Quiero ser díscolo y soñador, como
los hombres que esculcan el
universo. 1
Papá Sese era un enamorado de las
estrellas. Pasaba noches enteras
acostado en el jardín contemplando el
firmamento. Aun recuerdo los regaños
que le daba la abuela.
-Estás loco. ¡Te vas a resfriar! –le
decía ella, pero él no le hacía caso.
Seguía mirando hacia arriba y
tomando notas en su viejo cuaderno.
Tiempo después supe que así como el abuelo fueron los primeros astrónomos:
gastaban días y noches enteras mirando el cielo. No poseían ningún instrumento
que les ayudará a descubrir los secretos del universo. No les importaban ni los
regaños ni los resfriados. Podían durar toda una vida persiguiendo los pasos de
una misma estrella en la noche.
En el libro que heredé de mi abuelo leí sobre
la vida de aquellos primeros hombres que
esculcaron el firmamento. Me fascinó la vida
de Nicolás Copérnico. En los tiempos en que
todos creían que la tierra no se movía, que
estaba quieta y que alrededor de ella giraban
la luna, el sol y todas las estrellas y planetas,
¡el universo entero!, él insistió en afirmar que
ella daba vueltas alrededor del sol. Por esto lo
llamaron loco y prohibieron la lectura de sus
libros. A otro “esculcador”, Galileo Galilei, lo acusaron de herejía por apoyar las
ideas de Copérnico. Galilei construyó el primer telescopio. Con él descubrió que
en la luna había montañas y que Júpiter tenía lunas.
Yo sí creo que los estudiosos del universo tienen algo de díscolos y soñadores. Lo
digo por lo que he leído y, claro, por mi abuelo. El viejo gozó como nunca el día en
1
Imágenes y texto sacados de Pilar Lozano, Colombia, mi abuelo y yo. Relatos mágicos de nuestra geografía
(Bogotá, D.C.: Panamericana, 1998, pg. 16-24)
1
que el hombre llegó a la luna. Casi enloquece de alegría. Cuentan que nunca lo
vieron tan feliz como ese día de julio de 1969.
El viejo se dedicó a comprar todas las revistas y libros que hablaban de la hazaña.
No pensaba más que en la conquista del espacio. Años después toda la familia
decidió regalarle un telescopio de Navidad. Desde entonces, Papá Sese, el
telescopio y yo pasamos muchas horas juntos.
Al universo lo integran millones y millones de galaxias las forman millones y
millones de estrellas, polvo cósmico y gases.
Ésta fue la primera lección de astronomía que aprendí. Confieso que en un
comienzo no me interesó para nada el tema. Continúe por un tiempo dedicado a
mis juguetes de siempre. Pero un día sentí curiosidad. Ocurrió exactamente
cuando vi por primera vez el cielo a través del telescopio. Tuve la sensación de
estar flotando como un astronauta por el espacio. Con este aparato los planetas y
las estrellas se acercan tanto que, por un
momento, me sentí capaz de tocarlos
con la mano.
Por indicación de mi abuelo busqué
primero la luna. ¡Qué divertido! Recuerdo
que me pareció como un inmenso queso,
de esos que tiene agujeros muy grandes
y les gustan tanto a los ratones. Luego
miré a Marte. Es como una bola roja.
Pero el más bonito –y aún es mi
preferido- fue Saturno. Con sus anillos
de mucho colores da la impresión de ser
un platillo volador.
Poco a poco, el telescopio, los libros y mi abuelo me ayudaron a entender mejor el
universo. Pronto comprendí que es un espacio inmenso y oscuro por donde viajan
a millones de kilómetros las galaxias. Dan vueltas sobre sí mismas como si fueran
remolinos.
La tierra hace parte de una galaxia: la Vía Láctea. En esta galaxia habita también
una estrella especial: el Sol. Es como una inmensa bola de fuego. Los sabios
dicen que jamás podremos llegar hasta ella. Nos derretiría su calor antes de
alcanzarla.
2
Alrededor del Sol se mueven nueve planetas. Sus nombres los aprendía a recitar
de memoria, desde el más cercano al Sol, hasta el más lejano: Mercurio, Venus, la
Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón.
La mayoría de ellos, los antiguos griegos y romanos los bautizaron con los
nombres de sus dioses. Mercurio, por ejemplo, es el dios del comercio, Venus la
diosa del amor, Marte el dios de la guerra…
El Sistema Solar es como una gran
familia formada por todos los planetas
y satélites que giran alrededor del Sol.
