EVALUAR NO ES CALIFICAR
LA EVALUACIÓN Y LA CALIFICACIÓN
EN UNA ENSEÑANZA CONSTRUCTIVISTA DE LAS CIENCIAS
Alonso Sánchez, M.; Gil Pérez, D y Mtnez-Torregrosa J.
Dirección de contacto:
Daniel Gil Pérez. Departamento de Didáctica de las Ciencias. Universitat de València.
Apartado de Correos 22045 / 46071-Valencia
Investigación en la Escuela, 30, 15-26 (1996)
RESUMEN
Evaluar es visto habitualmente, tanto por profesores como por estudiantes, como sinónimo
de calificar, de enjuiciamiento "objetivo y preciso" de la capacidad y aprovechamiento de los
estudiantes.
En este trabajo intentamos mostrar las limitaciones de esta concepción y de fundamentar, a
partir de los planteamientos constructivistas, una nueva orientación de la evaluación como
instrumento de mejora del proceso de enseñanza/aprendizaje de las ciencias.
Más precisamente, el artículo se centra en la evaluación como instrumento de aprendizaje,
describiendo sus características y analizando las actividades de evaluación y el papel de la
calificación en esta nueva perspectiva.
SUMMARY
Assessment is commonly conceived by teachers and learners for the only purpose of
measuring "accurately" the students capacities and performances.
In this paper we'll try to show the restrictions of that conception and to lay the basis of a
constructivist view of assessment as a tool for improving the teaching-learning process in
Science.
1. LAS CONCEPCIONES DOCENTES ESPONTÁNEAS COMO OBSTÁCULO
Evaluar es visto habitualmente, tanto por profesores como por estudiantes, prácticamente
como sinónimo de calificar. Así lo han puesto de relieve los estudios sobre las concepciones
docentes espontáneas (Gil et al 1991; Alonso, Gil y Mtnez-Torregrosa 1992a y 1995a) o los
análisis de la práctica evaluativa (Hodson 1986; Colombo, Pesa y Salinas 1986; Alonso, Gil y
Mtnez-Torregrosa 1991 y 1992b; Lorbasch et al 1992; Alonso 1994). Dichos estudios muestran
que, para la mayor parte del profesorado, la función esencial de la evaluación es medir la
capacidad y el aprovechamiento de los estudiantes, asignándoles una puntuación que sirva de
base objetiva para las promociones y selecciones.
Esta visión se apoya en otras concepciones íntimamente relacionadas, como el
convencimiento de que resulta fácil evaluar las materias científicas con objetividad y precisión
(debido a la naturaleza misma de los conocimientos evaluados) o que el fracaso de un
porcentaje significativo de estudiantes es inevitable en materias de alto nivel cognitivo, como
son las ciencias, "que no están al alcance de todo el mundo".
Estas concepciones son asumidas acríticamente, incluso por aquellos profesores que han
realizado innovaciones en otros aspectos del proceso de enseñanza/aprendizaje de las ciencias.
Todo parece indicar, en efecto, que la evaluación constituye uno de los dominios en los que las
ideas y comportamientos docentes "de sentido común" se muestran más persistentes y
constituyen un serio obstáculo, en la medida en que son aceptadas sin cuestionamiento como "lo
natural".
Es preciso señalar, sin embargo, que basta favorecer una reflexión colectiva con un mínimo
de profundidad, para que los profesores y profesoras realicen análisis y elaboren propuestas
coincidentes, en buena medida, con los resultados de la investigación educativa y, más
concretamente, con las tesis del modelo constructivista emergente.
Resulta así relativamente fácil que el profesorado cuestione la idea de evaluación como
juicio "objetivo y preciso" de la actividad de los estudiantes. Basta, en efecto, plantear una
reflexión crítica acerca de las posibles concepciones sobre la evaluación que los docentes
podemos estar asumiendo como algo "natural", obvio,, para que se contemplen, a título de
hipótesis, los mismos comportamientos y actitudes analizados por la investigación: desde la
posible influencia de las expectativas del profesor a la reducción de la evaluación a la simple
calificación de los estudiantes (Gil et al 1991; Alonso, Gil y Mtnez-Torregrosa 1992a).
