Tema. – 7 El valor de la Comprensión.
“SI JUZGAS A LA GENTE,
NO TIENES TIEMPO
PARA AMARLA”
Madre Teresa de Calcuta
Objetivos:
-
Conocer los detalles de la vida de las personas para ayudar a entenderlas mejor.
Reflexionar sobre el valor de la comprensión como actitud necesaria para crear un ambiente de
familia.
Motivación:
Cada participante cuenta como fue su día.
Después que todos contaron como se desarrolló el día, se pregunta:
¿Cómo Dios estuvo presente en el día?
¿Qué nos dio ánimo para trabajar?
¿Qué nos cansó más?
¿Qué nos dio mayor alegría?
¿Cómo fueron las relaciones con las personas (de la familia y fuera de ella)?
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Plenaria:
Se colocan las respuestas a las preguntas y se hacen observaciones.
Desarrollo:
Se reparte una copia a cada participante y se reflexiona.
El amor, que es el más profundo de los sentimientos, seguramente el sentimiento por antonomasia,
se exterioriza en forma de manifestación espontánea de acercamiento, de generosidad y de entrega a los
demás.
E. Fromm dice: El amor sólo comienza a desarollarse cuando amamos a quiénes no necesitamos
para nuestros fines personales.
No obstante, el amor se hace más firme, consistente y maduro, mejora su calidad en la medida en
que se retroalimenta en la compresión, en el conocimiento más profundo y personalizado del otro, que
siempre es consecuencia del conocimiento y de la comprensión de uno mismo.
Comprendo a mi prójimo cuando soy capaz de meterme bajo su piel para ver las cosas desde su
propio punto de vista, vistiéndome con sus penas y alegrías, sus limitaciones, rarezas y defectos, sus
cualidades y habilidades.
El que comprende, de alguna manera incluye en sí mismo y hace propia la realidad de la persona
comprendida.
Comprender es amar a cada uno a su medida, adaptándonos a sus particulares características como
ser humano, único e irrepetible.
¿Es posible comprender al otro y no amarle? El amor-comprensión siempre está regido por una
mente que piensa en positivo, abierta a la esperanza y que trata de ver el lado bueno de las personas y de
las cosas. Amar y comprender, comprender y amar, es algo tan sublime y sencillo como estar pendiente de
descubrir y alentar en cada persona lo mejor de ella y hacérselo ver, para que incremente su fe en la vida,
en los demás y en ella misma.
Las debilidades, limitaciones, temores, falsedades, carencias y miserias que con tanta facilidad
denunciamos y criticamos en los otros, y nos escandalizan, son las mismas que padecemos tú y yo, pero
que no acertamos a ver porque evitamos constantemente dirigir nuestra mirada al fondo de nuestro corazón.
Si observamos de manera imparcial cómo pensamos y obramos, no tendríamos dificultad alguna en
comprender y aceptar las propias limitaciones y miserias. El conocimiento, la comprensión y la aceptación
de nosotros mismos es la única vía para comprender a los otros.
¿Qué se produce antes, la comprensión o el amor? Una mayor comprensión de mí mismo me lleva a
aceptarme más, a quererme y a vivir en paz conmigo mismo, viviendo de forma más significativa, así
también la comprensión que siento hacia los otros me inclina a aceptarles y amarles.
Sólo la tendencia hacia el bien del otro nos basta; es imprescindible el compromiso, la seguridad de
una acción consciente y pensada (comprensión), haciendo bueno el dicho: "Obras son amores, que no
buenas razones".
La comprensión, soporte y razón de los valores de hermandad. La comprensión es un valor humano
clave, ya que sirve de soporte y razón de otros valores como: el perdón, la tolerancia, la amabilidad, la
misericordia, la compasión y la solidaridad.
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1. La comprensión y el perdón.
Perdono cuando corrijo mi propia percepción errónea de que alguien me ha querido hacer
daño de forma intencionada, con verdadera maldad. Para despojarme de sospechas, rencores, juicios
recriminatorios y resentimientos, es necesario que mi mente comprenda los mecanismos internos
que han podido impulsar al otro a tratarme de forma injusta.
Por la comprensión empática aprendo a ponerme en lugar de quien me ofende, a
entenderle... ¡Perdonarle!
La verdadera grandeza de espíritu, siempre estará determinada por su nivel de comprensión
y tolerancia para con las miserias humanas.
Toda comprensión empática coronada por el perdón enriquece mucho más al que da que al
que al que recibe, por la inmensa paz interior que le proporciona. Sólo él que sabe elevarse por
encima de los agravios prueba su grandeza de espíritu.
El poeta Alexander Pope dijo: "Errar es humano, perdonar es divino".
2. La comprensión y la tolerancia.
La tolerancia es verdadera virtud, valor humano que se caracteriza por el reconocimiento de
las diferencias, por el respeto los demás y por la convicción y por la convicción de que nadie posee
ni la verdad ni la razón absolutas. Para ser tolerante necesito comprender que siempre habrá
personas
próximas y menos próximas a mí, cuyas opiniones, creencias, estilos de vida, ideología, etc. ... no
serán en absoluto coincidentes con las mías, pero que yo debo aceptarlas y respetarlas, pues tienen
todo el derecho a ser como son, a ser ellas mismas. Es la tolerancia quien hace posible una
convivencia civilizada.
Sin embargo ésta nunca puede ser indiscriminada, tiene un límite: la falsedad, el error, el
autoritarismo, y la represión no deben ser toleradas.
