LOS PLANES DE CONVIVENCIA EN LOS CENTROS EDUCATIVOS
En su artículo 121.2, la ley Orgánica de Educación (LOE) establece que los
centros incluirán en su Proyecto Educativo el plan de convivencia junto con la forma de
atención a la diversidad y la acción tutorial; todo ello teniendo en cuenta el principio de
no discriminación y de inclusión educativa, así como los valores fundamentales,
principios y objetivos recogidos en la Ley, siempre teniendo en cuenta las
características del entorno social y cultural del centro.
Frente a planteamientos recogidos en otras leyes anteriores, la LOE introduce
como principal novedad esta consideración del Proyecto de Convivencia como uno de
los elementos principales del Proyecto Educativo; los centros tendrán que adaptar su
Proyecto a esta nueva situación y elaborar un Proyecto de Convivencia propio. Pero,
¿Cómo hacer este Proyecto? ¿Qué sentido tiene? ¿Cuál es la finalidad de este nuevo
Proyecto? ¿Qué apartados debe incluir? ¿Cómo hacer para que este Proyecto no se
convierta en un documento burocrático más, hecho para cumplir con un mandato
normativo, pero sin apenas incidencia en el día a día de los centros?
En las siguientes líneas se trata de responder a todas estas preguntas, siempre
desde la perspectiva positiva que busca hacer un Proyecto útil para los centros y
adaptado a sus necesidades. Sin duda, un número importante de centros cuenta ya con
este tipo de Proyecto y acumula una notable experiencia de fomento de la convivencia.
Sin embargo, como dice el refrán, “hace más ruido un árbol que cae que un bosque que
crece”; de ahí que lo que muchas veces se conoce es el incidente sucedido en un centro,
la agresión a un determinado profesor, la pelea entre alumnos o situaciones similares.
Pero se trata de rescatar lo mucho y bueno que hay en los centros en relación con la
convivencia, y darlo a conocer para que se pueda adaptar y generalizar a otras
situaciones de los centros. A esto van dirigidas estas reflexiones.
Pero, como condición previa, resulta imposible pensar en un Plan de
Convivencia si no se parte del convencimiento de su necesidad y, más en concreto, de
que el fomento de la convivencia es uno de los objetivos fundamentales de la educación
de hoy. En la evolución de la educación a lo largo de los últimos años, la convivencia y
todo lo relacionado con ella ha pasado el primer plano, en igualdad de importancia con
otros fines tradicionales, como la adquisición de conocimientos.
Ya Delors, en su informe sobre la educación para el siglo XXI, señalaba a
comienzos de los años 90 la necesidad de ampliar los fines de la educación; junto al
tradicional aprender a conocer, señalaba la importancia de aprender a ser, aprender a
convivir y aprender a hacer. En definitiva, se desarrollaba la idea de una educación
integral que, lejos de limitarse únicamente a formar buenas cabezas, incluía la necesidad
de una educación emocional y afectiva, base para una educación interpersonal y para
una buena convivencia.
Todos estos planteamientos son recogidos en la LOE que, en numerosos
apartados, alude al pleno desarrollo de la personalidad y de las capacidades afectivas de
los alumnos, al respeto de los derechos y libertades fundamentales, al ejercicio de la
tolerancia y la resolución pacífica de los conflictos. Igualmente, entre los objetivos de
las diferentes etapas educativas, y en función de sus características se señalan como
objetivos de las mismas desde el desarrollo afectivo y comunicativo, las habilidades
para la solución pacífica de los conflictos y apreciar los valores y
normas de
convivencia, hasta el ejercer la ciudadanía democrática y participar en el desarrollo y
mejora del entorno social. Objetivos todos ellos que ponen de relieve la importancia del
fomento de la convivencia como tarea básica del sistema educativo.
Frente al desarrollo científico y tecnológico característico de nuestra sociedad, el
desarrollo humano, social e interpersonal sigue siendo una asignatura pendiente para
todos;
por otro lado, la evolución hacia una sociedad más plural, heterogénea,
multicultural, completamente diferente de la sociedad tradicional, hace más urgente la
adquisición de aquellos conocimientos, habilidades y actitudes que son la base de la
convivencia.
Ésta no surge de forma espontánea, no nacemos sabiendo cómo convivir sino
que es algo que se aprende de manera formal e informal y que, por ello, exige un
planteamiento intencional desde la actuación educativa. De esta forma cobran sentido
los Planes de Convivencia como forma de abordar el desarrollo positivo de la misma,
evitando las improvisaciones y las actuaciones sin rumbo.
Para ello, y aprendiendo de la experiencia de la elaboración de los Proyectos
Educativos en años anteriores, es necesario plantearse las condiciones en que deben ser
desarrollados, los puntos que deben ser abordados y aquello que debe ser evitado. No se
trata tanto de dar recetas para su elaboración, cuanto de reflexionar sobre alguno de los
puntos necesarios para que el Plan se convierta en algo vivo, útil y eficaz para el centro
educativo. Pero, ¿Cuáles son esos puntos?
1.- Crear condiciones para abordar los problemas de convivencia:
Como se ha señalado anteriormente, la preocupación por la convivencia en los
centros ha dado origen a muchas e interesantes experiencias que se han concretado, en
determinadas ocasiones, en programas de actuación concretos, de mediación, de
desarrollo de habilidades sociales, de solución de conflictos, etc.; son muchos los
centros que, ante la problemática detectada, deciden participar en alguno de estos
proyectos, organizando unas sesiones intensivas de formación y poniendo en marcha las
