República de Colombia
Corte Suprema de Justicia
Sala de Casación Civil
CORTE SUPREMA DE JUSTICIA
SALA DE CASACIÓN CIVIL
Magistrado Ponente
FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ
Bogotá, trece (13) de diciembre de dos mil doce (2012)
Aprobada en sala de catorce (14) de noviembre de dos mil doce (2012)
Ref: Exp. 0500131030132006-00005-01
Decide la Corte el recurso de casación interpuesto por
Luís Eduardo Atehortúa Rendón, frente a la sentencia de 26 de
abril de 2011, proferida por la Sala Civil del Tribunal Superior del
Distrito Judicial de Medellín, dentro del proceso ordinario que en
su contra adelanta Ana Rubiela Grajales de Morrison, quien actúa
para la sucesión de Carola Pérez Palacio.
I.-
1.- Reclamó
EL LITIGIO
la
accionante
la
declaratoria
de
simulación relativa de las escrituras públicas 4560, 4562, 4564,
4565 y 4566, todas ellas de 22 de noviembre de 1993, otorgadas
en la Notaría Cuarta de Medellín, por medio de las cuales Carola
Pérez Palacio enajenó al recurrente, cuando la voluntad real era
donarlos, seis inmuebles identificados con folios de matrícula 001-
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827134, 001-0495528, 001-0371699, 001-0315732, 001-64083 y
001-827130.
En consecuencia pidió ordenar la cancelación de los
instrumentos en el despacho notarial de origen y de las
anotaciones ante la Oficina de Registro correspondiente, así como
la devolución de los bienes a la masa sucesoral de la vendedora,
con las restituciones mutuas a que hubiere lugar debidamente
indexadas o, en su defecto, los intereses que debieron generar.
De manera subsidiaria solicitó, en su orden, la nulidad
absoluta; simulación total; inexistencia y lo “irrisorio del precio”,
respecto de dichos contratos, con iguales efectos a los de la
petición principal (folios 61 a 72, cuaderno 1).
2.- La causa petendi admite el siguiente compendio
(folios 56 a 61, cuaderno 1):
a.-) Carola
Pérez
Palacio
estuvo
relacionada
sentimentalmente con Gonzalo Grajales Zapata, con quien
procreó a Ana Rubiela y Gonzalo de Jesús Grajales Pérez; así
mismo, en vínculo posterior de la misma índole con Alfonso
Martínez, dio a luz a Alfonso Martínez Pérez.
b.-) La progenitora, por el afecto que le profesaba a
Luís Eduardo Atehortúa Rendón y por condiciones de salud, en un
solo día y mediante los actos atacados, le trasladó gran parte de
su patrimonio “gratuitamente, es decir a título de donación pero
colocando un precio irrisorio, arropándose dichos actos con la
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apariencia de compraventas, y así se burlaron de las normas que
regulan la sucesión intestada en Colombia”.
c.-) Muchas de las edificaciones traspasadas constan
de dos o tres pisos, pero cuentan con un solo folio de matrícula.
d.-) La enajenante falleció el 22 de junio de 2004,
presumiéndose “la existencia de documentos ocultos o privados
en contraposición a las escrituras públicas ya referidas, pero no
se sabe en el momento en poder de quién se encuentran”.
3.-
Notificado el contradictor, manifestó no oponerse
a la declaratoria de nulidad con la advertencia de que la voluntad
real era “efectuar una dación en pago (…) destinada a saldar
cuentas de una sociedad de hecho y de una relación laboral”
existentes
entre
los
contratantes.
Además
propuso
las
excepciones de “buena fe”, “abuso del derecho y temeridad de la
acción”, “enriquecimiento sin causa”, “falta de presupuestos
legales para que se configure la simulación absoluta”, “existencia
de una sociedad de hecho” y “existencia de relación laboral”
(folios 182 a 200, cuaderno 1).
4.- El Juzgado Trece Civil del Circuito de Medellín
profirió sentencia en la que desestimó las defensas y declaró
relativamente simuladas las compraventas por tratarse de una
donación entre vivos, válidas hasta la suma de cincuenta (50)
salarios mínimos mensuales vigentes para la fecha en que se
realizaron; y dispuso la devolución a la sucesión de los bienes con
sus frutos civiles (folios 275 a 298 cuaderno 1).
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5.- Apelada la decisión por ambas partes fue
confirmada por el superior, con la aclaración de los montos
porcentuales que afectaban a cada uno de los inmuebles y de los
réditos indexados, así mismo, que la restitución de los activos
sería simbólica. Oportunamente, por solicitud de la promotora, los
valores fueron objeto de corrección aritmética.
II.-
FUNDAMENTOS DEL FALLO IMPUGNADO
Admiten la siguiente síntesis (folios 17 a 52, cuaderno
6):
1.- Se
encuentran
reunidos
los
presupuestos
procesales, advirtiendo que la demandante pide “para la masa
hereditaria de Carola Pérez Palacio” y acredita la calidad de
heredera, por ser hija de la causante.
2.- El interés que le asiste a la recurrente Ana
Rubiela Grajales, habiéndose acogido la pretensión principal, no
puede entenderse dirigido al reconocimiento de la nulidad o
simulación absolutas, por haberlas propuesto como subsidiarias,
sino que el agravio sufrido se contrae a “determinar, en razón de
lo dispuesto en el numeral primero de la parte resolutiva de la
sentencia, hasta qué monto resultaban válidas las donaciones y
procedían las restituciones pertinentes”.
3.- En materia de simulación gozan de preminencia
los indicios, ya que “circunstancias antecedentes a la celebración
del ajuste contractual, unidas a otras concomitantes con el mismo
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y finalmente a las subsiguientes, son suficientes para en evento
dado descorrer el velo tendido por los contratantes y sacar a la luz
bien el acto prevalente, ora la inexistencia de entidad negocial”,
como se expuso en providencia de la Corte Suprema de 16 de
marzo de 1985.
