VICISITUDES DE UN MAESTRO RURAL (1857-1900).
(150 ANIVERSARIO DE LA LEY MOYANO).
Hilario Rodríguez de Gracia
Didáctica de las Ciencias Sociales. UCLM
Resumen:
El centro prioritario de este trabajo consiste en explicar algunos de los problemas que tuvieron
que sortear muchos hombres y mujeres dedicados a la enseñanza en pueblos de pocos
habitantes. Las adversidades sustanciales fueron las económicas, al percibir un salario reducido,
el cual tardaban en abonar los ayuntamientos, aparte de sufrir muchas privaciones, como tener
su domicilio en las casas donde se hallaba el recinto destinado a escuela. Las clases
complementarias les sirvieron para compensar las carencias del sueldo. La ley Moyano
modificó algunas de las condiciones de los enseñantes, aunque no satisfizo la mayoría de sus
aspiraciones. Aun así, los maestros de escuela fueron un referente esencial, al detentar las
cualidades de honestos, intachables, ocasionalmente no muy culto, pero preocupados por
incrementar los niveles educativos de los gobiernos liberales.
Palabras claves: Educación, historia de la educación, escuela, maestros y maestras rurales,
materiales escolares, ley Moyano.
Summary:
The high-priority center of this work consists on explaining some of the problems that had to
draw many men and women dedicated to the teaching in few inhabitants' towns. The substantial
setbacks were the economic ones, when perceiving a reduced wage, which took in paying the
city councils, apart from suffering many privations, as having their home in the houses where
he/she was the enclosure dedicated to school. The complementary classes were good them to
compensate the lacks of the salary. The law Moyano modified some of the conditions of the
teaching ones, although it didn't satisfy most of its aspirations. Even so, the school teachers
were an essential referent, when holding the qualities of honest, spotless, occasionally not very
learned, but worried to increase the educational levels of the liberal governments.
Key words: Education, history, school, teachers and rural teachers, school materials, law
Moyano.
150 aniversario de la ley Moyano..................................................................................................................
1
Este año se celebra el 150 aniversario de la implantación de una reforma
educativa conocida como ley Moyano, cuyo propulsor sería el político Claudio Moyano,
ministro de Fomento durante la etapa de la Unión Liberal. El trabajo legislativo pudo
publicarse el día 9 de septiembre de 1857.
En estas páginas se va a recordar la efeméride, colocando en primer plano una
investigación sobre el ambiente educativo que vivió un pequeño pueblo de Castilla- La
Mancha, llamado Villanueva de Bogas (Toledo)1, en los cincuenta últimos años del
siglo XIX. Los datos primarios proceden de un expediente que está sin catalogar y
responde a la signatura: Instrucción pública2.
El panorama educativo en la segunda mitad del siglo XIX
Los gobiernos liberales del siglo XIX consideraron a la enseñanza uno de sus
objetivos prioritarios. Los políticos estaban persuadidos que resultaba imprescindible
abordar la dificultosa tarea de la educación de la infancia e instrucción de la juventud
para que el país dejase atrás la estela de atraso existente. Para ello, entre otras medidas,
era imprescindible elevar el nivel formativo de los maestros y maestras3. El ideario, no
obstante, mantendrá una fuerte carga demagógica durante algún tiempo. La causa no fue
otra que para hacer realidad la aspiración hubo contados recursos económicos. No es
extraño, por tanto, que la mayor parte de los proyectos derivasen en fracasos; al menos,
tal juicio es el que hacen los historiadores del mundo educativo.
Por otro lado, los docentes tampoco contaron con estímulos económicos. La
ayuda formativa, por ampliar las correlaciones, que les proporcionó la administración
educativa sería muy escasa, tanto en los niveles primarios como en los secundarios. Los
profesores que ejercieron en la enseñanza pública estuvieron bajo el control económico
1
P. MADOZ, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y de sus posesiones en Ultramar.
Madrid, 1850 (ed. fac.), voz: Villanueva de Bogas. Sitúa la localidad en la provincia y diócesis de Toledo,
partido judicial de Orgaz, «a cincuenta kilómetros de la capital, en llanura, de clima frío, donde reinan los
vientos de N y S. y se padecen tercianas. Tiene 90 casas, la del ayuntamiento, cárcel, escuela... Confina
con los términos de la Guardia, Tembleque, Consuegra y Mora. Baña ese término municipal un riachuelo
llamado Algodor. El terreno es parte llano y parte escabroso y de buena calidad».
2
En los pueblos de la comarca no se han encontrado todavía documentos semejantes. Por eso, las
opiniones aquí vertidas no pueden contrastarse con situaciones análogas vividas por otros enseñantes en
localidades vecinas. Bien es cierto que la bibliografía existente sobre la temática es muy amplia y
posibilita la realización de homologaciones.
3
J. R. AYMES, «L´éducation populaire en Espagne au tours de la première moitié du XIX siècle;
problèmes idéologiques et réalisations», en J. L. GUEREÑA y A. TIANA, Clases populares, cultura,
educación. Siglos XIX y XX. Madrid, 1989, pp. 47-75, en concreto las pp. 67-68. La escuela elemental fue
un instrumento de la burguesía liberal para la educación de las necesidades de los sectores populares, A.
TERRÓN, «El sentido de la educación popular como educación de las necesidades», obra citada, pp. 143158.
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de los ayuntamientos. Esos entes locales fueron los encargados de pagarles el sueldo,
aparte de aportar una cifra anual para material, el llamado menaje. Muchos municipios,
al ser poblaciones de reducido vecindario, no disponían de los ingresos suficientes para
abonar el estipendio convenido con los docentes al finalizar el mes, hasta el punto de
demorar su obligación y escatimasen al máximo las cifras destinadas a recursos
didácticos. Por tanto, sin la aportación económica y con unas limitadas ayudas para
desarrollar su labor, no es extraño que las penalidades de los maestros y las maestras
quedasen reflejadas en el dicho popular: “pasas más hambre que un maestro de
escuela”.
Una expresión contundente donde las haya. Mucho más cuando ese aforismo
apuntalaba un corolario significativo: «el trabajo de un maestro para sacar de la miseria
intelectual al pueblo estaba valorado en la misma proporción que el interés de las
autoridades por lograr erradicar el analfabetismo». Tan teórico apotegma bien pudiera
enlazarse con la opinión expuesta en un clásico de la literatura, Guzmán de Alfarache,
cuando dijo: «Las cuchilladas, presto curan; pero dadas en la bolsa, tarde se cierran y
para siempre duelen». Aun así, los hombres y mujeres dedicados a enseñar dieron una
muestra de vocación y dedicación sin parangón. A pesar de todo, en un numeroso sector
de la opinión pública, se les consideró ignorantes y vagos4.
En el plano educativo de la España del siglo XIX hay que constata una evidencia
incuestionable. Es la existencia de un fuerte déficit entre capital humano, considerado
un factor de producción, y educación. Tanto es así que la quiebra alcanzó cifras de
enorme envergadura. De ello fueron conscientes los gobiernos, hasta el punto de hacer
numerosas promesas para efectuar mayores esfuerzos económicos en el mundo de la
educación; ahora bien, aquellas promesas no parece que tuvieran la entidad suficiente
para igualarse con las necesidades requeridas, si se hace la valoración de ambos
parámetros en términos monetarios. El comentario requiere un ejemplo a modo de
complemento comprensivo. La ley Quintana del año 1813, considerada un compendio
del ideario educativo del liberalismo español, hizo que el Estado asumiera la alta
responsabilidad de elevar las tasas de educación. Para conseguir ese fin estableció una
acción basada en dos principios básicos: la enseñanza primaria debía generalizarse a
4
J. RUIZ BERRIO, «El oficio de maestro en la sociedad liberal», Historia ilustrada de la escuela en
España. Dos siglos de perspectiva histórica, dirigida por A. ESCOLANO BENITO, Madrid, 2006, pp.
122-144.
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todas las clases sociales y sería gratuita5. Lo cierto y verdad es que la educación pública,
en opinión de la historiografía interesada por el mundo educativo, sería la única
accesible a una importante mayoría de la población, si bien, dentro de las
contradicciones fundamentales, no tuvo carácter universal durante bastante tiempo y tan
bien intencionado propósito no pudo conseguirse hasta el siglo XX. La gratuidad es un
concepto que conviene relativizar.
Los historiadores económicos suelen emplear unas variables muy concretas para
analizar el potencial educativo de un país. Una de ellas es la tasa de alfabetización. Tal
parámetro está considerado como uno de los indicadores de mayor fiabilidad para
determinar la capacidad de formación del capital humano, aparte de que es el elemento
de producción más dinámico para favorece el progreso. Invertir en conocimientos,
potenciar el adiestramiento en competencias y habilidades, bien a través de la
escolarización formal, del aprendizaje o la capacitación por la práctica, posibilita un
más rápido crecimiento de la productividad y amplía las posibilidades de desarrollo
económico.
El caso es que el indicativo de inversiones en capital humano en España
mantuvo un nivel poco significativo durante todo el siglo XIX 6. Hasta tal punto fue así
que la población adulta considerada analfabeta representaba cifras muy altas. Tanto es
así que los porcentajes sobre la población total superaban valores por encima del
cincuenta por ciento. Magnitudes de tan considerable entidad constriñeron el
crecimiento económico y ralentizaron el progreso durante décadas. De aquel atraso
tardarían mucho tiempo en salir numerosas provincias del país y nunca, aunque sea
categórica la afirmación, pudo la industrialización ni el desarrollo igualarse con el
experimentado por naciones como Francia, Gran Bretaña o los estados alemanes7. En
ese mismo orden de cosas no puede negarse la influencia que tiene la formación en el
progreso; de tal forma que si hay un alto número de personas en un país que no saben
5
Tanto el Informe Quintana como el Reglamento General de Instrucción Pública del año 1821 dividieron
la enseñanza en tres niveles. Su objetivo consistía en uniformar la progresión en la adquisición de
conocimientos y garantizar el nivel primario a todos los ciudadanos. La ley del 21 de julio de 1838
seccionó la enseñanza primaria en elemental y superior y suprimió el concepto de gratuidad. Así las
cosas, no se reordenó la enseñanza hasta la ley de 1857, introduciendo la enseñanza obligatoria y un
reconocimiento muy limitado de la gratuidad.
6
L. PRADOS DE LA ESCOSURA, De imperio a nación. Crecimiento y atraso económico de España
(1780-1930). Madrid, 1988, p. 169. G. TORTELLA, El desarrollo de la España contemporánea. Historia
económica de los siglos XIX y XX. Madrid, 1994, pp. 12-13.
7
R. CAMERON, Historia económica mundial, Desde el paleolítico hasta el presente. Madrid, 1992, pp.
258-259, cuadros 8.3 y 8.4, donde evidencia la correlación entre niveles y porcentajes de industrialización
y esfuerzos y logros educativos en diversos países.
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leer ni escribir, las barreras de transmisión del conocimiento se convierten en
infranqueables8.
De las palabras a las cifras. Así, los valores que proporcionan algunos censos
evidencian que fue muy alto el grado de analfabetos y, en correlación, esa ignorancia y
pobreza formativa de amplias capas de la sociedad, hombres y mujeres, limitaron el
desarrollo de los métodos experimentales e impidieron su aplicación a fines utilitarios.
A la hora rebuscar en los causantes, algo sobre lo existe una amplia bibliografía, no es
fácil dejar de calibrar la incidencia tan relevante que tuvo en el campo educativo el
limitado presupuesto asignado a la enseñanza primaria. Un comportamiento que
reproducían tanto los gobiernos de signo liberal como el de tendencia conservadora
durante la segunda mitad del XIX9.
Reflexiones del maestro de escuela
Vistos los aspectos generales conviene entrar en el análisis de los particulares.
Para exponer ese punto de vista, el desarrollo argumental está estructurado en dos
niveles; el primero lleva un notable componente imaginativo, algo que resulta esencial a
la hora de reconstruir el pasado. Es un relato intuitivo que recrea como pudo desarrollar
su actividad un enseñante que llegó a un pueblo llamado Villanueva de Bogas, en la
provincia de Toledo, a partir en los años cincuenta de la centuria decimonónica. La otra
parte es más empírica, reflexiva, y rehacer el panorama educativo de un núcleo rural
muy pequeño mediante unos pocos documentos primarios.
La acción de los hechos transcurrió de la manera siguiente. Un nuevo maestro
obtendrá plaza de interino en un pueblo de apenas mil almas, una medida religiosa muy
utilizada en aquel tiempo para evaluar la cantidad de personas que vivían en una
localidad. Ese hombre llegó a su destino a través de una estrenada red ferroviaria que
atravesaba la Mancha. Era, a pesar del notable aumento constructivo de kilómetros de
carretera, la forma más rápida de comunicación para desplazarse hasta la villa de Bogas,
un título concedido por el rey Felipe II y exhibido con orgullo en todos los papeles
oficiales. Pocos habitantes y un título de empaque, paradojas de un destino arrastrado
8
C. E. NÚÑEZ, La fuente de la riqueza. Educación y desarrollo económico en la España
contemporánea. Madrid, 1992, pp. 166-169 sostiene esa tesis y la vuelve a ratificar en C. E. NÚÑEZ y G.
TORTELLA, «La maldición divina. Ignorancia y atraso económico en perspectiva económica». Revista
de Historia Económica, 13, 1 (1995), pp. 147-152.
9
C. E. NÚÑEZ ROMERO-BALMÁS, «La educación como fuente de crecimiento», Papeles de
Economía Española, 73 (1997), pp. 213-242, así como en otro artículo titulado: «Educación y
desarrollo», que fue publicado en Revista de Educación, núm. 318 (1999), pp. 9-33.
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desde mil quinientos y tantos, cuando se vendía villazgos a doquier. El viajero, nada
más apearse del vagón, tuvo que decidir si iba caminando hasta su destino o tomaba la
tartana que ordinariamente se acercaba hasta el apeadero para recoger el correo que
llegaba de Madrid, dado que entre El Casar, nombre aplicado a la estación, y la
población de termino había una distancia de más de media docena de kilómetros. Pensó,
aplicando la necesidad de elegir en un teórico coste de oportunidad, si le resultaría más
adecuado hacer el camino a pie o subir al desvencijado vehículo que esperaba en el
inmediato andén, al cual estaba enganchado un garañón de bastantes años. Dificultosa
disyuntiva. El trayecto no era excesivo para su juventud, aunque el volumen del hatillo
que traía le entorpecía caminar hasta el pueblo de su nuevo destino. Aquella
pesadumbre tenía un añadido económico, ya que el servicio de ir caballero en la tartana
conllevaba un coste fijo de tres reales.
El itinerario hasta llegar a localidad presentaba ciertas dificultades. El camino
estaba encajado en unas lindes de desmedida trabazón; flanqueado de retamas, hinojos y
cardos, con abundantes terraplenes; en algunos tramos se convertían en una especie de
trinchera, lo cual añadía dificultades para que la retina del recién llegado quedase
impregnada del árido paisaje que se extendía hasta un horizonte lejano. La tierra
presentaba la tonalidad propia de suelos pardo-calizos, una pátina inconfundible
disimulada por las pajuelas de los rastrojos que quedaron tras la siega.