Él, como un benévolo padre, les
reparte a todos luz y calor. Como
Venus está tan cerca al Sol, recibe
tanto calor que si colocáramos un
soldadito de plomo en la superficie, se
derretiría en poco tiempo. Como
Plutón se halla tan lejos, su superficie
es tan fría que allí los helados se
harían en un instante.
Una obsesión del viejo era hacerme
entender que el universo está
prácticamente vacío. Esto a pesar de
estar habitado por millones y millones
de galaxias. Un día me sentó a su lado y me dijo algo que sonaba muy importante:
-Escucha muy bien. El Sol es están grande que la Tierra cabría en él más de un
millón de veces. Si jugáramos a que el Sol es un balón de un metro de ancho, la
Tierra sería como una arveja. La distancia del Sol a la Tierra es de 150 millones de
kilómetros. ¡No cabe en la imaginación esa distancia tan grande! –agregó,
llevándose las manos a la cabeza. Luego añadió-: Si el Sol fuera ese balón y la
tierra la arveja, la distancia entre uno y otro sería como de una cuadra.
Así mi abuelo me fue haciendo comprender los tamaños y las distancias de todos
los planetas. Cerré los ojos y traté de imaginar un Sistema Solar de juguete. Me
fue imposible. Salí entonces con el viejo al parque del barrio, uno de esos que
ocupan una manzana. Allí él me invitó a fabricar un pequeño Sistema Solar.
3
-Éste será el Sol- dijo el abuelo.
En la otra esquina pusimos la arveja: la Tierra. Luego situamos los planetas que
están entre el Sol y la Tierra. Mercurio tan pequeñito como el cabeza de un alfiler,
y Venus, representado por otra arveja. En el parque ya no podiamos ubicar otros
planetas. ¡Sin embargo estaba vacío! No jugamos más. Para colocar a Neptuno en
nuestro diminuto Sistema Solar nos hubiera tocado caminar muy lejos. ¡Más de
cincuenta cuadras! Y Neptuno sería un pequeño limón… Sí, Papá Sese tenía
razón.
¡El universo permanece casi vacío!
Ese día –y me ocurre siempre que pienso en esto- temblé al imaginar lo fácil que
es perderse en el espacio. ¡La distancia entre uno y otro objeto cósmico es tan,
pero tan grande!
Para ir a la Luna, que parece tan cercana, ¡tardaríamos 16 días viajando en jet!
Pero lo que más me gustaba escuchar del abuelo eran las historias de las
estrellas. La idea de que las estrellas nacen y mueren como los hombres me
fascino. Una noche soñé con ellas. Unas estrellas eran niñas, otras jóvenes, otras
como mamás y otras viejitas como abuelas.
Tuve este sueño porque antes
de irme a la cama él me contó
que las estrellas cambian de
color de acuerdo con la edad.
Son azules cuando jóvenes;
amarillas cuando empiezan a
madurar; rojas al llegar a la
vejez y, cuando están cerca a
la muerte, se vuelven negras
y blancas. Por fortuna se
necesitan muchos siglos para
que esto ocurra pues las
estrellas viven millones y
millones de años. ¡Hasta
quince mil millones de años!
4
Hace poco tuve una bella experiencia, la más grandiosa de las que he vivido sin
mi abuelo. ¡Vi el cometa Halley! ¡Parece una estrella arrastrando una cola de luz!
¡Pero se vio tan chiquitico!
Los antiguos describían los cometas como cabelleras humanas arrastradas por el
viento. Los astrónomos modernos dicen que estos “visitantes del reino de las
estrellas” son como una bola de nieve. Los cometas andan errantes por el espacio
cósmico.
El Halley, que es uno de los más grandes, pasa cerca de la Tierra cada 76 años.
Mi abuelo me habló de él. Lo había visto en 1910. Me confesó que había sentido
un poco de miedo. ¡La gente pensaba que con el cometa llegaría el fin del mundo!
En aquella ocasión pasó muy cerca de la Tierra y se vio muy grande.
Una vez más en 1986 los terrícolas nos sentimos felices con el cometa Halley.
Todos nos preparamos para verlo, y hasta enviamos un satélite que llegó cerca de
él para conocerlo mejor.
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