Hacia nuevas formas de pensar: “El orden del discurso”
El pensamiento francés contemporáneo parte de una relectura crítica de las “filosofías de
la sospecha” cuyos representantes, Marx, Nietzsche y Freud, proporcionan el utillaje teórico que
utiliza esta lista heterogénea de autores para combatir el pensamiento de Hegel (entendido como
sistema) a pesar de que, como el propio Foucault manifestará, “escapar de verdad a Hegel […]
supone saber lo que es todavía hegelgiano en aquello que nos permite pensar contra él1”. Estos
pensadores tratan de analizar las modalidades de conocimiento dominantes para ir no sólo contra
lo que se manifiesta como lo único y lo verdadero sino también contra lo que impide que surjan
otras nuevas formas de pensar. Se trata, por tanto, de pensar de otra manera poniendo en cuestión
aquello que se acepta como verdadero en el seno de lo social, así como de crear las condiciones
de posibilidad para que surjan discursos alternativos2.
En este contexto encontramos el discurso que Foucault dio en 1970 en el Collége de
France a propósito de la inauguración del curso y tras suceder a Jean Hyppolite en la cátedra de
historia de los sistemas de pensamiento. Este discurso está recogido bajo el título “El orden del
discurso”. En él encontramos un análisis de cómo, mediante una serie de procedimientos de
exclusión y limitación de los discursos, se ha impuesto en la cultura occidental un concepto de
verdad que ha sido dominado por el poder y constituido como la única forma de razón y
conocimiento.
Al inicio de su conferencia, Foucault señala que la producción del discurso en la sociedad
está controlada por una serie de mecanismos destinados a excluir y limitar de manera que se
evite la aparición de discursos aleatorios que no obedezcan al orden impuesto. Según señala, son
las instituciones las que tienen el control del discurso, esto es, si un discurso tiene algún poder
será porque lo haya obtenido de la institución.
A continuación da paso a un análisis de los procedimientos de exclusión de los discursos.
Éstos son ejercidos desde el exterior y están destinados a limitar su poder. El primero de estos
procedimientos es el de lo prohibido. Foucault señala tres tipos de prohibiciones que hacen que
los individuos no tengan derecho a decir lo que quieran bajo cualquier circunstancia: el tabú del
1
Foucault, M., “El orden del discurso”, Ed: Fabula Tusquets. Barcelona: 1970/2008. p 70.
Cfr. Gabilondo, A., “El discurso en acción. Foucault y una ontología del presente”, Ed: Anthropos. Barcelona:
1990, pp 18-24
2
objeto, el ritual de la circunstancia y el derecho exclusivo o privilegiado del sujeto que habla. En
la época que le ha tocado vivir, lo prohibido se relaciona con la sexualidad3 y la política, temas
que no tienen cabida en el discurso ordinario.
El segundo de los procedimientos de exclusión es la oposición establecida entre razón y
locura4. Esta distinción ha llevado durante siglos a considerar las palabras del loco como carentes
de valor, como si de ninguna manera pudiesen acercarse a esa “verdad” que la razón revela. Con
el nacimiento de la psiquiatría, las palabras del loco quedan restringidas al ámbito de lo clínico y
apartadas del discurso que envuelve a la sociedad, de manera que este tipo de instituciones
médicas ejercen una censura que evita que las palabras del loco sean libres y escuchadas por la
sociedad.
El tercero de los mecanismos de exclusión es la distinción entre lo verdadero y lo falso.
Esta oposición está conectada con la “voluntad de verdad” que ha marcado el conocimiento a lo
largo de la historia. Esta “voluntad de verdad” ha hecho que ciertos discursos sean tomados
como “verdades absolutas” de manera que aquellos que no se adecuasen a éstos quedaban
excluidos y relegados al ámbito de lo falso, de aquello que no merece ser la pena escuchado si
queremos saber y conocer. Foucault señala que los dos primeros sistemas de exclusión
expuestos, el de lo prohibido y el de la oposición razón-locura, han derivado hacia este último
pues el establecimiento de una “verdad universal” conduce a justificar lo prohibido y definir la
locura como aquello que se distingue de la razón que es la portadora de esta “verdad absoluta”.