Eran unos campos abiertos, destinados casi en exclusiva al cultivo de los
cereales. En la lejanía más inmediata, no obstante, aparecían algunos manchones verdes,
claro simbolismo de la existencia de viñedos10. Un mustio hinojo evidenciaba la aridez,
al igual que el cantueso, el tomillo y otras yerbas que estaban a la espera de las lluvias
otoñales. En el camino también dejaba su estela la caballería uncida al vehículo. Con
sus cascos levantaba un polvillo pegajoso que resecaba la garganta y la nariz. A casi
media legua se divisaban los rebaños de ovejas, de entre doscientas y trescientas
10
El papel predominante de la agricultura en la economía española y sus bajos rendimientos son
analizados por G. TORTELLA, «La agricultura española desde los comienzos del siglo XIX hasta 1868:
algunos problemas», La España de la Restauración, J. L. GARCÍA DELGADO (ed.), Madrid, 1985, pp.
133-151. La situación del campo toledano era bastante angustiosa debido a la insuficiente productividad,
según los informes que llegaron a la capital con motivo de celebrarse la Exposición Agrícola en 1866. El
catedrático del Instituto de Segunda Enseñanza, Manuel Martín Serrano elaboró unos informes, por
encargo de la Dirección General de Agricultura, donde exponía vehemente las dificultades de los
jornaleros para saciar el hambre ante los reducidos salarios, aparte de la inactividad laboral que padecían
durante tres y cuatro meses cada año. Martín Serrano, además de catedrático de Historia Natural, fue
vocal de la Junta Provincial de Agricultura y propulsor de una escuela de instrucción agrícola donde se
enseñaba economía e industria rural, incluso auspició unas técnicas para mejorar la crianza de ganado y el
cultivo de la tierra. H. RODRÍGUEZ DE GRACIA, «El siglo XIX. La ciudad civil», Historia de Toledo,
Toledo, 1997, pp. 447-535, en especial para lo aquí tratado p. 502 y 511.
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cabezas, que retornaban al pueblo. Iban hociqueando las hierbas verdes que encontraban
a su paso y, cómo no, levantaban una tolvanera que dificultaba la visión de las sierras.
Hacia calor. El veranillo de San Miguel arreciaba y dejaba notar su arresto. Y eso que el
sol perdía intensidad al ir cayendo la tarde.
La tartana traqueteaba en las rodaduras y baches originados por las aguas
primaverales, ahondadas por las galeras que retiraron las mieses de los campos en el
verano. Las posaderas del viajero se resentían a los vaivenes, sin que la manta, bastante
raída, colocada sobre la tarima, fuese suficiente para amortiguar el golpe. Gracias, pensó
el docente, que entre el punto de recepción y destino no había una considerable
distancia. Apenas un paseo para los más andarines. Después de media hora de recorrido
entraba el carruaje en el pueblo. Paró frente a la puerta de la iglesia y casi al refilón con
la posada. Cuatro o cinco chicuelos, de no más de cinco años, jugaban a pídola,
mientras un corro de retoñitos, de su misma edad pero de sexo diferente, saltaba a la
comba. Varias personas mayores, embutidas en vestimentas de color negro, lo que
significaba que mantenía un luto permanente por la muerte de un ser querido, estaban
sentadas ya al fresco, a la sombra que proyectaba uno de los edificios, en una tarde en
que el aire se movía con cierta pereza.
La primera disposición del recién venido sería la de encontrar acomodo para
pasar esa noche. La inmediata fonda era el único lugar para recogerse. La salvedad que
así mismo se puso el viajero, sin hablar todavía con el regente de la posada, fue que su
sueldo no daba para hacer frente, en aquel sitio, al coste del hospedaje y la manutención
un mes tras otro. Así que, después de dar vueltas al asunto, llegó a la conclusión de
ajustar únicamente las vituallas, mientras la pernocta la haría en una parte de la casa
destinada a escuela. Quedaba claro que este individuo venía a tomar posesión de un
destino docente.
De los dineros escasos a la abundancia de ideas. Así podría titularse uno de los
capítulos de sus reiterados pensamientos; o lo que es lo mismo, la sucesión de cosas
para realizar y la eficiencia aplicada para obtener los máximos resultados de sus
competencias personales ante la escasez de medios económicos. La aspiración esencial
del maestro de escuela consistía, antes de nada, en salir adelante. Imbuido en esos
pensamientos especulaba. Lo hacía sobre el aprovechamiento del calor que soltaba la
estufa de la escuela y su aplicación para cocinar algunos días en el transcurrir del
próximo invierno. De esa manera reduciría los gastos. La mesa de la escuela, pensaba
en el torbellino de ideas en el cual estaba inmerso, podría ser adecuada para colocar la
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comida. Tendría tiempo de ponerla y quitarla entre la una y las tres de la tarde, el lapso
empleado por los alumnos para ir a comer a sus casas11. Su aseo diario lo realizaría en el
retrete de los niños. Entregaría la ropa interior y la de cama, cada quince días o más, a
una lavandera para su limpieza. Eso sí, tendría que cuidar como oro en paño el traje que
llevaba puesto. Procuraría no ensuciarlo. Con tales comportamientos, sin larguezas, algo
para lo que venía ejercitándose en su corta vida de enseñante, tendría mayores
posibilidades de llegar a final de mes con el sueldo ajustado con el ayuntamiento.
Inevitablemente estaba obligado a pasar la noche en la fonda. Hasta el día
siguiente no tomaba posesión de su puesto en la escuela y no disponía de las llaves de la
casa donde ésta se hallaba. Por desgracia, el hospedaje de una noche salía entre ocho y
diez reales, sin cenar, claro. En la posada tuvo la suerte de coincidir con otros
“profesionales”: el escribano del ayuntamiento, el veterinario, el barbero o practicante y
el bueno del cura. Todos sabían lo que era pasar necesidades. Así que le ayudaron a
mitigar el hambre con cuatro perras y una entretenida conversación. Hablaban de la
reina Isabel II y del gobierno. El cura pregonaba su animadversión por la pérdida de fe
de que hacia gala los dirigentes al introducir unas ideas liberales radicalizadas y por las
consecuencias de la ley desamortizadora, las del ministro Juan Álvarez Mendizábal,
sobre las instituciones religiosas12.
El secretario del ayuntamiento evidenciaba su proclividad a los progresistas.
Alababa sus intentos por resucitar la constitución del año 1837. Aducía que la carta
magna proyectaba el viejo ideario liberal progresista, si bien quedó non nata13. Su líder
indiscutible era Pascual Madoz, admirado por el valor que venía demostrando para
11
El horario de entrada y salida fue una competencia de las juntas locales. Lo establecieron según las
variaciones climáticas o por otras circunstancias determinadas. Casi siempre fue de tres horas por la
mañana y los mismos periodos por la tarde, aunque en los meses de canícula podía reducirse la
permanencia a solo una hora. La tarde del jueves se consideraba no lectiva desde la aprobación de la ley
Moyano. A. ESCOLANO BENITO, «El orden del tiempo. Almanaques y horarios para la escuela» en
Historia ilustrada de la escuela en España: dos siglos de perspectiva histórica. Madrid, 2006. pp. 73-98,
en concreto la pp. 92-93.
12
El periodo histórico ha sido objeto de estudio en dos obras paradigmáticas, una escrita por M. TUÑON
DE LARA, La España del siglo XIX, Madrid, 1971 y la otra por R. CARR, España, 1808-1939. Madrid,
1970.
13
Sobre el tiempo histórico en el que se desarrolla la llegada del maestro al pueblo se ha publicado dos
monográficos en la revista Ayer. Llevan por título: La política en el reinado de Isabel II y el Sexenio
democrático, números 29 y 44 (1998 y 2001). J. S. PÉREZ GARZÓN en el libro Isabel II: los espejos de
la reina, Madrid, 2004, elaboró un capítulo introductorio que lleva por nombre: «Las conveniencias de
una reina y las significaciones de un reinado». Hay otras aportaciones sustanciales sobre el reinado de
Isabel II en G. RUEDA HERNANZ, El reinado de Isabel II: la España liberal. Madrid, 1996. Desde el
punto biográfico es muy aleccionador el libro de I. BURDIEL, Isabel II. No se puede reinar
inocentemente. Madrid, 2004.
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establecer una ley desamortizadora14, cuyo objetivo consistía en vender los propios y
baldíos en poder de los ayuntamientos para disfrute del común vecinal. Las decisiones
del ministro, a decir del secretario, respondían a la posibilidad de fortalecer el poder
económico del Estado mediante la entrada de muchos arrendatarios en el grupo de
propietarios. Enfatizaba que hasta ese momento estaban subyugados por unos contratos
que les impedían efectuar mejoras en su utillaje aunque, todo hay que decirlo, tampoco
disponían del capital suficiente para adquirir los aperos y esa situación les condujo a
vender las parcelas adquiridas. Una expresión coloquial pergeña la situación: “la
pescadilla que se muerde la cola”.
El veterinario y el barbero callaban. Mejor dicho asentían las peroratas sin
decantarse claramente. Su única preocupación estribaba en cosas más prosaicas, como
el alza de precios. Un síntoma que ya se dejaba notar en poblaciones tan pequeñas como
ésta. A ambos le afloraba una cierta inclinación política; el uno se decantaba hacia el
nuevo líder del progresismo, Juan Prim, y el otro optaba por la opción republicana
auspiciada por un locuaz Emilio Castelar. Ninguno, por lo visto, tenía inclinación hacia
los moderados de O´Donnell. Lo evitaban al considerar que era un partido de notables,
en el cual ya descollaban jóvenes políticos como Antonio Cánovas del Castillo15.
El personaje y...
El año 1856 llegaba a Villanueva de Bogas un individuo llamado Indalecio
Felipe de la Rua y Coronel, nombre y apellido rumbosos para quien ejercía el oficio de
maestro. Iba a enseñar las nociones básicas formativas a casi treinta muchachos, todos
ellos en edad de estar en la escuela, aunque en realidad las tres cuartas partes acudían a
ella de manera esporádica. Unos se hallaban trabajando en lo que en el argot vecinal
denominaban “lo suyo”, mientras otros se alquilaban como mano de obra poco onerosa,
de esa que cobraba medio jornal, o percibía únicamente la manutención y una
gratificación al concluir la faena.
El nuevo maestro estaba soltero. Quizá le resultaba dificultoso sustentar a una
compañera si tomaba otro estado civil. Y eso que ya había cumplido los veintinueve,
14
Sobre los aspectos desamortizadores es recomendable la consulta de G. RUEDA HENANZ, «La
primera desamortización de bienes concejiles (1766-1855)», en 1802, España entre dos siglos, coord. A.
MORALES MOYA, Madrid, 2003, vol. I, pp. 233-296. El panorama castellano-manchego en A. FEIJOO,
La desamortización del siglo XIX en Castilla La Mancha. Toledo, 1990. Una biografía muy profunda del
ministro liberal fue realizada por J. PAREDES ALONSO, Pascual Madoz, progresista y liberal.
Pamplona, 1982.
15
Las vivencias y el tiempo en que desarrolló su actividad política el presidente de la I República, en C.
LLORCA, Emilio Castelar: precursor de la democracia cristina. Alicante, 1999.
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circunstancia que le convertía en soltero maduro, de los que calificaban en los pueblos
con un apelativo peyorativo: “mozo rancio”. En realidad, estaba comprometido. Había
nacido en Villaluenga, un pueblo de la Sagra toledana. De sus padres heredó grandes
virtud, algún defecto y bastantes aptitudes, aparte de transmitirle una vocación
indiscutible por la enseñanza, al ser maestros de esos de las “tres erres” —lo que sabían
contar, escribir y leer—, habilitados después de efectuar un somero examen. Felipe
cursó su instrucción en la Escuela Normal de Toledo16, en cuyos estudios para maestro
elemental sólo empleo dos cursos académicos, los de 1847 y 1848.
En los cuatro años posteriores adquirió habilidad en el oficio y obtuvo
experiencia en el trato con los alumnos al contratarle un colegio de humanidades,
ubicado en Madrid17. Después ejerció la docencia en el colegio de los expósitos de
Toledo, el de los niños abandonados que regentaba la Diputación, y completó la práctica
pedagógica en la escuela de su pueblo durante los cursos 1855 y 185618. No había
participado en ninguna oposición, así que sólo podía optar a una interinidad. La
oportunidad de cambian de nivel se produjo en enero de 1858. Entonces se celebraron
en Cuenca «exámenes de maestro de instrucción primaria». De su concurrencia obtuvo
un aceptable éxito, al conseguir el aprobado. Para poder preparar a conciencia el
complejo temario, Felipe de la Rua solicitaría un permiso para ausentarse de Villanueva.
Así lo hizo, no sin recomendar al consistorio que admitiera a su hermano en calidad de
sustituto, que de esta forma intentaba prestarle ayuda para que estabilizara su destino y
pudiera contraer esponsales.
Tales permisos debía autorizarlos, además de la autoridad local, la Junta de
Instrucción Provincial. De su beneplácito quedaba constancia en los papeles que
conserva el ayuntamiento en su archivo. Eso si, el coste económico de esa sustitución
16
La Escuela Normal comenzó a dar sus primeros pasos en 1845, pero su actividad fue suspendida en
1849. Pocos años después volvía a impartir formación, a ambos sexos, y estuvo situada en la llamada casa
de la Infantes, en la actual calle Trinidad, donde permaneció hasta 1888. H. RODRÍGUEZ DE GRACIA,
«El siglo XIX. La ciudad civil», Historia de Toledo, Toledo, 1997, p. 511.
17
No pudo ser el colegio de humanidades de Meave, situado en la calle de la Abada, ni el de Garriga,
localizado en la plazoleta de Mostenses, porque ambos eran de nivel secundario, J. RUIZ BERRIO,
Política escolar de España en el siglo XIX, 1808-1833, Madrid, 1970, pp. 163-184.
18
Las expresiones transcritas proceden de la documentación utilizada. Son una docena de expedientes, de
no más de cuatro o cinco hojas cada uno, que abarcan un dilatado espacio temporal. Para el tema
formativo de los profesores de escuela hay aclaraciones jugosas en el trabajo conjunto de A. ÁVILA
FERNÁNDEZ y J. HOLGADO BARROSO, «La formación inicial y permanente del magisterio primario
en Andalucía durante los siglos XIX y XX», en el volumen coordinado por M. I. CORTS y M. C.
CALDERÓN, Estudios de historia de la educación andaluza, Sevilla, 2006, pp. 123-190. Lo mismo
ocurre en el ya citado de RUIZ BERRIO, El oficio de maestro en la sociedad liberal, pp. 121-144.