4.- En el escrito de contestación y el interrogatorio de
parte absuelto por el convocado se admite que las escrituras “no
materializan
la
existencia
de
contratos
de
compraventa”,
añadiendo que obedecieron a una dación en pago por diferentes
conceptos, por lo que le correspondía demostrar “que tuvo
sociedad de hecho con Carola Pérez Palacio, que de común
acuerdo decidieron que los bienes adquiridos estarían en cabeza
de la compañera, que a la par tuvo la calidad de empleado de
ésta, la que decide reconocer sus derechos en ambas relaciones
jurídicas entregando a título de dación en pago los inmuebles”.
5.- Las declaraciones de Pablo Emilio Quintero
Guzmán, Álvaro Saldarriaga Zapata, Lubín Quintero Guzmán,
Armando de Jesús Uribe Miranda, Román Diosa Restrepo y Jorge
Alberto Fernández Henao son coincidentes en el desconocimiento
de “alguna sociedad, comercial o de hecho (…) Los reconocen si
como pareja que fueron, en razón de que vivían juntos, pero al
mismo tiempo ignoran que tuviese las calidades o relaciones de
tipo laboral”. En cuanto a la apertura en pareja del “Granero
Carola”, se desvirtúa por el dicho de Conrado Vanegas Osorio “al
decir que fue al ‘tiempecito’ de haber adquirido que se dio cuenta
que Luís Atehortúa ‘se juntó a convivir con ella’”.
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Por su parte Pablo Emilio Quintero, que trabajó para
ellos, manifestó que convivían pero desconociendo si Carola y
Luís Eduardo tenían algún tipo de sociedad o nexo laboral,
además de que la vinculación al Sistema de Seguridad Social se
hizo para obtener los beneficios de salud, lo que “se refiere tanto
a Luís como a uno o dos hijos de Carola”, lo que refuerza la
versión de Ángela María Zapata Gómez.
6.- No se acreditaron, por ende, los supuestos en que
se cimenta la supuesta “dación en pago, puesto que si en verdad
como se dijo al sustentar el recurso ‘poco antes del fallecimiento
de Carola vieron la necesidad de ponerle fin a sus negocios
comunes’, así lo hubieran hecho sin acudir a actos jurídicos
simulados de los que se destacan otros hechos configurativos de
la simulación relativa, concretamente que frente a todos ellos se
hubiese dejado constancia de que lo transferido fue la nuda
propiedad, reservándose Carola Pérez Palacio el usufructo de lo
transferido hasta el momento de su muerte”.
7.- Se confirma el fallo recurrido teniendo en cuenta
la validez de las donaciones hasta cincuenta salarios mínimos
mensuales vigentes, que para el año 2003 ascendían a veinte
millones cuatrocientos mil pesos ($20’400.000), suma que deberá
aplicarse a cada uno de los inmuebles para establecer el
verdadero
alcance
del
pronunciamiento
y
el
porcentaje
susceptible de restitución.
8.- Se desestima la objeción al dictamen pericial, en
relación con el justiprecio de los bienes, pues “los yerros
formulados refieren a aspectos (…) sin respaldo probatorio
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alguno”, mereciendo tratamiento especial en cuanto a los frutos,
por cuanto las dos experticias rendidas omitieron que al vencido
hay que darle el mismo tratamiento del poseedor de buena fe, “es
decir, sólo está obligado a restituir los frutos realmente percibidos
desde la notificación de la demanda”, sobre la cuota afectada y
con “derecho a conservar en su patrimonio el porcentaje de los
frutos que le correspondan (…) en la misma proporción en que
son válidas las donaciones”.
9.- En virtud a la solicitud de corrección aritmética
presentada dentro del término de ejecutoria, se advirtió que como
para el año 2003 “el salario mínimo ascendía a $332.000,00, y
siendo así, las donaciones son válidas hasta $16’600.000,00”, lo
que obligó recalcular los valores inicialmente reconocidos, por
todos los conceptos.
III.-
LA DEMANDA DE CASACIÓN
Dos cargos se formularon contra lo resuelto por el ad
quem, ambos por la senda indirecta, habiéndose inadmitido el
segundo de ellos.
PRIMER CARGO
Acusa la sentencia de ser violatoria de los artículos
669, 740, 742, 743, 745, 747, 749, 750, 762, 768, 769, 1443,
1458, 1501, 1502, 1524, 1602, 1603, 1740, 1741, 1766, 1849,
1850, 1851, 1857, 1864, 1866 y 1880 del Código Civil; y 498, 499,
503, 505, 506, 835, 863 y 871 del de Comercio, como
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consecuencia de errores manifiestos de hecho en los que se
incurrió en la apreciación de la respuesta de la demanda, el
interrogatorio absuelto por el demandado, la prueba testimonial y
la
documental
contentiva
de
respuesta
enviada
por
la
Subsecretaría de Rentas y Secretaría de Hacienda del Municipio
de Medellín.
El ataque se desarrolla de la manera sucinta que pasa
a consignarse:
a.-) Se comparte la conclusión de la sentencia de
segunda instancia en el sentido que Luis Eduardo Atehortúa
Rendón no era trabajador de Carola Pérez Palacio, pues sus
labores como administrador eran parte de su aporte en especie a
la sociedad de hecho que conformaban “siendo intención de las
partes obtener, acrecentar y asegurar un patrimonio común en
simetría e igualdad de condiciones”.
b.-) Al no tener por acreditada “la existencia de la
sociedad de hecho” se incurrió en yerro de facto en la apreciación
de las pruebas, además de que “no existe certeza por parte del
fallador de segunda instancia que desvirtúe o descarten
efectivamente la existencia de dicha sociedad”, sin que tuviera por
demostrado “la íntima conexión de la confesión, sobre la no
materialización de los contratos de compraventa, con las
modificaciones, aclaraciones y explicaciones consistentes en la
existencia de la sociedad de hecho en la pareja, la que deciden
liquidar o dividir, entregando parte de los bienes al demandado a
título de dación en pago, conexión que ante la falta de certeza de
la no existencia de la sociedad de hecho se debía tener por
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establecida y era suficiente para revocar la sentencia de primera
instancia, impidiendo la prosperidad de las pretensiones”.
c.-) Coincide con el salvamento de voto sobre la falta
de revisión de la prueba; así como con la reiterada jurisprudencia
de la Corte en el sentido de que la prexistencia de una sociedad
conyugal no impide la formación de “sociedad de hecho” entre
concubinos, según sentencia de 24 de febrero de 2011, exp.
