ARGUMENTOS
Los misterios del olfato humano
Catedrático de zoología de la
Universidad de Cambridge, D.M.
Stoddart es autor de numerosas
publicaciones,
científicas
y
de
divulgación, sobre el olfato humano y su
relación con el de otros mamíferos. En
ellas ha puesto de manifiesto que la vida
cotidiana,
y
especialmente
el
comportamiento sexual, de muchos
animales superiores, incluido el hombre,
se ven influidos y modificados por el uso
del sentido del olfato. Para Stoddart
existe una estrecha relación entre el
olfato y las zonas del cerebro que
controlan la emociones. El mono
perfumado, publicado en el Reino
Unido por Cambridge University Press,
causó una gran impresión en un público
muy diverso. A través de un recorrido
minucioso y esclarecedor por la historia,
la estética, el psicoanálisis y la zoología
esta obra puso de manifiesto el profundo
enraizamiento de los olores en la cultura
y en la fisiología. Este volumen, de cuya
traducción al español ofrecemos un
extracto, será editado por Minerva
Ediciones en el mes de noviembre.
Combina capítulos en los que predomina
el análisis biológico con otros en los que
se estudian las relaciones entre el olfato y
la psique, los perfumes y el incienso en la
historia y en la cultura de nuestro mundo
actual. En la evolución humana se dio,
para Stoddart, un proceso de pérdida de
sensibilidad olfativa que tuvo lugar
cuando
nuestros
antepasados
abandonaron los bosques e iniciaron la
vida colectiva en las llanuras; y esta falta
de
sensibilidad
estaría,
a
su
vez,estrechamente relacionada con la
aparición de la familia nuclear, forma de
convivencia dominante en la especie
humana.
El olfato humano: ¿un
enigma zoológico?
urante los siglos transcurridos desde el final de la
Edad Media hasta la Revolución Industrial, cuando la
cultura europea estaba experimentando con los
perfumes como protección contra la enfermedad y
para obtener una apariencia de limpieza, los filósofos
argumentaban y debatían el lugar del hombre en la naturaleza. En
algunos momentos de la historia europea este lugar estaba claro,
especialmente en las obras de los moralistas y los teólogos del
Renacimiento. De sus escritos puede deducirse que su principal
objetivo era definir el estatus especial del hombre y justificar su
dominio sobre las demás criaturas. La Biblia apoyaba esta idea al
considerar al hombre como algo central en el plan divino. Las
criaturas estaban para ser usadas por el hombre; Dios creó al hombre
para sí mismo y a las demás criaturas para el hombre. Francis Bacon
decía:
Si nos fijamos en las causas finales, el hombre puede ser
considerado como el centro del mundo, ya que si el hombre
desapareciera del universo, el resto del mundo quedaría fuera
de lugar, sin objetivo ni propósito.
Y como apunta el autor del Génesis (IX 2-3):
El miedo y el temor hacia ti lo experimentarán todos los
animales de la tierra y todas las aves del aire, todo lo que se
mueve sobre la tierra y todos los peces del mar; a tus manos
D
son entregados. Todo lo que se mueve y tiene vida será
comida para ti.
En cada hombre acechaba un vestigio de lo que Platón llamaba «la
bestia salvaje dentro de nosotros». La religión y la moralidad intentaban
domeñar estas trazas indeseables y elevar al hombre por encima de la
creación bruta. Cualquier característica compartida con los animales
disminuía la imagen gloriosa del hombre y lo hacía no mejor que los
animales sobre los que había sido designado para reinar. Él era único;
una criatura de la voluntad de Dios, que había sido situada lejos de las
bestias del campo y cuyos signos externos de civilización, decoro y
cortesía eran tan relevantes que Descartes desarrolló su famosa
doctrina de que los animales eran meras máquinas, mientras que sólo
el hombre combinaba la materia y el intelecto. Las vidas de los animales,
con sus terrenales e indecorosos hábitos —incluyendo un interés olfativo
en los cuerpos de sus congéneres— eran a veces despreciables.
Entonces llegó Charles Darwin. Cuando propuso que el género
humano había evolucionado dése el tronco de los primates, y estaba
relacionado con los monos que a menudo eran exhibidos en los zoos,
se desencadenó una erupción moralista y teológica de abrumadoras
proporciones. La teoría de la evolución fue atractiva para los jóvenes del
mundo protestante que aceptaron con rapidez una filosofía que los
distanciaba de la ortodoxia de Roma. Hoy día la teoría de la evolución —
pues sigue siendo exactamente eso— es ampliamente aceptada, aunque
de vez en cuando el fervor de los funda-mentalistas religiosos demanda
que, si no se prohibe en las escuelas, se asigne a otras filosofías
alternativas, al menos, el mismo tiempo que a esta teoría en la
enseñanza. El hombre es un animal y está muy estrechamente
relacionado con el chimpancé, con el que comparte el 99 por ciento de
su material genético. Tal vez los homínidos han sido claramente
distintos de los chimpancés sólo durante un periodo de entre 3,5 y 6,5
millones de años y el género Homo sólo ha existido durante un periodo
entre medio millón y cien mil años (Cronin, 1983). Genéticamente
somos parientes próximos a pesar de que las abismales diferencias de
comportamiento, culturales e intelectuales que nos separan son de
insondable profundidad. Un hipotético observador que llegara de otro
planeta notaría en ciertos aspectos muchas similitudes entre el
hombre y el chimpancé; los dos son criaturas activas y juguetonas con
mentes curiosos. Ambos vocalizan y parecen expresar su humor con
muecas faciales, y ambos sienten interés y complacencia por sus crías.
Los individuos más viejos, pasada la edad nubil, son venerados por el
grupo, y las refriegas entre grupos no son raras. Los dos tienen vista y
oído agudos y diestros dedos táctiles. Pero en lo que concierne a sus
reacciones hacia los olores de sus congéneres, el observador notaría
«En cada hombre acechaba un vestigio de lo que Platón llamaba í(la bestia salvaje
dentro de nosotros". La religión y la moralidad intentaban domeñar estas trazas
indeseables y elevar al hombre por encima de la creación bruta.»
que, especialmente para el hombre occidentalizado allí donde existen
facilidades higiénicas, el olor del cuerpo es contemplado como
desagradable e incómodo, y se emplean grandes esfuerzos en
hacerlo desaparecer. No sólo se usa el jabón y el agua para quedar
libre de las secreciones olorosas grasas de la piel, sino que además
los mechones de pelo que adornan las zonas más olorosas son
afeitados regularmente. Su abundante uso de perfumes, sin embargo,
diría a nuestro observador que el sentido humano del olfato está
lejos de atrofiarse y puede quedar perplejo al comparar el papel del
olor genital que acompaña a la copulación en los chimpancés con el
general desagrado expresado por los humanos cuando se enfrentan
con el mismo olor. Su confusión aumentaría aún más si descubriera
que los ingredientes más buscados para los perfumes humanos han
sido, desde el comienzo de la historia, las secreciones olorosas
sexualmente atractivas de diversas especies de mamíferos. Si el
extraterrestre hubiera leído libros de historia sabría que en el
momento de su muerte, las paredes de la habitación de la emperatriz
Josefina estaban tan fuertemente impregnadas con el señuelo sexual
del almizcle de ciervo del Himalaya que los obreros encargados de
limpiarlas se vieron afectados por nauseas y desvanecimientos.
