Días Fastos

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Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Los juristas romanos, a la vez que concibieron a la acción con un sentido
unitario como el derecho de perseguir en justicia lo que se nos debe, también la
contemplaron como parte del derecho subjetivo que la acción viene a proteger,
y así hablan de tantas acciones cuanto derecho subjetivo pude existir.
De esta manera, el derecho clásico nos ofrece un verdadero repertorio o
catalogo de acciones de las que se han hecho varias clasificaciones desde
Gayo hasta el derecho posclásico así como las realizadas con posterioridad por
las diferentes escuelas jurídicas europeas.
La acción fue definida por los jurisconsultos romanos, la definición ius
persequendi in indicio quod sibi debetur (derecho de perseguir judicialmente lo
que se nos debe).
Acciones Civiles o Acciones Honorarias
En atención al derecho del cual provienen, las acciones pueden clasificarse en
civiles y acciones honorarias.
Las acciones civiles encuentran su fuente en el derecho civil y las honorarias
en el derecho honorario.
Las primeras vienen del ius civile, las segundas proceden de la actividad de un
magistrado, quien creaba la acción y la añadía a su edicto.
a) acciones útiles: que son aquellas que se inspiraban en algún modelo del
derecho civil , modelo designado con el nombre de acción directa , como la
acción de la Ley Aquilia concedida al propietario para pedir los daños sufridos
por la cosa y extendida como acción útil al usufructuario.
b) Acciones ficticias: al igual que las acciones útiles, las ficticias también se
inspiraban en una acción civil, a cuya imagen se creaban pero, además, el
magistrado, ordenaba al juez, en la formula respectiva, sustituir un hecho real
por una ficción.
c) Las acciones in factum: no se basan en ninguna acción analógica de
derecho civil, si no en una situación de hecho no reconocida por él.
Acciones Útiles y Acciones Directas
Las primeras eran de creación honoraria, pero inspiradas en alguna acción
civil, así por ejemplo, toda la ampliación del campo de la lex aquilia, era
resultado de acciones útiles, las acciones directas son las acciones civiles en
que se inspiraba el magistrado
Acciones Reales y Acciones Personales
Los juristas romanos no intentaron una definición del derecho real o derecho
procesal, pero llegaron a la distinción de estos conceptos a través de la
diferenciación de las acciones reales o personales que tutelaban una u otra
clase de derechos.
Las acciones reales protegían a los derechos reales, ósea son los que
autorizan nuestra conducta sobre una cosa, como por ejemplo la acción
reivincatoria que protege al derecho de propiedad. Las acciones personales
protegían a los derechos personales , que son los que nos autorizan la
conducta ajena; la acción personal se utiliza para exigir algo que otra persona
debe realizar , en relación con nosotros , como en el caso de la acción
redhibitoria , por medio de la cual exigimos la responsabilidad del vendedor que
nos entrego una cosa defectuosa.
Dentro de la clasificación encontramos un grupo de acciones que Justiniano
clasifico de acciones mixtas, al explicar que tienen características tanto de
acciones reales como de acciones personales. Nos referimos a las acciones
divisorias que son tres: la actio familiae herciscundae para pedir la división de
la herencia indivisa; la actio communi dividundo para pedir la división de la cosa
común en la copropiedad, y la actio finium regundorum, para pedir el deslinde
de terrenos.
Acciones Perpetuas y Acciones Temporales
Normalmente las acciones civiles podían ejercitarse sin limitación de tiempo,
aunque posteriormente se limitaron. Las acciones honorarias debían ejercitarse
dentro de un año y a veces en plazos menores. En el derecho preclásico y en
el clásico las acciones perpetuas se identificaban con las civiles, que no
prescribían nunca. Las temporales se identificaban con las honorarias, que
prescribían en un año, o sea el tiempo que el magistrado duraba en su cargo.
Al perderse la distinción entre derecho civil y derecho honorario, las acciones
perpetuas fueron las que prescribieron en un plazo más largo, fijado por
Teodosio II en treinta o cuarenta años; las temporales las hacían en plazo
menor.
