Num034 018

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CINE
La comedia
JORGE BERLANGA*
Ernst
Lubitsch
S
I hay un género que ha
dado al cine una ingente
cantidad de obras maestras y
que, sin embargo, ha tenido que
sufrir los rigores del desprestigio,
ése es el de la comedia. Los
críticos, a la hora de enjuiciarla,
le han dado durante años un
tratamiento menor, al igual que
los jurados de festivales a la hora
de concederle premios. Incluso
los mismos actores la desprecian
en cierto modo, suspirando
continuamente por conseguir el
gran papel dramático donde
poder demostrar lo bien que saben soltar la lágrima. ¿Puede llegar a ser la comedia un vicio inconfesable? La verdad es que todavía hay gente para la que ir al
cine es algo similar a una ceremonia sacra, solemne y que hay que
tomarse muy en serio. Gente reacia a admitir que ¡se puede ir a ver
una película sólo para reír y pasar
un buen rato. Si hay una visión
errónea del hecho cultural, y especialmente del cinematográfico,
es la valoración en géneros mayores y menores. Puede haber obras
sublimes y obras deleznables,
pero siempre en base a sus valores
intrínsecos, ajenos a la generalización. Aunque un equivocado exceso en la aspiración intelectual
pueda a veces desmerecer los méritos de la comedia, la realidad de
la industria y del favor del público mantienen siempre viva la ca'Madrid, 1958. Licenciado
Filosofía y Letras. Crítico de
ne.
pacidad mágica del cine para destilar humor y conseguir esa explosión absurda y necesaria del espíritu que es la risa.
La comedia a veces puede decir
tanto de la vida como el drama.
Puede ser ligera y cosquilleante, y
otras, apabullante y áspera. Puede
ser acida o dulce, plácida o trepidante. Pero aunque en alguna
ocasión llegue a dejar sabor amargo, siempre se sostiene sobre una
premisa de optimismo, que no es
otra que la demostración de que
hasta en las mayores desgracias, el
ser humano siempre tiene en su
mano la maravillosa posibilidad de
reírse de sí mismo y de su circunstancia. No todo han de ser senti.mientos trágicos hacia la existencia. Con igual derecho y mayor
diversión, también se puede tener
un sentimiento cómico de la vida.
Esa es la enseñanza principal de
los grandes maestros de la comedia, como Ernst Lubitsch.
Humor y lujo
E puede ver ahora en nuestras pantallas un viejo título
de Lubistch: «Un ladrón en la alcoba», una película que él consideraba la mejor y más querida de
S
todas las suyas, y no sin razón.
Rodada en 1932, esta deliciosa
comedia viene a dar la razón a los
que opinan que cualquier tiempo
pasado fue mejor, especialmente
en lo que se refiere al cine. Todo
el genio del inolvidable director
está aquí condensado con cristalina pureza. Los diálogos, las escenas, el movimientos de los personajes, están engarzados con el sofisticado gusto de la más perfecta
y luminosa orfebrería. Cuando
uno va al cine a ver una joya
como ésta, se deja irremediablemente robar la atención por el
elegante birlibirloque de su autor.
Algo así como les pasa a los protagonistas del film, habitantes de
un paraíso encantado donde el
robo es simplemente considerado
como otra de las bellas artes en
un escenario de lujo.
La secuencia inicial es un ejemplo magistral de estilo para cualquier amante del cine. Lubistch
une a la elegancia un funcionamiento perfecto de relojería. El
encuentro entre dos ladrones profesionales de guante blanco, que
acaba en rendido enamoramiento
tras ir desvelando sibilinamente
su verdadera identidad anteriormente velada, es un prodigio de
«savoir faire», con un exquisito
sentido del diálogo cortés, a la vez
que agudo, entre dos supuestos
aristócratas embebidos en la sugestión romántica de la noche de
Venecia, en la que la luna se refleja en las copas de champagne, al
mismo tiempo que sujetos disimuladamente a más prosaicos intereses comerciales dirigidos a aligerar a su oponente de todo objeto de valor. El chispeante ingenio
que se desprende de principio a
fin de la escena, se mete en el bolsillo desde el inicio cualquier reserva por parte del espectador,
arrastrado ya en una historia que
fluye con indiscutible gracia y ritmo impecable.