Estas intuiciones, fruto del distanciamiento crítico que supone adoptar una actitud
investigadora, pueden ser reforzadas con la realización efectiva de pequeñas investigaciones y
con el análisis de los resultados obtenidos por una ya abundante investigación educativa en este
campo. Se pueden dar a conocer, a este respecto, los estudios de docimología que han mostrado
notables diferencias en las puntuaciones dadas por distintos profesores a un mismo ejercicio de
Física o Matemáticas; y también que las notas dadas por un mismo profesor a los mismos
ejercicios en momentos diferentes (p.e., tras un intervalo de tres meses) pueden sufrir grandes
oscilaciones (Hoyat 1962).
Mayor importancia tiene aún el análisis de la enorme influencia de las expectativas del
profesorado: podemos recordar a este respecto la investigación realizada por Spears (1984) en la
que mostró que un mismo ejercicio de Física era valorado con notas significativamente más
bajas cuando era atribuido a una alumna que cuando se suponía obra de un alumno. Por nuestra
parte (Alonso, Gil y Mtnez-Torregrosa 1992a), hemos mostrado que los ejercicios atribuidos a
estudiantes "brillantes" reciben calificaciones notablemente más altas que los mismos ejercicios
cuando se atribuyen a estudiantes "mediocres".
Todos estos resultados cuestionan la supuesta precisión y objetividad de la evaluación en un
doble sentido: por una parte muestran hasta qué punto las valoraciones están sometidas a
amplísimos márgenes de incertidumbre y, por otra, hacen ver que la evaluación constituye un
instrumento que afecta muy decisivamente a aquello que pretende medir; dicho de otro modo,
los profesores no sólo nos equivocamos al calificar (dando, p.e., puntuaciones más bajas en
materias como la Física a ejercicios que creemos hechos por chicas), sino que contribuimos a
que nuestros prejuicios -los prejuicios, en definitiva, de toda la sociedad- se conviertan en
realidad: las chicas acaban teniendo logros inferiores y actitudes más negativas hacia el
aprendizaje de la Física que los chicos; y los alumnos considerados mediocres terminan
efectivamente siéndolo. La evaluación resulta ser, más que la medida objetiva y precisa de
unos logros, la expresión de unas expectativas en gran medida subjetivas pero con una gran
influencia sobre el comportamiento de los estudiantes y de los mismos profesores.
Podemos comprender también que la búsqueda de objetividad tiene otra consecuencia
negativa: con objeto de garantizar dicha objetividad se limita la evaluación a lo más fácilmente
medible, evitando todo lo que pueda dar lugar a respuestas imprecisas. Ello supone, claro está,
dejar de lado aspectos fundamentales del trabajo científico (los planteamientos cualitativos,
necesariamente imprecisos, con que se abordan las situaciones problemáticas, la invención de
hipótesis...) que, al no ser evaluados, dejan de tener importancia para los estudiantes.
Un segundo bloque de preconcepciones subyace, en realidad, tras esa búsqueda de
"objetividad": la idea de que sólo una parte de los alumnos está realmente capacitada para seguir
con éxito estudios científicos; esa es la razón, por ejemplo, de que una determinada prueba sea
considerada tanto mejor diseñada cuanto más se ajustan los resultados a una campana de Gauss
con el 5 en el centro (lo que supone, claro está, que el 50% de los alumnos no alcanza el mínimo
exigido). Y esa es también la razón de que un profesor que apruebe a la mayoría de sus alumnos
-en una materia científica, por supuesto- no sea considerado "serio". Son estas expectativas
negativas las que determinan en gran medida, lejos de toda objetividad, el fracaso de un elevado
porcentaje de estudiantes.
El análisis crítico de todas estas concepciones abre el camino a un replanteamiento global de
la evaluación, que pasa a ser considerada, como intentaremos mostrar en el siguiente apartado,
un instrumento de intervención y no de simple constatación. Ello resulta coherente, veremos,
con las orientaciones constructivistas que conciben el aprendizaje de las ciencias como una
construcción de conocimientos a través de una investigación dirigida.