Acciones Reales y Acciones Personales
Los juristas romanos no intentaron una definición del derecho real o derecho
procesal, pero llegaron a la distinción de estos conceptos a través de la
diferenciación de las acciones reales o personales que tutelaban una u otra
clase de derechos.
Las acciones reales protegían a los derechos reales, ósea son los que
autorizan nuestra conducta sobre una cosa, como por ejemplo la acción
reivincatoria que protege al derecho de propiedad. Las acciones personales
protegían a los derechos personales , que son los que nos autorizan la
conducta ajena; la acción personal se utiliza para exigir algo que otra persona
debe realizar , en relación con nosotros , como en el caso de la acción
redhibitoria , por medio de la cual exigimos la responsabilidad del vendedor que
nos entrego una cosa defectuosa.
Dentro de la clasificación encontramos un grupo de acciones que Justiniano
clasifico de acciones mixtas, al explicar que tienen características tanto de
acciones reales como de acciones personales. Nos referimos a las acciones
divisorias que son tres: la actio familiae herciscundae para pedir la división de
la herencia indivisa; la actio communi dividundo para pedir la división de la cosa
común en la copropiedad, y la actio finium regundorum, para pedir el deslinde
de terrenos. Estas mismas acciones dejaban sentir su influencia en las
acciones divisorias; en los juicios respectivos, el juez podía adjudicar
propiedades, pero también podían equilibrar una división, imponiendo a una
parte un deber pecuniario a favor de otra. De ello resulta el corpus iuris
atribuyese a dichas acciones un carácter mixto: tam in rem, quam in personam.
Acciones Arbitrarias y No Arbitrarias
Ya que la condena del procedimiento formulario era pecuniario, cuando se
perseguía la restitución o la exhibición de una cosa se debía ejercer una acción
arbitraria, esto es, que contuviera una cláusula arbitraria en la que el
magistrado instruía al juez para que antes de condenar, le ordenara al
demandado restituir la cosa; si este obedecía seria absuelto, sino seria
condenado. Así sucedía en las acciones reales y en las personales en que el
actor exigía la entrega de una cosa.
La cláusula arbitraria servia para lograr la cosa que el accionante quería
recuperar, y no una suma de dinero equivalente.
Acción no arbitraria seria, la acción prejudicial, en que el actor pide al
magistrado que autorice al juez para que investigue algunos hechos que, a su
vez, tenían por objeto una ganancia para el actor, por ejemplo las multas
privadas
Acciones Privadas y Acciones Populares
Las acciones privadas las ejerce el particular en defensa de su persona, su
patrimonio o su familia es decir, son aquellas que tutelan un interés particular.
Las acciones populares podían ser ejercidas por cualquier individuo en defensa
del interés público, como la que ejerce en contra del violador de sepulturas. En
caso de prosperar la acción, se recompensaba al actor con la totalidad o parte
de la multa impuesta al condenado, en caso típico seria la actio de positis vel
suspensis.
Acciones Prejudiciales
Sedaban cuando el actor pedía que solo el magistrado autorizase al iudex
para que investigara algunos hechos que, a su vez serían elementos para la
acción posterior de cuyo resultado el actor esperaba obtener una condena. Su
finalidad era resolver una cuestión previa que daría pie a un ulterior litigio,
estamos frente a las acciones prejudiciales; así, por ejemplo, si se quería
averiguar si un individuo era libre o esclavo, ciudadano o extranjero, la acción
no buscaba una condena sino solamente un pronunciamiento del juez respecto
a la cuestión que se había planteado. En estas acciones la fórmula contenía
una institutio iudicis y una intentio, pero carecía de condemnatio. Esta acción
prejudicial se parece a las actuales diligencias preparatorias de juicio ejecutivo.
Acciones Reipersecutorias, Penales y Mixtas
En atención al objeto que se persigue con la acción, estas se pueden clasificar
en reipersecutorio, penales y mixtas.
Como ejemplo de acciones reipersecutorias tenemos la reivindicatoria que
tiene el propietario para perseguir la cosa, intentándola, por ejemplo en contra
del ladrón para pedir la restitución.
