían enviado a cazarle. La fiesta de Chuck no podía salir bien sin el
invitado de honor. Le habían llamado a su oficina, pero el contestador les había
informado de que se encontraría en las obras. Era obvio que Devon se había olvidado
de la fiesta. Puesto que no había teléfono en Maiden Point, Chuck había sugerido,
delante de todo el mundo, que fuera Brooke a recogerle. Sus protestas habían sonado
débiles, incluso a sus propios oídos, así que allí estaba, sintiéndose como una
estúpida.
Porque estaba claro que Devon la había evitado desde la cena en su casa. Al
principio se había sentido más que contenta con que se limitara a saludarla al pasar.
Se dijo a sí misma que no quería verlo, que le hacía sentirse incómoda, demasiado
consciente de ciertos sentimientos y sensaciones. Después del episodio de la cena
había decidido que era demasiado peligroso estar a solas con él.
Pero conforme pasaban las semanas, empezó a preguntarse por qué se
mostraba tan evasivo. ¿Qué ocultaba? ¿Qué hacía todo el día encerrado en la oficina?
Siempre que se asomaba estaba hablando por teléfono. ¿Con quién?
Brooke se fue sin entrar a la obra. El sentido común le decía que Devon debía
haberse ido a casa y que lo mejor sería volver a la fiesta y comunicárselo a Chuck.
Pero, por el contrario, tomó la dirección de la vieja casona victoriana.
La puerta principal estaba abierta. Cuando nadie respondió a sus llamadas,
entró. La brisa fría que se levantaba del mar creaba una corriente en el vestíbulo.
Brooke echó de menos la chaqueta que había dejado en el coche.
La cocina estaba desordenada. Había un emparedado a medio comer sobre la
mesa. Echó un vistazo al malecón. Devon estaba de rodillas parcheando con madera
nueva la construcción decrépita. Ella tuvo que agarrase a la barandilla para
mantenerse en equilibrio sobre sus tacones altos.
Devon estaba desnudo de cintura para arriba. Cuanto más se acercaba, más
atractivo le parecía. Tenía la piel bronceada por el sol y brillante de sudor. Los
músculos se le hinchaban mientras introducía la madera nueva entre la vieja. Brooke
se detuvo para aprovechar la rara oportunidad de poder llenarse con su imagen.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Las manos trabajaban con gracia y eficiencia. Demasiado bien recordaba ella el
tacto que tenían al acariciarla. Se echó a temblar. Era un magnífico ejemplar de
hombre, tenía que reconocerlo a pesar de lo que hiciera o dijera. Nada podía cambiar
aquella verdad.
Antes de que pudiera saludarle, Devon arrojó unos cuantos trozos de madera al
agua y se zambulló tras ellos. Ella se asomó al borde para verlo, pero parecía haber
desaparecido. La brisa le levantó la falda amplia y Brooke se la sujetó mientras se
apoyaba en la barandilla a contemplar el día. Los últimos coletazos del verano, con
un ligero olor a otoño en el aire, hacían unos días espléndidos en aquella área. Se dio
la vuelta para buscarle.
Así fue como la vio Devon cuando subió al malecón. El viento le agitaba ropas y
cabellos. El sol comenzaba a declinar hacia el horizonte y su figura solitaria se erguía
en un oscuro contraste contra el inmenso cielo sin nubes.
Devon inclinó la cabeza mientras la observaba con una expresión seria. Tenía
un aspecto maduro y apetitoso, como las sandías que llevaba estampadas en el
vestido. Le gustaba así, cuando podía mirarla sin que lo supiera. Entonces no tenía
que simular que no sentía nada por ella, algo que no podía permitirse cuando ella lo
miraba con la expresión de desdén característica de los Pattersen. En aquellas
ocasiones, podía dejar que su imaginación volara hacia un tiempo donde ella le había
mirado de una manera bien distinta. Sus ojos de avellana le habían hablado de cosas
muy íntimas, cosas que había enterrado demasiado profundamente para resucitarlas.
Era una lástima que ya no fueran tan elocuentes.
En silencio, caminó hacia ella.
«Una verdadera lástima».
Brooke no se había dado cuenta de su presencia. De repente, sintió una presión
en la espalda mientras él le cubría las manos con las suyas. Se quedó inmóvil, la
había atrapado, pero no tenía miedo. Cerró los ojos y dejó que fuera él quien eligiera
el camino, sabiendo que cuando lo hiciera, ella estaría allí para él… ¿para qué?
—Este sitio me recuerda a ti, ¿lo sabías? Durante años no pude disfrutar de la
playa por los recuerdos que despertaba.
—Devon…
—No digas nada.
No estaba bien, sabía que no debía tocarla, que no debía desearla, pero la
verdad era que la deseaba. Se dijo a sí mismo que sólo era la reacción física ante un
viejo recuerdo, pero saberlo no era lo mismo que ignorarlo. Cuanto más la veía, más
la deseaba y cada día era una nueva prueba para su fuerza de voluntad.
Debía separarse, iniciar una charla intrascendente, empezar con la comedia. Sin
embargo, no tenía fuerzas para retomar la pelea en el punto donde la habían dejado.
Cada fibra de su ser le exigía que dejara aquella farsa civilizada y la hiciera suya.
Entrelazó los dedos con los de ella, más para contenerse él mismo que para sujetarla.
Había sentido el deseo muchas veces en su vida, pero aquél estaba multiplicado
por mil debido a lo que había sentido por Brooke, a lo que sentía por ella en ese
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momento. Cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabeza mientras intentaba
dominarse. Era inútil. Su aroma le envolvía y sintió que su cuerpo respondía
excitándose.
Era peligroso, una auténtica locura desearla, pero el deseo estaba allí y era tan
real y vital como los latidos de su corazón. Deseaba tocar las suaves curvas de su
cuerpo, acariciarla, absorberla. Hacía que se sintiera a salvo cuando todo lo demás
era inseguro. Hacía que se sintiera fuerte en su interior, no en lo externo, donde ya
conocía su propio valor. Pero lo mejor, o lo peor, era que le hacía sentir.
Devon suspiró y se dejó llevar por la tentación. La apretó contra él, sintió sus
nalgas contra la extrema erección que experimentaba. Hervía con el deseo de hacerle
el amor. Allí, en aquel momento, sobre las maderas del malecón, con el viento
enredándole los cabellos y el sol hundiéndose en el mar.
Brooke sintió toda la longitud de su miembro a través de la tela fina del vestido
y las entrañas le ardieron. La brisa fresca hacía que la falda golpeara contra sus
piernas. No le importaba. Estaba bien protegida en el capullo que formaban sus
brazos. Echó la cabeza hacia atrás para apoyarla en su pecho, disfrutando del calor
de su cuerpo.
Era demasiado. Quería verle la cara, observar el deseo en sus ojos aunque él
simulara no sentirlo. Se dio la vuelta con una sonrisa de anticipación en los labios. La
sonrisa desapareció en cuanto vio su cara. Sabía que la deseaba, pero la fuerza del
anhelo que reconoció en sus ojos era algo inesperado. Sintió un poco de miedo.
Devon vio su deseo reflejado en los ojos de ella. La verdad, había dicho Brooke.
Bien, la verdad estaba tan clara como el cielo impoluto que los cubría. La deseaba. Y
Brooke lo deseaba.
Un hombre y una mujer.
Sin pasado.
Sin futuro.
Sólo el presente.
Así de sencillo.
Cuando Devon la atrajo haca sí, ella no protestó. Cuando sus labios se unieron,
ella respondió buscando su lengua. Era todo lo que él necesitaba. Como un
relámpago ardiente y cegador, el deseo estalló en todas las células de su cuerpo.
Devon ardía y el viento sólo conseguía avivar aquel incendio. Sin soltarla, se dio la
vuelta para apoyarse de espaldas en la barandilla de forma que sus cuerpos se
amoldaran. Brooke se arqueó contra él, fundiéndose contra su pecho desnudo,
abrazándolo hasta que Devon sintió todas sus curvas suaves en contraste con su
propia dureza.
Devon apartó los labios de su boca para hacerlos viajar por su cuello hasta el
hueco de su hombro y más abajo. Desabrochó los dos primeros botones de su vestido
y, en un solo movimiento, sus senos quedaron expuestos a la vista.
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Brooke se sentía enfebrecida, de sus besos, de su ardor, de las caricias de sus
dedos en los pechos. La acariciaba por encima del sujetador, trazando círculos sobre
los pezones y mirando fascinado cómo despertaban a la vida. Abarcó los pechos con
ambas manos, dibujando pequeñas órbitas con la yema de los pulgares con tanta
ternura que ella no pudo evitar que un gemido se escapara de su garganta.
—Me he preguntado muchas veces qué aspecto tendrías así. Si serías la misma.
Muchas, muchas veces.
—¿No soy la misma? —preguntó ella con voz ahogada.
—No. Ya no eres una muchacha, eres una mujer. Lo único que sigue igual es lo
mucho que te deseo.
La besó mientras movía las manos sobre su espalda hasta llegar a las nalgas. Le
levantó la falda y la apretó contra sí. Con la punta de un dedo le acarició
íntimamente, sintió aquel calor húmedo a través de su ropa interior. Gimió.
Brooke sintió que le fallaban las rodillas al oírlo. Le echó los brazos al cuello,
abandonándose a la magia de sus labios.
Estaban fuera de control. A Devon le parecía ser un volcán ardiente a punto de
estallar. Tenía que sacarla de allí y llevarla a otra parte, a ser posible a la cama más
próxima porque si no, tendría que hacerle el amor sobre las maderas astilladas del
malecón.
Se separó de ella y la mantuvo a la distancia del brazo. Brooke se agarró a él
para no caer al suelo. Devon le abotonó el vestido.
—Entremos en la casa.
Interpretando su silencio como una aceptación, la tomó de la mano y entraron
en la cocina. Brooke se detuvo y lo miró. Él vio la sombra de la duda pasar por su
rostro.
—No pienses.
Brooke se mordió los labios. Devon tenía razón. No era el momento de pensar
racionalmente. Era el momento de sentir, todo su cuerpo se lo decía temblando.
—¿Tu antiguo dormitorio o el mío?
—Devon…
Volvió a besarla y silenció sus labios con el pulgar.
—El mío, entonces.
Brooke se dejó conducir, pero cuando llegó al pie de las escaleras se detuvo
mirando hacia arriba. Devon subió el primer escalón y ella volvió a dudar. No estaba
segura. El corazón le latía en los oídos mientras sentía una mezcla de excitación y
temor ante la idea de hacer el amor con él. Había pasado mucho tiempo.
—Ven conmigo, Brooke —susurró él.
Al mirarlo a los ojos, recordó la última vez que le dijo aquellas mismas
palabras. Entonces le había acompañado… Se frotó los brazos para sacudirse un frío
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súbito, pero sus manos pronto fueron desplazadas por las de Devon que la abrazaba.
Podía sentir el calor de su pecho desnudo, su respiración agitada. Él le tomó la cara
entre las manos.
—Sabes que te deseo —dijo tan bajo que ella tuvo que hacer un esfuerzo por
escucharle—. Pero tú también tienes que desearme. La decisión es tuya.
Brooke lo miró a los ojos y luego estudió los rasgos duros de su rostro. Se le
ocurrió que tanta perfección debería ser ilegal. Pero al mismo tiempo, no pudo evitar
ponerse de puntillas y ofrecerle sus labios.
Devon no necesitaba que lo animasen. Le cubrió la cara de pequeños besos sin
dejar de sujetarle la cabeza. Ella le acarició el pecho, dejando que sus dedos se
enredaran en el vello rizado, sintiendo los fuertes latidos de su corazón.
—Sí, pequeña. Tócame. Tócame por todas partes.
Ella le obedeció. Animada por sus palabras, deslizó las manos sobre su pecho
una y otra vez hasta que se encontraron en el cierre de sus pantalones.
—Sí —jadeó él contra sus labios—. Sí.
La besó entonces, conquistando su boca con los labios. Sus lenguas se
encontraron, sus cuerpos se tocaron y fue como una descarga eléctrica. El beso
terminó. Se miraron a los ojos comunicándose más de lo que nunca podrían con
palabras. Silenciosamente, abrazados, subieron las escaleras.
Cuando llegaron al dormitorio principal, Devon la guió hasta la enorme cama
doselada. Brooke se sentó en el borde y lo observó mientras se desabrochaba los
vaqueros. Sin apartar los ojos de ella, primero bajó una pernera y después la otra.
Con una sacudida cayeron en el suelo a los pies de Brooke. Devon no llevaba nada
debajo y estaba visiblemente excitado. Se aproximó a ella para besarla con rudeza en
la boca.
—Ahora te toca a ti.
Devon retrocedió un paso para mirarla quitarse el vestido de verano. Cuando
terminó, se lo dio y él lo dejó cuidadosamente sobre una silla.
—Levántate.
Brooke se puso en pie, sin vergüenza, orgullosa, llevando sólo un sujetador y
las braguitas a juego. Había hecho demasiado calor para ponerse las medias, pero el
brillo en las pupilas de Devon le dijo que había acertado en su elección.
Avanzó hacia él y le puso una mano sobre el pecho. Por un instante, Devon no
movió un solo músculo. No podía. Si lo hubiera hecho no habría tenido más remedio
que arrojarla sobre la cama y enterrarse en ella, sin caricias, sin paladeos, sin
preliminares de ninguna clase. Estaba excitado, su erección era un mudo testimonio
de aquella verdad.
—Devon…
Al mirarlo, Brooke sintió una sensación de poder, un poder que provenía de su
feminidad, que no había sentido nunca. Restregó sus labios sobre aquel pecho.
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—No… No te muevas —dijo él.
Ignorando su advertencia, le pasó las manos sobre el pecho una vez más y
siguió bajando hasta acariciarle el miembro. Como una gata, se apretó contra él.
Devon gimió y la ayudó atrayéndola por las nalgas.
Cayeron juntos sobre la cama. Las manos de él revoloteaban por todo su cuerpo
como pájaros ardientes, ávidos de caricias. Le quitó el sujetador para tocarle los
pechos, estirándole suavemente de los pezones, los movimientos acompasados con la
lengua buscando el fondo de su boca.
Bajó la cabeza hasta el pecho y pronto sus senos estuvieron cubiertos de besos
húmedos, hambrientos. Ella le acarició la espalda, los brazos, el pelo. Devon ardía, su
piel quemaba. Se impacientó. Le quitó las braguitas y las tiró lejos. Le acarició la cara
interior de los muslos para acabar abarcando el vello entre sus piernas, sujetándola
cuando ella se sacudió al sentir el contacto.
—Calma. Déjame acariciarte. Ábrete para mí. Eso es, ábrete.
Le acarició los rizos húmedos con unos dedos que alcanzaban puntos más
íntimos con cada movimiento. Cuando llegó a la fuente del calor gimió mientras que
todo su cuerpo temblaba. Eso era lo que el deseaba, lo que había soñado durante
tantos años. Una marea de recuerdos le envolvió mientras introducía el dedo en ella
del mismo modo en que solía hacerlo hacía tanto tiempo. Todo su cuerpo se tensó
con aquella imagen y ocultó el rostro en el hueco de su hombro para que Brooke no
se diera cuenta de la emoción que le inundaba.
Brooke también temblaba. No podía aguantar mucho más. Se sentía como si
estuviera subiendo por una escalera de mano hacia una luz que resplandecía en lo
alto. Casi estaba allí, casi… y entonces, él encontró su lugar secreto. Lo acarició con la
yema del pulgar en círculos lentos y firmes. Ella gritó su nombre al sentir que la
escalera se hundía y la arrojaba en una caída libre al centro mismo del clímax.
Devon se incorporó sobre un codo para mirarle la cara. Estaba congestionada,
los ojos cerrados con fuerza, como si sintiera algún dolor. Sin embargo, él sabía que
no. Todo su cuerpo vibraba bajo sus caricias, y el placer que eso le proporcionaba
sólo se ensombrecía ante la urgencia de su propia necesidad.
Brooke abrió los ojos y le sonrió lentamente. Él le devolvió la sonrisa.
—Quiero hacer el amor contigo —susurró.
Brooke le acarició en el centro del placer. Devon cerró los ojos y ella tomó el
miembro entre sus dedos. Le acarició lentamente, con movimientos largos y firmes
hasta que él le sujetó la muñeca para detenerla.
—No más.
Pasó un brazo por encima de ella, abrió un cajón de la mesilla de noche y
rápidamente se protegió. Antes de que ella pudiera hacerle algún elogio por su
consideración, Devon estaba en posición entre sus piernas. Mientras lo miraba, ella
pensó que nunca había habido un hombre tan magníficamente viril como él, en
posición y listo para hacerla suya.
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Entró en ella.
Brooke se perdió cuando él la colmó. Cada movimiento de sus nalgas le hundía
más profundamente en ella. Le rodeó la cintura con las piernas y recibió sus empujes
con suspiros y gemidos. Eso era lo que ella había deseado desde el principio. Ser
suya, ser parte de él, estar maravillosamente unidos, tanto que no estaba segura de
dónde acababa ella y empezaba él.
