LA CIUDAD MEDIEVAL

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LA CIUDAD MEDIEVAL
EXPANSIÃ N AGRARIA Y APARICIÃ N DE LAS CIUDADES.
La expansión territorial, las innovaciones en la agricultura y el desarrollo de las ciudades y el comercio,
trajeron consigo una rápida transformación económica de la Europa medieval. Los cambios de
disponibilidad y consumo de bienes materiales y de distribución demográfica alteraron radicalmente las
relaciones sociales y la organización polÃ−tica en Europa. Estos cambios dieron origen a clases nuevas y
más independientes que competÃ−an entre sÃ− y se equilibraban de forma que ninguno de los grupos
llegase a ostentar el poder absoluto.
La migración y la expansión de las fronteras ampliaron los lÃ−mites de los paÃ−ses europeos en el
Mediterráneo, en Europa oriental y en la penÃ−nsula Ibérica.
La tala de bosques para pastos y las nuevas técnicas agrÃ−colas se tradujeron en una mayor producción de
alimentos, un aumento de la población y mayor libertad económica. Los útiles agrÃ−colas, como el arado
pesado, unidos a los nuevos métodos de aprovechamiento de la fuerza animal, como el arreo de collar para
los caballos, permitieron a los agricultores cultivar con menor esfuerzo la tierra fértil y densa de la Europa
septentrional. La utilización del arado normando, más pesado que el viejo arado romano, permitÃ−a hacer
los surcos más profundos y airear mejor la tierra, con lo que aumentaba su fertilidad.
El sistema de rotación triple sustituyó a la alternancia de la cosecha doble, permitiendo a los agricultores
cultivar simultáneamente dos terceras partes, en lugar de la mitad de sus tierras, y dejando un tercio en
barbecho para regenerar los nutrientes.
En el siglo XII los dispositivos generadores de fuerza como el molino de viento y la noria de agua para moler
el grano contribuyeron también a aumentar la producción. El molino era
una máquina que transformaba el viento en energÃ−a aprovechable. Esta energÃ−a provenÃ−a de la
acción de la fuerza del viento sobre unas aspas oblicuas unidas a un eje común. El eje giratorio se puede
conectar a varios tipos de maquinaria para moler grano o bombear agua. Los molinos movidos por el
viento tienen un origen remoto. En el siglo VII d.C. ya se utilizaban molinos elementales en Persia (hoy,
Irán) para el riego y para moler el grano. En estos primeros molinos, la rueda que sujetaba las aspas era
horizontal y estaba soportada sobre un eje vertical. Estas máquinas no resultaban demasiado eficaces, pero
aún asÃ− se extendieron por China y el Oriente Próximo.
En Europa los primeros molinos aparecieron en el siglo XII en Francia e Inglaterra y se distribuyeron
por el continente. Eran unas estructuras de madera, conocidas como torres de molino, que se hacÃ−an girar a
mano alrededor de un poste central para levantar sus aspas al viento. El molino de torre se desarrolló
en Francia a lo largo del siglo XIV. ConsistÃ−a en una torre de piedra coronada por una estructura rotativa de
madera que soportaba el eje del molino y la maquinaria superior del mismo. Estos primeros ejemplares
tenÃ−an una serie de caracterÃ−sticas comunes. De la parte superior del molino sobresalÃ−a un eje
horizontal. De este eje partÃ−an de cuatro a ocho aspas, con una longitud entre 3 y 9 metros. Las vigas de
madera se cubrÃ−an con telas o planchas de madera. La energÃ−a generada por el giro del eje se
transmitÃ−a, a través de un sistema de engranajes, a la maquinaria del molino emplazada en la base de la
estructura.
Como consecuencia, los europeos comenzaron a alimentarse mejor, vivÃ−an más tiempo y aumentaron en
número. Una mejor dieta con legumbres ricas en hierro prolongó la vida media de las mujeres y aumentó
su supervivencia tras los alumbramientos. La población de Europa prácticamente se duplicó entre los
siglos XI y XIV, llegando en algunas regiones a triplicarse. El excedente de alimentos y de población se
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tradujo en que un mayor número de individuos podÃ−a dedicar sus esfuerzos a nuevos oficios y al comercio,
en vez de a la agricultura de subsistencia.
LAS CIUDADES Y LA BURGUESÃ A.
El aumento de productividad entre los siglos XI y XIV dio lugar a la urbanización o crecimiento de los
pueblos y ciudades de mercado donde los ciudadanos compraban alimentos y materias primas procedentes de
zonas rurales y vendÃ−an objetos fabricados por artesanos locales asÃ− como artÃ−culos importados de otras
regiones.
Las ciudades y los ciudadanos se independizaron de la aristocracia terrateniente y pudieron regir sus propios
negocios mediante cédulas concedidas por los monarcas. La moneda se convirtió en un medio habitual de
transacción y nació la economÃ−a basada en el dinero, con sus correspondientes actividades de banca,
inversión y préstamo.
Los comerciantes y los inversores europeos crearon redes comerciales competidoras. Los mercaderes de las
antiguas ciudades-estado italianas, como Génova, Venecia y Pisa, importaban artÃ−culos de lujo de
Oriente y de los puertos del norte de à frica a cambio de materias primas europeas. Entre los siglos XII y
XIII, una serie de ciudades del norte de Alemania constituyeron la Liga Hanseática que controlaba las rutas
comerciales que transportaban materias primas como maderas, pieles y metales por el mar Báltico, el mar
del Norte y las grandes vÃ−as fluviales, quedando de esta forma vinculados Alemania, Inglaterra, los
PaÃ−ses Bajos, Escandinavia y los paÃ−ses de la Europa oriental.
Aunque la mayor parte de los europeos continuaban viviendo en zonas rurales, las ciudades cada vez
dominaban más el panorama general.
En la antigüedad, el transporte de mercancÃ−as a larga distancia era caro y arriesgado. Por lo tanto,
el comercio se realizaba, generalmente, en mercados locales, siendo los bienes comercializados,
fundamentalmente, alimentos y vestidos. Casi todo el mundo gastaba la mayor parte de sus recursos en
alimentos, y lo que no producÃ−an ellos mismos lo obtenÃ−an comerciando. Lo mismo ocurrÃ−a con los
vestidos: la ropa se hacÃ−a en casa o se compraba. Además de alimentos, ropa y cobijo, los grupos más
ricos empleaban sus ingresos en atuendos vistosos, joyas y obras de arte, lo que provocó un importante
comercio de bienes de lujo.
