1−INTRODUCCIÓN La civilización islámica tiene su origen en la religión predicada...

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1−INTRODUCCIÓN
La civilización islámica tiene su origen en la religión predicada por Mahoma (571−632) y la unificación de
los pueblos nómadas de Arabia y Yemen. A la muerte de Mahoma, el estado por él fundado se extendió
rápidamente.
Con la Dinastía Omeya (661−750) se conquistaron rápidamente territorios de Occidente, abriendo el camino
hacia la Península Ibérica. Los dos primeros caudillos que entraron en España fueron Taurik y Muza, que
aprovechando la debilidad del reino visigodo y su desintegración iniciaron la penetración por el Sur del país.
En el año 750 se produce en Bagdad una sublevación contra los califas de la Dinastía Omeya, lo que supuso la
subida al trono de la Dinastía Abbásida, descendiente de Abul−Abbas. Abderramán, perteneciente a la
Dinastía Omeya, logró huir con vida refugiándose en la Península Ibérica. Cuando se hace con el poder y se
establece en Córdoba, comenzará un periodo de esplendor cultural para el arte islámico en España.
Abderramán II proclamó la independencia de Bagdad del Califato de Córdoba, convirtiéndolo en un reino
nuevo que pasó a denominarse Al−Andalus y que comprendía toda la España conquistada y parte del Norte de
África.
Está justificado el hablar de un arte Hispanomusulmán, puesto que el arte árabe original quedó influido por el
ambiente de la Península. En la España musulmana quedaron muchos restos visigodos, lo que favoreció la
entrada de elementos procedentes de esa cultura en el arte de la época.
2−EL INICIO DE LA INVASIÓN MUSULMANA
Un grupo de notables visigodos encabezados por el arzobispo don Opas y el conde don Julián recurren al jefe
musulmán Tariq, que desembarca con su ejército y, con la ayuda de los partidarios de la familia de Witiza,
(rey anterior a don Rodrigo) rinden varias plazas fuertes andaluzas.
La traición de un grupo de nobles y de sus seguidores facilitan que los resortes del Estado visigodo sean
desmontados, un pequeño ejército invasor se hace dueño del poder, la resistencia civil es inexistente y la
Península es ocupada con una celeridad que constituye todavía un enigma histórico.
Aunque los últimos años de la monarquía visigoda constituyen un periodo muy oscuro y carente de datos
fiables en las fuentes (ver extracto del romance de la traición del conde don Julián extraído del Romancero
Viejo), lo que queda claro es que un representante de la nobleza y otro del clero, mediante la traición,
acabaron con la existencia de un Estado cristiano y unido que abarcaba toda la Península y que podía haber
evolucionado hacia un país fuerte.
En efecto, llamados por un grupo de visigodos que intentaban derrocar a su rey, un pequeño contingente de
invasores al mando de Tariq, formado por unos 16.000 o 17.000 bereberes y africanos del Norte
mayoritariamente, desembarca en el área de Tarifa y Gibraltar en el año 711.
Los invasores musulmanes no tenían por objetivo la conquista, sino que pretendían aprovechar la ocasión y
saquear las riquezas de los territorios en los que actuasen.
Sin embargo la victoria que obtienen sobre las tropas del rey Rodrigo en la batalla de Guadalete, la muerte o
desaparición del monarca y la inexistencia de una resistencia militar organizada después de esta batalla
provoca un cambio de planes prácticamente inmediato.
Tariq prosigue su avance sin encontrar resistencia digna de ese nombre, llegando hasta la capital visigoda,
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Toledo, y tomándola con facilidad. El objetivo cambia en ese punto de inflexión. Ya no se trata de pillaje, sino
de una incursión que cobra la atractiva idea de una conquista.
La llegada del gobernador de África, Musa bin Nusayr, en el año 712, al frente de una escuadra que
transportaba un ejército importante, más por su organización que por su número, entre 18.000 y 19.000
hombres de origen árabe y sirio, se produce porque los traidores creen posible que el rey Rodrigo no hubiese
muerto, lo cual les intranquiliza, y prefieren asegurarse la protección árabe.
Pero Musa bin Nusayr no es un guerrero mercenario en busca de botín. El gobernador de África, al contrario
que Tariq, inició una ocupación sistemática de Andalucía: conquistó Medina Sidonia, Alcalá de Guadaira,
Carmona y, con poca resistencia, Sevilla. Sólo la ciudad de Mérida, floreciente tanto bajo los romanos como
bajo los godos, ofreció una resistencia histórica al invasor.
