Lima, 13 agosto 2013
Congreso Teológico en el Año de la fe
Arquidiócesis de Lima
Esta es nuestra fe
La Sagrada Escritura
como alimento de nuestra fe
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles
Deseo comenzar esta exposición explicando brevemente en qué
consiste la fe cristiana, para asegurarnos de que todos entendemos lo
mismo cuando decimos: «nuestra fe». La fe es un acto complejo. En ese
acto están comprometidos el ser humano y Dios. Después que llegó «la
plenitud del tiempo» (Gal 4,4) y envió Dios a su Hijo al mundo, podemos
decir más precisamente que en el acto de fe están involucrados el ser
humano y Cristo.
Por un lado, experimentamos que la fe es una virtud que está en
nosotros, experimentamos que es un acto nuestro, que es cada uno el
sujeto de ese acto y decimos, por ejemplo: «Creo en Dios Padre…». El
Catecismo de la Iglesia Católica, cuando define la fe, insiste en esta
dimensión. Leamos esa definición: «La fe es ante todo una adhesión
personal del hombre a Dios; es, al mismo tiempo e inseparablemente, el
asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (N. 150)
El Catecismo define la fe como un acto del ser humano que
compromete sus facultades más altas: la inteligencia y la voluntad.
«Adhesión personal del hombre a Dios… asentimiento libre a toda la
verdad revelada» son actos de la voluntad. Pero ese asentimiento libre no
es ciego; es un asentimiento a la verdad y, por tanto, un acto de la
inteligencia.
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Pero la fe compromete también a Cristo, según la afirmación de San
Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1Cor 15,17). En el
acto de fe hay algo que tiene que hacer Cristo. La fe es una conjunción
entre un acto nuestro y un acto de Cristo, ambos son simultáneos. Por eso
decíamos que la fe es un acto complejo.
Para explicar esto veremos el concepto bíblico de la fe.
1.
El concepto bíblico de fe
El concepto de fe tiene su origen en el mundo bíblico. Fuera del
mundo bíblico no se encuentra. La raíz semita que expresa este concepto
suena así: «amán». Esta raíz se usa para significar algo «seguro, firme,
confiable, fiel, estable, duradero, algo que sirve de apoyo y fundamento».
De esa raíz semita procede la palabra «amén» que era a menudo usada
por Jesús cuando quería hacer una afirmación de revelación: «Amen,
amen lego hymin», que es traducida al latín: «Amen, amen dico vobis» y
que, para conservar el estilo de Jesús, debería traducirse al español: «En
verdad, en verdad les digo». Significa: «Como cosa firme les digo». El
concepto de verdad en hebreo se expresa con la palabra «emunah» que
tiene la misma raíz «amán». Expresa, por tanto, algo que puedo tomar
como «seguro, firme, confiable». El acto de fe consiste en fundar la vida
en la verdad revelada que se toma como apoyo firme. La verdad nos ha
sido revelada por Dios para eso.
La verdad, como la entendemos nosotros, es un concepto abstracto.
Pero el mundo semita, en el cual se dio la revelación, no ama los
conceptos abstractos; prefiere las cosas concretas. Si hubiera que hacer
una representación concreta de la verdad, de la «emunah», de lo que es
firme y no defrauda, tenemos que pensar en una roca. Y así representa el
mundo bíblico la verdad. Para el hombre del Antiguo Testamento no hay
nada más firme, confiable y fiel que Dios. Por eso, a Él se aplica, sobre
todo, el concepto de verdad y, por eso, se compara con una roca. Lo
vemos en múltiples textos:
«Vengan aclamemos al Señor; demos vítores a la Roca que nos salva…
porque el Señor es un Dios grande…» (Sal 95,1.3).
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El Señor (YHWH) «es un Dios grande»; Él es «la Roca que nos
salva»; Él ofrece un fundamento para la vida que no defrauda, es la
verdad.
Se podrían citar muchos otros Salmos donde se llama a Dios, la Roca,
equivale a decir: la verdad.
«Sean gratas las palabras de mi boca, y el susurro de mi corazón sea sin
tregua ante ti, Yahveh, Roca mía, mi redentor» (Sal 19,15).
«Hacia ti clamo, Yahveh, Roca mía, no estés mudo ante mí» (Sal 28,1).
«En Dios sólo descansa, oh alma mía, de él viene mi esperanza; sólo él mi
Roca, mi salvación, mi ciudadela, no he de vacilar; en Dios mi salvación y
mi gloria, la Roca de mi fuerza» (Sal 62,6-8).
«Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción,
Dios por siempre!» (Sal 73,26).
«Él me invocará (habla de David): ¡Tú, mi Padre, mi Dios y Roca de mi
salvación!» (Sal 89,27).
Se encuentra este modo de hablar sobre Dios también en los
profetas:
«Confíen en Yahveh por siempre jamás, porque en Yahveh tienen una
Roca eterna» (Is 26,4).
En textos polémicos contra la idolatría:
«Así dice Yahveh el rey de Israel, y su redentor, Yahveh Sebaot: “Yo soy
el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios…. Ustedes son
testigos; ¿hay otro dios fuera de mí? ¡No hay otra Roca, yo no la
conozco!» (Is 44,6.8)
El Dios de Israel es el Dios único; es una Roca y no hay otra. Los
ídolos son lo contrario de la verdad y lo contrario de una roca, ellos no
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ofrecen apoyo, son vanos, es decir al apoyarme en ellos no encuentro
nada que sustente:
«¡Escultores de ídolos! Todos ellos son vacuidad (tohu)» (Is 44,9).
Lo contrario de la «emunah» es lo que no ofrece apoyo, es lo vano.
Esta es la característica de los ídolos. Los profetas los llaman «vanidad».
«¿Por qué me han irritado con sus ídolos, con Vanidades extranjeras?»
(Jer 8,19).
«Sus estatuas son falsedad, no hay espíritu en ellas. Son vanidad,
hechura para burla; al tiempo de su visita perecerán» (Jer 51,17-18).
Se traduce por «vanidad» la palabra hebrea «hebel», que significa
«vapor, aliento», es decir, lo menos firme que se puede imaginar. Eso son
los ídolos. Eso es la falsedad.