La aparición de una rica viuda,
a la que la pareja de ladrones decide esquilmar, y las complicaciones al establecerse un triángulo
amoroso en el que las pasiones
del corazón se interponen hasta
que el protagonista debe tomar
una decisión entre el amor y su
profesión de carterista, dan pie a
un juego de situaciones exquisitamente enlazadas, donde brillan
con luz propia el trío principal de
actores: Herbert Marshall, Miriam Hopkins y Kay Francis, sin
desmerecer para nada excelentes
secundarios que han pasado a la
historia, como Edward Everett
Horton, Charles Ruggles o C. Aubrey Smith. En resumen, una deliciosa película, absolutamente refrescante a pesar del tiempo transcurrido desde su rodaje.
Alta comedia
podemos presumir de que
NOel cine
español sea muy dado
a la alta comedia. La tendencia
generalizada al llamado «cine de
boina» suele llevar a la comicidad
asilvestrada y con buenas dosis de
sal gorda más que al humor
refinado.
Emilio
Martínez
Lázaro, un director que comenzó
haciendo películas tirando a comprometidas, con cierto mensaje
social, se ha volcado en los últimos tiempos, en un cambio radical de intenciones, a hacer un intento de comedia sofisticada a la
española. En «El juego más divertido», la sofisticación no está tanto
en el fondo como en la forma, en
un complicado ejercicio narrativo
en el que se superponen dos
historias paralelas, con el inevitable riesgo de caer en ocasiones en
el embrollo desconcertante.
La historia se desarrolla en dos
planos donde se conjuga la su-
Maribel Verdú
puesta realidad con la ficción. Por
un lado, un serial de televisión de
enorme aceptación pública, donde se manejan encendidas pasiones amorosas, con una pareja de
enamorados y un marido de por
medio al que hay que eliminar.
Por otro, las vicisitudes que tienen los dos actores que encarnan
a la susodicha pareja, enamorados en la vida real, para consumar su pasión clandestina sin que
lo sepan sus respectivos cónyuges,
dado que no pueden ir a ningún
sitio sin ser reconocidos. La línea
dramática de la ficción televisiva
se entrecruza paso a paso con las
peripecias cómicas de los protagonistas a la hora de hacer realidad
una infidelidad imposible. El enredo, que es la habitual premisa
sobre la que se sustenta toda comedia, tiene aquí el único problema de enredarse demasiado con
las dos historias conjuntas. El
proyecto de Martínez Lázaro es
ambicioso, pero el resultado final
desmerece a la intención primaria. Los saltos entre el supuesto
serial televisivo y la acción real
tienen un ritmo desarmónico. La
ficción televisiva tiene un lenguaje totalmente cinematográfico,
cuando quizá hubiese sido conveniente darle un tratamiento distinto, empezando por la fotografía, el montaje, el trabajo de los
actores o los mismos títulos de
crédito que señalan los distintos
capítulos del serial. De cualquier
manera, hay que apuntar entre
los méritos de la película una buena dosis de diálogo chispeante, así
como el excelente trabajo de actores como Victoria Abril, Antonio
Valero, Antonio Resines, Santiago Ramos o Maribel Verdú. Es
loable el intento de Martínez Lázaro de hacer un tipo de comedia
inhabitual por estos pagos, pero
en otra ocasión debería centrarse
más en una historia sólida y olvidarse de dispersiones.