3. La comprensión y la amabilidad.
La amabilidad nos arrastra a comportarnos de manera afectuosa y complaciente con los
demás, a sentir y compartir gozosamente su felicidad o su desgracia, su alegría o su tristeza, es
básicamente comprensión cálida y profunda de la realidad del otro que vivo en mí y la siento como
mía.
Comprender es amar y amar es comprender, pues tanto en el amor como en la comprensión
hay un denominador común que es "el dar sin demanda".
4. La comprensión y la compasión.
Compadecer implica una íntima y profunda identificación personal con los sufrimientos,
desgracias y males que soportan no sólo las personas más próximas a nosotros, como familiares y
amigos, sino cualquier ser humano que nos encontramos en nuestro camino.
En la compasión el soporte fundamental es la comprensión.
5. La comprensión y la solidaridad.
Entre los valores de hermandad, la solidaridad es la que ocupa el lugar más próximo a la
comprensión, ya que surge de forma inmediata y espontánea antes que cualquier otro sentimiento.
La solidaridad es como la puesta a punto del motor de nuestro corazón. Ella nos despoja de
egoísmos e intereses mezquinos y nos prepara y anima a preocuparnos por los demás, a luchar por
resolver tantas injusticias y desigualdades sociales.
Yo me hago solidario si el bien y el bienestar que busco para mí trato de encontrarlo con el
mismo interés y tesón para los demás.
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6. La comprensión y la individualidad.
Por la comprensión, respeto de manera espontánea la dignidad individual de los demás y ver
el carácter único de cada persona. La individualidad es un valor humano que necesita la
comprensión y del respeto de los demás a mi propia libertad, al derecho que yo tengo de ser y de
desarrollarme como persona, dejándome ser yo mismo.
Comprender a alguien es ayudarle a descubrir, a sentir y vivir con plenitud su identidad, el
hecho de ser diferente y valorarse por ello.
Comprenderme a mí mismo es asumir la realidad de mi existencia, única e irrepetible,
conferir unidad a mi propia vida, darle un sentido y orientarla hacia una meta, pero desde la
individualidad que me permite ser "yo".
7. La comprensión y el altruismo.
El altruismo es determinación firme y perseverancia de empeñarse por el bien común en
general y de las personas más cercanas a nosotros en particular.
El altruismo que para los cristianos es la caridad, al fundir en una acto amoroso el amor a
Dios y a todos los seres creados, es estilo de vida, permanente actitud de servicio a toda persona,
sea cual fuere su Patria, religión, condición o raza, que ha encontrado verdadero significado y
sentido a su existencia en ser útil a los demás.
8.
La comprensión, el respeto y la dialogicidad.
El respeto mutuo proviene del reconocimiento de la igualdad fundamental entre todos los
seres humanos. El respeto, es un deber pero además es una necesidad, es un valor, ya que nadie
tiene el monopolio de la verdad ni de la razón y mucho menos un grado mayor de humanidad que le
dé derecho a sentirse superior a los demás. El respeto nos recuerda a todos que somos iguales
aunque diferentes, pero nunca más o menos que los demás.
Del respeto dependen valores como la libertad, creatividad, originalidad y el diálogo.
Sólo es posible contrastar opiniones (dialogar), permitiendo que cada cual se exprese y obre
libremente (libertad). El respeto permite a los demás proyectar su propia existencia como individuos
irrepetibles, ser ellos mismos y decidir sobre su propia persona y sus actos (creatividad,
originalidad) y que vivan sus vidas como búsqueda constante de encuentros humanos
enriquecedores (actitudes dialogantes).
9. Comprensión y madurez psíquica.
Acabamos de ver que comprender por encima de todo, es respetar y aceptar la
individualidad y originalidad de los demás, y ésta es una de las principales características de la
persona con higiene mental y madurez psíquica. Es el "no juzguen y no serán juzgados" del
Evangelio (Mt 7, 1 ss).
La comprensión es el valor dominante en toda persona con salud mental excelente, que se
siente satisfecho, vive en paz consigo misma y con los demás y no tiene el menor interés en juzgar y
condenar al prójimo.
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Fundamento Bíblicos:
Ef 4, 30-32.
Rom 14, 1-4.
Lc 15, 11 ss; 6, 37; 6, 27 ss.
Mt 7, 1 ss.
Ejercitación:
a) La asamblea se divide en grupos de 6 y se comentan estas preguntan.
1.- En la sociedad cubana ¿Se vive hoy este valor? Explique la respuesta.
2.- ¿Por qué resulta difícil comprender al otro?
3.- ¿Qué les dice este texto: "Si es cierto que en cada amigo hay un enemigo potencial,
¿Por qué no puede ser que en cada enemigo se oculte un amigo que espera su hora?"
Giovanni Papini.
4.- ¿Por qué la comprensión es soporte de los valores de Hermandad?
5.- Entre las citas bíblicas escoja la que crea más significativa para usted.
6.- Las respuestas se llevan a plenaria y se hace una síntesis.
Evaluación:
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-
¿Cómo se ha sentido?
-
Señale la idea principal del tema y exprese alguna línea de acción.
-
¿Le ha servido este tema para su vida?
-
¿Cree que es necesario vivir este valor en las familias para que después sea un hecho en la
sociedad?
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Tema 8. - El valor de la Confianza.
“NO SE FIEN DEL
QUE NADA
SE FÍA”.
A.Graf.
Objetivos:
-
Descubrir que la confianza debe ser total y perseverante.
Favorecer la confianza en el grupo, eliminar miedos.
