De hombres, animales e insectos
Fernando Gallo A.
Mag. Filosofía Política USACH.
Profesor Colegio Compañía de María Seminario.
Hace no muchos días, no sé por qué, estuve poniendo atención a un programa de
televisión de esos que dan por señal abierta y que exhibía el asombroso mundo animal.
La perspectiva que adoptamos para ver las cosas es la que, al final del día,
condiciona la opinión que tendremos de lo que vimos y oímos, razón por la cual estuve
dando vueltas a una idea que logré hacer germinar gracias a lo que en pantalla se
mostró.
El trasfondo del programa (según colegí) era poner de manifiesto cómo los
animales “resuelven” ciertos problemas que el medio les presenta. De esta manera, el
canguro de Nueva Guinea, un marsupial en nada semejante a su homónimo de
Australia, se encarama por entre los enormes árboles auxiliado de su cola prensil en
busca de los tiernos brotes que le sirven de alimento.
En el caso de la garrapata, su sistema de adaptación al medio es infinitamente
más limitado que el del canguro ya que para proveerse el sustento sólo dispone del
olfato. Este pequeño parásito, completamente ciego, sube a los arbustos siguiendo los
impulsos lumínicos y una vez arriba, suspendido en el borde de una insignificante hoja
de cardo, aguarda paciente hasta que recibe la “señal”. La presencia de ácido butírico,
sustancia generada por los mamíferos de sangre caliente, detona en la garrapata la
contraseña que le indica que debe actuar. A este respecto, E. Cassirer (siguiendo a J. V.
Ûexkull) afirma que todos los animales disponen de un sistema de entrada y otro de
salida (los denomina sistema receptor y efector, respectivamente) que les permite
adaptarse al medio en el cual se encuentran. “Cada organismo, hasta el más ínfimo, no
sólo se halla adaptado en un sentido vago, sino que está enteramente coordinado con
su ambiente. A tenor de su estructura anatómica, posee un determinado sistema
“receptor” y un determinado sistema “efector”. El organismo no podría sobrevivir sin
la cooperación y el equilibrio de estos dos sistemas”1.
Una vez en la superficie de su presa, el minúsculo ácaro comienza a abrirse paso
a través del denso tejido capilar sobre el que incrusta sus mandíbulas para luego
absorber la sangre mientras inocula una secreta sustancia que impide la coagulación de
su alimento.
El caso de la leona es igual de ilustrativo pues camina sigilosa por entre los
voluptuosos arbustos en busca de una presa que le sirva de alimento a ella, al león y a su
prole. Todo ocurre con “naturalidad” (el concepto se adecua perfectamente al medio
animal, pues en el caso del hombre lo natural aparece mediado por lo cultural) hasta
que su sigiloso andar rinde frutos. La leona distingue, por en medio de los surcos
formados entre la maleza, la imagen del cervatillo. Aquí me detengo.
Para ese enorme mamífero, la imagen grabada en su retina sólo puede significar
una sola cosa. Lo mismo que para el canguro y la garrapata, aquello que les sirve de
alimento o refugio, sólo puede significar “una sola cosa”.
A diferencia de los ecologistas profundos me ocurre algo curioso, pues cada vez
que veo estos programas donde los animales son los protagonistas, impacta mi asombro
saber cuánto nos “diferenciamos” de los animales, mientras los amigos del ecologismo,
por el contrario, ven cuanto nos “asemejamos” a los animales.
1
Cassirer, Ernst, Antropología filosófica, FCE, México, 1971, pp. 45 – 46.
Para fundamentar lo que sostengo, se me hace perentorio salir del plano
biológico.
Desde la antigüedad, los griegos descubrieron que la “palabra”, si se quiere, el
“verbo”, distinguía al hombre del bárbaro2. Pero el análisis quedaría incompleto si no
hacemos mención de la facultad racional. El mundo helénico utilizó el concepto Logos
(término polisémico, pues tiene varios significados relacionados entre sí) para significar
realidades tales como la Razón, la palabra, el concepto y el estudio.
Esta variedad de significados nos sirve para poner a la luz la genialidad de un
pueblo que vislumbró la fina relación existente entre la facultad racional y la Palabra.
Ahora bien, ¿Qué es la palabra?
La palabra es un símbolo sin el cual es impensable siquiera la posibilidad de que
un pensamiento sea efectuado3. En nomenclatura lógica, cada concepto es universal e
intencional, esto es, remite a una realidad distinta de él mismo4. Un concepto, cuya
expresión lógica es un término, es un símbolo. Por lo tanto, el símbolo, es decir, aquella
realidad que media entre el hombre y el animal, es lo que me separa del ecologismo
profundo.
Como muy contundentemente ha dicho Cassirer, el símbolo es el “ábrete
sésamo”, la puerta que abre al hombre, y sólo a él, los caminos a una nueva dimensión.