Las ferias eran encuentros periódicos o esporádicos entre compradores y vendedores para mostrar las
más diversas mercancÃ−as. Debido a las dificultades para viajar, era imposible que los consumidores
adquirieran los bienes que deseaban y que los productores dieran salida a todos los productos en oferta. Por
ello, se fueron desarrollando poco a poco ferias que se celebraban, en un principio, en festividades religiosas
anuales, lo que permitÃ−a a los productores mostrar sus productos acumulados y facilitaba la asistencia de
muchos compradores potenciales. Se fueron instituyendo como acontecimientos anuales en toda Europa y
Oriente Próximo, donde alcanzaron una trascendencia especial en la ciudad santa de La Meca. Las ferias
eran tan importantes para promocionar la actividad comercial que las autoridades religiosas y seglares
concedieron privilegios especiales para apoyar a los comerciantes: por ejemplo, el poder dirimir las disputas
entre ellos durante su celebración. Durante la edad media, sobre todo en los siglos XIII y XIV, se
celebraron numerosas ferias en Europa. Las más famosas eran las de Champaña-Ardenas. Más tarde, la
feria de Ginebra resultó muy importante. Otras que gozaron de gran prestigio fueron las organizadas en
PavÃ−a y Milán (Italia), Frankfurt del Main y Leipzig (creada el año 1507), en Alemania, y Stourbridge
(1211) y Londres en Inglaterra. En Castilla destacó por su importancia la feria de Medina del Campo
(Valladolid). El primer documento que la menciona data de 1421.
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Aunque se ofertaban todo tipo de productos, fue un destacado centro de contratación lanera y un mercado de
capitales, al aprovechar su situación como centro donde confluÃ−an las rutas procedentes de Burgos,
Portugal y Toledo. En sus cercanÃ−as se desarrollaron otras ferias en Valladolid, Villalón y Medina de
Rioseco. En total, todas ellas duraban unos cien dÃ−as al año, divididos en dos periodos. Algunas se
crearon para la venta de productos concretos (ganado, caballos y tejidos); otras eran muestras en las que se
ofrecÃ−an todo tipo de bienes; en muchas ferias además se contrataban trabajadores. En otras ocasiones,
coincidiendo con una feria comercial se organizaba un mercado del ocio; algunas ferias terminaron por perder
su faceta comercial y se convirtieron en ferias del entretenimiento.
Tras la recesión que siguió a la caÃ−da del Imperio romano, el comercio empezó a crecer
paulatinamente en Europa durante la edad media, especialmente a partir de los siglos XII y XIII. El comercio
a larga distancia fue menos peligroso a medida que los comerciantes creaban asociaciones para protegerse
durante los largos viajes. Las principales rutas comerciales de larga distancia ponÃ−an en contacto el
Báltico y el Mediterráneo oriental con el centro y el norte de Europa. De los bosques del Báltico
provenÃ−an materias primas: madera, alquitrán y pieles. Del este provenÃ−an bienes de lujo: especias,
joyas y productos textiles. A cambio de estos bienes, Europa occidental
exportaba materias primas y bienes manufacturados. Los ingleses vendÃ−an prendas de lana, los holandeses
arenques salados, en España se producÃ−a lana, Francia exportaba sal; el sur de Europa también
destacaba por sus vinos, sus frutas y su aceite. Las ciudades italianas y alemanas que cubrÃ−an estas rutas
promovÃ−an y financiaban el comercio. No obstante, durante la edad media, el comercio entre Europa y Asia
era escaso, porque el transporte terrestre era caro y los bienes de Europa no tenÃ−an valor suficiente para
exportarlos al Este.
En un principio el término burguesÃ−a servÃ−a para designar a los habitantes libres de las ciudades
europeas durante la edad media. Más tarde, el término se convirtió en sinónimo de clase media-alta. En
sentido etimológico proviene del latÃ−n burgus y del alemán brug, designando a aldeas pequeñas que
dependen de otra ciudad. La burguesÃ−a designarÃ−a, pues, a quienes habitaban los burgos.
Este término  se aplicó por primera vez a los habitantes de las ciudades medievales francesas que no
eran siervos ni pertenecÃ−an a la nobleza; se extendió con gran rapidez a otros paÃ−ses. Estas personas eran
por lo general comerciantes y artesanos, y en épocas posteriores banqueros y empresarios. Con el desarrollo
de las ciudades como centros comerciales, la burguesÃ−a empezó a cobrar importancia como clase
socioeconómica. SolÃ−an agruparse en corporaciones y gremios para defender sus intereses mutuos ante los
grandes propietarios y terratenientes.
El final de la edad media estuvo protagonizado por la aparición de Estados nacionales en Europa
occidental, concentrándose el poder en manos de los monarcas. La burguesÃ−a apoyó la monarquÃ−a
como modo de enfrentarse al orden feudal, aumentando su propia influencia en los recién creados Estados.
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ARTESANOS Y GREMIOS
Los cambios económicos provocados por el desarrollo del comercio y la aparición de las ciudades crearon
nuevas tensiones en la sociedad medieval que traspasaron los lÃ−mites de clases, sexos, etnias y religiones.
La interacción entre las clases rurales y las clases urbanas produjo el establecimiento de nuevas
organizaciones polÃ−ticas y leyes diseñadas para equilibrar las exigencias de las clases enfrentadas.
Con la aparición de las ciudades, las nuevas clases sociales, como comerciantes y artesanos, alteraron los
esquemas sociales establecidos por la sociedad medieval. Según el enfoque tradicional, habÃ−a tres
órdenes que actuaban conjuntamente en la comunidad rural: la aristocracia guerrera o las personas que se
dedicaban a luchar, el paisanaje o las personas que se dedicaban a trabajar, y el clero o las personas dedicadas
a la oración. Estas comunidades tradicionales estaban organizadas jerárquicamente y vinculadas entre sÃ−
como una familia, en la que los nobles actuaban como un padre que vela por su familia y los habitantes del
poblado.
