Presupuesto del curso
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Puede suceder que, a lo largo del curso, ciertos contenidos resulten desconcertantes para [email protected] [email protected] Es normal que esto suceda cuando se va más allá de la catequesis (qué creemos los católicos) para pasar
a la teología (por qué creemos eso y no otra cosa; qué repercusiones tienen esas afirmaciones y esa negaciones
en la vida de las personas). O bien, cuando se descubren otros caminos para explicar el misterio cristiano,
distintos a los habitualmente recorridos (cosa que ha pasado muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia).
Al respecto podemos citar lo que Ignacio de Loyola (místico del s. XVI) sostiene como pre-supuesto para la
realización de los Ejercicios Espirituales:
“…se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a
condenarla; y, si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende; y, si mal la entiende, corríjale con amor; y, si
no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE. EE. 22).
Lo dicho sobre los Ejercicios se puede aplicar a nuestro curso: no apresurarnos a rechazar las afirmaciones que parecen separarse de nuestras convicciones iniciales, sino acogerlas y tratar de ‘salvar’ todo lo que en
ellas haya de verdadero, bueno, bello. De la misma manera, esto vale para los cristianos, si el profesor y algunos
alumnos están equivocados, existe el mandato insoslayable de Jesús de ayudarles a salir de su error, partiendo
por decírselo (cf. Mt 18,12-17) (en lugar de ir a acusarlo al Decano, por ejemplo). El objetivo final del ejercicio de
la teología no es salvar la ‘verdad’ sino ayudar a las personas. Sólo así es posible que todos crezcamos.
En otras palabras, la propuesta consiste en suspender momentáneamente el juicio valorativo sobre lo dicho
para buscar, lo más desprejuiciadamente posible, aquello que se está tratando de decir (cf. Mt 13,24-30: no hay
que arrancar la cizaña antes de la cosecha). Al final llega el momento de esa necesaria, imprescindible,
evaluación.1
Se trata, entonces, de una apertura crítica, abierta y no sospechosa ni ingenua, una confianza lúcida2.
Sólo así se hace posible que este curso, y cualquier otro, ‘ayude y aproveche’, al alumno no más que a este
profesor. Es decir, enriquezca a quienes participemos en él.
Sobre esto, les cuento una experiencia personal, tal como se dio en un diálogo (por mail) con mi hermano Diego:
[Diego:] “Una vez te escuché comentar que cuando estabas estudiando teología en la UC, en no sé qué curso con no sé qué profesor
sobre no sé qué tema, tú experimentaste una sensación de mucha inseguridad porque el curso contradecía desde sus cimientos todo lo
que tú creías tener seguro hasta entonces en asuntos bien fundamentales. Y que tu reacción fue algo así como “o llego hasta acá y me
bajo de la micro, o confío que algo bueno habrá al final de esto y le echamos pa’ delante”. ¿Te suena? Te lo pregunto porque ahora
último he estado dándole muchas vueltas a lo de la inseguridad y de tener la capacidad de vivirla en la confianza, y en eso me acordé de
haberte escuchado algo por el estilo. ¡Ojalá tenga que ver contigo y me cuentas!
[Rodrigo:] ”De lo que preguntas, no me acordaba, pero así es, y pasé de una sensación vaga de angustia a una de tranquilidad ‘madura’,
no acrítica. Sigo sin acordarme del contexto inmediato, se me ocurre el curso con don Antonio Moreno (… daba unos cursos con los que
todo el mundo perdía la fe) [nota: explicaba cómo se escribió ‘de veras’ la Biblia]. Quizá alguno de filosofía. Algo bien notable me pasó
con Bentué: en una clase habló de Freud y sus tesis sobre el monoteísmo (indefendibles) y la Biblia quedaba por el suelo, útil sólo para
evitar la cojera de la mesa. Y Bentué seguía tan creyente. Y aposté porque era posible la crítica, ya que él era capaz de ella y de creer.
Quizá fue allí que experimenté lo que me recuerdas.
A los alumnos les digo algo parecido, pero este ejemplo es mejor.”
Hace algunos años, en un seminario de profesores en la Facultad de Teología, se discutió, brevísimamente, a partir de la pregunta:
¿hacemos Catecismo o hacemos Teología? La respuesta inmediata de casi todos fue: ¡¡Teología!! Y el mismo Bentué puso como
ejemplo lo que sucede entre los alumnos cuando explica la religión desde la perspectiva de Freud (algo que viene sucediendo desde
hace, al menos, 25 años). Y agregó: no podemos ahorrar a los alumnos la crisis que significa asumir el pensamiento moderno (o algo
similar, pero en otros términos).
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La “Fundación Para la Confianza” promueve precisamente esto: confianza lúcida: ni ingenua ni sospechosa. Fue fundada por José Andrés Murillo, una de las cuatro víctimas que denunciaron los abusos de Fernando Karadima. Es de destacar que Murillo ha sido capaz
de convertir la rabia, legítima y necesaria, en creatividad, de manera que su experiencia negativa se puede transformar en un bien para
otros, ha salido de su situación a través de la esperanza, que mira el porvenir, y no del escepticismo, que se cierra al mismo.