La palabra hebrea «emunah» se traduce también por «fidelidad».
Es una característica esencial de Dios junto con la misericordia y suelen ir
unidas.
«Porque el Señor (YHWH) es bueno, su misericordia es eterna y su
fidelidad (emunah) de edad en edad» (Sal 100,5).
Según la mentalidad bíblica, que es la que nosotros debemos
adoptar, la verdad es aquello que, puesto como fundamento de mi vida, no
me defraudará. La Escritura suele decir: «No quedaré confundido».
La palabra «amen», entonces, dicha al final del Credo, significa:
«Pongo todas estas verdades como fundamento seguro de mi vida y
construyo mi vida sobre ellas seguro de no quedar defraudado». Hacer
esto es la fe. No es una conquista mía, ni tiene su comienzo en una
decisión mía: es un don de Dios. Es un don de Dios en dos sentidos
relacionados: Dios nos concede el conocimiento de la verdad -Él es quien
la revela- y Dios nos concede el tomar esa verdad como fundamento
seguro de nuestra vida. La primera palabra de la Profesión de fe cristiana
–creo− y la última –amén− significan lo mismo.
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El concepto de fe bíblico lo formula Dios de manera muy sintética
por medio del profeta Isaías jugando con dos voces (hipil y niphal) de la
raíz «aman»: «Si no se afirman, no serán afirmados» (Is 7,9: Im lo taaminu
ki lo teemanu). Quiere decir: «Si no se apoyan en mí, no estarán
sustentados».
En la Biblia hebrea se usa otro concepto para expresar la verdad.
Es el sustantivo «emet», que expresa una característica de Dios, que a
menudo -como la «emunah» divina- va unida a su misericordia «hésed»
haciendo la dupla: «misericordia y verdad (hesed we emet)». Buscada en
el diccionario vemos que la palabra «emet» tiene el mismo significado que
«emunah»: firmeza, fidelidad, verdad.
En estos términos se reveló Dios a Moisés, cuando Moisés pidió a
Dios algo imposible para el ser humano: «Dejame ver tu gloria» (Ex
33,18). Dios lo dejará ver sus espaldas y se revelará como un Dios «rico
en misericordia y verdad»
«Yahveh pasó por delante de él y exclamó: “Yahveh, Yahveh, Dios
compasivo y clemente, tardo a la cólera y rico en misericordia y verdad”»
(Ex 34,6).
«Todas las sendas de Yahveh son misericordia y verdad» (Sal 25,10).
«No he escondido tu justicia en el fondo de mi corazón,
he proclamado tu verdad (emunah), tu salvación,
no he ocultado tu misericordia y tu verdad (emet) a la gran asamblea» (Sal
40,11).
Una observación interesante que me hacía notar un rabino sobre la
palabra hebrea «emet» es que ella está compuesta por la primera letra del
alfabeto hebreo (alef), por la letra del medio (mem) y por la última (thau).
Tal vez encontramos una alusión a esto en una fórmula repetida por el
libro del Apocalipsis: «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios» (Apoc
1,8; 21,6). «Alfa» y «omega» son la primera y la última letra del alfabeto
griego. Dicho en hebreo sería: «Yo soy la alef y la thau», y estaría
insinuando la palabra «emet». Es como decir: «Yo soy la verdad».
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2.
La expresión paulina «pistis Christou»
La fe es necesaria para salvarse, porque consiste en poner como
fundamento de nuestra existencia a Dios que es la verdad, seguros de que
no quedaremos defraudados en el desenlace final de la vida. Así podemos
entender la afirmación de la Epístola a los Hebreos: «Sin fe es imposible
agradar a Dios» (Heb 11,6). No tener fe equivale a desconfiar de Dios y de
lo que Él ha revelado. No tener fe es lo mismo que poner otro fundamento
de nuestra vida, porque no se confía en que Dios sea sustento firme. Y
este dejar de lado a Dios ofende a Dios.
Dijimos que después de llegada la plenitud de los tiempos «cuando
Dios envió a su Hijo nacido de mujer» (Gal 4,4), en el acto de fe está
involucrado Cristo. Comenzamos, entonces, a hablar de la fe cristiana, la
única que hoy puede salvarnos. Hablando de Jesucristo, San Pedro, ante
el sanedrín, declara: «Él es la piedra, la rechazada por ustedes, los
constructores, que se ha convertido en piedra angular y no está en ningún
otro la salvación, pues no hay ningún otro Nombre bajo el cielo dado a los
hombres en el cual es necesario que nosotros nos salvemos» (Hech 4,1112).
Para explicar esa afirmación solemne de San Pedro vamos a
analizar un texto fundamental y de gran riqueza de San Pablo: «El hombre
no se justifica por las obras de la Ley sino por la fe en Jesucristo» (Gal
2,16). Se trata de ser justo ante Dios, de hacerse grato a Él, en lo cual
consiste la salvación. Para alcanzar esto San Pablo niega un medio −las
obras de la ley− y afirma otro: «la fe en Jesucristo». El hombre no se hace
justo por su esfuerzo en cumplir una ley, aunque sea la Ley de Dios, sino
por la «fe en Jesucristo»; en lugar de una cosa en que fundarse, pone una
persona; en lugar de la Ley, Cristo.
Para entender todo el sentido de esta afirmación −que es central−
conviene analizar más de cerca la expresión «fe en Jesucristo», ya que
este es el único medio para ser justos ante Dios. La expresión en la lengua
original -pistis Christou- tiene dos sentidos, que es imposible encerrar en
una traducción española única. Al traducir «fe en Jesucristo», como hacen
la mayoría de las Biblias, se pierde parte de su riqueza. En la lengua
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original griega hay dos cosas relacionadas: «pistis» y «Christos». Es una
relación expresada en la lengua griega (y también en la traducción latina
«fides Christi»), por el caso genitivo. Literalmente diríamos: la «pistis» de
Cristo. Este es el medio de nuestra justificación.
