Acerca del llamado “fracaso escolar” (*)
Mariana Li Fraini
1- Un nombre del malestar
Freud, en su texto El malestar en la cultura (1), dice del necesario fracaso del programa de la civilización en domeñar
la pulsión. El malestar del sujeto no puede ser erradicado ya que está en el punto mismo de su constitución como
consecuencia de la marca de lo simbólico en el viviente. El hablanteser se encontrará indefectiblemente dividido entre
la búsqueda de su bienestar y el imperativo de perseguir un goce imposible.
Podemos decir que la educación, en tanto que instancia cultural, es una práctica que introduce una regulación sobre el
organismo para producir un sujeto social. Proceso de socialización que deja siempre un saldo a – social.
En Análisis terminable e interminable (2), Freud retoma la educación como uno de los dos imposibles kantianos –
junto con el gobernar – agregando un tercero: el psicoanalizar. Lacan vuelve a ellos, en sus cuatro discursos (3), en
tanto lo simbólico, al tratar lo real, produce un resto no asimilable.
Psicoanálisis y educación tienen entonces en común la relación con lo imposible, difiriendo en su tratamiento.
Mientras que la ilusión pedagógica intenta desconocerlo, sosteniendo la posibilidad de un saber íntegramente
transmisible, el psicoanálisis hace del resto no dominable su objeto de trabajo.
Sabemos que cada época segrega sus patologías en función de aquello que queda excluido de los ideales que en ella
imperan. La escuela moderna, nacida bajo los imperativos de homogeneización y universalización produce también
su resto inasimilable. Resto que crece en la medida en que, en la actualidad, dinero y éxito social son los valores que
el discurso capitalista impone. Es así como el malestar en la cultura del que hablábamos al comienzo, tiene
actualmente una de sus manifestaciones más evidentes en el campo de la enseñanza, siendo el fracaso escolar uno de
los nombres de dicho malestar.
El significante fracaso escolar da cuenta, entonces, del efecto de exclusión y segregación que adquieren las
dificultades de aprendizaje respecto del ideal homogeneizante y exitista de la época.
Las demandas del Otro, tanto institucional como parental solicitando tratamiento allí donde el niño no responde a la
par del conjunto, hacen que debamos desde el psicoanálisis tomar posición al respecto, en tanto se trata de una
problemática que atañe a lo que Lacan denominó la subjetividad de la época.
En este sentido, nos interesa ubicar las coordenadas sociales ya mencionadas, en tanto son las que dan forma a lo que
hay de sintomático en cada sujeto. Es en la articulación entre lo social y la problemática singular donde se constituye
el fenómeno del llamado fracaso escolar.
2- Lo sintomático del fracaso
Se dice que un niño fracasa escolarmente cuando no avanza según lo esperado de acuerdo a los criterios
estandarizados que, desde el discurso amo, determinan la supuesta normalidad. La dificultad queda entonces ligada
al déficit en términos de coeficiente intelectual o de rendimiento escolar.
Por el contrario, el psicoanálisis no sitúa la problemática desde la perspectiva del déficit sino que le da un valor de
fenómeno subjetivo, a situar en relación a la estructura y a su tiempo de efectuación. No se tratará en el fracaso
escolar de las dificultades del niño con el conocimiento sino de su posición como sujeto en relación al Otro – en la
articulación entre demanda y deseo – en los tiempos de constitución subjetiva.
Según B Nominé (4) en el fracaso escolar se trata de un no querer saber nada del deseo del A. Aclara que para
adquirir un saber, no basta responder a la demanda sino que hace falta el deseo de saber. Ahora bien, este deseo de
saber, según Lacan, sólo se produce en las coordenadas del deseo del Otro.
Si bien el saber del que se trata es el saber inconsciente – de otro orden que el escolar –la inhibición del sujeto al
respecto, puede arrasar con la posibilidad de acceso al aprendizaje en tanto que el recorrido escolar es aquel que pone
en juego de un modo diferente las preguntas existenciales del sujeto.
Si el saber se articula al deseo del A, el deseo del analista, en transferencia, será una chance para que el sujeto acceda
a él.
3- Un fragmento clínico: Despertar a la niña durmiente
Yanina, una niña de 7 años, es derivada por un neumonólogo a raíz de una enfermedad alérgica que padece hace
algunos meses.
Su madre aprovecha esta oportunidad para actualizar una derivación que también realizara la escuela a mediados del
año pasado y que por una razón u otra no efectivizó.