actividades propias del programa.
Sin embargo, suele ser frecuente que, pasado un tiempo más o menos largo, las
actividades comiencen poco a poco a decrecer, se vaya perdiendo el entusiasmo y
motivación inicial y el programa acabe languideciendo y perdiendo su efectividad. ¿Por
qué?
En muchas ocasiones esto sucede porque no se han creado las condiciones
adecuadas en los centros para poner en marcha las actuaciones de convivencia; éstas se
han desarrollado muy vinculadas a determinadas personas y, cuando éstas ya no están,
las actuaciones se han venido abajo. El programa adoptado ha sido como una lluvia
intensa, como una tormenta que descarga en breve plazo de tiempo gran cantidad de
actuaciones, pero que, al poco tiempo, vuelve a salir el sol y vuelve a secarse la tierra,
vuelven las prácticas y hábitos existentes en el centro.
No hay que olvidar que un Proyecto de Convivencia es, sobre todo, un proceso y
que, como todo proceso lleva tiempo y exige unos cuidados específicos; no se trata de
una actuación intensiva, puntual, sin continuidad; una actuación de este tipo puede tener
su sentido como forma de lanzar el proceso pero hay que ser conscientes de que, si no se
da esta característica procesual, a medio plazo se corre el riesgo de que todo se venga
abajo.
Tres son las condiciones que deben darse para evitar este riego y garantizar la
duración y eficacia del proyecto: que haya un grupo de profesores con razones y
objetivos propios, que consideren suyo el proyecto y traten de transmitírselo al resto de
compañeros; que se garantice un tiempo para las reuniones y para el trabajo común; que
esté prevista y se ponga en marcha la formación necesaria para el éxito del proyecto.
En primer lugar, un grupo de profesores convencido y decidido, que considere
que ése es su proyecto propio; por lo general, los Claustros son numerosos, los intereses
muy diversos y las actitudes también muy variadas respecto a la convivencia; pensar
que todo el Claustro va a comprometerse activamente en la elaboración y puesta en
marcha del Proyecto puede resultar una utopía e incluso una ingenuidad. De ahí la
necesidad de un grupo de profesores que asuma el proyecto como propio, que plantee
objetivos realistas y adaptados a las características del centro y que, de manera abierta,
trabaje por ir incorporando al resto de compañeros sabiendo que no en todos ellos va a
darse el mismo nivel de compromiso con el proyecto.
Todo esto lleva tiempo, la formación del grupo motor del proceso no siempre es
fácil, es necesario hablar mucho, dialogar bastante e ir creando poco a poco un
pensamiento común de grupo. Nada sería peor para este proceso que fijar rígidamente
los tiempos en los que debe estar terminado el proyecto. Es necesario aprender del
pasado y, en concreto, de cómo esta exigencia temporal fija fue uno de los factores que
más contribuyeron a burocratizar los Proyectos Educativos en su momento.
Además, hay que buscar el espacio adecuado dentro del horario del profesorado
para que puedan celebrarse las reuniones y llevar a cabo el trabajo; muchos de estos
proyectos comienzan con una gran dosis de voluntarismo y, en la medida en que éste
subsiste, el proyecto continúa. Pero el voluntarismo termina por agotarse si no se
encuentra la forma de encajar este trabajo en el horario habitual del profesorado que, en
numerosas ocasiones, percibe que ponen sobre él muchos problemas importantes para la
sociedad, pero sin que se le den los medios ni los recursos necesarios para poderlos
llevar a cabo de manera adecuada.
Y, por último, garantizar la formación adecuada para el éxito del proyecto. Se
trata de invertir el procedimiento habitual: en lugar de hacer un determinado curso y
luego tratar de llevarlo a la práctica en el centro, se trata de identificar la acción más
adecuada en el centro y recibir la formación adecuada y específica para esta acción. De
esta forma se garantiza no sólo la eficacia de la formación, sino también la efectividad
de las acciones programadas y del propio Plan en su conjunto.
2.- Partir de la situación de convivencia que se da en el centro:
Un Plan de Convivencia, para que sea eficaz, debe partir del análisis de las
situaciones concretas que se dan en el centro, de la identificación de los principales
déficits de convivencia que se viven y que son, por ello, los principales obstáculos para
el desarrollo de la misma,
situaciones que es necesario mejorar. En los centros
educativos se viven ahora situaciones nuevas, no existentes hace unos años, que es
preciso conocer y analizar; los centros educativos, especialmente los de Secundaria,
reciben ahora a todo tipo de alumnos, con intereses, motivaciones y actitudes muy
diversas; todo ello da origen a situaciones también muy diferentes que es preciso
conocer y delimitar lo más adecuadamente posible.
Los centros educativos pueden definirse desde dos dimensiones que, sin ser las
únicas, pueden considerarse fundamentales. El centro es, en primer lugar, un centro de
aprendizaje, un lugar al que acuden los alumnos para aprender los conocimientos y
desarrollar las competencias básicas necesarias para ser un ciudadano en la sociedad
compleja en la que vivimos; en segundo lugar, un centro educativo es un centro de
convivencia, en el que conviven los alumnos con personas mayores, con sus profesores,
con compañeros de su misma o parecida edad y el que un buen clima es condición
básica para el aprendizaje.
Los alumnos pueden desarrollar distintas conductas contrarias a ambas
dimensiones del centro educativo, que es preciso identificar y delimitar; así, entre las
conductas contrarias a la dimensión de centro de aprendizaje es posible encontrar
conductas de:

