LIBERALISMO ECONÓMICO MARGINACIÓN DEL TERCER MUNDO Y DE LA NATURALEZA

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LIBERALISMO ECONÓMICO
MARGINACIÓN DEL TERCER MUNDO Y DE LA NATURALEZA
Susan George
Si hoy todo el mundo tiene un automóvil es porque no hay alternativas.
Construir un metro debe ser una decisión colectiva. Es impensable recurrir a la
iniciativa privada puesto que no se trata de una empresa rentable. Para que llegara a
serlo sería preciso multiplicar el precio de los billetes por cinco o por seis, lo cual
disuadiría seguramente a los usuarios y, al mismo tiempo, lo haría mucho menos útil
para la colectividad. El mercado es, pues, una opción a excluir: acentúa el
individualismo e impide tomar decisiones colectivas.
Lawrence Summers es, a mi modo de ver, el ejemplo perfecto del paradigma
dominante en el pensamiento económico. Recientemente, era todavía el vicepresidente y
el jefe de los economistas del Banco Mundial. Entonces era el responsable del Informe
anual sobre el desarrollo, un documento imprescindible para cuantos se interesan por el
Tercer Mundo y por los problemas del desarrollo. Summers es el autor de un
memorándum que no estaba destinado al público pero que se entregó a un periodista. En
este memorándum, Summers afirmaba que «la lógica de una decisión de verter los
residuos tóxicos en África es una lógica impecable. Es preciso contaminar los países
menos contaminados, y África está subcontaminada; es preciso colocar los residuos
tóxicos en los países donde los salarios son más bajos».
En un país con un nivel salarial y con una esperanza de vida bajos, una persona
gana cerca de 3.000 dólares por año y normalmente no vivirá más de 55 años.
Supongamos que le quedan veinte años de vida, su aportación al producto nacional
bruto de su país es tan sólo de 6.000 dólares. Su muerte prematura a causa de la
degradación ambiental no representará una pérdida económica importante. En los
Estados Unidos, por el contrario, si la renta anual de un individuo se calcula en unos
30.000 dólares anuales, su contribución media al producto nacional bruto será de
6.000.000 dólares. Conclusión, hay que verter los residuos tóxicos en los países
subcontaminados en los que la esperanza de vida es baja y en los que los salarios
también son bajos. La lógica impecable de Lawrence Summers reduce el valor de los
seres y de las cosas a su valor monetario. Esta lógica es la consecuencia de una
interpretación de la teoría del liberalismo llevada al extremo. Este memorándum fue
publicado en todo el mundo y, aunque suscitó la indignación general, Summers no
dimitió. Todavía hoy es el subsecretario del Tesoro del presidente Clinton, es decir, el
subsecretario de Finanzas, que se ocupa de la política financiera de los Estados Unidos
hacia el Tercer Mundo. Él será, seguramente, el encargado de aplicar los principios de
su lógica implacable.
Dicho de otro modo, confiar al mercado la organización de la sociedad es dejarle
también que fije los objetivos. Una privatización global conduciría a una polarización
de la sociedad entre los que tienen dinero y los que no lo tienen. Los primeros tendrían
derecho a la mejor educación, a los mejores transportes, a los mejores hospitales... Los
otros, peor para ellos. El liberalismo por sí solo es incapaz de fijar los fines sociales y de
decidir los bienes colectivos. Dejar el camino libre a la iniciativa privada sería optar por
la política del mínimo esfuerzo.
El debate democrático es la única forma de organizar la sociedad, gracias al cual
los ciudadanos pueden decidir si es útil o no construir un metro, si tienen necesidad de
hospitales, reivindicar una educación de calidad cualesquiera que sean las rentas de que
dispone cada familia, etc. Ninguna sociedad puede ser perfecta, pero es necesario tener
un modelo ideal de referencia para tender hacia él. El liberalismo no es, según mi
parecer, un modelo adecuado. La teoría liberal tiene una concepción del hombre
puramente mercantil; el homo oeconomicus o la mulier oeconomica que obedece
siempre a las mismas reglas. Este tipo de individuo opera en el mercado en función de
sus deseos actuales y no tiene en cuenta el futuro. En cualquier caso, es imposible
ocuparse del futuro del conjunto de la sociedad en ausencia de objetivos, de
orientaciones generales acerca de las directrices a tomar, de los medios a utilizar para
conseguir el objetivo fijado. El liberalismo no da a la sociedad ninguna orientación de
este tipo.
