LA RELACIÓN DE AYUDA AL ADULTO MAYOR
El Desafío: ¿Envejecer o mayor y creciendo?
“¿Qué sentido tiene ya mi vida?... ¿Qué puedo esperar?... Yo no quiero vivir en este lugar, quiero
volver a mi casa. Aun puedo bañarme solo y no depender de nadie, pero mis hijos no me escuchan,
y me siento muy solo… “
“Mi mujer está enferma (tiene Alzheimer), y mis hijos me dicen que soy yo el problema, que me
engancho mucho con lo que ella me dice. La realidad es que cada vez que la visito salgo
destrozado….por momentos quisiera que se muera…”
“Aquí todo el mundo está en mi contra, es la segunda vez que me siento así, la primera fue cuando
tuve que escapar de Alemania”.
Estas son algunas de las expresiones de las personas a quienes acompañamos, y quienes nos
invitan y desafían cada día a hacernos preguntas más profundas, tales como:
¿Podré ayudar a estas personas que padecen situaciones de continua pérdida a que se sientan
mejor, a que acepten su realidad, a que le encuentren un sentido a la edad que están viviendo, al
sufrimiento, a la muerte?
¿Cómo estar disponibles para poder ofrecerles una relación de ayuda que les permita hacer un
proceso eficaz y mejorar su calidad de vida? ¿De qué elementos o recursos nos podemos valer
como facilitadores para trabajar a favor del crecimiento y el desarrollo sanos de la persona que
sufre?
¿Cómo infundir esperanza en el acompañamiento de la persona mayor?
Fundamentos para una Relación de Ayuda Eficaz
Hoy tenemos claro que hay distintos modos de envejecer: puede ser vivido como un camino hacia
la sabiduría o bien hacia la anulación en tanto persona, en la pérdida de la subjetividad,
transformándonos en un objeto de consumo.
Para ofrecer una relación de ayuda eficaz y promover un cambio en el adulto mayor es esencial
tener una actitud fenomenológica que intente aproximarse lo más clara y fielmente a la
percepción de las experiencias de estas personas, y que nos permita acercarnos al mundo interno
del cliente para desde ahí entenderlo lo más posible, y de una forma tentativa y aproximada.
Es importante tomar la experiencia del cliente como la base fundamental desde la cual se parte en
el trabajo terapéutico. Esto permitirá que la persona, como todo organismo, se vuelva a
considerar digno de confianza y facilitará un proceso de crecimiento, en muchos casos obstruido o
estancado, pero nunca interrumpido en su totalidad.
Acompañar a los mayores en situación de dependencia y enfermedad es hablar de muerte,
entendiendo que la muerte es el proceso de continuas pérdidas experimentadas en cualquiera de
las dimensiones de la persona. Nos referimos a la muerte en el sentido que muerte y
envejecimiento están con frecuencia estrechamente asociados.
Al respecto de lo anterior, Bermejo dice: “Es en este contexto cuando el acompañamiento o la
ayuda mediante la relación tienen una particular importancia, donde la vida se presenta en su
fragilidad extrema y solicita el sentido en el encuentro con un semejante que está dispuesto a
cubrir la fragilidad cuando él no puede, para aliviarlo en el sufrimiento, procurándole calor,
consuelo, apoyo. Allí donde no se puede anular la raíz del sufrimiento porque procede en su gran
parte de la dependencia o de la proximidad a la muerte, se puede aliviar, cubrir con un “pallium” o
manto de la relación interpersonal. Aquí es donde estamos ante la dimensión femenina de la
medicina que no se limita a curar, sino a cuidar y que recurre a los instrumentos terapéuticos más
antiguos: la palabra y la mano”.
Cuando hablamos de relación de ayuda estamos aludiendo al arte de acompañar a otra persona a
afrontar sus dificultades, a resolver conflictos, a tomar decisiones, a vivir lo más sanamente
posible en medio de la fragilidad, promoviendo al máximo la libertad y la responsabilidad de la
persona que estamos ayudando y ofreciéndole como recursos de ayuda los elementos de la
comunicación interpersonal a través de actitudes y habilidades de interacción personal. La
comunicación es una herramienta terapéutica esencial que da acceso al principio de autonomía, a
la confianza mutua, a la seguridad y a la información que la persona necesita para ser ayudado y
ayudarse a sí mismo.
Cuando acompañamos a personas con estas necesidades nuestra práctica profesional se
fundamenta en 2 modelos teóricos de relación de ayuda, el de Carl Rogers y de Robert Carkhuff.
Cuando hoy se habla de Relación de Ayuda se la relaciona con la psicología humanista, y
particularmente con Carl Rogers; más recientemente con su discípulo Robert Carkhuff, cuyas
miradas se caracterizan especialmente por el interés y apreciación por la dignidad y el valor del
hombre y su tendencia a desarrollar todo el potencial inherente a cada persona, cuya centralidad y
concepción holística están en la base de toda interacción.