Falta de rendimiento: pasividad, desinterés o apatía; no llevar el material
necesario para la clase; estar fuera de clase en sito no autorizado; negarse
a realizar exámenes o pruebas de evaluación …

Molestar en clase: hablar y no guardar silencio; levantarse, moverse por
el aula, mirar hacia atrás; interrumpir por los medios que sea las
explicaciones del profesor; molestar a los compañeros y no dejarles
estudiar; comer durante la clase …

Absentismo: faltas de puntualidad; faltas injustificadas a determinadas
clases; faltas permanentes de asistencia a clase; faltar mintiendo …
También se pueden encontrar conductas contrarias a la dimensión del centro
escolar como centro de convivencia; en concreto, conductas de:

Falta de respeto: desconsideración y falta de respeto en general, hacia el
profesor u otros compañeros; desobediencia y no hacer caso de forma
reiterada; contestar de forma impertinente …

Conflictos de poder: conductas de desafío a la autoridad; incumplimiento
de sanciones; no aceptación de las consecuencias de sus actos …

Violencia: física contra las personas, verbal, psicológica, social,
violencia contra las cosas, violencia sexual y de género …
Particular importancia tiene detectar cuándo las situaciones de violencia dejan de
ser meras situaciones de violencia y pasan a convertirse en situaciones de acoso; en ellas
se dan siempre dos características: la situación de desigualdad de poder y de fuerza
entre el agresor y el agredido, y la permanencia en el tiempo de estas situaciones que,
lejos de ser un caso puntual, se convierten en una actuación duradera. Sin duda, estas
situaciones de acoso exigen una atención y un tratamiento especial dentro del Plan de
Convivencia.
Sin embargo, un análisis de la situación del centro no puede limitarse a tomar
constancia de estas situaciones aparentes, que saltan a la vista o que, como en el caso
del acoso, exigen una investigación más atenta. El análisis debe completarse tanto con
la consideración de las ideas, creencias y valores que subyacen bajo esas conductas,
como de una valoración de los factores causantes de las mismas.
Si el análisis de las situaciones del centro se queda únicamente en la descripción
y recuento de las conductas contrarias al aprendizaje y a la convivencia, sin duda se
quedará corto; estas conductas son manifestación de algo más profundo, que les da
apoyo y explicación. Las situaciones descritas pueden compararse con un iceberg, en el
que la parte más importante y, a la vez, más peligrosa, resulta invisible, ya que se
encuentra sumergida bajo el agua. También esas conductas son manifestaciones de algo
más profundo, las ideas, creencias y valores que subyacen bao las mismas, y que es
preciso hacer surgir a la luz, hacerlas visibles.
Así, por ejemplo, por debajo se encuentra una determinada idea de disciplina
que tienen los profesores y que manifiesta en la diferente valoración que unos y otros
hacen de las conductas de sus alumnos. Es posible encontrar dentro de un mismo
Claustro tantas ideas de disciplina como profesores hay; para unos, la disciplina será
algo previo, instrumental, que garantiza que se pueda dar clase, considerando el
profesor que debe ser algo garantizado previamente por la dirección o por quien
corresponda; para otros, la disciplina será una de las tareas educativas a conseguir desde
la propia asignatura, por lo que tiene sentido planteársela unida a sus propios
planteamientos didácticos; para otros, la disciplina y su falta deberán ser tratadas por
personal especializado del Departamento de Orientación, ya que son síntoma de que
algo no funciona bien, de algo patológico; y así, otras opiniones y creencias.
Lo mismo puede decirse del valor de las normas, el sentido de las mismas, o el
valor que se le otorga a la educación básica como alo a garantizar a todos los alumnos o
como algo que debe servir fundamentalmente para poder seleccionar a los mejores;
muchas de las actitudes del profesorado, de inclusión o de exclusión de determinados