No es el cerebro, por favor, ni el sistema nervioso aquello que nos distingue de los
animales, sino la capacidad simbólica5.
Esta capacidad de producir símbolos permite al hombre trascender la inmediatez
de lo presente y proyectarse en un horizonte donde lo pasado, lo presente, lo futuro (y lo
posible) se hacen, de alguna manera, “presentes”. El animal está condenado a su
presente, pues todo aquello que el animal hace en su “medio vital”, es en vistas de la
supervivencia y adaptación al medio en que está inmerso. El hombre, en cambio, no está
sumergido en un medio vital, sino que por el contrario, vive en un “mundo”, pues
configura el medio (el animal se adapta al medio; el hombre, lo adapta) para de esta
forma, desenvolverse en él. Agreguemos a esto que la capacidad simbólica le permite al
hombre comunicar su interioridad, lo cual quiere decir que dicha capacidad le permite
poner en común con “otros” la compleja experiencia de ser humano. “(…) Al hablar,
transmitimos, a través de los símbolos lingüísticos, los significados que conllevan (…)
Gracias a los símbolos, queda a merced de mi conciencia el vasto dominio del tiempo
en toda su extensión”6.
Esta dilatación del horizonte temporal permite al hombre pasar de un lugar a
otro, no por traslación, pues esto sería una ilusión, una utopía al modo como los cuentos
de ciencia ficción plasman en sus páginas la invención de una “máquina del tiempo”. El
privilegio del hombre consiste en poder “viajar” por entre los diversos polos de su
conciencia.
“Esa esencia que, no obstante permanecer siempre la misma, está sin
interrupción modificándose, es lo que fluye entre dos estados sucesivos de la
conciencia, enlazándolos unos con otros y ordenándolos en la carrera del tiempo; pasa
del uno al otro por expansión o crecimiento de ella misma, no por traslación; está
2
Los griegos designaron con el vocablo Bárbaros a aquellos individuos que no hablaban la lengua griega,
cuestión por la cual cada cosa que salía de su boca se oía como un monótono ba, ba, ba, ba…
3
A juicio del destacado filósofo chileno Jorge Millas, la palabra es el más “característico y eficiente” de
los símbolos. Cfr. su Idea de la filosofía I, Edit. Universitaria, Stgo. de Chile, 1969.
4
Así, el símbolo está constituido de significado y significante.
5
Cassirer, en cierto modo, impugna la definición de hombre como “animal racional”. Dice que no es
incorrecta, pero está incompleta: A este respecto el pensador de Marburgo la reemplaza por la de “animal
simbólico”.
6
Millas, Jorge, Idea de la filosofía I, Edit. Universitaria, Stgo. de Chile, 1969, pp. 44 – 45.
presente siempre en una nueva parte del tiempo cada vez, pero sin desplazarse; penetra
simultáneamente las regiones del pasado y del futuro a través del presente, así como
penetra la vida las partes de los organismos”7.
A propósito de la relación entre razón y palabra, permítasenos una digresión. La
pobreza de vocabulario (epidemia que va en creciente y dramático aumento) implica,
por añadidura, la caquexia inevitable de la inteligencia. Esta cuestión ha sido
denunciada por un creciente número de intelectuales nacionales y extranjeros. Como se
podrá apreciar, si la palabra (símbolo) es la esencia del pensamiento, el reemplazo
progresivo de ella, así como su destrucción a manos del “modismo y la grosería”, en
poco tiempo más anulará las posibilidades más espectaculares del hombre de comunicar
a sus semejantes sus propias experiencias. A este respecto, pero refiriéndose a la
relación entre mito y lenguaje, F. Max Muller ha dicho algo que va en estricta
consonancia con lo que estamos diciendo: “La cuestión de la mitología ha resultado, de
hecho, una cuestión de psicología, y como nuestra psique se hace objetiva para
nosotros principalmente a través del lenguaje, se ha convertido, en definitiva, en una
cuestión de la ciencia del lenguaje. He ahí porqué califiqué al mito de enfermedad del
lenguaje mejor que del pensamiento… Uno y otro son inseparables y… una enfermedad
del lenguaje es, por consiguiente, lo mismo que una enfermedad del pensamiento”8.
Más de alguno dirá: “No hay para qué exagerar”, sin embargo, es patente que la
inopia de vocabulario y el reemplazo de la palabra por la imagen, están pasando la
cuenta. A medida que lo vertiginoso de los tiempos nos impone muchas veces el tener
que reducir y sintetizar las ideas (y con ello, las palabras: patética paradoja que expresa
un spot publicitario: “Acortando las distancias, acortando el tiempo”) ocurre que la
inteligencia va siendo cada vez más recortada y amputadas sus capacidades abstractivas.
