CURSO DE FORMACIÓN PERMANENTE [XIII]
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
Capítulo Tercero (Art. IX) 748-972
Comienza el Catecismo este artículo noveno reproduciendo las palabras con que se inicia la
Constitución Dogmática sobre la Iglesia del concilio Vaticano II: «Cristo es la luz de los pueblos...»
(LG 1). La intención es bien clara: al igual que el Concilio, el Catecismo quiere unirse a esa gran
tradición de los Padres que comparaban a la Iglesia con la luna. Pues, del mismo modo que nuestro
satélite no brilla con luz propia, sino con la luz que recibe del sol, también la Iglesia depende
enteramente de lo que la fe confiesa a propósito del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Como
deja entrever el número 750 del Catecismo, creer en la Iglesia, de la que decimos que es una, santa,
católica y apostólica, es inseparable de creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; es decir, de creer
en la obra creadora del Padre, redentora del Hijo y santificadora del Espíritu Santo.
De todos modos y desde un principio, hay que dejar clara la diferencia entre decir: Credo in unum
Deum y decir: Credo Ecclesiam. Creemos que existe la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, y
no creemos en la Iglesia, para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la
bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (CCE 750).
1. La Iglesia en el designio de Dios (CCE 751-757)
Los nombres y las imágenes de la Iglesia
El término «iglesia» significa “convocación”. Designa asambleas del pueblo, en general de carácter
religioso. Es el término más frecuentemente utilizado en el texto griego del AT para designar la
asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del
Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo.
La primitiva comunidad cristiana no dudó en atribuirse a sí misma el nombre de “Iglesia”, pues,
desde un principio, se sintieron la convocación nueva y definitiva que el Padre había hecho por
medio de Jesucristo para traer a todos a la salvación. De algún modo, la primitiva comunidad
también se sentía heredera del antiguo Israel, el pueblo convocado por Dios como nación santa,
pueblo sacerdotal y propiedad personal del Señor, del Kyrios. De hecho, de la raíz de este término
(Kyrios) proceden palabras como Church y Kirche. Ambas significan Pueblo del Señor o Pueblo
que pertenece al Señor.
Mas el término “iglesia”, por lo general, designa tres cosas:
a) en primer lugar, la asamblea litúrgica (aunque, más bien, habría que hablar del lugar donde
se reúne la asamblea litúrgica, o sea, el templo)
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b) la comunidad cristiana de un lugar o localidad (la iglesia de “Éfeso”, la iglesia de “Corinto”,
etc.)
c) y, por último, la comunidad universal de los creyentes (así, por ejemplo, el mismo Catecismo
habla de “la santa iglesia católica”.
En todos y cada uno de los casos se trata de la única Iglesia de Jesucristo, que siendo una sola, en
ella han sido convocadas personas del mundo entero, existe en las comunidades locales y se realiza
como asamblea litúrgica, sobre todo, en la Eucaristía. Porque, en cada lugar y momento donde se
predica la Palabra y se celebran los sacramentos, se realiza y se constituye la Iglesia, el pueblo de
Dios peregrino cuya presencia es germen seguro del Reino de los cielos; y los que creen en esa
Palabra y reciben la gracia de los sacramentos, especialmente del bautismo y la eucaristía, se
convierten en el Cuerpo de Cristo y pasan a ser miembros suyos.
Para referirse a este misterio o realidad que Cristo vino a realizar, enviado por el Padre, con su
encarnación, muerte y resurrección y envío del Espíritu Santo, la Sagrada Escritura utiliza multitud
de imágenes y figuras relacionadas entre sí. Cada una de esas imágenes revela un aspecto del
misterio y todas ellas, como dice el Catecismo, «constituyen variaciones de una idea de fondo, la
del “Pueblo de Dios”» (CCE 753).
Las imágenes son las de redil y el rebaño; labranza o campo de Dios, viña selecta, vid; construcción
de Dios, edificio que tiene por fundamento a los apóstoles y profetas, tienda en la que Dios habita,
templo santo de Dios, nueva Jerusalén, esposa engalanada para su esposo; Jerusalén de arriba y
madre nuestra, esposa inmaculada del Cordero, etc.
2. Origen, fundación y misión de la Iglesia (CCE 758-769)
No es posible entender qué es la Iglesia si no partimos del proyecto pensado por Dios cuando
decidió crear el mundo y crearnos a nosotros los hombres. Porque sólo si creemos que Dios creó
el género humano con el fin de elevarlo a la vida divina, predestinándolo al mismo tiempo a
reproducir la imagen de su Hijo; y creemos y aceptamos, además, que Dios nos creó para que, aun
siendo muchos y sin dejar de serlo, lleguemos a ser uno solo, ya que solo Dios es nuestro origen y
también la meta donde encontrar la felicidad eterna, entonces, nos será más fácil comprender que la
Iglesia, por la predicación y la celebración de los sacramentos, es la que nos comunica la vida
divina, la que nos configura con Cristo y la que nos guía eficazmente a nuestra meta.
Asimismo, cuando contemplamos al ser humano, que, en tanto que varón y hembra, ha sido hecho
participe de la imagen y semejanza con su Creador (que es comunión de personas y dador de la vida
temporal y eterna), pues resulta evidente comprender que la Iglesia sea esencial y primordialmente
un misterio de comunión y de amor, signo y sacramento de la unidad de todo el género humano, que
un día se realizará en toda su plenitud.
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Obra del Padre
Tal y como hizo el concilio Vaticano II, hemos de habituarnos a mirar a la Iglesia, en primer lugar,
como la obra pensada por la mente de Dios desde toda la eternidad y por la cual aparece prefigurada
desde el origen del mundo, sabiendo que el Creador fue quien dispuso elevar a los hombres a la
participación de la vida divina y convocarles en la Iglesia por medio de Cristo. Por eso, desde
Adán hasta el último de los elegidos, todos se reunirán con el Padre en la Iglesia universal (cfr.
LG 2). Desde esta perspectiva es como se entiende lo que dice el Catecismo de que «la Iglesia es la
finalidad de todas las cosas, incluso de las vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el
pecado de los hombres» (CCE 760).
En los números 761 y 762, el Catecismo habla de cómo la Iglesia fue preparada en la Antigua
Alianza. Y se refiere primeramente a cómo la reunión del pueblo de Dios comenzó en el instante en
que el pecado destruyó la comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. En ese
mismo momento Dios proyectó reunir por medio de la Iglesia a todos los hombres dispersos como
consecuencia del pecado. Así se entiende que la Iglesia sea, en Cristo, como un signo, sacramento e
instrumento de comunión con Dios y de unidad de todo el género humano (cfr. LG 1).
A continuación el Catecismo nos habla de Abrahán como aquel por cuyo medio Dios comenzó a
reunir a su pueblo. La vocación de Abrahán y la promesa de darle una tierra, una descendencia
numerosa y hacerle padre de un gran pueblo, es la semilla de la que, con el transcurrir de los siglos
brotará la Iglesia de Jesucristo.
El pueblo de Israel es, pues, la primera etapa de ese gran proyecto de Dios de reunir a sus hijos
dispersos. Israel es el signo que garantiza la reunión futura de todas las naciones que serán Pueblo
de Dios. Los profetas, que una y otra vez denunciaron con dureza la infidelidad de Israel para
cumplir con la misión a la que había sido llamado, vislumbraron también los tiempos definitivos y
últimos en que Dios haría una Alianza nueva y eterna, definitiva. No una alianza escrita en piedra,
sino en los corazones; la Alianza del Espíritu, del corazón nuevo.
Obra del Hijo
Según la perspectiva del Concilio, en segundo lugar, hemos de mirar a la Iglesia como la obra del
Hijo, de Jesucristo el que vino de parte de Dios a salvar al pueblo de sus pecados. Él es el Mesías
esperado, el Hijo Unigénito, el Señor, que ahora ha de ser anunciado a todos los hombres, para que
por la fe puedan obtener el fruto de la salvación.
Jesús, de hecho, invitó a todos los hombres a entrar en el Reino de Dios, les llamó a convertirse y
aceptar que Dios es misericordioso con todos. Quienes acogen, ya aquí en la tierra, esta Buena
Noticia toman parte de la edad futura, de la novedad que Jesús trajo consigo: el Reino de Dios.
Además, Jesús «dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena
consumación del Reino» (CCE 765), pues eligió a Doce de sus discípulos (con Pedro a la Cabeza) y
les hizo partícipes de su misión y de su autoridad para enseñar, absolver los pecados, edificar y
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gobernar la Iglesia. Estos mismos, en la Última Cena, fueron instituidos por Jesús como sacerdotes
de la Nueva Alianza. «Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia» (CCE 765).
El que murió en la cruz para rescatar a los hombres del pecado, reconciliándonos con el Padre y
restaurando de modo único, perfecto y definitivo la comunión con Dios quiso asociar a sus
discípulos a su sacrificio redentor, llamándoles a tomar la cruz y a seguirle. Luego, el resucitado nos
ha procurado la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito,
fundando, al mismo tiempo, la firme esperanza de que también nuestro cuerpo resucitará el último
día. Exaltado a la derecha del Padre, Jesucristo reina con su humanidad gloriosa e intercede ante
Padre en favor nuestro, enviándonos su Espíritu y asegurando la esperanza de que un día estaremos
junto a Él en el lugar que nos tiene preparado. Como Señor del cosmos y de la historia es también
Cabeza de su Iglesia, ella es germen y comienzo segurísimo de su Reino, presente ya en esta tierra
de modo misterioso pero real, y que un día, cuando el Señor vuelva, alcanzará su plenitud. Saber
que el Reino está ya presente en la Iglesia, no disminuye sino que más bien acrecienta el deseo de
que vuelva y se realice su triunfo definitivo y la consumación del Reino, cuando Dios sea todo en
todos (1 Cor 15,28).
La Iglesia, por tanto, «ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación» (CCE
766). Don que Jesús sacramentalizó en la Última Cena y que debe repetirse hasta que vuelva y que
se consumó en la cruz. Con razón, como dijo el Concilio y como les gustaba decir a los santos
padres (el Catecismo recuerda especialmente a san Ambrosio), del costado abierto de Cristo brotó la
Iglesia, y la sangre y el agua que manaron de Crucificado son los signos de su comienzo y
crecimiento. Cristo es el nuevo Adán y la Iglesia es la nueva Eva, que brota de su costado, una vez
que éste se hubo dormido en la cruz.
Obra del Espíritu Santo
Pentecostés es el momento de cumplimiento pleno de las promesas. Por eso, siempre se ha
considerado como el día de la plena manifestación de la Iglesia, el día de su nacimiento.
El Espíritu vino, enviado por el Padre y por el Hijo, a llevar a su consumación el plan de Dios y la
obra realizada por Jesucristo. Así, hemos de habituarnos a mirar también a la Iglesia como la obra
del Espíritu Santo, pues, hasta que llegue la consumación de los siglos, es Él quien nos une a Cristo
en la fe a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios “Padre”, pues somos realmente
sus hijos. Es el Espíritu quien edifica, anima y santifica a la Iglesia; quien devuelve a los bautizados
la semejanza divina, quien les hace vivir en Cristo la vida de la Trinidad, quien los envía a dar
testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den
fruto según este mismo Espíritu.
Obra de la Trinidad Santa que aún aguarda su consumación definitiva
Así pues, contemplando esta obra de la salvación de la Trinidad indivisible, es como se ilumina y se
comprende el ser mismo de la Iglesia, su esencia, su necesidad y su misión en el mundo y en la
historia. Mirada desde Dios, como nos enseñó el concilio Vaticano II, la Iglesia aparece como «el
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reino de Cristo presente ya en misterio y que crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios»
(LG 3). También es vista como el instrumento del que se sirve el Espíritu para santificar a los
hombres, en los que habita como en un templo, de modo que puedan ir al Padre a través de Cristo,
resucitándoles del pecado y anunciándoles la futura resurrección de su carne mortal. Este mismo
Espíritu es el que conduce a la Iglesia a la verdad total, quien la une en la comunión y el servicio, el
que la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y quien la adorna con sus
frutos. La Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo, se ve a sí misma como un pueblo en
camino por este mundo, que se renueva y rejuvenece sin cesar, hasta que llegue a la unión perfecta
con su esposo, y que espera y anhela el encuentro con su Señor, pidiéndolo cada día: ¡Ven, Señor
Jesús! (cfr. LG 4).
3. El misterio de la Iglesia (cfr. CCE 770-776)
Partir de esta perspectiva que nos da la historia de la salvación es la mejor ayuda para llegar a
comprender la verdadera naturaleza de la Iglesia. Como nos recuerda el Catecismo, la Iglesia es el
pueblo de Dios que camina por la historia, pero, al mismo tiempo, es una realidad que trasciende al
historia. Por ello, en realidad, la naturaleza de la Iglesia solo se puede percibir cuando se la mira
con los ojos de la fe (cfr. LG 8; CCE 770).
La Iglesia, a la vez visible y espiritual
Y es que la Iglesia, ciertamente, es una realidad visible, presente y operante en medio del mundo,
porque tiene la misión de anunciar e instaurar entre todos los pueblos de la tierra el Reino de Dios
inaugurado por Jesucristo. Y esta misión supone y exige la necesidad de una estructura y
organización visibles, también queridas y asumidas por Dios en su plan redentor; ya que fue Él
quien dotó al ser humano de una naturaleza social y visible, que, en la Iglesia, se convierten en
germen e inicio sobre la tierra del Reino de Dios. Este organismo visible (compaginem visibilem,
dice exactamente LG 8), que no es otra cosa sino la comunidad de fe, esperanza y caridad que brota
y genera la predicación del evangelio y el encuentro con Cristo, es el instrumento del que se sirve el
Espíritu para comunicar a todos la verdad y la gracia. Se trata de un instrumento que el Espíritu
vivifica y mantiene sin cesar, indefectiblemente, hasta la consumación de los siglos.
Por todo ello hemos de habituarnos a mirar a la Iglesia como una compleja: sociedad dotada de
órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo; el grupo visible y la comunidad espiritual; la
Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo; a la vez humana y divina; visible y dotada
de elementos invisibles; entregada a la acción y dada a la contemplación; presente en el mundo y,
sin embargo, peregrina.
El Concilio nos invitó a contemplar esta realidad compleja a la luz de la nada despreciable analogía
del misterio del Verbo encarnado. Pues, así como «la naturaleza asumida sirvió al Verbo divino
como órgano de salvación estando unida indisolublemente con Él, de forma semejante, la unión
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social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo»
(LG 8).
La Iglesia, Misterio de la unión de los hombres con Dios y sacramento universal de la salvación
Tal y como señalábamos, el proyecto de Dios cuando creó a los hombres consistía en hacerles
partícipes de la vida divina (cfr. LG 2). Por eso el Redentor tenía también como misión la de
reconciliar a los hombres con Dios y restaurar la fraternidad de los hombres entre sí. Todo ello
Cristo lo realizó de una vez por todas en la cruz. Mas, los que creen en Cristo, por Él y en Él, se
incorporan a la comunidad donde se vive el mandato nuevo del amor, al pueblo en el que ya no cabe
división entre judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos son una sola
cosa en Cristo (cfr. Gál 3,28; 1 Cor 12,13).
De este modo la comunidad de los creyentes, unidos por el amor de Cristo, se convierte en signo,
sacramento e instrumento, en medio del mundo, de la humanidad reconciliada, de la nueva
fraternidad que Jesús quiso instaurar amándonos hasta dar la vida incluso por sus enemigos. La
Iglesia, pues, es el ámbito donde Cristo realiza aquí y ahora el designio eterno de Dios, su designio
con la humanidad que el Padre creó. Se comprende así mejor que Cristo y la Iglesia sean
indisociables, como lo es la unión del marido y la mujer, pues, en realidad, Cristo verdaderamente
se ha desposado con la Iglesia. De ahí que, por estar unida a Cristo, la Iglesia forme parte del
misterio mismo de la salvación.
Esta perspectiva esponsalicia nos debe ayudar a comprender que nada en la Iglesia puede y debe ser
comprendido sino desde Cristo y su evangelio. Nunca la Iglesia puede ser reducida a mera
estructura humana. La Iglesia es una realidad de este mundo, pero todo en ella es sacramento, signo
e instrumento para que se cumpla el plan de Dios. Es «como instrumento de redención universal»
(LG 9) y «sacramento universal de salvación» (LG 48). Ahora bien, la Iglesia, como esposa de
Cristo, no tiene otra voluntad sino la de su esposo. Por eso, en la Iglesia, todo debe estar ordenado a
la santificación de sus miembros. Contemplada de esta forma, la Iglesia es más mariana que petrina,
tal y como enseñó Juan Pablo II en Exhortación Apostólica Mulieris dignitatem 27.
4. La Iglesia, pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo
(CCE 781-801)
Las imágenes Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo complementan lo que
el Catecismo ha dicho a propósito de la Iglesia como misterio. Cada una de estas imágenes, al igual
que otros símbolos como el de redil, rebaño, labranza o campo de Dios, construcción, etc.
(cfr. LG 6 y CCE 754-757), son entre sí complementarios para acercarnos al misterio de la Iglesia.
Ninguna de las imágenes ha de ser considerada aislada del resto y ninguna ha de ser considerada
como la única ni siquiera la mejor para describir esa realidad compleja que es la iglesia (cfr. LG 8).
Es importante hacer esta salvedad, porque a la eclesiología le han hecho mucho daño tanto la
polarización de cualquiera de las imágenes y símbolos con que la Tradición se ha referido a la
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Iglesia con el fin de transmitir a los creyentes lo que es posible comunicar del misterio que ella es,
como haber olvidado que las imágenes han de ser entendidas siempre análogamente y nunca
unívocamente. De hecho, porque se trata de analogías, ninguna por sí sola abarca los diferentes
aspectos que encontramos en la Revelación a propósito del misterio de la Iglesia, y cada una remite
a la otra. Así, por ejemplo, el Concilio cuando nos quiere hablar de la Iglesia como Cuerpo de
Cristo, concluye hablando de la Iglesia como esposa de Cristo, a la que ama y colma con sus dones
(cfr. LG 7). Y, cuando habla de la Iglesia como pueblo, recurre también a las imágenes de rebaño,
edificio y esposa (cfr. LG 9).
Si nos detenemos ahora, por un momento, a observar en qué imágenes se ha fijado el Catecismo,
comprobaremos enseguida que se vuelve a repetir lo que ya hemos dicho a propósito del Misterio
de la Iglesia. Es decir, la Iglesia solo puede ser comprendida mirándola desde la Trinidad. Por eso,
mirada desde el Padre, la Iglesia es vista como el pueblo santo de Dios; mirada desde el Hijo, como
el Cuerpo de Cristo y su esposa; y mirada desde el Espíritu, como su templo y su edificio santo. Y,
al igual que en al Trinidad no admitimos división alguna por el hecho de reconocer la singularidad
de las Personas divinas (cfr. CCE 254), que son realmente distintas entre sí (cfr. CCE 253), del
mismo modo, a la hora de presentar y de hablar de las imágenes de la Iglesia, no cabe establecer
una contraposición entre ellas, sino más bien es necesario subrayar la interrelación mutua existente;
que, además, (dicha interrelación) es la que da razón de cada una de ellas.
En consecuencia, es fácil deducir que, aunque las imágenes sirvan para subrayar o hacer hincapié en
aspectos muy concretos del misterio de la Iglesia, ésta, que de por sí es un misterio de unidad que
ha de ser contemplado siempre a la luz de las relaciones entre las personas divinas, no puede ser
conocida desde una figura o imagen aislada del resto. No cabe, pues, perder nunca de vista
“la relación” como clave interpretativa de cada una de las imágenes con que la Tradición se refiere
a la Iglesia. Independientemente de que la eclesiología haya pivotado en algunas ocasiones casi
unilateralmente sobre alguna de ellas: sociedad perfecta, cuerpo místico de Jesucristo, pueblo de
Dios, etc.
La imagen de Pueblo de Dios (CCE 781-786)
El Catecismo comienza con la imagen de Pueblo de Dios. Así también lo hizo el Concilio, y
ciertamente la renovación eclesiológica conciliar y, desde luego, la posconciliar pivotó
fundamentalmente sobre esta imagen. Sin embargo, en principio, el esquema De Ecclesia del
Vaticano II no hablaba de la Iglesia como pueblo de Dios, sino que tras hablar de su misterio, y sin
solución de continuidad, directamente trataba el tema de la jerarquía y, a continuación, el de los
laicos. Aquel esquema finalmente fue cambiado y se optó por subrayar, antes que nada, lo que es
común y propio de todos los bautizados, para luego afrontar lo que es singular, respectivamente, de
los clérigos, de los laicos y de los religiosos. Todos ellos, dentro de un esquema de Iglesia entendida
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como un misterio de comunión, tienen parte activa en su misión y son piedras vivas del edificio en
virtud del sacramento del bautismo y la confirmación.
Sin duda, ninguna imagen servía mejor para conseguir ese fin que la de pueblo de Dios. Con ella el
Concilio quiso hacer patente que en el Plan de Dios no cabía ir ni individual ni aisladamente en el
camino de la santificación y de la salvación. Dios quiere que vayamos unidos los unos a los otros en
comunión, por eso nos ha constituido en su pueblo. Un pueblo que, en último término, es
sacramento, o sea, signo e instrumento de la unidad trinitaria, de la unidad del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo. Un Dios que es único, pero no es solitario (cfr. CCE 254), un solo Dios y tres
personas distintas (cfr. CCE 253); todos es uno sin que exista oposición de relación (cfr. CCE 255).
Por desgracia, la doctrina conciliar no siempre ha sido entendida ni aplicada con la misma
mentalidad con que lo hizo el Concilio. En realidad, ha sido la categoría de pueblo, leída en algunos
casos en clave más sociológica que teológica, la que ha creado problemas a la eclesiología. Porque
en algunos casos se ha llegado a querer incluso reinventar la Iglesia, y para conseguirlo pensaron (y
piensan) que no hay otro camino sino cortar con la Tradición. Y sin Tradición es imposible
comprender la naturaleza de la Iglesia, ya que ésta, aun siendo visible (y, por tanto, puede ser objeto
de una investigación sociológica) no puede reducirse solo a eso sin traicionar o desvirtuar su
naturaleza.
Mirando, pues, con ojos de fe a la Iglesia como pueblo de Dios, el Catecismo ha querido destacar,
sobre todo, sus características, es decir, lo que le constituye como tal:
Características del Pueblo de Dios (CCE 782-783)
El Catecismo nos dice que «el Pueblo de Dios tiene unas características que le distinguen de todos
los demás grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia» (CCE 782).