Los ciudadanos, que se ganaban la vida como artesanos o comerciantes, rompieron con estas servidumbres
rurales y estos lazos familiares creando nuevas redes sociales a través de los gremios, que
eran asociaciones de personas que pertenecen a un mismo oficio, negocio o profesión, cuyo objetivo
consiste en obtener protección y ayuda mutuas. El término se aplica con carácter especÃ−fico a dos tipos
de asociaciones que se extendieron por toda Europa durante la edad media: los gremios de comerciantes y los
gremios de artesanos.
Los gremios de los comerciantes velaban por los intereses de la ciudad, regulando el comercio con los
extranjeros y procurando ciertos beneficios para sus miembros. Aparecieron en Europa durante el siglo XI
como consecuencia del crecimiento del comercio y de los centros urbanos durante dicha centuria.
Los comerciantes tenÃ−an que viajar por diversos paÃ−ses, de feria en feria, por lo que, para protegerse, los
miembros de un mismo centro urbano se asociaban para crear una caravana. Los miembros de ésta
elegÃ−an un jefe que dictaba normas de obligado cumplimiento. Además de establecer la obligación de
defenderse conjuntamente ante un ataque, las normas obligaban al apoyo mutuo en caso de disputas legales.
Estas caravanas recibÃ−an el nombre de gilda o hansa en los paÃ−ses de habla germana, y se denominaban
caritas o fraternitas en los paÃ−ses latinos. Lo más frecuente era que los miembros de una hansa o
fraternitas mantuvieran el trato cuando regresaban a su ciudad de origen. El gremio empezó a ejercer ciertos
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derechos y poderes sobre el comercio en sus propias ciudades que les eran conferidos por el señor feudal y
más tarde, en las ciudades libres, preservaron y ampliaron su poder.
Con el tiempo, los gremios de comerciantes monopolizaron el comercio de la ciudad y controlaban los
oficios, la venta, la distribución y la producción de todos los bienes de la ciudad. A veces permitÃ−an
comerciar a mercaderes no integrados en el gremio, pero sólo a gran escala, no permitiéndoseles realizar
transacciones concretas, que eran exclusivas de los miembros del gremio. AsÃ−, los comerciantes que no
pertenecÃ−an al gremio tenÃ−an que pagar tasas especiales al señor feudal, a la ciudad, o al propio gremio,
mientras que éste pagaba cada año estas tasas, por lo que estaban exentos de otras cargas municipales. Al
gremio de comerciantes pertenecÃ−an los más ricos y poderosos, que obtuvieron una importante influencia
polÃ−tica, logrando acceder a altos cargos en la administración de la ciudad. A veces, el gremio admitÃ−a a
comerciantes de otras ciudades, incrementaban su poder y su influencia, llegando a monopolizar el comercio
de varios centros urbanos al mismo tiempo.
Algunos calificaron a los comerciantes de mundanos y materialistas al no realizar ninguna labor propia y
beneficiarse del trabajo de terceras personas en su actividad de compra y venta de artÃ−culos. Para
contrarrestar esta opinión, los gremios distribuyeron su riqueza dando limosna a los pobres y construyendo
iglesias para demostrar de forma patente el fervor colectivo de sus miembros.
Los gremios mercantiles fueron perdiendo importancia con el paso del tiempo. Comenzaron a
transformarse a partir del siglo XIV a causa de la aparición de los gremios de artesanos, agrupados por
oficios, que terminaron monopolizando la producción y venta de los productos que fabricaban. A medida que
los artesanos de cada oficio se iban agrupando para defender sus intereses, los comerciantes de la ciudad
perdÃ−an el control de la distribución de ese producto, reduciendo aún más el poder del gremio de
comerciantes, hasta que perdieron por completo el control del comercio. En aquellos casos en los cuales los
comerciantes habÃ−an conseguido hacerse con el poder municipal, su sistema perdió fuerza al aparecer el
Estado moderno, con gobiernos centrales que disputaban el poder de las corporaciones locales. Todo ello
llevó a la desaparición definitiva, a finales de la edad media, de este tipo de asociaciones.
Los gremios de artesanos organizados por curtidores, carniceros y tejedores establecieron un control sobre
salarios y precios y fijaron reglas para realizar el aprendizaje y para el ingreso como miembro.
Conocidos en Francia como corporation de métier, arte en Italia, y Zünft o Innung en Alemania,
surgieron a principios del siglo XII. En general, este tipo de gremios apareció cuando un grupo de artesanos
pertenecientes a un mismo oficio se agrupó para defender sus intereses, imitando el ejemplo de los
comerciantes de la ciudad. En algunos casos la asociación tuvo en su origen una motivación religiosa, como
la creación de cofradÃ−as para venerar a un santo patrón, pero al comprobar que todos sus miembros
tenÃ−an el mismo oficio, empezó a preocuparse más por las necesidades económicas de los miembros
que por sus objetivos religiosos. A mediados del siglo XII existÃ−an gremios de artesanos en toda Europa
occidental. En algunas ciudades la pertenencia al gremio era voluntaria, pero en otras el gremio ejercÃ−a un
poder absoluto, y quien quisiera ejercer ese oficio tenÃ−a que integrarse en la asociación.
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Los miembros se dividÃ−an en tres clases: maestros, oficiales y aprendices. El maestro era un pequeño
propietario: poseÃ−a las materias primas y las herramientas necesarias, y vendÃ−a los productos en su tienda
para su propio beneficio. Los oficiales y aprendices vivÃ−an en la casa del maestro. Los aprendices, que
estaban iniciándose en la profesión, aprendÃ−an con el maestro y recibÃ−an por su trabajo tan sólo
comida y alojamiento. Cuando un aprendiz habÃ−a concluido su aprendizaje se convertÃ−a en oficial y
pasaba a recibir un salario. Con el tiempo, el oficial podÃ−a convertirse, a su vez, en maestro tras realizar un
trabajo concreto que le servÃ−a para superar el examen que los maestros le proponÃ−an y demostrar su
capacidad. Este trabajo se denominaba obra maestra. Pero los maestros preferÃ−an no aumentar la
competencia, por lo que las condiciones para convertirse en maestro eran cada vez más difÃ−ciles de
conseguir, reduciéndose el ingreso a miembros de determinadas familias. A partir del siglo XIV las
condiciones se hicieron tan estrictas que era casi imposible acceder al rango de maestro. Entre los siglos XIV
y XVI los oficiales se fueron asociando para exigir mayores sueldos y mejores condiciones laborales.