Devon había alcanzado el delirio. Ella era tan suave, tan firme, tan ardiente que
cada vez que se hundía en ella pensaba que acabaría ahogándose en su plenitud. Le
levantó las nalgas para profundizar la penetración, pero en vez de prolongar el
placer sólo consiguió acelerar su propio alivio. Intentó detener el rugido de su
cerebro pero su cuerpo no le hizo caso. Con un último gemido, dejó de resistirse y
saltó al vacío para dejarse caer en el paraíso.
Apoyó la cabeza en la dulce almohada de sus pechos mientras recuperaba el
aliento. Sintió que Brooke le acariciaba la cabeza, los cabellos húmedos de la nuca.
Se quedaron inmóviles, satisfechos, felices, y, por mutuo acuerdo, en silencio.
Había demasiadas cosas que decir y las palabras no habrían conseguido sino echar a
perder la belleza del momento. El silencio fue roto por el teléfono. El contestador se
puso en marcha automáticamente.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¿Devon? ¿Brooke? Si estáis ahí coger el teléfono, por
favor.
Brooke le empujo y se sentó en la cama.
—Es Chuck.
—No contestes —dijo él.
—Bueno —prosiguió Chuck—. Ya que no estáis dejaré un mensaje. ¿Dónde os
habéis metido? Lotty no puede servir la comida hasta que no estéis aquí. Y todo el
mundo tiene un hambre de lobo. ¡Venga, chicos! ¡Es hora de divertirse! ¡Venid a la
fiesta!
El contestador se desconectó.
—¿Fiesta? —preguntó Devon—. ¿Qué fiesta?
Brooke gimió y se llevó las manos a la cabeza. Devon se las apartó.
—¿Qué fiesta, Brooke?
—La de Chuck. La fiesta para celebrar el comienzo de las obras. ¿No te avisó
Lotty?
—Sí, mencionó algo sobre una fiesta. Pero no paraba de parlotear y no recuerdo
que me dijera cuándo era. ¿Era hoy?
—Es ahora.
Devon la miró con incredulidad.
—Nos imaginamos que lo habías olvidado y me enviaron para avisarte.
—¿Y qué más?
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—Lo olvidé…
Devon sonrió a su manera.
—No bromees.
Brooke ignoró el calor que había en aquella sonrisa y le dio un cachete en la
cabeza.
—Deja que me levante.
Cogió sus ropas y entró en el baño para refrescarse. Cuando salió, Devon seguía
tumbado desnudo sobre la cama.
—Date prisa —le urgió—. Ya llegamos con dos horas de retraso.
—No me apetece ver a tanta gente ahora mismo. Vuelve a la cama.
—Devon, no seas ridículo. Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque nos esperan.
—¿Y qué?
—Que si no aparecemos todo el mundo empezará a preguntarse dónde nos
hemos metido y qué estamos haciendo. Murmurarán.
—Me importa un bledo.
Brooke se acercó a la cama con las manos en las caderas. Contempló por un
momento su aspecto despeinado.
—Ya sé que no te importa. A ti nunca te ha importado lo que pensara la gente.
Pero yo soy la alcaldesa y a mí sí me importa. Ahora levanta y vístete.
Devon estaba enfadado. Lo último que le apetecía era ir a una fiesta aburrida
para interpretar el papel del promotor benevolente con los vecinos de la ciudad. En
la cama se estaba bien, se sentía vago, como si el proyecto y la ciudad fueran de otra
época. Había olvidado la sensación de estar entre los brazos de Brooke y no quería
perderla, todavía no. Sin embargo, ella no estaba dispuesta a permitírselo. La
realidad de la situación volvía con toda su fuerza.
Aún no estaba preparado para que eso sucediera. Se sentó al borde de la cama y
le hizo señas para que se acercara. Ella le hizo caso de mala gana. Devon la atrajo
hasta que quedó de pie entre sus piernas.
—No seas tan rígida —dijo con suavidad—. Ya llegamos dos horas tarde. ¿Qué
significa otra hora más?
—¡Devon! Juro que eres incorregible.
Brooke se apartó de él. Cogió su bolso y sacó el lápiz de labios. Le habló
mientras se retocaba el maquillaje.
—Ya nos hemos excedido. No sé qué voy a contarle a mi hermano.
—Dile la verdad —repuso él dejando traslucir su enfado—. Dile que has pasado
el tiempo haciendo el amor con Devon en la cama de papaíto.
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La mano de Brooke se quedó inmóvil en el aire. Primero miró a Devon y luego a
la cama. Parecía que había olvidado algo más que la fiesta, había olvidado dónde
estaba. La enorme cama doselada se erguía en el centro de la habitación como un
sonriente monstruo de reproches.
«La cama de papaíto»
—Muchas gracias por recordármelo, Devon.
Tiró la barra de labios al interior del bolso y lo cerró con un ruido seco. Salió del
cuarto sin decir palabra, cerrando de un portazo.
—¡Brooke! ¡Maldita sea! —gritó él mientras trataba de ponerse los pantalones a
la pata coja—. ¡Vuelve!
Brooke corrió hasta que llegó a su coche. Abrió la puerta y recordó que se había
dejado las llaves en la cocina. Por nada del mundo volvería a entrar en aquella casa,
prefería ir caminando. Sin pensárselo dos veces, echó a andar por el camino de las
dunas. Sus tacones crujían en el polvo, pero no aminoró el paso.
Pensó que no le importaba lo que su hermano pensara de ella cuando llegara a
su casa. Tampoco importaba lo más mínimo la razón por la que Devon la había
llevado a la cama. ¿No había disfrutado? Pues eso. Era lo único que importaba.
Aunque sólo se tratara de demostrar que podía seducirla.
Y vaya si podía.
Sin esfuerzo.
Fantástico.
Quizá necesitara satisfacer los tormentosos sentimientos que albergaba en
contra de su padre. Bien. Podía soportarlo. Las había pasado mucho peores.
Había sido una decisión suya, Devon no la había obligado. Ya era una mujer
adulta y podía irse a la cama con quien le viniera en gana, ¿no? No estaba dispuesta a
avergonzarse de lo que había hecho.
Ya era mayor y la niñas mayores no lloran. ¿De acuerdo? De acuerdo.
Con determinación, Brooke ponía un pie delante del otro, intentando con todas
sus fuerzas ignorar las lágrimas ardientes de frustración, rabia y dolor que se
acumulaban en sus ojos.
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Capítulo Siete
S
— ube al coche.
—Vete al infierno.
Brooke le ignoró y siguió andando. Devon levantó el pie del freno y dejó que el
Jaguar se deslizara cuesta abajo. Hablaba con ella a través de la puerta del pasajero,
que llevaba abierta, y que oscilaba peligrosamente con los baches del camino.
—¿Quieres que te diga que lo siento? De acuerdo. Siento haber dicho la pulla
sobre tu padre. Y ahora sube.
—Muérete.
—Brooke, no hagas que me baje. Será peor.
—Me muero de miedo.
Devon lanzó un grueso taco.
—Sube al maldito coche.
Brooke se detuvo. Devon frenó.
—Ni voy a subir al coche, ni voy a ir contigo a ninguna parte, nunca. ¿Está
suficientemente claro?
—Sí. Y ahora sube para que podamos discutirlo.
Con un bufido, ella echó a andar otra vez.
—No hay nada que discutir. Te odio.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
—Pues tienes una manera muy curiosa de demostrarlo.
—No tienes que caerme bien para que haga el amor contigo.
—¿Ah, no?
—No.
—¿De modo que te has convertido en toda una mujer de mundo?
—Justamente.
Devon se echó a reír. Brooke volvió a pararse y asomó la cabeza al interior del
vehículo.
—Lárgate.
—No. Entra en el…
La bocina de otro coche dejó la frase en el aire. Brooke reconoció la ranchera que
se acercaba y sintió un vacío en el estómago. Rápidamente, subió al coche y cerró la
puerta.
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—Es Chuck.
Devon lanzó un taco más expresivo aún que él anterior. Detuvo el coche en la
cuneta. Chuck paró junto a ellos.
—¿Dónde os habéis metido? He estado buscándoos por toda la ciudad —gritó
Chuck por la ventanilla—. ¿Qué ha pasado, Brooke? ¿A qué viene tanto retraso?
Brooke se inclinó hacia delante con la esperanza de que su hermano no se diera
cuenta de su sonrojo a esa distancia.
—Ya íbamos. Ha surgido un asunto que no podía esperar.
—Y que lo digas —murmuró Devon.
Brooke le asestó un puntapié para que mantuviera la boca cerrada.
—Adelántate, Chuck. Nosotros iremos detrás.
Chuck hizo un gesto con la mano y puso la ranchera en marcha. Devon no
movió un solo músculo.
—Quieres, por favor, seguirle.
Devon la miró fijamente. Brooke le mantuvo la mirada desafiante.
—Esto no acaba aquí —dijo él.
Puso en marcha el motor y salió a toda velocidad, levantando una lluvia de
chinarro y polvo. No dijeron palabra hasta que llegaron a la casa de Chuck. La fiesta
ya se había animado y pronto se vieron separados por las muchas personas que
querían consultar con Devon. Brooke le observó desenvolverse como un político
consumado, estrechando manos a diestro y siniestro y contestando a todas las
preguntas que le formulaban.
La noche se le antojó interminable. Dejó que la arrastraran a una estéril
conversación sobre la conveniencia de organizar desfiles para las fiestas de octubre.
Aportó más bien poco al debate, sonriendo hasta que le dolieron los músculos de la
cara, y luego sonrió un poco más porque era su obligación. Era una buena cortina de
humo para ocultar cómo se sentía en realidad, irritada, incómoda y completamente
avergonzada. Le parecía llevar escrito en la frente con letras luminosas un cartel que
decía: Yo He Pasado La Tarde Haciendo El Amor Con Devon Taylor.
No pudo probar bocado. Le parecía que sus entrañas habían pasado por todas
las velocidades que podía ofrecer una batidora. Sin embargo, cada vez que Devon la
miraba, sentía que le abrasaban.
No podía evitar seguirle con la mirada. Se dijo a sí misma que le odiaba, odiaba
su pico de oro, odiaba lo que estaba planeando para la ciudad, para el banco, para
ella, fuera lo que fuese. Pero no era verdad. No le odiaba y ahí estaba el problema.
Antes de haber estado entre sus brazos, antes de sentir sus caricias, antes de que
hubiera entrado en ella, le había sido mucho más fácil fingir. Ahora, cada vez que sus
miradas se cruzaban, su cuerpo se empeñaba en revivir cada momento, reaccionando
a las promesas que ardían en sus ojos.
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Tenía la impresión de que la acechaba. Él era el depredador y ella su presa, sin
embargo, no hizo el menor gesto por acercarse. Decidió que debían ser sus
sentimientos de culpa lo que la hacía sentirse tan extraña. ¿Qué pensaría Devon de
ella? Probablemente que era una mujer fácil, un beso, una caricia, y a la cama.
Había llegado a creer que no había nada entre ellos, pero resultaba evidente que
no era el caso. Había sentimientos en lo más hondo de su alma a los que todavía no
se había enfrentado. Se rebelaban, emergían a la superficie en una explosión de ira y
furia. Brooke estaba asustada por lo que veía en sus ojos, pero mucho más por lo que
sentía en su corazón.
Deseaba estar junto a él y escapar al mismo tiempo. Sin embargo, en ese
momento y por razones bien distintas, ninguna de las dos opciones estaba a su
alcance.
Devon la observaba, pero mantenía las distancias. Sólo Dios sabía cómo quería
estar a su lado. Le hacía sentir como un sátiro, listo a saltar sobre ella, pero todo lo
que podía hacer era seguir respondiendo preguntas. Sin embargo, lo que en realidad
deseaba era escapar del confinamiento de aquella habitación, de las ropas que vestía,
de todo lo que lo separaba de Brooke.
Al mirar por una ventana se dio cuenta de que se había hecho de noche, pronto
podría sacarla de allí. Sabía que tendría que mimarla, que convencerla. El comentario
sobre Chaz había sido una pulla facilona, estúpida, innecesaria. Había dejado que su
sed de venganza estropeara una tarde de amor perfecta. El remordimiento le corroía
las entrañas, provocándole una sensación de confusión e incertidumbre.
Aquello era lo que había soñado tanto tiempo, la venganza perfecta, Brooke en
su cama, el banco en la palma de su mano. Todo iba tan bien que su plan parecía
contar con el beneplácito de los dioses. Pero sus sentimientos se estaban convirtiendo
en el punto flaco de todo el plan. No quería sentir nada, ni por la ciudad, ni por la
familia Pattersen, y menos que nadie por Brooke.
Pero las sentía. Cuando habían hecho el amor, el cerebro se le había convertido
en gelatina y su cuerpo había tomado el control de la situación. No había habido
ningún sentimiento vengativo, sólo la alegría pura y el placer de estar dentro de ella.
Se había perdido, se había extraviado a sí mismo y a su deseo de venganza en la
dulzura y suavidad de su cuerpo.
Aquello le molestaba más de lo que le gustaba admitir. Esa vulnerabilidad
había sido la fuente del comentario sobre su padre. Había sentido la necesidad de
hacerle daño, de ponerla en su sitio, ¿y todo por qué? Porque había calado hondo en
su corazón. Fantástico.
Bebió un sorbo de cerveza mientras la miraba. Ella se dio la vuelta como si su
llamada hubiera sonado en sus oídos. Los ojos de Brooke eran aquella noche como
dos ventanas que se abrían a su alma y hablaban de una necesidad tan apremiante y
básica como la suya. Sus ojos le atormentaban, hacían que el cuerpo le doliera de
anhelo, pero, por encima de todo, lo cautivaban.
Una vez no había sido suficiente. Mil veces no serían suficientes.
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Brooke leía el mensaje con toda claridad. Tenía que salir de allí, escapar de
aquellos ojos encendidos. Necesitaba espacio, aire. Con diplomacia, abandonó una
sesuda conversación acerca de las ventajas de las cañerías de cobre sobre las de PVC
y fue a la cocina en busca de su hermano.
—Lotty, ¿dónde está Chuck?
Su cuñada estaba preparando más bandejas de aperitivos y no levantó la vista.
—En el patio trasero, me parece. Hablando con Harry Nelson. Ahora no vayas a
chincharle.
—Yo no me dedico a chincharle.
—Claro que sí. Cada vez que habla contigo se enfada. Luego me toca a mí
conseguir que se calme.
—¡Ah! Pero lo haces tan bien, Lotty.
—Tienes la lengua muy afilada, Brooke. Es una lástima que no tuvieras una
madre que te la lavara con jabón.
—¿Es eso lo que te hacía la tuya? —preguntó Brooke cogiendo un palito de
zanahoria.
—Mi mamá no tenía motivos para hacer una cosa así. Yo era una dama de los
pies a la cabeza.
Brooke recordaba muy bien a Lotty de joven, con sus guantes blancos y bolso y
zapatos a juego. Toda una señora. Nunca le causó el menor problema a nadie y no
como otras que ella conocía.
—Bueno, Lotty. ¿Qué quieres que te diga? No todas podemos ser tan perfectas
como tú.
Lotty se agachó y espió a través de las ranuras de la puerta.
—Será mejor que te lleves cuidado con ése.
Brooke no tuvo necesidad de preguntar a quién ni a qué se refería.
—Sé cómo tratar a Devon.
Lotty refunfuñó por lo bajo.
—Sí, como lo trataste hace años, ¿no? Yo de ti me aseguraría de no caer dos
veces en la misma trampa.
—Gracias por el consejo, Lotty, pero sé lo que me hago —replicó ella
preguntándose si sería verdad.
Salió de la cocina dejando que la puerta se cerrara de golpe y se dirigió al patio.
Chuck estaba enfrascado en una conversación con Harry mientras cuidaban de las
hamburguesas que se asaban en la barbacoa. La brisa de la noche era fresca pero todo
un alivio para su piel enfebrecida. Le pasó a su hermano un brazo por el codo y
suspiró aliviada.
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Devon buscó a Brooke con la mirada y la vio en la cocina con Lotty. Cogió otra
lata de cerveza y la siguió al patio, pero se detuvo en seco al ver la reunión que
tenían junto a la barbacoa. Los hermanos Pattersen estaban conversando con Harry
Nelson, el constructor que habían escogido para llevar a cabo las obras.
La presencia de Harry disipó la nube de deseo que le tenía cegado. Muchas
empresas habían concursado para obtener el contrato de las obras del proyecto. Las
había habido tan apetitosas que, en otras circunstancias, a Devon se le habría hecho
la boca agua.
Pero no había habido tiempo para gangas ni regateos. Devon necesitaba que la
construcción comenzase mientras que todo el mundo estuviera enamorado del
proyecto y de él mismo. Cualquier día alguien podía descubrir una grieta y dar al
traste con todo.
No podía permitirse que sucediera. Tan sólo el día anterior Chuck Pattersen
había firmado los documentos por los que renunciaba a su banco y a su vida, claro
que él no lo sabía aún. Estaba tan cerca de conseguirlo que Devon casi podía
saborearlo. Se apoyó en la pared y contempló al trío. Algunos iban a decir que se
trataba de un fraude, pero no era cierto. Todo lo que estaba haciendo era
perfectamente legal, aunque había sabido utilizar todas las triquiñuelas que la misma
ley le había puesto en la mano.
No se trataba de un fraude, era un acto de justicia que llevaba demorándose
demasiados años.