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Perspectiva psicológica
Otra aproximación al mismo hecho se puede hacer desde el psicoanálisis. Ricardo Capponi señala 4
posibles actitudes que una persona puede tener ante un desafío como el de este curso. 3 Ellas son:
Actitud persecutoria (“perseguida”), paranoica: “en estos temas, yo ya he llegado a formarme una opinión
clara y no estoy dispuesto a que venga un profesor, con cualquier argumento piadoso, o bien oscurantista, a
moverme el piso y a poner en cuestión esas convicciones que he adquirido”.
Actitud maníaca: “tengo claras mis ideas al respecto y no va a venir nadie con argumentos superficiales,
dogmáticos, poco reflexionados, a decirme nada sobre estos puntos. Yo ya sé la verdad sobre estos temas,
tengo claro que quien profesa alguna religión lo hace por inercia o por ignorancia. Yo ya superé esa etapa en la
evolución de la Humanidad. A lo más, dejaré que el profesor hable, miraré por encima lo que dé para estudiar, y
así lo dejaré tranquilo, con la ilusión de que su curso me dejó algo”.
Actitud neurótica: “los temas que se han propuesto, las preguntas que ellos han motivado, son muy
importantes, pero no creo estar en condiciones de resolverlos todos, para enfrentarlos y responderlos, porque
también complican mucho la existencia. Así es que, mejor, retrocedo, me quedo con lo que tengo, y saco
adelante el curso, sin dejarme tocar por nada que en él se plantee”.
Actitud madura: “hacer este curso en serio puede significar revisar algunas convicciones y opiniones ya
formadas, remover algunos prejuicios que tengo sobre estos temas. Hacer el curso en serio puede significar
algunos riesgos. Y también la posibilidad de un intercambio fructífero entre lo que hasta ahora pienso y lo que el
curso pueda plantear. Puedo, entonces, reformular, más matizada, más afinada, de lo que pienso y creo”4.
¿Qué pasa, mientras, con el curso, y su profesor?
También es verdad que esos estados mentales son posibles en el profesor, de manera que quien puede
sentirse en peligro, perseguido, es éste, frente a unos alumnos a quienes percibe como agresivos y contrarios a
cualquier intento de propoponer una palabra para dar pié a una reflexión, una discusión. En una situación como
la descrita, no es raro volverse sobre la propia trinchera, para entrar en una relación de defensa y ataque, que ve
en el otro un adversario, un peligro, y no una fuente de enriquecimiento. Un peligro muy grande para el profesor
consiste en cerrarse, refugiarse en ‘lo ya sabido’, entregar verdades ya armadas (en otro contexto, para otro
público) y culpar a los alumnos de poca disposición, de estar prejuiciados, de no querer abrirse a las fascinantes
verdades que se les quieren proponer. A este respecto, y termino, cito lo que afirma Juan Noemi al referirse a la
formación de los presbíteros (los sacerdotes), que se aplica perfectamente a lo descrito:
2. Hay también un desafío cultural. Al parecer la formación que reciben los presbíteros los aproxima y les permite
hacer suya una visión de mundo premoderna, pero los inhabilita a valorar, crítica y no sólo negativamente, el talante
racional de la modernidad ilustrada y más tardía. De esta manera quedan condicionados a una actitud reaccionaria y
meramente emocional, la cual, por una parte, fomenta un pesimismo indiscriminado ante la razón y el ejercicio de la
libertad humana y, por otra, incentiva posturas voluntaristas que lindan en el fideísmo. Así las cosas, el discurso del
presbítero más que una interpelación válida es percibido como una rareza, que pudo inspirar en otra época, pero que
en la actual es incomprensible y, en consecuencia, irrelevante.5
12.
Ideas recogidas fundamentalmente de Ricardo Capponi, “Desafíos de la psicología a la Teología”, Teología y vida, Teol. vida [online].
2002, vol.43, n.1, pp. 21-32. http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0049-34492002000100003&script=sci_abstract
4 Aunque este párrafo es una paráfrasis del texto de Capponi, como ya está señalado en la nota anterior, copio su texto (con ligeras
modificaciones), porque es mucho más claro al describir esta actitud: “La iniciativa de las autoridades de la Universidad de fomentar el
diálogo interdisciplinario nos resulta sumamente atractiva, aunque estamos conscientes de las dificultades y riesgos a que nos
exponemos. Pero nos damos cuenta que requerimos del intercambio crítico con estas otras fuentes del saber, que aunque cuestionen
nuestras convicciones, nos enriquecen con los temas que estudian y nos acercan a reformular permanentemente nuestra disciplina en
contacto con la realidad. Es cierto que esto nos expone a entrar en controversia con asuntos que tocan al manejo del poder eclesial, y
nos podemos meter en aprietos, pero pensamos que no debemos eludir este tipo de desafíos si queremos construir una Iglesia sólida y
acorde a los tiempos”, op.cit. §54.
5 Juan Noemi, “Sacerdotes de Cristo, hoy”; Mensaje, septiembre 2006, 24-26.
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