Lograron obtener ciertas mejoras, a veces declarándose en huelga. Las asociaciones de oficiales se
consideran precursoras de los actuales sindicatos, debido a su defensa de los derechos de los trabajadores.
Los gremios de artesanos desempeñaron un importante papel en la vida económica de las ciudades
medievales, influyendo en el bienestar económico de menestrales y consumidores. Ayudaron a mejorar las
condiciones de los artesanos de dos formas: protegiéndolos de la rivalidad de otras ciudades y de la
competencia de sus conciudadanos, que comerciaban con los bienes que ellos producÃ−an. Su primer
objetivo lo lograron monopolizando las actividades comerciales de su ciudad, por lo que los bienes producidos
en otras ciudades no podÃ−an acceder a su mercado. El segundo objetivo lo alcanzaron imponiendo horarios
comerciales y salarios iguales para todos los artesanos de un mismo oficio. Para evitar que un maestro pudiese
beneficiarse, el gremio establecÃ−a el número de personas que podÃ−an trabajar al mando de un mismo
maestro, la cantidad de herramientas que se podÃ−an utilizar, el número de horas por jornada laboral, la
cantidad de productos a elaborar y el precio de los bienes finales.
El gremio controlaba de forma férrea el cumplimiento de sus normas. Ningún maestro podÃ−a anunciar
sus productos. Se prohibÃ−a la utilización de cualquier mejora técnica del proceso de producción que
pudiese beneficiar a un maestro al permitirle producir más bienes con menores costes. El objetivo principal
consistÃ−a en igualar las condiciones laborales de los miembros de los gremios, cualquiera que fuese la clase
a la que pertenecieran. Los consumidores se vieron beneficiados por una parte, porque la existencia de los
gremios garantizaba una alta calidad de los productos; pero por otra parte se vieron perjudicados, al no poder
beneficiarse de mejoras técnicas que hubieran reducido los precios, ni de la competencia entre artesanos.
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Estos gremios representaron una importante fuerza económica en la Europa de los siglos XII a XV. En
Francia y en los PaÃ−ses Bajos, durante los siglos XII y XIII amenazaron con conquistar el poder municipal.
Para debilitarlos, algunos municipios suprimieron sus privilegios, e incluso les prohibieron ejercer el control
de su industria. Sin embargo, en el siglo XIV los artesanos empezaron a competir con los comerciantes para
lograr el poder polÃ−tico. En algunas ciudades lo consiguieron. Por ejemplo, en la ciudad de Lieja, el consejo
municipal estaba formado en 1384, por representantes de los 32 gremios artesanales de la ciudad.
LA CIUDAD MEDIEVAL
La ciudad medieval se encontraba rodeada de murallas. Dentro de este recinto amurallado estaban las
viviendas con sus huertos y edificios como: la iglesia, el ayuntamiento, la universidad, el hospital, el palacio
que algunas veces el mismo monarca se hacÃ−a construir porque preferÃ−a vivir en la misma ciudad, la
catedral y las calles de los artesanos alrededor del mercado.
Las calles eran estrechas y a menudo sucias, con los animales andando por ellas. La higiene escaseaba, por
eso las enfermedades se propagaban con mucha facilidad y con consecuencias nefastas para la población,
como ocurrió con la peste negra en el S. XIV.
Dentro de la burguesÃ−a que vivÃ−a en las ciudades habÃ−a dos tipos: la alta burguesÃ−a formada por
comerciantes y banqueros y la baja burguesÃ−a formada por artesanos y comerciantes.
Otros habitantes de estas ciudades eran los oficiales y los aprendices de los gremios, los criados y los
judÃ−os. Estos últimos vivÃ−an en barrios separados que se cerraban por las noches.
Al principio en las ciudades se formaron comunas o asambleas de todos los vecinos, para una mejor
organización, dirigidos por un alcalde, a la que el señor feudal o soberano otorgaba una carta de privilegios
concediéndoles ciertos derechos de autogobierno y la posibilidad de crear un municipio. Las comunas
medievales existieron en Francia, Inglaterra e Italia, y en paÃ−ses en los que florecÃ−a el feudalismo.
El ayuntamiento era el edificio donde se reunÃ−a el alcalde con los regidores y donde se guardaban los
documentos importantes de la ciudad. Más tarde este poder de gobierno pasó a manos de las familias ricas,
que formaron el patriciado urbano.
EL AFIANZAMIENTO DEL PODER REAL.
En medio del crecimiento económico y la agitación social, la alta edad media presenció la estabilización
de las fronteras polÃ−ticas de Europa y la expansión de los gobiernos centralizados por todo el continente.
Basados en la fortaleza económica de las ciudades y el comercio, los diferentes gobernantes europeos
crearon burocracias competentes para regentar sus dominios, como resulta evidente de la creciente
utilización de documentos legales escritos. El poder de estos nuevos dirigentes estaba limitado, sin embargo,
por la presión ejercida por los grupos sociales y las organizaciones polÃ−ticas rivales, tales como la
aristocracia, la ciudadanÃ−a y la Iglesia.
Desde el siglo XI hasta el XIII las comunidades en expansión en Europa desarrollaron una identidad
polÃ−tica estable, generalmente bajo un gobernante central. El control regio se extendió en Inglaterra con
los Angevinos (Plantagenet), en Francia con los Capetos y en Alemania bajo el Sacro Imperio Romano
Germánico. Entre tanto fueron surgiendo reinos cristianos recién unificados en la penÃ−nsula Ibérica,
como los reinos de Castilla y León (que formaron la denominada Corona de Castilla) y Portugal; en
Escandinavia, como los de Dinamarca, Noruega y Suecia; y en Europa oriental, como el reino de HungrÃ−a
ocupado por los magiares, la dinastÃ−a Piast en Polonia y la Rusia de KÃ−ev. Los pueblos eslavos de Europa
oriental recibÃ−an influencias tanto de Europa occidental como del Imperio bizantino y asÃ−, por ejemplo, la
población eslava de Rusia se convirtió al cristianismo bizantino u ortodoxo oriental bajo la dinastÃ−a de
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KÃ−ev fundada por los escandinavos en el siglo X, constituyendo una sólida cultura cristiana eslava que
sobrevivió incluso a la conquista mongol del siglo XIII.