En la consulta, ambas, madre e hija, entran juntas. Antes de que la madre comience a hablar, la niña se duerme
permaneciendo así hasta el final de la entrevista. Yanina, que cursa segundo grado, al decir de su madre, no hace
nada de la escuela, “no aprende, no progresa”. No sabe escribir su nombre, no reconoce números ni letras. Tampoco
habla claro. Nada la motiva, nada la entusiasma. Los informes escolares la describen como indiferente, desordenada,
distraída; destacan su introversión y su pasividad, arribando a un diagnóstico de retraso madurativo que arroja una
edad mental de 5 años. Su inserción en la escuela siempre fue dificultosa, a diferencia de sus dos hermanos mayores.
Ya desde el preescolar se decía que ella que “no rendía como los otros chicos”. En el relato de su madre llama la
atención como aparece Yanina siendo llevada, traída, bañada, vestida, alimentada. En palabras de la madre: “se deja
hacer”.
Relata que amamantó a su hija hasta los cinco años de edad debido a que la niña insistía y la convencía. Habla del
“juego del bebé” que hacían ambas con complicidad de su marido – el padre de Yanina – y que consistía en que la
niña decía “soy un bebé” y al preguntársele qué hace un bebé, ella respondía “toma la teta”.
El ingreso al preescolar y las dificultades que en él tenía hicieron que la madre ponga fin a este juego. No obstante,
hasta el momento de la consulta, Yanina busca el pecho de su madre, quien aclara que con sus otros hijos fue
diferente: “Les ofrecimos, probamos con el juego del bebé pero rechazaron, en cambio Yanina se prendió…”
Los primeros encuentros con Yanina se caracterizaron por un mutismo y una inhibición casi total de la niña. No
contestaba preguntas, no tomaba la caja de juegos, y cuando yo lo hacía, comenzaba lentamente a sacar los elementos
de la caja de a uno, sin reparar en ellos, casi sin mirarlos, simplemente los tomaba y los dejaba caer en la mesa. Si
alguno caía al piso, allí quedaba.
Durante un lapso prolongado se repetirá una misma secuencia caracterizada por un primer tiempo que toma gran
parte de la sesión, en el cual extrae los objetos de la caja y los amontona descuidadamente, sin prestar atención a
ninguno de ellos, como si el objetivo de este tiempo consistiera fundamentalmente en vaciar la caja. Luego, en un
segundo tiempo toma algunos objetos y esboza alguna escena que consiste en dar de comer a unos animales y a una
muñeca de la que dice, respondiendo a una pregunta que le formulo: “Es un bebé, tiene cinco años y toma la teta”. Su
voz apenas es audible y sus palabras casi inentendibles. Todo el juego consiste en darles de comer a los animales y al
bebé y ponerlos a dormir para luego despertarlos y volverlos a alimentar.
La niña se presenta, de esta forma, bajo un significante – “el bebé de cinco años que toma la teta” – que, cristalizado,
coagulado, la petrifica, produciendo un sentido detenido que la adormece en el goce. Significante que da cuenta del
punto de fijación desde el cual sostiene al Otro materno, para no interrogar su deseo.
Posición que la deja, no en el retraso madurativo, sino en la debilidad mental.
La debilidad mental, para el psicoanálisis,
lejos de vincularse con la capacidad intelectual, implica
fundamentalmente una posición en relación al saber, que en términos de P. Bruno podemos llamar “no scilicet”, es
decir: “no se puede saber” (5). No se puede saber del deseo, de la castración del Otro.
El “bebé que toma la teta” es el sentido – sinsentido – bajo el cual el sujeto lee el deseo del Otro aplastándolo en la
demanda para no interrogarlo, obturando así su castración, a condición de rechazar el saber.
Si bien la debilidad mental, en tanto malestar en el saber, según Lacan, afecta a todo ser hablante, “… marca de
manera especial a algunos…” (6) que hacen de esto, una elección de identidad. “La tendencia del débil – dice P.
Bruno – es la de identificarse deliberadamente, por una especie de elección de identidad, con este significante que en
lo sucesivo dará respuesta a todo (equivalente a un nombre propio) y le servirá para volver caduca lalengua como
fuente de equívocos” (7). Elección de identidad que puede situarse allí donde la niña consiente responder en el
“juego del bebé” al goce del A.
Las intervenciones, en este primer tiempo, consistieron por un lado en separar lo que elegía para jugar, del montón
de objetos que apilaba al comenzar, intentando dar un marco a la escena. Por otra parte apuntaron a objetar el goce en
juego. Cada tanto tomo algún animal y lo hago rechazar el tener que dormir o comer, diciendo: “¡No quiero!”.
Yanina resuelve rápidamente la situación: al que protesta por dormir le da de comer y al que protesta por comer lo
pone a dormir. “Comen, duermen, ¡¿no se aburren?!” pregunto una vez. En respuesta a lo que es leído como
demanda del Otro, Yanina hace que comiencen todos a aburrirse y empiecen a jugar, pero solo un rato, luego los
vuelve a hacer dormir. El comer y el dormir retornan insistentemente en cada escena.