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2. FUNCIONES DE LA EVALUACIÓN EN UNA ENSEÑANZA CONSTRUCTIVISTA DE LAS CIENCIAS
Desde la concepción del aprendizaje como una investigación dirigida carece de sentido una
evaluación consistente en el enjuiciamiento "objetivo" y terminal de la labor realizada por cada
alumno. Por el contrario, como formador de "investigadores novatos", el profesor ha de
considerarse corresponsable de los resultados que éstos obtengan: no puede situarse frente a
ellos, sino con ellos; su pregunta no puede ser "quien merece una valoración positiva y quien
no", sino "qué ayudas precisa cada cual para seguir avanzando y alcanzar los logros deseados".
Para ello son necesarios un seguimiento atento y una retroalimentación constante que reoriente e
impulse la tarea. Eso es lo que ocurre en los equipos de investigación que funcionan
correctamente y eso es lo que tiene sentido también, en nuestra opinión, en una situación de
aprendizaje orientada a la construcción de conocimientos, a la investigación. Los estudiantes
han de poder cotejar sus producciones con las de otros equipos y -a través del profesor/ director
de investigaciones- con el resto de la comunidad científica; y han de ver valorado su trabajo y
recibir la ayuda necesaria para seguir avanzando, o para rectificar si necesario.
La evaluación se convierte así en un instrumento de aprendizaje, es decir, en una evaluación
formativa, substituyendo a los juicios terminales sobre los logros y capacidades de los
estudiantes. Pero, aunque ello representa un indudable progreso, éste resulta insuficiente si no se
contempla también como un instrumento de mejora de la enseñanza. En efecto, las disfunciones
en el proceso de enseñanza/ aprendizaje no pueden atribuirse exclusivamente a dificultades de
los estudiantes y resultará difícil que los alumnos y alumnas no vean en la evaluación un
ejercicio de poder externo (y, por tanto, difícilmente aceptable) si sólo se cuestiona su actividad.
Si realmente se pretende hacer de la evaluación un instrumento de seguimiento y mejora del
proceso, es preciso no olvidar que se trata de una actividad colectiva, de un proceso de
enseñanza/ aprendizaje en el que el papel del profesor y el funcionamiento del centro
constituyen factores determinantes. La evaluación ha de permitir, pues, incidir en los
comportamientos y actitudes del profesorado. Ello supone que los estudiantes tengan ocasión de
discutir aspectos como el ritmo que el profesor imprime al trabajo o la manera de dirigirse a
ellos. Y es preciso evaluar también el propio currículo, con vistas a ajustarlo a lo que puede ser
trabajado con interés y provecho por los alumnos y alumnas. De esta forma los estudiantes
aceptarán mucho mejor la necesidad de la evaluación que aparecerá realmente como un
instrumento de mejora de la actividad colectiva.
Las funciones de la evaluación pueden resumirse, pues, en:
* Incidir en el aprendizaje (favorecerlo)
* Incidir en la enseñanza (contribuir a su mejora)
* Incidir en el currículo (ajustarlo a lo que puede ser trabajado con interés y provecho por los y
las estudiantes).
Nos centraremos ahora, por razones de espacio, en el papel de la evaluación como
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instrumento de aprendizaje, aunque insistimos en la necesidad de romper con los reduccionismos habituales, extendiendo la evaluación a la actividad del profesorado y al mismo currículo
(Rodríguez et al 1992; Imbernon 1993; Porlán 1993; Santos 1993).
3. LA EVALUACIÓN COMO INSTRUMENTO DE APRENDIZAJE
Conseguir que la evaluación constituya un instrumento de aprendizaje, se convierta en una
evaluación formativa, supone dotarla de unas características que rompan con las concepciones
de sentido común que hemos analizado someramente en el primer apartado. Resumiremos a
continuación dichas características.
