Civilidad y Política en los orígenes de la Nación Argentina, 1829-1862
Pilar González Bernaldo de Quirós
Université Paris 7- Denis Diderot
Cf. Homenaje a Fraçois-X Guerra, México, Instituto Mora (en prensa)
Que el término « sociabilidad » hizo fortuna entre los historiadores latinoamericanistas, ello
no cabe duda. Hoy día es corriente encontrarlo en la literatura histórica1. Constatamos en
general en la diversidad temática una ambigüedad metodológica que proviene en parte de la
heterogeneidad de influencias –de la sociologia, de la etnología, de la historia- y de la
ausencia de reflexión sobre los alcances y límites de su utilización como categoría de análisis.
Ello en parte por la arraigada idea de que la sociabilidad es una categoría de sentido común
que no necesita ser explicitada ni contextualizada, simplemente evocada. Por consiguiente es
posible recurrir a ella para designar todo tipo de fenómenos que impliquen las relaciones,
reales o supuestas, entre los individuos2. Si todo es sociabilidad, la invocación de la categoría
para dar inteligibilidad a fenómenos históricos tan diversos pierde cierta pertinencia.
Podríamos incluso presentir en ello un razonamiento un tanto tautológico : la sociabilidad
como atributo del hombre en sociedad es una manifestación del hombre en sociedad.
Perogrullada, ciertamente, pero que como veremos luego, tiene como primer mérito el
recordarnos una evidencia que los historiadores a veces tendemos a olvidar : que las
1
Además de los trabajos, muy diversos que integran esta noción, una serie de encuentros han sido organizados en torno a la
sociabilidad desde los años 80. Cf. Casa de Velázquez, Plazas, 1982 ; Formas de Sociabilidad, 1992 ; Martin, Sociabilités,
1998. Más recientes tuvieron lugar dos encuentros cuyas actas aún no han sido publicadas, Casa de Velazquez, « Política »,
2001, XI Jornadas de História Ibero-Americana, « Espaços », 2003
2
Cf. Sociabilités, 1987. A.M Brenot habla por ejemplo de « sociabilidad de la paz » para hacer referencia a las juntas o
parlamentos entre autoridades españolas e Indios araucanos. Cuatro encuentros en dos siglos permiten al autor concluir que
estamos frente a una « sociabilidad » que constituye un « nuevo modelo de orden y de integración ». Llamativo también es,
aunque permite comprender mejor las conclusiones del autor, que en la presentación del libro se utilice como primeras
referencia historiográficas de la sociabilidad la obra de A.Cochin y F.Furet. Cf. Brenot, « parlements » 1998, Cochin,
Sociétés, 1921, Id, Sociétés, 1925, Furet, Penser, 1978
1
relaciones entre los individuos forman parte del entramado que conforman los fenómenos
históricos que se intenta explorar. Llamada al orden útil entonces, pero insuficiente si
consideramos que la mera invocación de esta noción puede resolver el problema que ella
pretende plantear.
Los trabajos de Maurice Aguhlon abrieron zanjas no obstante en este campo, con pocos
resultados si evaluamos el número de autores que retoman la reflexión teórica y metodológica
que este autor había iniciado3. Una de las razones de ello quiza provenga de los tiempos –cada
vez más breves- que imponen las modas historiográficas, limitando las posibilidades de todo
trabajo reflexivo. Al punto que los historiadores no hacemos más que acumular propuestas de
« nuevas historias » que pueblan un paisaje de sucesivas obras en construcción inconclusas4.
Bajo estas condiciones es difícil evaluar la utilidad de una noción cuyos alcances y límites no
han sido suficientemente explorados, a pesar de que la prestigiosa paternidad que le diera
Maurice Agulhon explica sin duda que hoy en día forme parte del vocabulario historiográfico.
Para el caso de la historiografía latinoamericana, a esto debemos agregar la escasa difusión
que han tenido los trabajos de M. Agulhon, a excepción de México, en donde se ha publicado
la única traducción en español que a mi conocimiento existe de uno de sus textos, Historia
Vagabunda I5. No es quizá sorprendente que la primera publicación sobre sociabilidad en
América latina provenga justamente del Instituto Mora. En 1993 el n°13 de la revista Siglo
XIX será destinado a « Sociabilidad y cultura »6. Sin embargo, la publicación fue sólo
parcialmente ilustrativa de la diversidad de campos historiográficos que comenzaban a
interesarse por este tipo de aproximaciones -historia cultural, historia urbana, estudios
migratorios y estudios de género7. Pues no cabe duda que en la reciente historiografía
3
Agulhon, « Chambrées », 1971, « Sociabilités », 1976, Cercles, 1977, « Histoire », 1978, République, 1979, Pénitents, 1984
(1966), « Sociabilité », 1986, Histoire, 1988, « Sociabilité », 1992.
4
Entre otras la propuesta de la micro historia que alimentó la propueta del « Tournant Critique » y la nueva historia social, la
« historia comparada », la « Connected history » y más recientemente la « HistoireCroisée ». Cf. Levi, Pouvoir, 1989 ;
« Tentons », 1989; Atsma, Bloch, 1990 ; Lepetit, Formes, 1995 ; Revel, Jeux, 1996 ; Gruzinski, « Mondes », 2001 ; Werner,
« Penser », 2003.
5
Publicada por el Instituto Mora en 1994.
6
Cf. « Sociabilidad », 1993
7
La iniciativa puede igualmente interpretarse como el producto de un renovado interés por la « historia de la vida cotidiana »
que en México encuentra un particular terreno propicio gracias a la importante acogida que alli se hizo a la historia de las
mentalidades.
2
latinoamericanista « la sociabilidad » ha presentado también un particular atractivo para la
historia política8.
Y ello lo debemos, sin lugar a dudas, a François-Xavier Guerra que vió en este nuevo objeto
la posibilidad de renovar las problemáticas de la tan repudiada « historia batalla » ; objetivo al
cual destinó toda su vida de investigador. Que me sea permitido una pequeña disgresión para
rendir homenaje a este gran historiador, con quien podremos diferir en algunos análisis, pero a
quien no podemos dejar de reconocer el haber realizado una contribución substancial a la
renovación de la historia política. François-Xavier Guerra, con un entusiasmo desbordante
que lo acompañó hasta sus últimos días, fue un hombre de conviciones. Entre ellas, que la
historia política podía y debía encararse de manera diferente si deseabamos dar una mayor
inteligibilidad a los fenómenos historicos. Era necesario un optimismo temerario para
alimentar este tipo de convicciones en los años 60. Y sin embargo desde su memoria de
maestría defendida en la Sorbona en 1965 sobre « Le premier journal marxiste français.
L’Egalité de Jules Guesde 1877-1882 », hasta el libro que anunciaba próximo y que su muerte
prematura dejo inconcluso, nada lo alejó de este camino. Hoy podemos decir que F-X Guerra
vio con certeza, vió lejos.
El estudio de los vínculos y solidaridades durante la revolución mexicana lo lleva a proponer
una reformulación de las problemáticas de la historia política que parta del estudio de los
actores9. Y es para comprender la acción colectiva en el nuevo escenario de las revoluciones
hispano-americanas que F-X Guerra sugiere en 1988 la necesidad de que la historia política se
abra a dos nuevos campos de investigacion : « la prosopografía y el estudio de las formas de
sociabilidad », introduciendo así el objeto sociabilidad en los estudios de historia política
latinoamericana10. Una apuesta fuerte dado que sostiene que los estudios sobre formas de
sociabilidad permitirían superar las limitaciones que presentan otras variables como las ideas,
las instituciones públicas, el derecho privado o la economía, cuando se trata de estudiar la
constitución de grupos. Este artículo tendrá una difusión restringida y sera sólo con su libro
Modernidad e Independencias de 1992 -que se ha convertido en un verdadero clásico de la
8
En el caso de la historia social los estudios sobre movimiento obrero, bajo inspiración thompsoniana, comienza a introducir
la preocupación por las experiencias cotidianas de los trabajadores. Un ejemplo de la via de difusión de este nuevo objeto a
través del inglés lo encontramos en el en el artículo de Margarita Rosa Pacheco publicado en « Sociabilidad » 1993.
9
Cf. Guerra, « Vínculos … » en México, 1988, pp. 126-181
10
Cf. Guerra, « Lugares », 1988.
3
historiografía latinoamericana-, que ésta propuesta tendrá una amplia difusion en el universo
de especialistas de historia política latinoamericana11. Pero en muchos casos las
investigaciones se limitan a introducir la noción, sin que ella tenga ninguna consistencia
heurística ni analítica y en otros se tiende a asociarla al modelo interpretativo que constuyó el
propio F-X Guerra para explicar las revoluciones de independencia, ya sea para avalarla o
para rechazarla. En todo los casos ello tiende a evacuar la problemática específica que plantea
este tipo de objeto al historiador cuando uno de los grandes méridos de las investigaciones de
F-X Guerra fue el de haberlo introducido en la historia política latinoamericana. Seguir esta
pista supone que retomemos el camino abierto por M.Agulhon hace ya casi medio siglo y
lamentablemente poco frecuentado por la historiografía latinoamericanista.
En memoria de quien dirigió mis primeras investigaciones y con quien la discusión fue un
placer cotidiano por la exigencia de un pensamiento que incentivaba la reflexión, quisiera
continuar aquí, como él gustaba hacerlo, con un debate indispensable sobre los alcances del
objeto “sociabilidad” para la historia política latinoamericana. Para ello retomaré tres
dimensiones diferentes de un debate que lamentablemente quedó implícito en la diferente
acogida que se hizo a los estudios sobre “sociabilidad”. En primer término me detendré en el
problema de la sociabilidad como categoría –normativa- de los propios actores que distinguiré
de la sociabilidad como categoría analítica. Ello me llevará en el segundo apartado a una
discusión sobre la pertinencia de este tipo de aproximaciones para discernir una dimensión
específica de la dinámica relacional a partir de la cual analizar la acción. Plantearé aquí el
problema a nivel teórico-metodológico, para abordar en el tercer apartado los alcances de este
tipo de aproximaciones para la historia política. Ello me llevará a moverme en tres registros
diferentes: teóricos-conceptuales, analíticos e históricos, que combinaré en el tratamiento de
los problemas tratados. Las líneas de razonamiento que desarrollaré aquí, a partir de ejemplos
tomados del Río de la Plata, no son necesariamente aquellas que seguiría F-X Guerra, pero sí
son ilustrativas de la diversidad de pistas que abrieron sus investigaciones y del debate que
supo siempre alimentar en su entorno. En este sentido, como se suele decir en México, F-X
Guerra fue un irremplazable maestro para todos aquellos que tuvimos el privilegio de tenerlo
como director de tesis.
11
Cf. Guerrra, Modernidad, 1992
4
1-Sociabilidad como categoría histórica
La primera pregunta que debemos hacernos es la de la conveniencia de recurrir a la noción de
sociabilidad para analizar el mundo relacional interindividual. Interrogación que se impone
tanto más aún cuando en el campo de los estudios de redes sociales disponemos de una serie
de herramientas metodológicas y teóricas que se nos proponen como más aptas para analizar
« el conjunto de relaciones realmente existentes », y que presentarían la gran ventaja de no
asimilar un dato –la existencia de una relación- a una noción que introduciría
suberpticiamente una visión reificada de los grupos. Ello siempre y cuando se considere que
redes y sociabilidad remiten a un mismo fenómeno. Volveremos posteriormente sobre este
problema. Aqui quisiera detenerme en un punto bastante desatendido tanto por aquellos que
han acuñado la noción de sociabilidad como los que le niegan toda pertinencia analítica. Si la
noción de sociabilidad fue reintroducida, como lo vimos, en el vocabulario histórico hace
unos 40 años, este neologismo no es obra de la historiografía contemporánea 12. Su genealogía
nos obliga a remontarnos a un siglo XVIII que experimenta una expansión del campo
semántico de lo social13. Los términos « sociedad », « social », « sociable » y « sociabilidad »
se imponen entonces como categorías cognitivas a partir de las cuales los actores piensan el
mundo interrelacional como un conjunto dotado de un cierto sentido14.
