LA TÉCNICA
DEL COUP DE BANQUE
Shayj Abdalqadir As-Sufi
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—I—
“Los que han tomado fuera de Allah protectores
son como la araña que se ha hecho una casa.
Y sin duda la casa de la araña es la más frágil de las casas, si supieran.
Allah conoce lo que invocáis fuera de Él. Él es el Irresistible, el Sabio.
Esas son las semblanzas con las que llamamos la atención de los hombres,
pero sólo los que saben las comprenden” (Corán 29: 41-43).
Se mire como se mire, la situación actual en la que nos encontramos no puede ser
considerada mas que como un desastre a escala global; y sin embargo se nos dice que la
humanidad está logrando enormes progresos y avanza hacia un futuro que estará
caracterizado por el triunfo tecnológico y el bienestar.
Siempre es posible reconocer la existencia de un cierto abismo entre la retórica y la
realidad, pero lo que debemos poner en cuestión es el efecto que la presente realidad
tiene y tuvo sobre el común de una gente que no sólo se ha vuelto incapaz de formular
preguntas, sino también de enfrentarse al fraude absoluto al que ha sido sometida.
A fin de tener una imagen clara de las calamidades que afligen a la mayoría de las
especies, tanto la humana como las del reino animal y vegetal, lo primero que hay que
hacer es examinar las raíces de un sistema que por un lado carece de toda razón
mientras que por el otro defiende con terquedad sus fundamentos racionales.
El siglo dieciocho fue testigo de la aparición de un movimiento intelectual llamado “La
Ilustración” que, entronizando la razón y la ciencia junto a una ética sublime, intentaba
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conseguir la libertad y la justicia social para todos los seres humanos. Los pretendidos
fundamentos de la sociedad actual, que insiste con denuedo en llamarse civilización,
proceden de la Antigua Grecia. Los complejos y ritualizados patrones de la forma de
vida griega tomaban su fundamento en la aplicación de rituales primitivos en los que se
mataba y comía a vírgenes, madres y padres. A este hombre antiguo se le definió como
Homo Necans, el hombre sacrificador. El giro radical que tuvo lugar en esa cultura
aparece en el suceso registrado en el Corán donde se dice que Allah el Todopoderoso
suprimió el mandato que ordenaba el sacrificio de seres humanos y lo sustituyó por el
sacrificio ritual de una oveja; de esta manera se puso fin a una de las fases en la
aparición de la consciencia.
“Y le anunciamos un niño que habría de tener buen juicio.
Y cuando éste alcanzó la edad de acompañarle en sus tareas, le dijo: ¡Hijo
mío! He visto en sueños que te sacrificaba, considera tu parecer. Dijo: ¡Padre!
Haz lo que se te ordena y si Allah quiere,
encontrarás en mí a uno de los pacientes.
Y cuando ambos lo habían aceptado con sumisión, lo tumbó boca abajo.
Le gritamos: ¡Ibrahim! Ya has confirmado la visión que tuviste. Realmente así
es como recompensamos a los que hacen el bien.
Esta es, de verdad, la prueba evidente.
Y lo rescatamos poniendo en su lugar una magnífica ofrenda.
Y dejamos su memoria para la posteridad.
Paz para Ibrahim” (37: 101-109).
La transformación del Homo Necans en Homo Sapiens significó en la sociedad griega que
el sacrificio humano pasara de ser una realidad efectiva a una realidad representada;
ésto es lo que produjo las ahora llamadas tragedias teatrales de Esquilo y Eurípides
cuyos dramas giran en torno al parricidio, el matricidio y el fratricidio.
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Debemos hacer una distinción entre lo que es la guerra, el acto de confrontar al
enemigo, y lo que es el estado de impotencia en el que se encuentra una sociedad
humana carente de enemigo y por tanto privada de ese elemento esencial para su
bienestar del cual depende su propia supervivencia. El escritor Konrad Lorenz declara
en su obra maestra Das Sogenante Böse que: “La amenaza más acuciante de una especie
animal no es ‘el enemigo devorador’ sino el competidor”. Y sigue diciendo: “La
situación cultural y tecnológica de la sociedad actual nos hace pensar con motivos
suficientes que el mayor de los peligros es la agresión específica que se produce en su
interior”. Cuando el libro de Lorenz apareció en Viena en el año 1963 causó un gran
escándalo entre los vencedores de la guerra suicida que tuvo lugar desde el año 1914
hasta el 1945. La tesis del libro era bastante sencilla: “Jamás se ha podido constatar que
el objetivo de la agresión fuera el exterminio de los propios miembros de la especie en
cuestión”. Y también: “Lo que descubrimos es que la agresión, lejos de ser el principio
diabólico y destructivo que postula el psicoanálisis, forma en realidad parte esencial del
mecanismo de preservación de la vida por parte de la organización de los instintos”.
En la Azora An-Nisa del Corán, Allah dice a los musulmanes que: “Es cierto que los
incrédulos son para vosotros enemigos declarados” (4: 101).
Si examinamos la dialéctica y los principios fundacionales de esta miserable sociedad en
plena agonía, lo que descubrimos es que todos gravitan en torno a una serie de
programas conscientes de tipo estructural cuyo cumplimiento ineludible exige la
degradación y la masacre de una parte de la sociedad a manos de la otra. Cuando
estudiamos el desarrollo de la política modernista del siglo veinte, cuando
contemplamos el exterminio masivo de los judíos a manos de los Nacional Socialistas y
la aún mayor masacre de los campesinos Kulak y la burguesía perpetrada por los
comunistas —una persecución aparentemente motivada por razones de raza y clase
social— no podemos obviar el hecho fundamental de que, en ambos casos, lo que estaba
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ocurriendo era el genocidio de una parte de la ciudadanía perpetrado por la parte más
militante de esa misma ciudadanía.
La Ilustración permite contemplar la aparición a plena luz del día de las consecuencias
de una rígida aplicación de los principios de una escuela de pensamiento que tiene su
origen en los filósofos griegos. Los griegos de la antigüedad, una vez dominadas las
oscuras fuerzas prístinas de la especie humana con la profunda terapia social del teatro
trágico, —cuyo objetivo final era producir una catarsis específicamente diseñada para
actuar como purga de los instintos del crimen familiar— comenzaron a examinar de
forma sistemática las cuestiones sociales propias del ser humano. Este sistema era la
filosofía. Los filósofos asumieron la tarea de trazar el diseño fundamental con el que
indicar la forma en la que la sociedad humana debería organizarse. La teoría del Estado
se convirtió en el tema central de la pasión intelectual. Los modelos platónicos y
aristotélicos se establecieron como los módulos de construcción de toda la teoría política
que surgió en Europa mucho tiempo después de que hubieran desaparecido los
patrones sociales vigentes en la época de su formulación: las pequeñas ciudades-estado,
una élite electoral limitada, la esclavitud institucional y la participación directa aunque
no representativa. El siglo dieciocho fue testigo de una entrega entusiasta a las prácticas
del estructuralismo y de un pensamiento sistemático que —a pesar de su rigidez y su
confinamiento— surgió acompañado de una desmedida exaltación poética del
individuo y su independencia. A pesar de la visión y la titánica llamada de atención del
sabio alemán Goethe para hacer entender que la naturaleza es un organismo y no un
sistema, las doctrinas establecidas en el siglo dieciocho fueron rápidamente aplicadas al
contexto de los destinos de los seres humanos. En lo que vamos a examinar a
continuación es necesario tener presente que la Biblia de cabecera de Robespierre fue
Rousseau.
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Durante las fastuosas y extravagantes celebraciones del segundo centenario de la
Revolución Francesa, —acontecimiento que costó cientos de millones de francos
pagados generosamente por las instituciones bancarias, cosa que no debería
sorprendernos— surgió una extensa colección de nuevos estudios históricos sobre la
Revolución, acompañada de reediciones de los grandes clásicos como Michelet.
Después de los doscientos años transcurridos era de esperar que esta gran sociedad
racional que proclamaba ser hija de la Revolución hubiera alcanzado una visión mas
abierta y desapegada de cada uno de los aspectos contenidos en el suceso que conmovió
al mundo entero. Sólo en la evaluación de la monarquía la perspectiva fue más justa y
generosa. Un juicio televisivo en el que participaron abogados franceses de prestigio,
dio la absolución a Luis XIV en una sentencia emitida por un jurado compuesto de
ciudadanos franceses. Sin embargo, en toda la literatura producida para la ocasión hubo
un suceso esquivado y una gente marginada, ignorada o definida de manera que su
trágico destino pareciera ser el precio inevitable que tenía que pagar todo aquél que se
resistiese al avance del Progreso. Estoy hablando de la heróica e indómita insurrección
de la región de La Vendée frente a las fuerzas de la Revolución. Los historiadores y
analistas dispuestos a admitir que todo lo sucedido en La Vendée era un hecho
innegable, seguían todavía insistiendo en un elemento que aseguraba la imposibilidad
de contemplar lo sucedido en términos diferentes a los establecidos por ellos. En el caso
de Alemania, todo estudio del genocidio nazi que tratara de expresarse con los términos
de las tesis nazis sería rechazado con horror. De igual manera, los intentos llevados a
cabo por los intelectuales europeos, marxistas y neo-marxistas como Sartre, para
justificar la represión a la que fue sometido el pueblo húngaro y el genocidio de los
Gulags que tomaron como punto de partida una dialéctica basada en la doctrina de la
lucha de clases, han tenido que ser finalmente abandonados. Sin embargo, doscientos
años después de la Revolución Francesa, la masacre de La Vendée se presentaba, de
forma desvergonzada, como la respuesta a la contra-Revolución, un término utilizado
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por primera vez para poder racionalizar —puesto que ésto es lo que exige el método
racional— esta tragedia, tema que estudiaremos más adelante.
La moderna construcción del sistema político estatal que toma su origen de la
Revolución Francesa, ha producido un método y un vocabulario abstracto cuyo
propósito es la deshumanización de sus enemigos. Desde el Comité para la Seguridad
Ciudadana de la Francia revolucionaria hasta el Politburó de la Rusia soviética,
términos tales como “enemigo del pueblo”, “reaccionario” y “contra-revolucionario”,
lejos de ser términos fríos y científicos, son términos que vemos siempre presentes en
las órdenes y las ejecuciones de asesinatos masivos. Un siglo después de la Revolución
todavía existía un debate complejo y apasionado sobre las terribles contradicciones
contenidas en el espantoso suceso de La Vendée. Por un lado teníamos a Michelet con
sus declaraciones basadas en la nueva retórica idealista y en una forma de presentar la
gran mentira en la que el héroe es el Pueblo —una entidad sin existencia biológica o
histórica. Por otro lado aparecía Burke con sus Reflexiones críticas y pragmáticas en las
que nos daba una visión pesimista del suceso como precursor de tiempos aún peores. El
intelecto titánico de Carlyle suscitó la cuestión de la existencia del proceso histórico. Al
analizar la saña y la rapidez con las que transcurrieron los hechos, describió a los
personajes involucrados como meros trozos de madera y ramas de árboles arrastrados
por un torrente que, coronado con la espuma de los acontecimientos, se precipitaba
hacia el océano. Su visión, que se fue afinando con el paso del tiempo y la amarga
realidad de la situación contemporánea, ponía fin a la paradoja contenida en los
acontecimientos: que siendo cierto que el Antiguo Régimen tenía que ser erradicado, no
es menos cierto que lo que ocupó su lugar fue algo aún más terrible, aunque inevitable.
Grandes escritores como Scott y Stendhal se enfrentaron al enigma que encierra una
Revolución que dio lugar a la dictadura monárquica de un genio espectacular:
Napoleón. No obstante, desde aquéllos días en los que los grandes intelectos se
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esforzaban por descifrar la historia, y el capitalismo burgués avanzaba de forma
imparable, la Revolución Francesa se ha convertido en el mito sacrosanto con el que se
quiere representar el anhelo del ser humano por alcanzar la libertad, al tiempo que se la
ha concedido la autoridad religiosa con la que dar legitimidad a un Estado moderno
que, proclamándose democrático, fue una invención del dictador Bonaparte. Así es
como en el doscientos aniversario de la Revolución Francesa la historia ha sido reescrita. La Vendée, escenario de una resistencia heróica, en el marco de esta revisión se
convirtió en una nota marginal que cada vez que era mencionada, los autores indicaban
que los crímenes habían sido cometidos también por los mismos habitantes de La
Vendée. Con ello se abrió el camino del razonamiento que iba a ser esgrimido ante las
vergonzosas masacres de Kosovo y Chechenia.
En las presentes versiones oficiales de la Revolución Francesa, la historia sorprendente
del Collar de la Reina se contempla como una metáfora histórica que indica la
corrupción de una monarquía en plena decadencia. Una metáfora más apropiada con la
que anunciar la sangrienta riada que vino después sería sin duda la guillotina. La
guillotina aparece por primera vez ante el Tribunal del Pueblo como un modelo
presentado por un médico diputado que deseaba someterlo al estudio de los
representantes del pueblo. Henchido de orgullo, el médico diputado declaró: “El
mecanismo cae súbitamente, la cabeza sale volando, la sangre surge con fuerza, el
hombre deja de existir. Aunque haya vivido como un villano, la Nación le concede el
honor de morir con dignidad. Una dignidad recíproca que brillará sobre la República y
sobre su Código”. Mirabeau apoyó el proyecto con tanto entusiasmo que el invento del
doctor Guillotin estuvo a punto de recibir el nombre de la “Mirabelle”. Era la
democracia brillando en todo su esplendor. Se nombró a un comité de expertos en
anatomía, cirugía, carpintería y mecánica. Todo fue sometido a debate. La altura de la
hoja, la anchura del instrumento, el grosor de la cuerda, la polea, el entarimado para la
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víctima. La hoja se convirtió en la cuestión fundamental. Luis XVI, cerrajero aficionado,
dedicó muchas horas a esta parte del invento —¿Era mejor que fuese recta, curva u
oblicua? Luego llegó el momento de las pruebas, primero con ovejas y luego con
cadáveres. El “ensayo”, que tuvo lugar en el patio del Hospice de Bicetre y la “première”
en la Place de Grève, fueron un éxito absoluto. El mismo Luis XVI firmó de su puño y
letra el decreto que ordenaba su puesta en funcionamiento en todo el reino. Cuando
observamos la enorme popularidad de este instrumento letal es necesario recordar a
Michelet. Desde sus principios, el carácter particular de la Revolución Francesa,
bastante nuevo en la historia, se discierne claramente. La Revolución, con toda su
urgencia devastadora, fue alentada por la filosofía; y la filosofía, como ya dijimos, es un
procedimiento diseñado para crear un modelo de Estado que debe estar sometido a las
disciplinas de esa metodología tan bien pensada. Dicho con otras palabras: el Estado
deberá ser un sistema; ¿Pero que es ésto sino una máquina? ¿Y acaso no es eso la ciencia
en sí? Cuando el Estado se convierte en un instrumento científico, la apariencia es que
lo que está gobernando es la naturaleza misma de la ciencia. Todo parece seguir una
lógica interna, un presente sometido al análisis, un proyecto de futuro, un diagnóstico
del pasado... Esto es lo que dicta y ordena el camino de la acción. Pero la metodología
científica oculta una verdad terrible e ineludible: que en todo caso, estos procesos se
ponen en marcha gracias a la voluntad de un solo individuo. Si la guillotina es la
metáfora perfecta del Estado estructuralista en sus comienzos más primitivos, no hay
duda entonces de que el campo de concentración y el Gulag son la expresión mas
sublime, si queremos utilizar ahora un adjetivo científico apropiado, de la realización
evolutiva. Se puede trazar una línea que partiendo del Fiscal del Pueblo, FouquierTinville, henchido de un entusiasmo cínico y arrogante a la hora de enviar a la gente a
la muerte, alabando la guillotina y afirmando con entusiasmo: “Las cabezas caen por
docenas, como si fueran las pizarras de un tejado en la tormenta”, pasa luego por la
respuesta que este mismo Fiscal dio al joven que sentado en el banquillo de los
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acusados dijo: “Señor ciudadano presidente, mi nombre no está en la lista, ¿puedo irme
ya?” “Pero ¿a qué esperáis?” dijo Fouquier “¡Ponedlo en la lista inmediatamente!”; la
línea finaliza luego con los cínicos procedimientos de los tribunales de la KGB que narra
Solzhenitsyn.
En cierta ocasión Stalin visitó una fábrica y se dispuso a decir unas palabras a los
trabajadores de la misma. Todos y cada uno de los presentes se pusieron en pie y
comenzaron a aplaudir sin que, presas del más profundo terror, se atrevieran a detener
sus aplausos. En un momento dado, uno de los capataces dejó de aplaudir y se sentó,
acción que todos imitaron. Un mes más tarde, el capataz fue sentenciado de por vida al
Gulag de Siberia a pesar de declarar una y otra vez su inocencia. Cuando abandonaba la
sala donde se había celebrado el juicio, el fiscal le dijo: “Esto te enseñará a no ser el
primero en dejar de aplaudir”.
La guillotina sigue siendo todavía la metáfora perfecta de la democracia política. Un
instrumento frío y científico diseñado para producir una muerta rápida basada en
principios científicos firmemente establecidos. Pero la realidad era justo lo contrario.
Cuando el verdugo alzó la cabeza recién cortada de una mujer especialmente odiada
por la muchedumbre (el Pueblo), la abofeteó y la cabeza enrojeció con el golpe. Los
observadores situados junto al patíbulo narran que las cabezas caídas en la cesta
seguían moviéndose y haciendo muecas. Esta cesta tenía que cambiarse cada tres meses
porque las cabezas cortadas de las víctimas la mordían con desesperación. El programa
genocida —cuyo resultado iba a ser la tortura y esta horrible muerte a gran escala— fue
el producto de una metodología, de unos cálculos, de un plan sistemático y de una
doctrina filosófica. La frase de Fouquier: “¡Pronto podremos poner el letrero de ‘Se
alquila’ en la puerta de todas las prisiones!” implica el mismo procedimiento para
alcanzar un nivel de mortandad tan estadísticamente aceptable como el alcanzado por
aquel Comisario del Pueblo que arrojaba al Volga a los condenados a trabajos forzados
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para así solucionar el problema de la masificación. En su extenso estudio sobre los
Gulags, Solzhenitsyn demuestra con rigor que los asesinatos en masa del régimen
estalinista no fueron perpetrados como una afrenta a la Constitución sino que eran el
resultado de su minuciosa aplicación. Cuando se concedió a cada distrito el derecho a
detener a un cierto número de personas, digamos quinientas, y sólo cincuenta
sospechosos habían sido arrestados, la policía local se sentía obligada a encontrar a
otros cuatrocientos cincuenta para dar cumplimiento a sus deberes constitucionales.
El elemento vital que debe ser entendido, es la armonía que existe entre el gobierno
estructural y la acción sádica y asesina. El hecho es —y es un hecho brutal al que hay
que enfrentarse— que el gobierno del Pueblo, por el Pueblo y para el Pueblo mientras
perdure sobre la faz de la tierra, siempre será un gobierno que producirá la guerra civil,
los campos de concentración, las ejecuciones, el genocidio y la dictadura, puesto que es
una forma de gobierno que dictamina que los individuos más bajos, más malignos, más
reprimidos y más desequilibrados tengan acceso a ese instrumento de poder que es el
Estado estructural; un sistema que ellos, carentes del intelecto o la visión para diseñarlo,
utilizan para satisfacer las fantasías más asombrosas que se les ocurren cuyos límites
sólo son establecidos por sus circunstancias particulares.
La definición que Bernard Shaw hace de la democracia en su obra “Geneva” en la que
dice que es “Un cualquiera que es elegido por todos” no es más que la mitad de lo
contenido en el desastre llamado democracia. La otra mitad, que se combina con el
primer elemento para crear el mencionado desastre, es la colocación de una persona
inadecuada en el conjunto de mecanismos pre-existentes que se conoce como Gobierno
Constitucional, permitiendo con ello que la voluntad de una persona elegida al azar dé
rienda suelta a sus impulsos internos a través de los mecanismos del Estado fiscal y
carcelario. Pruebas evidentes de esta relación entre la democracia del Gobierno
Representativo y la persona investida del poder pueden encontrarse una y otra vez en
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los Congresos democráticos de toda Europa. En una reunión de la Asamblea francesa se
condenó a la guillotina a veintidós diputados Girondinos. Cuando Valazé, uno de los
diputados condenados, se suicidó en su escaño con un puñal, Fouquier ordenó,
gritando fuera de sí, que el cadáver fuera guillotinado. Se podría afirmar que esto es un
suceso asombroso, pero aún lo es más el los Representantes elegidos del Pueblo no
parecieran alarmarse por ello. La oratoria imperante hablaba de regenerar al Pueblo
Francés, de podar las ramas podridas, de limpiar la Revolución. Con estos términos —la
Retórica Sublime— se estaba dando pie a la legitimación del genocidio. Una prosa
igualmente sublime es la que podemos encontrar mas tarde en el Senado de los EE.UU.
a la hora de autorizar —es decir, conceder un permiso Constitucional estructurado— el
exterminio de los pueblos nativos americanos borrándolos de la faz de la tierra. Un
grupo de expertos encargado de evaluar este tema llegó a la conclusión de que los
aborígenes americanos no eran seres humanos civilizados puesto que no erigían
monumentos construídos en piedra. Esta clasificación en humanos e infra-humanos ha
sido aplicada a la raza judía, a los campesinos Kulaks, a la nación de los Navajos, a los
musulmanes de Bosnia, a los musulmanes de Kosovo y a los musulmanes de
Chechenia. Y ahora se aplica impunemente a los millones de musulmanes del
Turquestán oriental que son castrados, esterilizados, torturados y encarcelados por un
gobierno elegido que los define como infra-humanos y cuyo genocidio es cortésmente
ignorado por el resto de los Estados democráticos.
Tras la muerte de Danton, al que ni siquiera se dejó hablar para defenderse a sí mismo
puesto que de hacerlo el Pueblo le habría absuelto, las ejecuciones aumentaron su
siniestro ritmo. En París, en una sola sesión, fueron condenadas ciento cincuenta
personas. En el momento culminante del poder de Fouquier, y a fin de intimidar a la
Asamblea, hizo colocar una guillotina en el centro de la Cámara de Reuniones para que
nadie dudara del lugar donde radicaba el poder. Alejandro Dumas, a pesar de su
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entrega absoluta a las ideas de la República, era un hombre demasiado extraordinario
como para negar lo que él sabía que era una contradicción insostenible. En su extensa
“Historia de Francia”, cuando el protagonista principal sube al patíbulo declara: “Antes
de morir es costumbre desear larga vida a alguien. Antes se decía: ‘¡Larga vida al Rey!’
Pero ahora ya no hay Rey. Luego se decía: ‘¡Larga vida a la Libertad!’ Pero ya no hay
libertad. Así pues gritemos: ‘¡Larga vida al verdugo! cuyo trabajo a todos nos une’”.
Esta es la razón de que cuando el gobierno democrático de la Revolución hizo un
llamamiento en favor de la justicia, lo que siguió de forma inevitable fue un
acontecimiento estructuralista, autorizado por la Asamblea y por la totalidad de la
estructura de poder del Estado, desde el Comité Revolucionario al Tribunal, la
Comisión Militar y el Gobierno Local; y todo ello enfatizado con las frases más terribles
diseñadas para causar y asegurar el terror dondequiera que se usaran: Los Poderes
Especiales. Habiéndose constituido esta forma de gobierno con el Terror y habiendo
alcanzando su horror más despiadado en La Vendée, su efecto iba a resonar a lo largo
de doscientos años de aplicación sistemática por toda Europa causando el arresto de los
más grandes, Wagner y Bakunin, Hugo y Chenier, y también de una cantidad
innumerable de personas desde Odesa hasta Belfast. Georges Amiand, en su estudio
definitivo “Et La Vendée sera Détruite”, afirma que los horrores perpetrados en La
Vendée fueron aplicados con todo método y rigor. En su análisis define cinco niveles:
constitución de contingentes, detenciones, juicios, ejecuciones y desalojos. Los cinco
estadíos estaban bajo el control de la administración local, pero los tres primeros
dependían de los ciudadanos que actuaban como representantes del Pueblo. Los
resultados, lejos de ser fríos procedimientos científicos, son horripilantes. Amiand
describe por ejemplo el día en el que, a instancias de los Representantes del Pueblo, las
carretas se llenaron de niños y muchachas a los que el gobierno había olvidado juzgar, y
fueron conducidas por la ciudad de Nantes hasta llegar a la Place de Bouffay donde les
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esperaba la guillotina. Las madres ayudaron a sus hijas a subir al patíbulo mientras el
Pueblo contemplaba con sumo respeto la ejecución de los niños y las jóvenes. Carrier, la
máxima autoridad de la República en el distrito, había ordenado pintar de rojo el
pavimento de la plaza para disimular la sangre que corrió a raudales. Cuando las
jóvenes eran alineadas para subir al patíbulo comenzaron a entonar una serie de
cánticos. Dos días más tarde el verdugo moría de vergüenza. A pesar de todo, la
represión del alzamiento de La Vendée contabilizó no menos de doce mil
enterramientos en un periodo de ocho meses. Carrier comprobó que la guillotina no
servía para la tarea necesaria. Había que hacer algo. En consecuencia declaró que el río
Loira era Republicano y Revolucionario. Un nuevo sistema se puso en práctica
inmediatamente. En la noche del 18 de Noviembre de 1793, noventa sacerdotes que
habían rehusado juramentar la Constitución Civil fueron conducidos al río a una
barcaza llamada La Gloire; una vez en ella fueron encerrados en la bodega y en medio
de la noche los guardas que los custodiaban hundieron la barcaza. La cárcel estaba
ahora vacía y lista para recibir más detenidos. Carrier bromeaba diciendo: “Si esos
bandidos encarcelados se quejaban del hambre que pasaban, ahora al menos ya no se
quejarán de tener sed”. El término utilizado para describir este método tan popular fue
“Deportación Vertical”.