* Una primera característica que ha de poseer la evaluación para jugar un papel orientador e
impulsador del trabajo de los estudiantes es que pueda ser percibida por estos como ayuda real,
generadora de expectativas positivas. El profesor ha de lograr transmitir su interés por el
progreso de los alumnos y alumnas y su convencimiento de que un trabajo adecuado terminará
produciendo los logros deseados, incluso si inicialmente aparecen dificultades. Conviene para
ello una planificación muy cuidadosa de los inicios del curso, comenzando con un ritmo
pausado, revisando los pre-requisitos (para que no se conviertan, como a menudo ocurre, en
obstáculo), planteando tareas simples, etc. Algunos profesores pueden pensar que ello ha de
traducirse en pérdidas de tiempo que perjudicarán a los estudiantes bien preparados cuyo
derecho a aprender no debe ser ignorado. Pero, en realidad, lo que sucede es todo lo contrario:
esta aparente pérdida de tiempo inicial permite romper con la rémora que supone a lo largo del
curso la existencia de un núcleo importante de alumnos que "no siguen". Se produce así un
progreso global, favorable también para los alumnos mejor preparados. Todo esto, por supuesto,
debe ser explicitado para evitar inquietudes y tensiones innecesarias y transmitir, en definitiva,
expectativas positivas a todos los alumnos.
* Una segunda característica que ha de poseer la evaluación para que pueda jugar su función
de instrumento de aprendizaje es su extensión a todos los aspectos -conceptuales,
procedimentales y actitudinales- del aprendizaje de las ciencias, rompiendo con su habitual
reducción a aquello que permite una medida más fácil y rápida: la rememoración repetitiva de
los "conocimientos teóricos" y su aplicación igualmente repetitiva a ejercicios de lápiz y papel.
Se trata de ajustar la evaluación -es decir, el seguimiento y la retroalimentación- a las
finalidades y prioridades establecidas para el aprendizaje de las ciencias. La evaluación se ajusta
así a unos criterios explícitos de logros a alcanzar por los estudiantes (Satterly y Swann 1988),
al contrario de lo que ocurre con la evaluación atendiendo a la "norma" (basada en la
comparación de los ejercicios para establecer los "mejores", los "peores" y el "termino medio")
a la que habitualmente se ajusta, más o menos conscientemente, gran parte del profesorado.
Por otra parte, es preciso no olvidar, a la hora de fijar los criterios, que sólo aquello que es
evaluado es percibido por los estudiantes como realmente importante. Es preciso, pues, evaluar
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todo lo que los estudiantes hacen: desde un póster confeccionado en equipo a los dossiers
personales del trabajo realizado. Duschl (1995) ha resaltado, en particular, la importancia de
estos dossiers o "portafolios", en los que cada estudiante ha de recoger y organizar el
conocimiento construido y que puede convertirse -si el profesor se implica en su revisión y
mejora- en un producto fundamental, capaz de reforzar y sedimentar el aprendizaje, evitando
adquisiciones dispersas.
* Si aceptamos que la cuestión esencial no es averiguar quiénes son capaces de hacer las
cosas bien y quiénes no, sino lograr que la gran mayoría consiga hacerlas bien, es decir, si
aceptamos que el papel fundamental de la evaluación es incidir positivamente en el proceso de
aprendizaje, es preciso concluir que ha de tratarse de una evaluación a lo largo de todo el
proceso y no de valoraciones terminales. Ello no supone -como a menudo interpretamos los
profesores y los propios alumnos- parcializar la evaluación realizando pruebas tras períodos más
breves de aprendizaje para terminar obteniendo una nota por acumulación sino, insistimos,
integrar las actividades evaluadoras a lo largo del proceso con el fin de incidir positivamente en
el mismo, dando la retroalimentación adecuada y adoptando las medidas correctoras necesarias
en el momento conveniente (Colombo, Pesa y Salinas 1986). Es cierto que cinco pruebas,
aunque tengan un carácter terminal -tras la enseñanza de un determinado dominio- es mejor que
una sola al final del curso; al menos habrán contribuido a impulsar un estudio más regular
evitando que se pierdan todavía más alumnos; pero su incidencia en el aprendizaje sigue siendo
mínima, o, peor aún, puede producir efectos distorsionantes. En efecto, a menudo la materia
evaluada ya no vuelve a ser tratada, por lo que los alumnos que superaron las pruebas pueden
llegar al final del curso habiendo olvidado prácticamente todo lo que estudiaron, teniendo
conocimientos incluso más escasos que quienes fracasaron inicialmente y se vieron obligados a
revisar por su cuenta.