Para clarificar la discusión es necesario evitar entonces el primer escollo de anacronismo. La
« sociabilidad » de la que habla un Juan Bautista Alberdi, un Francisco Bilbao o un Bartolomé
Mitre tiene poco que ver con la definición que de ella pudo dar el propio Agulhon 15. En
efecto, cuando este último concluye que “todo grupo humano, ya se lo defina en el espacio, en
el tiempo o en la jerarquía social, posee su sociabilidad, en cierto modo por definición, cuyas
formas específicas es conveniente analizar. Puesto en claro, ya no se dirá, por ejemplo, que
12
Sobre noción de sociabilidad en la historiografía contemporánea Cf. Gemelli, Malatesta, Forme, 1982
13
Una utilización más antigua de esta noción está atestiguada hacia fines del siglo
XVII
en España y en un texto florentino.
Según Pedro Álvarez de Miranda, la primera utilización española de este neologismo corresponde al Hombre práctico, de
Gutiérrez de los Ríos, obra publicada en 1764 pero escrita en 1680, y en la cual el término está directamente vinculado a la
noción de vida social opuesta a viida natural en estado salvaje. Cf. Agulhon, “Sociabilidad » 1992, Álvarez de Miranda,
Palabras, 1992, p. 374.
14
En el caso de Francia, Daniel Gordon contó 644 referencias para el siglo
XVII,
en tanto que para el siglo siguiente se elevan
a 8.294. cf. Gordon, Citizens, 1994, p. 53. La misma constatación para la España del siglo
XVIII
en P. Álvarez de Miranda,
ibid, pp. 349-383.
15
Bilbao, « Sociabilidad », 20 de junio de 1844; Mitre, Historia, titula su primer capítulo introductorio de la nueva edición
de Historia de Belgrano, « La sociabilidad argentina».
5
los «gavots»16 son menos sociables que los marselleses, sino que lo son de otra manera”17 no
sólo está postulando la sociabilidad como objeto histórico, sino que, al mismo tiempo, la
desplaza del marco conceptual e ideológico que habíamos naturalizado. En efecto, la noción
de sociabilidad como “principio de las relaciones entre las personas” o “aptitud de los
hombres para vivir en sociedad” designa, para M. Agulhon, a cualquier relación humana: “El
hombre nace y muere, come y bebe, se lanza al amor o el combate, trabaja o sueña y -de una
manera tan esencial como lo son las funciones mayores- no deja de toparse con sus
semejantes, de hablarles, de acercarse a ellos o huirles; en síntesis, de entablar relaciones con
ellos”.18 Se comprende entonces que la brutalidad, en la misma medida que la afabilidad, es
una forma de sociabilidad, un tema posible de la historia, disociando la sociabilidad del
proceso de civilización al que la noción venía asociada desde el siglo XIX
19
. Sin embargo,
con escasas excepciones, como las de A.Corbin o A.Farge, el problema de la violencia en las
relaciones sociales es el punto ciego de este tipo de investigaciones20. Lo que explica que
generalmente se asocie implícitamente la sociabilidad a la interiorización de ciertos códigos y
reglas de conducta que predisponen a un comercio amable. Es indudable que la sociabilidad
supone la existencia de reglas y valores compartidos -N. Elias hablaba con mucha justeza de
economía pulsional-, como condición de la comunicación, pero no podemos necesariamente
deducir de ella el proceso de civilización21. En otros términos, N.Elias sigue siendo útil no
tanto para dar cuenta de un proceso histórico sino para analizar cómo la idea de proceso es en
parte pruducto de una serie de nociones a partir de las cuales los individuos daban sentido a
sus relaciones cotidianas.
Todo ello plantea dos principales cuestiones al historiador: una hace a la necesaria
contextualización del lenguaje utilizado por los propios actores y la otra, más epistemológica,
remite al problema de cómo construir un objeto de estudio que de debida cuenta de la
16
Habitantes de Gap, ciudad del departamento francés de Altos Alpes
17
Agulhon, « Préface » Pénitents, 1984, p.VII
18
Cf. Agulhon, “Sociabilité » 1986, p. 18
19
Como ocurre con G. Simmel o N. Elias. Cf. Simmel, “Sociabilité »,1918; Elias, Civilisation, 1973; Elias, Société, 1974.
20
Este tipo de problemas ha comenzado a plantearse por aquellos que proponen, para abordarlo, una perspectiva
pluridisciplinaria. Es el caso del número de la revista Histoire, n°8, 1998, en particular el artículo de Véronique Hébrard que
plantea una problemática histórica a mi entender muy pertiente : ¿cómo se puede estudiar la sociabilidad en un país en guerra
civil permanente ? Los intercambios que nosotros consideramos como violentos, no constituyen tambien formas de
sociabilidad ? Cf. Hébrard, « Cités », 1998, pp.123-148
21
Elias, Ibid. Sobre la relación entre normas y prácticas ver Cerutti, « Normes », 1995, pp. 127-149
6
articulación entre estas diferentes dimensiones de la experiencia relacional y que, al mismo
tiempo, permita dar una nueva inteligibilidad a problemas construidos a partir de otras
aproximaciones historiográficas. En nuestro caso particular, el de la historia política, cabe
preguntarse si la sociabilidad puede contribuir a elucidar ciertos problemas que, como los de
soberanía, representación, nación, son objetos construidos a partir de fuentes y métodos
diferentes, o si este tipo de aproximaciones llevaría a cuestionar la pertinencia misma de este
tipo de objetos22.
Retomemos en primer término el problema de la contextualización a partir del caso del Río de
la Plata independiente. La primera observación que podemos hacer es que los actores utilizan
el concepto de « sociabilidad » para dar cuenta no tanto de las relaciones cotidianas sino del
objetivo que ellas deben perseguir. En un texto de 1817 el concepto ya aparece ligado a la
noción de contrato y cortesía. Se trata de un artículo no firmado del diario El Censor,
probablemente escrito por fray Camilo Henríquez, titulado “Las sociedades particulares” y
destinado a elogiar los beneficios de las asociaciones.23 La sociabilidad aparece aquí como el
fundamento de la vida en común que la asociación desarrolla. Comprobamos la existencia de
una interesante amalgama entre la noción de lazo racional y la cortesía como constituyente del
lazo social24. El texto deja entrever una distinción que la sociabilidad permite efectuar entre la
sociedad como conjunto de individuos racionales, que podríamos identificar con la esfera
pública habermasiana, y un populacho o plebe según los términos de la época, gobernado por
las pasiones: obstinación, intolerancia, falta de moderación.
El autor del artículo utiliza aquí un vocablo que parece ya ser de uso corriente para designar
las relaciones « sociales » como comercio afable entre las personas así como los resultados
del mismo : la sociedad25. Para comprender la aparición e importancia que adquirirá este
neologismo es necesario pensarlo en el marco de las transformaciones que conocerá a lo largo
del siglo XVIII el campo semántico de lo social. En particular la noción de « sociedad » a la
que está asociado. Con la Ilustración, « la sociedad » deja de designar exclusivamente la
22Problema
que señalará la micro-historia italiana y que será retomado posteriormente por la escuela de los Annales. Cf.
Revel, Ibid.
23
24
Cf. “Sobre las sociedades particulares. Continuación”, El Censor, 9 de octubre de 1817, n° 108, pp. 3-5
La sociabilidad que se intenta promover vendría a resolver el problema de la violencia en las relaciones cotidianas,
problema que, dicho sea de paso, se identifica con el sector de la sociedad más refractario al proceso de civilización, la plebe.
25
Cf. « Sociabilidad » Autoridades, 1726, p.133
7
compañía o asociación de los particulares para hacer referencia a una comunidad amplia y
durable, de agrupación natural o pactada, que comienza a postularse como el terreno de la
existencia humana. Esta acepción que aparece en los diccionarios de fines del siglo XVII, va a
convertirse en uno de los pilares ideológicos del siglo de la Ilustración26. Para el caso español,
Alvarez de Miranda observa una rápida expansión de este vocablo durante la primera mitad del
siglo XVIII, vinculada al debate sobre la naturaleza del hombre. “Sociedad” toma el sentido “de
trato humano, compañía o convivencia con otros” y aparece en Feijoo claramente asociado a
Hobbes: “El famoso Materialista Inglés Thomas Hobbes estatuía la regla de que la naturaleza
entre los hombres no exigía unión o sociedad, sino discordia”27.
El neologismo sociabilidad nace entonces en el marco de la reflexión sobre la naturaleza del
hombre que habían destacado los teóricos del absolutismo28. La Ilustración lo difunde en el siglo
XVIII como pieza clave de la teoría del estado pre-social del hombre/individuo29. La primera
utilización en Francia aparece en un texto de Delamare de 1705 y ya está también ligada a la
discusión sobre la naturaleza del hombre develada por Hobbes30. Ése es el sentido retomado
por la Encyclopédie. En el artículo que se le destina, redactado por Jaucourt en 1765, la
sociabilidad se define en estos términos: “benevolencia hacia los demás hombres, disposición
a hacer el bien, a conciliar nuestra felicidad con la de los otros y a subordinar siempre nuestro
provecho particular al provecho común y general”31 Jaucourt afirma que del principio de la
sociabilidad se derivan todas las leyes de la sociedad y cita para ello a Pufendorf en cuya
obra, traducida en 1706, « civitas » deviene « sociabilidad »32. Es importante tener presente
que a partir de allí encontramos una amalgama entre la noción de lazo racional –Pufendorf
sostiene que el movimiento del hombre hacia la sociedad es producto de una elección
26Cf.
27
Gordon, Ibid; Lapesa, “Ideas”, 1966-1967
Cf. Feijoo, Cartas, t.V, 1760 en Alvarez de Miranda, Ibid
28
Cf. Hobbes, Léviathan, 1651. La tesis de Bossuet sobre una naturaleza humana sociable y a-sociable al mismo tiempo
tenía el mismo valor estratégico de demostrar la necesidad de la soberanía del rey. Cf. Bossuet, Política, 1709. Un análisis
sobre trabajo teórico y práctico que la monarquía realiza sobre ella misma en Cosandey, Descimon, Absolutisme, 2002
29
Sobre la "ideología individualista" ver Macpherson, Théorie, 1971, Manent, Naissance, 1977; Dumont, Essais, 1983
30
Cf. Delamare, Traité de la police, 1705, en Gordon, Ibid.
31
. Cf. “Sociabilité” en Encyclopédie, 1765, t.
XV,
pp. 250-251. Por su parte, Catherine Duprat subraya que en el siglo
XVIII
las nociones de sociabilidad y beneficencia se utilizaban prácticamente como sinónimos. Cf. Duprat, Temps, 1993.