Musa planeó enviar a su hijo Abd−el−Aziz a proseguir la ocupación sistemática hacia el Suroeste. Pronto
comunicaría al califa de Damasco la posibilidad que se abría fortuitamente ante él de ampliar los dominios
musulmanes.
Nuevos contingentes de tropas debieron seguir desembarcando en España en los años siguientes. Los ejércitos
invasores estaban constituidos por gentes de muy diversos orígenes unidos por una nueva religión: el Islam, lo
cual justifica que nos refiramos a la población del Islam como musulmanes.
3−CULTURA Y ARTE MUSULMANES EN AL−ANDALUS
El aspecto religioso ha sido en el pasado, y sigue siendo en la actualidad, fundamental en una cultura como la
musulmana.
Durante los siglos VIII y IX la mayoría de los pobladores hispanovisigodos de las zonas ocupadas abrazaron
voluntariamente el Islam, pese a que no existan evidencias de que los invasores ejercieran un fuerte
proselitismo y a pesar de que los conquistadores, siguiendo los preceptos de El Corán, respetaban al
Cristianismo y Judaísmo, las otras religiones del «libro» (La Biblia).
Sólo una minoría que se agrupó sobre todo en Toledo, Córdoba y Sevilla se mantuvo fiel a la religión
cristiana. Estos mozárabes no pudieron evitar una fuerte arabización, censurada por algunos ortodoxos
cristianos, como Eulogio y Álvaro, quienes llegaron a predicar la aceptación del martirio si fuese necesario en
defensa de la fe.
La lengua, como es lógico, fue otro aspecto básico de la cultura de este periodo. El árabe se impuso como
idioma en Al−Andalus pero, sobre todo en las zonas fronterizas y entre la población mozárabe, se manejaron
simultáneamente el árabe y el latín, que ya había comenzado a evolucionar a la lengua romance y a otras
lenguas peninsulares.
La relación con Oriente y sus grandes centros culturales, Bagdad, Damasco o El Cairo era fluida, no sólo por
la comunidad de idioma, sino porque la floreciente Al−Andalus atraía matemáticos, filósofos, poetas,
pensadores... De Oriente vinieron libros, ideas, costumbres y modas.
Bajo el emirato de Abd−el Rahman II se hizo notar fuertemente la influencia cultural oriental. El poeta y
cantor Ziryab es uno de los ejemplos más conocidos de hombre culto y refinado. Ziryab fue acogido en la
Corte del Emir después de huir de Bagdad, donde era perseguido, y trajo fiel información de modas y
costumbres de la metrópoli.
Bajo el califato de Al−Hakam II (961−976) se llegó al máximo apogeo de la influencia islámica oriental.
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Sin embargo, no hemos de olvidar que la ortodoxia intransigente de los malaquíes (seguidores de Malik) que
dominaba Al−Andalus provocó una falta de desarrollo notable tanto en los estudios filosóficos como en los
jurídicos.
Es preciso esperar hasta el siglo XII para que surja una figura como Averroes (1121−1198) que destacó al
comentar e interpretar obras clásicas del periodo griego, aunque su intento de conciliar las ideas filosóficas de
Aristóteles con el dogma islámico le llevaron a ser acusado de herejía, y fue deportado, muriendo encarcelado
en el Magreb.
Gracias a Averroes, no obstante, la Europa Occidental, que había perdido la referencia de la cultura clásica se
aproximó a la figura de Aristóteles, cuya filosofía se había perdido hacía ya siglos.
El fundamentalismo intransigente de los malaquíes permitió, sin embargo, el desarrollo de estudios científicos
experimentales.
Matemáticos como Al−Juarizmi o el madrileño Maslama destacaron por sus estudios sobre álgebra.
La Medicina fue la ciencia que más prosperó en Al−Andalus. Sus médicos eran solicitados incluso por los
reyes de los reinos cristianos, como Navarra. Existieron médicos de renombre, autores de obras que,
traducidas al latín, fueron utilizadas como libros de texto en universidades europeas; así el Tasrif del cirujano
Abulcasim al−Zahraui (936−1013).
Existieron también destacados astrónomos como Azarquiel y agrónomos como Ibn Wafid cuyo Libro de
Agricultura del siglo XI inspiraba a especialistas castellanos del siglo XVI.
La amplia extensión de la dominación musulmana en el Mediterráneo, el hecho de haber conquistado antiguos
imperios en decadencia, que pertenecían a Bizancio, propició que los musulmanes se convirtieran
precisamente en un puente entre la cultura clásica y la Europa medieval, todo ello con la genial aportación de
científicos y pensadores.