Motivación: "El tentetieso"
a) Pueden participar en subgrupos.
b) El juego ha de realizarse en silencio. Hay que empujar con suavidad y el jugador del centro ha de
permanecer rígido sin miedo.
c) Un jugador está en el centro del grupo de 4 ó 6 jugadores y se le tapan los ojos, sus brazos penden a
lo largo de su cuerpo y se mantiene totalmente rígido para no caerse. Los demás jugadores forman
círculo a su alrededor. A una señal, el "tentetieso" (jugador del centro) se deja caer completamente
tieso hacia delante o hacia atrás o lateralmente, como guste. Los jugadores del círculo, con los brazos
extendidos, le van recibiendo con suavidad y le hacen ir de un lado a otro empujándole dulcemente
con las manos.
d) Al dar una señal de fin de juego es importante volver a poner la persona en posición vertical antes de
destaparle los ojos.
e) Cada "tentetieso" comentará como se ha sentido, si tenía miedo o confianza y los demás expresarán
como le han notado, si poco o muy rígido, si les ha sido fácil o no bambolearle, etc. ...
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Desarrollo:
Pasamos a reflexionar y profundizar este tema.
(El animador entrega a los participantes estos puntos en una hoja).
La confianza según el carácter y la personalidad.
La predisposición a la confianza, tanto en sí mismo como, sobre todo, en los demás, varía según
los distintos tipos de caracteres y de personalidades.
Los extrovertidos se confían más fácilmente y crean cauces de naturalidad en el trato que invita a
confiar en ellos. No les importa "dar el primer paso" hacia el otro y temen menos el fracaso.
Los introvertidos y tímidos siempre acusan algún problema de comunicación. Son más cautos y
desconfiados. Siempre están a la espera de que los otros se muestren confiados y abiertos y poco a poco
se vaya incrementando su confianza en los demás.
Los muy afectivos, apasionados y sentimentales suelen ser muy confiados, tanto más cuanto
predominen los afectos y sentimientos sin un control de la racionalidad. La tremenda necesidad que
tienen de abrir su corazón les lleva a la excesiva confianza.
Los apasionados son tan irreflexivos que se confían de cualquiera y se hacen mil ilusiones en un
momento para ser presa de la decepción poco después. Los sentimentales son más cautos y reflexivos y
seleccionan más a las personas a quienes se confían.
Los intelectuales, reflexivos y demasiados críticos son extremadamente cautos y prefieren
permanecer en su mundo donde todo es lógica y razón, a cometer un error y confiarse a alguien que no
merezca su confianza. Necesitan de la frescura y naturalidad de los extrovertidos y se maravillan de la
euforia irreflexiva de los apasionados.
En cualquier caso, la conquista de la confianza necesita paciencia, sensatez y serenidad.
A la conquista de la confianza.
La confianza es un sentimiento y un convencimiento que se van adueñando progresivamente de
nosotros de forma natural. La paz y serenidad que sentimos ante quien nos inspira verdadera confianza
nos lleva a expresar sin reservas nuestros pensamientos y sentimientos, sin frenos ni disimulos. La
confianza es algo que debe ser conquistada y ganada pacientemente: nace de lo más profundo de nuestra
personalidad. La razón de la confianza está en lo más íntimo de mí. Se manifiesta, surge, cuando la
persona se siente respetada, comprendida, alentada y acogida, siempre en el contexto de una relación
abierta, dialogante y sencilla. Se mantiene y aumenta con la comunicación frecuente, si se acompaña de
gestos amistosos, de tolerancia, de simpatía y cordialidad y, sobre todo, si la confianza es correspondida
con confianza. Se afianza y purifica con las dificultades y problemas en los momentos crisis. Se
desarrolla de manera gradual y con hechos reales que exigen sacrificios y renuncias. Es tanto más
profunda y firma cuanto más estable es el sentimiento de confianza y cuando a través de los años no ha
habido traiciones, imprudencias ni olvidos importantes. Se debilita y pierde consistencia si hay silencios,
reservas, y dudas, y puede perderse, morir, por el distanciamiento, la falta de seriedad y las imprudencias.
Los valores que también suscitan la confianza pero su misión fundamental es afianzarla,
mantenerla, desarrollarla y darle profundidad, ellos son: la autenticidad (sinceridad), el equilibrio (la
estabilidad) y la fortaleza (firmeza).
La autenticidad.
Garantiza la sinceridad de las intenciones y la coherencia en las acciones. Nuestra confianza se
hace firme si tenemos la seguridad constante de que la persona en quien confiamos es incapaz de
engañar, siempre dice y siente la verdad.
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El equilibrio.
A la autenticidad se ha de añadir el equilibrio en las situaciones más críticas. Las personas serenas
y equilibradas nos ofrecen garantía de apoyo, la seguridad de que no van a flaquear en los momentos
difíciles.
La fortaleza
Sólo el que se mantiene firme ante el desaliento inspira confianza a los demás. Nos da confianza
quien ha superado infinidad de dificultades, problemas, desgracias y desventuras. Su gran experiencia
nos gana, nos contagia, nos da seguridad.
La confianza en familia.
El sentimiento de confianza viene apoyado con el hecho de la maternidad y de la paternidad. El
niño se confía por completo a sus progenitores por la necesidad absoluta que tiene de protección y
seguridad.
La confianza se incrementa y afianza si los padres saben fomentarlas y, más que nada, si se
ofrecen ejemplos claros de confianza en la vida cotidiana.
La confianza siempre se apoya con la madurez, sinceridad, generosidad, sencillez y ejemplo
constante de recíproca confianza, y que en el hogar son los padres los únicos responsables.
Los padres hemos de ser conscientes de que son las obras, los hechos, las actitudes, más que los
discursos, los que nos hacen merecedores de confianza de nuestros hijos. Estas son las actitudes básicas
que facilitan la confianza de nuestros hijos.