Desde nuestra mirada humanista/existencial vemos al hombre como un ser único, irrepetible,
singular; de valor, valioso por el hecho de ser hombre; libre y responsable, consciente de su
existencia, capaz de tomar sus propias determinaciones haciéndose cargo de las consecuencias
que ello implique; constructivo y confiable, creativo y orientado hacia una creciente complejidad
(embrión, bebe); un ser social y a la vez autónomo, independiente en permanente intercambio
con los otros y el ambiente, entramado. Este hombre trae consigo una tendencia a desarrollarse y
desplegarse que lo llevará a la autorrealización si encuentra un clima facilitador con ciertas
condiciones.
Carl Rogers en su modelo de Relación de Ayuda se apoya en tres pilares fundamentales que
promueven el clima facilitador a través de la tríada actitudinal: autenticidad, aceptación
incondicional y comprensión empática. Cuando el counselor cumple estas tres condiciones y el
cliente las percibe en alguna medida, se logra el movimiento terapéutico, el cliente comienza a
cambiar.
Luego de varios años acompañando personas en residencias geriátricas, con las cuales hemos
tenido procesos acotados, y también pensando que ya no tienen toda la vida por delante,
encontré que ciertas destrezas que propone R. Carkhuff, son útiles para incorporar en nuestra
práctica.
Los trabajos de R. Carkhuff introdujeron elementos más prácticos para el adiestramiento en
habilidades o destrezas, prestando un gran servicio en la aplicación de los estudios previos de
Rogers para el campo de las relaciones de ayuda. Este modelo se presenta con las tres actitudes
fundamentales de C. Rogers y las complementa con una serie de destrezas y habilidades en las que
dichas disposiciones interiores se despliegan y concretan. Nos estamos refiriendo a la escucha
activa, la personalización, la asertividad, la confrontación, la persuasión, la autorrevelación, la
intención paradójica, la inmediatez y la destreza de iniciar.
Si tuviéramos que definir el modelo de relación de ayuda ideal para aplicar a la interacción con la
persona mayor, diríamos que dos características fundamentales serian: la centralidad de la
persona - considerada en sentido holístico - y la fuerte tendencia facilitadora – no directiva- del
counselor, pero dejando espacio a la directividad que pudiera contenerse en la confrontación y la
persuasión.
Cuando hablamos de personalizar (Carkhuff), nos referimos a evitar las generalizaciones en el
dialogo de ayuda, a evitar las frases hechas, a acompañar al mayor a que tome conciencia de sus
posibilidades y sus recursos, a que tome el máximo de responsabilidad sobre la situación en la que
se encuentra.
Es delicada la destreza de confrontar, más aún la de persuadir. Pero es posible interiorizar el arte
de acompañar a tomar conciencia de posibles desconocimientos, de posibles contradicciones que
pueda haber en el ayudado (en sus pensamientos, en sus actitudes, en sus valores, en sus
sentimientos…) y con extrema delicadeza, persuadir con todas las condiciones que pondríamos a
esta habilidad, para acompañarle y buscar juntos.
Uno de los desafíos más importantes del ejercicio del rol del facilitador es ofrecer la posibilidad de
hacer catarsis, de drenar las emociones, compartir los miedos, trabajar las culpas y todo lo “no
dicho”, hablar espontáneamente de la muerte cuando la persona o la familia lo desee, dar nombre
a los sentimientos y hacer la paces con que éstos están ahí en relación a las sucesivas pérdidas en
el proceso que están viviendo.
En esta etapa de la vida, muchas veces las personas necesitan recorrer las historias de sus vidas,
sus memorias, y conectarse con las durezas que les han inundado así como la satisfacción en el
afrontamiento de las dificultades. Esta etapa de la vida, la ancianidad, constituye una etapa
importante en el crecimiento espiritual, se trata de darle un sentido a la edad que se está viviendo,
a la enfermedad, al sufrimiento y a la muerte para poder vivir tranquilamente este momento de la
vida y permitir una re-significación del pasado, superando las barreras y todo sentimiento de
desilusión.
Aquí nos encontramos con un desafío enorme, incluso difícil de facilitar en las personas de esta
edad que están atravesadas por el rencor, el odio, el enojo y pérdidas que no pueden dejar ir.
Muchas veces nos encontramos con personas que viven más de los recuerdos que de la esperanza.
Acompañar en el sano manejo de la reminiscencia es un verdadero arte de discernimiento entre
su significado de autoafirmación, y los posibles deterioros cognitivos o tendencias a la fabulación
como estrategia de supervivencia.