alumnos denominados “conflictivos” sólo pueden entenderse desde el análisis de estas
valoraciones. Por ello, es necesario tener en cuenta esta dimensión en el análisis de la
convivencia en el centro para no quedarse sin un aspecto básico de la misma; lo que
lleva a la necesidad de desarrollar un hábito de autocrítica y autorrevisión por parte del
profesorado en relación con su práctica docente.
A la vez, como tercera dimensión, es necesario analizar los factores que explican
esas conductas. Por lo general, es fácil encontrar entre el profesorado una tendencia a
buscar explicaciones en factores ajenos al centro; así, por ejemplo, se habla del tipo de
familia y su despreocupación por los problemas de sus hijos; o del tipo de sociedad que
no valora lo propiamente educativo, que busca el éxito fácil y sin esfuerzo; o de las
situaciones económico-sociales de los alumnos. También es posible identificar factores
de tipo psicológico, que explican la conducta de algunos alumnos disruptivos, como la
hiperactividad o patologías de tipo psiquiátrico.
Sin embargo, no es fácil encontrar análisis de los factores específicos del centro
educativo, capaces de explicar muchas de las conductas de los alumnos y que, además,
son factores que dependen del profesorado, que está en sus manos poder actuar sobre
los mismos. Así, por ejemplo, apenas se analiza el currículo realmente vigente: los
contenidos que se explican y su relación con los intereses de los alumnos, la
metodología que se emplea, los sistemas de evaluación y otros factores importantes.
Hay que considerar, igualmente, la influencia de la organización del centro en los
problemas de convivencia, por ejemplo, la rígida asignación de grupos con el mismo
tamaño y horario, los horarios homogéneos para todos los alumnos, la falta de espacios
para estar con los compañeros, la carencia de estructuras de participación de los
alumnos, y otros elementos organizativos son relevantes.
Son importantes también las relaciones interpersonales que se viven en el
centro: las relaciones entre el profesorado y sus alumnos, la de éstos entre sí y con
alumnos mayores o más pequeños, las relaciones no formales, las actividades
extraescolares y el tipo de relación que producen, la relación con las familias, etc.;
igualmente debe considerarse el estilo docente característico del centro, desde las
formas y procedimientos que se siguen para la solución de conflictos, la forma de
gestionar el aula, el trabajo en equipo y las iniciativas para fomentar un estilo
cooperativo tanto entre el profesorado como entre los alumnos.
Partir de la situación de convivencia del centro supone, por tanto, no sólo
analizar las conductas contrarias a la convivencia, sino intentar comprender a su vez las
ideas, creencias y valores que subyacen a las mismas, así como la identificación de los
principales factores que las están produciendo. Es una tarea permanente y continua, que
siempre debe estar presente tanto en la elaboración como en la ejecución y revisión del
Plan de Convivencia.
3.- Trabajar la convivencia en positivo: actitud proactiva:
Aun siendo unos de sus elementos fundamentales, el Plan de Convivencia no
puede reducirse a dar respuesta a las situaciones contrarias a la convivencia que se
hayan detectado; más allá de una actitud puramente reactiva, de reacción ante estas
conductas, es necesario adoptar una actitud proactiva, de fomento en positivo de la
convivencia, conscientes de que el aprendizaje de la convivencia es uno de los objetivos
fundamentales de la educación básica.
Pero, ¿en qué consiste el aprendizaje de la convivencia? Educar en la
convivencia es desarrollar en los alumnos la competencia básica interpersonal, social y
cívica; hacer que los alumnos adquieran los conocimientos, procedimientos y
situaciones necesarios para que, a lo largo de su vida, sean capaces de compartir con
personas muy diferentes espacios y experiencias comunes, objetivos compartidos por
todos ellos. No se trata tanto de formar teóricamente a los alumnos acerca de lo que