El mercado tiene una tarea muy clara. No se trata de dar transparencia a
cualquier acto económico. El mercado regula los intercambios económicos. Es preciso
reconocer que presta algunos servicios a la colectividad, sabiendo, sin embargo, que la
lógica mercantil, llevada a sus extremos, implica una cierta visión filosófica del mundo.
La palabra griega oikos, que significa simplemente «casa» o «dominio», es la
raíz de las palabras «economía» y «ecología». El nomos es la regla que rige el dominio
o la casa. El logos es una palabra de difícil traducción. En el evangelio de san Juan se
dice: «al principio fue el logos». El logos es la palabra, pero también el principio rector.
En una sociedad normal el principio rector del dominio o de la casa debería ser más
importante que las reglas, que el nomos. Pero, en realidad, en el mundo moderno
actuamos como si el nomos prevaleciera sobre el logos, y esto se traduce en la primacía
otorgada a la economía sobre la ecología. Cada sociedad organiza a menudo su
economía sobre la base de estructuras mercantiles. Pero, en general, las sociedades
denominadas tradicionales e incluso las sociedades modernas ordenan las relaciones
sociales según reglas altamente codificadas. En África, por ejemplo, la economía se rige
por reglas de reciprocidad; hoy yo trabajo en tu campo; mañana tú trabajas en el mío; y
si existen lazos de parentesco entre los miembros de la comunidad, la reciprocidad del
trabajo se convierte en un deber. Los reglamentos se basan también en el principio de la
redistribución. Al jefe de una aldea o de una tribu se le designa a menudo para asumir
esta función. Existen reglas que codifican las conductas. No se trata tan sólo de una
serie de individuos integrados en un mercado. La existencia de un logos, de un principio
rector permite fijar los límites y no sobrepasarlos. Por ejemplo, en el caso de una
sociedad africana, no es posible rechazar trabajar en el campo de aquel a quien se le
debe trabajo sin exponerse a la exclusión. Esto disuade de rechazar el cumplimiento del
deber.
La existencia de reglas morales o de otros principios morales codificados, como
los diez mandamientos, por ejemplo, que actúan como moderadores, desaconseja los
comportamientos excesivos. El liberalismo no pone ningún límite. Considerarlo un
logos significaría asumir hasta el final la lógica del señor Summers, que engendra
fenómenos tan terroríficos como la venta de órganos del cuerpo humano o la venta de
niños practicada actualmente en América latina. Cuando se confunde el nomos con el
logos no hay ya ningún límite, todo se puede vender y éste es, lamentablemente, el
camino que hemos emprendido. Los Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, han
empezado a reducir la protección social. Ésta es también la regla general. Nunca la
economía internacional había estado tan integrada, nunca había sido tan fiel al nomos de
la teoría liberal. Hoy en día esta economía está dirigida por instituciones completamente
antidemocráticas, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Estas
instituciones toman decisiones que afectan a millones y millones de personas en
América latina o en África, ahora también en la Europa del Este, en la antigua Unión
Soviética, en India. China está todavía a salvo, pero son pocos los países que no están
sometidos a sus directrices económicas.
El GATT (General Agreement on Tarifs and Trade) implica no sólo a los países
del Sur, sino también a todos los países del Norte. La firma del acuerdo final suscita
numerosas divergencias, pero si se firma sus consecuencias afectarán a todo el mundo,
porque da vía libre a la competitividad. En lo sucesivo, ya no será posible proteger la
propia agricultura. Las inversiones extranjeras deberán ser tratadas igual que las
inversiones nacionales. Cualquier empresa de Barcelona podrá ser adquirida por una
empresa extranjera si ésta le pone precio. Se podrán suprimir las regulaciones obtenidas
después de siglos de lucha, los derechos de los trabajadores, los derechos de la
naturaleza.