2002-00084.
d.-) Los actos de venta cuestionados no corresponden
a una mera donación y fueron indebidamente apreciadas las
declaraciones rendidas por Conrado Vanegas Osorio, Pablo
Emilio Quintero Guzmán, Álvaro de Jesús Saldarriaga Zapata,
Lubín Quintero Guzmán, Jorge Alberto Fernández Henao y
Román Diosa Restrepo.
Estos testigos son conocedores de la convivencia de
Luis Eduardo y Carola, así como su esfuerzo mancomunado para
conformar un patrimonio, de lo que se enteraron por su cercanía,
en vista de que fueron contratistas en las adecuaciones que
realizaron en los inmuebles, negociaron o tuvieron contacto con
ellos.
Sus versiones las descontextualizó y cercenó el
juzgador, para concluir que no sabían de alguna sociedad
comercial o de hecho entre los compañeros, pues lo que narraron
indica que sí existía “sociedad de hecho”, sin que se requiriera
una correspondencia idiomática o literal en ese sentido en vista de
las
calidades
de
los
deponentes,
quienes
carecen
de
conocimientos de derecho.
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e.-) No se observó en su integridad lo expuesto por
Ángela María Zapata Gómez, solicitada por la accionante, ya que
“la afirmación que nunca le compró inmuebles a Luis Eduardo,
puesto que ‘si eso era de ella como le iba a comprar’ es necesario
mirarla en contexto y no aisladamente de todo el resto del
testimonio”, pues, si estimaba que eran de ambos “en una buena
y correcta interpretación significaría que para la testigo le era
lógico que si los dos eran dueños de los inmuebles uno no le
compra al otro pues eran de ellos”. Es más, “el ánimo de
asociarse y el aporte de ambos destinado al desarrollo y
explotación de la actividad económica con miras al logro de un
propósito común, brota de dicha declaración”.
f.-) En los documentos a folios 6 a 9 del cuaderno 2
figuran catorce inmuebles de propiedad de Carola Pérez Palacio
en el cuarto trimestre de 2003, dato que incluye tres de los seis
predios transferidos a Luis Eduardo, para un total de diecisiete
inmuebles al momento de la enajenación y, por tanto, luego de la
negociación quedó la vendedora con nueve, lo que no fue
observado
por
el
sentenciador
y
que
demuestra
que
“efectivamente el 22 de noviembre de 2003, existió una partición
de los inmuebles entre la señora Carola Pérez Palacio y el señor
Luis Eduardo Atehortúa Rendón”.
Con lo anterior se descarta la “eventual intención de
defraudación por parte de la señora Pérez Palacio a sus
herederos”, aunado a que la testigo Ángela María Zapata Gómez
“en referencia a la señora Carola dice ‘que siempre fue una
persona muy delicada y quería mucho a sus hijos y nunca tuvo
ánimo de desheredarlos’”.
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g.-) No tuvo en cuenta que la confesión de que las
escrituras “no materializan la existencia de contratos de
compraventa”, extractada de la contestación y del interrogatorio
absuelto por Luis Eduardo Atehortúa, es calificada “por contener
una
íntima
relación
o
conexión
con
las
modificaciones,
aclaraciones y explicaciones concernientes al hecho confesado,
como tampoco la confesión implica en momento alguno confesión
sobre la donación declarada”.
No era obligación del opositor demostrar la existencia
de la sociedad de hecho y su liquidación, “sino que correspondía
al demandado (sic) desvirtuarla con el grado de certeza y como
no lo hizo, la sentencia debió ser revocada absolviendo, pero
como se incurrió en el error a que se refiere este punto la
sentencia fue confirmada (…) ante la duda con una adecuada
interpretación sin los errores manifiestos, indefectiblemente lo
hubiera llevado a revocar la sentencia de primera instancia
negando cualquier pretensión, pues se insiste correspondía a la
parte demandante probar con grado de certeza que la sociedad
de hecho no existió, y no simplemente dejar sembrada la duda al
respecto, ya que la conexidad de las modificaciones, aclaraciones
y explicaciones con la confesión de la simulación así lo obligan”.
h.-) El Tribunal comienza con el error de interpretar la
confesión, continúa con la indebida apreciación de la prueba
testimonial al cercenarla y el desconocimiento de los documentos
citados, para terminar viendo la prueba de la donación sin que la
misma exista, “dándose el lujo en la sentencia de no referirse ni
siquiera a un solo indicio que le sirviera de sustento”, incurriendo
en la “violación de las normas sustantivas invocadas, al
presentarse un error de hecho en la apreciación de las pruebas y
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de la respuesta a la demanda, ostensible, manifiesto, evidente y
trascendente”.
CONSIDERACIONES DE LA CORTE
1.- Pretende la accionante el reintegro al patrimonio
de la causante Carola Pérez Palacio de seis inmuebles, que
enajenó al demandado antes de su fallecimiento, por tratarse de
negocios relativamente simulados y que en realidad corresponden
a donación por acto entre vivos.
2.- La sentencia de segunda instancia confirmó la
decisión del a quo en cuanto accedió a lo solicitado y ordenó al
contradictor restituir a favor de la sucesión de Carola Pérez
Palacio los bienes en la parte afectada de nulidad; aclaró que
dicha entrega es simbólica y modificó el monto de los frutos
reconocidos.