Podría detenerse y preguntarse por qué un primate que busca
intimidad para copular, y se empareja con una sola hembra por
largos periodos de tiempo y que copula con mucha más frecuencia
que el chimpancé usa los atractivos sexuales de ciervos, liebres y
castores y no los característicos de su especie cuando cuenta con sus
propias baterías de glándulas productoras de aromas. De hecho, el
hombre tiene más glándulas olorosas en su cuerpo que ningún otro
primate superior, y las mujeres tienen mayor número que los
hombres. Nuestro observador difícilmente podría ser censurado si
volviera a su planeta preguntándose cómo en la tierra la biología
olfativa de estas dos criaturas tan cercanamente emparentadas ha
divergido tanto y tan rápidamente. Pero fue en la tierra, y porque el
hombre es un animal sujeto a las fuerzas de la selección como los
demás animales por lo que eso sucedió. Este libro es un examen de
la biología y cultura del olor humano. Estoy más interesado en
investigar el significado del olor en nuestras vidas en sus distintas
formas —incluyendo nuestro uso de perfumes e incienso— que en
considerar los sucesos moleculares que tienen lugar en nuestras
narices cuando un particular aroma es catado e identificado. Por
fascinante que esto sea, mi énfasis radica en la influencia que los
olores tienen en nuestro cerebro, nuestra psique y en varios aspectos
de nuestra fisiología. Yo creo que el rasgo más curiosos de nuestro
«Un hipotético observador que llegara de otro planeta notaría en ciertos
aspectos muchas similitudes entre el hombre y el chimpancé; los dos son
criaturas activas y juguetonas con mentes curiosas»
«No sólo se usa el jabón y el agua para quedar libre de las secreciones olorosas
grasas de la piel, sino que además los mechones de pelo que adornan las zonas
más olorosas son afeitados regularmente.»
sentido del olfato es que mientras generalmente gustamos de los
dulces aromas de un jardín en verano, o del bouquet de un buen
vino, no disfrutamos, por regla general, con los olores naturales de
nuestros congéneres. Esto me intriga porque creo que la existencia
de un sistema sensorial efectivo —incluso altamente
discriminatorio— que aparentemente no tiene una función biológica
clara resulta algo bastante sorprendente. Que nuestros próximos
antepasados usaron sus narices para ayudarse en la caza es aceptado;
puedo, por lo tanto, aceptar que el hombre moderno todavía retiene
el vestigio del sistema que una vez le fue útil, de la misma manera
que conserva un apéndice, un coxis y otros vestigios de estructuras
que una vez tuvieron un uso biológico y ahora le sobran. Pero si la
nariz humana es vestigial, con sólo una fracción de la potencia que
tenía la de nuestros lejanos antepasados, ¿por qué los humanos son
tan susceptibles a los olores? ¿Por qué no se trata a la nariz como al
apéndice; aceptada como lo que es y dejada en paz? Muchos poetas
rinden homenaje regularmente a los placeres logrados con el sentido
del olfato, pero no sé de ninguno que obtenga inspiración para sus
versos del coxis o del apéndice. La nariz es a menudo contemplada
como un equivalente de la cola del mono, que gradualmente
desapareció cuando dejó de ser necesaria. Yo creo que es una falsa
equivalencia, aunque, como se verá más adelante, resulta irónico
que la cola se redujera y la nariz desarrollara su propio papel
específico bajo la influencia de un conjunto común de presiones
medioambientales.
El problema del olfato humano ¿es zoológico o cultural? Durante
siglos, nos hemos preguntado si los atributos culturales humanos
han contribuido a la evolución. Durante mucho tiempo este debate
se ha mantenido en terrenos espistemológicos —los antropólogos
culturales generalmente saben poco de zoología comparativa y de
biología animal, y los zoólogos claramente han ido derechos a
adoptar una supuesta fuerza evolutiva (cultura) que no está
claramente sujeta a las presiones de la selección natural.
Afortunadamente esta barrera se está reduciendo y cada grupo tiene
mucho que aprender del otro para que los preceptos y principios de
la biología del comportamiento puedan reconciliarse con los de la
antropología. Merece la pena pasar revista a las ideas centrales de la
antropología para mostrar lo próximas que se encuentran estas dos
disciplinas. La primera idea es que el comportamiento humano varía
enormemente entre las distintas sociedades y está, en gran medida,
perfilado por todas esas cosas que los individuos aprenden como
resultado de criarse y vivir dentro de una sociedad particular. Esto
es la cultura. En segundo lugar, las culturas son específicas para los
pueblos en los que se encuentran, y reflejan las particularidades
ecológicas y otras restricciones de su entorno. En tercer lugar, los
juicios de valor que un observador puede hacer sobre una cultura
dada son relativos a esa cultura y no a ninguna otra. Finalmente, la
cultura no se desarrolla directamente como un resultado de la
biología humana; tiene su propia dinámica interna que la perfila y
modifica por las particulares necesidades de adaptación de una
sociedad dada. Las primeras tres ideas son completamente
compatibles con nuestro entendimiento del comportamiento
biológico cuando se aplica al reino animal; sólo la última es
incompatible. Sobre esto Irons dijo:
Si la cultura evoluciona en sus propios términos sin
responder a los intentos humanos de darle forma, y al
mismo tiempo determina la forma del comportamiento
humano, entonces es difícil ver cómo las tendencias del
comportamiento evolucionadas podrían hacer que la
conducta tome la forma que maximiza la adaptación inclusiva.