El ejemplo de los pesticidas es significativo. En Europa existe una
reglamentación que prohibe la importación de frutas y legumbres tratadas con pesticidas
no autorizados en Europa o con dosis superiores a los límites establecidos por la
normativa europea. Mañana, si el GATT se firma, ya no será posible prohibir tales
importaciones, porque la legislación española o la legislación comunitaria ya no tendrán
competencia en esta materia. Será la legislación del Código Alimentario de la FAO de
Roma la que fijará unas normas mucho menos estrictas. Entonces ya no tendremos
derecho a la palabra. Esto puede comprobarse ya en Canadá. Tras la firma del acuerdo
de libre cambio con los Estados Unidos se prohibió a la Columbia Británica
subvencionar la reforestación. La administración de esta provincia canadiense
subvencionaba la reforestación, pero las empresas madereras estadounidenses
denunciaron la existencia de tales ayudas porque ellos no recibían nada equivalente.
Consideradas una traba al comercio, estas subvenciones fueron suprimidas. El comercio
no consiste sólo en un intercambio de productos, sino que está en el origen de las
regulaciones, de las normas ecológicas, de la legislación laboral. Algunas instancias
internacionales toman decisiones sobre las cuales los ciudadanos tienen muy escasos o
nulos medios de presión.
Naturalmente las empresas transnacionales forman parte de este sistema
internacional global. Todas estas instituciones parecen querer seguir la lógica del
liberalismo hasta el final. En este contexto, no resulta sorprendente que la naturaleza se
vea excluida del sistema.
Summers dijo que no existía ningún límite a la capacidad sustentadora de la
Tierra que pudiera ser apremiante en un futuro previsible, que no hay riesgos de
apocalipsis debido al calentamiento del clima ni a cualquier otra causa. Según él, la idea
de que sería preciso frenar el crecimiento a causa de los límites naturales es un error
profundo que, si tuviera influencia, tendría un coste social desastroso. Dicho de otro
modo, Summers calcula que podemos continuar viviendo en una sociedad industrial que
arroja CO2 en la atmósfera, residuos en el mar, que trata a la naturaleza como si fuera
inagotable. Summers está absolutamente equivocado. Se formó en la Universidad de
Harvard, es un gran economista acostumbrado a pensar que la naturaleza, el aire, el
agua, la tierra son elementos poco menos que gratuitos, bienes abundantes a los que no
es preciso asignar un precio. Summers considera también la noción de precio en sentido
negativo; el agua del mar carece de valor mercantil puesto que es un bien abundante.
Pero, desgraciadamente, vivimos en una economía abierta: extraemos nuestros
recursos de la naturaleza, los insertamos en la cadena de producción y luego arrojamos
los residuos en esa misma naturaleza. Pero si nuestra economía es abierta, la biosfera,
por el contrario, es un círculo cerrado. Toda la técnica del mundo, toda la inteligencia
del mundo no nos permitirían añadir un solo centímetro cúbico a la biosfera en la que
vivimos. Hace cincuenta o cien años se podían extraer todavía los recursos de la tierra
para alimentar el proceso económico y arrojar luego los residuos. Efectivamente la
actividad económica estaba entonces limitada y no alcanzaba los confines de la biosfera.
Pero en la actualidad, el desarrollo acelerado de la actividad económica y del sistema de
producción ha superado los límites que la naturaleza puede soportar.
En un artículo científico publicado hace cinco o seis años en la revista
Bioscience, varios investigadores calculaban que la actividad económica humana
absorbía entonces un 40% del denominado producto fotosintético neto de la Tierra, es
decir, toda la energía biológica que la Tierra puede dar. Los seres humanos les dejamos
sólo un 60% a las demás especies. Si el volumen de actividad económica sigue
doblándose cada veinticinco o treinta años, en el año 2020 o incluso en el 2015,
utilizaremos el 80% del producto fotosintético neto. En el 2025 habremos sobrepasado
los límites de este globo que es nuestro habitat, nuestro oikos.
La ciencia económica, tal cual se aplica actualmente, ¿podrá responder a las
cuestiones esenciales que nos planteamos? Desgraciadamente, no. Summers no puede
iluminarnos dado que su lógica consiste en conceder un valor mercantil a todo lo
existente. Sin embargo, ha omitido tomar en consideración la noción matemática de
umbral, es decir, la existencia de un proceso irreversible. No se trata, pues, de una
simple conmutación sin consecuencias ni de la realización de un acto cuya posterior
anulación no dejaría rastro. Existe un umbral que no se puede cruzar sin riesgo de
provocar daños irreparables.
