BIOENERGÍAS VERSUS PROTEÍNAS.
El caso del maíz en Argentina
Lic. Jorge Ingaramo
Economista
Consultor de empresas
Se presenta a continuación una discusión sobre la racionalidad del empleo del maíz en
dos negocios alternativos: proteínas y bioenergía.
La Argentina es el segundo exportador mundial de maíz como grano tal cual. Si se
desarrollara el negocio del etanol en los Estados Unidos, a una escala superior a la actual,
nuestro país podría ser el primer exportador, bajo el supuesto de una política de promoción
del cultivo, ya que probablemente sea el de más bajo costo marginal de largo plazo.
Hasta 2005, al cultivo del maíz en La Argentina no le fue bien en la competencia con la
soja. El promedio de la renta de las tierras empleadas para este último cultivo ha sido muy
superior al uso maicero.
Tres factores contribuyen decisivamente al anterior resultado: a) la expansiva demanda
mundial de proteínas vegetales (China y Asia), b) la diferencia entre el capital de giro
empleado en un cultivo y en el otro y c) el mayor peso del flete en un producto de bajo
valor, por unidad de peso (esto podría agravarse si el gasoil, en La Argentina, respondiera a
la evolución mundial del valor del barril de petróleo; hoy subyace un valor de U$S 34/38
versus un FOB de U$S 76 más flete, al 10/7 y 55 y 60 en la predicción OCDE-FAO para
2012 y 2017, respectivamente).
La desprotección (fletes) se acentúa en las zonas distantes a los puertos, ya que los
costos de transporte se aplican sobre un valor reducido por retenciones del 20%. Vale decir
que hay una renta diferencial de las tierras maiceras determinada por la localización. No ha
habido un programa de industrialización en origen que permita transformar el maíz en
proteínas cárnicas, bioenergías u otros productos derivados, eliminando el desincentivo del
flete y la comercialización (25 a 30 dólares por Tn.)
Hasta hace tres/cuatro años, no existían demasiadas alternativas industriales: las
moliendas (seca y húmeda) de bajo saldo exportable y una baja producción de pollos
dejaban un saldo, enviado a puerto, de 2/3 a 3/4 partes de la producción. Nuestro país
exportaba el principal grano forrajero transable (85% del mercado mundial es maíz),
compitiendo con países que subsidian la producción y enfrentando las desventajas de los
dos fletes, interno e internacional. Simultáneamente, el mercado internacional demandaba
maíz, principalmente para transformarlo en carnes, bajo modelos de sustitución de
importaciones.
En los últimos tres/cuatro años, los programas de sustitución parcial de combustibles
fósiles por biocombustibles, generaron un aumento evidente en la demanda, para ser usado
en un mercado alternativo. Estados Unidos duplicó el uso en 2003-06. Empleará, en 2007,
55 MT para la producción de etanol, valor representativo del 8 % de la producción y del 72
% del comercio mundial estimados. Alcanzará 110 MT, en 2016, 32% de su oferta
estimada.
La Argentina podría estar a punto de iniciar la producción de etanol para exportar y hay
un pequeño incentivo para la producción orientada al mercado interno (regulación que
entrará en vigencia en 2010). Hoy el costo de producir etanol, en La Argentina, a valor
fábrica, es competitivo con el costo de producirlo en Estados Unidos y con el costo que
tendrían las naftas y el gasoil en nuestro país, de no mediar la distorsión de precios
impuesta por el derecho de exportación sobre el crudo.
Vale decir que, a partir de los últimos tres años, se visualiza un cambio en la renta
esperada de las tierras maiceras en nuestro país, que podría atenuar la desventaja de
localización, no sólo respecto del puerto sino también de los mercados de destino. Esta
renta diferencial refleja cambios en el mercado de los biocombustibles (Estados Unidos)
que indirectamente mejoran la renta en La Argentina y podrían conseguir una expansión
geográfica de la frontera maicera (el aumento de renta de la tierra, inducido por el mayor
valor internacional, se verá menguado por el aumento de costos que se producirá al
corregirse la distorsión en el precio doméstico del gasoil).
El maíz es una materia prima, un bien transable, que puede destinarse, al menos, a su
colocación en dos mercados principales: bioenergía y proteínas cárnicas. Para hallar la
racionalidad de este nuevo modelo, modificado para siempre (ya no se vuelve atrás, en el
mundo), es indispensable analizar la variación introducida principalmente por las
decisiones de política tributaria, energética y ambiental de los Estados Unidos.
Antes de ello conviene recordar que recientes estimaciones de OCDE-FAO, demuestran
un sustantivo aumento en los próximos diez años de la demanda internacional de proteínas
cárnicas, que bajo los modelos ganaderos predominantes en países con alta densidad
poblacional, son netamente demandantes de maíz y harinas proteicas. La demanda en estos
mercados crece con el nivel de ingreso de la población y con el aumento de la
productividad de las economías en vías de desarrollo. En el corto plazo, puede verse
estimulada por políticas monetarias expansivas a nivel internacional que, tarde o temprano,
se expresan en un abaratamiento del dólar (moneda comercial) con respecto a las restantes
monedas (hoy su precio es, artificialmente, alto).