Los gobernantes medievales carecÃ−an de poder absoluto; su fuerza radicaba más bien en el establecimiento
de relaciones estratégicas con la aristocracia, las ciudades y la Iglesia. Incluso al tiempo que los reyes iban
centralizando su poder, las nuevas asambleas representativas en el Parlamento de Inglaterra y los Estados
Generales de Francia durante la edad media fueron sentando las bases de un gobierno de consenso popular.
Por ejemplo, Enrique I de Inglaterra, que reinó de 1100 a 1135, creó un eficaz sistema de control del
gobierno mediante el Exchequer (administración de Finanzas), el órgano encargado de recaudar e invertir el
erario público. Su nieto, Enrique II, que reinó de 1154 a 1189, contribuyó al desarrollo del derecho
común que unificó el reino. Pero el rey Juan Sin Tierra, que ocupó el trono entre 1199 y 1216, se vio
obligado por los barones a firmar la Carta Magna en 1215, un antecedente de la monarquÃ−a constitucional
en Inglaterra.
A menudo, los conflictos entre estos centros rivales de poder dieron lugar a nuevas teorÃ−as polÃ−ticas y
leyes. Por ejemplo, durante la el siglo XI, cuando comenzó la llamada Querella de las Investiduras, los papas
y los gobernantes laicos debatieron el derecho a la investidura o nombramiento de los obispos. Al tiempo que
los dirigentes religiosos europeos iban adquiriendo una autoridad más sistemática sobre sus iglesias, los
reformadores procuraban liberar las iglesias locales del control de los aristócratas y monarcas laicos. Sin
embargo, los reyes europeos estaban acostumbrados a nombrar sus propios arzobispos y obispos, ya que estas
personas, por lo general pertenecientes a familias aristocráticas, actuaban como administradores reales.
Cuando Gregorio VII, papa entre 1073 y 1085, rechazó el nombramiento de un obispo realizado por el
emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique IV, se desencadenó un dilatado conflicto que
enturbió las relaciones entre Iglesia y Estado. Los siguientes papas, tales como el dinámico Inocencio III,
cuyo pontificado duró de 1198 a 1216, utilizaron el mismo mecanismo burocrático que solÃ−an usar los
gobernantes seglares para desarrollar teorÃ−as legales que liberasen a la Iglesia de la influencia laica. Aunque
finalmente infructuosos, los argumentos aducidos por ambas partes del conflicto contribuyeron a definir los
lÃ−mites de la autoridad polÃ−tica tanto para la autonomÃ−a eclesiástica como para el gobierno seglar.
El feudalismo se caracterizó por la concesión de feudos (casi siempre en forma de tierras y trabajo) a
cambio de una prestación polÃ−tica y militar, contrato sellado por un juramento de homenaje y fidelidad.
Pero tanto el señor como el vasallo eran hombres libres. Los reyes dieron apoyo a los burgueses y les
concedieron cartas de privilegios con lo cual ya no estaban sometidos a ningún señor feudal a cambio de
estos privilegios las ciudades facilitaron a los reyes el dinero necesario para sus luchas continuas contra los
nobles.
La burguesÃ−a exigió a los prÃ−ncipes que mantuvieran la libertad y el orden necesarios para el desarrollo
de la actividad comercial. Esa población urbana también demandó un papel en el gobierno de las
ciudades para mantener su riqueza. En Italia se organizaron comunidades que arrebataron el control del paÃ−s
a la nobleza feudal que incluso fue forzada a residir en algunas de las urbes. Las ciudades situadas al norte de
los Alpes enviaron representantes a los consejos reales y desarrollaron instituciones parlamentarias para
conseguir voz en las cuestiones de gobierno, al igual que la nobleza feudal. Con los impuestos que obtuvieron
de las ciudades, los prÃ−ncipes pudieron contratar sirvientes civiles y soldados profesionales. De este modo
pudieron imponer su voluntad sobre el feudo y hacerse más independientes del servicio de sus vasallos.
A partir del S.XII los monarcas convocan las Cortes o Parlamentos que son asambleas polÃ−ticas en las que
participaban los diferentes estamentos (grupos sociales diferenciados por su respectiva función social) de los
distintos territorios y cuya existencia tuvo lugar hasta los últimos años del siglo XVIII. Su origen se
encuentra en la Curia Regia, organismo de tipo consultivo integrado por los grandes magnates, altos
dignatarios eclesiásticos y oficiales de la casa del rey. La transformación en Cortes se produjo en el
momento en que a las reuniones extraordinarias de la Curia Regia se sumaron los representantes de las villas y
ciudades.
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La presencia del estado (estamento) ciudadano en la Curia pone de relieve la pujanza social y económica de
las ciudades, lo que motivó su incorporación a los órganos de gobierno del reino. Las causas concretas que
influyeron en el paso de la Curia plena a las Cortes estuvieron relacionadas con las necesidades financieras de
los reyes y con el interés de la burguesÃ−a en llegar a un acuerdo con los monarcas para regular las
acuñaciones monetarias. De hecho, el principal cometido de las Cortes, además de la presentación de
agravios y peticiones al rey, era el otorgamiento de servicios y tributos extraordinarios, por lo que se puede
decir que su función más destacada fue la relacionada con la Hacienda.
La convocatoria y la presidencia de Cortes fue siempre una prerrogativa de los reyes. A las reuniones
acudÃ−an los tres estamentos de la sociedad, aunque en el reino de Aragón el brazo nobiliario se dividÃ−a
en dos, el de los ricos hombres por un lado y el de los caballeros por otro. El rey era el que abrÃ−a las Cortes
en una sesión inaugural, en la que dirigÃ−a a los asistentes un discurso llamado `proposición' o
`razonamiento', con los asuntos que debÃ−an ser estudiados. A continuación, los estamentos se reunÃ−an a
deliberar por separado.
Aunque se ha hablado del carácter democrático de las Cortes, se trataba básicamente de una
representación estamental. Los nobles y eclesiásticos habÃ−an acudido siempre a la Curia en virtud de su
deber de consejo; la gran novedad fue la asistencia de los representantes de las villas y ciudades, llamados
procuradores, los cuales, generalmente, pertenecÃ−an a la aristocracia urbana.