La ciencia económica es incapaz de indicarnos cuál será el umbral
infranqueable. Los precios no constituyen una fuente de información significativa para
conocer el estado de la abundancia o de la escasez de una materia prima, por ejemplo.
Se sigue explotando y agotando el suelo para sobrevivir incluso si es imposible hacerlo.
Los precios no nos advierten de las catástrofes potenciales. La economía no puede
responder a las cuestiones esenciales relacionadas con el futuro de nuestro oikos.
Desgraciadamente, el sistema liberal actual conduce a la utilización de las reservas
naturales en función de un proceso de crecimiento que casi todos aplauden. Una tasa de
crecimiento del 3% o del 4% se considera una objetivo económico. Pero ¿qué
pensaríamos de un industrial o de un banquero que gastara todo su capital a expensas de
la reinversión? Su balance a fin de año sería ciertamente maravilloso (un crecimiento
del 4%), pero no dispondría ya de capital. Diríamos entonces que no era en absoluto un
hombre de negocios, que era un banquero loco y no creo que nadie empleara su dinero
en comprar acciones de semejante empresa. Sin embargo, esto es exactamente lo que
hacemos con nuestro capital natural.
La exclusión de la naturaleza hunde profundamente sus raíces en el liberalismo.
Sólo el Estado, sólo la colectividad pueden resolver los problemas ecológicos, los
problemas del logos que hoy debemos afrontar.
La organización «Greenpeace», de la que formo parte y a la que consagro mucho
tiempo, ha entendido este problema. Son profesionales que actúan por los demás, allí
donde el Estado o la colectividad no toman las medidas necesarias. Por ejemplo: la
imposición de un impuesto sobre el carbono, la propuesta de alternativas de gestión de
los residuos tóxicos, el cese inmediato de las pruebas nucleares. Es preciso que haya
militantes para realizar esta función. Pero sería deseable que «Greenpeace»
desapareciera, que llegase a ser inútil, puesto que esto significaría que sus funciones han
sido asumidas por la colectividad. Pero, desgraciadamente, hasta que ésta no tome estos
problemas en sus manos, necesitaremos todavía estas organizaciones.
La marginación de la naturaleza corre pareja con la marginación del Tercer
Mundo. La noción de Tercer Mundo no refleja ya verdaderamente la configuración del
mundo actual. Hoy en día no existe esa diferencia entre los países, la estructura del
mundo se ha transformado de tal manera que ya no es apropiado hablar de Norte y Sur.
La configuración del mundo actual se asemeja más a una pirámide que a dos mitades de
una naranja.
La estructura piramidal del mundo actual es transnacional. Las élites de Brasil
tienen mucho más en común con sus homólogos de Nueva York, de París o de
Barcelona que con los brasileños pobres, y así con todos. Por debajo de estas élites
transnacionales se encuentra la clase media, más o menos segura, más o menos expuesta
al desempleo. En la base de la pirámide se sitúa un gran número de personas para las
cuales el sistema liberal no tiene ningún proyecto. El sistema no las necesita: no
producen, no consumen lo bastante. En los países de la OCDE la élite y las clases
medias representan el 80 o el 85% de la población. Pero el 15% de la población de
nuestras sociedades occidentales está desocupada, no está verdaderamente integrada en
el sistema, y su número no cesa de aumentar. Mientras tanto, en el Sur o Tercer Mundo,
la parte superior de la pirámide podría incluir, como máximo, a un 25 o 35% de la
población.
Si uno considera esta pirámide desde una perspectiva internacional, un tercio de
la población mundial se hallaría en la parte superior de la pirámide, de la que estarían
excluidos los dos tercios restantes. Esto es, evidentemente, un billete para el desastre
planetario. La economía liberal, tal como se la concibe hoy en día, excluye a dos tercios
de la población mundial porque carece de proyecto, de ideas sobre los medios a utilizar
y sobre las medidas a adoptar para remediar esta situación.