Esto es el quid de la cuestión, porque es la adaptación inclusiva de
los individuos que forman una sociedad la que determina si la
sociedad perdura y florece o no. La cultura ha evolucionado sobre
cerca de 35.000 generaciones de humanos desde que el género
Homo se diferenció por primera vez; que contribuyó a su éxito está
fuera de toda duda, pero no es el único determinante de su éxito. La
dificultad de resolver el problema puede ser superada añadiendo a
las cuatro ideas básicas de la antropología la expectativa de que la
mayor parte de las formas de la conducta serán o biológicamente
adaptantes o expresiones de tendencias evolucionadas que fueron
adaptantes en un momento anterior de nuestra historia evolutiva. En
este libro veremos varios aspectos de nuestro sentido del olfato que
pueden ser contemplados como expresiones de tendencias
evolucionadas que tienen una positiva ventaja selectiva en alguna
etapa temprana de nuestro pasado evolutivo. Por ejemplo, puedo
argumentar que durante la época del Mioceno, los antepasados
prehomínidos del hombre empezaron a agruparse para cazar los
grandes ungulados de las praderas y que estos hábitos gregarios
planteaban una amenaza a la integridad del lazo de pareja que
existía entre machos y hembras, ya que permitían que las señales
«La nariz es a menudo contemplada como un equivalente de la cola del mono, que
gradualmente desapareció cuando dejó de ser necesaria. Yo creo
que es una falsa equivalencia»
olorosas del estro-reclamo de las hembras fueran percibidas por
«Para retener las ventajas sociobiológicas que los lazos de pareja
proporcionan a las crías fue necesario que la información presente en las
señales quedara difuminada en el cerebro hasta perder su sentido,»
todos los machos del grupo. Para retener las ventajas
sociobiológicas que los lazos de pareja proporcionan a las crías fue
necesario que la información presente en las señales quedara
difuminada en el cerebro hasta perder su sentido. El uso universal de
un pequeño número de los ingredientes del incienso por pueblos de
todas las culturas puede ser atribuido a los olores de las resinas
alcohólicas, que imitan aquellas antiguas señales, e
inconscientemente estimulan las partes más profundas del cerebro.
De forma similar, los perfumes más finos contienen indicios, o notas
de una naturaleza urinaria que inconscientemente remueven la
memoria vestigial de las feromonas sexualmente atrayentes, dado
que éstas son expulsadas del cuerpo por la orina. Puede verse cómo
estos dos usos culturales de los olores están firmemente enraizados
en la biología evolucionista y sirven como ejemplo de la interacción
de las variables biológicas y culturales.
Escribiendo unos años después de la publicación de su análisis
sintético que combinaba la genética, el comportamiento y la
ecología para formar una teoría de la sociobiología, E.O. Wilson
mostraba su interés por el cada vez más fuerte y conveniente puente
entre zoología y antropología:
Es saludable para los antropólogos decirles a los biólogos
que sus ideas son demasiado simples para explicar la
importancia real de la cualidades del comportamiento
social humano, y para los biólogos decirles a los
antropólogos que nunca tendrán una explicación
satisfactoria de este comportamiento en ausencia de la
teoría evolutiva y de la biología de la población... La
antropología llegará a ser más biológica, y la biología
llegará a ser más antropológica. La sutura entre las dos
materias desaparecerá, y ambas enriquecerán su contenido.
El sentido del olfato es un buen punto de arranque; es tan
típicamente humano para los humanos como es vital para los
animales. La literatura etnológica y antropológica abunda en
descripciones de costumbres y prácticas que son esencialmente
culturales, pero son susceptibles de ser adaptadas dentro del
contexto de un significado adaptativo previo. Así cuando el capitán
Beechy del Blossom informó en 1831 de que los esquimales se saludaban mutuamente restregándose las narices y después lamiendo las
palmas de sus manos frotándose primero en sus propias caras y
después en las de sus invitados, la evocación de las ceremonias de
saludo de muchos mamíferos que se olfatean y lamen uno a otro fue
inevitable. En 1890 Rother describía el saludo entre los habitantes
de las colinas de Khyoungtha en la India:
Su forma de besar es extraña; en vez de presionar labio
contra labio, aplican la boca y nariz a la mejilla, y hacen
una fuerte inhalación. En su lenguaje no dicen «dame un
beso» sino «huéleme».
Si pudieran hablar, muchos mamíferos dirían lo mismo. Estos dos
simples ejemplos de diferencias culturales en el comportamiento de
saludo, desarrolladas independientemente bajo diferentes
circunstancias sociales, están claramente enlazadas a un fenómeno
biológico: el de la indeleble envoltura olorosa que nos acompaña a
cada uno de nosotros dondequiera que vamos. Yo creo que la
zoología tiene algo que ofrecer a la etnografía, lo mismo que un
estudio de las culturas humanas puede ayudar a resolver algunos
rompecabezas zoológicos. El enigma del olfato humano no es más
zoológico que cultural.
El organismo humano no podría funcionar sin su piel. Con una
superficie de unos 2 m2, la piel es un órgano complejo que realiza un
abanico de funciónes. La primera y más importante, proporcionar al
organismo una cubierta externa flexible e impermeable, impidiendo
el escape de los líquidos internos y bloqueando la entrada no
deseada de líquidos ambientales. Su estructura no es uniforme por
todo el organismo; en algunas partes es gruesa y callosa para resistir
las fuerzas de fricción, como en las plantas de los pies y las palmas
de las manos; en otras contiene densos campos de terminaciones
nerviosas sensibles a la presión, como en los labios, las puntas de
los dedos y ciertas zonas de los genitales; y en otras forma mucosas,
como las presentes en los revestimientos de las mejillas y los
párpados. Una característica de la piel de todas las especies de
mamíferos es que tiene vello, y la piel humana no es una excepción.
En lo que los seres humanos son distintos (no ya de sus parientes
antropoides, sino del resto de los mamíferos de tamaño similar) es
en que carecen prácticamente de pelo. En sí mismo este hecho puede
explicarse en términos evolutivos (Morris, 1967), pero lo que llama
verdaderamente la atención es que al perder la mayor parte de su
pelo, los humanos no han perdido las glándulas que lo nutren.
Cada pelo crece en una profunda depresión situada en la dermis,
denominada folículo, a la que suele estar asociada una glándula
sebácea que produce un líquido oleoso, el sebo. El propósito
original del sebo era proteger el pelo contra el exceso de humedad y
la maceración consecutiva. El pelo con grasa flota: sin grasa se
«Llama la atención que el hombre, el simio calvo, tenga agregaciones de glándulas
sebáceas más densas que casi cualquier especie de mamífero.»
hunde; dicha impermeabilidad es útil no sólo para los mamíferos
semiacuáticos, sino también para las especies terrestres, ya que
repele la lluvia y contribuye a impedir el sobreenfriamiento del
cuerpo que aparece como consecuencia de la humedad. Klingman
(1963) aborda como sigue el enigma que supone que los seres
humanos hayan conservado las glándulas sebáceas en una piel casi
calva:
En el ser humano, salvo en unas pocas regiones muy especializadas,
el pelo es una estructura vestigial y rudimentaria, en su camino de
desaparición del estadio evolutivo. En este peculiar animal se ha
vuelto mayor la importancia psicológica (es decir, psicose-xual) del
pelo que su utilidad. Al quedarse obsoleto el vello, la glándula
sebácea está literalmente en paro. Es un fósil viviente con pasado,
pero sin futuro.