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debía asumirlo el maestro titular, encargándose de ajustar y satisfacer al suplente su
soldada. Una de las licencias conservadas está redactada en los siguientes términos:
«Con esta fecha, y según las atribuciones que competen a esta Junta, he acordado conceder
quince días de licencia para restablecer su salud al maestro de una escuela pública, don Sixto
Martínez y Pastor, siempre que a su costa y durante su ausencia, le supla en la enseñanza el
profesor don José Martín y Ruiz, propuesto por el interesado.
Lo digo a V. para su conocimiento y demás efectos y espero aviso del día que empiece a
disfrutar de tal licencia. Al propio tiempo y para cursar la adjunta instancia, se servirá V.
informar con devolución al pie de la misma sobre la necesidad de la licencia solicitada y
aceptación de la persona propuesta para suplente.
Dios guarde a V. muchos años. Toledo 4 de marzo de 1881.
El gobernador presidente. Firma. Luis del Rey».
Las circulares de la Comisión Provincial de Instrucción Primaria servían de
correa de transmisión a las disposiciones emanadas del gobierno19. Hay que tener en
cuenta que las competencias de instrucción pública pasaron a depender del ministerio de
Gracia y Justicia en 1851 y tres años después volvía a recaer sobre el de Fomento, sin
que las asumiera un recién estrenado ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes
hasta el año 1900. Conviene advertir que la concreción del proyecto educativo comenzó
a perfilarse a partir de 1834, si bien ese interés gubernamental será más significativo en
los años posteriores, de lo cual da razón el aumento cuantitativo de leyes, planes y
reglamentos promulgados en la segunda mitad del siglo XIX. En paralelo, las
instituciones docentes fueron configurándose hasta el punto de crearse en todas las
capitales de provincia unas comisiones, dependientes de las diputaciones, con
atribuciones cardinales para administrar y gestionar las escuelas primarias. Para
conseguir tal objetivo fue imprescindible dar estructura a la inspección educativa y
19
En el espíritu de la disposición legislativa conocida como ley Moyano, o de Instrucción Pública del 9
de septiembre de 1857, hay que destacar un objetivo dual. Por un lado buscaba alfabetizar a la mano de
obra trabajadora; por otro, pretendía transmitir a la población una serie de elementos culturales comunes
que sirvieran como señas de identidad nacional. Para lograr tal fin pedagógico fue imprescindible el
desarrollar las competencias instrumentales básicas, pero sobre todo que una buena parte de la población
supiera leer y escribir, esto es, conocer y dominar los códigos del lenguaje textual, ya que el acceso al
conocimiento y a la cultura exigían estas habilidades. Una tarea que cumplieron al unísono la escuela y
los libros de texto. La ley Moyano dividía el sistema educativo en tres niveles: enseñanza primaria, que
debía ser obligatoria y gratuita, de nivel elemental, enseñanza media y enseñanza superior. En la
instrucción primaria, artículo segundo de la ley, se recoge el criterio tradicional de la existencia de dos
etapas de enseñanza: elemental, entre los seis y los nueve años, y superior, entre los 9 y los 12 −título
primero−. Establecía también el principio de gratuidad relativa -sólo para los niños cuyos padres no
podían pagarla- o los criterios ya conocidos sobre su financiación, selección de los maestros y regulación
de las escuelas normales, tal y como aparece en el artículo quinto. También creaba las escuelas públicas
de niñas. Las materias que conformaban el currículo para la primaria elemental eran: lectura, escritura,
doctrina cristiana, historia sagrada, principios de gramática, aritmética, agricultura, industria y comercio,
así como geometría, dibujo lineal y agrimensura, rudimentos de historia, geografía, historia natural y
física para la primario superior.
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comenzaron a surgir entidades burocráticas20. En muy poco tiempo, las atribuciones de
los consejos provinciales comenzaron a crecer y en ese incremento asumieron
actuaciones como la creación, conservación y liquidación de las escuelas de enseñanza
primeras letras en el ámbito provincial.
La contratación de un maestro titulado para la localidad de Villanueva de Bogas
estuvo supeditada a la ley aprobada el 9 de septiembre de 1857. Hasta entonces, las
funciones docentes estuvieron a cargo del cura Juan Labrador, ya que en las poblaciones
de menos de quinientos habitantes estaba permitido por la legislación que actuase como
tal el párroco u otro cualquier eclesiástico21. La Diputación remitió el contenido de un
extracto legislativo impreso al ayuntamiento. Allí se hacía hincapié en los esfuerzos que
realizaban la nación y el gobierno para elevar las condiciones de las escuelas de primera
enseñanza. Unas energías que requerían también de un fuerte apoyo por parte de los
ayuntamientos y de la implicación de los munícipes en las tareas educativas, ya que
debían contratar a maestros titulados, que además poseyeran una buena carga
vocacional para sacar del analfabetismo a un buen número de vecinos, sobre todo los de
menor edad.
Con el fin de rememorar la orden de la proclama gubernamental con cierta
reiteración se envió impresa. Cierto y verdad es que mientras pedía que todos arrimasen
el hombro, el escrito no dejaba de reconocer que los docentes eran el eje de transmisión
esencial para fomentar la educación. De la misma manera, asumía el que los enseñantes
requerían de mejores salarios para llevar a cabo su labor. El reconocimiento estaba
hecho, pero ahora eran necesarios los medios para hacer realidad la aspiración. Nada
nuevo hasta aquí. Los fondos, no obstante, seguían sin aparecer en los presupuestos
nacionales. Por otro lado, esa medida legislativa volvía a reafirmar algunos capítulos
contenidos en la ley de instrucción primaria del 21 de julio de 1838 y en el denominado
plan Pidal del año 1845, cuyos resultados habían sido poco alentadores22. No hay que
20
Las funciones de la inspección quedaron recogidas en el Reglamento General para la Administración y
Régimen de la Instrucción Pública de 20 de abril de 1859. Es curioso advertir que el inspector tenía que
indagar sobre la moralidad del maestro, dentro y fuera de la escuela. La escena de ir a la misa los
domingos con sus alumnos es bastante antigua.
21
En las poblaciones de menos de 500 habitantes, ante de la ley de 1857, estuvo permitido que el párroco
u otro cualquier eclesiástico pudiera ocuparse de las tareas docentes.
22
Para un conocimiento preciso de todas las eventualidades es conveniente consultar A. VIÑAO
FRAGO, «Política educativa: implantación del sistema educativo liberal del plan Pidal de 1845», en
Historia de la educación en España y América, coord. por B. DELGADO CRIADO, Madrid, 1994, vol.
3, pp. 58-66. Hay otro artículo de este autor, en el mismo volumen, titulado: «Política educativa: el
sexenio democrático, 1868-1874», pp., 265-270, además de otro trabajo, en ese mismo volumen,
elaborado por A. del VALLE LÓPEZ, «Política educativa: la educación durante la Restauración», que
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olvidar un axioma. Es el siguiente: buena parte de los ordenamientos legislativos
liberales dignificaron a los profesores, los consideraban depositarios de unas cualidades
tan fundamentales como la laboriosidad y la inteligencia, aunque, lamentablemente,
pocas veces les hicieron acreedores de una compensación económica que les
posibilitase eludir la tan vilipendiada sentencia de su profesión. Esa que hacía referencia
al hambre23.
... su currículum
El alcalde de Villanueva de Bogas respondía al nombre de Clemente Téllez. Un
hombre bonachón, tendero y propietario agrícola, aparte de hacer de prestamista,
bienintencionado cuando no le tocaban a su bolsillo. Desde la publicación de la ley
educativa buscaba un buen maestro para sus hijos y cómo político populista también
hacía extensivas esas expectativas a los de sus convecinos. Creyó haber hallado en “don
Felipe” su idílica aspiración. Nada más saber de la llegada del correo, Clemente se
llegaba a la posada para conocer al maestro que, como ya sabía, hizo parte de su viaje
en el tren y después vino hasta la localidad en la tartana. Le hizo un reverencioso saludo
e invitó a unos chatos al cenáculo de hombres distinguidos que ya estaban con el
forastero. Los vinos tuvieron acompañados de unas “cosillas de poco fuste”, las cuales
le sirvieron al recién aterrizado docente para engañar al estómago. La verdad es que fue
una cena de cuatro pinchos, con la suerte que para él tuvo un escaso coste porque no le
dejaron que pagase ninguna ronda.
Al día siguiente, según la disposición que tomó el alcalde, iba a reunirse la
comisión local de instrucción en la escuela. Valorarían si los méritos que aportaba
Felipe eran los requeridos para asumir la enseñanza primaria. No había sido trabajo fácil
hallarle. Eso que el ayuntamiento colocó a su costa un anuncio en el Boletín Oficial de
la Provincia, solicitando, según costumbre, un maestro para su escuela. La demanda
había dado su resultado gracias a la intervención de un amigo del alcalde. El pleno
debería ratificar la decisión de la junta local y, con el voto positivo, enviar su
ocupa las pp. 270-278. El 11 de febrero de 1873 fue proclamada la I República y los legisladores volvían
a plantearse la reforma urgente de la enseñanza a través de los decretos de 2 y 3 de junio de ese año.
23
A partir del año 1865 se levantó una campaña con el objeto de dignificar las funciones del profesorado,
que concluyó con la ley del 2 junio de 1868. Sin embargo, las cuestiones relativas al sueldo y a su abono
mensual sin tardanza todavía quedaban pendientes en los núcleos rurales de escasa población. Una
sobresaliente bibliografía sobre la educación en A. TIANA FERRER, Historia de la Educación en la
España contemporánea; diez años de investigación, sobre todo el capítulo elaborado de J. RUIZ
BERRIO, « La escuela pública», Madrid, 2002, pp. 77-116.
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providencia a la Dirección General de Instrucción Pública, dependiente del Ministerio
de Fomento24. En este caso, poco e intranscendentes problemas podían surgir.
En el caso de que hubiera sido un «maestro examinado», lo que posteriormente
será nominado como maestro propietario, su título profesional de destino debía
extenderlo el rector de la Universidad Central. Así se hizo cuando llegó el maestro
Tiburcio Hernández y Martín a Villanueva; un documento redactado en los siguientes
términos:
«D. Vicente de la Fuente, rector de la Universidad de Madrid.
Por cuanto en uso de las facultades que me están conferidas y atendiendo a las circunstancias
que concurren en D. Tiburcio Hernández Martín, ha sido nombrado en esta fecha por decreto de
este Rectorado Maestro de Primera Enseñanza en la escuela publica de niños de Villanueva de
Bogas, provincia de Toledo, en virtud de traslación, con el sueldo anual de seiscientas
veinticinco pesetas y emolumentos que le corresponden a tenor de los artículos 191, 192 y 196
de la Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857.
Por tanto, y con arreglo a lo prevenido, en la disposición primera de la instrucción de
diez de diciembre de mil ochocientos cincuenta y uno, expido a don Tiburcio Hernández Martín
el presente título para que desde luego y previos los requisitos expresados en dicha Instrucción y
Real decreto de veintiocho de noviembre del mismo año pueda entrar en el ejercicio del citado
cargo, en el cual le serán guardadas todas las consideraciones, fueros y preeminencias que le
correspondan. Y se previene que este título, del que se tomará razón en la Secretaría general de
esta Universidad, quedará nulo y sin ningún valor y efecto si se omitiese el Cúmplase el decreto,
mandando dar la posesión por la autoridad competente y la certificación de haber tenido efecto
por la Oficina respectiva, prohibiéndose en cualquiera de estos casos que se acredite sueldo
alguno al interesado y se le ponga en posesión de su cargo.
Dado en Madrid, autorizado con el sello de esta Universidad y refrendado por el
secretario general de la misma, a veintitrés de diciembre de mil ochocientos setenta y seis. El
Rector. Vicente de la Fuente. Hay una rubrica. El Secretario general. José Isasa. Hay una
rubrica».
Al alcalde de Villanueva le preocupaba mucho la formación de los niños y
adolescentes. Para enjuiciar el problema aseveraba: «La juventud se hallaba careciendo
de educación, al encontrarse la escuela cerrada, ya que la ley impide al señor cura
atender a ese magisterio». Sus palabras presumían un interés por solucionar, por allanar,
las dificultades. Con el nuevo maestro se abrían mayores posibilidades educativas ya
que aportaba formación específica y la titulación adecuada. La educación, tal y como se
entiende hoy, es un conjunto de diferentes fases de aprendizaje, a lo largo de periodos
de tiempo habitualmente consecutivos, aunque no siempre ni en todos los individuos ni
en los diferentes estamentos sociales se mantiene de forma constante25. Una máxima
poco fácil de entender por aquel entonces.
24
Los planes de enseñanza son analizados por A. AVILA FERNÁNDEZ, «La enseñanza primaria a
través de los planes y programas escolares en la legislación española durante el siglo XIX hasta finales
del Sexenio revolucionario», Cuestiones pedagógicas, núms. 4-5 (1987-88), pp. 173-186 y núms. 6-7
(1989-90), pp. 215-230.
25
V. INFANTES «La educación impresa», Cuadernos de Historia de España, Anejos, III (2004), pp.
227-251, en especial la p. 232.
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El nuevo docente adquirió sus conocimientos durante dos cursos, de forma
obligatoria, en la Escuela Normal de Toledo26. Su plan de estudios, a grandes rasgos,
estaba conformado sobre los siguientes principios. Unos conocimientos de religión y
moral; una aproximación al catecismo histórico, la lectura de libros impresos, de un
manuscrito antiguo y moderno, la realización de una planas de escritura en letra
mayúscula y minúscula; la noción profunda de unos principios de aritmética, como
sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, así como otras operaciones con fracciones
comunes y decimales; además de los rudimentos esenciales de la gramática española,
entre ellos las partes de la oración, el análisis gramatical, y dominio de la ortografía27.
También estudiaban el sistema de dirección, gobierno y enseñanza en las escuelas, así
como una introducción a los novedosos métodos de lecto-escritura28.
Es de suponer, tal y como ocurrió ayer y hoy sucede, que los alumnos sentían
preocupaciones diferentes a las del maestro en la adquisición de sus capacidades
instrumentales29. Su ilusión, más bien, pasaba por oír los trinos de los pájaros en el
campo e irse a jugar en cualquier charco de cercano río Algodor, que discurría a un tiro
de bala de la villa. Los más ya trabajaban de forma esporádica, aun levantando sólo
cuatro palmos del suelo30. No lo hacían por su voluntad, sino por necesidad. Los que
26
Los maestros mantuvieron una triple diferenciación. Los denominados incompletos, que no tenían
estudios específicos y se les otorgó un certificado mediante un examen previo; los elementales que
cursaban dos años de estudios en una Escuela y obtenían un título, y los superiores que estudiaban
durante cuatro años. J. A. LORENZO VICENTE, «Perspectiva histórica de la formación de maestros en
España, 1370-1990», Revista Complutense de Educación, vol. 6, núm. 2 (1995), pp. 203-234.
27
I. GUTIERREZ ZULOAGA, «Contexto histórico en el que se produce la creación de las Escuelas
Normales en España», Revista interuniversitaria de formación del profesorado, 5 (1989), pp. 45-60. J.