Summers declaró también que «muy a menudo se olvida que las leyes de la
economía son como las leyes de la física. Sólo hay un conjunto de leyes, que actúan
siempre de la misma forma. Lo que he aprendido desde que estoy en el Banco Mundial
es que cuando alguien dice que la economía funciona de forma diferente en tal o cual
país, sé que dirá una estupidez». Así, pues, según la lógica del señor Summers, es
preciso dejar hacer a la economía, que nos conducirá eventualmente a la integración de
todo el mundo. Pero esto es tan falso como la idea de que pueda administrar la
naturaleza y salvarla aplicando las leyes del liberalismo. Estoy convencida de que el
funcionamiento actual del sistema económico no permite integrar a los dos tercios de la
humanidad sin regulaciones internacionales, sin estados fuertes. Si esta verdad
económica es igual para todos, esto significa que vamos a consentir que el hombre sea
un homo oeconomicus, un individuo sometido a la lotería del mercado. Naturalmente,
habrá ganadores, pero también muchos perdedores. Los ganadores serán más numerosos
en los países ricos que en los países pobres, pero no todos podrán ganar, porque
tampoco en la lotería ganan todos. El sistema actual no lo permite.
El ejemplo americano ilustra significativamente los efectos perversos del
liberalismo desde que fue adoptado como logos de la sociedad. Desde 1977 hasta 1988,
cuando el ex-presidente Reagan estaba en el poder, si se estudia la evolución del nivel
de vida de los americanos, divididos en diez grupos representativo cada uno de ellos de
un 10% de la población, se comprueba que los más pobres, el 10% inferior de la escala
que no disponía más que de la suma infrahumana de 4.000 dólares de ingreso medio
familiar en 1977, perdieron en diez años el 15% de cuanto poseían. Si en los Estados
Unidos todos perdían, los más pobres perdían aún más. El 80% de la población
americana, es decir las 8 franjas de población con rentas más bajas perdieron un 1,8%
de sus haberes durante aquella década. Por el contrario, los americanos mejor situados,
que representan un 20% de la población, generalmente aumentaron sus rentas. Si los
situados en la penúltima franja, del 80 al 90% sólo ganaron un 1%, las rentas de los
10% restantes, es decir los más ricos, aumentaron en un 16,5%. Las rentas de los más
ricos, que representan al 1% de los americanos, aumentaron un 50% en diez años. A
principios de aquella década, los más ricos, es decir, el 1%, ganaba 65 veces más que el
10% más pobre, siempre por familias. Pero al finalizar aquellos diez años, los más ricos
ganaban 115 veces más que los más pobres. He aquí el tipo de polarización, de
marginación que se produce cuando se deja hacer al mercado. Asimismo, si la brecha
entre los países del Norte y del Sur era aproximadamente de 2 a 1 en el siglo XVIII,
después de la Segunda Guerra Mundial estaba aproximadamente en 40 a 1, y hoy es del
orden de 60-70 a 1, si se considera el producto nacional bruto por habitante o el
consumo de energía. Dicho de otro modo, los países pobres son 70 veces más pobres
que nosotros y son 35 veces más pobres de lo que lo eran hace doscientos años.
El modelo de desarrollo actualmente en vigor es un sistema que polariza,
excluye y margina cada vez a más personas. Este proceso se aceleró por el fenómeno de
la deuda, al orden del día desde hace quince o veinte años y explotado a ultranza por el
neoliberalismo. De entrada, la deuda la acumularon las élites; destinada a servir para sus
proyectos, raramente fue invertida en el sector de los servicios o de bienes que
beneficien a la mayoría de la población. Cuando hubo que reembolsar las deudas con
unos intereses mucho mayores que los inicialmente previstos, no fueron las élites
quienes tuvieron que sacrificarse, sino la población. Ésta no se benefició de los
préstamos que, en su mayor parte, financiaron el rearme, los proyectos de prestigio o
alimentaron las cuentas bancarias personales de los dirigentes (un fenómeno corriente,
denominado «huida de capitales») y, en general, sirvieron a la deforestación o a
proyectos como los nucleares, altamente destructivos para el medio ambiente.
Para poder pagar sus deudas, los países tienen que proceder a un ajuste
estructural: organizar su economía en función del pago de la deuda. Este ajuste lo
gestionan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Dos grandes
instituciones que dan siempre las mismas recomendaciones a los gobernantes: «Deben
ustedes gastar menos y ganar más». Esto puede parecer un consejo muy sabio, porque
es cierto que un país no puede vivir por encima de sus posibilidades, como tampoco
puede hacerlo una familia. Pero para un país, ¿qué significa ganar más y gastar menos?