La representación se correspondÃ−a, por tanto, con los grupos privilegiados de la sociedad. Teóricamente,
toda la población estaba representada en las Cortes; en la práctica, el campesinado y las capas populares
urbanas quedaban al margen.
El empeño de algunos monarcas por reforzar su poder dio lugar a numerosos enfrentamientos entre distintas
monarquÃ−as europeas. El conflicto más grave fue la llamada Guerra de los Cien Años ,
 nombre por el que es conocido el conjunto de conflictos bélicos que, interrumpido por treguas y
tratados de paz, dio comienzo en 1337 y finalizó en 1453, y en el cual se enfrentaron las dos grandes
potencias europeas de la época: Inglaterra y Francia.
El pretexto inmediato para la ruptura de hostilidades fue la pretensión del rey inglés Eduardo III de
ocupar el trono francés. Dicho monarca, perteneciente a la dinastÃ−a Plantagenet, alegó ser el heredero
legal al trono de Francia, dado que su madre, Isabel de Francia, era hermana del último soberano francés
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de la dinastÃ−a de los Capetos, Carlos IV, que habÃ−a muerto en 1328 sin dejar un descendiente varón. La
respuesta francesa mantuvo que la corona no podÃ−a heredarse por lÃ−nea femenina, por lo que el trono fue
ocupado por Felipe VI, primo del rey fallecido y primer monarca de la dinastÃ−a Valois.
En realidad, el motivo de la disputa residÃ−a en el hecho de que los reyes de Inglaterra, desde Guillermo
I el Conquistador (1066-1087), controlaban grandes zonas de Francia en calidad de feudos, lo que suponÃ−a
una amenaza a la monarquÃ−a francesa. A lo largo de los siglos XII y XIII, los soberanos franceses
intentaron, con creciente éxito, restablecer su autoridad sobre esos territorios. Eduardo III temió que la
monarquÃ−a francesa, que ejercÃ−a gran autoridad sobre los señores feudales de Francia, le privara del
ducado de Guyena (Aquitania), territorio que los reyes ingleses mantenÃ−an en calidad de feudo desde
mediados del siglo XII.
Aunque se habÃ−an producido crisis previas, en general se considera la fecha del 24 de mayo de 1337
como la del inicio de la guerra de los Cien Años: ese dÃ−a Felipe VI arrebató Guyena a los ingleses. La
animosidad de Eduardo III hacia el monarca francés se intensificó cuando Francia ayudó ese mismo
año a Escocia en las guerras que la monarquÃ−a inglesa habÃ−a iniciado contra los reyes escoceses para
ocupar el trono de ese paÃ−s. La rivalidad entre Inglaterra y Francia por dominar el comercio con Flandes es
considerada asimismo una causa determinante del origen del conflicto.
En 1338, Eduardo III se proclamó rey de Francia e invadió desde el norte el paÃ−s. Ninguno de los
dos bandos obtuvo una victoria decisiva en tierra, si bien la flota inglesa derrotó en 1340 a la francesa frente
a la ciudad de Sluis (en la actual provincia de Zelanda, en los PaÃ−ses Bajos), tras lo cual Inglaterra controló
durante años el canal de la Mancha. Los dos reinos firmaron una tregua en 1343, pero Eduardo III invadió
de nuevo Francia tres años después. El 26 de agosto de 1346 condujo a su ejército a una gran victoria
sobre los franceses en la batalla de Crécy, y en 1347 conquistó la ciudad de Calais después de un duro
asedio. Una serie de treguas fueron acordadas desde entonces, mas en 1355, Eduardo el PrÃ−ncipe Negro,
hijo del rey Eduardo III, tomó Burdeos. Los ingleses, usando como base esa ciudad, realizaron incursiones
sobre gran parte del sur de Francia, arrasando ese territorio. En septiembre de 1356 el ejército inglés al
mando del PrÃ−ncipe Negro obtuvo una nueva gran victoria en Poitiers (centro oeste de Francia). En esa
batalla fue capturado el rey francés Juan II, sucesor de Felipe VI desde 1350.
La Paz de Brétigny puso en 1360 fin a esa fase del primer periodo de la guerra. Los términos del
tratado fueron, en general, favorables a Inglaterra, que se quedó en posesión de amplias zonas del territorio
francés. En 1369, el monarca francés Carlos V, que habÃ−a ejercido la regencia durante la cautividad de
su padre, Juan II, y sucedido a éste cinco años antes, reinició la guerra. Una fuerza naval de la Corona
de Castilla, aliada ésta con Francia, destruyó en 1372 una flota inglesa en el golfo de Vizcaya. Las tropas
francesas, que, bajo las órdenes del condestable Bertrand du Guesclin, evitaron enfrentarse a campo abierto
con los ingleses, se dedicaron a hostigarles y a cortar sus suministros.
Inglaterra pasó a combatir bajo una serie de circunstancias adversas: perdió a su mejor jefe militar al
morir el PrÃ−ncipe Negro en 1376; además, en 1377 falleció a su vez Eduardo III y fue sucedido por su
nieto, Ricardo II, que tan sólo contaba con diez años de edad. El poderÃ−o bélico de Inglaterra quedó
tan debilitado por la falta de un fuerte liderazgo que la táctica de guerrillas empleada por Du Guesclin
devolvió a Francia gran parte del territorio entregado a Inglaterra por la Paz de Brétigny. Los
enfrentamientos de este primer periodo acabaron en 1386, pero no se firmó una tregua hasta diez años
más tarde.
Esta nueva tregua debÃ−a durar 30 años, pero en 1414, el rey inglés Enrique V, segundo monarca
de la Casa de Lancaster, aprovechándose de la virulencia de la guerra civil que sufrÃ−a Francia en ese
momento, reiteró la pretensión de la monarquÃ−a inglesa al trono francés. El soberano inglés
inauguró una nueva etapa en la guerra al invadir el territorio francés en 1415. Francia, debilitada por el
conflicto entre los duques de Borgoña y de Orleans, que se disputaban el control de la regencia que
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gobernaba el paÃ−s en nombre del enfermo rey Carlos VI, fue derrotada en Harfleur (cerca de la actual
ciudad portuaria de El Havre) y el 25 de octubre de ese año en la decisiva batalla de Agincourt. Enrique V,
aliado con los duques de Borgoña, conquistó todo el territorio francés al norte del rÃ−o Loira, incluida
la ciudad de ParÃ−s.