Chuck le dio un abrazo afectuoso a su hermana. Aquello molestó a Devon, era
una forma incómoda de recordarle que Brooke también era una de ellos. Aunque
estaba completamente seguro de sus planes, todo se convertía en incertidumbre
cuando pensaba en lo que iba a suceder con Brooke y con él. Nunca antes en su vida
se había cuestionado a sí mismo. Una parte de él no quería que se viera afectada, o
implicada en el proyecto. Pero la otra, la más lógica y obsesionada con vengarse,
necesitaba destruir hasta al último de los Pattersen. Sin embargo, el deseo que
despertaba en él hacía que la línea entre el bien y el mal se difuminara.
La ira creció en su interior. No iba dirigida contra Brooke, sino contra él mismo.
No podía dejar que volviera a hacerlo, que se colara en su vida, que llegara hasta su
corazón, que tejiera sus redes sensuales en torno suyo hasta dejarlo ciego.
Pero, ¿no sería eso lo que había pasado aquella tarde? ¿Por qué había accedido a
hacer el amor con él? ¿Formaba parte de un plan para sabotearlo? Ya había caído una
vez en sus redes cuando Brooke era mucho más joven. ¿De qué no sería capaz ahora?
Nada le impedía utilizar su cuerpo para vencerlo.
Le vino a la memoria la noche en que la había invitado a cenar y el vestido con
el que se había presentado. Era molesto pero le aclaró la mente. Todo encajaba. Sabía
por experiencia que los Pattersen eran muy capaces de utilizar todos los medios a su
alcance para conseguir lo que querían.
—¡Hombre, Devon! Acércate —invitó Chuck—. Harry y yo estábamos hablando
de la primera fase. Sus obreros comienzan el lunes.
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—Veo que no perdéis el tiempo —dijo Brooke cautelosamente.
—No sé por qué tendríamos que perderlo —respondió Devon.
El fuego azul de sus ojos había desaparecido tras una mirada helada y
desafiante. Brooke abrió la boca para replicarle, pero se lo pensó mejor. ¿Qué había
pasado para que se hubiera vuelto tan distante?
—Supongo que no —dijo ella—. Si ya estáis preparados.
—Todo está a punto —dijo Devon—. Cuanto antes empecemos antes
acabaremos.
—Y antes comenzaremos con las ventas —intervino Chuck.
La nota de nerviosismo que había en la voz de su hermano le hizo pensar en la
enormidad de la inversión que arriesgaba el banco. Se echó a temblar. No pudo
determinar si debido al frío nocturno o al cariz que empezaban a tomar sus
pensamientos.
—¿Tienes frío? —preguntó Devon.
—Un poco.
Se quitó la chaqueta para echársela por los hombros.
—Gracias.
—¿Estás lista?
—¿Lista? ¿Para qué?
—Para marcharnos.
—¿Tan pronto? —preguntó Chuck.
—Tengo que descansar —dijo Devon—. Mañana me espera un día muy duro.
Estoy arreglando el embarcadero.
—Entonces no te preocupes por mí —dijo ella viendo el cielo abierto—. Ya me
llevará alguien a recoger el coche más tarde.
—No es ninguna molestia —dijo Devon sin inflexión en la voz pero con un
desafío en la mirada.
Brooke sintió que la temperatura subía otra vez.
—Adelante, marchaos —dijo Chuck—. Venid mañana para ayudarnos a
terminar con toda esta comida. Harry, ¿quieres echarle un ojo a las hamburguesas?
Voy a acompañarlos a la puerta.
Después de un rosario interminable de despedidas y apretones de manos,
consiguieron salir de la casa y llegar al Jaguar. Mientras subía al coche, Brooke oyó
que su hermano le murmuraba algo al oído a Devon. Hicieron el trayecto sumidos en
un silencio tenso, amenazante. Cuando llegaron, Brooke le siguió al interior de la
casa y, sin pérdida de tiempo, recogió sus llaves. Devon estaba tan absorto en sus
pensamientos que se sorprendió de que la acompañara a su coche.
—¿Qué te ha dicho Chuck? —dijo ella, rompiendo el silencio.
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—Que se alegraba de vernos tan amigos.
—¿Nada más?
Devon se encogió de hombros.
—Que te derrites por mí. Son sus palabras, no las mías.
—¿Y tú qué crees?
—Que no.
—¿No piensas que siento algo por ti?
—No.
—Entonces, ¿cómo llamas a lo que ha pasado esta tarde?
—No tengo ni idea, Brooke. ¿Qué demonios ha pasado esta tarde?
—Hemos hecho el amor.
—No me digas.
—A mí me parece que sí.
—Contéstame a una cosa —dijo él—. ¿Por qué?
—¿Por qué hemos hecho el amor?
—No. ¿Por qué has hecho el amor conmigo?
Brooke sintió que la sangre se agolpaba en su rostro.
—Porque… me ha apetecido.
—¿Nada más? ¿No había otro motivo?
—¿Qué otro motivo podría tener?
Devon soltó una carcajada sarcástica.
—Puede que el mismo que tenías la primera vez.
—Mira, Devon. No sé dónde quieres ir a parar, pero si tienes algo que decir, te
agradecería que lo dijeras de una vez por todas.
Devon la contempló ceñudo. Sus ojos brillaban como diamantes azules en la
noche.
—De acuerdo. Ya una vez utilizaste el sexo para librarte de mí. No puedes
culparme por pensar que eres capaz de repetirlo.
Brooke le miró incrédula. No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Intentaba decir
que no la había abandonado, que había sido ella la que le había despachado hacía
quince años?
—Has perdido la cabeza —dijo Brooke—. Jamás he «utilizado el sexo» contigo.
Te amaba, Devon.
—No tenías ni idea de lo que significaba el amor, pequeña.
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Así que se trataba de eso. Lo que había comenzado como una pequeña ola se
estaba convirtiendo en un maremoto de ira.
—¿Y tú?
Se sentía asqueada. No estaba dispuesta a soportarlo, y menos viniendo de
Devon. Abrió la puerta del coche e intentó meterse tan deprisa que la correa del
bolso se enganchó con la manija. La rabia y la humillación batallaban en su interior
por imponerse. Ganó la rabia.
—Dices que no sabía lo que significa el amor. Pues bien, Devon Taylor. Si eso es
cierto, soy bastante mejor que tú. Porque tú eras, y sigues siendo incapaz de amar.
No has amado a nada ni a nadie en toda tu vida. En especial, no me has amado a mí
—le espetó tragándose las lágrimas—. ¡Amor! Y todavía tienes el valor de usar esa
palabra delante de mí.
Brooke le tiró la chaqueta a la cara, cerró la puerta y salió de allí a toda
velocidad. Devon subió los escalones que conducían a su casa. Se dio la vuelta para
ver las luces de posición de su coche perderse en la oscuridad. Cerró los ojos y
respiró profundamente. Con lentitud, se golpeó la cabeza contra el quicio.
—Pues sí que lo has hecho bien —dijo en voz alta.
Entonces recordó las palabras ce Brooke. Sacudió la cabeza.
—Estás muy equivocada conmigo, pequeña —le dijo a la noche—. Yo sí sabía lo
que significaba amar. Sobre todo, amarte a ti.
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Capítulo Ocho
Aquí la tienes —dijo Joan.
—
Brooke miró la caja llena de documentos, ficheros y carpetas.
—¿Eso es todo?
—Todo lo que Chuck tenía que ofrecer.
Brooke suspiró y consultó su reloj. Eran más de las cuatro de la tarde y ya había
trabajado bastante.
—¿Tenemos que empezar ahora?
—Por mí, de acuerdo. Wally va a jugar a los bolos esta noche. No tengo que
preparar la cena. Si necesitas que me quede hasta tarde, estoy a tu disposición.
—Eres un tesoro. Trato hecho.
Las dos mujeres se subieron las mangas y cogieron un grueso informe cada una.
Brooke hojeó la primera página y fue pasando las demás hasta que encontró un
apartado que merecía una segunda ojeada. Una carta de propuestas de uno de los
inversores de Devon.
Al cabo de una hora el montón de papeles había alcanzado un tamaño
considerable. Brooke se recostó contra el respaldo y se masajeó el cuello. Había
oscurecido y se estaba levantando viento. La mayoría de las tiendas de Main Street
habían cerrado y había menos luz en la calle.
—¿Cómo va eso? —le preguntó a su secretaria, que estaba en la antesala.
—Lento —respondió Joan desde la otra habitación.
Brooke se levantó y fue a su mesa.
—¿Has encontrado algo interesante?
—La verdad es que no. Todo parece bastante limpio. Claro que también me
ayudaría saber lo que estoy buscando.
—Ojalá lo supiera —suspiró Brooke—. Sólo es una corazonada. No sé lo que
hay en esos documentos pero presiento que es algo que deberíamos saber sobre
Maiden Point. Sin embargo, te apuesto lo que quieras a que se trata de dinero.
Volvió a su despacho y reemprendió la tarea luchando contra los bostezos.
Había hablado con su hermano, al día siguiente de la fiesta, para que le dejara la
documentación del proyecto. Se había enfadado, naturalmente, acusándola de poner
en cuestión su capacidad para investigarlo. Después de mucho repetirle que no se
trataba de eso, había conseguido su propósito. Pero Chuck había tardado dos
semanas en recopilar toda la información.
Durante aquellas dos semanas, Devon y ella casi no se habían hablado. Sobre
todo ella, que se sentía furiosa y herida. Sus palabras no dejaban de acudirle a la
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mente. Haberla acusado de utilizarle era un insulto demasiado grande, aunque le
sorprendía que su conciencia se lo permitiera después de haberla abandonado.
Hacer el amor con él había sido un error gigantesco. Cada caricia, cada beso,
habían preparado el camino para dejarla inerme ante cualquier argucia que Devon
hubiera querido utilizar en su contra. Era un maestro en aprovecharse de las
debilidades de los demás, y ella había caído en la trampa como una incauta.
Sabía que era la única responsable. Después de todo, ¿qué había esperado?
¿Corazones y florecitas? ¿De Devon? ¡Qué locura!
Para ser justos, había intentado hablar con ella, pero Brooke le había evitado
como a la peste. Una medida de autoprotección, no sólo inteligente, sino necesaria.
Devon no había tardado en captar el mensaje, pero sabía que no se había dado por
vencido. Aquello no iba con Devon. Sólo se había atrincherado, esperando la ocasión
propicia para pillarla en otro momento de debilidad.
Brooke había cometido un error. Los había cometido antes y no dudaba de que
los cometería en el futuro. Siempre había pagado el precio y esa vez no tenía por qué
ser diferente. Tenía que mostrarse distante y segura con Devon, y eso significaba que
no podía permitirse estar a solas con él… porque sólo Dios sabía qué podía suceder.
Se conocían demasiado bien. Ni siquiera el tierno interludio en la cama había
servido para disipar la profunda desconfianza que le inspiraba.
Tampoco había contado con que su hermano se mostrara tan terco a la hora de
ayudarla. Habían perdido un tiempo precioso y seguía sin saber qué estaba
buscando. Las obras avanzaban a un ritmo vertiginoso. Parecía que ya estaba
acabada la infraestructura y que el apartamento piloto estaba a punto de estrenarse.
Chuck se moría de impaciencia por exhibirlo ante el público con la esperanza de
despertar el suficiente interés en la temporada baja como para que las ventas se
dispararan en verano.
—¿Qué te parece si tomamos café? —dijo Joan asomando la cabeza.
—No, gracias. He bebido demasiado por hoy.
—¿Por qué no te vas a casa? Pareces muy cansada y mañana será un día duro.
Lo mejor sería que te dieras un baño y durmieras lo suficiente.
Brooke le sonrió. Joan era su colega y su amiga.
—Sí, mamá. Parece una buena idea. Pero para las dos. ¿Por qué no recoges y
nos vamos?
—Dentro de un rato. Déjame que revise tus documentos y después me
marcharé.
Brooke recogió su bolso y le dejó a Joan un taco de papeles que había
seleccionado para estudiarlos detenidamente.
—Aquí los tienes. Dudo que encuentres algo. En fin, no te quedes hasta muy
tarde.
—No lo haré. Mañana tengo que madrugar.
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—Como todos los días.
Las fiestas de octubre comenzaban al día siguiente pero Brooke no las esperaba
con ilusión. Lenape Bay las había instituido hacía bastantes años con vistas a
incrementar el negocio para tiendas y restaurantes en la temporada baja. Como
alcaldesa, su obligación era declararlas inauguradas con un discurso breve. Era el
primer año en que se incluía un desfile. A ella la idea le había parecido pretenciosa
pero había tenido que plegarse ante la opinión de la mayoría.
Cuando conducía de camino a su casa le dio un vuelco el corazón. Devon
también estaría en la tribuna, a su lado, pues era el invitado de honor y gran maestro
de ceremonias. Brooke había optado por no protestar, por guardarse sus sospechas.
Devon era la admiración de todo el mundo, ella la arpía, la mujer burlada que no
podía superar el pasado.
Al día siguiente, Devon Taylor y Brooke Wallace estarían hombro con hombro,
sonriendo y saludando. Sacudió la cabeza ante lo absurdo de aquella situación.
Guardarían la apariencia de ser dos viejos amigos, mientras que, en su interior, se
consumían de resentimiento, de hechos si aclarar.
Al pasar por su casa se dio cuenta de que el Jaguar estaba aparcado en la
puerta. Las luces del salón estaban encendidas pero no se veía movimiento dentro.
Aceleró sin querer echar otro vistazo. Suspiró al llegar a su casa y sin más
preámbulos, se cambió de ropa y abrió los grifos del baño. Mientras la bañera se
llenaba, encendió la chimenea.
El frío había llegado al día siguiente de la fiesta en casa de Chuck. La mayoría
de las tardes, Brooke encendía fuego en la chimenea. Le daba una sensación de calor
natural que no podía igualar la calefacción.
Se quedó en la bañera hasta casi caer dormida. Después se hizo un té de hierbas
y se sentó frente al fuego con las luces apagadas. Era demasiado temprano para
meterse en la cama. Puso la radio, una emisora de rock and roll. Se tumbó en el sofá y
a los pocos momentos estaba dormida.
Devon llamó con los nudillos a la puerta trasera. No hubo respuesta, pero
alcanzaba a ver el resplandor vacilante del fuego en la chimenea. Llamó otra vez
antes de decidirse a entrar. La puerta estaba cerrada, pero como todas aquellas viejas
puertas correderas, no hacía falta ser un profesional para hacer saltar el pestillo.
La encontró dormida en el sofá a la luz de un fuego que se apagaba y con la
radio puesta. Se quedó mucho tiempo mirándola mientras trataba de decidir si lo
mejor sería marcharse. Pero parecía dormir tan profundamente que terminó
acercándose. Su piel brillaba a la luz de los rescoldos. Su aroma dulce y limpio le
embargó y su cuerpo respondió con una erección.
No debería estar allí. Sin embargo le había estado evitando sin tapujos,
mostrándose abiertamente hostil delante de todo el mundo. Al día siguiente era la
maldita fiesta. Necesitaba una demostración de apoyo y no una de confrontación. Por
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ese motivo había ido a verla. Al menos, era la razón que se había dado a sí mismo
por visitarla a aquellas horas de la noche.
Devon había pasado el día fuera, pensando más en Brooke que en el negocio
que se llevaba entre manos. Todo el viaje de regreso a la costa lo había dedicado a
analizar uno a uno los pasos que había dado desde su vuelta.
No le habían satisfecho los resultados. Tenía que admitir que no la había
tratado demasiado bien. La culpaba por despertar su deseo y eso no le agradaba a su
sentido de la justicia. A pesar de lo que le había hecho en el pasado, era evidente que
los unía un vínculo primordial que nada tenía que ver con su familia o la sed de
venganza de Devon.
Había algo intangible entre ellos que transcendía todos los problemas y les
hacía volver a lo básico cuando se encontraban a solas. Podía tratarse de química, de
lujuria, no sabía cómo llamarlo. Todo lo que sabía era que la tenía incrustada en el
alma como una fuerza lo bastante poderosa como para despertarle en mitad de la
noche y hacerle ir a su casa.
Hacía frío, Devon puso otro leño al fuego. Restalló y varias chispas cayeron en
la alfombra. Devon las aplastó con el tacón de sus zapatos. Cuando se dio la vuelta
vio que ella le estaba observando. Le mantuvo la mirada preguntándose si estaba
despierta o soñando.
—¿Quién está…?
—Soy yo.
No cabía duda de que estaba despierta.
—¿Cómo has entrado?
—He forzado la cerradura. Quería hablar contigo.
—¡Qué! —exclamó ella viendo que eran las dos de la madrugada—. ¿A estas
horas?
Brooke tenía envuelto el pelo en una toalla. Devon extendió una mano y se la
quitó. Estaba húmeda. La hizo una pelota y la tiró a un rincón para sentarse junto a
ella en el borde del sofá.
—No podía dormir —dijo con suavidad.
La bata se abrió mostrando la curva suave de su pecho. Sin pensarlo dos veces,
Devon metió la mano y se lo acarició. Ella le agarró de la muñeca para detenerlo,
tenía que hacerlo. No estaba del todo despierta y se sentía débil. No estaba preparada
para digerir la alegría de abrir los ojos y verle, por no mencionar que su caricia había
acelerado los latidos de su corazón.