 Es el pueblo de Dios
Como ya hemos señalado, la Iglesia es incomprensible si no es mirada desde el misterio de Dios y
de su designio de amor para con los hombres. Cuando se afirma, pues, que la Iglesia es el pueblo de
Dios, no se quiere decir que Dios pertenezca a un solo pueblo, sino, más bien, que Dios
ha constituido en medio del mundo un pueblo al que ha hecho su propiedad personal para llevar
la salvación a todas las naciones. Este pueblo es «una raza elegida, un sacerdocio real y una nación
santa», tal y como más adelante se explicará y con mayor detalle.
 Es un pueblo que está formado por los bautizados
A este pueblo no se pertenece por haber nacido en tal lugar o en un momento determinado. Más
bien, está formado por todos aquellos que habiendo escuchado la Buena Noticia de la Salvación,
que es Jesucristo, han creído en Él; y, por el bautismo, se han incorporado como miembros suyos a
su Cuerpo. Por la unión con Cristo han quedado igualmente unidos entre sí y son realmente
hermanos. Éstos, con el agua del bautismo, han recibido asimismo el don del Espíritu Santo y son
realmente santos.
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 La Cabeza de este pueblo es Jesucristo
Tras esta afirmación se esconde una indicación clara de que la naturaleza del pueblo de Dios es
singular: se trata de un pueblo estructurado jerárquicamente, pues su único soberano y Señor es
Dios, y quien lo conduce y lo guía es Jesucristo, el único Pastor de este rebaño, pues solo Él es el
que conoce a cada una de las ovejas por su Nombre, y el que, además de Pastor, es camino y puerta
(cfr. Jn 10,7-16; 14,6). Este pueblo, por tanto, siguiendo las huellas del que es su Cabeza y Pastor,
no puede tener otra voluntad que la del Padre.
Precisamente, en función de que en el nuevo pueblo de Dios solo hay un solo Señor y un único
Soberano: Dios, es por lo que en este pueblo todos son hermanos. Y no cabe que nadie se considere
superior a nadie. Jesús, consecuentemente con este planteamiento, enseñó a sus discípulos a no
llamarse entre sí ni maestro, ni padre, ni preceptor (cfr. Mt 23,8-10). Porque en este pueblo todos
tienen la misma dignidad, la de ser hijos de Dios, miembros de Cristo y templos del Espíritu
(cfr LG 32).
 La identidad de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios
La condición de hijos no es, pues, una conquista que alguien pueda atribuir a sus méritos o a sus
esfuerzos. Se trata de un regalo, algo que recibimos porque, en primer lugar, Dios Padre, libremente
y desde siempre, nos ha predestinado en su Hijo Jesucristo a ser sus hijos (cfr. Ef 1,5; Rom 8,29).
En segundo lugar, porque el propio Hijo, que no hizo alarde de su categoría de Dios y se despojó de
su rango (cfr. Flps 2,6), muriendo nos rescató de la muerte y nos hizo entrar con Él en la gloria
(cfr. 1 Pe 1,18-21). Tanto nos amó que quiso compartir con la humanidad la heredad que le
correspondía como Hijo único de Dios (cfr. Rom 8,17; Gál 3,29; 4,7; Ef 1,11; 1 Pe 3,3-4;
Apo 21,7). Por último, somos hijos porque el Padre ha tenido a bien darnos su Espíritu, y una vez
que lo poseemos, Él mismo da testimonio de la condición filial que, por gracia, hemos recibido
(cfr. Rom 8,14-21). No se debe, pues, a nosotros, es puro don de Dios (cfr. Ef 2,8).
En cuanto hijos que han sido rescatados de su condición de esclavos del pecado y de la muerte,
somos asimismo realmente libres (cfr. Gál 5,1). Libres para secundar responsable y
conscientemente la voluntad de Dios y determinarnos a seguirla, sostenidos y empujados en todo
momento por la gracia de Dios, ya que sin ella no podríamos hacer nada (cfr. 1 Co 15,10). Nuestra
libertad, no obstante, ha sido obtenida a un alto precio: Cristo mismo, el Hijo único y muy amado,
que se ha ofrecido como rescate por todos nosotros (cfr. Mc 10,45).
 Su seña de identidad: Mirad cómo se aman
Como hijos de Dios y como miembros de su pueblo, nuestras señas de identidad no son ni tener un
determinado color de piel, ni hablar una misma lengua, ni habitar en este u otro lugar, ni siquiera
practicar esta o aquella otra costumbre. Lo que ha de distinguir a los cristianos en medio del mundo
es el cómo se aman (cfr. Jn 13,35). Sin este amor, sin el ágape, como nos enseñó san Pablo, de nada
sirve el hablar lenguas, tener el don de profecía, conocer todos los secretos y el saber, incluso tener
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fe como para mover montañas, repartir en limosnas todo lo que uno tiene y hasta dejarse quemar
vivo (cfr. 1 Co 13,1-3). La caridad resulta ser así el alma de la Iglesia, el corazón como decía santa
Teresa del Niño Jesús. Y al lado de lo que es esencial, todo lo demás: carismas, ministerios,
servicios, funciones, tareas, por muy importantes que sean, son solo cosas relativas.
 Un pueblo que camina por el mundo, anunciando el evangelio, pero su meta no es de este mundo
El pueblo de Dios, siguiendo criterios evangélicos, no se da tampoco a sí mismo una meta o un
objetivo en la historia que realizar. De hecho, su vocación no es afirmarse, como tantas veces ha
sucedido a lo largo de los siglos, negando la identidad y las peculiaridades de otros pueblos. Los
miembros de este pueblo de Dios han sido tomados de todos los lugares de la tierra, del norte y del
sur, del este y del oeste. Y son miembros de este pueblo sin tener que renunciar a su mentalidad,
idiosincrasia, cultura, lengua, etc. El evangelio de Jesús es para todos y todos (judíos y griegos,
esclavos y libres, hombres y mujeres) pueden acogerlo, entendiéndolo cada cual en su propia lengua
(cfr. Hchs 2,5.8.11). Por eso, todo lo que de bueno, santo, sabio y justo existe en los logros y
conquistas de cada civilización y de cada época de la historia de la humanidad, más que un estorbo
hay que mirarlo como una preparación para que el corazón de cada uno y de los mismos pueblos
que habitan sobre la faz de la tierra puedan encontrar al Bueno, al Santo, al Sabio y al Justo por
antonomasia. Aunque, ciertamente, en la tarea de la evangelización, la Iglesia se encuentra con que
no faltan aspectos y dimensiones de la cultura y de las civilizaciones de los pueblos que han de ser
purificados y transformados por la Luz de Cristo, lo cual forma parte también de su misión y de su
servicio a la humanidad (cfr. LG 13).
Por todo ello, la Iglesia es consciente de que su misión en medio del mundo ha de ser,
fundamentalmente, paciente y sencilla; muchas veces será callada y casi como oculta, al igual que
el Hijo del Hombre durante su vida en Nazaret. En ese tiempo, Jesús se dedicó, sobre todo, a
hacerse hombre en todo semejante a nosotros (cfr. Flps 2,7) y a conocernos desde dentro, para,
luego, poder predicar y enseñar durante su vida pública de forma atrayente y convincente el
mensaje del Reino de Dios. La Iglesia, igualmente, ha de tomarse muy en serio el camino de la
encarnación, es decir, el camino del hombre, asumiendo, en un diálogo franco y noble, todo lo que
de justo y bueno existe en él y que procede de Dios como preparación para el anuncio del
Evangelio.
Hecho esto, la Iglesia, asimismo, no puede renunciar a proclamar y a difundir abiertamente y con
valentía la Buena Noticia de la Salvación. No vale ni escondernos debajo de la cama, ni ocultarnos
dentro del celemín, pues, voluntad de Cristo, somos como esa luz que se pone en el candelero para
que alumbre a toda la casa y también como la ciudad colocada en la cima de un monte
(cfr. Mt 5,14-16). Como Jesús en los años de su vida pública, la Iglesia tiene que salir por las calles
y las plazas e inundar los caminos de discípulos que anuncien el Reino de Dios y den signos de su
presencia.
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Pueblo sacerdotal, profético y real (CCE 783-786)
Los últimos números que dedica el Catecismo a hablar de la imagen Pueblo de Dios, tratan sobre
la participación de todos los miembros de la Iglesia en el oficio sacerdotal de Cristo.
Fue este uno de los aspectos de la doctrina conciliar que resultaron ser más novedosos. Si antes del
Concilio lo que se defendía básicamente era que la Iglesia era una sociedad de desiguales: iglesia
docente, iglesia discente; sacerdotes y laicos; pastores y ovejas; etc., el Vaticano II quiso subrayar
lo que es común a todos y a todos nos une: el bautismo. El sacramento por el que todos quedamos
“consagrados” (ungidos, crismados) por el Espíritu Santo «como casa espiritual y sacerdocio santo
para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anunciar las
maravillas del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable» (LG 10).
 Pueblo sacerdotal
Todos los bautizados, por tanto, tienen parte esencialmente activa en el sacerdocio de Jesucristo. Él
es, en verdad, el único y eterno sacerdote de la Nueva Alianza. Mas fue el propio Jesús quien quiso
asociar a los discípulos a su entrega y a su sacrificio. Lo hizo invitándoles a seguirlo cargando cada
uno con su propia cruz (cfr. Mt 10,38; 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23; 14,27); lo hizo ofreciéndoles beber
del cáliz que Él tenía que beber y bautizarse con el bautismo con que Él iba a ser bautizado
(cfr. Mc 10,38); lo hizo diciendo que quien perdiera la vida por Él y por el evangelio la ganaría para
siempre (Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24); lo hizo, por último, dándoles a comer del pan, su
cuerpo entregado, y a beber del cáliz, el cáliz de la Nueva Alianza sellada con su sangre
(cfr. Mt 26,26-28). De este modo les hizo partícipes de su destino, pues los mismos que
perseveraron con Él en las pruebas son los que recibieron la promesa de sentarse con Él en la mesa
de su Reino (cfr. Lc 22,28-30).
Pues, ahora, en el tiempo presente, es el bautismo el que nos hace una cosa con Cristo, el
sacramento que nos incorpora a su vida y a su entrega, y nos garantiza la promesa de que un día
reinaremos con Él (cfr. Rom 6,3-6). Por eso, el bautizado, ante todo, debe imitar y seguir a Cristo
por el mismo camino por donde Cristo caminó. Es decir, el camino de la vida ordinaria, vivida en
obediencia a la voluntad del Padre, para que se cumpliera su designio. Sabemos que a Dios no le
agradaron los sacrificios ni las víctimas ofrecidas según la Ley (cfr. Heb 10,8); además, era
imposible que esos sacrificios (sangre de toros y machos cabríos) pudieran borrar los pecados
(cfr. Heb 10,4). En cambio, cuando Jesús entró en este mundo, sabía muy bien que lo que
contaminaba el corazón del hombre no era lo que le entraba de fuera, sino lo que salía de dentro
(cfr. Mt 15,17-20). Y Él vino, enviado por el Padre, a sanar el corazón enfermo (cfr. Lc 5,31).
Enfermo como consecuencia de la desconfianza de nuestros primeros padres, que dudaron del amor
de Dios, que lo percibieron como una amenaza a su libertad, como un límite para poder ser ellos
verdaderamente dioses (cfr. Gén 3,2-6). Por eso, Jesús, el nuevo Adán (cfr. Rom 5,14;
1 Co 15,22.45), vino a salvarnos y a curarnos de aquel primer pecado por el camino de una entrega
confiada, de una obediencia llevada hasta la consumación, de una entrega completa que supuso
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rendir toda su voluntad humana a la voluntad del Padre y, mediante esta obediencia, como nos dice
la carta a los Hebreos, consagrarnos a todos a Dios (cfr. Heb 10,10). En virtud de esta consagración
podemos afirmar que todos somos, con Cristo, sacerdotes de la Nueva Alianza. Cristo cuenta con
nosotros; y como miembros suyos que somos, al igual que san Pablo, también nosotros podemos
decir que nuestros padecimientos van completando en nuestra carne lo que falta a las tribulaciones
de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cfr. Col 1,24). El cristiano, unido a Jesucristo,
único redentor, único sacerdote, único mediador de la Nueva Alianza, está invitado a ofrecerse
como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Ése y no ningún otro ha de ser nuestro culto
(cfr. Rom 12,1).
Por todo ello, en cada uno de los sacramentos y de las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, nunca
los fieles cristianos pueden participar con una actitud pasiva; es decir, como si solo fueran
beneficiarios de la acción litúrgica. Al contrario, han de participar conscientes, activa y
piadosamente, ofreciéndose a sí mismos y toda su existencia junto a la ofrenda del altar
(cfr. SC 48).
 Pueblo profético
La configuración con Cristo en el bautismo, además, hace a los fieles cristianos partícipes de
la dimensión profética del Señor Jesús. Él es la Palabra, el LόgoVVVVς eterno de Dios que, llegada
la plenitud de los tiempos, se hizo carne y puso su tienda entre nosotros (cfr. Jn 1,14). Y Dios, como
a lo largo de toda la historia de la salvación, nos ha hablado por medio de su Hijo con obras y
palabras intrínsecamente ligadas (cfr. DV 4). Por eso, cuando Jesús envió a sus apóstoles y
discípulos, les envió a que predicaran y enseñaran y también a que dieran testimonio de aquello
mismo que anunciaban con sus labios (cfr. Mc 16,15-20). También Jesús les prometió que quienes
les escucharan, le escucharían a Él, que los había enviado; lo mismo que quien escuchaba Jesús,
escuchaba igualmente al Padre, que fue quien lo envió (cfr. Lc 10,16). Con razón, pues, los
discípulos de Jesús son llamados profetas. Con sus palabras y también con sus obras no quieren sino
anunciar a Cristo para que crean en Él y se salven. No hablan ni actúan con autoridad y potestad
propia, son conscientes de que han sido enviados con la autoridad y el poder de Jesús y en su
Nombre (cfr. Lc 9,1; Lc 10,19; Lc 24,49; Mt 10,1; Mc 3,14; 6,7).
Evidentemente solo puede anunciar a Cristo y actuar en su Nombre quien ha creído en Él, quien
acoge con gusto y cordialmente la fe de la Iglesia y la hace suya, confesándola en primera persona.
En consecuencia, la participación en el ministerio profético de Cristo supone, tal y como nos
recuerda el Catecismo, el sentido sobrenatural de la fe (cfr. CCE 785). Ese don que infunde en los
bautizados el Espíritu Santo y por el cual pueden obedecer a Dios con fidelidad y adherirse
indefectiblemente a lo que la Iglesia anuncia a los hombres como palabra de Dios (cfr. LG 12). De
ahí que se diga que «la totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo no puede equivocarse
en la fe» (LG 12).
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La reflexión profunda y prudente de todos estos datos, ha llevado al magisterio de la Iglesia a
defender que la participación de los fieles cristianos en las tareas de la predicación, de la catequesis
y de la enseñanza, no es una delegación otorgada por los sacerdotes o por la jerarquía, sino una
obligación que brota del sacramento del bautismo y de la confirmación (cfr. LG 11 y 33); y, por
tanto, es algo que incumbe a todos los miembros del pueblo santo de Dios y en lo que todos han de
tomar parte activa, respetando eso sí la condición y el estado de cada uno dentro del Cuerpo de
Cristo.
 Pueblo real
Los bautizados participan asimismo de la condición regia (real) de Jesucristo. Es decir, que han de
imitar al Señor Jesús, rey del universo, que se hizo siervo de todos, sobre todo de los pobres y de los
que sufren. En función de este criterio, hemos de habituarnos a mirar a la Iglesia como el pueblo
santo de Dios, pero que está en este mundo no para que le sirvan sino para servir.
La Iglesia está en el mundo como levadura en medio de la masa (cfr. Mt 13,33), ésa es su vocación.
Su espíritu no puede ser otro sino el servicio. Servicio a la humanidad a la que quiere comunicarle
el don de la vida divina regalado por Cristo. Don que, en verdad, dignifica la vida del hombre y,
además, da fortaleza y consistencia a la sociedad humana, y también impregna de un sentido y una
significación más profunda la actividad cotidiana de los hombres. Es por ello que la Iglesia está
convencida de que buscando su fin más propio (salvífico y escatológico) contribuye mucho a
humanizar la familia de los hombres y de la historia (cfr. GS 40).
Ciertamente, en esta tarea de humanizar a los hombres, la sociedad y la historia, la Iglesia es
consciente de que no está sola, y ni siquiera es ella sola la que puede realizar este fin. Son muchos
los individuos, las sociedades y las comunidades humanas (las otras confesiones cristianas y las
demás religiones), las que contribuyen a transformar este mundo, a renovarlo y a mejorarlo; a lograr
mayores cotas de seguridad, de justicia, de calidad de vida y mejoras en las relaciones sociales,
familiares, etc. La Iglesia, pueblo de Dios en marcha por este mundo hacia la casa del Padre, se
alegra y goza con el progreso de los hombres y lo entiende como una manifestación de la eficaz
providencia divina, como signo de la grandeza de Dios y fruto de su inefable designio (cfr. GS 34).
De ahí que su actitud sea, además de contribuir por fidelidad a su naturaleza y a la misión que el
Señor le encomendó al progreso de los pueblos y de las naciones donde anuncia el evangelio, la de
aprender, aprovechar y colaborar con todo lo que en el mundo «hay de bueno, constructivo,
verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, con todo cuanto sea virtud y cosa digna de
elogio»; todo eso hay que tenerlo en cuenta (cfr. Flps 4,8). El mismo concilio Vaticano II valoró,
entre otras muchas cosas, «la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización y
asociación civil y económica» (GS 42). En realidad, la Iglesia ve en todo ello esas semillas con que
Dios ha ido preparando anticipadamente la siembra del Evangelio (cfr. GS 40).
De este modo, la Iglesia se sabe servidora, pero, al mismo tiempo, descubre que ella recibe ayuda
del mundo, «que el progreso de las ciencias, los tesoros ocultos en las diferentes formas de cultura
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humana, etc., aprovechan a la Iglesia» (GS 44). Y la Iglesia reconoce que «quienes promueven la
comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económica y social, y de la
política tanto nacional como internacional, aportan, según el designio de Dios, también una gran
ayuda a la comunidad eclesial, en la medida que ésta depende de las realidades externas. Más aún,
la Iglesia confiesa haberse aprovechado mucho y poder aprovecharse de la oposición misma de sus
adversarios o perseguidores» (GS 44).
En verdad, la Iglesia a lo largo de los siglos se ha servido de la sabiduría, de las conquistas sociales,
de las mejoras técnicas, del progreso en los medios de comunicación, de los intercambios culturales,
etc., para poder expresar mejor el único evangelio de Jesucristo, con lenguajes e instrumentos más
significativos para los individuos de cada época y cultura. Pues, como decía san Pablo, la Iglesia,
siendo libre de todos, se ha querido hacer esclava de todos para ganar a cuantos se pueda. Con los
judíos se ha hecho judía; con los que están sin ley, como quien está sin ley; débil con los débiles; y
todo por el evangelio (cfr. 1 Co 9,19-23), sin procurar el propio interés (cfr. 1 Co 10,33).
En virtud de esta ley, esencial para la evangelización, la Iglesia ha buscado acomodarse al nivel de
comprensión de los destinatarios de la Buena Noticia, al igual que Dios, que a la hora de revelarse,
ha sido condescendiente con el ser humano y se ha amoldado en todo a su capacidad para entender
y comprender, de modo que pudiera captar aquello que le es posible del misterio divino y de su
designio de salvación. Y es que «la santidad de Dios, la admirable condescendencia de la sabiduría
eterna, para que conozcamos su amor inefable, adapta su lenguaje a nuestra naturaleza con su
providencia solícita. La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al
lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se
hizo semejante a los hombres» (DV 13). Estas claves sirven, por tanto, para comprender cómo la
Iglesia es servidora en medio del mundo, reconociendo, a la vez, que también ella se ha dejar de
ayudar por el mundo, según el designio de Dios, para cumplir mejor con la misión que le ha sido
encomendada.
La imagen de Cuerpo y de Esposa (CCE 787-796)
La imagen de Cuerpo de Cristo, como bien sabemos, fue la que capitalizó la renovación de
la eclesiología católica, sobre todo, en los albores del siglo XX. Y su máxima realización es justo
reconocerla en la Encíclica de Pío XII, Mystici corporis, publicada en 1943. Se quería de este modo
recuperar una visión de la Iglesia más acorde con el lenguaje bíblico. Y, sin duda, la imagen paulina
del Cuerpo era la más cercana y accesible para hablar de la Iglesia. Sabemos, además, que la
imagen era de uso frecuente en la cultura greco-romana. En realidad Pablo lo que hizo fue
aprovecharla para hablar de un misterio inefable: la unión de Cristo con todos y cada uno de sus
discípulos, de éstos con Él y de todos entre sí (cfr. Ef 5,32).
Sabemos que Jesús les prepuso a los suyos no solo un seguimiento externo, semejante al que por lo
general mantiene el maestro con los discípulos de su escuela. La pretensión de Jesús iba mucho más
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allá. Jesús quiso ser para sus discípulos ese “alimento” mejor y más excelente que el maná para los
judíos en el desierto (cfr. Jn 6,32-35). Quiso asimismo que los suyos le vieran no solo como
maestro y señor, sino, sobre todo, como “el amigo” (cfr. Jn 13,13; 15,15). Quiso igualmente ser y se
entendió a sí mismo como “el novio”, por eso, mientras estuviera con los suyos, éstos no debían
ayunar (cfr. Mt 9,15; Mc 2,19; 5,34). Jesús, de hecho, les pidió a sus discípulos que esperaran su
vuelta al final de los tiempos y estuvieran vigilantes para hacerles entrar al banquete de bodas,
apenas llegue (cfr. Mt 25,1-13). También Jesús quiso que comprendieran que sin Él no podían hacer
nada, lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto si no permanece unido a la vid (cfr. Jn 15,5).
Una vez resucitado y antes de ascender a los cielos, Jesús envió a los Apóstoles por el mundo
entero, les encargó no solo que predicaran la Buena Noticia y enseñaran lo que Él les había
enseñado, también les mandó que bautizaran en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo. Y los apóstoles, desde el día de Pentecostés, a cuantos creían en su predicación los
bautizaban en el Nombre del Señor Jesús (cfr. Hchs 2,38-39.41). Con ello daban a entender que si
bien la fe nace por el oído y que para poder creer es necesario escuchar y aceptar lo que se nos
anuncia como palabra de salvación (cfr. Rom 10,14), en realidad, la comunicación de la vida divina
se realiza por medio del bautismo y de los demás sacramentos. Los bautizados, por tanto, hemos
sido incorporados a la muerte de Cristo, hemos sido sepultados místicamente con Él para vivir
también con Él su misma vida. Hemos sido hechos una misma cosa con Él (cfr. Rom 6,2-5).