Infundir esperanza a la persona mayor no es más que ofrecerle un lugar donde apoyarse, donde
agarrarse, un lugar donde pueda compartir sus temores y sus ilusiones. Acompañar en la
esperanza no significa que podamos promover una sensación de seguridad y anular la
incertidumbre; es poder estar ahí para el otro en forma paciente, perseverante, constante,
incondicional, cálida, encontrándonos con el otro desde nuestra humanidad.
En definitiva, considero que una de las mejores formas que encontramos para ayudar a personas
con sufrimientos crónicos y severos, es la de ofrecer relaciones humanas que se caracterizan por
intervenciones fenomenológicas e interpersonales; relacionarnos con el cliente como personas y
no como profesionales expertos, poderosos y distantes; y ayudar a los clientes a entender el
significado implícito en sus experiencias y valorar las experiencias de las personas.
Establecer una relación de persona a persona en un clima psicológico no amenazante, en el cual el
cliente es tratado con respeto, dignidad y con la confianza de que se halla en un proceso de
reencontrar su sentido de proactividad, o de asumir la responsabilidad por su propia existencia, es
nuestro mayor desafío como profesionales de la ayuda.
Humanizando las relaciones dentro de las instituciones
Lo que vemos dentro de las instituciones geriátricas, mayormente, son relaciones
deshumanizantes, poca validación de la experiencia, actitudes de intolerancia, de irritabilidad y de
descontento, tanto por parte de los residentes como del personal. Percibimos también una cultura
teñida por mitos y creencias, tales como ¨el viejo ya no se da cuenta de nada¨, ¨mejor no hablar de
la muerte¨, etc. que dan cuenta de la no valoración de la persona del viejo y la imposibilidad de
contactar con los sentimientos y las necesidades ¨de esto mejor no se habla¨.
De aquí surge la urgente necesidad de ofrecer espacios que contemplen al ¨viejo¨ como persona,
como ser valioso, activo, vital hasta el fin de los días, para que éste pueda reencontrarse con sus
recursos, con sus potencialidades y volver a actuar como protagonista de su vida.
Ofrecer espacios de escucha tanto individuales como grupales, de asistencia y de reflexión, de
cuidados paliativos, de generación de cultura es el modo en que trabajamos para este noble
propósito.
Cuando pienso en esta etapa de la vida, desde mi experiencia y desde el viejo que me habita, la
considero como un momento para trabajar con el mundo interno y con el cambio de actitud
además que con las situaciones adversas que estas personas viven y traen a la consulta. Facilitar
la exploración del propio potencial implicará un trabajo de elecciones cotidianas, resolución de
crisis, soportar las incertidumbres en el camino de transformación del mundo interno y externo.
Nuestra tarea será la de acompañar en la búsqueda sabiendo que no hay sendas únicas y seguras.
Para esto es importante tener presente que la vejez es una etapa de dicotomía: crecimiento vs.
declinación. Esta es una etapa de adquisiciones y ganancias, y no solo de demencias y entradas en
estados regresivos. Es tener más años y no es declinar en todos los sentidos. Desde el punto de
vista psicológico es una etapa de crecimiento, de desarrollo y de posibilidades.
A pesar de los deterioros inevitables por el paso del tiempo, definimos el envejecimiento normal
como el logro de la continuidad de la propia identidad a través de los cambios a los que nos
somete el paso del tiempo: continuar siendo, renovando el sentido de la vida, compensando
pérdidas con ganancias, sin quebrarse ni derrumbarse.
Como counselors estamos en condiciones de ayudar a prevenir, actuando antes de que el malestar
se desencadene; podemos además colaborar para entender la complejidad del ser humano que
envejece y ayudarlo a rehabilitarse como tal y a que vuelvan a sentirse vitales, promoviendo la
participación social activa, el desarrollo personal y la capacitación, reforzando la autonomía, la
autoestima y la elaboración de nuevos proyectos.
Para fomentar una transformación de la cultura institucional actual debemos actuar como agentes
de cambio tanto con los residentes como con el personal. Promover el empoderamiento (reapropiarse de la experiencia individual) de todas estas personas dentro de la institución es
nuestro mayor objetivo.
Clr. Carolina Werba
Presidenta
Fundación Espacios de Escucha
Referencias:
-Carl Rogers, El camino del Ser, Envejecer o mayor y creciendo.
-Graciela Zarebsky, Hacian un envejecimiento exitoso o cómo devenir un ser humano.
-Acompañamiento a los ancianos en situación de dependencia o enfermedad. José Carlos Bermejo, Religioso Camilo. XXXII Jornadas de
Teología en Valladolid, España, nov 19999
-La Terapia Centrada en el Cliente en un contexto psiquiátrico: del Diagnóstico al Encuentro con la Persona. Javier Armenta Mejía 2006
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