Aprender a compartir
Gustavo Gutiérrez
Los padres Gustavo Gutiérrez y Jorge Álvarez Calderón
cumplieron 50 años de vida sacerdotal, al servicio de la Iglesia y de
los pobres, el 6 de enero del 2009, fiesta de la Epifanía del Señor.
Sus muy numerosos amigas y amigos quisieron dar gracias al Dios
de la vida y lo hicieron en una emotiva celebración eucarística en
la basílica de Santo Domingo, en Lima. Ofrecemos a continuación
los textos bíblicos de la misa y la homilía pronunciada por el P.
Gustavo Gutiérrez.
“He aquí mi servidor a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He
puesto mi Espíritu sobre él: dictará ley a las naciones.
No gritará ni alzará el tono, y no hará oír su voz en la calle. Caña quebrada no partirá, y
mecha humeante no apagará, no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el
derecho y su instrucción atenderán las islas.
Yo, Yahvé, te he llamado en justicia, te tomé de la mano, te formé, y te he destinado a ser
alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al
preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas” (Isaías 42,1-7).
“Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían
enseñado. Él, entonces, les dice: “Vengan también ustedes aparte, a un lugar solitario, para
descansar un poco”. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni
para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero los vieron marcharse y
muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron
antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban
como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Era ya una hora muy
avanzada cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “El lugar está deshabitado y ya
es hora avanzada. Despídelos para que se vayan a las aldeas y pueblos del contorno a
comprarse de comer”. Él les contesto: “Denles ustedes de comer”. Ellos les dicen: “¿Vamos
nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”. Él les dice:
“¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver”. Después de haberse cerciorado, le dicen: “Cinco, y
dos peces”. Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos sobre la verde hierba.
Y se acomodaron en grupos de cien y cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces,
y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los
discípulos para que se los fueran sirviendo. También repartió entre todos los dos pescados.
Comieron todos y se saciaron. Y recogieron las sobras, doce canastas llenas y también lo de
los peces. Los que comieron los panes fueron cinco mil hombres” (Marcos 6,30-44).
* * *
Conocemos bien la narración que llamamos ‘la multiplicación de los panes’. De ella tenemos
seis versiones en los evangelios, muy cercanas entre ellas; es un caso único. Tal vez esto se deba
a que la escena contada dejó una huella profunda en la memoria de los seguidores de Jesús,
percibieron que ella apuntaba al corazón mismo de su mensaje. El relato lo hemos tomado hoy
del evangelio de Marcos. Vamos a recorrerlo paso a paso, para entrar en la actitud de Jesús, con
el propósito de hacerla nuestra.
El contexto inmediato del pasaje nos dice que, poco antes, Jesús había enviado a sus discípulos
a predicar, a su regreso, tomando en cuenta su fatiga, les propone, ir a un “un lugar solitario,
para descansar un poco”. Para ello suben a una barca, buscando alejarse de los poblados, pero
muchos los ven y se les adelantan. De modo que cuando Jesús, y sus amigos, desembarcan en el
sitio al que se dirigían, los espera un pueblo deseoso de escuchar al Maestro. Jesús “siente
compasión” (literalmente el texto dice: se le removieron las entrañas) por esas pobres gentes,
“ovejas sin pastor”, y se pone a enseñarles. Se hace tarde y se inquieta por el hambre que sus
auditores deben estar pasando; dice entonces a sus discípulos: “denles de comer”. Es decir, la
compasión de Jesús (compadecerse es ‘sufrir con’, solidarizarse con las necesidades y
sufrimientos de otro) no se limita a las carencias espirituales, se extiende a las urgencias
materiales, humanas también, de la multitud que lo seguía.
Los discípulos responden que no poseen los medios para hacer lo que se les pide. Jesús pregunta
por los recursos de que disponen, sólo hay cinco panes y dos peces, le dicen. Muy poco para
tantos, pues el texto habla de más de cinco mil personas. Dar desde lo poco, desde nuestra
pobreza, ese es uno de los puntos que resalta el relato. Jesús sugiere que se acomoden por
grupos de cien y de cincuenta, luego toma los panes y los peces, pronuncia la bendición, parte
los panes y los da, junto con lo peces, a sus amigos para que los distribuyan. No es una
eucaristía, es una cena, el hambre que se busca satisfacer es el hambre de estómago; no
obstante, es un gesto ligado a la eucaristía, como lo muestra el episodio del lavado de pies, gesto
de acogida y humilde servicio que ocurre en la última cena, de acuerdo con la narración del
evangelio de Juan (cap.13).
Observemos que el texto no habla de multiplicación, el término viene de una deducción
matemática nuestra; comprensible, pero que tal vez no deja ver claramente el sentido del pasaje.
Comieron todos y se saciaron; es más, con las sobras llenaron doce canastos. El amor es
siempre abundante. La cifra es significativa, puede pensarse que remite a las doce tribus de
Israel, a los doce apóstoles, al pueblo de Dios. Los cestos, plantados allí en medio de la hierba,
son una interpelación: un llamado a quienes desean seguir los pasos de Jesús, para que
continúen su gesto a lo largo de la historia y, haciéndolo, se constituyan en comunidad de
discípulos. Hacer ‘com-pañeros’ a los otros, en el sentido etimológico del término: personas con
las que se com-parte el pan, o más exactamente: con quienes se come de un mismo pan.
Aprender a compartir es el significado mayor de la narración comentada; un aprendizaje –que
puede ser un largo proceso– que nos hará comprender que nadie puede decir que no tiene nada,
o que tiene muy poco, para un compartir que supone brindar tiempo, amistad, afecto,
solidaridad.