La primera acepción de la palabra «pistis», como se encuentra en
cualquier diccionario griego, es «fidelidad», es decir, aquello que causa la
fe. La «pistis Christou» sería la «fidelidad de Cristo». Por tanto, un primer
sentido de la afirmación de San Pablo es este: «El hombre se justifica por
la fidelidad de Jesucristo». El hombre se justifica solamente por esa
capacidad que tiene Cristo de ser fiel, es decir, de ofrecer un apoyo
seguro, estable, firme, que no defrauda a quien se apoya en él; por esa
capacidad que tiene Cristo de ser la verdad: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6).
En efecto, dirá San Pablo, «nadie puede poner otro fundamento que el ya
puesto: Cristo» (1Cor 3,11). En la plenitud del tiempo, él es la Roca en la
cual debemos fundar la vida. «Jesús es quien inicia y consuma la fe» (Heb
12,2). Repitamoslo: «El hombre no se justifica por las obras de la Ley sino
por la fidelidad de Jesucristo», por algo que Cristo hace.
Pero es cierto que la palabra «pistis» también tiene su acepción
normal «fe». Según esta acepción, la traducción literal de la expresión
paulina es: «El hombre se justifica por la fe de Jesucristo». Esta traducción
queda, sin embargo, descartada, porque nunca aparece Cristo como
sujeto del acto de fe; nunca es Cristo sujeto del verbo «creer»; no
encontramos en el Evangelio la afirmación: «Cristo cree». Si se toma el
término griego «pistis» en la acepción «fe», queda en pie sólo la
traducción habitual: «la fe en Cristo» y se refiere al acto nuestro de fe, en
que Cristo es el objeto. Resulta entonces: «El hombre se justifica por la fe
en Jesucristo», que es la traducción habitual.
La expresión «pistis Christou» es una expresión que en los estudios
bíblicos se califica como «pregnans» (preñada, es decir, que tiene dentro
otro sentido); dice estas dos cosas: «la fidelidad de Cristo» y «la fe en
Cristo». Estas dos cosas juntas y simultáneas (dichas con la misma
expresión) constituyen el acto de fe. El acto de fe es el encuentro de dos
cosas: la fidelidad de Cristo que ofrece un apoyo seguro, que no defrauda,
y la fe del hombre en Cristo, es decir, el acto por el cual se apoya
plenamente en él, seguro de no quedar defraudado.
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Ninguna Biblia, que yo conozca, opta por traducir el texto de San
Pablo diciendo: «El hombre se justifica por la fidelidad de Jesucristo». En
general optan por la traducción: «El hombre se justifica por la fe en
Jesucristo», poniendo en evidencia la parte nuestra y dejando en la
penumbra la parte de Cristo. Si el mismo San Pablo hubiera tenido que
traducir al español, es casi seguro que habría optado por la traducción que
pone en evidencia la parte que tiene Cristo en la fe que nos justifica.
Además, esta traducción es gramaticalmente más obvia pues respeta el
caso genitivo. Pronto va a llegar el día en que las Biblias cambien.
San Pablo repite la misma expresión en la carta a los Filipenses.
Recordando el momento de su conversión a Cristo, afirma que antes de
conocer a Cristo, «él era, en cuanto a la Ley, fariseo... y, en cuanto a la
justicia que se funda en la Ley, intachable» (Fil 3,5.6). Pero se cumplía en
él lo que enseña Jesús en la parábola del fariseo y el publicano. En esa
parábola el fariseo también era intachable en el cumplimiento de la Ley:
«Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias…».
Sin embargo, acerca de éste Jesús declara: «No bajó a su casa
justificado» (Lc 18,12.14). Esto lo sabía bien San Pablo, después de su
conocimiento de Cristo. Por eso agrega que en adelante espera «ser
encontrado en Cristo no teniendo mi justicia, la que proviene de mi
esfuerzo por cumplir la Ley, sino la que viene por la pistis Christou
-fidelidad de Cristo-fe en Cristo-, la justicia que viene de Dios fundada
sobre la fe» (Fil 3,9).
Para que el ser humano esté justificado, la primera cosa es la
fidelidad de Cristo; porque si el hombre tuviera fe en Cristo, pero Cristo no
ofreciera un apoyo seguro, si él no fuera la verdad, entonces «vana sería
nuestra fe… y nosotros seríamos los más dignos de compasión de los
hombres» (cf. 1Cor 15,17.19). Estaríamos en el caso de todos los que
adoran ídolos. Pero no. ¡Cristo es una roca firme! Y permanece tal aunque
nosotros no nos fundemos en él: «Si somos infieles, él permanece fiel,
pues no puede negarse a sí mismo» (2Tim 2,13). Construyendo nuestra
vida en él, teniendo fe en él, estamos justificados. Esto es lo que dice el
mismo San Pablo: «Bien sé yo en quién tengo puesta mi fe» (2Tim 1,12).
Quiero evocar aquí un pasaje famoso de una carta que escribía el
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gran escritor ruso Dostoievsky a una sobrina acerca de Cristo: «No hay
nada tan bello, tan profundo, tan simpático, tan razonable, tan valiente y
perfecto como Cristo, y no sólo no hay nada, sino -lo digo con amor
celoso- que no lo puede haber. Es más, si alguien me demostrara que
Cristo está fuera de la verdad, y que la verdad no estuviese realmente en
Cristo, preferiría estar con él más bien que con la verdad… Soy hijo del
siglo, un hijo de la incredulidad y de la duda, lo soy al día de hoy y lo seré
hasta el fin de mis días. ¡Qué tortura me ha costado y me cuesta aún esta
sed de creer, tanto más fuerte en mi alma cuanto más numerosos son los
argumentos contrarios para mí! Y, no obstante, Dios me concede
momentos en los cuales me siento completamente tranquilo. En esos
momentos amo y creo ser amado por los otros. Y me he escrito un Credo,
en el cual todo es para mí claro y sagrado. Ese Credo afirma simplemente
que no hay nada más hermoso que Cristo» (Dostoievski, 1884).
3.
Fundar la vida sobre la Palabra de Cristo
El que no cree en Cristo, el que no pone a Cristo como fundamento,
en realidad, funda su vida en otras cosas, en el dinero, en el poder, en el
placer, en sus propias capacidades, etc. Ha elegido un fundamento frágil;
ha construido su vida en un fundamento que no es la verdad y quedará
confundido.