—¿De qué querías hablar?
Devon retiró la mano, pero enredó los dedos en su cabello húmedo.
—De mañana.
Empezó a masajearle la nuca. Brooke cerró los ojos y se dejó llevar por la
sensación.
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—¿Qué… qué pasa mañana?
Devon empleó las dos manos. Como una gatita afectuosa, ella movió la cabeza
al ritmo del masaje.
—El desfile. Tenemos que hablar.
Oyó sus palabras y asintió para sus adentros. No tenía nada que hablar. Brooke
alzó una mano para apartarle, pero cuando tocó los duros músculos de su pecho y
sintió los latidos de su corazón, no pudo completar el gesto. Al contrario, su mano
empezó a moverse en círculos lentos y sensuales.
—Habla —dijo ella, o lo intentó porque se le quebró la voz traicionando sus
pensamientos.
Con un solo movimiento rápido, Devon se quitó la sudadera que llevaba. Le
tomó la mano a Brooke y se la colocó en el pecho.
—No te pares.
Brooke utilizó las dos manos para acariciarle. Encontró su pezón y jugueteó con
él. Devon jadeó y ella se le quedó mirando.
—Creí que querías hablar —dijo ella con dulzura.
—Luego.
La besó y ella se lo permitió. Cuando le rozó los labios con la lengua, Brooke
abrió la boca. Al principio él sabía a algo frío que pronto se convirtió en caliente,
suavemente mentolado y dulce. Brooke comenzó a temblar.
Devon fue depositando una hilera de besos ardientes que iba desde su cuello a
las cumbres de sus pechos donde se detuvo a chupar y saborear hasta que se alzaron
henchidos y orgullosos. Le abrió la bata.
Brooke estaba desnuda y sus ojos azules relampaguearon al contemplarla. Le
acarició el vientre y se detuvo justo encima de aquel punto que ardía necesitado de
cuidados.
—Eres tan hermosa. Tan suave y hermosa.
—Devon…
—¿Hum?
—No deberíamos.
—No, no deberíamos.
Le acarició los rizos castaños con los nudillos de una mano.
—Deberías irte —dijo ella mientras separaba las piernas.
Devon no contestó y la acarició íntimamente. Sus dedos buscaron más
profundamente y Brooke jadeó acusando su entrada. Todo su cuerpo se cerró en
torno a aquellos dedos. Devon movió la mano con un ritmo lento y firme que dio
paso a un calor líquido. Con cada movimiento, ella se dilataba y se retorcía de deseo.
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Devon observaba su rostro mientras ella se agitaba bajo sus caricias. Sus ojos
tenían un poder azul e hipnótico.
—Dime que me vaya.
Brooke tragó saliva. Sus manos dejaron de acariciarle el pecho para atraerle
hacia sí.
—Vete —susurró.
Sin perder un segundo, él se desabrochó los pantalones.
—Dilo como si fuera verdad.
Brooke le acarició el vientre hasta llegar a la cremallera. Se la bajó y le tocó.
Estaba dolorosamente preparado y ardiente. Volvió a tragar saliva.
—Vete de… aquí.
Sus dedos se cerraron en torno su virilidad y todo el cuerpo de Devon se puso
tenso. Incapaz de seguir soportando el impedimento de las ropas, se levantó y se
deshizo de los pantalones. Se quedó de pie, desnudo frente a ella, un perfecto
espécimen de varón excitado en toda su gloria y magnificencia.
Le tendió la mano y ella aceptó que la levantara del sofá. La bata cayó de sus
hombros y quedó sujeta de sus brazos.
—¿Me voy o me quedo, Brooke? Dime lo que prefieres.
Brooke se sorprendió, no tenía sentido. Desde el momento en que había abierto
los ojos y le había visto la decisión estaba tomada.
—Quédate —musitó mientras dejaba que la bata cayera al suelo—. Te deseo,
Devon. Entero.
Se abrazaron, cayeron de rodillas debatiéndose por permanecer los más juntos
posible. Devon le sujetó la cabeza mientras recorría con los labios todos los rasgos de
su cara. Después comenzó un beso lento, mordisqueándole el labio inferior, luego
pasándole la lengua hasta que ella abrió la boca invitándole a entrar.
Cuando sus lenguas se tocaron, el control que habían mantenido hasta entonces
saltó hecho pedazos. Sus besos se volvieron ardientes, violentos. Devon oyó la voz
del sentido común que le conminaba a no apresurarse, pero no podía detenerse. La
dulzura de aquella boca le abrumaba, ahogando toda excusa, todo pensamiento.
Aquella era la verdadera razón que le había sacado de un sueño profundo, la
razón por la que le hervía la sangre cada vez que pronunciaba su nombre, la razón
que le había impulsado a ir a su casa y romper la puerta si hubiera sido preciso.
Sí, quería hablar con ella, pero también quería saborearla, sentirla, olería. Le
tomó los senos y los apretó contra su pecho velludo.
—¡Ah, pequeña! Siénteme.
—Te siento —jadeó ella—. También quiero tocarte, Devon. Quiero…
La cara de Devon se suavizó al oírla. Su cuerpo se relajó gradualmente.
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—¿Qué es lo que quieres? Dímelo.
Brooke apartó la mirada de aquellos ojos penetrantes. Se sentía avergonzada, lo
que bien pensado era bastante ridículo.
—No sé qué quieres que te diga.
Devon le puso las manos en las caderas e hizo que se recostara sobre la
alfombra.
—Háblame de tus fantasías. Tendrás alguna, supongo.
—Como todo el mundo.
—Pues eso.
Devon se tumbó de espaldas con las manos en la nuca. El fuego arrancaba
reflejos dorados de su cuerpo. Contemplándole, ciertos pensamientos secretos
pasaron chispeando por su mente. Brooke se sonrojó. Devon sonrió. Casi podía ver lo
que estaba pensando.
—Ánimo, pequeña. Soy todo tuyo.
Los ojos de Brooke se oscurecieron aún más. Se inclinó sobre su cuerpo y le
acarició con los labios. Él no se movió. Le besó las mejillas, los labios, el hoyuelo de la
barbilla y Devon siguió sin moverse.
—¿Vas a quedarte quieto?
—Si es lo que quieres…
—¿Me lo prometes?
—Tienes mi palabra.
Brooke sonrió. Ebria de aquel poder que tenía sobre él, le puso ambas manos en
el pecho y lo montó a horcajadas. Devon sonrió pero no dijo nada. Ella pensó que
parecía pasárselo bien. Era justo, porque a ella le ocurría lo mismo.
Con caricias lentas y juguetonas, se rozó ligeramente, sintiendo la textura de su
piel bajo el vello dorado. Bajó hacia el vientre. Devon tensó los músculos del
estómago pero se mantuvo fiel a su promesa y no se movió.
Brooke se inclinó para besarle, para hacer que sus labios siguieran el camino
que habían trazado sus manos, cubriéndole de besos húmedos que bajaban por su
cuerpo. Tenía la piel caliente, tensa y suave. Le excitaba acariciarle con las mejillas
antes de pasar al punto siguiente.
Detuvo los besos justo al lado de su sexo y fue a apoyar la cabeza sobre su
muslo. No le tocó. Se limitó a calentarle con su aliento, observando cómo se excitaba
más con cada bocanada cálida. Le complacía sentir cómo se contraían sus músculos
intentando controlarse. Continuó su ataque aéreo hasta que Devon alzó una rodilla.
—Creía que no ibas a moverte —bromeó ella.
—Lo siento —dijo él bajando la pierna.
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Brooke cedió a la tentación de coger el miembro entre sus dedos. Le acarició por
todos lados. Devon era como terciopelo, su carne dura y ardiente entre sus manos.
Brooke lo sabía porque podía sentir la tensión de su cuerpo. También ella estaba
excitada. El placer que le proporcionaba le era devuelto multiplicado por diez. Las
respuestas a sus caricias eran tan evidentes que el pulso se le aceleró mientras su
necesidad se convertía en urgencia.
De repente ya no tuvo bastante con tocarle. Los labios reemplazaron a las
manos y Brooke disfrutó con su capacidad para dejar a un lado las inhibiciones y
gozar de él como siempre había soñado.
El cuerpo de Devon comenzó a temblar. Hacía tiempo que había quitado las
manos de la nuca para clavar las uñas en la alfombra en un vano intento de
controlarse y no penetrarla a la fuerza. Al principio había parecido una buena idea
prometerle que no la iba a tocar, pero se estaba volviendo loco. Y su boca… Se
ordenó no pensar en lo que Brooke estaba haciendo. Ya lo pensaría al día siguiente.
Tenía que pensar en el banco, en su plan…
Lanzó una gruesa maldición. Buscó sus pantalones para sacar un paquete antes
de sentar a Brooke sobre él. La sujetó por los cabellos y buscó su boca para
demostrarle cómo besaba un hombre desesperado. Temblaba de deseo sin poder
hacer nada por evitarlo. Tampoco le importaba. Estaba a salvo, estaba con Brooke.
La alzó cogiéndola de la cintura y la hizo sentarse directamente encima de él.
Con un poderoso empuje de nalgas entró en ella. Brooke estaba tan caliente, tan
húmeda, tan lista para recibirle que tuvo que cerrar con fuerza los párpados y
quedarse inmóvil para recuperar el poco control que le quedaba antes de perderse
por completo.
Brooke le puso las manos a ambos lados de la cabeza y le miró fijamente a los
ojos. Su pelo desordenado era una visión de pura gloria. Se le habían hinchado los
labios y la expresión de su rostro era la de una mujer preparada para la pasión.
—Has roto tu promesa —susurró.
—Demándame.
La besó al mismo tiempo que empujaba. Brooke gimió su aceptación y se acopló
a su ritmo. Él la acarició en todos los lugares al alcance de sus manos. Cuando
jugueteó con sus pezones, sus entrañas reaccionaron. Era excesivo. Brooke aceleró el
ritmo esforzándose por que entrara más en su cuerpo. Estaba cerca, muy cerca…
Devon llevó su mano entre sus cuerpos y la acarició con la yema del pulgar
trazando círculos íntimos. Brooke empezó a sacudirse y Devon sintió que sus
espasmos la impulsaban al abismo… Devon se dejó arrastrar con ella. Aunque
intentó resistir hasta el último minuto y prolongar el placer, no pudo. La estrella era
Brooke, había llevado las riendas desde el principio hasta el final.
Y él había gozado cada segundo de su estrellato.
La atrajo hacia su pecho para mecerla entre sus brazos. Al cabo de un momento,
sintió que sus hombros se movían.
—¿Tienes frío?
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Ella negó con un gesto de la cabeza.
—¿Brooke?
Le hizo incorporarse para poder verle el rostro. Brooke estaba llorando. Las
lágrimas caían por sus mejillas y los músculos de su vientre se convulsionaban.
Devon sintió que le azotaban el pecho con un látigo de acero. Aquella visión le dejó
sin defensas.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me vengas con que no pasa nada. ¿Te he hecho daño?
—Devon, no…
—Devon, no, ¿qué? ¿Que no pregunte? —dijo él sentándose y llevándola
consigo—. ¿Por qué demonios estás llorando?
—No lo sé. Tengo ganas de llorar.
Brooke le miró a los ojos y las lágrimas volvieron a brotar.
Devon le acarició la cara.
—¿Por qué, pequeña? Cuéntamelo.
—Ha sido muy hermoso.
Devon supo que se refería a lo que acababan de compartir. Asintió.
—Sí, muy bonito.
Los sentimientos por tanto tiempo reprimidos se liberaron y alcanzaron la
superficie. Intentó descartarlos pero, al contrario que en el pasado, no tuvo éxito.
Acunándola entre sus brazos, se apoyó en el sofá y cerró los ojos.
—Siempre es así entre nosotros.
Se quedaron un momento quietos, abrazándose. Brooke se secó los ojos y apoyó
la cabeza sobre su hombro para contemplar el fuego moribundo. La chimenea había
perdido su ferocidad inicial para transformarse en una mezcla de brasas y cenizas al
rojo. Brooke pensó que se parecían a ellos dos, ardientes y feroces al principio y toda
confusión e inseguridad al final.
—Yo te amaba, Devon —dijo suavemente en medio del silencio y la
oscuridad—. Dime que me crees.
Devon luchó contra las emociones que le embotaban la mente. No quería
desenterrar aquellos viejos sentimientos. Ya era bastante malo que no pudiera
resistirse a tocarla. No quería pensar en ella en términos de amor, no lo hubo
entonces, no lo había ahora. Sin embargo, no podía negar el impacto que habían
tenido sus palabras.
La música sonaba dulcemente. Era Yesterday de los Beatles. Muy a propósito. La
abrazó con más fuerza.
—Te creo —dijo al fin.
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Y lo peor era que lo decía de verdad.
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Capítulo Nueve
Brooke contempló Main Street desde la ventana de su despacho. Hacía un día
espléndido para un desfile. Puestos a pensarlo, no había habido un día tan bueno en
toda la creación. El cielo era más azul y el sol más brillante. ¿O sólo se lo parecían a
ella después de una noche de locura erótica sublime? Una noche erótica que parecía
haber durado una eternidad. De lo único que estaba segura era de que no se había
sentido tan viva en toda su vida.
Había llegado temprano y despejada a la oficina, sobre todo porque casi no
había pegado ojo. La noche anterior le parecía vivida e irreal al mismo tiempo. El
amor era algo que se hacía una vez, quizá dos, ¿pero toda la noche? Se cubrió la cara
con las manos. Después de haber satisfecho su fantasía personal, Devon había
realizado unas cuantas de su propia cosecha. Habían ido moviéndose por toda la
casa para acabar en el dormitorio cuando amanecía.
Brooke se desperezó. Estaba un poco entumecida por la falta de sueño y
escocida en algunos lugares nuevos e interesantes. Sonrió con la picardía del gato de
Alicia al recordar cómo se había ganado aquellas escoceduras. Ya nunca podría ver
sus muebles con los mismos ojos.
Se había producido un cambio en ella, no sólo físico, sino mental también. Su
actitud hacia Devon había dado un giro decidido hacia la ambivalencia. Nada podría
disipar las dudas que tenía acerca de él, pero se engañaría a sí misma de no admitir
que lo sucedido había alterado drásticamente su visión de las cosas. Ayer buscaba
pruebas con las que acusarle, hoy se preguntaba si su hermano no tendría razón. ¿No
se estaba portando de un modo irracional? ¿Estaba el pasado ensombreciendo el
presente, saboteando el futuro?
Aquella mañana dudaba de todo. No era de extrañar. Ninguna mujer puede
pasarse la noche haciendo el amor y pretender que seguía siendo la misma. Al menos
no una mujer como ella.
Bostezó mientras consultaba el reloj. Llegaba tarde. Salió de su oficina en el
momento en que Joan llegaba a trabajar.
—¡Ah, Joan! Me alegro de que hayas llegado. He firmado las cartas, están sobre
mi mesa. Puedes darles salida hoy. No sé cuánto va a durar el desfile, pero intentaré
llamar después.
—¿Tienes un minuto antes de salir corriendo?
—Pero sólo uno. Se suponía que ya debía estar en la tribuna.
—No nos llevará mucho tiempo. Quiero que veas algo interesante que
descubrí…
—¿Brooke? —llamó Devon desde abajo.
—Estoy aquí arriba —contestó ella.
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Devon subió la escalera y saludó a Joan con un gesto de la cabeza. Después se
quedó inmóvil mirando a Brooke intensamente. Ella sintió que se sonrojaba mientras
la razón de que llegara tarde, por no hablar de sus escoceduras, la confrontaba.
Estaba muy atractivo vestido con un traje gris, el epítome de un hombre de
negocios de éxito. Pero la imagen que tenía de él era la de un hombre moviéndose
sobre ella a la luz del amanecer.
—Hola —dijo ella con voz débil.
—Hola —dijo él levantándole el cabello y besándola en el oído—. ¿Cómo estás
esta mañana?
Brooke sintió que se moría de vergüenza. No se atrevía a mirar a Joan. Sabía
que su amiga debía estar observándolos como si fueran dos extraterrestres con
tentáculos de colores.
—Bien —respondió apartándose ligeramente de él—. ¿Y tú?
—Muy bien —dijo sonriendo—. ¿Has pasado una buena noche?
—Muy buena.
«Como si tú no lo supieras».
—He venido para acompañarte a la tribuna —dijo él.
—Nos vemos abajo —dijo Brooke con la esperanza de librarse de él y tener
tiempo para reponerse.
—De acuerdo. Pero date prisa. Ya sabes que la gente murmura cuando llegamos
tarde.
Brooke movió la cabeza con desaprobación. Él bajó las escaleras riendo, sin
importarle la incomodidad de Brooke ni el asombro de Joan. Ella suspiró antes de
volverse a su secretaria.
—¿Sí? ¿Qué decías?
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Joan completamente aturdida.
—Nada.
—A mí no me ha parecido que fuera «nada».
—Es la verdad, Joan. Devon sólo trataba de mostrarse cariñoso. Tanto si me
gusta como si no, tengo que tratar con él.
Joan alzó una ceja escéptica.
—¿Cariñoso? Yo creo que ha sido un poco más…
—¿No tenías que enseñarme algo?
Joan se mordió el labio y sacudió la cabeza lentamente.
—Olvídalo.