32
En Loi de la Nature et de la Société (1672), Pufendorf postula dos estadios de la naturaleza. El movimiento hacia la
sociedad era para él el producto de una elección racional. Cf. “Sociabilité” en Encyclopédie, Gordon, Ibid. El Diccionario de
Autoridades confirma la existencia de una de las dos acepciones en España, ya que define la sociabilidad como “tratamiento
y correspondencia de unas personas con otras”. Autoridades, t. III, p. 133
8
racional- y el lenguaje de la cortesía: “el hombre sociable tiene las cualidades idóneas para el
bien de la sociedad, y me refiero con ello a la suavidad del carácter, la humanidad”. El
hombre sociable, concluye el artículo, es un verdadero ciudadano. En contraste, el hombre
amable “es muy indiferente al bien público, no quiere a nadie, agrada a todos y a menudo es
menospreciado”. Vemos por lo tanto la distinción entre una cortesía presuntamente artificial e
incluso antisocial y otra constitutiva de la res publica. Distinción que retomará, por ejemplo,
Juan Bautista Alberdi en el Río de la Plata para precizar la utilización « nacional » que podía
hacerse de la difusión de libros sobre civilidad33.
La teoría de la sociabilidad natural del hombre que difunde la Ilustración permite pensar,
como lo señala Gordon, una esfera de acción humana –la sociedad- independiente de la
soberanía. La amalgama entre sociabilidad y lenguaje de la cortesía habre el camino a lo que
será en el siglo XIX, en particular con Lerminier, una clara identificación con el proceso de
civilización como movimiento del espíritu universal del mundo que lleva a la realización de
los pueblos en naciones34. En el Río de la Plata post-independiente, la « sociabilidad » remite
a estas dos acepciones. Una se refiere a la virtud privada, que puede contener tanto una
referencia cristiana de benevolencia para con los semejantes como una referencia mundana
relacionada con la idea de civilidad35. La otra acepción hace de la sociabilidad una virtud de
moral pública en relación con la idea de asociación, entendida como aprendizaje de la vida en
sociedad36. Pero ambas acepciones están profundamente imbricadas. La civilidad, código
relacional de la sociedad cortesana, va a servir en lo sucesivo, gracias entre otras cosas a la
valoración de la conversación, para definir las relaciones en la esfera pública y ésta para
pensar la sociedad civil.
33
Argumento que desarrolla para comentar la traducción de las Cartas de Chesterfield a su hijo realizada por Tomás de Iriarte
publicadas en Buenos Aires en 1833. Cf. Cartas, 1833. Cabe señalar que este libro, de gran difusión en el siglo XVIII, siguió
publicándose en el siglo XIX, cuando aparecen las primeras traducciones latinamericanas. Además de la Argentina podemos
citar la mexicana de 1845 de Luis Meneyro, consul mexicano en Burdeos. El autor introduce la traducción con una carta a su
su hermano Manuel en que desarrolla una reflexión similar a la de Alberdi respecto a la utilidad de la literatura de la civilidad
para la formación del ciudadano, que lo lleva a censurar ciertos pasajes « que podrían descarriar a los espíritus débiles o dar
pábulo a los corrompidos ». Cf. Cartas, 1845 ;
Alberdi, J.B, « Sociabilidad Costumbres » en El Iniciador, n° 12,
Montevideo, 1/10/1838
34
Cf. Lerminier, Influence, 1833. Gutierrez de los Ríos en El Hombre práctico ya utiliza en 1665 el vocablo « sociabilidad »
con el valor de « vida en sociedad civilizada » en oposición a vida salvaje. Cf. Alvarez de Miranda, ibid
35
Véanse en particular N. Elias, Civilisation; Chartier, « Distinction »,1987 Revel, « Usages » 1986
36
Cf. Encyclopédie
9
No podemos entonces pasar por alto el impacto que tendrá el desarrollo de este nuevo
lenguaje de lo social. Desde el punto de vista de las prácticas relacionales, esto incentivó el
desarrollo de nuevas formas asociativas que se consideraba que respondían a los valores que
se atribuía a la « sociabilidad ». Y aquí es importante señalar que el discurso de la
sociabilidad, aunque de alto alcance filosófico, remite a prácticas concretas. El modelo son las
sociedades filosóficas y científicas. Ello podría explicar la proximidad de este neologismo con
el término « sociedad » al que el Diccionario de Autoridades define como « compañía de
racionales » y como « junta de varios sujetos », segunda acepción que viene acompañada, a
diferencia de la primera, de ejemplos concretos : la Academia Real de las Ciencias de Paris, o
la Sociedad Regia de Londres37. El postulado del vínculo racional sobre el cual reposa la
teoría de la sociabilidad natural hace de este tipo de experiencia relacional –vinculadas a la
trasmisión de saberes y más ampliamente a la comunicación de ideas-, el espacio de
sociabilidad por excelencia. De allí que incluso bien entrado el siglo XIX se siga utilizando
« sociedad » como sinónimo de asociación, y que ambas sean consideradas como espacio de
desarrollo de la sociabilidad, como relaciones civiles38. La sociabilidad, como figura que la
praxis declina, permite así postular la existencia de una sociedad como espacio de las
interacciones sociales, producto de la sociabilidad.
En el universo de los actores « la sociabilidad » como discurso y como práctica adquiere una
centralidad que no podemos ignorar so pretexto de que las asociaciones siempre existieron, o
que la vinculación entre dinámica relacional y proceso político es una construcción
apriorística de los propios actores que el historiador reactualiza39. Podemos hoy, a partir de
nuestra propia experiencia histórica e historiográfica, señalar el carácter ideológico –en el sentido
de deformante de la realidad- de ciertas categorías utilizadas por los actores, pero no podemos
por ello desconocer que las mismas constituyen una variable que debemos tener en cuenta
cuando intentamos reconstituir el universo a partir del cual los individuos actúan historicamente.
37
Autoridades
38
Quizá resida aquí una de las explicaciones de una tendencia bastante generalizada de identificar sociabilidad a asociación.
Maurice Agulhon reconoce que en sus primeros trabajos perdura una cierta indefinición que rectificará posteriormente
distinguiendo estas dos nociones, y acuñando una nueva, la de « sociabilidad asociativa ».
39
Una formulación de esta crítica en Moutoukias, « Narración », 1995, pp. 221-237
10
Dicho en otros términos, los actores razonan como si la « sociabilidad » existiese y esta
objetivación la hace existir en la experiencia cotidiana40.
Una relectura atenta de las fuentes del siglo XIX revela la importancia que tiene esta noción
en el lenguaje político de la época41. Ya sea para proclamar « el buen gusto » de alguna
iniciativa cultural, para destacar la necesidad de instaurar prácticas que puedan recomponer un
mundo de relaciones sociales sacudidos por las guerras de independencia, para definir el
espacio de producción de la opinión pública o para pensar las modalidades de integración de
la plebe a una sociedad trasformada en principio de soberanía, la noción de « sociabilidad »
nos brinda una nueva clave para abordar la historia política del siglo XIX 42. Entre la
extraordinaria confluencia de cuestiones que atraviesan esta noción, quisiera aquí detenerme
en la relación entre sociabilidad y nación. Si evoco este aspecto, no es para retomar el
bizantino debate sobre la existencia o inexistencia de la nación en Argentina, sino para
plantear el problema de las modalidades de articulación entre prácticas y discursos y de cómo
esta dimensión de la experiencia puede utilizarse como otra variable que permita dar una
mayor inteligibilidad a los procesos políticos mayores43.
Para ello es necesario previamente aclarar ciertos puntos que se han prestado a confusión.
Señalar la novedad del concepto de sociabilidad y la función que cumplirá posteriormente en
el imaginario nacional no supone que debamos identificar la « sociabilidad » -como discurso
y como práctica- con la génesis de la democracia americana o el germen de un protonacionalismo que vendría a explicar la ruptura del vínculo colonial44. Como lo ha ya señalado
Gordon, la noción de « sociabilidad » fue estimulada por el absolutismo y coexistió con él.
Los modelos de referencia, las sociedades científicas, no implicaban por otro lado un
40
Sobre este problema ver el trabajo clásico de Boltanski, Cadres, 1982
41
Ello no solamente en el Río de la Plata como los textos mexicanos o chilenos citados lo sugieren. Esta noción adquire
igualmente una cierta centralidad durante la asamblea constituyente venezolana de 1830. Cf. Hébrard, Venezuela, 1996.
42
43
Retomaré aquí algunos aspectos desarrollados en González Bernaldo de Quirós, Civilidad, 2001.
Sobre este debate ver González Bernaldo, Pilar « La « identidad nacional » en el Río de la Plata post-colonial.
Continuidades y rupturas con el Antguo Régimen » en Anuario del IEHS, n° 12, 1997, pp.109-122 ; Halperin Donghi,
« Orígenes », 2001
44
Reconozco que al haberme detenido en particular en la « sociabilidad política » durante el período insurreccional tuve
tendencia a identificar este tipo de prácticas con los objetivos políticos de aquellos que recurrieron a las mismas. Pero no dejo
por ello de señalar que éstas se inscriben dentro de la lógica de la sociedad colonial y al mismo tiempo funcionan como
espacio de formulación del proyecto revolucionario. Cf. González Bernaldo, « Producción », 1990 ; Id, « Pedagogía », 1994
11
cuestionamiento de los fundamentos de la sociedad de Antiguo Régimen45. El microcosmos
igualitario de las sociedades filosóficas se incribía en un macrocosmos jerárquico dentro del
cual éstas se desarrollaron. La amalgama de la sociabilidad con el lenguaje de la cortesía
permitía identificar, por otro lado, ese microcosmos con los valores de la sociedad cortesana.
Se trata en cambio de señalar como este concepto introduce una nueva representación del
vínculo que sirve para pensar la sociedad como campo independiente de la soberanía,
producto de elecciones racionales. Cuando la revolución introduzca el principio de la igualdad
jurídica de los hombres, la noción de sociabilidad, y los espacios y prácticas con que esta
noción estaba identificada, constituye una de las herramientas conceptuales a partir de la cual
ciertos actores imaginarán los nuevos vínculos sociales que hacen « sociedad » -excluyendo
por otro lado los que no la hacen, en términos de Sarmiento, los que son emanación de la
barbarie. Dicho de otro modo, la figura de la sociabilidad y las prácticas que le son asociadas
no prefiguran la revolución de Independencia ni la sociedad de ciudadanos soberanos, pero
estos lenguajes se cruzarán en el siglo XIX cuando la revolución suprima la barrera que
separaba la sociedad y la soberanía. Entonces, el lenguaje de la sociabilidad vendrá a
encontrarse con el de la sociedad-nación como fundamento del poder político46.
La explícita vinculación entre sociedades particulares como espacio de la nueva sociabilidad y
la nación como organización política tendrá lugar en el Río de la Plata con la generación del 37.
En un artículo de 1838 Juan B.Alberdi que lleva por título « Sociabilidad. Costumbres » el autor
afirma : « El primer paso pues a la organización de un orden constitucional cualquiera es la
armonía, la uniformidad, la comunidad de costumbres. Y para que esta armonía, esta
uniformidad de costumbres exista es menester designar el principio y el fin político de la
asociación. El principio y el fin de nuestra sociedad es la democracia, la igualdad de clases. Tal
es el fundamento, la norma sobre la cual deben levantarse todas nuestras costumbres »47. El
Dogma Socialista que publicará E.Echeverría en Montevideo en 1846 señalará como primera de
las « palabras simbólicas » que servían de guía a la generación, la de « Asociación », que se
45
Aunque la tesis de Habermas sugiere que son en éstas prácticas que surge la nueva esfera pública. Cf. Habermas, Espace,
1978. Sobre la pertinencia de éste análisis para América latina ver González Bernaldo, « Pensar », 1996 ; Id, « Literatura »,
1999, Guerra, Lempérière, « Espacios », 1998
46
Sobre esta particular acepción de sociedad como nación, ver entrada « Sociedad » en Fernandez Sebastián, Diccionario,
2002.