El 10 de Diciembre del mismo año, cincuenta y ocho sacerdotes de Angers tuvieron el
mismo destino. El 14 de Diciembre le tocó el turno a ciento cincuenta civiles. El 22 De
diciembre a trescientos cincuenta. El 23 a ochocientos. La Nochebuena de ese año a
trescientos. El día de Navidad fueron doscientos. El 27 de Diciembre, quinientos. El
siniestro método de ejecución comenzó a aplicarse distrito tras distrito. Se le llamaba el
Bautismo Patriótico. En un solo mes fueron ahogadas cinco mil personas. Pero todo ésto
no era más que una parte del genocidio; hay que añadir los pelotones de ejecución de
Gigant y las carretas que diariamente iban llenas de gente hacia la guillotina mandadas
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por Bouffay. Así fue como en La Vendée doce mil personas —hombres, mujeres y
niños— fueron asesinadas por razones de Estado. El general Gringnon alardeaba de
“¡estar matando más de doscientos al día!” El general Huché decía: “¡En dos días hemos
matado a doscientos!” El general Cordelier: “Hemos pasado por la bayoneta a un
pueblo entero”. Y el gran verdugo de La Vendée, Turreau, podía presumir de haber
matado a quinientos sesenta y cuatro en Lucs-sur-Boulogne, a trescientos en
Gaubretière, trescientos cincuenta en Verrie, ciento sesenta en Brouzils y cientos más en
Herbiers, Loroux-Bootereau, Legé, Cholet y Vézins. La consigna era: La Vendée,
Cementerio Nacional.
Para asombro de la Convención de París, las fuerzas de La Vendée fueron capaces de
rechazar el ataque del ejército Republicano. En su discurso a la Convención,
Robespierre mostraba su elocuencia: “Esta derrota no es un mero revés militar. En la
lucha de la Libertad contra la Tiranía es necesario dar un ejemplo”. Una sola palabra era
suficiente. Marcé, el jefe Republicano, fue condenado a muerte y guillotinado pocas
semanas antes de la llegada de Turreau. Amiand, el historiador de los sucesos de La
Vendée, expone su caso de forma rotunda en contra del nuevo gobierno democrático
Republicano y acusa a sus miembros de ser los responsables directos de la masacre
perpetrada en aquella provincia. Se llamó a la movilización general para luchar contra
los habitantes de La Vendée, sus bienes fueron expropiados, sus bosques destruidos, sus
cosechas confiscadas, poblaciones enteras fueron deportadas, incluidos intelectuales
revolucionarios con el único fin de lavar sus cerebros de cualquier idea religiosa, se hizo
un nuevo establecimiento de colonos e incluso la ciencia fue aplicada a la resolución de
la crisis. En el Palais des Débats un comité científico comenzó a utilizar armas químicas.
Los gases tóxicos se probaron en ovejas y murieron asfixiados la mitad de los animales
contaminados. Carrier declaró lleno de exaltación: “¡Ahora sólo nos queda poner
arsénico en los pozos!” Y así fue como dieron comienzo en la historia de Europa las
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muertes por gas de las personas a las que antes se había dado el título de ciudadanos.
La llegada de Turreau fue el momento de las peores atrocidades cometidas a gran
escala. El 21 de Enero de 1794, aniversario de la ejecución de Luis XVI, La Vendée fue
ocupada militarmente y comenzó la masacre.
Turreau ordenó: “Para eliminar esta horda de bandidos considero indispensable
quemar aldeas, villas, pueblos y granjas. Y para ello exijo una autorización expresa para
hacerlo”. Las mujeres y los niños tenían que ser pasados por la espada. “Si mis
intenciones se llevan a la práctica, en dos semanas no habrá casa, poblado o habitante
que quede vivo”. La orden de Turreau se conserva escrita de su puño y letra: “Deben
someterse al fuego los pueblos, las aldeas, los bosques y las tierras de cultivo. Hay que
emplear cualquier método para descubrir a los rebeldes. Y cada uno de éstos debe ser
acuchillado con la bayoneta. Hágase lo mismo con las mujeres, las jóvenes y los niños”.
Firmado: Turreau, General y Jefe del Ejército Occidental. La Convención de París
autorizó la operación. Se trataba de un argumento científico y racional. El trabajo debía
estar acabado el día tres o cuatro de febrero para que la República pudiese disponer de
doce mil hombres a los que poder enviar a otro campo de batalla. El humanismo basado
en sus métodos y principios fundamentales, había por fin logrado realizar sus
posibilidades más elevadas.
Así fue como los soldados de la nueva sociedad arrasaron las provincias occidentales de
Francia sin saber que para esas fechas el inventor del lema “¡Libertad, Igualdad,
Fraternidad!”, el editor Mémoro, había pasado ya por la guillotina. El 5 de Diciembre de
1790 Robespierre esbozaba los principios del lema revolucionario ante la misma
Convención que había mandado a su autor a la guillotina. Robespierre anunciaba: “La
especie humana es la soberana en la tierra”.
En su marcha por La Vendée, los defensores de esta nueva y elevada religión se
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emborracharon, violaron y asesinaron, adornando sus cuellos con collares de orejas
humanas y ensartando en sus bayonetas las cabezas de niños recién nacidos. En Nantes
se obtuvieron vasijas llenas de grasa humana que procedía de las personas quemadas
en un horno. En Ponts-de-Cé, los médicos seleccionaron algunas víctimas para
desollarlas en una fábrica de curtidos y llevar a cabo experimentos científicos. Desde
estas atrocidades hasta la práctica habitual de la crucifixión de los recién nacidos en las
puertas de las granjas no hubo horror alguno que dejara de pensarse o practicarse. Uno
de los generales escribía el 17 de Febrero a Turreau, su oficial superior en el escalafón,
que había masacrado a toda la población de La Verie —quinientos hombres, mujeres y
niños— a lo que Turreau respondió: “¡Animo camarada! Si cada oficial matase tantos
cientos como tú, terminaríamos mucho antes”. Cuando un oficial cuestionó la matanza
masiva de niños, se le dijo: “¡No son más que lobeznos!” El mismo término ha sido
utilizado, con la aceptación tácita de la Unión Europea, por los rusos en su masacre de
los chechenos.
El lunes 15 de Julio de 1974, Grecia, país miembro de la OTAN y de la Comunidad
Europea, comenzó a aplicar su plan para transformar la isla de Chipre en una entidad
nacional griega. H.S. Gibbons ha descrito con todo detalle la historia de lo que allí
sucedió. Los archivos estudiados por Gibbons demuestran claramente cómo los griegos
de Chipre intentaron eliminar a la población turca en su totalidad. Los planes del
exterminio están documentados en detalle en el Archivo N.º 216/5/296, fechado el 7 de
Marzo de 1974. Fueron decretados por el tercer Alto Comando Militar Táctico de la
Guardia Nacional de Nicosia y firmado por su comandante, Mijael Georgitses. La
totalidad de la población griega iba a ser movilizada para efectuar el genocidio de sus
conciudadanos. El plan estaba codificado bajo el nombre de “Ifestos”, Volcán, y era
descrito como una operación de Seguridad Interior (SEA). El documento citado describe
con minuciosidad cómo los cadáveres turcos tenían que ser enterrados junto a los
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cementerios turco-chipriotas. Personal especializado en el lavado de cerebros fue
destinado a la primera, segunda y tercera Oficinas del Grupo de Mando Táctico para
ayudar a preparar los ciudadanos-asesinos para que hicieran con rapidez la tarea de
purificar Chipre en favor del estatus nacional griego. Una vez iniciado, el proceso
genocida avanzó de forma considerable a pesar de los errores de la estructura del
mando militar, la incapacidad de eliminar a Makarios, y la tardía intervención de las
Naciones Unidas, por no mencionar siquiera lo reacios que se mostraban los ingleses a
la hora de intervenir; el genocidio llegó a tal extremo que Turquía se vio obligada a
intervenir para salvar lo que quedaba de la población turca.
La manera en la que se expone y enseña la historia moderna —tanto al nivel del
supermercado popular como al de los programas televisivos o incluso en el discurso
académico— cuando toca las cuestiones relacionadas con el Estado republicano, se
esfuerza con denuedo por separar los elevados ideales y valores de la nación moderna
de su continuado y atroz baremo de crímenes y genocidios. Declarar que la Alemania
Nacional Socialista no era una democracia y que la Rusia Comunista tampoco lo era, es
un engaño cínico y deliberado. Observado desde un punto de vista existencial, la
relación entre el Estado y el ciudadano en la Alemania nazi, la Rusia estalinista, la
América de Nixon o la Inglaterra de Churchill, no presenta diferencia alguna. No hay
Libertad. No hay Fraternidad. Y por supuesto, no hay Igualdad. La reducción de la
población de Bosnia-Herzegovina al estatus de protectorado, la eliminación de los
famosos derechos de libertad de opinión y de prensa y la expulsión de los funcionarios
y los ministros de sus altos cargos por el Protectorado de la OTAN no son más que el
resultado que produce la aplicación del mismo patrón de actuación que permitió la
masacre de la población de La Vendée, el acoso a los judíos, la puesta en marcha del
sistema Gulag y la siembra de miles de minas anti-personas en el territorio Kosovar con
las que poder garantizar la continuidad del control y el terror una vez que las hordas
18
serbias ortodoxo-cristianas fueron obligadas a retroceder.
Una vez examinada la evidencia de lo que ocurrió en La Vendée, y junto a aquellas
matanzas las menores pero no menos horribles masacres perpetradas en otras
provincias, se pone de manifiesto que el Terror no fue sólo un acontecimiento urbano
que tuvo lugar en el corazón mismo de la Revolución que fue París, sino que se trata del
resultado producido por el humanismo cuando pasa de ser una fantasía poética a una
condición cívica. “Gracias —escribió Voltaire a Rousseau— por enviarme tu último
texto en contra de la raza humana”. Voltaire vio con claridad que las doctrinas del
Contrato Social eran una declaración de guerra contra la gente. El humanismo es un
crimen.
19
— II —
Con la llegada del año 2000, se gastaron miles de millones de papel-moneda en la tarea,
aparentemente vital, de corregir un error informático endémico producido en el
reciente pasado por la incapacidad de definir la fecha más allá del siglo veinte. La
situación dio lugar a la emisión de un vasto programa propagandístico dirigido a todas
las naciones del mundo para advertir de los desastres inminentes que podía causar la
incapacidad digital de cambiar el uno por el dos en una secuencia de cuatro cifras.
El año mil novecientos ochenta y nueve marcó el segundo centenario de la Revolución
Francesa. La Revolución produjo todos los elementos esenciales, las reconstrucciones,
los principios institucionales y la metodología a partir de las cuales iban a surgir cada
uno de los Estados nacionales del mundo a partir de ese entonces. En las
multitudinarias celebraciones de París y en presencia de los dirigentes de los principales
países del mundo, el presidente de Rusia declaró que la revolución de su país no habría
ocurrido de no ser por los extraordinarios logros conseguidos por la Revolución
Francesa. En el momento culminante de las celebraciones —cuyo enorme coste, no
olvidemos, fue sufragado por las bancos— una rolliza estrella afro-americana de la
ópera envuelta en una enorme bandera tricolor cantó la Marsellesa acompañada por
una banda militar al tiempo que era llevada, en lo que desafortunadamente parecía una
carreta, hacia la Place de la Concorde, el lugar histórico donde estuvo situada la más
importante de las doscientas guillotinas que en su día funcionaron en la ciudad. De
alguna manera este grotesco espectáculo contenía todos los elementos escondidos en el
enorme engaño que se estaba imponiendo sobre las masas. La cantante era negra. La
cantante era americana. Estaba envuelta en la bandera de otro país y lo que cantó fue el
20
Himno Nacional Francés. En sus orígenes aquella canción había sido un himno
revolucionario pero, sin que nos cause extrañeza, el partido en el poder que ha
controlado Méjico durante los últimos cincuenta años se llama el Partido Institucional
Revolucionario. El espectáculo en el que participó la desafortunada señora fue una
celebración totalmente pagana, aunque podemos aseverar sin temor a equivocarnos que
ella era cristiana. Los “ciudadanos” del norte de Africa que la miraban subida en la
carreta, eran los mismos que habían sido maltratados y torturados en gran número por
la policía parisina justo una década antes. Una mañana en particular, al final de la
década de los setenta, la ciudad despertó con el macabro espectáculo que ofrecían
innumerables cadáveres flotando en las aguas del Sena. Tanto en Argelia como en
Marruecos, decenas de miles de personas habían sido asesinadas siguiendo la brutal
tradición de la democracia que había padecido la gente de La Vendée. Los mismos
lemas que acompañaron al ejército francés y la O.A.S. en sus masacres fueron los que se
corearon en las celebraciones del Segundo Centenario. Y lo que es aún más significativo:
en el lugar de honor más destacado del Arco del Triunfo napoleónico, está esculpido
para la posteridad el nombre del General Turreau, el carnicero de La Vendée.
Los Estados nacionales y democráticos que hoy forman la Unión Europea —y fuera de
sus confines la casi totalidad de los Estados del mundo que sin saber lo que ésto
significa presumen de ser una nación-Estado y una democracia— actuarían de forma
más inteligente si emplearan sus energías en dar solución a las causas más profundas
que están provocando el abyecto fracaso de los Estados nacionales democráticos y sus
pésimas instituciones internacionales, para así comprender de una vez por todas la
realidad de lo ocurrido a finales del siglo dieciocho. Necesitamos de forma apremiante
poder reconocer los cambios que estas nuevas ideas introdujeron en una sociedad que
sobrevivió durante siglos siguiendo un sistema diferente de leyes y valores. Voltaire
declaró que en cincuenta años todo había cambiado. ¿A qué se refería con estas
21
palabras? Si nos remontamos en el tiempo para examinar el modelo anterior cuando
estaba funcionando en todo su vigor, tenemos por supuesto que fijarnos en el reinado
de Luis XIV. Es importante resaltar que este análisis no es un mero ejercicio histórico,
sino más bien un proceso de reevaluación del momento en el que nos encontramos a fin
de poder hacer una declaración similar a la formulada por Voltaire hace doscientos
cincuenta años. De Luis XIV se afirma que dijo: “L’Etat c’est moi”. Pero por supuesto no
lo dijo. Él no era el Estado. Era más bien la marioneta que actuaba en el centro de un
teatro de corte y cortesanos de juguete diseñado como una representación simbólica del
Estado, una especie de caja de música compleja y bien articulada. Luis XIV tomó esta
estructura representativa del palacio que se construyó Nicolas Fouquet, su
Superintendente de Finanzas. En su perfecto, y razonablemente bien proporcionado,
palacio de Vaux-le-Vicomte, Fouquet había reunido en torno suyo a los genios más
destacados del momento, personajes que representaban un conjunto de valores que iban
a desaparecer con él: La Fontaine, Molière, Corneille y Madame de Sévigné. Los valores
que estas personas representaban eran en realidad los de la época de Luis XIII: honor
personal, valor, lealtad y amor al rey. Se podría decir que lo que hizo Luis XIV fue
nacionalizar a Fouquet. Lo que para Fouquet era un palacio privado y espectacular,
para el rey fue el gran Versalles geométricamente diseñado como una vivienda enorme
y digna de toda gloria. Pero cuando Fouquet fue cruelmente encarcelado de por vida, el
poco grato Borbón comenzó a vestirse con ropajes absurdos aunque astutamente
emblemáticos, para ritualizar y formalizar lo que en el pasado habían sido el bullicio y
el ajetreo propios de la cortesía aristocrática. Lo que hizo en apariencia, fue la mera
institucionalización de la aristocracia dentro de un cuerpo establecido en torno al Rey
Sol. Pero sin embargo, la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo detrás del
escenario de Versalles era lo que de forma más correcta deberíamos llamar la
modernidad. La élite del Antiguo Régimen era el clero. Su máxima figura, el Cardenal
Richelieu, era quien dirigía los presupuestos y la riqueza del rey y de la nación entera.
22
Cuando murió el Cardenal, Colbert ocupó su lugar y aconsejó al joven rey el
encarcelamiento de Fouquet para tener en sus manos el control de las finanzas de
Francia. Así pues, lo que ocurrió en realidad significó el surgir de una economía
mercantil que, a pesar de guardar la forma del antiguo sistema feudal del poder
aristocrático, permitía, gracias a la máquina de Versalles, reducir a la nobleza al mero
papel de una burocracia de alto rango y hacer que los impuestos sobre los señoríos
pasasen a formar parte de un sistema financiero centralizado y nacional. El Estado no
era Luis ni tampoco Colbert, sino un sistema nuevo administrado por un grupo
antiguo. Su lema había sido: “Un Rey, una Fe, una Ley”. La sociedad francesa estaba
dividida en tres estamentos: el clero, la nobleza y el tercer estado. Los dos primeros eran
los privilegiados y entre sus prerrogativas la más asombrosa era la exención del
impuesto sobre la tierra, cosa que sí era obligatoria para los miembros del tercer estado.
Lo que vamos a contemplar en los acontecimientos revolucionarios es el
desplazamiento tectónico que tuvo lugar con la destrucción del Antiguo Régimen y el
surgir de algo que iba a llamarse el Nuevo Orden Mundial. Los tan encomiados
“Derechos” exigidos para el ser humano, no son más que los restos de un lenguaje
positivo con el que se intentó definir la abolición de los Privilegios. El 26 de Agosto de
1789 se promulgó la Declaración de los Derechos Humanos en la que se establecía la
igualdad ante la Asamblea Nacional. Su primer artículo decía: “Todos los hombres
nacen libres y con igualdad de derechos”. Un consejero del Parlamento de París, Morel
de Vindé, en su estudio sobre la Declaración efectuado en 1790, se vio obligado a hacer
la siguiente advertencia: “Tened cuidado amigos míos. No entender la palabra igualdad
sería algo peligroso. Produciría consecuencias muy molestas para la sociedad. (...) En la
sociedad hay una necesaria igualdad de derechos, pero también hay una desigualdad
indispensable. (...) El respeto debido a esta desigualdad natural es uno de los primeros
deberes del hombre que vive en sociedad, puesto que cada ciudadano tiene el derecho a
mantener su propiedad por pequeña o grande que ésta sea”.
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La Declaración sirvió para proporcionar los medios con los que la Asamblea del 5 de
Noviembre de 1790 hizo desaparecer el Antiguo Régimen: la abolición del clero —
puesto que al ser ciudadanos ya no eran clérigos— y la abolición de la nobleza
hereditaria, sus herencias, sus títulos, sus criados de librea y sus ejércitos privados.
También se declaró la abolición de la servidumbre que vinculaba la gente a la tierra. Así
fue como con la nueva República Francesa, la Iglesia Católica Romana llegó a su fin. La
culminación de este desarraigo político y financiero se vio acompañado de toda una
serie de actos cuyo alcance significaba el final de la Iglesia Católica. Más adelante
mostraremos en detalle cada uno de los pasos que condujeron a la abolición definitiva e
irreversible del Cristianismo, pero antes tenemos que fijarnos en el comienzo del
proceso. Este fue el estadío inicial. Pero debemos tener en cuenta que sus fundamentos
no eran teológicos, sino que estaban basados en la imposibilidad de acceder a la riqueza
y la eliminación de los Privilegios que facilitaban el acceso al poder político mediante la
influencia y la cercanía.
En 1763 Voltaire escribió un panfleto titulado: “Traité sur la Tolérance”. La revocación del
Edicto de Nantes en 1685, prohibiendo así la religión protestante en Francia, garantizó
el establecimiento de un estado católico totalitario. Pero cuando la filosofía de Voltaire
comenzó a difundirse, esta serie de ideas iba a producir el derrocamiento del Antiguo
Régimen que finalmente se vería remplazado por un orden social totalmente nuevo. El
19 de Noviembre de 1787. Luis XVI promulgó L’Edit de Tolérance en el que se
restauraban los derechos civiles de los protestantes pero sin concederles el derecho a la
libertad de culto.
El artículo décimo de la Declaración de los Derechos Humanos define el asunto con
toda claridad: “Nadie debe ser increpado por sus opiniones, incluso las religiosas,
siempre y cuando sus manifestaciones externas no alteren el orden público establecido
por la ley”. Mirabeau, menos ingenuo que la mayoría, protestó: “La libertad sin límites
24
es para mí un derecho tan sagrado que la palabra “Tolerancia” me parece ser una
especie de tiranía, puesto que la existencia de una autoridad que tiene el poder de
tolerar destruye la libertad de pensamiento”.
En la aparición de la nueva religión que surge de las ruinas del Cristianismo pueden
distinguirse tres niveles o estadíos: el primero es el que subyace bajo el teísmo escéptico
de Voltaire. Su forma de razonar demoledora y represiva le impedía negar la
organización estructural que había observado en la totalidad de la creación. Su
naturaleza obsesiva y quisquillosa le hizo deducir de sus observaciones el concepto de
un Dios Relojero. Más tarde, y montado en el escepticismo Volteriano que todo lo
cuestionaba, apareció la personalidad inquieta y profundamente perturbada de
Rousseau. Podríamos afirmar que quizás por efecto de la astuta manera en que asumió
su personalidad turbulenta, apasionada y pustulosa, Rousseau necesitaba el concepto
más amplio y vibrante de Dios: el Dios de la Naturaleza. Estando situado en el umbral
de la nueva era, Rousseau iba a establecer las fatales instrucciones que más tarde serían
adoptadas por su discípulo histórico más destacado, Robespierre. Con él apareció en el
escenario mundial un alma aún más oscura, más agitada y más punitiva.
Al esbozar su utópica visión de la nueva sociedad, Rousseau decía una y otra vez que la
organización democrática de los seres humanos no podía dejarse enteramente en manos
de éstos. ¡Cómo odian la sociedad los humanistas! Rousseau postulaba una divinidad
desprovista de identidad. Un Poder Divino que de alguna manera entroniza la razón,
acorrala a los seres humanos en entidades democráticas y los imbuye de razón y de
justicia. Sin este categórico entronamiento de un Ser Divino, Rousseau consideraba que
su proyecto social jamás podría triunfar.
La aparición de esta nueva religión estuvo marcada por un frenesí de entusiasmo
antropológico. Una vez abolido el cristianismo, la tarea de crear una nueva religión se
25
dejó por entero en manos de la Revolución. Una vez eliminadas las fiestas de la
Navidad, el Día de Todos los Santos y la Semana Santa, llegó el momento de sustituirlas
por otras. En lugar del calendario cristiano apareció el Calendario Revolucionario. El
Comité de la Seguridad Pública instauró el culto a la Razón el 10 de Noviembre de 1793,
que en el nuevo calendario era el 20 Brumario, año II. Robespierre propuso la
introducción de 36 festividades seculares a lo largo del año con un día especial dedicado
a celebrar la religión del Ser Supremo. El festival del Ser Supremo se celebró en Junio de
1794, 20 Pradial, año II. Esta celebración significó el apogeo del poder de Robespierre y
el clímax del Terror con sus doscientas guillotinas distribuidas por todo París
trabajando día y noche sin parar. Y todo esto coincidiendo con la glorificación del Ser
Supremo de la Revolución. Dado que la idea central de esta doctrina inventada era que
el Ser Supremo estaba ocupado con los átomos y las tareas de la naturaleza, Su
supremacía tenía que desentenderse por completo de las acciones buenas o malas,
personales o sociales, de las criaturas humanas. Era el Dios de los filósofos; esto
significaba que era un Ser, aunque por desgracia para ellos este Ser no era más que una
Idea. Para que el humanismo irrumpiera en el Nuevo Orden sin traba alguna, su
divinidad tenía que dedicarse a sus propios asuntos, la creación, y los seres humanos
tenían que hacerse cargo de gobernar sus vidas. El gobierno de la gente exige la
existencia de individuos capaces de gobernarse a sí mismos; y sin embargo Voltaire se
había burlado del optimismo de aquellos que declaraban que todo lo que sucedía era lo
mejor en el mejor de los mundos posibles.