Si el ingreso mundial por habitante y la productividad de la economía mundial
aumentan, en el largo plazo, es posible que el cambio tecnológico ayude a reducir el costo
marginal promedio de producir maíz a nivel mundial. En ese caso, La Argentina estaría
privilegiada ya que cuenta con un potencial de superficie adicional (expansión de la
frontera) que permitiría bajar el costo variable de las zonas centrales en tanto la demanda
internacional aumenta la renta, tal como se indicó más arriba.
A nivel mundial, las elasticidades-precio de oferta y demanda son, como es típico, bajas
en el corto plazo y apenas un poco más elevadas en el largo. Es difícil pensar en una
expansión notoria de la producción maicera en el largo plazo, ya que los mejores precios
internacionales tendrán efecto menos que proporcional en el aumento del área (condiciones
agroecológicas). Cuando las elasticidades de corto y largo son bajas, la demanda puede
cambiar por modificaciones en el ingreso y las estimaciones disponibles indican un
aumento en la demanda que propicia un incremento en la renta de las tierras maiceras.
En síntesis, la producción de granos forrajeros, industrializados en origen o exportados
como grano tal cual, tiene perspectivas positivas, relativamente previsibles y condicionan
un negocio de una relativa estabilidad (no hay demasiado riesgo, sobre todo cuando la
industrialización en origen, en La Argentina, en zonas distantes a puerto, mejoraría la
renta). Pese a las intervenciones públicas, los mercados mundiales de carnes (principal uso
del maíz) lucen competitivos, vale decir que, en el largo plazo, los precios tienden hacia el
valor del costo marginal del exportador menos eficiente.
Este negocio “viejo” compite con el nuevo. El negocio de los biocombustibles está
determinado por múltiples razones económicas y políticas. Se muestra altamente
intervenido y participa (por ejemplo la conversión de maíz en etanol) de un mercado
pequeño, que estará influido por otro infinitamente más grande: todo el maíz del mundo (o
sea 700 MT), transformado en bioetanol, abastecería apenas el 19% de la demanda mundial
de naftas y todas las grasas y aceites del mundo, convertidos a biodiesel, no alcanzan al
12% de la demanda mundial de gasoil. Ambos, nafta y gasoil, son productos de refinería,
tributarios del valor del barril de petróleo.
El valor del barril de petróleo ha sido inestable, fuertemente influido por decisiones
políticas y geopolíticas. También está determinado por la presencia de una cartelización
imperfecta, que representa más de un tercio de la oferta actual y 60% de las reservas
presumibles. Como recurso agotable, también existen rentas, de las que se apropian los que
disponen de reservas a gran escala o de pozos de alta producción o bajo costo marginal.
Estas rentas son permanentes en el largo plazo, al menos para los miembros del cartel de la
OPEP y dependen, para el resto de los proveedores (rentistas o no), de la relación entre el
precio y los costos económicos de oportunidad. Como el principal consumidor mundial
(Estados Unidos, con el 20% ) tiene pozos maduros y de alto costo medio de producción y
tiene divergencias geopolíticas con la OPEP o con buena parte de sus miembros, está
llevando a cabo políticas de reducción de la dependencia externa (es el principal importador
mundial, con 14%) y de racionamiento de la demanda local (vía precios domésticos que se
ajustan al precio internacional, cambio tecnológico para optimizar el uso e incentivo a los
sustitutos, principalmente aquellos que no contaminan). Un ejemplo de ellas es la
promoción del etanol de maíz y los recientes acuerdos con Brasil.
Los mercados de combustibles líquidos están así determinados por un conjunto de
decisiones políticas y son escasamente competitivos. Es evidente que el precio de largo
plazo, tardará en converger hacia el costo marginal del exportador menos eficiente. Son
mercados inestables, riesgosos y de baja previsibilidad. Por ende, las elasticidades-precio
de oferta y demanda de corto plazo son bajísimas (mucho más bajas que las de los
mercados cárnicos), en tanto las de largo plazo son de difícil previsión (dependen del
cambio tecnológico y de variables políticas, que modifican permanentemente la demanda).
No obstante ello, el tamaño de los mercados de combustibles líquidos influye, directa e
indirectamente, según sea el precio relativo del activo subyacente (barril de petróleo),
respecto a las distintas materias primas susceptibles de ser transformadas en combustibles
líquidos.
Participar en el mercado del etanol, en base al maíz, implica estar seguro de resistir
modificaciones sustantivas en el precio del barril de petróleo, sobre todo los cambios a la
baja. Cuando la inestabilidad redunde en precios elevados, el empleo del maíz como
materia prima en la producción de carnes competirá inexorablemente con la demanda para
producir energía.
Se aprecia así que, si el maíz es insumo de estos dos principales mercados, seguramente
la renta de las tierras maiceras tenderá a crecer en el largo plazo (expansión de la frontera
maicera). Participar en el negocio de las proteínas cárnicas asegurará una rentabilidad
razonable y relativamente previsible. Puede ser una variable de decisión de cierta
autonomía, ya que La Argentina es un productor eficiente de maíz (recordar que podemos
ser el mayor proveedor en pocos años). Participar del mercado de las bioenergías no es una
decisión autónoma, por ende es ser parte involuntaria de un negocio mucho más riesgoso,
pero que puede generar, en el largo plazo, altísimas rentas económicas (más próximas a las
del exportador extra-OPEP menos eficiente de crudo) si el costo en fábrica del etanol y el
de la logística de distribución, permiten lograr un valor FOB consistente con la estimación
de mínima del precio medio esperado, para el barril de petróleo, en el largo plazo.
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