Se acentúa así, además, la impresión de que no se estudian las cosas para adquirir unos
conocimientos útiles e interesantes, sino para pasar unas pruebas. Es importante a este respecto
ser conscientes de las leyes del olvido (Kempa 1991) y planificar revisiones/profundizaciones
de aquello que se considere realmente importante, para que los alumnos afiancen dichos
conocimientos aunque ello obligue, claro está, a reducir el currículo eliminando aspectos que, de
todas formas, serían mal aprendidos y olvidados muy rápidamente.
* Por último, pero no menos importante, hemos de referirnos a la necesidad de que los
estudiantes participen en la regulación de su propio proceso de aprendizaje (Linn 1987; Baird
1988; Jorba y Sanmartí 1993; Alonso 1994) dándoles oportunidad de reconocer y valorar sus
avances, de rectificar sus ideas iniciales, de aceptar el error como inevitable en el proceso de
construcción de conocimientos. Pero esto nos remite a las formas de la evaluación, que
abordaremos en el próximo apartado.
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4. ACTIVIDADES DE EVALUACION
Vistas las características fundamentales que una evaluación habría de poseer para convertirse
en un instrumento eficaz de aprendizaje, conviene ahora detenerse en considerar las formas
concretas de realizar dicha evaluación.
Cabe decir, en primer lugar, que una orientación constructivista del aprendizaje permite que
cada actividad realizada en clase por los alumnos constituya una ocasión para el seguimiento
de su trabajo, la detección de las dificultades que se presentan, los progresos realizados, etc, etc.
Es ésta una forma de evaluación extraordinariamente eficaz para incidir "sobre la marcha" en el
proceso de aprendizaje, que se produce además en un contexto de trabajo colectivo, sin la
distorsión de la ansiedad que produce una prueba individual. Ello no elimina, sin embargo, la
necesidad de actividades de evaluación individuales que permitan constatar el resultado de la
acción educativa en cada uno de los estudiantes y obtener información para reorientar
convenientemente su aprendizaje. A tal efecto consideramos muy conveniente la realización de
alguna pequeña prueba en la mayoría de las clases sobre algún aspecto clave de lo que se ha
venido trabajando. Ello permite:
-impulsar al trabajo diario y comunicar seguridad en el propio esfuerzo;
-dar información al profesor y a los alumnos sobre los conocimientos que se poseen, sobre
las deficiencias que se hayan producido -haciendo posible la incidencia inmediata sobre las
mismas- y sobre los progresos realizados, contribuyendo así a crear expectativas positivas;
-reunir un número elevado de resultados de cada alumno reduciendo sensiblemente la
aleatoriedad de una valoración única.
Conviene discutir inmediatamente las posibles respuestas a la actividad planteada, lo que
permitirá conocer si la clase está o no preparada para seguir adelante con posibilidades de éxito.
Se favorece así la participación de los alumnos en la valoración de sus propios ejercicios y en su
su autorregulación (Alonso, Gil y Mtnez-Torregrosa 1995b). Se puede aprovechar también esta
discusión -si se realiza al comienzo de una clase- como introducción al trabajo del dia,
centrando la atención de los estudiantes de una forma particularmente efectiva.
Pese al interés y efectividad de estas pequeñas pruebas, consideramos que los exámenes o
pruebas más extensas siguen siendo necesarios. Es cierto que el examen es visto a menudo
como simple instrumento de calificación de los estudiantes, siendo criticado a justo título por lo
que supone de aleatoriedad, tensión bloqueadora, etc (Gould 1982); sin embargo un examen, o
mejor dicho, una sesión de globalización, es también ocasión de que el alumno se enfrente con
una tarea compleja y ponga en tensión todos sus conocimientos. Por nuestra parte, asumiendo la
crítica al examen como instrumento exclusivo de calificación, queremos referirnos al papel de
las sesiones de globalización como ocasión privilegiada de aprendizaje si se cumplen algunas
condiciones:
- En primer lugar es necesario que la sesión suponga la culminación de una revisión global
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de la materia considerada, incluyendo actividades coherentes con un aprendizaje por
construcción de conocimientos: desde análisis cualitativos de situaciones abiertas al tratamiento
de las relaciones ciencia/ técnica/ sociedad; desde la construcción y fundamentación de hipótesis
-más allá de las evidencias de sentido común- a la interpretación de los resultados de un
experimento, etc, etc.