Ganar más quiere decir exportar más, y significa también «reorientad vuestra economía
porque nadie quiere vuestra moneda local. No podéis pagar vuestra deuda en cruceiros o
en naira, hacen falta dólares, hacen falta marcos». Sólo hay tres formas de conseguir
divisas: las exportaciones, importar turistas y exportar trabajadores. Dicho de otro
modo: las inversiones no se realizan para satisfacer las necesidades sociales sino en
función del mercado internacional.
Este último, por desgracia, no necesita realmente estos bienes. Un estudio
realizado por nuestro instituto sobre las materias primas africanas, con las cuales los
países pobres africanos intentan pagar su deuda (millones de dólares se vierten ahí cada
mes desde hace diez años; mil millones de dólares del África subsahariana va
mensualmente hacia el Norte), nos permitió comprobar que ninguna de ellas tiene futuro
en el mercado internacional, con la salvedad, tal vez, del té. Numerosas razones técnicas
pueden explicar este fenómeno. Los precios de algunos productos, como el café o el
aluminio, siguen bajando. Las exportaciones están enteramente destinadas al pago de la
deuda y no permiten a estos países iniciar su desarrollo. Los consejos dados en el marco
de los programas de ajuste estructural no sirven para resolver eficazmente las
dificultades económicas de los países endeudados.
Por otra parte, es preciso gastar menos y esto se traduce invariablemente en una
reducción de las prestaciones sociales en materia de educación, de sanidad, de
transporte, de vivienda, de medio ambiente, etc. En su informe sobre la infancia en el
mundo en 1989, la UNICEF afirmaba que medio millón de niños más muere cada año
por los efectos directos de la deuda (la falta de servicios sociales vinculada al pago de la
deuda), sin contar los que mueren por enfermedad, por subalimentación, etc. Cuando
estoy de un humor particularmente cínico, suelo decir que sería más fácil coger unos
trescientos en África, quinientos en América latina, algunos más en Asia, ponerlos en
fila y fusilarlos. Sería más humano que dejarles morir por falta de servicios sociales,
tanto por ellos como por sus madres. El cólera en Perú y en América latina no es una
epidemia accidental: el precio del agua en Perú se multiplicó por diez y el del petróleo
por tres porque, según el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, era
preciso aplicar los precios reales y suprimir la gratuidad de los servicios. Mientras tanto,
se han cuidado mucho de no desvelar que en las afueras de Lima, por falta de sistema de
canalización, el agua se distribuye mediante camiones cisterna, lo que contribuye a
aumentar considerablemente el precio del agua. En estas condiciones es lógico que los
más desfavorecidos no puedan lavarse las manos, no puedan lavar correctamente la
vajilla y utilicen la misma agua diez, doce o quince veces antes de tirarla.
Es fácil erradicar el cólera con un mínimo de condiciones higiénicas que, por
desgracia, a menudo constituye un lujo. Hay numerosos ejemplos de este tipo. Son las
consecuencias de la aplicación de la doctrina liberal.
Desde hace dos años, el Banco Mundial aconseja tener en cuenta los factores
sociales del ajuste, del avisagement, como lo denomina la UNICEF. Pero,
desgraciadamente, hasta ahora los desposeídos no han podido detectar todavía mejoras
concretas.
La exhortación a «gastar menos» conduce a menudo a un aumento del
desempleo que se traduce también en una reducción de los salarios. Es cierto que en
muchos países del Sur sometidos a un ajuste estructural, el Estado emplea a mucha más
gente. Pero los despidos en el sector público y la reducción de personal realizada en las
empresas han aumentado el número de desempleados, y esto provoca un descenso de
los salarios porque la gente está dispuesta a trabajar a cualquier precio. En el curso de
una reunión de la Oficina Internacional del Trabajo, un representante del Banco
Mundial declaró acerca de la Europa central que podía calcularse el éxito del programa
de ajuste estructural por el grado de aumento del paro: «Para disciplinar a los obreros, a
los trabajadores, es preciso tener una tasa de paro del 20%, así tienen verdaderas ganas
de tener un trabajo y esto será una señal del éxito». Se trataba, evidentemente, de una
reunión cerrada; un colega me entregó una copia del memorándum.