 Desde la teología bautismal
Fue esta realidad de lo que el Bautismo hace en nosotros, contemplada por el apóstol san Pablo, lo
que, con toda seguridad, le llevó a hablar de que los bautizados son el Cuerpo de Cristo y sus
miembros cada uno por su parte (cfr. Rom 12,27). Quería el Apóstol destacar la especial
vinculación que une a los fieles con Cristo y, a la vez, la vinculación existente entre unos y otros.
Los bautizados no pueden, por tanto, entenderse sin Cristo ni tampoco sin los hermanos. Unidos en
Cristo forman un único cuerpo que tiene muchos miembros, no uno solo. Esos miembros no pueden
vivir solo para sí como si cupiera que en el cuerpo la mano, o el oído, o el ojo, o el pie tuvieran vida
propia sin estar unidos al resto del cuerpo y trabajar para él. La mano sola no es cuerpo; ni el ojo, ni
el pie. Ningún miembro, sin el cuerpo, es nada, como los sarmientos sin la vid. En el cuerpo lo que
se da es una comunicación de todos los miembros, de modo que cada uno, realizando la función
propia que le corresponde, contribuye al bien de todos. Por eso, si un miembro sufre, todos sufren
con él, y, si es honrado, todos le felicitan (cfr. 1 Co 12,12-27). Pues bien, todas estas cosas que
naturalmente las podemos decir del cuerpo, san Pablo nos ha enseñado que sirven especialmente
para comprender lo que es Cristo (cfr. 1 Co 12,12). O sea, Cristo no puede ser considerado ya
independientemente de los que son suyos por el bautismo, ellos son sus miembros y todos juntos,
cabeza y miembros forman el Cristo total, que no puede ser de ningún modo disociado ni separado
(cfr. Ef 1,23).
No obstante, el hecho de que Cristo se haya identificado con sus miembros, haciéndose con ellos un
solo Cuerpo, no puede hacer perder de vista que una cosa es Cristo y otra cosa son sus miembros.
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Que una cosa es Cristo, Cabeza de este Cuerpo, y otra cosa es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que se
siente sometida a Cristo y en todo le tiene que secundar y obedecer. De ahí que esta imagen de
Cuerpo, necesariamente haya de ser complementada por la de esposa. Pues se hace imprescindible
acentuar la distinción entre ambos, entre Cristo y su Cuerpo, entre Cristo y su Esposa, entre Cristo y
la Iglesia (cfr. CCE 796).
En ocasiones, a lo largo de la historia, cuando esta distinción no se tuvo suficientemente en cuenta,
o directamente se olvidó, se ha corrido el riesgo de hacer una peligrosa identificación, que, a la
larga, condujo a la Iglesia a tener una comprensión de sí misma que falseaba el dato revelado. Y,
como consecuencia, la Iglesia pensó que todo en ella ya era de por sí inmutable y perfecto, pues
venía de Cristo y nadie lo podía o lo debía cambiar. De ahí, a una actitud inmovilista,
autosuficiente, nada dialogante, etc., no había más que un paso.
Con estos antecedentes, quizás resulte más comprensible por qué san Pablo habló también de que la
Iglesia es la esposa de Jesucristo. Pues, al igual que en la civilización greco-romana se consideraba
que el marido era cabeza de la mujer, el Apóstol les enseñó a los cristianos de Éfeso que Cristo es la
cabeza de la Iglesia. Con razón la Iglesia se siente amada por Cristo con un amor del todo entregado
y fiel, con un amor que la ha purificado del pecado y de toda mancha, en virtud del sacramento del
bautismo, haciéndola verdaderamente inmaculada y santa, resplandeciente, sin mancha y sin arruga,
alimentada y cuidada con todo cariño por su Señor. Por todo ello, la Iglesia debe amar a su esposo y
serle sumisa en todo, como cuerpo suyo que es (cfr. Ef 5,21-32).
Así pues, ambas imágenes (Cuerpo y Esposa de Cristo) deben presentarse y contemplarse
íntimamente asociadas la una a la otra, tal y como las encontramos en la Sagrada Escritura y en la
Tradición.
Por todo ello, hoy en día la comprensión de la Iglesia como Cuerpo de Cristo (y como Esposa) ya
no se presenta en clave de univocidad, se presenta en clave de lo que realmente es, o sea, una
analogía (cfr. LG 8). Consecuentemente, como afirmó el Concilio, es necesario destacar que,
«mientras que Cristo, santo, inocente y sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente
a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y
siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación» (LG 8).
Evitemos, por tanto, todo triunfalismo, porque, por el momento, «la Iglesia peregrina en esta tierra
lejos del Señor y se considera como desterrada, de forma que busca y piensa en las cosas de arriba,
donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, y donde la vida de la Iglesia está escondida con
Cristo en Dios hasta que se manifieste gloriosa con su Esposo» (LG 6). «La Iglesia (no lo
olvidemos) camina, por este mundo a través de peligros y tribulaciones [...] y no deja de renovarse a
sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso» (LG 9).
 Desde la teología eucarística
Mas la comprensión de la Iglesia como Cuerpo de Cristo (y como Esposa) se fundamenta no solo en
la teología del bautismo, sino también y muy especialmente, en la teología eucarística. La Eucaristía
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es el sacramento en el que los que somos el Cuerpo de Cristo recibimos lo que somos y lo
realizamos de una forma plena, en la medida de lo que es posible en este mundo presente.
La Eucaristía es el sacramento en el que Cristo convoca a los suyos y los reúne a la mesa para
alimentarles con su Cuerpo y con su Sangre y transformarlos en aquello mismo que reciben
(cfr. CCE 1396). Y, al igual que para formar el pan que se consagra se necesita reunir los granos de
trigo dispersos por el campo, triturarlos para formar la harina y, luego, con la harina junto con el
agua formar una masa compacta, de igual modo, los cristianos que están esparcidos por el mundo,
son congregados para celebrar el memorial de la entrega de Jesús, sacramentalizada en la fracción
del pan, y han de ser amasados por el agua del Espíritu Santo, llegando a convertirse en un solo pan,
destinado, a su vez, a convertirse en el Cuerpo de Jesús (cfr. Didajé, IX). Y es que, en la Eucaristía,
no solo los dones del pan y del vino, por la invocación del Espíritu, se convierten en el Cuerpo y la
Sangre del Señor, también la comunidad que celebra los santos misterios está destinada a
convertirse en Sacramento vivo por el que el Señor resucitado se hace presente en el mundo y en la
vida de los hombres. De hecho, Jesús le pidió al Padre en su oración sacerdotal que los suyos
(sus discípulos) llegaran a ser uno en el Padre y en el Hijo, para que el mundo creyera en Él como
su enviado (cfr. Jn 17,21); y también que los suyos, los que el Padre le había confiado, fueran
“perfectamente uno” (cfr. Jn 17,23). Y eso es lo que se realiza sacramentalmente en la Eucaristía.
Los que nos alimentamos de Cristo, los que recibimos su Espíritu, quedamos real y “místicamente”
convertidos en su Cuerpo. Un Cuerpo formado por muchos miembros, pero que es uno solo.
Es verdad que la comunión eucarística supone la comunión de la fe, de la esperanza, de la caridad,
en definitiva, la comunión de vida entre aquellos que reciben el Cuerpo del Señor. Pero, asimismo,
la comunión con el mismo Pan y con el mismo Cáliz se convierte en la fuente y el dinamismo que
empuja y realiza la unidad de cuantos se sientan juntos a participar de la mesa de Jesús, creando y
fortaleciendo los lazos de comunión entre sí. Se verifica, pues, aquél axioma que formuló
H. de Lubac y que tanto éxito ha tenido posteriormente: «La Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía
hace a la Iglesia».
La propia celebración eucarística se convierte en sacramento y signo de la unidad de la Iglesia que
se realiza necesariamente en la diversidad de miembros y de funciones. Porque, en la eucaristía,
aquellos que han recibido el sacerdocio ministerial, por el poder sagrado del que gozan, celebran los
sagrados misterios y ofrecen el sacrificio eucarístico como representantes de Cristo y en nombre de
todo el pueblo; mientras que los fieles participan en la celebración eucarística en virtud de su
sacerdocio real (cfr. LG 10). Cada uno, por tanto, «realiza su función propia en la acción litúrgica,
pero no todos de la misma manera, sino en la forma que le es propia». Eso sí, «alimentados en la
sagrada eucaristía con el Cuerpo de Cristo, muestran de manera concreta la unidad del Pueblo de
Dios, que este Santísimo Sacramento significa tan perfectamente y realiza tan misteriosamente»
(LG 11).
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La Iglesia, Templo del Espíritu Santo (CCE 797-801)
La Iglesia es llamada templo del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo vive en el cuerpo que es la
Iglesia: en su Cabeza y en sus miembros; Él, además, edifica la Iglesia en la caridad con la Palabra
de Dios, los sacramentos, las virtudes y los carismas.
Como ya hemos expuesto anteriormente, todo lo que el Catecismo expone sobre el misterio de
la Iglesia supone todo lo dicho en cada uno de los artículos referentes a las personas divinas (Padre,
Hijo y Espíritu Santo). Por tanto, estos números 797 al 801 suponen igualmente lo que el Catecismo
ha referido en concreto sobre Espíritu Santo en los números anteriores y lo que dirá de Él en los
números sucesivos. En realidad, las referencias al Espíritu Santo son numerosísimas a lo largo de
todo el Catecismo.
De este modo se quiere acentuar y subrayar lo más posible eso mismo que encontramos en la cita
que el número 797 del Catecismo hace de san Agustín:
«Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma es para nuestros miembros, eso mismo es el
Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia»
(Sermón 267,4).
El Espíritu es, pues, visto como el alma de la Iglesia. Y lo es porque, si la vocación de los cristianos
es la de configurarse con Cristo y ser semejantes a Él, vivir como vivió Él y llegar a ser una sola
cosa con Él, nada de todo es posible por las simples fuerzas del ser humano. Si nuestra vocación es
divina y supone la transformación del ser corporal en un ser espiritual (cfr. 1 Co 15,43-49),
necesitamos que ese principio vital y transformador actúe en nosotros y realmente nos convierta en
aquello a lo que hemos sido destinados por Dios desde antes de la creación del mundo. Y la Iglesia
ha recibido la misión de ser el instrumento eficaz, el sacramento y el signo que realice la obra de la
santificación, de la filiación y de la cristificación de los hombres, según el designio eterno de Dios.
De este modo, al igual que la humanidad santísima de Nuestro Señor Jesucristo estuvo habitada por
el Espíritu Santo desde el instante mismo de su concepción en las entrañas purísimas de la Virgen
María, así también la Iglesia reconoce que el Espíritu Santo habita en ella y la santifica
continuamente. La Iglesia, su organismo social (socialis compago), se convierte, pues, en
instrumento del Espíritu Santo para que toda ella, como Cuerpo de Cristo, tenga vida propia
(cfr. LG 8). Y es que la Iglesia se asemeja a la naturaleza humana asumida por el Verbo encarnado
y se entiende, análogamente, como órgano vivo de salvación [vivum organum salutis], llamada a
comunicar a los hombres los frutos de la salvación, siguiendo el mismo camino de su Maestro y
Señor (cfr. LG 8). De ahí que, al igual que Cristo todo lo que hizo y realizó en esta vida fue bajo el
impulso del Espíritu Santo, de igual modo la Iglesia no puede hacer nada de lo que es su misión
sino gracias al Espíritu Santo.
Por eso, en su predicación, la Iglesia se siente impulsada por el Espíritu Santo, ya que es Él quien,
tal y como Jesús prometió, da valentía a los apóstoles para anunciar el evangelio del Reino sin
ningún temor (cfr. Mt 10,26). Es el Espíritu quien pone en labios de los discípulos la sabiduría y las
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palabras oportunas (cfr. Lc 21,14). Es Él quien, además, dispone y abre el corazón de los hombres
para que escuchen con atención la Buena Noticia de la Salvación (cfr. Hchs 10,1-8). Él es quien
garantiza que la semilla caída en el terreno propicio pueda germinar, crecer y llegar a dar mucho
fruto (cfr. Mc 4,26-29). Es el Espíritu quien da testimonio en nuestro interior de que somos
realmente hijos de Dios (Rom 8,16) y quien confirma la palabra profética en nosotros llevándonos
suavemente «a aceptar y creer la verdad» (cfr. DV 5).
Por otra parte, es el Espíritu quien nos permite dirigirnos confiadamente al Padre en nuestra
oración. Él es quien ora e intercede por nosotros ante Dios como conviene, porque nosotros muchas
veces nos sabemos cómo orar y qué pedir (cfr. Rom 8,26). Además, es el Espíritu quien hace
eficaces los signos y los ritos sacramentales, pues sin Él seguirían siendo meros ritos externos que,
como los de la Antigua Alianza, no servirían para realizar lo que significan, tal y como sucede, en
cambio, en la economía de la Nueva.
Igualmente, las funciones, los ministerios, las tareas y los servicios en la Iglesia son eficaces porque
están animados por la acción del Espíritu, que en cada momento de la historia ha ido suscitando
las personas más adecuadas para la edificación del pueblo santo de Dios y para el servicio a los
hombres. También el Espíritu ha ido suscitando nuevos ministerios y carismas en función de
las necesidades de la Iglesia y de su misión en el mundo, para beneficio de todos. Y, sobre todo,
el Espíritu Santo, asistiendo fielmente a los Apóstoles y a sus sucesores en el cargo, los obispos,
ha ido conduciendo y guiando la Iglesia por los caminos que solo el Espíritu conoce y que distan
mucho de lo que con nuestra mente podemos llegar a imaginar.
El Espíritu, asimismo, es el que hace posible en la Iglesia la comunión y la unidad entre todos sus
miembros, que no obstante siendo muchos y sin dejar de serlo, puesto que están animados por el
único y mismo Espíritu, son una sola cosa por el amor (cfr. 1 Co 12,4-11). De este modo, la Iglesia,
templo vivo del Espíritu que habita en ella realmente, se entiende a sí misma como el pueblo que va
siendo conducido en medio de la historia, con las vicisitudes y tribulaciones propias de quien
camina por este mundo, hacia la verdad plena (cfr. LG 9). Se siente también como el edificio que el
Espíritu va construyendo por la comunión de sus miembros, las piedras vivas y espirituales con que
se edifica la casa de Dios (cfr. LG 6).
La inhabitación del Espíritu Santo en la Iglesia, lejos de convertir a la Iglesia peregrina en algo ya
definitivamente acabado, en una realidad estática (como a veces se ha entendido), la convierte, mas
bien, en una realidad dinámica que tiene que caminar, que tiene que crecer, que tiene que ser
edificada constantemente, que tiene que avanzar, que tiene que discernir lo que más conviene a cada
paso y en cada momento de la historia. Y el Espíritu lo que garantiza es que con su presencia e
inhabitación en la Iglesia y en los miembros que la forman, la rejuvenece y la renueva sin cesar,
hasta que llegue a la unión perfecta con su esposo (cfr. LG 4 y 7). A la Iglesia le toca fiarse del
Espíritu, o sea, la Iglesia ha de ser consciente de que su progreso, la eficacia de sus acciones,
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la fidelidad al evangelio de Jesús, a la misión que de Él ha recibido, etc., es un don de Dios que
garantiza el Espíritu.
Y como el Espíritu, al igual que el viento, sopla donde quiere, sin que sea fácil determinar si va o si
viene (cfr. Jn 3,8), es necesario reconocer, tal y como nos ha recordado el Concilio, que el Espíritu
sopla incluso más allá y fuera de los límites visibles de la Iglesia (cfr. LG 15).
Por eso, la Iglesia ha de habituarse a escuchar constantemente la voz del Espíritu, que es quien le
garantiza su santidad indefectible (cfr. LG 39) y con esta seguridad ha de entrar en diálogo con las
otras iglesias, con el resto de las confesiones cristianas, con las otras religiones y con los hombres
de buena voluntad, para dejarse edificar, construir, regir y gobernar por todo aquello de bueno que
el Espíritu alienta, sea donde sea. Si es del Espíritu, la Iglesia lo reconoce como suyo y se alegra y
lo aprecia «como un don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener
finalmente vida» (LG 16). Y es que la misión de la Iglesia consiste en «no apagar el Espíritu, sino
examinarlo todo y quedarse con lo bueno» (LG 12). Sabiendo que el Espíritu Santo, por su virtud
santificante obra también en personas que, sin embargo, no están en plenitud de comunión con la
Iglesia católica, y a algunos de ellos les ha dado incluso la fortaleza del martirio (cfr. LG 15).
El Concilio también nos ha enseñado a contemplar agradecidos cómo el Espíritu Santo, «consigue
que todo lo bueno que haya depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y
en las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre vigor y se eleve y se
perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre» (LG 17).
Toda esta forma de ver y reconocer a la Iglesia animada por el Espíritu Santo es lo que ha abierto
importantes caminos en el diálogo ecuménico. Cualquier otra forma de entender que la Iglesia es
templo del Espíritu, sobre todo aquellas que hacen imposible el diálogo y los caminos de comunión
que el Espíritu crea y suscita para que se realice la unidad y la paz queridas por Cristo, de modo que
por fin seamos un solo rebaño y un solo pastor, habrá que considerarlas contrarias a la naturaleza
misma de la Iglesia y, en consecuencia, contrarias también a los designios eternos del Padre
celestial.
Los carismas (CCE 799-801)
Dentro de esta imagen de la Iglesia como templo del Espíritu Santo, el Catecismo dedica estos
números a la cuestión de los carismas.
Nos dice, entre otras cosas, que los carismas son dones especiales del Espíritu Santo, concedidos a
cada uno para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y, en particular, para la
edificación de la Iglesia, a cuyo Magisterio compete el discernimiento sobre los mismos.
Se trata, pues, de un magnífico colofón con el que se intenta subrayar que quien conduce a la Iglesia
en su peregrinación por este mundo es realmente el Espíritu Santo. Él es quien suscita los carismas
por los que, en cada momento, la Iglesia realmente da la respuesta conveniente a la circunstancia y
lugar donde se tiene que desarrollar la evangelización, e, igualmente, es el Espíritu Santo el que
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garantiza la unidad mediante el ministerio apostólico, de manera que los carismas verdaderamente
contribuyen al bien común de los hombres, de las necesidades del mundo y a la edificación de la
propia Iglesia.
Sin duda, en esta cuestión, el arte consiste en discernir lo que es o no un carisma del Espíritu Santo.
Como no resulta fácil, por un lado, conviene no apagar el Espíritu y esperar a ver los frutos que da
el supuesto carisma, pues, como nos enseñó el Señor Jesús, por sus frutos serán reconocidos
(cfr. Mt 7,16). Se impone, por tanto, una cierta prudencia y paciencia a la hora de discernir. Por otro
lado, es evidente que todo carisma, si realmente lo es, necesita tiempo de maduración y de
purificación. De ahí que a lo largo de la historia de la Iglesia, las personas que realmente han
recibido un carisma en la Iglesia, han pasado igualmente por todo tipo de pruebas. Esas pruebas, en
muchas ocasiones, son difíciles de comprender con el paso de los años y hasta nos pueden parecer
absurdas. Sin embargo, la experiencia nos dice que han contribuido a hacer madurar y a perfilar
mejor los respectivos carismas que el Espíritu quería para su Iglesia, distinguiéndolos de los que no
lo eran. El prudente discernimiento de la Iglesia es lo que permite que ningún carisma se confunda
con un mero proyecto o idea personal de alguien concreto que quiera imponer su voluntad a la
Iglesia. De hecho, Jesús en el evangelio nos enseñó que no basta con que el sarmiento dé frutos, en
ocasiones, cuando da fruto, el Padre lo poda para que dé más fruto (cfr. Jn 15 2). Es por ello una
constante en la historia de la Iglesia, que las personas que han recibido un auténtico carisma, el
mismo Espíritu les dé paciencia para saber esperar el tiempo y la circunstancia oportuna en que el
carisma arraigará en la vida eclesial.
Así pues, todos en la Iglesia hemos de vivir con la clara conciencia de obedecer y secundar la
acción del Espíritu; los miembros de la Jerarquía sabiendo que su función es la de servir a la unidad
y a la comunión de todos, pero sin ahogar nunca el Espíritu. Y todos los demás, dispuestos a dejar
que el discernimiento y el juicio de la jerarquía contribuyan a hacer madurar los dones del Espíritu
y para que los carismas sirvan a la edificación común y no solo al beneficio personal o de unos
pocos.
5. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica (CCE 811-933)
En la introducción a este artículo, el Catecismo nos recuerda que estos cuatro atributos indican
rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión y deben considerarse inseparablemente unidos. Es
decir, estas cuatro notas con que se define a la Iglesia sirven para expresar de algún modo su
misterio, lo que ella es, y el fin al que sirve. Por eso cada una de las cuatro notas remite a las otras
tres y, si falta alguna, se tergiversa seriamente la comprensión del ser de la Iglesia. Las cuatro
forman como las notas de un acorde musical y todas deben sonar a la vez para que la armonía no se
pierda.
De todos modos, «reconocer que la Iglesia posee estas propiedades por su origen divino es algo que
solo se puede hacer con la ayuda de la fe» (CCE 812). Porque no las posee por sí misma, sino que
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es por Cristo y por el Espíritu Santo. De ahí que, además de propiedades, también hayan de mirarse
como la vocación y la meta que ha de realizar y ejercitar si quiere ser fiel la misión que ha recibido
de Dios.
El Catecismo nos recuerda, por último, en esta breve introducción, la doctrina del concilio
Vaticano I a propósito de que «la Iglesia por sí misma es un grande y perpetuo motivo de
credibilidad y un testimonio irrefutable de su misión divina, a causa de su admirable propagación,
de su eximia santidad, de su inagotable fecundidad en toda clase de bienes, de su unidad universal y
de su invicta estabilidad».
La Iglesia es una (CCE 813-822)
«El ser una pertenece a la esencia misma de la Iglesia» (CCE 814).
La Iglesia es una porque hay un solo Dios y Padre; un solo Señor, Jesucristo, y un único Espíritu, el
Espíritu Santo.
Mirada, pues, desde el misterio de Dios, uno y trino, la Iglesia aparece, pues, como algo querido por
el Padre, cuyo designio para con los hombres consiste en que vivan unidos a Él, fuente de la vida y
la felicidad perfecta, y unidos entre sí formando una sola familia, la familia de los hijos de Dios.