MELCON BELTRÁN, La formación del profesorado en España, 1837-1914. Madrid, 1992, p. 299 y ss.
Para los programas de estudios es aconsejable ver el trabajo de M. C. SANCHIDRIAN BLANCO,
«Educación institucional: las escuelas normales y el magisterio primario», en Historia de la Educación en
España y América, coordinado por B. DELGADO CRIADO, Madrid, 1994, vol. 3, pp. 396-401. Sobre
los planes de estudio conviene consultar el artículo de A. ÁVILA FERNÁNDEZ y J. HOLGADO
BARROSO, «La formación inicial y permanente del magisterio primario en Andalucía durante los siglo
XIX y XX», en M. I. CORTS GINER y M. C. CALDERON ESPAÑA, Estudios de Historia de la
Educación Andaluza, Sevilla, 2006, pp. 123-189, en concreto p. 131.
28
A. ESCOLANO BENITO, «Las Escuelas Normales, siglo y medio de perspectiva histórica», en Cinco
lecturas de Historia de la Educación. Salamanca, 1998, pp. 81-102. Hay una publicación anterior de ese
artículo en Revista de Educación, 269 (1982), pp. 55-76. Para obtener el título de maestro debían
superarse dos cursos y una revalida en la Escuela Normal, más una prueba escrita de dictado, problemas y
caligrafía. A las maestras se les pedía ejecutar unas labores con mucho dominio de la aguja.
29
J. Mª, HERNÁNDEZ DÍAZ, «De niño a escolar: el alumno como construcción pedagógica en España,
1834-1939», en ESCOLANO BENITO, Historia ilustrada de la escuela.... pp. 99-120, en especial la p.
102.
30
Las familias no prescindían del trabajo infantil porque era una ayuda complementaria. Todo ello derivó
un mundo escolar lleno de precariedades y arcaísmos en el cual el uso del tiempo reflejaba las
orientaciones de un valor de bastante entidad para los que menos tenían, a decir de ESCOLANO
BENITO, El orden del tiempo..., p. 96. La obligatoriedad escolar no se cumplió, y eso que preveía una
sanción económica. En algunas localidades, las ordenanzas municipales establecían unos artículos donde
eran castigados con multas los menores que andaban pululando por las calles. L. M. LÁZARO
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estaban considerados pobres, una vez que encontraba acomodo de trillador o yendo de
vendimia, dejaban aliviados a sus progenitores al contar con una boca menos que
alimentar. El condumio de un chavalillo, de entre siete, ocho o nueve años, resultaba
costoso, incluso comiendo mojetes; esto es, un cantero de pan relleno de aceite,
salpicado con un poco de vinagre, una pizca de pimentón y un pellizquito de sal. A esas
edades cualquier chiquillo engullía como una lima y podía con un buen puchero de
cocido, un caldero de guiso de patatas con bacalao, o aliñado con un tomate, y varias
escudilla bien repleta de gachas.
El salario del maestro
Por el real decreto de septiembre de 1857, las escuelas públicas y privadas
debían acoger a los niños y niñas en edades comprendidas entre los seis y los nueve
años. La enseñanza de unos y otros no variaba mucho, eso sí, debían estar separados y
fue más riguroso el cumplimiento de la obligatoriedad de asistencia en las féminas. Las
circulares remitidas en los años ochenta desde la capital de la provincia insistía en esa
posibilidad, sin hacer de su contenido una obligación31. También solicitaba una
información adicional. Desde el órgano de instrucción provincial deseaban tener
noticias sobre el salario que recibían los maestros de cada localidad, ya que esa
remuneración recaía sobre los fondos municipales e igualmente solicitaban datos sobre
las sumas consignadas para material pedagógico y otros gastos de funcionamiento
empleados en cada una de las escuelas existentes en las localidades del ámbito
provincial32.
El ayuntamiento ajustó el sueldo con el maestro interino Felipe de la Rua en dos
mil reales. Recibiría ese dinero por trimestres vencidos, más otros trescientos anuales
para el alquiler de la casa donde impartía instrucción y debía vivir. La municipalidad de
Villanueva de Bogas no disponía de locales donde establecer la escuela; así que optó
LORENTE, «Actitudes en torno a la educación obligatoria en la Restauración», en Clases populares,
cultura educación..., pp.189-231, en especial la p. 199.
31
La edad de inicio del proceso educativo eran los seis años, con los modelos más elementales de
adquisición de la lectura, el reconocimiento del alfabeto, identificando mayúsculas y minúsculas; en
suma, los rudimentos más básicos para poder leer un texto impreso. Los mecanismos básicos de escritura
se aprendían después. Posteriormente, aquella instrucción cardinal se compaginaba con unos fundamentos
de gramática, temas religiosos, literarios y lo que ahora llamamos conocimientos sociales. A. CASTILLO
GÓMEZ, coord., Historia de la cultura escrita. Del Próximo Oriente Antiguo a la sociedad informatizad.
Gijón, 2002, pp. 271-315.
32
La Diputación Provincial estuvo relativamente vigilante para evitar que los maestros dejasen de
percibir sus salarios mensuales, aunque ese denuedo discurrió por un camino diferente por la constante
morosidad de entes locales con sus docentes, según muestra el Boletín Oficial de la Provincia, de fecha 9
de febrero de 1899.
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por tener un recinto en arriendo, que servía de establecimiento docente y unas
habitaciones anejas utilizadas por el maestro como casa para alojarse. De ahí procede el
enjuiciamiento tan negativo de las condiciones de habitabilidad que siempre hicieron los
inspectores enviados por la Junta Provincial. Unas quejas que fueron igual de continuas
por parte de los maestros, al querer separar su escuela y su casa-habitación. La
insistencia en recomendar la disociación de ambos espacios tardó en acontecer33.
El salario de los maestro quedó regulado desde la Dirección General de
Instrucción Pública, con el propósito de acabar con las numerosas arbitrariedades
existentes. Aquella disposición sería notificada a las juntas locales de instrucción a
través de un anuncio colocado en el Boletín Oficial de la Provincia, en los números
correspondientes a los días 19 y 20 de septiembre de 1858. Al maestro le tocaría
percibir 2.500 reales por sus emolumentos anuales. Algo menos recibiría la maestra, al
fijarse su salario en 1.667 reales. De la misma manera les quedó reconocida una cifra
destinada al alquiler de la casa que habitaban, de diferente valor, pero no fue menor de
200 reales, sin sobrepasar los 300 reales, según fuese el inquilino hombre o mujer. Así
mismo, el concejo añadía una cifra para material y libros cuya utilización estaba
reservada a los alumnos más pobres. Durante el tiempo que estuvo Gil de Zárate al
frente de la Dirección General, se tuvo mucha sensibilidad por hacer más digno el
sueldo de las maestras, aunque siempre se argumentaba que sus honorarios, inferiores,
estaban determinados por la exigencia de una menor preparación para ejercer la
docencia. Era, en realidad, una falacia, porque si sus competencias quedaban
compendiadas en las labores con la aguja y el ganchillo, una buena parte de esas
educadoras conocían de carrerilla los rezos más habituales y poseyeron amplios
conocimientos de un saber más prosaico, integrado por las competencias académicas
que formaban la llamada “cultura general”.
El concejo municipal optó por permitir al profesor de la Rua, para evitar que se
fuese a otro mejor destino, impartir algunas clases particulares y “sabatinas” a modo de
refuerzo. Unas enseñanzas complementarias que ofrecería después de su sesión lectiva
diaria a los hijos de los más ricos, aunque con un inconveniente económico ya que debía
incluir, en teoría de manera gratuita, a los alumnos que tuvieran interés y sus padres
33
J. Mª. HERNÁNDEZ DÍAZ, «Espacios escolares, contenidos, manuales y métodos de enseñanza», en
Historia de la Educación en la España contemporánea: diez años de investigación, A. TIANA FERRER,
J. L. GUERENA y J. RUIZ BERRIO, coord. Madrid, 1994, pp. 191-214.
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fuesen pobres. Lo cierto y verdad es que esos discentes ocuparían esporádicamente las
sillas de la escuela, porque estaban ocupados en adquirir otro saber menos formal.
En aquel contexto, los padres consideraban su piedra doctrinal prioritaria salir
adelante cada día. ¿Qué valor añadido tenía, pues, el salario aportado por un niño o
niña? La respuesta no es otra que podía cambiar el destino diario del infortunio. Los
padres pocas veces se planteaban el dilema. Su subconsciente aceptaba que el futuro de
cualquier pelantrín era destripar terrones y resultaba más esperanzador que saber leer o
escribir adquirir la aptitud de arar con la máxima perfección, evitar que la junta sufriera
el aguijonazo de la afilada punta de la reja, cavar olivas, mullir o podar las vides con
celeridad34 Quienes detentaban esas habilidades, cabe sentenciar de manera categórica,
casi siempre tendría trabajo y no pasaría hambre.
La toma de posesión
La posesión del maestro Indalecio Felipe de la Rua y Coronel tuvo lugar en la
escuela, a primera hora de la mañana. Estuvieron presentes el alcalde, los regidores
Santiago Fernández y Bernardo Majano; el procurador síndico del común, un tal
Baldomero Tadeo, y Juan Labrador Infantes, el cura párroco. Además de los alumnos
había dos individuos de la junta local de instrucción, padres de escolares, llamados
Patricio Mora y Casimiro Pintado. El alcalde hizo de guía en esa ceremonia relativa a la
presentación. Los escolares estaban sentados en sus mesas, mientras los visitantes
permanecieron de pie cerca de la pizarra, unos sobre el entarimado y otros abajo. El
alcalde hizo la introducción y lanzó un breve discurso en el que exhortó a los discentes a
obedecer al maestro, les exigió que trabajasen las lecciones y realizaran los ejercicios
que les mandase. Efectuó una sutil intimidación para aquellos que no siguiesen el
consejo gratuito que lanzaba. Miró al maestro y con una tenue ojeada le quiso decir: «la
letra, con sangre entra, así que aplique el señor profesor la teoría con la práctica diaria».
En una esquina de la pizarra se veía una esponja para borrar y una elástica varita de
34
Un periódico local, cuya cabecera respondía al nombre EL TAJO, editado por el historiador Antonio
Martín Gomero, en el número 7, de fecha 15 de febrero de 1867, afirmaba que un ochenta por ciento de la
población toledana no sabía leer ni escribir y más del 22% de los niños en edad escolar no acudía con
regularidad a las escuelas. Cifras relativas a la región castellano-manchega en I. SÁNCHEZ SÁNCHEZ,
Castilla La Mancha en la edad contemporánea. Toledo, 1986, en los cuadros 27, 28,29 y 33, p. 96-102.
El estudio efectuado por N. A. de GABRIEL FERNÁNDEZ, «Alfabetización, semialfabetización y
analfabetismo en España (1860-1991) », Revista Complutense de Educación, vol. 8, núm. 1 (1997), pp.
199-232, incluye cuadros muy completos para analizar la evolución del problema, tomando en
consideración los valores del conjunto de la población.
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almendro. Es casi seguro que la mirada de más de uno de los estudiantes se dirigió a ese
concreto espacio. Posiblemente, una inmensa mayoría estaban escarmentados al haber
sentido en sus propias carnes, nunca mejor dicho, los efectos de tal utensilio
pedagógico.
Terminada su disertación, el alcalde Téllez ordenó al docente sentarse en la silla
que presidía la mesa de trabajo. Una mesa bastante grande, por cierto. También le pidió,
como uno de sus primigenios deberes, que enseñase a los alumnos con una actualizada
metodología para que así pudieran recoger los vecinos de ese pueblo unos frutos
abundantes en el plano educativo; o lo que es igual, debía hacer de ellos hombres de
provecho y formados desde la vertiente académica. El docente le respondió
afirmativamente. La contundencia que empleó el maestro en sus palabras tenía mucho
que ver con las ilusiones que pondría en su trabajo.
Aquellas particularidades, aunque correspondan a la toma de posesión de otro
educador, en ese caso propietario, quedaron reflejadas en un papel, timbrado como
ordenaba la ley. Estaba numerado y, así lo marcaba la ley, se le añadió un sello con la
imagen de la reina Isabel II. El documento decía:
«Toma de posesión del maestro Tiburcio Hernández y Martín.
En Villanueva de Bogas, quince de Enero de mil ochocientos sesenta y siete, hora las
diez de la mañana, y previa oportuna citación, se reunieron bajo la presidencia del Sr. Alcalde,
don Baldomero Tadeo, los señores que componen la Junta local de primera enseñanza, D. José
Mora, cura ecónomo, D. Claudio Téllez, regidor, D. Clemente Téllez y D. José Mora, en
concepto de padres de familia, y D. Juan Bautista Sánchez, y D. Andrés Álvarez, regidores, en
representación del Ayuntamiento, con objeto de dar la posesión de su destino al maestro
nombrado para la escuela de niños de esta villa, D. Tiburcio Hernández Martín, profesor,
nombrado por el Ilmo. Sr. Rector de la Universidad de Madrid, con fecha veintitrés de
diciembre último; cuyo título exhibió y volvió a recoger, así como su cédula personal expedida
por la alcaldía de Pulga.
Y al efecto se constituyó la Junta con el interesado en el local de la Escuela de niños
pública de esta villa, donde estaban sentados los niños asistentes. El señor Alcalde presidente le
dio la posesión en presencia de todos los señores concurrentes y de los niños, colocándole en la
silla de su puesto y dándole a conocer como tal maestro de niños y encargando a estos de
obedecerle en todo cuanto concierne a la enseñanza.
Y en el acto se le hizo entrega de todos los efectos y material de escuela por medio de
inventario. Y para que así conste y puedan pedirse las copias que fueren de dar y se ponga la
nota correspondiente en el título de su nombramiento, lo firman dichos señores con el
interesado, de que yo el secretario certifico».
Examen de la práctica docente
Una comisión de instrucción pública municipal efectuaba la comprobación de
los resultados obtenidos por el maestro, cuando permanecía algún tiempo al frente de
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19
una escuela35. Solía efectuarse tal evaluación cada semestre, aun así la junta local podía
constituirse por un motivo especial, sobre todo cuando acudía un inspector a examinar
los progresos de los escolares, y valorar los avances que experimentado por los
escolares en relación con el anterior examen.
El Director General de ramo de Instrucción Pública Gil de Zárate estableció, el
año 1849, unas medidas de control de obligado cumplimiento para las escuelas públicas.
Lo hizo a través de una sección que existía en todas las juntas provinciales y de ella
orden dimanaron los inspectores de enseñanza. En su planteamiento ordenancista se
hacía saber que tal figura educativa era imprescindible para controlar, mejorar y
establecer nuevos instrumentos educativos, imprescindibles para hacer realidad las
potenciales reformas que con posterioridad pudieran aprobarse. Los decretos
legislativos que conformaron sus deberes y obligaciones están recogidos en una
disposición publicada con fecha 30 de marzo, además figuran en el contenido de un
reglamento particular, fechado el 15 de mayo, y una real orden del 12 de octubre. En
esas instrucciones quedaba explicitada la forma de realizar las visitas.