El pago de la deuda ataca también las funciones del Estado. El Estado puede
poner trabas al sistema de mercado del liberalismo. Se trata, pues, de debilitarlo. A mi
modo de ver, ésta es una estrategia de guerra. Podría decirse incluso que existe una
guerra real. El Norte, los países ricos, está muy avanzado, puede utilizar la deuda, el
neoliberalismo como instrumentos políticos. La deuda es un medio de control casi
perfecto que permite obtener las materias primas a precios muy bajos, favoreciendo así
a las industrias del Norte y su implantación en el Tercer Mundo. Por ejemplo, la
empresa de teléfonos española, Telefónica, ha adquirido por una suma irrisoria la mitad
de la empresa telefónica argentina cuando ésta se privatizó. Miles de privatizaciones se
realizaron de esta forma en América latina y en una parte de África.
La transferencia de recursos en dinero desde el Sur hacia el Norte no tiene
precedentes: doce mil millones de dólares mensuales en concepto de intereses de la
deuda. Mientras tanto, la deuda no disminuye sino todo lo contrario, aumenta cada año.
Alcanza la cifra de 1,4 billones de dólares. En diez años ha aumentado un 66% en todo
el mundo, pero se ha doblado en África y en los países más pobres. Los esfuerzos
realizados no han dado resultado, puesto que la deuda continúa ahondándose. Entre
tanto, los gobiernos de los países endeudados deben seguir las orientaciones recibidas
por influencia exterior, instaurar el sistema liberal y la economía de mercado. Pero esto
supone también destruir los vínculos sociales, convertir los hombres en homo
oeconomicus, debilitar el Estado y derribar el sistema tradicional de reciprocidad o de
redistribución. Todavía no lo han logrado, pero tal vez lo conseguirán.
Existe también otro tipo de conflicto, pero esta vez no está dirigido contra el Sur,
sino contra nosotros. En trabajos anteriores, describí los efectos de la deuda sobre el
medio ambiente y las poblaciones del Sur. Mientras tanto, a mi modo de ver, los
argumentos de solidaridad, de justicia o de ética no están siendo lo suficientemente
eficaces para sensibilizar realmente a la opinión pública. Escribí El bumerang de la
deuda para poner de manifiesto que la opinión pública occidental está realmente
implicada en este problema. Quise mostrar que el bumerang de la deuda regresa para
chocar con nosotros. En colaboración con un equipo del instituto, intentamos distinguir
seis efectos de retorno, seis efectos bumerang de la deuda:
— Medio ambiente: la explotación de los bosques y del suelo, y su consiguiente
destrucción provoca un calentamiento del clima que entraña también la pérdida de la
biodiversidad, de la que depende nuestra agricultura, nuestros fármacos, nuestra
industria; tal vez seamos omnipotentes en el campo de la riqueza pero somos pigmeos
en el plano de la biodiversidad, que se halla, sobre todo, en los países tropicales
endeudados. Consentimos una tasa de extinción extraordinaria porque los bosques se
destinan a menudo al reembolso de la deuda.
— Droga: los españoles conocen muy bien este problema. España se ha convertido en la
punto de partida de la distribución de droga en todo el mercado europeo. La economía
de la droga se ha duplicado en América latina desde hace una docena de años, puesto
que es el medio más fácil de ganar dinero en el exterior. Es un producto de exportación
que cuenta con un mercado floreciente, reporta mucho más que el café o el algodón, y
permite absorber mano de obra. Cuando los bolivianos que trabajaban en las minas
fueron despedidos, se integraron en la economía de la cocaína. Las tierras que se han
consagrado a ella y la actividad económica que deriva de ella se han desarrollado
considerablemente. El aumento de la demanda es, seguramente, una de las causas, pero
la oferta y la venta han progresado enormemente.
— El tercer efecto bumerang tiene que ver con lo que pagamos a los bancos. Los bancos
españoles son tal vez los menos afectados porque son también los menos
comprometidos. No tengo estadísticas sobre España. Pero en los Estados Unidos, en
Inglaterra, en Francia, en Alemania, los bancos pueden beneficiarse de créditos sobre
los depósitos, lo que contribuye a aumentar la tasa de imposición para el conjunto de los
contribuyentes.
— La pérdida de mercado y de empleo: carezco de estadísticas, pero creo que España
debe estar muy afectada por este problema a causa de sus lazos históricos con América
latina. Los Estados Unidos han perdido su mercado latinoamericano para la venta de
productos agrícolas e industriales, y esto ha provocado la desaparición de dos millones
de empleos. No se puede reembolsar a los bancos y a la vez comprar mercancías. Un
proverbio francés dice que no se puede tener a la vez la mantequilla y el dinero de su
venta. América latina no puede reembolsar la deuda, pagar a los bancos y financiar al
mismo tiempo la industria.