3.- Radica la inconformidad del recurrente en que no
se tuvo por probada la existencia de sociedad de hecho entre
Carola Pérez Palacio y Luis Eduardo Atehortúa Rendón, que
justificó el otorgamiento de los instrumentos públicos de
transferencia con el fin de liquidar lo que a cada uno le
correspondía,
estando
demostrada
con
los
testimonios
y
documentos obrantes en el plenario, aunados a lo expuesto por el
recurrente en su contestación e interrogatorio, medios de
convicción que fueron indebidamente valorados.
4.- Cuando se invoca la violación de la ley sustancial
por error de hecho manifiesto en la apreciación de las pruebas, la
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labor del impugnante debe estar encaminada a demostrar la
relevancia
de
la
equivocación,
como
resultado
de
una
disconformidad notable entre lo que arrojan los medios de
convicción con lo concluido por el fallador, sin que pueda por este
medio
formular
propuestas
alternas
de
valoración
que
simplemente riñan con lo expuesto por éste dentro de un
razonable marco de discrecionalidad.
Sobre este punto la Sala, en sentencia del 9 de agosto
de 2010, expediente 2004-00524, expuso que “[c]on ese
propósito, al denunciarse en el punto la comisión de errores de
hecho probatorios, pertinente resulta memorar que no cualquier
yerro de esa estirpe es suficiente para infirmar un fallo en sede de
casación, sino que se requiere que sea manifiesto, porque si se
edifica a partir de un complicado proceso dialéctico, así sea
acertado, frente a unas conclusiones también razonables del
sentenciador, dejaría de ser evidente, pues simplemente se
trataría de una disputa de criterios, en cuyo caso prevalecería la
del juzgador, puesto que la decisión ingresa al recurso
extraordinario escoltada de la presunción de acierto (…) En
consecuencia, el error de hecho para que se configure, inclusive
en materia de interpretación contractual, tiene explicado la Corte,
además de trascendente, debe ser ‘tan grave y notorio que a
simple vista se imponga a la mente, sin mayor esfuerzo ni
raciocinio, o en otros términos, de tal magnitud, que resulte
contrario a la evidencia del proceso. No es por lo tanto, error de
hecho aquél a cuya demostración sólo se llega mediante un
esforzado razonamiento’ (sentencia 073 de 20 de abril de 2001,
expediente 6014, citando casación civil de 22 de octubre de 1998)
(…) El recurso extraordinario, por lo tanto, ‘no está, pues, para
escenificar una simple disputa de criterios, y de esta suerte, ‘para
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el quiebre de la sentencia no es bastante ensayar un discurrir que
se juzgue con mejor perfil dialéctico o con mayor rigor lógico; lo
que hace indispensable que quien haga transitar el proceso por
los senderos de la casación, y particularmente dentro del ámbito
del error de hecho, debe presentarse a ésta con argumentos
incontestables, al punto de que la sola exhibición haga aparecer
los del tribunal como absurdos o totalmente desenfocados, lo cual
ha de detectarse al simple golpe de vista’ (sentencia 006 de 12 de
febrero de 1998, expediente 4730, reiterando doctrina anterior)” .
5.- Se encuentran debidamente acreditados, como
puntos que tienen incidencia para la decisión que se está
adoptando, los siguientes:
a.-) Que a Carola Pérez Palacio y Luis Eduardo
Atehortúa Rendón los unió una relación afectiva de largo tiempo,
sin que se precise las fechas de inicio y culminación de la misma.
b.-) Que
Atehortúa
Rendón
ejerció
actos
de
administración sobre los bienes que figuraban a nombre de Pérez
Palacio y estuvo afiliado por cuenta de ésta al ISS, del 29 de
agosto de 1988 al 31 de diciembre de 1994 y del 3 de marzo de
1995 al 7 de julio de 2004 (folios 1 al 13, cuaderno 5).
c.-) Que el 22 de noviembre de 2003 se firmaron en la
Notaría Cuarta de Medellín, las escrituras públicas 4460, 4562,
4564, 4565 y 4566, por medio de las cuales Carola Pérez Palacio
transfirió a Luis Eduardo Atehortúa Rendón la nuda propiedad en
seis inmuebles identificados con folios de matrícula 001-827134,
001-0495528, 001-0371699, 001-0315732, 001-64083 y 001827130, que fueron debidamente inscritas en la Oficina de
F.G.G. Exp. 0500131030132006-00005-01
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Registro de Instrumentos Públicos Zona Sur de esa ciudad (folios
1 al 16, 22, 23 y 44 al 51, cuaderno 1).
d.-) Que la vendedora murió el 17 de junio de 2004
(folio 17, cuaderno 1).
e.-) Que Ana Rubiela Grajales Pérez es hija de la
fallecida (folio 18, cuaderno 1).
f.-) Que el contradictor admitió que los
actos
contenidos en los instrumentos públicos no eran compraventas,
porque lo que en realidad querían era liquidar una sociedad de
hecho que existió entre los otorgantes y cubrir unas obligaciones
laborales pendientes (folios 184 y 14 vuelto, cuadernos 1 y 3,
respectivamente).
6.- Con base en el artículo 1766 del Código Civil,
primordialmente, la jurisprudencia desarrolló la figura de la
simulación en sus dos vertientes, la absoluta que se configura
cuando se aparenta un pacto que en realidad no existe y la
relativa en el caso de que las partes, a pesar de que tienen un
interés contractual, disfrazan frente a terceros su verdadera
naturaleza, condiciones o partes.