Llama la atención que el hombre, el simio calvo, tenga agregaciones
de glándulas sebáceas más densas que casi cualquier otra especie de
mamífero (Montagna y Parakkal, 1974).
Muchos mamíferos, y el ser humano se encuentra entre ellos, se
mantienen fríos gracias al sudor, fino líquido acuoso que se vierte
desde las glándulas cutáneas a la superficie del organismo, donde se
evapora. La energía necesaria para la evaporación procede de la
elevada temperatura corporal. Las glándulas sudoríparas se hallan en
la dermis y nunca están asociadas con los folículos pilosos ni con
los canales pilosebáceos. Son estructuras tubulares simples que se
encuentran en cualquier lugar, a excepción del lecho ungueal, el
borde de los labios, el glande peneal y el tímpano. Son más numerosas en las superficies palmares y plantares de manos y pies,
donde su densidad es cuatro veces mayor que en otra parte
cualquiera del organismo. En la frente y las mejillas su densidad es
de aproximadamente la mitad que en dichas superficies,
constituyendo la segunda región del organismo más densamente
dotada. Cada adulto humano tiene unos tres millones de glándulas
sudoríparas, que son capaces de secretar 12 litros de líquido al día
(Millington y Wilkinson, 1983). Como casi todos los mamíferos, sin
embargo, los humanos tienen dos tipos de estas glándulas. Las de
enfriamiento se denominan cerinas, término que refleja el hecho de
que ninguna parte de la célula acompañe a la secreción en el lumen
de la glándula. La otra clase está constituida por las glándulas
apocrinas, llamadas así porque el ápice de cada célula secretoria es
obligada a entrar en el lumen junto con la secreción. En los seres
humanos hay densas agrupaciones de glándulas apocrinas en las
axilas, la región suprapúbica, la región perianal y el perineo, cara,
cuero cabelludo y región umbilical del abdomen. Es muy
significativo que éstas sean las zonas del organismo que han
conservado cuantiosos crecimientos de vello. También hay
glándulas apocrinas especializadas en el meato auditivo externo
«Todas las pruebas de anatomía, la química y la psicología sugieren que el ser
humano es de hecho el más perfumado de los simios.»
(glándulas "ceruminosas"), en las superficies de los párpados
("Glándulas de Molí") y el el tabique de la cavidad nasal (Alverdes,
1932). La agregación más llamativa de glándulas apocrinas se sitúa
en la axila y a ese respecto el ser humano es verdaderamente
destacado. Aunque en el chimpancé y el gorila se va a encontrar un
órgano axilar, son pequeños en comparación con los de los seres
humanos. Montagna y Parakkal (1974) consideran la agregación
apocrina axilar como un órgano oloroso.
Considerada como un órgano productor de olor, la axila humana es
un órgano perfectamente hecho a la medida. Las glándulas apocrinas
secretan pequeñas cantidades de un material viscoso que se disuelve
en el sudor ecri-no acuoso el cual se expande por una amplia
superficie. Los vellos axilares albergan microorganismos que atacan
las sustancias apropiadas y el área completa se mantiene casi
constantemente húmeda. En términos de cantidad y de tamaño de las
glándulas sebáceas y apocrinas, el hombre tiene que considerarse,
con bastante diferencia, el simio más perfumado de todos. Una
comprensión adecuada de la estructura, funcionamiento y situación
de estas baterías del perfume es un requisito previo necesario para
comprender mucho de nuestro uso (y descuido) del olor. La
presencia de glándulas productoras de olor pone de manifiesto lo
que con demasiada frecuencia se desea disimular en las sociedades
occidentales, esto es, que el olor es un atributo tan humano como
cualquier otro. En el capítulo anterior presenté pruebas que permiten
relacionar la percepción del olor con la reproducción sexual; el
desarrollo, el lugar de aparición y la calidad del olor producido por
las glándulas olorosas humanas en la piel permite relacionar también
la producción de olor con la comunicación sexual.
Todas las pruebas de la anatomía, la química y la psicología
sugieren que el ser humano es de hecho el más perfumado de los
simios. La agregación de glándulas apocrinas en órganos discretos,
algunos de los cuales están colocados cerca de los órganos sexuales
y provistos de difusores olorosos semejantes a mechas, junto con el
hecho de que no comienzan su actividad secretora hasta que el
individuo alcanza la edad de la madurez sexual, apunta a que tienen
una función relacionada con el sexo. Las pruebas de la biología
comparativa son aquí precisas. La literatura abunda en descripciones
de recrudescencia anual de las glándulas, tanto sebáceas como
apocrinas, con el comienzo de la estación de apareamiento; la
conexión neuronal entre el órgano olfatorio y las gónadas ya se ha
establecido. Pero es demasiado simplista concluir que el olor
glandular cutáneo del ser humano desempeña un papel importante
en las relaciones sexuales. Ya he aludido al enigma que constituye
considerar el órgano axilar como "una flor de juventud" o "llevar
una cabra bajo el brazo" y resulta evidente del análisis de muchos
escritos científicos y populares que no es posible generalizar sobre
la agradabili-dad, o no, del olor corporal humano.
Que las personas tienen un gran olor corporal individual es obvio
para todos, aunque ésta es una cuestión que, sorprendentemente,
parece haber sido documentada por los psicólogos sólo de una
manera bastante ocasional. En un estudio sobre 254 "personas vivas
de distinción", el 10 por ciento de los encuestados indicaron que su
capacidad de discriminación olfatoria de retención era tal que
podrían identificar a sus conocidos por sus olores (Laird, 1935). Una
mujer llegó tan lejos como a decir: "Puedo localizar a las personas
por su perfume; mi pobre esposo se sentía desconcertado cuando le
decía dónde había estado por el olor que conservaba en la ropa o en
la piel".