El 20 de mayo de 1420 se firmó el Tratado de Troyes, por medio del cual el rey francés Carlos
VI se vio obligado a casar a su hija, Catalina de Valois, con Enrique V, de forma que el monarca inglés
pasaba a ser su heredero además de regente de Francia. Asimismo, el soberano francés hubo de declarar
ilegÃ−timo a su hijo Carlos, el hasta entonces delfÃ−n (futuro Carlos VII), y a repudiarle como heredero.
à ste rehusó someterse al acuerdo y continuó la guerra contra Inglaterra, cuyo ejército arrojó a sus
tropas más allá del Loira e invadió el sur de Francia.
En 1422 murieron el rey inglés Enrique V y el monarca francés Carlos VI. Tras el fallecimiento
de este último, su hijo fue proclamado rey de Francia con el nombre de Carlos VII, pero los ingleses
reclamaron el trono francés para Enrique VI, el sucesor de Enrique V, que entonces ni siquiera contaba con
un año de edad, por lo que su tÃ−o, Juan de Lancaster, duque de Bedford, actuaba como su regente en suelo
francés. Carlos VII fue reconocido como rey de Francia en los territorios al sur del Loira mientras que
Enrique VI controlaba el área situada al norte de este rÃ−o.
Durante la invasión de la mitad meridional de Francia, que dio comienzo en 1428, el ejército
inglés puso sitio a la ciudad de Orleans, última plaza fuerte que poseÃ−an los franceses. El punto de
inflexión de toda la guerra de los Cien Años se produjo en 1429, cuando las tropas francesas, al mando de
Juana de Arco, levantaron el asedio de Orleans, derrotaron a los ingleses en la batalla de Patay y les
expulsaron hacia el norte. En julio de ese año, Carlos VII fue coronado rey de Francia en la catedral de
Reims. à ste reforzó su posición en el trono francés al firmar en 1435 el Tratado de Arras, que no era
sino una paz acordada por separado con el duque de Borgoña, Felipe III, aliado de Inglaterra hasta entonces.
Al año siguiente, Carlos VII conquistó ParÃ−s a los ingleses.
Desde 1436 hasta 1449 no hubo acción militar alguna. En ese último año, los franceses atacaron a
los ingleses en NormandÃ−a y en Guyena y recuperaron el primer territorio en 1450 y el segundo al año
siguiente. Aunque nunca se firmó un tratado que pusiera fin de forma oficial a la guerra, la contienda cesó
por fin en 1453, cuando Inglaterra sólo poseÃ−a Calais y algunas pequeñas zonas adyacentes, territorios
que conservarÃ−a hasta que en 1558 la reina MarÃ−a I Tudor se vio obligada a combatir junto a su esposo, el
rey español Felipe II, contra el monarca francés Enrique II. La victoria francesa permitió a éste
recuperar la última posesión inglesa en Francia. La guerra de los Cien Años supuso miles de
pérdidas humanas en ambos bandos además de una enorme devastación de los territorios y propiedades
en Francia. Tuvo importantes consecuencias polÃ−ticas y sociales para este paÃ−s: ayudó a establecer la
idea de pertenencia a una nación, acabó con todas las pretensiones inglesas sobre territorios franceses, salvo
el mencionado caso de Calais, e hizo posible la creación de unas instituciones de gobierno centralizadas que
anunciarÃ−an la aparición del absolutismo monárquico.
A su vez, no se puede olvidar que todo este proceso bélico estuvo vinculado con otras cuestiones
relativas a las relaciones internacionales de Europa, tales como la guerra de las Dos Rosas, que a partir de
1455 sumirÃ−a a Inglaterra en una serie de guerras civiles; la lucha interna que finalizó en 1369 con el
acceso al trono castellano de Enrique II; o las confrontaciones que, desde principios del siglo XV, tuvieron
lugar en Sicilia entre los monarcas franceses y la Corona de Aragón.
LA CRISIS DE LA BAJA EDAD MEDIA
Tras la aparición catastrófica de la Peste Negra, en la década de 1340, que acabó con la vida de una
cuarta parte de la población europea, bandas de penitentes, flagelantes y de seguidores de nuevos mesÃ−as
recorrieron toda Europa, preparándose para la llegada de la nueva época apostólica.
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La Peste negra fue una  epidemia  que devastó Europa a mediados del siglo XIV. El brote alcanzó
Europa desde China en 1348 y se expandió a gran velocidad por la mayorÃ−a de los paÃ−ses. Sus
resultados fueron desastrosos. Hay tres variantes de la enfermedad, dependiendo de su gravedad. La
más extendida es la peste bubónica, que afecta a los ganglios linfáticos y provoca la inflamación
(forúnculos, bubones) de aquellos situados en la garganta, en las axilas y, especialmente, en las ingles. Este
tipo fue muy habitual en la baja edad media europea.
Es posible que los portadores de la enfermedad fueran los mercaderes que viajaban desde las regiones
afectadas empleando las habituales rutas de comercio desde Oriente Próximo y el Mediterráneo. Alcanzó
Constantinopla en 1347, y ParÃ−s y la costa sur de Inglaterra en el verano de 1348. Más tarde se expandió
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al resto de Europa. El hecho de que continuara en los meses de invierno asÃ− como en el verano sugiere que
las formas neumónica y bubónica coexistieron, debido a que la primera aparecÃ−a en condiciones de
hacinamiento, por ejemplo, cuando la gente se agrupaba para calentarse. La velocidad con la que la
enfermedad se extendió en una sociedad rural en su mayorÃ−a y con baja densidad de población según las
pautas modernas, el corto intervalo entre la aparición de la infección y la muerte y la alta incidencia de
mortalidad apuntan hacia un tipo muy virulento de enfermedad. La epidemia cruzaba las fronteras con
facilidad, no sólo entre diferentes paÃ−ses sino también entre animales y seres humanos. Los
observadores notaban la muerte de los animales domésticos, de los animales de granja e incluso de los
pájaros, afectados por la peste humana en brotes posteriores. No hay duda de la violencia y del
impacto dramático de la peste entre 1348 y 1350. Muchos observadores contemporáneos, incluso con
formación y bien documentados, quedaron impresionados ante la devastación humana causada por la
enfermedad; fueron testigos de que, en muchos lugares, casi todos los habitantes sucumbieron, y sólo
sobrevivieron unos pocos. Boccaccio, en la introducción a la Primera Jornada del Decamerón, calcula que
murieron 100.000 personas, entre marzo y julio de 1348, en su Florencia natal, cifra que quizá representara
la totalidad de la población de la ciudad. En aquel entonces se pensaba que la mortalidad alcanzaba incluso
un 90%, pero dichos cálculos se han visto reducidos por las investigaciones modernas; pese a ello, las cifras
aceptadas hoy por los historiadores siguen siendo elevadas. Se calcula que a finales de 1350 habÃ−a muerto
un tercio, o más, de toda la población europea y está demostrado que en las áreas más afectadas de
Europa, más de la mitad de la población pereció. AllÃ− donde se dispone de datos fiables, como en las
ciudades italianas, resulta evidente que las tasas de mortalidad fueron con frecuencia diez veces más altas de
lo habitual, con cientos de habitantes que morÃ−an a diario en las grandes urbes. En otras áreas de Europa el
impacto fue mucho menor aunque los brotes tardÃ−os de la enfermedad fueron más dañinos. Por ejemplo,
se piensa que en los territorios que ocupan los actuales PaÃ−ses Bajos la peste negra pasó de largo, pero
tuvieron que sufrirla más tarde.
