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LAS RELACIONES EXTERIORES DE COLOMBIA Y VENEZUELA DESDE UNA PERSPECTIVA
HEMISFERICA
Socorro Ramírez, Instituto de Estudios Políticos y relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de
Colombia1
Hasta hace pocos años el tratamiento nacional de las relaciones entre Venezuela y Colombia y la cuestión fronteriza
fueron lo predominante en los estudios en ambos países y las esferas mundiales y regionales eran tratadas como la
antesala de cada una de las políticas exteriores nacionales. En el primer ejercicio académico conjunto colombovenezolano se buscaba ir un poco más allá, y ciertamente se logró, comparar las tendencias internacionales de cada
país en materia política y comercial a fin de lograr identificar algunas conductas similares, paralelas o diferentes en
cada plano, tanto a nivel de Naciones Unidas como en la OEA y comparar las reacciones nacionales frente a esos
escenarios2. En el segundo estudio binacional se trató de dar una mirada histórica a los asuntos binacionales desde
diferentes escalas: local fronteriza, bilateral y regional para ubicar las tendencias de cooperación y conflicto e insistir
en la necesidad de un núcleo básico de acuerdos interestatales capaz de evitar que las discrepancias gubernamentales
impidan el manejo de los asuntos inaplazables de la vecindad en el contexto de la integración y la globalización 3.
Aunque a nivel regional se manifiestan no pocas divergencias a las que haremos alguna alusión, el esfuerzo mayor
está centrado en la escala hemisférica en la medida en que también las relaciones de ambos países con Estados
Unidos conforman una compleja red de vinculaciones que pueden tener mutuas repercusiones importantes de
analizar.
En efecto, en la actualidad saltan a la vista los cambios en las políticas exteriores de Estados Unidos, y en el caso que
nos ocupa, de Colombia y Venezuela. Esos cambios sumandos a la serie compleja de iniciativas o acuerdos
hemisféricos, en particular de carácter comercial o de seguridad que los dos países han ido asumiendo, cruzan las
agendas regionales y bilaterales. Al mismo tiempo es posible observar cómo la política doméstica y la propia política
internacional de Colombia y Venezuela están interrelacionadas con la situación interna y externa de Estados Unidos.
Igualmente dinámicas domésticas y hemisférica han originado importantes discusiones en cada país sobre los límites
de la soberanía, el papel de los organismos multilaterales y el rol de las organizaciones no gubernamentales, dentro
de un marco de activo crecimiento de la supranacionalidad jurídica y de la "fiscalización" internacional. Desde 1999,
las opciones de los dos países han sido diferentes frente a ese conjunto de dinámicas, los cambios en las políticas
exteriores parecen ir en contravía y los dos países asumen diferentes conductas con relación a estos tópicos
hemisféricos que son necesarias de estudiar. Entre estas podrían analizarse, el comportamiento de ambos gobiernos
tanto sobre la aplicación del sistema de defensa democrático de la OEA como sobre el tema de la integración en el
continente. Es igualmente necesario analizar el comportamiento de ambos gobiernos en el seno de Naciones Unidas
en los temas que suscitan las mayores discusiones en el organismo mundial y ver el grado de coincidencia o de
divergencia de los dos país en esos tópicos y con relación a la posición de Estados Unidos.
Pueden existir muchos otros temas en los cuales podrían expresarse discrepancias y frente a los cuales sería necesario
emprender diversos estudios sistemáticos para contrastarlos con las ideas comunes que se han ido expresando al
respecto. Este nuevo esfuerzo académico binacional se propone, en concreto, hacer una aproximación inicial al
análisis de algunas dimensiones de esa red de relaciones con base, primero, en el estudio de varios de los cambios
ocurridos en las políticas exteriores de cada uno de los tres países involucrados a partir de las nuevas
administraciones –George W. Bush, Andrés Pastrana y Hugo Chávez-, segundo, en la comprensión del tipo de
Este trabajo está en proceso de discusión con Carlos Romero quien presentó como insumo la ponencia “Colombia como
problema hemisférico para Venezuela, en la X reunión binacional del Grupo Académico Colombia-Venezuela, Maracaibo,
diciembre de 2003, que ha servido de base, en particular, para los punto
sobre Estados Unidos y Venezuela.
2 Socorro Ramírez, Elsa Cardozo, José Luis Ramírez, Miguel Angel Hernández y Angelina Jafé, “Colombia y
Venezuela: proyección internacional y relación bilateral”, en Socorro Ramírez y José María Cadenas (coods. y edts.),
Colombia y Venezuela: agenda común para el siglo XXI, Bogotá, Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales (IEPRI) Universidad Nacional de Colombia – Universidad Central de Venezuela (UCV) – Corporación
Andina de Fomento (CAF) – Convenio Andrés Bello (CAB) – Tercer Mundo Edts., noviembre de 1999, págs. 117-206.
3 Socorro Ramírez y Miguel Angel Hernández, “Colombia y Venezuela: vecinos cercanos y distantes” en Socorro
Ramírez y José María Cadenas (Coords. académicos y editores), La vecindad colombo-venezolana: imágenes y
realidades, Grupo Académico Colombia Venezuela, Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales
(IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia – Universidad Central de Venezuela (UCV) – Convenio Andrés Bello
(CAB), 2003, págs. 159-241.
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relaciones que Estados Unidos tiene con Colombia y con Venezuela y de su impacto en las relaciones colombovenezolanas en el periodo comprendido entre 1999 y 2003.
1. LOS CAMBIOS EN LAS POLITICAS EXTERIORES
Como no ocurría desde la segunda posguerra, a partir de la finalización del conflicto bipolar, el contexto
internacional no cesa de cambiar: luego de la posguerra fría vino el pos 11 de septiembre y ahora entramos al pos
Irak. Al ritmo de esos cambios Estados Unidos se consolida como potencia global e impulsa el reordenamiento
mundial, en particular en materia de seguridad. Frente a esos cambios globales y hemisféricos y por necesidades
internas han ido cambiando también las políticas exteriores de Colombia y Venezuela. Las opciones y respuestas a
esos procesos ha generado tensión en la relación binacional.
Los cambios en la política exterior norteamericana
En varias ocasiones y por diversos medios, analistas de las relaciones internacionales han llamado la atención sobre
el cambio sustancial que se percibe en la política exterior norteamericana. La posguerra fría se inició con la
esperanza de un orden más pacífico, justo y plural, en el que predominara la cooperación entre las naciones y en el
cual los asuntos socioeconómicos desplazaran a los tradicionales temas de seguridad y defensa. Pero bien pronto se
desvanecerían esas expectativas. En cambio de una más amplia cooperación multilateral, Estados Unidos comenzó a
imponer sus intereses y sus puntos de vista de modo unilateral. Definió como amenazas a su seguridad diversos
asuntos de interés planetario, a los que convirtió a su vez en prioridades de la agenda global. Es el caso del problema
de las drogas, que, en la década de los noventa, fue utilizado por Washington para sustituir, al menos parcial y
transitoriamente, el papel que jugaba el comunismo. Estados Unidos convirtió en amenaza global la producción y el
tráfico de drogas, no así su consumo ni el blanqueo de los recursos que el tráfico genera, e impuso la agenda
antidrogas y la estrategia para hacerles frente. Junto al tema de las drogas, en el centro de las preocupaciones
globales se colocaron también las migraciones masivas y los derechos humanos, asuntos que fueron esgrimidos para
justificar intervenciones militares en muchos conflictos que saltaron a la palestra internacional en la posguerra fría.
Las políticas destinadas a enfrentar estos problemas, definidos por Washington como retos a su seguridad,
adquirieron cuatro características: fueron elaboradas de la manera cerrada y especializada en que suele elaborarse
cualquier política que tenga que ver con reales o presuntas amenazas; al estar relacionadas con la seguridad,
obtuvieron una prioridad absoluta por sobre las demás cuestiones de la agenda; las políticas adquirieron un carácter
represivo e incluso militar, justificado por los estrategas como única vía para atenuar o destruir las presuntas
amenazas; y, finalmente, fueron impuestas a los estados y sociedades implicados, a los que se excluyó del debate. En
este sentido, se puede hablar de una “securitización” de temas que, en principio, no constituyen amenazas a la
seguridad sino problemas de orden social o de salud pública. En ese contexto, la respuesta de Estados Unidos a la
acción terrorista del 11 de septiembre de 2001 adquirió el mismo tenor de las políticas que ya Washington venía
empleando para interpretar y manejar asuntos como los ya mencionados. La reacción ha sido hasta ahora
exclusivamente represiva y militar. Se ha dirigido no sólo contra actores no gubernamentales y fuerzas
trasnacionales, tanto legales como ilegales, sino, en primer lugar, contra distintos estados y gobiernos. Además,
desde esa fecha, Washington comenzó a ver las relaciones internacionales casi exclusivamente desde el lente
antiterrorista. Se produjo así una especie de “terrorización” de su política, que entraña una lógica más belicista aún
que la anterior “securitización” de los temas, reduce los espacios de discusión pública sobre el problema y genera
mayor polarización internacional 4.
El cambio comenzó a plasmarse en la política de seguridad del gobierno de Clinton con el programa del "Escudo de
defensa antimisilístico", creado para contrarrestar el peligro de las armas de destrucción masiva, comprometer y
ampliar la agenda internacional de Washington hacia temas económicos, desarrollo, ambiente y derechos humanos,
el commitment y el enlargement e impulsar la tesis del multilateralismo "asertivo". Pero es dentro del entorno del
entonces candidato republicano, George W. Bush, que se desarrolla de manera más nítida esa conducta unilateral,
fortificada por el giro del pensamiento conservador cuyas ideas principales se plasman en el documento sobre
relaciones internacionales presentado en la convención presidencial del Partido Republicano en el 2000 y en los
escritos de especialistas cercanos a Bush como Condolezza Rice. Así, luego de más de diez años en los que
neoliberales y neorrealistas trataron de controlar el discurso y la agenda de la política exterior de ese país, una nueva
perspectiva trata de incluir elementos de ambas corrientes, en lo que se ha denominado el pensamiento
Socorro Ramírez, “Acercando a los vecinos: la agenda de seguridad andino brasileña”, en Análisis Político, Bogotá,
IEPRI, N° 50, enero-abril de 2002, págs. 102-124.