La inteligencia se caracteriza por “abstraer”, esto es, “separar”, y el mejor modo como
se ejercita esta capacidad es a través de la lectura sistemática.
Pues bien, ¿Qué es aquello que la capacidad abstractiva permite separar? Separa
lo material de lo inmaterial. Es a través de este precioso acto en el cual logro
percatarme de que todo lo “material – sensible” no es sino el inicio de algo que nos
pone en una posición exponencialmente diversa de la del animal. Para el animal, lo
presente se agota en lo presente, y no sólo eso. Para el animal (así como también para el
insecto) cualquier estímulo queda grabado sólo como la presencia de algo que es
conveniente o inconveniente: peligro al que debe rehuir (y de ser necesario, atacar) o
alimento disponible para consumir. Para el hombre, en cambio, el modo como queda un
estímulo, independiente de su naturaleza, no es jamás interpretado como una sola cosa,
sino que por el contrario, es descifrado de múltiples maneras.
“Cuando el hombre – que tiene postura erecta y gira la cabeza contemplando
cuanto le rodea – mira en torno suyo, lo que percibe son objetos en los que se insinúan
múltiples utilizaciones y posibilidades de instrumentalización”9.
A la luz de este párrafo podemos refutar a los ecologistas y respaldar nuestra
posición: La diferencia entre hombre y animal, aun cuando a primera vista cueste
percibirla, viene dada por el modo como queda el estímulo en cada uno de ellos. Para el
animal y el insecto no hay capacidad simbólica, puesto que no hay inteligencia, por lo
tanto, tampoco hay palabras ni símbolos de ninguna especie, de esta forma, cada uno de
ellos está atrapado en un eterno presente, pues como dijimos, el símbolo permite la
7
Millas, Jorge, Idea de la individualidad, Ediciones Universidad Diego Portales, Stgo. de Chile, 2009, p.
54. Las negritas son nuestras.
8
Muller, Max, Contributions to the Science of mythology, Londres, Longmans, Green & Co., 1987, I, 68
s.
9
Tejedor Campomanes, César, Introducción a la Filosofía, SM ediciones, Madrid, 1984.
trascendencia a una dimensión que está más allá del presente. Al respecto, conviene
señalar los cinco dominios que a juicio de Jorge Millas están completamente vedados al
animal y son privativos del hombre gracias a su capacidad simbólica: “a) El dominio de
la realidad actual, mas no aparente, que se oculta como soporte de los fenómenos
perceptibles (por ejemplo, la estructura de la materia); b) el dominio de lo que fue
realidad, pero ya no lo es: el pasado todo del mundo y del hombre; c) el dominio de lo
que no siendo aún realidad lo será algún día, o no lo será nunca, pero que puede ser
concebido; d) el dominio de los valores o del deber ser; e) el dominio de los objetos
ideales”10.
Dejemos de lado los símbolos y vayamos a un aspecto más concreto.
Comparemos por un momento la mano del hombre y la mano del chimpancé. Para nadie
es novedad que la mano humana es una muestra ostensible de las diferencias
irreconciliables entre el hombre y el animal. Para el gorila está absolutamente vedado
tomar un lápiz y dibujar caracteres en un cuaderno de caligrafía. Su pulgar, si bien es
prensil respecto a sus otros dedos, no puede realizar el movimiento ondulante que el
hombre sí puede realizar con su pulgar. La mano humana, bien entrenada, posee la
delicada habilidad de realizar las más bellas esculturas, devastando la roca para plasmar
en ella las exuberantes ideas que sólo la imaginación de un artista puede conseguir,
pintar fabulosos cuadros y ejecutar trabajos de bisutería del más alto nivel. Además, es
capaz de tomar cubiertos con total precisión11, sin contar con el hecho de que puede
cocinar los alimentos y preparar con ellos las más exquisitas elaboraciones, fruto de la
conjunción de talento e imaginación.
Como podemos ver, a medida que se reflexiona sobre estas cosas, pareciera ser
que la brecha entre hombre y animal en lugar de estrecharse, se ensancha, pues el
horizonte de posibilidades es muchísimo mayor en el hombre, por más que el
ecologismo profundo (no de profundidades) nos quisiera hacer creer lo contrario.
10
Millas, Jorge, Idea de la filosofía I, Edit. Universitaria, Stgo. de Chile, 1969, p. 45.
Este aspecto, pocas veces subrayado, es a nuestro juicio crucial. Aunque parezca increíble, el hecho de
que los humanos utilicemos cubiertos para comer, abre entre el hombre y el animal una de las brechas
más sobrecogedoras. Salvo, claro está, que se tome como ejemplo de esto, humanos comiendo en el
MacDonald, restaurante en donde el regreso a lo primario pareciera ser la norma.
11
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