Tales poderes son infrecuentes, aunque probablemente más comunes
de lo que mucha gente cree, y nuestra capacidad de reconocer a las
personas por su olor es inferior en muchos órdenes de magnitud a la
de un perro con el peor olfato. Que el olor personal puede
desempeñar un papel en la comunicación no verbal fue estudiado
por Schleidt (1980) y Schleidt, Hold y Attili (1981). Veinticinco
parejas alemanas tomaron parte en la investigación de Schleidt
llevando una simple camiseta de algodón cada noche durante una
semana. Durante el experimento se pidió a cada sujeto que oliera
grupos de diez camisetas e identificara la que le pertenecía a él, la
que pertenecía a su pareja, las que llevaban los varones y las
mujeres, y las que tenían un olor que podía describirse como
agradable, indiferente o desagradable. Sólo una pequeña proporción
de personas pudo discriminar fácilmente las camisetas que habían
llevado los hombres de las que habían llevado las mujeres. Los
varones y las mujeres por igual describieron las camisetas de los
varones como predominantemente desagradables y las de las
mujeres como sobre todo agradables, aunque esto se veía con mayor
claridad cuando los sujetos se amoldaban a un modelo estándar de
higiene personal; esta observación se hizo también en pruebas
similares entre parejas italianas y japonesas.
Pero cuando a los varones se les presentaba una camiseta y se les
decía que era suya, aun cuando no lo hubiera sido, la clasificaban
como agradable. Esto ilustra violentamente una de las grandes
«No sólo los padres de los neonatos, sino las abuelas y las tías, pueden
identificar correctamente las camisetas con las que estuvieron vestidos. Esto
sugiere que habría alguna clase de base genética para el olor familiar.»
«El papel del sistema olfatorio consiste en discriminar entre las señales, exactamente
como hace el sistema inmunitario cuando se enfrenta a los
antígenos.»
dificultades con las que se enfrentan los trabajadores en este campo:
los seres humanos se comportan como si tuvieran miedo de oler
como seres humanos, porque los seres humanos huelen mal. Por
tanto, el olor de uno mismo, o el de cualquier prenda de vestir que le
pertenezca, es agradable. Es muy significativo que las industrias de
la moda y los cosméticos existen para intensificar las características
visuales humanas, pero la industria del perfume lo hace, según
parece, para suprimir nuestras características olorosas humanas. Hay
un contexto biológico, sin embargo, en el que los seres humanos
parecen ser capaces de hacer valoraciones correctas de la
identificación del olor; se trata del reconocimiento de parientes a
través de señales olfatorias. Los neonatos pueden orientarse
correctamente hacia el olor del pecho de sus madres (Russel, 1976)
y al de su axila (Chernoch y Porter, 1985; Schaal, 1986) y, de igual
manera, las madres pueden reconocer correctamente a sus propios
lactantes por su olor (Porter, Chernoch y McLaughlin, 1983); una
gran proporción de ellas puede hacerlo incluso después de haber
estado en contacto con ellos tan sólo diez minutos (Kaitz y otros,
1987). Cada vez se acumulaban más pruebas a favor de que los
padres pueden distinguir sólo por pistas olorosas cuál de sus hijos se
ha puesto una camiseta concreta y que los niños pequeños pueden
discriminarse correctamente entre sí. Esta capacidad puede
conservarse hasta 30 meses (Porter y Moore, 1981). Recientemente
Porter y otros (1986) han demostrado que no sólo los padres de los
neonatos, sino las abuelas y la tías, pueden identificar correctamente
las camisetas con las que estuvieron vestidos. Esto sugiere que
habría alguna clase de base genética para el olor familiar. Esta
sugerencia recibió apoyo de Porter, Chernoch y Balogh (1985), que
pidieron a una serie de sujetos no familiarizados con una serie de
estímulos individuales que emparejaran la camiseta que habían
llevado las madres y sus hijos. La precisión del emparejamiento fue
estadísticamente significativa. Lo que estos experimentos indican es
la falta de importancia de la dieta en la característica de la señal
olorosa. Esto se ha observado antes. Laird (1934) habla de un
hombre que en su juventud reconoció un olor particular y peculiar
para su compañero de juegos y su familia. Cuando ya era anciano, y
manteniendo todavía el contacto con la familia, fue capaz de
percibir el mismo olor en la tercera generación. Los perros pueden
reconocer la semejanza del olor de gemelos idénticos y pueden
seguir la pista o discernir a una persona con la que no están
familiarizados después de oler a su hermano o hermana (Kalmus,
1955; Gedda, 1981). Gloor y Synder (1977) demostraron que los
individuos genéticamente relacionados tienen glándulas cutáneas
que funcionan igual y contribuyen a firmas olorosas
indentificablemente relacionadas. La idea de una base genética para
la semejanza olorosa corporal no debería causar sorpresa, dado que
la semejanza física y de comportamiento dentro de las familias es
algo conocido por todos. Hace una serie de años, cuando trabajaba
con ratones que habían sido especialmente criados (ratones
congénitos) para que fueran homocigotos para todos los alelos, con
excepción del locus de los genes ligados denominado complejo
principal de histocompatibilidad (MHC), se observó que los ratones
eran socialmente más reactivos a otros de una diferente cepa MHC
que a su propia cepa (Yamazaki y otros, 1981). Cuando se les
permitió elegir entre aparearse con un miembro de la misma cepa
MHC o con uno de una cepa diferente, una proporción
significativamente mayor de ratones eligió parejas que diferían sólo
respecto a este único locus. Este trabajo depura los estudios previos
de Gilder y Slater (1978) en los que se demostró que los ratones no
congénitos preferían aparearse con parejas genéticamente distantes.
Yamazaki y sus colaboradores condicionaron después a ratones
sedientos a correr por un laberinto en "Y" para conseguir una gota
de agua ante una corriente de aire que había pasado encima de la
orina de ratones de una cepa MHC igual. Cuando la corriente de aire
se cambió por otra que había pasado sobre la orina de ratones de una
cepa MHC diferente, los sujetos no consiguieron desempeñar su
tarea. En este estudio se demostró que los ratones pueden detectar la
minúscula cantidad de divergencia genética que existe entre las dos
fuentes donantes de olor, que se refleja en pequeños cambios en la
composición de metabolitos urinarios. Hay una razón muy buena
para que el locus MHC tenga un elevado potencial para marcar a los
individuos por su aroma, y ésta es que el locus MHC es donde se
determinan las características inmunitarias del organismo (Goldstein
y Cagan, 1981; Beauchamp, Yamazaki y Bóyse, 1985). El papel del
sistema inmunitario consiste en reconocer la diferencia entre lo
"propio" y lo "no propio" con respecto a una serie de importantes
rasgos inmunológicos como el rechazo de injertos transplantados,
las respuestas inmunitarias a antígenos complejos y a los virus y
bacterias, etc. Sin embargo, este locus parece estar implicado
también en una serie de rasgos no inmunológicos, entre ellos el nivel
de testosterona plasmática, la importancia de los órganos sensibles a
los esteroides y, como hemos visto, las preferencias de apareamiento
«Todas las pruebas, pues, indican que los seres humanos tienen un aparato
productor de olor muy activo que parece engranarse con la biología
reproductora.»