- Saber dar tiempo al tiempo, ser tolerantes, saber olvidar, comprender y perdonar.
- No confundir paternidad o maternidad con excesiva blandura y tolerancia. Los hijos necesitan
firmeza, disciplina y exigencias razonables. Esto les hace confiar en nosotros.
- Permitir la autonomía, el tomar decisiones y el equivocarse, para aprender de los errores y
encontrar el propio ritmo, el propio camino.
- Salvaguardar siempre a la persona y confiar en ella, jamás condenarla. Se ha de criticar las
malas acciones, pero dejando a salvo a las personas que la cometieron. Lo que has hecho está
mal, es reprochable, pero tú eres bueno, tú puedes hacer el bien y estoy convencido que lo
intentarás hasta conseguirlo.
La confianza entre los distintos miembros de la familia.
a) La confianza entre el padre y la madre. La confianza entre los cónyuges es el manantial de todas las
demás confianzas en el seno de la familia. La confianza entre los esposos es garantía de casi todo: de
la paz familiar, de una paternidad y maternidad responsable, de amor, de unidad y entendimiento
entre los hijos, de la superación de cualquier dificultad y desgracia, de felicidad... Y es que la
confianza entre el padre y la madre, penetra hasta la esencia misma del amor conyugal, que da
unidad, fuerza y coherencia a toda la familia.
b) La confianza entre los hermanos es consecuencia directa de la confianza y del amor entre los padres.
Los padres que respetan a los hijos, permiten sus diferencias y les alientan a desarrollar lo mejor de sí
mismos, están enseñando y exigiendo a los hijos a comportarse así entre ellos, Las relaciones se
hacen cordiales, distendidas, flexibles y tolerantes porque esa es la tónica marcada por los padres
desde la cuna y enseñada día a día, con su ejemplo vivo.
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c) La confianza de los padres en los hijos. Una persona cayó durante algún tiempo en profunda
depresión al recibir esta respuesta de su hijo de 16 años, a quien reprochaba su falta de confianza:
"Papá, por más que lo intento, no logro confiar en ti, aunque lo deseo, porque tú nunca confiaste
ni confías en mí”.
La verdad que este joven, por sus obras no era merecedor de mucha confianza, pero el amor de este
padre hacia su hijo y el consejo de que le ofreciera toda la confianza posible, no tardaron en dar
buenos resultados. Estas fueron las palabras del padre, que junto con un comportamiento de plena
confianza, le reconciliaron con su hijo: "Tienes razón, hijo, no puedo pedirte que confíes en mí sin
haberte dado antes ejemplo, confiando yo plenamente en ti. En adelante trataré de hacerlo. Gracias por
haberme hecho reflexionar. Hoy yo he aprendido de ti. Trataré en lo venidero de merecer tu
confianza".
d) La confianza de los hijos en los padres. El joven del párrafo anterior recibió un extraordinario
ejemplo de
humanidad y de grandeza de espíritu de su propio padre.
Nunca es más grande el hombre que cuando reconoce sus errores con sencillez, los acepta de buen
grado y promete corregirlos. La confianza genera confianza. Ofrece confianza a ese hijo que se
encierra en su mutismo y apenas sabes algo de su vida. No te importe dar el primer paso, como dice
Tony de Mello: "Antes de cambiar a los demás, cambia tú. Limpia tu ventana para ver mejor."
Consejos para hacer realidad la confianza en el hogar.
1- Decir siempre la verdad llana y simple.
2- Fomentar la naturalidad y espontaneidad en la expresión de pensamientos y sentimientos.
3- Dar ejemplo de respeto a ti mismo y a los demás, y exigirlo a todos los miembros de la familia.
4- No consentir amenazas, chantajes ni intromisiones de unos con otros.
5- Propiciar el diálogo, la generosidad, los intercambios de opiniones, el interés por las dificultades y
problemas de los demás.
6- Pactar unas normas de convivencia discutidas, hechas y aceptadas por todos y reflejadas por escrito
para
saber a que atenerse en las situaciones de conflicto.
7- Huir del autoritarismo y promover la comprensión, la flexibilidad y la tolerancia mutua, sin caer en el
abuso descarado.
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INTERACCIÓN DE ALGUNOS VALORES RESPECTO A LA CONFIANZA.
Fortaleza
Coherencia
Colaboración
Seguridad
Tolerancia
Diálogo
Respeto
CONFIANZA
Amistad
Sinceridad
Cordialidad
Autoestima
INTERACCIÓN DE ALGUNOS CONTRAVALORES RESPECTO A LA CONFIANZA.
Inseguridad
Enemistad
Desconfianza
CONFIANZA
Intolerancia
Engaño
Falta de respeto
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Fundamentos Bíblicos:
Heb 11, 11-12.
Lc 7, 1 -10; 5, 1-11.
Salmo 125; 131.
Ejercitación:
En estos cuestionarios califícate de 1 a 6 en cada signo (comportamiento) de confianza o desconfianza,
según tu propio criterio.
CUESTIONARIO DE LA CONFIANZA
1) Aceptar espontáneamente las razones y reflexiones que se ofrecen sobre deseos, intenciones y
acciones: 1-2-3-4-5-6.
2) Pedir ayuda, consejos, sugerencias de forma sencilla, cuando es necesario: 1-2-3-4-5-6.
3) Perdonar y olvidar fácilmente los descuidos, los errores equivocaciones y hasta ocultaciones y
engaños de poca monta: 1-2-3-4-5-6.
4) Informar de manera espontánea y conversar con naturalidad sobre cuestiones de poca trascendencia,
cotidianas: 1-2-3-4-5-6.