47
Cf. El Iniciador N 12, Montevideo, 1/10/1838. Una similar argumentación aparece en las argumentaciones de ciertos
diputados venezolanos durante la asamblea constituyente de 1830. Ver intervención de. José María Vargas en
Pensamiento,1961, vol.1, p.5
12
postula como condición del progreso, fraternidad, igualdad, libertad, etc48. « Sin asociación no
hay progreso, o más bien ella es la condición forzada de toda civilización y de todo progreso.
Trabajar para que se difunda y esparza entre todas las clases el espíritu de asociación, será poner
las manos en la grande obra del progreso y civilización de nuestra patria ». Para E. Echeverría,
como para J.B Alberdi, o como para el Sarmiento de Facundo, la realización de su proyecto
político –una nación de ciudadanos que acabe con la « disolución de la sociedad » que
comportaba el proyecto rosista-, pasaba por el desarrollo de estos nuevos vínculos sociales
« que hacen predominar el elemento sociable del corazón humano y salvar la patria y la
civilización », según los términos de Echeverría, y que instauran el verdadero espíritu público
que Sarmiento distingue de la « asociación artificial » que produce el caudillo y la montonera.
Aunque los actores empleen rara vez el término « civilidad », a ello se apunta cuando se utiliza
la categoría de sociabilidad para pensar el vínculo social. Ello explicaría que para acompañarla
recurran a un adjetivo que la encuadre : « sociabilidad culta », « sociabilidad civilizada », o
« sociabilidad pública »49. Todo ello nos habla de la existencia de otras prácticas relacionales
que pueden contrariar el proyecto civilizatorio de éstas élites, y por otro lado la importancia
programatica de esta noción50. Para estos autores la civilidad sería el sostén cotidiano de la
civilización como dinámica de una cultura superior que sirve de base a la definición liberal de la
nación como unidad de desarrollo posible. Esta generación liga así, claramente, su proyecto
político de construir una nación a una reflexión sobre el vínculo que hace sociedad y que
identifica con el desarrollo asociativo51. Hoy en día, la historiografía argentina reconoce en esta
generación la « inventora » de la nación argentina, en el sentido andersoniano del término. Pero
olvida indicar el camino por el cual se llegó a esta formulación, el de la « sociabilidad »52.
¿En qué sentido dar debida cuenta de ello permite dar una mayor inteligibilidad a los procesos
políticos mayores? Recordemos las configuraciones particulares de este problema en el Río de
48
Cf. Echeverría, Dogma, 1846
49
Sarmiento llega a hablar de « desasociación » de una sociabilidad que no nace de un interés público. Cf. Sarmiento,
Domingo « Asociación. La pulpería” en Civilización, 1845
50
Cf. Halperin Donghi, « Orígenes », 2001
51
Cf. Sarmiento, ibid, Echeverría, ibid.
52
Los rigurosos trabajos de análisis del discurso que rastrean nociones como pueblo, nación, república o « Argentina » para
fijar una cronología del surgimiento de una representación nacional de la comunidad política pasan totalmente por alto la
sociabilidad. Cf. Chiaramonte,“Formas“, 1989; Ciudades, 1997. Es llamativo en particular que Chiaramonte, que ha puesto a
luz la importancia de las doctrinas del “Derecho natural y de gentes” en los movimientos de independencia no haya reparado
sobre esta noción, central en esta doctrina. Cf. « Fundamentos », 2000
13
la Plata. Desde el punto de vista político-institucional, la región presenta ciertas especificidades
que merecen destacarse : el de ser una región en que los movimientos insurreccionales de los
cabildos triunfan sobre las fuerzas realistas desde el inicio del proceso revolucionario y
paradojicamente, ser la región que más tardiamente logró fijar un texto fundamental que
postulaba la existencia de una nación argentina en nombre de la cual los representantes
promulgan la Constitución53. La renovación de la historia política sobre un período que la
historiografía clásica calificaba de “anarquía” fue posible una vez que se descartó la idea de que
la primera mitad del siglo XIX representaba un paréntesis en el proceso abierto en 1810.
Gracias a los avances de las investigaciones podemos hoy concluir que ese supuesto desorden
comportaba la idea de otro orden posible y que la clave para la comprensión del mismo reside
en la particular utilización que hicieron los actores del principio de la « soberanía del pueblo »54.
De todo ello algunos autores concluyeron –estoy simplificando por razones de espacio – la
inexistencia de la nación en Argentina post-independiente, evocando para ello los aspectos
institucionales –no había constitución nacional sino provinciales- como identitarios55. La
propuesta, que busca operar un giro copernicano en las investigaciones sobre la primera mitad
del siglo XIX, tuvo efectos más que estimulantes. Fundamentalmente porque permitió pensar la
primera mitad del siglo XIX sin recurrir a la noción de « anarquía » para evocar el contrariado
camino de la organización nacional. Esta nueva visión tiene sin embargo su talón de Aquiles
que no podemos tampoco acallar. Si la única realidad eran los Estados provinciales
confederados, fundados en una identidad localista, ¿cómo explicar que la pacificación de los
conflictos se resuelve a través de la formula de una constitución nacional –de corte federal- en
1853 ? Hacer esta pregunta necesaria no busca desmoronar todo el edificio argumental de este
tipo de investigaciones, pero sí señalar la necesidad de complejizar nuestros análisis para dar
mayor inteligibilidad al proceso que se intenta analizar.
Y es en este punto que creo que el estudio del discurso sobre la sociabilidad puede ayudarnos a
revelar otra dimensión del fenómeno. La centralidad que éste discurso adquiere muestra como
la revolución de independencia en el Río de la Plata –quizá por la dificultad que las élites
insurreccionales encontraron para dar rápida respuesta institucional a la ruptura del vínculo
53
Cf. Constitución de la Conderación Argentina » 1 de mayo de 1853. Sobre el reino del « provisoriato » ver Vedro,
« Règne », 1998
54
Cf. Guerra, Modernidad, 1992, Verdo, « Provinces », 1998
55
Cf. Chiaramonte, ibid
14
colonial (por las razones que las nuevas investigaciones destacan sólidamente)- llevó a que la
interrogación sobre los fundamentos del poder político viniese a encontrarse con la reflexión
sobre el vínculo que hace sociedad. Ello no es una invención de la generación romántica de
1837. La intervención de Ignacio Gorriti, diputado por Salta al Congreso Constituyente en 1825
y en el que no sostiene precisamente que la nación es el sujeto del poder constituyente, deja
testimonio de ello : « … Y yo pregunto, ¿qué cosa es una nación libre? Es una sociedad en la
cual los hombres ponen a provecho en común sus personas, propiedades y todo lo que resulta de
esto [...] Cuando ceden y ponen a beneficio de la sociedad esta porción de bienes, es porque las
consideraciones con que ellos las ceden y las condiciones que exigen son ventajosas al
individuo, que la conservación de sus derechos plenos en el estado de la naturaleza. Es pues en
este sentido que yo he dicho, y repito que no tenemos nación; que no la hay: si, señores no la
hay. Para sacudir el yugo peninsular de hecho nos unimos; mas esta unión no forma nación” 56.
Poco importa aquí que el veredicto de Gorriti sea la inexistencia de la nación, lo que me interesa
aquí es la argumentación utilizada : no hay nación porque no hay sociedad. A un veredicto
similar llegaron los hombres de la generación del 37 que tanto insitieron sobre la necesidad de
desarrollar las relaciones « civiles » constitutivas del lazo social, que asocian explícitamente a la
nación, utilizando incluso la palabra « sociabilidad » para referirse a lo que hoy llamaríamos
« nacionalidad »57.
Las refutaciones a esta tesis provienen no tanto del razonamiento que le es intrínseco sino de
que ella implica re-introducir el problema de la nación cuando la historiografía acababa
triunfalmente de deshacerse de él. Pero ello no necesariamente debe llevarnos a refutar la
pertinencia de los análisis sobre el problema de la territorialización de la soberanía como clave
para comprender el proceso abierto por el movimiento insurreccional. Tulio Halperín Donghi
tiene razón cuando, para clarificar el debate, dice que ambas perspectivas comparten ciertos
supuestos58. La diferencia reside en que la introducción del análisis del discurso y de las
prácticas de sociabilidad permite señalar cómo, a través de una categoría como la de
« sociabilidad », los actores declinaron otra acepción de nación como sociedad. Lo que sugiere
que ello pudo llevar a coexistir, por vías diferentes, dos discursos aparentemente
56
Cf.. Asambleas, 1937-1939, t. I, p. 1325. Un análisis de este debate Goldman, « Libertad », 2000
57
En el sentido de trazos socio-culturales específicos a partir de los cuales trazar las fronteras juridiccionales del Estado. Lo
cual permite que B.Mitre hable de la « sociabilidad argentina » y F.Bilbao de « Sociabilidad chilena ». Cf.Bilbao, Ibid, Mitre,
Ibid
58
Halperín Donghi, « Orígenes », 2001
15
contradictorios : el de la soberanía de los pueblos y el de la sociedad como nación. Es a este
problema que apunta el estudio de la « sociabilidad » como categoría de los propios actores y
que debería llevar la discusión hacia otro campo : ¿el lenguaje de lo social pudo seguir otros
caminos que los trazados por el de la soberanía ?
2-La sociabilidad como categoría analítica
Señalada la distinción necesaria de la « sociabilidad » como categoría de los propios actores,
queda el problema de la pertinencia del objeto sociabilidad, tal como lo ha construido la
historiografía contemporánea, para una historia política que propone, como lo ha hecho F-X
Guerra, partir de la observación de los actores y que coloca a la acción –y por consiguiente a
los mecanismos que la hacen posible- en el centro de sus preocupaciones. Para avanzar en la
reflexión una primera salvedad es necesaria. Sociabilidad y red no son categorías analíticas
intercambiables. Se trata de dos fenómenos que conviene distinguir. La sociabilidad remite a
prácticas sociales que ponen en relación un grupo de individuos que efectivamente participan
de ellas y apunta a analizar el papel que pueden jugar esos vínculos; la red ego-centrada
remite a espacios de interacción social –del cual el tejido de la red da cuenta- que no implica
que todos los individuos que participan a la red de ego se conozcan ni que compartan espacios
de sociabilidad, en el sentido que acabo de señalar. Dos problemas diferentes que llevan a dos
construcciones distintas de nuestro objeto de estudios. ¿Se trata de dos postulados
incompatibles? Mi posición aquí es que los estudios de redes no pueden substituirse al de la
sociabilidad e inversamente, que la red da cuenta de otras dinámicas relacionales a las que la
sociabilidad no puede acceder y que el necesario diálogo debería llevarnos a pensar las
articulaciones entre estas dos dimensiones del universo relacional. Algunos especialistas de
redes comparten esta posición, combinando incluso las dos nociones como lo hace Michel
Bertrand cuando habla de « redes de sociabilidad » 59. Giuliana Mandich sugiere incluso que
existe una relación entre la densidad de la red ego-centrada y la densidad ritual de las
59
M.Bertrand define la red de sociabilidad « como el conjunto permanente o temporario de vínculos de naturaleza diversa
que ligan a los individuos entre sí. Ellos suponen vínculos de solidaridad entre los participantes, del mismo tipo que existen
en el linage. Pero a diferencia de éstos, ellos reagrupan individuos asociados también por vínculos de dependencia ». Cf.
Bertrand, « Réseaux », 1998
16
prácticas de sociabilidad que favorecen, en términos relacionales, el establecimiento de
vínculos fuertes60.