Cristo es la plenitud de la verdad. El que escucha la palabra de
Cristo, se abandona a ella con total confianza y se deja guiar por ella en
todas sus acciones estará firme. Jesús lo grafica dando a su palabra una
característica que en el Antiguo Testamento pertenece a la Palabra de
Dios: «Es como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt
7,24). A pesar de todos los embates queda firme, pues el fundamento es
firme, no defrauda, es roca. Se trata de no quedar defraudados en el
desenlace definitivo de la vida humana, en el desenlace eterno. Jesús lo
dice así: «Podrán estar de pie delante del Hijo del hombre» en su Venida
(Lc 21,36). Este es el hombre de fe.
Una representación viva del acto de fe, que traslada la metáfora de
la Roca a la Palabra de Cristo, se encuentra en el Evangelio en el episodio
de Pedro caminando sobre las aguas (Mt 14,25ss). Mientras Pedro se
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apoya en la palabra de Cristo, que le había dicho: «¡Ven!», y pone esa
palabra como un fundamento firme, el agua es sólida bajo sus pies y lo
sustenta; pero cuando duda y no se apoya plenamente en esa palabra,
sino que busca seguridad en otras cosas, el agua ya no lo sustenta y
comienza a hundirse. No es que la palabra de Cristo fuera incapaz de
apoyarlo; es que él, desconfiando, ya no se apoyaba plenamente en ella.
Por eso Jesús lo reprocha: «(Hombre) escaso de fe. ¿Por qué dudaste?».
Cristo es fiel: «No puede negarse a sí mismo» (2Tim 2,13). Aunque
nosotros no lo tomemos como fundamento él sigue siendo la roca: «Si
nosotros no creemos, él permanece fiel» (Ibid.). Pero si nosotros lo
tomamos como lo que es, el fundamento, entonces se produce lo que él
repite: «Que como has creído, así te suceda» (Mt 8,13; 9,29). La fe pone
el poder de Cristo a nuestra disposición: «Mujer, grande es tu fe: que te
suceda como deseas» (Mt 15,28).
4.
Necesidad de la memoria
Para tratar sobre la parte que tiene la Sagrada Escritura en el
incremento de nuestra fe, como alimento de nuestra fe, debemos observar
que en la Biblia, cuando se trata de la fe, más que las facultades de
voluntad e inteligencia, se destaca la memoria. La fe tiene relación con la
memoria de las acciones salvíficas de Dios. La memoria es una de las
facultades esenciales del ser humano. San Agustín desarrolla la idea de
que se da una analogía de la Santísima Trinidad en las facultades de la
memoria, la inteligencia y la voluntad. Al libro X de su Tratado sobre la
Trinidad le da el título: «Libro X: Donde se muestra que en la mente del
hombre hay una trinidad y que ella aparece de manera muy clara en la
memoria, inteligencia y voluntad» (PL 42, col 971 ss). Esta analogía
significa que las tres facultades, lo mismo que las Personas de la Trinidad,
son distintas, pero están plenamente implicadas en la actividad de la
mente humana. No se puede entender y desear lo que no está en la
memoria. En la conclusión del tratado, San Agustín formula una hermosa
oración dirigida a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, una de cuyas frases
es esta: «Meminerim tui, intelligam te, diligam te» (Haz que yo me
acuerde de ti, que te entienda, que te ame). (PL 42,1098).
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Si nada se entiende que no esté en la memoria, debemos poner en
nuestra memoria aquellas cosas que amamos y deseamos tener como
fundamento de nuestra vida, aquellas cosas que son objeto de nuestra fe,
con el fin de alcanzar una comprensión siempre mayor y siempre nueva de
ellas. Esto ocurre, sobre todo, con aquellas realidades que son superiores
a nosotros y que nuestra inteligencia nunca podrá agotarlas pero que
siempre pueden crecer en comprensión. Esto ocurre, sobre todo, con Dios
y con la Palabra de Dios que nos ha sido transmitida en plenitud en
Jesucristo. San Gregorio decía: «Divina eloquia cum legente crescunt» (S.
Homilía sobre Ez 1,7.8: PL 76, 843 D, Cat 94). Por eso, San Pablo da a su
discípulo Timoteo el consejo: «Acuerdate de Jesucristo, resucitado de
entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio» (2Tim
2,8). Equivale a decirle: Tenlo siempre en la memoria. Para que nosotros
podamos tener a Cristo en la memoria y podamos confesar lo mismo que
San Pablo: «Bien sé en quién he puesto mi fe», es necesario nutrirse
diariamente de la Escritura, pues como dice otro grande, San Jerónimo:
«Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo».
El contenido de la fe, la verdad revelada, la Palabra que Dios habló
al mundo, no la habló para que estuviera registrada en libros materiales.
Los libros son materiales y están fuera de mí. Dios habló al mundo para
que su Palabra quedara registrada en la memoria de los hombres y allí
fuera fecundada por la acción del Espíritu Santo, que concede una
comprensión siempre nueva destinada a transformar la vida de los seres
humanos. En efecto, los libros de la Biblia recibieron la forma escrita
después de siglos de transmisión oral, de padre a hijo. Un lugar
privilegiado para la transmisión de la Palabra de Dios conservada en la
memoria del pueblo -lo que llamamos «tradición»- es el culto. En el culto
se desarrolló el concepto bíblico de «memorial».
La intervención salvadora fundamental del Antiguo Testamento, con
la cual Dios se formó a su pueblo, fue la liberación de la esclavitud de
Egipto. Dios se refiere a su pueblo en términos de profundo amor y
solicitud, cuando manda decir al faraón por medio de Moisés: «Así dice el
Señor: Israel es mi hijo, mi primogénito. Yo te he dicho: "Deja ir a mi hijo
para que me dé culto," pero, como tú no quieres dejarlo partir, mira que yo
voy a matar a tu hijo, a tu primogénito» (Ex 4,22-23). Todos conocemos la
intervención de Dios, quien, por medio de las plagas, venció la resistencia
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del faraón y liberó a su pueblo de la esclavitud y luego, por medio de la
división del Mar Rojo, lo hizo escapar de la persecución del faraón y su
ejército.