En lo que respecta al Arte, el periodo de ocupación árabe en la Península nos ha dejado una parte del legado
artístico más valioso de toda nuestra historia.
El arte musulmán se desarrolló bajo la influencia fundamental de los cánones religiosos y asimilando las
influencias variopintas que provenían de los distintos países conquistados. Así, nos vamos a encontrar con una
mezcla de estilos que van del oriental bizantino a lo occidental visigodo.
El arte musulmán en España se manifestó esencialmente a través de la arquitectura, y en ésta caben destacar
las construcciones civiles como los alcázares (residencias para el emir, califa y sus súbditos, edificado en una
elevación y apartado de arrabales y medina), palacios, villas, zocos, etc. y religiosas. De la arquitectura
religiosa las mezquitas, fueron la manifestación más importante de la arquitectura de la época y han pervivido
hasta nuestros días algunos ejemplos espléndidos.
El gusto musulmán por la ornamentación minuciosa se manifiesta en todos los edificios de una manera
constante. En la arquitectura religiosa no aparece, en ningún momento la representación de la figura humana,
prohibida por el Islam, no obstante en la arquitectura civil y en la ilustración de libros aparecen más
representaciones de figuras de animales y humanas de las que el tópico acerca del Islam nos haría suponer.
Los techos de numerosas salas en La Alhambra tienen en la bóveda representaciones pictóricas con figuras de
emires, cortesanos, reyes, etc.
La ornamentación más empleada era el ataurique, con motivos vegetales y geométricos entrelazados y que,
según se sabe en la actualidad, era policromado en su mayor parte.
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Tanto los edificios religiosos como los civiles, públicos y privados poseían una característica muy especial: la
combinación de los espacios techados y los patios al aire libre y que, según la tradición, seguían la filosofía de
la casa de Mahoma.
La arquitectura musulmana, pues, integraba la luz, el espacio y la jardinería, con la construcción propiamente
dicha.
El elemento arquitectónico que salta a la vista de forma más evidente es el arco, que podía ser de herradura,
pero también apuntado, lobulado, superpuesto e incluso también de medio punto, enmarcado frecuentemente
por un alfiz cuyas dovelas suelen alternar su color (rojo y blanco o más bien ocre claro y ocre rojizo oscuro).
Otros muchos elementos constructivos destacaron además del arco, así las bóvedas de arista o nervadas, o las
cúpulas (gallonada) aunque los constructores musulmanes solían preferir las cubiertas de madera con yeserías
decoradas y policromadas.
Se usaron materiales nobles del tipo del mármol y la piedra de distintas clases pero también la madera, el yeso
y profusamente el ladrillo que permitía aligerar y flexibilizar las estructuras.
En el arte de Al−Andalus pueden distinguirse tres etapas bien diferenciadas:
A) La etapa califal, cuyo edificio más emblemático es la Mezquita de Córdoba. Iniciada en el siglo VIII por
Abd−el Rahman I, en la época del emirato, fue ampliada en el siglo IX por Abd−el Rahman II, pero hay que
esperar a la época califal, en el siglo X cuando Al−Hakam II y Al−Mansur le dieron un impulso final que la
convirtieron en la mayor construcción religiosa de Occidente, con una capacidad para más de 25.000 personas
y un impresionante bosque de columnas que se añade al laberinto de arcos lobulados, de medio punto, de
herradura, bóvedas de nervios, motivos decorativos de mosaicos vidriados de factura bizantina, etc. La
Mezquita, una vez ocupada Córdoba, fue consagrada y utilizada para el culto cristiano. En la actualidad
pervive la celebración de la liturgia cristiana con su faceta histórica y cultural. El palacio de Medina−Azahara,
en las proximidades de Córdoba, cuya construcción se comenzó hacia el 936 a pesar de haber sido casi
destruido, constituye hoy después de su reconstrucción parcial una buena prueba de la magnificencia del arte
andalusí durante la época califal.
B) La etapa de los reinos de taifas y de la llegada de los almohades, cuyos edificios más emblemáticos son la
Giralda, la Torre del Oro y el palacio de la Aljafería en Sevilla.
C) La etapa nazarí, cuyo máximo exponente es el palacio de la Alhambra que se levanta sobre la Alcazaba,
dominando Granada.
La Alhambra fue construida durante los siglos XIV y XV por los sultanes Muhammad al−Ahmar, Yusuf y
Muhammad V sobre restos de fortificaciones anteriores.
