LA PELIGROSA IDEA DE DARWIN

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LA PELIGROSA
IDEA DE DARWIN
Daniel C. Dennett
CAPÍTULO I Dime por qué
I. ¿No hay nada sagrado?
Cuando era niño, solíamos cantar con frecuencia, fuese alrededor del fuego del
campamento de verano, en el colegio y en la escuela de los domingos, o bien reunidos en
casa junto al piano. Una de mis canciones favoritas era Dime por ¿fue. (Para aquellos cuyos
recuerdos personales no incluyan este pequeño tesoro, se facilita la música en el apéndice
de este libro. La sencilla melodía y la fácil línea armónica son sorprendentemente bellas.)
Dime por que brillan las estrellas,
dime por qué las hiedras se retuercen,
dime por qué el cielo es tan azul.
Entonces yo te diré por qué te amo.
Porque Dios hizo que las estrellas brillaran,
porque Dios hizo que las hiedras se retorcieran,
porque Dios hizo el cielo tan azul.
Porque Dios te hizo a ti, por eso te amo.
Al oír esta declaración tan directa y tan sentimental todavía se me hace un nudo en
la garganta; ¡es una visión de la vida tan dulce, tan inocente y tan reconfortante!
Y entonces llegó Darwin y nos aguó la fiesta. ¿Qué hizo Darwin? Éste es el tema de
este libro. Desde que se publicó El origen de las especies en 1859, la idea fundamental de
Charles Darwin ha provocado reacciones intensas que varían desde la condena feroz
hasta la fidelidad extática y, a veces, casi el celo religioso. La teoría de Darwin se ha visto
injuriada y tergiversada tanto por parte de amigos como de enemigos. Se han apropiado
de ella de manera deshonesta, tomándola prestada para recubrir de respetabilidad
científica espantosas doctrinas políticas y sociales. Ha sido colocada en la picota al ser
caricaturizada por sus oponentes, algunos de los cuales tratan de ser competitivos en las
escuelas de nuestros hijos con la «ciencia de la creación», un patético batiburrillo de pía
pseudociencia1.
Casi nadie es indiferente a Darwin y nadie debería serlo. La teoría de Darwin es una
teoría científica, una gran teoría, pero no sólo eso. Los creacionistas que se oponen tan
amargamente tienen razón en una cosa: la peligrosa idea de Darwin penetra mucho mas
profundamente en el entramado de nuestras creencias fundamentales de lo que muchos
de sus refinados apologistas han admitido hasta ahora, incluso a sí mismos.
La dulce y simple visión de la canción, tomada literalmente, ya ha quedado atrás para
muchos de nosotros, aunque la recordemos con afecto. El amable Dios que
amorosamente nos ha creado (a todas las criaturas, grandes y pequeñas) y que, para
nuestra delicia, ha esparcido por el cielo las brillantes estrellas, ese Dios es, como Papá
Noel, un mito de la infancia, y no algo en lo que un adulto en su sano JUICIO Y no
1
No voy a dedicar ningún espacio en este libro a hacer un listado de todas las imperfecciones del
creacionismo, ni tampoco a defender mi condena del mismo Considero que esta labor ya ha sido realizada
de forma admirable por Kitcher [1982.], Futuyma [1983], Glikey [1985] y otros.
1
desesperado pudiera realmente creer. Ese Dios debe convertirse en un símbolo de algo
menos concreto o ser abandonado por completo.
No todos los científicos y filósofos son ateos y muchos de los que son creyentes declaran
que su idea de Dios puede vivir, en pacífica coexistencia, con el entramado de las ideas
de Darwin e incluso apoyarlas. Su Dios no es el antropomórfico Dios Todopoderoso sino
un Dios todavía merecedor, a sus ojos, de adoración, capaz de dar consuelo y significado a
sus vidas. Otros buscan fundamento para sus elevadas preocupaciones en filosofías
completamente seculares, visiones del significado de la vida que les evite caer en la
desesperación, sin otra ayuda de concepto alguno de Ser Supremo que la del propio
universo. Algo es sagrado para estos pensadores, aunque no lo llamen Dios sino, quizá.
Vida, Amor, Bondad, Inteligencia, Belleza o Humanidad. Lo que ambos grupos
comparten, a pesar de las diferencias en sus creencias más profundas, es la convicción de
que la vida tiene significado y de que la bondad vale la pena.
Pero ¿puede mantenerse frente al darwinismo esta actitud de admiración y este
planteamiento, en cualquiera de sus versiones? Para comenzar, están aquellos que
consideran que Darwin descubrió el peor de los pasteles: el nihilismo. Sostienen los que
así piensan que si Darwin estaba en lo cierto la consecuencia sería que nada puede ser
sagrado. Para decirlo sin remilgos, nada tendría sentido. ¿Puede calificarse esta postura
como una reacción excesiva? ¿Cuales son exactamente las implicaciones de la idea de
Darwin? Y en cualquier caso, ¿ha sido científicamente probada o es todavía «una simple
teoría»?