Sobre el tema tiene precisado la Corte que “la
simulación constituye un negocio jurídico, cuya estructura
genética se conforma por un designio común, convergente y
unitario proyectado en dos aspectos de una misma conducta
compleja e integrada por la realidad y la apariencia de realidad,
esto es, la creación de una situación exterior aparente explicada
por la realidad reservada, única prevalente y cierta para las partes
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(…) En consecuencia, si de simulación absoluta se trata, inter
partes, la realidad impone la ausencia del acto dispositivo exterior
inherente a la situación contractual aparente y la permanencia de
la única situación jurídica al tenor de lo acordado, y, en caso de la
simulación relativa, esa misma realidad precisa, entre las partes,
la prevalencia del tipo negocial celebrado, el contenido acordado,
la función autónoma que le es inherente, ora los sujetos; a este
respecto, lo aparente no está llamado a generar efecto alguno
entre las partes y, frente a terceros, in casu, dentro del marco de
circunstancias concretas se definirán las diferentes hipótesis que
pueden suscitarse entre éstos conforme deriven derechos del
titular real o del titular aparente en la cual, por principio se
privilegia el interés de quien actuó de buena fe con base en la
apariencia en preservación de ésta, la regularidad y certidumbre
del tráfico jurídico y de las relaciones jurídicas negociales”
(sentencia de 30 de julio de 2008, exp. 1998-00363, reiterada en
la del 6 de marzo de 2012, exp. 2001-00026, entre otras).
7.- Los alcances del cargo estudiado en este caso
son parciales al no existir discusión sobre la simulación relativa de
los negocios que se hicieron constar en las escrituras, tomando
en cuenta que el opositor fue consistente en ambas instancias
respecto de que la voluntad reflejada en ellas difiere de lo
realmente querido por los contratantes, por no corresponder los
actos a compraventas.
Tal manifestación fue tajante tanto en la contestación
de la demanda como en la diligencia de interrogatorio absuelta,
radicando su desacuerdo, exclusivamente, en que se tenga por
cierto que lo que quiso Carola Pérez Palacio fue donar parte de
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sus bienes a Luis Eduardo Atehortúa, cuando en realidad se trató
de una “dación en pago” de las participaciones que le
correspondían al beneficiado, en la liquidación de la sociedad de
hecho que conformaron por aproximadamente 35 años.
No sobra recordar que al pronunciarse Luis Eduardo
Atehortúa Rendón sobre las pretensiones de la demanda señaló
que “no me opongo a que se declare la nulidad relativa de las
escrituras citadas en al demanda, pero me opongo a que dicha
declaración se haga por las circunstancias allí narradas”, lo que
dejaba superado el debate en que se cimenta la pretensión
principal, para circunscribirlo a develar los verdaderos móviles que
llevaron al traspaso de los inmuebles.
8.- Los reclamos del censor se enfocan en que no se
tuvo por probada la existencia y liquidación de una sociedad de
hecho entre compañeros, sin hacer referencia a la sociedad
patrimonial de bienes como consecuencia de una unión marital de
hecho en los términos de la Ley 54 de 1990, a pesar de advertir
sobre la existencia de una comunidad de vida en pareja con la
causante Carola Pérez Palacio, como fue admitido por la
promotora en el hecho cuarto del libelo al informar que entre ellos
se “estableció una nueva relación especial de afecto o atención” y
era de público conocimiento.
Precisamente ese fue el sentido que le dio el ad quem,
al concluir que a pesar de que los declarantes son conocedores
de la vida en pareja de Luis Eduardo y Carola, no ocurría lo
mismo en relación con la sociedad de hecho que aquel dice que
conformaron.
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Adicionalmente,
precisa
el
recurrente
que
“se
comparte la permanente, constante y reiterada jurisprudencia de
la H. Corte Suprema de Justicia Sala de Casación Civil, en el
sentido de indicar que la prexistencia de una sociedad conyugal,
no impide la formación de la sociedad de hecho entre
‘concubinos’”, con apoyo en precedente de la Corporación del 24
de febrero de 2011, que a su vez citó una sentencia de 18 de
octubre de 1973.
Ambas situaciones, si bien se refieren a los efectos
económicos de las relaciones entre quienes no están unidos por
matrimonio,
han
tenido
diferente
desarrollo
legislativo
y
jurisprudencial, pues, la sociedad de hecho entre compañeros fue
el producto de la interpretación de la Corte a preceptos contenidos
en los Códigos Civil y de Comercio, con el ánimo de proteger una
distribución equitativa del capital conformado con el esfuerzo de
dos personas que se asocian para apoyarse y conformar un
patrimonio que les permita asumir las eventualidades de un futuro
juntos.
Por su parte, la unión marital de hecho surge con la
expedición de la Ley 54 de 1990, como respuesta del legislativo a
la realidad social de la familia natural, que en la actualidad acoge
a todas aquellas personas, de diferente o igual sexo, que “sin
estar casados, hacen una comunidad de vida permanente y
singular” y, en caso de que el vínculo se extienda por más de dos
años sin que existan sociedades conyugales insolutas de uno o
ambos compañeros permanentes, da lugar a una sociedad
patrimonial de bienes de manera automática.
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9.- Desde
esta
perspectiva
no
se
encuentra
fundamento al ataque planteado contra el fallo del ad quem, por
las razones que se pasan a exponer:
a.-) El descontento en la indebida valoración de la
confesión de que “los actos jurídicos recogidos en los actos
escriturarios … no materializan la existencia de contratos de
compraventa”, ya que era calificada “por contener una íntima
relación o conexión con las modificaciones, aclaraciones y
explicaciones concernientes al hecho confesado, como tampoco
la confesión implica en momento alguno confesión sobre la
donación declarada”, no tiene fundamento por cuanto, a pesar de
que ambas afirmaciones fueron hechas por el oponente, las
mismas se refieren a dos hechos distintos, sin que el uno
dependa del otro.
Es así como al admitir que “lo que la señora Carola
Pérez Palacio realmente hizo con la suscripción de las escrituras
públicas mencionadas fue una dación en pago, no una venta”, no
implica el condicionamiento de lo uno a lo otro sino la admisión de
que el contrato de enajenación fue ficticio, en coincidencia con los
reclamos de la accionante, lo que buscó justificar con un acuerdo
de cumplimiento de obligaciones pendientes, constitutivo de un
supuesto que impediría la prosperidad de las pretensiones
restitutorias, esto último que debía ser plenamente comprobado
por quien lo adujo.