En el Corán Allah repite con frecuencia a los creyentes:
“Allah es el creador de todas las cosas
y el Protector de todo ello.
Suyas son las llaves de los cielos y de la tierra.
Y los que se niegan a creer en los signos de Allah,
26
ésos son los perdedores.
Dí: ¿Me mandáis que adore a otro que Allah, oh ignorantes?
En verdad te he inspirado a ti y a los que te precedieron,
que si asocias algo conmigo se harán inútiles tus obras
y serás de los perdedores.
Así pues, adora a Allah y sé de los agradecidos” (39: 62-66).
Hablando de los incrédulos, Allah dice:
“Y si les preguntas: ¿Quién creó los cielos y la tierra?
Dirán: Allah. Dí: Decidme qué os parece:
Si Allah quiere que sufra yo algún daño
¿acaso aquellos que invocáis fuera de Allah podrán evitar Su daño?
¿O si quiere que reciba alguna misericordia?
¿Podrían ellos impedir Su misericordia?
Dí: Allah me basta, en Él se abandonan los que confían” (39: 38).
De estas aleyas mencionadas se puede deducir que este proceso que ha evolucionado
desde entonces y que ahora se ha implantado de manera casi absoluta en el mundo
entero es lo que se llama, según el Islam, “asociación”, o shirk. Shirk significa que la
persona toma los poderes que pertenecen al Divino Creador y los atribuye a algo o
incluso los asume como propios. Esto nos permite afirmar que el humanismo es el Gran
Shirk y el enemigo de Allah y de Su Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz.
Cuando a causa de esta forma de shirk el Destino se transfiere fuera de los atributos de
lo Divino, no queda ningún otro lugar a donde pueda dirigirse ese atributo. Por mucho
que la persona afirme ser dueña de su destino y los hombres pretendan tener el control
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de su destino colectivo, jamás podrán traspasar los límites establecidos por el tiempo y
el espacio. Nunca podrán anticipar la estrategia del enemigo, la aparición de una plaga,
el golpe mortal en medio de la noche, o incluso la picadura del mosquito portador de la
malaria. De modo que por mucho que nuestros valientes humanistas se crean
establecidos justo en medio del terreno agorafóbico de su libertad y gobernados por la
razón, siempre les quedará un elemento imprevisto e impredecible acechando a sus
espaldas. Napoleón, el Gran Kafir, reconocía con su realismo lleno de amargura, que él
se encontraba bajo lo que llamaba “La force des choses”. A pesar de todo afirmó, puesto
que al fin y al cabo era un verdadero genio, que era capaz de controlar los
acontecimientos hasta el momento en el que el Destino acabase con él, admitiendo en
consecuencia que después de lo cual sería desechado como un trapo sucio cualquiera. Y
por supuesto esto es lo que pasó. Por su parte, el común de las masas, que ahora eran
kuffar y carecían del trágico y momentáneo rayo de luz interior que poseía Napoleón, no
tenían más remedio que sustituir la doctrina del Destino por cualquier otro tipo de
explicación. Esta nueva explicación recibió el nombre de Azar. Y así fue como por orden
de la Comuna de París del 15 de Noviembre de 1793 se estableció el juego Estatal
institucionalizado. La Lotería Nacional pasó entonces a formar parte de la religión del
Ser Supremo.
No deja de ser irónico que la doctrina del Azar, que es la doctrina de la Lotería, implica
la reducción de la persona al estado de ignorancia más absoluto. Una vez que se cree en
el azar, la persona se ve sometida por completo a la fuerza de las cosas; y lo peor es que
éstas son incomprensibles. En el espacio de doscientos años, la doctrina religiosa de la
Lotería se iba a convertir en un principio fundamental de la biología humanista
materialista. La degradación que esta creencia produjo en los humanos fue tan enorme
que incluso los científicos más destacados iban a aplicar los principios del Casino al
vasto proceso creativo del caldo cósmico del que se suponía surgían las proteínas vivas.
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Fijémonos por un instante en el ejemplo perfecto del Azar. El croupier arroja la bola en
la rueda de la ruleta y poco tiempo después sale un número impredecible de forma que
todos pierden su dinero excepto el más “afortunado”. A esto se llama probar fortuna.
Pero no hay nada que suceda por azar. Cualquier suceso está totalmente
predeterminado. La rueda gira, tiene su inicio en un momento dado y lo hace con una
velocidad determinada. Se tira la bola que gira a una velocidad específica alrededor del
perímetro de la ruleta. La longitud de este perímetro y la velocidad decreciente de la
bola, que tiene una dimensión y un peso propios, están totalmente determinados. Su
correspondencia con la velocidad también decreciente de la rueda es un hecho seguro.
Una vez agotadas las fuerzas de los dos giros, el de la bola y el de la rueda, ésta se para
y la bola cae en el único lugar determinado por la totalidad del proceso. En
consecuencia, el hecho de asistir a un suceso que está absolutamente definido en cada
uno de sus detalles y declarar al mismo tiempo que se está sometido al azar, es definirse
a uno mismo como un completo ignorante que desconoce cómo funciona la existencia
que tenemos ante nuestros ojos.
Este, el más grave de los errores, fue el camino en el que colocó al mundo la oscura y
perturbada figura de un verdugo de masas, Robespierre, inventor de una estructura
metafísica a la desesperada que fue proyectada sobre la gente de Francia cuando lo que
su autor buscaba en realidad era persuadirse a sí mismo de que jamás tendría que dar
cuentas de sus acciones a nadie.
29
—III—
Otra consecuencia del cierre de las catedrales y la abolición del culto a los santos, fue la
necesidad Republicana de encontrar algo que ocupara su lugar. El Panteón fue el
edificio reservado para recibir las cenizas de los Héroes del Pueblo. A partir de ese
momento se instauró la práctica de enterrar figuras kafir ilustres, reducidas a cenizas, en
las salas del Panteón. En menos de cien años el Estado francés celebraba un
impresionante funeral para colocar en el Panteón los restos de un Victor Hugo que
había gastado su vida en una lucha amarga y heróica contra la tiranía ejercida por el
Estado. En una época más reciente, las vacilantes fuerzas del Gaullismo decidieron
honrar de igual manera las cenizas de su gran escritor, André Malraux. A primera vista
parecía ser un sujeto adecuado para recibir tal honor puesto que había sido el primer
héroe de la Izquierda, es decir del comunismo, para luego pasar a ser el héroe de la
Derecha, como ministro del gobierno de De Gaulle. No obstante hubo muchos amigos y
escritores que se sintieron profundamente molestos ante la idea de incluir a Malraux en
la ecuación de la democracia monetarista francesa. Consta que uno de sus colegas llegó
a decir: “Jamás debería pensarse que Malraux era una de esas personas que creen que el
objetivo primordial del proceso humano es que el mundo entero tenga que estar
gobernado por la democracia”.
Pero ahora ya es un hecho: este nefasto miasma se ha propagado por toda la faz de la
tierra. La idea de un país gobernado por un procedimiento o estructura que no sea la
democracia política, y que esta no sea la democracia de partidos, es anatemizada por la
Nueva Religión. Antes de abordar el desmantelamiento del sistema democrático, las
personas capaces de reflexionar tienen que utilizar sus intelectos de manera diferente a
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aquélla en la que han sido criados, educados y manipulados desde la niñez y sus juegos,
pasando luego por la fase de educación formal y su adoctrinamiento, para llegar por fin
a la edad adulta en la que esta criatura condicionada desde el momento en que nació
responde dócilmente a los lemas doctrinales y las gratificaciones proporcionadas por los
medios de comunicación que sumen a la persona en un estado de pasividad histórica
del que solamente sale para hacer una transferencia electrónica de dinero en respuesta a
un programa maratoniano de televisión organizado para pedir ayuda médica destinada
a las víctimas lejanas de un desdichado proceso en el que se han visto involucradas al
querer escapar de la furia punitiva de la democracia en acción.
Primer Nivel – La Máquina. La democracia política es una máquina. Funciona
mediante el contacto directo con la gente a través de los medios de comunicación y la
asistencia a sus foros consagrados. El Congreso puede ser uno de estos foros, aunque
también puede que sean dos si es bicameral. En estos lugares es donde se reúnen los
representantes del pueblo que han sido elegidos a partir de una lista electoral definida
por los distritos geográficos. El tiempo que dura su mandato es limitado y suele ser de
cuatro a cinco años. El método con el que se efectúa la elección está definido por la
técnica específica del recuento de votos, bien sea por representación proporcional o bien
por ser el ganador individual de un cierto distrito electoral. Estos representantes no son
individuos en sí, sino candidatos de un partido político que propone un programa
político determinado. Por lo general son dos los partidos que rivalizan entre sí, aunque
también cabe la posibilidad de que partidos más pequeños y otros así llamados
independientes encuentren sitio en un rincón del escenario. Cuando la aritmética no es
capaz de definir la mayoría, se forman coaliciones para obtener el voto mayoritario.
Con este fin podemos encontrar dos partidos de doctrinas diametralmente opuestas que
se unen para derrotar a otro partido y asegurarse así el estatus ministerial.
En todo caso, los partidos en litigio muestran la incapacidad de mantenerse con las
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meras aportaciones de los miembros afiliados. Los partidos de Izquierdas suelen
depender de las contribuciones provenientes de pequeños sindicatos, de magnates de la
prensa de Izquierdas o de esa figura tan extraña que es el millonario socialista. Los de
Derechas suelen recibir sus fondos de las grandes empresas, los magnates de la prensa
de Derechas y el importante grupo de multimillonarios de Derechas. Durante la toma
de posesión del representante del pueblo es cuando puede verse que está en manos de
otras personas. El dominio que se ejerce sobre él, dentro del marco político, es triple: el
de su partido, el de sus patrocinadores económicos y el que procede de la presión a la
que le someten las reglas y disposiciones del Congreso donde tiene su escaño.
Sin embargo el asunto no acaba aquí. Mientras que los Representantes juegan su papel
en el escenario político durante unos pocos años, es evidente que ningún Estado
moderno podría sobrevivir con estos cambios completos del liderazgo organizativo que
se dan en lapsos de tiempo tan cortos. Lo que ocurre es que detrás del escenario está el
sistema burocrático que gobierna, decide, dicta las normas. A esto se le llama la
Administración Pública; en otros países europeos se le da a veces el sencillo nombre del
edificio en el que desempeñan sus tareas. Es imposible describir hasta qué punto este
sistema ridiculiza la ilusión de un hipotético gobierno ejercido por los Representantes
del pueblo. Más adelante veremos cómo el rastro dejado por la autoridad nos adentra
cada vez más en los oscuros pasillos del poder hasta dar con una élite oculta.
La breve narración que sigue a continuación sirve como ilustración de lo dicho, por
muy inquietante que parezca. Durante la Primera Guerra Chechena, nuestro
representante solicitó una entrevista con el representante del Ministerio de Asuntos
Exteriores Británico a fin de hacerles partícipes del conocimiento directo que teníamos
de la situación y solicitar su intervención para poner coto a los terribles crímenes que
estaba cometiendo su colega, la democracia política Rusa. El diputado asistió a la
reunión acompañado de un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Cada vez
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que el diputado trataba de responder de forma amistosa, el funcionario le interrumpía
llegando a veces a contradecir su respuesta. El resultado final fue que el burócrata habló
durante toda la reunión y, sin sorprendernos por ello, se encargó de redactar la
declaración oficial sobre el tema en cuestión. Esta declaración era exactamente la misma
que la esgrimida por el Kremlin para justificar la vergonzosa masacre. Lo que acabamos
de describir es, por supuesto, la puesta en escena. Pero por detrás, como examinaremos
más adelante, está el terreno en el que se elaboran los imperativos categóricos del
mundo de nuestros días, un terreno en el que no hay lugar alguno para los
representantes elegidos o para los asalariados de la democracia política.
Segundo Nivel – El Personal. Dada la naturaleza de la máquina, es fácil deducir que
sólo hay un tipo de persona capaz de someterse a las exigencias y también, como no, a
los castigos de esta máquina. El ingenuo puede llegar a imaginar que la cualidad
necesaria en esta persona es el aplomo que le permite saber cuándo hablar y cómo
acompañar sus palabras con la retórica adecuada. En el pasado quedaban todavía restos
de una tradición retórica, pero ésta encontró un final clamoroso con Churchill a causa
de la decadencia física que le llevó a caer en una especie de decrepitud susurrante.
Desde entonces, la claridad de las declaraciones oficiales ha disminuido hasta el punto
de ser algo que hoy linda con la incoherencia. En Europa, esta corrupción política ha
estado marcada por una degeneración paralela en el dominio del lenguaje mientras que
en EE.UU. tiene un carácter diferente. Conforme el Congreso y el Senado de los EE.UU.
se ven lanzados a una carrera que lleva a la irrelevancia total y en la que van
abandonando de forma entusiasta los poderes heredados de los Padres Fundadores, su
retórica aumenta en exaltación y en un idealismo que resulta casi cómico a cada paso
que dan en el camino hacia el olvido. Las paredes del Senado que en su día habían
retumbado con los ricos diapasones de un Jefferson que definía a los EE.UU. como los
libertadores del mundo entero con la luz de la democracia, son ahora testigos de cómo
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los senadores de nuestros día aplican las mismas sublimes metáforas al debate sobre las
actividades sexuales del presidente Jefferson Clinton ocurridas en el sagrado recinto del
Despacho Oval. En plena Recusación contra el Presidente, los senadores iban
levantándose uno tras otro para invocar las grandes frases sin sentido que parecen
acompañar los desastres terribles e incluso cómicos de la democracia: “Con esta
Constitución se nos ha dado un texto sagrado...”. “Salgamos de este lugar convencidos
de haber cumplido con nuestro deber...”. “Avancemos juntos hacia el futuro, hacia los
vastos terrenos del desarrollo y el éxito”. La realidad es que la máquina democrática ha
tenido que ir echando mano de hombres y mujeres de carácter cada vez más
despreciable y cada nueva elección ha ido suministrando un grupo cada vez peor de
elegidos. Si existe un tema indiscutible desde Los Angeles hasta Lituania es la
afirmación de que los políticos son, en el mejor de los casos, seres corruptos, hipócritas
y sin principios. Parte de la naturaleza de la democracia es que debe producir
personalidades dotadas de un Mínimo Común Denominador que garantice a una cierta
persona la máxima posibilidad de elección por parte de la masas ignorantes. Hasta tal
punto esto es así, que el papel más importante que tiene que desempeñar el político ya
no es saber cuándo hablar o cuándo permanecer callado. El político tiene que asentir. El
político debe seguir la línea del partido. El político tiene que aceptar su propia
degradación sin protestar. Dicho con otras palabras, tiene que renunciar al honor. Su
lealtad no es a los principios que dice defender sino al pragmatismo del momento. O
para decirlo de otra manera, es una criatura despreciable.
Tercer Nivel – El Partido. La forma moderna de la Asamblea Bicameral procede sin
duda de la Convención constituyente del París de antes y de después de la muerte de
Luis XVI. Los dos partidos principales en que se polarizó, fueron evolucionando
lentamente durante el primer año revolucionario pero
cristalizaron durante los
acontecimientos decisivos que sucedieron entre los años 1789 a 1792. De un lado estaba
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el grupo de los Girondinos que representaba a los miembros de la Asamblea que
deseaban ver alguna forma de continuidad en el gobierno, se oponían al regicidio y a lo
que consideraban el anarquismo representado por Marat y Robespierre. En el otro lado
estaban los Montagnards. La palabra Montagne fue utilizada por primera vez en
Octubre de 1791 por el diputado Lequinio. El término tenía connotaciones mesiánicas y
masónicas. La Montaña representaba los principios revolucionarios más elevados y era
la “roca” que detendría todos los peligros. Los dos partidos estaban enfrentados, los
Girondinos estrellándose contra La Montagne. Acabada la confrontación, entre unos y
otros habían guillotinado a la mitad de sus miembros. Habían nacido la Derecha y la
Izquierda. En doscientos años de historia, este conflicto ha visto a los dos partidos
oponiéndose, y dependiendo de la intensidad de la situación, atacándose mutuamente
con todos los medios a su alcance, desde las invectivas hasta los artefactos explosivos.
Es preciso además recordar otra cuestión que, a pesar de ser conocida por todos, es a
menudo olvidada. El Partido A llega al poder argumentando que el Partido B ha
arruinado la economía y humillado a la nación. Una vez en el poder, el nuevo Partido
hace saber que la razón de no cumplir sus promesas electorales es la necesidad de
solventar los desastrosos errores del gobierno anterior. Pasado un tiempo, su fracaso a
la hora de sacar a la gente del atolladero les hace perder las elecciones. El partido de la
oposición se convierte ahora en el protagonista del momento prometiendo que va a
remediar los desastres del gobierno actual. Una vez en el poder, se ven obligados a
retrasar las promesas e incluso cambiar los programas porque, según dicen al Pueblo,
no tenían ni idea de la pésima situación que les ha tocado heredar. Lo realmente
sospecho es que si el Pueblo es tan capaz como para poder escoger a quienes le van a
gobernar, por qué siguen eligiendo un sistema y unos individuos que demuestran ciclo
tras ciclo que lo único que hacen es fracasar de la manera más estrepitosa.
Cuarto Nivel – La Crisis. A fin de continuar desmantelando ese conjunto de falsas
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dialécticas que han sido enseñadas a las masas con el fin de convencerlas de que la
democracia es algo justo, el gobierno del Pueblo y el momento culminante de la
evolución, es necesario insistir sobre uno de los temas que acabamos de exponer. La
realidad que hemos puesto al descubierto es que el rasgo distintivo que caracteriza al
Estado democrático no es el proceso mítico, o quizás debería llamarse fantástico,
encarnado en la urna electoral; su rasgo principal es que representa al Estado en cuanto
máquina. Hitler, Stalin, Thatcher, De Gaulle, Kohl, no son más que módulos de mando
operativos dentro de un mismo sistema. Cada uno de ellos representa una variante del
Estado moderno diseñado por Napoleón. Metternich sabía de sobra que la victoria
sobre Napoleón había sido sólo militar porque su modelo de sociedad había triunfado.
Este fue el mensaje que envió al mundo el mismo Napoleón cuando dictaba sus
memorias en su destierro transformando la isla que le servía de prisión en la roca de
Prometeo, los masones y los Montagnards.
Hacer una distinción entre los Estados modernos en términos de dictaduras y
democracias es un enorme error puesto que, tanto en términos políticos como
existenciales, las dos modalidades son sinónimas. Como ejemplo podemos señalar que
el control estatal y el acceso a la riqueza y a los movimientos del ciudadano son ahora
casi totales en ambos casos. El Estado moderno tiene el poder de congelar las cuentas de
un individuo, examinar al detalle el carácter de sus gastos y rastrear sus movimientos
dentro y fuera de las fronteras del Estado. Estos poderes jamás estuvieron, o incluso
pudieron estar, en manos del Estado Nacional Socialista del Tercer Reich. Una simple
ojeada a la historia moderna post-revolucionaria —la historia de Italia, de Rusia y así
sucesivamente— es la demostración de que la abyecta incapacidad de la democracia, o
quizás sería más apropiado decir que la naturaleza esencial de la democracia, provoca
que la crisis y el fracaso sean inevitables.
Una vez más la dialéctica al uso nos dice que las causas del fracaso han sido económicas
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y que las soluciones antidemocráticas, es decir el Comunismo o el Fascismo, lograron
intervenir para luego ser puestas a un lado por las fuerzas heróicas de la democracia
política. Pero sólo un loco se cree esta historia.
El derrocamiento del Estado democrático mediante un Coup d’Etat, y siempre según
este modelo dialéctico, representa una ruptura en la continuidad social, el surgimiento y
la toma del poder por una minoría descontenta que derroca a la masa impotente de
demócratas con la ferocidad de su poder ideológico. Dicho con otras palabras, toda
revolución social, posterior a 1789, es sans-culottisme: la incontrolable resaca que surge
de las profundidades abismales. Curzio Malaparte en su obra maestra “Tecnique du
Coup d’Etat” ponía al descubierto el mecanismo del golpe de Estado post-napoleónico.
Los comunistas jamás le han perdonado por haber demostrado de manera contundente
que el autor de la toma del poder bolchevique fue Trotsky, el diseñador de la máquina
del coup d’Etat, y no Lenin que solo fue el autor de la ideología Revolucionaria y de la
retórica que propició su realización. En las conocidas palabras de Malaparte: “El coup
d’Etat fue Trotsky. Pero l’Etat era Lenin”. Así fue como se diseñó y se puso en marcha
un ingenio mecánico cuyo objetivo era poner en su lugar a la nueva máquina del
Estatismo moderno. La idea de que el objetivo de la democracia moderna es el gobierno
por el Parlamento fue ya puesta a un lado por el genio napoleónico que vio claramente
que la naturaleza del Estado moderno tenía que ser la de una máquina unitaria que iba
a funcionar en su propio beneficio. Cuando se reunió con los miembros del Directorio,
Napoleón formuló a cada uno de ellos la misma pregunta: “¿Qué es más importante, tu
seguridad o la de Francia?” Así fue como el Coup d’Etat del 18 Brumario se convirtió
sencillamente en la máquina con la que revitalizar el sistema democrático mediante su
modernización. En la democracia, la dictadura está activa o en estado latente. No es más
que uno de sus posibles modos de funcionamiento. El Directorio, Weimar, la Duma de
Kerensky, la Coalición en tiempo de guerra de Churchill, la Quinta República de De
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Gaulle, son las crisis periódicas presentes en la gestión del sistema totalitario que se
llama democracia.
Quinto Nivel – El Líder. La función del Coup d’Etat no es la de reconocer la existencia
de un grupo oprimido soterrado ni la de reprimir una clase dirigente demasiado liberal.
Dado que, como ya hemos demostrado, la función de la democracia es la de ritualizar y
teatralizar la mutua y encarnizada guerra que ocurre en el interior del Estado, —hasta
que llega el punto en el que la batalla que antes tenía lugar entre los partidos
adversarios se desborda y da lugar a una guerra mortífera de ciudadano contra
ciudadano— el funcionamiento defectuoso, o lo que es lo mismo, el funcionamiento
normal de la democracia tiene que descubrir su verdadero equilibrio y en consecuencia
su verdadera identidad. La verdadera naturaleza de la democracia es la guerra. La
lucha en las calles, los hooligans, los altercados xenófobos, los escolares asesinos que
masacran a sus compañeros de pupitre y los disturbios ante la subida de los impuestos
son conflictos que en un momento dado tienen que ser bombeados hacia los límites más
periféricos de la República. La guerra en las fronteras es la garantía de la paz en el
hogar. Las invasiones napoleónicas de Europa dieron lugar al Segundo Imperio, al
bienestar social y al placer que se vivía en los salones de París. El inglés de 1946 todavía
añora los buenos tiempos de hermandad, armonía y placeres sexuales que se vivieron
en los días vertiginosos de los años cuarenta. En Rusia, Prokofiev, Shostakovich,
Ajmatova y Eisenstein produjeron sus mejores obras en un frenesí de entusiasmo
patriótico cuando las terribles persecuciones de la KGB tuvieron que atenuarse debido
al esfuerzo exigido por la guerra y que serían reanudadas más tarde una vez
conseguida la victoria. A fin de asegurar la transición del Modo Democrático Uno al
Modo Democrático Dos, es necesario mantener un centro de atención estético actuando
en el centro mismo de la máquina. La paz necesita el gabinete, el comité y el teatro del
debate. La guerra exige la presencia de un Líder. La función del Líder es la de que todo
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siga exactamente igual que en tiempos de paz, aunque en tiempos de guerra lo que se
dice a las masas es que su Líder es el Gran Timonel, el Padre de la Nación o el Capitán
del Navío del Estado. Terminada la guerra, y a fin de poder cambiar de un Modo a otro,
el Líder debe ser desechado en lo que podríamos describir como la puesta en escena de
un Coup d’Etat. Esto es algo que se puede hacer en las urnas: “Fue un excelente Líder
en la guerra, ¡pero no es la clase de persona que queremos para la paz!” Puede hacerse
también mediante la expulsión por decreto del Consejo de Ministros o, en aquellos
lugares donde la guerra se ha perdido, con el suicidio, como fue el caso de Hitler o
mediante el crimen más despreciable, como ocurrió con Mussolini. La importancia de
cambiar de Líder se debe a que si el Líder continúa en su puesto, se pone al descubierto
la constante y permanente verdad de la democracia: la democracia en sí es una
dictadura.
“A las 10.30 p.m. del 4 de Agosto de 1914, el Rey George V celebró un consejo privado
en el Palacio de Buckingham al que sólo asistieron un ministro (Lord Beauchamps, Alto
Comisario de Obras Públicas) y dos funcionarios de la corte. Este consejo decretó la
declaración del estado de guerra contra Alemania a partir de las 11.00 de la noche. Eso
fue todo. El consejo de ministros normal no intervino para nada, puesto que ya había
resuelto defender la neutralidad de Bélgica. Tampoco se tuvo en cuenta el ultimátum a
Alemania que Sir Edward Grey, el secretario de Asuntos Exteriores, había enviado tras
consultar únicamente al primer ministro, Asquith, o quizás ni siquiera a éste. El consejo
de ministros tampoco autorizó la declaración de guerra”. Este texto ha sido extraído de
“English History, 1914 to 1945” de A.J.P. Taylor.