Existen dos palacios bien diferenciados que surgen alrededor de dos grandes patios, el de los Arrayanes y el
de los Leones. Habitaciones, baños, grandes salones, miradores, etc. se distribuyen dejando amplios espacios
abiertos que dejan entrever los jardines interiores o el valle, los juegos de luces, y el espejeo del agua que
corre conjugando fuentes y estanques a través de múltiples canales invisibles o al aire libre...
En la Alhambra de Granada se concentra el refinamiento, el lujo, la técnica y el arte que hicieron de
Al−Andalus un Reino grande, fuerte y desarrollado. No obstante, la herencia artística de los árabes no
desapareció con su expulsión.
El arte mozárabe había conseguido con facilidad asentarse en los reinos hispanovisigodos del Norte. De forma
natural al avanzar la frontera hacia el Sur los mozárabes se integraban con facilidad puesto que habían
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conservado como es sabido su religión, pero traían consigo sus costumbres impregnadas de civilización.
El prerrománico dejó sentir una fuerte influencia mozárabe, debido fundamentalmente a la pericia
constructiva de esta población.
También el arte mudéjar ampliamente extendido por los reinos cristianos hasta el siglo XVI tuvo su origen en
la asimilación ecléctica de las formas de arte árabes y cristianas.
4−ARQUITECTURA ISLÁMICA
Cuando se produjo la invasión de la Península, en el año 711, la arquitectura musulmana no estaba
plenamente constituida. Abderramán I instaura el Emirato Independiente de Damasco en el año 756 y se
comienza la construcción de la parte más antigua de la mezquita de Córdoba. En el arte árabe español el
elemento más característico es el arco de herradura, más cerrado que el visigodo. Este arco será exportado al
resto del mundo árabe, convirtiéndose casi en un signo distintivo de lo islámico. Sin embargo, el arco no
permanece siempre invariable, puesto que va sufriendo una evolución en su forma, cambiándose por ejemplo
la disposición de las dovelas. A partir del siglo X se empiezan a realizar arcos lobulados. El arco se encuadra
en una moldura o marco llamado alfiz, que da lugar a un espacio que se aprovecha para ser decorado.
El arte árabe en su evolución manifiesta una tendencia a lo recargado. La ornamentación se realiza a partir del
estuco, en composiciones de gran riqueza y vistosidad. Un típico panel decorativo en forma de rombo aparece
a partir de la Taifa de Zaragoza; se denominó paño de sebka y dos siglos más tarde, en el alminar almohade de
la Giralda tendrá su máxima expresión. Otra decoración muy popular en el arte islámico español es la de
ataurique: consiste en un ornamento vegetal muy apretado, formando celosías y se sitúa generalmente en el
alfiz o en las dovelas más salientes.
La mezquita
La mezquita es el templo de los musulmanes. La forma de su construcción viene determinada por necesidades
religiosas, ya que según El Corán, los fieles deben colocarse en filas. Esto supone que el edificio forme una
sala alargada atravesada por columnas. El musulmán reza mirando hacia Oriente, punto cardinal donde se
sitúa La Meca, ciudad santa para el mundo árabe. Esta dirección viene indicada en las mezquitas por un
reducido nicho llamado mihrab. En su interior no hay imágenes ni adornos. El mihrab aparece inserto en el
llamado muro de la quibla o hibla y junto a él aparece un púlpito desde el que se efectúan las lecturas
coránicas. En el exterior sobresalen los almínares o minaretes, torres desde donde se llama a oración. Las
plantas son diversas: cuadrada, octogonal y circular. El almínar constituye el único elemento vertical de la
arquitectura musulmana.
La mezquita de Córdoba fue iniciada por Abderramán I en el solar de la catedral visigótica de San Vicente,
aunque se aprovecharon algunos muros del antiguo edificio. El mihrab de la mezquita de Córdoba mira hacia
el Sur y no hacia Oriente, al igual que el resto de mezquitas españolas, puesto que esa era la dirección inicial
que se debía tomar para ir a La Meca desde la Península. Se utilizaron columnas y capiteles romanos y
visigodos, aunque su escasa altura se compensó colocando pilares sobre los cimacios troncopiramidales y
sobre éstos, arcos de herradura. En los mismos se empleó alternativamente piedra y ladrillo, lo que
proporciona al conjunto variedad cromática.
La mezquita de Abderramán I constaba de once naves, e iría creciendo a medida que evolucionaba la propia
ciudad. De este modo, Abderramán II amplió el edificio hacia el río, con ocho naves más. Bajo el emirato de
Mohamed I se construyó la Puerta de San Esteban, a mediados del siglo IX.