El problema reside, claro está, no tanto en acceptar que existan vínculos de sociabilidad que
suponen una serie de valores compartidos, sino en el alcance que podemos darles para
explicar la acción colectiva. La dificultad de dialogar con algunos especialistas de redes
proviene de una suerte de pecado original de la historia de la sociabilidad, que vendría de la
reactualización de una visión normativa, de cuño durkheiniano, de los vínculos61. ¿Es posible
postular que estos vínculos y valores, así como la energía emocional que pueden producir,
forman parte de la interacción sin abscribir a un razonamiento determinista o normativo ? Si
el riego existe62, ¿es más esclarecedor considerar que el actor es un átomo independiente de
todo contexto social, y que las acciones de ego, definido como individuo racional, sólo son
reguladas por el mercado de intereses ?
Tocamos aquí el punto nodal del problema : el de la definición del hombre como agente
empírico. La noción de individuo sería una categoría « real », mientras que las otras
deberíamos archivarlas, siguiendo el consejo saludable del « Tournant Critique » en la
estantería de « categorías a-prioris ». Pues ¿quién negaría que el hombre existe ?
Inversamente, ¿quién tiene entre sus relaciones una sociedad ? como me preguntó
provocativamente un colega. El hombre una realidad irrefutable, la sociedad una abstracción
filosófica, en estos términos C. Langlois y C. Seignobos contraponían el objeto de la historia
y la sociología63. No pretendo sostener que se trata de la misma propuesta, pero si sugerir que
por este camino las fronteras con un puro empirismo son difíciles de delimitar. Empirismo
que no supone menos la introducción de una categoría de análisis a partir de la cual construir
el objeto de estudio. Puesto que lo que ciertos estudios de redes nos proponen no es el análisis
del hombre como agente empírico sino del « individuo », noción que introduce una serie de
propiedades a este homo economicus : se trata de un ser racional –o de una racionalidad
limitada- cuya acción es guiada por la obtención de intereses personales. No son entonces
60Cf.
Mandich « Pratiques », 1998, pp.209-233
61
Cf. Castellano, Dedieu, Réseaux, 1998. Moutoukias, ibid.
62
No comparto, por ejemplo, la asimilación que hace A.Lemperière de la sociabilidad al universo corporativo para analizar la
sociedad de Antiguo Régimen, y que la lleva a la conclusión de que en Nueva España no existen formas de sociabilidad
vincualdas al placer gratuito de reunirse y conversar. Pero el problema reside para mi menos en el objeto que en la utilización
que se hace de él. Cf. Lemperière “Sociabilités », 1998, pp.79-95.
63
Langlois, Seignobos, Introduction, 1898
17
aquí las normas sociales que condicionan la acción de los individuos sino las leyes
económicas64. Admitamos entonces que la distinción no pasa por la alternativa entre realidad
y abstracción, o historia y filosofía.
En segundo lugar, podríamos preguntarnos si esta particular acepcción de la noción de
individuo –que supongamos corresponde al comportamiento actual de los actores- es una
suerte de razgo de la humanidad, pertinente para entender toda sociedad histórica y que
podemos aplicar urbi y orbi. Por último, y aún aceptando la capacidad de ego de manipular
normas y valores, el problema reside en los parámetros a partir de los cuales se intenta dar
inteligibilidad a la acción de ego. Que se me permita recordar que ego no es sólo ser de razón
o dicho en otros términos, para dar cuenta de la racionalidad de un actor hace falta hacer
intervenir la dimensión afectiva que hacen a la psique de ego. Cierto es que se trata de un
aspecto que escapa al dominio del historiador, pero no por ello deja de ser menos operante.
Las amistades, o las enemistades intervienen en la interrelación y pueden condicionar nuestra
acción. Esfera de la emoción, que tendríamos que oponer a la de la razón, pero que interviene
en la toma de decisiones. El historiador puede a posteriori atribuir a esta acción una cierta
racionalidad. Pero si deseamos ubicarnos en el universo del actor -y tomemos por ejemplo
nuestro propia experiencia-, debemos reconocer que la dimensión afectiva es un elemento de
la interacción social. Por ejemplo, la simpatía o antipatía por más irracionales que sean
condicionan el sentido de nuestras relaciones. Ella constituye uno de los parámetros de
nuestra toma de decisiones, « desvirtuando », si se quiere, la percepción de nuestros intereses,
que nuestra acción estaría destinada a maximizar.
« La sociabilidad » no busca sin embargo revertir la perspectiva, postulando la irracionalidad
de ego, sino más bien detenerse en el análisis de las formas a partir de las cuales un grupo de
individuos entran efectivamente en relación, considerando la dimensión afectiva –positiva o
negativa- como componente del vínculo. La principal dificultad que presenta este tipo de
propuesta proviene de las escasas herramientas de que dispone el historiador para analizar un
objeto que no proviene de su tradicion disciplinaria. Los escollos no dejan de ser importantes
y no pretendo acallarlos. El primero hace a la posibilidad de disponer de fuentes apropiadas.
La dificultad de dar cuenta del sinnúmero de ocasiones en que un individuo entra en relación
–dificultad que comparten por otro lado los estudios de redes que sólo nos hablan de las
64
Ver sobre este punto el desarrollo de Boltanski, Thévenot, Laurent, Justification, 1991
18
relaciones activadas en un momento dado y según da cuenta la fuente utilizada- ha llevado a
los estudios sobre la sociabilidad a privilegiar lo que Agulhon calificó de « sociabilidad
asociativa »65. El problema que plantea esta opción es doble. En primer término, ella puede
llevarnos a una confusión entre marco formal y relación. ¿Cuántos de entre nosotros
adherimos por ejemplo a una mutual sin por ello establecer relaciones con los otros
miembros ? Podemos efectivamente señalar el sentido que pueda tener el adherir a « valores
mutualistas », pero no por ello construimos en torno a ellos un universo de relaciones sociales.
Ello no impide, sin embargo, que este tipo de asociaciones puedan generar vínculos de
sociabilidad a través de la organización de eventos culturales –es el caso del llamado
« mutualismo étnico » en Argentina66. Observación que remite al problema de la
multifuncionalidad de ciertas asociaciones –pues las mutuales en el siglo XIX no funcionan
sólo como formas de prevención sino que ofrecen al mismo tiempo un espacio de sociabilidad
a través de servicios como una cantina, una biblioteca, una sala de reunión o de la obligación
de los miembros de asistir a los entierros de los adherentes. El segundo problema reside en
que las fuentes que testimonian de la existencia de relaciones de sociabilidad en este marco no
dan necesariamente cuenta del papel que juegan estos vínculos en el comportamiento de los
individuos. Para volver a nuestro ejemplo, la « solidaridad » propia del principio mutualista
no determinan las relaciones que se dan en ese marco. Las denuncias que podemos encontrar
en las actas del comportamiento poco solidario de ciertos miembros –declarar una enfermedad
inexistente para recibir un subsidio que poviene de este fondo solidario- muestran bien que
ego puede manipular ciertos valores en busca de sus propios beneficios. La actitud
« solidaria » de los notables que renuncian a su derecho de percibir el subsidio no es ajena por
otro lado a la voluntad de construir un leadership asociativo. Relaciones poco solidarias
entonces, pero relaciones al fin, que teniendo en cuenta el número de contactos que permiten,
la intensidad emocional que la postulada « solidaridad » alimenta o el simple placer de estar
en compañía y los servicios recíprocos a que pueden dar lugar, pueden convertirse en vínculos
fuertes. A partir de allí podamos preguntarnos sobre la incidencia que puede tener este tipo de
vínculos en la toma de decisiones de los actores. Evoquemos nuevamente el caso del
mutualismo en Argentina, retomando un aspecto que la investigación de Romolo Gandolfo
65
Por su grado de formalización, la asociación en algunos casos ha dejado testimonios escritos de su funcionamiento, aunque
no siempre da cuenta de las relaciones de sociabilidad entre sus miembros. Las nuevas aproximaciones pluridisciplinarias,
como la antropología histórica o la etno-historia, permiten aportar nuevas soluciones a este problema heurístico, como
también lo hace la historia oral para períodos más recientes.
66
Cf. Baily « Sociedades », 1982; Devoto, Fernández, "Asociacionismo”, 1988
19
sobre tensiones entre clase y etnia pone en evidencia67. Los obreros de una fábrica de tabaco
italiana en Villa Urquiza –Buenos Aires- declaran la huelga en 1919. Entre ellos un tercio
eran italianos. Ahora bien, algunos de estos obreros eran al mismo tiempo miembros de una
sociedad de ayuda mutua cuyo presidente, además de director de la escuela italiana local, no
era otro que el gerente de la fábrica a la que le habían declarado la huelga. Grandi, el gerente,
optó aquí por una doble estrategia : la represión, para lo cual benefició de la ayuda de la Liga
Patriótica Argentina, y la multiplicación de actividades culturales dirigidas a la colectividad
italina, utilizando para ello los vínculos de sociabilidad « étnica ». No todos parecen haber
seguido al gerente-leader étnico, en detrimento de sus intereses de clase, pero Gandolfo intuye
que muchos sí lo hicieron. ¿Hasta qué punto la existencia de estos espacios de sociabilidad
que garantizaban servicios –la protección social, la educación- y al desarrollo de un discurso
identitario representativo del grupo –la supuesta comunidad italiana- lleva a ciertos obreros a
ver en el gerente a un paisano –prestador de servicios- y no un capitalista explotador? Si los
vínculos de sociabilidad no determinan el comportamiento de aquellos que estas prácticas
ponen en relación, el caso aquí evocado revela que en algunos casos estos vínculos pueden
intervenir en la toma de decisiones de los actores.
La utilización de fuentes asociativas para analizar la sociabilidad plantea un segundo orden de
problemas al cual me he visto particularmente confrontada en mis investigaciones 68. Las
formas asociativas no resumen el universo relacional de los actores y puede llevarnos a sobreevaluar la importancia de este tipo de vínculos. Podemos postular, como lo hemos hecho, la
diversidad de vínculos relacionales que puede desarrollar un individuo a lo largo de su
existencia, pero más difícil es contar con elementos empíricos necesarios para analizarlos y
evaluar como éstos intervienen. El estudio de la sociabilidad asociativa comporta así un riesgo
que he tomado, quizás excesivamente, en mis investigaciones sobre las formas de sociabilidad
en el Río de la Plata. La experiencia asociativa que abre nuevos espacios de sociabilidad,
conoce un desarrollo considerable a lo largo del siglo XIX, fenómeno que al analizar en mis
investigaciones sobre prácticas de sociabilidad en Buenos Aires he calificado de « explosión
asociativa »69. Dar cuenta de ello, y de sus relaciones posibles con el campo de la política, me
llevó a trazar una suerte de secuencia de este desarrollo, que deja suponer una idea de
67
Cf. Gandolfo, « Sociedades », 1992, pp. 311-332
68
Ver en particular Civilidad, 2001
69
Cf. Ibid
20
linealidad, que es en sí problemática. Aunque los fenómenos evocados se fundan
estrictamente en un análisis de las fuentes empíricas, del cual dan cuenta los gráficos sobre
desarrollo asociativo, la visión cambiaría -sobre ello acuerdo enteramente con Tulio Halperín
Donghi- si no operásemos esa selección previa de fuentes asociativas70. Pero destacar este
aspecto –que había sido hasta ahora completamente desatendido por los investigadores- no
supone abscribir « a una vision de los vínculos estrictamente normativos »71. Acuerdo en que
la opción por la sociabilidad asociativa se presta, como acabo de señalar, a este tipo de
confusiones. Pero reconocer la existencia de relaciones en que normas y valores se combinan
con servicios recíprocos y generan una intensidad emocional no implica abscribir a una
concepción « sobre-socializada » en que la acción del hombre estaría determinada por esos
vínculos72. La norma no determina la conducta –el individuo puede trasgredirla, reformularla,
rechazarla- pero no deja de ser un elemento que incide en la toma de decisiones. Tomemos el
ejemplo más extremo, el de la sociabilidad mafiosa. No cabe duda de que se trata de una red
de relaciones contruída en torno a la busqueda de intereses y consolidada a través de una
sociabilidad en que el respeto a ciertas normas y valores –el código de honor de los mafiososes vital, en el pleno sentido de la palabra. La obtención de beneficios está aquí vinculado al
respeto de esos códigos, aunque no respetarlos podría suponer en lo inmediato embolsar más
dinero. El individuo, en este caso el mafioso, no está privado de su libertad y cuenta entre sus
opciones romperlos –episodios que han hecho la gloria del género. Lo que me interesa señalar
en primer término es que los valores y códigos no necesariamente se contraponen a la
búsqueda de interés como motor de la acción. En segundo lugar, que si la acción del individuo
no está determinada por esas normas, ellas son también constitutivas del campo de la acción, e
inciden tanto en la decisión de respetarlas como de trasgredirlas73.