Durante la guerra de las Malvinas, la desequilibrada primer ministro en funciones, dio
órdenes para el hundimiento del Belgrano, acto que causó una gran pérdida de vidas
humanas; la decisión totalmente unilateral jamás fue sometida a la aprobación del
Parlamento ni tampoco se le exigieron responsabilidades. La masacre de Arnhem, la
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desastrosa campaña de Creta y otra serie de eventos similares fueron el logro dictatorial
del todavía más desequilibrado, extraño y complejo Winston Churchill.
Hay un elemento deprimente e inevitable presente en cada uno de los líderes del Estado
moderno, desde Napoleón para abajo, y hacia abajo ciertamente es la dirección
indicada. Recordando la frase categórica de Shaw, “la democracia es un cualquiera
elegido por todos”, se deduce de forma automática que el gobierno oficialmente
elegido, tal y como hemos demostrado, representa el mínimo común denominador de
las masas. No debería pues sorprendernos que cuando el Líder se convierte en
necesario, lejos de ser el Máximo Común Divisor de las masas sea en realidad no su alto
cenit sino su auténtico nadir. Si el trágico conocimiento del que disponemos no lo
demostrara con creces, sería difícil de creer que gente de tan escasa valía controlase los
destinos de millones de personas, o al menos parecerlo, puesto que en realidad no son
más que productos históricos absolutamente miserables.
¡Fijaos en ellos! Churchill. El hijo de una prostituta de la alta clase política y del
degenerado y rechazado líder de su Partido. Winston, el hijo de esta unión, un
alcohólico crónico propenso a terribles ataques de depresión maníaca. Una
personalidad escindida en dos justo por el eje. Se podría sin duda argumentar que este
hombre, el descendiente aristocrático del héroe de Blenheim que fue considerado como
el inglés más eminente que jamás haya existido y el orgullo del Partido Conservador,
era harina de otro costal. La única persona a la que Churchill quería, o mejor dicho
veneraba, era a su padre, cuyo rechazo por su partido cuando era primer ministro lo
destruyó por completo; Churchill jamás perdonó a su Partido esa acción, ni tampoco a
Inglaterra. En 1940, durante la mítica Batalla de Inglaterra (una serie de trifulcas
motivadas por los Downs), declaró que si el Imperio Británico llegase a durar mil años,
se diría que éste había sido su momento culminante. Esto significa por supuesto, ¡que a
partir de ese momento todo iba a marchar cuesta abajo! Cuando terminada la guerra el
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Gobierno Democrático se planteó otorgar la independencia a la India, Churchill bramó:
“Jamás tendré parte alguna en la desmantelación del Imperio Británico”. Y sin embargo
la desintegración del Imperio no fue más que el resultado inevitable de la guerra
innecesaria a la que había arrojado, contra su voluntad, al Pueblo Británico. ¿Fue esta
guerra la venganza de Churchill?
De Hitler no debe pensarse ni por un momento que fuera la encarnación misma del
Mal, sino más bien, como me dijo Ernst Jünger en cierta ocasión: “¡Er war nur ein
kleiner Mann! (El sólo era un hombre bajito)” Sus aventuras genocidas, sin que esto
signifique minimizarlas, no fueron más que una parte de la aplicación del patrón que
hemos observado desde La Vendée hasta Siberia. Lo asombroso del asunto es que Hitler
era una especie de dictador Biedermeier. Fijaos en él. Con su perro alsaciano, su
camarera-amante, su vegetarianismo de clase media. Y su indudable gusto
Gemülichkeit por el té de la tarde con pastelitos de crema. Le gustaban Léhar, Dietrich y
las novelas de vaqueros. ¡Este era el hombre que iba a construir un imperio que duraría
mil años!
Stalin. Nunca ha existido un personaje más deprimente. Pero fijaos en lo bien que
representa la figura que procede de las profundidades abismales. El Muhjik Georgiano.
Un estudiante del Seminario Ortodoxo, destrozado primero por la liturgia y la
doxología y luego por las aún más sombrías consignas del marxismo. Educado para
creer que todo el mundo era pecador, le fue fácil creer que todos eran traidores al
Estado secular. Fue un bebedor compulsivo, propenso en sus borracheras al baile
camorrista y pendenciero, su existencia fue la del típico revolucionario barriobajero
imaginada por Dostoyevski.
Reagan. El hombre al que la retórica democrática gustaba de llamar el líder de la mayor
democracia del mundo, o incluso el Líder del Mundo Libre, es una nulidad aún mayor.
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Un destacado biógrafo contratado para escribir su vida por una enorme cantidad de
dinero, tras dos años de investigación y estrecha colaboración, se vio obligado a escribir
su biografía como si fuera una novela. Básicamente tuvo que admitir el vacío de su
protagonista. Al final de su vida, Reagan cayó en la senilidad, una transicción de la que
sólo le separaba unos pocos centímetros. En la fase final, básicamente la de un vegetal,
contempló la pila de Papeles Presidenciales que estaba sobre su escritorio y dijo a su
biógrafo: “¡Quite de ahí todos esos árboles!”
Napoleón. Como figura paterna del Estado moderno es un personaje increíble pero
cierto. Dotado de un genio indiscutible —no sólo como jefe militar sino también como
diseñador del Estado moderno en toda la complejidad de sus intricados detalles e
interrelaciones —concibió un modelo que sobrevive hoy día en todas partes desde que
su forma se ha imponiendo por completo sobre la de los modelos Estatales de la
monarquía constitucional— tiene en su personalidad la misma innegable banalidad. La
crudeza, la brutalidad, la habilidad para trabajar con gente a la que despreciaba, son
aspectos de sobra manifiestos. Hablando con Talleryand, uno de sus ministros más
cercanos, le dijo: “¡Eres una mierda con medias de seda!” Su misma concepción del
Imperio está impregnada de una inevitable vulgaridad. El estilo Imperio no es la
imagen de la gloria sino más bien parece el decorado perfecto de un club nocturno de
Pigalle. La forma de vestir de las mujeres, el epítome del strip-tease, décolleté,
transparente y centellante. Todo ese oro. Toda esa púrpura real. Todo ese carmesí. ¡Qué
exquisitamente pequeño burgués! El ostentoso equivalente francés de las tardes nazis
en el Berghof.
Lo que descubrimos en todos estos personajes tan innobles es que junto a las extremas
carencias de sus personalidades, en algunos casos seriamente dañadas, coexiste una
habilidad técnica sumamente desarrollada. Napoleón poseía la doble capacidad de
diseñar tanto la arquitectura del Estado moderno como la de los procedimientos
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técnicos de las batallas de masas. Thatcher fue capaz de desmantelar los sindicatos y las
arcaicas industrias nacionalizadas. La brillante creación de Hitler fue el aparato del
partido Nazi. El brutal logro técnico de Stalin fueron sus planes de modernización.
Es triste comprobar que mientras los diversos gobiernos democráticos tienen desde el
punto de vista meramente estético un estilo diferente, todos están atrapados en las
contradicciones fundamentales que hemos esbozado. Por todas partes vemos cómo cada
uno de los gobiernos establecidos depende de sus propios modelos pre-democráticos
del pasado. La persecución de los judíos en la Alemania de Hitler era su proyecto de un
Luteranismo reformado. Su odio hacia los judíos en el Mein Kampf es menos terrible y
menos elocuente que las diatribas anti-judías de Lutero. Si tomamos el periodo que va
de 1933 a 1945 como la mitad de la semana, se podría decir que Alemania fue Luterana
al comienzo de la semana y Nazi en el medio de la misma, para acabar volviendo el
domingo a la iglesia Luterana. Los extraordinarios Juicios Ejemplares de Stalin no son
más que las Confesiones y los interrogantes que le tiranizaron en la adolescencia vivida
en el Seminario Ortodoxo. Tanto los Juicios como los castigos subsecuentes son la
versión laica de la sombría forma de organización social del clero ortodoxo. Rusia
profesaba oficialmente el cristianismo ortodoxo hasta 1914. Luego fue comunista y laica
hasta cerca del año 1987. Lo milagroso es que en un par de años los rusos se
despertaron con las campanas de la catedral y sin pensárselo dos veces se persignaron
de nuevo.
Sexto Nivel – El Dinero. El ciudadano del nuevo modelo mundial del Estado
Democrático, aferrado con pasión a su billete de lotería y sentado frente a su televisor
interactivo en el que zapea por los más de doscientos canales para poder así actuar en la
vida interrumpiendo el partido de fútbol que contempla para ver la repetición de un gol
extraordinario, puede sentirse asaltado en las profundidades de su mente por un
sombrío pensamiento: que su capacidad de elección política se ha visto reducida al
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número de su billete de Lotería y al canal de TV. Para ésto trajo la gloriosa Ilustración el
degradante mundo del demócrata. Pero lo que va a garantizar su incapacidad de
apagar el televisor y preguntarse las cuestiones vitales que pueden dar lugar a una serie
de pensamientos liberadores —puesto que ya está muy lejos de salir a la calle a
manifestarse como hacía su abuelo— es que está atenazado por una profunda ansiedad
económica. El Ciudadano se ha convertido en el Deudor. El niño que nace hoy en día en
los desiertos del Sahel en Mali o Níger lo hace debiendo quinientos dólares. Ese es su
derecho por nacer. Las deudas son los verdaderos Derechos Humanos. Esta deuda es la
que tiene el conjunto de los ciudadanos de un país con su Banco Nacional, totalmente
en manos extranjeras, y con las instituciones financieras internacionales cuyos
préstamos jamás fueron pedidos por los ciudadanos, sino que han sido firmados en su
nombre por los gobiernos democráticos. Es casi seguro que este recién nacido jamás
verá quinientos dólares juntos. Durante su vida es más que probable que tanto él como
sus hijos, si es que llegan a la edad adulta, vivirán en la más abyecta pobreza sufriendo
la malnutrición, la ausencia de cuidados médicos, de educación y de vivienda. El
principal instrumento político que impide al ciudadano del Primer Mundo comprender
la crisis que afecta al ciudadano del Tercer Mundo, y ésto hay que repetirlo una y otra
vez, es su propia ansiedad económica que el sistema psiquiátrico Occidental ha
predefinido para él como producto de su culpa. Unas veces se le hace responsable de
sus dificultades económicas mientras que otras se presentan como muestra de la
inferioridad evolutiva que le impide elevarse y formar parte de la élite de los
económicamente exitosos. A esto hay que añadir que este mismo ciudadano no tiene la
menor idea de que su experiencia del dinero, el gasto, la compra, la deuda y la
accesibilidad al dinero son simplemente de naturaleza y calibre diferentes a todo lo que
era conocido en los últimos doscientos años antes de 1945.
Una vez más el modelo primigenio puede encontrarse en el Estado Napoleónico. El
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acontecimiento de la Revolución no hubiera sido posible sin la creación de los
Assignats, el papel moneda impreso por el Estado Revolucionario que carecía de
garantía subsidiaria. Una de las instituciones clave fundadas por Napoleón fue la
Banque de France. Prácticamente no hay ningún libro de historia que proporcione la
más remota comprensión de la relación existente entre economía y gobierno, a pesar de
que en los años más recientes han empezado a aparecer las primeras indicaciones de
que quizás exista más de una conexión entre ambos. La forma de entender los
acontecimientos está bien ilustrada por el Caso Dreyfus. En la educación de masas,
ahora en manos de los medios de comunicación, el Caso Dreyfus se muestra como
ejemplo maravilloso de un mártir de la justicia que tras una lucha denodada consigue
ser exonerado del cargo de traición. Dreyfus es presentado como víctima del prejuicio
anti-judío, y parte de la heróica naturaleza de su defensa fue el gran panfleto “¡J’accuse!”
escrito por Emile Zola. Mientras que no cabe duda de que ése era el ambiente emocional
en el que tuvieron lugar los acontecimientos, su realidad política era que en los
cincuenta años precedentes la riqueza de los franceses se había desplazado lentamente
de los industriales capitalistas franceses a las manos de la banca, cuya mayoría era judía.
Si el ciudadano de nuestros días aún no ha logrado entender qué es la banca, es
comprensible que el de entonces la comprendiera aún menos. La ira creciente de la
nueva burguesía en contra de los banqueros encontró el objetivo perfecto de su
venganza en el desafortunado Coronel Dreyfus. Lo que iba a suceder durante el
transcurso del siglo diecinueve era la lenta aparición y evolución de la banca en el
escenario mundial. El brillante engaño de los banqueros consistió en la forma en la que
se aprovecharon de los grandes avances en el desarrollo tecnológico que sucedían a su
alrededor. Consiguieron colocarse como intermediarios entre el proyecto tecnológico y
su posterior ejecución. Este proyecto va a costar tantos millones. Usted no los tiene.
Podemos conseguírselos. Haremos un trato. De este modo el banco pasó de ser una casa
usurera de intercambios de moneda a convertirse en una serie de instituciones
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enormemente ricas especializadas en invertir en proyectos tecnológicos.
Este proceso tuvo enormes implicaciones políticas, pero a lo largo del proceso de
desarrollo de la banca apareció un elemento aún más genial y siniestro. Consistió en
que los bancos particulares, o los bancos fusionados, comenzaron a actuar en conjunto
para poner a disposición de los políticos un Banco Nacional. Así fue como se formó el
Deutsche Bank, que de alemán no tenía nada. La Banque de France que tampoco era
francesa. El Banco Otomano que no era turco. El Banco de Egipto que no era egipcio. El
Banco de Marruecos que no era marroquí. Y así sucesivamente en el resto del mundo.
La distinción entre el banco pseudo-nacional y la custodia de los depósitos de la riqueza
de una nación, comenzó pronto a difuminarse hasta llegar a desaparecer por completo.
En los grandes países industrializados, el Bundesbank, la Banque de France, el Bank of
England empezaron a parecerse cada vez más al modelo de los EE.UU., donde el
Federal Reserve Bank no es Federal sino totalmente privado. Entre los banqueros más
conocidos del siglo diecinueve estaban los hijos de Rothschild que con su genio para las
finanzas aparecieron bajo dos formas diferentes de actuación: bien formando parte de la
estructura de los bancos estatales individuales o bien como instituciones financieras
aparentemente privadas que ofrecían sumas enormes para invertir en proyectos
tecnológicos de gran envergadura. No hay proyecto que ilustre de manera más evidente
este doble y evolutivo papel de los banqueros que la compra y la posterior construcción
del Canal de Suez.
La forma en que un fenómeno político empezó a adquirir los rasgos de una aventura
financiera indican la puesta en marcha de un proceso irreversible cuyo resultado final
terminaría provocando la desestabilización del poder político ante la estructura y la
naturaleza dominante de la banca internacional de inversiones.
46
—IV—
El diseño del Canal y su construcción proporcionan una cartografía precisa de las
nuevas fuerzas al mando de la sociedad. Por un lado está Ferdinand de Lesseps, el
ingeniero visionario; por otro la trágica separación de Egipto del Dawlet Osmanli, y por
otro el pseudo-nacionalismo de Muhammad Said Pasha, el Virrey de Egipto. Esta nueva
nación, lastrada con una serie de deudas con intereses escandalosos, que en 1872 había
contraído un nuevo préstamo de treinta y dos millones de libras esterlinas, estaba al
borde del desastre; en 1875 la deuda pública llegaba a la cifra de cien millones en el
dinero de la época. El interés anual debido a los bancos superaba el producto nacional
bruto de todo Egipto. Francia e Inglaterra, como entidades políticas, se consideraban
protagonistas y antagonistas en la aventura del Canal. Tras ellos estaba la red de bancos
de inversión que en su constante desarrollo asumían la tarea de encargarse de los
grandes proyectos. La presión sobre el Jedive puso de manifiesto que pronto tendría
que vender o hipotecar sus acciones del Canal. En París, los hermanos banqueros
Dervieu y Edouard, y en Alejandría el banquero André, comenzaron sus maniobras
para apoderarse de las acciones. Todos estaban estrechamente relacionados con la gran
institución financiera llamada Société Générale. Al mismo tiempo, el Crédit Foncier, a
través de sus agentes del Anglo-Egiptyan Bank, comenzó a actuar. Uno de sus
asociados, Henry Oppenheim, desveló el plan Dervieu al gobierno británico.
Lord Derby propuso que el gobierno británico comprase las acciones. D’israeli, el nuevo
Primer Ministro Conservador, cenaba todos los domingos con el barón Lionel de
Rothschild. Sus palabras eran: “En su casa siempre hay algo nuevo que aprender”. El
Consejo de Ministros decidió en principio que la compra debía llevarse a cabo. A pesar
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de todas las intrigas, el Jedive decidió que, en caso de vender, se favorecería la compra
por parte del gobierno británico. Al final Lord Derby pudo enviar el siguiente
telegrama: “Se acepta la oferta del Jedive. El gobierno de Su Majestad ha acordado
comprar las 177.642 acciones del Virrey por la cantidad de cuatro millones de libras
esterlinas recomendando al Parlamento la autorización del contrato”. Este fue el trato, a
un interés del cinco por ciento. En el espacio de seis años la acciones subieron de cuatro
millones a cinco millones setecientas cincuenta mil libras. A final del siglo, el
incremento fue subiendo dos millones por año hasta llegar a la Primera Guerra
Mundial, fecha en la que las acciones valían diez veces el precio de compra original. Fue
entonces cuando D’israeli envió a la Reina Victoria el célebre mensaje que tanto se ha
citado: “Está hecho. Ya es vuestro, Señora”.
En una de las cartas a su amiga Lady Bradford, D’israeli decía: “Hemos tenido a todos
los jugadores, capitalistas y financieros del mundo, alistados y organizados en bandas
de saqueadores apostados frente a nosotros, sin contar los mensajeros secretos
apostados en cada esquina; contra todos hemos luchado sin despertar la menor
sospecha”. El periódico Times se dio cuenta del alcance del asunto y preguntó: “Si
Britania ocupa el puesto de directora en un consejo de administración o si se introduce
en una reunión de accionistas internacionales, ¿por qué no hacerlo en otra?” Algunos
dijeron que esta forma de actuar podría producir “un cambio en nuestros hábitos
políticos”.
El procedimiento que aseguró el préstamo para la compra del Canal, muestra el cambio
fundamental en el poder que marcaría el comienzo de una nueva relación entre un
Congreso que habla y un Banco de Inversiones que compra y vende. Cuando se aprobó
la petición del préstamo con el que efectuar la compra, el Parlamento ni siquiera estaba
reunido. De haberlo estado, es posible que el trato no se hubiera cerrado. D’israeli dijo:
“No pudimos convocarlos a todos porque de hacerlo, el asunto se habría ido a los cielos,
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o a los Hades”. El resultado fue que D’israeli solicitó el préstamo sin la autorización de
la Madre de todos los Parlamentos. D’israeli se lo pidió a los Rothschild. Ocurrió de la
siguiente manera: en Westminster, Montague Lowry-Corry, el futuro Lord Rowton,
esperaba fuera de la sala del consejo. Una vez decidida la compra, el Primer Ministro
sacó la cabeza por la puerta entreabierta y dijo: “Si”. Al oirlo, Corry fue a ver al Barón
de Rothschild para informarle que el Primer Ministro quería cuatro millones de libras
esterlinas. Rothschild preguntó: “¿Cuándo?” Se le dijo: “Mañana”. El banquero tomó
una uva, la masticó y tras escupir la piel dijo: “¿Cuál es la garantía?” Corry respondió:
“El Gobierno Británico”. A los pocos días el dinero fue transferido con una comisión del
dos y medio por ciento y a un interés anual del trece por ciento. A partir de ese
momento, se formó un triángulo de relaciones cruzadas entre los miembros de las
grandes casas bancarias europeas, sus jefes de Estado respectivos y los primeros
ministros de cada Parlamento y Congreso. Desde entonces hasta nuestros días, por
ejemplo, ha existido una íntima relación social y económica entre la rama inglesa de la
Casa de los Rothschild y la Casa de los Windsor, la antigua Casa de Saxe-Coburg y
Gotha, conocida ahora como la Casa de Mountbatten que antes fue Battenberg. Todas
estas relaciones se han ido fortaleciendo con la serie de guerras terribles que han
asolado al continente europeo. En menos de cien años, en 1956, el Canal que D’israeli
había asegurado, fue invadido por Inglaterra y Francia; esta vez el agente colaborador
iba a ser Israel, otra transformación muy al caso. A partir de entonces, en cada uno de
los grandes proyectos tecnológicos, desde el de la construcción del Ferrocarril de
Bagdad hasta toda una larga lista de instalaciones nacionales de gas y electricidad,
pasando por ese acto vital y central propio de cada Estado nacional que es la compra de
armamento, se puede observar la evolución y expansión de los procesos bancarios
pudiendo medirse el incremento de su poder de modo proporcional a la disminución
del ejercido por el del Parlamento o el Congreso.
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Al observar de cerca cómo experimentan estos procesos los parlamentarios, debemos
recordar que viven ajenos o son incapaces de comprender la verdadera naturaleza de
las finanzas modernas. Esta incapacidad se debe a dos razones: la primera es la
necesidad que tiene el Partido de conseguir los fondos necesarios para presentarse a las
elecciones del país y poder luego seguir funcionando con unos medios básicos. La
segunda es la creciente presión a la que se ven sometidos a la hora de responder al
examen y la crítica de los medios de comunicación, hoy
prensa y televisión. Tan
ocupados están con las tertulias de la TV y los columnistas de los periódicos, que son
incapaces de darse cuenta que detrás de estas organizaciones están los magnates de los
medios de comunicación con sus programas personales destinados a lograr el éxito de
sus empresas capitalistas internacionales al tiempo que carecen del más mínimo interés
por la supervivencia o derrocamiento de un parlamento que, por lo que a ellos atañe,
está sólo de paso. Si a ésto añadimos una segunda capa de ofuscación formada por la
influencia, la normativa y la opinión de la Bolsa, la City, Wall Street o la Bourse,
veremos a nuestro parlamentario reducido a la impotencia política. Hasta la primera
mitad del siglo XX la anulación del poder de los representantes del Pueblo libremente
elegidos aún no era total. En la segunda mitad del siglo , la abrogación de la autoridad
se hizo absoluta.
En una reunión celebrada en Freiburg con uno de los autores de la Constitución
alemana de la post-guerra, escuché asombrado la fanfarronería contenida en sus
palabras. Lo que tenía que decir era lo siguiente: El gran logro de la Constitución
alemana que habían esbozado era que, de una vez por todas, el poder de crear dinero y
controlar los tipos de interés había pasado de las manos del Bundesreigerung al
Bundesbank. El individuo en cuestión declaró con orgullo que para él ésto había sido
un acto de reafirmación con el que se iba a salvar la democracia. Esto denota que estaba
pensando en el pasado, creyendo que el poder político ejercido sobre la moneda era lo
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que había permitido el surgimiento del Tercer Reich, algo que con la nueva legislación
ya no podría suceder. Esta persona seguía atrapada en la vieja dialéctica liberal que
imaginaba que la democracia y la dictadura eran dos cosas distintas. De haberse fijado
en el futuro, habría comprobado que si se anula el poder de la dictadura se abole
también el de la democracia. Lo que había decretado esa Constitución se iba a imponer
paso a paso en todos los países de la Comunidad Europea; el paso final se dio cuando el
régimen socialista británico concedió una autonomía similar al Banco de Inglaterra. Una
vez más nos encontramos frente al dilema previamente observado entre la democracia y
la dictadura; la diferencia es que ahora hemos pasado de una situación que se mantuvo
durante doscientos años a otra completamente nueva.
Se podría argumentar que la democracia siempre ha alardeado de garantizar la
seguridad de sus ciudadanos y el bienestar de su sociedad mediante la separación de
los poderes, Legislativo y Ejecutivo, lo cual significa en teoría que en una Democracia el
ciudadano en oposición al Estado puede expresar su opinión con el respaldo de la
justicia. Este era el carácter de la sociedad política. Pero ahora la sociedad política ha
llegado a su fin. En la nueva forma, la práctica política, las instituciones y los diversos
procedimientos, —en resumen, la forma de gobierno— ha sido reducida a no ser más
que una concha vacía mientras que los restos han sido completamente reconstruidos. En
la nueva sociedad económica en la que ahora vivimos, lo que se da es una separación
entre el Ejecutivo y lo Financiero.