En adelante, se debían recordar continuamente esos hechos y
transmitir su memoria en el culto. El mismo día en que Dios iba a herir a
los primogénitos de Egipto -la última plaga-, los israelitas debían celebrar
la Pascua y con la sangre del cordero inmolado untar los postes de las
puertas de sus casas para que no los tocara la plaga exterminadora. En
esa ocasión Dios les manda decir por medio de Moisés: «Este será un día
memorable para ustedes, y lo celebrarán como fiesta en honor del Señor
de generación en generación. Decretarán que sea fiesta para siempre»
(Ex 12,14). Un «día para la memoria». Esos hechos obrados por Dios
debían conservarse en la memoria y transmitirse de generación en
generación: «Cuando les pregunten sus hijos: “¿Qué significa para
ustedes este rito?", responderán: "Este es el sacrificio de la Pascua del
Señor, que pasó de largo por las casas de los israelitas en Egipto cuando
hirió a los egipcios y salvó nuestras casas."» (Ex 12,26-27).
En los siglos anteriores a Cristo no había mucho material de
escritura y no se podía disponer de un relato escrito de los hechos que
había que recordar. Esos hechos se conservaban en la memoria del padre
de familia y él los recitaba cada año en el momento de comer el cordero
Pascual. Era parte del rito: «Acuerdense de este día en que ustedes
salieron de Egipto, de la casa de servidumbre, pues el Señor los ha
sacado de aquí con mano fuerte… En aquel día harás saber a tu hijo:
"Esto es con motivo de lo que hizo conmigo el Señor cuando salí de
Egipto". Y esto te servirá como señal en tu mano, y como memorial ante
tus ojos, para que la ley del Señor esté en tu boca; porque con mano
fuerte te sacó el Señor de Egipto. Guardarás este precepto, año por año,
en el tiempo debido» (Ex 13,3.8-10).
El relato de todas las plagas de Egipto, de la institución de la
Pascua, del paso del Mar Rojo y todo lo que ahora nosotros tenemos
cómodamente escrito en un libro que podemos tener a mano, los israelitas
lo tenían en la memoria y lo recitaban: era para ellos «un memorial ante
sus ojos» y de esta manera, «la ley del Señor estaba en su boca», es
decir, hablaban sobre ella y la enseñaban.
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Un evento y unas palabras que están en la memoria, son
continuamente fecundados y entregan siempre ulteriores comprensiones.
La comprensión última y más plena se las dio Jesucristo. A esto se refiere
Lucas en el relato de los discípulos de Emaús: «“¿No era necesario que el
Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Y, empezando por
Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había
sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24,26-27). Esos discípulos tenían en
su memoria esos textos, es decir, «lo que había sobre él en todas las
Escrituras», pero en ese momento adquirió un sentido nuevo y pleno;
entendieron que se referían, en último término, a Cristo. Para que ellos
pudieran alcanzar esa comprensión y pudieran volver a Jerusalén
diciendo: «Es verdad…», era necesario que conocieran las Escrituras,
que las tuvieran en la memoria.
Para que la Escritura alcance su objetivo nosotros debemos leerla y
tenerla en nuestra memoria. Esta es la parte nuestra. Pero su
comprensión la concede Cristo resucitado. Lo leemos en Lucas, cuando
relata la aparición de Jesús a los discípulos reunidos, después del regreso
de los discípulos de Emaús. Jesús les dice: «”Estas son aquellas palabras
mías que les hablé cuando todavía estaba con ustedes: Es necesario que
se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y
en los Salmos acerca de mí”. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que
comprendieran las Escrituras» (Lc 24,44.45). Lo que estaba escrito en la
Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos los discípulos lo conocían;
lo que no habían entendido es que todo eso se refería a Cristo. La
comprensión de eso, se la concedió Cristo, se la concedió el contacto con
Cristo vivo: «Les abrió sus inteligencias para que comprendieran las
Escrituras». Para que esta apertura se pueda producir el antecedente
necesario es conocer las Escrituras, hacer de ellas nuestro alimento diario.
Fue necesario que Juan conociera las Escrituras y las tuviera en la
memoria para que pudiera hacer el acto de fe que hace ante la tumba
vacía de Jesús: «Entonces entró (al sepulcro) también el otro discípulo, el
que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces
no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de
entre los muertos» (Jn 20,8-9). Lo que vio -las vendas en el suelo y el
sudario plegado aparte- y lo leído en la Escritura podía tener muchas otras
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interpretaciones. Pero el Evangelio dice: «Creyó». Lo que creyó supera
infinitamente lo que vio y lo que leyó. Creyó que Jesús había resucitado y
en ese momento le pareció claro que eso era lo que afirmaba la Escritura.
El acto de fe es un don de Dios que supera infinitamente lo visto y leído,
pero que requiere de algo que se ofrezca a la vista. Vio una cosa -el
sepulcro vacío- y creyó otra que trasciende lo visto y que no se deduce
necesariamente de esa experiencia visual: creyó que Jesús había
resucitado.
En esto difiere la fe de la ciencia. La ciencia experimental parte de
una información dada por los sentidos y deduce de allí una verdad que es
estrictamente proporcional a lo experimentado. Es una verdad natural,
científica. En el acto de fe lo creído supera a lo visto y no se deduce
necesariamente de lo visto, pero se da con ocasión de algo visto. Esto es
lo que dice el Santo Padre Francisco en su encíclica «Lumen fidei»
cuando dice que el acto de fe tiene una estructura sacramental: «Si bien,
por una parte, los sacramentos son sacramentos de la fe, también se debe
decir que la fe tiene una estructura sacramental. El despertar de la fe pasa
por el despertar de un nuevo sentido sacramental de la vida del hombre y
de la existencia cristiana, en el que lo visible y material está abierto al
misterio de lo eterno» (Lumen fidei, 40). Esto ocurre con el sacramento
fundamental que es la humanidad de Cristo: «El que me ha visto a mí, ha
visto al Padre» (Jn 14,9). Ve a Jesús Pilato o los sumos sacerdotes y no
ven más que un hombre; lo ve Juan y ve a Dios: «Hemos contemplado su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de
verdad» (Jn 1,14). Esta estructura sacramental alcanza su punto
culminante en la confesión de fe de Tomás: vio ante sí a Jesús resucitado,
con las señas de su pasión, que es una experiencia visible y sensible, y
confesó algo que no puede verse: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). La
sentencia final de Jesús no es necesariamente un reproche, porque Jesús
reconoce que Tomás ha creído, es una afirmación de la estructura
sacramental del acto de fe: «Porque me has visto has creído» (Jn 20,29).