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neoconservador. Esta tendencia da algunas señales de inspirarse en la perspectiva realista, pero si bien asume
conceptos de esa corriente teórica, como el interés nacional definido en términos de poder militar y la consideración
de los estados como unidades homogéneas, presenta a su vez un alto contenido idealista-ideológico vertido en la
defensa de los valores occidentales y de la democracia liberal.
En este marco, tres niveles de acción permiten analizar una nueva política y estrategia basada en esas ideas, conocida
de manera alternativa como la diplomacia preventiva y/o la acción militar preventiva capaz de castigar al enemigo
unilateralmente si es necesario, antes que él tenga la oportunidad de hacerlo5.
En un primer nivel hay que prestarle atención a los cambios que ha experimentado la diplomacia norteamericana y su
política de alianzas. En efecto, se ha fortalecido la tendencia a privilegiar los temas geopolíticos por encima de los
asuntos económicos y comerciales. Desde antes de la posesión de Bush, Condoleezza Rice, quien asumiría como su
asistente para Asuntos de Seguridad Nacional, defendía la tesis de que el gobierno de Bush se dedicaría a los temas
importantes de la agenda y de vital interés para Estados Unidos. Los más significativos serían los de seguridad dado
el papel especial que estaba jugando su país y las dificultades para definir el interés nacional norteamericano al
desaparecer la amenaza soviética6. Desde su ascenso al poder, y sobre todo a partir de los sucesos del 11 de
septiembre de 20017, la política exterior estadounidense está basada en varios puntos fundamentales: 1) la definición
de Estados Unidos como un poder internacional con responsabilidades mundiales, con una influencia sin precedentes
y una capacidad militar sin parangón en el mundo; 2) la percepción de un mundo amenazado por el terrorismo, los
estados forajidos y el peligro de la propagación de armas de destrucción masiva; 3) la reevaluación del papel de
Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad en términos de una utilidad circunstancial y no absoluta; 4) la procura
de una unidad de fines y medios que busca pasar de la "esquizofrenia" de un aparato de política exterior
descentralizado y anarquizado a la homogeneidad de la "bola de billar"; 5) la nueva política de alianzas más
comprometida con quienes la forman y menos complaciente con quienes la rechacen. El último punto de este giro, la
reformulación de las políticas de alianzas estratégicas de Washington, se reflejó en la OTAN al no lograrse un
consenso sobre una seguridad común y frente a la Unión Europea que se dividió en el momento en que el Reino
Unido, España y Portugal cerraron filas con las tesis norteamericanas y Alemania y Francia insistieron en una agenda
que le prestara atención a los temas "nobles"8.
Este giro diplomático enfatiza que se está en un cambio de era que consagra la unipolaridad y frente a nuevos
enemigos ante los cuales hay que actuar. Esto se manifiesta en el rechazo a resoluciones de Naciones Unidas en las
cuales se perciban posibles lesiones al interés nacional norteamericano. De ahí el retiro de la firma del Protocolo de
Kyoto sobre el calentamiento global, el rechazo a la firma del acuerdo de creación de la Corte Penal Internacional, el
abandono unilateral del Tratado Anti-Balistic Missiles (ABM), la interpretación de la presencia militar
norteamericana a nivel global como algo sin discusión, el aumento de los gastos de defensa, la creación de las
alianzas compactas y homogéneas ideológicamente formadas por quienes estén dispuestos (coalitions of the willing)
y el rechazo a la tesis del multilateralismo asertivo. Sobre esto último, Rice enfatizó en un discurso dado en la sede
del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres que "La multipolaridad nunca fue una idea o una
visión unificadora […] Era un mal necesario que permitió la ausencia de la guerra, pero no contribuyó al triunfo de
la paz [...] la multipolaridad es una teoría de rivalidades, de intereses competitivos y, en el peor de los casos, de
valores competitivos"9.
En un segundo nivel, se observan las transformaciones conceptuales de la estrategia norteamericana, con la
promoción de la tesis de "manos libres" a fin de lanzar guerras preventivas unilateralmente determinadas lo que iría
en contra del principio del derecho a la legítima defensa, consagrado en la Carta de Naciones Unidas. ¿Qué es lo que
despierta tanta polémica? Se trata de una nueva concepción estratégica que recibió un gran impulso con el 11 de
septiembre que aunque no cambió el mundo sí transformó la percepción estadounidense sobre su seguridad 10. Esa
Arthur Schlesinger jr., “Eyeless in Irak”, en The New York Review of Books, vol. 1, noviembre 18 de 2003, págs. 24-28.
Condoleezza Rice, “Campaign 2000: promoting the national interest”, en Foreign Affairs, enero-febrero de 2000.
7 The Presidency of the United States, cap. V, 2002, págs.13,14 y15.
8 Dominique de Villepin, “Reanudar el diálogo trasatlántico. El derecho, la fuerza y la justicia”, en Política Exterior. vol.
XVII, mayo-junio 2003, págs. 21-32.
9 Condoleezza Rice, Op. Cit, pág. 3.
10 José Pardo de Santillana, “Una guerra para cambiar el mundo. ¿Ganará Estados Unidos la Paz?”, en Política
Exterior, vol. XVII, mayo-junio de 2003, pág. 8.
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nueva concepción tiene su versión más elaborada en el documento sobre "La Estrategia de Seguridad Nacional de
Estados Unidos de América" presentado por el ejecutivo norteamericano el 20 de septiembre de 200211.
En ese marco, lo que se ha denominado la "Doctrina Bush" expresa una ruptura fundamental con posiciones
estratégicas oficiales norteamericanas del pasado reciente. Ante todo, la tesis de la disuasión pues no se trata de
responder un ataque en forma defensiva sino de adelantarse al mismo y rápidamente (shock and awe policy). Luego,
la de la contención en cuanto no se trata de detener la expansión de un país enemigo sino de procurar un cambio de
régimen en el mismo. Además, la tesis de la dirección militar sobre la dirección política dado que ahora se trata de
privilegiar al departamento de defensa sobre el departamento de estado a la hora de tomar decisiones y definir
políticas. Como se observa en el documento "The National Security Strategy" del gobierno norteamericano, "Los
conceptos tradicionales sobre amenaza no funcionarán más en contra del terrorista enemigo […] Durante la guerra
fría, especialmente después de la crisis de los cohetes, nosotros confrontamos un adversario con riesgo mutuo
dentro de un status quo. La amenaza nuclear (deterrence), fue una defensa efectiva. Pero esa amenaza que estuvo
basada solamente en la retaliación no parece funcionar en contra de los líderes de los estados forajidos dispuestos a
tomar riesgos y a jugar con la vida de nuestra gente y con las riqueza de nuestras naciones"12.
En un tercer nivel están las alteraciones que la política internacional de Washington ha tenido en relación a temas
como los derechos humanos, el desarrollo y la democracia. En cuanto a los derechos humanos, la ya citada Estrategia
de Seguridad Nacional muestra una nueva y controversial posición. En efecto, a la par que justifica la acción militar
preventiva el documento reemplaza el concepto de derechos humanos por el de "dignidad humana", el cual
comprende la libertad de expresión, el gobierno de la ley, los límites al poder absoluto de los estados y la tolerancia
religiosa y étnica. Como lo señala Mertus "se omiten los derechos humanos como el derecho a la vida, la libertad de
las torturas y no menciona esos derechos relacionados con la participación cívica, la democracia, la cooperación y
la asistencia humanitaria"13. En relación al tema del desarrollo, con las nuevas propuestas norteamericanas, se
reducen en importancia o se omiten los temas de la democracia y del nation-building en función de recrear la tesis
del desarrollo económico hacia una economía de mercado. Así lo señala el documento; "Las lecciones de la historia
son claras: las economías de mercado, las economías sin control y sin la mano pesada del gobierno, son la mejor
forma para promover la prosperidad y reducir la pobreza"14. En ese marco, se entiende que frente al dilema del
crecimiento y la participación se debe estimular el crecimiento antes que todo y que éste puede generar más tarde las
condiciones para la democracia, estableciéndose así una relación causal 15. Esta tesis recuerda la clásica ecuación
optimista tan en boga en la década de los sesenta y que sirvió de base teórica para el fortalecimiento de los
autoritarismos en el continente: el desarrollo económico genera un desarrollo político 16. A esto se añade la oposición
del gobierno Bush a la política de los organismos multilaterales de promover a las organizaciones no
gubernamentales como palancas directas del desarrollo político y social, y de las negociaciones para crear
instituciones políticas estables, además de considerar a la mayoría de las ONG norteamericanas como críticas y
distantes del interés nacional. Al mismo tiempo, como lo indica Kamat "se promueve la visión neoliberal de
empowerment a fin de reducir el concepto de asistencia pública por los de privatización de intereses"17 y como lo
señala Marglin, "a la par de las tecnologías de producción, salud y educación, el desarrollo ha diseminado la
cultura occidental sobre el mundo, limitando otras maneras de ver, entender y ser"18.
Esta tendencia confronta, en parte, la tensión entre una agenda de seguridad restringida inspirada en la unilateralidad
estadounidense y una agenda de seguridad ampliada inspirada, sobre todo, en círculos europeos que privilegian el
11
The White House, 2002.
The Presidency of the United States, cap. V, 2002, pág. 15; Stanley Hoffman, “America Goes Backward”, en The
New York Review of Books, vol. 1, Nº 10, 2003, págs. 74-80.
13 Julie Mertus, “Mightier Than the Sword”, en Harvard International Review, 2003, vol. XXV, Nº 1, pág. 83; The
Presidency…, Op. Cit., cap. II, págs. 3 y 4.
14 The Presidency…, Op. Cit., cap. VI, pág. 17.
15 Vicente Palacio de Oteiza, “¿Quién hace la política exterior de Estados Unidos? Actores y procesos en la
administración de George. W. Bush”, documento de Trabajo, Madrid, Real Instituto Elcano, febrero de 2003.