Es cierto que la ley Moyano del año 1857 consolidó la figura del inspector
profesional en cada provincia, a la par que proyectó las primeras pautas para la
configuración del organigrama educativo. En su contexto general aparecían tres
organismos diferentes, las juntas de pueblo, partido y provincia, que impedirían
nuclearizar el propósito del espíritu legislativo de la medida. No ocurría lo mismo con
las funciones que ejercerían los inspectores, que eran muy especificas, entre otras la
vigilar por el cumplimiento de las leyes, gestionar que los maestros estuviera pagados
con puntualidad, examinar las necesidades educativas de cada pueblo y proponer las
mejoras que se considerasen más oportunas en materia de aprendizajes36.
35
La junta local, tal y como recogió la ley Moyano, contaba con representantes del municipio, del obispo
y el gobernador. Su función consistía en ocuparse de todos los asuntos relacionados con la enseñanza,
como designar a los maestros, vigilar la salubridad y aseo de las edificaciones escolares, estar a la mira
que se cumpliese el reglamento escolar o asegurarse de que los alumnos pobres recibían enseñanza
gratuita, además de distribuir los premios y estimular el trabajo de los niños y niñas. F. LARROSA
MARTÍNEZ, «La ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857 », O. NEGRÍN FAJARDO,
Historia de la Educación en España. Autores, Textos y documentos. Madrid, 2004, pp. 534-538.
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A. MAILLÓ GARCIA, La inspección de enseñanza primaria. Historia y funciones, 1845-1984.
Madrid, 2000. En la Web puede consultarse el trabajo de A. L. GÓMEZ y J. ROMERO, «Las comisiones
de instrucción primaria, el cuerpo de inspectores y la difusión de innovaciones educativas en la formación
práctico-teórica del profesorado en el nivel primario (1839-1933): de la vigilancia y las tareas
burocráticas a las curriculares», Avances de supervisión educativa. Revista de la Asociación de
inspectores de educación en España, (junio 2007), que deja en el aíre los planteamientos de la comisión
de instrucción primaria para ayudar a mejorar las condiciones docentes y pedagógicas de miles de
maestros
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Los inspectores también sufrieron sucesivos vaivenes. Por la ley del 2 de junio
de 1868 quedaban muy aparcadas las funciones que realizaban, aunque mantuvieron la
supervisión del sistema de enseñanza, en los momentos en que los nombramientos de
los maestros de escuela pasaba a realizarlos el rector universitario. Con la Restauración
borbónica se volvió al modelo de la ley Moyano y quedó reforzado su papel de
instructores de los maestros en las tendencias pedagógicas más innovadoras. A partir de
1901, al asumir el Estado el pago de los haberes de los maestros, la inspección dispuso
de un mayor protagonismo en el control de los profesionales dedicados a la educación
pública. Como fruto de esos cambios aumentaron las posibilidades de transmitir
directrices metodológicas con el fin de hacer los aprendizajes más instructivos, aparte
de acercar a los maestros y maestras a experimentar en torno a planteamientos
didácticos más novedosos.
Una de las visitas de la inspección a la escuela de Villanueva tuvo lugar a
primero de diciembre del año 1885. Aquel día llegó Ignacio de la Eras. Iba a asistir a
una sesión de evaluación, aunque tales exámenes no parece que tuvieran una
periodicidad fija. Más bien, habría que calificar tales presencias como bastante
irregulares37. En ese acto estuvieron el alcalde, llamado ahora Casimiro Martín Pintado,
un regidor nombrado José Romeralo, el cura y dos padres de familia, Julián Donaire y
Cosme Seguido. Sixto Martínez Pastor ocupaba entonces el puesto de maestro. El
resultado de la evaluación presentó unos parámetros muy desfavorables sobre el estado
de los conocimientos de los alumnos. La conclusión del inspector, y así lo convinieron
todos los presentes, fue que eran mediocres sus saber en disciplinas como la lectura,
escritura y doctrina cristiana; mientras que tenían un atraso mayúsculo en las demás
materias formativas. Es de suponer que esa frase encerraba un mensaje metafórico
inequívoco. En otras palabras: poseían escasos conocimientos en discernimientos, entre
ellos los relativos a la aritmética, la gramática, incluso pocas competencias en otras
asignaturas. De su caligrafía, cabe constar, que resultaba muy imperfecta.
¿A quién se debía culpar del fracaso? Como en muchas acciones humanas, en
ésta convenía saber quien no estaba desempeñando su trabajo o no podía hacerlo por
carecer de suficiente capacitación. En tal caso, y posiblemente resulta asombroso, el
37
A. VIÑAO FRAGÓ, «La inspección educativa: análisis socio-histórico de una profesión», Bourdon 51
(1999), 3, pp. 251-263. Cada seis meses recorría los pueblos y escuelas de su demarcación, con itinerario
fijados por la comisión provincial y con anuencia de los alcaldes. Hay una bibliografía abundante en el
trabajo editado por P. DÁVILA BALSERA, La honrada medianía. Génesis y formación del magisterio
español. Barcelona, 1994.
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maestro quedó exonerado del desacierto. Seguro que más de uno de los concurrentes
pensó que el profesor había hecho bastante en un luchar cotidiano, donde los novillos
estaban tan generalizados para buen número de alumnos, más en concreto entre los
designados hijos de pobres. Aparte de que el local donde estaba ubicada la escuela
reunía pocas condiciones para la docencia. Deplorables eran las de tipo higiénico e
inapropiadas para la labor formativa que esperaban obtener en la comunidad de
Villanueva. Con unos mimbres tan poco óptimos, por supuesto, pocas cestas de
conocimientos podían elaborarse. Aun así, la labor de cualquier maestro estuvo marcada
por términos tan definitorios como esfuerzo, sacrificios… y denuedo.
Cuando la inspección retrasaba las visitas, hecho que debía ocurrir con cierta
frecuencia, la junta local solía efectuar un examen general de los conocimientos
adquiridos por los niños y las niñas. Era un acto público y solía celebrarse cada
semestre en el salón del ayuntamiento o en la misma escuela. Aquella medida puede
calificarse como la evidencia más palpable del traspaso que el Estado efectuó para
controlar las escuelas por los poderes políticos más próximos. En este caso, el evento se
envolvía en palabras laudatorias. Se hacía creer que era un acto para reconocer la labor
de los alumnos y alumnas que mejor desarrollaban sus actividades. Ese sistema de
premios y castigos estaba basado en la entrega de puntos en recompensa por la
aplicación al estudio y por la asistencia regular a la escuela. No es menos cierto que en
su trasfondo fue una manera de enjuiciar la labor del maestro o maestra. Para ello, la
convocatoria tenía lugar dos veces durante el curso. Una coincidía con los días de
finales del mes de noviembre o en los previos a la Navidad. Curiosamente, de aquel acto
se levantaba un acta y es bastante interesante para historiar la práctica educadora en la
escuela de un pueblo. El testimonio de su desarrollo quedó recogido en las siguientes
palabras:
«Acta de examen general de niñas. Día 20 de diciembre de 1877.
En la sala de sesiones del ayuntamiento del pueblo de Villanueva de Bogas a veintidós de
diciembre de mil ochocientos setenta y siete, siendo las nuebe de la mañana se reunieron previa
citación y bajo la presencia del señor alcalde, D. Patricio de Mora, los señores que componen la
Junta local de primera enseñanza, que lo son don José María Mora, cura ecónomo, D. Santiago
Seguido, regidor, D, Clemente Téllez y D. Isaac Mora, en concepto de padres de familia, y D.
Luis Donaire y D. Miguel Pérez de la Serna, comisión del ayuntamiento, presente yo el
secretario con objeto de celebrar el examen general y público del presente semestre de las niñas
asistentes en la escuela pública de esta villa.
Previo aviso compareció en el local, al examen con las niñas asistentes a la escuela pública de
esta villa, la profesora que la dirige como maestra en propiedad, doña Eulogia Toledo, todo en
conformidad con la circular de la junta provincial del 27 de noviembre último, inserta en el
Boletín Oficial del inmediato 29. Vinieron las niñas con su recado de costura, libros y demás
útiles de enseñanza. Y después de saludar atentamente a los señores de la Junta, se colocaron en
sus puntos.
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Declarando abierto el acto, el señor Presidente procedió al examen de todas y cada una de las
niñas por lecciones, con vista del programa de enseñanza preguntado por la maestra y a
presencia de los padres de familia concurrentes, haciéndolas leer en diferentes libros y cartillas
y páginas distintas y dirigiéndolas varias preguntas sobre doctrina cristiana e historia sagrada y
aritmética y algo de gramática, que respondieron satisfactoriamente. Presentaron las planas de
escritura y hallaron escritas con limpieza y buena forma. También presentaron las operaciones
de costura y bordados hechos con limpieza y corrección.
La Junta, oyendo a la maestra, hizo la distribución de los premios preparados al efecto para las
niñas más aplicadas, haciéndolas conocer que estos premios era una demostración de aprecio
hacia las más instruidas, con el laudable objeto de estimularlas a la aplicación. Y dando las
agraciadas las gracias a la Junta, se retiraron con la maestra.
Seguidamente, la Junta formó un juicio sobre el desarrollo de la enseñanza y por unanimidad se
emitió en manifestarlo que respecto a la costura y bordado están las niñas bien impuestas, pero
que en cuanto a su dominio intelectual gradúan que puedan ser susceptibles de más adelantos,
encargando al señor alcalde que haga presente a la maestra los convenientes que sería que
ampliaran más, por medio de la aplicación a viva voz, las máximas de la doctrina cristiana para
que las niñas las comprendan y sepan aplicarlas, con lo que concluyó el acto, firmándolo, de lo
que yo el secretario certifico. (Hay varias firmas y rubricas).
Buenos y malos resultados
El 28 de noviembre de 1892 fue la fecha escogida para efectuar otro de los
exámenes. Su realización tuvo lugar esta vez en la escuela. Entonces las quejas de la
junta local tuvieron su concreción en el escaso número de alumnos que asistían las
clases, un hecho que fue recogido por el maestro en el libro de asistencias diarias. Los
examinadores siguieron las pautas acostumbradas. Hicieron leer a los alumnos en los
libros de lectura que utilizaban de forma cotidiana, comenzando por los de mayor edad;
después les indicaron que realizasen ciertas planas de escritura, a continuación
practicaron unas cuantas operaciones matemáticas, así como preguntas sobre la doctrina
cristiana contenida en un catecismo.
En aquella ocasión, la conclusión de los verificadores, quedó planteada por dos
disposiciones consensuadas entre todos los miembros de la junta local. Una, dirigida al
maestro, Sixto Martínez Pastor -estaba en la escuela de Villanueva desde el año 1878-,
exhortándole a sacar el mejor fruto de la enseñanza. La otra iba dirigida a los colegiales.
Les recomendaban que se aplicasen para sacar de la inversión que realizaba el
ayuntamiento el mayor provecho. Ahora era escaso ese beneficio intangible. La parte
del acta más privativa fue realizada por el secretario a órdenes de los miembros de la
comisión y perfiló una realidad más lacerante. Las pruebas determinaban que los
escolares tenían un atraso general en todos los aprendizajes. Con relación a la niñas, la
puntuación otorgada fue de regular en la escritura y la lectura, gramática y aritmética,
aunque con un notable retraso en costura y doctrina cristiana. Era necesario, pues,
establecer la causa, para así aplicar las medidas necesarias en constreñir los efectos.
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La deplorable situación sobre los conocimientos de los escolares predispuso al
alcalde para llamar la atención al maestro. Le requirió, lo primero, un mayor esfuerzo en
su trabajo. Ordenó, quizá hasta subido de tono, que explicase el programa y aplicase un
buen método de enseñanza, porque los alumnos debían aprender, ya que no les
consideraba culpables sino que el docente no tenía la suficiente formación pedagógica
para instruirles. Con toda certeza le recomendó el empleo de la vara de almendro con
mayor reiteración.
Sixto Martínez justificó su quehacer educativo. Se veía obligado a hacerlo frente
a un individuo que estaba poniendo en duda su responsabilidad diaria. Le respondió que
su método docente estaba muy actualizado. Explicó como lo desarrollaba. Tenía
distribuidos a los alumnos en tres secciones; los de la primera cursaban el abecedario,
cartilla y primeros rudimentos de historia sagrada; en la segunda sección utilizaban un
catón y el libro titulado, Corazón de la Infancia, incidiendo en las primeras y segunda
reglas de la escritura, además de enseñarles el padrenuestro, el credo y unas nociones
básicas de aritmética. Todos los días ejecutaban las mismas actividades. Los alumnos de
la tercera sección trabajaban las máximas morales, la doctrina cristiana, hasta la
penitencia, la gramática, hasta el artículo, y ejecutaban operaciones de sumas, restas y
multiplicaciones38. Sus enseñanzas se ajustaban al programa, que diríamos ahora. Para
el maestro, que argumentaba con énfasis porque en ello iba su sustento, el problema
fundamental al que debía enfrentarse a diario era el absentismo. Reiteró que tales
resultados dimanaban de la frecuente inasistencia a la escuela de los alumnos y objetó
que no podía transmitir su saber si no acudían a las explicaciones que daba.
No fue una disquisición convincente. Al menos así lo interpretó el alcalde y los
demás miembros de la junta local, por lo que decidieron efectuar sucesivas visitas
mensuales para observar sin los alumnos experimentaban progresos. En caso contrario,
efectuarían una queja razonada a la superioridad para que tal organismo determinase
qué hacer. El que hacer tenía otra lectura: el municipio quería despedir al maestro. La
Junta Provincial tuvo conocimiento de los escasos avances de los alumnos y «de lo
mucho que dejaba de desear su forma de instruir». Su posición, después de contar con
un razonado informe de la inspección, fue indagar en el motivo de todo el proceso.
38
Una propuesta del diputado Luís Peñuelas, efectuada en 1876, recomendaba a los maestros la
utilización en la escuela de una cartilla agraria, que era un testo compendiado de las nociones más
elementales de la agricultura. En 1882 fue editada una de esas cartillas por Vicente Vera y López, del
cual se conserva un ejemplar en la Biblioteca del Alcázar con la sign. 4/19879.
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Consideró que el motivo lo propiciaba la escasa presencia diaria de los muchachos en la
escuela y no por lo que los lugareños llamaban «la apatía del señor profesor»39.
El inspector Vidal López Colmenar efectuaba una visita de inspección a las
escuelas en febrero del año 1882. Sus conclusiones quedaban plasmadas en un acta y
otorgaron al maestro una nota bastante desfavorable, al considerar que la instrucción de
los niños alcanzaba sólo un nivel mediano, tirando a bajo, en asignaturas como
comprensión lectora, escritura y doctrina cristiana. Volvía a culpar de esa situación, en
una proporción importante, al ayuntamiento por mantener la escuela en un local de
escasas posibilidades pedagógica, con materiales obsoletos y de nulas condiciones
higiénicas. Recomendaba habilitaran otro espacio más apto para la docencia y les
compelió a comprar mesas o pupitres para apoyar los útiles de trabajo. Una sugerencia
que los miembros de la junta de la localidad no escucharon con la necesaria nitidez.