5) Dar plena libertad en la toma de decisiones y posibilidad de adoptar una u otra opción sin temor a
críticas, amenazas o descalificaciones: 1-2-3-4-5-6.
6) Comunicar por propia iniciativa los proyectos, ideas, toma de decisiones, planes, compromisos, etc.,
antes de llevarlos a cabo: 1-2-3-4-5-6.
7) Dejar a mano, sin cerrar bajo llave, objetos personales: 1-2-3-4-5-6.
8) Discrepar con naturalidad y sin temor de las opiniones, gustos y aficiones del otro: 1-2-3-4-5-6.
9) Dejar fácilmente y sin temor objetos y posesiones para ser utilizados: la "grabadora", el "trailer" de la
playa: 1-2-3-4-5-6.
10) Hacer partícipe al otro tanto de éxitos y de fracasos, como de penas y de alegrías: 1-2-3-4-5-6.
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CUESTIONARIO DE LA DESCONFIANZA
1) Dudar, sospechar engaño: 1-2-3-4-5-6.
2) Amenazar de manera encubierta o insinuar que se ha de cerciorar con información más reciente y
digna de crédito, etc. : 1-2-3-4-5-6.
3) Interpretar de forma parcial y agresiva la información que se ofrece y traer siempre a la memoria
engaños del pasado: 1-2-3-4-5-6.
4) Dudar por sistema y recelar de todo, a pesar de las explicaciones y razones recibidas e, incluso, antes
de darlas: 1-2-3-4-5-6.
5) Pedir cuenta de todo y por todo, exigiendo toda clase de pruebas, para seguir recelando y en la duda:
1-2-3-4-5-6.
6) Pronosticar de forma fatalista, no viendo nada positivo en esa persona: 1-2-3-4-5-6.
7) Necesitar de forma enfermiza saber a cada momento dónde está, qué hace, a dónde irá: 1-2-3-4-5-6.
8) Dejar bajo llave y bien guardadas y contadas tanto las sencillas pertenencias personales como las
cosas de cierto valor: 1-2-3-4-5-6.
9) Exigir constante información sobre proyectos, compromisos, planes, toma de decisiones, etc., hasta el
punto de anular la propia iniciativa: 1-2-3-4-5-6.
10) Andar con averiguaciones y pesquisas para confirmar por otros lo dicho
por esa persona: 1-2-3-4-5-6.
Evaluación:
1. ¿Cómo te has sentido?
2. ¿Crees que hoy en Cuba se puede vivir este valor? Explica la respuesta.
3. ¿Qué idea es la más importante para ti?
4. Señala una línea de acción.
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Tema 9. - La Familia.
"LA SOCIEDAD Y LA
FAMILIA SE PARECEN AL
ARCO DE UN PALACIO:
QUITAS UNA PIEDRA Y
TODO SE DERRUMBA”.
Objetivos:
-
Descubrir la misión de la familia.
Tomar conciencia de la necesidad de redescubrir este valor hoy.
Motivación:
1.- Leer este texto sobre el cisne común.
Impresiona la elegancia y esbeltez del cisne mientras nada en los lagos, estanques o aguas
estancadas. Su belleza es apreciada y cantada en múltiples obras de artes (El Lago de los Cisnes, etc.).
El cisne común macho, que ha sido un esposo fiel, va a manifestar su paternidad cuando nazcan
los polluelos. Aunque su actividad se limita a montar guardia alrededor de la familia, a defenderlos en
sus excursiones por el lago mientras la madre busca alimentos para sus hijos, si las circunstancias son
adversas y la madre fallece, él se hace cargo de los polluelos asumiendo los deberes de padre y de madre.
Pero, cuidado, que ama mucho pero es muy astuto: todo esto lo hará sólo cuando esté convencido
de que esos polluelos que acaban de salir del cascarón son sus hijos. En cambio, si no está seguro de ello
porque durante la puesta no ha podido cerciorarse de que en aquel nido su “esposa” ha incubado a sus
propios hijos, al nacer estos se limitará a envolver en atenciones y expresiones de ternura a la madre
mientras que no hará caso a los polluelos. Tanta invasión amorosa acabará minando el instinto maternal
de la hembra que hará más caso de este amor que de las necesidades de sus polluelos, llegando incluso a
abandonarlos. Parecen escenas sacadas de la vida de los humanos.
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La explicación es clara: la cortina de juncos del riachuelo o estanque ha impedido la visión y
vigilancia del nido; la distancia ha hecho imposible la relación padre-hijo, y los lazos afectivos no han
hecho su aparición. Como casi siempre los detalles pueden tener consecuencias muy graves para un
aspecto muy capital como son el amor y la familia.
2.- Se divide la asamblea en grupos de 6 u 8 participantes y comentan estas preguntas:
¿Qué opinan sobre el amor a la pareja y el amor a los hijos?
Describan el papel que desempeñan en nuestra sociedad el padre y la madre.
De la educación que han recibido en su familia, ¿Qué es lo que más valoran? ¿Qué cambiarías?
Razonen las respuestas.
3.- Las respuestas se comentan en la plenaria.
Desarrollo:
(El animador reparte una copia a cada participante y pasan a profundizar en el tema).
La familia sigue estando en crisis, y por eso precisa especial estudio, atención y ayuda por parte
de todos. La crisis de la familia no es de ahora y siempre estará presente, como suele estar todo lo
humano, entre tanto no se fundamente la familia en unas relaciones verdaderamente personalizadas y por
amor, en las que cada miembro se dé a los otros como persona, enriquezca y libere su personalidad,
incremente su autonomía y su solidaridad y haga posible el desarrollo personal de los demás
componentes familiares, sintiendo la felicidad de los suyos como propia.