En una ocasión toma una familia de animales y coloca a la mamá con el bebé y al papá lejos, en otra cama . Pregunto
por qué los acomoda así y dice: “La mamá tiene que cuidar al bebé… el papá no entra en la cama” Le digo que la
mamá puede cuidar del bebé sin tenerlo dentro de su cama, que lo puede tener cerca pero afuera. Coloca entonces al
bebé en una cama al lado de la de la mamá y hace entrar al padre en ésta. La intervención en el lugar de la función
paterna bajo la forma de la interdicción, permite un primer viraje.
En el siguiente encuentro, Yanina arma por primera vez una escena de juego con personajes. Una familia: el papá, la
mamá y dos hermanas. Toma a la madre y la hermana menor para jugar y me da a mí al padre y a la hija mayor. La
menor, de cinco años, mira televisión: “Chiquititas”. La madre (Yanina) dice de esta hija, que no irá al jardín porque
es “chiquitita”. Significante nuevo que indica un primer deslizamiento tanto en la cadena como en la escena lúdica.
Yanina seguirá armando escenas familiares cada sesión, dándome a los padres para que los “maneje” y tomando ella
a los hijos quienes alternan entre jugar y mirar Chiquititas. . Más adelante estos personajes comenzarán a ir al
colegio, a cumpleaños, a visitar amigos. Se producen entonces escenas que Yanina monta detrás de la caja de juego y
que quedan fuera de mi vista y mi escucha. En una ocasión, luego de designado cada personaje, digo en la voz de la
madre: “Me voy…”, a lo que Yanina agrega: “Se va a trabajar”. Me muevo a otra mesa que hay en el consultorio y
coloco a la madre en su lugar de trabajo, quedando de espaldas a la niña, quien comienza a desplazarse en el juego, de
un lado a otro. En un determinado momento dice: “Ahora vuelve la madre pero los chicos no volvieron de la
escuela” Queda entonces la madre sola en la casa. Luego llegan los hijos y le muestran lo que hicieron en la escuela.
Yanina coloca en la mesa pedacitos de papel con dibujos, garabatos y letras agrupadas que forman parte de su
nombre.
La maniobra de sustracción del Otro, más precisamente, del la mirada – tanto del personaje materno, como de la
analista –apunta a introducir la dimensión del deseo. Esto produce como efecto, en un segundo tiempo la ubicación
por parte del sujeto, de la falta del Otro allí donde los hijos, sustrayéndose, le faltan a la madre. Es por la producción
de este vacío, que algo de la separación se puede efectuar. Siendo entonces posible la escritura de las letras del
nombre propio, huella del sujeto, donde había una marca de goce.
Es recién en este tiempo, que algo de un síntoma puede articularse.
En una escena de juego, uno de los hijos (manejado por Yanina) se dirige al padre (manejado por mí) quien por
primera vez tiene adjudicado un rol: “arregla la luz” (su padre es electricista). Le dice: “Papi, ¿me ayudás con una
cuenta que no me sale?” Se trata de la resta, de cómo restar el uno. Esta pregunta, en transferencia, abrirá otro
tiempo de trabajo.
Entretanto, Yanina comienza a transitar de otra manera el espacio escolar: escribe algunas palabras, copia parte de la
tarea, le dice a la maestra cuando no entiende, quiere jugar con sus compañeras.
Algo del aprendizaje y del lazo social se torna posible para ella. Lo cual, no es poco.
4- Para concluir
Sabemos que es función del psicoanálisis acoger aquello que el discurso amo segrega, en tanto no se aviene a su
marcha. Lo que no marcha, lo sintomático tiene un lugar para el psicoanálisis.
Frente al fracaso escolar, su oferta, entonces, en tanto respuesta ética, no varía. Se trata de alojar el malestar en un
dispositivo que de lugar a la singularidad del caso apostando a la emergencia de un sujeto y de su saber.
(*) Trabajo presentado en las Jornadas de Psicología de la Ciudad de Bahía Blanca (2002)
Bibliografía
(1) Freud, Sigmund: El malestar en la cultura. Obras completas. Tomo XXI. Amorrortu editores.
(2) Freud, Sigmund: Análisis terminable e interminable. Obras completas. Tomo XXIII Amorrortu editores.
(3) Lacan, Jacques: El seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Editorial Paidós.
(4) Nominé, Bernard: Niño, síntoma y escuela
(5) Bruno, Pierre: La debilidad mental: un malestar en el saber. Pág. 255
(6) Bruno, Pierre: Al margen, sobre la debilidad mental. Revista Pliegos, Pág. 42
(7) Ídem (7), Pág. 43.
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