De este concepto de verdad se sirve el poder y las instituciones para excluir los discursos
que se salgan del orden que el poder mismo ha establecido. En realidad, considera Foucault, lo
que existe es una “voluntad de verdad apoyada en una base y una distribución institucional que
tiende a ejercer sobre los otros discursos […] una especie de presión y de poder de coacción5”.
Para reforzar este concepto de verdad las instituciones ponen a su servicio una serie de prácticas
pedagógicas, un sistema de libros, la edición, los laboratorios… De esta manera, “no aparece
ante nuestros ojos más que una verdad que sería riqueza, fecundidad, fuerza suave e
Foucault se ocupará de analizar “arqueológicamente” cómo ha sido concebida la sexualidad a lo largo de la historia
en “Historia de la sexualidad” publicada en París en 1976.
3
De la oposición razón-locura se ocupó en “Historia de la locura en la época clásica” publicada en 1964 donde
analiza como se ha producido esa escisión históricamente.
4
5
Foucault, M., “El orden del discurso”, Ed: Fabula Tusquets. Barcelona: 1970/2008. p 22.
insidiosamente universal. E ignoramos por el contrario la voluntad de verdad, como prodigiosa
maquinaria destinada a excluir”6.
En lo referente al concepto de verdad cabe señalar el carácter relativista del pensamiento
de Foucault. En “Las palabras y las cosas” advierte que existe un conjunto de suposiciones,
prejuicios y mentalidades en cada época que estructuran y limitan el pensamiento. A este
conjunto, Foucault lo denomina “episteme” la cual marca el ámbito del conocimiento, los límites
de la experiencia y el concepto de verdad. Una episteme particular hace que surja una forma
particular de conocimiento, que será lo que denominará “discurso”. Este discurso estará
dominado desde el poder y las instituciones.
El concepto de episteme de Foucault guarda una estrecha relación con el de “paradigma”
elaborado por Kuhn en esta misma época. La diferencia entre ambos estriba en que el primero
tiene su aplicación en el ámbito de las ciencias humanas y sociales y el segundo en la historia de
la ciencia. Sin embargo, ambos hacen referencia a la idea de que no podemos atrapar esa verdad
absoluta, sino que lo que existen son aproximaciones más o menos cercanas a la realidad que van
variando a lo largo de la historia, pero lo que la realidad es en sí misma no podremos
determinarlo puesto que nuestro aparato perceptivo no está en absoluta concordancia con lo que
en la realidad sucede7.
Por tanto, en el terreno social, las instituciones pretenden, mediante esa “voluntad de
verdad”, hacer ver que el discurso que han establecido se corresponde con la realidad, que no
cabe pensar más verdad que la que ellos manejan. Ligando su discurso a la verdad excluyen al
resto y evitan la aparición de discursos alternativos. El poder aparece ligado así al conocimiento
y al saber. Además, Foucault insiste en la relación del discurso y el poder con el deseo puesto
que el discurso mismo es objeto de deseo ya que proporciona poder. El discurso es “aquello por
lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”8. Así, el
discurso no solo es un medio para manifestar el deseo, sino que él mismo es objeto de deseo.
Son los procedimientos de exclusión los que manifiestan esa relación entre el poder y el
deseo. Sin embargo, Foucault señala que existen otro tipo de procedimientos de carácter interno
6
Ib p 24.
7
Cfr. Strathern, P. “Foucault en 90 minutos”, Ed: Siglo XXI, Madrid: 2002, pp 53-54.
8
Foucault, M., “El orden del discurso”, Ed: Fabula Tusquets. Barcelona: 1970/2008. p 15.
relacionados con la clasificación, la ordenación y la distribución que se ocupan de establecer una
serie de restricciones que evitan el azar y la multiplicidad de discursos. Estos procedimientos son
el comentario, el principio de autor y la disciplina. Éstos suelen ser vistos como elementos que
favorecen la creación del discurso, sin embargo, no podemos atender a su carácter positivo si no
tenemos en cuenta su función coactiva.
El primer lugar, el comentario. A pesar de que el comentario parezca reactualizar el
contenido del texto y revelar su carácter oculto, en realidad su fuerza reside en su carácter
limitador, puesto que anula la multiplicidad de ideas, la posibilidad de decir algo nuevo. “El
comentario limita el azar del discurso por medio del juego de una identidad que tiene la forma de
repetición y de lo mismo”9.