Lo que has creído -la divinidad de Jesús resucitado-, supera infinitamente
lo visto. También Lázaro resucitó y nadie lo confesó como Dios. En el día
final resucitaremos también nosotros con nuestro cuerpo glorioso y
seguiremos siendo seres humanos. De la resurrección de Jesús no se
deduce su divinidad; la confesión de la divinidad se da con ocasión de algo
que se ve, pero lo supera infinitamente: es un don de Dios que
15
compromete no sólo la inteligencia, sino también la voluntad y la memoria.
Es un acto de fe: «Has creído».
Las verdades que se conocen por la fe son menos claras que las
verdades que se conocen por la ciencia experimental o por la deducción
filosófica o matemática; pero son mucho más ciertas, mucho más firmes y
comprometen la vida. Nadie está dispuesto a dar la vida por una verdad
científica o matemática; muchos han dado la vida por las verdades fe. El
martirio se define como un testimonio de fe.
Dada esta estructura sacramental del acto de fe, es decir, que Dios
concede la fe con ocasión de algo visto, es necesario el testimonio de los
creyentes: «Que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes
que está en el cielo» (Mt 5,16). La deducción normal de la frase sería:
«Que los glorifiquen a ustedes». Pero no, a causa de eso que se ve, se
concibe un movimiento de alabanza a Dios, un acto de fe. Para que Dios
conceda la fe es necesario el testimonio de toda la vida de la Iglesia,
especialmente de la celebración de su liturgia y del servicio de la caridad.
Por eso es tan importante celebrar la liturgia respetando su naturaleza,
obedeciendo fielmente a las normas litúrgicas, para que se vea que lo que
celebramos es un misterio que nos supera y que debemos servir y no una
realidad inferior que podemos manejar. De la liturgia surge el impulso de la
caridad, que es el otro testimonio necesario: «Que todos sean uno (por la
fuerza unitiva del amor)… para que el mundo crea…» (Jn 17,21.23).
5.
El Espíritu Santo les recordará todo lo que yo les he dicho
En la última cena, Jesús celebró la Pascua con sus discípulos:
«Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de
padecer» (Lc 22,15). Él también hizo «memoria» de los hechos en los
cuales Dios intervino para salvar a su pueblo, sobre todo, la liberación de
Egipto. Pero lo nuevo y más impactante es que él da inicio a un culto
nuevo, cuando instituye la Eucaristía y ordena: «Hagan esto en memoria
mía» (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25). Esta orden debió ser impactante. En
adelante la Pascua se celebra en memoria de Cristo. Esto no quiere decir
que todo lo anterior -la memoria de los hechos salvíficos del pasadoquede suprimido; quiere decir que alcanza su sentido último y definitivo en
16
Cristo. Esto es lo que tenemos que hacer los cristianos ahora; tenemos
que hacer memoria de Cristo, tenemos que tener en la memoria sus
palabras y sus hechos, sobre todo, los eventos de su pasión, muerte y
resurrección. Estos relatos fueron los que primero recibieron una forma y
se empezaron a transmitir oralmente, hasta que recibieron su forma escrita
varios años -al menos, unos veinte años- después.
Jesús confía en que nosotros tenemos toda su enseñanza y los
hechos de su vida en la memoria, porque gracias a este recuerdo es que
esas palabras suyas y acciones suyas pueden ser fecundadas por el
Espíritu Santo y alcanzar una comprensión que transforme nuestras vidas:
«Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el
Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará a
ustedes todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14,25-26). Lo
dicho por Jesús -«todo lo que yo les he dicho»- los apóstoles ya lo tenían
en la memoria; pero esperaba alcanzar su pleno sentido. Esto se consigue
gracias a la acción del Espíritu Santo. A esta acción se refiere Jesús por
medio de dos verbos: «les enseñará… les recordará». El Espíritu Santo no
habla nuevas palabras; él «recuerda», en el sentido de hacer comprender
«todo lo que Jesús ha dicho». La acción del Espíritu Santo se puede
describir como un «hacer caer en la cuenta», hacer comprender algo que
antes no se había comprendido; y también hacer que se haga vida.
Para que esta acción sea posible es absolutamente necesario que
estén ya en la memoria las palabras de Cristo, es necesario que se
conozcan bien sus parábolas, sus milagros, los episodios de su vida, su
muerte y resurrección. Gran parte de su enseñanza Jesús la presenta de
manera que pueda ser memorizada. Él se revela no sólo como la Verdad,
sino además como un maestro insuperable, buen conocedor de los
procedimientos mnemotécnicos (que permitan fácil memorización). Jesús
sabía que su auditorio no contaba con memorias electrónicas, ni papel, ni
medios para tomar nota. La enseñanza debía quedar escrita directamente
en la memoria. Por eso usa los paralelismos, las repeticiones, los versos y
estrofas. Todos reconocemos que muchas de sus sentencias las tenemos
en la memoria gracias a esos procedimientos suyos. Por eso en las
traducciones del Evangelio hay que respetar esas técnicas literarias que él
se esforzó por aplicar.
17
6.
Conservar en la memoria las palabras de Jesús
En el curso de su vida Jesús dijo cosas que los discípulos
registraron, pero que no entendieron en ese momento; las entendieron
después, gracias a que las tenían en la memoria. Por ejemplo, cuando
Jesús adoptó una actitud insólita en la purificación del templo echando
fuera a los vendedores por medio de un látigo, el evangelista observa que
los discípulos después comprendieron esa acción: «Sus discípulos se
acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará» (Jn
2,17). Para entender esa acción tenían que tener memorizado el Salmo
69,10: «Me devora el celo por tu casa». Si no hubieran tenido este Salmo
en la memoria, nunca habrían entendido esa acción. Para conocer a Cristo
es necesario tener en la memoria toda la Escritura, también el Antiguo
Testamento.
