Civilización y barbarie en Doña Bárbara
de Rómulo Gallegos.
Autor: Emilio Piqueras
A la hora de realizar una crÃ−tica literaria sobre la novela de Dª Bárbara hay que reseñar como tema
central esa contraposición exhibida en toda la obra entre los conceptos de civilización y barbarie. Una
contraposición existente en los llanos venezolanos, en donde parece que la civilización ha de venir de fuera,
mientras que la barbarie ya se encuentra, desde los tiempos remotos, instalada en todos sus parajes, personas y
costumbres.
Si analizamos el personaje de Doña Bárbara, cacique dueña de una gran hacienda obtenida por medios
oscuros, encontramos a esa persona que quiere salirse con la suya por cualquier medio posible, para lo cual
necesita tierras, villanos a su cargo, dinero, y que para ello es capaz de recurrir a las mayores villanÃ−as. El
instinto de acaparar, de vivir en lo alto de la cúspide no le permite que le tiemble la mano: tiene a su mando a
los Mondragones, al Brujeador, a Mister Danger… Y para no tener que cumplir unas leyes que le hubieran
sido incómodas, ha procurado meterse a la justicia en su bolsillo, creando sus propias leyes, las que ahora
tendrán que respetar todos los que quieran vivir en el llano, todos los que pretendan hacerle sombra en sus
aspiraciones, y eso siempre es jugar con una baraja marcada. Si reflexionamos ante esas circunstancias, vemos
que la barbarie es algo que campa a sus anchas en la región. Sin embargo, sabemos que ella es también
una vÃ−ctima del llano, pues fue violada de joven, mientras que el muchacho de quien estaba enamorado era
asesinado, hecho por el cual queda marcada. Esto siempre es una llave para entender la obra. El personaje no
nace de la nada, cada uno tiene su propio recorrido. Y además se nos presenta como alguien que tampoco
dispone y dirige los acontecimientos, planificando los desenlaces, sino que suele actuar por instinto, y aunque
por viles principios en la mayorÃ−a de las ocasiones, en otras, por creencias irracionales - ella misma se ve
como un engranaje clave sobre lo que la historia les tiene deparado a cada uno de los habitantes-; y para ello
el autor utiliza ese tinte mágico que impregna toda la historia, aunque aportando siempre una adecuada dosis
de credibilidad.
En el extremo opuesto está Santos Luzardo quien representa la civilización. Un abogado que regresa de
Caracas para restablecer la hacienda de Altamira, expoliada por todos los que quisieron poner en ella su
codiciosa mirada. Una civilización importada, pero por un hombre que perteneció al llano, y que es hijo de
una familia marcada, quizás de las más violentas de la llanura. Heredero de una familia en donde casi todos
sus progenitores han muerto de forma violenta, donde su mismo padre mató a uno de sus hermanos para
dejarse luego morir él. La historia se complica al estar enfrentada su familia -en la actualidad ya solo es
él unido a sus recuerdos- con otra con quien compartÃ−a el caciquismo del llano. El autor nos presenta a
Santos como educado, como defensor de unos principios en donde se cree en el hombre, en donde se rechaza
la violencia, en donde se lucha por ideales. Santos Luzardo serÃ−a el baluarte de la civilización, además, a
su lado puede contar con Antonio, quien parece secundarle en sus ideas, y con Marisela, muchacha agreste y
desamparada de quien se va enamorando, y que representa un soplo de ingenuidad y belleza en la obra.
Hasta aquÃ− el planteamiento de un pulso entre dos tendencias. Luego, con los rifirrafes de los episodios de
la trama, Santos va ganando terreno y peso en la obra, gracias a sus métodos limpios; sin embargo, llegado
un momento el abogado va a recurrir a un instinto enterrado volviéndose el más agresivo de los hombres,
en donde hasta hace uso de las armas no para defensa sino para conseguir unos fines. Y esto ocurre tras unos
capÃ−tulos en que Dª Bárbara ha estado suavizando sus métodos y teniendo ciertos detalles tanto con
Santos como con algunos de sus allegados, pero también coincidirá con la ausencia de Marisela de la
hacienda. La trama, pues, va transitando como un acordeón entre los métodos más bárbaros y
viscerales y otros más comedidos, en donde el amor, o la búsqueda de objetivos menos materiales van
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modificando ciertas actitudes.
Pero a pesar de los avances de la trama, nadie parece que haya cambiado: Paivia no deja de ser bárbaro,
porque muere; a los Montenegros les pasa otro tanto; igual que al Brujeador; todos ellos son personajes que
desaparecen, no existe ningún cambio en ellos, no se ve que la civilización transforme a nadie, sino que los
que representan la barbarie van extinguiéndose, pero a base de la fuerza. Dª Bárbara es un caso distinto,
ella es una protagonista que sÃ− que evoluciona, es un personaje redondo, alguien con un recorrido alterno en
esa dicotomÃ−a barbarie-civilización que sÃ− que comienza a cambiar: necesita “entregar su obra” para
conseguir el amor del hombre, según le ha aconsejado El Socio, todo ello dentro de un ambiente de misterio
y magia, en el cual la mujerona reina, en parte por intereses de poder y en parte por convencimiento. Si
quisiéramos afirmar que fuerza vence en ella, no sabrÃ−amos contestar, ya que hasta en el comienzo del
desenlace, cuando ve que Marisela sale vencedora en ese pulso que con ella echó sobre el amor de Santos,
llega a empuñar un revolver y está a punto de dispararlo sobre su propia hija; y en el final de la novela, en
consonancia con ese matiz fantástico que baña la obra de principio a fin, tampoco se puede precisar si se
suicida o se quita de en medio,.
Para concluir, la novela recuerda a otras en donde se debate la idea sarmentiana de "civilización o
barbarie", también en ocasiones me ha hecho rememorar La Regenta. En cualquier caso, a pesar de ciertos
tintes paternalistas del autor y un seguro chauvinismo hacia la tierra del llano venezolano que parece conocer
bien, la obra encierra una trama que apasiona, que es rabiosamente sugerente de leer porque la dicotomÃ−a
tratada quizás estén en las vÃ−sceras de cada uno y seguro que en la filogenia de la especie humana, y
que, según se ve a diario en las noticias del mundo, no parece que sea un argumento exclusivo del pasado o
en lo que hayamos evolucionado mucho.
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Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. Autor: Emilio Piqueras

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