Las acciones penales son las que derivan de un delito, por ejemplo la actio furti
que se da en contra del ladrón y a favor de la victima, no para pedirle la cosa
sino la pena.
Las acciones penales mostraban unas características muy bien definidas. eran
acumulativas ; esto tiene dos significados por un lado quiere decir que la acción
penal se acumulaba la acción reipersecutoria y la actio furti que si el delito era
cometido por varias personas , cada uno de los delincuentes debía pagar la
multa completa.
Las acciones penales eran infamantes; esto es, traían aparejada la tacha de
infamia y, finalmente eran intrasmisibles pasivamente: solo podía perseguir con
una acción penal al delincuente y no a sus herederos.
A través de las acciones mixtas se logra tanto una indemnización por el valor
del objeto como una cantidad adicional por la pena: tal es el caso de la Ley
Aquilia que tenía la victima del delito de daño en propiedad ajena. La acción se
daba por el máximo valor que el objeto hubiera alcanzado en el último año, una
parte como indemnización por el valor real del objeto y la diferencia para cubrir
la multa privada, que era la pena impuesta al infractor.
Acciones Ciertas y Acciones Inciertas
Según la posibilidad de fijar o no la cantidad de la condena desde un principio,
en la intentaio las acciones podían ser:
Ciertas (certae) o Incierta (incertae)
Acciones de Derecho Estricto y Acciones de Buena Fe
En las primeras, el juez, al emitir su decisión, debía atenerse a los términos
planteados en el proceso, en el cual el juez debía atenerse únicamente a los
términos del contrato, sin tener en cuenta consideraciones de equidad; estas
acciones nacían de contratos unilaterales.
En las segundas, el juez estaba plenamente facultado para investigar e
interpretar; en la época del emperador Justiniano las acciones de buena fe
fueron numerosísimas, como por ejemplo las la actio pro socio, que se daba a
las personas que integraban una sociedad. En cambio, las acciones derivados
de contratos bilaterales eran de buena fe permitían al juez una gran libertad de
apreciación
ROSALINDA AGUILA MORALES
Días Fastos
Mitología romana, creencias, rituales y otras prácticas concernientes al ámbito
sobrenatural que sostenía o realizaba el antiguo pueblo romano desde el
periodo legendario hasta que el cristianismo absorbió definitivamente las
religiones del Imperio romano a principios de la edad media.
Las religiones primitivas romanas se modificaron tanto por la incorporación de
nuevas creencias en épocas posteriores, como por la asimilación de gran parte
de la mitología griega. Así pues, la religión romana se consolidó antes de que
comenzase la tradición literaria, por lo tanto, los primeros escritores romanos
que se ocuparon de ella desconocían sus orígenes en la mayor parte de los
casos, tal como el polígrafo del siglo I a.C. Marco Terencio Varrón. Otros
escritores, como el poeta Ovidio en sus Fastos, con una gran influencia de los
modelos alejandrinos, incorporaron creencias griegas para llenar los vacíos de
la tradición romana.
FESTIVIDADES RELIGIOSAS
El calendario religioso romano reflejaba la hospitalidad de Roma ante los cultos
y divinidades de los territorios conquistados. Originalmente eran pocas las
festividades religiosas romanas. Algunas de las más antiguas sobrevivieron
hasta finales del imperio pagano, preservando la memoria de la fertilidad y los
ritos propiciatorios de un primitivo pueblo agrícola. Sin embargo se introdujeron
nuevas festividades que señalaron la naturalización de los nuevos dioses.
Llegaron a incorporarse tantas fiestas que los días festivos eran más
numerosos que los de trabajo. Entre las festividades religiosas romanas más
importantes figuraban las saturnales, las Lupercales, las Equiria y los Juegos
Seculares.
