Mujeres, metanfetamina y reducción de daños: una experiencia sin fronteras
Gabriela Sánchez López*
Hoy en día, los mitos y leyendas en relación a la metanfetamina y las mujeres son tan fantásticos como
las historias de brujas medievales que copularon con demonios en orgías de beleño, y tan numerosos
como los datos que se dieron a conocer durante la segunda mitad de la década de los años ochenta,
cuando se habló de los “crack babys” como una generación de “niños perdidos”, “hijos de mujeres
adictas”, de los que se creyó todo tipo de desgracias, a excepción de la “normalidad”. Más adelante,
algunos reflexionaron si sus posibles “inadaptaciones” se debían a las negativas expectativas que se
tuvo de ellos, o bien, a que efectivamente el crack inhabilitó sus funciones como seres sociales
productivos desde el útero corrompido de sus madres.
Durante esos años, como ahora, se habló de una “nueva y terrible sustancia”, se representó con
dramatismo su poder adictivo y los hombres de gobierno asumieron con voz de duelo y seriedad que
enfrentábamos un reto que nos rebasaba pero que estoicamente íbamos a atacar. Entonces era el crack,
ahora es el crystal, una forma local de metanfetamina.
La investigación-acción en el campo del uso de metanfetamina entre mujeres es un terreno apenas
labrado por los y las investigadoras, activistas y profesionales de la salud en el contexto
estadounidense. El uso de metanfetamina ha sido ampliamente estudiado por y desde las comunidades
de varones que tienen relaciones amorosas y/o sexuales con otros varones; la abundancia de enfoques,
programas y servicios desde esta trinchera, aun en su generosidad, resultan apenas un impulso en el
afán por reducir los daños ocasionados por el abuso de metanfetamina en dichas comunidades. Sin
embargo, estos esfuerzos no han alcanzado a las mujeres (aunque tampoco se ha abordado el trabajo
con varones heterosexuales) como población objetivo de acciones destinadas a la prevención y a la
reducción de daños asociados al uso de la metanfetamina.
Como una respuesta ante la necesidad formativa en este campo, se llevo a cabo el taller “Women and
Methamphetamine” impartido por la doctora Susan Kingston en el Harm Reduction Training Institute
de Oakland, California, al cual asistí como parte de las actividades propuestas para el programa de
formación de recursos humanos en Salud Pública, convenido entre la Universidad de Arizona y El
Colegio de Sonora.
El taller tuvo por objetivo brindar herramientas para la aplicación de estrategias de reducción de daños
entre mujeres que usan metanfetaminas, socializando información de puntuales investigaciones en este
campo y suscitando el intercambio de experiencias entre las y los asistentes provenientes de diversos
centros de estudios, organizaciones e institutos interesados en desarrollar modelos de servicios e
intervención abocados a la reducción de daños entre usuarias de sustancias.
¿Son los cerebros de las mujeres diferentes a los de los hombres? ¿Qué significado dan al uso de crystal
las mujeres?, ¿Como vive el embarazo una mujer que usa crystal? ¿De qué forma impacta al feto?, ¿De
qué depende el acceso a servicios de salud de una mujer que usa crystal? Fueron algunas de las
preguntas que se llevaron a la mesa de discusión.
“Qué casa tan limpia”, “qué delgada”, “que trabajadora mujer”, sean quizás algunos de los
comentarios de vecinos y parientes en algún momento de la vida de una usuaria de crystal, quizá
durante la conocida “luna de miel” con la sustancia, una etapa en donde la forma de usar el crystal se
relaciona estrechamente con las tareas que se quieren desarrollar o los logros que se quieren obtener,
un período altamente productivo en todo itinerario de uso de sustancias.
Alguna vez Freud lo dijo en relación a la cocaína: “Se percibe un incremento en el autocontrol y se
posee mayor vitalidad para trabajar… En otras palabras, se es simplemente más normal, y es difícil de
creer que se está bajo la influencia de una droga”(1). Sin duda, para muchas mujeres, el uso de crystal
es una forma de cumplir con expectativas sociales que son fácilmente asumidas a través de este
estimulante, como las conductas heroicas de las madres bajo la influencia, que les permite convertirse
en cuidadoras que sobreviven difíciles crianzas no compartidas y en ocasiones dobles jornadas de
trabajo o el aislamiento doméstico; la energía sexual que obtienen del crystal les permite no solo ser
objeto de deseo sino ejercer el placer de maneras insospechadas. Finalmente, se trata del crystal usado
como una herramienta para retomar el control, aun sea momentáneo, de sus cuerpos.