Quizás el lector pueda pensar que sería útil establecer una distinción: hay partes de la
idea de Darwin que realmente han sido demostradas más allá de toda duda razonable y
otras que son prolongaciones especulativas de aquellas partes científicamente
indiscutibles. De esta manera -con suerte- los hechos con solidez científica no tendrían
implicaciones llamativas sobre la religión o sobre la naturaleza humana, o sobre el
significado de la vida, mientras que aquellas partes de la idea de Darwin que más han
molestado podrían ser puestas en cuarentena al considerarlas prolongaciones muy
controvertidas o meras interpretaciones de las partes científicamente indiscutibles. Todo
esto resultaría reconfortante.
Pero ¡qué le vamos a hacer!, esto es justamente volver atrás a las andadas. Persisten
duras controversias en torno a la teoría de la evolución, pero los que se sienten
amenazados por el darwinismo no deben preocuparse por estas discusiones. La mayoría
de las controversias -si no todas-se ocupan de cuestiones puramente científicas; cualquiera
que sea la postura ganadora el resultado no anulará la idea básica de Darwin. Esta idea,
tan firme como cualquier otra idea científica, tiene realmente implicaciones de largo
alcance con respecto a lo que es, o pudiera ser, nuestra visión sobre el significado de la
vida.
En el año 1543, Copérnico propuso que la Tierra no era el centro del universo sino que
giraba alrededor del Sol. Fue necesario que transcurriera un siglo para que la idea fuera
entendida en su totalidad, lo que resultó ser una gradual y prácticamente indolora
transformación. (El reformador religioso Philipp Melanchthon, un colaborador de Martín
Lutero, opinó que «algún príncipe cristiano» debería eliminar a ese loco, pero aparte de
algunos otros exabruptos de este tipo, la mayoría de la gente no se sintió conmocionada
por Copérnico.) A la revolución copernicana le llegó el momento de ser escuchada «como
un disparo que diera la vuelta al mundo» cuando Galileo Galilei escribió su Dialogo sopra i
due massimi sistemi del mondo tolemaico e copermcano pero no se publicó hasta 1632, en un
momento en el que la idea ya no era motivo de controversia entre los científicos. El
«proyectil» de Galileo provocó una infame respuesta de la Iglesia católica romana,
poniendo en marcha una onda de choque cuyas reverberaciones no se están extinguiendo
hasta ahora. Pero a pesar del drama de este enfrentamiento épico, la idea de que nuestro
planeta no es el centro de la creación se ha asentado firmemente en la mente de la gente.
Todos los niños en edad escolar aceptan hoy que esto es así, sin lagrimas ni terror.
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Del mismo modo, y a su debido tiempo, la revolución darwiniana llegará a ocupar un
lugar seguro y sin sobresaltos en las mentes -y en los corazones- de toda persona educada
de nuestro planeta, pero hoy, transcurrido más de un siglo de la muerte de Darwin, aún
no hemos dado por terminada la discusión sobre aquellas implicaciones que inquietan a
la mente. A diferencia de lo que ocurrió con la revolución copernicana, que no despertó
la atención pública hasta que sus detalles científicos habían sido totalmente articulados, la
revolución darwiniana ha tenido espectadores no expertos, llenos de ansiedad, y
animadores que han tomado partido desde el comienzo, tirando de las mangas de los
participantes y animando al público de la tribuna. Incluso los científicos se han visto
afectados por idénticas esperanzas y temores, por lo que no debe sorprendernos que los
conflictos relativamente escasos entre los teóricos hayan sido, a menudo, si no exagerados
por sus partidarios, sí gravemente distorsionados durante el proceso. Todo el mundo ha
entrevisto confusamente que hay muchas cosas en juego.
El núcleo fundamental del darwinismo contemporáneo, la teoría de la reproducción y la
evolución basada en el ADN, está hoy más allá de cualquier disputa científica. Este
núcleo fundamental demuestra su poder día a día, contribuyendo de manera crucial a
que puedan explicarse desde los hechos a nivel planetario de la geología y la meteorología,
pasando por los hechos a nivel medio de la ecología y la agronomía, hasta llegar a los
hechos microscópicos de la ingeniería genética. Este núcleo fundamental unifica toda la
biología y la historia de nuestro planeta en una única gran historia. Al igual que Gulliver
inmovilizado en Lilliput, la teoría es inamovible no porque existan una o dos grandes
cadenas de argumentos que podrían -esperanza contra esperanza- tener eslabones débiles,
sino por estar firmemente amarrada por cientos de miles de cuerdas de evidencias
ancladas virtualmente en todas las áreas del conocimiento humano. Es concebible que
nuevos descubrimientos puedan conducir a cambios llamativos e incluso
«revolucionarios» en la teoría de Darwin, pero la esperanza de que sea refutada por
algunos progresos fulgurantes sería casi tan poco razonable como la esperanza de retornar
a la visión geocéntrica y rechazar a Copérnico.