16 Robert Pockenham, Liberal America and the third world. Political development ideas in foreign aid and social
scence, Princeton, Princeton University Press, 1973; W.W Rostow, Concept and controversy. Sixty years of taking
ideas to market, Austin, Texas, University of Texas Press, 2003; Adam Przeworski, “A flawed blueprint. The covert
politicization of development economics”, en Harvard International Review, 2003, vol. XXV, Nº 1, págs. 42-45.
17 Sangeeta Kamat, “NGO´s and the new democracy”, en Harvard International Review, vol. XXV, Nº 1, 2003, pág.
68.
18 Stephen Marglin, “Development as poison. Rethinking the western model of modernity”, en Harvard International
Review, vol. XXV, Nº 1, 2003, págs. 70; The Presidency... Op. Cit., cap.VII, pág. 22.
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discurso de la interdependencia y la seguridad humana y agrupaciones tercermundistas que aspiran al
multilateralismo. Esta tensión expresa, tal como lo plantea Kagan, la existencia de un choque de culturas estratégica.
Por una parte, el gobierno de Bush promueve una visión de la realidad internacional basada fundamentalmente en la
importancia de los factores coercitivos y en elementos hobbesianos, observa con atención la conducta de los estados
forajidos, del "eje del mal", el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva 19. Por otra parte, sectores
importantes de Europa que le dan una mayor prioridad a los conflictos étnicos, al crimen organizado, a la pobreza y a
la degradación ambiental20 y círculos tercermundistas que promueven unas relaciones internacionales basadas en la
negociación y la cooperación con igual participación de todos.
En medio de estos cambios América Latina pierde importancia en el tablero internacional aunque, al mismo tiempo,
las crisis de diversos países de la región aumentan sus conexiones internacionales y, cada vez menos, son asumidas
como asuntos internos sobre los que se aplica el principio de no intervención. Mas bien, esas crisis domésticas son
manejadas con la nueva concepción de soberanía limitada21. Frente a estas situaciones, sectores de la región
adelantan discusiones sobre si aceptar la nueva estrategia norteamericana, matizarla o rechazarla, o impulsar una
agenda alternativa inspirada en parte en la visión europea y en los aportes tercermundistas; una agenda alternativa
que no cancele temas como la solución de confrontaciones armadas nacionales, el avance en el desarme y las
medidas de confianza mutua, el reordenamiento de las relaciones cívico-militares y una concepción amplia de la
seguridad22. También se discute sobre cómo las nuevas amenazas a la seguridad y la estabilidad mundiales en la
posguerra fría se caracterizan no por las amenazas interestatales sino por complejos problemas sociales de orden
transnacional como son el narcotráfico, la corrupción, el terrorismo, la violación de los derechos humanos y la
destrucción del medio ambiente23. Además se proyectan las dificultades para jugar con "la carta europea" en el
sentido de balancear el poder de Estados Unidos, en la medida en que la propia Europa se divide frente a las tesis
norteamericanas, no está dispuesta a pagar los costos de disentir durablemente de Estados Unidos y es difícil
profundizar las relaciones con la Unión Europea 24.
Para Colombia y Venezuela esta discusión tiene una enorme importancia dado que la agenda global y la estrategia
hemisférica de Estados Unidos potencian algunos aspectos conflictivos en la relación binacional, en especial los
referidos al problema de las drogas, el conflicto colombiano y el proyecto bolivariano en Venezuela.
Los cambios en la política exterior colombiana
Los cambios en la diplomacia, la estrategia y la política estadounidense han encontrado en la crítica situación andina,
pero sobre todo en la complejidad y agudización de la confrontación colombiana, en el aumento de sus vínculos con
asuntos transnacionales que se han convertido en prioridades de la agenda global y en las políticas de sus
gobernantes, una oportunidad para hacer avanzar la política de Washington en la región andina. De ahí que Colombia
haya empezado a ser convertida en una especie de showcase en la perspectiva de Estados Unidos.
Durante décadas, Colombia ha vivido en medio de la violencia combinada con la estabilidad económica y política, el
fraccionamiento espacial por su propia geografía y la presión demográfica. Sin embargo desde finales de los noventa
el conflicto armado se ha agravado junto a un proceso de desinstitucionalización y una profunda crisis económica y
política. Aunque Colombia, no se encuentra al borde del colapso, el estado y la democracia formal funcionan y las
19
El planteamiento de Kagan lo resume Celestino del Arenal de esta forma: "La administración Bush interpreta la
sociedad mundial como anárquica y peligrosa y descubre un enemigo y unas amenazas a su seguridad e intereses.
Al mismo tiempo, considera que no solo tiene la capacidad y el derecho para intervenir de forma unilateral en el
mundo para combatirlo, sino además, tiene el deber moral de hacerlo sin ataduras ni limitaciones de ningún tipo", en
Celestino del Arenal, “estado Unidos y la política latinoamericana de España”, en Política Exterior, vol. XVII, mayojunio de 2003, págs. 183-193.
20 Esther Barbé, “La vieja Europa en un nuevo mundo”, en Foreign Affairs (en español), vol. 3, Nº 2, abril-junio 2003,
págs. 16-22.
21 Francisco Leal Buitrago, “Crisis de la región andina: fragilidad democrática, inestabilidad social y Plan Colombia”,
en Klaus Bodemer, (Edit.) El escenario de (in)seguridad en América Latina. ¿Amenaza para la democracia?,
Caracas, RECAL, IIK, Flacso-Chile, Nueva Sociedad, 2003, págs. 127-162.
22 Klaus Bodemer, Ibid.
23 Francisco Leal, Op. Cit, pág. 129.
24 Esther Barbé, Op. Cit, pág.21; Celestino del Arenal, Op. Cit.
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fuerzas armadas se han fortalecido25, si enfrenta un enorme reto: el de llevar a la mesa de negociación a los distintos
sectores enfrentados militarmente para llegar a acuerdos sólidos que permitan la construcción de la paz.
La política exterior colombiana, como la de muchos de los países latinoamericanos, ha oscilado desde principios del
siglo XX entre Repice Polum o Respice Similla, vale decir entre la alineación con Estados Unidos o la búsqueda de
mayor autonomía relativa. De ahí que ha conocido momentos de ampliación de sus márgenes de acción
independiente como fue el caso de los presidentes Alfonso López (1974-1978) y Belisario Betancour (1982-1986) o
de conflicto como fue el periodo de Ernesto Samper (1994-1998). En cuanto a la búsqueda de autonomía, esos tres
gobiernos actuaron de manera algo diferente a las administraciones de Julio Cesar Turbay Ayala (1978-1982) o de
Misael Pastrana (1970-1974). Pero paradójicamente, el desarrollo del problema de las drogas y sus delitos conexos,
de la ofensiva guerrillera, de la militarización de su combate, del medio ambiente y los derechos humanos, entre
otros, al convertirse en temas de interés hemisférico y global, y al encuadrarse dentro de la agenda de seguridad
norteamericana, fueron presionando el acercamiento de Colombia con Washington y conduciendo a un aumento
progresivo de los nexos internacionales del conflicto. Como es general, en el mundo global los problemas internos al
articularse a la agenda global dejan de ser domésticos y esa compleja relación diluye progresivamente los límites
entre los asuntos internos y externos. De cierta manera, los presidentes Virgilio Barco (1986-1990) y César Gaviria
(1990-1994) fueron abriendo la política exterior a la búsqueda de múltiples apoyos a nivel internacional, en
particular para hacerle frente a dimensiones de los conflictos internos.
Pero es desde el período de los presidentes Andrés Pastrana (1998-2002) y, sobre todo, Álvaro Uribe (2002-2003)
que los gobiernos colombianos han impulsado un progresivo alineamiento de sus políticas exteriores a la nueva
orientación de Washington. Ahora bien, las tesis y acciones de Uribe al respecto van mas allá de las de Pastrana.
Como sostienen Carvajal y Pardo: “Si para Pastrana se trató de buscar apoyos internacionales para la paz y la
modernización del aparato militar del estado, la política exterior de Uribe tendrá el propósito de explicar a la
comunidad internacional el alcance de las medidas domésticas para enfrentar por la vía militar la amenaza
subversiva, aunque en buena parte, esa política quedó de alguna forma legitimada internacionalmente con los
atentados de la FARC, el mismo día de la posesión presidencial”26.
Los cambios en la política externa colombiana en los cuatro primeros años dos mil se plasman en tres intentos: 1)
propiciar el involucramiento de Estados Unidos con apoyo de carácter económico y militar, 2) articular la política
exterior con la de seguridad, 3) incorporar a la comunidad internacional a la búsqueda de salidas a la confrontación
interna.
En cuanto al primer intento, los dos últimos gobiernos colombianos, aunque con matices, han tratado de propiciar
una política bilateral con Estados Unidos para enfrentar la situación interna con la política de erradicación y
fumigaciones de cultivos de uso ilícito, la modernización de las fuerzas armadas y la respuesta militar a la ofensiva
de los grupos irregulares. Para buscar y concretar ese apoyo militar norteamericano, por presión y/o convicción, los
últimos dos gobiernos colombianos han tratado de inscribir el tratamiento del conflicto nacional en las cruzadas
antiterroristas y antidrogas a través del Plan Colombia y la Iniciativa Regional Andina aprobados por Washington. El
de Uribe ha generado un progresivo alineamiento internacional como se vio en el apoyo a la invasión a Irak, y a la
Doctrina Bush. El gobierno de Uribe ha buscado apoyo estadounidense para la respuesta a la ofensiva armada de los
grupos ilegales mediante la “Política de Defensa y Seguridad Democrática”. Esta política, presentada en julio de
2003, busca el control territorial mediante el refuerzo del poder de las fuerzas armadas y del deber de los ciudadanos
de colaborar con las autoridades, la unificación de los órganos de inteligencia militar, la red de informantes de la
fuerza pública, los programas de soldados campesinos y el estímulo a la deserción de los alzados en armas. En
palabras de la entonces Ministra de la Defensa de Colombia, Martha Lucía Ramírez se trata de terminar esta guerra,
no de reducir su intensidad27.
Eduardo Pizarro, and Bejarano, Ana María, “Colombia. A Failing State?”, en Harvard Review of Latin America, vol.