Es también necesario que las condiciones de realización de estas actividades globalizadoras
sean compatibles con lo que supone una construcción de conocimientos -que conlleva tentativas, rectificaciones, etc- y, en particular, que los estudiantes no se vean constreñidos por
limitaciones de tiempo que sólo son compatibles con la simple regurgitación de conocimientos
memorizados.
- En segundo lugar, es muy conveniente que el producto elaborado por cada estudiante en
estas sesiones sea devuelto comentado lo antes posible y que se discutan, cuestión por cuestión,
las posibles respuestas, las contribuciones positivas y los errores aparecidos, la persistencia de
preconcepciones, etc. Los estudiantes, con su producto delante, se mantienen abiertos y
participativos como nunca durante estas revisiones, que constituyen actividades de autorregulación muy eficaces. Y es también conveniente, tras esta discusión, solicitar de los estudiantes
que rehagan de nuevo la tarea en su casa con todo cuidado y vuelvan a entregarla. Ello
contribuye muy eficazmente a afianzar lo aprendido, como puede constatarse en los dias
siguientes con la realización de pequeños ejercicios sobre los aspectos que hubieran planteado
más dificultades.
No podemos detenernos aquí en una descripción detallada de cada uno de los momentos de
evaluación a que nos acabamos de referir, ni entrar siquiera a tocar otros aspectos de
importancia como, por ejemplo, el tipo de instrumentos destinados a la recogida de información
(Geli 1995). Insistiremos tan sólo, para terminar, en que los alumnos y alumnas han de ver
debidamente valoradas todas sus realizaciones, todos sus productos colectivos o individuales
-desde la construcción de un instrumento a, muy en particular, su cuaderno o dossier de clase- y
no solamente aquellas planteadas como pruebas. Se incrementa así la información disponible
para valorar y orientar adecuadamente el aprendizaje de los estudiantes y se contribuye a que
estos vean reconocidos todos sus esfuerzos con el consiguiente efecto motivador. Se trata, en
definitiva, de lograr una total confluencia entre las situaciones de aprendizaje y de evaluación
(Pozo 1992), explotando el potencial evaluador de las primeras y diseñando las segundas como
verdaderas situaciones de aprendizaje.
5. PAPEL DE LA CALIFICACIÓN EN LA NUEVA PROPUESTA DE EVALUACIÓN
El trabajo realizado hasta aquí nos ha permitido romper con la habitual identificación entre
evaluación y calificación de los estudiantes, fundamentando una propuesta de evaluación como
instrumento de mejora del aprendizaje, de la enseñanza y del propio currículo (aunque aquí nos
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hemos centrado en el primer aspecto). La cuestión a plantearse ahora es si la calificación
conserva alguna funcionalidad en la nueva propuesta evaluativa y, en su caso, qué forma de
calificación puede resultar coherente con dicha propuesta.
Digamos, para empezar, que toda evaluación posee connotaciones valorativas, es decir,
calificatorias: tanto al indicar la necesidad de profundizar o rectificar aspectos, como al aceptar
el trabajo realizado sin enmiendas sustanciales, se está expresando implícitamente una
valoración, aunque la función esencial no sea la valoración sino favorecer la mejora del
producto. El o la estudiante puede percibir así lo más o menos cerca que se encuentra de haber
conseguido un producto satisfactorio. La pregunta a formularse, pues, no es si debe haber o no
valoración de la tarea, sino ¿es conveniente traducir las valoraciones que conlleva toda evaluación a calificaciones explícitas y normalizadas?.
Para contestar a esta pregunta comenzaremos considerando el papel de la calificación en la
formación de los investigadores noveles, que es la situación en la que se inspira nuestro modelo
constructivista de aprendizaje de las ciencias.
5.1. La calificación en la formación de los investigadores
Un mínimo análisis de las situaciones de formación de investigadores, como la que supone,
p.e., la preparación de una tesis doctoral, permite constatar que la evaluación juega un papel
fundamental (en forma de seguimiento constante de la labor del doctorando) pero que la
calificación está prácticamente ausente a lo largo de todo el proceso de formación.