«A menudo los olores usados por los fabricantes son de nota resinosa o
cítrica; el olor apiño es preferido por los usuarios de desinfectantes
domésticos porque se considera que es "saludable".»
de cepas congénitas de ratón. Goldstein y Cagan (1981) proponen un
modelo en el que participan dos genes ligados en el locus MHC, una
para la señal (= olor) y otra para el receptor olfatorio. El papel del
sistema olfatorio consiste en discriminar entre las señales,
exactamente como hace el sistema inmunitario cuando se enfrenta a
los antígenos. El trabajo no es completo aún, pero se han conseguido
bastantes indicios que demuestran un fuerte papel genético en las
características olorosas de los ratones relacionados. Lo mismo cabe
aplicar, probablemente, a los seres humanos. A propósito de esto, en
una última serie de experimentos, Gilbert y otros (1986)
demostraron que los seres humanos pueden discriminar entre los
aromas de los ratones congénitos que difieren sólo en el locus MHC
así como entre las orinas de esos ratones; esto no sólo demuestra
que la nariz humana tiene una gran capacidad de discriminación,
sino también que diferencias metabólicas muy mínimas son
discernibles para la nariz humana. Todas las pruebas , pues, indican
que los seres humanos tienen un aparato productor de olor muy
activo que parece engranarse con la biología reproductora. Nuestro
visitante de otro planeta no lo pensaría dos veces antes de notificar
que los seres humanos son olfatoriamente activos, en particular si
hubiera echado un vistazo a todos los demás mamíferos terrestres.
Sin embargo, si interrogara sobre la posible participación consciente
del olor en sus procedimientos de selección de pareja se
sorprendería al comprobar que cualquier afirmación que pudiera
obtener sería, a lo sumo, muy tibia y que muchos la negarían con
gran vehemencia. Habría esperando más del simio más perfumado.
Ahora debemos examinar si hay alguna prueba de que los olores
humanos actúan como feromonas inductoras, condicionando el
sistema neuroendocrino para la reproducción sexual. Los filósofos
griegos sostenían que un elemento de suprema importancia para el
bienestar espiritual del hombre era un fuego interior, o pneuma, y
éste podía ser estimulado por el agua, que no era considerada como
un líquido puro, inodoro, sino como una sustancia en la que estaban
todas las sustancias posibles. El agua destilada es, desde luego, pura
y no contiene sustancias disueltas; pero el razonamiento usado por
los griegos era que cuando un líquido se evapora son las partes más
volátiles las que primero son expulsadas y las menos volátiles las
que se quedan atrás; la destilación resulta de la separación de
volátiles y no volátiles. De esl^ forma nació la noción de la cualidad
"esencial" de una sustancia, una cualidad que era fuertemente
perceptible por el sentido del olfato. Líquidos tales como la orina
eran considerados como activos ya que despedían una corriente de
continuos efluvios que aparentemente no disminuía; esto era su
esencia, lo mismo que los olores corporales de las víctimas del
antihéroe de Süskin eran su esencia. De acuerdo con Jones (1914)
las sustancias aromáticas para los griegos estaban asociadas con
todo aquello que se consideraba "entusiástico" e "inspirador"; la
misma palabra "inspiración" se refiere técnicamente al acto de
inspirar. La presencia de corrientes de efluvios esenciales emanando
de un líquido podía ser usada para contrarrestar influencias peligrosas o desagradables, lo mismo que un lanzallamas proporciona
cierta protección contra el ataque. Como el calor era también
considerado como un efluvio no es sorprendente que las sustancias
aromáticas pudieran ser usadas para guardarse de los malos
espíritus, demonios y duendes que habitan lugares ardientes; y la
idea del olor estaba vinculada con la de calor, fuego y vapor. Los
poderes supuestamente protectores de las esencias de las sustancias
aromáticas quedaron reflejados en los materiales usados por los
griegos como medicinas: la medicina era materia de catarsis, de
excluir alguna influencia invasora, de forma que era lógico que
todas las medicinas tuvieran un fuerte, fétido o aromático olor. Así
el vino era diurético o astringente según fuera aromático o no. La
fumigación era rutinaria en la alcoba de un enfermo, y en el cuerpo e
incluso después de la muerte, para arrojar -y mantener fuera- esas
fuerzas del mal que pueden sólo vivir donde no hay olfato ni
respiración. Hornero recomendaba quemar flores de azufre en la
casa del enfermo: la práctica continúa hoy. También continúa de una
manera mucho menos evidente. Los fabricantes de un sector entero
de productos para la limpieza doméstica, desde el jabón en polvo
para lavar hasta abrillantadores para el suelo, venden sus productos
tanto por el aroma que desprenderá el artículo como por su eficacia
limpiadora. La idea subyacente no es simplemente que para ser
limpio un artículo tiene que oler -de hecho, puede argüirse que una
camisa que conserva el olor de un perfume sintético añadido al
jabón en polvo está menos limpia que una que no ha sido
contaminada de esa forma- sino la idea del olor como defensa frente
a los demonios. A menudo los olores usados por los fabricantes son
de nota resinosa o cítrica; el olor a pino es preferido por los usuarios
de desinfectantes domésticos porque se considera que es
"saludable". McKen-zie (1923) hace notar que la misma palabra
"smell" está relacionada con la eslava "smola" que quiere decir
resina o brea -una asociación a través del lenguaje de un profundo
significado del poder de este olor. Saquitos y almohadas rellenos de
pino son todavía usados por algunas personas en el tratamiento de
desórdenes respiratorios y por sus propiedades saludables en
general. Es posible, sin embargo, que pueda haber una base
entomológica para la eficacia del almohadas de pino para asmáticos,
para quienes el polvo y los ácaros de la ropa de cama son una
constante amenaza. La resina del pino, como todas las resinas, es
medianamente insecticida y el uso de saquitos rellenos de pino
puede ayudar a los pacientes de las vías respiratorias disminuyendo
la población de parásitos de este tipo. En el antiguo Egipto, como
veremos en breve, contemplaban los aromas agradables como
aspectos esenciales de la belleza y empezaron a asociar un olor
delicado con la alegría y la felicidad, hasta tal extremo que el
jeroglífico correspondiente era una nariz, un ojo y una mejilla.