II, Nº3, 2003, págs 11-13; Daniel Pécaut, “Una Guerra Prosaica”, en Germán Bula Escobar, Colombia. Una ambición
de paz, Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia - Embajada de Colombia en Venezuela, 2003, pág. 19-39.
26 Leonardo Carvajal, Rodrigo Pardo, “La Internacionalización del conflicto doméstico y los procesos de paz. Historia
reciente y principales desafíos”, en Martha Ardila, Diego Cardona, Arlene Tickner, Prioridades y desafíos de la
política exterior de Colombia, Bogotá, Fescol - Hans Seidel Sttufung, 2002, pág. 216.
27 El Mundo, 1 de julio de 2003, pág. 5.
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El gobierno colombiano ha recibido frases efusivas de respaldo como la de Bush: "Tengo ganas de trabajar junto a
las instituciones internacionales para ayudar a este buen hombre y a este importante país", como la que pronunció
el subsecretario asistente para el hemisferio occidental cuando señaló a Uribe como el “Tonny Blair de América
Latina”28, o la del jefe del estado mayor conjunto estadounidense, quien calificó a Colombia de “aliado recio”29 en la
región. Esos reconocimientos se han traducido en que Colombia siga siendo el primer destinatario de recursos para
operativos antierroristas en el hemisferio y el tercer receptor mundial de su ayuda militar así como en la reactivación
de la interdicción de vuelos ilegales, y en que fluyan hacia Colombia la mayor parte de recursos prometidos.
Sin embargo, la entrega de recursos ha tenido muchos tropiezos y ya se ha congelado en tres ocasiones. Primero, por
hechos confusos del lanzamiento de bombas en Santo Domingo donde resultó afectada la población civil. Luego
hasta obtener explicaciones sobre las dos toneladas de cocaína que se "perdieron", en el 2002, en Barranquilla 30. Más
tarde, hasta que el gobierno colombiano no accedió a la firma de un acuerdo en torno a la exigencia de Washington
de proteger a militares y funcionarios estadounidenses de la competencia de la Corte Penal Internacional 31. Tampoco
está garantizada la ampliación de los recursos una vez terminan, en 2005, los que están previstos en el Plan Colombia
y la Iniciativa Regional Andina. Además, en el marco de las próximas elecciones presidenciales y legislativas
estadounidenses32 el tema de los recursos para Colombia podría convertirse en objeto de controversia electoral.
Algunos congresistas consideran que el Plan Colombia no está dando los resultados esperados. Otros miran con
recelo las nuevas políticas de seguridad del gobierno Uribe. Unos más solicitan transferir los fondos que hoy se
destinan a Colombia hacia lugares donde operan redes de Al Qaeda dado que los grupos armados colombianos, así
sean terroristas, no ponen en jaque la seguridad nacional de Estados Unidos 33. Todo esto muestra que más que el
recio aliado, Colombia podría ser un instrumento de conveniencia usado para los propios fines estadounidenses.
Sobre el segundo intento, el de poner en marcha una política exterior centrada en la respuesta militar a la amenaza
armada ilegal, es preciso señalar que obedece a la presión nacional derivada de la masiva saturación con el conflicto
armado y a la propia convicción de Uribe. Desde que fue elegido y tan pronto se posesionó el presidente ha hecho
una gran ofensiva dirigida a contrarrestar en medios oficiales y no gubernamentales externos, el señalamiento de ser
un aliado y promotor de los paramilitares desde su gobernación de Antioquia. Una vez conseguida una cierta
aceptación de su política, el gobierno ha desplegado una activa diplomacia con el fin de concretar la definición de la
guerrilla como terrorista para conseguir su aislamiento y la interferencia a su acción así como ayudas políticas y
económicas en Estados Unidos y Europa. Siendo la prioridad nacional la terminación del conflicto armado hasta la
política de inserción económica internacional ha estado mediada por los problemas de seguridad 34. También frente a
los efectos del conflicto sobre los países vecinos y a las interacciones que con esa confrontación armada se generan
en las fronteras, los últimos gobiernos colombianos han tratado de aumentar la presencia militar o policial en una
forma móvil por razones del conflicto, de buscar acuerdos de actuación conjunta o la declaración de terroristas a los
grupos guerrilleros y poder así concretar la incautación de sus bienes, la negación de visas o de facilidades
otorgadas. Sin embargo, como lo advierte con razón Leal Buitrago “frente al conflicto armado colombiano y en
particular al Plan Colombia, en los países andinos no hay entonces una visión de seguridad compartida., no tanto
por la percepción distinta de sus efectos sobre cada uno de ellos o por sus diferentes agendas de seguridad, sino más
bien por la incapacidad política de las sociedades y los gobiernos regionales de abocar agendas comunes”35.
Con relación al tercer intento, se trata de privilegiar el concurso de la comunidad internacional y de la sociedad civil
en el proceso de restauración de la normalidad y la paz en Colombia. Además de la implicación estadounidense y del
frágil esquema de participación europea, los gobiernos de Pastrana y de Uribe han tratado de conseguir la
intervención de los organismos multilaterales. Uribe lo ha hecho de manera contradictoria pues aunque ha pedido los
“Uribe el Blair de América Latina”, en El Tiempo, 19 de marzo de 2003.
“Al pie del cañón”, en Cambio, 18 de agosto de 2003, pág. 28.
30 “Cámara de representantes de Estados Unidos pide bloquear 37,1 millones de dólares de ayuda a Colombia”, en El
Tiempo, 28 de junio, pág. 1-3.
31 Sergio Gómez, “CIP enfrenta a Uribe y Bush”, en El Tiempo, 2 de julio de 2003, pág.1-2.
32 “Segunda cumbre Álvaro Uribe-George W. Bush en 8 meses”, en El Tiempo, 28 de abril de 2003, pág. 1-2.
33 ”Crece en el congreso de Estados Unidos la oposición a la ayuda a Colombia”, en El Tiempo, 27 de mayo de 2003,
pág. 1-3.
34 Martha Ardila, “Seguridad y Política Exterior en América Latina”, en Coyuntura Política, Bogotá, Corporación
Diálogo Democrático. N° 23, abril de 2003, págs. 21-23; Arlene Tickner, “Colombia es lo que los actores estatales
hacen de ella. Una (re)lectura de la política exterior colombiana hacia los Estados Unidos”, en Martha Ardila, Diego
Cardona, Arlene Tickner, Op.Cit, págs. 353-397.
35 Leal Buitrago, Op. Cit., pág. 152.
28
29
8
buenos oficios o la mediación de la ONU en la resolución del conflicto colombiano desconoció las labores de la
Organización mundial al apoyar la acción unilateral estadounidense. Al mismo tiempo, el presidente colombiano
muestra, con sus frecuentes cuestionamientos a la forma de actuación de Naciones Unidas, la incomprensión de las
complejidades del multilateralismo36. Son también frecuentes las divergencias con Naciones Unidas dado que el
presidente colombiano, en ocasiones, rechaza la tesis de que en Colombia exista un conflicto interno e insiste sólo en
que el estado colombiano está asediado por terroristas mientras el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos en Colombia recalca que por la existencia de un conflicto armado interno, gobierno e
insurgentes deben someterse, respectivamente, a las obligaciones que imponen las convenciones de derechos
humanos y el Derecho Internacional Humanitario.
Los cambios en la política exterior venezolana
La política exterior de Venezuela se ha desarrollado, desde 1999, con base en tres importantes procesos de cambio:
1) unas transformaciones de su estructura interna, que se observan en la nueva Constitución y en las políticas
gubernamentales que han llevado a una reconsideración de fines y medios y una reevaluación de la política de
alianzas; 2) la generación de una serie de factores domésticos que llaman la atención de la comunidad internacional y
que se originan dentro del proceso interno de crisis económica y política, polarización, desinstitucionalización y
amagos de violencia, pero que se enlazan con temas de la agenda mundial como son el desarrollo, el llamado “buen
gobierno”, los derechos humanos; 3) la creciente internacionalización del tema de Venezuela, en la medida en que
los organismos multilaterales, las organizaciones no gubernamentales, los medios de comunicación social y los
propios gobiernos extranjeros le prestan atención a la dinámica interna del país, categorizada ésta como una situación
crítica y de fuerte cambio interno y en la política exterior.
En referencia al primer nivel, están ante todo, los cambios constitucionales de 1999. Entre éstos resaltan en materia
democrática: el tratamiento que recibe el tema de derechos humanos al otorgarle jerarquía constitucional a los
tratados internacionales que Venezuela suscriba al respecto, el impulso a la democracia participativa como modelo
de estado frente a la tradicional concepción de la democracia representativa, y el reconocimiento de la
supranacionalidad en la cuestión de los derechos humanos. Además, en materia económica la nueva Constitución
otorga jerarquía a los tratados de integración económica que suscriba la Nación y reconoce la supranacionalidad de
allí derivada. Pero, al mismo tiempo, reafirma la necesidad de activar mecanismos consultivos a través de la
posibilidad de convocar un referéndum por parte del presidente de la República, de la Asamblea Nacional o de un
grupo calificado de electores que consideren que los tratados, convenios o acuerdos internacionales pudieran
comprometer la soberanía nacional o transferir competencias a órganos supranacionales. También la Carta magna
añade nuevas ideas sobre la solidaridad internacional las cuales sientan las bases para una política exterior que
privilegie el apoyo político y económico a actores subnacionales que reivindiquen su emancipación del control de un
estado. Igualmente, conlleva el propósito de modificar los sistemas de decisión de las organizaciones internacionales,
incluidas las de naturaleza económica, y promover en ellos la práctica de la democracia participativa. Del mismo
modo, la nueva Constitución expresa la aspiración a una economía estatista al establecer constitucionalmente el
sustento para políticas que fortalezcan el control del estado sobre la industria petrolera y que limitan los ámbitos para
la apertura y las inversiones privadas en el sector. Aunque el fortalecimiento del papel del estado en dicha industria
no está reñido con la apertura, este sustento constitucional, expresa una concepción en la que el petróleo vuelve a ser
considerado un arma estratégica de poder y cada vez menos como recurso económico cuyo aprovechamiento debe
ser evaluado en términos de eficacia y proyección a futuro del negocio. Por último, pero no menos importante, dentro
de los cambios constitucionales se observan como temas originales y/o controversiales: la presión por un mundo
multipolar, la falta de una referencia explícita sobre la defensa de la democracia representativa, algo que sí se
encuentra en la Constitución de 1961; el llamado carácter multiétnico de Venezuela y el principio de la doble
nacionalidad con todos los problemas de interpretación que generan; la corresponsabilidad en la defensa del país, por
parte del estado y la sociedad; la menor amplitud de la extradición y la ampliación de los derechos de asilo y refugio,
lo que va en contra de las actuales tendencias mayoritarias a nivel internacional al respecto.