De tal manera que la certidumbre de que los contratos
de compraventa no fueran reales, no dependía de que lo querido
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fuera una “dación en pago”, ni mucho menos que de encontrarse
establecido un acuerdo de voluntades diferente quedara sin efecto
tal reconocimiento.
Por lo tanto, las atestaciones sobre la existencia de
una sociedad de hecho y su posterior liquidación se erigieron
como
hechos
nuevos
dentro
del
litigio,
encaminados
a
contrarrestar los efectos adversos de la patente simulación, que
por lo tanto debían ser acreditados por quien los adujo en virtud
de la carga de la prueba, sin que se constituyeran por sí en
prueba de confesión por corresponder a circunstancias que
favorecían al falso comprador y como lo tiene dicho la Corte
“jamás las expresiones notoriamente interesadas de la misma
parte pueden favorecerla, pues, en esencia, este medio de prueba
únicamente ha de ponderarse por el fallador en cuanto contenga
una verdadera confesión, o sea, sólo cuando aparezcan
manifestaciones
que
lleguen
a
producir
consecuencias
desfavorables a quien las hace -contra se-, de la manera
pregonada por el artículo 195” (sentencia de 28 de marzo de
2003, exp. 6709, reiterada en las de 5 de agosto de 2005 y 19 de
diciembre de 2011, expedientes 1997-85002-02 y 2004-00097).
En consecuencia, el que el Tribunal advirtiera que
“[a]sí, ab initio del proceso, al dar respuesta a la demanda la parte
accionada confiesa y repite en la etapa probatoria que en verdad
los actos jurídicos recogidos en los actos escriturarios (…) no
materializan la existencia de contratos de compraventa, lo que
releva a la Sala de efectuar indagaciones acerca de este
aspecto”, no desfigura el sentido de lo dicho por el recurrente ni
constituye el fraccionamiento de una proposición completa
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inescindible, pues, como atinadamente se concluyó, “el accionado
tiene la carga de probar los hechos constitutivos de la dación en
pago alegada”.
b.-) Al establecer la existencia de la simulación y que
la misma es relativa, la consecuencia lógica era proceder a
escudriñar los motivos que inspiraron el traspaso de la “nuda
propiedad” de que era titular Carola Pérez Palacio en los
inmuebles a que se contrae la litis, lo que implicaba el estudio de
las dos figuras propuestas por los contrincantes, esto es, la dación
en pago por concepto de la liquidación de sociedad hecho y
satisfacción de créditos laborales, planteada por el impugnante, o
la donación sugerida por la promotora.
Para el efecto era menester, como lo hizo el fallador,
avocar en primer lugar el análisis de la mutación a título oneroso
de la dación y los supuestos que le son propios a la sociedad de
hecho, aspecto este que ninguna censura admite, pues, como
quedó advertido con antelación, la sola afirmación del demandado
de la existencia de “sociedad de hecho”, a pesar del permanente
estado de disolución que justificaría su abrupta liquidación, no era
suficiente para admitir que esa era la situación ocurrida en este
asunto; para el efecto era imprescindible acreditar la concurrencia
de sus elementos constitutivos, esto es, la pluralidad de socios,
aportes, reparto de utilidades y objeto.
La Corte tiene dicho que “al lado de las sociedades
regulares e irregulares, es decir, las que se constituyen y
funcionan legalmente, y las que, en la época, no obstante haber
cumplido su formalidad constitutiva mediante escritura pública,
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actuaban sin el permiso de funcionamiento, existen dos tipos de
sociedades que se forman de hecho, unas por derivación y otras a
raíz de los mismos hechos (…) Las primeras surgen cuando a
pesar del consentimiento expresamente manifestado, los socios
han omitido una o varias de las solemnidades exigidas en la ley
para su formación, mientras que las segundas nacen sin que los
constituyentes
se
lo
hayan
propuesto,
a
partir
de
un
consentimiento implícito, y se diferencian de las regulares e
irregulares en que carecen de personería jurídica. Por esto, al
tenor de lo previsto en el artículo 499 del Código de Comercio, los
derechos que se adquieren y las obligaciones que se contraen
para la empresa social, se entenderán adquiridos o contraídos a
favor o a cargo de todos los socios de hecho (…) Ahora, debido a
la naturaleza fáctica de las sociedades de hecho, se ha
considerado que se encuentran desde el mismo momento en que
surgen, disueltas y en permanente estado de liquidación, y por lo
mismo, en principio, no se gobiernan por los preceptos que
regulan las sociedades regulares e irregulares. De ahí que, como
tiene explicado la Corte, para la ‘existencia y disolución de una
sociedad de hecho deban tenerse presente las normas especiales
pertinentes, mas no las generales relativas a las sociedades
constituidas como persona jurídica’ (…) Y la intervención judicial
en asuntos de esa naturaleza, lo será, también en línea general,
según el mismo precedente, para ‘darle certeza jurídica a la
existencia en estado de disolución que en el pasado tuvo una
sociedad de hecho. Esta intervención judicial, pues, no es para
disolverla, porque, se repite, por haberse formado de hecho,
desde ese mismo momento, por no haber nacido a la vida jurídica
como persona jurídica, la ley estima que ha estado siempre en
disolución’ (…) Lo dicho significa que la sociedad de hecho es por
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su naturaleza de existencia precaria y que al estar disueltas y en
permanente estado de liquidación, lo único que le faltaría,
intemporalmente, es efectuar ésta, a voces del artículo 505 del
Código de Comercio, según el cual ‘cada uno de los socios podrá
pedir en cualquier tiempo que se haga la liquidación de las
sociedad de hecho y que se liquide y pague su participación en
ella y los demás asociados estarán obligados a proceder a dicha
liquidación’ (…) En todo caso, cual se tiene establecido, así ese
tipo de sociedades nazcan o sean resultantes de ciertos hechos,
su existencia se supedita a los requisitos de pluralidad de socios,
aportes, reparto de utilidades y objeto. Mas, como dichas
sociedades tienen una conformación y ejecución fáctica, pues
surgen de una serie de circunstancias que las indican, al punto
que es la realización fáctica social que en definitiva consolida
tales elementos con el transcurso del tiempo, basta que los
mismos simplemente se encuentren presentes” (sentencia de 5 de
diciembre de 2011, exp. 2005-00504).