constituye una buena convivencia, cuanto de desarrollar en ellos un saber hacer, un
saber que se aplique y que les permita responder adecuadamente en situaciones
complejas e imprevistas que los alumnos van a vivir a lo largo de su vida.
El fomento de la convivencia en positivo supone que los alumnos han aprendido
a comportarse individual y colectivamente de manera que sea posible convivir en paz;
que sepan relacionarse con los demás, cooperar, comprometerse, que sean capaces de
ponerse en el lugar del otro, de aceptar las diferencias, de ser tolerantes y de mostrar
respeto. En definitiva, el aprendizaje de la convivencia muestra que los alumnos han
adquirido las habilidades y destrezas necesarias para la convivencia, la habilidad para
comunicarse de forma constructiva y asertiva en diferentes situaciones sociales, para
crear empatía y confianza en otras personas, para negociar las diferencias o para saber
expresar la frustración de forma constructiva. Igualmente, supone que han desarrollado
actitudes de interés y respeto por los demás, disposición para llegar a acuerdos y superar
estereotipos y prejuicios así como para expresarse con seguridad.
Como bien señala el profesor Segura, la convivencia en positivo supone trabajar
la inteligencia interpersonal, es decir, los elementos cognitivo, emocional, las
habilidades sociales y el crecimiento moral; o, lo que es lo mismo, se trata de que los
alumnos aprendan a pensar, se eduquen emocionalmente, se entrenen en el dominio de
las habilidades sociales y logren el desarrollo y crecimiento moral.
En la misma línea, el profesor Jares señala como contenidos propios de un Plan
de Convivencia los contenidos de naturaleza humana (derecho a la vida, pasión de vivir,
la dignidad, la felicidad, la esperanza…), los contenidos de relación (el respeto, la no
violencia, la aceptación de la diversidad, el rechazo de la discriminación, la solidaridad,
la igualdad, la ternura…) y los contenidos de ciudadanía (justicia social y desarrollo,
laicismo, los derechos humanos..). Igualmente señala como contenidos para una
pedagogía de la convivencia, entre otros, los derechos humanos como marco regulador
de la convivencia, el respeto, el diálogo, la solidaridad, la no violencia, el
pluriculturalismo, la educación socioemocional, la aceptación de la diversidad, el
compromiso con los más necesitados, la felicidad y la esperanza.
Más allá de las coincidencias entre estas distintas propuestas, lo importante es
conseguir que el Claustro haga suyas las propuestas recogidas en el Plan, y que éste nos
ea visto como un elemento ajeno a la actividad diaria del profesorado en sus
asignaturas.
Es
preciso
partir
del
convencimiento
de
que,
consciente
o
inconscientemente, de manera oculta o intencional, todos estamos educando en un
determinado estilo de convivencia y que con nuestras actitudes y formas de ser
profesores estamos transmitiendo valores y formas de entender la convivencia.
Es preciso, por tanto, que todos los profesores, al elaborar la programación de su
asignatura, se planteen simultáneamente qué pueden aportar desde su área para el
fomento de la convivencia, que lo incluyan por tanto dentro de su programación
habitual y que, de esta forma, se garantice que el fomento de la convivencia, concretado
en el Plan del Centro, no es un añadido sin más, sino algo perfectamente entroncado con
la actividad diaria, inseparable del desarrollo del currículo que llevan a cabo los
profesores.
4.- Contar con apoyos externos: familias, Ayuntamiento y otras Instituciones:
Aunque se ha insistido en la importancia de considerar los factores propios del
centro, no hay que olvidar la complejidad de la convivencia y la influencia que en las
misma tienen otros factores ajenos al centro. El Plan de Convivencia debe buscar la
complicidad de todos ellos y, de una manera especial, de las familias y de los
Ayuntamientos, llevando a la práctica el proverbio africano tantas veces citado: “para
educar a un niño es necesaria la tribu entera”.
Buscar y conseguir el apoyo de los padres y madres es fundamental; esto exige