Según el presidente Uribe “el papel que hemos visto los colombianos es que critica mucho y resuelve muy poquito.
No le digo a Naciones Unidas que deje de criticar, pero le digo que se comprometa a resolver” … “Naciones Unidas
debe escoger a quién le tiene que servir. Si al miedo que le producen los grupos violentos de Colombia, o a la
necesidad del pueblo colombiano de que la comunidad internacional nos ayude para resolver esa violencia”.
Declaraciones del presidente de Colombia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, San José de Costa
Rica, 19 de junio de 2003, en El Nacional, 21 de junio de 2003, pág. B-14.
36
9
Habría que agregar a los cambios constitucionales, el extremo desarrollo o el contraste con algunos de ellos a través
de diversas tesis y acciones gubernamentales a nivel internacional. En el plano político, entre otras, se encuentran:
creer en la soberanía extrema, propiciar un acuerdo militar latinoamericano sin el concurso de Estados Unidos,
promover la OPEP como arma política, conformar alianzas amplias que privilegien las relaciones con Cuba y otros
países llamados “progresistas” como Irán, China y Rusia mientras se disminuyen las relaciones con Estados Unidos y
Colombia. En el plano económico: disminuir los compromisos de integración y revivir una política proteccionista y
de retorno al modelo endógeno de sustitución de importaciones. En el plano de los fines y objetivos de la política
exterior: agenciar una política antioccidental, promover relaciones supranacionales con grupos políticos y sociales
paralelas a las relaciones intergubernamentales así como denuncias en los foros internacionales a las formalidades
diplomáticas.
En el segundo nivel de cambio internacional, Chávez ha ido tejiendo una diplomacia hiperactiva que, sin embargo,
ha dejado pocos resultados tangibles y ha recalentado la estabilidad regional dada sus querellas con Washington y
con algunos vecinos. De suerte que el cambio de gobierno en Estados Unidos, el decrecimiento parcial de las
economías latinoamericanas, el fracaso del gobierno en cuanto a la entrada a la economía interna de inversiones
extranjeras directas, el retiro de empresas multinacionales hacia otros países de la región, y la misma conducta
voluntarista de Chávez, la extrema polarización doméstica, y la agudización de su orientación antioccidentalista han
limitado el activismo presidencial en materia de política exterior. Así, el clima de tolerancia internacional que tuvo el
gobierno venezolano en el contexto internacional entre 1999 y 2001 fue reduciendo su espacio entre 2002 y 2003.
En el tercer nivel de cambio, pese a no ser por solicitud gubernamental y más bien por acción de sus opositores o de
las propias organizaciones internacionales, han intervenido en la crisis venezolana diversos organismos
internacionales. Ante todo, la OEA cuyo secretario general vivió en Caracas durante meses para ayudar a concretar
formas de entendimiento entre gobierno y oposición. También el Centro Carter y el propio expresidente
estadounidense que ha reforzado las acciones de la organización hemisférica. Además, el grupo de países amigos
cuya composición no pudo determinar el gobierno de Chávez, se organizó rápidamente aunque no ha tenido un gran
espacio de actuación.
La relación del gobierno de Chávez con Estados Unidos ha sido distante en temas como las cruzadas antinarcóticos
y antiterroristas, el ALCA, algunas posiciones venezolanas a nivel multilateral, en particular en la OPEP, y a nivel
bilateral con países considerados “parias” por parte de Washington o por algunas actuaciones estadounidenses con
relación a la situación interna venezolana. En diversas ocasiones, los gobiernos democráticos venezolanos ante la
inminencia de la guerra en el Medio Oriente y en el Golfo Pérsico mantuvieron una actitud de apoyo pasivo a
Occidente y esperaron beneficiarse de los altos precios del petróleo que originaban esos conflictos. Si bien, estos
gobiernos calibraron la necesidad de equilibrar su permanencia en la OPEP con sus relaciones especiales de
proveedor seguro de Estados Unidos, en hechos concretos como la Guerra de los Seis Días, la Guerra del Yon
Kippur y durante la invasión a Kuwait por parte de Irak, nadie dudó sobre la actitud de los gobiernos venezolanos.
Ahora la situación es distinta y más difícil de manejar por parte del gobierno de Chávez. En primer lugar, Chávez ha
manifestado sus simpatías por la “causa árabe” y en general por las tesis tercermundistas de un mundo multipolar, ha
estado cerca de Kadhafi, de los iraníes y de los iraquíes en tiempos de Saldan Hussein. En segundo lugar, son
diversas las ocasiones en donde Chávez ha irritado a la comunidad internacional occidental por sus simpatías con
causas antinorteamericanas: su carta a Ilich Ramírez, (Carlos, “El Chacal”), su visita terrestre a Irak y sus
conversaciones con Hussein, la muestra y denuncia de los asesinatos de niños en Afganistán y su reiterada oposición
a una invasión militar a Irak. Por otra parte su acrecentando antinorteamericanismo, su apoyo a Fidel Castro, su
aparente ayuda a movimientos insurreccionales y de izquierda en América Latina, le crean una atmósfera adversa en
las cancillerías occidentales. Así se vio con la convocatoria del seminario internacional a favor del gobierno de
Chávez, evento que se desarrolló, en abril de 2002, con conferencias y talleres vertidos dentro de la agenda
antiglobalizadora y con la presencia de dirigentes políticos e intelectuales de la izquierda mundial y latinoamericana.
Estados Unidos estuvo detrás del golpe de abril de 2002 y en distintos momentos diversos funcionarios
estadounidenses han hecho críticas o señalamientos al gobierno Chávez y a su proyecto político interno e
internacional. Condoleeza Rice, por ejemplo, dijo que su país tiene “algunas preocupaciones sobre ciertas
actividades” del presidente venezolano Hugo Chávez Frías y que “sigue con mucha atención la realización del
referéndum revocatorio como de resolverlo [...] Este no es un tema bilateral de Estados Unidos con Venezuela sino
un tema regional y así es como lo tratamos” 37. Sin embargo, en momentos del segundo paro, a fines de 2002 y
37
El Nacional, 14 de octubre de 2003, pág. A-2.
10
comienzos de 2003, el gobierno venezolano esgrimía el reconocimiento y la carta abierta que Washington le ofrecía
para que manejara la oposición dado que consideraba más claro el panorama con el propio Chávez al frente de la
administración. Estados Unidos ha presionado y conseguido que se preserve el carácter de abastecedor seguro y
confiable de petróleo estadounidense. A tal punto, que ha logrado que, según reiteradas informaciones de prensa
estadounidense, Venezuela aumente las ventas de petróleo a la reserva estratégica norteamericana en condiciones
favorables. Todo esto le habría dado al gobierno de Chávez un margen de acción nacional e internacional importante,
incluso en ese tema petrolero como se puede ver en las ventas de petróleo en condiciones favorables a Cuba y la
tolerancia con la forma de pago de la isla. Con todo, Chavez sabe que el margen de su disidencia está en el
suministro de petróleo a Estados Unidos. Aunque, en la medida en que la situación en el Medio Oriente sea frágil y
llena de incertidumbre o conflicto, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN convertirían a Venezuela en un
objetivo estratégico, lo que le incrementaría a Chávez el valor del tema petrolero como arma para avanzar su
proyecto interno e internacional.
Claro está, todo esto es posible de proyectar si no se experimenta un cambio político en Venezuela que obligue a la
salida de Chávez de la presidencia antes de cumplir su mandato en enero de 2007. En ese escenario, el gobierno de
Chávez podría seguir cambiando la política exterior en el plano discursivo y en algunas de sus actuaciones
internacionales y profundizando tradiciones venezolanas como el presidencialismo, el bolivarianismo y el
hiperactivismo. En un tal escenario se avizoran, al menos, cuatro espacios problemáticos en cuanto a los factores
internacionales de Venezuela. Primero, la presión de Washington para que Venezuela de muestras que sigue siendo
un aliado seguro de Estados Unidos en materia petrolera. También la presión de Estados Unidos para que Venezuela
apoye la política de seguridad fronteriza del gobierno de Uribe en Colombia, reduzca sus compromisos y acabe sus
simpatías con partidos y movimientos nacionalistas y revolucionarios en la región o sus vínculos con sectores
internos en países suramericanos. Segundo, el alejamiento de Venezuela tanto por razones comerciales como por
razones políticas de los procesos de integración como la Comunidad Andina o de libre comercio como el ALCA.
Tercero, la reducción de la tolerancia a Chávez por parte de los gobiernos de los países miembros de la Unión
Europea y el distanciamiento de parte de algunos gobiernos y sectores sociales latinoamericanos. Cuarto, la reacción
de Chávez a la aplicación del Plan Colombia y a la intensificación de la violencia en su principal vecino pues de
prosperar las soluciones militares asumidas por el gobierno de Uribe, Chávez tendría que definirse ante los actores
involucrados. Hasta ahora, en ocasiones, ha respaldado tímidamente al gobierno de Uribe, ha simpatizado con la
guerrilla aunque no puede manifestarlo y se ha enfrentado a los paramilitares.