Bajo el Imperio, las saturnales se celebraban durante siete días, del 17 al 23 de
diciembre, durante el periodo en el que comienza el solsticio de invierno. Toda
la actividad económica se suspendía, los esclavos quedaban transitoriamente
libres, había intercambio de regalos y predominaba un ambiente de alegría. Las
Lupercales era una antigua fiesta en la que originalmente se honraba a
Luperco, un dios pastoril de los ítalos. La festividad se celebraba el 15 de
febrero en la gruta del Lupercal en el monte Palatino, donde se suponía que
una loba había amamantado a los legendarios fundadores de Roma, los
gemelos Rómulo y Remo. Entre las leyendas romanas vinculadas con ellos se
encuentra la de Fáustulo, el pastor que se suponía que había descubierto a los
niños en la guarida de la loba y los había llevado a su casa, donde los crió su
mujer Aca Larentia.
Las Equiria, festival en honor de Marte, se celebraba el 27 de febrero y el 14 de
marzo, tradicionalmente la época del año en la que se preparaban nuevas
campañas militares. En el Campo de Marte se hacían carreras de caballos que
definían claramente la celebración.
Los Juegos Seculares, que incluían tanto espectáculos atléticos como
sacrificios, se realizaban a intervalos regulares, tradicionalmente sólo una vez
en cada saeculum, o siglo, para señalar el comienzo de uno nuevo. La
tradición, no obstante, no siempre se respetaba.
Días Nefastos
Véase de qué modo aquellos alucinados patriotas mantenían sus ilusiones y se
dormían en ellas hasta los últimos momentos de su angustiosa situación. Pero
la terrible realidad vino muy pronto a despertarles. El Duque de Angulema
llegó, en efecto, al frente del ejército francés, y dando sus disposiciones para
acometer, realizó punto por punto, y con escasa diferencia de días, el burlesco
programa trazado por Villanueva. En la noche del 30 al 31 de agosto –día de mi
santo– atacaron con formidable golpe de tropa el caño del Trocadero, y a pesar
de la heroica defensa hecha por la Milicia Nacional de Madrid, defensa que
ellos mismos se complacieron en encomiar, celebrando este triunfo como uno
de los más señalados de las armas francesas, quedaron dueños de esta
importantísima posición, cuya toma fue seguida de la de otros fuertes, no tan
vigorosamente defendidos por las tropas que los guarnecían, hasta que el 21
de septiembre, a la caída de la tarde, se vio ondear la bandera blanca de
Francia sobre el castillo de Santi Petri, que era la última salvaguardia de la Isla
gaditana.
Con estas sucesivas amarguras, y con la presentación de las perentorias
intimaciones consiguientes del sitiador, el Gobierno y las Cortes, que se habían
reunido de nuevo en sesión extraordinaria, cayeron en un profundo desaliento,
y más todavía cuando al amanecer del día 23 de septiembre la escuadra
francesa, aproximándose a la plaza, rompió contra ella, y a boca de jarro, como
suele decirse, un horroroso bombardeo, una verdadera lluvia de proyectiles, de
que no se desperdiciaban más que los que estallaban en el aire, o salvando la
población, iban a caer al otro lado del mar. La consternación del vecindario a
tan insólita acometida fue general; todos, y especialmente las mujeres,
saltando apresuradamente de sus lechos, corrieron a guarecerse a los
almacenes a prueba de bomba debajo de la muralla; las tropas y la Milicia, a
colocarse en las baterías, a lo largo de ella, y rompiendo éstas y las de los
fuertes y nuestras cañoneras un terrible fuego sobre las francesas, les
causaron gran destrozo con su acertada puntería. Era un espectáculo sublime
a par que horroroso y que apenas las nubarradas de humo permitían abarcar.
El rey Fernando, haciendo por primera vez alarde de valor, o confiado acaso en
que el fuego de los sitiadores no se dirigía al palacio de la Aduana, subió a la
torre a observarlo con su catalejo, no sin alguna exposición, pues que una de
las bombas, estallando en las cocheras reales, destrozó varios carruajes. Los
daños causados en el caserío de Cádiz fueron de la mayor consideración y
alcanzaron a un centenar de edificios; pero afortunadamente en las personas
no hubo una sola víctima, y cuando a las once de la mañana cesó de todo
punto el fuego, la población entera se lanzó a la calle con la más espontánea
alegría, y las donosas gaditanas, saliendo de su escondite de los almacenes de
la muralla, se mostraron tan halagüeñas, tan graciosas y compuestas como si
hubieran empleado aquellas horas angustiosas ocupadas en su tocador.