De compasión y de compromiso nos habla el texto; vale decir, de sensibilidad y atención al otro,
y, a la vez, de solidaridad con el necesitado manifestada con acciones concretas. El cristianismo
no se reduce al ámbito interior y a la convicción personal, por importantes que sean; debe
expresarse, salir al encuentro del otro, en particular de los pobres e insignificantes de nuestra
sociedad, porque son un lugar privilegiado del encuentro con Cristo (Mt 25,31-46). No se trata
de escoger entre esos dos aspectos, la vida cristiana se afirma en la unidad entre ellos, se
alimentan el uno al otro. Esa unidad sustenta nuestra profesión de fe. El mensaje cristiano nos
llama a una relación con Dios, pero si el prójimo no está presente en ella ese vínculo no se
establece.
Jesús da testimonio de ello; Jesús tiene, si me permiten la expresión, un corazón pensante. Trata
a las personas con cercanía, afecto y ternura, sin olvidar las diferentes dimensiones de todo ser
humano, incluso aquellas que acostumbramos a considerar necesidades materiales. Lo acabamos
de recordar a propósito del texto de Marcos. Pero, además, en muchas ocasiones, acompaña esas
actitudes con una percepción del contexto social y religioso de las personas, así como de lo que
origina su pobreza y exclusión.
El testimonio de Jesús proporciona una pauta de comportamiento para sus seguidores. Especial
sensibilidad a toda persona viviendo en condiciones de insignificancia social. Sensibilidad, por
ejemplo, a tantos niños y niñas de nuestro país que parecen destinados a la marginación y al
olvido. Se alimentarán mal, irán a escuelas llenas de problemas e insuficiencias, carecerán de la
atención necesaria en cuanto a su salud y, más tarde, llevarán una vida de inhumana y
antievangélica pobreza, como dicen las conferencias episcopales latinoamericanas. Eso es lo
que Jesús propone: el corazón puesto en quienes viven esas situaciones de pobreza y exclusión,
y al mismo tiempo un compromiso pensado y eficaz para luchar contra ellas.
Conforme pasa el tiempo, y avanzo en edad, me convenzo de que el mensaje de Jesús, tan
profundamente humano, es muy sencillo, se resume, según el evangelio, en amar a Dios y al
prójimo, lo que lleva a hacer de los últimos de este mundo los primeros en nuestro afecto y
compromiso. Provoca decir que lo difícil no es entenderlo, sino ponerlo en práctica. Práctica
que se traduce en obras, de las que la Escritura, en ambos testamentos, habla a cada paso.
El pasaje de Isaías que hemos escuchado nos habla de la misión del servidor de Yahvé.
Establecer la justicia y el derecho en este mundo constituye la tarea del creyente en el Dios de la
Biblia. No es algo de poca monta, ni adicional a un objetivo mayor. Justicia y derecho deben ser
la “ley de las naciones” porque manifiestan la voluntad de amor y de vida de Dios. Para ese
cometido, el servidor de Yahvé es elegido y, ungido por el Espíritu. En ese envío y quehacer se
inscribe el caminar del cristiano.
El seguidor de Jesús es un portador de esperanza, por eso no debe “partir la caña quebrada, ni
apagar la mecha humeante”, como dice Isaías. Frágiles esperanzas, en apariencia, pero que
apuntan al futuro. En el espesor del presente se aloja el tiempo que viene. Que las dificultades,
trabas y lentitudes del andar histórico liberador que quisiéramos más ágil no nos haga olvidar
las posibilidades y perspectivas del momento presente. Esto implica estar atentos a lo que pueda
contribuir a forjar un mundo de fraternidad y justicia. Pueden ser situaciones sencillas y no muy
relevantes a primera vista, pueden parecernos poca cosa, pero no podemos descuidarlas, a partir
de ellas es posible hacer mucho. Desde cinco panes y dos peces, por ejemplo...
Todo esto debe ser materia de una evaluación realista y franca; para evitar equivocaciones por
un lado, y desalientos por otro, que tanto cuestan, de modo particular a los más débiles de la
sociedad. De esa lucidez crítica depende la identidad y alcance de la línea pastoral y teológica,
comprometida en el servicio a la andadura de un pueblo pobre. Es necesario, por consiguiente,
tener en mente el camino hecho y observar cuidadosamente los nuevos retos. Si lo hacemos así,
estaremos en condiciones de responder a las demandas que se nos plantean hoy.
La esperanza es una gracia, pero ella no alcanza mordiente histórico si no es acogida libremente
y hecha vida en nosotros. Eso supone construir cotidianamente motivos de esperanza; es decir,
practicarla, traducirla en obras de amor y solidaridad, ese el camino para hacer nuestro el don de
la esperanza. Y sabemos lo importante, y urgente, que esto es en un país tan duramente marcado
por esa verdadera pandemia que es la pobreza, y que, pese a interesantes, pero limitados,
esfuerzos hechos para reducirla, se ve agravada por una creciente y desgarradora desigualdad
social en su población.
Ustedes, amigas y amigos, con los que nos liga una amistad de vieja data, nos han ayudado a
Jorge y a mí a comprender mejor el evangelio. No, no es un cumplido motivado por la emoción
de esta fraterna noche y por su presencia en esta acción de gracias al Dios de la vida. Viene de
una honda convicción. Ha sido una gracia del Señor haberlos encontrado en diferentes
momentos de nuestras vidas y haber sido compañeros en la búsqueda del Reino de Dios y su
justicia en medio de los sufrimientos y alegrías, proyectos y amistad de nuestro pueblo.
Gracias a todos por estar aquí y por estar presentes, de muchas maneras, en nuestras vidas.
Gracias, sobre todo, por el testimonio que nos han dado del Evangelio de Jesucristo a lo largo de
muchos años.
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