—Lo veremos más tarde, ¿de acuerdo? —dijo Brooke bajando las escaleras.
—Sí, puede que más tarde.
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Brooke corrió hacia la calle y a punto estuvo de arrollar a Devon en sus prisas.
Echaron a andar por Main Street hacia donde estaba instalada la tribuna.
—¿Por qué has tenido que hacerlo? —preguntó ella.
—¿Qué he hecho ahora?
—Ponerme en evidencia delante de Joan.
—¿En evidencia? Pensaba que había sido un beso para desearte buen día. Creía
que después de anoche podía hacerlo sin pedirte permiso.
—Pero no en público.
—¡Ah, vaya! En privado podemos retozar desnudos por el suelo y hacer el
amor como locos, pero en público tengo que mantener las distancias, ¿correcto?
Intenta ser clara porque no quiero volver a ponerte en evidencia.
Brooke se detuvo y le tiró del brazo para conseguir que la mirara.
—Si no te conociera mejor, Devon Taylor, diría que te sientes herido.
—Quizá.
—Para salir herido, a uno ha de importarle la otra persona.
—¿Y quién dice que no?
—Tú lo dijiste.
—Puede que mintiera.
Brooke echó a andar. Devon le dio un tirón y la abrazó besándola. Un beso
duro, a plena luz del día en Main Street. Fue un acto impulsivo, como los de toda su
vida. Había creído que lo tenía superado, había creído controlarlo, pero no era
verdad. Al menos en lo que se refería a Brooke.
Devon combatía en aquel beso, luchaba por su vida. El beso se profundizó
evocando una mezcla de emociones. Había dolor allí, e ira, deseo, y algo más que no
le era totalmente desconocido. En algún momento de la noche anterior se había
colado a hurtadillas en su alma. Y le tenía mortalmente asustado.
Aquella mañana se sentía como un niño haciendo novillos. Se había metido en
la ducha sonriendo al recordar las escenas que acababa de vivir. Tenía que acabar
con aquello, tenía que librarse de las redes de Brooke antes de que fuera demasiado
tarde y le resultara imposible vivir sin ella.
Devon se retiró, pero Brooke se había quedado tan lánguida que tuvo que
sujetarla para evitar que cayera al suelo. Su rostro tenía una expresión soñadora,
satisfecha, la misma que tenía siempre que acababan de hacer el amor. Una oleada de
placer atravesó como una daga su corazón dejándole temblando para sus adentros.
«Ya es demasiado tarde, muchacho. Demasiado tarde».
La gente se paraba a mirar. Devon se dio cuenta aunque ella no podía. Parecía
en trance. Él conocía aquella sensación. Siempre que la tocaba el mundo se convertía
en una sombra pálida. Comenzó a andar arrastrándola consigo.
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—Vamos. Ya hablaremos de esto más tarde —dijo cuidando de no definir lo que
era «esto».
—Siempre estamos a punto de hablar de «esto» —dijo ella sonriendo—. Y
siempre acaba pasando algo que nos lo impide.
Devon se echó a reír y la abrazó.
—Tienes respuesta para todo, alcaldesa Wallace. Y buenas, además.
Se sonrieron. Devon era incorregible y adorable. Con sólo mirar aquellos ojos
azules, el corazón se le convertía en gelatina. Para cualquiera que mirara parecían
dos enamorados.
Brooke sintió un hueco en el estómago al darse cuenta de lo que estaba
pensando. No podía seguir engañándose, uno de ellos lo estaba. Se había dado
cuenta alrededor de las cuatro de la madrugada cuando habían hecho el amor en la
silla de la cocina. Al amanecer, no había querido que se fuera. Aquel recuerdo le dio
fuerzas para sobreponerse.
—Llegamos muy tarde. No pueden empezar el desfile sin nosotros.
—¿Crees que les importará si nos presentamos así. de lado? Como si bailáramos
un tango por toda Main Street.
Brooke se libró de su abrazo venciendo la tentación de quedarse allí todo el día.
Tenía la profunda sensación de que era correcto. ¿De verdad no lo era?
—Me parece que sí les molestaría.
La tribuna estaba enfrente de una iglesia al otro lado del pueblo. Al verlos
llegar, Chuck les hizo señas frenéticas de que ocuparan los asientos que tenía
reservados.
La multitud empezaba a impacientarse. Todas las fuerzas vivas de Lenape Bay
los contemplaron mientras subían los escalones. Brooke se preguntó lo que pensarían
de ellos. ¿Sabían que eran amantes? Se riñó mentalmente. Tenía que dejar de sentirse
avergonzada cada vez que pensaba en su relación con Devon, porque mantenían una
relación. Le gustara o no, no podían andar escondiéndose. De todas maneras,
después del beso en Main Street toda la ciudad debía estar al cabo de la calle.
Brooke se dirigió a los asistentes abandonando el discurso que tenía preparado
y resumiendo los cambios que se habían producido en Lenape Bay durante el año
anterior. Incluso se las arregló para mencionar el proyecto de Maiden Point cuando
enumeró los atractivos y los logros del pueblo.
Su actitud había cambiado. Estaba empezando a aplicar el «si no puedes con tu
enemigo, únete a él». Había un sentimiento de entusiasmo general hacia la nueva
urbanización. Tenía que reconocer que la ciudad había revivido desde que Devon
había vuelto. Quizá su hermano tuviera razón y fuera cierto que había cambiado.
Tenía que olvidar su hostilidad y el pasado. Al fin y al cabo todo el mundo cometía
errores, pero tenía derecho a rehacer su vida.
Quince años era mucho tiempo para que no cambiara una persona. Devon ya
no era un chiquillo impulsivo y su madurez se demostraba en la manera en que se
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vestía y hablaba con la gente. Tenía un aire de dominio del que había carecido de
adolescente. Pero seguía siendo un enigma. Se preguntó si sería capaz de hacer el
amor con ella durante toda la noche y mentirle durante el día. ¿Tan buen actor era?
Cuando le llegó a Devon el turno de hablar, sus miradas se cruzaron. Brooke
sintió que se le detenía el corazón, tantos sentimientos había en aquella mirada.
Devon hizo un discurso lleno de promesas y optimismo de cara al futuro.
Renovó su compromiso con el pueble, pero Brooke sentía que se estaba dirigiendo a
ella en particular. Las emociones le contrajeron el estómago viéndole encandilar a los
asistentes. Se le formó un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Le amaba. Que Dios la ayudara pero era la verdad.
Quizá nunca había dejado de amarle. Quizá todos aquellos años no fueran más
que un disfraz, una mentira para convencerse a sí misma de que estaba satisfecha con
su vida. Sacó un pañuelo y se secó los ojos. No era el momento de rumiar el pasado.
Era el comienzo de una nueva vida y ella estaba más que preparada para darle la
bienvenida con los brazos abiertos.
El aplauso que siguió a la intervención de Devon fue demoledor. Debido al
entusiasmo de la multitud, los organizadores suprimieron el resto de los discursos y,
sin más dilaciones, dio comienzo el desfile. Brooke y Devon se pusieron a la cabeza y
comenzaron a andar hacia el centro del pueblo. Devon parecía pasárselo en grande.
Brooke se lo comentó y aprovechó para felicitarle por su discurso.
—¿Nunca te has planteado meterte en política?
—¿No me digas que estás preocupada por tu empleo?
—Puede que tenga que preocuparme si te quedas.
—¿Todavía no estás convencida?
Brooke, tras dudarlo un momento, hizo un gesto negativo. Devon se inclinó
para susurrarle al oído.
—Si después de lo que pasó anoche no…
—Devon… —le advirtió ella.
—De acuerdo —dijo riéndose—. No te pondré en evidencia delante de tus
conciudadanos, alcaldesa Wallace.
Sin embargo, la tomó de la mano. Ella no se opuso. Optó por ignorar las
miradas de curiosidad que les lanzaban a su paso. Cuando el desfile llegó a su fin, la
multitud se dispersó. Brooke y Devon se entretuvieron curioseando en los puestos
callejeros de la feria.
—¡Devon! Ven aquí.
Era la señora Antonelli quien los llamaba. La mujer se inclinó y le puso a Devon
un relámpago de chocolate en la boca. Después le explicó a Brooke con aire maternal.
—Le encantaban cuando era pequeño. Y también solía robarlos —añadió
agitando un dedo frente a la cara de él.
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Devon se echó a reír mientras le cogía la mano que le amonestaba.
—Estaba loca por mí, señora Antonelli.
—Quita, quita —dijo ella sonriendo—. Mírale. Sigue siendo un diablillo.
—No estoy segura, señora Antonelli —respondió Brooke.
—Lo había olvidado pero es cierto —dijo él—. Los robaba. La señora Antonelli
salía corriendo y gritando detrás de mí y nunca me cogía.
—Naturalmente —dijo Brooke.
—Era un bandido, ¿verdad?
—Lo sigues siendo.
—Anoche no te quejaste.
—Anoche era… diferente.
—¿Puedo saber por qué?
—Porque me pillaste por sorpresa.
—¿No me esperabas? —preguntó él.
—No, Devon. No te esperaba. Forzaste la puerta para entrar en mi casa. ¿O
también lo has olvidado?
—No puedo creerlo. Tumbada en el sofá, desnuda, la música suave, el fuego
encendido. Me pareció que lo único que faltaba era yo.
—Eres imposible.
Devon se echó a reír y la estrechó contra sí. Eran dos gestos que repetía muy a
menudo en los últimos tiempos, reír y abrazar a Brooke. Todo iba tan bien que a
veces se preocupaba. Sin embargo, en sus planes no había entrado lo que estaba
sintiendo por ella. Aquello era uno de los «imponderables» para los que se había
considerado preparado. No lo estaba. No iba a negar que no se le había pasado por la
mente seducirla. Con lo que no había contado era con ser seducido a su vez.
El problema consistía en que se lo estaba pasando condenadamente bien. No
recordaba haber sido más feliz que aquella mañana, paseando por la calle principal
del somnoliento pueblo costero con el amor de su juventud junto a él.
¿Qué podría ser más sencillo?
¿Qué podría ser mejor?
¿Qué podría ser más peligroso?
La noche anterior había sido el momento crucial. No se había tomado en serio a
Brooke y la realidad era que no había sentido el menor deseo de abandonarla al
amanecer. De haber podido, la hubiera llevado a besos hasta una isla desierta donde
nadie los molestara. Y en eso se incluía él mismo.
Ya casi había llegado el momento en que su «consorcio» tendría que aparecer
con dinero en efectivo para la fase piloto. Puesto que tal consorcio no existía, el pago
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no se haría efectivo y el banco se quedaría con un agujero imposible de tapar. La
culminación de sus sueños se hallaba al alcance de la mano.
Lo que no le alegraba tanto era el efecto que podía tener sobre Brooke. Ella
empezaba a sentir algo por Devon. Aunque no había dicho nada, el lenguaje de su
cuerpo era expresivo. Tendría que haberse sentido satisfecho por haber conseguido
que se enamorara de él otra vez, pero aquella era una espada de doble filo. Se
suponía que el enamoramiento no tenía que ser mutuo.
Lo era. Si la tarde en la cama de Chaz se había merecido un diez, la noche
anterior se salía de las calificaciones. Devon Taylor se había perdido en Brooke, había
dejado de existir. Habían buscado algo y juntos lo habían encontrado. Era algo tan
profundo, tan completo, que no recordaba haberse sentido alguna vez más deseado,
más necesitado.
Bueno, sí. Hacía mucho tiempo en una cabaña en ruinas.
Entonces lo había llamado amor, ahora no quería pensarlo. De cualquier modo,
el placer de su venganza se disipaba en lo que se refería a Brooke y no estaba seguro
de lo que quedaba en su lugar. Unas emociones con las que no había tenido que
enfrentarse en mucho tiempo subían burbujeando a la superficie.
Se daba cuenta de que no había hecho planes para después de su desquite con
Lenape Bay. El futuro era un gran interrogante. No tenía ni idea de lo que iba a hacer
con Brooke o con los sentimientos que ella había hecho renacer y estaba mortalmente
asustado.
Sea como fuere, tenía que seguir el curso de acción que se había trazado. Era
demasiado tarde para volverse atrás aunque quisiera, lo cual, y no dejaba de
repetírselo, no era el caso.
—¡Devon! ¡Brooke! Esperad —gritó Chuck corriendo hacia ellos—. Quiero
hablar con vosotros.
—¿Cómo te va? —preguntó Devon.
—Bien. Realmente bien. ¿Has estado en las obras?
—Hace un par de días que no voy por allí.
—Yo he estado esta mañana. Es increíble lo que han avanzado.
Parece que vamos a liquidar muy pronto.
—¿Cuándo quieres que lo hagamos? —preguntó Devon.
—Cuando tú quieras —respondió Chuck.
—¿Te parece bien el doce de noviembre?
—Perfecto.
—¿En serio va tan rápido? —preguntó ella.
—Como lo oyes.
—Estupendo —dijo Devon—. Nos veremos en la liquidación.
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—Claro. Sólo tengo que hacer correr la voz e inundar los periódicos de
propaganda. ¿A que es emocionante, Brooke?
—Sí, mucho.
Lo decía en serio. Una vez que Devon y su consorcio pagara la primera unidad,
no habría motivos para seguir dudando. Sería una prueba de que se había
comprometido tanto como el banco.
—Parece que todo ha sucedido muy deprisa —comentó ella cuando su hermano
se hubo ido.
—Todo depende del punto de vista con que lo mires.
Brooke le miró perpleja. Él le puso el brazo sobre los hombros y la estrechó
contra sí.
—Vamos a comer. Ese relámpago me ha abierto el apetito. Necesito comida de
verdad.
El restaurante estaba muy concurrido y tuvieron que esperar para conseguir un
reservado. Devon trabó conversación con algunos viejos conocidos. Brooke le
observó mientras contaban historias de los viejos tiempos. Parecía sentirse a sus
anchas, más en casa que nunca. Eso la convenció más que ninguna otra cosa. Cuando
él le cogió la mano, Brooke no intentó disimular. Le creía.
—Había olvidado todas esas historias —dijo Devon cuando se sentaron.
—Eres el único. Nadie más las ha olvidado. Todo el mundo tiene algo que
contar de ti.
Devon sonrió mientras saludaba a un grupo que se iba.
—Son buena gente.
—Parece que te sorprende descubrirlo.
—Supongo que sí. No guardo muy buenos recuerdos de Lenape Bay. Creo que
los he borrado deliberadamente.
—A veces es mejor olvidarse completamente del pasado.
Devon la miró a los ojos. Sabía exactamente a lo que se refería. Brooke quería
hablar de lo que sucedió entre ellos, pero él aún no estaba preparado. Quizá no lo
estuviera nunca. Ya habría tiempo cuando culminara su plan.
Sin embargo, no pudo evitar preguntarse lo que había sentido Brooke por él en
aquel entonces. Dudaba de que pudiera entenderlo si se lo explicaba. Por eso mismo
debía mantenerse fiel a sus objetivos.
Se pusieron a comer. Brooke se había dado cuenta de que se sentía incómodo
hablando de sus sentimientos. Para ella, lo único que demostraba era que sentía unas
emociones demasiado fuertes. Había esperado quince años, podía esperar un poco
más.
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Después de la comida, pasearon abrazados hasta la oficina. La gente, los
tenderos, los saludaban sonriendo al pasar. No obstante, a Brooke ya no le importaba
lo que pudieran pensar.
Devon se paró en la puerta del edificio.
—Voy a darme una vuelta por las obras. Salgamos a cenar fuera de aquí. Solos
tú y yo.
—Me parece perfecto —dijo ella.
—Pásate por casa sobre las siete. He hecho algunas obras en el piso de arriba y
me gustaría que me dieras tu opinión. Nos iremos después de enseñártelas.
—Bien.
Devon le alzó la barbilla para estudiar su rostro. Su cuerpo reaccionó como una
cerilla junto a una llama. Conscientes de dónde se hallaban, la empujó hasta el
vestíbulo. La abrazó atrapándola contra la pared aprovechando que no había nadie.
Ella le respondió echándole los brazos al cuello y amoldándose a su cuerpo. Pensó
que faltaba demasiado para que se hiciera de noche. Aparentemente, el sentía lo
mismo.
Un ruido en las escaleras los avisó de que tenían compañía. Devon se separó y
fue hasta la entrada. Allí se detuvo para mirar por encima del hombro. Brooke seguía
apoyada en la pared, esperándole. Le apuntó con un dedo.
—¡Ah, pequeña! Guarda esos pensamientos para luego.
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Capítulo Diez
Cuando Devon se fue, Brooke subió lentamente las escaleras hasta su oficina.
Había veces en las que deseaba ser un poco menos consciente, el tipo de persona que
podía despreocuparse. Tenía ganas de hacer novillos e irse a la cama. Sonrió para sí.
Joan estaba escribiendo a máquina cuando llegó arriba. Con un suspiro, se armó
de valor para trabajar.
—¿Cómo ha ido? —preguntó la secretaria.
—¿El desfile? Bien.
—Ha durado más de lo que me figuraba —dijo Joan haciendo un gesto hacia el
reloj de la pared.
—Devon y yo hemos ido a comer y luego hemos dado un paseo. ¿Hay algún
mensaje?
—Unos cuantos, pero nada urgente.