La Iglesia aparece también como algo querido por el Hijo, que hecho carne por nosotros se ha
convertido en cabeza de toda la humanidad y nos llama a vivir como miembros de su Cuerpo. Sin
olvidar que, como enseña asimismo el Concilio, por medio de la Iglesia nuestro Señor Jesucristo no
deja de unir a los hombres íntimamente consigo y entre sí y los alimenta con su Cuerpo y con su
Sangre y les da parte en su vida gloriosa (cfr. LG 48).
Mirada desde Dios, la Iglesia aparece, por último, como algo querido por el Espíritu Santo, fuente y
origen de toda santidad, que por medio de su esposa, no cesa de santificar a los hombres mediante la
predicación y los sacramentos y suscitando dones y carismas que edifican al pueblo de Dios y
construyen la unidad de todo el género humano.
La unidad de la iglesia es, por tanto, fiel reflejo del misterio de la comunión trinitaria. Como en
Dios, los hombres, a pesar de ser muchos y muy diferentes, están llamados a ser uno solo por el
amor. Y, puesto que la Iglesia sólo se puede entender desde el ser mismo de Dios, su unidad hemos
de mirarla no solo como una meta que se ha de conseguir, sino como una realidad misteriosa,
divina, de la que hemos de partir; un don maravilloso que Dios nos ha regalado y que es necesario
conservar en medio de nuestro mundo como signo maravilloso (sacramento) por el cual los hombres
son atraídos a la comunión con Dios.
«Unidad», aunque parezca paradójico, no está reñido con diversidad. Para comprenderlo pensemos,
por ejemplo, en lo que sucede cuando observamos algo donde hay una gran diversidad de colores y
matices, armonizados entre sí; la belleza de la unidad en un caso así es mayor que cuando se trata de
algo formado tan solo por colores uniformes. Igual sucede en la Iglesia. El Espíritu Santo suscita
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una gran diversidad de dones, carismas y ministerios en el Pueblo de Dios, para que todos, sean de
la nación que sean, de cualquier clase y condición, de cualquier raza y cultura, contribuyan con lo
que les es propio y peculiar a la edificación común del único cuerpo de Cristo. El mismo Espíritu
que alienta y anima la diversidad construye la comunión y hace que los que son muchos lleguen a
ser uno solo por el amor.
El Catecismo, no obstante, advierte en el número 814 que es importante estar atentos a que el
pecado, fuente de toda división y discordia, precisamente porque atenta a la comunión de cada ser
humano con su Creador y también de los hombres entre sí, es asimismo la principal causa de que las
diferencias, en lugar de contribuir al enriquecimiento común, sirvan de ocasión para la ruptura y
hagan imposible la unidad que Dios pensó para todo el género humano y de la que es sacramento la
unidad de su Iglesia.
Es necesario, pues, estar atentos, y no dejarnos engañar; al contrario, hemos de luchar para que la
unidad no se rompa y poco a poco se consoliden los vínculos que unen a los que creemos en un solo
Dios, a los que hemos conocido al único Señor Jesucristo, a los que estamos animados por un
mismo Espíritu y a los que hemos recibido un único bautismo para nuestra salvación.
Los vínculos visibles de unidad entre los cristianos, tal y como señala el Catecismo en el número
815 son tres: la profesión de una misma fe, la celebración común del culto divino y la sucesión
apostólica.
La profesión de una misma fe
Efectivamente, la unidad empieza a construirse desde los mismos comienzos del proceso de
Iniciación Cristiana. Los que se prepararan para recibir los sacramentos del bautismo,
la confirmación y la eucaristía, reciben la enseñanza de los Apóstoles que, con la ayuda del Espíritu
Santo, ha sido conservada fielmente de generación en generación en la Iglesia para que todos
conozcamos a Dios y a su enviado Jesucristo. De esta forma, porque todos creemos lo mismo, tanto
el que está en España, como el que está en el Japón, sabemos que somos un único pueblo, que
profesa una misma fe. Recordemos que la unidad de la fe no está reñida con la admirable diversidad
de formas y modos como la fe se transmite y se incultura en los distintos lugares del planeta.
La común celebración del culto divino
La unidad se edifica igualmente gracias a que lo que celebramos en cada una de las acciones
litúrgicas son los mismos misterios de la fe, aquellos que nos han dado la salvación y por los cuales
hemos sido hechos partícipes de la vida divina. Así los que oímos una misma Palabra y nos
alimentamos con el mismo Pan del Cielo, llegamos a ser una sola cosa por el amor, aunque los
frutos de nuestra participación en la liturgia de la Iglesia sean muchos y muy variados, según el
Espíritu actúa.
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La sucesión apostólica
Por último, en la Iglesia sólo hay un único Pastor, el Señor Jesús. Los apóstoles actúan en su
nombre, en su nombre enseñan, en su nombre celebran los sacramentos, en su nombre nos presiden
y guían en la caridad. Por eso, cuando les escuchamos a ellos, cuando seguimos sus enseñanzas,
cuando participamos en las celebraciones litúrgicas, cuando nos dejamos pastorear, se va
construyendo la unidad que Cristo Jesús deseó para las suyos, la misma que une a las personas de la
Trinidad y de la que la Iglesia es sacramento. La diversidad de carismas y ministerios que el
Espíritu suscita y alienta en la Iglesia sustentan la unidad gracias al ministerio de los Apóstoles,
pues son ellos los que, guiados por el mismo Espíritu, contribuyen a la edificación del único Cuerpo
de Cristo.
La cuestión del “subsitit in” y de la necesidad de la Iglesia para la salvación
En el número 816 el Catecismo hace referencia a LG 8, centrándose en la cuestión del “susbsistit
in”:
«La única Iglesia de Cristo, [...] como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste
(subsistit in) en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en
comunión con él».
La pregunta es la siguiente: ¿Se puede identificar sin más Iglesia de Jesucristo con Iglesia
Católica? Para el magisterio anterior al concilio Vaticano II, tal identificación no significaba ningún
tipo de problema. Pío XII, por ejemplo, en su encíclica Mystici corporis (1943) y en la Humani
generis (1950), había insistido siguiendo la línea trazada por los papas anteriores en que el
Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana eran una misma cosa, con el resultado de
que prácticamente sólo los católicos romanos podían ser considerados miembros del Cuerpo de
Cristo.
«Para definir o describir la verdadera Iglesia de Cristo (que es la Iglesia Santa, Católica,
Apostólica Romana), nada se encuentra más noble, más grande, más divino que la expresión el
Cuerpo místico de Jesucristo; expresión que surge y casi germina de lo que frecuentemente es
expuesto en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres» (Mystici Corporis; Introducción).
«El Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia católica romana son una sola e idéntica cosa» (Humani
generis, II).
Por eso, en la redacción del primer borrador de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del
Vaticano II, se afirmaba, más o menos, la misma idea: «La Iglesia Católica Romana “es” el Cuerpo
Místico de Cristo... y la única que es católica y romana tiene derecho a llamarse Iglesia».
Aquel borrador, por ésta y por otras muchas razones, fue recibido con muy poco entusiasmo por
la mayoría de los obispos participantes. Poco tiempo después fue retirado. Se presentó uno nuevo,
que cambió muchas cosas, mas en lo concerniente a esta cuestión repetía literalmente la frase ya
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citada. Aunque con una salvedad, pues se añadió lo siguiente: «Fuera de su estructura global podían
encontrarse numerosos elementos de santificación [...] que pertenecían a la Iglesia de Cristo».
En el intervalo entre las sesiones del año 1963 y 1964 se formuló la cuestión sobre la conformidad
de mantener, por un lado, que la Iglesia de Cristo era idéntica a la Iglesia Católica y, por otro,
admitir que existen «elementos eclesiales» fuera de ella. La solución fue cambiar el texto y en vez
de decir que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, decir que subsiste en ella.
El cambio era muy importante, y se hacía necesario justificar el sentido y el alcance de la nueva
expresión: «subsistit».
Estaba claro que no se quería seguir utilizando el verbo «ser», pero ¿el cambio significaba,
entonces, que ya no se buscaba una identificación entre Iglesia de Cristo, una, santa, católica y
apostólica, con la iglesia romana?
La comisión proporcionó un informe que resumía brevemente el contenido de cada párrafo del
capítulo I. El segundo párrafo del artículo 8, en el que aparece la formulación, se resumió de
la siguiente forma: «Existe una sola Iglesia, presente (adest) en la tierra en la Iglesia Católica,
aunque fuera de ella pueden encontrarse elementos eclesiales».
Si nos atenemos al significado latino de subsistere diremos que es lo mismo que «estar quieto,
permanecer, continuar, quedar, ...». Y, teniendo en cuenta el contexto y el uso que se hace del
término en otros pasajes conciliares, ése es el valor que tiene también aquí. De hecho, en buena
parte de las traducciones se dice:
«Esta Iglesia constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, “permanece” en la
Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él,
aunque pueden encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad que,
como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica».
La Iglesia Católica no es, pues, una Iglesia ideal. Es una realidad concreta. Es la Iglesia histórica del
Nuevo Testamento, la Iglesia que Jesús confió a Pedro y a los demás apóstoles y que sigue
existiendo y se encuentra en la Iglesia Católica, la única gobernada por los sucesores de Pedro. Mas,
fuera de ella no se da el vacío eclesial, existen muchos elementos de santificación y de verdad que
son propios de la única Iglesia de Jesucristo. Todos ellos son elementos que empujan hacia la
unidad en la catolicidad, es decir, esa unidad que no niega la diversidad querida por el Espíritu
Santo, sino que invita a la comunión y al diálogo entre todos, para que el Espíritu nos conduzca
hasta la Verdad completa (Jn. 16,13).
El Catecismo cierra la alusión al problema del “subsistit in” con una cita larga del Decreto sobre el
ecumenismo del concilio Vaticano II. En esa cita se habla de que la Iglesia católica de Cristo es el
medio para poder alcanzar la salvación, ya que es ella quien posee la plenitud total de los medios de
salvación. La cita concluye recordando que ya que Cristo constituyó un solo Cuerpo en la tierra, a él
deben incorporarse los que de algún modo pertenecen al pueblo de Dios (cfr. UR 3).
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Se alude, pues, al tema de la necesidad de la Iglesia para la salvación. Cuestión que se trata más
directamente en los números 846-848, dentro de la nota de la Catolicidad.
El Concilio ciertamente reiteró la doctrina clásica del extra ecclesiam nulla salus, y, desde luego, se
reafirmó en reconocer, como acabamos de recordar, que es en la Iglesia Católica, como institución
visible presidida por Pedro en comunión con todos los obispos, donde subsiste la única Iglesia de
Jesucristo. Sin embargo, el concilio Vaticano II, queriendo evitar planteamientos tan solo
apologéticos y excesivamente triunfalistas, no quiso olvidarse de señalar que Dios Padre no está
lejos de los que le buscan, aunque sea entre sombras, pues Él da a todos la vida, el aliento y todo
(cfr. Hchs 17,25-28); y el Redentor universal, por su parte, quiere que todos los hombres se salven
(cfr. 1 Tim 2,4). Por eso, «los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia,
pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la
voluntad de Dios, conocida a través de los que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna» (LG 16). Todos ellos, en consecuencia, de un modo que solo Dios conoce, están en
comunión con la única Iglesia de Jesucristo y contribuyen con su santidad de vida y con sus bienes
a la edificación del Pueblo Santo de Dios, que es uno solo, pues, como decía Jesús, «el que no está
contra nosotros, está a favor nuestro» (Mc 9,40).
Así pues, el Concilio hizo un gran esfuerzo por entender el universalismo de la fe, no sólo como
pretensión y exigencia, sino también como esperanza, como promesa y seguridad para todos,
destacando, consecuentemente, los elementos positivos de las religiones.
«Entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor,
muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia
católica: la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y algunos
dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles; todo esto, que proviene de Cristo y a Él
conduce, pertenece por derecho a la única Iglesia de Cristo» (UR 3).
Juan Pablo II, siguiendo la senda inaugurada por el Concilio, planteó la relectura del axioma en
estos términos:
«Fuera de la comunidad católica no existe el vacío eclesial. Muchos elementos de gran valor
(eximia), que en la Iglesia católica son parte de la plenitud de los medios de salvación y de los
dones de gracia que constituyen la Iglesia, se encuentran también en las otras Comunidades
cristianas» (Encíclica Ut unum sint, 13).
En conclusión, el planteamiento del problema ha experimentado un cambio radical; pues, de hecho,
ya no tratamos de mirar hacia la salvación eterna “de los otros”, sino que intentamos comprender
la posición y la misión de la Iglesia en la historia; de forma que nos permita creer, por un lado, en la
universalidad de la oferta divina de la gracia; y, por otro, en la necesidad ineludible de la Iglesia
para alcanzarla.
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Consecuentemente, no se puede sostener ni defender, con la doctrina conciliar en la mano, que el
Vaticano II haya supuesto un giro copernicano en la forma de entender la necesidad de la Iglesia a
raíz de la fórmula del subsistit in. Más bien, hay que hablar de que el Concilio, en comunión con la
Tradición anterior de la Iglesia, ha ayudado a evitar una autocomprensión de la unicidad de Iglesia
excluyente de todas las demás iglesias y comunidades cristianas. El Concilio, como hemos
señalado, nos ha enseñado a mirar a la Iglesia de otro modo, con mucha mayor humildad y, por
tanto, verdad. El Concilio nos ha enseñado a comprender que fuera de la Iglesia no existe el vacío
eclesial, porque Cristo, por medio de su Espíritu, actúa de muchos modos y maneras, que nosotros
no conocemos. Ahora bien, todo lo que es de Cristo y es obra, asimismo, del Espíritu Santo, forma
parte de la comunión eclesial; pertenece, pues, a la única Iglesia de Jesucristo. De ahí que, como
dice el Concilio, todos esos dones que se dan fuera de la Iglesia, empujan (impellunt) igualmente a
la unidad católica (LG 8).
La encíclica de Juan Pablo II, Redemptoris missio, nos ayuda a comprobar que ésta es la lectura que
está más en consonancia con el modo como actualmente plantea este problema el Magisterio de la
Iglesia:
«Tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la posibilidad de conocer o aceptar la
revelación del Evangelio y de entrar en la Iglesia. Viven en condiciones socioculturales que no
se lo permiten y, en muchos casos, han sido educados en otras tradiciones religiosas. Para ellos,
la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa
relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera
adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su
sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo y permite a cada uno llegar a la salvación
mediante su libre colaboración» (RM 9).
Por todo ello, aunque se reconozca que o bien aquellos que no creen en Cristo, o bien los que no
están en comunión plena con la fe católica pueden alcanzar la salvación por los caminos que solo
Dios conoce, no cabe desdecirse de reconocer que la misión de la Iglesia es anunciar con toda
sencillez y nitidez que Cristo es el único salvador. En realidad es la gracia de Cristo, como decía
Juan Pablo II, lo que les alcanza la salvación. Una gracia que les hace mantener una misteriosa
relación con la Iglesia, aunque no les introduzca formalmente en ella. Ciertamente en estas
personas, como en los demás fieles católicos, se supone la colaboración por parte de cada uno de
ellos con la gracia, para que ésta sea eficaz. Pues bien, porque Cristo debe ser anunciado, porque
todos deben ser ayudados y sostenidos por la gracia, porque todos deben perseverar y colaborar con
la gracia de Dios, es por lo que la Iglesia es necesaria para la salvación, ésa es la misión que Cristo
le confió.
En consecuencia, es necesario reconocer que Cristo y la Iglesia son inseparables. Evidentemente la
Iglesia se debe esforzar para reflejar con toda nitidez en su rostro, el rostro de Cristo, y asemejarse
cada vez más a Él en su estilo pobre, sencillo, humilde, de entrega y de servicio. Pero lo que no
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cabe, aun reconociendo las limitaciones de la propia Iglesia en el cumplimiento de su misión y de su
vocación, es legitimar planteamientos que, con la vitola de ser auténticamente evangélicos y
ecuménicos, suponen el rechazo de la necesidad de la Iglesia para alcanzar la salvación.
Es de justicia reconocer que algunos de esos planteamientos han querido corregir un excesivo
eclesiocentrismo, propio de la eclesiología y del magisterio eclesial de otras épocas. Pero es
igualmente de justicia reconocer que ni los datos del Nuevo Testamento, ni la doctrina más genuina
de los padres de la Iglesia y ni siquiera la doctrina del concilio Vaticano II dan pie para que se
sostenga una forma de ver y comprender la Iglesia como una mediación “relativa”. Relativa en el
conjunto de las religiones que hay y ha habido a lo largo de la historia de la humanidad; y relativa,
asimismo, dentro del abanico de las demás confesiones cristianas.
Las otras religiones y las demás confesiones cristianas no son mediaciones paralelas o
complementarias a la Iglesia, sino que son mediaciones parciales e incompletas; aunque, como muy
bien decía el Concilio, se les reconozca, respectivamente, que sirven de preparación evangélica y
que en ellas se dan frutos de santificación y gracia, que llegan incluso, en algunos casos, a la
gracia del martirio (cfr. LG 15).
Sería, por lo tanto, equivocado considerar a la Iglesia como un camino más, entre los muchos
posibles, de alcanzar la salvación. Por este camino solo se llega al indiferentismo religioso y
también eclesial. Y es necesario afirmar con fuerza que esto no es verdad. Ya que, si bien es cierto
que Dios puede salvar a aquellos que le buscan con sincero corazón, con la ayuda de la gracia, no
podemos olvidar que, en esta búsqueda, están ya encaminados a Cristo y ordenados a la Iglesia; sin
perder de vista, además, la situación deficitaria en la que se hayan respecto de los miembros de la
Iglesia, pues éstos tienen a su alcance la plenitud de los medios salvíficos. De ahí que haya que
reconocer que Dios es el primero que desea la incorporación de todos los hombres al Cuerpo de su
Hijo, que es la Iglesia.
No se busca, pues, la gloria de la Iglesia, se busca tan solo que se cumpla el plan de Dios, tal y
como ha sido revelado y realizado por Cristo. La Iglesia, lo repetimos una vez más, no tiene sentido
en sí misma, y no hay que caer en ninguna exageración eclesiocentrista; más bien hay que evitarlas.
Pero la Iglesia no puede dejar de verse impelida, por la voluntad misma de Cristo, a anunciarle
como camino, verdad y vida, como la plenitud a la que apuntan todas las demás religiones. Ahora
bien, depende ya de que cada individuo libremente quiera y acepte reconocer y abrazar la Verdad y
rendir su entendimiento y su voluntad, cuando la Verdad se revela o se pone de manifiesto. Esta
libertad debe ser respetada hasta sus últimas consecuencias y, en consecuencia, hay que condenar
firmemente todo intento o forma de evangelización que vaya en contra, o no respete el principio de
la libertad de conciencia y de la libertad religiosa. Así lo hizo, con toda claridad el concilio
Vaticano II (cfr. Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae), y así lo ha seguido
haciendo el magisterio de la Iglesia en las últimas décadas.
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Así pues, aunque algunos recibieran la declaración Dominus Iesus pensando que su objetivo era
frenar el camino del diálogo ecuménico abierto por el concilio Vaticano II, sin embargo, hay que
verla, más bien, como un nuevo intento de señalar que algunos caminos o formas de plantear
el ecumenismo conducen inevitablemente a un callejón sin salida; y que, por tanto, haremos bien en
evitarlos de antemano. De ahí que la Declaración quisiera dejar claro que los católicos no hemos de
pensar que por hablar de la “unicidad”, “universalidad” y “absolutividad” de la mediación de Cristo,
y, por tanto, de la Iglesia, se imposibilita el diálogo ecuménico. En realidad es todo lo contrario:
solo a la luz del misterio de Cristo y de su evangelio, es como se puede percibir el valor que tienen
las demás religiones como preparación al conocimiento de la Verdad plena y a la salvación
verdadera que Jesús nos trajo.
La declaración Dominus Iesus lo que pretendió en realidad fue cortar de raíz cualquier intento de
hacer un planteamiento sincretista del ecumenismo y del diálogo con las otras religiones.
La revelación de la Verdad no está fragmentada y no hay que recomponerla como si se tratara de un
puzzle, en el que la imagen acabada no llega a percibirse hasta que cada pieza está colocada en su
sitio. Cristo es el primero y el último, el alfa y la omega (cfr. Apo 1,8; 21,6; 22,13). En Él la
revelación ha llegado a su plenitud y no cabe esperar ninguna otra revelación, ni ningún otro
salvador (cfr. DV 4). Todo lo que el Padre quiso contarnos, ya nos lo ha dicho por medio de su Hijo
Jesucristo; y todo lo que cabía hacer por la redención de los hombres, ya lo ha hecho igualmente
nuestro Señor (cfr. CCE 65-66).
Desde esta Verdad y desde esta Luz, el concilio Vaticano II nos invitó a todos los católicos a mirar
positivamente a las otras religiones y confesiones cristianas, viendo en ellas todo lo que hay de
verdadero, de bueno y de justo; que proviene de estar en comunión con Jesucristo, que es capaz de
iluminar y de salvar a cuantos con conciencia recta lo siguen. Incluso, el concilio Vaticano II nos ha
invitado a reconocer que muchos de esos elementos han podido ser mejor tratados en esas otras
religiones y confesiones cristianas (cfr. UR 3).
Todo ello nos tiene que hacer pensar, pero nunca nos puede hacer dudar que, en la Verdad de la que
Iglesia es depositaria, por voluntad de Cristo, falte algo que tuviera que ser completado con lo que
otras religiones o confesiones cristianas enseñan.
Heridas de la unidad (CCE 817-819) y el camino para conseguirla (CCE 820-822)
El libro de los Hechos de los Apóstoles, las cartas de san Pablo, de san Juan, de san Pedro, de
Santiago y hasta el libro del Apocalipsis hacen mención de los primeros conflictos que enseguida
surgieron en el seno de las distintas comunidades cristianas. Conflictos que llevaron a escisiones,
unas veces por motivos doctrinales, otras por cuestiones disciplinares, otras por cuitas personales
entre hermanos y por muchos otros motivos.
Sabemos que la desunión, la división, la falta de caridad, el rencor, los odios, las divisiones,
los enfrentamientos, no proceden de Dios; al contrario, son los frutos de unos corazones dominados
por la envidia, los celos, la maledicencia, etc., que son la cizaña que el mal espíritu siembra en el
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campo de Dios. Todos, por tanto, hemos de sentir la responsabilidad que nos compete por la
separación y las divisiones que existen entre los cristianos. Divisiones que, no lo podemos olvidar,
son la principal piedra de escándalo para muchos y lo que en gran medida dificulta la acción
evangelizadora de la Iglesia. Todos somos responsables, y todos debemos esforzarnos para que se
haga realidad el plan de Dios y aquello por lo que Cristo dio su vida: Que seamos uno.
El concilio Vaticano II ha hecho tomar conciencia a los católicos de la necesidad del ecumenismo.