(Gardiner, 1950). Los griegos también incluían en la palabra que
significa placer las nociones de olor y sabor, y de las ofrendas
quemadas. Esto parece haber sido una constante entre las antiguas
culturas que relacionan las ideas de júbilo y contento con los olores
agradables y las ofrendas adecuadas para los dioses. De forma
bastante independiente del surgimiento de la filosofía griega
encontramos muchas ideas parecidas en las culturas de los pueblos
alrededor del mundo. Frazer (1923) nos explica que la inspiración
para la sibila en el Hindú Kush es lograda mediante la luz de un
fuego hecho de agujas de cedro sagrado, sobre el que coloca su
cabeza -cubierta con un paño- y respira profundamente. Pronto es
poseída por convulsiones y colapsos hasta caer al suelo, sólo para
recobrarse y pronunciar su oráculo. En la isla de Madura, al norte de
la costa de Java, cada espíritu tiene su propio médium a través del
cual se comunica con los vivos. Para prepararse para la recepción
del espíritu el médium, que es más a menudo una mujer que un
hombre, se sienta con su cabeza sobre un incensario durante cierto
tiempo antes de de perder el .sentido con un colapso. Se supone que
su voz, cuando se recobra, es la del espíritu que ha poseído su alma
durante la temporal ausencia de la suya propia. En Uganda los
dioses pueden hablar a través de un oráculo, que previamente ha
encendido una pipa de hierbas e inhalado su humo profundamente
repetidas veces hasta que se provoca a sí mismo el frenesí. En las
costas de las islas Kei de Nueva Guinea los malos espíritus abundan,
y ocupan cada árbol, cueva y laguna. Demonios irascibles están
siempre dispuestos a salir de sus madrigueras a las más ligera
provocación y a desencadenar su terrible cólera sobre el imprudente
ofensor. Sólo el fétido, proteico olor de las raspaduras ardientes de
un cuerno de búfalo o de los pelos de un esclavo papú son capaces
de mantener alejados a los espíritus. Lo mismo que el alma, o la
esencia del hombre, tenía que ser persuadida para alejarse
temporalmente a través de la fumigación con objeto de permitir la
penetración de un espíritu en el oráculo, así con frecuencia se
pensaba en muchos pueblos que el alma abandona el cuerpo en la
«Freud
era bien
consciente
del apapel
porpara
los olores en las vidas
última
respiración
antes
de la muerte,
menosdesempeñado
que se haga algo
sexuales
de
los
animales
y
en
particular
del
significado
de las emanaciones
evitar que eso suceda. Los habitantes de las islas Marquesas
las regiones
anogenitales
mamíferos.»
acostumbraban a de
mantener
cerrada
la nariz y en
la los
boca
de un
moribundo para mantenerlo con vida no permitiendo a su espíritu
escapar, ¡aunque su intervención, indudablemente, precipitaba su
fallecimiento! Entre los esquimales de las islas Baffin la persona
«Son escasos los escritores que han tenido el valor de sumergirse en la parte aromática
de la psique; Süskind es el más reciente.»
que preparaba un cuerpo para su entierro se pone piel de conejo seguramente un bien escaso— dentro de sus propias fosas nasales
para evitar que cualquier exhalación del cadáver pueda entrar en su
propio cuerpo y corromper su alma. La costumbre entre los
esquimales era tapar la ventana derecha a los difuntos masculinos y
la izquierda a las difuntas, creyendo que el alma entraba en el
cuerpo por un lado de la nariz y se iba por el otro y mostraba, al
hacerlo, una marcada preferencia según el sexo. Los temas
recurrentes en lo concerniente a estas observaciones son las
creencias de que la respiración, el alma y el olor están, de alguna
manera, relacionados y que el ser puede ser protegido de las
malignas influencias exteriores de la misma manera que pueden ser
calmados los dioses. Jones (1914) ha examinado el significado
psicológico de la respiración en el simbolismo religioso y ha
desarrollado una tesis que le atribuye un papel esencial.
Fundamental para ese argumento es la idea de que el sentido
humano del olfato ha sido reprimido a partir de algún momento en
su tiempo de evolución, de forma que, hoy día, no percibimos el
mundo aromático como lo hicieron nuestros ancestros prehumanos.
Jones no presta atención a este fenómeno, aceptando simplemente
que tiene que haber ocurrido. Antes de continuar con un examen de
sus ideas es necesario primero revisar lo que ha sido escrito sobre la
represión del olfato.
El único que ha propuesto que la represión del olfato tiene lugar en
alguna época del pasado ha sido Sigmund Freud (1909) quien, en su
trabajo a lo largo de toda su vida, con su nueva técnica del
psicoanálisis aplicado a toda clase de problemas mentales, creó la
opinión de que la mayoría de las neurosis y psicosis podrían
remontarse hasta una represión sexual. Creía que la civilización
impuso demasiado estrictamente unas pautas de conducta sexual y
que el conflicto causado dio lugar a los casos clínicos que le fueron
referidos. En una carta a su colega Fliess (quien, como se recordará,
fue el que desarrolló su teoría de "puntos genitales" en la mucosa
olfatoria), Freud escribió:
He sospechado a menudo que algo orgánico jugaba un
papel en la represión (sexual); fui capaz de decirte una vez
que era una cuestión de abandono de zonas anteriormente
sexuales y pude añadir que estaba complacido de haber
encontrado una idea similar el Molí. En realidad no doy
prioridad a nadie con respecto a esta idea; en mi caso la
noción estaba relacionada con la variación del papel
desempeñado por la sensaciones del olfato: adoptada la
posición vertical, con nariz alzada, al mismo tiempo un
número de sensaciones anteriormente interesantes,
relacionadas con la tierra, se convierten en repulsivas mediante un proceso todavía desconocido para mí. (Él
vuelve su nariz hacia arriba = se contempla a sí mismo
como algo noble).
Freud continúa diciendo que existe en la libido (excitación sexual)
memoria vestigial y ésta puede tener un efecto en la libido a través
de la acción diferida.
La acción diferida de este tipo tiene lugar también en
conexión con memorias de excitación de las zonas
sexualmente abandonadas. El resultado, sin embargo, no
es una liberación de la libido sino una incomodidad, una
situación interna que es análoga al desagrado...
Freud era bien consciente del papel desempeñado por los olores en
las vidas sexuales de los animales y en particular del significado de
la emanaciones de las regiones anogenitales en los mamíferos.
Sostenía que la civilización, que es el desarrollo de grandes
agregaciones de seres distantes en el tiempo, ejerció diversas
presiones sobre los humanos, entre las cuales destacaba una fuerte
tendencia a deshacerse de las heces fecales de forma higiénica.
Como con tantas de sus convicciones, no aportó ninguna razón por
la que se adoptó tal tendencia, aunque varias razones biológicas
plausibles acuden pronto a la imaginación. La necesidad de
deshacerse de las propias heces, argumenta, requiere que
previamente el supuesto placer en el olor fecal se convirtiera en
desagradable. Esto es lo que él quiere decir con "algo orgánico".