Bien. No estoy de humor para urgencias. Los pies me están matando.
Brooke se dejó caer en su sillón y se quitó los zapatos.
—¿Brooke? —dijo Joan desde la puerta.
—Dime.
—¿Tienes un minuto para ver una cosa?
—Claro. ¿Es lo de antes?
—Sí. Son cartas —dijo Joan dudando—. Del archivo de Maiden Point.
Brooke dejó de masajearse los pies y alzó la cabeza vivamente.
—¿Qué cartas?
—Toma. Brooke las estudió un momento. Eran cartas comerciales de varias
compañías del consorcio de Devon confirmando la inversión. Todas llevaban
membrete y estaban escritas de una manera clara, directa al grano.
—Yo no veo nada.
—Mira aquí —dijo Joan señalando el final de las cartas—. ¿No notas algo
extraño en las firmas?
—No.
—Fíjate bien. Mira como está puntuada la «i».
—Sí, son círculos pequeños en vez de puntos.
—Son todos iguales, en todas las cartas. Siempre el mismo círculo sobre las íes.
Y cada carta viene de una compañía diferente.
Brooke notó que se le encogía el estómago.
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—Luego, todas las cartas han sido firmadas por la misma persona.
—Parece lo más lógico.
Brooke tomó dos cartas y las comparó. Una era de California, La otra de
Arizona.
—¿Cómo dos compañías tan distantes pueden tener la misma persona
firmándoles las cartas?
—Quizá no estén tan distantes.
—Déjamelas a mí —dijo Brooke sintiéndose mareada.
—Pero…
—No, Joan. Esto es algo de lo que debo encargarme yo. Ya me has ayudado
bastante. Es muy tarde. Vete a casa.
—Puedo echarte una mano.
—Por favor, Joan. Te he dicho que no. Cierra la puerta.
Joan hizo lo que le pedía, aunque de mala gana. Cuando la puerta se cerró,
Brooke se dobló sobre sí misma abrazándose el estómago. Sentía náuseas de puro
miedo. Todos los buenos sentimientos se esfumaron reemplazados por las viejas
dudas y sospechas. No podía ser lo que parecía, no después de lo que había pasado.
Tenía que haber alguna explicación.
No supo el tiempo que pasó en aquella postura, pero cuando alzó la cabeza, era
de noche y todo estaba en silencio excepto la llovizna que tamborileaba en la
ventana.
Tenía que averiguar lo que significaba aquello. Volvió a revisar las cartas. No
cabía la menor duda. La misma persona había firmado cuatro. No era algo fácil de
descubrir. Comprendía que los empleados de Chuck no se hubieran dado cuenta,
sobre todo si había más de uno, como era el caso, trabajando en el proyecto de
Maiden Point.
Copió los distintos números de teléfono en el papel. Le temblaban las manos al
escribir. Descubrió que dos de las cuatro compañías tenían el mismo número con
extensiones diferentes. Los otros dos eran en definitiva el mismo teléfono, un número
de California al que se podía llamar gratis y otro de dígitos alfabéticos que al
traducirlo era igual que el anterior.
Tenía que asegurarse antes de hacer nada. Brooke marcó el número de
California. El de las llamadas gratis. Una mujer respondió en nombre de la compañía.
Brooke se excusó educadamente. Esperó un momento y llamó a la extensión postal.
Le contestó la misma voz de mujer. Se sintió enferma. Buscó en su archivo el número
de la empresa de Devon en California. Lo miró mucho tiempo antes de decidirse a
marcarlo.
—Bienes Inmuebles Taylor, diga. ¿Oiga? ¿Quién es?
Era la misma voz.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Lentamente, como si caminara en sueños, fue al baño y abrió el grifo del agua
fría. Tenía vértigo y se sentía mareada, débil. Dejó que el agua le refrescara las
muñecas antes de lavarse la cara.
Sólo había una cosa que hacer. Tenía que enfrentarse a Devon, tenía que oír los
detalles desagradables de la trampa de sus propios labios. Los mismos labios que…
Brooke se contempló en el espejo. La expresión ensoñadora había desaparecido.
En su lugar había desesperanza y determinación.
—Ya te lo dije.
Había tenido razón desde el principio, había intuido la verdad. Sintió ganas de
ir a echárselo en cara, pero necesitaba más pruebas. Necesitaba algo tangible que
enseñarle al concejo para que no pensaran que había vuelto las andadas.
¡Su oficina!
En el piso de abajo estaban los archivos de Devon, su oficina. Si servía de
fachada para cuatro compañías tenía que haber algo allí que lo corroborara.
Bajó rápidamente las escaleras y comprobó la puerta. Estaba cerrada. Era
natural. Devon no quería que nadie husmeara en sus secretos.
Tras volver sobre sus pasos para recoger el bolso, Brooke se enfrentó a la
cerradura armada de una horquilla. No le gustaba lo que estaba haciendo, pero no
había más remedio.
—Todos sabemos jugar a este juego, Devon.
Para su sorpresa, hubo un clic y el pomo giró con facilidad en su mano. Echó un
vistazo por si venía alguien y entró de puntillas en la oficina.
Devon aparcó junto al bordillo. Main Street estaba desierta. El mal tiempo había
pasado por agua las celebraciones. Hacía frío y una humedad que se metía hasta los
huesos, característica de las zonas de costa. Se quedó un momento sentado, pensando
que quizá el tiempo había contribuido a su estado de ánimo melancólico.
Aunque no era dado a creer en fenómenos paranormales, algo le había sucedido
mientras se arreglaba para esperar a Brooke. Una sensación indescriptible, una
especie de premonición de que las cosas no marchaban como era debido. Había
acabado haciéndose tan fuerte, tan urgente que le había obligado a actuar.
No le había sorprendido encontrar la casa de Brooke vacía. Sabía que lo que
ocurría no tenía nada que ver con lo que pasaba entre ellos, era algo más general. Su
instinto le había llevado hasta el pueblo. El coche de ella era el único que quedaba en
el aparcamiento. ¿Cómo seguía en su despacho cuando hacía más de una hora que
tenían que haberse encontrado?
Salió del coche y paseó por la acera con las llaves en la mano tratando de
decidir lo que debía hacer. Entró en el edificio. El vestíbulo estaba a oscuras y
encendió la luz. Iba a subir las escaleras cuando oyó el ruido de un archivador
metálico al cerrarse. El sonido venía de su oficina.
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Todo su cuerpo se puso tenso. Se acercó a la puerta, estaba abierta. Comprobó
la cerradura. Unos cuantos arañazos pero nada grave. Un trabajo bastante limpio.
Cuando encendió la luz Brooke se sobresaltó.
—Has podido con una buena cerradura, alcaldesa Wallace.
La había atrapado, Brooke podía sentir el pulso martilleándole las sienes.
Levantó la barbilla en un gesto desafiante. No podía mostrar miedo ante él. Nunca.
—Viniendo de ti, lo tomaré como un cumplido.
—¿Por qué has entrado como una ladrona? Si querías algo sólo tenías que
pedirlo.
—No creo que me hubieras enseñado estos archivos por las buenas.
—¿Qué archivos?
—Los de tu consorcio.
—Ya comprendo —dijo Devon avanzando hacia ella—. ¿Has encontrado lo que
buscabas?
—No estoy muy segura.
—¿Qué buscabas, concretamente?
—Pruebas, Devon. Pruebas para hundirte.
Devon se echó a reír. Hizo girar las llaves en su dedo y las guardó en el bolsillo
con un tintineo.
—Muy dramático, pequeña. ¿Quieres que te ayude?
Brooke pensó que era tan escurridizo como el hielo. Si se lo proponía podría
patinar sobre él.
—No sé.
—Si me dices lo que buscas quizá pudiera facilitarte el trabajo.
Brooke sostuvo un papel ante su cara. Devon lo cogió y vio que era una lista de
su supuesto consorcio. Una sonrisa acida asomó a sus labios. Lo había averiguado.
No sabía cómo se las había arreglado Brooke y, en realidad, tampoco importaba. La
miró. Su rostro era implacable, sin la menor traza de ensoñación. Sintió un dolor en
el pecho. Muchas veces se había preguntado cómo reaccionaría ella si llegaba a
averiguarlo.
Ya lo había averiguado.
—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó él devolviéndole la lista.
—Todas esas compañías que van a invertir en Maiden Point, ¿a quién
pertenecen?
Devon se sentó en una silla. Si Brooke quería jugar al gato y al ratón con él era
mejor que se pusiera cómodo.
—¿Por qué no me lo dices tú, pequeña? Ya pareces haber deducido muchas
cosas. ¿A quién crees que pertenecen?
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
—Por lo que he podido investigar hasta ahora, al menos cuatro son tuyas. Son
falsas, ¿me equivoco?
—No.
Brooke sintió que el nudo que tenía en la garganta no la dejaba respirar. Había
esperado que Devon se defendiera, que intentara convencerla de su inocencia. Su
confesión rotunda la había dejado sin fuerzas.
—¿Lo admites? ¿Admites que todas esas compañías son fachadas de Bienes
Inmuebles Taylor?
—Ya te he dicho que sí, Brooke. ¿Qué más quieres de mí?
—Lo que siempre he querido, Devon. Respuestas a mis preguntas, la verdad.
—Dispara cuando quieras.
Parecía tan despreocupado, tan impasible que Brooke tuvo la impresión de que
había planeado aquella escena desde el principio. Quizá fuera verdad, quizá todo
formara parte de un plan retorcido para acabar con su familia y con todo el pueblo
de un solo golpe. No le quedaba otra opción que jugar a su juego, donde todas las
cartas estaban marcadas de antemano.
—De todas las compañías que forman el consorcio, ¿cuántas son tuyas?
—Todas.
—¿Todas? —repitió Brooke temblando—. Pero, ¿qué pasará cuando haya que
efectuar el pago?
—¿Qué pasará?
—¿Vas a presentarte con el dinero?
—No.
—¿No? ¿Sólo eso? Sin más explicaciones. Vas a dejar que el banco se hunda.
—Así de simple.
—¿Y cómo crees que vas a salir de esta, Devon? No puedes decir que no
sabemos dónde vives.
—Puedo irme de aquí en diez minutos. Cinco, si es necesario.
—No puedo creerlo.
Devon se puso en pie.
—¿Qué es lo que no crees?
—No puedo creer que no intentes negarlo.
—¿Quieres que lo haga? Sabes que puedo.
Sus caras habían quedado a pocos centímetros. Devon alzó la mano y le acarició
el rostro con las yemas de los dedos.
—Puedo negarlo todo. Y tú me creerías, Brooke. Lo sabes perfectamente.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Brooke sintió que una sacudida le recorría el cuerpo. Incluso en aquellos
momentos, sus caricias eran eléctricas. Su respuesta era inevitable. Estaba tan
condicionada como el perro de Pavlov.
Le miró a los ojos y supo que tenía razón. Podía convencerla de que se había
equivocado. Tenía el poder de hacerle dudar de lo que veía con sus propios ojos. Era
patético, pero sabía que le creería.
Soportando el dolor, Brooke se apartó de él.
—Sabes que puedo ir directamente a Chuck con esta información.
—Adelante. Ya no se puede hacer nada. El contrato se ha cerrado, todo ha
acabado. Los contratistas querrán que les paguen. En el fondo es divertido.
—¿Por qué, Devon? ¿Por qué me lo cuentas?
—Porque ya te habías imaginado casi todo. Y pensaba que mis motivos debían
de ser más claros para ti que para nadie.
—Siempre has sentido lo mismo por mi familia —dijo ella—. Nos odias, nunca
he comprendido la razón. Ya sé que no le gustabas a mi padre, pero él hizo lo que
pudo por ayudar a los tuyos. Sé que es verdad.
—Claro que nos ayudó. Fue él quien provocó la bancarrota de la empresa de mi
padre. Nos ayudó hipotecando nuestra casa y utilizando esa hipoteca como amenaza
para echarme del pueblo.
—¡Mentira! —gimió ella—. Mi padre era un hombre honrado.
—Tu padre era un bastardo.
—¡No te atrevas…!
—Claro que me atrevo, pequeña. Claro que me atrevo. Lo único que siento es
que papaíto no esté vivo para ver lo que ocurre con su precioso banco.
—No puedes hacerlo, Devon.
—Ya está hecho.
—Chuck está metido hasta el cuello y ahora está acabado. Le fue fácil mientras
sólo tuvo que ser el chico de los recados de papá. Pero ya no tiene a nadie. Le ha
llegado la hora de pagar.
—Chuck nunca te hizo daño. Tu victoria está vacía.
Devon se la quedó mirando un momento.
—Chuck tendrá que servirme.
—¿Qué pasará con la otra gente? ¿Los Antonelli y los demás de quienes decías
que eran buena gente? Los aplastarás.
—Los inocentes salen heridos a veces.
—¡Inocentes! ¿Como tú? ¿Como tu madre? Siento todo lo que te hizo mi padre,
Devon. Si pudiera cambiar el pasado, no dudes de que lo cambiaría. Lo único que
puedo hacer es intentar que no cometas el mismo error que él.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
—Ya es demasiado tarde para cambiar nada, Brooke.
—Nunca es demasiado tarde. No si tú quieres. Yo te ayudaré. Yo…
—¿Nunca se te ha ocurrido que quizá no quiera tu ayuda? ¿Que no quiero que
cambie nada? ¿Que esto es lo que deseo?
Brooke contuvo las lágrimas que amenazaban con impedirle hablar.
—Entonces, lo siento por ti —dijo en voz baja.
—Otra vez yo, ¿no? Siempre soy yo el culpable. Ni tú ni tu familia. Sólo yo.
Devon siempre ha sido el malo y siempre lo será. Pues deja que te diga algo, nena.
No se trata de mí, se trata de hacer justicia.
—¿Por eso volviste? ¿Por un corrompido sentido de la justicia?
Devon no podía creer que aquel despliegue de ingenuidad fuera genuino. La
fragilidad de la que hacía gala no tenía ningún sentido para él. Soltó un taco y se
apartó de ella.
Brooke observó que Devon se pasaba una mano por el pelo. Estaba molesto.
Había encontrado una manera de llegar hasta él. Devon interrumpió sus
pensamientos. Le habló dándole la espalda.
—¿De verdad llegaste a pensar que nunca volvería? —dijo girando
lentamente—. ¿Alguna vez me has entendido? ¿No te diste cuenta de que algún día
tendrías que pagar por lo que hicisteis?
—Devon. ¿De qué estás hablando? ¿Qué hicimos?
—¿Que qué hicisteis? Vamos, Brooke. No saquemos los trapos sucios.
Brooke fue hasta él y le puso la mano sobre el brazo.
—Por favor. Dime de qué estás hablando.
Devon se quedó mirando la mano que le tocaba. No quería hacerlo, no quería
discutir el pasado y menos con ella. Tuvo que cerrar los ojos. Pero no podía evitar
que su cuerpo reaccionar ante su proximidad, sacudió la cabeza y dejó de resistirse.
—Estoy hablando de ti, de tu hermano, y, sobre todo, de tu padre y de lo que le
hizo a mi familia. ¿O ya se te ha olvidado?
—No he olvidado nada. Eres tú el que parece haber olvidado cómo y por qué te
fuiste. Si alguien debe disculparse eres tú y no yo ni mi familia.
Devon la miró sin poder dar crédito a sus oídos.
—¿Así es como lo ves?
—Sí, así fue como sucedió.
Devon había creído que no podía volver a hacerle daño pero se daba cuenta de
lo equivocado que había estado.
—¡Dios! Mira que eres cínica. Tendría que haberlo imaginado. Me siento igual
que cuando te vi en tu ventana aquella mañana. Esperaba que salieras corriendo
hacia mí. ¿Sabes? Esperé mucho tiempo. Esperé aguantando las burlas de Chuck y
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sus amenazas de llamar a la policía, pero seguí esperando. ¡Qué imbécil! Y tú, con
toda frialdad, cerraste las cortinas y te alejaste de la ventana.
Devon la cogió con fuerza de los brazos y la sacudió.
—Todavía siento el sol quemándome en la nuca mientras te esperaba. Todavía
puedo oler el polvo del camino. Fue uno de esos momentos que no se olvidan en
toda la vida —dijo soltándola—. Al menos yo nunca podré olvidarlo.
Brooke le cogió de la muñeca antes de que él se diera la vuelta. El corazón le
latía con fuerza.
—¿A qué te refieres? ¿Cuándo fuiste a la casa?
—La mañana después del baile. Nunca apareciste en la cabaña. Chaz sí. Me dijo
que no ibas a ir. No le creí y fui a buscarte.
—Eso es una estupidez. Mi padre no sabía nada de la cabaña.
—¿Ah, no? Pues ya me contarás quién era el que apareció con un bate de
béisbol dispuesto a partirme la cabeza por haber pasado una noche de sexo con su
hija menor. Presumió de que le habías dicho dónde estaba la cabaña.
—Devon, jamás le dije a mi padre dónde estabas. Después de que él se fuera al
trabajo, hice el equipaje y fui a buscarte por el camino de las dunas. Cuando llegué ya
no estabas y nunca más volví a saber de ti.
El corazón de Devon amenazaba con salírsele del pecho. ¿Por qué le hacía
aquello? ¿Por qué se lo contaba después de tanto tiempo?
—No mientas, Brooke. No tiene sentido.