En segundo lugar, el autor. La literatura exige saber quién ha escrito qué, así el autor se
ve coaccionado interiormente por su propia condición de autor. Se ve obligado a identificarse
con lo antes dicho para reafirmar su personalidad de manera que se limita su capacidad creativa e
innovadora en la producción de su discurso. “El principio de autor limita el azar del discurso por
el juego de una identidad que tiene la forma de la individualidad y del yo”10.
En tercer lugar, la disciplina. Este principio permite construir e innovar pero limitando
esta creación a un campo previamente establecido y delimitado. Un discurso, para poder ser
verdadero, tiene que serlo en el campo de una disciplina previamente categorizada, debe
adecuarse a una serie de objetos, métodos, reglas, técnicas, instrumentos… En este caso no existe
una identidad que deba ser repetida, sin embargo, si existen una serie de normas que marcan el
“modo de decir verdadero”. “No se está en la verdad más que obedeciendo a las reglas de una
“policía” discursiva que se debe reactivar en cada uno de sus discursos”11.
Se suele atender a los comentarios, los autores y las disciplinas como elementos que
favorecen la creación del discurso, sin embargo, en palabras de Foucault: “no se puede dar
cuenta de su papel positivo y multiplicador, si no se toma en consideración su función restrictiva
y coactiva”.
9
Ib p 32.
10
Ib p 32.
11
Ib p 38.
Unidos a los procedimientos de exclusión y a los de limitación interna, Foucault señala
que existen procedimientos que determinan una serie de reglas que los sujetos deben cumplir
para poder entrar en el orden del discurso. Se trata de una selección de quien puede y no puede
ser escuchado mediante el establecimiento de unas características a las que los individuos se
deben adecuar.
Entre ellos señala el “ritual” entendido como gestos, circunstancias,
comportamientos que deben acompañar al individuo; las “sociedades de discursos” que hacen
circular una serie de discursos por espacios cerrados a los que no pueda acceder todo el mundo,
como el acto de escribir, discurso científico, económico, político... etc.; las doctrinas, que
someten a los individuos a una serie de valores y normas al mismo tiempo que les prohíben la
adopción de otros; finalmente señala la educación como un método de adecuación social del
discurso impuesto políticamente.
Un aspecto en el que insiste Foucault a lo largo de este opúsculo es que todos estos
mecanismos de exclusión, limitación y control de los discursos no son inmutables, sino que
adoptan diferentes formas a lo largo de la historia y están siempre sometidos a cambios. Son
principios móviles y relativos que no se dan siempre por igual en tanto que sus contenidos no son
idénticos, sin embargo, lo que si se mantiene es el modo de proceder y su fuerte relación con las
instituciones y el poder.
Frente a todo esto: ¿Qué papel ha jugado la filosofía y qué papel debe jugar? Según
Foucault, la filosofía ha sido cómplice de estos sistemas de exclusión, “primero proporcionando
una verdad ideal como ley del discurso”12 y segundo, porque ha ignorado la realidad material del
discurso haciendo que se entienda como un mero espacio de comunicación. La filosofía ha hecho
que se considere el discurso como el medio de transmisión de esas verdades entendidas como el
fiel reflejo de la realidad como si existiese una verdad absoluta que el lenguaje nos permitiese
revelar. Si esto se ha producido, considera Foucault, es porque en nuestra cultura existe un
profundo temor contra la aparición del discurso como acontecimiento, “contra lo que puede
haber allí de violento, de discontinuo, de batallador, y también de desorden y de peligro” 13.
Existe un miedo instintivo por los discursos que se salen de los límites de la “razón” y la “verdad
absoluta”.
12
Ib p 46.
13
Ib p 51.
Lo que ahora debemos hacer es analizar las condiciones, el juego y los efectos de este
temor que envuelve a la sociedad. Para ello debemos tomar tres decisiones que consisten en
replantearnos nuestra voluntad de verdad, darle al discurso un carácter de acontecimiento y
eliminar la concepción del lenguaje como fiel espejo de la realidad.