En el mismo pronunciamiento se añadió que “[l]as
sociedades que nacen o resultan de los hechos, generalmente
surgen de la mutua colaboración de dos o más personas dirigida a
una misma explotación económica. De ahí que para hablar de la
realización fáctica social a que se hizo referencia, los hechos
correspondientes que la indican deben aparecer exteriorizados,
como es la inexistencia de algún grado de dependencia entre los
asociados o de asuntos relacionados con indivisión de bienes,
negocios en común, aportes en cualquiera de sus formas y
riesgos de pérdidas y ganancias (…) En palabras de la Corte, se
necesita ‘1º Que se trate de una serie coordinada de hechos de
explotación común; 2º Que se ejerza una acción paralela y
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simultánea entre los presuntos asociados, tendiente a la
consecución de beneficios; 3º Que la colaboración entre ellos se
desarrolle en un pie de igualdad, es decir, que no haya estado
uno de ellos, con respecto al otro u otros, en un estado de
dependencia proveniente de un contrato de arrendamiento de
servicios, de un mandato o de cualquiera otra convención por
razón de la cual uno de los colaboradores reciba salario o sueldo
y esté excluido de una participación activa en la dirección, en el
control y en la supervigilancia de la empresa; 4º Que no se trate
de un estado de simple indivisión, de tenencia, guarda,
conservación o vigilancia de bienes comunes, sino de verdaderas
actividades encaminadas a obtener beneficios’(sentencia de 31 de
agosto de 2011, expediente 1994-04982, reiterando doctrina
anterior)”.
c.-) En este caso el fallador, al valorar las pruebas
recaudadas, concluyó que “[s]obre la existencia de la sociedad
entre el demandado y Carola Pérez Palacio, de la lectura de las
declaraciones
de
Pablo
Emilio
Quintero
Guzmán,
Álvaro
Saldarriaga Zapata, Lubín quintero Guzmán, Armando de Jesús
Uribe Miranda, Román Diosa Restrepo y Jorge Alberto Fernández
Henao, resulta coincidencia en que desconocen alguna sociedad,
comercial o de hecho ha de precisarse que hubiese existido entre
ellos. Los reconocen si como pareja que fueron, en razón de que
vivían juntos, pero al mismo tiempo ignoran que tuviesen las
calidades de acreedores o deudores recíprocos, en tratos,
negociaciones o relaciones de tipo laboral”.
Quiere decir que no encontró de manera individual ni
en su conjunto que los testigos se refirieran a los elementos
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determinantes de la “sociedad de hecho”, juicio que no logra ser
desvirtuado por la confrontación que propone el censor, por los
siguientes motivos:
(i)
Ninguno de los deponentes conoce de su
existencia, sobre los aportes que realizaron para su conformación
o el destino que le daban a los dineros que ingresaban por
concepto de los frutos civiles producidos por los inmuebles, ni
mucho menos que se hubiera acordado entre Carola Pérez
Palacio y Luis Eduardo Atehortúa la distribución de los bienes o la
satisfacción de alguna obligación dineraria a cargo de aquella y en
favor de éste.
(ii) La declaración de Conrado Vanegas Osorio no
aparece descontextualizada en lo que se refiere a la adquisición
del “Granero Carola” por parte de la fallecida Pérez Palacio, en
consideración a que al preguntársele si conocía a aquella señaló
que “la conocí cuando trabajaba de mesera en bares (Bar
Santacruz), de ahí ella se vino para el Barrio Trinidad y trabajando
vendiendo tinto y otras cosas, luego se hizo a un granero que no
tenía nombre, ese granero no recuerdo de quien era pero ella lo
tomó” y sus respuestas inician con un “me imagino”, lo que las
convierte en producto de lo que creía, mas no de lo que sabía a
ciencia cierta.
(iii) Pablo Emilio Quintero Guzmán narró que “yo
llegué hace 30 años a trabajar ahí, y él estaba ahí, administrando,
viviendo con ella, no se, pero él estaba ahí, no se cuántos años
atrás”, recalcando que vivían juntos pero desconociendo si hacían
reparto de utilidades.
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(iv) Álvaro de Jesús Saldarriaga Zapata dijo que no
conocía a Carola Pérez Palacio y respecto de Luis Atehortúa dijo
“supongo, tengo entendido que era el dueño [del Granero Carola],
porque siempre me entendía con él no más”, nunca le mencionó a
Carola Pérez y tampoco visitó el establecimiento de comercio.
(v) Lubín Quintero Guzmán relató que la pareja vivía
“como marido y mujer, y eso lo sabe todo el barrio, no tengo
conocimiento respecto a algún negocio celebrado por Luis
Eduardo Atehortúa y Carola Pérez”, no tenía conocimiento de que
bienes eran de uno o de otro ni quién administraba los negocios
de ambos.
(vi) Jorge Alberto Fernández Henao señala que Luis
Eduardo le compraba materiales “para remodelar casas o
construirlas en su totalidad” y que “entendía que era para
inmuebles de él, lo entendía porque yo siempre me entendía con
don Luis Eduardo, nunca con otra persona”, pero nunca llegó a
ver los documentos que dieran fe de ello, mientras que de Carola
Pérez Palacio sólo indicó que “la conocí por vivir con Don Luis
Eduardo y por ser vecina del mismo Barrio Trinidad” y que lo
atendió cuando iba al Granero Carola.
(vii) La versión de Román Diosa Restrepo, sobre los
negocios que tuvo con el contradictor y que él de su chequera le
pagó un inmueble que se escrituró a nombre de Doña Carola,
carece de respaldo, además de que en el decurso de su
exposición manifiesta que “la sociedad que yo presumo es la
sociedad marital, lo presumo porque si viven dos personas en una
casa y en la noche están a puerta cerrada en esa casa durante
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tantos años, es de presumir ese tipo de sociedad que digo yo,
sociedad comercial si no lo se”.