Pero esta última demostración, y las intimaciones que la siguieron debieron
convencer a las Cortes y al Gobierno que había sonado la hora de su
desaparición, y previas algunas contestaciones con el Príncipe francés, que se
negaba a tratar con otra autoridad que no fuera la del Rey, hubieron al fin de
resignarse a declarar a éste que se hallaba en libertad, presentándole por
fórmula un Real Decreto en que aseguraba ciertas garantías a los vencidos.
Fernando recibió en la noche del 30 este decreto-manifiesto de manos del
ministro de la Gobernación don Salvador Manzanares, y afectando cierto
movimiento de generosidad, no sólo le aprobó sino que añadió de su propio
puño algunas cláusulas aún más favorables, y señaló su salida para las diez de
la mañana del siguiente día 1.º de octubre. Verificóse, en fin, ésta con la mayor
solemnidad, embarcándose la real familia a bordo de una vistosa falúa, cuyo
timón gobernaba el capitán general don Cayetano Valdés, y en medio de las
salvas de los fuertes y murallas de Cádiz y de la escuadra francesa, arribó al
Puerto de Santa María, recibiéndole en la playa el Príncipe francés con su
Estado Mayor y el Gobierno de Madrid.
De esta manera terminó aquel interesante drama del período constitucional,
que acabo de narrar sencillamente como testigo presencial desde la primera
escena del 7 de marzo de 1820, en que Fernando, asomado a los balcones del
Real Palacio, ofrecía jurar la Constitución, hasta el 1º de octubre de 1823, en
que le vi embarcarse para el Puerto de Santa María.
No hay que decir, porque es bien sabido, que Fernando, al pisar tierra, anuló
deslealmente su espontáneo decreto de la noche anterior, y firmó el nefasto
manifiesto que le presentó el ministro don Víctor Sáez, en que, siguiendo su
costumbre, condenaba todo lo hecho en aquel período y establecía el
absolutismo más desatentado y sañudo.
Las tropas francesas ocuparon los fuertes y pabellones de Cádiz, y en la tarde
del siguiente día 2 formaron en parada a lo largo de la muralla, llamando la
atención la magnífica Guardia Real por su continente marcial y brillantes
uniformes. En una de las compañías de granaderos se ostentaba en primera
fila, y como cabecera de ella, con sus charreteras de estambre y su fusil al
hombro, la imponente figura del Príncipe de Saboya-Carignan, aquel mismo
Carlos Alberto, rey de Cerdeña, que viniendo ahora, como aficionado, a
combatir la libertad en España, intentó, muchos años después, darla a su
patria; y que, derrotado en los campos de Novara, renunció a ella y abdicó la
corona en su hijo Víctor Manuel, retirándose a Portugal, donde murió en las
cercanías de Oporto.
Los oficiales franceses fraternizaban con los milicianos y les colmaban de
elogios por su bizarro comportamiento. El mariscal Bourmont lo hacía
igualmente con el general Valdés, y la población, en fin, repuesta de su
sorpresa, tornaba a sus hábitos de expansión y de alegría. Pasaron algunos
días sin que se observase en su aspecto material variación alguna, y hasta la
misma lápida de la Constitución, que se ostentaba en la plaza de San Antonio,
y las infinitas que se veían en las fachadas de muchas de las casas, con los
artículos más marcados de la misma esculpidos en letras de oro, todo
permanecía en tal estado, sin que nadie osase destruir aquellos emblemas de
un pueblo eminentemente liberal; baste decir que para arrancar la de la Plaza,
en las altas horas de la noche del 6, y hallándose formadas en ella las tropas
francesas, hubo necesidad de llamar albañiles del vecino Puerto de Santa
María, por no haber en Cádiz ningún obrero que a ello se quisiera prestar.
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