crear cauces habituales de participación y comunicación con las familias, de manera que
no se recurra a ellas únicamente cuando ha habido un problema o haya que imponer una
sanción a un determinado alumno. Por el contrario, sólo desde una relación positiva y
habitual es posible lograr su colaboración para el fomento positivo de la convivencia.
Lograr la continuidad entre lo que se hace en el centro y lo que viven los
alumnos en sus familias es fundamental para lograr el éxito en la educación para la
convivencia; sin embargo, en demasiadas ocasiones aparecen contradicciones entre los
valores, procedimientos y actitudes que se trabajan en los centros y los que,
posteriormente, los alumnos practican y viven en sus familias. Garantizar la coherencia
y conseguir la continuidad entre ambas instancias es fundamental, y debe ser uno de los
objetivos del Plan. El trabajo conjunto con los padres, la puesta en marcha de iniciativas
de cara a los padres, como la escuela de padres u otra actividad semejante, son algo
fundamental para ir avanzando en la educación para la convivencia.
No hay que olvidar que muchos de los obstáculos para la convivencia están
originados fuera del centro escolar y que es en la sociedad donde tienen su origen, en
sus valores y hábitos de comportamiento. El centro, por si mismo, no puede hacerles
frente, pero sí puede buscar la colaboración y los recursos de otras Instituciones y, en
particular, de los Ayuntamientos.
Contar con la complicidad y colaboración de los Ayuntamientos es fundamental;
desde las distintas Concejalías y Servicios propios del Ayuntamiento se pueden poner a
disposición de los centros múltiples recursos que pueden facilitar el contacto con las
familias, utilizar las instalaciones deportivas o los servicios de juventud reforzando la
actividad habitual de los centros, consultar y contar con el apoyo de los servicios
sociales en casos puntuales, lo mismo que los propios de la Concejalía de Empleo; se
puede igualmente abrir el propio centro al barrio y poner a su disposición los recursos
propios del centro…
Las posibilidades son múltiples y, si se saben aprovechar, constituyen una
oportunidad importante para la mejora y fomento de la convivencia en los centros; hay
múltiples experiencias ya sobre ello, experiencias que no sólo se limitan al
aprovechamiento de los recursos propios de cada una de las instituciones, sino también
a la implicación directa del propio Ayuntamiento en tareas del centro, procurando
recursos como educadores de calle o educadores sociales, y facilitando medios humanos
o materiales para una mejor atención a los alumnos sancionados.
5.- La concreción del Plan de Convivencia:
Una vez que todas estas cuestiones han sido aclaradas de manera suficiente por
parte del profesorado, resulta fácil concretar las actividades en un plan concreto de
actuación. Sin embargo, suele ser frecuente hacer lo contrario, ponerse a elaborar el plan
sin previamente haber discutido mínimamente las cuestiones señaladas; el resultado es
esperado: dificultades para hacer el plan, consideraciones del mismo como algo ajeno al
Claustro y, en definitiva, escasa eficacia del mismo.
Sin embargo, discutidas las cuestiones anteriores, concretar el plan resulta más
fácil e implica mayor compromiso con el mismo por parte del profesorado. No es
necesario hacer un análisis exhaustivo de todos los puntos señalados como condición
previa ara la elaboración del Plan; a la vez que se van abordando dichos temas, hay
muchos puntos que pueden concretarse y redactarse; así, por ejemplo, cuando se ha
planteado el estudio de la situación de convivencia que se vive en el centro, es fácil ir
concretando el diagnóstico y empezar a desarrollar los objetivos que se plantea el Plan
de Convivencia del centro.
A su vez, el Plan puede tener diversos apartados y es necesario no obsesionarse
por cumplir adecuadamente todos ellos; a título de sugerencia, se proponen los
siguientes puntos para que sean tenidos en cuenta a la hora de redactar el Plan:

Diagnóstico del estado de la convivencia en el centro.

Objetivos a conseguir en el curso.

Actuaciones programadas para conseguir esos objetivos, señalando los
responsables de las mismas, los recursos necesarios y los tiempos en los
que van a llevarse a cabo.

Normas de funcionamiento en el aula y en el centro: revisión de las ya
existentes.

Procedimientos “educativos” para las conductas contrarias a la
convivencia

Actuaciones específicas para casos graves contrarios a la convivencia:
bullying, racismo, violencia sexista …

Participación en proyectos más amplios de fomento de la convivencia:
educación para la paz, proyectos de mediación, …

Actividades de formación necesarias para la puesta en marcha del Plan
de Convivencia

Participación de padres y madres, de alumnos, del Ayuntamiento y otras
Instituciones

Difusión, seguimiento y evaluación del Plan.
Por último, no hay que olvidar, como ya se señaló anteriormente, que un buen
Plan de Convivencia no es el que ha desarrollado formalmente bien todos estos
apartados, sino que es el resultado de un proceso de deliberación, discusión y creación
de un equipo de trabajo; a esto es a lo que debe dedicarse el mayor esfuerzo posible.
BIBLIOGRAFÍA
CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN Y CIENCIA (2004) Guía para elaborar un Proyecto
Integral de “Escuela: Espacio de Paz), Sevilla, Junta de Andalucía.
FERNANDEZ, I. (coord.) (2006) Guía para la convivencia en el aula, Madrid, Praxis.
JARES, X. (2006). Pedagogía de la convivencia, Barcelona, Graó.
SEGURA, M. (2005) Enseñar a convivir no es tan difícil, Bilbao, Desclée de Brouwer
URUÑUELA, P. (2006): Disrupción y disciplina en la escuela. Aspectos conceptuales.
Htpp://convivencia.mec.es/congreso_200603/
Publicado en “Aprender a convivir desde el entorno escolar” (2007), Madrid, El Corte
Inglés, pp. 91-101.
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LOS PLANES DE CONVIVENCIA EN LOS CENTROS EDUCATIVOS

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