(viii) En cuanto a las respuestas de Ángela María
Zapata Gómez, deponente solicitada por la accionante, que se
aduce no observó en su totalidad el Tribunal, ya que relata “la
recíproca colaboración de la pareja en la actividad económica de
la compra de inmuebles, arreglo y construcción de los mismos” y
que por tanto no era lógico que uno le vendiera bienes al otro, tal
interpretación queda restringida con las afirmaciones de que
“[d]esde que yo los conocí lo que Don Luis consiguió lo consiguí
(sic) al lado de Doña Carola porque ella era una persona muy
luchadora” y al preguntársele “si el señor Luis Eduardo Atehortúa
Rendón podía disponer mínimo de la suma de doscientos
dieciséis millones de pesos para el año 2003 a fin de comprarle
unos inmuebles a la señora Carola Pérez Palacio. Contestó: No
creo porque la plata siempre era de Doña Carola”.
(ix) El oficio ASERD-517-2007 con sus anexos que
envió la Secretaría de Hacienda del municipio de Medellín, donde
figura que Carola Pérez Palacio “tuvo” catorce inmuebles en el
cuarto trimestre de 2003 y nueve en el 2004, ninguna relevancia
tiene por no ser la prueba idónea para acreditar el derecho de
dominio en bienes inmuebles, ni mucho menos da plena certeza
del patrimonio de ésta para la fecha de su fallecimiento, si como lo
señaló en el interrogatorio el opositor el 22 de noviembre de 2003
se firmaron otras escrituras de venta a favor de Gonzalo de Jesús
Grajales Pérez y su esposa, sin saber sobre qué propiedades.
10.- Ningún reparo merecen, por ende, las críticas que
hizo el sentenciador a los medios de convicción, en vista de que,
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salvo la coincidencia en que Pérez Palacio y Atehortúa Rendón
sostuvieron una relación afectiva por un tiempo prolongado,
además de que el demandado le colaboró a su compañera en la
administración de los bienes, con ellos no se demuestra una
explotación común, en pie de igualdad, dirigida a producir
beneficios para su posterior distribución, ni mucho menos que
entre ellos se hubiera llegado al acuerdo de poner fin a una
comunidad patrimonial que todos al unísono desconocen.
Mucho menos aparece antojadizo o constitutivo de
“error ostensible, manifiesto, grave y evidente” el que al encontrar
desvirtuados los supuestos de la pretendida “dación en pago”, se
dedujera por exclusión el acto gratuito en que se sustentaron las
pretensiones principales del libelo.
Lo anterior porque como bien tiene dicho la Sala “en
ese complicado proceso de desentrañar la verdad escondida tras
los velos de la apariencia, todo conduce inicialmente a señalar
que aquello que se expresó, corresponde a la realidad; en
principio, entonces, lo exterior coincide con lo interior y de ese
supuesto es necesario partir. Pero precisamente la labor del juez
en estos eventos es la de romper la barrera de la forma en
procura de hallar, del otro lado, el prístino contenido de los actos,
signado también, pero con la verdadera intención de los
contratantes (…) Como es natural, en esa labor investigativa
surgen hechos de todas las especies, que refuerzan unos la
apariencia demandada, que la develan los otros; y es entonces
cuando el fallador, sopesando esas circunstancias, haciendo uso
de la autonomía que le asiste, opta por alguna de las soluciones
que se le ofrecen; de allí que, una vez tomada la decisión, queden
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entonces, por lo general, algunos cabos sueltos, algunas
circunstancias que se contraponen a lo decidido, pero sin que
tales aspectos puedan constituir por sí mismos motivo bastante
para quebrantar la conclusión del juzgador, el cual, precisamente,
elaborando un juicio lógico – crítico desprecia las señales que le
envían algunos hechos, para rendirse ante la evidencia que en su
criterio arroja la contundencia de los demás (…) Las anteriores
razones confluyen a reforzar el concepto ya muy conocido y
expuesto al inicio de esta providencia, acerca de que el recurrente
en casación ara en el desierto al pretender derrumbar una
sentencia exponiendo simplemente un criterio diferente al
expresado por el fallador en materia de apreciación probatoria,
puesto que confrontación tal se resuelve siempre a favor de este
último en virtud de la autonomía que le asiste para decidir y de la
presunción de certeza que ampara sus conceptos” (sentencia de
26 de febrero de 2001, exp. 6048).
11.- El cargo, entonces, no prospera.
12.- Como la decisión es adversa al recurrente, de
conformidad con el último inciso del artículo 375 del Código de
Procedimiento Civil, en armonía con el precepto 19 de la Ley 1395
de 2010, se le condenará en costas, en las que se incluirán las
agencias en derecho que se fijarán en esta providencia,
observando que el libelo no fue replicado (folio 40).
IV.- DECISIÓN
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En mérito de lo expuesto, la Sala de Casación Civil de
la Corte Suprema de Justicia, administrando justicia en nombre de
la República y por autoridad de la ley, NO CASA la sentencia de
sentencia de 26 de abril de 2011, proferida por la Sala Civil del
Tribunal Superior del Distrito Judicial de Medellín, dentro del
proceso ordinario de Ana Rubiela Grajales de Morrison, quien
actúa para la sucesión de Carola Pérez Palacio, contra Luís
Eduardo Atehortúa Rendón.
Costas a cargo de la parte recurrente, las que serán
liquidadas por la Secretaría, y en las que incluirá la suma de tres
millones de pesos ($3’000.000) por concepto de agencias en
derecho.
Notifíquese y devuélvase
FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ
MARGARITA CABELLO BLANCO
RUTH MARINA DÍAZ RUEDA
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ARIEL SALAZAR RAMÍREZ
ARTURO SOLARTE RODRÍGUEZ
JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ
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