En Occidente y desde Roma, la familia era una institución y se constituía de manera pública y
formal sobre el matrimonio, el cual se regía por normas religiosas, éticas, legales y de costumbres de
tremenda vigencia social, que, aunque no excluían necesariamente los criterios, sentimientos,
preferencias y decisiones particulares de los cónyuges, sí los condicionaban, trascendían, o menguaban
en buena medida.
El carácter institucional del matrimonio confería una gran solidez y estabilidad de la familia, y la
ruptura pública de un matrimonio solía ser legalmente inviable o muy difícil y, desde luego, condenada
socialmente, hasta el punto de que los miembros de la familia padecían esta ruptura y la vivían como una
mancha, un fracaso imperdonable o una tragedia. Fue el cristianismo quien trajo la institución
matrimonial del compromiso basado en la aceptación amorosa, deliberada y mutua de los contrayentes,
en principio completamente iguales, aunque después adoptara diversos matices y formas en la práctica,
según los tiempos, culturas y pueblos. También fue el cristianismo el que de manera más directa
contribuyó a devolver a la mujer toda su dignidad y derechos de igualdad con el hombre.
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Desde entonces hasta hoy, la importancia de la decisión personal, privada y libre de los cónyuges,
no ha hecho sino ir en aumento, y en la actualidad la sociedad sanciona de forma muy positiva el carácter
personal y privado de la decisión de los cónyuges.
Los contrayentes sin presiones deben adoptar sus propias decisiones, lo que, a pesar de todo,
constituye un riesgo: la superficialidad. La decisión personal y privada de los sujetos corren el riesgo de
ser superficial, de fundarse en la atracción momentánea, en el capricho, en la simple apariencia física, en
lo externo, sin llegar a profundizar más en otros valores de tipo intelectual, moral, humano y afectivo.
Hoy día se da cada vez más la deliberada intención de establecer una relación temporal y
pasajera, mientras la unión sea complaciente y sin obstáculos para ninguno de los dos; pero cuando
surgen los problemas y las dificultades del día a día en que hay que compartir también privaciones,
sacrificios y limitaciones, lo normal es que se llegue pronto a la ruptura, porque ese matrimonio se
construyó sobre la base de una relaciones superficiales e inestables.
Se valora una familia que aproveche cuanto de bueno nos ha legado el pasado; pero al ser los
propios cónyuges los que tienen que decidir personalmente la unión y su mantenimiento, es
imprescindible una más profunda formación y preparación antes de asumir personalmente un
compromiso tan importante en el que ha de primar la mutua donación amorosa con fundadas esperanzas,
de éxito, de futuro prometedor y que vaya más allá del egoísmo y de una atracción más o menos pasajera.
Es necesario fundamentar la familia, en unas relaciones personalizadas, en las que cada miembro
se realice como persona, logre su propio desarrollo personal y mantenga y acreciente su autonomía.
Porque, lo que ocurre en la familia se deberá al sistema total de relaciones y comunicaciones entre sus
miembros.
Los miembros de la familia no son piezas, sino PERSONAS, y en ella, se modifican perfeccionan
o deterioran. Por un lado exige la conexión con la persona, dándole toda la importancia que merece, y,
por otro, exige también la integración en la comunidad y en la sociedad.
La familia esté o no en crisis, siempre será un valor en alza si se construye con amor y por amor,
pues, "el amor de la familia es la única semilla del amor a la Patria y de todas las virtudes sociales".
Vinculación familiar y seguridad.
En la vida del hombre, de la familia y de los grupos humanos, lo primero y fundamental es la
vinculación, disponer de un lazo afectivo inicial con las personas más próximas con las que se relaciona
y que son importantes en su vida, como padre, hermanos, parientes, amigos... Este lazo afectivo inicial
debe proporcionar al niño absoluta seguridad. El grado de vinculación con padres, familiares y amigos
estará en relación directa con la comodidad, el amor, el calor humano, la seguridad, la comprensión, la
alegría, el buen humor y la buena voluntad que deben caracterizar tales relaciones para lograr una buena
vinculación.
El que el niño se sienta vinculado a personas, lugares y cosas, saber que pertenece a alguien o a
algo, tener un arraigo, unas raíces, una familia, le proporciona gran satisfacción y seguridad y contribuye
de manera directa a construir y elevar esa autoestima que jugará un papel tan decisivo a lo largo de su
vida. Desde esta confianza básica que proporciona la familia como refugio seguro, el niño dará los
primeros pasos hacia la madurez física, mental, psíquica, afectiva y social y se atreverá a explorarse a sí
mismo y al mundo que le rodea. Desde la seguridad del hogar, desde el arraigo personal, afectivo y
primario, el niño y adolescente que hacen camino hacia la madurez, serán cada vez más capaces de
decisiones autónomas y responsables.
La seguridad radical y primaria que proporciona al niño el arraigo, la vinculación, el sentirse
miembro importante de una familia que le reconoce, valor y quiere, le hace sentirse singular, ya que se le
consideran las cualidades que le hacen especial y diferente, al tiempo que recibe respeto y aprobación de
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los demás por esas cualidades. Esto eleva su autoconfianza y el sentimiento de competencia y le capacita
y motiva para afrontar la permanente inseguridad de la vida humana.
La vinculación pone las bases de la seguridad primaria desde la cual los seres humanos
accedemos gradualmente a la autonomía personal, a la autovaloración y a la aceptación de nosotros
mismos y de los demás y finalmente, a sentirnos útiles y solidarios, hermanos con los demás seres
humanos, porque la unidad familiar sentó los principios de un desarrollo integral.