La mezquita en la época califal
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Abderramán III se proclamó califa de Córdoba en el siglo X, en el momento de máximo esplendor de la
España musulmana. Él mandó edificar el actual minarete, hoy en día oculto por las modificaciones
posteriores. Su diseño fue el modelo para otras torres, como la Giralda, en la mezquita de Sevilla, actual
catedral y que posee uno de los mejores ejemplos de la decoración almohade, como veremos. La torre de la
mezquita de Córdoba constaba de dos cuerpos de tamaño decreciente y planta cuadrada. En la fachada del
patio aparece el modillón de rollo, una serie de cilindros dispuestos de forma cóncava, que pasarán al
románico francés y a la arquitectura mozárabe.
La mayor reforma de la mezquita de Córdoba fue llevada a cabo por Alhaquen II, que derribó parte de lo que
ya estaba construido. Se alargó el templo y se edificó el mihrab actual, situando delante de él la macsura o
lugar reservado al soberano. Las cúpulas edificadas en esa zona de la mezquita suponen una novedad. Todas
ellas son nervadas y se utilizaron materiales nuevos para su construcción. En el diseño de los arcos también
aparecen rasgos originales, como son el uso de distintos tamaños de dovelas, la decoración de las mismas con
hojas en relieve o el cruzamiento de arcos de herradura y lobulados.
Almanzor realizó la última ampliación de la mezquita. Dado que el río suponía una limitación a la reforma por
el lado Sur, la obra se llevó a cabo en el lado oriental. Esto conllevó el descentramiento del mihrab, ya que se
mantuvo en su sitió a pesar de que fueron añadidas más naves. Se utilizó aquí, por primera vez en el edificio
el arco de herradura apuntado.
Hemos de mencionar otra construcción de excepcional importancia en el califato de Abderramán III: el
palacio de Medina Azahara. En él se invirtió una gran cantidad de dinero, para lograr un ambiente suntuoso
que deslumbrara al visitante. La ciudad−palacio aparece rodeada por una muralla y en su interior encontramos
numerosos patios. Los muros estaban revestidos en mármol y otros materiales preciosos y abunda la
decoración de tipo vegetal o geométrico. Los capiteles de las columnas aparecen finamente tallados.
El fin del Califato de Córdoba: los reinos de Taifas
Al morir Almanzor, el Califato de Córdoba comenzó a desmembrarse. El reino se fragmentó en pequeños
territorios llamados «reinos de Taifas». El declive político dio paso a una arquitectura muy decorativa y
aparente, pero realizada con materiales más pobres. El yeso sustituye al mármol y los arcos son falsos, ya que
esconden la verdadera estructura, que en este caso es adintelada. De esta época es el palacio de la Aljafería de
Zaragoza, también conocido como palacio de los Beni Hud. Su estructura es la de un castillo con patio central.
Los arcos se vuelven muy complicados, desapareciendo prácticamente el arco de herradura. Toledo conserva
muchos monumentos de esta época, entre los que cabe citar la Puerta Vieja de la Bisagra, la Mezquita o las
Tornerías.
La mezquita de Toledo se conoce actualmente como ermita del Cristo de la Luz. Su planta es de cruz griega y
destacan las bóvedas nervadas. Con la conquista de Toledo se introdujeron diversas modificaciones en el
edificio, que supusieron un modelo para el incipiente arte Mudéjar. En Sevilla se desarrolla también el arte
taifa, con la Dinastía Abbadí, a principios del siglo X. El edificio más representativo de esta época es el
Alcázar.
La época almorávide
Los almorávides eran un pueblo bereber de la región del Magreb. Su reino se extendió cuando se incorporaron
los territorios del Sur de la Península Ibérica, entre los años 1075 y 1146. Esta invasión propició una vuelta a
la fe más ortodoxa musulmana, lo que paralizó en cierto modo el avance cultural que había tenido lugar en los
años anteriores. Como rasgo positivo destacaremos la introducción de nuevos elementos decorativos: los
mocárabes se difundieron notablemente gracias a este pueblo. Consisten en una especie de estalactitas que
bajan desde la bóveda. También utilizan el arco de cortina, que se asemeja a este elemento, como su propio
nombre indica.
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La obra almorávide más representativa es la mezquita de Tremecén, en Argelia, en la que destaca la hermosa
bóveda calada. En Marruecos se edifican las mezquitas de Fez y Marrakech.