Comedía vasca
hace unos años, se está
DESDE
desarrollando en el país
vasco una cinematografía con
financiación autónoma, que
habitualmente ha sido dada a tratar temas excesivamente localistas. Por eso es digna de mención
la aparición de una película como
«Tu novia está loca», de Enrique
Urbizu. Situada en pleno Bilbao,
pero con personajes que pueden
darse en cualquier lugar, es, aún
con algunas torpezas propias de
un director debutante, uno de los
estrenos más refrescantes y divertidos que se pueden encontrar en
la actual cartelera. El argumento
es clásico, nada más y nada menos que los problemas que provoca un triángulo amoroso, pero el
tratamiento es imaginativo y lleno de ingenio. Las tribulaciones
de una joven «yuppie», directora
de una agencia de publicidad, que
se debate entre el amor a su novio, un abogado tirando a atípico,
y la súbita pasión por un afamado
actor borrachín y excéptico, se
desarrollan con agilidad, buen
humor, intuición en el «gag» y
diálogos brillantes gracias a un estupendo guión, con una galería de
personajes de moderna opereta
que dan el acertado tono coral sin
desentonar en ningún momento
por el exceso. Cuando los rivales
se hacen amigos para combatir
juntos la amenaza de la necedad,
se pone el lazo del final feliz a un
producto que, sin pretensiones y
con naturalidad, presagia un futuro optimista para su novel autor,
que destaca especialmente por
una excelente dirección de actores, destacando el trabajo de la sugestiva Ana Gracia, el gracejo habitual de Antonio Resines y Santiago Ramos (por cierto que estos
dos actores van poco a poco con-
virtiéndose en la nueva pareja cómica del cine español, con dos películas en estos momentos en cartel), y la eficacia de magníficos secundarios como Guillermo Montesinos, el Gran Wyoming o Alex
Ángulo.
Pasando a otras galaxias, hay
que hablar de la comedia del chiste fácil y el humor grueso, de la
que es especialista el americano
Mel Brooks. Este director ha hecho de la parodia un género, utilizando las películas clásicas de la
historia del cine para hacer su
propia chanza. Desde el cine de
terror, con el «Jovencito Frankenstein», al oeste con «Sillas de
montar calientes», pasando por
Hitchcock en «Máxima ansiedad», el cine mudo en «La última
locura», y atreviéndose incluso a
emular a Lubitsch en «Ser o no
ser», no hay nada ante lo que se
detenga este bromista irredento
del cine. Tarde o temprano, y
dado el éxito internacional de la
saga de «La guerra de las galaxias», de George Lucas, convertida ya en clásico cinematográfico,
tenía que llegar la correspondiente parodia por parte de Brooks.
Tomando los personajes característicos del original, la princesa de
un planeta amenazado, el aventurero del espacio acompañado por
un piloto peludo, el malvado escondido tras un casco oscuro, se
da la vuelta a la tortilla en busca
del humor inmediato. Con referencias claras a la película que sirve de modelo, lo que hace a veces
difícil comprender algún chiste
para el que no sea buen conocedor de la trilogía galáctica, Brooks
ni siquiera desdeña el meter en algún momento alusiones a películas como «El mago de Oz» o
«Alien», con repetición cómica de
una de las más célebres escenas de
esta última película. En resumen,
una película con unos objetivos
claros, destinada a hacer pasar el
rato al espectador sin exigencias
que sabe a priori a lo que va.
En el plano de comedia fantástica, resulta sin embargo más sorprendente «El chip prodigioso»,
de Joe Dante. Desde aquella antigua «Viaje alucinante», a nadie se
le había vuelto a ocurrir el introducir a una nave circulando por
el interior de un cuerpo humano.
En este caso, se trata de un experimento de miniaturización con
fines bélicos, en donde un piloto
de pruebas va a ser inoculado en
el interior de un conejo, pero tras
un sabotaje por parte de unos espías, acaba siendo inyectado accidentalmente en el cuerpo de un
mequetrefe empleado de supermercado. A partir de ese momento, la vida del sujeto, anteriormente anodina y mediocre, da un
giro radical. Perseguido por los
agentes enemigos, y a la vez obligado a recuperar el «chip» que éstos han robado, necesario para el
regreso del piloto a la normalidad, el alfeñique se convierte en
héroe, ayudado por los poderes de
la nave que circula en su interior.
La película combina sabiamente
el tono de comedia con las escenas de acción, destacando sobremanera los efectos especiales, que
día a día alcanzan en el cine una
mayor sofisticación, recreando en
esta ocasión con singular perfección el interior del ser humano,
dejando chiquitas aquellas recreaciones naifde corpúsculos y células que aparecían en el título antecesor. Gran parte del mérito se
la tiene que llevar el director, Joe
Dante, sin duda el 'director con
más talento para el cine fantástico
de nuestros días.
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