Da la impresión, contrastado el contenido de esas actas con otras, que el estado
de la enseñanza había ido perdiendo calidad a través del tiempo en Villanueva de
Bogas. En ese sentido, la valoración del examen efectuado a los niños el 17 de junio de
1875 deparó una excelente puntuación a los alumnos:
«siendo digno de elogio el acierto y seguridad con que los niños respondieron a
cuantas preguntas se les hicieron sobre religión y moral cristiana, historia sagrada,
teorías más elementales de aritmética, gramática y agricultura; leyeron en prosa y
verso y manuscrito con naturalidad y perfección, practicaron las operaciones de
aritmética que se les indicó y también demostraron sus conocimientos en el nuevo
sistema de medidas, pesas y monedas…».
Naturalmente, en vista de tan excelentes resultados, la junta local agradeció al
profesor Cirilo Sánchez López su trabajo, además tuvo la consideración de comunicar a
la provincial los logros conseguidos por el enseñante.
La Junta Local de Instrucción Pública
Aparte del acto público trascrito, el consejo de instrucción celebraba una o dos
sesiones ordinarias a lo largo del año. Sus componentes, además, solían acudir a otras
39
AMVB. Instrucción Pública, expediente de Sixto Martínez Pastor. Hay una estadística que refleja las
personas que a nivel nacional poseían cierta instrucción en el CATÁLOGO general de la sección española
para la Exposición Universal de París de 1867. Madrid, 1867, p. 74. El número de varones que sabían
leer y escribir ascendía a 2.414.015, el de mujeres era 715.906; quienes sabían leer pero no tenían
nociones de escritura fueron 316.557 y la, mujeres en esa misma situación eran 389.321. No sabían leer
5.034.966 hombres y 6.802.771 mujeres, lo que hacía un total de 11.837.737 personas. Hay otras cifras
curiosas, entre ellas el presupuesto dedicado a educación por el Estado, que ascendía a 23.727.010 reales.
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reuniones para tratar asuntos extraordinarios40. Formaba parte del consejo local, como
ya se dijo, el alcalde, en calidad de presidente, dos regidores, el procurador síndico del
común y dos padres de familia. El maestro no estaba incluido entre sus miembros natos.
El objeto de la convocatoria fue intranscendente en bastantes ocasiones, mientras
que en otros momentos la reunión debió abordar cuestiones de suma importancia. De
poco significativo hay que calificar el encuentro celebrado el 16 de febrero de 1861. Se
trataba de leer, al menos así quedó reflejado en el acta levantada al efecto, una orden
contenida en el Boletín Oficial de la Provincia, del 28 febrero del año reseñado. El
secretario del ayuntamiento, al día siguiente, convocaba en su despacho al maestro
Felipe de la Rua y le daba el Boletín para que lo leyera y firmase en un papel quedar
enterado.
Es conveniente advertir que la concienciación política no faltó en aquellas
citaciones. Así sucedió en la realizada el día 22 de agosto de 1858. El alcalde hizo saber
a todos los miembros como llegó al ayuntamiento una circular desde la Junta Superior
de Instrucción Primaria, contenido imprescindible de tratar sin dilación. El secretario
leyó el escrito, que venía impreso, y los concurrentes manifestaron quedar enterados de
lo que se decía. La circular constaba de un preámbulo y dos partes complementarias. En
la primera parte efectuaba un encomio hacia la política que seguía el gobierno
progresista y para ello utilizaba las siguientes palabras:
«Profundamente convencidos el Gobierno de S. M., lo mismo que los que le han precedido, y
todas las personas ilustradas y amantes de nuestro país, de que uno de los medios mas eficaces y
directos de remediar los males que le aquejan, conquistando su ventura y prosperidad, es sin
duda el mejorar y estender la educación y enseñanza de la juventud, propuso a las Cortes, y esas
discutieron y aprobaron en julio último, la nueva ley de instrucción pública, que después se
digno sancionar S. M. mandando se cumpliese en todas su partes. En ella y en las disposiciones
posteriores se da la debida preferencia a la primera enseñanza, como indispensable a todas las
clases de la sociedad y se ordena lo conveniente para el planteamiento desde 1 de enero de este
año…».
Conviene recordar que tanto los progresistas como los moderados estuvieron de
acuerdo en las grandes líneas del sistema educativo liberal, aunque serían los segundos
los artífices de su consolidación. Claudio Moyano aprovechó que los partidos se
turnaban en el poder para elaborar la ley. A toda costa quiso que salieran adelante y a su
favor contaba que no existían grandes diferencias ni en las propuestas de unos ni en la
de los otros. Ese común acuerdo de progresistas, moderados y unionistas evitó el debate
parlamentario sobre las cuestiones más delicadas y complejas, pero la gran habilidad
40
A. ESCOLANO BENITO, «Escuela y sociedad en la revolución liberal española», en Pablo
Montesinos y la modernización educativa en España, coord. Leoncio VEGA GIL. Zamora, 1998, pp. 1522.
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demostrada por el ministro permitió que su proyecto quedase aprobado de forma
consensuada y se mantuviera vigente durante algún tiempo41.
La reunión efectuada en abril de 1859 denota algunas actitudes pueblerinas. En
esos momentos ya era maestro propietario Indalecio Felipe de la Rua. Su nueva
condición profesional le había permitido contraer matrimonio. Es posible que ante las
deplorables condiciones que reunía la escuela, incluidas las higiénicas, la esposa
estuviera angustiada, al ver como eran tan inútiles los denodados esfuerzos que
realizaba su marido, sin que nadie escuchase sus peticiones. La buena mujer no tuvo
otra ocurrencia que lanzar algunas improcedentes exclamaciones contra los
componentes de la junta. El alcalde Sotero Téllez, dolido más por la actitud belicosa de
la señora del docente que por las soflamas que pudo pronunciar, al ser totalmente cierto
lo que dijo, convocó una reunión urgente. Los miembros de la junta local dejaban
constancia de la bravuconería de la mujer, al denunciar lo que ya sabían, y concordaban
dar un repaso al matrimonio. Al marido le hicieron llegar el siguiente acuerdo:
«Se haga saber al maestro que advierta a su esposa que en lo sucesivo cuando la junta se
presente en el local de la escuela, sepa que no debe impugnar a la misma, porque su presencia
se encamina a cumplir su cometido, sin que acta particular pueda serbir de nota contra el
maestro porque la Junta no conceptúa culpa de él en este asunto…».
Después de esos hechos entraba, como previsible, que el maestro de la Rua
solicitase el traslado. Tanto él como su mujer fueron conscientes de haber perdido esa
guerra. Los componentes de la junta local estuvieron orgullosos de haberle dado un
apercibimiento por su actitud pusilánime. Bueno, ellos quizá le definiesen como “el tío
baldragas”, por eso de que se dejó dominar por su mujer.
Con fecha 28 de julio de 1861 tuvo lugar una nueva sesión de la junta local de
instrucción. Estuvo presidida por el alcalde de entonces Juan Antonio Escudero y contó
con la presencia de dos padres de familia. Decidieron, tal y como indicaba la circular
que les habían remitido desde Toledo, ampliar en una hora más la estancia de los niños
y niñas en sus respectivas escuelas, a cambio de no tener ninguna actividad lectiva por
la tarde, sólo durante los meses de verano, ya que el calor que hacía en el recinto escolar
no facilitaba el aprendizaje42.
41
MEC, Historia de la Educación en España, Madrid, 1979, vol. II, donde se inserta la Ley de
Instrucción Pública de fecha 9 de septiembre de 1857.
42
El peligro de epidemias durante la canícula y la insalubridad de muchos locales destinados a escuelas
llevaron a los higienistas a plasmar en láminas la prevención de enfermedades como el paludismo, a la
vez que el tiempo de descanso comenzó a convertirse en algo higienizador y eugenésico, ESCOLANO
BENITO, El orden del tiempo..., p. 94.
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La convocatoria efectuada el 28 de agosto de 1873 tuvo la consideración de
urgente. El punto del día era dar a conocer la renuncia que presentaba el maestro
Antonio López. El alcalde, entonces un vecino llamado Patricio Mora, y los demás
miembros de la junta decidieron no autorizarle a que abandonase sus deberes hasta el 8
de septiembre. Alegaron que la renuncia debía pasar ante la Provincial, o ante el
inspector, para que fuese mucho más rápido el nombramiento de un maestro interino. La
liquidación de haberes se produjo el día 6 de septiembre. El secretario del ayuntamiento
le abonó la suma de 208,33 reales por su salario de agosto, más 41, 67 por los seis días
del mes siguiente. Como era de suponer, no hubo derrama de paga extraordinaria ni
abono de vacaciones.
Las maestras
La provisión de la plaza de maestra no tuvo efecto hasta octubre de 1858. Existía
una persona en el pueblo llamada Lucia Sánchez Valladares que recibía a las niñas en su
casa previo pago de una cifra diaria. Ese “recogedero”, término empleado con harta
frecuencia en los pueblos para definir el tipo de enseñanza allí impartido, lo mantuvo en
un espacio reducido y en las mínimas condiciones para la casi cincuentena de escolares
que recibía. Cada una de las asistentes utilizaba una silla, que previamente había
llevado. La enseñante —conocida desde el siglo XVII como el ama— tuvo una mesa en
la habitación y sobre la cual dejaba sus escasos materiales. Las discentes ejecutaban los
deberes sustentando los efectos de trabajo sobre sus rodillas. Así copiaban, con un
pizarrín de yeso, las letras en su pizarra o efectuaban unas simples operaciones
aritméticas. Identificaban y reconocían todo el alfabeto mediante la audición previa,
cuyos conocimientos consolidaban con la posterior repetición en voz alta y a coro.
Luego introducía la lectura de sílabas, de dos y tres letras, hasta su total reconocimiento.
Entretanto, otra parte de las niñas deletreaban, en voz alta, el alfabeto ayudadas por
compañeras más diestras, quienes las corregían los posibles fallos. Hubo otro grupo que,
más avanzadas en el deletreo, efectuaron las lecturas en voz alta y otras recitaban las
oraciones aprendidas de memoria. Con el avance en el dominio de la lectura se pasaba a
desarrollar el control de la escritura43.
El caso es que esta propuesta no satisfizo al alcalde, ni tampoco a los miembros
de la junta local. En su consideración, la persona nombrada no reunía las condiciones
43
Hay aportaciones más amplias en S. SANROMÁN, Las primeras maestras. Barcelona, 1998.
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requeridas a una enseñante. Así que solicitaban revocar la orden. La petición llegó a
Toledo. Fue estudiada y respondida. Reconocían en la Junta Provincial que la persona
elegida carecía de de la idoneidad suficiente para desempeñar una eficiente labor
docente, pero servía para enseñar costura y doctrina cristiana; es más, en la alegación se
decía haber superado un examen elemental y acreditar la inspección sus aptitudes, una
habilitación que le permitía regentar una escuela.
El alcalde se mostraba conforme en que el ayuntamiento aportase una cifra en
concepto de subvención por la labor que realizaba esa persona, pero creía improcedente
pagar el sueldo que por las instancias superiores se había fijado para las maestras44. Lo
cierto es que esta mujer consiguió, por medio de la inspección, el reconocimiento del
ayuntamiento a su pretensión y comenzó a actuar como maestra interina, con un sueldo
de mil seiscientos sesenta y siete reales. Es de lamentar una cosa. Sus condiciones
profesionales cambiaron sustancialmente pero el local de la escuela seguía siendo el
cuarto que tenía habilitado en su casa para ese efecto.
La maestra llamada Lucía Sánchez permaneció en la escuela hasta abril del año
1859. Sería sustituida por Manuela Sánchez Adalid como interina y permaneció hasta
finales de junio de 1863, al ser relevada por otra interina llamada María Ignacia
Hernández. A continuación se hizo cargo de la escuela Gregoria Rodríguez, en calidad
de maestra titular y, a los pocos meses, volvió Manuela Sánchez, una vez aprobada su
oposición, manteniéndose al frente de la escuela de niñas durante varios años.
Eulogia Toledo y Alonso ejerció en el pueblo bastante tiempo. Mujer de buena
formación académica, y grandes habilidades, enseñó las competencias básicas a sus
alumnas, sin descuidar inculcar las instrumentales. Puso mucho interés en que
aprendieran a leer, escribir, contar y coser, además de adiestrarlas en doctrina cristiana y
a confeccionar unas primorosas labores de canutillo. Lamentablemente, el sueldo
percibido por su trabajo fue más bajo que el asignado a su colega, que por eso de ser
hombre recibió casi quinientos reales más. La discriminación por cuestión de sexo
entonces estaba a la orden del día.
Esta mujer utilizó dos tipos de enseñanza. Por un lado hizo hincapié en la
individual, para ocho niñas, ocupándose de ellas casi en exclusividad, quizá porque sus
padres pagaban un complemento. La ventaja que tenía ese método consistió en
adaptarse mejor al ritmo de cada alumna, aunque con la desventaja de no prestar la
44
El Diccionario de Madoz indica que la cifra total del presupuesto destinada a la enseñanza en
Villanueva ascendía a 4.460 reales y a la escuela asistía cuarenta niños y niñas.
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suficiente vigilancia al grupo. En ese momento las alumnas registradas en el libro de
matrícula eran veintiocho. Hay otra cosa llamativa en su metodología. Las destrezas
básicas las enseñaba con la técnica denominada de simultaneidad. Las alumnas estaban
divididas en secciones en función de su nivel y para dedicarse la maestra a todas ellas
utilizaba a una chica del nivel más adelantado, la cual hacia trabajar a las demás e
incluso las aclaraba sus dudas. La maestra dedicaba, una vez concluidos los deberes, un
tiempo a examinarlos45. La información que suministra la fuente evidencia que la
escuela de niñas estaba divida en seis secciones. En todos los grupos se ejercitaba la
lectura, escritura, doctrina cristiana y costura. En los niveles cuarto y quinto se
efectuaban destrezas básicas con operaciones aritméticas, mientras que la gramática se
estudiaba en sexto. La caligrafía estaba presente en estos niveles finales, porque Eulogia
era proclive al aprendizaje concurrente en contra de los que consideraba el común de la
gente de su profesión.
La enseñanza destinada a la niñas no requería entonces que las maestras tuvieran
grandes conocimientos y si muchas habilidades manuales. A un nivel general, las
enseñanzas estaban basadas en nociones de doctrina cristina e historia sagrada, el
aprendizaje de la escritura mediante copia y la lectura efectuada de forma repetitiva46.
En los cursos más elevados de esas escuelas unitarias se enseñaban algunos principios
de lengua castellana, con ejercicios de ortografía incluidos, y unos fundamentos básicos
de aritmética, con las aportaciones del sistema decimal, pesas y medidas, aparte de las
normas de educación, unas cuantas nociones de higiene doméstica y bastantes labores47.