Tras el sentimiento de vinculación y a consecuencia del conocimiento y del respeto que desde
niño sentimos por aptitudes que nos hacen diferentes o especiales, apoyados y alentados por el respeto y
aprobación que recibimos de los demás y en especial de nuestros padres por esas cualidades, accedemos
al valor de la singularidad.
Para mejorar el sentido de la singularidad en el niño hay que animarle a ser él mismo, a expresar
sus ideas y sus intereses de forma creativa, y aceptarlo y respetarlo como es, aunque piense de manera
distinta a nosotros.
Del conocimiento, aceptación y valoración de la propia singularidad se pasa al sentimiento de
poder, de valía personal, de que se está en posesión, tanto de medios como de oportunidades y de
capacidades para modificar las propias actitudes internas negativas frente a las distintas circunstancias de
la vida. El sentimiento de valía personal alimenta y activa actitudes mentales positivas de esperanza y de
eficacia.
Además del sentimiento de vinculación o arraigo, de singularidad y de valía o poder personal, los
padres deben ofrecer al inmaduro, al hijo, modelos y pautas de conducta, ejemplos humanos, vivos,
coherentes, prácticos y adecuados (toda una filosofía de la vida) que pueden ayudarle a establecer su
propia escala de valores, sus metas, ideales, objetivos y exigencias personales.
El papel de los padres (o de quienes hagan sus veces) es determinante para un desarrollo integral
humano desde la cuna.
La misión de la familia.
La misión de la familia ante un mundo en permanente cambio es proporcionar a los hijos
sentimientos de arraigo y seguridad, elevar su autoestima, ofrecerles ejemplos y modelos válidos, dignos
de imitar, ser una escuela de aprendizaje en el amor, la comprensión, el esfuerzo y la solidaridad donde
cada miembro sepa aceptar y acoger las diversidades de los demás, desarrollar convenientemente su
singularidad e integrarse en una sociedad plural.
El ser humano llega al mundo en un determinado núcleo familiar, social y cultural. En este grupo
va creciendo y construyéndose como persona, pero en esa trascendental tarea de "hacerse a sí mismo" no
puede desvirtuarse la decisiva influencia de la familia, especialmente en los años de la infancia y
adolescencia. Aunque el ritmo de la vida apena nos deje tiempo para nada, es necesario que los padres se
paren a reflexionar seriamente, moderen el ritmo aligerado del cotidiano vivir y hallen tiempo y lugar
para el encuentro en un diálogo familiar enriquecedor y dediquen a la educación de los hijos la atención
especial y preferente que precisan y merecen.
Esta especial atención a la educación de nuestros hijos nos exige dejar en un segundo plano de
preferencias distintas funciones de índole personal o de relaciones sociales, pero esto no debe
preocuparnos o inquietarnos, puesto que estamos llevando a cabo la más alta y noble misión de servicio
para la sociedad, para nosotros mismos y para nuestros hijos.
La familia es una verdadera entidad formativa cuya misión además de todo lo dicho, es lograr con
su fuerza creadora y dinámica una renovación positiva de la sociedad mediante la humanización de este
mundo, materialista y sin rumbo, cuya única esperanza de salvación es abrirse definitivamente a los
valores de auténtico progreso y vida como son: la fraternidad, la solidaridad, el respeto a los demás, la
aceptación del prójimo tal como es, la reconciliación y el perdón, la actitud de servicio, la
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corresponsabilidad, la generosidad, la autoestima, la fidelidad, la honradez... y tantos otros valores
morales que fomentan y transmiten la institución familiar como "primera y primordial escuela de
aprendizaje para la vida".
Hay que resaltar la función socializadora de la familia. Por el proceso de socialización el
individuo aprende mediante el contacto con la sociedad. Este proceso esta condicionado por el conjunto
de relaciones entre los diversos agentes de socialización: familia, escuela, medios de comunicación
social, grupos... Todos los cuales van dejando su impronta en la persona. Pero la socialización dura toda
la vida e implica un variado influjo entre el individuo y sus semejantes. El agente de socialización más
importante y el primero en el orden temporal de la vida de toda persona es su familia. En la familia
aprendemos normas de conducta social y como adaptarnos a dichas normas.
Primero, desde la familia aprendemos a recibir la cultura que nos transmite la sociedad de
generación en generación y a adaptarnos como personas a las formas de vida organizadas. En segundo
lugar, en la familia experimentamos que la sociabilización es un proceso que se lleva a cabo dentro de
nosotros mismos a medida que vamos ajustándonos y amoldándonos a los demás y les aceptamos como
son.
La familia, hogar ideal.
Muchas familias no son verdaderos hogares en los que es posible una convivencia abierta,
agradable y enriquecedora. Hay "familias-casa de huéspedes", frías e indiferentes, en las que cada
miembro lleva su vida, no hay apenas comunicación y los silencios y reservas, donde solo impera el
orden y manda la rigidez y el autoritarismo provoca la despersonalización y el sometimiento y no
permite un desarrollo armónico de la personalidad. Tampoco faltan hoy las "familias-oficina", porque el
hogar se ha convertido en lugar de trabajo, donde no queda tiempo ni lugar para nada. Ni para hablar, ni
para reír, ni para aconsejar, ni para un mínimo de convivencia y diálogo. Muy frecuente las "familias
teleadictas", en las que la televisión, el vídeo y la cadena musical tratan de llenar al vacío o el
aburrimiento de sus miembros. Cada uno esta en su sitio viendo su programa de televisión. Así
podríamos seguir enumerando otros tipos de familias en las que el empobrecimiento progresivo de las
relaciones entre sus miembros es cada vez mayor.