En ese mismo episodio Jesús dijo una sentencia que sus discípulos
no entendieron: «Destruyan este templo y en tres días lo levantaré» (Jn
2,19). Pero conservaron esas palabras de Jesús en la memoria y en su
momento las entendieron: «Cuando resucitó de entre los muertos, se
acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la
Escritura y en las palabras que había dicho Jesús» (Jn 2,22).
Podemos recordar un episodio en que se reprocha a los discípulos
no haber conservado las palabras de Jesús en la memoria. Él había
anunciado con insistencia que después de muerto «al tercer día
resucitaría». Pero esas palabras no tenían sentido para ellos en el
momento en que fueron dichas y no fueron retenidas. Por eso, las mujeres
van al sepulcro, donde había sido depositado el cuerpo de Jesús, con los
ungüentos necesarios para embalsamarlo, es decir, para dejarlo fijo en la
muerte. Ya no esperan nada ulterior, porque no habían conservado sus
palabras en la memoria. Llegadas al sepulcro se les aparecieron dos
hombres vestidos de blanco que les reprochan no haber recordado: «¿Por
qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha
resucitado. Recuerden cómo les habló cuando estaba todavía en Galilea,
diciendo: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos
de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite”. Y ellas
recordaron sus palabras» (Lc 24,5-8). «Recordaron» en el sentido de que
18
«cayeron en la cuenta», se iluminaron, y, desde ese momento, la vida de
ellas cambió completamente.
La Virgen María nos ofrece la actitud que debe tener todo discípulo
de Cristo ante sus palabras y acciones. En dos ocasiones San Lucas
destaca esta actitud: «María guardaba todas estas cosas, y las meditaba
en su corazón… Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas
en su corazón» (Lc 2,19.51). Hay que considerar que en hebreo el término
para decir «palabra» y «cosa, asunto» es el mismo: «dabar». María
conservaba, entonces, todas las palabras y los hechos de Jesús en la
memoria y los meditaba continuamente. Por eso, ella no está entre las
mujeres que van al sepulcro de Jesús con ungüentos para embalsamar el
cuerpo de Jesús. Ella sí se acordaba de que Jesús había anunciado que
resucitaría al tercer día.
7.
La memoria viva es fuente de fe
Hemos tratado de explicar el lugar que tiene la memoria, porque hoy
día confiamos mucho en las memorias electrónicas, que son de gran
potencia, pero cuyo contenido no puede hacerse vida en nosotros, no
puede alimentar nuestra fe. La Biblia entera la tenemos ciertamente en la
memoria de nuestro smartphone; pero allí la Palabra de Dios no puede
recibir la iluminación del Espíritu Santo. Mientras permanezca sólo allí es
estéril para nuestra vida de fe. Los cristianos tenemos que decidirnos a
estudiar y retener en la memoria la enseñanza de Cristo, conocer bien sus
hechos y dichos y poder repetirlos, es decir, tenerlos en la memoria. El
hombre de fe debe conocer las Escrituras; debe tenerla en la memoria
porque allí encuentra el fundamento de su vida, allí encuentra la verdad en
que construye su vida, seguro de quedar firme. Sólo si tenemos esas
verdades en nuestra memoria es posible que podamos vivir de ellas. No
debemos confiarnos de que tenemos la Biblia de Jerusalén en la memoria
de nuestros aparatos electrónicos. Esos aparatos son una memoria
muerta que no puede vivificar esos contenidos.
Un sencillo episodio puede ayudarnos a comprender. El gran doctor
de la Iglesia San Francisco de Sales cuenta que durante su predicación y
su enseñanza del catecismo al pueblo, venía su madre y se ponía entre su
19
auditorio. Entonces un día él le preguntó qué podía agregarle su
predicación a ella, si todo eso que él predicaba, lo había aprendido del
catecismo que ella le había enseñado. Ella le respondió: «Todo eso yo lo
sabía, pero recién ahora, gracias a tu predicación, estoy entendiendo su
sentido profundo».
8.
La Escritura se abre a la fe y alimenta la fe
Para que la Escritura sea alimento para nuestra fe, la fe ya debe
existir. Sólo puede ser alimentado lo que ya vive. Por eso es requisito
indispensable leer la Escritura con fe. De lo contrario ella misma es letra
muerta.
Podemos decir que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, sí y
no. La Biblia es pública y puede leerla cualquiera persona. Si la lee por
curiosidad una persona sin fe, para ella no es la Palabra de Dios; puede
ser, a lo más un hecho cultural. Para que la Escritura sea la Palabra de
Dios es necesario leerla en Cristo dentro de la fe de la Iglesia. Entonces
Dios me habla cuando la leo.
San Agustín, que es reconocido como uno de los que mejor ha
comprendido la Escritura y cuya interpretación en la mayoría de los puntos
es definitiva, expone su experiencia personal en su aproximación a la
Escritura: «Me volví a las Sagradas Escrituras para ver cómo eran. Y he
aquí lo que veo: un objeto oscuro a los soberbios... Un ingreso bajo,
después un corredor excelso y envuelto de misterios. Yo no era capaz de
doblegar el cuello y plegarme a su andar... Tuve la impresión de una obra
indigna de la majestad ciceroniana. Mi orgullo se horrorizaba de su
modestia y mi vista no penetraba su interior. Esa obra, en cambio, está
hecha para crecer con los pequeños; pero yo no me dignaba a hacerme
pequeño e, inflado de orgullo, me creía grande» (Confesiones III,5,9).