En efecto, la idea central que subyace en el compromiso del doctorando y del director de la
investigación es que ambos son corresponsables de la tarea, ambos están comprometidos en
lograr un producto satisfactorio. Las críticas y sugerencias del director no constituyen un
enjuiciamiento externo sino una contribución interesada. Y como tal es percibida por el
doctorando.
De hecho, durante todo el tiempo que dura la realización de la investigación no hay
calificación alguna: sólo cuando el doctorando y el director consideran ambos que el producto
es aceptable se somete a la valoración de otros investigadores. Pero incluso esto último ha ido,
afortunadamente, evolucionando y se está generalizando la práctica de someter a los miembros
del tribunal el borrador de la tesis con tiempo suficiente para que puedan expresar sus críticas y
sugerencias y recogerlas en una nueva versión que cuente con su aceptación. De esta forma, la
lectura de la tesis se convierte en un acto protocolario que sanciona un producto que cuenta ya
con la aceptación del tribunal (que se ha implicado, si necesario, en la mejora del producto).
La calificación ha perdido así su función de enjuiciamiento externo y de sanción
discriminatoria. De acuerdo con ello, las calificaciones habituales (aprobado, notable...) han
sido sustituidas por un simple apto o no apto y constituyen rarísimas excepciones las tesis que
no obtienen el apto "Cum laude" que sanciona una investigación de calidad..
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Lo esencial, pues, es garantizar que el producto obtenido sea satisfactorio. Ello puede obligar
a prolongar el periodo de realización e incluso puede llevar a algunos doctorandos a abandonar
la investigación a la vista de las dificultades encontradas o porque deciden orientar su actividad
en otra dirección. Pero, en cualquier caso, ese abandono constituye una opción que, en general,
no viene impuesta por unas valoraciones negativas, por un enjuiciamiento "neutral" de quien
dirige el trabajo o de un tribunal.
En definitiva, en una situación de formación de investigadores, la calificación explícita no
está presente a lo largo del proceso y no conserva otra funcionalidad que el reconocimiento del
trabajo realizado... cuando éste posee suficiente calidad a los ojos del propio doctorando, del
director de la tesis y de los miembros de un "tribunal" que constituye, más bien, una nueva
instancia de revisión y ayuda, es decir, de evaluación como instrumento para la mejora del
producto.
Ésta es, para nosotros, la mejor forma de plantear la evaluación y la calificación. Ahora bien,
¿en qué medida conviene o es posible hacer un planteamiento similar en una clase de ciencias
de Educación Secundaria?
5.2. La calificación en la formación de los estudiantes de ciencias
En la medida en que nuestro modelo de aprendizaje de las ciencias como investigación se
inspira en la metáfora de los estudiantes como "investigadores noveles" y del profesor como
"experto", consideramos adecuado un planteamiento de la evaluación y de la calificación como
el que acabamos de describir. Lo esencial, pues, es orientar la evaluación como ayuda para la
consecución, en el tiempo que sea necesario, de los logros perseguidos y que la calificación
suponga tan sólo el reconocimiento de dichos logros.
Ahora bien, es obvio que, en el caso de una clase de ciencias, el contacto del "director de la
investigación" (profesor) con cada "investigador novel" (cada estudiante) no puede ser tan
íntimo como el que se da en un equipo real de investigadores. Y es obvio también que los
estudiantes no pueden centrarse en el trabajo de su clase de ciencias con la misma dedicación de
un doctorando en su investigación. Ni puede pedirse a un adolescente la misma responsabilidad
y capacidad de autorregulación que a un investigador real. Más aún, no es posible retrasar
indefinidamente el momento de la valoración explícita del trabajo de los estudiantes, puesto que
un curso dura nueve meses, al término de los cuales es preciso dar una calificación que indique
la posibilidad o no de pasar a un nuevo nivel, etc.
Parece razonable, por todo ello, que la evaluación del trabajo de los estudiantes incluya
indicaciones más explícitas y frecuentes del grado de consecución de los logros que se
persiguen. Es decir, parece conveniente -y los mismos estudiantes lo reclaman- proporcionar
valoraciones de las tareas que ayuden a los estudiantes a conocer si están progresando
adecuadamente o no. Se trataría, en definitiva, de hacer explícitas las valoraciones que en los
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comentarios de una evaluación formativa aparecen ya implícitamente.