En suma, de esta primera parte podemos señalar que se asiste a rupturas importantes en las políticas exteriores de los
tres países al frente de los cuales están, además, presidentes bien particulares cuyo futuro es incierto lo que induciría
a preguntarse si se trata de cambios durables o si están atados a la suerte política del gobernante. En Estados Unidos,
aunque hay matices entre Clinton y Bush, se trata de la consolidación de una tendencia, tal vez de manera extrema
con Bush pero que ya venía incubándose y que cuenta con amplio respaldo interno. En el caso colombiano, la
tendencia del gobierno de Pastrana de acercamiento a Estados Unidos para buscar apoyos con el fin de resolver el
conflicto interno ha sido profundizada y ampliada por Uribe y cuenta con un masivo respaldo nacional y una
saturación con el conflicto. En Venezuela, Chávez responde a una tendencia de una parte importante de la población
cansada con los problemas derivados del régimen político anterior y que lo apoya enfrenta, sin embargo, una
polarización extrema. No obstante responder a una tendencia en curso y contar con apoyo en sus respectivos países,
Bush, Uribe y especialmente Chávez –que durante sus mandatos han querido transformar los fines, objetivos e
instrumentos de las políticas exteriores- confrontan problemas para continuar en sus propósitos. Bush porque no tiene
claro el camino para su reelección, Uribe porque no puede reelegirse constitucionalmente y Chávez porque está
sometido a un proceso revocatorio de su presidencia. ¿Si de da un escenario sin ellos en la dirección de sus países,
¿cambiarán las políticas exteriores de sus países? Podría darse un “bushismo”, “uribismo” y “chavismo” sin la
participación directa de sus protagonistas que impregne la política interna e internacional de esos países. Esto está
por verse.
2. LOS IMPACTO EN LAS RELACIONES ENTRE VENEZUELA Y COLOMBIA
En el pasado se registraron contadas divergencias puntuales en el plano hemisférico, mientras que en los aspectos
fronterizos se daban periodos de predominio de desencuentros y otros de aumento de las coincidencias 38. En estas
últimas se ha logrado configurar una agenda y emprender negociaciones sobre temas centrales binacionales como el
38
Socorro Ramírez y Miguel Angel Hernández, Op. Cit, págs. 159-241.
11
diferendo sobre áreas marinas y submarinas, las cuencas hidrográficas, las migraciones, los refugiados, el robo de
vehículos, el combate al problema de las drogas y otros aspectos dentro de la vinculación fronteriza. Esos acuerdos
se han visto frenados y en algunos casos se ha retrocedido por las divergencias políticas y los cambios recientes en
las políticas exteriores y en particular en la posición frente a Estados Unidos, pero sobre todo, por el aumento de los
temores mutuos.
De hecho, si se comparan las relaciones de los dos países en los dos últimos años con períodos en el pasado reciente,
el flujo de “incidentes” en la frontera es más o menos igual, pero ahora lo que pasa es que están afectados por las
coyunturas críticas de cada país, las respectivas políticas gubernamentales para hacerles frente y las divergencias
políticas entre los gobiernos centrales. Además, a las tradicionales tensiones en las relaciones exteriores de Colombia
y Venezuela, en los últimos años, se les han agregado la mutua incomprensión frente a la respectiva situación interna
y las diferencias en la apreciación de dichas confrontaciones nacionales. Cada uno de los dos gobiernos caracteriza
su situación interna como el asedio a la democracia y percibe que su vecino en lugar de comprensión le agrega
ingredientes explosivos a la situación. El colombiano porque siente que el Venezolano no acepta una acción conjunta
en la frontera ni el funcionamiento de mecanismos de vecindad y el venezolano porque cree que el Plan Colombia
desestabiliza la región y amenaza a su propio gobierno. Lo cierto es que las mutuas denuncias y los problemas de
seguridad no se procesan de manera conjunta y hay ausencia de acción coordinada para controlar las zonas
compartidas lo que permite el tránsito de la droga, el paso o refugio de guerrillas y autodefensas. Desde 1999 todos
estos elementos han ido incubando una de las mayores crisis binacionales y en la que cada gobierno atribuye al otro
ser la causa de males y disputas en la frontera. Las divergencias se han hecho sentir hasta en la posición frente a los
desterrados por la guerra, Venezuela no les ha conferido la condición de refugiados sino de ciudadanos en tránsito
por su territorio mientras Colombia ha pedido la actuación de los organismos internacionales para atender esas
emergencias humanitarias. En cada país distintos sectores interiorizan el estado de esas diferencias y las utilizan para
fines partidarios y políticos específicos. De ahí que los temas específicos de la agenda estén, además, “teñidos” de la
política interna venezolana y colombiana.
Mutos temores
En el marco complejo de la relación de cada país con Estados Unidos y de la consideración del otro país como la
primera hipótesis de conflicto bélico también se han venido expresando mutuos temores que requieren de
clarificación conjunta.
Tres son los principales temores que se expresan del lado venezolano.
Primero, se han hecho a diversos niveles, una y otra vez, afirmaciones sobre que el actual equipamiento de las
fuerzas armadas colombianas para responder la ofensiva armada interna ha producido o pudiera generar un
desbalance militar con Venezuela, un punto sensible para la Fuerza Armada Nacional venezolana y para diversos
sectores incluso académicos. Como el Plan Colombia se fue modificando sin que el gobierno colombiano aclarara a
sus vecinos su alcance y sentido se generó una ola en su contra y no se aprovechó la ocasión, dada la actitud de
Bogotá y la posición de distanciamiento de Caracas, para construir medidas de confianza. En Venezuela sectores
ligados al gobierno no han tomado en consideración que el proceso de modernización militar colombiano, tanto en
equipos como en adiestramiento y organización, ha estado dirigido a un combate interno irregular y no a una guerra
interestatal. Por eso las fuerzas militares cuentan con helicópteros artillados y no con aviones bombarderos, con
aviones “fantasma” de inteligencia para ubicación de columnas armadas, y con comandos especializados contra
distintas formas delictivas. Ni han considerado que el contexto internacional actual no favorece la confrontación
entre estados y más bien existe una presión por soluciones favorables para ambas partes. Tampoco, se ha visto que la
situación interna de cada lado le impide a cada gobierno desviar la atención de la salida de su conflicto interno y que
cada país tardará muchos años en estabilizarse como para aventuras guerreristas. Además, en la opinión interna no
tiene cabida la idea de un enfrentamiento con otro país y los lazos e interdependencias positivas entre los dos países
constituirían una enorme presión en contra de la amenaza de un estado al otro39.
Luego, el temor de que por la estrecha relación del gobierno central de Colombia con Estados Unidos, Bogotá saque
ventajas de esa relación con respecto a Venezuela, o se convierta en punta de lanza para desprestigiar, amenazar o
confrontar al gobierno de Chávez. A esta última idea han contribuido las declaraciones hechas desde Bogotá por
39
Socorro Ramírez, IEPRI Universidad Nacional de Colombia, ponencia presentada en la II reunión del proyecto
andino-brasileño, Brasilia, 20 y 21 de octubre de 2003.
12
parte de altos funcionarios estadounidenses. Por ejemplo, el general Richard Myers, jefe del estado mayor conjunto
de las fuerzas armadas de Estados Unidos, en agosto de 2003 mientras calificó a Colombia como “un aliado recio”,
en clara alusión al gobierno de Chávez dijo, que “Cualquier vecino que de asistencia y comodidades a los terroristas
está del lado equivocado de la guerra y vamos a tener que desarrollar inteligencia y trabajar con los gobiernos
vecinos para que eso no ocurra”40.
Está también el temor del gobierno de Chavez de que el gobierno colombiano tome partido en la polarización
venezolana. Por un lado, con base en lo ocurrido en el golpe de estado al presidente Chávez, el gobierno venezolano
ha señalado que el anterior gobierno y los gremios colombianos habrían apoyado la ruptura del estado constitucional
en Venezuela y se habrían aliado con su oposición interna. Este señalamiento obedece a declaraciones individuales
de altos funcionarios del gobierno y de empresarios colombianos que aunque, fruto de vínculos preexistentes con
personajes ahora en la oposición venezolana, de la molestia con la posición del gobierno de Chávez sobre el conflicto
colombiano y de la tensión binacional, le agregaron ingredientes negativos a las divergencias entre los dos gobiernos.
Por otro lado, con base en el señalamiento que hace la oposición de que el estado negativo de las relaciones con
Colombia es consecuencia del desdén y la falta de compromiso del gobierno de Chávez dada su opción por la
guerrilla. Con ese temor el gobierno de Chávez vio la visita de dos dirigentes de la oposición venezolana, en agosto
de 2003, al presidente Uribe para solicitar “la colaboración de Colombia como nación hermana, y por su intermedio
de muchos otros países de la región, la cual es vital para que los venezolanos podamos ejercer nuestro derecho y
lograr el cumplimiento del acuerdo, a fin de lograr una salida política y electoral a la crisis venezolana . Uribe
reiteró que “no era indiferente a la crisis venezolana”41. Sin embargo, desde el momento de su posición y para saldar
cuentas con la posición que asumieron altos funcionarios colombianos frente al golpe contra Chávez, Uribe dijo que
respeta la institucionalidad de su vecino y que se entiende con el gobierno que tiene Venezuela.
Del lado colombiano, se han manifestado fudamentalmente dos temores.
Ante todo, a que la mayor proximidad ideológica del gobierno central y de algunos gobiernos fronterizos
venezolanos que rechazan el Plan Colombia y la política de seguridad del gobierno colombiano, no sólo dificulte el
control conjunto de las fronteras compartidas sino que por acción u omisión le de facilidades a las guerrillas
colombianas y hasta le reconozca un estatus beligerante en el marco de la posición de neutralidad ante el conflicto.