Las estrategias a planear deben de orientarse a identificar métodos de acceso a esas mujeres que no
comparten espacios laborales, en donde podría darse la oportunidad de trabajar con ellas a través de
grupos delimitados, por ejemplo entre las obreras de una maquiladora, jornaleras en el campo, mujeres
que realizan trabajo sexual, etcétera, atendiendo lo que algunos estudios ya han puntualizado acerca
del incremento del número de mujeres jóvenes que se dedican a labores en el hogar y que utilizan
crystal para: suprimir el apetito, perder peso e incrementar la energía para lidiar con la crianza y las
actividades del hogar.
Ahora, pensar en la mujer latina implica un doble esfuerzo, sobre todo si pretendemos contestar ciertas
preguntas: ¿hace comunidad la mujer latina?, ¿de qué forma?, ¿en qué espacios? ¿Cómo concibe su
cuerpo y su “competencia estética” una mujer latina en Estados Unidos, considerando que la belleza es
una percepción subjetiva orientada por estereotipos de clase y raza? La mujer latina enfrenta riesgos
latentes, diferentes a aquellos asociados a otras poblaciones femeninas, si pensamos fundamentalmente
en la condición de millones de mujeres que han emigrado a Estados Unidos de manera ilegal, una
situación que limita su acceso a servicios de salud, a lo que se suma el miedo a reconocerse como mujer
latina, en un ambiente político cada día más hostil para la población hispana que arriba a este país del
norte en busca de oportunidades de vida y de trabajo. Por otra parte, el lenguaje es una barrera
insalvable si no se cuenta con una perspectiva sensible a las diferencias culturales, en ello el éxito del
programa “Mujer Sana”, que me ha acogido como aprendiz de su experiencia, coordinado por las
doctoras Sally Stevens y Rosy Andrade, en el sur de Tucson, Arizona, el cuál se enfoca a trabajar
herramientas de prevención de VIH, STD y Hepatitis C con mujeres que usan sustancias.
Como [email protected] y [email protected] en el área de la salud pública, el taller vino a reafirmar lo que
sospechábamos: la urgencia de indagar más sobre las prácticas de uso y abuso de sustancias entre
mujeres, sus percepciones en relación al uso de sustancias, la evaluación de programas existentes y, sin
duda, sobre los diferentes retos que implica el ser biológico mujer, conocimientos elementales acerca
del papel que juega la constitución hormonal en los procesos neurocerebrales que se desencadenan con
el uso de sustancias.
Como una reflexión añadida, podemos aseverar que la política de reducción de daños en México no es
imposible, no se trata de una política europeizada o primermundista, al contrario, se trata de una
política viable en cualquier comunidad donde exista ya un daño social debido al uso de sustancias, y
todos estaremos de acuerdo en que nuestras comunidades cumplen al menos con ese requisito. Se trata
de una política útil para cualquiera que haya sido educado en el estigma, el miedo, la culpa, la
desinformación y que ahora enfrente el reto de comprender lo que sucede en su familia, lo que le pasa a
alguien cercano que ama o lo que sobreviene en la comunidad donde creció.
Finalmente, como dice Mica Frazier, activista por los derechos de los usuarios y usuarias de sustancias
en la comunidad afroamericana de San Francisco: “hay que trabajar con los recursos que tenemos” y
nosotros tenemos miedo y culpa; tenemos un estado generalizado de no querer hablar de lo que
sucede. Pienso yo, que es suficiente para empezar: avocarnos a la reducción del daño social generado
por el estigma.
1. Tomado de: Jones, Ernest (1953) “The Life and Work of Sigmund Freud”, Vol. 1; Londres: Hogarth
Press, Pp. 82.
*Antropóloga y Maestra en Ciencias Sociales con especialidad en Salud por El Colegio de Sonora.
Actualmente, como becaria del programa TIES (Training, Internships, Exchanges and Scholarships)
desarrolla un currículo de talleres de reducción de daños a través de una perspectiva de género, para
ser aplicados con mujeres que usan metanfetamina, comunidad y familia en la región fronteriza de
Sonora-Arizona, [email protected]
Pie de foto: [email protected] de [email protected] asistentes al taller. Instituto de capacitación de la Reducción de Daños, sede
del este.
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