Estos objetivos los conseguiremos atendiendo a estos cuatro principios: trastocamiento,
discontinuidad, especificidad y exterioridad. El principio de trastocamiento estaría destinado a
dar cuenta de los mecanismos que se han llevado a cabo para excluir y delimitar una serie de
discursos que han quedado enrarecidos. El principio de discontinuidad debería dar cuenta de que
los discursos son discontinuos, que en ocasiones se yuxtaponen, pero que también se diferencian
y se excluyen. En tercer lugar, el de especificidad estaría destinado a dar cuenta de que el
discurso no es el medio por el cual nos llega la realidad del mundo, sino que éste tiene una
realidad material, es una “violencia que se ejerce sobre las cosas”. Finalmente, el principio de
exterioridad tendría por objetivo dar cuenta de las condiciones externas de posibilidad del
discurso, de porqué surge, a qué responde y cuáles son sus intereses.
Atendiendo a estos principios, la tarea que Foucault se propone desarrollar se llevaría a
cabo en dos conjuntos: el crítico y el genealógico. En primer lugar, el conjunto crítico, apoyado
en el principio de trastocamiento, estaría destinado a dar cuenta de las formas de exclusión, de
limitación y de enrarecimiento de los discursos que se han dado a lo largo de la historia. Así
Foucault plantea algunos de los proyectos a los que obedecería este conjunto crítico, como por
ejemplo, mostrar cómo se produjo la separación entre razón y locura en la época clásica, cómo se
ha fraguado la distinción entre lo verdadero y lo falso, cómo se ha llevado a cabo el
procedimiento de prohibición de los discursos que tratan sobre la sexualidad desde el siglo XVI
al XIX…etc. Ante esta tarea crítica, la genealogía, apoyándose en los tres principios restantes,
daría cuenta de cómo se ha formado el discurso ordinario (el cual se muestra como verdadero)
con el apoyo de los sistemas de rarefacción, limitación y coacción de los restantes discursos.
Estos dos conjuntos no pueden actuar de manera independiente, sino que deben ser
complementarios. La acción de ambos permite “sacar a relucir el juego de la rareza impuesta con
un poder fundamental de afirmación”14.
El discurso de Foucault pretende mostrar como se silencian los diferentes discursos,
analizando los procedimientos de exclusión, limitación y control ligados al ejercicio del poder
14
Ib p 68.
que permiten la formación de una “verdad absoluta” que se apoya en la idea de razón. Así,
podemos enmarcar este texto en esa corriente del pensamiento francés contemporáneo que
pretende acabar con el logocentrismo hegelgiano, dando paso a nuevas formas de pensar, decir y
ser: “… y todo lo que he intentado decir anteriormente a propósito del discurso es bastante infiel
al logos hegelgiano”15.
A modo de conclusión personal, podría decirse que una de las características que aporta a
este discurso el valor extraordinario que posee es la invitación que nos hace a reflexionar sobre
aquello que se nos presenta como lo verdadero, de ahí la señalada relación con las “filosofías de
la sospecha”. No estaría de más trasladar este discurso a nuestros días, emitirlo por televisión,
publicarlo en los periódicos, con el objetivo de hacerlo llegar a cada resquicio de la sociedad a
fin de conseguir por unos momentos sembrar esa suerte de sospecha que transmite. Sería un buen
ejercicio para comenzar a difundir la necesidad de poner en cuestión esa apariencia teñida de
verdad que desde los medios de comunicación nos llega. Es por ello que, si consiguiésemos
realizar este hipotético ejercicio estaríamos jugando con las propias herramientas del sistema, los
medios de comunicación, que elevan el discurso logocéntrico al pedestal de la verdad y desde él
fundamentan la imposición de un modelo que enrarece a todo aquel que se halle fuera de sus
límites. No queda sitio en nuestros tiempos para el discurso alternativo sino el de lo “raro” y lo
“radical”, y solo podremos encontrar la posibilidad de romper con esta idea si comenzamos con
esa tarea definida como “pensar de otra manera”, repensar.
15
Ib p 70.
Bibliografía
- Gabilondo, A. “El discurso en acción. Foucault y una ontología del presente”, Ed:
Anthropos, Barcelona: 1990.
- Strathern, P “Foucault en 90 minutos”, Ed: Siglo XXI, Madrid: 2002.
- Foucault, M “El orden del discurso”, Ed: Fabula Tusquets, Barcelona: 1970/2008.
- Foucault, M “Las palabras y las cosas”, Ed: Siglo XXI Argentina: 1966/1968.
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