Y sin embargo, la teoría está envuelta en una ardiente controversia y una de las razones
de este acaloramiento es que estos debates acerca de cuestiones científicas están
habitualmente distorsionados por el miedo a que la respuesta «errónea» tenga intolerables
implicaciones morales. Tan grandes son estos temores, que se mantienen cuidadosamente
desarticulados, escamoteados de la atención por vanas capas de rechazos y
contrarrechazos. Los que disputan están continuamente cambiando, aunque sea
ligeramente, el tema de la discusión, manteniendo a los demonios a buen recaudo. Este
error de planteamiento es el principal responsable de que se demore el día en el que
podamos vivir tan confortablemente con la nueva perspectiva biológica como lo hacemos
con la perspectiva astronómica que Copérnico nos legó.
Siempre que se discute sobre el darwinismo la temperatura sube, porque lo que está en
juego es algo más que hechos empíricos acerca de cómo ha evolucionado la vida sobre la
Tierra o si es correcta la lógica que explica estos hechos. Una de las cosas más preciadas
que se encuentran en peligro es una visión de lo que significa preguntar y responder, o
sea, la pregunta «¿por qué?». La nueva perspectiva introducida por Darwin pone patas
arriba vanas convicciones tradicionales, socavando los fundamentos de nuestras
habituales ideas acerca de lo que deben considerarse como respuestas satisfactorias a esta
antigua e inevitable cuestión. En este terreno la ciencia y la filosofía se encuentran
completamente entrelazadas. Los científicos se engañan a sí mismos, a veces, cuando
piensan que las ideas filosóficas son solamente algo decorativo o bien comentarios
parásitos sobre los duros y objetivos triunfos de la ciencia, y que ellos mismos están
inmunizados frente a las confusas cuestiones a cuya resolución dedican sus vidas. Pero no
existe algo que pueda llamarse ciencia libre de la filosofía; sí existe en cambio la ciencia
cuyo bagaje filosófico es asumido sin examen.
La revolución darwiniana es, al mismo tiempo, científica y filosófica, y ninguna de estas
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dos revoluciones podría haber tenido lugar en ausencia de la otra. Como más adelante
veremos, fueron los prejuicios filosóficos de los científicos, más que la falta de evidencia
científica, los que dificultaron que éstos se dieran cuenta de cómo la teoría podía
realmente funcionar, pero aquellos prejuicios filosóficos que debían haberse eliminado
estaban demasiado arraigados como para poder ser desalojados con un simple ejercicio de
brillantez filosófica. Fue necesaria una secuencia irresistible de hechos científicos,
conseguidos con muchas dificultades, para que los pensadores se vieran forzados a
considerar seriamente la nueva y extraña visión de la vida propuesta por Darwin. Debe
perdonarse la indeclinable lealtad a la ideas predarwinianas de aquellos que están aún
mal informados con respecto a esa bella secuencia de hechos. La batalla no ha terminado
todavía; incluso entre los científicos, quedan bolsas de resistencia.
Permítaseme poner las cartas sobre la mesa. Si se tratase de conceder un premio a la
mejor idea que alguien haya tenido, yo se lo concedería a Darwin, por delante de Newton
y de Einstein y algunos otros. De un solo golpe, la idea de la evolución por selección
natural unifica la esfera de la vida, su significado y su propósito, con la esfera del espacio
y el tiempo, de la causa y del efecto, de los mecanismos físicos y de las leyes que los rigen.
Pero no se trata solamente de una admirable idea científica. Es, también, una idea
peligrosa. Aunque mi admiración por la magnífica idea de Darwin no tiene límites, estoy
de acuerdo, además, con muchas de las ideas y proyectos que parecen haber sido puestos
en laque por esta idea y deseo protegerlos. Por ejemplo, deseo proteger la canción del
campamento, y la belleza y verdad que encierra, para mi pequeño nieto y para sus amigos
y para sus hijos cuando nazcan y crezcan. Hay muchas más ideas magníficas que al parecer
también han sido puestas en difícil situación por la idea de Darwin, y que necesitan
asimismo protección. El único camino adecuado para conseguirlo -la única vía que tiene
una oportunidad a largo plazo es atravesar las nubes de humo y examinar la idea de la
manera más decidida e imparcial posible.
[...]No hay futuro en un mito sagrado. ¿Por qué no? A causa de nuestra curiosidad.
Debido a que, como la canción nos recuerda, deseamos conocer el porqué. Podemos desechar
la respuesta de la canción pero nunca podremos desechar la pregunta. Por muy apreciado
que sea lo que poseemos, no podemos protegerlo de nuestra curiosidad, porque siendo lo
que somos, la verdad es una de las cosas que más apreciamos. Nuestro amor por la verdad
es seguramente un elemento central en el sentido que damos a nuestras vidas. En
cualquier caso, la idea de que podemos conservar un significado engañándonos a
nosotros mismos es más pesimista, más nihilista de lo que uno puede asimilar. Si esto
fuera lo mejor que puede hacerse, yo concluiría que, después de todo, nada importa.
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