Esta nueva percepción de la política electoral, de la representatividad, de la elaboración
de las leyes y de los presupuestos, muestra que todo está supeditado y bajo el dictado
de las instituciones supranacionales y sus formas de proceder, es decir, los super-bancos
y los Bolsas del mundo entero. A esto hay que añadir la amargura que produce
constatar que el documento fundacional del Estado moderno, la Constitución, es
absolutamente equívoco. Cuanto más elevada es la retórica, más baja y engañosa es su
51
aplicación. Por tanto, es de vital importancia comprender que el acto de liberación de la
tiranía de la Democracia debe ir precedido de una desmitificación del texto
Constitucional.
No cabe la menor duda de que en los EE.UU la Constitución ha sido elevada, no sólo a
una posición similar a la de las escrituras reveladas, sino incluso a un nivel superior al
de un texto divino. En los textos escolares y las guías de los museos el lenguaje al
respecto induce a pensar de forma inequívoca que se trata de un documento escrito por
hombres en estado de inspiración divina. Lo que queda por explicar es si los escasos
cien políticos necesarios para promover una Enmienda deben entrar también de alguna
manera en el mismo estado bendecido. En la hilarante pantomima mediática que rodeó
la presentación de las causas y los efectos del proceso de recusación del Presidente
Clinton, y sobre todo en los ridículos intentos por conferir gravedad al proceso, tuvo
lugar un largo y tortuoso debate acerca de la definición de los “delitos graves e
infracciones”, cláusula constitucional sobre la cual se basaba la moción de censura. El
vergonzoso fracaso de los senadores que intentaron conferir a esta frase inadecuada al
caso un contenido oculto y majestuoso, reveló a todo el mundo lo que un observador
harto del asunto resumió con esta frase: “¡No tiene el menor sentido!” La Constitución
no sólo fue incapaz de enjuiciar a su Líder dentro de un marco legal que sirviera de
referencia, sino que para mayor oprobio de la misma había fracasado antes de forma
trágica y miserable; primero, a la hora de proteger a la población indígena americana, a
la que no consiguió salvar del genocidio ni proteger sus tierras; y segundo, porque
habiendo permitido la esclavitud en los primeros días de los Estados fue incapaz luego
de reinsertar a los esclavos como ciudadanos de pleno derecho haciendo uso de la
encomiada declaración de los Derechos Humanos de la que la constitución se
proclamaba firme defensora. La misma Constitución legalizó el alcohol, luego lo
prohibió y ha acabado reinstaurandolo. Lo más grave es que el Impuesto Federal sobre
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la Renta que se aplica a todos los ciudadanos de los EE.UU. es una flagrante violación
de este texto sagrado, puesto que si bien la riqueza como tal puede estar sometida a
impuesto, los salarios no pueden ser considerados un incremento de la misma al ser un
intercambio por un trabajo efectuado. Es importante resaltar que no hay un solo
céntimo de este impuesto que vaya destinado al bienestar de los ciudadanos; todo va a
parar a las manos de los propietarios del Federal Reserve Bank.
La Constitución es el documento que mejor define la naturaleza de la República
Democrática. En sí mismo es un instrumento hecho a conciencia para la destrucción de
la cultura nacional. Antes del Estado Napoleónico el francés era una lengua minoritaria
rodeada por otras más antiguas, ricas y dinámicas. En un espacio de tiempo mínimo, el
francés se impuso por la fuerza sobre una ciudadanía que acababa de entrar en el
campo embriagador de la Libertad. El grupo étnico minoritario está considerado como
un fenómeno hostil que representa una afrenta contra las glorias de la Democracia. La
asimilación es el término doctrinal con el que se propugna el abandono de una cultura,
de una forma de vestir tradicional, de una conducta moral más elevada y de un antiguo
lenguaje heredado. Cuando las Highlands se alzaron en contra de la Democracia
política inglesa, sus habitantes fueron pasados por las armas de forma despiadada. Los
supervivientes fueron expulsados de sus tierras hasta que fueron literalmente arrojados
al mar. Se les hizo subir contra su voluntad a barcos con destino a Tasmania y Nova
Scotia. Al no ser esclavos, los ingleses permitieron que el número de los embarcados en
los barcos de transporte de esclavos triplicase las cantidades acostumbradas. El kilt fue
declarado ilegal y durante años quien lo utilizase era sentenciado a muerte. Los niños
que hablaban gaélico eran obligados por sus maestros a introducir piedras calientes en
sus bocas.
Esta historia se repite en la Bretaña, en Provence y de forma más despiadada en las
regiones Vascas de Francia y España. El Estado de Attaturk, cuya estructura era una
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réplica casi absoluta del Estado francés, promulgaba sentencias de muerte e impartía
duros castigos a sus, así llamados, ciudadanos Kurdos.
Es posible que la iniquidad más grande que tiene que sufrir un Pueblo por la maldición
de su Constitución es la oculta función que ésta desempeña en el terreno económico.
Cabría preguntar también la razón de una Constitución y un Estado Nacional cuando
este patrón de la guerra civil cíclica y la guerra contra un enemigo ha despojado al
gobierno central de toda autoridad.
Dentro de la nueva hegemonía del poder financiero es donde mejor se puede reconocer
la verdadera función del Estado Nacional y su documento definitorio del ciudadano, la
Constitución. Ser ciudadano de un Estado democrático te garantiza —tal y como señaló
Anatole France hace cien años en su novela “La Isla del Pingüino”— que gracias a este
supremo honor vas a estar registrado en el Censo Nacional. El objetivo de este Censo es
asegurar tu sometimiento al sistema impositivo del Estado. Es un registro en el que
consta tu compromiso de aceptación de tu parte en la Deuda Nacional del Estado. En
cada nuevo paso de tu vida llevarás sobre los hombros, no sólo las deudas propias
contraídas, sean buenas o malas, sino también el peso de una serie enorme de
préstamos sindicados, gastos y programas, e incluso guerras que nadie presentó a tu
aprobación. Aquí ante la mirada reveladora de los acontecimientos históricos es donde
el engaño de la relación entre el Estado moderno y su ciudadano se hace más patente.
En las masacres despiadadas ocurridas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial,
el soldado británico había sido arengado diciéndole que estaba luchando para liberar a
la “pequeña y valerosa Bélgica”. Cuando la guerra alcanzó la máxima virulencia, la
arenga subió de tono diciendo ahora que su muerte sería por “el Rey y el País”. Cuando
ambos bandos comenzaban a estar extenuados, la forma de imbuir pasión a los
soldados fue decirles que tenían que luchar contra “el Pérfido Huno”.
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La disposición de los soldados para ir hacia la muerte sólo duró los primeros días de la
guerra; al poco tiempo se ordenó la movilización nacional por el Gobierno Democrático
condenando con ésto al olvido a toda una generación. En toda Europa la movilización
ha sido, y en muchos casos sigue siéndolo, una obligación esclavizante cuyo rechazo
está sujeto al castigo de cárcel y la deshonra social. Para los musulmanes hay en el
Corán aleyas legales evidentes que dejan la decisión de ir a la batalla en manos del
individuo. Como el reclutamiento forzoso produjo las enormes masacres de las
trincheras y los desembarcos en las dos Guerras Mundiales, esta despiadada obligación
debe ser contemplada como uno de los factores clave en el fracaso de la Democracia.
Incluso los que son lo suficientemente ingenuos como para aferrarse a la vana
esperanza de que la Democracia no es un engaño absurdo, acaban por definir estas
guerras como suicidios nacionales y llegan a afirmar que la única forma de obtener la
famosa Egalité es con la muerte. La compasión divina hacia los que no quieren luchar y
el perdón anunciado en la Azora At-Tawba es otra poderosa dimensión del nuevo
Nomos que ofrece a su comunidad la forma de gobierno islámico.
Una vez encapsulado el individuo dentro del marco Democrático, con la Constitución
ocupando un lugar preponderante, con la bandera diseñada, el himno compuesto y la
moneda impresa, el imperativo categórico que impulsa al capitalismo usurero exige un
nuevo imperativo en el impotente y tiranizado ciudadano Demócrata. El principio
federal engloba y tritura en una sola unidad a los grupos políticos individualizados que
antes coexistían dentro de los Estados primigenios. Debe recordarse que la Francia con
la que se encontró Napoleón era una serie de entidades autónomas multilingües cuya
lazo de unión era la proximidad geográfica. Con anterioridad al Estado italiano
moderno fraguado por Mazzini y Cavour, lo que había en Italia era un mosaico similar
de idiomas, Estados individuales e historias de ciudades. Lo mismo ocurría en España y
Rusia. La victoria de 1945 de la América masónica sobre el postrado y exhausto cuerpo
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político de Europa, proporcionó una más fervorosa inspiración a los líderes ateos y kafir
que re-diseñaron el nexo social de los endeudados y agotados Aliados. La Liga de las
Naciones que había fracasado tan miserablemente a la hora de proteger el Reino de
Abisinia tuvo que ser reconstituida —utilizando de nuevo la enfermiza retórica idealista
de la unidad, el mundo único y la paz eterna— convirtiéndola para la ocasión en un
nuevo Gobierno supranacional: la Organización de las Naciones Unidas. Y aquellos que
aún insisten febrilmente en que esta guerra sirvió para salvaguardar estos elevados
principios deberían tener presente la evidencia de la vecindad de su cuartel general
domiciliado en Nueva York a pocos minutos de distancia del distrito financiero de Wall
Street, y que el centro de mando, el Consejo de Seguridad, dio a los americanos y a los
poderes victoriosos el derecho de veto sobre las decisiones a tomar. La creación del
minúsculo Estado de Israel se aprobó por la Asamblea a pesar de las acusaciones de
compra de los votos africanos; con ello, de forma misteriosa, un territorio ocupado se
convirtió en un Estado soberano que aún está en el proceso de inventar su lenguaje a
partir de fragmentos de unos textos sagrados que su sociedad ni siquiera utiliza. El
resultado es que en el espacio de tiempo más corto posible se ha convertido en un país
capaz de dictar condiciones a los poderes industriales más desarrollados, capaz de
alardear de estar en posesión del servicio de inteligencia más brillante y extenso del
mundo y también de ejercer una autoridad capaz de intimidar a los EE.UU. y a
Alemania —y todo ello con una población similar a la de Togo.
Otro acontecimiento crucial en el nuevo diseño de la sociedad humana fue el Acuerdo
de Bretton Woods sobre el cual hay gran cantidad de escritos publicados. No obstante,
lo más preocupante es que la aplicación de las nuevas formas de actuar y la explotación
perpetrada por las nuevas instituciones políticas y financieras, unidas a la imprevista e
incluso más importante evolución en las telecomunicaciones, iba a producir un nuevo
conjunto de parámetros y de números enteros completamente nuevos que regirían a
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partir de entonces todos los aconteceres humanos.
El mundo en el que hemos entrado supera ampliamente la inventiva de los novelistas y
creadores de películas que han limitado su visión del futuro a una mera modernización
de los procesos mecánicos. A partir de 1945, y durante el medio siglo siguiente que
condujo a la importante y sin embargo totalmente insensata celebración del Segundo
Milenio, la textura social compuesta de patrones y valoraciones morales, de formas
aceptadas de interrelación humana, de inhibiciones cívicas y conducta admisible, ha
sido barrida por completo. El matrimonio prácticamente ha sido abolido. La virginidad
se ha convertido en un hecho vergonzoso que hay que superar y la fidelidad es una
posibilidad más bien remota. La vida familiar está absolutamente condenada. Al
adulterio, que fue delito para unos y pecado para otros, se le dio de lado prefiriendo la
política del dormitorio de puertas abiertas. La inversión sexual se ha establecido como
un modo social que está de moda y que garantiza una erosión aún mayor de los
patrones sociales y que produce un grupo social importante totalmente al margen de la
actividad política al estar implicados por completo en una filosofía sexual que todo lo
impregna.
En su obra “El Arte de Ser Gobernado” Wyndham Lewis dijo: “Todas las cuestiones
relacionadas con la política y la vida social se agrupan en torno a la cuestión de la
familia. La ruptura de la unidad familiar que se da en nuestros días es el hecho central
de nuestras vidas: y esta desintegración central, tanto de pensamiento como de hecho —
ajustes consecuencia de nuestra psicología— se difunde por el resto de las fases
revolucionarias de nuestra nueva sociedad. Las relaciones entre el hombre y la mujer,
de los hijos con sus padres, de amistad y ciudadanía para con los nuevos ideales del
Estado, están controladas por esta ruptura”. Esto fue escrito en 1926, y ya en esa época
tan temprana, Wyndham Lewis fue capaz de percibir que “el feminismo es un
movimiento dirigido hacia la destrucción de la familia”. Proudhon, el gran anarquista
57
apenas estudiado, dijo en su libro “Contradicciones”: “El amor y el matrimonio, el
trabajo y el círculo familiar, la propiedad y los asuntos domésticos... son términos
equivalentes. Sobre este punto toda la humanidad es unánime —toda excepto los
socialistas, que en la soledad de su vacío ideológico protestan contra esta unanimidad
del resto de la humanidad. El socialismo quiere abolir la vida familiar porque es
demasiado cara. Quiere abolir la propiedad porque es perjudicial para el Estado”. El
análisis que Wyndham Lewis hace de Proudhon sugiere que este último consideraba la
amenaza del nuevo Estado-esclavista aún peor que la anterior. Proudhon también vio
que si se obligaba a separar al hombre y a la mujer “por exigencias económicas o
intrigas políticas, fracasarían sin remedio —es decir, ya no serían libres”. La visión de
Proudhon anticipaba de forma brillante una evolución social que en su época todavía
estaba en estado embrionario. Por un lado el socialismo iba a significar una
transformación de la versión de Proudhon, la abolición del estado fiscal, luego seguiría
la versión marxista, el capitalismo de Estado, para por fin terminar con los Estados
federales de bienestar tales como la C.E. y los EE.UU. Por otro lado, el sistema de
bancos familiares que entonces comenzaba ya a brotar, iba a completar sus diversas
expansiones y evoluciones tecnológicas para convertirse al fin en el gran dictador de la
sociedad y de todas sus actuaciones.
Los griegos, que según se dice tenían una palabra para cada cosa, carecían de una para
eso que llamamos la banca. Esta carencia detuvo de forma importante el fenómeno de la
banca moderna. Al no existir tal palabra sus astutos Popes eligieron como traducción de
“banco” la palabra “trapeza” que significa de forma bastante literal “mesa”. Se escogió
esta palabra porque era el único banco que conocían. Sobre la mesa del hogar el marido
depositaba su salario, la esposa ponía el recipiente donde guardaba las monedas
ahorradas y entonces se decidía el gasto de la familia. La abolición de la familia formó
parte del programa doctrinal de la banca ya desarrollada. Vaciada la mesa, la familia
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tiene que romperse. El orden natural está destrozado y oculto tras una serie de
modernos términos sociológicos: “familia de un solo padre”, “padres de un solo sexo”,
“niños bajo la custodia estatal”, términos que anuncian el fin de una época. Hay que
repetir una y otra vez que los imperativos categóricos de la nueva sociedad no forman
parte —por muy abrumadoras que sean las proclamas de los medios de comunicación y
de la dialéctica propiciada por la universidad— de una especie de marcha hacia
adelante de una humanidad en camino hacia las extensas y soleadas alturas de la
retórica democrática; sino que más bien son síntomas de quebranto, disyunción y final.
O en términos de Curzio Malaparte: “Rota, acabada, destrozada, arruinada”. Antes de
la Revolución Francesa, los Tres Estamentos en los que estaba dividida la sociedad eran
el Clero, la Nobleza y el Tercer Estado. Después de doscientos años de democracia la
sociedad se ha dividido de nuevo en tres categorías: los Banqueros, la nueva clase
tiránica en el poder, los Millonarios, la nueva Nobleza, y los esclavos deudores, el
nuevo Tercer Estado. Pero fijémonos con detalle en este nuevo gobierno oligárquico que
todavía pretende alegremente ser el producto final de la evolución, es decir la
Democracia. El antiguo Tercer Estado tenía dos niveles: en el más elevado estaban los
que pagaban impuestos por las tierras alquiladas y en el más bajo los que carecían de
tierras. En la nueva distribución, llamada modernidad, el Tercer Estado lo forman los
que tienen deudas contractuales —y recordemos que cada ciudadano es un deudor— y
por debajo de ellos está la enorme masa de gente que vive bajo mínimos en la más
abyecta pobreza, teniendo que vender a sus hijas como prostitutas y viéndose obligados
a recorrer los basureros de la ciudad en busca de algo con lo que poder sobrevivir.
La situación en la que vive la gran mayoría de la población de nuestro planeta es
absolutamente degradante, sin esperanza alguna, condenados a una vida de total
deterioro y con una mortalidad infantil inaceptable que irónicamente parece ser una
liberación del trabajo infantil, la prostitución y la hambruna que padecen los niños
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capaces de sobrevivir. Si hay algo aún más repelente que este crimen monstruoso es la
actitud de los Ciudadanos Demócratas. En nuestros días esta situación se ha vuelto tan
normal que se la contempla como un hecho antropológico. Ni siquiera existe el
concepto de la responsabilidad. Su nauseabunda filosofía de la libertad les dice, en una
cínica parodia del darvinismo social, que los dotados de talento llegarán arriba y se
enriquecerán mientras que la escoria descenderá a los barrizales de la pobreza mundial.
Sus inútiles y desvergonzados modelos, los “Famosos”, famosos sólo por ser famosos,
asistirán a galas caritativas donde obtener fondos para los más desvalidos, vistiendo
espantosos modelos tan caros que con uno de ellos habría suficiente para dar de comer
a un niño durante un año entero. Más débil aún es la postura de los pseudo-radicales
que se manifiestan en las calles a fin de persuadir a los banqueros de que condonen una
minúscula parte de los intereses de las deudas que han condenado a sus indefensas y
pequeñas Naciones Democráticas a la creciente espiral deudora de la que jamás se
podrán librar.
Si fuera posible afirmar que hay un escalón aún más bajo en la desvergüenza, sin duda
sería el de los oportunistas despiadados y cínicos explotadores encarnados en esos
preocupados musulmanes que han tratado débilmente de eludir lo que saben es la
maldición de la usura. El grupo más bajo de la ignominia está formado por aquellos que
ofrecen a la ingenuidad de las gentes la ilusión del Banco Islámico. Dado que el sistema
bancario es una máquina global totalmente integrada, el hecho de conectarse con él,
aunque sea con un programa menor que sugiera la remota posibilidad de permanecer
aislado de la usura, se convierte en una fantasía grotesca. El sistema en sí es haram. El
papel moneda es una nota promisoria usurera. Los miles de millones que se transmiten
vía satélite de un lado al otro del planeta y que son los que mantienen, manipulan y
controlan los mercados mundiales, no existen en cámara acorazada alguna, sino que son
una mera serie de impulsos electrónicos que forman parte de la magia que ha
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esclavizado al mundo entero.
Es necesario repetir y hacer ver sin descanso que las grandes masas de kuffar sumidas en
la pobreza —y con ellos ese pequeño grupo de la comunidad kafir que ha recibido una
educación en el sistema estructuralista kafir— carecen de instrumentos intelectuales y
capacidad social con la que reconocer el engaño bajo el que han transcurrido sus vidas
hasta ese momento. Sólo los kuffar más jóvenes, como creación nueva que son, serán
capaces de romper el hechizo. Entre los kuffar existe una dialéctica que afirma que la
razón de que haya musulmanes fundamentalistas es porque viven en una pobreza
miserable y que una vez que se introduzcan algunos planes de desarrollo social, se
eliminen los restos del Din del Islam y se adiestren en la industria de servicios del
turismo, esta resistencia desaparecerá. El fracaso del fundamentalismo se debe más bien
a errores en su ‘aqida (creencia) y a que los kuffar han diseñado un programa para los
musulmanes cuyo objetivo es llevarlos a un extremismo que, al convertirlos en una
especie de secta, los separa del gran cuerpo de creyentes que están esclavizados.
Dicho ésto podría parecer que la percepción del nihilismo sería de por sí otro nihilismo
igual al anterior. Sin embargo, la transvaloración de todos los valores exigida por un
nuevo nihilismo que signifique un salto radical y haga surgir al Superhombre, no es ni
más ni menos que el anuncio de las Buenas Noticias que Allah, glorificado sea,
manifiesta en el Corán. La verdad que ahora debemos desvelar es muy sencilla. El
proceso tecnológico, es decir, los procedimientos tecnológicos y la interrelación
tecnológica, aunque sea a escala global, no funciona por sí solo. En esta nueva era, la
Democracia Política ha pasado de ser una forma de gobierno a ser la mera fachada
política de la banca. En estos momentos, una empresa de medios de comunicación
domiciliada en los EE.UU. presume de obtener unos ingresos anuales superiores a los
de toda Rusia. Ahora el sistema de riqueza ya no se somete al escrutinio sumarísimo de
las discretas instituciones financieras, en una especie de gran balance total, puesto que
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su carácter, genio y energía pertenecen a un modelo más dinámico. La riqueza de
nuestros días está en constante movimiento. La propiedad de una compañía puede
estar vinculada a una sociedad que a su vez se conecta con la filial de otra sociedad para
así acabar siendo parte de un gran holding. La contabilidad pasa de la empresa a la
sociedad mercantil, luego al banco, de ahí al extranjero y por último al mega-banco. Las
deudas se convierten en préstamos y éstos en inversiones. Esta construcción se parece a
uno de esos dibujos de Escher donde un antiguo castillo aparece formado por un
laberinto de pasillos interminables y de escaleras que se conectan y separan entre sí de
forma que cuando se sube se acaba por bajar y cuando se baja se va hacia arriba, sin
lugar donde detener la mirada. Esta fantasmagoría pretende detener tu avance
convencido de que jamás podrás descifrar y desmantelar tan complejo sistema. Y sin
embargo no son los bancos los que esclavizan a las masas del planeta, expropian su
riqueza, sus bienes, sus tierras y sus hijos. Quienes lo hacen son los banqueros.
62
—V—
Ha llegado el momento de estudiar esta nueva élite que gobierna el mundo. Todos
podemos decir el nombre de tres futbolistas famosos. Todos conocen el nombre de
varias estrellas del cine. Todos podemos nombrar a algunos políticos miserables. Y sin
embargo, cuando la casi mitad de la riqueza mundial está en manos de cuatrocientos
individuos, sólo unos pocos son capaces de nombrar a uno de ellos.
Estamos tiranizados, esclavizados y endeudados por una élite que nadie ha elegido y
cuyos nombres ni siquiera conocemos. Una vez abolidos los títulos hereditarios, y dado
que la transmisión de la riqueza hereditaria ha sido hecha imposible por los impuestos
desorbitados a los que está sometida, el caso de esta élite es ciertamente anómalo. Sus
riquezas y sus posesiones forman parte de estadísticas casi incalculables, muy
superiores a cuanto Alejandro pudo soñar.
Carecen de lealtad racial. Carecen de lealtad de clase. Carecen por supuesto de lealtad
nacional. Si se menciona el humanismo podríamos decir que carecen de lealtad humana.
Queriendo demostrar su compasión declaran defender los Derechos Humanos,
sabedores de que con esta vacua retórica os distraerán del intento de abstenerse del uso
de su sistema monetario y probar a vivir sin los bancos. Son una oligarquía. Esto no
quiere decir que sean oligárquicos en el sentido platónico del término: ya no están en la
cima de la sociedad como era el caso del modelo original, puesto que parte de la
naturaleza del moderno nexo social es la existencia de una disyunción entre estos
nuevos oligarcas y la especie humana.
La suma de los delitos de todos los criminales del mundo no se podría equiparar a la
63
enormidad del crimen que ellos cometen a diario con la aplicación continuada del
sistema usurero. La contaminación de los océanos es su logro. El envenenamiento de la
tierra es el resultado de sus programas. El aire tóxico de las megalópolis del mundo es
resultado directo de la existencia de estos individuos. Los millones de muertos causados
por el constante pero esporádico alzamiento de los más pobres —que desalojados de
sus tierras y presas de la más absoluta miseria se vuelven contra sus vecinos—, y los
pobres del mundo que se alimentan de la carroña de los basureros son un desgraciado
efecto secundario de las políticas económicas que aplican.
Justo al comienzo del Corán, Allah, glorificado sea, aborda el tema de esta gente tan
odiada.
“En sus corazones hay una enfermedad
que Allah les acrecienta.
Tendrán un doloroso castigo
por lo que tacharon de mentira.
Cuando se les dice: No corrompáis las cosas en la tierra,
responden: Pero si sólo las hacemos mejores.
¿Acaso no son los corruptores
aunque no se den cuenta?
Y Allah dice también:
“Esos son los que han cambiado la guía por el extravío;
su negocio no ha prosperado y no están guiados”. (2: 9-11, 15)
Cassel, uno de los miembros de este grupo que vivió en Inglaterra y que durante su
vida utilizó su enorme riqueza robada para esquilmar Egipto, el Dawlet Osmanli, y el
Norte de Africa, casó a su hija con Lord Mountbatten convirtiéndola así en la última
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Virreina de la India; esta hija suya tuvo una aventura adúltera con Nehru y participó de
forma activa en la Partición que fue causa de la muerte de millones de personas; al final
de su vida Cassel, esta miserable criatura, dijo : “¡Nada de lo que obtuve fue lo que
quería, y nada de lo que quise fui capaz de conseguir!”