Brooke sintió pánico aunque no sabía bien de qué. Algo terrible estaba pasando
allí. ¿Qué había hecho su padre? ¿Los había manipulado a los dos para que se
traicionaran? No sabía lo que había pasado aquel día, lo único que sabía era que tenía
que convencerle de que ella no había tenido nada que ver.
—No estoy mintiendo. ¿Cómo pudiste creer una cosa así? Yo te amaba, Devon
—dijo abrazándole—. ¡Dios Santo! Te amo todavía.
Le costó un momento darse cuenta de que Devon no respondía a su abrazo.
Tenía los brazos caídos a los costados, el cuerpo rígido. Brooke le soltó y retrocedió
un paso.
—Te vi en la ventana de tu casa, Brooke —dijo él en un susurro mortífero—. Vi
cerrarse las cortinas. No estoy loco, no soy un estúpido. No intentes escamotear la
verdad.
No la creía. Pero, ¿por qué tenía que creerla? Si estaba en posesión de la verdad,
¿cómo iba a creer lo que un Pattersen le dijera? La huella de las mentiras era
demasiado clara como para negarla. Se sentía apenada y asustada. Apenada por el
ayer. Asustada por el futuro. Necesitaba encontrar una manera de llegar a él, de
hacerle creer en ella.
La acarició la cara.
—No lo intento. Créeme, por favor. Te juro que es la verdad.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Devon la agarró por las muñecas con la intención de apartarla de un empujón.
Pero cuando Brooke alzó los ojos hacia él, la visión de sus lágrimas le desgarró el
corazón. Sin pensar en las consecuencias, tomó posesión de sus labios en un beso
desprovisto de alegría, teñido de frustración, donde la pasión y el remordimiento
bebían en la misma copa.
Brooke buscó su lengua con todo su ser. El instinto le decía que podía ser la
última vez que le besara. Se aferró a aquel beso como si fuera la única tabla de
salvación.
En realidad, era su última oportunidad de llegar a él.
Devon rompió el beso pero ella se negó a que la apartara. Le puso la mano en la
nuca y le atrajo hacia sí besándole con furia. Devon se rindió y ella se aprovechó de
su capitulación.
Las manos recorrieron su cuerpo victoriosamente. Su sexo pugnaba por
liberarse de la prisión de los pantalones. Se los desabrochó e introdujo la mano.
Estaba duro, ardiente, hinchado.
—Brooke.
—Me amas, Devon. Lo sabes. No podrías estar así si no fuera verdad.
—No es amor, pequeña. Es sexo.
—Demuéstramelo.
Los ojos azules se oscurecieron ante el desafío. La alzó en brazos para subirla al
mostrador. En menos de un minuto su ropa interior se apilaba en el suelo y el estaba
entre sus piernas. Con un impulso salvaje entró en ella.
Brooke se regocijó ante su urgencia. Le echó las manos al cuello y, rodeando su
cintura con las piernas, hizo que se recostara encima de ella.
Los documentos se desparramaron sobre el suelo mientras ellos hacían el amor
de una manera frenética, como si fueran las únicas personas sobre la tierra y supieran
que jamás volverían a encontrarse.
Entonces, de repente, todo se tranquilizó. Adoptaron un ritmo suave en el que
los besos de Devon eran una lluvia cálida sobre su rostro. Le abrió la blusa para
besarle los pechos. Cuando la miró a los ojos descubrió que estaba llorando. Un
pequeño arroyuelo que se perdía en sus cabellos.
—Te amo —dijo ella cuando le secó las lágrimas.
Estaba decidida a que lo supiera por mucho que se negara a creerla. Devon
cerró los ojos ya que no podía hacer oídos sordos a sus palabras. Le hizo el amor con
toda la ternura que había estado atesorando en el fondo de su alma. Había estado
escondida tanto tiempo que había olvidado la sensación de dar libremente tanto
cariño y perdió la noción del tiempo, de la razón, de sí mismo.
Devon se incorporó arrastrándola consigo. Brooke se balanceó en el borde del
mostrador. La colmaba al ritmo de una música interna y erótica que surgía de las
entrañas de sus cuerpos y tuvo que aferrarse a sus hombros para no caer. Pronto
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
estuvo fuera de control, su cuerpo se debatía por estar más cerca, por sentirle más
dentro. Ahogó sus gemidos en el hueco de su cuello.
Aquellos gemidos le volvían loco, acercándole a su propio clímax. Sintió que
Brooke se apretaba contra él mientras los espasmos sacudían su cuerpo como si fuera
un pelele. Sus labios se buscaron con una emoción que había tardado quince años en
crecer. Gritó su nombre y se dejó ir dándole todo lo que poseía, su corazón, su alma,
su esencia misma.
Cuando todo terminó, no se movió. No podía. Los recuerdos antiguos y los
sentimientos del presente giraban como un torbellino en su cabeza. Necesitaba
tiempo para pensar. Tenía que salir de allí, alejarse de ella. Dejar la ciudad sería lo
mejor. La vieja Casa de Chaz era el último lugar del mundo en el que quería estar.
Miró a Brooke y descubrió que ella le estaba estudiando. Esperaba a que dijera
algo. Devon le acarició el rostro y le besó suavemente los labios.
En una cosa, Brooke tenía razón. La amaba. Sin embargo, creerla era bien
distinto. No estaba preparado, quizá no lo estuviera nunca. Se apartó de ella para
recoger sus ropas.
—Esto no debería haber pasado —dijo él.
—¿Por qué? Es lo que pasa siempre que estamos a solas. Nos amamos. ¿Por qué
debería ser diferente esta noche?
—No importa que no amemos o no, Brooke. La farsa ha terminado.
Brooke sintió que el corazón le bailaba en el pecho. No lo había negado.
—Nunca fue una farsa. Si lo que dices es cierto, mi padre nos engañó a los dos.
Devon sacudió la cabeza incapaz de aceptar lo que estaba oyendo.
—Afortunadamente para ti, Chaz está muerto. No puede responder a nuestras
preguntas.
—Pero Chuck no. Yo no estaba en la casa aquella mañana, Devon. Iba a
reunirme contigo.
Devon volvió a sacudir la cabeza. Por mucho que quisiera creer en sus palabras,
los viejos hábitos tardan en desaparecer. Si lo que decía era verdad alteraría lo que le
había impulsado a seguir vivo durante quince años.
Pero, ¿podía ser verdad? ¿Había querido realmente reunirse con él en la
cabaña? ¿Podían haber sido tan ingenuos como para dejar que otros decidieran sus
vidas aquel día?
No. No podía aceptarlo. Sin decir una palabra. Fue hacia la puerta pero se
volvió en el último momento.
—Si no eras tú la que estabas en la ventana de tu habitación esa mañana.
¿Quién era entonces?
—No lo sé —respondió ella.
«Pero pienso averiguarlo».
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Capítulo Once
La casa de su hermano se hallaba a oscuras cuando Brooke llegó. La puerta
estaba cerrada. Llamó varias veces al timbre y, cuando nadie contestó, llamó con los
puños. Una luz se encendió en el vestíbulo al mismo tiempo que la puerta se abría de
golpe.
—¿Qué…? ¡Brooke!
—Déjame pasar, Chuck. Tengo que hablar contigo.
—¿Ahora? ¿No sabes qué hora es?
—Ni lo sé, ni me importa. Y no puedo esperar hasta mañana.
Brooke entró sin permiso y se abrió paso hasta la cocina andando a zancadas.
Su hermano la siguió.
—¿No puedes hacer menos ruido? Lotty está durmiendo.
Brooke le miró. Tenía la cara tensa, agria, furiosa.
—¿Es que ha muerto alguien?
—Todavía no. Será mejor que hagas café, Chuck. Va a ser una conversación
muy larga.
—Brooke, no puedo pasarme la noche hablando. Tengo una reunión importante
a las ocho.
—Yo de ti no me preocuparía mucho por el banco. Dentro de un mes, puede
que ni exista.
—¿A qué te refieres? —preguntó su hermano muy serio.
—A Maiden Point.
—¡Ah, vamos! No empieces con eso otra vez.
—No, no son cuentos viejos. Esto son noticias frescas. Acabo de ver a Devon.
—¿Y qué? ¿Te ha dicho algo sobre el pago?
—No mucho. Sólo que no va a haber ningún pago.
—Brooke, ¿qué demonios te propones? ¿De qué hablas?
—Hablo de mentiras, Chuck. Mentiras profundas y escondidas. Mentiras que
llevas tan dentro que has llegado a pensar que son la verdad.
—¿Qué mentiras? —preguntó su hermano sin poder disimular una mirada de
preocupación.
—Cuéntame lo que pasó a la mañana siguiente de mi baile de graduación.
Chuck se apartó de ella. Puso agua a calentar y preparó dos tazas con café
instantáneo.
—¿Qué pasa con eso?
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
—Dime lo que ocurrió realmente.
—Que Devon se fue del pueblo.
—Ya lo sé. Dime algo que yo no sepa.
—¿Estamos hablando de papá y Devon?
Brooke se esforzó por mantener a raya a su estómago.
—Sí. ¿Qué pasó entre ellos? Quiero saber la verdad.
—De acuerdo —suspiró él—. Debería habértelo contado hace años. Incluso lo
intenté un par de veces, pero tú siempre me cortabas. Así que me imaginé que no
querías saberlo.
—Cuéntamelo ahora.
El agua de la tetera silbó. Chuck sirvió con una mano mientras que se
desperezaba con la otra.
—Papá y yo fuimos a la cabaña. Él estaba furioso por lo que Devon le había
hecho al Cadillac y al banco. Nunca le había visto tan fuera de sí. De verdad pensé
que iba a matarle. Cuando sacó mi bate de béisbol del garaje, estuve seguro.
—¿Cómo sabía papá lo de la cabaña? Yo nunca se lo conté a nadie.
—Yo lo sabía. Te seguí hasta allí varias veces cuando te escapabas para verte
con Devon. Imaginé que estaría allí.
—¿Qué le hizo papá?
—Bueno, no le atizó, si te refieres a eso. Podría haberlo hecho sin que nadie le
pidiera cuentas. Estaba claro que habíais pasado la noche juntos. Papá sólo habría
cuidado de su hija.
—Pero papá no era así, ¿verdad? Tenía otro modo de tratar a la gente que no le
gustaba. ¿Qué le dijo a Devon?
—Le dijo que se fuera del pueblo.
—O si no, ¿qué?
—O que si no le demandaría por lo que le había hecho al banco. Y por ti
también.
—¿Nada más?
—No que yo recuerde.
—Eso no hubiera asustado a Devon, Chuck. Tú sabes cómo habría reaccionado.
Se habría obstinado en quedarse más que nunca, aunque sólo fuera para desafiar a
papá. Tuvo que haber algo más.
La cara de Chuck se iluminó como si se hubiera encendido una bombilla en su
cerebro.
—¡La casa de su madre! ¡Eso es! Había olvidado que le amenazó con hacer
efectiva la hipoteca y dejar a su madre en la calle.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
Brooke tuvo que cerrar los ojos. Devon tenía razón. Su padre le había hecho
pasar un auténtico calvario y ella nunca lo había sabido.
—Dijo que papá era un bastardo y yo le defendí —murmuró ella con una
sonrisa amarga—. Me encaré con él porque creía que nuestro padre era un hombre
honrado.
—Papá era las dos cosas. El problema consistía en que Devon y él se parecían
demasiado. Devon era demasiado joven como para plantarle cara. Una causa perdida
desde el principio. Devon no lo habría admitido a no ser que le obligaran.
—Y los dos caímos en manos de papá.
—Ninguno pudimos elegir otra opción, Brooke. Ya sabes cómo era. Tenía que
controlarlo todo. A nosotros, al pueblo, todo.
—Podíamos habernos rebelado.
Chuck sacudió la cabeza.
—¿Y dónde habríamos llegado? Éramos unos niños. No sólo era nuestro padre,
era nuestro dios. Todavía trato de quitarme su sombra de encima.
—Chuck…
—No, no trates de consolarme. Lo has estado haciendo durante años. Sé lo que
piensas. Estabas contra Maiden Point desde el principio. Me equivoqué con Devon lo
mismo que con papá.
—He venido a averiguar la verdad, Chuck. No a hacer acusaciones. Dios sabe
que tendría que empezar por mí misma. He pasado los mejores años de mi vida
creyendo una sarta de mentiras.
Nunca le había preguntado a su padre directamente. Había sido más fácil
echarle toda la culpa a Devon. Había preferido creer que era capaz de hacerle el amor
y después abandonarla que poner en entredicho la adoración que sentía por Chaz.
Devon era el malo del cuento, el demonio disfrazado de ángel. Pero era demasiado
tarde para llorar, demasiado tarde para recriminaciones. Había cometido un error y
lo había pagado muy caro.
Contempló a su hermano. Él le devolvió la mirada.
—¿Dónde nos deja esto, Brooke? ¿De verdad va a incumplir con los préstamos?
—Eso me ha dicho.
—Va a suponer el derrumbe.
—Lo sé.
Chuck fue al fregadero y tiró el contenido de su taza.
—¿Quieres que te diga una cosa? Nunca odié a Devon, de verdad. Nunca. Ni
siquiera cuando se dedicaba a pegarme siendo unos críos. Siempre le respeté. A
veces, incluso deseaba ser como él. Es gracioso. Sólo he sentido eso por dos hombres
en toda mi vida. Por Devon y… por papá.
Brooke se levantó y abrazó a su hermano.
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Audra Adams – Un auténtico delincuente
—¿Qué vamos a hacer, Brooke?
—Hay que intentar que cambie de opinión.
—Sí. Pero, ¿cómo?
—Quizá baste con la verdad. No lo sé. Lo primero que hay que hacer es hablar
con él.
Brooke recogió su bolso y fue con su hermano hasta la puerta principal. Estaba
amaneciendo. Se despidieron con un beso.
—Llámame —dijo él.
Brooke asintió, y se disponía a salir cuando recordó algo importante.
—Una cosa más. Devon me ha contado que fue a buscarme a casa esa mañana.
Dice que me vio en la ventana de mi habitación. ¿Quién era, Chuck? ¿Quién simulaba
ser yo?
—Era Lotty.
—¡Lotty!
Chuck sonrió avergonzado.
—Tú no eras la única que se divertía a espaldas de papá. Estábamos en mi
habitación cuando oímos la moto. Yo bajé y salí. Ella fue a tu habitación a mirar.
—¡Esto sí que no puedo creerlo! ¡Lotty!
—¿Quién me llama?
Brooke alzó la vista y descubrió a su cuñada en mitad de la escalera. Llevaba
una bata rosa, zapatillas a juego y una redecilla en el pelo.
—Le estaba contando a Brooke que solíamos escondemos en mi habitación para
jugar a médicos y enfermeras.
—¡Chuck! ¿Cómo se te ocurre contárselo ahora? —dio Lotty abrazando a su
marido—. No te creas todo lo que cuenta, Brooke. Eso fue hace mucho tiempo.
Ahora… ahora hemos cambiado.
Brooke no tuvo más remedio que sonreír ante lo absurdo de todo. Mientras
ponía el coche en marcha, recordó las palabras de Lotty.
«Ahora hemos cambiado».
Deseó que fuera cierto porque era la única esperanza que tenía para que Devon
cambiara de opinión, tomó el camino de las dunas. El Jaguar no estaba aparcado
junto a la casona. Parecía vacía, hermética.
Fue a echar un vistazo más de cerca. No sólo parecía vacía sino abandonada. Se
llevó la mano al pecho en un intento inconsciente por dominar su pánico. Fue a mirar
al embarcadero. La moto de agua había desaparecido, la cuerda de amarre se
balanceaba en la brisa del amanecer. Se mecía como burlándose de ella mientras se
daba cuenta de la verdad.
Devon se había ido.
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«Puedo salir de aquí en diez minutos. Cinco si es necesario».
Podía y lo había hecho.
Devon anduvo por Main Street como si no tuviera ninguna otra preocupación
en el mundo. Era un poco sorprendente, considerando que, lo mirara como lo mirara,
no tenía ni cinco. Mientras andaba, daba las buenas tardes a la gente que conocía y a
los que no, los saludaba con la mano. Era consciente de sus expresiones atónitas, no
podían creerlo, se sentían como si acabaran de entrar en la Zona Oscura.
Devon disfrutaba con la confusión. Por eso había dejado aparcado el coche a la
salida del pueblo. Qué diablos, si iba a tirar su vida por la borda, lo mejor era hacerlo
con una sonrisa.
Soplaba viento del norte desde el océano y hacía frío. Disfrutó con el olor del
mar. Era bueno estar de nuevo en casa. Se sentía mejor que nunca desde que se le
había ocurrido la última locura.
Después de escapar de Lenape Bay como un ladrón en la oscuridad había
cogido el primer vuelo a California. La versión de Brooke sobre los acontecimientos
de aquella mañana trágica era tan distinta a la suya que no había tenido más remedio
que alejarse de todo y de todos los que le recordaban aquel lugar.
Cuando le había contado a su madre la locura que se le había ocurrido, le
abrazó y le dijo que había pasado quince años rezando para que olvidara la idea de
vengarse y siguiera adelante con su vida. El hecho de que seguir adelante con su vida
incluyera a Brooke no había hecho sino alegrarla más aún.