Nos ha enseñado a reconocer que por encima de cualquier separación o división que exista entre los
creyentes, no dejamos de ser hermanos. Los que hemos recibido un mismo bautismo y nos
honramos con el nombre de cristianos somos hermanos en el Señor (cfr. LG 15).
Además, el Concilio nos ha enseñado a mirar muy positivamente todo aquello que en las otras
confesiones cristianas se ha conservado fielmente y que nos une. Esos elementos comunes el
Concilio los reconoce como elementos propios de la única Iglesia de Cristo, que subsiste en la
Iglesia Católica, y que empujan a la unidad de todos los que somos de Cristo (cfr. LG 8).
Como dice el número 820 del Catecismo, hemos de tener muy claro que la unidad no es una
conquista que lograremos los cristianos a base de pactos y de acuerdos. La unidad es un don
gratuito que Cristo da permanentemente a su Iglesia, que es una sola. Los que creemos en Cristo,
eso sí, somos responsables de que esa unidad se ponga de manifiesto en nuestro modo de profesar la
fe, de celebrarla y de vivirla. Hemos de poner todos los medios para que así sea y se cumpla el plan
de Dios.
El Catecismo, siguiendo fielmente las enseñanzas del Concilio, nos recuerda algunos medios que ya
se han mostrado muy eficaces en el camino del ecumenismo:
— Primero: la renovación de la Iglesia, buscando vivir la fidelidad al único evangelio de Jesucristo.
— Segundo: la conversión de los corazones. Si por amor a Cristo nos vencemos a nosotros mismos
y vencemos al pecado que nos separa, más fácil será la unidad de los que decimos ser de Cristo.
— En tercer lugar se mienta la oración común: Si, como Jesús en la última cena, oramos
frecuentemente y oramos de forma unánime por la unidad, nuestro corazón se dispondrá a vivir
este don maravilloso que Dios nos ha regalado a los hombres.
— Luego, en cuarto lugar, se nos habla de conocernos más y mejor. Muchas de las diferencias y los
abismos que nos separan vienen del desconocimiento mutuo y de los prejuicios alimentados en
ocasiones desde hace muchos siglos. Es, pues, necesario favorecer encuentros fraternales que nos
ayuden a derribar muchos de los muros que el tiempo ha ido levantando entre los cristianos.
— A continuación, en quinto lugar, se nos habla de la necesidad de una mayor formación
ecuménica, es decir, de la importancia de conocer lo específico de las demás confesiones
cristianas.
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— Luego, en sexto lugar, el Catecismo menciona la cuestión del diálogo entre los teólogos y
también de los encuentros entre cristianos de las distintas confesiones.
— Y, por último, se habla de la colaboración entre los cristianos en los diferentes campos en que se
sirve a la sociedad, a los pobres, a los necesitados, a la ciencia, a las artes y a la cultura.
Aunque a simple vista pueda parecer que será imposible la unidad, sabemos que Cristo Jesús, desde
el seno del Padre, no deja de orar para que ello se realice. No perdamos, pues, la Esperanza y
estemos convencidos de que para Dios realmente nada hay imposible. Así, por el favor de Dios, un
día, los que decimos creer en Cristo formaremos un único rebaño bajo el cayado del único Pastor.
La Iglesia es Santa (CCE 823-829)
Recordemos, antes que nada, que todo lo que confesamos sobre la Iglesia, lo hacemos en la medida
que la contemplamos desde el misterio de Dios. Así confesamos que la Iglesia es santa, porque
Dios, el tres veces Santo, ha enviado a su Hijo Jesucristo, para que, por la entrega de su sangre en la
cruz, santificara a la Iglesia y la presentara ante sí como una esposa en la que no hay ni mancha ni
arruga.
Decimos asimismo que la Iglesia es santa, porque el Dios santo no deja de llamar a los hombres a la
santidad y, más aún, porque, cuando Dios pensó en crear a los hombres, les destinó a ser santos e
inmaculados en el amor por medio de su Hijo, Jesucristo.
Por otra parte, Dios Padre, fuente de toda santidad, derramó sobre los hombres el Espíritu Santo,
para santificarlos y para que, como Dios, también nosotros fuéramos santos, como Él es santo.
Sabemos que hemos recibido el Espíritu Santo, y que, en consecuencia, estamos llamados a
dejarnos guiar por Él; lo que se traduce en abandonar el hombre viejo para revestirnos del hombre
nuevo, del hombre en quien ha quedado borrada nuestra antigua condición de pecadores, para que
surja el hombre que camina según el Espíritu y da los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz,
amabilidad, bondad, etc.
Vista, por tanto, desde Dios, la Iglesia aparece como indefectiblemente santa (cfr. LG 39); que es lo
mismo que decir que la Iglesia no puede dejar de ser santa y que nunca dejará de ser santa.
De hecho, la nota de la santidad es la que siempre aparece en los símbolos o profesiones de fe que
conservamos desde la antigüedad. Sin embargo, algunos santos padres, como por ejemplo, Orígenes
aplicaron a la Iglesia la expresión de la esposa del Cantar de los Cantares: Soy negra pero hermosa
(cfr. Cant 1,5). Otros, como Hilario de Poitiers, hablaron de la Ecclesia peccatrix. San Ambrosio,
por su parte, aunque habló de que la Iglesia como santa y bella, sin embargo, le aplicó también el
doble calificativo de casta meretrix. Igualmente san Agustín habló de la Iglesia mixta (ecclesia
mixta), de un corpus mixtum, porque en la Iglesia hay grano y paja; porque ora al Señor perdona
nuestros pecados, porque comprende en su seno a los pecadores y está siempre necesitada de
purificación, y porque la Iglesia terrena no brilla definitivamente sin mancha ni arruga, sino que se
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prepara para ello en el día en que aparezca el Señor, su esposo, en toda su gloria. «En los miembros
de la Iglesia, la santidad perfecta está todavía por alcanzar» (CCE 825).
Para entender bien lo que profesamos en el Credo al confesar que la Iglesia es santa, no podemos
hacerlo de espaldas a la realidad, o sea, cerrando los ojos a lo que es fácilmente constatable: tal y
como decía san Agustín, en la Iglesia están mezclados el trigo y la paja, y todos los miembros del
pueblo santo de Dios nos reconocemos pecadores, porque lo somos, y también que, como Jesús
explicó en una de sus parábolas, el trigo y la cizaña crecerán juntos hasta el día de la siega
(cfr. Mt 13,24-40).
La Iglesia es, pues, santa no por el resultado de la suma de la santidad de todos sus miembros.
La Iglesia es santa, porque Dios santísimo es su autor; porque Cristo se ha entregado por ella para
santificarla y hacerla santificante; y porque el Espíritu Santo la vivifica con la caridad.
La Iglesia, como ya hemos reiterado anteriormente, es instrumento del plan y del proyecto del
Padre, de la obra del Hijo, y también del Espíritu Santo. Si el Padre decretó elevar a los hombres a
la participación de la vida divina, la Iglesia, por medio de sus sacramentos, comunica real y
misteriosamente esa vida divina a cuantos escuchan su predicación y creen en el evangelio. Si el
Padre no abandonó a los hombres tras el pecado, sino que les dispensó siempre su auxilio y
protección en atención a Cristo Redentor, la Iglesia, en Cristo, nos trae el perdón del Padre y nos
hace experimentar su abrazo reconciliador. Si el Padre nos predestinó de antemano a ser conformes
con la imagen de su Hijo para que fuera el primogénito entre muchos hermanos, la Iglesia no deja
de mostrarnos el rostro de Cristo con su predicación y con su ejemplo, al tiempo que nos da su
gracia para hacernos semejantes a Él. Si el Padre dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la
Santa Iglesia, es lógico que ella misma se entienda como la convocación (la asamblea) de los
elegidos, el pueblo santo, sacerdotal, profético y real, que es, en medio del mundo, fermento y
levadura para que toda la masa fermente. La Iglesia, por voluntad de Cristo, tiene que crecer
visiblemente en el mundo y lo tiene que hacer convocando y reuniendo a los hijos de Dios
dispersos. Y la convocación que es la Iglesia es, al mismo tiempo, prenda, anticipo y garantía del
cumplimiento definitivo del proyecto de Dios. En su peregrinar por este mundo, la Iglesia se sabe
asistida permanentemente por la fuerza y la gracia del Espíritu Santo, que la renueva y la rejuvenece
siempre y la conduce a la unión consumada con su esposo. De ahí la definición dada por el Concilio
sobre la Iglesia: «muchedumbre reunida por la unidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo»
(LG 4).
La Iglesia es, pues, sacramento de salvación para todos los hombres por voluntad de Dios. O lo que
es lo mismo, la Iglesia es signo eficaz de la salvación, ya que no solo la significa, sino que la realiza
y la contiene. Si la Iglesia no fuera santa no podría ser instrumento eficaz de santificación, puesto
que nadie da lo que no tiene. Mas, como la Iglesia es santa, puede santificar a los que Cristo, desde
cielo, sentado a la diestra del Padre, sin cesar conduce a su Iglesia y por medio de ella los une
consigo más estrechamente, y alimentándolos con su propio Cuerpo y Sangre les hace partícipes de
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su vida gloriosa (cfr. LG 48). Por su unión con Cristo y por medio de Cristo con el Padre y con el
Espíritu Santo, la Iglesia ha sido dotada de la plenitud de los medios de salvación. Medios de los
que ella es depositaria y administradora. Así, toda la actividad de la Iglesia ha de estar orientada a la
santificación y la salvación de los hombres. Tiene que servir a esta misión con la predicación, con la
celebración de los sacramentos y con el testimonio de su caridad y de su ejemplo. Cuenta para ello
con la santidad de sus hijos más preclaros y excelsos, empezando por la bienaventurada Virgen
María y, luego, todos los santos, es decir, aquellos que tras peregrinar por este mundo fueron
hallados justos y, según la promesa de Jesús, entraron en el banquete de su Señor.
Pero, mientras peregrinamos por este mundo, sabemos que estamos inclinados al pecado, podemos
pecar y, de hecho, pecamos. Hemos de reconocer, por tanto, que necesitamos de conversión y de
purificación constante. De ahí que nos acerquemos a la Iglesia, pues nuestra fe nos permite
reconocer en ella la santidad que ha recibido de Dios para santificación de todos nosotros, que nos
reconocemos pecadores. Somos miembros pecadores de la Iglesia que es santa. Y la Iglesia, que nos
reconoce realmente como hijos suyos, ora por nosotros, intercede por nosotros y nos asiste con su
ejemplo para que nos reconciliemos con Dios y con los hermanos. Ella misma es instrumento de
reconciliación y de paz. Por eso decimos que es, al mismo tiempo, santa y necesitada de
purificación en sus miembros, o, como decían los padres, santa y pecadora, casta meretrix.
La Iglesia es católica (CCE 830-856)
El término “católica” es sinónimo de “universal”. Y se dice que la Iglesia es católica, en primer
lugar, porque en ella se da la plenitud de los medios de salvación. Es decir, en ella se da la
confesión recta y completa de la fe cristiana, la vida sacramental íntegra y el ministerio ordenado
que proviene de los apóstoles.
En segundo lugar, la Iglesia es católica en tanto en cuanto ha sido enviada por el Señor Jesús a todas
las naciones; y por eso gentes provenientes de todos los lugares del mundo son convocadas en el
único pueblo de Dios. La Iglesia, porque es católica, tiene que llegar a todos, y todos los hombres
están llamados a ser congregados en ella.
El relato de los Hechos de los Apóstoles del día de Pentecostés, señala que allí había gentes llegadas
de todas partes y que hablaban lenguas muy diferentes entre sí (cfr. Hchs 2, 8-11). Aún los
apóstoles no habían salido de Jerusalén para comenzar su misión, y la Iglesia ya era universal, ya
era católica. Tras aquel día los apóstoles fueron fundando comunidades que recibían el nombre de
iglesias. Se les denomina así porque en ellas se hace presente la única iglesia de Jesucristo y porque
están formadas a imagen de la Iglesia Universal: la Católica.
Cada iglesia particular, presidida y confiada al pastoreo de un obispo, sucesor de los apóstoles, está
llamada a vivir la comunión con las demás iglesias particulares y especialmente con una, la Iglesia
de Roma, que preside a todas en la caridad. La Iglesia de Roma, en función del ministerio que
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Cristo encomendó al apóstol Pedro y a sus sucesores, es la base única y fundamento de la comunión
con las iglesias de todas las partes del mundo.
Nos recuerda también el Catecismo, citando la doctrina al respecto del Concilio Vaticano II, que no
es conforme con a la fe católica concebir a la Iglesia universal como la suma o la federación de las
iglesias particulares de todo el mundo. Cristo fundó una única Iglesia, que después, por la
predicación de los apóstoles, que se adecuaron a las diferentes mentalidades, usos y costumbres
donde el evangelio era anunciado, fue echando raíces y dando frutos, diferentes y diversos según el
Espíritu suscitaba en cada lugar. Así surgieron modos propios de expresar y confesar la única fe
evangélica; formas distintas de celebrar los mismos misterios de la salvación; y tradiciones y
costumbres propias según la mentalidad, culturas y usos de los diferentes lugares donde la fe
arraigaba. Esta admirable diversidad que suscita el Espíritu en el seno de la única iglesia de Cristo,
es lo que pone de manifiesto la admirable catolicidad del pueblo de Dios. Un pueblo que aparece
reunido por la convocación de los que son muchos y muy diferentes entre sí, pero que quedan
unidos por el amor. Y esta unidad, al mismo tiempo, es fuente de una gran variedad de carismas,
tareas y servicios, que el único y el mismo Espíritu suscita para que el evangelio realmente pueda
llegar a todos, y en todas partes pueda enraizar y dar abundantes frutos para la salvación del género
humano.
Mas el pecado de los hombres muchas veces a lo largo de la historia, y también en el momento
presente, ha hecho que no siempre esta nota de la catolicidad se haya entendido, en la práctica, de
forma correcta. Así, la defensa a ultranza de las legítimas diferencias, ha roto la necesaria unidad
entre las iglesias particulares; y también en aras de asegurar la unidad, se ha pretendido ahogar
cualquier diferencia, por justa que fuera.
¿Quién pertenece a la Iglesia católica? (CCE 836-838) La Iglesia y los no cristianos (CCE 839846)
El Catecismo en el número 836, tomando pie de la doctrina del Concilio Vaticano II, nos recuerda,
por una parte, que todos los hombres están invitados a la unidad católica del pueblo de Dios, y, por
otra, que tantos los católicos como los demás cristianos e incluso todos los hombres en general
pertenecen de diversas maneras a esta unidad católica en tanto en cuanto Dios, aunque ha querido
que seamos muchos y muy diferentes, sin embargo, nos ha llamado a una misma salvación y ha
hecho de todos nosotros uno solo al crearnos en su único Hijo, Jesucristo.
El hecho de que se reconozca que pertenecemos de diversas maneras a esta unidad católica es muy
importante, sobre todo, para que no nos miremos unos a otros con desconfianza, sino con amor;
intentando fijarnos más en lo que nos une, y poder así vencer y superar lo que nos separa.
¿Qué es lo que nos une? Lo que más radicalmente nos une es el bautismo, que es el mismo para
todos, aunque haya hermanos que no profesen íntegramente la fe católica, o no hayan conservado la
comunión plena con el sucesor de Pedro. De todos modos, el bautismo es uno y el mismo.
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Esto en lo que respecta a los que nos confesamos cristianos. Con los no cristianos, el número 839
del Catecismo nos recuerda que también están ordenados al Pueblo de Dios de diversas maneras, o
sea, que existen lazos de comunión que es necesario reconocer.
En primer lugar con el pueblo judío, a los que (en expresión muy habitual de Juan Pablo II) hemos
de llamar nuestros hermanos mayores en la fe. De ellos es la primitiva alianza, las promesas, la ley,
la tierra, el culto. Son el pueblo consagrado por Dios, su propiedad personal, el pueblo santo,
sacerdotal, profético y real levantado como señal entre las naciones para preparar la venida del
Mesías. Y, como nos recuerda san Pablo, los dones de Dios son irrevocables (cfr. Rom 8,11). Así
que hemos de esperar que un día también ellos puedan decir con nosotros: ¡Bendito el que viene en
nombre del Señor! Pues tanto ellos como nosotros, a eso hemos sido destinados: a heredar una
bendición (cfr. 1 Pe 3,9).
En segundo lugar, el Catecismo habla de los musulmanes. Con ellos nos une la fe en un Dios
creador de todo cuanto existe. También ellos profesan tener la fe de Abrahán y adoran como
nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los hombres al fin del mundo.
En tercer lugar, se nos habla de cómo con las religiones no cristianas en general nos une el
reconocimiento del origen y del fin comunes del género humano, que no es otro que Dios, un Dios
bueno, providente, justo y misericordioso. Un Dios al que se adora bajo formas muy diferentes y
que, en ocasiones, puede aparecer como un Dios desconocido, al que no se sabe poner nombre, pero
que está ahí dando vida y alentando en cada una de las cosas creadas.
La Iglesia ve en todos estos puntos de comunión una especie de preparación evangélica a la plenitud
de la fe, por tanto, hemos de mirarlos con ojos positivos. Hemos de tener una radical confianza en
Dios y, aunque el pecado de los hombres pueda oscurecer su conciencia y les impida, de hecho,
reconocer las huellas de Dios, sin embargo, aun con todo, Dios no deja de dar testimonio de Sí
mismo y hablar al corazón de cada hombre. Por ello, cada hombre, incluso a tientas, puede llegar a
conocer lo que se ha hecho visible del misterio de Dios y, desde ahí, dar el salto a la fe plena, es
decir, al reconocimiento de todo aquello que siendo invisible del misterio de Dios, se ha hecho
visible gracias a Jesucristo, aun permaneciendo en su invisibilidad.
Todo lo que acabamos de decir, no debe verse como un obstáculo para que la Iglesia sea presentada
como el lugar en el que Dios ha querido convocar a todos los hombres y reunirles en un solo
pueblo, según su plan de salvación trazado desde antes de la creación del mundo.
La Iglesia, tal y como enseñaban los padres, es como una nueva Arca de Noe en la que todos los
hombres encuentran la salvación (cfr. CCE 845). No hemos, pues, de dejarnos engañar por falacias
que quieran obviar la necesidad de la Iglesia católica. Una necesidad que descansa primeramente en
la voluntad salvífica del Padre, luego en el modo como hemos sido redimidos por el señor Jesús, y,
por último, en el don del Espíritu Santo que actúa para realizar la congregación de todos los
hombres en la única Iglesia.
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Extra ecclesiam nulla salus (CCE 846-848)
Ésta es una frase muy famosa de san Cipriano, que por un mal planteamiento ecuménico hoy nos
parece inaceptable. Sin embargo, si la pensamos bien nos daremos cuenta de su actualidad y, por
supuesto, de la verdad que encierra.
Dios, desde un principio, llamó a los hombres a entrar en comunión con Él y también a la comunión
mutua entre sí. En consecuencia, nadie que rechace esta comunión puede ser salvado. Mas la
comunión no es sólo un misterio invisible. Dios quiso asimismo establecer lazos visibles de
comunión. Y eso es precisamente la Iglesia: un misterio de comunión al mismo tiempo visible e
invisible.
Ambas cosas, lo visible y lo invisible, están indisociablemente unidas. De ahí que profesando una
misma fe, recibiendo un mismo bautismo, unidos por la celebración de unos mismos misterios,
guiados por unos mismos pastores, se va realizando visiblemente la comunión entre todos aquellos
que, además, estamos igualmente unidos por otros lazos invisibles que se nos escapan y que solo
Dios conoce. De ahí que siempre se haya afirmado que Dios, por caminos que solo Él sabe, hace
llegar a muchos hombres a la fe. Hombres que, sin culpa propia, ignoran el evangelio de Cristo, no
han recibido el bautismo, no participan en los sacramentos y no reconocen la autoridad apostólica.
El hecho de que con esas personas no existan lazos visibles de comunión, no impide que
reconozcamos la existencia de otros lazos invisibles. Pues de lo que no cabe ninguna duda es que
Dios, a cuantos le aman y le conocen, sean de la nación que sean, les hace ser con Él una sola cosa
por el amor.
Lo que en ningún caso es admisible es el rechazo de la comunión. Porque quien rechaza
conscientemente la comunión con Dios y con los hermanos, está fuera de la salvación. Y esto es un
principio válido para todos: tanto los que no están en la plenitud de comunión con la Iglesia
católica, como los que forman parte de ella.
Conviene recordar, por tanto, que no basta con pertenecer a la Iglesia católica para salvarse, es
necesario mantener la comunión en el amor y estar en el seno de la Iglesia no sólo con el cuerpo,
sino también con el corazón (cfr. LG 14).
La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia (CCE 849-856)
Bajo este epígrafe, el Catecismo concluye el apartado dedicado a esta tercera nota definitoria del
misterio de la Iglesia.
Comienza el número 849 recordándonos el mandato de Jesús de ir al mundo entero. Por tanto, la
Iglesia se siente enviada por su Fundador a salir fuera y llegar a todos. Como el Señor Jesús, su
esposa, la Iglesia, desea vivamente que todos conozcan al Padre y a su enviado, Jesucristo. No es un
problema de número de gente, ni de que la Iglesia quiera que sean muchos sus adeptos; es cuestión,
más bien, de tener que obedecer a la voluntad del Padre que no quiere que ninguno se pierda y que
desea que todos participen de la alegría del Reino celestial.
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Por todo ello, en el número siguiente, el 850, el Catecismo nos recuerda que la fuente de donde
mana la misión de la Iglesia, no es otra que el amor eterno de la Santísima Trinidad. Dios que es
amor y comunión de Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creó al hombre destinándole a
participar de su misma vida. Para ello creó a los hombres a su imagen y semejanza, haciendo de
Jesús, su Verbo eterno hecho carne en María, Cabeza de toda la humanidad; y, por último, envió al
Espíritu Santo para que formara en nosotros su imagen más perfecta, haciéndonos coherederos de la
misma gloria y dignidad de su Hijo, Jesucristo.
Puesto que la Iglesia es la depositaria de esta buena noticia de la salvación, puesto que ella conoce
el plan de Dios y conoce ese amor tan grande que nos ha sido revelado en Cristo, no puede dejar de
anunciar y de celebrar estos misterios para que todos los hombres los conozcan y puedan también
participar libremente de ellos. La Iglesia, por tanto, no puede dejar de ser misionera, porque aquello
que cree y espera constantemente le pone en camino, al igual que el pastor que teniendo cien ovejas,
si le falta una, se pone a buscarla y no para hasta encontrarla (cfr. Mt 18,12; Lc 15,4). Es, pues,
la misma fuerza de amor que impulsa al Padre a salir en búsqueda de sus hijos, la que mueve al Hijo
a ir en busca de la oveja perdida y la que mueve a la Iglesia a salir y anunciar la Buena Noticia a
todas las gentes.