No les gusta que se les llame banqueros. En ocasiones se definen a sí mismo como
inversores. Lo que realmente les gusta es que se les llame filántropos. En el mismo
sentido que un pædófilo es en realidad un pædófobo, podíamos decir que los
filántropos son en realidad misántropos. Pero no son indiferentes al sufrimiento
humano: nos odian y les enfurece que causemos tantas molestias. En esta élite se da un
proceso cuyo funcionamiento les confiere poder. La usura es el factor común, pero la
zona en que actúa es la banca, los medios de comunicación y las mercancías. Todo lo
anterior no son más que mercancías. Las divisas se compran y se venden lo mismo que
se compran y se venden los medios de comunicación o la riqueza mineral, tanto el
petróleo como el uranio. Es necesario entender la interrelación existente entre estas tres
zonas de la usura, y sobre todo, lo que debemos captar en profundidad es que la banca
sirve de motor al movimiento de riqueza formado por las mercancías y los medios de
comunicación, al tiempo que impulsa su propio sistema de mercancías. El sistema
usurero hace flotar sus actividades en el aire con el movimiento y transferencia
constante de millones que carecen de existencia en especie o incluso en lugar alguno; su
existencia depende de ese minúsculo impulso electrónico o señal de radio que hará
destellar esas sumas hiperbólicas por todo el mundo de un ordenador a otro. Este
fantástico y demencial gobierno del mundo está basado en la retirada continua del oro
del uso y acceso públicos con el único fin de almacenarlo otra vez en las entrañas de la
tierra tal y como estaba antes de ser extraído por los esclavos mineros. Los EE.UU. son
los mayores importadores de oro del mundo, pero su exportación está prohibida por la
ley.
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A fin de entender la naturaleza infra-humana del oligarca usurero, sería de provecho
examinar las actividades de uno de estos personajes que vivió en la primera mitad del
siglo veinte. Es necesario tener en cuenta que a pesar de haber estado directamente
involucrado en la masacre de millones de personas ocurrida en la Primera Guerra
Mundial, este individuo es casi inocente comparado con los que forman la élite mundial
de nuestros días.
*****
Basil Zaharoff. Comenzó su vida a principios del pasado siglo XIX como un cambista
de moneda en Salónica. Su nombre probablemente era el de Zohar. Ascendió
rápidamente en la escala social mediante una actividad basada en la adquisición de
información haciendo uso del soborno, las influencias y la corrupción. La primera fase
de su sistema consistía en conseguir que un Estado comprase armas. La segunda era
vender las mismas armas a un Estado enemigo. La tercera fase consistía en incitar un
conflicto entre ambos Estados que propiciaba el uso de las armas y con ello crear un
mercado donde abastecerse. Su éxito fue tal que pronto se convirtió en la persona que
controlaba Vickers de Inglaterra y Maxims de Alemania. En la primera década del siglo
veinte Zaharoff forma parte del grupo directivo de Ludwig-Loewe A.G. Berlin, Mauser,
Daimler-Benz, Gebrüder Boehler y Krupps. Uno de los aspectos más fascinantes y
recurrentes de las actividades de los usureros es la habilidad de unir opuestos políticos
en una unidad financiera. Así fue como en 1906 Zaharoff y Loewe se fusionan con
Gontard. En 1907 Zaharoff y Schneider se alían con Creusot. A fin de obtener un cierto
estatus en Francia, Zaharoff fundó un asilo para los marinos, hecho que propició su
nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. En primer lugar compró una
revista de tipo popular, “Quotidiens Illustrés”. Esto le sirvió de trampolín para comprar
el “Excelsior” que le sirvió de foro político. Fue elevado al puesto de Administrador
Delegado de la Sociedad Vickers-Maxim y estuvo vendiendo armas simultáneamente a
66
Rusia y a Japón, naciones enemigas. El conocido periódico de sátira política
“Crapouillot” decía: “Durante la Guerra de los Balcanes, Zaharoff suministró armas a
todos los bandos enfrentados. Dio apoyo a Grecia en su lucha contra Turquía, a Turquía
contra Serbia y una año más tarde a Serbia contra Austria”. Cuando los rusos
rechazaron la deuda contraída por la compra de las armas, Zaharoff se limitó a enviar la
mercancía a Italia donde controlaba la “industria nacional”, Vickers-Terni, para que las
usasen contra los turcos. En Constantinopla, la Vickers inglesa fundó la Societé
Imperiale Ottomane pour Constructions Maritimes. Las acciones no eran negociables y
no podía ser cedidas a persona alguna. Si los ingresos de la compañía no podían cubrir
las amortizaciones del capital y los intereses, el déficit sería cubierto con los ingresos
provenientes de los impuestos de la Provincia de Sevas. La Administración de la Deuda
Otomana era el órgano responsable del cobro de dichos impuestos. La nueva compañía
iba a detentar el monopolio de los contratos navales turcos. La compañía iba a
encargarse de la renovación de los arsenales de Ismid y del Cuerno de Oro, además de
la construcción de muelles flotantes para barcos de 32.000 toneladas. También se
encargaría de construir una escuela en Ismid, casas para los trabajadores, ¡y una nueva
mezquita! El Administrador de la Deuda Otomana era su antiguo amigo, el financiero
judío Sir Vincent Caillard, también miembro del Consejo de Administración de Vickers.
En 1913, y de nuevo en Francia, Zaharoff se dedica otra vez a la filantropía: esta vez
subvenciona una Cátedra de Aeronáutica en la Universidad de París. Esto le supuso el
nombramiento de Oficial de la Légion d’Honneur. En 1914, Zaharoff está inmerso en su
gran proyecto. A finales del mes de Enero se rumorea que Krupps ha comprado el
grupo armamentista Putiloff de San Petersburgo. Se anuncia a continuación que el
Consejo de Ministros ha fundado una compañía con Vickers. El “Excelsior” de Zaharoff
declara que Vickers no tiene relación alguna con el asunto Putiloff. No hay vínculos con
Krupps. Le Creusot hace saber que no ha habido compra por parte de Krupps, sino una
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simple ampliación de capital en la que participa el Deutsche Bank. Así pues, a pesar de
sus distintos posicionamientos políticos, los antiguos enemigos Le Creusot y Krupps
estaban trabajando juntos. Al fin Rusia concertó un préstamo con Francia de veinticinco
millones de libras. Putiloff obtuvo dos millones de Schneider-Creusot y Vickers Limited
consiguió seis millones y medio de libras esterlinas. El 31 de Julio Zaharoff es ascendido
al cargo de Comendador de la Légion d’Honneur por sus “servicios excepcionales”.
En 1914 Zaharoff controlaba Creusot y unas acerías en Henécourt y ChâtillonCommantry con un capital total de trescientos veinte millones de marcos, según Otto
Lehman-Russbueldt. Pertenecía al consejo de administración de la rama austríaca de
Vickers y de la compañía francesa “Le Nickel” que controlaba los yacimientos de este
mineral en Nueva Caledonia y que estaba dirigida por los Rothschild.
¿Quiénes eran pues los principales accionistas, y en consecuencia los oficiales
subordinados al mando de Zaharoff? En Julio de 1914, Vickers Limited presumía de
tener entre sus principales accionistas a cuatro duques y marqueses, cincuenta barones
y vizcondes y veinte caballeros. En Marzo de 1914, el Vizconde Snowden hizo el
siguiente comentario en el Parlamento: “...Sería imposible tirar una piedra a los escaños
de enfrente sin darle a un miembro que no sea accionista”.
La red de Zaharoff unía la industria del armamento con la banca, y esta vinculación a su
vez dominaba e imponía condiciones al capital privado y a la industria mientras que él
por su parte tenía en nómina a los representantes democráticos. Es el caso de Eustace
Tennyson, director de construcción del Almirantazgo y consejero de VickersArmstrong. El Almirante Ottely, secretario del Comité de Defensa Imperial era uno de
los directores de Armstrong. La National Service League alardeaba de contar entre sus
miembros a ocho presidentes de empresas de armamento. La Navy League tenía cuatro
funcionarios con acciones en holdings armamentistas austríacos, rusos e italianos. Cada
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vez que los banqueros Rothschild y Cassel, domiciliados en Inglaterra, concedían un
préstamo a gobiernos extranjeros, introducían a Vickers en las condiciones del contrato.
En una de estas compañías-tentáculo, la Sociedad Francesa de Torpedos Whitehead,
Zaharoff tenía como socios a un ministro inglés, a la esposa de un ministro alemán, a un
almirante francés en la reserva, a la esposa de un oficial austríaco, a una condesa
alemana y a la nuera de Bismarck; la unión tenía como objetivo la fabricación de
torpedos franceses.
En la víspera de la guerra, Zaharoff, un inglés cuando estaba en Inglaterra, era
Caballero de la Gran Cruz de la Orden de Bath y de la Orden de Jesucristo de Portugal.
Francés en Francia, fue elevado a la distinción de Grand Officier de la Legion
d’Honneur por los “extraordinarios servicios prestados a la causa Aliada”.
En los años veinte, Zaharoff entró en el sector del petróleo, la nueva mercancía de
poder. En 1921 fundó la Société Générale des Huiles de Pétrole. Lo mismo que ocurrió
en el mercado de armas de la Primera Guerra Mundial, cuando las corporaciones
enemigas se fusionaron en una amigable amalgama, los competidores petroleros se
unieron ahora sin ningún tipo de problemas. Grecia luchó siguiendo las directrices de la
Shell Oil y Turquía era el servomecanismo de la Standard Oil. Detrás de la Shell estaba
“Inglaterra” y detrás de la Standard Oil estaba entonces ”Francia”. El gran Sultán
Abdulhamid II, preveyendo las luchas futuras entre los titanes del petróleo, —cuyas
últimas actuaciones han provocado la “Batalla de Desierto”, las sanciones a Iraq, el
aislamiento y las sanciones a Libia e Irán— convirtió a Mosul en un Waqf. Kemal
Ataturk, el sirviente de la nueva élite, lejos de ser un patriota, se limitó a entregar Mosul
como parte del trato establecido por Lord Curzon. Los amados enemigos estaban juntos
otra vez: los banqueros “americanos” Kuhn-Lohb, Standard Oil, J.P. Morgan y la
Banque de l’Union, la entidad bancaria de Zaharoff en París. Una vez destruido el
Califato por los Kemalistas, los griegos comenzaron a apostar fuerte por las tierras a su
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alrededor. Se instó a los kurdos a que formaran un reino. El ministro de defensa kurdo
recibía mensajes urgentes —de Zaharoff. El orquestado alzamiento kurdo, la primera de
la muchas y crueles manipulaciones a las que ha sido sometido este gran pueblo por
parte de la criminal élite bancaria, tenía dos aspectos: según el punto de vista kurdo lo
que estaba en juego era el tema de la soberanía. Para los banqueros, se trataba de Mosul.
La paz en la zona se debió a un pacto entre la Anglo-Persian Oil, la Royal Dutch Shell, la
Standard Oil y sesenta y cinco holdings franceses más.
En los últimos años de su vida Zaharoff compró el Casino de Montecarlo y se casó con
una princesa de la familia de los Borbones. Se cuenta que una tarde que estaba sentado
en el Casino viendo cómo el dinero pasaba de unas manos a otras, —recordando su
juventud como cambista en Salónica, sólo que ahora en vez de unos pocos dracmas sus
ingresos eran de millones de francos— vio cómo se acercaba una señora inglesa que
había sufrido fuertes pérdidas. “Ayúdeme, Sir Basil” dijo ella, “como usted es el dueño
de todo seguro que sabéis cómo ganar”. Zaharoff respondió con frialdad: “Sólo puedo
daros un consejo que no habla de cómo ganar sino de cómo no perder jamás”. “Oh,
dígamelo por favor”. Zaharoff cerró los ojos y dijo: “¡Señora, no juegue!”.
Ya va siendo hora de que sigamos este consejo.
70
—VI—
Los Camondo
La zona de operaciones de la inmensa aventura bancaria de la familia Camondo, o
mejor sería decir del robo organizado y legalizado, fue la Constantinopla de la última
fase del Califato. Durante el siglo diecinueve, el Califato aún conservaba la alta
civilización Islámica que iba a conocer un luminoso despertar cultural en los últimos
años de ese siglo bajo el gran Sultán Abdulhamid II. En esa época, los musulmanes
experimentaron un florecimiento de sus negocios y comercios mientras que las
importantes comunidades judía y cristiana pagaban el impuesto de la ÿizia que les
eximía de las obligaciones militares y les garantizaba protección contra las
persecuciones religiosas. Cuando terminó la reconstrucción de la sociedad por parte de
los banqueros todo había cambiado por completo: los judíos y los cristianos eran ahora
los amos, enormemente ricos, y los musulmanes Osmanli —albaneses, kurdos, turcos y
árabes— quedaban reducidos a un estado de pobreza jamás conocido por los que no
eran musulmanes y que a partir de ese entonces se ha convertido en la condición fatal
de los musulmanes.
En los distritos de Pera y Gálata, donde había vivido durante el siglo trece una colonia
comercial genovesa, comenzaba ahora a reunirse una comunidad financiera extranjera a
la que pronto se unirían familias banqueras judías y cristianas. La mudanza del recinto
del Topkapi al extravagante y costoso palacio de Dolmabache supuso la caída del
Califato en las redes de los financieros. A finales de siglo, la mitad de los judíos de
Estambul vivía en Gálata. Allí fue donde Isaac Camondo creó en el año 1802 el banco
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que llevaba su nombre. Treinta años más tarde, su hermano Abraham-Salomon
Camondo heredaba su fortuna calculada, en dinero de la época, año 1832, en unos
veinticinco millones de dólares.
En 1839, el desastroso Hatt-i Sherif Gülhane dio paso al periodo del Tanzimat en el que
se destruyó la ley islámica al abolir el estatus dhimmi de los no-musulmanes; con ello se
aseguraba que la gran riqueza de los Osmanli pasaría a manos de los kuffar y la
población Osmanli ocuparía el puesto de esclavos en su propio país. Lo que los
banqueros hicieron en Constantinopla entre los años 1850 a 1950 lo están haciendo
ahora en la totalidad del planeta.
Las reformas sobre las se hizo hincapié fueron: centralización de una administración
que remplazaba a la forma de gobierno local, cuya vinculación es libre y autonómica y
que es la forma de gobierno del Islam; unificación de la ley, inútil regalo napoleónico de
una “igualdad” que carece de relevancia económica; la secularización de la educación
—lo cual significa la abolición de la religión—, y la reorganización del ejército para con
ello desplazar la lealtad militar debida al gobierno musulmán por la conveniencia de
someterse a los pagadores kuffar; un plan que hoy se ha cumplido enteramente dejando
relegado al alto mando militar al mero papel de una junta que acata las órdenes de los
banqueros y se muestra sumisa ante Israel.
Los tres visires que establecieron el Tanzimat kafir fueron: Rechid, ‘Ali y Fuad Pasha.
Sus banqueros e íntimos amigos eran los Camondo. Estos llamados reformistas habían
pasado largas estancias en París donde fueron adoctrinados en la política a seguir para
allanar el camino a la implantación del sistema de poder de los banqueros. AbrahamSalomon, como parte de la política banquera, fue distinguido con todo tipo de honores
estatales: en 1849 recibió el “Nishan-i Iftihar” y se convirtió en Jefe de la Medÿidiyé.
La impresión de papel moneda, la Kaima, significó la toma del poder estatal por parte
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de los banqueros. La inexperiencia de los Osmanli a la hora de tratar con las
modalidades de la usura financiera y sus instrumentos, bonos, créditos, emisión de
nuevas acciones, agravado con la falsificación del papel moneda, obligó al Estado a
llamar a los banqueros para que diseñaran un sistema financiero “moderno”. Las
reformas monetarias fueron la oportunidad de crear nuevos bancos que además estaban
interrelacionados. Se estaba tejiendo la tela de araña.
En 1845, el Estado Osmanli, junto con Mm. Alléon y Teodoro Baltazzi crearon el Banco
de Constantinopla. La Guerra de Crimea fue el acontecimiento que propició la
expansión de la banca dentro del Dawlet Osmanli, además de servir de señal para que
los banqueros europeos comenzaran a poner en escena su mayor delito y engaño: el de
las inversiones. Tal y como ocurre con todo lo que está conectado con la filosofía kafir,
cada término calificado como bueno indica su opuesto en realidad. Las inversiones
extranjeras consideradas como algo bueno significan en realidad el despojo de los
bienes. Los Rothschild fueron los primeros inversores “franceses” en el capital Osmanli.
Alphonse de Rothschild vino con la propuesta de su padre James para establecer una
rama de los Rothschild “franceses” en Constantinopla; pero el gobierno ya había
aprobado la fundación del Banco Otomano con un capital de quinientas mil libras
esterlinas. Pronto comenzó a tramarse su transformación en el Banco del Estado. En esta
operación vemos a la banca moderna aplicando su fórmula irresistible. La
transformación del capital privado en un Banco Nacional Estatal era el sistema de poder
de la nueva oligarquía.
Esta forma de actuar superaba al Coup d’Etat. ¿Para qué tomar el Palacio de Invierno si
podías poseerlo sin disparar un solo tiro? El que dispara es el enemigo del Estado: el
terrorista.
Alphonse de Rothschild trató de detener el proyecto de los banqueros ingleses. Con ésto
73
comienza el nuevo conflicto de la época: la guerra interbancaria, que no se hace con
armas, sino con cartas de crédito. La Compagnie Layard se había presentado con una
oferta de veinte millones de libras esterlinas. Rothschild dudó antes de enviar a Landau,
su hombre de confianza, ya que su plan era la constitución de un Banco Otomano que
fuera la única entidad financiera de Constantinopla. Lord Canning y Thouvenal,
agentes de los gobiernos inglés y francés, lejos de dictar el curso de los acontecimientos
se limitaban a revolotear alrededor. El asunto no quedó resuelto hasta que Emil e Isaac
Pereire fueron capaces de crear la Banque Imperiale Ottomane en 1863. Este iba a ser el
modelo que, en su forma más desarrollada, iba a adueñarse del mundo entero. Los
bancos se transformaron en super-bancos haciendo a nivel internacional lo que los
banqueros Pereire habían hecho con el Estado Nacional. Con ésto se estaba dando paso
a la constitución del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En el caso del
Banco Imperial Otomano, y con una sola institución, se había creado un Banco Central,
un banco de depósitos y un Crédit Mobilier. Esta única institución no sólo podía
establecer el tipo de interés bancario, sino también prestar, comprar, vender, negociar la
compra de bienes, invertir y participar en proyectos de inversión y acuñar e imprimir
moneda. Para los Camondo el asunto estaba claro: era el Banco por excelencia. Mientras
que el Banco Otomano había dependido fundamentalmente del capital local, el nuevo
Banco Imperial Otomano era esa cosa mágica e inaccesible: un banco con “fondos
internacionales”.
Enseguida comenzó la siguiente fase, en la que puede verse la forma arquetípica de
toma de poder con la que son abolidos los poderes de los representantes políticamente
elegidos. El Banco Imperial Otomano había hecho entrar en su seno a los principales
banqueros de Gálata, demostrando con ello una vez más que cuando en la banca
aparecen los beneficios los enemigos se convierten en aliados. Una vez incorporados
Alléon y Hanson, del grupo de financieros de Pera, Camondo comenzó a expandir sus
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actividades mediante la creación de una entidad hermanada: La Société Générale de
l’Empire Ottomane. Sir William Clay, el Presidente del Banco Imperial Otomano en
Londres, dijo a sus accionistas: “La idea que ha propiciado la implicación del Banco
Imperial en este proyecto fue que en Turquía existen dos áreas bien diferenciadas, una
de finanzas y otra de comercio. Para las relaciones del Estado turco con Europa, el
Banco Imperial es el instrumento apropiado. Pero existen muchas operaciones
financieras vinculadas al gobierno, la municipalidad y a particulares que exigen
experiencia bancaria de tipo local además de la habilidad de poder seleccionar los
banqueros y los capitalistas más adecuados para cada proyecto específico. Es evidente
que una alianza podría establecerse entre nuestro Banco y estos grupos mencionados
que son muy ricos y poderosos y están deseando entrar en acción. Es preferible tener a
esta gente como amigos que cooperen con el Banco en vez de como rivales declarados”.
Estaba tomando cuerpo un sistema completo de control financiero. Los bancos
comenzaban a estar presentes en cada una de las actividades de la vida civil, desde los
grandes proyectos tecnológicos hasta la tienda de ultramarinos del barrio. Pronto iba a
llegar el momento en el que no habría práctica social que no pasara por las manos de los
banqueros. No habría concierto musical, tienda, escuela, colegio, casa o partido de
fútbol sin la presencia del banco entrometiéndose entre las dos partes, orquestando y
controlándolo todo; no habría periódico comprado ni factura del gas pagada que no
fuera deducida directamente de la cuenta bancaria.
Los amos del mundo.
En Marsella estaba la familia Zafiri. En Viena los Baltazzi. En París, los Camondo
destacaban por encima de sus rivales de Constantinopla. La Société Générale iba a tener
un capital de dos millones de libras esterlinas repartido en 100.000 acciones de veinte
libras cada una, y de las que menos de una décima parte iban a ofrecerse a la
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suscripción pública. La capacidad de crédito de la Société, fundada en Julio de 1864, fue
tan enorme que a finales de ese año prestó al gobierno Osmanli la suma de cincuenta
millones de francos. Los Camondo veían así cómo su fortuna aumentaba de forma
considerable.
El hermano siamés de la banca son los bienes raíces. Es importante darse cuenta de que
los tentáculos financieros llegan a todos los aspectos de la vida civil, de forma que las
finanzas son las encargadas de promulgar las leyes que incrementan su capacidad de
control. Una vez que la banca se interpone entre el propietario y el posible comprador,
ésta inventa la necesidad de una valoración previa de las tierras o de la propiedad que
siempre usará en su propio beneficio. Las estructuras de los precios dictan entonces la
naturaleza de la transacción, y definen o re-definen la naturaleza del comprador y
marcan el objetivo al que se van a destinar las tierras o el edificio en cuestión.
Podríamos en consecuencia afirmar que lo que llamamos “el mercado” es en realidad el
precio determinado por el banco interpuesto entre el vendedor y el comprador.
En Mayo de 1885 se propuso un edicto de renovación urbana, Intizam-i Sehir
Komisyonu. Iba destinado principalmente al distrito “cosmopolita” de Pera. El objetivo
del decreto era permitir la construcción de nuevos edificios comerciales y bancarios en
Pera, Gálata y Tophane. La actividad principal era la construcción de “Hans”.
Originalmente, en el sistema islámico, los Hans contenían terminales para caravanas,
hostales y almacenes al servicio del genuino y libre comercio del mercado islámico.
Haciendo uso de la legislación vigente para este tipo de instituciones, que producían
una riqueza que revertía en toda la comunidad, los Camondo planearon la construcción
de edificios de oficinas y de bancos para una nueva élite financiera no-Osmanli. Entre
los años 1855 y 1865, en una pequeña zona al sur del Gálata comprendida entre las
calles Felek y Kürekciler, se construyeron los nuevos bancos, y en ese mismo lugar
nueve de los diez Hans eran propiedad de los Camondo. De seis bancos, cuatro fueron
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instalados en sus Han. Crédit Lyonnaise se estableció en el Yakut Han, calle Mertebani,
un edificio de los Camondo. Los Eugenidi, griegos de Constantinopla, fundaron con la
familia Lafontaine la Sociedad Otomana de Cambios y Valores. Como sede eligieron el
Latif Han de los Camondo en la calle Sevud. Los Zafiri y su Banco de Constantinopla se
establecieron en el Lacivert Han de los Camondo. La Société Générale fundada por
Abraham-Béhor eligió, por supuesto, un Han de los Camondo. Incluso Levantine
Tubini, el enemigo de Nissim y Abraham-Béhor se estableció en 1869 en un Han
Camondo.
La relación entre la urbanización y el capital bancario muestra la evolución de su poder
y la centralización que se produce allí donde elegían establecerse. En París, los
Rothschild ilustran el modelo por el cual los banqueros se establecen como necesarios
en el mismo centro de los asuntos humanos. El primer paso consiste en elegir una zona
inmobiliaria bien valorada y de relevancia social. El Baron James Rothschild compró,
entre los años 1835 a 1859, varias casas en la Rue Lafitte, entre las que se incluían la que
había pertenecido a Laborde, el banquero de Luis XV. De esta manera, Rothschild se
convirtió en vecino de Jacques Lafitte, el banquero francés. Esto sirvió de señal al resto
de los banqueros y pronto todo el Quartier se transformó en un distrito financiero. El
segundo paso se dio cuando el mercado de valores, La Bourse, se construyó en el centro
del barrio, mientras que en su límite exterior se establecía el Banque de France. Al poco
tiempo, la Opera se erigió sobre planos de Garnier como la joya de esa corona. En el
tercer paso, que no es más que una prolongación de sus créditos e implicaciones
inmobiliarias, aparecen las grandes tiendas de lujo, los joyeros, las boutiques, las casas
de alta costura, los bancos menores, las oficinas de cambio de divisas y las compañías
de seguros.