La época almohade (1122−1268)
El imperio almohade supuso una purificación religiosa y como consecuencia un arte más austero. El Imperio
se extendió desde el sur de España hasta la zona de Trípoli, pasando por el occidente marroquí. La tendencia
en la arquitectura continuó siendo el ocultamiento de las estructuras bajo elementos decorativos, aunque la
decoración almohade no es tan profusa como la almorávide. Se recupera el empleo del arco de herradura
apuntado y la decoración de los capiteles se estiliza, utilizando para ello una cinta continua y ondulada que
supone una evolución de la hoja de acanto. Se emplean los llamados paños de sebka, o redes de rombos, en las
paredes de los edificios y en España, a partir del siglo XIII, se introduce como novedad el uso de la cerámica
vidriada con fines decorativos. En las mezquitas las naves dejan de ser iguales, y se acentúa la importancia de
las naves central, transversal y extremas, dotándolas de más anchura.
Entre las construcciones más destacadas cabe citar la mezquita de Cutubía, en Marrakech, la mezquita de
Sevilla y parte del alcázar o la mezquita mayor de Almería.
Sevilla gana importancia al trasladarse la Corte allí desde Córdoba y por ello encontramos gran número de
edificios almohades en ella. La Giralda es el minarete de la mezquita sevillana y supone un compendio del
arte decorativo de la época. En los balcones aparecen arcos de colgadura y los muros se decoran con paños de
sebka. Otro edificio de interés en Sevilla es la Torre del Oro, cuyo nombre deriva del brillo que
proporcionaban los azulejos que la recubrían. Este tipo de torres llamadas albarranas son una pecularidad de la
arquitectura almohade y se colocaban fuera de la muralla que rodeaba a la ciudad, como avanzadilla de ésta.
La época nazarí
Tras la derrota almohade en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) los reinos cristianos avanzaron
posiciones en su lucha por la reconquista. Esto supuso una nueva crisis para el poder musulmán, que otra vez
presenció la aparición de reinos de Taifas, uno de los cuales fue el nazarí de Granada. El reino nazarí se
estableció en Granada en el año 1232. Artísticamente se produce una vuelta a la tradición decorativa y se
reacciona contra la austeridad anterior, aunque aparecen algunos elementos del arte almohade. En los edificios
nazaríes se observa sobriedad en el exterior y profusión de motivos ornamentales en el interior. La cerámica
recubre las partes bajas o zócalos de las habitaciones y los capiteles se vuelven más originales. La arquitectura
civil alcanza en la Alhambra su máximo esplendor.
La Alhambra
Las obras de este imponente palacio−fortaleza fueron iniciadas por Mohamed I (1248−1253), comenzando
por la Alcazaba. Es este recinto uno de los tres que integran la construcción: Alcazaba, Casa Real y zona
administrativa.
La Alcazaba es la muralla que envuelve todo el conjunto y en su construcción se tuvieron en cuenta las
defensas naturales que proporcionaba el terreno; así, en la zona en la que cae el cerro formando precipicios
inexpugnables se colocaron miradores, mientras que en otros lugares la muralla es doble. La Casa Real Vieja
(puesto que la «nueva» está constituida por el palacio de Carlos V) está formada por varios agrupamientos de
épocas diferentes llamados «cuartos». Al reinado de Yusuf I (1333−1354) corresponden el Cuarto de
Machuca, (llamado así por ser el lugar donde trabajó el arquitecto que diseñó el palacio de Carlos V), el
Mexuar o Sala de Audiencias y el Cuarto Dorado, que era una especie de «oficina de reclamaciones», además
del Cuarto de Comares. A la época de Mohamed V (1354−1391) corresponde el Cuarto de los Leones. En el
Cuarto de Comares encontramos el Patio de los Arrayanes, con una gran alberca en su centro. El agua es un
elemento de gran importancia en una cultura como la musulmana, que procede de zonas muy áridas. En este
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caso desempeña varias funciones: refresca el ambiente, proporciona un agradable efecto sonoro y sirve como
«espejo» para la torre de Comares.
Lo decorativo sigue ocultando a lo constructivo y el mocárabe se convierte en el elemento ornamental por
antonomasia. Aparece con profusión en las Salas de Dos Hermanas y los Abencerrajes. Las paredes se
perforan y son tratadas como celosía, gracias a la utilización de materiales muy ligeros como madera o yeso.
Los motivos ornamentales se doraban para dotar al conjunto de mayor luminosidad.