Asimismo es el Espíritu Santo el que no deja de alentar y de impulsar con su fuerza a la Iglesia a la
misión. El Espíritu, por una parte, prepara el corazón de los hombres y los dispone a escuchar y
acoger el mensaje de la salvación; y, por otra, el Espíritu Santo actúa en los apóstoles, misioneros y
catequistas para que no dejen de anunciar, de insistir a tiempo a destiempo, invitando a los hombres
a que crean y se bauticen en el nombre del Señor Jesús.
Por último, sabe la Iglesia que para que no existan obstáculos que dificulten la misión, es necesario
seguir el mismo camino y adoptar las mismas actitudes de Jesús. El Catecismo, citando un texto del
concilio Vaticano II (cfr. LG 8)nos habla fundamentalmente de cuatro actitudes: pobreza,
obediencia, servicio e inmolación de sí mismo hasta la muerte. Si así fue como el Verbo de Dios
realizó la misión que recibió del Padre, la Iglesia debe seguir sus huellas y hacer transparente en su
vida y en su actuación, aquello que anuncia y enseña en su predicación.
Para avanzar en su ser católica, el Catecismo nos recuerda que la Iglesia debe caminar por la vía de
la conversión y la renovación y por el estrecho sendero de Dios (CCE 853). Debe saber que su
vocación y misión en medio del mundo es ser fermento y alma de la sociedad humana, destinada a
ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios. Se requiere, para ello, paciencia y estar
dispuestos a asumir los fracasos en la difícil tarea de inculturar y encarnar el evangelio en las
diferentes culturas y pueblos que habitan sobre la faz de la tierra (CCE 854). Se requiere, asimismo,
esfuerzo para conseguir la unidad entre los cristianos, sabiendo que la división es el principal
escollo que dificulta la misión y la posibilidad de hacer brillar la catolicidad de la Iglesia de
Jesucristo (CCE 855). Y, por último, se requiere un diálogo respetuoso con los que no aceptan el
evangelio. Este diálogo supone el reconocimiento de cuanto hay de bueno, positivo, justo y noble en
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el mundo, y que es preparación del evangelio, y también la esperanza de que el anuncio del
evangelio y el conocimiento del Dios de Jesucristo conducirá el esfuerzo, el trabajo, el progreso y el
desarrollo de la sociedad humana a su plenitud, purificando los logros de la ciencia, las artes y
la técnica de los hombres de todo aquello que es fruto del pecado y que aleja, por tanto, al hombre
de su vocación y plenitud última: el encuentro con Dios (CCE 856).
La Iglesia es apostólica (CCE 857-865)
Llegamos a la última de las notas con que el Símbolo niceno-constantinopolitano define a la Iglesia:
la apostolicidad. La Iglesia es apostólica porque fue construida sobre el fundamento de los
Apóstoles en un triple sentido:
— Fue y permanece edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Ef 2,20). Ellos
fueron escogidos como testigos y, luego, fueron enviados en misión por el mismo Cristo.
— Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen
depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles.
— Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo, gracias a
aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, a los que asisten los
presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia.
Como ya se ha indicado anteriormente, la unidad de la Iglesia se edifica, entre otros vínculos,
gracias a la comunión con la predicación y la enseñanza de los Apóstoles y también gracias a que en
ella se ha perpetuado la misión y la función para la que Cristo les dio autoridad y poder.
En el NT es fácil constatar cómo el apóstol es la persona, ante la comunidad, que habla, juzga y
decide con autoridad. Una autoridad, eso sí, que no carece de presupuestos: El apóstol está
vinculado por el contenido del kerygma, por los hechos de los que habla, por la tradición que le
precede, por el consenso y la comunión con el resto de los apóstoles, en definitiva por una
objetividad de la que no es dueño y señor.
Los apóstoles, por tanto, son los depositarios del genuino valor del ministerio de Jesús, del
contenido de su doctrina, de su eficacia salvífica y de la interpretación auténtica de los eventos de
la génesis de la Iglesia. Por ello, no sólo los apóstoles son el fundamento de la Iglesia (cfr. Ef 2,20)
y no sólo son punto de referencia en la memoria de la Iglesia, sino que su ministerio, por voluntad
de Jesús, debe permanecer en la vida de la Iglesia en todos los momentos de su historia.
Los obispos, sucesores de los apóstoles (CCE 861-862)
En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la
Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de
su misión. Cristo les prometió permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos.
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Está claro, por lo tanto, que el ministerio apostólico no podía quedar reducido a los momentos
iniciales del anuncio del evangelio. Su función generadora de la Iglesia no se podía perder y se
debía expresar de modo sacramental. Por eso hay que hablar de la sucesión apostólica como
garantía de la apostolicidad de toda la Iglesia.
La sucesión apostólica garantiza, pues, que la misión y la potestad que los Apóstoles recibieron de
Jesús se perpetúe en la Iglesia por medio de los obispos. Ellos reciben con el sacramento del orden
la autoridad y el poder de actuar en nombre del Señor Jesús. Cuando ellos predican, es Jesús quien
lo hace; cuando bautizan, es Jesús quien actúa por medio de ellos; cuando rigen y apacientan el
rebaño del Señor, es Cristo buen Pastor, el único Pastor, el que guía y conduce a su pueblo santo
(cfr. SC 7). La sucesión apostólica nos garantiza que la predicación, que la celebración de los
misterios de la fe, que el modo de regir y gobernar la Iglesia son conformes a la voluntad de Cristo,
tal y como fue transmitida por el ministerio de los Apóstoles (cfr. DV 7).
El apostolado (CCE 863-865)
La sucesión apostólica garantiza, por tanto, la apostolicidad de la Iglesia. Pero esta nota, además,
apunta a la urgencia de la evangelización. Tarea en la que «todos los miembros de la Iglesia, aunque
de diferentes maneras, tienen parte» (CCE 863). La vocación cristiana, de hecho, es vocación al
apostolado; y todos los miembros del Cuerpo de Cristo han de buscar la propagación del Reino de
Cristo por toda la tierra. Eso sí, las formas en que cada uno contribuye a esta misión son muy
variadas y dependen de los dones, carismas e inspiraciones que el Espíritu suscita en cada tiempo y
lugar y en cada persona. Todas estas formas han de estar necesariamente animadas por un mismo
Espíritu y una misma caridad, que es el alma de todo apostolado. Y, en verdad, el Espíritu anima a
todos: sacerdotes, consagrados, fieles laicos a cumplir, cada uno según su vocación, con el mandato
del Señor Jesús.
Independientemente de quién evangeliza y de las formas y de los modos como se lleva a cabo la
misión, hemos de tener muy claro que la fecundidad del apostolado no depende directamente de los
métodos ni de las formas como se lleva a cabo, más bien depende de la unión vital que cada uno de
los miembros tenga con Cristo, nuestra Cabeza.
Iglesia y Reino de los Cielos
Concluye el Catecismo este apartado sobre las notas de la Iglesia con una breve alusión a la
vinculación entre Iglesia y Reino de los cielos o Reino de Dios.
Nos dice el Catecismo que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y
última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos el Reino de los cielos.
En la predicación de Jesús ocupó un lugar central el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Los
signos que realizó pretendían ser una manifestación de lo que sus palabras proclamaban: El Reino
de Dios ha llegado hasta vosotros (Mt 12,28). Su propia persona y su estar en medio de los
hombres como el enviado del Padre eran garantía de lo que afirmaba: El Padre ha tenido a bien
daros el Reino (Lc 12,32). Ahora bien, Jesús habló del Reino como una realidad misteriosa: una
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realidad presente y actuante en medio del mundo (cfr. Mt 4,17), pero que debe llegar a su plenitud
(cfr. Lc 21,27-28); una realidad que hay que sembrar (cfr. Mc 4,3), pero que, luego, crece y se
desarrolla por sí sola sin que el labrador sepa cómo lo hace (cfr. Mc 4,27). Algo manifiesto y, a la
vez, escondido que hay que descubrir (cfr. Mt 13,44).
La Iglesia, igualmente, siente que ella es realización del Reino de Dios, pero, también, experimenta
que el Reino de Dios tiene que manifestarse y transformar las realidades de este mundo, que aún
distan mucho de estar plenamente consagradas a Dios, de modo que Dios lo sea todo en todos. La
Iglesia es también signo segurísimo de unidad y de santidad, pero ambas cosas son fines por los que
debe trabajar y esforzarse hasta que se cumpla la voluntad del Padre celestial de que seamos uno y
seamos santos por el amor. La Iglesia es católica y universal, pero aún son muchos los que no
conocen a Dios y no se ha logrado la comunión entre todos los hombres, aquella por la que el Padre
nos entregó a su Hijo y nos envió el Espíritu Santo. La Iglesia es apostólica, pero no todos los que
creen en Cristo forman parte de su único rebaño y hay ovejas en otros rediles que hay que ir a
buscar, como lo hizo el Buen Pastor.
La Iglesia se sabe peregrina por este mundo. No tiene aquí patria ni meta definitiva, anhela, por
ello, que llegue el momento de su manifestación escatológica, cuando serán reunidos todos los
hombres en el único pueblo de Dios, cuando se revele como la Esposa Santa del Cordero
Inmaculado (cfr. Apo 21,9), la Nueva Jerusalén que baja del cielo ataviada como una esposa para su
Señor (cfr. Apo 3,12; 21,2), como la Ciudad que está asentada sobre doce piedras que llevan los
nombres de los apóstoles del Cordero (cfr. Apo 21,14).
6. Los fieles de Cristo: jerarquía, laicos, vida consagrada (CCE 871-933)
Comienza el Catecismo este apartado repitiendo textos muy importantes de la doctrina del concilio
Vaticano II.
En el número 871 se nos recuerda que por haber recibido el bautismo hemos sido incorporados a
Cristo, y en tanto que somos de Cristo, podemos llamarnos cristianos. Cada uno de nosotros, según
la condición de cada cual (unos como sacerdotes, otros como consagrados, otros como esposos
cristianos, otros como profesionales o trabajadores), estamos llamados a ejercer en medio del
mundo la triple función de Cristo: sacerdote, profeta y rey y también hemos sido llamados por Dios
a hacer realidad la misión que Dios encomendó a toda la Iglesia: El anuncio del evangelio y la
extensión del Reino de Dios.
El siguiente número el 872, en línea con el anterior, subraya la verdadera igualdad en cuanto a la
dignidad de todos y cada uno de los fieles cristianos. Nadie es más digno que otro por la función
que realiza en el Cuerpo de Cristo. La dignidad en el pueblo de Dios nace de haber sido regenerados
por la sangre de Cristo y haber sido comprados y rescatados por Él, que se entregó por nosotros
para hacernos partícipes de su misma heredad y condición: la condición de hijos de Dios. No cabe,
por tanto, mayor ni más noble dignidad que ésta, la de ser hijos de Dios.
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Ahora bien, puesto que somos un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, al igual que en el cuerpo hay muchos
miembros, diferentes entre sí y con diferentes servicios y tareas que realizar, también sucede lo
mismo en el pueblo de Dios. Lo subraya el número 873 del Catecismo. En el pueblo de Dios
el Espíritu Santo va suscitando ministerios, carismas y funciones diferentes entre sí, y que
contribuyen a la edificación de la Iglesia y a que ésta pueda realizar la única misión que recibió de
su Señor. La diversidad, por tanto, dentro de la Iglesia es querida por Dios y no desdice en nada su
unidad; al contrario, la ensalza.
Es el Espíritu Santo quien hace posible que cada cual ejerza los carismas y las funciones a los que
ha sido llamado por voluntad de Dios, pensando en el bien de todos, en el servicio común; no
buscando el propio interés sino el de Cristo; no la realización de los propios planes, sino deseando
que se cumpla el plan de Dios. Como subraya el apóstol san Pablo en la carta a los Romanos es muy
importante que el que ha recibido la función de enseñar, enseñe; el que ha recibido la misión de
exhortar, que exhorte; el que da, que lo haga con sencillez; el que ejerce la misericordia, que lo haga
con alegría (cfr. Rom 12,6-8). Pero todo se ha de hacer por amor, nada por rivalidad (Flp 2,3),
estimando a los demás más que a uno mismo, queriendo servir al Señor y no al propio interés
(1 Co 10,24.33), teniendo un mismo sentir (cfr. Rom 12,10; 2 Co 13,11; Flp 2,2; 4,2). Así, desde
el amor, desde la estima mutua, desde el servicio es como el Espíritu Santo va edificando en la
unidad el único Cuerpo de Cristo.
La Constitución jerárquica de la Iglesia (CCE 874-896)
Razón del ministerio eclesial (CCE 874-889)
La primera y es más importante razón que nos da el Catecismo para hablar de que la Iglesia es
jerárquica es ésta: Cristo mismo fue quien instituyó el ministerio en la Iglesia, Él fue quien dio la
misión a los Apóstoles, quien les revistió de la autoridad para llevarla a cabo y quien les dio
las instrucciones básicas de cómo afrontar y vivir la tarea para la que les había elegido.
El alma del ministerio es, sin duda alguna, el alma que impulsó y caracterizó toda la actuación de
Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. De ahí que lo
esencial en el ejercicio de cualquier ministerio en la Iglesia, y mucho más en el ministerio
apostólico, sea el deseo y la voluntad de servir.
Servir primeramente a la misión de Cristo. La vocación apostólica nace de considerar la necesidad
de la predicación. Jesús vino en nombre del Padre para anunciar el Reino de Dios, y Él, por su
parte, envió después a sus apóstoles para que proclamaran y dieran pruebas evidentes de la llegada
de ese Reino. El apóstol es, pues, siempre un enviado. Por eso el Catecismo insiste en que nadie se
puede dar a sí mismo el mandato y la misión, éstos provienen de Dios, que es quien elige y quien
envía.
Como enviado, el apóstol no actúa en nombre propio, sino en nombre de quien le llamó y le eligió
para la misión. La autoridad con la que predica y enseña el apóstol en nombre de Jesús le viene
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dada por el mismo Señor. Por esta razón el servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente
ligado a la naturaleza sacramental. Es Cristo mismo quien sigue instituyendo y consagrando a
hombres elegidos de entre el grupo de sus discípulos para que sirvan al pueblo de Dios, todo él
sacerdotal y todo él ministerial, en orden a realizar y prolongar su misión salvadora en medio de los
hombres y del mundo. Ello se subraya perfectamente en los distintos grados por los que se confiere
la ordenación sacerdotal: diácono, presbítero y obispo. En virtud del sacramento del Orden estas
personas son consagradas por Cristo y quedan configuradas con Él para hacerle presente (representarle) y actuar en su nombre.
En segundo lugar, el Catecismo señala el carácter colegial del ministerio apostólico. En el evangelio
está muy claro que Jesús llamó a Doce y los envío de dos en dos para que fueran juntos a realizar la
misión que les había encomendado. La fraternidad apostólica es un signo vivo de aquello mismo
que los Apóstoles debían predicar y enseñar. No cabe, por tanto, entender el ejercicio del ministerio
apostólico de forma individualista y aislada, sino colegial. Cuando una persona es ordenada obispo
es acogida en el colegio episcopal, que está presidido por el Papa, como sucesor de san Pedro y jefe
del colegio, y colegialmente y en comunión fraterna han de ejercer y vivir su ministerio.
Los presbíteros, por su parte, una vez ordenados son acogidos en el seno del presbiterio de sus
respectivas diócesis y han de ejercer su ministerio en comunión con su obispo y con sus demás
hermanos presbíteros. Otro tanto sucede en la ordenación de los diáconos.
En tercer lugar, el Catecismo habla del carácter personal del que está revestido el ministerio
apostólico.
¿A qué se refiere el Catecismo? Pues que, si bien es verdad que Jesús llamó juntos a los Doce
apóstoles, como si fueran un colegio, es igualmente verdad que llamó a cada uno por su nombre.
Por tanto, el ejercicio del ministerio, que ciertamente debe ejercitarse de forma colegial, sin
embargo, ha de asumirse como una vocación absolutamente personal.
De hecho es la persona misma la que queda revestida de la autoridad y el poder de Jesús, y es la
persona del ministro la que lo debe representar.
Lo hace de una manera singularmente eficaz cuando celebra los sacramentos. Por eso, cuando un
ministro dice: «Yo te bautizo», es Cristo quien bautiza; y cuando dice: «Yo te absuelvo de todos tus
pecados», es Cristo quien igualmente perdona los pecados.
Pero no sólo cuando celebra los sacramentos. Los que dentro del pueblo de Dios representan a
Cristo ministerialmente, quedan consagrados por completo a Cristo. Su vida no les pertenece.
Podemos decir que han sido literalmente expropiados para la misión y para el servicio eclesial. Por
lo tanto, sus gestos, sus actuaciones, sus comportamientos, su talante exterior e interior deben ser
fiel reflejo de lo que son y de a quién representan.
Nunca el ministerio apostólico puede ser comprendido ni vivido como una función parcial y que tan
sólo coge parcialmente a quien lo ejerce. Es una vocación que implica a toda la persona en todas sus
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facetas y dimensiones. Al igual que la humanidad de Jesús, unida a su divinidad, fue el instrumento
del que se sirvió el Verbo de Dios para llevar a cabo su obra salvadora, del mismo modo la persona
del sacerdote, toda ella, se convierte en instrumento del que hoy se quiere servir el Señor para
continuar realizando su misión redentora.
El colegio episcopal y su cabeza, el Papa (CCE 880-887)
Comienza el Catecismo recordándonos que Cristo eligió a Pedro y a los demás apóstoles para
formar con ellos un único colegio apostólico. Pues bien, de la misma forma (por análogas razones
dice el texto) los obispos, como sucesores de los apóstoles, están unidos entre sí al Romano
Pontífice, que es el sucesor de san Pedro, y forman con él un único colegio para regir la Iglesia.
Nuestro Señor Jesucristo constituyó al apóstol san Pedro como la piedra fundamental de su Iglesia:
le dio las llaves para poder atar y desatar (cfr. Mt 16,19), le encomendó la misión de confirmar en la
fe a los hermanos (cfr. Lc 22,32) y, por último, le confió expresamente la tarea de pastorear a todo
su rebaño, a todas sus ovejas (cfr. Jn 21,15-17). Los demás apóstoles, unidos al apóstol san Pedro,
recibieron también la potestad del Señor Jesús para predicar en su Nombre, para bautizar y celebrar
los demás sacramentos en su Nombre, y para gobernar y apacentar en su Nombre al nuevo pueblo
de Dios. Por todo ello decimos que los apóstoles son los cimientos sobre los que Cristo quiso
edificar su Iglesia, y que la función pastoral que ellos ejercieron, la continúan ahora los obispos,
como sucesores suyos en el ministerio.
El Papa, en cuanto sucesor del apóstol san Pedro en la sede de Roma, ha recibido la misión de
prolongar su ministerio y su función pastoral al servicio de todo el pueblo de Dios y, de manera
singular, entre los miembros del colegio apostólico. Los fieles cristianos de cualquier lugar del
mundo debemos, pues, mirar al Papa como nuestro pastor, que en nombre de Cristo nos enseña, nos
confirma en la fe, nos santifica y nos preside en la caridad.
Pero el Papa no está solo. Cada obispo en su diócesis preside en nombre de Dios el rebaño de Cristo
como pastor y servidor de la porción del pueblo de Dios que le es confiada. El Obispo en su
diócesis es, pues, el maestro que enseña revestido de la misma autoridad de Cristo, el que la
gobierna y el que celebra las acciones litúrgicas ejerciendo el único sacerdocio de Cristo en su
grado supremo. Todo ello en virtud de la ordenación episcopal, que le constituye en sucesor de los
Apóstoles. Pero, además, cada uno de los obispos, junto con el Papa, se sienten corresponsables en
la misión de apacentar a la toda la Iglesia de Dios. No sucede, pues, como el que ejerce un cargo
público en su jurisdicción y que fuera de ella no tiene ninguna potestad. Los obispos son
evidentemente los pastores de sus respectivas diócesis, pero, al mismo tiempo, son también, y
siempre, obispos de la única Iglesia de Cristo, que les ha sido confiada toda ella para ir edificándola
y construyéndola entre todos, tal y como era la voluntad de su Fundador.
La solicitud de los obispos por toda la Iglesia se vive en el día a día del ejercicio de su misión
pastoral y han de apacentar y regir sus diócesis sabiendo que son igualmente responsables del
gobierno de todo el pueblo de Dios. Pero, cuando más se visibiliza el ejercicio de su potestad sobre
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toda la Iglesia, es cuando se reúnen en Concilio Ecuménico. Sólo el Papa, como sucesor del apóstol
san Pedro, es quien puede convocar un Concilio Ecuménico y asimismo quien tiene la autoridad
para aprobar y sancionar las decisiones que los obispos de todo el mundo acuerden entre sí.
Además de los Concilios Ecuménicos, en la Iglesia existen otros muchos modos y estructuras que
visibilizan y sostienen la comunión dentro del colegio episcopal. Por una parte están los sínodos
universales, que, desde la finalización del Concilio Vaticano II, el Papa convoca en Roma para que
una amplia representación de los obispos de todo el mundo, estudien y debatan conjuntamente los
principales problemas que afectan a la Iglesia y a su misión en el mundo. Luego están las
Conferencias Episcopales, las reuniones de los obispos de una misma provincia eclesiástica, de una
región y también los patriarcados históricos de las iglesias orientales. Todos ellos son medios
eficaces y que se han demostrado muy fecundos a lo largo de la historia para que la colegialidad
episcopal se ejerza en beneficio de toda la Iglesia.
La misión de enseñar
El número 888 del Catecismo nos recuerda que la primera obligación de los Obispos, junto con sus
presbíteros, es la de anunciar el evangelio a todas las gentes, tal y como Cristo lo mandó. En virtud
del mandato de Cristo y por la autoridad que reciben de Él, los obispos, como sucesores de los
apóstoles, son los maestros auténticos de la fe.
Para cumplir con su misión, los obispos han de velar para que lo que se enseña y se transmite a las
sucesivas generaciones de hombres, sea en verdad lo que Cristo mandó y enseñó; vigilan, por tanto,
para que no se adultere el depósito de la revelación que los apóstoles transmitieron a toda la Iglesia.