Lo que pasó en París también tuvo lugar en Constantinopla. Propiciadas por las
actividades de los Camondo, a finales del año 1860, las tiendas y las boutiques
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comenzaron a establecerse en torno a los Hans de los Camondo, llegando incluso a
instalar luces de gas en las calles para prolongar la jornada comercial hasta bien entrada
la noche. La conexión entre las actividades del capital en París y en Constantinopla se
manifestaban en la forma de vestir. Los trajes de la élite bancaria venían de la Rue de la
Paix de París, las camisas de Lami-Housset, los bastones de Verdier, los sombreros de
Bandoni, los guantes de Jouvin; todo se podía comprar en el distrito de Taksim,
Constantinopla.
El constante empeño de jugar el papel de “filántropos” fue, y sigue siendo, la fachada
social de los banqueros; en parte, para dar un buen nombre a una profesión basada en el
robo y la expropiación, y en parte, quizás para aliviar una minúscula parte de su
maldad. Abraham-Salomon Camondo se enorgullecía de cubrir el rostro de la usura con
el velo de la caridad. Construyó una sinagoga en Büyükdere, en el Bósforo. Construyó
un centro comunitario en Rhodes. Construyó la escuela Kadosh Camondo y una
sinagoga en Lindos. Financió una edición de la Mea’am Loez, un comentario del antiguo
testamento para los gentiles. En 1870 estableció en el distrito Hasköy de Constantinopla
un seminario con seis rabinos que residían en éste, el Yeshiva Maghen Abraham. Pero
no todos los banqueros eran tan “filántropos”, y en París, donde se concentraban
banqueros de toda Europa, los había que sólo querían la Bourse y los club nocturnos;
eran miembros de familias tales como los Fould, los Worms de Romilly y los Cerfberr.
Lo mismo ocurre en nuestros días: los hay que apoyan las tradiciones más antiguas y
los hay que sólo quieren Las Vegas y Hollywood.
Sería falso asumir que los banqueros recibían siempre el beneplácito de las autoridades
religiosas. Unos rabinos inspectores de la escuela Hasköy quedaron asombrados de las
enseñanzas que allí se impartían. Acusaron a Abraham-Salomon de ser un déspota y
conducidos por su líder, el rabino Akresh, se presentaron en la lujosa casa de AbrahamSalomon,
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el
Yali
de
Yeniköy,
y
proclamaron
con
furia
su
excomunión.
Desgraciadamente para el rabino, el leal masón Fuad Pasha estaba ese día en la casa
tomando el té con su amigo banquero. Sin dudarlo y casi inmediatamente envió al
rabino a la cárcel. Esta lucha continua fue lo que impidió al Dawlet Osmanli la
designación de un Rabino Mayor entre los años 1863 a 1908.
El sábado 21 de Noviembre de 1864, en el Hotel d’Angleterre de Pera, Nissim Camondo
anunció la creación en Constantinopla del comité regional de la Alliance, una
organización europea pan-judía cuyo objetivo era proteger a sus correligionarios de las
persecuciones. París, “centro de la civilización”, fue el lugar elegido para establecer el
cuartel general de la A.I.U., Alliance Israelite Universelle, fundada por un grupo de
académicos. Uno de sus primeros logros tuvo lugar en el Congreso de Berlín al que
asistieron Bismarck y D’israeli; en esta reunión presentaron la cuestión de los derechos
civiles de los judíos como algo que dependía de la independencia de los Estados
Balcánicos. Fueron también los primeros en promover el concepto del diálogo entre
judíos y cristianos, al que se incorporarían más tarde los musulmanes.
Los Camondo, en estrecha relación con el comité central de la Alliance de París,
decidieron crear una escuela agrícola en Jaffa, Palestina, con un coste superior a los cien
mil francos. No obstante, en la comunidad judía de Constantinopla existía una fuerte
resistencia en contra de los Camondo, hecho que prueba que el tema racial carece de
relevancia. En efecto, a no ser que se crea que Hitler fuera de alguna manera la
encarnación de un poder maligno de tipo metafísico, y no que, más bien, fue sólo una
parte de las complejas fuerzas destructivas presentes en la sociedad, la otra parte de la
trágica ecuación que tuvo como resultado el genocidio de los judíos europeos sólo
puede ser entendido si consideramos que uno de los factores desencadenantes de aquel
horror fue la devastadora ambición de los banqueros usureros, entre los cuales
destacaban sin duda alguna las grandes familias banqueras judías. En el siglo
diecinueve, la furia irracional que empezó como oposición a los banqueros de Luis
79
Felipe de Francia, descargó setenta años después sobre un desgraciado individuo, el
Capitán Dreyfus. En el siglo veinte, la rabia de una Europa arruinada y en bancarrota,
no cayó esta vez sobre uno, sino sobre millones de personas con resultados
horripilantes. En Constantinopla, la hostilidad de la comunidad judía contra los
Camondo no dejó de manifestarse, llegándose a ultrajar las tumbas de la familia por
grupos religiosos judáicos opuestos a la presencia de los Camondo en Constantinopla.
Con la enorme riqueza acumulada por los Camondo y con el colapso del nexo social
Osmanli, la familia comenzó a comprar propiedades en París a fin de abrirse paso en la
capital banquera del mundo. Al poco tiempo de llegar se les concedió el ingreso
temporal en la Corte imperial y llegaron a tener un palco en la Opera. Nissin Camondo
y Abraham-Béhor se asociaron con la familia Oppenheim cuya riqueza procedía del
saqueo de Egipto. Hermann Oppenheim, una vez esquilmado Egipto y tras haber
endeudado gravemente a su gobierno, decidió trasladarse a París en 1866. Su llegada a
la ciudad siguió el procedimiento clásico de los banqueros: Compró el Hotel Scribe,
adquirió un château en el campo que llenó de pinturas de maestros antiguos y a su
sobrino Henry lo emparentó por casamiento con la aristocracia inglesa.
En el año 1869, y con Nissim instalado ya en París, celebra una reunión con los
ministros Osmanlíes Sadik Effendi, Ministro de Economía, Daud Pasha, Ministro de
Avituallamiento, Charles Mallet, presidente en París del Banco Otomano, Casimir
Salvador, presidente del Crédit Mobilier y el famoso Baron de Hirsch. Los Camondo
jugaron un doble papel en el que representaban los intereses de su propia casa y los de
la Société Générale. El consorcio, dirigido por el Banco Otomano, tenía simpatías con
Sadik, y el poderoso Hirsch estaba con Daud Pasha haciendo una oferta contraria. Uno
de los temas más jugosos era el ferrocarril de Berlín a Constantinopla. Gracias a las
negociaciones de Nissim, el 11 de marzo de 1869 se firmó el acuerdo entre Mallet y
Sadik Effendi. Llevado por el éxito de la reunión, Nissim escribió: “¡Ahora es cuando
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todos esos caballeros tendrán que entender que a partir de este momento tendrán que
tratar con nosotros y con nadie más!”
Una vez en la cima del éxito, e imponiendo tipos de interés cada vez más altos, fueron
capaces de darse cuenta de que el impacto de sus triunfos acabaría destruyendo al
Dawlet Osmanli, condenado al colapso por el peso oneroso de la usura que habían
impuesto los banqueros. Habían sido tan bien tratados, les habían conferido honores y
privilegios sociales tan altos que incluso sus funerales eran casi de Estado —pero
quedarse allí para celebrar lo que iba a ser el funeral del Estado en sí no era su
intención. Al salir de Estambul no hubo el más mínimo atisbo de remordimiento, no
tenían la menor sensación de estar desarraigados o de ir al exilio, ni tampoco la menor
consciencia del hecho de que unos pocos Yalis llenos de banqueros habían sometido a
un Dawlet que todos los ejércitos de Europa jamás habían logrado vencer.
Instalados en París, comenzaron a actuar en la forma acostumbrada de los banqueros y
que se practica incluso en nuestros días. Los títulos honoríficos, el palco en la Opera, la
compra de pinturas extraordinarias, los châteaux, la gran casa en la ciudad. Durante el
agitado periodo de la derrota de Sedan y la Commune, Abraham y Nissim Camondo
corrieron a refugiarse a casa de sus amigos los Sassoons, los super-ricos ex-banqueros
de Bagdad, que eran tan expertos en “ser ingleses” como los Camondo lo serían en “ser
franceses”.
En 1860 un nuevo Quartier, parte del proyecto Haussmann de modernización de París,
comenzó a surgir junto al Parc Monceau. Un terreno de gran extensión fue cedido a
Emile Pereire. Muy pronto, lo imponente de las casas, algunas que ya existían y otras de
nueva construcción, comenzaron a atraer a los grandes banqueros. Los Rothschild, los
Cernuschi, los Menier. Tampoco iba a resistirse a esta atracción una de las familias más
distinguidas, los Camondo. Como ya es habitual, la guerra dio lugar a nuevas
81
inversiones y a cuantiosos beneficios. Tras el armisticio de 1871, el Estado francés tenía
que pagar a la ciudad de París doscientos millones por los gastos de la guerra, además
de los cinco mil millones exigidos por Alemania en concepto de indemnizaciones. La
Banque de Paris, Stern, Haber y Schnapper, en conjunción con el gobierno francés,
planearon la formación de un sindicato que impidiese a los Rothschild obtener la
exclusiva de la misión; el nuevo grupo formado recibiría el nombre de Groupe Paribas.
A partir de 1860, como ya hemos indicado, la formación de estos sindicatos sería un
hecho más normal y más beneficioso, combinando la banca privada, la banca pública,
las instituciones inversoras y los organismos de depósitos. Al final, y como siempre, las
guerras de los banqueros terminan con coaliciones alentadas por la codicia. El poder
sindicado de la banca de París surgió formado por los Rothschild, Crédit Lyonnaise, La
Banque de Paris et les Pays Bas y, a partir de 1872, I. Camondo et Cie.
El traslado a la casa del número 61, rue de Monceau, iba a ser testigo de los serios
comienzos de otra manía de los banqueros: coleccionar obras de arte. Era una obsesión
compartida por todos. El gusto exquisito y la habilidad de crear una “colección”
coherente, por mucho que se burlen los bocazas intelectuales anti-judíos, no pueden
ocultar el hecho de que absolutamente nada de lo coleccionado había sido creado por
ellos. Lo más que podían hacer era comprar, comprar y comprar. A la muerte de
Abraham, su colección sobrepasaba los cien cuadros. Nissim dejó sesenta. Además de
châteaux en Saint-Prix, Tanlay, Bellevue, Freschines, Brienne y Vernon-Bizy.
El esplendor en el que vivían los banqueros de París es indescriptible. El famoso poeta
judío, Heinrich Heine, al abandonar la suntuosa mansión de James de Rothschild, rue
Saint Florentin, declaró con acritud: “Es el Versalles de la plutocracia parisina”. A los
Camondo se les llamaba los Rothschild del Oriente. Su magnífica casa en la rue
Monceau iba a convertirse en algo absolutamente francés, antológico, una recreación
completa de la grandeza francesa del siglo dieciocho en la que la única evidencia de
82
pertenecer a la familia Camondo era el nombre del edificio.
Es necesario manifestar con firmeza, dado que aún se sigue propagando la leyenda, que
la idea de que el Museo Camondo es una especie de logro insuperable y un regalo
extraordinario otorgado a Francia por unos ascetas generosos es absolutamente
grotesca. Cada uno de las objetos contenidos en el Museo Camondo es producto del
genio francés y han sido producidos en la era de su mayor grandeza, el periodo que
abarca desde Luis XIII a Luis XVI. Todos estos objetos eran propiedad de los franceses.
La Revolución, las guerras y las terribles convulsiones del capitalismo bancario arrebató
esos productos a sus propietarios, arrojó a éstos a la calle o al exilio, expropió sus
palacios y, en el mejor de los casos, vendió en las subastas de los banqueros lo que aún
no había sido arrebatado de sus manos y de sus casas. En una visita al Museo
Camondo, un miembro de la familia Beaumont, decanos de la aristocracia francesa, hizo
el siguiente comentario: “¡Pero estas cosas pertenecían a gente conocida!” El abismo que
se abrió entre la aristocracia francesa y la élite bancaria judía jamás pudo ser superado
porque toda la nobleza era consciente de que conforme disminuían sus fortunas, las de
los otros alcanzaban cotas jamás imaginadas.
Nissim de Camondo, nieto del Nissim de Constantinopla e hijo de Moïse, el
coleccionista obsesivo y “experto” en el arte francés del siglo dieciocho, murió en la
guerra de 1914-18, al igual que otros hijos de la élite bancaria. Pero ni siquiera este
hecho sirvió para atenuar el desdén con el que la Duchesse de la Rochefoucauld,
descendiente del famoso autor de las Máximas, comentaba que su sacrificio había sido
totalmente apropiado: “Rien d’etonnant, car c’est une guerre d’usure!” ¡En francés, la
palabra para el desgaste y la usura es la misma!
A diferencia de las otras grandes familias, los Camondo tuvieron pocos hijos y pronto
abandonaron las prácticas bancarias. En este sentido, desde Moïse hasta el fin de la línea
83
familiar no pueden ser considerados o juzgados como miembros de la élite bancaria.
Dentro de esa fraternidad, e incluso en los interminables conflictos financieros, eran
intocables y estaban protegidos. Una vez abandonado el terreno financiero, los
Camondo se convirtieron en una más entre las ricas familias judías. Y así fue cómo, de
forma inevitable y a mediados del siglo veinte, la terrible y reprimida energía
demoníaca del Nazismo cayó sobre los restos indefensos e inocentes de la, en su día,
gran familia Camondo. Beatrice, la última de la línea familiar, junto con sus jóvenes hijo
e hija, ambos en la veintena, fueron detenidos por la Gestapo y llevados a morir, junto
con millones de otras personas, a los campos de concentración de Polonia.
84
—VII—
Nuestra investigación ha demostrado que los banqueros representan el súmmum de un
sistema de usura unificado, y también que este sistema engloba a los productores del
petróleo, los productores de bienes de alto coste y las multinacionales, entre las que hay
que incluir a la industria alimenticia que
impulsada por la codicia, extiende sus
tentáculos hacia las plantas tropicales que aún sobreviven en las profundidades de los
restos que aún quedan de los bosques Amazónicos. Una inevitable interdependencia
mantiene conectada a la banca en todos los procesos comerciales, si es que se puede
considerar normal una forma de comercio supeditada a las actividades y estructuras
valorativas de los magnates de los medios de comunicación, los mercaderes, los que
comercian en los mercados de futuros y los que comercian con las divisas. Estos últimos
se ocultan hoy tras el nombre de “especuladores” como si quisieran sugerir que no
forman parte de esta diabólica alianza. Hemos identificado también el hecho de que esta
élite bancaria, dirigida y controlada por familias de origen judío, es al mismo tiempo y
en parte responsable del despreciable genocidio perpetrado contra su propia gente. En
nuestros días es de sobra sabido que no fue sólo el banquero de Hitler, Schacht, sino que
también fueron los principales banqueros de origen judío de Wall Street quienes
ayudaron a financiar el Partido Nacional Socialista. Como vimos en el caso de la figura
arquetípica de Zaharoff, no hay nada más irresistible para un banquero que una buena
guerra, y el surgimiento de los Nazis presagiaba un inevitable programa de rearme a
gran escala.
A pesar de la evidencia de los hechos, existe un proceso metódico y sumamente
sofisticado que sirve para desviar un posible examen crítico e inteligente del sistema
85
bancario. Por las razones que ya hemos indicado, el primer muro de protección consiste
en acusar de antisemita a todo aquel que cuestiona a los banqueros; esta acusación, a la
luz de lo que acabamos de establecer, es ciertamente absurda, ya que los banqueros son
en parte los autores de la tragedia que padecieron esas gentes. Para evitar que alguien
desenmascare la terrible traición cometida contra su propia gente, se ha preferido elevar
a Hitler a una posición ontológicamente insostenible en la que se le hace aparecer como
una especie de encarnación del Mal Absoluto. Hannah Arendt, la filósofa judía, hizo su
conocido análisis sobre la psicología del exterminador y llegó a la conclusión de que la
cualidad esencial era lo que ella definía como “la banalidad del mal”. Esta banalidad se
pretende negar con el espantoso culto a los muertos organizado en torno a las víctimas
y donde el sufrimiento judío se presenta como algo único e incluso superior al
experimentado por las decenas de millones matados en los Gulags —toda una nación
de muertos cuya eliminación sólo se puede atribuir a las mismas y enormes
contradicciones de la sociedad capitalista cuyo instrumento político ha poseído en cada
caso un carácter estructuralista, democrático y constitucional. Este dilema y esta trampa
tendrán que ser confrontados tarde o temprano por los pensadores de las comunidades
judías, y la presencia de un importante liderazgo judío en el movimiento ecológista y en
el movimiento anti-globalización americano indican que este debate ya ha comenzado.
La segunda protección contra el análisis crítico es igualmente escandalosa. Dado que,
como hemos visto en detalle, la llamada dialéctica democrática se basa en el
antagonismo entre la Izquierda y la Derecha, el más mínimo vestigio de cordura en
ambos grupos serviría para descubrir el siniestro papel que juegan los usureros. Los
primeros pensadores de izquierdas, como Proudhon y Bakunin, no tenían la menor
duda a este respecto; sin embargo, el discurso socialista fue desviado de su curso
mediante una serie de ataques malintencionados y llenos de calumnias cuyo
protagonista fue un Karl Marx a sueldo de los Rothschild. Así fue como se preparó el
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engaño más trágico del siglo veinte: la mítica idea de que la dictadura del proletariado
sería capaz de derrocar a la élite capitalista; los desastrosos resultados son por todos
conocidos. La Derecha, en su pervertida versión de la doctrina socialista —es decir,
trabajando en un marco que negaba a los padres fundadores, Bakunin y Proudhon,
además del macabro racismo que surgió en Alemania— utilizaba también un discurso
minoritario que se centraba en las prácticas de la usura. A pesar de los estudios útiles y
genuinos sobre las contradicciones presentes en la banca y el papel moneda, cometieron
el peligroso error de malinterpretar la importancia innegable de la masonería y la
inquietante identidad de las instituciones políticas supranacionales. Al abandonar la
razón, cayeron en la filosofía de la conspiración mundial. Lamentablemente, lo que ha
llegado a llamarse Teoría de la Conspiración puede ser identificado claramente como la
politización de la paranoia personal. El resultado es que todo el que diga que existe una
conspiración mundial será tachado de inmediato de estar loco de remate. Y así es como
los círculos de cerebros al servicio de los financieros han desactivado, de forma
brillante, los ataques críticos en contra del sistema bancario: simplemente gritando
“¡Teoría de la Conspiración!”
Lo que se propone en este texto no es anti-judío ni tampoco es una aplicación de la
teoría de la conspiración. El análisis aquí contenido es obra de un musulmán y está
expuesto siguiendo la luz de la revelación Coránica y la gloria de la Sunna del
Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, y la ‘Iÿma de la comunidad islámica
durante el periodo califal.
Una nueva y moderna dimensión de la evolución de la banca es la relación que se da
entre la banca mundial y la industria ilegal de la droga. A pesar de saber que las drogas
duras matan menos gente que el alcohol y el tabaco, y a pesar de que es sabido que
estas muertes dependen en gran medida de la adulteración que se hace del producto
por causa de las presiones comerciales, los gobernantes democráticos persisten en
87
declarar su ilegitimidad a pesar de haberse probado que si estas mismas drogas
estuvieran libres de las valoraciones mercantiles el resultado sería la venta de artículos
no adulterados y la casi completa eliminación de las muertes causadas por los aditivos
químicos. La industria de la droga ocupa, junto a la de las armas, el primer lugar en la
producción de riqueza del sistema kafir. Por esto, una vez más, y ayudados por sus bien
pagados expertos en relaciones públicas, los banqueros han inventado una terminología
financiera con la que se quiere sugerir que su participación en la industria de la droga es
absolutamente inocente y se debe únicamente a las astutas artimañas de los productores
de las mismas. El término que han inventado es el “blanqueo de dinero”. Decir esto
supone una doble ironía porque se sugiere temerariamente que el resto del sistema
monetario está limpio y libre de mancha alguna. Es absolutamente imposible concebir
que en los bancos del mundo se pueda guardar, administrar, transferir e invertir la
riqueza de los barones de la droga estando al mismo tiempo sumidos en un estado de
total ignorancia. Igualmente insostenible es pensar que los miles de millones generados
por este comercio tan destructivo, socialmente hablando, permanecen fuera del sistema
bancario guardados en bolsas de papel marrón bajo los colchones de las camas de los
jefes de los cárteles de la droga.
La prensa kafir ha hablado más de una vez de los cuatrocientos individuos que poseen
casi la mitad de la riqueza mundial; no es una mera fantasía de la oposición. El hecho
preocupante es que, a pesar de controlar el destino de la población mundial e incluso
del mismo planeta, esta gente es prácticamente desconocida. No obstante, y en fechas
muy recientes, el velo se ha alzado unos instantes para permitirnos contemplar una de
estas desvergonzadas y odiosas personas. Así pues, rechinemos los dientes y fijemos
nuestra atención sobre un solo individuo de esta cohorte repugnante, ahora felizmente
muerto.
De no haber sido por su muerte y las extrañas circunstancias de su fallecimiento,
88
seguiríamos ignorando la existencia de este personaje. A las 5 de la tarde del viernes 3
de Diciembre de 1999 se hizo público que dos intrusos enmascarados habían penetrado
en el lujoso ático que el multimillonario banquero, Edmond Safra, tenía en Mónaco. Se
inició un fuego en el apartamento que no se pudo controlar, el aterrorizado banquero
huyó hacia el cuarto de baño en compañía de su enfermero y cerró la puerta de
seguridad reforzada de acero. A pesar de que su esposa le dijo por el teléfono móvil que
ya no había peligro alguno, el banquero parecía estar demasiado asustado como para
salir y tanto él como el enfermero que lo acompañaba murieron a consecuencia del
humo inhalado. El ático del elegante edificio de seis pisos estilo belle époque que, dicho
sea de paso albergaba tres bancos, quedó seriamente dañado por el incendio. Poco
tiempo después la historia de los intrusos enmascarados fue remplazada por una nueva
versión en la que se afirmaba que el fuego había sido provocado desde dentro por su
enfermero judío, Ted Maher. La nueva historia comenzó a ser puesta en entredicho
conforme los medios de comunicación investigaban lo ocurrido. Aparecieron con
rapidez nuevas pruebas que mostraban que Safra estaba siendo investigado por sus
conexiones con la operación de la Irán-Contra. Posteriores alegaciones decían que
estaba profundamente involucrado en el control de los fondos de la mafia rusa. Luego
apareció un libro titulado “Vendetta” escrito por Bryan Burrough que narraba de forma
dramática el desarrollo de un feroz conflicto entre Safra y el poderoso sector bancario
americano de la American Express. Se publicaron extractos del libro que de repente dejó
de publicarse y fue imposible conseguir. El cadáver que ocupaba el centro de este
frenesí de rumores y noticias resultó ser el de uno de los ciudadanos más ricos del
mundo. Pero antes de este escándalo nadie había oído hablar de él. Y sin embargo, era
el propietario del Trade Development Bank of Switzerland, que había vendido a
American Express en 1983. Poseía también el Republic National Bank of New York, los
Bancos Safra (Florida, Nueva York y California), el Banque de Crédit Nationale, S.A.I.
(Beirut, Líbano), el Banco Safra, S.A. de Brasil, Sabon S.A. de Panamá, Concord Trust
89
Ltd. en Londres, además de otros muchos bancos en todo el mundo. Safra había nacido
en Líbano y, conforme al perfil que hemos descrito, se definía a sí mismo como
banquero y filántropo. A la hora de su muerte, ocurrida a la edad de sesenta y siete
años, estaba supervisando la venta del Republic National y sus filiales Safra Republic
Holdings a la compañía inglesa HSBC Holdings por la cantidad de nueve mil
ochocientos cincuenta millones de dólares. La venta tuvo lugar, generando para los
herederos de Safra unos beneficios de dos mil ochocientos millones de dólares. Su jefe
de seguridad, Shmule Cohen, llegó demasiado tarde al apartamento para rescatar a un
Safra que había reclutado un pequeño ejército de guardias de seguridad formado por
veteranos de las unidades especiales del ejército israelí. Su perfil como banquero es
totalmente clásico, con la serie usual de mansiones de lujo, villas y apartamentos
esparcidos por todo el mundo. Su villa “La Leopolda” que había pertenecido al Rey
Leopoldo de Bélgica, de ahí ese nombre tan vulgar, había sido el escenario donde se
celebraban esas repugnantes fiestas llenas de famosos que forman el marco en el que les
gusta aparecer a los banqueros para mezclarse con las estrellas de los medios de
comunicación y los magnates. Un reportaje de la prensa sumamente poético sobre la
muerte de Safra, informaba a sus crédulos lectores que su riqueza la había obtenido en
el Líbano ¡ayudando a financiar las caravanas del desierto! ¿Hasta cuándo seguirá la
gente sumida en la ingenuidad y la ignorancia más absolutas cuando contempla a
aquellos que nada tuvieron, a no ser una serie de engaños despiadados, manipulaciones
y oscuros pactos que les han llevado a perpetrar con éxito ese robo gigantesco que les
produce un enorme capital que se cuenta en miles de millones y que fue adquirido
reduciendo a las masas del planeta a una gran nación de deudores, la raza humana, una
situación de la que sólo se libran unos pocos cientos de criminales?