Pero si por visión « estrictamente normativa » se está aludiendo una cierta lectura de la
realidad que no da cuenta de las formas sociales realmente existentes, entonces debemos
llevar la discusión hacia otro campo74. Supuestamente el análisis de estas formas sociales
debe desprenderse de las regularidades observadas, producto de las decisiones individuales.
Ahora bien, ¿el hecho de que 72% de los representantes del Estado de Buenos Aires
70
Cf. Halperín Donghi, Ibid
71
Como sugiere la reseña que realizó de mi libo Zacarías Moutoukias. Cf. Moutoukias, Civilité, 2003
72
Cf. Granovetter, « Economic », 1985, pp.481-510
73
Cf. Crozier, Friedberg, Acteur, 1977
74
Cf. Moutoukias, Ibid. Las nuevas propuestas de la historia social en Lepetit, Formes, 1995
21
participen en una asociación en el marco de la cual se establecen vínculos de sociabilidad, no
da cuenta de ciertas regularidades producto de decisiones individuales ? Se me podría replicar
que dado que no puedo contabilizar otros tipos de vínculos de sociabilidad que desarrollan los
mismos actores, estas cifras tienen poco sentido. Comparemos entonces lo comparable. En el
período anterior la participación en asociaciones de este mismo colectivo –individuos que
cumplen un cargo electivo en la sala de representantes- es sólo de 12%75. Nos encontramos
entonces frente a un fenómeno, que efectivamente el objeto tal como lo hemos construido
permite poner en evidencia, pero que no deja de ser menos un producto de decisiones
individuales y que por consiguiente merece que lo interroguemos.
3-Sociabilidad y política
Llegamos así al tercer punto que quisiera abordar aquí, el de la utilidad de este tipo de
aproximaciones para la historia política. La pregunta que surge inmediatamente es saber si
existe una relación –otra que la de la simultaneidad cronológica- entre el desarrollo de este
tipo de prácticas a partir de las cuales se tejen vínculos y la instauración de nuevas reglas del
juego político fundadas en el principio representativo de la autoridad. Cierto es que la
definición de este tipo de prácticas como « sociabilidad democrática » permite suponer que se
está postulando la existencia de una relación causal con las instituciones políticas, cuando es
esta relación que intentaba interrogarse. Acordemos que el apelativo « democráticas » para las
nuevas relaciones de sociabilidad remite a otro registro posible, que lo vincula al discurso de
la sociedad más que al de la soberanía. Ello no nos ahorra sin embargo el trabajo de explicar
la relación que puede existir entre ambos. Sobre todo cuando sabemos que en el caso evocado
son los individuos que cumplen con cargos electivos quienes más recurren a este tipo de
prácticas relacionales.
Es aquí donde el estudio de la sociabilidad asociativa puede aportar nuevas luces al
funcionamiento de la vida política, como lo han demostrado las investigaciones de
M.Agulhon et R.Huard para Francia, o lo sugirió F-X Guerra para América Latina76. No se
trata en realidad de una hipótesis completamente nueva. Que la asociación pudo servir de
estructura organizativa a las facciones políticas, es un aspecto que ya ha sido destacado desde
75
Cf. Civilidad, 2001
76
Cf. Agulhon, République, 1979; Huard, Mouvement, 1982, Guerra, México, 1988
22
el siglo XIX, en particular en relación con la masonería77. Pensemos en el caso de la mentada
Logia Lautaro en Argentina o de yorkinos y escoses en México. El objeto « sociabilidad »
permite sin embargo dar a esta hipótesis una diferente consistencia analítica que lleva a
reformular el problema al introducir en el razonamiento el problema de las lógicas
relacionales.
Aclaremos en primer término que no todas las asociaciones responden a una lógica facciosa ni
operan como la “maquina” de Cochin78. La idea de « máquina » está fundada en un
razonamiento mecánico que supondría que el comportamiento de un actor puede deducirse de
la adscripción a una asociación. Entre los individuos que participan en este tipo de relaciones
existen posiciones e intereses divergentes, y en cada uno de ellos estos vínculos se asocian al
conjuto de múltiples y contradictorias pertenencias de los actores, o si se prefiere, se incribe
en diferentes configuraciones de redes. Podemos destacar ciertamente una serie de valores
compartidos que merecen, como hemos sugerido en el primer apartado, un tratamiento
específico. Pero el hecho de establer un vínculo de este tipo no garantiza la fidelidad política
de los miembros, ni siquiera -como lo hemos ya mencionado-, la fidelidad mafiosa. Tomemos
nuevamente un ejemplo del Río de la Plata. Un líbelo antimasónico publicado en 1858
denunciaba el origen « alsinista » de la masonería, sugiriendo que la logia había sido creada
por Alsina para ganar las elecciones del Estado de Buenos Aires79. Dejando de lado el
objetivo perseguido por aquellos que sugieren esta tesis -denunciar el complot masónico-, ella
presenta un cierto atractivo pues permite introducir una nueva lectura de las luchas políticas,
no ya en clave de clases o de ideologías, sino de redes –en sentido metafórico- de poder. La
organización y triunfo de las facciones estaría vinculada a su capacidad de garantizarse
nuevas fidelidades políticas que el desarrollo de nuevos vínculos asociativos hacía posible.
Los archivos masónicos, a los cuales he podido felizmente acceder, no sólo no dan cuenta de
ello, sino que exigen que complejizemos el análisis de la relación entre masonería y política.
En efecto, es difícil suponer una tendencia política cualquiera del grupo de los hermanos
fundadores, si tomamos como criterio su opción electoral. De los masones miembros de esta
logia y que participan en la legislatura provincial que debe elegir al nuevo gobernador en
77
Cf. González Bernaldo, “Masonería”, 1990
78
Cf. Ibid
79
Cf. Farsa, 1858, González Bernaldo, “Masonería”, 1991
23
1857, la mitad de ellos darán su voto a Alisina y la otra optará por el candidato de la
oposición80.
Ello no quiere decir que los masones no hayan intentado utilizar este tipo de vínculos para
garantizar la fidelidad política, tal como nos deja testimonio el libro de actas de la logia
« Regeneración ». Nos encontramos en momentos de preparación de listas para la renovación
de los concejales en 1861. A pedido de la logia « Unione Italiana », la logia « Regeneración »
llama a los hermanos masones a votar por el candidato y hermano Salvarezza, a fin de evitar
que los supuestos candidatos de la « Sociedad San Vicente de Paul » puedan imponerse en el
municipio, pues “en ese caso la enseñanza quedaría en manos de dicha sociedad”. La logia
invita a los miembros de los talleres nacionales « a votar el 25 con energía y fervor masónicos
para impedir el triunfo de los jesuitas ». Podríamos concluir que nos encontramos frente a un
caso excepcional en que se trata de hacer jugar la fidelidad masónica para facilitar el triunfo
de uno de sus miembros. Pero el hermano Keil va mas allá al proponer que el Consejo
Supremo fijara una lista de municipales, « para poder emitir un voto grupal »81. Mariano
Billinghurst, Venerable de la logia y miembro del Consejo Supremo mantiene una posición un
tanto ambigua durante el debate. Si bien acepta la idea de que la masonería pueda funcionar
como instancia de configuración de listas electorales, agrega que a su juicio « cualquier voto
es bueno siempre que no vaya a manos de los jesuitas ». En la sesión siguiente, Billinghurst
informa, luego seguramente de haber expuesto el problema a los miembros del Consejo, que
todos los masones serán invitados a una gran sesión para discutir las próximas elecciones
municipales con el fin de vencer a los jesuitas. A continuación invita a “los hermanos
extranjeros a inscribirse en sus respectivas parroquias, para dar su voto el 25”82. No sabemos
si esta sesión tuvo lugar y si la masonería terminó proponiendo su propia lista, ni si este tipo
de iniciativas fue moneda corriente en la época. Lamentablemente, la liberalidad del
secretario de la logia « Regeneración » -que lo llevó a dejar constancia en las actas de este
debate- es muy infrecuente dado que los reglamentos prohibían explícitamente este tipo de
discusiones en el recinto de la logia. Lo que no quiere decir, como acabamos de comprobarlo,
que ellas no hayan existido. De estos dos ejemplos contradictorios podemos concluir que si el
80
Un análisis más detallado de esta cuestión en nuestro trabajo Civilidad, pp.278-284
81
Cf. AGLA, libro de actas, logia “Regeneración”, caja n° 36, sesión del 7 de noviembre de 1860
82
Cf.Ibidem. Debemos recordar que los extranjeros votaban en las elecciones municipales en el Estado de Buenos Aires y
que por otro lado la presencia de extranjeros es significativa en las logias existentes, algunas de las cuales se organizaron
según orígenes nacionales de los extranjeros..
24
vínculo masónico podía intervenir en la decisión de apoyar a uno u otro canidato, ello no
convertía a la masonería en una « máquina » o un partido político, como lo sugiere el caso de
la « Unión del Plata ». Llegar a este punto no supone sin embargo desechar por completo la
hipótesis de una vinculación entre mundo asociativo y vida política.
Volvamos al caso de la masonería. Su desarrollo a partir de la caída de Rosas es innegable,
como también lo es que algunos de los principales hombres políticos de la época adhieren a
ella. Evitemos sin embargo caer en la seductiva tesis del complot. Ni todos los miembros de la
masonería son hombres políticos, ni las logias son los únicos espacios en que éstos desarrollan
relaciones de sociabilidad. En realidad para poder plantear adecuadamente el problema es
necesario analizar la masonería desde una perspectiva « profana », es decir como una de las
tantas formas de sociabilidad a partir de las cuales se establecían relaciones, en este caso al
menos una vez por semana durante los trabajos, y para algunos más asiduamente ya que el
principal edificio en que tenían lugar los trabajos de las logias incluía, como sigue siendo el
caso, un espacio de encuentro. Ello sin olvidar el atractivo real que pudieron suponer los
valores masónicos que, aunque no puedan traducirse tan mecánicamente en opción electoral,
como lo sugiere el hermano Keil, no constituyen menos una dimensión de la relación.
Encontramos entre los miembros de esta asociación masones de convicción que, como
Domingo F.Sarmiento, conjugan sociabilidad con valores masónicos. En algunos casos estos
valores masónicos podían tener una más clara traducción política. Es en la política municipal
en que observamos que las solidaridades funcionan mejor, en particular en dos áreas
particularmente sensibles para los masones: hiegiene y educación en que, como vimos en el
caso citado de la logia « Regeneración », los masones intentan desplazar a los católicos83. Es
en esta dos comisiones que encontramos durante los primeros años de funcionamiento de la
nueva municiapalidad (1854-1862) la mayor cantidad de miembros de la masonería. En
ciertos casos, como el de Guillermo Rawson o el propio Sarmiento, estos buscan
explicitamente apoyo en las logias para lanzar su política de higiene o educación pública, o
como dirán los católicos para introducir la filantropía masónica en el terreno de la caridad
cristiana84.
