La educación cívica como educación moral
Victoria Camps
A Victoria Camps le gusta más el término virtudes que competencias sociales y
ciudadanas; y entiende que, aunque exista legislación y materias específicas, “si
no hay una buena disposición por parte de las personas, es difícil que la
legislación se cumpla”.
Camps hizo girar su conferencia alrededor de tres interrogantes. El primero se
refiere a “si la educación debe tener un compromiso moral y ético”. Una
pregunta que ha de plantear, debido a “la absurda polémica originada en torno
a la asignatura Educación para la ciudadanía”. La cuestión encierra, según ella,
un fondo que exige fundamentos para salir al paso. Se ha dicho que ésta es una
cuestión privada que compete a la familia, y que la escuela no debe entrar en
ello. A esta cuestión responde aludiendo al artículo 27 de la Constitución: “La
educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en
el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y
libertades fundamentales”. Y argumenta: “si educar es formar la personalidad
en los principios democráticos y en los derechos y deberes individuales, educar
para la ciudadanía es redundante, porque la educación cívica es lo que debe
significar la educación, y eso debe hacerlo la escuela”.
Otra de las críticas, dice, es que la materia es ideológica. “Claro que lo es, la
educación no puede ser neutra”. Y entiende que hay unos valores que es
necesario preservar. Educar e instruir son para ella dos conceptos
complementarios, porque no se puede instruir sin educar y viceversa. Como
tampoco se pueden enseñar valores en el vacío. Educar significa extraer lo
mejor de la persona, ofrecerle todo aquello que no queremos que se pierda, que
queremos que pase a los más jóvenes. Ese es para ella “el compromiso ético de
la educación”.
La segunda pregunta que le permitió organizar el discurso fue ¿Podemos hablar
de un mínimo común ético? Su contestación fue clara: “la moral tiene una
exigencia de universalidad”. Para explicarlo recurre al mito de Prometeo, y se
plantea si es posible enseñar las virtudes, a lo que responde que, “no sólo se
debe enseñar la virtud, sino que se debe adquirir la virtud”. En ese compromiso
ético “hay unos mínimos que se deben ofrecer a todos” y que los mínimos están
en los Derechos Humanos y en la propia Constitución.
Hace especial hincapié en que la ética no nace de la experiencia, sino que se
impone a la realidad y que “todos los derechos humanos son derechos a la
libertad”. A Camps le gusta hablar de la dignidad humana como valor
fundamental, porque esto es lo que diferencia a los humanos. Los animales
actúan por instinto, mientras que los humanos podemos elegir. “Si no
pudiésemos actuar mal no seríamos libres del todo”. Por otro lado entiende que
tratar al otro como un fin y no como un medio, es reconocerlo como persona y
ahí radica el valor de la dignidad. En este punto se refirió al derecho a la vida y
a lo que cuesta avanzar hacia la idea de que la persona pueda decidir sobre su
propia muerte, o sobre como quiere morir. “Una gran
contradicción, si
observamos lo poco que se respecta la vida en las guerras”.
No está de acuerdo con la expresión “educar en la libertad”, porque le parece
que lo que hay que hacer es “educar para la libertad”, es decir formar a los
individuos para que puedan decidir por sí mismos y autogobernarse.
La última parte de su ponencia estuvo centrada en la respuesta a la tercera
pregunta ¿Cómo se enseña el mínimo común ético? A lo que responde que las
virtudes se enseñan con la práctica. De ahí que sea tan importante la
transversalidad. Cree que “hoy hay una tendencia a convertir todo en
asignaturas”, y que “la educación para la ciudadanía es demasiado importante
para reducirla a eso”. Ello no significa que no tenga que haber un cuerpo de
conocimientos. Hay cuestiones que se deben saber y transmitir, pero también
hay que saber utilizarlas, y eso es la educación cívica.
Cree que “la escuela necesita una inmersión cívica y a ello debe contribuir toda
la esfera pública”. Durante el Franquismo fue transversal la religión, y no sólo
se daba en clase, sino que además, se mamaba la religión: se rezaba, se iba a
misa... Lo que ocurre es que “el paso de lo religioso a lo laico está costando
porque no encontramos la manera de sustituirlo”. Las personas deben
habituarse a vivir de otra manera y “la educación siempre significa nadar
contra corriente”. “Tenemos que enseñar y aprender a tener una sensibilidad
moral, y en esto la familia y la escuela tienen necesidad de entenderse”. El
problema, hoy, es que han dejado de ser cómplices. Su discurso concluía con
una cita del economista catalán Enric Tello: “La revolución que nos queda por
hacer debería ser prosaica, femenina y cotidiana”.
Gena Borrajo
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