Debe añadirse a este análisis una nota final de tono político con la que ayudar a
desenmascarar y definir a estos enemigos de la humanidad y más concretamente, de los
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musulmanes. Se ha demostrado que una de las características de la Democracia es el
establecimiento de una sociedad que, de estar basada en la posesión de la tierra pasa
ahora a estarlo en la del dinero. Una vez más, el término periodístico tan en boga,
“aristocracia bancaria”, es un nuevo engaño que no oculta la evidencia de que gracias a
sus crímenes han conseguido importantes territorios. La filosofía política del Estado
moderno, esto es, los EE.UU. y la Comunidad Europea, anatemiza toda forma de
elitismo, ya que la formación de una élite significaría el regreso al sistema de poder que
oprimió antaño a un Pueblo, ahora tan gloriosamente liberado. Así pues, y tras la
acusación de antisemitismo, la peor denuncia es ser tachado de elitista. La razón del uso
vejatorio de estos dos términos es poner a salvo a los banqueros de toda posible
detección. En Inglaterra, el gobierno socialista puso fin a todo un marco social dotado
de una rica cultura y de un legado vivo. La así llamada Madre de los Parlamentos
sobrevivió durante siglos con un sistema bicameral: la Cámara de los Comunes que es
la que gobierna y la Cámara de Los Lores que es la cámara que revisa y da consejo.
Desde el punto de vista cultural, la Cámara de los Lores seguía siendo la voz autorizada
en una sociedad basada en la tierra. La razón que propició la abolición de la segunda
cámara fue que los Demócratas declararon que era un escándalo que alguien siguiera
gobernando por meras razones hereditarias. Al ser éste el principio transgresor —y no
el historial político de los Lores— y dado que esos mismos Lores habían sido llevados a
la bancarrota casi total, o al menos a la penuria, no les quedaba otra cosa que ofrecer al
país excepto el posible talento genético que tuvieran. Habían sido humillados con toda
una serie de leyes impositivas sobre herencias e impuestos sobre sucesiones. Ni que
decir tiene que este tipo de menosprecio o descenso social jamás fue impuesto a las
familias de los banqueros. Estos últimos forman una élite que ya en el siglo pasado y en
pleno camino hacia el poder empezaron a emparentarse por matrimonio con la antigua
aristocracia. Hoy en día, por supuesto, tal y como hacían los barones terratenientes de
antaño ya se casan entre ellos. Las grandes familias bancarias de Europa y América
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ostentan árboles genealógicos que más bien son cartografías detalladas de la riqueza
mundial. En fechas recientes los Rothschild encargaron una serie de miniaturas con las
que representar el elevado número de palacios que han poseído, y aún poseen, por toda
Europa desde su bien documentado ascenso al poder.
Con esto hemos llegado al momento de examinar la situación actual a la luz del Noble
Corán, la guía de los muminun.
92
—VIII—
Es una necesidad apremiante el que los kuffar comprendan que ni siquiera con la crítica
más acertada de los procesos sociales y económicos serán capaces de librarnos de la
esclavitud que padecemos. La diferencia categórica entre los kuffar y los muminun es que
los primeros se consideran ajenos al patrón de los sucesos predestinados y los segundos
reconocen que están bajo el dominio absoluto del poder de Allah, glorificado sea, de
Quien no hay escapatoria posible. Sólo lograrán la victoria aquellos que logren
desembarazarse de la destructiva mentira del humanismo y lleguen al Iman —el
reconocimiento del señorío del Creador Divino, Señor del Día de la Rendición de
Cuentas de toda la humanidad, y de Su Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda
paz, el portador de la ley. La lección de los dos últimos siglos es que si se deja a la
humanidad en manos de su propia invención, la Democracia, pasa de ser una masa
anónima a un hombre que dice representarla, un dictador y un destructor que provoca
el genocidio de su propia gente. Los líderes de las democracias no son diferentes a los
dictadores más conocidos. El “Gobierno del Pueblo, para el Pueblo y por el Pueblo”
significa las masacres perpetradas en Vietnam y en Corea. La Democracia en Europa es
la destrucción total de una nación en los eriales de la “Operación Desierto”, y la
masacre consecuente de niños e inválidos en los hospitales iraquíes. La Democracia dio
a Sudáfrica tres cosas aún peores que el vergonzoso Apartheid: asegurar que el oro
siguiera en las manos de la élite usurera, convertir a Johannesburgo en la capital
mundial del crimen y conseguir destacar en una de las estadísticas más lastimosas: una
violación cada treinta segundos a lo largo y ancho de todo el país.
El mero hecho de resistirse, si fuera este el caso, es inmediatamente calificado de
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terrorismo y ahora ya está en marcha un plan de acción a escala mundial dispuesto para
aplastarlo. El enemigo del ciudadano del mundo de hoy es su propio hermano. La
policía se ha transformado en un instrumento de control total. Los ejércitos sólo cargan,
como en el caso de Turquía, contra su propio pueblo. En Seattle, ¿sobre qué enemigo
disparó la Guardia Nacional? Contra los ciudadanos de Seattle. Lo único que diferencia
a un policía de sus hermanos y hermanas es el Equipo Especial Anti-disturbios, con
armadura negra y de aspecto medieval. Sería una locura luchar contra ellos y sus balas
de goma, sus escudos, sus gases lacrimógenos y esos siniestros uniformes diseñados
para aterrorizar —a no ser que se les haga cara con trajes idénticos y con la misma
tecnología.
Dado que el terrorismo ha sido dialécticamente prediseñado para el fracaso, ¿qué se
puede hacer? Los banqueros dicen: “Sigue soñando, hay una posibilidad entre diez o
quizás de cien millones contra una de hacerte rico con la lotería. Elevaremos a unos
pocos de vosotros y conseguiréis una gran riqueza porque tenéis la capacidad de
distraer a las masas, aunque sólo sea por poco tiempo, de nuestro robo continuado de
sus bienes y riquezas. Estrella de cine, jugador de fútbol, músico pop, nosotros os
recompensaremos e incluso puede que os dejemos pedir que liberemos a un miserable y
arruinado país de la carga que representa un año de su deuda. ¿No somos acaso
filántropos? Seguid soñando. Nuestros amigos de los medios de comunicación han
poblado vuestra imaginación de dinosaurios, criaturas de otros planetas y un mundo
lleno de fama y de riqueza al que adorar y contemplar.
Curzio Malaparte dijo: “...Y entonces él me preguntó por qué el pueblo italiano no había
hecho una revolución para derrocar a Mussolini antes de la Guerra. Contesté: ‘Para no
molestar a Roosevelt y a Churchill que antes de la Guerra eran grandes amigos de
Mussolini’ ‘¡Qué curioso!’ dijeron todos mirándome asombrados. Luego me preguntó
qué era un Estado totalitario. Contesté: ‘Es un Estado en el que lo que no está prohibido
94
es obligatorio’ ‘¡Qué curioso!’ dijeron todos mirándome asombrados”.
¿Cómo podemos actuar?
En cada caso, vé hacia el opuesto y el éxito está asegurado.
La esclavitud de la humanidad se ha hecho en el nombre del Hombre.
La liberación de la humanidad se hará en el nombre de Allah.
La licencia para matar con el campo de concentración, el Gulag, o en el nombre del
mantenimiento de la paz está contenida en la falsa Escritura, la Constitución.
El permiso para luchar y matar a los kuffar está contenido en el Libro revelado, el Corán.
Las leyes hechas por el hombre empobrecen y esclavizan.
Las leyes de Allah y del Mensajero enriquecen y liberan.
Humanismo: el destructor de las civilizaciones.
Islam: el creador de civilizaciones.
Democracia: En el nombre de la humanidad, la inmisericorde, la incompasiva.
Islam: En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo.
En la Azora Al-Maida del Noble Corán, Allah ordena y guía:
“¡Vosotros que creéis! No toméis por amigos aliados
a los judíos ni a los cristianos; son amigos aliados unos de otros.
Quien los tome por amigos aliados será uno de ellos.
Es cierto que Allah no guía a los injustos.
Ves cómo los que tienen una enfermedad en el corazón
van hacia ellos corriendo y dicen:
Tememos que la suerte nos sea adversa.
Pero puede ser que Allah te traiga la victoria o una orden Suya
y entonces tengan que arrepentirse de lo que guardaron
secretamente en sus corazones”. (5: 51-52)
95
Los kuffar creen que pueden reescribir nuestro Din; tienen incluso la arrogancia de
pretender decirnos cómo es, según su propia versión, para así obligarnos a hacer lo que
ellos desean. Pero no podrán conseguirlo, porque la comunidad musulmana siempre
volverá a sus fuentes verdaderas, el Último Mensaje Divino a los muminun, y el último
Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz. Este camino escogido por Él es el que
nos ha de llevar a la restauración de la cordura y la justicia.
Allah establece las condiciones del éxito:
“Realmente vuestro aliado es Allah, y Su Mensajero,
y lo son los creyentes,los que establecen el salat,
entregan el zakat y se inclinan.
Y quien toma por aliado a Allah, a Su Mensajero y a los que creen...
Los del partido de Allah serán los vencedores.
¡Vosotros que creéis! No toméis como aliados
a aquellos de los que recibieron el Libro antes que vosotros
y de los incrédulos que tomen vuestra Práctica de Adoración a burla y juego.
Y temed a Allah, si sois creyentes”. (5: 57-59
Las aleyas citadas evidencian que debe hacerse una distinción clara entre los kuffar y los
muminun. El Mensajero, a quien Allah bendiga y conceda paz, dijo: “Kufr es un único
sistema”. Nuestro análisis de las relaciones entre la Democracia y la banca, entre las
aparentemente separadas áreas de comercio, las inversiones, los medios de
comunicación de masas y los proyectos tecnológicos, confirman la sabiduría contenida
en esta declaración. Los kuffar han unificado todas y cada una de las estructuras sociales
mediante el persuasivo método de poner un precio a cada cosa. En todo el mundo la
gente se ha sometido con total pasividad al injusto e inaceptable Impuesto sobre el
Valor Añadido que se paga en cada compra efectuada. Esto se ha convertido en uno de
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los flujos arteriales de dinero en el corazón de la banca. Debe ser abolido. Mientras
usemos su falsa moneda estamos alimentando al dragón. Toda transacción libre de
impuestos injustos es aceptable en la ley islámica. Toda transacción en la que se utilice
el oro y la plata pone de manifiesto la agonía de la bestia. El Dinar Islámico en manos
del mumin es el arma de su éxito. En él está estampada la autoridad del ‘Amr. La
conexión entre el ‘Amr, el Emir local y el Califato central, restaura el gobierno personal
tras la degradación de la política democrática. La forma de gobierno islámica no
consiste en un poder ejecutivo que legisla y un poder judicial que recibe órdenes del
ejecutivo, por mucho que éste pretenda mantener su libertad. A pesar de que el Califato
está basado en el gobierno personal es lo opuesto a la dictadura. Rodeando al Califa está
un grupo colegiado que ordena y vigila el cumplimiento de las órdenes. El cuerpo
ejecutivo está remplazado por el cuerpo consultivo. El Shaij Al-Islam supervisa y elige a
los Qadis, enviándolos a sus destinos respectivos. El Visir ordena y vigila el
cumplimiento de las órdenes en todo el nexo social, tanto en tiempos de guerra como de
paz. Los militares están vinculados a la autoridad por la Sunna del Bayat que actúa como
garantía de lealtad y cohesión interna. La obligación del ÿihad en las fronteras, presente
en la política islámica, es la forma preventiva con la que se asegura que la gente estará a
salvo de las espantosas guerras de aniquilación del ciudadano contra el ciudadano que
toman la forma de tormentas cíclicas y genocidas, práctica compulsiva de la sociedad
capitalista kafir. Cada nueva noticia, por simple que sea, oída por el kafir inteligente le
servirá de inspiración para pasar al otro lado y abandonar las legiones de la oscuridad
capitalista. ¿Quién no desea poner fin a la inflación, a los supermercados y la
eliminación de esa gente abominable que hace alarde de ser nuestros amos, algo que
han conseguido sin el sudor de un solo día de trabajo? ¿Quién es capaz de no desear
que se ponga fin a las masacres urbanas, al secuestro y la profanación de la infancia y la,
ahora casi institucionalizada, aceptación de la violación? ¿Quién no es capaz de ver que
la forma indiscriminada de poner juntos en el nexo social a ambos sexos ha degradado a
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la mujer obligándola a una especie de prostitución permitida que, según la propaganda
al uso, representa su libertad?
Uno de los actos iniciales de esta nueva fuerza que está revitalizando a los musulmanes
es el abandono definitivo de la mentira que vino del Egipto de los banqueros y de los
‘ulama traidores que permitieron lo haram. La mentira fue afirmar que el concepto
coránico “Gente del Libro” significa unir judíos, cristianos y musulmanes en una
especie de caldo ecuménico. Por supuesto que es una amarga mentira. Tal y como están
las cosas, la unión de los judíos y los cristianos es la que nos ha conducido a esta
situación desastrosa. Los judíos, exceptuando una pequeña minoría, han abandonado
su religión y, tal y como hicieron antaño, se han entregado a la adoración del becerro de
oro en sus ciudades sagradas, Las Vegas y Hollywood. Los cristianos ya no creen en
nada. Su destrucción económica a manos de los banqueros era lo más apropiado
después de su complaciente colaboración en el genocidio. Un análisis más profundo
revela que su teología, que jamás pudo recuperarse de la crítica racional que hizo la
Reforma, se ha visto reducida al circo mediático de reuniones multitudinarias de gente
sin cultura y en el culto al Papa. Sin el poder y la furia de la Inquisición y sus técnicas de
tortura, es de todo punto imposible convencer a millones de personas de que el rito
central de su religión implica participar en la antropofagia cotidiana de la Misa. Esta
incesante ingestión ritual de carne cruda y sangre (¿o están cocinadas?) es de por sí un
hecho repulsivo, pero cuando este rito se convierte en la garantía de redención de una
vida pecadora, el intelecto debe protestar. No hay manera de que el Islam pueda unirse
a estas religiones en ruinas; lo único que puede hacer es amonestarlos y llamarlos a que
abandonen sus desviaciones de la Verdad y tomen conciencia de la calamidad que han
traído al planeta. En la Azora At-Tawba, Allah declara:
“Él es Quien envió a Su Mensajero
con la guía y la práctica de adoración verdadera
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para hacerla prevalecer sobre todas las demás formas de adoración
aunque les repugne a los incrédulos”. (9: 33)
Esto es lo que vamos a hacer.
Cuando contemplamos el mundo en que vivimos, lo que vemos es una serie de
imágenes, aparentemente interminable, que muestran la pobreza infantil, la
prostitución y la degradación. El más afortunado de estos niños trabaja como un esclavo
para permitir que la élite kafir de Europa y América pueda utilizar ciertos zapatos
especialmente diseñados para correr y eliminar el exceso de grasa causado por su
codicia sin límites. Seguimos mirando y vemos al continente de Africa lleno de
cadáveres vivientes, con sus gentes condenadas a vivir dentro de las antiguas y
arbitrarias fronteras de los imperialistas sin poder volver a sus lindes étnicas y
racionales que acabarían con las oleadas recurrentes que provocan las masacres
actuales. Vemos a Sudáfrica que, en su lucha contra el apartheid, promulgó una Carta
por la Libertad en la que se prometía expropiar la riqueza del oro y los diamantes para
hacerlos propiedad del Pueblo. Pero después, una vez que sus líderes aceptaron
eliminar las cláusulas ofensivas que hablaban de la expropiación, se les permitió
gobernar el país con las inútiles y esclavizantes herramientas de la Democracia, lo que
ha llevado a una situación de injusticia mayor que el crimen racial que habían confiado
erradicar. Volvemos la mirada y nos encontramos con el dilema de la fortaleza
capitalista desde la que se domina esta situación, EE.UU y la C.E. Crímenes imposibles
de encontrar en Shakespeare, Goethe o Lope de Vega. Oleadas de asesinos de niños
condenados a cortas sentencias de prisión de las que pronto salen para repetir su
crimen. Alumnos de escuelas de clase media armados hasta los dientes que disparan
sobre sus compañeros de clase y repiten la misma carnicería que ven una y otra vez en
las pantallas de sus televisores mientras los padres trabajan en los bancos. No es posible
fijar la vista en ningún lugar sin ver que todo va de mal en peor y lanzado hacia un
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final nihilista e irremediable.
Allah dice: “Pero no te entristezcas por la gente injusta”. (5: 68)
Aquello a lo que nos enfrentamos es unl sistema de finanzas usurero que todo lo
impregna, que controla todos los aspectos de la vida y evalúa, o mejor sería decir,
devalúa todo lo que existe. La naturaleza envolvente de este tejido encadenado es lo
que infunde la sensación de impotencia a la gente que no es musulmana, y a aquéllos
musulmanes a los que no se les ha enseñado su Din correctamente. Otro hecho evidente
es que si se desgarra una parte de la estructura reticular del tejido, éste se vuelve a
recomponer siguiendo nuevos circuitos. Bonnie y Clyde no destruyeron el sistema
bancario. Y por supuesto que, en el mundo de nuestros días, asaltar un banco es un
hecho bastante inútil dado que el dinero del mundo sólo existe ya en la forma de
impulsos electrónicos. En lo que respecta a la posibilidad de liberarse de este sistema
financiero mágico y fantástico, recordemos que uno de sus sumos sacerdotes, Zaharoff,
con ese temperamento cínico y suicida característico del banquero, nos mostró el
camino a seguir. No lo uséis. Si no lo usas estás a salvo. No es más que una fantasía
poblada de imágenes. No es una realidad. Ni siquiera es una realidad virtual. Es la luz
estroboscópica que con sólo mirarla produce un ataque al epiléptico. Hay cientos de
grupos kuffar en el mundo que están creando monedas alternativas, pero al faltarles la
luz y la sabiduría del Islam, se limitan a la mera sustitución de una muestra simbólica y
sin valor por otra de las mismas características. No debemos permitir que tenga éxito la
carrera de los banqueros por abandonar el dólar, y por lógica inexorable, cualquier
moneda única mundial; lo que buscan es sustituir el pseudo-dinero que hoy manejamos
por meros datos electrónicos cuya función será la de medir el nivel de endeudamiento
de la criatura humana.
A pesar de todo ésto, los musulmanes tenemos que mirar más allá de la magia faraónica
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del detestable sistema único mundial cuya retórica oculta su verdadero propósito:
Establecer un sistema de control a través de un Banco Único. Nada de esto sería posible
a no ser por los banqueros y su élite colaboradora. Son los banqueros los que deben ser
considerados enemigos de la comunidad musulmana y de aquéllos que sin ser
musulmanes se verían beneficiados de nuestra protección mediante el pago de la ÿizia.
Nosotros, los musulmanes, y nuestros dhimmis protegidos, nos alzamos en contra del
enemigo nombrado por Allah, glorificado sea, en el Corán: los kuffar.
El gran Malaparte descubrió que: “El problema de la conquista y derrota del Estado no
es político sino técnico. El arte de la defensa del Estado está determinado por los
mismos principios que determinan la conquista del Estado; las circunstancias que
propician el Coup d’Etat no son necesariamente de naturaleza política o social, ni
tampoco dependen de la situación general del país”. Hoy en día el Banco es el Estado y
el aparato estatal es su sistema policial. Las condiciones que propician un “Coup de
Banque” no son políticas ni sociales, son espirituales. Los signos que anunciarán el
Coup de Banque no serán ni una crisis política que tenga lugar en la cárcel dialéctica
que encierra a los ya demasiado conocidos políticos y su costoso teatro; ni tampoco lo
serán por una crisis social de las que suelen sufrir las masas a causa de los caprichos de
las recesiones e inflaciones cíclicas. Vendrá más bien por las acciones de los muminun
que buscan agradar a Allah al renunciar a lo que Él ha prohibido y seguir lo que Él ha
ordenado. Pero antes de que esto ocurra serán tentados por los banqueros, a través de
agentes provocadores, a seguir el camino del terrorismo confiando en hacerles caer de
nuevo en su trampa. Se les ofrecerá “ser miembros” con grandes recompensas, un
“super-banco islámico”, un imperio mediático islámico a gran escala, pero que volverá
a repetir lo que hicieron a Fetulah Gülen en Turquía.
El Coup de Banque no será resultado del poder de nuestras acciones sino que éstas se
limitarán a iniciar un acontecimiento que pertenece por entero a Allah. Lo imprevisto,
101
lo imprevisible; estas dos dimensiones de la realidad forman parte del arsenal de Allah.
Allah declara:
“Y maquinaron, pero Allah también maquinó
y Allah es el que mejor maquina”. (3: 54)
Las aleyas luminosas del Corán que abrirán las cárceles de la usura mundial para
permitir que los musulmanes se encaminen hacia la grandiosa victoria prometida,
dicen:
“¡Vosotros los que creéis! Temed a Allah
y renunciad a cualquier beneficio de usura que os quede si sois creyentes.
Y si no lo hacéis, sabed que Allah y Su Mensajero os han declarado la guerra.
Pero si os volvéis atrás, conservaréis vuestro capital.
Y no seréis injustos ni se os hará injusticia”. (2: 278-279)
La guerra “declarada por Allah” indica, como ya hemos dicho antes, que los usureros
no pueden evitar lo ineludible de los sucesos predestinados en los que están atrapados
sin remedio. “Y (por) Su Mensajero” significa que el poder otorgado a los que le
obedecen y siguen su Sunna y la shari’ah serán los instrumentos activos de esta
inevitable y absoluta victoria del Islam. Este nuevo despertar y esta revitalización del
Din ya ha comenzado y se reconoce en la comunidad musulmana revitalizada que está
surgiendo de los sombríos desiertos del wahabismo para entrar en el jardín del amor
apasionado y enaltecedor hacia nuestro amado Mensajero, a quien Allah bendiga y
conceda paz. Ahora sabemos lo que tenemos que hacer. Y ya hemos empezado a
hacerlo. La ghaliba ila’llah. ¡No hay vencedor excepto Allah!
*****
102
—APENDICE—
Extracto del Sunday Telegraph, 30 de Enero del 2000:
“...Lord Rothschild, presidente del famoso clan de banqueros y, hasta hace
sólo dos años, presidente del Heritage Lottery Fund...
...El estilo de Jacob Rothschild es de una languidez atractiva para una hombre
tan activo. Su complexión desgarbada, arropada en un impecable traje a
medida, está al abrigo de un imponente escritorio de caoba maciza adornado
con cabezas de leones. Montones de papeles y objetos antiguos se amontonan
sobre la mesa; estanterías con columnas corintias y bustos de mármol que
descansan sobre pedestales completan el ambiente patricio. En verdad que el
lugar se parece más al estudio de un caballero del siglo diecinueve que al
frenético lugar de trabajo de un astuto financiero.
Los visitantes no se deben dejar engañar: el intelecto de Lord Rothschild es tan
agudo como las puntas de las cinco flechas presentes en el escudo de armas de
la dinastía banquera. “La mitad de mis genes son de procedencia inglesa,
Bloomsbury, ya que mi abuela Mary Hutchinson era mitad Strachey y mitad
Rothschild” dice en su tono cansino habitual. “Es una dicotomía, pero lo
encuentro divertido. Tengo dos intereses: uno es la vida económica y el otro es
el mundo del arte”.
Lord Rothschild comenzó a dejar su huella en el mundo del arte en el año 1985, fecha en
la que se convirtió en presidente de la National Gallery, justo cuando el ala Sainsbury
estaba en construcción. Al igual que sus ancestros, tiene la firme determinación de
continuar la tradición Rothschild en lo que respecta a la filantropía artística y el
coleccionismo de obras de arte. “Nosotros (los Rothschild) no siempre hemos actuado
así” comenta. “Me refiero a que a principios del siglo diecinueve todavía vivíamos en el
103
gueto. Pero cuando mis abuelos se hicieron ricos el interés público se convirtió en una
de sus prioridades. Estas son las cosas en las que creo... Por otra parte, es más fácil pedir
dinero a los demás si tú también lo das”.
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La tecnica del golpe de banco

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