83Cf.
84
Civilidad; Id, “Beneficencia” 2003
Debate que los católicos harán público en el diario La Religión. Cf. González Bernaldo, « Beneficencia”; González,
« Caridad », 1984
25
Pero incluso en este caso valores y lógicas políticas no siempre son conciliables. El propio
Sarmiento, cuya inclinación anti-clerical no debe ser ajena a su adhesión a la masonería, va a
designar como su subordinado en la dirección de escuelas a Marcos Sastre, notorio católico
que militaba por la enseñanza religiosa. Las razones de esta colaboración contra-natura
pueden explicarse, como lo sugiere C. Newland, por la voluntad compartida de masones y
católicos de centralizar la inspección de la educación pública para lo cual se hacía
indispensable esta alianza contra las señoras de la Sociedad de Beneficencia que reclamaba
competencias en este campo85. Podemos también suponer que las relaciones de Sarmiento no
se limitaban a la masonería y que estudios como los de las redes de relaciones podrían
explicarnos por qué Sarmiento recurre a M.Sastre, con quien compartía una serie de
amistades. Fue en su librería que se creó en 1837 el “Salón Literario”, que dará origen al
mentado grupo de la generación del 37 al cual Sarmiento estaba vinculado. Una de las razones
que explica el triunfo de la iniciativa de Sastre en 1837, que no sólo fue cultural sino también
comercial –pues fue uno de los primeros que instauró con éxito la fórmula de préstamo de
libros a domicilio-, proviene de su extensa red de relaciones que no se limitaba al mundo de
los estudiantes universitarios. Pero que se me permita destacar que muchas de estas relaciones
se alimentaban de esos vínculos de sociabilidad que desarrollaron los jóvenes en torno a su
librería.
Pero no todos los miembros de la masonería parecen llegar a ella por los mismos caminos.
Veamos el caso de otro hombre político, Bartolomé Mitre, con quien Sarmiento estaba
vinculado a través del grupo de la generación del 37 y que llegará, como Sarmiento, a la
presidencia de la nación. A diferencia de éste último, Mitre se inicia a la vida política siendo
un profano, lo que impide en su caso todo tipo de especulaciones sobre orígenes masónicos
del futuro presidente de la flamante nación argentia. Sin embargo las circunstancias que
llevan a Mitre a la masonería merecen que nos detengamos unos instantes. Nos encontramos
en el año 1860. El Estado de Buenos Aires se ha escindido del de la Confederación Argentina
desde 1852 y estos dos Estados acaban de librar la batalla de Cepeda en la que se enfrentaron
las tropas de Mitre y de Urquiza. Es entonces que el « Supremo Consejo de la República
Argentina » decide otorgar el trigésimo tercer grado al gobernador de la provincia de Buenos
85
Cf. Cf. Newland, Buenos Aires, 1992. Conflicto que Sarmiento presenta en un registro de género cuando denuncia las
pretenciones de las damas de erigirse en instancia de gobierno femenina. Sobre este punto ver González Bernaldo,
« Beneficencia », 2003
26
Aires, Bartolomé Mitre, a sus ministros del interior y de guerra, Domingo Faustino Sarmiento
y Juan A. Gelly y Obes respectivamente, al presidente de la Confederación Argentina,
Santiago Derqui, y al jefe de los ejércitos de ésta, Justo José de Urquiza. El hecho se cita con
frecuencia como prueba del papel esencial que cumple la masonería en la organización de la
nación argentina, y hay que admitir que por lo menos es memorable86. La ceremonia se realiza
el 21 de julio de 1860, es decir, ocho meses después de la batalla de Cepeda. Tras la
incertidumbre de los primeros meses, reaparecen las esperanzas de paz que el gobernador
Bartolomé Mitre suscita en la Confederación87. El 6 de junio, los mandatarios del Estado de
Buenos Aires y de la Confederación firman el acuerdo para una futura unificación de ambos.
La prensa porteña se hace eco de las mayores esperanzas que renacen entre los habitantes de
la ciudad. A la sazón, se organizan diferentes reuniones, bailes y banquetes en honor de
Derqui y Urquiza. La comisión directiva del Club del Progreso, por ejemplo, acuerda
desembolsar ocho mil pesos -tres veces más de lo habitual- para organizar un baile en honor
de Justo José de Urquiza que se encuentra entonces en Buenos Aires88. Ése es el marco en que
hay que reubicar la decisión del Supremo Consejo. Pero con un matiz que no carece de
importancia: la autoridad masónica decide contribuir a esa conciliación otorgando el más alto
grado de la orden a los hombres que tienen el poder de terminar con la secesión entre Buenos
Aires y la Confederación. Lo cual quiere decir que, contrariamente a los principios
fundamentales de cualquier orden iniciático, el Supremo Consejo concede por decreto algo a
86
Esta referencia es un lugar común de los autores masónicos. Cf. Diccionario, 1962; Lazcano, Sociedades, 1937, t. II, pp.
351-354; Hurcade, « Misión », 1946
87
Mitre es elegido gobernador de la provincia el 2 de mayo de 1860, y de inmediato anuncia su intención de integrarla a la
Confederación Argentina
88
Cf. ACP, libro de actas, sesión del 3 de julio de 1860
27
lo que se debía llegar por estrictos ritos de paso89; decisión que, desde luego, no deja de
suscitar vigorosas objeciones entre las bases masónicas90.
Convengamos que las razones que llevan a Mitre a la masonería son claramente políticas
como también lo es la decisión de otorgarle el grado 33 por decreto. El Supremo Consejo de
la República Argentina, cuya autoridad no había sido aún reconocida por las otras potencias
masónicas, se encontraba amenazado por la existencia de un Gran Oriente disidente, el de la
Confederación Argentina91. Vincularse a los hombres en cuyas manos se encontraba la
resolución del conflicto que iba a dar lugar a la organización del futuro Estado nacional era
para el Supremo Consejo una manera de ganar el conflicto que lo oponía al Gran Oriente
disidente por la obtención del reconocimiento de las potencias masónicas de Inglaterra o
Francia, lo que efectivamente ocurrió. En cuanto a Mitre, la masonería, que por entonces
disponía de más de 900 poderosos miembros de la élite principalmente porteña, podía
presentar un interés evidente para su proyecto político. A lo que se suma que esta
organización, por su extensión regional –las logias que dependían de este Gran Oriente se
encontraban distribuidas en las principales provincias del litoral- e internacionales –en
particular con los Grandes Orientes o Grandes Logias de Uruguay, Brasil, Francia e
Inglaterra- podía brindar un apoyo suplementario al reconocimiento del nuevo Estado
nacional que intentaba instaurar desde Buenos Aires. Pero más allá de las estrategias de unos
y otros, la pregunta que podemos hacernos es por qué unos y otros piensan que ello
89
Sarmiento y Gelly y Obes ya pertenecían a logias de la obediencia del Supremo Consejo, y tal vez habían sugerido esta
idea a Bartolomé Mitre. Derqui y Urquiza eran iniciados en la francmasonería, pero por lo que sabemos no tenían actividad
en la orden en esa época. En cuanto a Mitre, no formaba parte de ella. Lappas pretende que se había iniciado en Bolivia y que
luego se incorporó a la logia Confraternidad Argentina, a la vez que era miembro honorario de Unión del Plata. Sin embargo,
no hemos encontrado datos sobre su participación en ellas. Al contrario, en la intervención de Pedro Palacios en la logia
Unión del Plata en julio de 1860 hay una referencia explícita a la condición profana del gobernador Bartolomé Mitre. En la
misma oportunidad, Palacios denunció la actitud inaceptable de la logia Confraternidad Argentina, que había otorgado por
decreto y en una sola jornada los tres primeros grados masónicos. Cf. AGLA, libro de actas, logia “Confraternidad Argentina”,
caja n° 14, sesión del 21 de julio de 1860; Lappas, Masonería, 1966, p. 282
90
Cf.
AGLA,
libro de actas, logia “Unión del Plata”, caja n° 21, sesión del 25 de agosto de 1860; libro de actas, logia
“Confraternidad Argentina”, caja n° 14, sesión del 21 de julio de 1860; libro de actas, logia “Consuelo del Infortunio”, caja
n° 27, sesión del 28 de agosto de 1860
91
Iniciativa que debe igualmente interpretarse dentro del conflicto intra-masónico que se libran las dos autoridades que
reivindican la dirección de la masonería : El Gran Oriente de la República Argentina y el Gran Oriente de la Confederación
Argentina. Cf. Civilidad, capítulo 8
28
contribuirá a la paz. En otros términos, ¿qué función política, que no sea la de garantizar un
voto cautivo, podía ofrecer este tipo de vínculos?
Para dar respuesta a esta pregunta es necesario interrogarse sobre el impacto que pudo tener la
ruptura del vínculo colonial en las estrategias relacionales, aspecto sobre el cual los estudios
sobre redes, desarrollados principalemente por los colonialistas, no han reparado
suficientemente92. Este problema fue tempranamente señalado por Tulio Halperín Donghi al
preguntarse sobre la incidencia de la carrera de la revolución en el equilibrio interno de la
élite dirigente93. El horizonte de la revolución fue ciertamente la guerra, pero con ella –en una
relación más que compleja- se introduce la política. El principio representativo del poder y de
la autoridad modifica sensiblemente las reglas del juego. El acceso a las instituciones, aunque
siguiese dependiendo de las relaciones que un individuo pudiese movilizar, introducía un
nuevo elemento perturbador vinculado a los nuevos fundamentos del poder político : la nueva
instancia electoral. En Buenos Aires ello dió lugar a la avanzada sanción de la ley electoral de
1821 que instaura el principio del « sufragio universal » masculino : voto directo y
llamativamente extendido. Ciertamente ello no instauró una verdadera democracia
representativa pero introdujo un nuevo elemento de incertidumbre. Ya que si la confección de
listas quedaba en manos de los notables que exigía la conclusión de acuerdos para lo cual
podían utilizar sus recursos relacionales, el voto directo y extendido hacía posible que los
resultados se dirimieran el día del voto, y con participación de la « plebe » que unos y otros
podían movilizar para ganar las mesas, que era la última instancia en que se definía el voto94.
Las relaciones necesitaban así diversificarse y para ello los nuevos espacios de sociabilidad
podían presentar un interés particular. Es el caso de la presentación del profano y « moreno »
Rosendo Mendizabal para ser iniciado en la masonería en 1858. Su presentación fue en un
primer término rechazada –no olvidemos que la masoneria funcionaba igualmente como
« club » de gente selecta y que entre la « gente decente » los prejuicios raciales eran aún muy
persistentes95. Pero el moreno Mendizabal terminó siendo acceptado y si bien ello se hizo
argumentando el principio de igualdad, su integración no debe ser ajena a su función de
92
A la excepción, para el caso argentino, del reciente trabajo de Bragoni, Hijos, 1999
93
Cf. Halperín Donghi, Revolución, 1972
94
Durante todo este período no existen padrones electorales. Las autoridades de mesas –que en la ciudad eran elegidas- eran
las que decidían quien podía o no votar. En buena medida quien controlaba la mesa controlaba el resultado de la elección.