Sin ir más lejos, ni siquiera el pueblo de Israel, con haber sido el
receptor de la Escritura antigua, puede entenderla, porque no aceptan a
Cristo. San Pablo dice que la leen con un velo delante de los ojos: «Se
endurecieron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy en la lectura
del Antiguo Testamento ese mismo velo permanece no descubierto (está
20
hablando del velo que se ponía Moisés sobre el rostro cuando salía de la
presencia de Dios), pues sólo en Cristo es quitado… Hasta el día de hoy,
siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y
cuando se produce la conversión al Señor, se arranca el velo» (2Cor 3,1416).
La absoluta necesidad de Cristo en la lectura de la Escritura la
afirma el mismo Cristo. Discutiendo con los judíos, Jesús entra en el tema
de la lectura de la Escritura: «Ustedes no han oído nunca su voz (se
refiere a su Padre), ni han visto nunca su rostro, ni habita su palabra en
ustedes, porque no creen al que Él ha enviado. Ustedes investigan las
Escrituras, ya que creen tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan
testimonio de mí; y ustedes no quieren venir a mí para tener vida» (Jn
5,37b-40). Para nosotros es una afirmación de que la Escritura debe
leerse concediendo la absoluta prioridad a la Eucaristía que es el
Sacramento de la presencia viva de Cristo.
El Catecismo nos advierte contra la lectura de la Escritura
separados de la vida de la Iglesia y del contacto vivo con Cristo en la
Eucaristía afirmando que el cristianismo no es una religión del libro: «La fe
cristiana no es una “religión del Libro”. El cristianismo es la religión de la
“Palabra” de Dios, “no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo
encarnado y vivo” (S. Bernardo, Hom. miss. 4,11). Para que las Escrituras
no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios
vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las
mismas (cf. Lc 24,45)» (Catecismo N. 108). La Escritura es Palabra de
Dios y alimento para nuestra fe, si es leída dentro de la vida de la Iglesia y
por alguien que conduce una vida eucarística, un contacto con Cristo
mismo; pero es letra muerta, si es leída independientemente de la vida de
la Iglesia, esperando que Dios me diga algo a mí. Para que en la lectura
de la Escritura me hable Dios es necesario leerla en la tradición de la
Iglesia y esto se consigue adhiriendo plenamente a la fe de la Iglesia que
está formulada en el Catecismo de manera insuperable, y es necesario
leerla en comunión de vida con Cristo. Esto se consigue conduciendo una
vida eucarística, participando de ella, al menos, cada domingo.
Una de las razones del alejamiento de la Palabra de Dios de la vida
de los cristianos es la escasa participación en la Eucaristía dominical. Si
21
no se acude a Cristo, que se nos da en la Eucaristía, no se encuentra en
la lectura de la Escritura la Palabra de Dios como alimento de la fe.
Hoy día todos pueden llevar consigo toda la Biblia en el bolsillo.
Pero esto no quiere decir que se lea más y que al leerla se reciba la
Palabra de Dios. Muchas veces se piensa que se ha hecho un buen
trabajo de difusión de la Palabra de Dios porque se ha distribuido la Biblia.
Pero en esto mismo hay desorientación. Hay un exagerado aprecio por el
libro y a menudo se hace una celebración para entregarlo y se pide la
bendición del mismo. Pero no hay el mismo aprecio por la tradición de la
Iglesia en la cual esa lectura permite captar la Palabra de Dios. Esto se
nota en el mucho menor interés que ha despertado el Catecismo de la
Iglesia Católica, que contiene la tradición y el magisterio. El conocimiento
del Catecismo es la mejor introducción a la lectura de la Biblia. Si no se
conoce el Catecismo, en la lectura de la Biblia, no se recibe la Palabra de
Dios.
Para que la Escritura alimente la fe debe actuar el principio que
indica la Dei Verbum: «La Escritura debe ser leída en el mismo Espíritu en
que fue escrita» (DV 12). Además de la fiel aceptación de la tradición de
la Iglesia y del magisterio y de haber comprendido el sentido literal, es
necesaria la acción interior del Espíritu Santo. Es posible entender el
sentido de cada palabra y también el sentido de toda una sentencia, pero,
si no actúa el Espíritu Santo, no entra en el corazón y no alimenta la fe.
Todos entendemos –por ejemplo– lo que quiere decir Jesús cuando
afirmó: «Separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5), tanto más
que él lo explica por medio de la analogía de la vid y los sarmientos. Pero,
si no actúa el Espíritu Santo, no lo creemos o no lo vivimos. Por eso para
captar la Palabra de Dios y entrar en conversación con Dios hay que estar
en gracia de Dios y buscar seriamente la santidad, es decir, tiene que
actuar en el corazón el Espíritu Santo.
Hay que procurar la santidad, porque muchas de las palabras de
Jesús están dichas para el nivel de los santos y son comprendidas por
ellos. Por ejemplo: «Todo lo que pidan en mi nombre lo obtendrán». Esta
frase la lee Santa Teresa del Niño Jesús y le parece obvia, porque para
ella es una experiencia viva. «Como el Padre me ha amado a mí, así los
he amado yo a ustedes». Esta frase la lee el Santo Cura de Ars y capta su
22
profundidad. «Amense unos a otros como yo los he amado». Lee esto San
Maximiliano Kolbe y lo entiende, porque él entregó su vida por un
compañero. «Al que te golpee en una mejilla presentale la otra», «Amen a
sus enemigos», etc.
El principal problema que se percibe es la relación entre el
Magisterio de la Iglesia y la Escritura. Se piensa que la Escritura es lo
verdaderamente importante, mientras que el Magisterio de la Iglesia es
secundario. La Escritura se transforma en alimento cuando se lee en
gracia de Dios, dentro de la participación activa de la vida de la Iglesia y en
obediencia al magisterio de la Iglesia; entonces se transforma en el medio
para dialogar con Dios y en este contacto con Dios nuestra fe crece.
Concluyamos con las palabras del Salmo 77, que nos invita a
recordar las obras de Dios. Este recuerdo es el alimento continuo de
nuestra fe:
Sal 77,12-14:
Recuerdo las obras del Señor;
Sí, recuerdo tus maravillas que son desde antiguo.
Proclamo todas tus obras y en tus hazañas medito
continuamente.
Dios mío, tu camino es la santidad, ¿qué dios es
grande como nuestro Dios?
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