Los coetáneos quedaron desconcertados por la enfermedad a medida que aumentaba su impacto. Pero
hasta comienzos del siglo XX no se entendió en su integridad ni se dispuso de un tratamiento efectivo. Se
especuló mucho sobre la causa del brote. Algunos creÃ−an que se debÃ−a a la corrupción del aire, con un
invisible pero mortal miasma procedente del suelo, y apuntaban que los recientes terremotos habÃ−an
liberado vapores insalubres desde las grandes profundidades. Pero las pestilencias eran comunes en la vida
medieval y las viviendas insalubres, los mataderos de los carniceros y las zanjas —que siempre preocupaban a
las autoridades— eran ya muy impopulares. Los cuerpos en descomposición de las vÃ−ctimas, asÃ− como
sus pertenencias y vestimentas, eran especialmente temidos. En un temprano episodio de guerra
bacteriológica, un ejército de apestados intentó capturar la fortaleza enemiga catapultando los
cadáveres dentro de la ciudad para infectar a los sitiados. En las áreas urbanas pudientes, los magistrados
desarrollaron formas de enfrentarse con la enfermedad, a pesar de la falta de conocimiento sobre sus
verdaderas causas. Al igual que las normas para mejorar la higiene y el saneamiento, se ordenaron
restricciones al movimiento de la gente y de las mercancÃ−as, el aislamiento de los infectados, o su retirada a
hospitales periféricos (`casas de apestados'), enterramientos improvisados de las vÃ−ctimas en cementerios
extramuros sobrecargados y la quema de sus vestimentas. Como se creÃ−a que el aire infectado era nocivo, se
utilizaban remedios populares como ramilletes de aromas dulces y la quema de especias e inciensos en los
interiores. En toda Europa, la Iglesia y los moralistas en general creyeron que la peste negra era un
castigo de Dios por los pecados cometidos por la humanidad, y reclamaron una regeneración moral de la
sociedad. Fueron condenados los excesos en la comida y la bebida, el comportamiento sexual inmoral, los
atuendos insinuantes y, con motivo de la peste, las congregaciones se inclinaron hacia la espiritualidad más
exacerbada. En muchos sitios el ánimo de penitencia fue llevado al extremo. El movimiento flagelante
creció en popularidad: los hombres, con los torsos desnudos, se fustigaban con látigos en señal evidente
de humildad frente al juicio divino. Debido a que el movimiento ganó adeptos y a que funcionaba al margen
de la iglesia establecida, fue desautorizado por el Papado. La respuesta a esta corriente de algunos coetáneos,
enfrentados a esta enfermedad impredecible e indiscriminada, donde los virtuosos no eran más inmunes a la
muerte repentina que los impÃ−os, fue vivir la vida, o lo que quedaba de ella, al lÃ−mite. AsÃ− se refleja en
el Decamerón de Boccaccio, una serie de historias contadas por supervivientes exiliados de la peste en
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Florencia, cuyos brillantes e impúdicos contenidos son un antÃ−doto al miedo a la muerte inminente. Para
aquellos que buscaban una explicación fácil de la expansión de la enfermedad, los culpables eran los
habituales proscritos de la sociedad. En muchas zonas, los mendigos y pobres fueron acusados de contaminar
al pueblo llano. En aquellas partes de Europa donde los judÃ−os eran tolerados la violencia popular se
volvió contra ellos. En diversas zonas del Sacro Imperio Romano Germánico y algunas ciudades suizas
hubo masacres de judÃ−os, acusados de envenenar los pozos, crimen que muchos confesaron bajo tortura. Es
probable que justo antes del brote y tras un largo periodo de crecimiento, la población medieval de Europa
hubiera alcanzado su punto más alto, y una dramática caÃ−da en casi todas las regiones tuviera un impacto
inmediato. Los excedentes agrÃ−colas desaparecieron, algunas poblaciones disminuyeron hasta desaparecer y
varias ciudades perdieron su importancia, mientras que la mayor parte de las tierras marginales permanecieron
sin cultivar. En las décadas siguientes (hubo más brotes devastadores en 1361 y en años posteriores, a
intervalos irregulares, entre los siglos XV y XVI) los salarios se elevaron y los propietarios de la tierra
disminuyeron, señal de la dificultad de encontrar arrendatarios y trabajadores cuando la población se
redujo. Para quienes sobrevivieron a esta desastrosa crisis de mortalidad, los salarios fueron más altos y los
precios de los alimentos bajaron, en el siglo posterior a la peste negra, como nunca antes de 1348. Los
supervivientes se beneficiaron durante un tiempo de las muertes masivas. Esta situación de agitación e
innovación espiritual desembocarÃ−a en la Reforma protestante; las nuevas identidades polÃ−ticas
conducirÃ−an al triunfo del Estado nacional moderno y la continua expansión económica y mercantil puso
las bases para la transformación revolucionaria de la economÃ−a europea. De este modo las raÃ−ces de la
edad moderna pueden localizarse en medio de la disolución del mundo medieval, en medio de su crisis social
y cultural.
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