Para justificar esto, recuerda que todo niño atraviesa una fase de
erotismo anal en la que no encuentra desagrado en el olor fecal ni en
el olor del gas intestinal, y a menudo esto va acompañado por una
cierta renuencia a defecar, renuencia en dejar ir una parte del
cuerpo. El proceso de represión orgánica cambia la percepción de la
cualidad del olor, de placentero a desagradable, y así hace posible el
desarrollo de las tendencias higiénicas.
Ellis (1910) en su clásico trabajo Studies on the Psychology ofSex
dedica un sustancial número de páginas al sentido del olfato y su
«Ponerse saquitos perfumados fue un hábito común entre las mujeres en
muchas partes del mundo —Sir Joseph Banks lo descubrió entro los Maories
y el capitán Cook lo observó en otros pueblos polinesios —y sirve para
reforzar la asociación entre olor y sexo.»
significado psicológico. Traza una línea de separación entre el
olfato y los otros sentidos —entre el sentido de la imaginación,
según propone, y los sentidos del intelecto— y en las siguientes
palabras resume los ricos campos que esperan al artista sensitivo:
... nuestras experiencias olfativas del cuerpo humano se
aproximan más a nuestras experiencias táctiles que a
nuestras experiencias visuales. La vista es el más
intelectual de nuestros sentidos, y nos confiamos a ella con
relativa intrepidez sin ningún temor indebido de que su
mensaje nos cause daño por su intimidad personal;
buscamos sus experiencias porque es el órgano principal
de nuestra curiosidad, como el olfato es el del perro. Pero
entre nosotros el olfato ha dejado de ser un canal
importante de curiosidad intelectual. Los olores
personales, a diferencia de la visión, no nos suministran
una información básicamente intelectual; por el contrario
evocan aquello que básicamente tiene un carácter íntimo,
emocional e imaginativo.
Son escasos los escritores que han tenido el valor de sumergirse en
la parte aromática de la psique; Süskind es el más reciente pero
también pueden ser mencionados Baudelaire («Fleurs du Mal»,
«Petits Poems en Prose»), Zola («La Faute de L'Abbé Mouret») y
Huysmans cuyo trabajo fue mencionado en el capítulo 3. Estos
autores expresan un placer sensitivo en el poder y la riqueza de los
olores que fluyen de todas las cosas en el mundo natural. Zola, en
particular, profundiza más que ningún otro autor. La gran obra de
Proust («A la recherche du Temps Perdu») fue inspirada por la
respuesta emocional a un particular olor firmemente unido con su
pasado. Entre los poetas, que ponen más énfasis en los olores que
los novelistas, debe ocupar el primer puesto el inglés Robert Jerrick
(1591-1674) que escribe sobre las fragancias de sus diversos amores
con una fuerza y exquisita intensidad que es verdaderamente
llamativa:
Si beso el pecho de Anthea
huelo el nido de ave Fénix:
Si beso sus labios, el más sincero
altar de incienso, huelo allí
manos, y muslos, y piernas, están
ricamente aromatizados
la diosa Isis no puede darle más
almizcle y ámbar:
Ni puede ser Juno más aromática,
cuando yace con Júpiter.
(«Love perfumes all parts»)
Y de nuevo:
¿Quién obtendrá la esencia de las flores?
Tómala del sudor de Julia;
Esencia de lilas y de nardos
toma de su cuerpo húmedo;
si respira o sopla,
fluirán todos los ricos aromas
(«El sudor de Julia»)
El autor de "El Cantar de los Cantares", por otro lado, usaba una
fuerte imaginería psicosexual:
Mi amado dentro de mí es como una bolsa de mirra
que reposa entre mis pechos;
mi amado dentro de mí es como un ramo de flores de
alheña
en las viñas de Engadi.
(«El Cantar de los Cantares» de Salomón 7-9)
Ponerse saquitos perfumados fue un hábito común entre las mujeres
en muchas partes del mundo —Sir Joseph Banks lo descubrió entre
los Maories y el capitán Cook lo observó en otros pueblos
polinesios— y sirve para reforzar la asociación entre olor y sexo. Lo
que es más significativo en la estrofa anterior es la referencia a las
flores de herma (Lawsonia inermis). El autor presumiblemente no
reconoce conscientemente el significado de la henna porque su uso
estuvo ampliamente difundido a través de Egipto y el oriente medio.
El perfume de las flores, cuando se machacan y se huelen de cerca,
tienen un olor a semen que transciende a cualquier nota floral.
Muchos árboles y plantas tienen flores con un olor similar; el
agracejo, la lima, el polen de muchas herbáceas y el castaño por
mencionar sólo algunos. El olor de los racimos de la flor del castaño
inspiró a Sade para escribir su delicioso cuento «La Fleur de
Chátaignier» (1957) en la que, para el obvio embarazo de un joven y
guapo cura, una joven de familia protectora suya, pregunta a su
madre sobre la naturaleza del olor del castaño diciendo que está muy
familiarizada con el olor pero que ¡no consigue recordar qué es o
dónde lo ha olido antes! Un tema muy recurrente en poemas es que
el olfato no puede ser saciado con la riqueza del perfume y el poeta
desearía absorber para siempre los aromas. En ninguno está mejor
expresado que en la invitación de Cátulo a su amigo Pábulo
pidiéndole que acuda a su casa a un banquete:
Cenarás bien, querido Pábulo en mi casa
dentro de unos días, si los dioses te son propicios,
si traes contigo una cena generosa
y espléndida; y ciertamente una encantadora chica también
y vino, e ingenio y risa de todo tipo.
Si, como digo, traes estas cosas, querido amigo,
cenarás bien. Pues el bolsillo de tu querido Cátulo
está lleno de polvo y telarañas. Pero a cambio
recibirás la esencia más pura del amor
o algo aún de mayor fragancia y gracia:
pues te daré un perfume que le fue entregado
a mi amada por venus y cupidos.
Cuando alcances a olerlo, pedirás a los dioses
que te transformen por completo, querido Pábulo, en nariz.
Un número de olores particulares son asociados con Venus pero el
más importante es el del mirto (Myrtus communis). Cuando emergió
de las olas y enjugó el agua de sus cabellos, se percató de la
presencia de muchos sátiros lascivos que la miraban. Para proteger
su desnudez de aquellos ojos recogió algunas ramas de arbusto y se
las ajustó:
y así escondió las partes de su cuerpo con mirto
y quedó a salvo. Ahora te dice a ti que hagas lo mismo.
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Los misterios del olfato humano ARGUMENTOS

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