Este temor se expresa en la percepción de que el gobierno de Venezuela se niega a reconocer el hecho de que en
territorio venezolano está operando la guerrilla lo que lo llevaría a una cierta complicidad. También, en la percepción
de que el gobierno venezolano no quiere cooperar con las actividades conjuntas necesarias para controlar la frontera
compartida porque no ha reconocido que es allí donde se presentan con más peso los problemas comunes. En la
percepción, además, de que el gobierno de Venezuela se limita a denunciar la carencia de un plan militar de defensa
colombiano para la frontera desconociendo que de hecho se ha incrementado la recuperación del control estatal de
zonas importantes próximas a Venezuela y que cuando el gobierno de Colombia trata de enfatizar la necesidad de
acción conjunta, el gobierno de Chávez contesta que eso no es un problema venezolano sino colombiano. Sin
embargo, en sus cinco años de gobierno, Chávez no le ha reconocido ese estatus de beligerancia a las guerrillas y es
muy poco probable que esto suceda porque el ámbito internacional hacia las FARC se ha hecho muy negativo y esto
tendría altos costos para el gobierno de Venezuela. Tampoco, el gobierno de Venezuela puede darle un apoyo militar
significativo a las guerrillas o inducir cambios estratégicos en el conflicto colombiano. El asunto se ha vuelto central
para la oposición, no contaría con el aval de buena parte de las fuerzas armadas y no sería tolerado por la comunidad
internacional, Estados Unidos en particular 42.
Luego está el temor a que Venezuela saque ventaja en esa proximidad ideológica con la guerrilla frente a los asuntos
pendientes o use el tema del diferendo limítrofe para alentar el nacionalismo en momentos en que se encuentre
acorralado por la situación interna. Un exministro alertó contra las posibles compras de aviones de combate rusos por
parte de Venezuela. Como el ex ministro quiso hacer campaña electoral aprovechando el creciente descontento en
diversos sectores colombianos con la posición del gobierno de Chávez sobre Colombia y dado el distanciamiento
entre Bogotá y Caracas no se pudo aprovechar la ocasión para avanzar en medidas de confianza y analizar de manera
Las declaraciones de Myers están en El Nacional, 13 de agosto de 2003, pág. B-5; “Alto militar de E.U. pide a
Venezuela aclarar su posición frente al terrorismo", en El Tiempo, 12 de agosto 2003, Héctor Latorre, “Colombia:
apoyo de EE.UU”, en http://news.bbc.co.uk/hi/spanish, Bogotá, 12 de agosto de 2003.
41 El Nacional, 13 de agosto de 2003, pág. A-2.
42 Socorro Ramírez, IEPRI Universidad Nacional de Colombia, ponencia presentada en la X reunión binacional del
Grupo Académico Colombia-Venezuela, Maracaibo, 26-29 de noviembre de 2003.
40
13
conjunta entre los dos países si estas compras eran parte de una modernización del aparato militar venezolana sin que
por ello tuvieran necesariamente un carácter ofensivo.
Hay pues un mutuo temor excesivo y es necesario reducirlo a sus proporciones reales. Pero sobre todo, la parálisis de
las comisiones para atender las negociaciones de la agenda bilateral y los asuntos de seguridad, de las fronteras y la
integración ha llevado a un incremento de los problemas, de su magnitud y de sus efectos en la frontera. Además,
tanto en Colombia como en Venezuela diversos sectores le están imputando a la relación interestatal las diferencias
ideológicas entre los gobiernos centrales; y esto es preocupante.
Desacuerdos internacionales
A esas desavenencias sobre cuestiones nacionales y binacionales y a los temores mutuos que se han incrementado,
parecerían sumarse ahora las divergencias en los discursos sobre la situación y las prioridades internacionales. En
ocasiones anteriores hubo discrepancias en algunos asuntos internacionales y regionales -como la crisis de las
Malvinas en 1982- que tuvieron cierta significación en las relaciones binacionales pero estos se daban en el marco de
coincidencias políticas fundamentales entre los dos países. Y sobre todo, primó el consenso entre ambos gobiernos
sobre la crisis política centroamericana, la Carta Democrática de la OEA o la crisis peruana. En cambio asuntos
regionales o hemisféricos parecen hace parte ahora de los desencuentros entre los gobiernos centrales de Venezuela y
de Colombia. La pregunta, también es si Colombia y Venezuela pueden enfrentar a corto plazo una rivalidad
diplomática, que sea el resultado del deterioro de sus relaciones hemisféricas más que de sus relaciones bilaterales o
que se sume a sus discrepancias tradicionales.
En efecto, en la actualidad, las relaciones exteriores de ambos países están entrando en una nueva fase como
acabamos de verlo. Podríamos estar asistiendo, como consecuencia de los cambios antes vistos, a políticas exteriores
que ya no coincidan de manera espontánea dado que no se coordinaban -como demostramos en el trabajo anterior se
daba hasta 199843- sino divergentes ya no sólo en el ámbito bilateral y fronterizo sino a nivel hemisférico e
internacional. La pregunta es hasta dónde, entre 1999 y 2003, han sido más las divergencias que las coincidencias
encontradas en años anteriores. Para empezar, hay que decir que el contexto internacional y la política del gobierno
de Bush, dirigida a desarrollar una diplomacia preventiva que no deja espacio a políticas exteriores que se definan
por fuera del combate al terrorismo y al narcotráfico deja muy poco margen para la disidencia o la hace muy costosa.
En este marco, Colombia y Venezuela han enfocado muchos temas de manera diferente.
Son conocidas las discrepancias aunque no los matices sobre el Plan Colombia dado que el presidente Chávez matizó
su posición en 200144. También es claro el rechazo del gobierno venezolano a los sobrevuelos de naves
norteamericanas sobre territorio venezolano para el control del tráfico de drogas, aunque la Iniciativa Regional
Andina del gobierno de Bush contempló recursos antinarcóticos para ambos países. Además son notorias,
divergencias en la interpretación mundial tan marcadas como que para el gobierno de Venezuela la prioridad es
construir un mundo multipolar y para el de Colombia la lucha contra el terrorismo y contra el problema de las drogas
y los delitos conexos. Podríamos estar, además, ante divergencias de sentido de las orientaciones externas. Colombia
necesita y busca el respaldo de la comunidad internacional, y específicamente de la alianza occidental para resolver
su problema interno. En cambio, Venezuela ve con reservas el respaldo que la comunidad internacional le pueda dar
a fin de mitigar la crisis interna que padece. Claro que la divergencia no estaría tanto en si el gobierno de Colombia
vincula cada día más sus relaciones exteriores a un plano interno de la resolución de la confrontación armada y el
gobierno de Venezuela internacionaliza sus relaciones exteriores. Podríamos estar ante políticas exteriores que por
medios distintos tratan de asegurar proyectos internos; el de Colombia busca apoyo para una salida de la
confrontación armada vinculando a la comunidad internacional y el de Venezuela defiende su proyecto político
tratando de construir alianzas tercermundistas que le ayuden a garantizar una tolerancia de la comunidad
internacional, y garantiza el carácter de tercer socio petrolero de Estados Unidos.
Los dos países tienen posiciones parcialmente distintas en las negociaciones sobre acuerdos andinos como la
liberalización del transporte de carga y las negociaciones comerciales regionales y hemisféricas. Mientras Venezuela
pidió ingreso al Mercosur por fuera de la CAN en Colombia se suscitó una enorme presión empresarial en contra de
un acuerdo andino-mercosureño, finalmente ambos países firmaron el acuerdo entre los dos grupos sudamericanos.
El gobierno de Venezuela ha dejado constancias en las cumbres del ALCA contra acuerdos firmados por los demás
43
44
Socorro Ramírez, Elsa Cardozo, José Luis Ramírez, Miguel Angel Hernández y Angelina Jafé… Op. Cit.
Socorro Ramírez y Miguel Angel Hernández… Op. Cit.
14
gobiernos y los negociadores venezolanos han mostrado un gran desgano a la hora de cumplir los pasos previos
acordados de carácter comercial. Mientras tanto el gobierno colombiano no sólo se ha comprometido con ALCA sino
que ha comenzado con Perú, negociaciones para un acuerdo bilateral de libre comercio con Estados Unidos y ha
aumentado las exportaciones hacia ese país reemplazando, en parte, la caída del comercio con Venezuela. En las
negociaciones agrícolas la presión de Estados Unidos logró que diversos países entre ellos Colombia se retiraran del
Grupo de los 20-plus de destacada actuación en el entorno de la OMC y en el que se mantuvo Venezuela.
Los dos gobiernos tuvieron posiciones distintas frente a la situación de Irak y luego ante la invasión de Estados
Unidos aunque para ambos sus posiciones fueron contradictorias y tuvieron consecuencias bien significativas.
Durante un primer momento el gobierno de Chávez evitó pronunciarse sobre la guerra en Irak. Por una parte, los
costos de posicionarse a favor de uno u otro bando eran muy altos. Si Chávez apoyaba la alianza occidental y
reiteraba su condición de socio y proveedor seguro y confiable, su identidad y sus compromisos internacionales
antioccidentales se venían abajo y perdía credibilidad ante una muestra evidente de debilidad. Con todo, desde el
lado del oficialismo, los medios de comunicación gubernamentales no ocultaron sus simpatías por la “causa” de Irak
e interpretaron la campaña aliada en contra de Irak como una agresión a ese pueblo y como una injerencia en los
asuntos internos de ese país. En cambio, sectores de la oposición venezolana vincularon la situación de Irak con la de
Venezuela y mostraron semejanzas entre Saddan Hussein y Chávez, al punto que algunos dijeron abiertamente que
luego de “limpiar a Hussein” los Estados Unidos debían venir a “limpiar a Chávez”. Luego las consecuencias han
sido variadas. Para Chávez, en primer lugar, la política de precios del barril de petróleo de la OPEP se vio afectada,
no sólo por las expectativas que originaba el retorno de Irak al mercado mundial con una mayor producción interna
sino porque en ese momento se redujo la demanda energética por la recesión mundial. Luego, las tensiones en el
mundo árabe sobre el tema de Irak, las rivalidades internas en la OPEP y el crecimiento del mercado por fuera de la
OPEP, dieron lugar a precios fluctuantes para el barril. El escenario de precios bajos del petróleo perjudicó la
economía venezolana en momentos en que se recuperaba de la huelga petrolera y trataba de alcanzar la cuota
acordada por Venezuela en la OPEC. El gobierno de Uribe, por su lado, trató no sólo de avalar la acción contra
Hussein sino de inscribir el conflicto colombiano en la cruzada contra el “terrorismo” global. Pero no le ha servido
exagerar la amenaza colombiana para Estados Unidos, como cuando le dijo a Bush que "La droga es la peor de las
armas químicas", "El conflicto colombiano es un problema tan grave que tiene el potencial de desestabilizar
América del Sur", “puede destruir la selva amazónica”, “es más grave que el mismo conflicto de Iraq". Tampoco le
ha servido pedir que todo el material bélico que quedara de la guerra en Irak se trasladara a Colombia o que Estados
Unidos bloqueara en el Caribe el ingreso de precursores y la salida de drogas 45. Estas frases mostraban el afán de
ganar un apoyo pero generaron equivocadas señales y le dieron a la oposición colombiana un argumento político que
esgrimió en su ascenso electoral. Son, además contradictorias con la posición que, en ocasiones, expresa el
presidente colombiano cuando niega la existencia de una confrontación armada y se asemejan a exageraciones
similares que hacen diversos sectores con los cuales su gobierno expresa divergencias sobre el conflicto colombiano.