En resumen: la calificación puede ser conveniente -además de constituir una exigencia social
difícilmente soslayable- como complemento de la evaluación formativa que hemos intentado
fundamentar. Pero ello exige también una profunda modificación del uso y sentido de la
calificación.
* En primer lugar, la calificación debe ser, como ya hemos señalado, una estimación de los
logros de cada estudiante, una indicación de su grado de consecución de los logros que se
persiguen. Más precisamente, la calificación no puede tener, como a menudo ocurre, una
función comparativa y discriminatoria, en la que la valoración de un estudiante depende de los
resultados de los demás, atendiendo a una "norma" que aproxima las calificaciones a una
gaussiana (con, por definición... ¡una mitad de estudiantes fracasados!). Por el contrario, cada
estudiante ha de saber que una calificación positiva depende exclusivamente de que alcance los
logros que se persiguen. Es más, ha de saber que dichos logros se ajustan a lo que los
estudiantes de su edad pueden llegar a realizar y son perfectamente alcanzables.
* En segundo lugar, la calificación ha de constituir una estimación cualitativa que utilice
categorías amplias (no tiene sentido una calificación numérica del tipo 6.75), se apoye en una
diversidad de elementos (como las consideradas en el apartado 4) y se justifique con
comentarios detallados. Ello no supone, muy al contrario, caer en el subjetivismo: cuantos más
elementos podamos tomar en consideración (incluyendo, muy en particular, las actividades
ordinarias de aprendizaje realizadas en clase) y cuanto más amplias sean las categorías, más
fiables y fáciles de consensuar resultan las estimaciones. De hecho, una calificación de estas
características permite que no haya discrepancias sensibles entre las valoraciones del profesor y
las del propio estudiante (o la que pueden realizar sus compañeros). Esto es algo que hemos
constatado reiteradamente a lo largo de más de una década con estudiantes de Secundaria y de
Escuela de Magisterio, poniendo de relieve que una evaluación continua (un seguimiento
continuo, basado en una pluralidad de elementos como los descritos en el punto 4) proporciona
una percepción bastante ajustada del dominio alcanzado por los estudiantes, tanto al profesor
como a ellos mismos.
* Toda calificación ha de ser presentada como una indicación provisional y ha de ir
acompañada, en caso necesario, de propuestas de actuación para su mejora (y de la
comunicación de expectativas positivas en ese sentido). No es lo mismo, por supuesto, dar a un
estudiante una valoración de "insuficiente" que explicarle que ha de realizar progresos en tales y
cuales aspectos para lograr una valoración global positiva, estimularle a realizar las tareas
correspondientes y apoyarle con un seguimiento adecuado.
Este naturaleza de las calificaciones como indicaciones provisionales, destinadas a favorecer
la autorregulación de los estudiantes, puede verse reforzada si se sustituyen las valoraciones
negativas, tipo "insuficiente", por un "pendiente de calificación" sin connotaciones de rechazo.
Pero no se trata, claro está, de proponer un simple cambio de denominación sino de plantear con
claridad que la evaluación tiene como finalidad favorecer unos determinados logros y que el
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trabajo ha de continuar hasta conseguirlos en el tiempo que haga falta. Incluso si ello implica,
en algún caso, continuar los mismos estudios el curso siguiente, es preciso presentar esta
prolongación como algo positivo, como una adaptación al ritmo que el estudiante puede llevar
en ese momento, con el convencimiento de que así afianzará su preparación para proseguir
mejor sus estudios. Se trata, en definitiva, de introducir aquí la misma flexibilidad que se tiene
con el periodo de formación de un investigador y el mismo convencimiento de que lo esencial
es llegar a un producto satisfactorio, transmitiendo expectativas positivas al respecto.
Señalemos, para terminar, que una calificación con las características que acabamos de
proponer se integra coherentemente en la propuesta de evaluación como instrumento de
aprendizaje y su asunción genera expectativas positivas que se traducen en mejores resultados y
en una nueva forma de enfocar las relaciones entre profesores y estudiantes, más de acuerdo con
la propuesta de aprendizaje como investigación dirigida.
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