Severo Catalina, ministro de Fomento, promulgó una ley de instrucción primaria
en junio de 1868 con el propósito de dar una orientación netamente conservadora a la
enseñanza pública. El aspecto más conflictivo estribó en ampliar la intervención del
45
La ley de instrucción pública de fecha 9 de septiembre de 1857 recomendaba secuenciar los contenidos
de las diversas materias en ocho secciones en las que se dividían las alumnas de la escuela unitaria. Con
toda probabilidad, la maestra mencionada pudo elaborar una programación como guía de trabajo del aula
y distribuir a las alumnas en tales compartimentos o niveles.
46
A. VIÑAO FRAGO, «Adoctrinadores y adoctrinados. Catequesis y educación en la España de la
segunda mitad del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX», Cuadernos de Historia Moderna, anejos 3
(2004), pp. 85-111, donde analiza algunos catecismos utilizados para la enseñanza de la doctrina y resalta
el control de los párrocos sobre su feligresía, incluida la escuela Las técnicas de transmisión de
conocimientos en la enseñanza de la lectura sufrieron pocos cambios con las que se aplicaban en tiempos
anteriores. M. REYES GARCÍA HURTADO, «Reflexiones sobre algunos textos destinados a enseñar a
leer y escribir en España entre 1700-1780», Obradoiro de Historia Moderna, 13 (2004), pp. 7-38.
47
A partir de 1852, los maestros estaban obligados a enseñar a sus alumnos el sistema métrico decimal,
una medida liberal encaminada a la unificación del sistema de pesas y medidas. A. VIÑAO FRAGO, «La
enseñanza de la lectura y escritura: análisis socio-histórico», Anales de documentación, 5 (2002), pp. 345359. El centro del currículo fueron las labores, a decir de P. BALLARIN, La educación de las mujeres en
la España contemporánea. Madrid, 2001, p. 54.
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clero en los niveles más elementales de la enseñanza. Las medidas organizativas
propugnadas por el decreto determinaron la desaparición de la división existente de
escuelas elementales y superiores, además de modificar levemente los programas e
introducir unas sencillas nociones de historia48 y geografía de España como materias
obligatorias. Los acontecimientos revolucionarios posteriores impidieron la puesta en
ejecución de esa normativa; sin embargo, tales planteamientos preveían una notable en
la ampliación de la cultura científica de los escolares.
Durante el Sexenio revolucionario fueron presentados en las Cortes varios
proyectos de ley. Manuel Ruiz Zorrilla remitió uno a las Constituyentes, el año 1869,
cuya novedad consistía en resaltar el establecimiento de la libertad de enseñanza. Más
explícita era en este sentido la proposición de ley que llevó Manuel Becerra, la cual se
debatió en el Congreso el año 1871. Su oferta admitía la existencia de una instrucción
elemental incompleta y obligaba a estudiar unos rudimentos de geografía e historia de
España en las escuelas de niños. Eso si, desaparecían las nociones de industria y
comercio, pero se conservaba la enseñanza de la agricultura. Con la Restauración todas
estas iniciativas quedaron olvidadas. Durante el predominio canovista en el poder, fruto
de la política reaccionaria del ministro Orovio y la relativa liberalización del conde de
Toreno, apenas si se introdujeron cambios que mejorasen la instrucción pública, como
ratifican los historiadores de la educación49. En definitiva, la política educativa de los
primeros años de la Restauración fueron determinantes en el sentido de que marcaron
un punto de inflexión, a partir del cual se comienzan a hacer más hondas y patentes las
diferencias culturales de España respecto a otros países europeos. No resulta extraño,
pues, que ante las escasas miras educativas, fuese restablecida la normativa de la ley
Moyano y se retomaran los programas de instrucción primaria de los gobiernos
liberales50.
48
Sobre los objetivos formativos de la historia y el método pedagógico de aprendizaje existe un estudio
debido a R. CUESTA, Sociogénesis de una disciplina escolar: la Historia. Barcelona, 1997.
49
El conde de Toreno llegó al ministerio en 1875 y permaneció cuatro años al frente. No consiguió
promulgar una nueva ley de Instrucción Pública pero trató de coexistir con el decreto del 21 de octubre de
1868 A. CAPITÁN DIAZ, La educación en la I República española. Valencia, 1997, p. 23. J. MARTÍN
JIMÉNEZ, El sistema educativo de las Restauración. Primaria y secundaria en el distrito universitario
de Valladolid, 1875-1900. Valladolid, 1994. J. RUIZ BERRIO (dir), A. MARTÍNEZ NAVARRO et alii,
La Editorial Calleja, un agente de la modernización educativa en la Restauración. Madrid, 2002, p. 37,
muestra los progresos de la escolarización y el aumento sustancial del número de maestros por aquellos
años.
50
La Geografía, como caso curioso a comentar, volvía a estar ausente de la enseñanza elemental, a decir
de J. MELCON BELTRÁN, «La geografía y la formación de los maestros en España, 1836-1914», Geocrítica, 83 (sep. 1989).
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31
Material didáctico y objetos escolares
Los recursos utilizados en la enseñanza primaria fueron limitados. La misma
problemática asumían los materiales curriculares con los que contaba cada maestro en
su escuela51. El ayuntamiento proporcionaba una cifra anualmente para “menaje”, léase
material de trabajo, ajuar, que debía emplearse en las necesidades más prioritarias que
hubiese a lo largo del año. La ley Mojano hizo responsables a los maestros y maestras
de la compra y conservación del material escolar necesario para la docencia; eso si, no
determinó la cantidad que debía destinarse para la adquisición de mobiliario y material.
El exiguo presupuesto servía, además, para blanquear el local donde estaba ubicada la
escuela y otra parte de la asignación iba destinada a pagar al aguador que aprovisionaba
el agua utilizado por chicos y chicas para beber. Se utilizaba igualmente para abonar al
carbonero que suministraba el combustible quemado en los braseros durante el invierno;
aparte de otra partida para sufragar el coste de barrer y fregar diariamente el suelo del
recinto. Desde la junta local, con cierta reiteración, hubo intentos de economizar al
máximo, hasta el punto de rechazar algunas propuestas de compras. Esa negativa se
justificó con expresiones tan incongruentes como la estrechez de recursos municipales
para efectuar adquisiciones, añadiendo que de los materiales se sacaba poco beneficio52.
En el año 1859, las niñas utilizaban un mobiliario escolar bastante precario. En
la escuela había una mesa grande, con cajón y cerradura y llave, de pino, teñida de
negro, utilizada por la maestra, de unas medidas tan curiosas como las siguientes:
«cinco cuartas de latitud y una vara de longitud». Además de la silla para la docente
quedó inventariada otra mesa para las alumnas, una sola, más un reloj, un encerado y
una esponja para borrar la pizarra.
El material escolar existente en la escuela estaba constituido por una amplia
amalgama de objetos, desde una docena de dedales, cincuenta plumas, tres varas de
percal blanco y varios hilos de algodón.
51
CONFERENCIAS agrícolas de la provincia de Madrid, recopiladas e impresas por orden de la
Dirección General de Instrucción Pública, Agricultura e Industria, siendo ministro de Fomento el señor
conde de Toreno. Madrid, 1876, p. 496 aporta una estadística de población en donde queda indicado el
número de alumnos matriculados en las escuelas. Hay una observación muy curiosa que expresaba lo
siguiente: “el maestro no cuenta con elementos didácticos, a no ser los que existen en la localidad, con lo
que resulta pernicioso enseñar; sería mejor tener instrumentos adelantados...”. El presupuesto destinado a
enseñanza a nivel nacional fue de 1.045.372 pts en 1887-88 y de 1-091.583,45 en 1893-94. MINISTERIO
de Fomento. Presupuesto de 1893-94. Madrid, 1895, Biblioteca del Alcázar, sig. 4/19929.
52
Las autoridades de las ciudades seguían otras pautas, aunque tampoco se caracterizaban por ser
generosas en el apartado enseñanza. A. Mª. MONTERO, «Escuelas, alumnos y maestros: la aplicación de
la ley Moyano en Sevilla», en Estudios de Historia de la Educación Andaluza, pp. 47-89.
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No carecía de libros, sin ser muchos para el número de escolares presenciales,
destinados a la transmisión de conocimientos. Figura uno de oraciones de entrada y
salida, unas muestras de escritura según el método de Iturzaeta53, otro titulado: Útiles de
enseñanza para las niñas pobres, varios catones de Seijas54, las llamadas Páginas de la
Infancia del doctor Terradillos55, el llamado de la Doctrina Sagrada, además de alguna
cartilla de la editadas por un tal Flores. En las estanterías del recinto escolar figuraban,
además de los reseñados, un catecismo del padre Ripalda, imprescindible para la
formación cristiana56, las fábulas de Samaniego, utilizadas para transmitir máximas
mediante un discurso poético de fácil aprendizaje por su repetición en voz alta y rimada.
No quedó constancia de otros títulos, aunque si se sabe que estaban relacionados con las
materias de urbanidad, comportamiento y unas reglas para tratar a las autoridades57. El
manual del abate Fleury era aprovechado para instruir en Historia Sagrada. Había varios
silabarios empleados en el aprendizaje de la lectura, entre ello uno distribuido por la
editorial Hernando; librería que vendía unos cuadernos de caligrafía muy empleados
para modificar el tipo de letras58. Como textos impresos para profundizar en las cuentas
y otras operaciones matemáticas se empleó una aritmética que hizo Genaro del Valle, la
53
Para la enseñanza de la escritura se estaba utilizando en Villanueva el opúsculo realizado por José
Francisco Iturzaeta, Arte de escribir la letra española, editado en 1827. Un grabado del personaje incluye
el artículo de N. de GABRIEL FERNÁNDEZ, «Formas de enseñar y modo de aprender en la escuela
tradicional», en ESCOLANO BENITO, Historia ilustrada de la escuela en España..., p. 188.
54
El sustantivo catón se aplicaba a una cartilla escolar. Procedía de un librito atribuido a Marco Poncio
Catón, una compilación de sentencias morales en verso utilizadas para iniciar a los niños en los
rudimentos de la lectura. En los tiempos medievales fue utilizado como prontuario de primeras letras para
silabear frases latinas. No era infrecuente iniciar la lectura con cartas elaboradas por el maestro, las
cuales contenían, silabas, palabras y pequeñas frases. La editorial Paluzie Cantalocella, de Barcelona
editó la Guía del artesano, cuyo fundamento fueron un amplio espectro de modelos de cartas emitidas y
recibidas, según aparece en las ilustraciones finales de este artículo.
55
Ángel María Terradillos fue autor de un Evangelio para los niños que publicaba la editorial Hernando.
F. CANES GARRIDO, «Libros de texto utilizados en las escuelas de Valencia a principios de siglo
(1900-1908)», en A. TIANA FERRER, El libro escolar, reflejo de intenciones políticas e influencias
pedagógicas. Madrid, 2000, pp. 383-402, sobre todo p. 388.
56
El catecismo había que aprenderlo de memoria y en su literalidad, porque esa precisión evitaba las
rectificaciones del párroco cuando visitaba la escuela para realizar esa supervisión externa. DE GABRIEL
FERNÁNDEZ, Formas de enseñar y modo de aprender..., p. 187. El de Jerónimo de Ripalda fue impreso
por varias editoriales, como también fueron numerosas las ediciones en castellano del Catecismo
histórico de Fleury. A. PALAU Y DULCET, Manual del librero español, Barcelona, 1951, t. 5, p. 415416.
57
Aunque es la palabra que se utiliza en el texto manuscrito, bien pudieran ser unas nociones básicas de
urbanidad, como el Pensil de las niñas o un tratado de Esteban Paluzie. Sobre estos aspectos J. L.
GUEREÑA, «El mercado de los manuales de urbanidad», en TIANA FERRER, El libro escolar..., pp.
240-252. La enseñanza de la lectura, la del cálculo, el sistema métrico, la urbanidad, el catecismo y las
verdades dogmáticas de la religión forman parte del currículo que adoptaban lo docentes y aplicaron a los
escolares.
58
A. VIÑAO FRAGO, «Aprender a leer en el Antiguo Régimen: cartilla, silabarios y catones», Historia
ilustrada del libro escolar en España. Del Antiguo Régimen a la II República, coord., por A.
ESCOLANO BENITO, Madrid, 1997.
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33
obra de Clarión y un librito elaborado por un profesor apellidado Aguilar59. A todo lo
anteriormente descrito hay que añadir, según el inventario, tres cuerdas de cañamazo,
una esponja, una barra de yesones, tres manos de papel, una orla y seis medallas para
premiar a las niñas de mayor aplicación60.
No conviene olvidar que la actividad de los niños y niñas que asistieron a las
aulas se concentró en el aprendizaje rutinario y memorístico de los números y letras,
hasta lograr contar, escribir y leer. El conocimiento de la lectura se efectuó a través del
tradicional deletreo, con la técnica de repetición constante de las grafías incluidas en
silabarios y catones, recurriendo con frecuencia a la recitación y memorización en coro.
El de Navarro sería uno de los manuales utilizados para la lectoescritura, desarrollado
bajo una metodología bisilábica o trisilábica.
Durante el último tercio del XIX, en la escuela de Villanueva solía ejecutarse el
conocimiento de la escritura al unísono que la lectura, hasta el punto que fue corriente
efectuar continuos repasos sobre el abecedario y, en paralelo, realizar los trazos de letras
minúsculas e igualarlas a la muestra colocada en un pizarrín o en una plana de papel61.
En algún inventario aparecen unos cuadernos de actividades, denominados de Ibarra,
que debieron ser bastante demandado para perfeccionar la lectura y, en paralelo, la
escritura. Posiblemente los colegiales dispusieron de otras lecturas paradidácticas en el
local, preferentemente relacionadas con el mundo, los útiles y las técnicas agrícolas62.
Para transmitir con mayor eficacia los conocimientos de historia sagrada solían
utilizarse, en calidad de recursos didácticos, unas láminas grandes que llevaban pintados
diferentes pasajes bíblicos. Aquel recurso fue lo más inmediato para plasmar el axioma:
59
Del Valle compuso también un manual titulado Espejo de las niñas. Fue un espejo hipotético donde
podía mirarse la mujer sabia y virtuosa al tiempo que fue un rico pénsil de conocimientos y consejos con
el que guiar a las jóvenes en su camino de perfección. A. ESCOLANO BENITO, «La codificación de las
primera manualística», en Historia ilustrada de la escuela..., p. 228. A. TERRON y P. ALONSO, «La
historia de las disciplinas escolares, una contribución esencial al conocimiento de la escuela; el caso de la
Aritmética», Revista Complutense de Educación, 10 (1999), 1, pp. 305-333.
60
A. COSTA RICO, «El ajuar de la escuela», Historia ilustrada de la escuela en España. Dos siglos de
perspectiva histórica, coord. A. ESCOLANO BENITO, Salamanca, 2006, pp. 197-218.