Cf.Civilidad ; Ternavasio, Revolución, 2002
95
Cf.. AGLA, libro de actas, logia “Unión del Plata”, caja n° 21, sesión del 25 de agosto de 1860. Cf. Civilidad, pp.299-301
29
intermediario político. Prueba de ello es después de integrar en 1856 el club de los guardias
nacionales, la oposición -luego de proclamar « ya basta de mulatos, que Mendizabal no iba a
representar sino una casta »- le propone organizar un año despues un club electoral destinado
a movilizar a los « ciudadanos de color »96. Un año después será miembro del prestigioso
« club » de los masones.
El objeto sociabilidad permite dar cuenta de cómo las nuevas reglas de juego de la política
son producto de la interacción social y pueden dar lugar a formas relacionales específicas que
brindan, como el caso de los clubes electorales, un conjunto de recursos organizativos,
relacionales e identitarios para el ejercicio de la soberanía. Pero podemos igualmente
interrogarnos sobre los recursos que brinda la sociabilidad asociativa en general.
Recordemos que durante los primeros 14 años (1821-1835) en que el remplazo de las
autoridades se hizo aplicando la ley de elecciones, la inestabilidad política fue grande y llevó
incluso, con la revolución de diciembre de 1828 encabezada por Lavalle, no sólo a romper la
legalidad institucional, sino a introducir, con la ejecución de Dorrego, la posiblidad de
resolver la competencia internotabiliaria a través de la eliminación física del adversario 97. Es
en este contexto que el discurso de la sociabilidad como relaciones civiles y urbanas toma un
sentido concreto de pacificación de las relaciones en la esfera pública. « Cordialidad, unión,
uniformización de intereses y opiniones » así concluye un artículo de Juan Cruz Varela e
Ignacio Núñez de 1822 destinado a destacar los beneficios de la reciente creación de la
Academia de Música98. No es quizá un azar que la instauración del voto “universal” en 1821
se acompañe de un desarrollo de nuevas formas asociativas destinadas a incentivar el
comercio amable entre las élites. No es que los hombres que participan internalicen las
normas y valores99. Pero ellas permiten multiplicar las relaciones reduciendo el grado de
incertidumbre que introducía las nuevas reglas del juego político. Ello no garantizaba, claro
96
Cf. « Por qué tomáis nuestras armas » La Tribuna, 29/3/1856
97
Un análisis reciente de las prácticas electorales durante este período en Ternavasio, Revolución, 2002.
98
Cf. El Centinela, n°11, 6/10/1822, p. 179.
99
Si creemos a los actores que han construido un discurso sobre las mismas, como el propio Núñez, deberíamos concluir que
ello llevó a descartar la violencia en la esfera política. Sin embargo, civilidad y política no necesariamente coinciden en las
prácticas cotidianas. Los mismos promotores de un movimiento asociativo destinado a desarrollar relaciones de “civilidad”
utilizaban los clubes electorales no solo para establecer ciertas reglas de juego en la competetencia por la constitución de
listas que debían luego votarse, sino para organizar la movilización el día de las elecciones destinada entre otras cosas a
tomar posesión de las mesas, reintroduciendo la violencia que supuestamente estas formas buscaban apartar.
30
está, la fidelidad política, como testimonia Núñez a Rivadavia en 1825 respecto a las
elecciones que debían renovar la sala: “El espíritu de empresa entre particulares no ha caído a
pesar de que todo cuanto se había conseguido en favor del aniquilamiento del espíritu de
incertidumbre, ha venido a quedar reducido a poco ...”.100 El propio Núñez informa de los
escasos efectos que estos vínculos pueden tener para garantizar fidelidades. Así relata
acidamente como luego de “una reunión en casa del señor Gómez, a que asistieron los señores
García, Agüero, Zavaleta y Castro para organizar una opinión” constata que luego de fijar
únanimamente una posición “ni aun los señores que se combinaron previamente para marchar
en este sentido, lo hacen aisladamente”101. Pero lo que podemos retener también de esta
amarga constatación es que Núñez conoce las posiciones que están tomando cada uno de ellos
aisladamente y que este tipo de informaciones puede hacer el juego más previsible. Cabe
entonces preguntarse si el desarrollo de nuevas prácticas relacionales facilitaron la circulación
de este tipo de informaciones y si ello permitió garantizando una mayor estabilidad
institucional, lo que no significa hacer desaparecer las luchas encarnizadas que podía generar
la competencia electoral.
La pax rosista que se instauró a partir de 1835 se logró entre otras cosas a precio de introducir
la práctica de designación de candidatos por el ejecutivo que si bien aportaba una solución
temporaria al conflicto en torno a la constitución de listas y de movilización el día de las
elecciones, no resolvía el problema de la inestabilidad que generaba la aplicación del
principio representativo. La coalición que acaba con Rosas en 1852 aportará una nueva
respuesta a este problema a través de la creación de los clubes electorales destinados a
componer listas, garantizarse apoyos y organizar la contienda electoral el día del voto. La
relación entre sociabilidad y política es aquí suficientemente explícita, aunque no
necesariamente simple102. El fenómeno de los clubes es en particular interesante no sólo
porque es el primer intento de fijar a través de una formar organizativa ciertas reglas de juego
de la competencia electoral, sino porque estos permiten poner en evidencia la consistencia
relacional de la parroquia –distrito de los jueces de paz y circunscripción eclesiástica- que la
ley electoral convierte en espacio político103. Su estudio permite así introducir el problema de
100
Carta de Núñez a Rivadavia del 21/1/25 en Piccirilli, Rivadavia, 1943, citada por Ternavasio, ibid, p. 103
101
Cf.Ibidem
102
Un análisis de ello en Civilidad
103
Cf. Civilidad, pp.285-304. La ley de elecciones de 1821 retoma el principio establecido por la Constitución de Cádiz que
fija la elección de grandes electores por parroquia. Cf. Constitución de Cadiz de 1812, cap III-V ; « Ley de elecciones » fija
31
la dimensión territorial de algunos vínculos que se tejen a partir de interrelaciones cotidianas a
partir de las cuales se construyen espacios de vecindad104.
Junto a estas nuevas formas de organización politica vemos desarrollarse un gran número de
asociaciones, que como la masonería, reúnen una serie de individuos en torno a intereses
comunes, ya sean estos considerados de interés público –sociedades literarias, cientificas,
filosóficas, filantrópicas o caritativas-, sectorial –organizaciones de oficio, sociedades
mutuales-, o simplemente para encontrarse entre pares –clubes de recreo-, que multiplican las
relaciones sociales fuera del ámbito privado, y permiten establecer nuevos vínculos
relacionales. Si estas formas asociativas no buscaban dar una respuesta directa al problema
que plantea el ejercicio de la soberanía, su desarrollo no parece ajeno a este problema y
explicaría porque son aquellos que aspiran a cargos electivos que más recurren a ellas. Su
« funcionalidad » podría venir de los vínculos de sociabilidad, que en algunos casos podrían
contribuir a constituir vínculos fuertes, pero que más globalmente multiplica los contactos
personales que generan relaciones de confianza entre los actores. Codearse en los salones del
Club del Progreso, o encontrarse durante los trabajos de una logia no necesariamente
garantizaba un voto, pero permitía establecer relaciones de confianza a partir de las cuales
fijar acuerdos e instalar la competencia en un terreno de mayor previsibilidad. En este sentido
la sociabilidad, al mismo tiempo que hace posible la competencia –y la consolidación de
facciones-, vincula el juego político a la dinámica relacional, permitiéndonos desplazar el
problema de la estabilidad política de su tradicional campo institucional. Es éste, entre otros,
las posibilidades que este objeto brinda a la historia política.
que las elecciones se hacen por parroquia pero para elegir los representantes de la ciudad. Cf. Registro, 1821, pp.18-21. Un
análisis de una primera experiencia electoral americana a partir de la Constitución de Cádiz ver Annino, « Cadiz », 1995, pp.
177-226 ; Guerra, « Soberano » 1997, pp.33-61
104
Las raras investigaciones destinadas a los clubes, incluso aquellas que analizan los clubes parroquiales, evocan estas
organizaciones ya sea como presedente de los partidos políticos en la región, o como organización destinada a imponer los
candidatos del gobierno. Cf. Heras, « Agitado » 1954 ; Chiaramonte, «Nacionalisme » 1971, pp. 145-179. En una reciente
investigación, Hilda Sabato ha llamado la atención sobre este problema retomando los resultados de mis investigaciones. Ella
realiza sin embargo una lectura demasiado reductora de mi tesis de 1992, cuando me hace identificar el papel que juega la
parroquia como espacio de accion política al poder político de los curas, interpretación que desvirtúa mi análisis y tiende a
evacuar el problema planteado. Cf. Sabato, Política, 1998 ; en particular la note 14, p. 103. Para la parroquia como espacio de
interrelación social ver González Bernaldo, « Sociabilidad » 2003
32
Epílogo
El hombre es imprevisible y capaz del horror, pero la historia de la humanidad no es la guerra
de todos contra todos que postulaba Hobbes, aunque a veces pueda parecérsele. El liberalismo
permitió rebatir la teoría absolutista postulando la existencia de esa mano invisible -el
mercado de intereses- que regula las relaciones sociales. Ello no permite, sin embargo,
explicar ni la violencia, ni el fraude como lo señaló pertinentemente Granovetter. Pero
tampoco el concepto normativo de sociabilidad lo hace. La solución al intrincado problema
pasa, como lo proponen hoy las ciencias sociales, por la observación de las relaciones sociales
tal como se dan o se han dado. Pero ello como hemos visto no resuelve sino parcialmente el
problema, ya que para estudiar esas relaciones utilizamos categorías que reintroducen
postulados « a-prioris ». Personalmente no creo que la solución pase por desprendernos de
todo tipo de útiles conceptuales que nos llevaría a un puro empirismo, aunque señalar este
problema epistemológico nos ha permitido reflexionar sobre nuestros más habituales hábitos
del oficio. Ello permite en particular reflexionar sobre las categorías utilizadas por los propios
actores que tienen, como lo sugerimos, un componente fuertemente normativo, y que
constituye otra de las variables que intervienen en el campo de la acción. Pero, como hemos
observado, las prácticas relacionales que se dan en el marco del desarrollo asociativo permiten
instaurar relaciones de confianza que son menos consecuencia de este marco normativo que
producto de la propia dinámica relacional, sin por ello evacuar la dimensión normativa que
buscaba dar sentido a estas prácticas. El desarrollo de este tipo de relaciones remite, por otro
lado, a un aspecto institucional –el reconocimiento de la libertad de asociación- que no es
independiente del discurso sobre la sociabilidad como tampoco lo es de las necesidades del
mercado –que lleva por ejemplo a suprimir las corporaciones. El desafío que plantea la
sociabilidad a la historia política es el de pensar la articulación de estas diferentes problemas
que hacen a la vida relacional de los actores.
Con gran agudeza G.Gemelli y M.Malatesta, al trazar un cuadro de la aventura teórica e
historiográfica de la sociabilidad, concluyen que éste deja más testimonio de interrupciones y
oscilaciones que de un sereno avance progresivo, « historia de un vacío, al menos en cierto
sentido, y en cada caso historia en negativo, delineada por obstáculos más que por
conquistas »105. Los que nos hemos confrontado a este objeto sabemos de esos obstáculos y de
105
Cf. Gemelli, Malatesta, Ibid
33
la pobre conquista que supone que el término se haya difundido en el vocabulario
historiográfico. Si deseamos hacer de la historia un saber acumulativo es indispensable no
relegar nuevamente la « sociabilidad » a una categoría de sentido común que al explicar todo
no explica nada. La historia política, como ya lo había señalado F-X Guerra en 1988, podría
encontrar en este objeto no sólo una nueva manera de interrogar los problemas tradicionales
que se plantean en este campo, sino formular asimismo nuevas problemáticas.
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