El Cuarto de los Leones constituye la residencia real propiamente dicha y parece haber sido un palacio
distinto al de Comares. En él se encuentra el famoso Patio de los Leones, de forma rectangular y donde
predominan las columnas esbeltas y los mocárabes. Tiene en su centro una pila con doce leones (el número de
los signos del zodíaco) que funcionan como surtidores y a los pies de la fuente confluyen cuatro canales
provenientes de las dependencias que rodean al patio.
El Generalife, situado frente a la Alhambra, es una especie de residencia de verano que construyeron los
monarcas árabes. Es conocido por sus jardines y fuentes y desde él se aprecia un paisaje incomparable.
5−ESCULTURA HISPANOMUSULMANA
Entre las obras a destacar en el panorama de la escultura hispanomusulmana podemos señalar, por ejemplo, la
fuente de los Leones, de la Alhambra de Granada. Pertenecen a los siglos X−XI y muestran rasgos muy
orientales en su ejecución. También de esta época, encontramos pilas de mármol procedentes de Córdoba y
Sevilla, con relieves de animales luchando o temas festivos. Los relieves son planos, siguiendo una técnica
parecida a la de la talla en marfil.
Los objetos realizados en marfil tiene gran interés. Las figuras se coloreaban con rojos y azules, y los temas,
de procedencia oriental, se centraban en representaciones historiadas y motivos vegetales, ademas de los
animales, del tipo de los realizados en mármol. La mayoría de estos objetos son botes o tarros para perfumes y
estuches de joyas. Pertenecen en su mayoría al siglo X. De esta época es uno de los objetos más antiguos: el
Bote de Zamora, probablemente salido del taller que se instaló en Medina−Azahara. Otra obra importante es
el llamado Bote de Almoguira, que se conserva en el Louvre. Dentro de un marco lobulado aparecen músicos
y los fondos son rellenados con motivos vegetales.
Tras el fin del Califato de Córdoba, se estableció en Cuenca, a comienzos del siglo XI, un importante taller de
marfiles que trató de imitar el esplendor cordobés, aunque el resultado es menos perfecto y los materiales más
pobres.
6−PINTURA HISPANOMUSULMANA Y MOSAICO
La pintura islámica es escasa y se utiliza fundamentalmente con el fin de adornar las construcciones. El arte
del mosaico es apreciable en la cúpula del mihrab de la mezquita de Córdoba, que realizaron artistas
bizantinos.
La cerámica es una de las artes que más desarrollo tuvo en la España califal, así como el arte del azulejo,
utilizado con profusión en Granada. En los siglos XIV y XV los azulejos de tonos azules y dorados se
utilizaron también para la decoración de las casas más nobles.
8−LA ECONOMÍA EN AL−ANDALUS
Bajo la dominación de los musulmanes se alcanzó un periodo de inigualable esplendor económico. Si bajo la
monarquía visigoda las técnicas de producción agrícola y ganadera habían sido tradicionalistas y no habían
añadido nada a los procedimientos ya utilizados bajo el Imperio Romano, los árabes trajeron consigo
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importantes novedades.
Introdujeron nuevos cultivos, como el algodón, el arroz, la caña de azúcar, el azafrán, etc. Se mejoraron las
técnicas de producción de los cultivos tradicionales como los cereales y el olivo y se introdujeron nuevas
hortalizas como la berenjena por ejemplo, que precisaban de un sistema de producción bien diferente: el
regadío.
Los árabes destacaron en la construcción de embalses y norias para mejorar el rendimiento de sus huertas.
También introdujeron la técnica del injerto, ya practicada por los cartagineses, pero que seguía siendo
desconocida en la época.
La mejora en la producción agrícola dio como consecuencia la aparición de excedentes que podían ser
comercializados. Se produjo un floreciente intercambio comercial con otros puntos del Mediterráneo y se
establecieron los zocos, mercados en los que se exponía y vendía todo tipo de mercancía, desde la cerámica
vidriada, que se exportaba con gran éxito, hasta los tejidos más finos. Toda esta actividad económica se
desarrollaba bajo la supervisión de un almotacén, un vigilante de que las transacciones fuesen llevadas a cabo
dentro de la legalidad y de mantener el orden.
Los musulmanes acuñaban su propia moneda. Por el zoco circulaban dinares, dirhams y feluses. El zoco se
situaba en la medina. Los habitantes de las ciudades se retiraban después a los arrabales, las zonas
residenciales. En Córdoba, por ejemplo, llegó a haber 21 arrabales, cada uno con su mezquita, sus baños,
alcantarillado y alumbrado.