61
La enseñanza de la escritura se realizaba mediante muestras caligráficas elaboradas por los maestros
calígrafos, como Iturzaeta. A. TERRON BAÑUELOS, «Lo que la escuela transmitió: el currículo y su
acreditación», en Historia ilustrada de la escuela en España, pp. 145-169, en especial p. 148.
62
J. L. VILLALAIN BENITO, Manuales escolares en España, III. Libros de texto autorizados y
censurados. Madrid, 2002. Los procedimientos didácticos intuitivos, silabarios en letras sueltas, o
mecanismo para enseñar a leer como cintas giratorias y mesas fonéticas, contadores de ábacos,
colecciones de sólidos, Mª. del M. DEL POZO, Currículo e identidad nacional. Regeneracionismo,
nacionalismo y escuela pública (1890-1939). Madrid, 2000, tardarían mucho en llegar, o nunca lo
hicieron, a las escuelas rurales. El estudio de la agricultura estuvo basado en el modelo catequético
contenido en unos manuales pequeños que contenían preguntas acerca del cultivo de la tierra y el cuidado
del ganado, las cuales debían memorizar los escolares DE GABRIEL FERNÁNDEZ, Formas de enseñar
y métodos de aprender..., p. 189.
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«una imagen vale más que mil palabra»63. La geografía se enseñó con la utilización de
mapas, en los cuales estaba representada la Península Ibérica, Europa o hubo un
planisferio64. Algunos de esas colecciones de estampas, confeccionados a color, y
relacionados con el arte, la historia y la geografía pueden verse en las fotos incluidas al
final del artículo, donde también aparecen portadas de libros y otros materiales antiguos.
El presupuesto de las escuelas
El presupuesto docente en Villanueva de Bogas, tanto de la escuela de niñas
como la de niños, no presentó grandes oscilaciones en el transcurso del tiempo.
Observando un periodo tan amplio como el comprendido entre los años 1853 y 1900,
las asignaciones fueron de 877 reales para los años cincuenta y de 625 reales en el año
1863. Durante el ejercicio presupuestario de 1880 ascendía a 156,25 pesetas, cantidad
que recibía cada una de las escuelas existentes y así se mantendrá entre aquel año y el
de 1897, sin introducir ningún elemento corrector con la inflación y tanto el maestro y
como la maestra percibían idénticas cifras año tras año.
La adquisición de material competía a los maestros. Las compras la realizaban a
diferentes proveedores. En el vecino pueblo de Mora, la lampistería de Carlos Roldán
suministraba numerosos objetos y lo mismo ocurrió con un almacén de paquetería y
quincallas que tuvo José Sobrerroca. Allí solía comprar el papel pautado, las plumas, los
cortaplumas, pizarrines, ingredientes para hacer tinta, los libros de las fábulas de Iriarte,
epítomes de Gramática, la agricultura del olivar, y otro nombrado el lenguaje de los
niños… Otro de los proveedores de material escolar, el llamado menaje, fue un tal
Manuel Blanco, establecido en Villanuelas, que actuaba como representante de algún
comercio de Madrid o Toledo. Con relativa frecuencia, los profesores de la escuela rural
63
Esos materiales podían ser cualquier dispositivo o equipo que se utilizaba para transmitir información
entre personas. Presentan una amplia polisemia en lo que respecta a su denominación: medios, recursos,
materiales didácticos, según los trabajos realizados por A. ZABALZA, Diseño y desarrollo curricular.
Madrid, 1987. J. GIMENO, «Los materiales y la enseñanza», Cuadernos de Pedagogía, 122 (1991), pp.
56-59. A. VIÑAO FRAGO, «Del alfabeto a la imagen: notas históricas», Cuadernos de Pedagogía, 216
(1993), pp. 12-14. Una amplia aportación sobre libros de tendencia religiosa en M. MORALES MUÑOZ,
Los catecismos en la España del siglo XIX. Málaga, 1990. Las ficciones y cuadros de Calleja fueron
utilizados para intentar explicar a los niños la creación divina del cosmos desde la nada, el pecado
original y todas sus consecuencias posteriores. Una ilustración en COSTA RICO, El ajuar de la
escuela..., p. 213.
64
La Geografía fue un ejercicio de imaginación y los mapas formaban parte del escaso apoyo didáctico.
Sobre los mapas litografiados a cinco tintas que ofreció la editorial Calleja, RUIZ BERRIO, La Editorial
Calleja...., 183. M. DOMINGO LÁZARO, «Material didáctico: texto y representaciones». Etnohistoria
de la Escuela. XII Coloquio Nacional de Historia de la Escuela coordinado por A. ESCOLANO
BENITO. Burgos, 2003, pp. 535-546. La enseñanza que contenía un mensaje pestalociano, intuitiva y
utilitaria, era muy costosa para las escuelas rurales, pero los cuadros ilustrativos, ricos en información
visual, iban a convertirse en la vía sustitutoria.
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efectuaban algún pedido a la editorial de Saturnino Calleja, sita en la calle Valencia, de
Madrid, especializada en la edición y venta de obra de una enorme miscelánea65.
Todos los elementos materiales relacionado con la estampería y hologramas
procedía de Toledo, así como los libros de registro de asistencia diaria. Ese instrumental
sería comprado en la casa de Celedonio Martín, una tienda especializada en objetos de
escritorio y bártulos para escuelas de primera enseñanza, según constaba en su
anagrama. La papelería de Menor Hermanos facilitaban las orlas, los distintivos con que
era premiado el alumnado de mejor aprovechamiento al concluir el curso.
Algunos de los maestros que pasaron por la escuela de Villanueva, entre los que
cabe destacar a Sotero Pascual y Ayllón, complementaron sus conocimientos con la
suscripción a una revista técnica llamada Anales de Primera Enseñanza66. Ese periódico
mensual recogía, además de toda la legislación, las innovaciones pedagógicas que
mejores resultados daban en el campo docente, incluso sirvió de portavoz reivindicativo
para mejorar las condiciones económicas del magisterio. Sus páginas formativas
denotan el interés de los maestros, encerrados en pueblos de menos de mil almas, por
estar al día en los avances de su profesión y de lo positivo que les podía resultar utilizar
nuevos planteamientos metodológicos a su diario quehacer. Lo lamentable es que, en el
año de la Restauración borbónica, el ayuntamiento ordenó dejar suspendida esa
suscripción, porque, en opinión de la junta local, era un gasto innecesario y no aportaba
ninguna ventajosa novedad para la enseñanza. Una actitud caciquil muy propia de los
tiempos que corrían.
Los enseres educativos
El mobiliario y los efectos docentes eran inventariados cada vez que se
marchaba uno de los maestros. Esos recuentos son un buen punto de observación para
conocer su cantidad y variedad. De entre las comprobaciones que se conservan, hay una
muy elaborada que fue realizada cuando dimitió el maestro Manuel Manzano, en el año
65
J. RUIZ BERRIO La Editorial Calleja..., p. 102. En el ámbito de la Historia editó una Explicación a las
láminas de la Historia de España, cuyas escenas aluden a batallas significativas y a muerte de personajes
célebres: entrada de Aníbal en Sagunto, muerte de García II, últimos días de Numancia, Amadeo I
visitando el cadáver de Prim, etc. etc.
66
COSTA RICO, El ajuar de la escuela..., p. 215, incluye el examen, publicado en los Anales, sobre el
estado de la escuela pública de Puertollano, al ser considerada un buen ejemplo de dotación,
funcionamiento y estado. La escuela era un salón con cuatro ventanas (situadas en dos lados)... consta el
aula de plataforma, mesa y sillón, crucifijo y retrato de la reina. En la misma pared frontal se encuentra a
su derecha el cuadro de distribución horaria y un reloj; a su izquierda, el cuadro de premios y castigos, el
termómetro y dos encerados, siendo uno de ellos caligráfico.
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36
1901, al dejar reflejado los elementos del mobiliario, el material y los recursos
didácticos67.
Aparecen los siguientes enseres. Un crucifijo de talla con un dosel; un cuadro
con el retrato del rey Alfonso XIII68; dos tablas con oraciones, una de entrada y otra de
salida, con medias cañas; cuatro tablas de aritmética, con medias cañas; un cuadro del
sistema métrico decimal, representado las medidas, pesas, etc. Dos encerados de hule,
utilizados ambos para efectuar las operaciones aritméticas69. Un sistema contador de
números enteros, en forma de atril; más una colección completa de carteles del sistema
de Flores. Un jarro de baño para que beban los niños; un cubo y una regadera de cinc.
La mesa del profesor y una escribanía sencilla, con dos vasos; un sillón con dos brazos;
tres bancos para asiento de los niños70; cuatro cuerpos de carpintería (es de suponer que
fuera una estantería); diez pizarras de cartón; diez padrenuestros de escritura, en tabla,
más otros seis en cartón. Un escudo y bandera nacional con su asta; un libro de
asistencia diaria; un libro de matrícula; un libro nuevo de contabilidad, en el que
constaban las cuentas desde 1893 hasta 1900; un libro de correspondencia oficial y otro
de las visita de la inspección, efectuadas por lo general cada cinco o seis años.
Aparte del material indicado se relacionaba algunos manuales y otro material
impreso más diversos: media docena de manuscritos de la editorial Paluzie; tres
ejemplares de Deberes de los niños, de Calleja; cinco ejemplares de festividades de la
Iglesia; seis ejemplares del Lenguaje de los niños de Calleja; dos ejemplares de Las
obras de misericordia, de Hernández; cuatro de Fábulas de Samaniego; siete de las
Obligaciones del hombre71, nueve de Aritmética, de Genovés y Delgado. Dos
67
No era diferente este material al disponible en las escuelas urbanas, A. MONTERO PEDRERA, «La
infraestructura de la escuela primaria de Sevilla en la segunda mitad del siglo XIX », Etnohistoria de la
Escuela. XII Coloquio Nacional de Historia de la Educación, Burgos, 2003, pp. 193-202. Hay otro
artículo en esa línea donde se evidencia algunos materiales escolares, C. REAL APOLO, «Materiales y
enseres de las escuelas de Badajoz, 1834-1854», pp. 271-282.
68
Desde 1893 se dictaron disposiciones para que el retrato del rey estuviera colgado en todas las escuelas.
Por un real decreto de 25 de enero de 1908 se estableció la obligación de izar la bandera nacional en
todos los edificios públicos. La manifestación de elementos políticos y religiosos que penetraban en la
escuela tuvieron la clara finalidad de adoctrinar en valores, sobre todo los del código moral liberal.
69
La pizarra siguió siendo, hasta el impacto de la revolución tecnológica en el mundo de la enseñanza, el
centro neurálgico de la práctica escolar. El encerado estuvo estratégicamente ubicado en el aula. Era el
centro de atención de todas las miradas y sobre él, o sobre las pequeñas pizarras portátiles que cada
alumno tenía en su mano en el pupitre, se plasmó el “blanco sobre negro” de la escritura y del dibujo. El
comentario procede de la parte escrita por T. LÓPEZ MARTÍN, «El utillaje escolar en la segunda mitad
del siglo XX», en Historia Ilustrada de la escuela en España, p. 427.
70
No se mencionan mesas, aunque es de suponer que las hubiera, al menos la mesa-banco de ocho o más
plazas, cuyos bancos no tenían respaldo. Descritos en M. B. COSSIO, La enseñanza de primeras letras
en España. Madrid, 1915, 2ª ed., p. 123.
71
Puede ser el libro de Juan Escoiquiz, Tratado de obligaciones del hombre. Madrid, 1805. CANES
GARRIDO, Libros de textos utilizados..., p. 385-386. F. BOTREL, «Nacimiento y auge de una editorial
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37
ejemplares “cuentos históricos”, de Rojas, viejos; nueve catones de Seijas72; dos
gramáticas de la Real Academia73; tres libros de agricultura; doce catecismos de Fleury;
doce cartillas de tercera, y seis festividades de la Iglesia.
De entre el material fungible inventariado conviene resaltar los seis tinteros de
cristal, con su tapa; dos docenas de portaplumas y una caja de plumas; ochenta y ocho
pliegos de papel pautado. A modo de complemento también figuró en aquella relación
una botella de tinta, un botijo y un brasero nuevo, de hierro, que sin ser material
curricular era imprescindible para la el desarrollo de la jornada escolar.
Breve epílogo
En fin, aunque hay más evidencias que extraer de los documentos, conviene
finalizar con una breve conclusión. Por lo aquí comentado, sin ser los datos ampliables
a otras localidades de mayor población, la vida de los maestros en la segunda mitad del
siglo XIX fue una mezcla de vocación irreductible y unas condiciones poco óptimas
para desarrollar su labor. El estímulo que recibieron esos profesionales fue nulo y sus
aspiraciones de promoción dificultosas. Unidas ambas particularidades, no es extraño
encontrar en las áreas rurales a maestros y maestras poco motivados. La razón no es otra
que la escasa valoración que recibieron por su labor educativa, sobre todo cuando los
alcaldes les interpelaban por su trabajo y ni tenían en cuenta sus defensas ni escuchaban
sus argumentos. Los materiales, mobiliario, menaje y local de la escuela presentaban
grandes carencias, como quedó evidenciado.
La aproximación a la escuela rural del siglo XIX, al currículo, a las disciplinas, a
los materiales y a otro largo etcétera, que era el potencial objetivo de este trabajo,
presumimos que se cumplió. Es cierto que como toda obra construida sobre materiales
primarios tiene limitaciones y el más significativo es, en este caso, haber circunscrito su
ámbito de análisis a una localidad de tan escasa población. Es posible que los
parámetros no hubieran variado en absoluto en otro ámbito geográfico. Sin embargo,
escolar: la casa Hernando, 1828-1902», Libros, prensa y lectura en la España del siglo XIX. Madrid,
1993, pp. 385-470.
72
Era publicado con el nombre de Catón metódico de los niños el año 1830. Para una mejor ilustración
sobre algunos de los textos didácticos, ver la aportación de RUIZ BERRIO, Política escolar..., pp. 320360. Existió un tipo de catón moderno, el segundo libro de lectura de Naharro, que colocaba las sílabas y
dicciones por orden de facilidad y posteriormente aparecen las series de tonos de lectura, ordenados por
menor y mayor complicación. Concluía con invocaciones y oraciones cristianas.
73
En 1857 se declaró a la Gramática de la Real Academia Española texto obligatorio para las escuelas y
su precio quedó establecido en 3,75 pesetas. J. L. VILLALIN, Manuales escolares de España.
Legislación. Madrid, t. I, p. 156. La Orden del 14 de marzo de 1878 asignaba a los inspectores el deber de
examinar si en las escuelas se compraban obras no autorizadas por la Dirección General.
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38
procede advertir, al hilo de esas palabras, que el contenido, retrato del maestro, su
formación, las competencias de la junta local de instrucción, el sistema de evaluación de
resultados o los materiales pedagógicos analizados posibilitan establecer conclusiones
futuras en relación con el panorama educativo existente en Castilla-La Mancha hace
siglo y medio.
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Vicisitudes de un maestro rural (1857-1900).

Educación y religión en España

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El cabezota; Francisco Lara Polop

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