— El fenómeno de la inmigración es un motivo de preocupación común a todas las
sociedades europeas. La historia atroz de los africanos que atraviesan el estrecho de
Gibraltar para llegar a suelo español con el riesgo de perecer por el camino, muestra el
grado de desesperación de estos individuos, dispuestos a enfrentarse con la muerte para
llegar a Europa. Escogen España o Italia, los países europeos de más fácil acceso por su
proximidad. La inmigración es un fenómeno perfectamente normal. Cuando los
hombres no pueden encontrar trabajo y tener una vida decente en el lugar donde
nacieron, intentan ir hacia donde puedan aspirar a una vida mejor.
Los franceses acaban de aprobar un código de nacionalidad draconiano
destinado a disuadir a los inmigrantes. A mi modo de ver, no lo conseguirán, porque los
elementos mejores, los más emprendedores, intentarán venir por todos los medios.
Dicho de otro modo, estamos interesados en adecentar la vida de las poblaciones del
Sur. Pienso que la abolición de la deuda no es suficiente, pero es ciertamente un paso
necesario. Será preciso imaginar también otras alternativas económicas al modelo
liberal que conduce naturalmente a la exclusión de las personas.
¿Qué hacer? He sido muy pesimista, pero no todo es absolutamente negro.
Numerosas reacciones han salido a la luz. La sociedad civil nunca ha estado tan activa.
Nunca ha habido tantas organizaciones no gubernamentales como las hoy existentes en
los países endeudados. En el Sur, estas organizaciones intentan mejorar sus condiciones
de existencia. Por supuesto, a veces pueden tener un lado patológico o mafioso, y se
puede dudar en algunos casos de la bondad de las actividades de algunas de ellas, como
Sendero Luminoso, por ejemplo. Pero son, en general, movimientos constructivos que
con los medios disponibles, a menudo muy modestos, organizan su comunidad, su
existencia. Los miles de experimentos sociales que han salido a la luz en la actualidad
son la prueba de una enorme creatividad social, en la que nosotros mismos podríamos
inspirarnos.
En efecto, nuestras sociedades occidentales tienen aún mucho que hacer. Será
preciso crear lo que suelo denominar coaliciones o mayorías naturales sobre la base del
diálogo entre las personas afectadas por el medio ambiente, por la droga, los sindicatos
afectados por la pérdida de empleo, los industriales afectados por la pérdida de
mercados, los ciudadanos preocupados por el riesgo de conflictos. Estos últimos son
otro bumerang de la deuda, origen de una desestabilización global que propicia la
emergencia de nuevos conflictos, de los que la Guerra del Golfo es un ejemplo.
Me parece que es posible cambiar la orientación de nuestros gobiernos. Si no es
así, nada podrá cambiar el sistema internacional que actualmente integra un número
cada vez mayor de países. Se trata de dirigirse a las personas que pueden influir en la
toma de decisiones a nivel nacional en relación con las instancias internacionales. En
España, por ejemplo, sería preciso dirigirse al gobernador o al director ejecutivo español
en el Banco Mundial, hacer saber al ministerio de Economía que la opinión pública se
ha pronunciado contra tal o cual proyecto del Banco Mundial y desea que su director
ejecutivo vote en contra del mismo. Los ciudadanos deben asumir esta función. Los
americanos la han cumplido muy bien en el plano ecológico. No es imposible, pero es
preciso que haya asociaciones que asuman este tipo de actividades.
Creo que las resistencias al liberalismo nacerán de la toma de conciencia de las
amenazas que pesan sobre nuestro medio ambiente, nuestro dominio, nuestra casa
común. En términos filosóficos, la defensa de nuestro oikos es la única fuerza que puede
oponer la antítesis a la tesis de la economía de mercado, al liberalismo puro y duro. Pero
tal vez la destrucción de la Tierra, de la que depende nuestra supervivencia, será más
rápida. Concluiré con una frase del poeta francés Paul Elouard, que podría ser una guía
para la acción: «La resistencia se organiza en todos los frentes puros».
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