Valores que conforman la familia como hogar ideal:
El respeto y el amor constituyen las coordenadas básicas por las que ha de regirse las relaciones
familiares; en el respeto y el amor se han de integrar los demás valores y deben ser una constante y el
principal punto de referencia.
La sinceridad hace posible la espontaneidad, incrementa la bondad y la confianza entre los
miembros de la familia y es condición necesaria para que todos se sientan seguros y tranquilos.
La generosidad que fomenta más el dar que el recibir es valor básico para la paz y buen
entendimiento entre personas que conviven durante años. La generosidad corre pareja con la grandeza de
ánimo, con el perdón y con la bondad o deseo del bien de los demás.
La alegría y la sonrisa, como el sol, son los mejores antidepresivos naturales que deben procurar a
grandes dosis los padres para ellos mismos y para sus hijos.
La cordialidad y el buen entendimiento son el resultado espontáneo y natural de un proceder
flexible y tolerante. Una actitud intransigente e intolerante en extremo cierra las puertas a la comprensión
y hace imposible el diálogo. De ahí que la tolerancia sea un valor necesario para la madurez mental y
psíquica de los hijos, que deben crecer en un hogar en el que predominen las actitudes desdramatizadas,
en el que se acepte a cada uno como es y se respete y aliente su individualidad, sin recurrir a métodos
impositivos.
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La justicia y equidad deben aprenderse en vivo y en directo en el hogar como valores que hacen
posible unas relaciones humanas de igualdad, sin hacer preferencias ni distinciones que puedan ser
humillantes para algún miembro de la familia. Estas relaciones de igualdad previenen contra las envidias
y los resentimientos.
La sencillez, la naturalidad y el calor humano siempre están presentes en un hogar feliz en el que
cada miembro de la familia se siente valorado, aceptado y acogido.
La confianza-esperanza es otro valor que es necesario cultivar en una sociedad dominada por el
pesimismo, la desilusión y la renuncia al esfuerzo. Es desde la familia donde se ha de fomentar la
confianza en sí mismo de cada uno de sus miembros. Esa confianza que hace posible una actitud de
esperanza, no como algo que llega de forma prodigiosa desde el exterior, sino como actitud firme y
convicción interior, vivida y aprendida en el hogar de que siempre hay una alternativa. Los padres deben
contagiar la esperanza a los hijos hasta en los momentos más difíciles
Aquellos lugares en los que los padres se manifiestan firmes y seguros contagian su fortaleza y
energía de espíritu a los hijos, se viven unas relaciones familiares más estables, maduras y
enriquecedoras. Es imprescindible vivir en familia la fortaleza como virtud, como valor que nos capacita
para encarar dificultades y problemas con optimismo y para no desistir en el empeño de llegar hasta el
final en el logro de los objetivos marcados. Los hijos crecerán y madurarán por dentro y se descubrirán a
sí mismos en la medida que se entrenen, se midan con los obstáculos.
El sentido del humor, como posición ante la vida es un valor que también se ha de aprender y
vivir en familia. Es ese humor sano que anima a encararlo todo de forma más positiva, a vivir de manera
más relajada el presente y a descubrir el lado más provechoso, simpático o ameno, hasta en las
situaciones más negativas y problemáticas.
En la familia-hogar ideal son las buenas relaciones entre los esposos lo que marcan la pauta y son
siempre punto de referencia, ya que, más que las exhortaciones y consejos (que son necesarios), son las
acciones, las obras y las actitudes las que transmiten los modelos de conducta a los hijos.
Fundamentos Bíblicos:
Gen 1, 27; 1, 28; 2, 24.
Ef 5, 21-33.
Salmos 127, 1. 3. 4.
Jn 4, 7-13.
Rom 12, 9-21.
Ejercitación:
Se sugiere para el diálogo y la reflexión en grupo el lenguaje de la imagen cuyo título podría ser
este: "Afrontar la Realidad". Nos servirá para revisar nuestra actitud ante la comunidad familiar, nuestra
participación en ella, así como en la vida social y eclesial.
Se presenta la imagen y en asamblea se puede evocar lo que les sugiere y sienta ante ella.
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Más tarde se hacen grupos de 7 u 8 personas y se trabaja sobre estas preguntas, centrándonos en
las características del avestruz y comparándonos con ellos.
 El avestruz es un ave con grandes alas, pero no sabe volar:
¿Qué dotes nuestras no usamos en nuestra familia? ¿A qué hemos renunciado en la
familia, en la sociedad y en la iglesia?
 Su cabeza tiene los elementos para funcionar bien. Aquí, según el tópico del avestruz, ante el
peligro, la ha anulado metiéndola bajo la arena.
¿Ante qué situaciones o problemas concretos, en especial de la familia, esconde cada
uno la cabeza para no ver el peligro y afrontar la realidad? ¿Qué nos negamos a ver de
la sociedad? ¿Por qué?
 Vive agrupada. Pero aquí nadie mira a nadie. Sólo se tocan "por las plumas".
¿Cómo vivimos con los que están a nuestro lado, padres, hermanos, amigos, vecinos...
? ¿Cuál es nuestro sentido de pertenencia en la familia, en el pueblo-barrio, en la
iglesia-parroquia? ¿Se cuenta con nosotros? ¿Nos hacemos "sitio" en la familia,
pueblo... ? ¿Qué dificultades encontramos? ¿Qué podríamos hacer? ...
Plenaria y diálogo abierto.
Evaluación:
¿Cómo se ha sentido?
¿Qué ha descubierto en este tema?
¿Cuál ha sido la idea más importante para usted?
Proponga alguna línea de ación.
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