Devon sonrió. La vida estaba llena de sorpresas. Había creído ser muy listo
saliendo con la hija de su enemigo para desafiarle. Sin embargo, Chaz lo había sabido
todo el tiempo. Sólo les había permitido que se implicaran cada vez más porque eso
servía a sus propios fines.
Al final, habían caído los tres en sus manos, Brooke, Chuck y él mismo. La
actitud de rebeldía había sido la mejor herramienta de que había dispuesto Chaz
para cumplir con un viejo anhelo, echar a los Taylor de Lenape Bay. Cada
gamberrada no había servido sino para contribuir a un plan preconcebido. Ahora lo
veía todo con claridad.
Amaba a Brooke. En cierto modo, nunca había dejado de amarla, había sido su
norte, su ancla, la razón por la que se había sentido obligado a triunfar. Por ella había
vuelto convertido en el héroe de todos.
De todos menos de la persona cuya opinión era la más importante para Devon,
Brooke.
Sin embargo, ella le había devuelto la pelota. Llegó el momento inevitable de las
decisiones. Podía continuar con su plan y hundir el banco, pero sin deseos de
venganza que satisfacer no tenía ningún sentido. Chaz había muerto. Brooke y
Chuck habían sido tan víctimas como él, quizá más.
Devon sacó un sobre del bolsillo. Contenía todo lo que poseía. Había liquidado
todo para convertirlo en aquel cheque al portador. En unos segundos se lo entregaría
a Chuck Pattersen.
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Se rió de lo absurdo de todo. Era chistoso pensar que su futuro quedaba
irremisiblemente ligado a Lenape Bay y al éxito del proyecto. Lo que había
comenzado como un plan se había convertido en el momento más importante de su
vida.
Se preguntó lo que iba a decir Brooke. Le había declarado su amor, pero eso
había sido antes de dejarla abandonada por segunda vez. ¿Cuántas veces se podía
abandonar a una persona sin que te retirara su confianza? No sabía la respuesta, pero
lo había apostado todo a que podrían tener una oportunidad de ser felices allí.
El guardia de seguridad del banco le abrió la puerta y Devon le saludó con una
sonrisa. Simuló no darse cuenta de la conmoción que causaba su presencia entre los
empleados y se dirigió sin dilaciones al despacho de Chuck.
—¿Está Chuck? —le preguntó a la recepcionista. Cuando la mujer se quedó con
la boca abierta, siguió su camino—. No se moleste en levantarse. Yo mismo me
anunciaré.
Devon se aguantó la risa mientras llamaba y abría la puerta sin esperar
contestación.
—¿Pero qué…? ¡Devon! —exclamó Chuck poniéndose en pie.
Devon echó un vistazo a su alrededor.
—¿Dónde se ha metido todo el mundo?
—¿Qué?
—Hoy es el día del pago, Chuck. ¿No te acuerdas? ¿Llego demasiado
temprano? —preguntó mientras consultaba su reloj.
—El pago —repitió Chuck como un autómata.
—Sí, El proyecto Maiden Point.
—¿Maiden Point? balbució Chuck poniéndose pálido.
—Chuck, ¿te encuentras bien? te veo un poco demacrado.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Cómo? Hoy es día doce. Habíamos acordado que hoy se haría efectivo el
pago de los préstamos.
—Sí… pero, ¿No te habías ido?
—Tuve que ir a California para solucionar algunos asuntos.
Chuck se dejó caer en el sillón.
—Creo que va a darme un infarto.
—Parece que no esperabas verme —rió Devon—. ¿Creías que te iba a dejar
colgado?
—Brooke me dijo que…
—¿Y qué sabrá ella? Ya sabes que le ha tenido manía al proyecto desde el
principio.
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—Me dijo que no pensabas efectuar el pago. ¿Es verdad, Devon?
Devon sacó el cheque del sobre y lo puso en la mesa delante de Chuck.
—¿A ti qué te parece?
Chuck se quedó mirándolo sin poder apartar los ojos de aquel trozo de papel.
Devon sonrió al ver que el color volvía poco a poco a su rostro.
—Me parece que es la cosa más bonita que he visto nunca —dijo Chuck
mirándole a los ojos—. Acabas de salvarme la vida.
—Los Pattersen siempre habéis tenido una vena muy melodramática. A
propósito, ¿dónde está tu hermana?
—Supongo que en su oficina.
—No, ya he ido. En su casa tampoco está.
—Pues entonces no lo sé. Esta vez se ha tomado muy mal que te fueras. Mucho
peor que la otra. Ha perdido peso y se pasa el día llorando. No parece la misma.
—Sin embargo, ha tenido la energía suficiente como para desconvocar la
reunión.
—No ha sido ella sino yo. Brooke no ha dejado de insistir en que volverías a
tiempo. Tendrías que haber visto la que montó con el concejo cuando empezaron a
hablar mal de ti. Una verdadera tigresa. Es la única que ha conservado la fe. Y tenía
toda la razón.
Devon se sentía incómodo con el cariz que estaba tomando la conversación. Ser
un héroe estaba bien. Un santo ya era excesivo.
—Ya que no me necesitas, voy a ver si la encuentro. Chuck se levantó y se le
acercó.
—La quieres, ¿verdad?
Devon sonrió a su manera.
—Sí.
ojos.
Chuck le tendió la mano y Devon se la estrechó con fuerza. Se miraron a los
—Gracias, Devon —dijo el otro en voz baja.
—Nunca pensé que diría esto, pero no las merece, Chuck.
Chuck se echó a reír. Una carcajada en la que puso todo el alivio que sentía.
—Se ha acabado, ¿no?
—No. Yo creo que acaba de comenzar.
En Main Street volvió sobre sus pasos. Sólo que no prestó atención a las
miradas de curiosidad y asombro que le lanzaban. ¿Dónde podría encontrar a
Brooke? La respuesta le golpeó en el plexo solar con la fuerza de un puñetazo.
¿Dónde habría ido él? A donde todo había comenzado. ¿Dónde si no?
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Brooke se apartó el pelo de la cara y contempló el mar gris de noviembre. El
viento helado traía una promesa de invierno prematuro que hacía juego con su
estado de ánimo. Aquel era su Día D particular, el día en que Devon volvería o
desaparecería de su vida para siempre. Había luchado con todas sus fuerzas, pero
aquel amanecer nublado le había hecho reconocer la realidad. Devon no volvería. Era
un demonio con un aspecto encantador, lo que le hacía más mortífero porque nadie
podía evitar quererle.
Y ella le amaba tanto que su dolor de estómago se había convertido en una
parte integrante de su anatomía. Se levantaba con él, comía con él, dormía con él. Tan
inevitable como la sombra, se alimentaba de ella y crecía con cada día que pasaba sin
tener noticias de Devon.
Era mucho peor que la otra vez. Había sobrevalorado sus fuerzas al pensar que
podía resistirlo. No podría sobrevivir al derrumbe del sueño de vivir juntos en la
casona con un par de niños alborotando su serenidad victoriana.
Se rodeó el vientre con los brazos doblándose sobre sí misma. Ahí estaba otra
vez. No podía más. Había perdido peso, se estaba consumiendo. A partir de aquel
día dejaba atrás el pasado y buscaría otras razones para vivir. Había mucha gente
que la necesitaba.
Aquel día era un comienzo. Podía sentirlo en la médula de los huesos. No era
una casualidad que tomara el solemne compromiso de vivir en el mismo lugar donde
todo había empezado…
Devon dejó el coche en la cuneta y cruzó a pie las dunas camino de la cabaña. Se
detuvo cuando la tuvo a la vista. Era la primera vez que la veía en quince años. No
había tenido valor para ir antes temiendo que las viejas heridas volvieran a abrirse.
Ya no importaba. Como su sed de venganza, la cabaña ya no tenía ningún poder
sobre él.
Brooke estaba sentada al borde del embarcadero con las piernas colgando.
Tiraba piedras al agua opaca. Devon se sintió inundado de paz al verla. ¿Cuántas
veces habían estado en aquel mismo lugar tirando piedras? ¿Cuántos sueños?
¿Cuántos besos? ¿Cuántas promesas de futuro?
—Este sito ya no parece el mismo, ¿no te parece?
Brooke se sobresaltó al oír su voz.
—¡Devon! ¿Cuándo has vuelto?
Brooke se levantó y echó a andar hacia él con el corazón en un puño.
—Esta mañana. Ya no está tan ruinosa. ¿Te acuerdas de las grietas del techo?
—Devon. No quiero hablar de la cabaña.
—¿No?
—No.
Devon la contempló un momento.
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—Estás horrible.
—Muchas gracias.
—De nada. Chuck me ha dicho que no comes. Pensé que estaba exagerando.
—¿Cuándo le has visto?
—Hace un rato.
—¿Para qué?
—¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco en este pueblo? Hoy había que hacer
efectivo el dinero por los avales de Maiden Point. ¿Tú también lo has olvidado?
—No. Pero desapareciste.
Devon la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí.
—¿Me has echado de menos?
—¡Sí! ¡Te he echado de menos, idiota! —exclamó ella—. ¿Dónde te has metido?
—En California. Tenía que solucionar unos asuntos.
—¿No hay teléfonos en California?
—No supe si podía conseguirlo hasta ayer a última hora. No habría tenido
sentido hacer promesas que no podía cumplir.
—¿Qué promesas?
—Cubrir los avales y préstamos del proyecto. A cabo de dejar a Chuck en su
despacho. Babeaba contemplando el cheque que le he dejado.
Brooke le rodeó el cuello con los brazos.
—¡Lo has hecho! Le dije a todo el mundo que cumplirías con nosotros.
De repente, se quedó callada y le echó una mirada suspicaz.
—¿De dónde has sacado el dinero?
—No lo he robado, si es lo que piensas. Es mío. Todo lo que tenía y algo más.
Estoy en la ruina, pequeña.
La sonrisa de Brooke tenía algo de beatífico.
—No creo que sea muy correcto alegrarse de eso.
—Soy feliz. Feliz hasta el delirio. Nunca he sido más feliz —dijo poniéndose de
puntillas y rozándole la boca con los labios.
Devon la besó con fuerza. No había soñado con otra cosa en toda su vida. Ella
se amoldaba perfectamente a su cuerpo, dándole la bienvenida, despertando el deseo
de poseerla allí mismo.
—Vamos a casa —dijo ella viendo su urgencia.
—Demasiado tarde, nena.
La cogió de la mano y la arrastró a la cabina restaurada.
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—¿Lo hago yo o te encargas tú?
—¿De qué? —preguntó ella.
—De forzar la cerradura.
—¡No podemos! Alguien la ha arreglado.
—A mí me parece que esta vacía.
—Son veraneantes.
—Pichones ¿eh? No cuentan —dijo él aplicándose a la cerradura.
—Devon, soy la alcaldesa. No puedo ir por ahí forzando cerraduras.
—¿Ganas mucho con ese trabajo?
—Pues no. Pero, ¿eso qué tiene que ver?
—Porque imagino que vas a tener que mantenerme hasta que Lenape Bay
despegue.
—¡Qué!
La cerradura se abrió. Devon se incorporó con una sonrisa triunfante en los
labios.
—¡Vaya! Tengo que reconocer que soy muy bueno haciendo esto. Si la
urbanización falla, siempre puedo hacerme profesional.
—¿Ladrón?
—Mujer de poca fe. Me refería a cerrajero. Pasa.
—Eres un lunático.
—No. Sólo soy libre —dio él cerrando la puerta a sus espaldas—. Ya no tengo
nada que perder. Sólo a ti.
—Imposible. Yo te amo.
Devon la empujó al centro de la habitación, al punto exacto donde habían hecho
el amor por vez primera. Sólo quedaba un demonio que exorcizar.
—Aquí es.
—¿Estas seguro? —preguntó ella con sorna—. A mí me parece que era un poco
más a la izquierda.
—No. Me acuerdo de todo perfectamente. Era aquí.
Se inclinó para besarla pero ella le puso la mano en el pecho.
—¿De verdad? No quisiera fallar por un solo centímetro.
—Cierra el pico. Brooke.
La besó y, esa vez, ella respondió con toda su alma. Se tumbaron en el suelo
conforme se desnudaban.
—¡Eres tan hermosa! ¿Qué quieres que hagamos?
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—De todo. Todo lo que te apetezca. Ámame, Devon.
—¡Cómo te quiero! —exclamó él besándole los párpados.
Brooke entreabrió los labios y él no tardó en aceptar su invitación. Las lenguas
iniciaron su batalla dulce y húmeda. Devon ardía de deseo y necesidad sabiendo que
no habría otra ocasión como aquella.
Aquella vez era libre.
Aquella vez tenía un futuro.
Le besó los pezones, humedeciéndolos, pellizcándolos hasta que despertaron.
Brooke tenía las manos en sus cabellos, controlando el movimiento de su cabeza.
Devon siguió bajando, besando su vientre hasta alcanzar el nido de rizos castaños
que era el centro de su placer.
Se colocó entre sus piernas y la abrió con los pulgares, a penas rozándola con la
punta de la lengua. Brooke gimió y arqueó el cuerpo al sentirlo, pero él no abandonó.
La besó, saboreó su esencia femenina, levantándole las nalgas con ambas manos
mientras la devoraba.
Brooke se opuso al asalto de su boca. Quería que se detuviera… No, quería que
no se detuviera nunca, la explosión fue repentina, más intensa que nada de lo que
hubiera sentido antes. Gritó su nombre una y otra vez mientras que los espasmos la
arrastraban al éxtasis.
Devon se sentía como un animal salvaje. Su olor, su sabor, su cuerpo ondulante
le excitaban hasta el dolor. Antes de que Brooke hubiera cesado de sacudirse, se puso
encima de ella. Entró en sus humedades tórridas a tiempo de absorber los últimos
temblores de su orgasmo. La sensación era tan exquisita, tan puramente hermosa,
que tuvo que detenerse un momento para paladearla.
—Te quiero —susurró.
Brooke abrió los ojos y le rodeó con sus piernas, afianzándole en su interior, con
la intención firme de no dejarle salir nunca.
—Demuéstramelo.
Devon se lo demostró. Cada movimiento de su cuerpo, cada vaivén que los
unía y luego casi los separaba para volver a unirlos más plenamente. Todo estaba
impregnado de una vida de amor. El mismo amor con el que habían soñado durante
años sin llegar a alcanzarlo. Un amor hermoso, agudo, que ahora duraría para
siempre.
Brooke le arañó la espalda y sonrió satisfecha al comprobar los resultados.
Devon estaba perdido en una nube de pasión tan espesa e intensa que no sabía
dónde se encontraba. Se sentía latir dentro de ella, cada vez más duro, más hinchado,
hasta que creyó que ya no era posible estarlo más. Intentó prolongarlo, pero era una
batalla perdida de antemano. Con un gemido que surgió del fondo de su alma, se
abandonó al profundo placer de compartir su cuerpo y su corazón con Brooke.
Se miraron a los ojos comunicándose con los colores de su iris. Brooke le
acarició los cabellos y Devon le pasó los dedos por los labios.
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—Dime que vas a casarte conmigo —dijo él.
—Me casaré contigo.
—¿Cuántos niños vamos a tener?
—¿Tú cuántos quieres?
—Dos, mejor tres. No sé. Quizá cuatro.
—Ya tengo treinta y tres años. Será mejor que nos demos prisa. Casi no puedo
esperar —dijo ella.
—Yo tampoco.
A Brooke se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No, por favor —dijo él secándoselas con sus besos.
—Hemos perdido demasiado tiempo.
—No, hemos aprendido, madurado. Lo he estado pensando mucho, Brooke.
Nunca hubiera funcionado bien. Tú no habrías acabado de estudiar y yo me hubiera
convertido en el inútil que tu padre decía que era. Quizá habríamos acabado
odiándonos. No ha sido tiempo perdido. Estamos juntos y somos lo bastante
mayores como para apreciar lo que tenemos.
—¿Dónde aprendiste a ser tan listo? —preguntó ella sonriendo.
—Lo aprendí de ti. Quizá acabe pegándoseme.
Ella le dio un puñetazo cariñoso y Devon le respondió con un beso.
—Antes hay una cosa que debemos poner en claro.
—¿Qué es?
—¿A que no adivinas quién estaba en mi ventana aquel día?
—Lotty.
—¿Cómo lo sabías?
—No hace falta ser un genio para imaginar que si no eras tú tenía que ser ella.
Chuck y Lotty estaban en su apogeo. Lo sabía todo el mundo.
—¿Chuck y Lotty? ¡Dios! ¿Dónde tenía yo la cabeza? Siempre tan señora,
siempre tan buenecita. Nunca hubiera imaginado que…
—¿Sabes una cosa? Para ser alcaldesa eres una ingenua. Quizá acabe
metiéndome en política. Al fin y al cabo, necesito un empleo.
Brooke le mordió el nombro.
—Ya puedes olvidarlo. Tienes un cargo oficial que desempeñar, el de demonio
del pueblo.
—¿Demonio? ¿Después de todo lo que he hecho? Más bien creo que soy un
ángel disfrazado de diablo —dijo empezando a moverse dentro de ella—. ¿Tú qué
crees?
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Brooke se acopló a su ritmo sin esfuerzo.
—¡Hum! Quizá, y sólo quizá, seas una mezcla de los dos.
Fin
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