Sólo el esfuerzo militar constante de Al−Andalus, luchando contra los reinos cristianos por defender sus
fronteras, y acabar con sus propias rencillas internas agotaron económicamente una organización comercial y
de producción floreciente, que dejó patente su máximo esplendor en un arte y objetos cotidianos de
inigualable riqueza.
9−ESTRUCTURA DE LA SOCIEDAD MUSULMANA EN AL−ANDALUS
La distribución en grandes latifundios se mantuvo en muchas zonas del territorio peninsular ocupado por los
musulmanes, y a esta aristocracia propietaria de la tierra se vinieron a sumar los sirios, quienes recibieron
tierras como pago a sus servicios en el ejército.
El numeroso grupo de muladíes, esto es, hispanovisigodos humildes convertidos al Islam, mantuvieron su
estatus, es decir, una relación de dependencia, de casi servidumbre feudal, respecto de los propietarios de las
grandes fincas.
Entre los grandes grupos que vinieron a conformar la sociedad musulmana a partir del siglo X podemos
señalar una pirámide social semejante a la que después, en la Edad Media, configuraría la estructura feudal.
La nobleza
Los nobles de sangre constituían un conjunto poco numeroso, formado por árabes conquistadores. También
podemos incluir entre ellos algunos jefes militares y altos funcionarios de origen bereber, e incluso eslavos.
No hay que olvidar que se produjeron alianzas y mezclas con algunos de los antiguos grandes propietarios
hispanogodos.
En manos de estos grupos no sólo estaba la propiedad de la tierra, sino que sobre ellos recaían las
responsabilidades militares del nuevo gobierno, controlaban la recaudación de impuestos y se ocupaban de
hacer efectivas las órdenes del califa o emir del que dependiesen.
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La burguesía
Pese a la importancia económica de este grupo, aún no se puede hablar de la burguesía como tal, ni en
conciencia de grupo ni en homogeneidad de intereses. La burguesía, entendida como un conjunto de
habitantes de las ciudades, dedicados a profesiones liberales no surge hasta la Edad Media. Lo cierto es que
esta clase heterogénea de ciudadanos, que existía desde el nacimiento de las ciudades, dedicada al comercio o
la artesanía, en algunos casos con un alto grado de especialización, empieza a ser importante, al ser valorada
su maestría y función social por las cortes de reyes, califas o emires.
La población libre y no desocupada que habitaba las ciudades estaba constituida por el conjunto de los
funcionarios de rango medio y bajo, los practicantes de oficios liberales (médicos, y letrados, comerciantes y
artesanos independientes).
De entre los descendientes de estos primeros burgueses, surgen los primeros intelectuales como tales.
Personas que se han educado incluso bajo la protección de la Corte, merced a las relaciones de sus
progenitores con las clases más poderosas, y que adquieren reputación en una ciencia o arte.
En lo que respecta a Al−Andalus, durante el reinado de Abd−el Rahman III (912−961), la burguesía alcanzó
un desarrollo y una importancia notables, pero ni aún entonces poseyó un verdadero poder político como clase
y siempre estuvo sometida pasivamente a los dictados del gobierno oficial musulmán.
El pueblo llano
La práctica mayoría de los habitantes de Al−Andalus estaba formada en esta época por la plebe urbana y los
campesinos. En lo que respecta a la plebe urbana, ésta era un verdadero mosaico de ciudadanos de distinto
origen étnico que suministró la población anterior de la Península. No pocos de entre ellos provenían del
campo del que huían por falta de trabajo o por haber sido destruidas las propiedades de sus anteriores señores,
o haber cambiado de manos éstas. Esta plebe urbana era la base de una mano de obra abundante, pero no
siempre ocupada y en ocasiones bastante frecuentes causa de incidentes violentos, prácticamente motines,
como el del arrabal de Córdoba en el año 818 cuando esta ciudad era la más importante de la España
musulmana. Y por fin el grueso de campesinos muladíes de cuya existencia existen pocas referencias. Se
trataba de trabajadores del campo, que vivían y desempeñaban su trabajo bajo la tutela de los grandes
propietarios. Hemos de incluir en este grupo de trabajadores de último rango a los esclavos utilizados como
mano de obra rural también, las más de las veces, y que desarrollaban su trabajo en condiciones
probablemente muy duras, aunque cuando por alguna razón se desplazaban a las ciudades podían alcanzar de
sus amos la libertad con relativa facilidad, si mostraban alguna habilidad especial o realizaban algún servicio
de importancia.
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