Cuando hablamos de conservar sin adulteraciones el depósito de la fe, no debemos pensar que el
servicio del magisterio consista tan sólo en asegurar que se repitan literalmente las fórmulas y las
verdades de la fe. El sentido de la fe crece gracias a la acción del Espíritu Santo, que actúa y habita
en todo el pueblo de Dios y en cada uno de sus miembros. Y es el Espíritu quien hace que el
entendimiento y la comprensión de los misterios cristianos aumente y se profundice con el
sucederse de los tiempos y de las generaciones. Entre otras razones, porque el mensaje evangélico,
siendo como es siempre el mismo, tiene que ser necesariamente inculturado e insertado tanto en las
diferentes épocas y momentos de la historia, como en los distintos ámbitos y lugares en los que ha
de ser propuesto.
Para ejercer este ministerio en favor de la Verdad y de la transmisión fiel del evangelio, y como
servicio a todos los hombres, para que tengan la garantía de que realmente reciben lo que Cristo
enseñó para nuestra salvación, el Papa, Cabeza del Colegio Episcopal, goza del don de la
infalibilidad. Y, por eso, cuando proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y de
moral, o, cuando junto con todos los obispos propone, mediante un Concilio o mediante su
Magisterio supremo, que algo debe ser aceptado como revelado por Dios y como enseñanza de
Cristo para ser creído, a los fieles nos toca responder con la obediencia de la fe. Es decir, dando el
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asentimiento de nuestro entendimiento y voluntad y aceptándolo como algo que conviene para
nuestra salvación.
También los obispos gozan de una especial asistencia del Espíritu Santo, cuando enseñan en
comunión con el Papa y proponen en el ejercicio de su función magisterial alguna enseñanza que
conduce a comprender mejor alguno de los contenidos de la Revelación en lo que atañe a la fe y a
las costumbres. Aunque evidentemente, ningún obispo por sí sólo puede proponer ni enseñar una
doctrina como definitiva e infalible.
Con todo, cuando los obispos individualmente enseñan algo, los fieles debemos adherirnos con
espíritu de obediencia religiosa, que no es lo mismo que obediencia de fe, aunque se le parezca
mucho. Explicamos con más detalle este punto, porque nos parece muy importante.
Al comentar los primeros números del Catecismo, ya decíamos que el acto de fe, propiamente, sólo
va dirigido a Dios. Creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y creemos asimismo en lo que
Dios nos ha querido revelar de sí mismo y de su voluntad para con nosotros. Ahora bien, porque
Cristo revistió a los apóstoles de la misma autoridad que Él había recibido del Padre y que poseía
igualmente en cuanto segunda persona de la Santísima Trinidad, cuando los apóstoles enseñan es
Cristo quien enseña, y si les rechazamos a ellos, rechazamos al mismo Cristo, como nos dice el
Evangelio. Por eso, análogamente, la obediencia de fe estamos obligados a dársela a lo que enseña
Papa y el Papa con todos los obispos. Mientras que, cuando es un obispo el que enseña, en tanto en
cuanto forma parte de ese único Colegio Apostólico y está en comunión con él, aquello que nos
enseña sobre fe y moral, los cristianos hemos de recibirlo con un sentido religioso profundo,
sabiendo y reconociendo cuál es la misión y el papel que ejercen al servicio de la porción del
Pueblo de Dios que les ha sido confiada, e inseparablemente en toda la Iglesia. A esa actitud con
que los fieles cristianos debemos recibir las enseñanzas de nuestros respectivos obispos, le
llamamos obediencia religiosa, que no es lo mismo que obediencia de fe, aunque se le parezca
mucho. En realidad una es prolongación de la otra.
La misión de santificar (CCE 893)
Para comprender adecuadamente esta importante función propia del ministerio apostólico, hemos de
comenzar recordando que la Iglesia es santa porque Cristo la ha santificado con el derramamiento
de su sangre, hasta, como dice el apóstol san Pablo en la carta a los Efesios, presentarla ante sí
como la esposa sin mancha ni arruga (cfr. Ef 5,27). Asimismo, para llevar a su plenitud la obra de la
santificación de los hombres, el Padre envió desde el cielo al Espíritu Santo. Este mismo Espíritu es
el que actúa en cada una de las acciones sagradas de la Iglesia. Esas por las cuales los hombres dan
culto a Dios como es debido, es decir, en espíritu y en verdad, y se les comunica el don de la
santidad, que reciben por gracia y no por mérito propio, aunque la fecundidad del don, en parte
también depende de la actitud con que cada fiel se dispone y recibe la gracia.
Pues bien, los obispos, en virtud de la ordenación, reciben la plenitud del sacerdocio de Cristo, y
toda su existencia, como la de Cristo, queda consagrada a la santificación de sus hermanos. Ejercen
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este ministerio de la santificación en todas y cada una de las acciones pastorales que realizan a favor
de los hombres: cuando oran y trabajan por el pueblo de Dios, cuando enseñan y predican la
Palabra, cuando exhortan a los fieles a vivir en santidad. Pero, sobre todo, ejercen este Sumo
Sacerdocio de Cristo cuando celebran las acciones litúrgicas.
La Sacrosanctum concilium enseña que toda celebración litúrgica, en cuanto obra de Cristo
sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el
mismo título y en el mismo grado, no iguala ninguna otra acción de la Iglesia (cfr. SC 7). En virtud
de este principio, se dice que al obispo, que hace las veces de Cristo como cabeza y pastor del
rebaño, le es confiada principalmente la tarea de ofrecer a Dios el culto cristiano. Lo cual se
visibiliza singularmente cuando preside la celebración de la Eucaristía. En ese momento, por
pequeña y pobre que sea la comunidad que celebra, allí está presente Cristo, que con su poder
constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Y es gracias a la participación en el cuerpo y
sangre de Cristo como los cristianos nos convertimos en aquello mismo que recibimos. De esta
forma crece y se acrecienta la unión con Cristo, y crece y se acrecienta, por tanto, la santidad de los
miembros del pueblo de Dios.
Los obispos, en función de este ministerio de santificación del pueblo de Dios, son los principales
dispensadores de los misterios de Dios y los moderadores, promotores y responsables de toda la
vida litúrgica. Mas su interés no debe limitarse a que se cumplan y se respeten las normas externas
del culto, sino que han de buscar también que los fieles conozcan y vivan lo que los signos y los
ritos litúrgicos significan; que accedan a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, y que
pongan su alma de acuerdo con su voz y cooperen con la gracia divina para no recibirla en vano.
Los obispos, asimismo, deben dedicarse a favorecer la santidad de sus clérigos, de los religiosos y
de los laicos, según la vocación particular de cada uno, pues todos, en el pueblo de Dios, hemos
sido llamados a la plenitud del amor y, por tanto, de la santidad. Para ello, se pide de los obispos,
que cultiven su propia santidad y que ofrezcan a sus fieles un ejemplo vivo de amor, humildad y
sencillez de vida. Que procuren, además, la santificación de las iglesias particulares que les han sido
encomendadas, manteniendo vivo el vínculo de comunión con las demás iglesias y con la Iglesia
Universal. Por último, se les invita a fomentar al máximo las vocaciones sacerdotales y religiosas.
La función de gobernar
El Señor Jesús, al enviar a los Apóstoles a predicar y a bautizar, les confirió asimismo la potestad y
la autoridad para conducir en su nombre el rebaño de Dios. Los obispos son, pues, auténticos
pastores y deben ejercer este ministerio con las mismas actitudes con que Jesús realizó su misión en
medio de los hombres: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).
Cada obispo en su iglesia particular actúa como vicario y legado de Cristo y desempeña en su
nombre la función de regir al rebaño que le ha sido confiado. Goza, pues, de una autoridad ordinaria
e inmediata sobre todos los fieles de la porción que le ha sido encomendada. Guiado por la luz del
Espíritu Santo y ayudado por su presbiterio y por los consejos diocesanos pertinentes, el Obispo ha
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discernir lo que crea más conveniente para sus fieles y establecer las normas oportunas y necesarias
en orden a la acción pastoral y en lo que se refiere al culto. El ejercicio de su potestad legislativa,
ejecutiva y judicial, sin embargo, está regulado en último término por la suprema autoridad de la
Iglesia, que puede ponerle ciertos límites con vistas al bien común de la Iglesia o de los fieles.
Como ya indicábamos al hablar del carácter colegial del ministerio apostólico, a los obispos no se
les puede considerar como simples vicarios del Papa, ya que disponen de una potestad propia que se
les confiere en virtud de la ordenación y en tanto en cuanto son sucesores de los Apóstoles. El
hecho de que exista en la Iglesia una potestad suprema, que es la que le corresponde al Papa, no
disminuye en nada la potestad directa y ordinaria que tiene cada obispo en su diócesis; al contrario,
más bien la afirma, la consolida e incluso la protege, en virtud de la comunión eclesial, que hace
que la función de cada uno esté realmente al servicio de todos. No hay, pues, un problema de
estructuras y de ámbitos de poder, sino el ejercicio de un ministerio que ha de llevarse a cabo tal y
como Cristo quiso: «Los reyes de las naciones ejercen su dominio sobre ellas... Pero vosotros no
debéis proceder de esta manera. Entre vosotros, el más importante ha de ser como el menor, y el
que manda como el que sirve» (Lc 22,25-26).
En el ejercicio de su potestad, los obispos deben tener siempre presentes las actitudes del Buen
Pastor. Deben mostrarse solícitos con todos los fieles que les son confiados. Han de tener un deseo
vivo de impulsar las tareas evangelizadoras para llegar a los alejados y a los no creyentes. Han de
ser humanos y caritativos con los hermanos que no están en plena comunión con la Iglesia y han de
fomentar cuanto puedan el ecumenismo. Con los presbíteros, los obispos deben mostrar una
especial solicitud, pues son sus cooperadores y consejeros. Han de defender sus derechos y velar
para que cumplan las obligaciones propias de su estado.
Los obispos han de cuidar igualmente de forma muy especial todo lo que se refiere al ministerio de
la Palabra: homilías, catequesis, formación en la doctrina cristiana, etc. Han de tener especial interés
en suscitar, formar y cuidar buenos catequistas.
En sus respectivas diócesis los obispos deben exigir a los fieles el cumplimiento de todas las leyes
eclesiásticas. Han de evitar, por tanto, que se comentan cualquier tipo de abusos tanto en el ejercicio
del ministerio de la palabra, como en la celebración del culto cristiano, como en la administración
de los bienes de la Iglesia y, en general, en el desarrollo de las actividades pastorales que tienen
lugar en sus diócesis. Así es como mejor defenderán la unidad de la Iglesia universal.
El Derecho Canónico obliga a los obispos a visitar cada año su diócesis, total o parcialmente.
Los fieles laicos (CCE 897-913)
«Laico» es una palabra griega que significa “perteneciente al pueblo”. En la iglesia, laicos son
aquellos miembros del pueblo de Dios que han sido incorporados a Cristo por el bautismo y que,
como Cristo, participan de su triple condición sacerdotal, profética y real. O sea, en principio, todos
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somos laicos, en tanto en cuanto la condición propia de los bautizados es la de haber sido
incorporados al pueblo de Dios. Ahora bien, en el pueblo de Dios algunos de sus miembros reciben
las órdenes sagradas y otros se consagran al Señor haciendo profesión de los consejos evangélicos:
pobreza, castidad y obediencia. A los ordenados y los consagrados, aunque sigan siendo igualmente
miembros del pueblo de Dios, en lugar de llamarles laicos, se les denomina clérigos, en el primer
caso, y religiosos o monjes o simplemente consagrados, en el segundo.
Lo que define al laico es la vocación de buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios. Explicamos con más detalle esta afirmación.
La redención consiste en que la humanidad ha quedado rescatada del pecado. Dios, por medio de su
Hijo Jesucristo, nos ha reconciliado consigo, pasando por alto todos los delitos cometidos. Mas la
redención no acaba ahí. La creación entera fue hecha por medio del Verbo (de la Palabra), y la
Palabra de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, es fundamento de todo cuanto existe,
lo visible y lo invisible. La finalidad última de la redención consiste, pues, en que todo lo creado
vuelva a tener a Cristo por cabeza, que todo este mundo maravilloso que existe a nuestro alrededor,
esté unido a Cristo y consagrado a Él. Porque sólo así alcanzará la plenitud a la que fue destinado
por el Creador, que todo lo hizo con Él y por medio de Él, de su Verbo.
Los laicos contribuyen de manera única y singularísima a que se cumpla el plan de Dios, es decir, a
que las cosas, el trabajo de transformación de este mundo, la vida en sus múltiples manifestaciones,
las relaciones sociales, humanas, políticas, laborales, etc., todo esté ordenado y orientado según la
voluntad de Dios. Lo que llamamos el Reino. Es verdad, como dice la Gaudium et Spes y
remarcaba, después, Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, que no debemos confundir Reino de Dios
con progreso humano (cfr. GS 39; EV 34). Sin embargo, el progreso en todos los campos y terrenos
del saber, de la ciencia, de la técnica, de la cultura contribuyen notablemente a que haya una mayor
justicia, un mayor conocimiento de la verdad, mayores niveles de libertad. De este modo, los
hombres pueden dar más gloria a Dios y disponerse a recibir mejor dones más trascendentes y que
superan con creces las esperanzas temporales.
Por lo tanto, cuanto más contribuyan los cristianos a mejorar el mundo y colaboren con todos
aquellos que se esfuerzan igualmente por conseguirlo, sean de la nación que sean y profesen el
credo religioso que profesen, mejor dispondrán a la humanidad a que oiga el mensaje de la
salvación. Una salvación que sin ser sólo de este mundo, comienza, sin embargo, en esta tierra, está
llamada a transformar e iluminar todas las realidades temporales que incumben a los hombres y
encontrará su plenitud en el cielo, cuando Cristo entregue este mundo al Padre y Dios sea, por fin,
todo en todos (1 Cor 15,28).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo (CCE 901-903)
Como sabemos, Cristo no fue sacerdote del templo de Jerusalén. Tampoco perteneció a la tribu de
Leví, sino a la de Judá. Por tanto, no tuvo nada que ver con la casta sacerdotal. Sin embargo, Cristo
fue sacerdote, tal y como proclama la carta a los Hebreos (cfr. Heb 3,1;5,6.10; 7,17; 8,1-2; 9,11). Su
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sacerdocio, eso sí, no fue ritual, sino existencial. Jesús no ofreció ni víctimas, ni sacrificios, ni
ofrendas, ni holocaustos. Jesús se ofreció a sí mismo por amor a Dios y por amor a los hombres
(cfr. Heb 7,27). Vino «no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos»
(Mc 10,45). Jesús tuvo clara conciencia desde el comienzo de su misión y de su ministerio en
la tierra, que había venido, enviado, para cumplir con la voluntad del Padre. Y no hizo otra cosa,
desde su encarnación hasta su muerte, que someterse libremente al plan de Dios. Y esa obediencia
suya, fiel hasta la muerte, es la causa de nuestra salvación.
Los que son de Cristo, todos los bautizados, quedan revestidos de Cristo para ser y actuar como Él.
Han recibido, además, el Espíritu Santo, que los consagra para ofrecer el culto que realmente agrada
al Padre, el culto en espíritu y en verdad. ¿En qué consiste dicho culto? En ofrendar la propia vida:
el trabajo, la familia, el descanso espiritual y corporal, las actividades que cada día y a cada
momento realizan, para mayor gloria de Dios y para salvación del género humano, tal y como hizo
Cristo. Así es como consagran el mundo al Padre, y Dios, de este modo, llegará a ser Señor de todo
lo creado, como es su voluntad.
Este culto de la ofrenda de la propia vida al plan de Dios, siguiendo las huellas de Cristo, encuentra
en la Eucaristía su fuente y su culminación.
Cada día en la Eucaristía, de forma incruenta, se actualiza el ofrecimiento de Jesús al Padre para la
redención de los hombres. Cuantos participan de ese memorial son invitados a convertirse, junto
con Cristo, en víctimas que se ofrecen a sí mismas por la reconciliación y para alcanzar la unidad de
todos los hombres en el único Cuerpo de Cristo, según la voluntad de Dios. Pero, además, en cada
Eucaristía, junto al pan y al vino, los dones con que se celebra la Eucaristía, los que participan en
ella son invitados a poner igualmente su propia vida. Una vida que es asumida por Cristo, y que
prolonga su humanidad, hasta completar lo que falta a la pasión en favor del Cuerpo de Cristo, que
es la Iglesia (cfr. Col 1,24). De esta forma, el Señor Jesús quiso que la vida cotidiana de los que son
suyos, sus esfuerzos y trabajos, sus ilusiones y proyectos, también los fracasos y contrariedades,
todo quiso asumirlo para recapitularlo en Él y transformarlo, como son transformados los dones
eucarísticos, en su Cuerpo y en su Sangre. Es decir, en la única víctima que es agradable al Padre y
la única que es capaz de poner en paz todas las cosas, devolviendo la salvación a los hombres.
De esta fuente de la Eucaristía, los bautizados beben para poder impregnar el orden temporal de
espíritu cristiano, y a esta fuente retornan para conducir todo a Cristo y, mediante Cristo, entregarlo
al Padre.
Este es el espíritu que anima y debe animar la participación en la liturgia eucarística. Cuando esto se
da, la participación cultual y ritual tiene su pleno sentido; si falta, corremos el riesgo de vaciar y
privar de su autenticidad a la participación de los fieles en la liturgia cristiana, cayendo en aquello
mismo que denunciaban Jesús y, antes que él, los profetas: «Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto» (Mt 15,8; Mc 7,6).
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Su participación en la misión profética (CCE 904-907)
Desde un principio, Dios quiso revelarse a los hombres y manifestarles el misterio de su voluntad.
Dicha revelación de Dios tiene como único mediador a Jesucristo, el Verbo eterno del Padre y
segunda persona de la Santísima Trinidad. Sólo Él, Jesucristo, en cuanto Hijo nos podía dar a
conocer verdaderamente quién es el Padre.
También por voluntad de Dios, la revelación tuvo un tiempo de preparación. Durante siglos, Dios
fue preparando a los hombres, antes de enviarnos a su Hijo Único, para que le escucháramos. Los
patriarcas, Moisés y los profetas fueron los elegidos para preparar al pueblo a su venida.
Luego, llegada la plenitud de los tiempos, vino Jesús. Y Jesús con sus obras, con su predicación y,
sobre todo, con su muerte y resurrección, dio pleno cumplimiento a lo que habían anunciado Moisés
y los profetas, al tiempo que nos reveló definitivamente el misterio de Dios. De modo que ya no
cabe esperar ninguna otra revelación por parte suya.
Una vez que Jesús ascendió a los cielos, ahora, en el tiempo de la Iglesia, por voluntad de Cristo y
para que se cumpliera el plan eterno de salvación diseñado por el Padre, son los discípulos de Jesús
los que deben anunciar y dar a conocer la Buena Noticia de la salvación. Para tal fin han recibido el
Espíritu Santo, que los consagra y los constituye en testigos y apóstoles del Señor resucitado hasta
que él vuelva al final de los tiempos.
No podemos, pues, callar. Todos los que somos de Cristo hemos de anunciar el Evangelio. Nos
anima y nos empuja a ello el bautismo que hemos recibido y, aún más, el sacramento de la
confirmación.
Es, por tanto, el Espíritu Santo quien conduce a los bautizados a confesar y profesar la fe de la
Iglesia, y también quien les hace avanzar y penetrar más y más en la compresión de los misterios
mismos de la fe. Sin olvidar nunca la guía y la iluminación que ofrece el Espíritu Santo a los fieles
por medio del ministerio apostólico, tal y como hemos explicado anteriormente.
Pero el Espíritu Santo, además, constituye a los bautizados en heraldos del evangelio en medio del
mundo. La misión de los laicos es dar testimonio con su vida y también con su palabra de la fe que
profesaron y confesaron al recibir el bautismo. Los laicos participan directamente de la misión
evangelizadora de Cristo. Han de llevar el evangelio a todos los ambientes y a los lugares donde
viven y desarrollan sus labores cotidianas. Han de impregnar todas las realidades de la esperanza
cristiana y han de estar dispuestos a dar razones de ella a cuantos se lo pidan.
Los laicos, asimismo, han de colaborar con los pastores del Pueblo de Dios para ayudarles a orientar
y discernir el mejor modo de inculturar el evangelio en la sociedad de hoy, pues son ellos, en cuanto
laicos, los que mejor conocen las reglas y estructuras del mundo y el modo como funcionan.
Y, por último, siempre que sea necesario, los laicos han de estar dispuestos a ayudar y participar en
el ejercicio del ministerio de la Palabra, propio del ministerio apostólico: catequesis, misiones
populares, animadores litúrgicos, explicación y meditación de la Palabra de Dios, etc.
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De todos estos modos los laicos pueden (y deben) ejercer y desarrollar la función profética a la que
están llamados en virtud del sacramento del bautismo y de la confirmación. Un bautismo que les
injertó en el misterio de Cristo. Y por medio de Él, con Él y en Él, han sido hechos partícipes
directos de la misión de anunciar a todos la Buena Noticia de la salvación y de llevar el evangelio
hasta el último rincón de la tierra.
Su participación en la misión real de Cristo (CCE 908-913)
Jesucristo es Rey y Soberano de todo el universo. Lo es, porque, por medio de Él (Palabra eterna de
Dios), fueron creadas todas las cosas y todo subsiste por medio de Él. Lo es asimismo, porque,
como Verbo encarnado (Dios hecho hombre), el Padre todo se lo entregó para que con su sangre
restaurara todas las cosas, las liberara del dominio del pecado y de la muerte, y así, todo volviera a
tener la hermosura con que fue creado.
Mas el señorío de Jesucristo, como rey del universo, no es evidentemente como el que ejercen los
señores de este mundo. Éstos dominan las naciones y las sojuzgan, mientras que «Él vino, no ha a
ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos» (Mt 20,28).
Jesús, por amor al Padre, aceptó dar la vida por los hombres para rescatarles del morir eterno.
Siendo Señor, se hizo esclavo y así nos libró de la esclavitud a la que nos había sometido el pecado.
Con la entrega de Cristo, por tanto, la humanidad recuperó la dignidad perdida y, en virtud de la
resurrección, la condición humana fue elevada por encima incluso de los ángeles. El Padre nos
sentó en el mismo trono de su Hijo eterno. Unidos, pues, a Cristo, Rey del Universo, los hombres
reinamos con Él.
Pero evidentemente nuestra forma de reinar debe ser al modo de Cristo. Si Él, que es el Señor, por
amor se hizo siervo, también nosotros hemos de reinar con Él haciéndonos siervos por amor.
Siervos, en primer lugar, del Padre. Es la obediencia a la voluntad de Dios el origen y el
fundamento del señorío que estamos llamados a ejercer en medio del mundo. En virtud de esta
obediencia al Padre, quedamos libres del pecado, de nuestros egoísmos, de nuestras sensualidades,
de nuestros orgullos, de nuestras envidias y perezas. Cuanto más nos sometemos a Dios y a sus
mandatos, más quedamos libres de las esclavitudes que tienden a dominar el corazón de los
hombres.