De hecho, exageran la amenaza del conflicto colombiano: las guerrillas y paramilitares para neutralizar a los países
limítrofes y ganar reconocimiento internacional, algunos vecinos para manejar las relaciones con Washington o su
política interna y Estados Unidos para justificar sus cruzadas antidrogas y antiterroristas y su creciente injerencia en
Colombia y en la región andina. El efecto provocado es el contrario. El conflicto colombiano al aparecer como el
único factor causante de todo lo negativo que ocurre en la región, contribuye a ocultar otras dinámicas globales,
hemisféricas, andinas y fronterizas que lo atraviesan y refuerzan, y a inhibir un acompañamiento regional para buscar
una solución negociada46.
Ambos gobiernos reaccionaron de manera parcialmente diferente ante la petición de Washington de suspender la
ayuda militar a los países que para el 1 de julio de 2003, no hubieran suscrito un acuerdo bilateral que eximiera de la
obligación de entregar a la Corte Penal Internacional a los ciudadanos norteamericanos que estuvieran en misión
internacional y que fueran acusados de delitos contra la humanidad. El gobierno de Chávez proclamó, ante tal
petición, que “considera que la propuesta de Estados Unidos es contraria al espíritu y letra del estatuto de Roma, y
es violatoria de varios instrumentos que el derecho internacional ha consagrado en el marco del elevado propósito
“Uribe busca la inversión española”, http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/latin_america/ 3 de julio de 2002; “Refuerzo
militar en El Caribe”, en El Tiempo, 14 de enero de 2003, pág. 1-5; “Uribe solicita ayuda en foro económico mundial”,
en El Tiempo, 25 de enero de 2003, pág. 1-4; “Presidente Álvaro Uribe reclama al mundo por terrorismo en El Nogal”,
en El Tiempo, 8 de febrero de 2003, pág. 1-3; “Presidente Álvaro Uribe pide apoyo ciudadano y solidaridad
internacional para derrotar al terrorismo”, en El Tiempo, 10 de febrero de 2003, pág. 1-5, “Uribe pide armas a EE.UU”
en http://news.bbc.co.uk/hi/spanish, 3 de mayo de 2003.
46 Socorro Ramírez, Intervención internacional en conflictos internos. El caso colombiano (1994-2003), Universidad
Nacional, 2004.
45
15
de hacer respetar los derechos Humanos, reconocido como un valor fundamental. También sostenemos que la
forma compulsiva con la que se ha pretendido imponer el acuerdo, atenta contra el principio de la igualdad jurídica
de los estados y del debido respeto, base fundamental para el relacionamiento sano en la comunidad
internacional”47. En cambio, el gobierno de Colombia inicialmente trató de evadir la petición reiterando, una y otra
vez, que ya existía un convenio firmado en 1962 que exigía para el juzgamiento de norteamericanos el beneplácito
de su gobierno y no había, por tanto, necesidad de firmar un nuevo acuerdo bilateral. Finalmente, luego de la
suspensión de parte de los recursos del Plan Colombia el gobierno colombiano tuvo que firmar con Estados Unidos,
en septiembre de 2003, un acuerdo mediante el cual los ciudadanos norteamericanos que incurran en delitos graves
podrán ser enviados a la Corte Penal Internacional, previa autorización de Washington 48.
Pero se trata de ir más allá de constatar las discrepancias y preguntarse si por intereses de la potencia hegemónica o
por acción u omisión de los gobiernos colombiano y venezolano Estados Unidos ha construido sobre Colombia una
posición envolvente vía la militarización del Plan Colombia que afecta a su vecino y en el caso de Venezuela sólo
una posición excluyente con las advertencias de Washington sobre las desviaciones antidemocráticas del gobierno de
Chávez. O existen frente a cada uno acciones envolventes y excluyentes a partir de las peticiones del gobierno
colombiano de apoyo para la salida de su confrontación armada y del gobierno de Venezuela del rechaza o
desconexión de algunas de las políticas de Washington y la reafirmación y ampliación de su acercamiento en otras.
¿Cómo entender entonces el tipo de relación de cada país con Estados Unidos? Por un lado, en el caso de Colombia
más que a un aumentando de ventajas militares con respecto a sus vecinos a lo que parece asistirse es tanto al
incremento de la intervención estadounidense en el conflicto colombiano para desde allí incidir sobre los países
andinos como al aumento de los costos que el país paga por esa dependencia. En el tema comercial Estados Unidos
ratificó, en 2002, las preferencias arancelarias condicionadas y excluyó a Venezuela por sus divergencias y por la
posición sobre temas comerciales del gobierno de Chávez, a pesar de que los andinos –incluido el gobierno de
Chávez- habían actuado de manera conjunta al respecto desde su encuentro en Cartagena para coordinar la estrategia
andina49. De firmar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos en condiciones favorables para Colombia
podría decirse que Colombia sacó ventajas comerciales con relación a Venezuela no porque esa iniciativa fuera
hecha con ese propósito sino porque Venezuela, en buena medida, se sustrajo de esas negociaciones multilaterales o
bilaterales. Por otro lado, en el caso de Venezuela la relación con Estados Unidos no parece ir disminuyendo en
todos los terrenos dada la garantía ofrecida por el gobierno venezolano sobre el suministro petrolero que le da un
cierto margen de disidencia en el manejo de los asuntos domésticos y frente a asuntos internacionales.
Para finalizar podemos decir que si las divergencias entre los dos países son fuertes en el discurso se diluyen luego,
en parte y en algunas ocasiones, en la dinámica de su aplicación que suele ser más compleja que la definición de la
posición. También se diluyen en sus resultados e incluso hay semejanzas o coincidencias en los cambios en la forma
de elaboración de la política exterior, y en actuación internacional en ámbitos multilaterales.
De hecho, ambas políticas exteriores se parecen en los problemas en la formulación de las políticas exteriores
derivados de los cambios en curso en cada uno de ellas. Por un lado, la política exterior de Venezuela se enfrenta a
contradicciones entre la cancillería y la vicepresidencia que ha tomado control de los puntos más importantes de la
agenda exterior de Venezuela y en materia de relaciones con países claves como Estados Unidos, Colombia y Cuba;
también con “un tercer canciller”, Rafael Vargas, miembro del Comando Táctico Nacional del Movimiento Quinta
República, quien es el que maneja los asuntos relacionados con la solidaridad internacional y la red de
personalidades internacionales, de agrupaciones sociales y de partidos políticos de izquierda antiglobalizadora y de
estirpe fundamentalmente marxista que simpatizan con la llamada “revolución bolivariana”. Por el otro lado, la
prioridad de los problemas de seguridad en la política exterior colombiana llevó, sobre todo en la primera parte del
gobierno de Uribe, a que muchos de los temas de incumbencia de la Cancillería fueran trasladados o asumidos por el
ministerio de defensa. Esto generó contradicciones entre las dos ministras encargadas de ambas carteras a tal punto
que las contradicciones con Venezuela o Ecuador, contaron en la salida de la ministra de defensa de su cargo.
Otra coincidencia de las políticas exteriores de los dos países se expresa en que han tenido resultados contradictorios.
El gobierno central de Colombia ha tomado el conflicto interno y el combate al problema de las drogas y sus delitos
47
Ministerio de Relaciones Exteriores, comunicado de prensa, Caracas, 2003.
Socorro Ramírez, “La seguridad: prioridad del gobierno Uribe”, en Anuario 2003.
“Los andinos: más preferencias a EE.UU”, en http://news.bbc.co.uk/hi/spanish, 19 de abril de 2001; Lourdes
Heredia, “ATPA: visto bueno. Los países andinos lograron la tan anhelada aprobación”, en
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish, 26 de septiembre de 2002.
48
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conexos como la punta de lanza de su ofensiva diplomática a favor de una alianza pro occidental y hemisférica.
Aunque ha logrado comprometer a Estados Unidos, ha recibido de ese país y de Europa cuestionamientos al sistema
político, a las presuntas violaciones internas a los derechos humanos y limitaciones de las libertades públicas.
Venezuela ha tomado como punta de lanza de su ofensiva diplomática temas internacionales como la necesidad de
una nueva estructura internacional más participativa y equitativa, y el desarrollo de un discurso de carácter
antioccidental. Sin embargo, como ya señalamos Europa, Estados Unidos y muchos de los gobiernos vecinos, han
disminuido el grado de tolerancia frente a su proyecto y sólo el recurso petrolero le sigue propiciándole unos
relativos márgenes de acción.
Para concluir, podemos decir que las relaciones bilaterales no puedan ser deterioradas por la intervención de un
tercero que tiene su propio juego y sus propios intereses que no son necesariamente coincidentes con los de los dos
países. Hay, además, variables que escapan a la voluntad de los gobiernos como la conducta de Estados Unidos
frente a Colombia y Venezuela, y la actitud de diversos sectores de cada país frente a ese estímulo exterior.
Las divergencias entre los gobiernos no pueden ser trasladas, entonces, a las relaciones interestatales. La vecindad no
puede estar sometida a los vaivenes de los cambios y opciones políticas gubernamentales. Es indispensable que en
forma inmediata se pongan en marcha tres aspectos que tienen que ver con la vecindad: las condiciones mutuas para
la activación comercial, la cooperación fronteriza y la reactivación de las comisiones presidenciales para tratar los
temas de la agenda binacional y para la atención de la fronteriza y la integración.
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