Siervos, en segundo lugar, del mundo. El Padre confió a los hombres la tarea de dominar el mundo
y someter la tierra. Se trata, sin embargo, también de un señorío que hemos de realizar desde el
servicio. Estamos llamados a dar la vida para que el mundo, las relaciones humanas, las estructuras
en las que participamos, la cultura y nuestro entorno se transformen hasta alcanzar el fin para el que
Dios los creó. El reino de Dios sabemos que no se debe confundir con ningún reino terreno y el
reino de Dios sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos. Pero la esperanza cristiana nunca
debe disminuir el interés de los creyentes por el mundo presente y por sus estructuras. Al contrario,
la esperanza cristiana nos empuja a sembrar aquí y ahora el bien, la verdad, la justicia y el amor,
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para encontrarlos después, purificados y en plenitud, en el momento en que Cristo vuelva, y
entregue el mundo al Padre y Dios sea para siempre todo en todos.
Siervos, por último, los unos de los otros por amor, fundamentalmente de los hermanos en la fe. De
aquí nace el deseo de participar activamente en todas las estructuras de comunión y de servicio que
existen dentro de la Iglesia: los concilios y los sínodos (universales y diocesanos), los consejos
pastorales, los consejos económicos, etc. En todos estos organismos los fieles laicos están llamados
a participar con espíritu evangélico. Es decir, no han de buscar los honores y la fama según el
mundo, sino que han de desear amar y servir según el estilo de Cristo. De esta forman los laicos
ejercen también la condición regia que recibieron de Cristo en el bautismo. Una condición que les
obliga a colaborar activamente con los pastores de la Iglesia en la tarea de regir y apacentar al
pueblo de Dios. Y los pastores, por su parte, han de estimar, apreciar y alentar mucho esta
colaboración de los laicos.
La vida consagrada (CCE 914-933)
Además de la distinción dentro del pueblo de Dios de las dos formas de participar del único
sacerdocio de Cristo: laicos y jerarquía, el Concilio habló de laicos y personas consagradas. Éstas
constituyen un estado propio dentro de los miembros del pueblo de Dios (cfr. LG 44). Ciertamente
no se trata de un estado intermedio entre la jerarquía y los laicos, sino de un estado en el que
participan tanto miembros de la jerarquía como otros fieles laicos, a los que Dios llama y que gozan
de un don particular en la vida de la Iglesia, contribuyendo, cada uno a su manera, a su misión
salvadora (cfr. LG 43). «Este estado de vida que consiste en la profesión de los consejos
evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura de la Iglesia, sí pertenece, en cambio, sin
discusión, a su vida y a su santidad» (LG 44).
Las personas consagradas participan, pues, del sacerdocio de Jesucristo o bien como bautizados, o
bien como miembros de la jerarquía, mas, en uno u otro caso, su consagración les ayuda a
entregarse más fácilmente solo a Dios, sin dividir su corazón con otro y aspirando a la perfección de
la caridad en el servicio del Reino, bajo la moción del Espíritu Santo (cfr. LG 42). De este modo,
como consagrados, contribuyen, cada uno a su manera, a la misión salvadora de la Iglesia
(cfr. LG 43) y significan y anuncian en la Iglesia la gloria del Reino futuro (cfr. CIC can. 573). Se
verifica así aquello de que «el Espíritu Santo conduce la Iglesia a la verdad total, la une en la
comunión y el servicio, la construye y dirige con dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con
sus frutos» (LG 4).
Un gran árbol con múltiples ramas (CCE 917-919)
El Catecismo, siguiendo muy de cerca el hilo argumental de LG 43 y del Decreto conciliar sobre
la adecuada renovación de la vida religiosa, Perfectae caritatis, nos habla, en primer lugar, de la
semilla puesta por Dios en su Iglesia, de un deseo puesto por Dios en el corazón de algunos de sus
miembros, de alcanzar la perfección en el amor siguiendo más de cerca a Jesucristo, imitándole en
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todo y sirviéndole con un corazón indiviso. Pues bien, dicha semilla ha fructificado en una inmensa
variedad de formas de vida, unas solitarias, otras comunitarias, y también han surgido de ella
numerosas familias religiosas que se desarrollan para el progreso de sus miembros y para bien de
toda la Iglesia.
Les toca a los obispos discernir los nuevos dones que continuamente el Espíritu le regala a su
Iglesia, aunque es la Santa Sede a quien corresponde aprobar en cada caso las nuevas formas de
vida consagrada.
Formas de vida consagrada
El Catecismo habla de cinco:
1) La vida eremítica (CCE 920-921)
No hacen profesión pública de los tres consejos evangélicos, pero según una tradición muy
antigua, se apartan los más estrictamente que pueden del mundo, buscando el silencio,
la soledad, la oración asidua y la penitencia. Dedican su vida a la alabanza divina e interceden
por la salvación del mundo.
2) Las vírgenes consagradas (CCE 922-924)
Se trata de mujeres que viven en el mundo y se han sentido llamadas por el Señor para
consagrarse a Él enteramente con una mayor libertad de corazón, de cuerpo y de espíritu. Y, por
eso, sin dejar la vida en el mundo, toman la decisión de vivir en estado de virginidad a causa del
Reino de los cielos. En su vida ordinaria en medio del mundo juega un papel esencial el ejercicio
de la oración, de la penitencia, del servicio a los hermanos y el trabajo apostólico, atendiendo al
estado y a los carismas con que cada una de estas mujeres ha sido enriquecida por el Espíritu
Santo.
El Obispo diocesano es quien las consagra a Dios según el rito litúrgico aprobado y quedan de
este modo desposadas con Cristo al servicio de la Iglesia.
La virgen, por medio de este rito, queda constituida en persona consagrada y se convierte en
signo trascendente del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen escatológica de la Esposa del
Cielo y de la vida futura.
Las vírgenes consagradas pueden asociarse para conseguir su propósito con mayor fidelidad.
3) La vida religiosa (CCE 925-927)
Esta forma nació en Oriente en los primeros siglos del cristianismo y es vivida dentro de
los institutos y congregaciones canónicamente erigidos por la Iglesia.
La vida religiosa se distingue de las otras formas de vida consagrada por el aspecto cultual,
la profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común y por
el testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia.
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Se trata, pues, en primer lugar, de un don del Espíritu a su Iglesia, nace, como dice el Catecismo,
del misterio mismo de la Iglesia (CCE 925). En ella se procura ofrecer al fiel cristiano llamado
por Dios a tener un modo estable de realizar la profesión de los consejos evangélicos.
Gracias a los religiosos y religiosas la Iglesia puede manifestar mejor a Cristo ante el mundo y
reconocerse a sí misma como su Esposa.
La vida religiosa quiere significar, además, la caridad misma de Dios con signos y un lenguaje
actual para cada tiempo y lugar.
Recuerda expresamente el Catecismo que todos los religiosos y religiosas, tengan o no tengan el
privilegio de la exención, son colaboradores del obispo diocesano allí donde se encuentren en el
ejercicio de su misión pastoral.
Por su parte, los obispos han de ser conscientes que la implantación de la Iglesia en cualquier
lugar requiere la presencia de la vida religiosa dentro de la iglesia particular, que ha de ser
apreciada como un don de Dios y un signo de fecundidad apostólica.
De hecho, la historia de la Iglesia sería incomprensible sin las familias religiosas. ¡Cuánto se les
debe en la propagación de la fe y de la implantación de la Iglesia en los lugares donde no había
llegado el evangelio hasta que hicieron acto de presencia los religiosos o religiosas!
4) Los institutos seculares (CCE 928-929)
Según el Código de Derecho Canónico, Instituto secular es un instituto de vida consagrada en
el que los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad y se dedican a
procurar la santificación del mundo, sobre todo desde dentro de él.
Dedicada, pues, entera y perfectamente su vida a la santificación del mundo, los miembros de
estos institutos participan en la tarea de la evangelización, en el mundo y desde el mundo,
procurando ser levadura y fermento de toda la masa.
En la espiritualidad de estas personas juega un papel muy importante el testimonio de vida y
el trabajo para ordenar según Dios las realidades temporales, de modo que el evangelio pueda
penetrar en el mundo y consagrarlo por completo según el plan del Creador.
La profesión de los consejos evangélicos les lleva a tener vínculos sagrados dentro de la Iglesia y
se comprometen a vivir y observar la comunión y la fraternidad propias de su modo de vida
secular.
5) Las sociedades de vida apostólica (CCE 930)
Los miembros de estas sociedades no tienen votos religiosos, pero buscan el fin apostólico
propio de cada una de ellas llevando una vida fraterna en común, según el modo de vida propio;
y aspiran a la perfección en la caridad por la observancia de las constituciones. Cabe incluso que
alguno de los miembros de estas sociedades abrace los consejos evangélicos mediante un vínculo
determinado por las constituciones.
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Consagración y misión: anunciar al Rey que viene
Concluye este apartado del Catecismo hablando de la estrecha vinculación entre consagración y
misión. De hecho, nos recuerda que el bautismo es el sacramento que nos consagra a Dios, a su
servicio y alabanza, y también para la realización de la misión de su obra salvadora. La persona
consagrada, lo que hace es desarrollar el bautismo y desea consagrarse más íntimamente aún al
servicio de Dios y para bien de la Iglesia. El Concilio habló de que «de esta manera queda destinado
al servicio y al honor de Dios por un nuevo título especial (novo et peculiari titulo referatur)»
(LG 44). Un título que supone, pues, el bautismo, pero que se trata de algo nuevo y especial
(peculiar). El que se consagra a Dios, en realidad, lo que quiere, según el Concilio, es recoger frutos
más abundantes de la gracia bautismal. Por eso, los que se consagran tienen como primer deber
vivir su consagración y como consagrados dedicarse al servicio de la Iglesia, estando obligados a
contribuir, cada cual según la espiritualidad y el carisma del propio instituto, a la misión de la
Iglesia.
La vida consagrada, recuerda el Catecismo, es un signo particular del misterio de la Redención de
Cristo. De ahí que los consagrados, por encima de todo, han de buscar seguir e imitar más de cerca
a Jesucristo, manifestar más claramente su anonadamiento; quieren enraizarse y vivir lo más
profunda y lo más íntimamente posible el misterio del corazón de Cristo y de su amor, haciéndoselo
sentir y gustar a los hombres, sus contemporáneos, sobre todo a los más pobres y más
desfavorecidos de la sociedad. Entrando por la puerta estrecha, que es Cristo, se convierten en un
ejemplo concreto y estimulante para los demás hermanos y miembros de la Iglesia del espíritu y la
letra de las bienaventuranzas, único camino capaz de transformar el mundo según el designio del
amor de Dios.
Ya que todos los bautizados deben aspirar a la santidad y a vivir la plenitud de la vocación en el
amor, los religiosos y personas consagradas, sea mediante un testimonio público, o sea, desde su
vida oculta y callada y que tantas veces pasa desapercibida para el mundo, se convierten en un
estímulo para avanzar en el camino de la santidad y, sobre todo, en un signo y un anticipo de la vida
futura y de la meta que nos espera: ser completamente del Señor, habiendo vencido al pecado y a la
muerte, y vivir juntos en armonía perfecta, alabando a Dios por toda la eternidad.
7. La comunión de los santos (CCE 946-959)
Este artículo del Credo, en realidad, como indica el Catecismo, es una explicación del anterior.
Porque, ¿qué es la Iglesia sino la asamblea de todos los santos? La comunión de los santos es
precisamente la Iglesia.
Los bautizados, como decía san Pablo, han sido hechos miembros de Cristo. Lo cual significa no
solo unión con la Cabeza, sino también unión de los unos con los otros formando un solo cuerpo
que tiene muchos miembros.
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Por esta comunión con Cristo, sabemos que existe también una comunión de bienes. Cristo nos ha
comunicado su condición de Hijo de Dios y por su obediencia y entrega hasta la muerte, nos han
sido comunicados los dones de la redención y de la salvación. Del mismo modo, una vez que el
Espíritu ha sido derramado en este Cuerpo, todos hemos sido enriquecidos con sus dones y sus
frutos, para bien de cada uno, pero, igualmente, para bien de todos. Pues los dones y los carismas
son, sobre todo, para edificación de la única Iglesia de Cristo, toda ella animada y gobernada por el
Espíritu Santo.
Por todo ello, el Catecismo nos recuerda que la expresión «comunión de los santos» tiene
fundamentalmente dos acepciones: comunión de las cosas santas y comunión entre las personas
santas.
Comunión de los bienes espirituales (CCE 949-953)
Siguiendo lo que san Lucas nos resumió en el siguiente sumario sobre la vida de la primitiva
comunidad: «[Los bautizados] acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión,
a la fracción del pan y a las oraciones» (Hchs 2,42), el Catecismo nos habla de cuatro dimensiones
en las que se ha de vivir la comunión:
— Comunión en la fe: Pues la fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los apóstoles. Este es
el principal tesoro que compartimos todos los creyentes y que entre todos hemos de conservar y
profundizar.
— La comunión de los sacramentos: Empezando por el bautismo y siguiendo por los otros seis
sacramentos, éstos son otros tantos vínculos sagrados que nos unen a todos, pues nos ligan a
Jesucristo y entre nosotros. La Eucaristía es el sacramento que lleva la unidad de los creyentes a
su culminación.
— La comunión de los carismas: Todos y cada uno de ellos son dones del Espíritu Santo para la
edificación de la Iglesia y para provecho común.
— La comunión de los bienes. Como dice el libro de los Hechos, «Todo lo tenían en común»
(Hchs 4,32). Ningún bien, ninguna propiedad puede considerarse absolutamente privada, visto
con ojos de fe, todo lo que tenemos es don de Dios y, por lo tanto, no solo para beneficio propio
sino para bien de todos y ha de estar al servicio del bien común. Como recuerda el Catecismo, el
cristiano es simplemente administrador, no es dueño de ningún bien.
— La comunión de la caridad: Como decía san Pablo «ninguno de nosotros vive para sí mismo y
ninguno muere para sí mismo» (Rom 14,7). Nadie, pues, en el Cuerpo de Cristo vive solo para
realizar su interés, puesto que somos miembros los unos de los otros, nada hay que le suceda a
un miembro que no afecte al resto del cuerpo. Por eso, en cristiano, nadie puede buscar su propio
interés, sino siempre ha de mirar por el interés de los demás (cfr. 1 Co 13,5). En esta solidaridad
entre todos los miembros del cuerpo es en lo que se funda la comunión de los santos. Se trata de
unos vínculos tales que ni la misma muerte los puede vencer; la comunión de los santos, de
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hecho, existe también con los miembros del cielo, con los del purgatorio y con todos los que aún
caminamos por esta tierra.
La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra (CCE 954-959)
En la Iglesia, mientras dure el tiempo presente y hasta que no vuelva el Señor, hablamos de tres
estados: uno el de los que peregrinan en la tierra; otro el de los difuntos que se purifican de las
penas de sus pecados; otro el de los que están ya glorificados en el cielo y contemplan cara a cara el
rostro de Dios.
La unión de los que peregrinamos aquí en la tierra con los hermanos que durmieron en la paz del
Cristo, de ninguna manera se interrumpe. Al contrario, se refuerza con la comunicación de los
bienes espirituales (cfr. LG 49).
Por eso, el Catecismo habla de la intercesión de los santos, de la comunión de los santos y de la
comunión con los difuntos en la única familia de Dios.
— La intercesión de los santos
Cuando hablamos en este caso de los santos, nos referimos a los que están ya unidos
definitivamente con Cristo, y por eso, su santidad consolida más firmemente la santidad de toda
la Iglesia. Ellos, unidos a Cristo, Mediador universal, no dejan de interceder por nosotros ante el
Padre. Su ejemplo nos estimula en el camino de la vida, sus enseñanzas nos instruyen y su
intercesión nos consuela en medio de nuestra debilidad.
— La comunión con los santos
El amor a los santos y la devoción con que los veneramos no puede quedarse tal solo en una
mera imitación de sus virtudes. Nuestra unión con ellos supone la práctica del amor fraterno,
sabiendo que al estar unidos a ellos por la caridad, puesto que ellos están unidos, a su vez,
perfectamente a Cristo, nosotros conseguimos una unión más plena con el Señor.
— La comunión con los difuntos
Honramos y recordamos a los difuntos, sobre todo, como muestra de esa caridad que nos ha de
unir a todos los bautizados. Un lazo, éste de la caridad, que no se destruye ni con la muerte. Pero
también sabemos que nuestra caridad hacia con ellos nos debe llevar a querer satisfacer por ellos
en su favor, para que se vean libres de las penas merecidas por sus pecados. Sabemos que Cristo
es quien satisfizo plenamente la deuda de nuestras culpas. Nosotros nos unimos a la entrega de
Cristo y podemos interceder también por los difuntos para que la misericordia de Dios borre en
ellos todo aquello que les impide poder contemplar el rostro de Dios, pues solo los limpios de
corazón podrán verle, como dijo Jesús.
— ...en la única familia de Dios
La Iglesia es una sola y llegará un día en que todos estaremos unidos en el amor mutuo y en la
misma alabanza a la Trinidad, realizando así la vocación de la Iglesia, que no es otra sino la
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comunión con Dios y la unidad de todo el género humano. Para eso fuimos creados y esa es la
misión que la Iglesia está llamada a realizar.
8. María, madre de Cristo, madre de la Iglesia (CCE 963-972)
Tras hablar de la comunión de los santos, el Catecismo, en los números 963 al 972, se fija en la
singularidad de la Virgen María, madre de Cristo y madre de la Iglesia.
El mejor modo de comprender la importancia del papel de María es verla íntimamente unida a la
figura y a la persona de su Hijo, Jesucristo, desde su encarnación, hasta la ascensión de Jesús a los
cielos.
Pero evidentemente la maternidad de María y su papel en la historia de la salvación no se agotan
con la maternidad física de Jesús. Sabemos que la redención alcanza y va más allá del tiempo en
que vivió Jesús entre nosotros. La redención es para todos y tiene que llegar a todos, desde Adán
hasta el último de los nacidos de mujer. Por eso Cristo es presentado como el nuevo Adán, y María,
en consecuencia, debe ser vista como la nueva Eva, la madre de todos los que somos de Cristo.
Siguiendo la estela del Concilio Vaticano II, el Catecismo, al terminar de exponer todo lo
concerniente al misterio de la Iglesia, dirige sus ojos a María y la contempla ahora, como la madre
de todos los que formamos el cuerpo de Cristo, es decir, de la Iglesia.
María fue redimida de forma absolutamente excepcional y diferente a todos los demás hombres.
Todos los hombres en Adán pecamos y fuimos redimidos en virtud de la sangre de Nuestro Señor
Jesucristo. Sin embargo, María por privilegio singular, en función de que estaba destinada a ser la
madre de Jesús, Dios no quiso que fuera contaminada en ningún momento por el pecado de Adán, y
por eso la confesamos inmaculada. No obstante, María no deja de ser una redimida más, como lo
somos todos nosotros. Su concepción inmaculada la obtuvo en virtud de la sangre redentora de su
Hijo Jesucristo, por la cual quedamos todos también santificados y destinados a ser santos e
inmaculados. Por lo tanto, en cuanto redimida, María no está fuera del pueblo de Dios, sino que es
un miembro más. Miembro, eso sí, eminente y del todo singular, pues en ella encontramos un
modelo perfecto y acabadísimo de fe, de esperanza y de caridad.
María creyó lo que el Ángel le anunció. Su fe le llevó a convertirse en discípula de Jesús y a
escuchar atentamente todas sus enseñanzas. Por la fe puso en práctica y cumplió hasta las últimas
consecuencias aquello mismo que Jesús predicaba. De ahí que el Señor se atreviera a corregir a
aquellos que admiraban a María tan sólo por su maternidad física. Les enseñó, en cambio, que su
madre era más feliz por escuchar y poner en práctica la palabra, que por haberlo engendrado en su
vientre y amamantado con sus pechos (cfr. Lc 11,27-28). Luego, al pie de la cruz, cuando casi todos
abandonaron a Jesús, María se mantuvo firme, renovando singularmente el sí de Nazaret, pues en
aquella cruz se cumplían plenamente las enseñanzas de Moisés y de los profetas a propósito del
Mesías, tal y como se lo había anunciado el ángel Gabriel.
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Hasta el momento del tránsito de la Virgen a los cielos, acompañó siempre a los discípulos de Jesús.
Allí estaba María en el cenáculo aguardando la venida del Espíritu Santo y, luego, desde Jerusalén
escuchaba y seguía con atención todo lo que los apóstoles realizaban para cumplir la misión que
Jesús les dejó.
Y ahora, ya desde el cielo, asunta gloriosamente en cuerpo y alma, no deja de interceder por todos
nosotros, de animarnos en nuestras luchas, de seguir diciéndonos, como en Caná de Galilea: «Haced
lo que Él os diga». Por ello, con razón la invocamos como abogada, auxiliadora, socorro y
mediadora.
Los creyentes, y la Iglesia como tal, honramos y la veneramos a María. Primero, por ser la madre de
Jesús, y, además, por ser nuestra madre, la madre de la Iglesia y la madre de cada uno de nosotros.
Su misión maternal de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo,
sino que, al contrario, manifiesta su eficacia. En realidad, la única mediación de Cristo no excluye
que existan otros modos de colaborar en la obra de la redención diseñada por el Padre. De igual
modo que no existe un único modo de participar del sacerdocio de Jesucristo e igualmente no existe
una sola forma de difundir la bondad de Dios entre todas las criaturas.
Ciertamente no hay que confundir a Dios con sus obras, y ninguna criatura puede ser puesta en el
mismo orden que el Verbo encarnado y el Redentor. Por eso tampoco cabe confundir el culto a
María con la adoración a su Hijo, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo. María es venerada y
honrada por la Iglesia en función de ser la madre del Salvador y por el modo tan singular como
Dios la trató y la honró desde su concepción inmaculada hasta su asunción gloriosa.
La Iglesia y cada cristiano miran a María y encuentran en ella plenamente realizado lo que Dios nos
prometió. Y como su pariente Isabel, la proclamamos dichosa por haber creído, pues para Dios nada
hay imposible y, por tanto, todo lo que le prometió se cumplirá.
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La Santa Iglesia Católica CCE 748-972

Planes organizacionales

Planes organizacionales

Grado de especificidadFrecuencia de usoPolíticasMarco temporalAmplitudPlaneaciónGrado de premeditaciónPlan estratégico, táctico, operativoProcedimientos

Planeación operacional

Planeación operacional

ObjetivosComposiciónPlanes operativosPresupuestosFrecuenciaPlanificación administrativa